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sábado, 31 de enero de 2026

Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

 


Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Salmo 50; Marcos 4, 35-41

¿Le tenemos miedo a la oscuridad o a un lugar tenebroso? Quiero de antemano decir que en los lugares donde me muevo nuestros caminos están alumbrados; pero bien pronto nos quejamos si por cualquier razón falta un día la iluminación de esos lugares por donde transitamos. No están tan lejos para nosotros pero quizás muy presente en muchos lugares esa oscuridad que no ayuda a caminar con tranquilidad, más otros temores que nos llenan de temores por tantos otros peligros que pudieran aparecer; no iríamos solos por esos lugares, buscaríamos la compañía de quien nos diera confianza y seguridad para poder hacerlo con tranquilidad.

Aunque no son solo esas las oscuridades que nos llenan de temores en la vida; lo incierto del futuro, el lanzarnos a otros horizontes de la vida, el tener que asumir nuestras responsabilidades, el emprender tareas nuevas con todas las incertidumbres que acompañan, el embarcarnos en algo nuevo y distinto a lo que estábamos acostumbrados a realizar, y no digamos quienes tienen que dejar atrás sus lugares habituales para ir en búsquedas de un futuro mejor, y ahí estoy pensando en todo ese mundo de la inmigración, que a algunos nos inquieta el que nos lleguen personas nuevas, pero no podemos olvidar lo que pasa por las mentes de quienes tienen que abandonar su tierra y no siempre en las mejores condiciones para buscar un futuro mejor. Nuestra tierra canaria se ve envuelta en ese problema de la inmigración, cosa que nos preocupa, pero nos olvidamos que en otro tiempo nosotros o nuestros mayores fueron también inmigrantes.

Me vienen estos pensamientos y reflexiones desde la página del evangelio que hoy se nos ofrece. Es ya el atardecer y Jesús les dice a los discípulos de ir a la otra orilla. Atravesar en la noche el lago no era cosa muy agradable sobre todo con las tormentas que en él se solían levantar. Es lo que sucede, la barca poco menos que hace agua; aquellos pescadores avezados a esas tormentas luchan por mantener la deriva de la barca, pero parece que la tormenta se hace cada vez peor.

Y Jesús, ¿dónde está? Durmiendo a pesar de la tormenta en un rincón de la barca. No pueden más. Lo despiertan. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ es el grito, es la súplica, es la amargura con que se dirigen a Jesús. ‘¡Hombres de poca fe! ¿por qué dudáis?’ A pesar de estar Jesús en la barca se sentían solos, como si a Jesús no le importara.

Son significativos los detalles que se convierten en signo de muchas cosas para nosotros, para nuestra vida. Hay que ir a la otra orilla, nos está diciendo Jesús también. Y el hecho de que pensemos que tenemos que embarcarnos en algo distinto ya nos hace aparecer los temores, las preguntas sobre esa otra orilla a la que nos quiere embarcar Jesús. Preferimos quedarnos en nuestra comodidad o en nuestra rutina; siempre se ha hecho así, nos decimos ¿por qué tenemos que intentar otras cosas, otros métodos quizás, otras tareas más evangelizadoras? Se nos pone todo turbio delante de nosotros, no sabemos qué hacer o como emprender esas nuevas tareas.

Pero hoy la Iglesia necesita ir a la otra orilla, salir de esas aguas tranquilas donde nos hemos acostumbrado a navegar, y no queremos darnos cuenta que son otros tiempos, que son otras exigencias, que son otros planteamientos lo que tenemos que hacernos. Y nos contentamos con guardar el ganado que tenemos pero no nos damos cuenta que hay muchas otras ovejas a las que tenemos que ir a buscar. En esa dejadez en la que vivimos con tan poca inquietud misionera vemos los derroteros de nuestra sociedad, vemos como se va perdiendo el sentido cristiano de la vida en nuestra sociedad. Es que los tiempos cambian, nos dicen algunos, pero en este nuevo tiempo también tenemos que anunciar el evangelio, también tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Tiempos de borrascas y de oscuridades, de temores y de dudas, nos van apareciendo. Como los discípulos aquella noche en la barca. Pero tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús.

Y no digamos que nos sentimos solos, porque Jesús con la fuerza de su Espíritu está a nuestro lado, aunque algunas veces nos desentendemos de tal manera que no nos damos cuenta de la presencia de Jesús; y así nos vienen nuestros miedos y nuestras cobardías.

‘Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’, nos dice también a nosotros Jesús. Con El siempre tenemos que sentirnos seguros.

martes, 1 de julio de 2025

Hemos de saber ver y reconocer cuántas veces Jesús se ha levantado en medio de nuestras tormentas – reconozcamos los recorridos de nuestra vida - para traernos la paz

 

Hemos de saber ver y reconocer cuántas veces Jesús se ha levantado en medio de nuestras tormentas – reconozcamos los recorridos de nuestra vida - para traernos la paz

Génesis 19,15-29; Salmo 25; Mateo 8,23-27

Son cosas que escuchamos con frecuencia cuando los pueblos pasan por situaciones difíciles o incluso catastróficas que pronto surge la queja por parte de la población de que las autoridades correspondientes no supieron estar con el pueblo en aquellos momentos difíciles, que no dieron quizás la respuesta adecuada con la celeridad y prontitud que exigía la gravedad de lo sucedido y cosas así; en nuestro país después de meses de la DANA que azotó Valencia aún se siguen escuchando las quejas y la petición de responsabilidades. Nos sentimos solos y como abandonados cuando suceden cosas así y esa es una de las peores angustias, más que incluso lo que se haya perdido. No entramos en el juicio de los sucedido en el hecho comentado, que por otra parte fue hermosa la respuesta solidaria de la gente, sino que lo estamos comentando como testimonio de lo que ahora vamos a comentar del evangelio.

Los discípulos que Jesús había ido reuniendo en torno así, pescadores conocedores de aquellos lagos, estaban atravesando con Jesús Tiberíades cuando se desató una tormenta, algo que era muy habitual en aquel lago por todas las circunstancias geográficas que lo rodean, su depresión al principio del valle del Jordán más baja que el nivel del mar, los altos del Golán que lo rodean en parte, los cambios de temperatura tanto del agua como del ambiente, precisamente por esa situación de depresión.

En aquella ocasión parece que la tempestad iba a mayores; aquellos pescadores habituados a andar en aquellas aguas se veían en el peligro de que la barca se hundiera. Pero lo insólito era que impertérrito ante todo lo que estaba sucediendo, la tempestad que los envolvía y la angustia de los que iban en la barca, Jesús dormía allá por un rincón de la misma. Era la indefinición y la soledad en la que sentían los discípulos, porque no echara una mano, porque con aquel que había manifestado en los signos que realizaba ahora les dejara que se enfrentaran solo ante aquella tempestad.

¿Será la imagen de las luchas y las tempestades en que tenemos que enfrentarnos en la vida? Dificultades no nos faltan, problemas nos aparecen por doquier, en nuestro interior también sentimos los embates cuando queremos ser mejores pero las pasiones nos dominan, la convivencia no siempre es fácil y nos encontraremos quien siempre nos va a la contra, mantener el ritmo de nuestra fe y el testimonio que tenemos que dar de nuestra vida cristiana no siempre es fácil, la semilla de evangelio que queremos sembrar se ve amenazada por muchas cizañas que al mismo tiempo se están sembrando en nuestro mundo.

Y mientras algunas veces parece que nos sentimos solos y abandonados, nos sentimos sin fuerzas, no sabemos como afrontar todas esas tormentas que se nos vienen encima; a nivel de nuestra fe en ocasiones nos sentimos débiles y aunque pedimos y rogamos a Dios pareciera que no nos escucha, o al menos no nos da las cosas como nosotros se las pedimos. Este texto del evangelio de hoy viene a ser un reflejo de nuestras situaciones, pero es también una señal, un signo para nosotros de que ahí está Dios, aunque parezca que está durmiendo, ahí está Jesús que nos ha prometido estar con nosotros siempre, ahí está la fuerza de su Espíritu, nuestra luz y nuestro guía. Sepamos sentir su presencia, su gracia, su vida.

‘¿Por qué dudáis?, hombres de poca fe’, les dice Jesús. Nos dice Jesús. ‘Y levantándose increpó a los vientos y al mar, y vino la calma’. Al final todos daban gracias, al final todo eran reconocimientos del actuar de Jesús. ¿Sabremos ver también nosotros y reconocer cuántas veces Jesús se ha levantado en medio de nuestras tormentas para traernos la paz?

sábado, 1 de febrero de 2025

Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos, no temamos ir a la otra orilla con Jesús, merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre

 


Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos, no temamos ir a la otra orilla con Jesús, merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal. Lc. 1,69-75; Marcos 4,35-41

Estar en camino tiene sus riesgos, es tener metas claras, es afrontar peligros o cometer errores, en la incertidumbre que siempre llevamos por dentro si acaso nos hayamos equivocado, nos exige esfuerzo, deseos de búsqueda y de superación, es encontrarnos con algo nuevo que pueda ser desconocido y tenga unas nuevas exigencias. Pero es la vida; quedarnos anquilosados no es vivir, encerrarnos en un cascarón es como volver para atrás, no podemos acallar los sueños que nos hacen buscar algo distinto, aunque tenga sus riesgos.

Es la vida, decíamos; es el camino también al que nos lleva la fe, es la apertura que pone en nuestra vida el estar con Jesús, el decir que somos sus discípulos. Aunque en ocasiones haya momentos en que nos parezca que estamos solos. Es de lo que nos está hablando hoy el evangelio. Jesús que les dice a los discípulos ‘vamos a la otra orilla’. 

Y hay un montón de circunstancias en torno a esta invitación de Jesús. Han de atravesar el lago. Pero es también el atardecer y cruzar la distancia hasta la otra orilla cuando ya pueden comenzar a aparecer las sombras de la noche, puede ser que no sea plato de buen gusto. Pero en esta ocasión no fueron solo los nubarrones oscuros de la noche sino también los nubarrones de la tormenta que se levantó cuando iban a medias en la travesía. Las olas y los vientos batían contra la barca y comenzaron a tener miedo de zozobrar. Y Jesús dormía.

Quien había levantado a los discapacitados de sus camillas, quien había hecho recobrar la vista a los cielos, quien había limpiado a los leprosos, quien se había manifestado con poder frente a los espíritus inmundos. ¿Ahora no podía o no quería hacer nada para sacar a sus amigos de la posible zozobra en medio de aquella tempestad? Jesús dormía. Parecía no importarle nada de lo que estaban pasando.

¿Se atreverían a despertarle? ¿Acudirían a El pidiendo socorro como lo hacían los enfermos y los paralices, los ciegos y los leprosos, los que se veían azotados por aquella posesión del maligno? Acudirían ellos también a despertarle. ‘Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?’

¿Serán también las dudas que algunas veces nos puedan atormentar en esa travesía de la vida cuando nos sentimos sin fuerzas, nos parece que estamos abandonados, el cielo de la vida se nos llena de nubes oscuras, tenemos los vientos en contra? Es cierto que así nos sentimos en muchas ocasiones cuando se nos hace difícil la vida, cuando el camino se nos hace oscuro, cuando nos entran dudas por dentro, cuando también se nos tambalea la fe.

Quizás nos metimos en la boca del lobo, porque se nos debilitó nuestro espíritu, no cuidamos suficientemente nuestra fe, nos dejamos arrastrar por las pendientes de las tentaciones y no pusimos suficiente cuidado; nuestras debilidades nos fueron envolviendo, nos dejamos influir por el ambiente pagano que nos rodea, fuimos perdiendo un sentido sobrenatural y religioso en nuestra vida porque fuimos abandonando muchas cosas buenas que nos hubieran ayudado a mantener la llama de nuestra fe encendida, y ahora nos cuesta levantarnos, ahora andamos cegados de tal manera que no somos capaces de darnos cuenta que el Señor no nos deja solos; y nos quejamos de que está dormido, que no nos escucha, que no atiende a nuestras suplicas cuando fuimos nosotros los que no le escuchamos porque preferimos entretenernos con otros cantos de sirena.

Tenemos que sentir una sacudida muy fuerte dentro de nosotros que nos haga despertar; somos nosotros los que estamos dormidos, o peor aun, como muertos en la situación a la que hemos llegado. Despertemos y no temamos decirle a Jesús, aunque parezca una recriminación, ‘Maestro, ¿es que no te importa que nos hundamos?’ Cuando lleguemos a ser capaces de decir eso es porque ya estamos nosotros despertando y comenzando a darnos cuenta de donde tenemos que dirigir nuestros pasos.

Jesús va a estar ahí, junto a nosotros, para ponerse en pie y calmar la tormenta. Y vendrá una gran calma. Sentiremos de nuevo la paz, porque estaremos sintiéndonos inundados de su amor. Despertemos que somos nosotros los que andamos dormidos. No temamos ponernos en camino, ir a la otra orilla con Jesús. Es un riesgo que merece la pena porque sabemos quien está con nosotros siempre.

martes, 2 de julio de 2024

Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

 


Llenos de miedo y temerosos de que la barca naufrague nos olvidamos de quien está con nosotros, Jesús aunque parezca dormido, haciendo la misma travesía

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Salmo 5; Mateo 8, 23-27

En nuestras actividades humanas sabemos manejarnos, lo que son nuestros trabajos habituales los dominamos, sabemos lo que tenemos qué hacer y cómo tenemos que hacer; aunque las cosas se nos vuelvan dificultosas a veces intentamos salir adelante, resolverlas, buscamos medios cuando no los tenemos o pedimos ayuda a quien pueda orientarnos para encontrar una solución.

No nos damos por vencidos, o no nos hemos de dar por vencidos. Porque no siempre es así, hay veces en que flaqueamos, en que parece que se acumulan tantos problemas que se nos vuelve más revuelto el panorama y se nos hace difícil encontrar la salida, que quizás tenemos en nuestras manos, echando mano de nuestras experiencias, encontrando fuerza dentro de nosotros mismos para no rendirnos y seguir adelante. Es complejo el camino de la vida.

Parece que nos estuviéramos refiriendo solo a lo que son nuestras tareas habituales, pero nos damos cuenta que podemos hacer una lectura más honda de nosotros mismos; ya no es nuestro trabajo, sino los problemas de la vida, la convivencia con los más cercanos o la relación que hemos de mantener los unos con los otros en nuestra vida social, en nuestro trabajo, incluso hasta en nuestros momentos de ocio. Y hay ocasiones que ahí se nos pone el cielo oscuro, gris, muchas veces incluso negro. Y nos obcecamos tanto que no sabemos mirar dentro de nosotros mismos la capacidad que tenemos para salir adelante.

Así podríamos seguir pensando en muchos aspectos de nuestra vida. El sentido eclesial con que hemos de vivir nuestra fe, por ejemplo; esa lucha interior que hemos de mantener para conservar nuestra fe a pesar de todas las cosas adversas que nos pudieran aparecer, a pesar de las dudas, a pesar de nuestras debilidades e incluso caídas. Y también nos llenamos de dudas y desconfianzas, parece en ocasiones que hasta nos olvidamos de Dios, aunque seamos nosotros los que digamos que es Dios quien se olvida de nosotros. Tanta es nuestra obcecación.

Hoy el evangelio habla de una travesía en barca por aquel lago que bien conocían los que iban en la barca; algunos eran pescadores y estaban acostumbrados a atravesar aquel lago con buenos o con malos tiempos. Pero hoy parece distinto, como si la tormenta fuera más fuerte; parece siempre que la última tormenta fue la peor. Y allí están llenos de miedo, temerosos de que la barca naufrague. Al final acudirán a Jesus que a pesar de la tormenta parece dormido en la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’

¿No habían visto ellos en tantas ocasiones lo que jesus era capaz de hacer? ¿Por qué ahora esos miedos? Como tantas veces nos sucede, cuando nos entran los miedos se pierde la confianza. Y ellos lo que piensan, como pensamos nosotros tantas veces, es que a Jesus no le preocupa que la barca se pueda hundir. ¿Estaban perdiendo la confianza con jesus? ¿Qué es lo que se les estaba debilitando por dentro?

Cuando tergiversamos las cosas, cuando nos movemos por otros intereses que no siempre queremos manifestar, cuando nos aparece el orgullo o el amor propio cerrándose sobre nuestros cuellos, perdemos el norte y el sentido, dejamos de valorar lo que tendríamos que valorar, comenzamos a sentirnos heridos en nuestro amor propio y en nuestro orgullo pero se desvanece nuestra autosuficiencia, parece que ya nos sentimos sin apoyos, comenzamos a hundirnos.

De este episodio del evangelio tenemos que aprender muchas cosas para nuestra vida. Empezar por valorar lo que tiene más valor, aprender en quien de verdad hemos de apoyarnos, buscar la manera de crecer por dentro para sentirnos fuertes no por nosotros mismos o por nuestros saberes, sino porque sabemos que Dios está siempre con nosotros, aunque no lo notemos a veces.

Es la búsqueda de una verdadera espiritualidad que nos haga fuerte frente a todas las adversidades de la vida. Es poner el verdadero cimiento sobre piedra que evita que la casa se caiga cuando vengan los temporales, esa piedra que encontramos en la Palabra de Dios, esa fortaleza que nos da una verdadera oración, esa gracia divina que recibimos en los sacramentos que nos hacen encontrarnos no solo con nosotros mismos, porque son muchas las cosas que tenemos que mirar y revisar, sino porque vamos a encontrarnos con Dios, verdadero alimento, luz y fuerza de gracia para nuestra vida.

¿Dejaremos que se nos hunda la barca? ¿Nos daremos de quien de verdad lleva el timón?


sábado, 27 de enero de 2024

Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

 


Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

2 Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41

Seguramente que nos habrá sucedido alguna vez, que nos hemos visto con el agua al cuello, sin saber como salir de esa situación y donde lo vemos todo perdido. Problemas no nos faltan en la vida; quizás situaciones que ahora nos aparecen como consecuencia de algo que no hicimos bien; los mismos avatares de la vida que van y vienen y hay momentos de calma en que parece que todo va bien, pero de pronto se nos viene el mundo abajo; contratiempos y tropiezos con la gente con la que convivimos, situaciones inexplicables en que todo cambia a nuestro alrededor; mal entendidos que nos llenan de desconfianzas y se producen distanciamientos… muchas cosas podemos pensar.

Pero ¿cómo reaccionamos? ¿Nos dejamos morir porque no vemos solución y todo nos parece un fracaso? ¿Luchamos buscando medios, buscando ayudas, amarrándonos de lo que sea – un clavo ardiendo, decimos tantas veces – para ver como salimos, como nos levantamos, como las cosas vuelven a la calma de siempre? ¿Nos entra la desesperación, aparece la soledad que nos turba, nos llenamos de angustia? ¿Seremos capaces de mirar hacia lo alto buscando esa fortaleza que nos viene de arriba y tanto necesitamos?

La imagen que nos ofrece hoy el evangelio puede ser muy iluminadora para esas situaciones por las que pasamos. Jesús había estado predicando allí en la orilla del lago; cuando termina su predicación les dice a los discípulos más cercanos que ya comienzan a estar de una forma más estable con El de ir a la otra orilla.

Atravesar el lago, puede ser algo apacible y agradable, y bueno es hasta echarse una siesta por algún rincón de la barca. Pero también es frecuente, como consecuencia de las variaciones de los vientos que bajan de las montañas vecinas, estando el lago además en una depresión – está a un nivel más bajo que el nivel del mar Mediterráneo – que surjan sorpresivamente tormentas que puedan poner en peligro las barcas que se encuentren atravesando el lago.

Y es lo que sucedió. Y mientras los pescadores luchaban contra las inclemencias del tiempo, Jesús dormía plácidamente en un rincón de la barca. No saben qué hacer. Al final despertarán a Jesús, ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Ellos habían hecho lo posible por salir de aquella situación. Ahora acuden a Jesús y con Jesús vuelve la calma. ‘Increpó al viento y al mar… y vino la calma’, nos narra el evangelista.

Pero es entonces cuando surge la pregunta. ‘¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?’ Habían ido conociendo a Jesús, escuchando sus enseñanzas, también comenzaban a ser testigos de los signos que realizaba cuando curaba a los enfermos e iban descubriendo también cómo los milagros no se quedaban reducidos a la curación de unas enfermedades, unas cegueras o unas parálisis, porque además se sentían transformados por dentro cuando de nuevo renacían en ellos las esperanzas. Pero ahora estaban contemplando algo nuevo. ‘¿Quién es este?’ se preguntaban.

¿Qué necesitamos descubrir en Jesús? ¿Qué es lo nuevo que nos está ofreciendo para la vida? Decimos que Jesús es evangelio, es buena noticia para nuestra vida. ¿Cuál es esa buena noticia que nosotros necesitamos escuchar, descubrir en Jesús?

Pensemos en esas situaciones que describíamos antes en las que nos encontramos tantas veces en la vida. ¿Jesús tendrá algo que decirnos para todo eso por lo que pasamos? ¿La liberación que Jesús nos está ofreciendo responderá a esos momentos duros que pasamos tantas veces en la vida en que nos parece que andamos en un callejón oscuro y sin salida?

Jesús les recriminó a los que iban en la barca, ‘¿por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’ Pensemos que es lo que Jesús nos está diciendo también a nosotros ahora, mientras quizás escuchamos este trozo de evangelio y no sabemos cómo interpretarlo o qué lección sacar para nuestra vida. Nos lo está diciendo cuando en la vida tantas veces nos sentimos angustiados, amargados, agobiados por los problemas sin saber cómo salir adelante. ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’

 Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos. Sabemos que El está ahí y no nos deja solos porque con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas de la vida. Sintamos la seguridad de su presencia, dejémonos envolver por la paz con la que quiere llenar nuestro espíritu.


martes, 4 de julio de 2023

Hay miedos y cobardías que nos paralizan en noches oscuras, no nos dejan ver salidas y nos incapacitan para solucionar las cosas, pero Jesús está ahí aunque nos parezca que duerma

 


Hay miedos y cobardías que nos paralizan en noches oscuras, no nos dejan ver salidas y nos incapacitan para solucionar las cosas, pero Jesús está ahí aunque nos parezca que duerma

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27

Una tormenta en medio de la oscuridad de la noche no es plato apetecible para nadie, y menos aún en una barca entre los embates de un mar embravecido. Acudimos a santa Bárbara cuando truena y todos los santos del cielo, como solemos decir, para vernos libres de esos malos momentos. Ahora en la sociedad en que vivimos en que al menos para algunas cosas todo son precauciones estamos saturados de las alertas que continuamente nos están avisando de cualquier borrasca que se nos acerque y nos pueda traer malos tiempos. No queremos vernos sometidos a ningún peligro.

No sé si en todo en la vida andaremos con esas precauciones, no sé cómo afrontaremos tantas borrascas que en la vida tenemos y que no son de orden climatológico. Pasamos en la vida también por malos momentos, las dificultades de la vida misma, pero los problemas que van surgiendo, unas veces desde decisiones llenas de error que nos conducen a unas situaciones difíciles de las que no queremos salir, otras veces con los encontronazos que tenemos en esos vaivenes de la vida y de nuestras relaciones con los demás, también aunque no siempre sabemos reconocerlo desde nuestro mundo interior que se llena de dudas y de interrogantes, que se encuentra con esas situaciones desafiantes y que nos hacen dudar hasta del sentido de nuestra vida; de muchas maneras y en muchas ocasiones nos encontramos atravesando un callejón oscuro en la vida que nos deprime, que parece que nos hunde, que hasta pone en peligro nuestra fe.

¿Qué hacemos? ¿A quién acudimos? ¿A quien podemos sentir a nuestro lado que nos de fe y confianza, en quien encontrar fuerzas para salir de ese pozo? ¿Nos encerramos en nosotros mismos y nos llenamos de amarguras? ¿Tratamos quizás de olvidarlo todo y queremos seguir la vida como si nada pasara, o dedicándonos a ‘vivir la vida’ para olvidarnos de todo? ¿Dónde encontramos esas anclas que nos den seguridad para comprender que el barco no se hunde por muchas que sean las tormentas?

El evangelio hoy nos da luz. Atravesaban el lago los discípulos con Jesús. Eran frecuentes las tormentas que levantaban en el lago, la depresión que en si mismo constituía el lago, las altas montañas del Hermón por una parte, las corrientes de aire del desierto y demás circunstancias hacían propicias esas tormentas inesperadas. Como pescadores de aquel lago tendrían sus conocimientos, pero no querían verse envueltos en medio del lago en una de esas tormentas. Pero es lo que ahora sucede. Jesús va con ellos, pero aun en el fragor de la tormenta Jesús duerme plácidamente en un rincón.

¿Qué hacer? porque aquello parece que se hunde. Y despiertan al Maestro porque no pueden comprender como les deja solos en una situación así. ‘¿No te importa que nos hundamos? Señor, sálvanos, que perecemos’. Es el grito, es la súplica. Quién curaba a los enfermos, expulsaba a los demonios y resucitaba a los muertos, ¿no podía hacer algo para liberarles de aquella situación? Es la súplica y es la duda, son los miedos y son las cobardías que nos paralizan, que no nos dejan ver salidas, que parece que nos incapacitan para hacer algo por solucionar las cosas. Cuántas veces nos vemos en la vida así.

Y Jesús se levantó, increpó al viento y al mar y la tempestad cesó. Un silencio intenso se hizo al acabar el fragor de la tormenta; un silencio al contemplar la autoridad de Jesús; un silencio que surgía de su interior reconociendo miedos que no nos gusta reconocer y cobardías que tratamos de disimular. Así se quedaron frente a Jesús. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’ fue el reproche de Jesús. No sé si podrían manifestar exteriormente algún signo de alegría después de pasar lo que pasaron, pero sobre todo después del reproche de Jesús que les hacía reconocer sus miedos y cobardías. Pero algo seguramente comenzaba a cambiar en su corazón.

¿Escucharemos también ese reproche que nos hace reconocer nuestros miedos y cobardías? Rumiemos en nuestro interior la lección de Jesús.


sábado, 28 de enero de 2023

Dios está ahí, siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía, no dudemos porque nunca nos faltará la luz de ese faro que está a nuestro lado

 


Dios está ahí, siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía, no dudemos porque nunca nos faltará la luz de ese faro que está a nuestro lado

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal.: Lc 1,69-75; Marcos 4,35-41

Todos en la vida pasamos por distintos momentos de zozobras, donde nos vemos mal, los problemas aparecen y reaparecen cuando pensábamos que ya estaban resueltos, o nuevas dificultades aparecen cuando pensábamos que todo era un mar en calma. Son momentos difíciles, nos sentimos agobiados, no sabemos a quien acudir o tenemos quizás miedo porque desconfiamos y aquellos que nos habían prometido mucho, ahora se hacen los desentendidos; aunque sintamos a la familia cerca y que los amigos ahí están, nos parece que se desentienden, o están tan adormecidos que nos parece que no se enteran. Y así caminamos muchas veces de zozobra en zozobra.

¿Llegaremos a hacer la queja con aquellos que pensábamos que nos iban a ayudar y ahora están a lo suyo? Quizás nos la guardamos, pero en su momento la sacamos a relucir. Poco te importo yo en la vida, quizás llegamos a decirles, pero ellos nos responden que ahí estaban pero que quizás fuimos nosotros por nuestra desconfianza los que no nos decidimos a pedir ayuda.

¿Estaban así pasándolo mal aquel grupo que iba con Jesús en la barca aquel día mientras se había desatado una fuerte tormenta sobre el lago? La mayoría eran pescadores y de aquellas tierras cercanas al lago; conocerían de sobra aquellas tormentas porque ya las habrían pasado en más de una ocasión. Ahora iban con Jesús y querían tener la confianza de que le habían visto hacer cosas maravillosas; pero parecía que no se enteraba, pues dormido estaba allí en un rincón de la barca. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ llegan ya a atreverse a decirle.

Allí estaba Jesús y no se habían atrevido a pedirle ayuda, sino ya cuando todo parecía perdido y la barca casi se hundía. Así andamos por la vida en medio de nuestras tormentas. Nos ponemos tan agobiados que no somos capaces de ver quien está ahí cerca y nos puede echar una mano. No vemos tan revueltos que habían pasado por otras tormentas, ahora con esta ya no recordamos las anteriores ni los medios que entonces tuvimos a nuestro alcance para superar aquellas duras situaciones. Así vamos de alelados en muchas ocasiones por la vida.

Y hasta nos sentimos abandonados de Dios. Parece que Dios se desentiende de nosotros, o estará allá arriba rodeado de sus ángeles y meciéndose entre las nubes; son las imaginaciones idílicas que algunas veces nos hacemos, para no reconocer que a nosotros nos ha faltado algo, a nosotros nos está faltando la fe y la confianza; a nosotros nos está faltando el empaparnos de la Palabra de Dios donde tenemos la fuente de la más hermosa sabiduría de la vida.

¿Tendrá que decirnos a nosotros también Jesús, ‘hombre de poca fe,’ porque estamos llenos de dudas también? Hombres de poca fe, es cierto, somos tantas veces en la vida; no la hacemos presente en la vida, en cada una de las situaciones que vivimos. Que no es solo acordarse de santa Bárbara cuando truena, que no es solo acudir a Dios para que nos ayude cuando nos encontramos con dificultades.

Si decimos que vivimos o queremos vivir el Reino de Dios, es porque queremos que Dios sea siempre el Rey y Señor de mi vida. En los momentos de los aplausos para agradecerle a Dios su gracia y su presencia que nos ha ayudado a salir airoso en cualquiera de los momentos de la vida; en los momentos buenos para saber dar gracias y nuestra vida se convierta en un cántico de alabanza al Señor; pero en los momentos turbios y de dificultades para sentir que no nos falta su luz, su fuerza, su gracia, su sabiduría para mantenernos en la lucha con la esperanza de la victoria; pero en esos momentos que parece que pasan indiferentes sin mayores cosas para saber descubrir esa acción de Dios, para saber descubrir esos caminos de Dios y no llegar a caer en la rutina y hasta en la desgana porque hayamos perdido la ilusión.

Dios está ahí siempre, en ese barco de la vida en el que vamos haciendo la travesía. No duerme, porque en su providencia está atento a cuando nos sucede en la vida. Aunque nos parezca que está en silencio, aprendamos a escuchar ese susurro de su voz allá en nuestro interior. Siempre será el faro que nos guía; no seamos torpes navegantes que no sepamos leer la brújula que a través de muchos signos nos va señalando siempre la ruta de nuestra travesía. No dudemos porque nunca nos faltará la luz y la señal de ese faro que pone a nuestro lado en la vida.

martes, 28 de junio de 2022

No es Jesús el que está durmiendo en medio de nuestras tormentas, somos nosotros los que hemos adormilado nuestra fe y no somos capaces de vivir su presencia

 


No es Jesús el que está durmiendo en medio de nuestras tormentas, somos nosotros los que hemos adormilado nuestra fe y no somos capaces de vivir su presencia

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Sal 5; Mateo 8, 23-27

Cómo desearíamos que la vida fuera una travesía tranquila, sin sobresaltos, sin peligros inesperados, sin momentos de zozobra, que tantas veces nos aparecen y nos llenan de dudas y agobios y nos hace en ocasiones sentirnos desorientados y perdidos. La vida es lo que es, como se suele decir. En la vida de cada día se conjugan muchos factores y hacen que surjan dificultades, es el encuentro y el camino de muchas personas diferentes muchas veces con distintas perspectivas y eso nos desorienta y vienen los peligros de pérdida de rumbo y de sentido, y muchas veces parezca que nos encontramos en medio de una fuerte tormenta. ¿Quién no ha pasado por esos momentos de congoja? ¿Momentos en que nos sentimos perdidos y perdemos toda esperanza? ¿A quién gritamos para hacernos salir de esas situaciones?

Es el camino de la vida con problemas personales, problemas familiares, tropiezos que podemos tener con los demás, dificultades en el trabajo o que nuestros proyectos salgan adelante, o son las inseguridades interiores en que nos podemos encontrar porque quizá no pusimos unos cimientos firmes al edificio de la vida, o porque no encontramos ese ancla que nos dé seguridad en medio de los combates. Y viene el cómo se nos revuelve la fe y todo se nos hace oscuridades, vienen las dudas en aquellas cosas en que nos apoyábamos y que parece que ahora no nos dan seguridad, y viene hasta la desconfianza en Dios y en que esté a nuestro lado para ayudarnos.

Hoy el evangelio nos habla de una travesía de Jesús y sus discípulos atravesando el lago de Tiberíades o mar de Galilea como también se le suele llamar; un lago aparentemente tranquilo, en fin de cuentas no es un mar abierto donde pudieran surgir malas corrientes y tempestades. Pero en aquel tranquilo lago, dado la cercanía de las montañas del Hermón, muchas veces se producían esas tormentas.

Lo que hoy parecía una travesía tranquila, casi para descansar – Jesús se había dormido sobre un almohadón a popa -, se convirtió en una fuerte tormenta. Aunque eran pescadores acostumbrados a navegar por aquellas aguas, ahora se llenaron de temor y tenían miedo de que la barca se hundiera. Parecía que tampoco les daba seguridad de que Jesús estuviera con ellos, pues estaba tan profundamente dormido que ni el vendaval lo despertaba. Y a El acudieron gritándole y suplicándole, ‘Señor, sálvanos que perecemos’.

Jesús estaba dormido, o muchas veces nosotros los hemos dejado dormido, porque nos hemos ido acostumbrando a ir caminando por la vida que poco contamos con El; nos vamos resolviendo nosotros los problemas, y nos creemos autosuficientes; perdemos el sentido trascendente de nuestra vida y ya ni nos damos cuenta de su presencia junto a nosotros; aunque decimos que no hemos dejado de ser creyentes, nos hemos acostumbrado a hacer la vida como si El no estuviera, a ir construyendo nuestra vida sin Dios contagiándonos del espíritu de ese mundo que nos rodea, un mundo sin Dios.

¿Tendremos que despertar a Jesús o más bien tendríamos que despertarnos nosotros? Es cierto, vamos como adormilados por la vida; quizás nos creemos que porque un día optamos por seguir a Jesús ya todos nuestros problemas estaban resueltos y nada nos podía pasar. Estar con Jesús, querer seguir el camino de Jesús no significa que no vayamos a tener problemas o dificultades; lo sí es cierto que habiendo optado por Jesús y queriendo contar con El siempre, sabemos que su presencia, su fuerza y su gracia no nos va a faltar para esa luchas que hemos de mantener, para ese esfuerzo que hemos de hacer por superarnos, para encontrar esa luz que nos ilumine y nos haga encontrar caminos y salidas.

‘¡Hombres de poca fe!’, les dice Jesús y nos dirá a nosotros también. Despertemos esa fe, despertemos esa vida, busquemos esa luz, sintamos esa presencia que es regalo de gracia para nosotros, no temamos porque con nosotros está.

sábado, 29 de enero de 2022

Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida en la que Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas con la certeza de que El va en la misma barca que nosotros

 


Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida en la que Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas con la certeza de que El va en la misma barca que nosotros

2 Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41

No hace mucho escuchaba la noticia de que un capitán de un barco había sido condenado porque en una catástrofe marítima él había abandonado el barco antes de que todos los viajeros y tripulantes hubieran estado a salvo. Todos conocemos más o menos a qué se hacia referencia con esta noticia. Es ley, pero todos siempre sabemos y decimos que, casi como una razón que se cae por su propia naturaleza, el capitán del barco es el último que lo abandona. Es su misión y es su responsabilidad, llevar a puerto seguro la nave y a salvo a todos los viajen en ella. No puede, pues, abandonar.

Me viene a la mente esta consideración escuchando el relato del evangelio que hoy se nos ofrece. Al atardecer Jesús invita a los discípulos a ir a la otra orilla del lago. Sería la barca de Pedro – lo cual vendría a ser bien significativo – o la de cualquiera de los otros pescadores del grupo con la que se disponen a atravesar el lago. Pero en la travesía se levanta una fuerte tempestad, de manera que todos pensaban que aquello se hundía. Pero Jesús, al parecer ajeno a todo, duerme por algún rincón y allá vienen a despertarlo diciéndole ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Claro que Jesús no era el patrón de aquella barca, pero si el que los había metido en aquella travesía. ¿Parecería que se estaba desentendiendo?

¿No es el grito de angustia y desesperanza que en la vida lanzamos contra Dios viendo el mal que nos rodea en el mundo? ¿Y qué hace Dios? nos preguntamos nosotros o hay tantos a nuestro lado que también se lo preguntan y nos lo preguntan a nosotros que nos presentamos como creyentes y como cristianos. ¿Tendría razón y sentido esa queja y esa pregunta?

Antes dijimos así como de pasada que Jesús no era el patrón de aquella barca que atravesaba Tiberíades. Pero claro que de la vida sobre todo el creyente no puede pensar que Dios no sea el patrón de la vida y del mundo, porque si algo nos caracteriza a los creyentes es ese creer en esa presencia de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Pero como creyentes también recordamos cómo Dios ha puesto este mundo en nuestras manos. Y ahí ante toda esa problemática de la vida estamos nosotros con nuestras responsabilidades, nosotros con nuestra creatividad y con nuestra iniciativa, nosotros con nuestras capacidades y con nuestros valores para ir haciendo que esa vida nuestra o que ese mundo en el que vivimos sea mejor, lo vayamos construyendo mejor. ¿Quiénes somos los que hemos conducido a este mundo por estos derroteros de los que ahora nos quejamos?

Pero quizá cuando nos sentimos débiles e indefensos para enfrentarnos a todo eso, para saber hacer que nuestro mundo sea mejor, siga quemándonos en nuestros labios o en nuestro corazón esa misma queja y esa misma pregunta. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ Y tenemos que darnos cuenta de una cosa y es que Dios no se desentiende de nuestra travesía cuando El ha querido venir a hacer esa misma travesía con nosotros. En aquella barca que parecía que se iba a hundir estaba Jesús ¿quería hundirse El con la barca y todos sus acompañantes?

Dios está embarcado con nosotros en esa travesía de la vida; Dios está embarcado con nosotros en esa tarea de ir conduciendo nuestro mundo, y será El quien nos dé esa sabiduría que necesitamos, quien nos dé esa fuerza para seguir remando frente a la tormenta, quien nos levanta sobre la olas de la vida o nos ayuda a descubrir el faro que al final nos señala el puerto seguro.

Tenemos que seguir haciendo la travesía de la vida porque además Jesús nos lanza siempre hacia otras orillas, hacia otros horizontes, hacia otros campos a los que también tenemos que llegar. La travesía no es fácil, encontrarnos con eso nuevo que está más allá y que Jesús nos ofrece en ocasiones nos puede llenar de dudas y de incertidumbres, de miedos y hasta de cobardías, pero tenemos que seguir remando hacia delante, tenemos que seguir llevando ese mensaje de vida que resucite muertos, esa palabra de salvación que sane nuestras heridas, esa luz que ilumine nuestros caminos.

No temamos, porque Jesús está con nosotros en esa misma barca, aunque nos parezca dormido, pero está haciendo la travesía con nosotros y su presencia nos da fortaleza y seguridad, su presencia nos hace confiar, su presencia se convierte en gracia de vida para nosotros. Si confiamos en El no vamos a perecer, si confiamos en El llegaremos a la otra orilla, si confiamos en El podremos hacer ciertamente que nuestro mundo sea mejor. El no abandona el barco, y nosotros tampoco podemos desentendernos de lo que son nuestras responsabilidades.

domingo, 20 de junio de 2021

Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando, llegamos a pensar ante las turbulencias de la vida

 


Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando, llegamos a pensar ante las turbulencias de la vida

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

‘Vamos a la otra orilla’. No se lo pensaron. ‘Dejando a la gente se lo llevaron en barca como estaban’. ¿Necesitaban haber sido más previsores antes de meterse a atravesar el lago? Creían conocerlo.

En la vida muchas veces sentimos el impulso o sentimos la invitación a lanzarnos mar adentro. ¿Es la aventura de la vida? ¿Son los riesgos que hemos de asumir? ¿Son los proyectos que se nos pueden presentar que nos obliguen a dejar en lo que estamos para lanzarnos a algo nuevo? Quizás nos lo pensamos, analizamos, queremos ver pro y contra, recibir quizá otra opinión de otras personas, vemos los peligros y los riesgos, ¿nos atreveremos a arriesgarnos?

Quizá queremos tenerlo todo atado y bien atado; no queremos que nada nos falle; cuando se hacen proyectos o se lanzan planes los promotores lo estudian todo al pormenor; quien va a embarcarse en ese proyecto estudiará con todo detalle lo propuesto, viendo posibilidades, viendo capacidades porque no vamos a emprender la tarea de edificar una torre si no tenemos medios para terminarla, para no ser el hazmerreír de la gente. Aunque también los hay osados que se lanzan ciegos porque aquel proyecto le atrajo, porque en él vio la realización de sus sueños, porque aburrido de lo de siempre quería lanzarse a algo nuevo y distinto. Dicen que quien no se arriesga nunca consigue nada.

Es la travesía de la vida en la que todos andamos embarcados; cada uno irá a altura diferente según su capacidad, sus posibilidades o su saber hacer. Quisiéramos que la travesía fuera cómoda y placentera; además nos estamos mal acostumbrando en la vida y algunas veces hasta exigiendo que todo nos lo den hecho y resuelto y que nosotros no tengamos que sacrificarnos tanto. No queremos contratiempos, cosas que nos vengan en contra, pero hay ocasiones en que parece que todo se nos va de las manos, se nos va al traste, que se derrumban nuestros planes y proyectos y no sabemos a quien culpar o cómo rehacernos para salir de esa situación. Nos vemos abrumados y nos parece que estamos hundidos para siempre.

En estos momentos en nuestra sociedad estamos pasando por uno de esos trances en que nos parecía que habíamos conseguido grandes metas pero un simple virus nos ha dado la vuelta a la vida, nos ha trastocado todo y el mundo parece que se nos derrumba. No terminamos de saber cómo reaccionar, no terminamos de darnos cuenta de cuáles son las cosas verdaderamente importantes y esenciales que son las que tendrían que darle un valor más permanente a la vida.

Y podemos y tenemos que hablar también del ámbito de nuestra fe, de la vida de la Iglesia y nuestra pertenencia a la comunidad eclesial. En el horizonte también nos aparecen turbulencias que en determinados momentos se pueden convertir en fuertes tormentas que nos puede parecer que la barca se hace agua y nos hundimos. No todo es tan placentero y tan pacífico, y esto lo podríamos ver desde diferentes frentes; no todo son siempre noticias buenas y hay cosas que suceden que nos cuesta entender y hasta nos pueden escandalizar; hay quien por otra parte se siente desorientado porque o quiere anclarse en meras tradiciones que nos pueden llenar de rutinas o porque algunas veces queremos caminar tan deprisa que podemos perder el norte o perder de vista lo que es el verdadero fundamento.

No todos entendemos de la misma manera la evolución de la vida y lo que es el camino de la Iglesia y en consecuencia el camino de los cristianos en este mundo en el que estamos. Y nos encontraremos con reacciones enfrentadas dentro de la misma Iglesia. Nos da la impresión que la barca hace agua porque nuestras Iglesias se nos vacían y nos cuesta ver la asistencia del Espíritu Santo en este camino que hoy vive la Iglesia. ¿Estará Jesús dormido en un rincón de la barca desentendiéndose de lo que nos está pasando?, llegamos a pensar.

Pero el Señor está ahí y su Espíritu está presente en medio de nosotros. No es a Jesús a quien tenemos que despertar sino que somos nosotros los que tenemos que despertar para darnos cuenta de esa presencia del Espíritu de Cristo en la Iglesia y también en medio de nuestro mundo en esta situación que vivimos. Es el Espíritu quien nos inspira, quien nos abre los ojos y el corazón, quien nos hace buscar lo que es verdaderamente fundamental, quien amplía ante nosotros horizontes para despejar todos esos nubarrones que nos parecía que nos podían poner en peligro.

En toda esa travesía de la que hemos venido hablando sabemos bien quién es el que lleva el timón y que nunca nos fallará. A El es a quien tenemos que escuchar allá en lo hondo del corazón y al que tenemos que seguir porque es el que nos puede llevar a alcanzar una vida en plenitud. Con El a nuestro lado no tememos las tormentas, nos sentimos seguros porque El es nuestra verdadera fortaleza y guía de nuestra vida. En la barca con nosotros va siempre Jesús. Y no está dormido.

sábado, 30 de enero de 2021

Una travesía difícil por la vida en la que no hemos de debilitarnos sino saber acudir con fe a quien sabemos que está a nuestro lado para ser nuestra fuerza

 


Una travesía difícil por la vida en la que no hemos de debilitarnos sino saber acudir con fe a quien sabemos que está a nuestro lado para ser nuestra fuerza

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal.: Lc 1,69-75; Marcos 4,35-41

Alguna vez habremos recibido el reproche, medio en broma, medio en serio en que nos echaban a la cara que estamos como atolondrados, que no nos enteramos, que no terminamos de caer en la cuenta de los problemas que hay. Seguramente a nosotros nos pasa cuando vivimos la vida medio superficialmente o no queremos complicarnos demasiado y así aunque veamos hacemos que no vemos, no vayan a meternos en el lío y tengamos que apechugar buscando soluciones. Es que esa tendría que ser la alerta que vivamos en todo momento, atentos a lo que pasa, atentos a los problemas, dispuestos a arrimar el hombro para buscar salidas y soluciones intentando salir de ese caparazón en que nos metemos en ocasiones para no enterarnos.

En esta introducción que nos estamos haciendo incido en nuestras posturas, cómodas muchas veces, aunque no es el caso de lo que hoy se nos plantea en el evangelio aunque no sabemos bien lo que pasaba por la cabeza de aquellos avezados pescadores que se veían envueltos en aquella tormenta tan normal en el lago de Tiberíades, mientras Jesús que iba en la barca pareciera que se desentendía de todo mientras dormía ausente de todo lo que pasaba a su alrededor. Medio acostumbrados a que Jesús les sacara de apuros en más de una ocasión, y como actuaba El cuando apreciaba sufrimiento en los demás, ahora no saben que pensar y bruscamente le despiertan.

¿Es que no te enteras? ¿Cómo puedes dormir tan tranquilo en medio del fragor de esta tormenta? Es que casi nos hundimos. Jesús no dormía ausente de cuanto pasaba, ni era insensible ante el momento difícil que estaban pasando. Aquel dormir de Jesús ¿sería como una prueba para la fe de aquellos hombres? ¿No les estaba obligando a que se las ingeniaran y supieran salir adelante sin tener que buscar una ayuda fácil? ¿Sabrían ellos más tarde caminar por la vida enfrentándose a dificultades e incluso persecuciones cuando Jesús no estuviera físicamente entre ellos?

Es cierto que les prometerá que nunca los dejará y de una forma o de otra siempre estaría con ellos, pero en muchas ocasiones también iban a sentir, como lo sentimos nosotros también, el dolor y la angustia de la soledad porque nos pareciera que Jesús se haya desentendido de nosotros. Pero ellos tendrían que aprender la lección, tendrían que aprender a confiar, tendrían o tendríamos también nosotros que saber buscar esa ayuda y esa presencia de Jesús que nunca nos faltará.

Sí, porque este texto del evangelio no es solo la lección que aprendieron aquel día los discípulos que iban en la barca que casi se hundía, sino que es la lección que nos vale a los cristianos de todos los tiempos, que nos vale a nosotros hoy cuando con mil problemas algunas veces también nos llenamos de angustias en nuestras soledades. Siempre hemos dicho, quizá como recurso fácil, pero no menos cierto, que esta barca zarandeada por las olas en medio de la tormenta del mar de Galilea es imagen de la Iglesia, barca también zarandeada por miles de olas a través del paso de los tiempos.

Ahora podemos pensar en la situación de la Iglesia con todos los problemas en que se ve envuelta a lo largo y a lo ancho del mundo, pero podemos pensar en más cosas también. Es la situación que vive hoy nuestra sociedad con la pandemia donde también nos vemos tan embrollados que nos parece que nunca vamos a salir; y aquí no sé si habremos sabido acudir al Señor que nos parece que duerme sobre un cabezal de la barca para pedirle con fe que nos ayude a salir de esta.

Epidemias y pestes ha habido numerosas a lo largo de los siglos y con más difícil solución cuando los medios sanitarios no eran los que hoy tenemos; y a lo largo y a lo ancho de nuestras tierras tenemos muchos santuarios y ermitas en honor de los santos a los que se invocaron en aquellas ocasiones como especiales protectores en aquellas situaciones. Hoy nos valen para romerías y fiestas, pero hemos de ser conscientes de que son testigos de la fe de nuestra gente y la ayuda del cielo.

Era la fe del pueblo cristiano, valiéndose de la devoción a algún santo en particular – ¿cuántas iglesias de san Roque hay en nuestra tierra y cuántas imágenes de ese santo en nuestros templos? – estaban implorando del Señor su protección en aquellos momentos. ¿Habremos sabido hacerlo o nos parece que no es moderno que hoy en el siglo XXI hagamos esas rogativas al Señor?

Considero también una travesía por un mar tumultuoso el enfriamiento espiritual que se pueda estar produciendo en el pueblo cristiano con la disculpa de los aforos limitados que de alguna manera nos impiden la asistencia a los actos religiosos. ¿Cómo nos levantaremos de este debilitamiento espiritual en que podemos estar cayendo? Nos tendrá que gritar Jesús también a nosotros: ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’

 

martes, 30 de junio de 2020

Despertemos nuestra fe, que Jesús está ahí y El nunca nos fallará porque El es la Verdad que da respuesta a nuestras dudas y nos quita nuestros miedos


Despertemos nuestra fe, que Jesús está ahí y El nunca nos fallará porque El es la Verdad que da respuesta a nuestras dudas y nos quita nuestros miedos

Amós 3, 1-8; 4, 11-12; Sal 5; Mateo 8, 23-27
No lo reconocemos pero todos alguna vez – o más de alguna vez – sentimos miedo en la vida. Parece como si eso fuera de cobardes, pero yo diría que es una reacción, en cierto modo de autodefensa, que todos podemos sentir, por ejemplo, ante lo desconocido, lo imprevisto, aquello que nos impresiona, que tememos que pueda perjudicarnos o dañarnos, que nos hace sentir intranquilidad dentro de nosotros mismos.  Bueno, los psicólogos podrían decir cosas mucho más acertadas, que estos pensamientos que me brotan así de pronto ante la idea.
Tengo miedo también a equivocarme o que con mis apreciaciones y juicios también pueda perjudicar a los demás. Pero me atrevo a decir que no hemos de tener miedo a tener miedo, sino afrontémoslo sabiendo sacar valentía y fuerza desde nuestro interior para encontrar salida, para dar solución, para descubrir detrás de eso desconocido que se nos presenta qué cosa buena también nos puede venir. Y es que ante los miedos buscamos seguridades, queremos tener un apoyo, no sentirnos solos porque el miedo compartido quizás es menos miedo, tratamos de vislumbrar una luz, un resquicio que nos de oportunidad a una salida, y sentir también que en nuestro espíritu tenemos fuerza para afrontarlo.
Son las situaciones difíciles con que nos vamos enfrentando en la vida, son los imprevistos que casi como accidentes se nos presentan, puede ser una enfermedad en nosotros o en nuestros seres queridos, son las dudas que aparecen en nuestro interior acerca del mañana, la incertidumbre del futuro, es lo dura que se nos hace la vida muchas veces en nuestros trabajos que no prosperan, en lo que emprendemos y que tanto nos cuesta levantar, es también ante el sentido de la propia vida, los vacíos que podamos sentir en nuestro interior o los sin sentidos a los que no sabemos dar muchas veces respuesta..
Algunas veces ante todo esto reculamos, nos echamos para atrás, nos parece que no somos capaces, huimos y hasta nos encerramos en nosotros mismos, nos da miedo compartir con alguien nuestras dudas y temores, o nos ponemos nerviosos y hasta gritamos para ver si desaparecen esos fantasmas que se nos presentan tantas veces, porque en nuestra negrura todo nos parece más negro y más oscuro.
A estas alturas de mi reflexión alguno me podría decir a qué viene todo esto. ¿Será un regodearnos en el miedo y caminar en círculos sin saber por donde encontrar una salida?  Ni mucho menos, quizá me he extendido mucho en el tema, porque son tantos los fantasmas que nos aparecen en la vida que se nos amontonan las ideas en la cabeza y así van brotando. Pero es que en todo esto yo quiero encontrar una esperanza, yo quiero encontrar una luz. Sea cual sea la situación de miedo por la que pasemos en la vida siempre podemos encontrar esa luz.
Es la fe que si queremos decir así, tenemos en nosotros mismos y en nuestra posibilidad y capacidad; pero no me quedo en la fe en mi mismo aunque he de tener también esa autoestima, sino que me trasciendo de todo esto y me quiero elevar, quiero levantar mi espíritu a lo alto para encontrar esa verdadera luz y esa fuerza para mi caminar. Quiero encontrarme con quien es en verdad mi fortaleza para todo lo que es mi vida.
Toda esta reflexión ha surgido en mí escuchando el evangelio. Los discípulos atravesaban el lago cuando de repente se levantó una tempestad tan fuerte que incluso aquellos avezados pescadores que muchas veces se habían enfrentado a tormentas semejantes en el lago pues eran en cierto modo habituales, en esta ocasión tuvieron miedo. Jesús iba con ellos pero aunque pareciera imposible en medio de toda aquella tormenta iba durmiendo en un rincón de la barca.
‘Señor, sálvanos, que perecemos’, le gritan finalmente. ¿Será nuestro grito y nuestra súplica? Parece que a los discípulos les costó decidirse por despertar a Jesús. Como tantas veces nosotros, enfrascados en nuestros miedos damos vueltas y vueltas sin rumbo. No nos valen nuestros propios apoyos, pero no queremos reconocerlo. No encontramos salida, pero no buscamos a quien pueda ayudarnos. Nos cuesta reconocer nuestros miedos o nuestra debilidad, queremos aparentar tanta fuerza y seguridad en nosotros mismos para valernos solos, pero no acudimos a quien puede echarnos una mano.
Nos sentimos tan autosuficientes en nuestra hombría que no queremos reconocer que nos hace falta lo espiritual, lo sobrenatural; nos hemos materializado tanto, o nos hemos tan a la manera de nuestro mundo que dejamos a un lado todo atisbo de religiosidad; nos parecen quizá cosas pasadas de tiempo, que dejándonos llevar por el mundo ateo que nos envuelve decimos que son quizá supersticiones o la religión o la fe no nos va a ayudar en nada. ¿Preferimos hundirnos?
¿Tendremos que escuchar el reproche de Jesús? ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’ Despertemos nuestra fe, que Jesús está ahí y El nunca nos fallará. Pongamos de verdad a Dios en nuestra vida. No temamos dar la cara por nuestra fe. No temamos sentirnos débiles y saber que tenemos que acudir a Jesús porque El es nuestra única fortaleza.