Tenemos
que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y
oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio
2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Salmo 50; Marcos 4,
35-41
¿Le tenemos
miedo a la oscuridad o a un lugar tenebroso? Quiero de antemano decir que en
los lugares donde me muevo nuestros caminos están alumbrados; pero bien pronto
nos quejamos si por cualquier razón falta un día la iluminación de esos lugares
por donde transitamos. No están tan lejos para nosotros pero quizás muy
presente en muchos lugares esa oscuridad que no ayuda a caminar con
tranquilidad, más otros temores que nos llenan de temores por tantos otros
peligros que pudieran aparecer; no iríamos solos por esos lugares, buscaríamos
la compañía de quien nos diera confianza y seguridad para poder hacerlo con
tranquilidad.
Aunque no son
solo esas las oscuridades que nos llenan de temores en la vida; lo incierto del
futuro, el lanzarnos a otros horizontes de la vida, el tener que asumir
nuestras responsabilidades, el emprender tareas nuevas con todas las
incertidumbres que acompañan, el embarcarnos en algo nuevo y distinto a lo que estábamos
acostumbrados a realizar, y no digamos quienes tienen que dejar atrás sus
lugares habituales para ir en búsquedas de un futuro mejor, y ahí estoy
pensando en todo ese mundo de la inmigración, que a algunos nos inquieta el que
nos lleguen personas nuevas, pero no podemos olvidar lo que pasa por las mentes
de quienes tienen que abandonar su tierra y no siempre en las mejores
condiciones para buscar un futuro mejor. Nuestra tierra canaria se ve envuelta
en ese problema de la inmigración, cosa que nos preocupa, pero nos olvidamos
que en otro tiempo nosotros o nuestros mayores fueron también inmigrantes.
Me vienen
estos pensamientos y reflexiones desde la página del evangelio que hoy se nos
ofrece. Es ya el atardecer y Jesús les dice a los discípulos de ir a la otra
orilla. Atravesar en la noche el lago no era cosa muy agradable sobre todo con
las tormentas que en él se solían levantar. Es lo que sucede, la barca poco
menos que hace agua; aquellos pescadores avezados a esas tormentas luchan por
mantener la deriva de la barca, pero parece que la tormenta se hace cada vez
peor.
Y Jesús,
¿dónde está? Durmiendo a pesar de la tormenta en un rincón de la barca. No
pueden más. Lo despiertan. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ es el
grito, es la súplica, es la amargura con que se dirigen a Jesús. ‘¡Hombres
de poca fe! ¿por qué dudáis?’ A pesar de estar Jesús en la barca se sentían
solos, como si a Jesús no le importara.
Son
significativos los detalles que se convierten en signo de muchas cosas para
nosotros, para nuestra vida. Hay que ir a la otra orilla, nos está diciendo
Jesús también. Y el hecho de que pensemos que tenemos que embarcarnos en algo
distinto ya nos hace aparecer los temores, las preguntas sobre esa otra orilla
a la que nos quiere embarcar Jesús. Preferimos quedarnos en nuestra comodidad o
en nuestra rutina; siempre se ha hecho así, nos decimos ¿por qué tenemos que
intentar otras cosas, otros métodos quizás, otras tareas más evangelizadoras?
Se nos pone todo turbio delante de nosotros, no sabemos qué hacer o como
emprender esas nuevas tareas.
Pero hoy la
Iglesia necesita ir a la otra orilla, salir de esas aguas tranquilas donde nos
hemos acostumbrado a navegar, y no queremos darnos cuenta que son otros
tiempos, que son otras exigencias, que son otros planteamientos lo que tenemos
que hacernos. Y nos contentamos con guardar el ganado que tenemos pero no nos
damos cuenta que hay muchas otras ovejas a las que tenemos que ir a buscar. En
esa dejadez en la que vivimos con tan poca inquietud misionera vemos los
derroteros de nuestra sociedad, vemos como se va perdiendo el sentido cristiano
de la vida en nuestra sociedad. Es que los tiempos cambian, nos dicen algunos,
pero en este nuevo tiempo también tenemos que anunciar el evangelio, también
tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Tiempos de borrascas y de
oscuridades, de temores y de dudas, nos van apareciendo. Como los discípulos
aquella noche en la barca. Pero tenemos que ir a la otra orilla, como nos
invita Jesús.
Y no digamos
que nos sentimos solos, porque Jesús con la fuerza de su Espíritu está a
nuestro lado, aunque algunas veces nos desentendemos de tal manera que no nos
damos cuenta de la presencia de Jesús; y así nos vienen nuestros miedos y
nuestras cobardías.
‘Hombres
de poca fe, ¿por qué dudáis?’, nos dice también a nosotros Jesús. Con El
siempre tenemos que sentirnos seguros.
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