No
podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a
compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente
regalado con ellos
2 Samuel 7, 18-19. 24-29; Salmo 131; Marcos
4, 21-25
Solemos decir
que aquel que acapara lo que tiene, bien porque lo haya ganado o porque lo haya
recibido, solo para si mismo olvidándose y prescindiendo de los que están a su
lado es un terrible e insolidario egoísta. Es mío, me lo gané yo, son mis
cosas, hago lo que quiero… suele repetir para justificarse.
Pensamos en
bienes materiales o riquezas y podemos decir no sé cuantas maravillas de
justicia distributiva, de justicia social y de la insolidaridad injusta de
quienes se creer ricos y absolutos poseedores de lo que tienen. Pero podemos darle
una amplitud mayor, porque no es solo lo material, sino lo que soy, lo que son
mis dones o mis cualidades, lo que llamamos nuestra riqueza espiritual que si
mal la usamos terminaremos en la peor pobreza del espíritu. La riqueza de la
vida, y quiero pensar en lo más profundo de la vida de cada uno, no es para
acapararla solo para nosotros mismos.
Podemos decir
que son nuestros esfuerzos o nuestras propias cualidades innatas, y es
importante que sintamos toda esa riqueza espiritual que tenemos, reconozcamos
nuestros valores y nuestras capacidades y nosotros mejoremos también nuestra
vida. Pero ¿en qué consiste esa mejora? ¿En encerrarnos en nosotros mismos? ¿En
poner una valla a nuestro alrededor para salvar lo que somos? ¿Y de qué te vale
lo que eres si con ello no enriqueces también la vida de los demás? ¿No te das
cuenta que aunque recibas muchas reverencias y adulaciones al final te vas a
sentir muy solo?
Hoy nos está
diciendo Jesús en el evangelio que la luz no es para ocultarla debajo de un
cajón sino para ponerla en alto e ilumine a los demás. Esa luz que tú tienes no
es solo para ti – es cierto que esa luz te ha ayudado a descubrir tu valor y el
sentido de las cosas y de la vida – pero precisamente por eso con esa luz
tienes que iluminar a los demás. Esa luz te ha ayudado a crecer por dentro
porque te ha dado un sentido a tu ser y a lo que tienes, pero si la llegas a
encerrar significa que no has entendido aun el sentido de esa luz.
‘No hay nada escondido, sino para
que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz’, nos continúa diciendo hoy Jesús en el evangelio.
Unos valores que tú tienes y que has de desarrollar, pero que necesariamente te
han de llevar a abrirte a los demás. No podemos cruzarnos de brazos mientras
vemos que hay oscuridades que podemos iluminar; no podemos quedarnos
insensibles porque ya nosotros tenemos, ya nosotros sabemos, que los otros
busquen, que los otros trabajen, como decimos tantas veces. La insensibilidad
nos aleja bastante de esa madurez humana que hemos de alcanzar.
Todo esto nos lo está diciendo Jesús
para el desarrollo de todos esos valores humanos con los que tenemos que
contribuir al bien y la mejora de nuestra sociedad. Son un regalo y una
responsabilidad, es un don y es una tarea. No podemos andar con una falsa
humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos de nuestra soberbia y
autosuficiencia que los anularía, los apagaría y dejaría sin sentido.
Y aquí, claro, tenemos que plantearnos
qué estamos haciendo con nuestra fe. Es una luz que ilumina nuestra vida, pero
es una luz que la que tenemos que iluminar a nuestro mundo. No podemos ocultar
nuestra fe, ni podemos acomodarnos tanto a la sociedad que nos rodea por
aquello de que no le dan importancia a la fe, porque entonces les estaríamos
haciendo perder todo el sentido a esa fe que tenemos. Si consideramos que es
una luz para nuestra vida, esa luz no nos la podemos quedar para nosotros
mismos sino que con ella, aunque sea con todo respeto, tenemos que iluminar a
los demás. Es el testimonio que en todo momento tenemos que dar.
Como nos dirá Jesús en otro momento ‘alumbre
vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y
glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’. ¿De verdad estaremos
convencidos de estas palabras de Jesús? Entonces, ¿por qué no somos más
misioneros en el mundo que nos rodea?
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