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sábado, 25 de mayo de 2019

Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad


Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad

 Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
Podríamos pensar algunas veces que porque somos creyentes, unas personas piadosas quizá, y queremos vivir con toda fidelidad nuestra vida cristiana y nuestro seguimiento de Jesús, ya todo tendría que salirnos bien, que los problemas tendrían que desaparecer, que a nosotros no nos puede pasar nada malo. Un poquito aquello del orgullo de sentirnos cristianos pero al mismo tiempo la seguridad de que nuestra vida va a discurrir siempre con toda paz y armonía, porque en algo tendría quizá que premiarnos el Señor ya que nosotros queremos ser buenos.
Y claro cuando nos surgen problemas y contradicciones quizá con aquellos que más cercanos están a nosotros y no nos comprenden, nos puede entrar el desaliento y un poco ponernos quizás contra Dios que así nos trata y no escucha nuestras peticiones y las cosas que le ofrecemos cada día.
Para algunos la tentación puede ser tan fuerte que pudiera ponerse en peligro su fe y su confianza en el Señor; casos podemos conocer de gente que por esas circunstancias adversas de la vida todo lo abandona y al final hasta nada quieren saber de religión ni de cristianismo. Claro que eso estaría demostrándonos la debilidad de nuestra fe, y también lo poco que quizá escuchamos la palabra del Señor. ¿Buscamos la vivencia de la fe solo como un remedio o una solución de nuestros males o nuestros problemas?
Pero no nos dice el Señor que por seguirle lo vamos a tener todo solucionado en la vida y no nos aparecerán problemas. Cuántas veces nos habla Jesús de las persecuciones incluso con que nos podremos encontrar. Cuando Pedro un día le dice qué es lo que les espera a ellos que lo han dejado todo por seguirle, Jesús además de decirle que todo aquello que han dejado lo van a ver multiplicado pero quizá en otro sentido, pero también les dice que no les faltarán persecuciones, pero que al final alcanzarán en su fidelidad la vida eterna. Tendemos a ir buscándonos premios por lo que hacemos, y cuanto más pronto nos aparezcan esos premios mejor.
Pero Jesús ya nos advierte que el siervo no es más que su amo, ni el discípulo mayor que su maestro. Y nos dice Jesús que si a El lo persiguieron, también nosotros vamos a encontrar persecuciones en nuestra vida. Nos habla de que el mundo nos odia, como le odiaron a El. Ya el anciano Simeón le anunció a María y a José allá en el templo cuando la presentación que aquel niño iba a ser signo de contradicción. Y ya lo vemos a través del evangelio la gente se va decantando ante El, unos le seguirán, alabarán sus palabras y su mensaje por tanta esperanza que va sembrando en sus corazones, pero otros se pondrán en contra, nunca querrán entender sus palabras y le llevarán hasta la Cruz.
Eso es lo que significa el mensaje de Jesús en medio del mundo, un signo de contradicción. Unos lo entenderán, otros se pondrán en contra. Eso es la Iglesia en medio del mundo, eso tenemos que ser nosotros en medio de los que nos rodean.
No es que busquemos la contradicción porque siempre nuestro mensaje, con nuestras palabras y con el testimonio de nuestra vida, tendría que ser un mensaje de esperanza, un rayo de luz en medio del mundo, pero ya decía el evangelio de san Juan desde el principio que las tinieblas no quisieron recibir la luz, la rechazaron; y es lo que vamos a encontrar nosotros en la medida en que seamos fieles de verdad al mensaje de Jesús.
No entenderán nuestro mensaje, sino que mas bien lo malinterpretarán, querrán hacernos decir cosas que no hemos dicho ni entran en nuestros principios, querrán arrimar siempre el ascua a su sardina, se van a creer en la posesión de la verdad absoluta y se mostrarán siempre enfrentados al mensaje del evangelio aunque muchas veces se haga de una forma muy sutil.
Pero eso nos obliga a ser fieles de verdad al mensaje del evangelio, a no tratar de hacernos rebajas para ganarnos a los otros, porque ese no es el camino. Tampoco tenemos que amoldarnos a los deseos del mundo, y esa es una gran tentación que sufrimos los cristianos y que padece también la Iglesia.
Cuidemos que no nos pongamos a hablar de tantas cosas que le interesan al mundo, y olvidemos el auténtico mensaje del evangelio. Es cierto que tenemos que preocuparnos por los problemas del mundo, pero nunca podemos obviar ni ocultar lo que es el mensaje del evangelio que es el que da verdadera vida al mundo. Hay quien denuncia que nos puede estar pasando eso también en la Iglesia de hoy y olvidemos el mensaje de Jesús. No nos importe ser signo de contradicción porque puede ser signo de nuestra fidelidad.

viernes, 24 de mayo de 2019

Necesitamos llevar los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas con los colirios de la fe y del amor para hacer que todos quepan en nuestro corazón sin ninguna distinción


Necesitamos llevar los ojos bien abiertos con las pupilas dilatadas con los colirios de la fe y del amor para hacer que todos quepan en nuestro corazón sin ninguna distinción

Hechos 15,22-31; Sal 56: Juan 15, 12-17
Alguien ha definido la pascua como el tiempo del amor. Es el tiempo en que se derrama el Espíritu sobre nuestros corazones y es Espíritu de amor. Ya en el primer día de la pascua contemplábamos como Jesús derramaba su Espíritu sobre los apóstoles en el cenáculo para el perdón de los pecados y concluiremos el tiempo pascual en la fiesta del Espíritu, Pentecostés, que se derrama como espíritu de amor sobre todo los que creemos en Jesús.
Repetidamente en el evangelio vamos escuchando, como lo hacemos estos días, la invitación y el mandato de Jesús que es el amor que ha de ser de verdad nuestro distintivo, nuestra auténtica señal de identidad, y al mismo tiempo vamos invocando al Espíritu que nos anuncia Jesús para que se derrame sobre nosotros y nos transforme los corazones.
Nos pide Jesús que nos amemos y que nos amemos como El nos ha amado y a continuación nos pone el listón bien alto.Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Y nos dice que somos sus amigos, que El ha sido quien nos ha elegido y que hemos de dar en consecuencia frutos de amor. Significará entonces la entrega que nosotros hemos de vivir para amar con un amor como el de Jesús. ¿Estaremos nosotros también a dar la vida por nuestros amigos? Es el amor más grande, es el amor que nosotros hemos de vivir.
Pero como nos ha ido señalando a lo largo del evangelio no solo hemos de amar a los que nos aman, saludar a los que nos saludan; como nos dice El mismo, eso lo hace cualquiera. Pero nosotros no somos cualquiera, nosotros somos los que hemos experimentado en nuestra vida el amor del Señor, somos los amados de Dios que hemos de amar con un amor igual. Por eso nos hablará de la comprensión y de la misericordia de las que hemos de llenar nuestro corazón, para amar a todos, para ser comprensivos y misericordiosos con todos, para parecernos al Padre que es compasivo y misericordioso, que ha de ser nuestra meta y que vemos reflejado en el rostro de Cristo.
Pero esto no puede ser una doctrina o una teoría, esto hemos de traducirlo en las obras de cada día de nuestra vida, con aquellos que están a nuestro lado que decimos que amamos pero que tantas veces tienen que soportar nuestros desaires y nuestro mal humor, pero que hemos de traducir en lo que hagamos con cualquiera que nos vayamos encontrando en el camino de la vida.
Quien ama con un amor como el de Jesús no podrá ir por la vida con los ojos cerrados para no ver, para que no nos hieran los sufrimientos de los demás, para desentendernos de los problemas de los otros. Nuestro corazón nunca se podrá cerrar, siempre ha de ser un corazón abierto en el que vayamos poniendo el sufrimiento y las carencias de los hermanos con los que nos vamos encontrando. Claro, se necesita llevar los ojos bien abiertos, con las pupilas bien dilatadas con los colirios de la fe y del amor para que quepan todos en nuestro corazón.
Es el tiempo de la pascua que es el tiempo del amor, como decíamos al principio. Es el paso de Dios por nuestra vida que llega a nosotros en tantos crucificados que nos vamos encontrando en los caminos, pero a los que hemos de conducir a la pascua de una nueva vida de amor, el amor que nosotros seamos capaces de compartir con ellos.

jueves, 23 de mayo de 2019

Cuando nos amamos de verdad estamos haciendo el verdadero camino que nos conduce a la felicidad plena


Cuando nos amamos de verdad estamos haciendo el verdadero camino que nos conduce a la felicidad plena

Hechos 15, 7-21; Sal 95; Juan 15, 9-11
Qué felices son los que aman de verdad. Es la mayor felicidad, la más honda, la que nace de lo más profundo de nosotros mismos cuando por amor nos damos hasta casi olvidarnos de nosotros mismos. Claro que tenemos que amarnos a nosotros mismos, porque es el camino para aprender a valorar a los demás, para amar a los demás.
Alguien podría pensar que el que se ama a si mismo no es capaz de amar a los demás, pero creo que tenemos que darnos cuenta bien lo que es el amor. Amarse a si mismo no es hacerse egoísta ni insolidario; amarse a si mismo es conocerse en su total realidad también con nuestras debilidades y defectos, con nuestros tropiezos y también con nuestros fracasos, y somos capaces de aceptarnos, de valorar por otra parte lo que hay de bueno en nosotros y superar lo que nos debilita y nos llena de cicatrices. No nos destruimos porque veamos que somos débiles, tenemos tropiezos o incluso fracasos, sino que tratamos de levantarnos. Y es también amarnos.
Pues bien, si aprendemos eso de nosotros mismos lo aprendemos también para los demás. Alguien puede decir que no puede amar a quien está lleno de debilidades o hasta de maldades en su corazón. Mira como nosotros nos amamos, porque nos aceptamos para superarnos. Pues amamos a los demás aceptándolos como son, también con sus debilidades y sus defectos, porque el amor que les tengamos a ellos les ayudará a superarse, a querer ser mejores, a corregir sus errores y sus defectos. Ya sé que no es fácil, porque delante de nuestros ojos o nuestra mente aparecerán muchos fantasmas que nos quieren hacer ver solo defectos o debilidades. Pero es posible amar, tenemos que hacer posible ese amor.
Y con nuestro amor nosotros los estamos ayudando a crecer porque les estamos diciendo que les tenemos en cuenta, que creemos que sean capaces de superar muchas cosas y crecer, les ayudaremos a  creer también en si mismos, como nosotros queremos creer también en nosotros mismos.
¿Y no se siente uno feliz entonces cuando ama y ve que con su amor el otro crece, el otro se siente más y más dignificado a pesar de sus debilidades? Amamos y amamos de verdad y sentiremos un gozo muy hondo en nuestro espíritu, pero haremos también que todos nos sintamos más felices. Con nuestro amor verdadero, libre de todo egoísmo, haremos que nuestro mundo sea mejor; desde nuestra fe decimos que estamos construyendo el Reino de Dios.
Es lo que nos está pidiendo hoy Jesús en el evangelio. Las palabras de Jesús forman parte de aquella despedida en la última cena donde estaba dejando escapar cuanto llevaba en su corazón y lo que deseaba para quienes fueran sus discípulos a los que tanto amaba. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, y nos pide que nosotros amemos de la misma manera. Es su mandamiento, es su deseo para nosotros, es como su última voluntad. Amarnos como El nos ha amado. Por eso termina diciéndonos que ese es el camino de la dicha, de la felicidad. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.
Vivamos, pues, en esa plenitud de amor haciendo lo que es su voluntad. Es el amor que nos conduce a la felicidad plena. Es el amor que haremos que nuestro mundo sea mejor; es el amor que es la mejor flor del Reino de Dios que queremos construir.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida



Hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra la que vivamos como los sarmientos viven unidos a la cepa de la vid para tener vida

Hechos 15, 1-6; Sal 121; Juan 15, 1-8
Todos entendemos la alegoría que nos propone hoy Jesús. Aunque no seamos del campo ni agricultores. Más o menos todos entendemos del cuidado de las plantas y de los árboles. Una planta que no es cuidada debidamente no nos dará ni la flor ni el fruto que de ella esperamos. Serán los cuidados de la tierra, la humedad necesaria, los nutrientes que necesita, la eliminación de ramas inútiles o que se secan, la poda que la fortalece.
Y Jesús nos dice que así tiene que ser nuestra vida. En la material, por así decirlo, ya tratamos de cuidarnos, de alimentarnos debidamente, de hacer los ejercicios que necesitamos para la agilidad de nuestros miembros o la fortaleza de nuestro cuerpo, de protegernos o de prevenir enfermedades y cuando surgen acudimos a quien nos pueda ofrecer remedio para recuperar nuestra salud. Hoy en la vida esto es algo que se tiene muy en cuenta, a pesar de tantas cosas nocivas que nos rodean y que pudiera atentar contra nuestra salud como atentan también contra la naturaleza. En eso hay como una nueva cultura y son muchas las campañas que surgen de un lado y de otro en este sentido. Y también el Señor quiere esa buena salud para nuestro cuerpo y para nuestra vida.
Pero bien sabemos que es mucho más lo que nos quiere decir hoy Jesús con esta alegoría de la vid y de los sarmientos que nos ofrece el evangelio. Porque tajantemente nos dirá que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Ya podemos recordar aquel episodio en que Pedro haciendo las cosas en nombre de Jesús, fiándose de la palabra de Jesús echó la red y la redada de peces fue muy grande.
Hoy nos está pidiendo que vivamos unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vida para que circule la savia, para que puedan llegar los nutrientes hasta sus ramos y sus hojas, para que pueda florecer el racimo y ofrecernos hermoso fruto. Es la gracia del Señor que necesitamos, porque es nuestra vida y nuestra fortaleza; porque es su Vida la que nos va a nutrir, la que tenemos que vivir, la que hará que tengamos buenos frutos.
‘Corno el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’. Tenemos que escuchar estas palabras de Jesús con mucha atención. Hemos de buscar la manera de permanecer bien unidos a Jesús. Quiere El estar presente en nuestra vida; hemos de hacer que su Vida sea nuestra vida, porque ya no sea otra cosa la que vivamos.
Así tenemos que escucharle, así tenemos que meterle bien en nuestra vida, así tiene que ser nuestro alimento y nuestra fuerza. Ahí está la escucha de su Palabra; ahí tiene que estar muy viva nuestra oración de cada día no hecha de una forma rutinaria sino de una forma muy viva porque es meter a Dios en nuestro corazón y nosotros meternos en el corazón de Dios; ahí está la vivencia de los sacramentos en los que El se hace presente con su gracia, porque los sacramentos no son sino presencia de Dios en nosotros.
‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’, termina diciéndonos hoy Jesús.

martes, 21 de mayo de 2019

Nos dice Jesús que no perdamos la calma porque El nos da su paz haciéndonos sentir su presencia manifestada en tantos resquicios de luz en cuanto nos rodea



Nos dice Jesús que no perdamos la calma porque El nos da su paz haciéndonos sentir su presencia manifestada en tantos resquicios de luz en cuanto nos rodea

Hechos 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a
En el devenir de la vida aunque quisiéramos vivir siempre con sosiego y paz hay, sin embargo, muchos momentos en que perdemos ese serenidad y esa paz por las cosas que nos preocupan, la incertidumbre quizá del mañana, de lo que no sabemos, de las sorpresas que nos podemos encontrar, un accidente o un acontecimiento que no esperamos, o ante la separación de un ser querido, un amigo o un familiar, que nos deja, que marcha por otros derroteros o cuando incluso sabemos que la muerte nos lo arranca de nuestro lado.
Queremos enfrentarnos con serenidad ante esos momentos y no podemos. Previamente al hecho nos sentimos intranquilos, después de lo sorpresa de lo que no esperábamos y nos impactó, quizás nos quedamos nerviosos y no encontramos la manera de serenarnos, de seguir con el ritmo normal de la vida, o de centrarnos en lo que quizá por obligación tenemos que seguir haciendo.
Hace falta, es cierto, mucha fuerza interior para encontrar esa serenidad, tener la madurez suficiente para comprender y para aceptar, para darle un sentido a lo que nos sucede y encontrar caminos de luz, rayos de esperanza, fuerza suficiente para no perder esa calma que necesitamos y más aún en los momentos difíciles. Es el espíritu con que nos enfrentamos a la vida, el coraje con que la vivimos, los recursos humanos y espirituales que hemos de saber encontrar. No siempre es fácil por nosotros mismos. El apoyo de una persona fuerte a nuestro lado puede ser un ejemplo y un aliciente.
Pero quienes ponemos en la vida toda nuestra confianza en Dios sabemos que El es nuestra fuerza, la roca salvadora sobre la que podemos apoyarnos y que nunca nos fallará. Hay personas que ante cosas así hablan de resignación, pero creo que es actitud en cierto modo negativa no es lo que mejor nos puede ayudar, aunque muchos se refugien en ello por no haber sabido encontrar otro sentido.
Bien nos viene escuchar las palabras que nos dice hoy Jesús en el evangelio. Los momentos que vivían los discípulos no eran fáciles, aunque les costara comprender toda la trascendencia de lo que estaba sucediendo; parece que tenían una venda sobre los ojos que no les dejaba ver claro, pero algo intuyan por la solemnidad de todo lo que había sucedido en aquella cena con aquellos signos especiales que Jesús había realizado. Porque no terminaban de comprender estaban como nerviosos e intranquilos.
Por eso Jesús les dice que no pierdan la calma. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice. Es bueno escuchar bonitas palabras pero hay que enfrentarse a los hechos y era lo que les costaba. Por eso les dice Jesús que les da su paz, una paz que no es como la que el mundo pretende darnos. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’.
No es la paz impuesta por la fuerza, la que se gana en batallas y guerras, es la paz que hemos de saber encontrar en el corazón, que es mucho más difícil y costosa en muchas ocasiones. Y es que Jesús les está diciendo que se va, porque se vuelve al Padre, pero les asegura su presencia. Es lo que tenemos que saber descubrir a pesar de las tormentas y de los miedos, la presencia de Jesús no nos falla.
Nos dirá que está con nosotros hasta el final de los tiempos, pero nos prometerá también que nos dará su Espíritu, que es Espíritu de fortaleza y de verdad. Nos quita los miedos, nos hace sentirnos seguros y fuertes, nos descubre la verdad, nos revela en nuestro corazón todo el misterio de Dios, nos hace comprender cuando Jesús nos ha dicho y nos ha costado entender.
Es cierto que en los momentos oscuros parece que nadie está a nuestro lado, pero hemos de saber vislumbrar las rendijas de luz que nos hacen sentir que El está ahí y que a pesar de todo el corazón nos comienza a latir con fuer.za porque El está llenándonos por dentro. Pero rendijas de luz pueden ser también personas que se acercan a nosotros quizá de una forma ocasional y nos dicen una palabra, nos tienden una mirada, nos hacen sentir el calor de su amor, nos están haciendo sentir también la presencia de Dios.
Es entonces cuando comenzaremos a sentir paz a pesar de que las tormentas puedan ser fuertes. Porque la presencia de Jesús no es hacer el milagro para arrancarnos de esas situaciones, sino que la presencia de Jesús nos serena y da paz para mirar las cosas de otra manera, para encontrar un sentido, para sentir una fuerza interior que nos viene de Dios y que nos hace seguir caminando. Muchas señales de su presencia tenemos que saber descubrir y encontraremos la paz que necesitamos

lunes, 20 de mayo de 2019

Somos amados de Dios que se nos revela y quiere habitar en nosotros si le escuchamos y cumplimos los mandamientos


Somos amados de Dios que se nos revela y quiere habitar en nosotros si le escuchamos y cumplimos los mandamientos

Hechos 14,5-18: Sal 113B; Juan 14, 21-26
No sé para que te explico yo todo esto si no me vas a hacer caso; te lo digo y te lo explico una y otra vez con toda claridad pero no hay manera que hagas lo que te digo, sabiendo además que lo que te estoy diciendo es por tu bien… Así reacciona a veces un padre ante el hijo que no hace caso y sigue por sus malos caminos; así reaccionamos nosotros y hasta perdemos las ganas de querer ayudar a alguien cuando una y otra vez le decimos las cosas, pero  no hay manera de que nos atienda a lo que le decimos e intente seriamente seguir los cosas, los consejos que le demás para su bien.
¿No será así, de alguna manera, cómo actuamos ante la Palabra del Señor? Continuamente escuchamos el evangelio, escuchamos a aquellos que tratan de comunicarnos la Palabra de Señor, pero no hay manera que cambiemos actitudes, posturas, el actuar de nuestra vida sino que queremos seguir por nuestros propios caminos haciéndonos oídos sordos a lo que el Señor nos dice.
¿Qué nos pide el Señor? Que cumplamos sus mandamientos, lo que es la voluntad del Señor que siempre nos llevará por caminos de felicidad, nos llevará por caminos que nos conducen a la vida eterna. Son los caminos de la bondad y de la rectitud, los caminos de la solidaridad y de la generosidad, caminos de sinceridad, de autenticidad, de verdad, caminos que nos llevarían a ser más hermanos los unos con los otros y a llenar de misericordia nuestro corazón, a mirar con una mirada nueva a los que caminan a nuestro lado, a ser capaces de aceptar a todo persona que llega junto a nosotros alejando todo tipo de discriminación; son caminos que nos llenan de vida.
Pero fijémonos en lo que nos dice hoy Jesús. Con cosas verdaderamente sublimes. Aceptar lo que la voluntad de Dios en nuestra vida nos lleva a la sublimidad de llenarnos de Dios. ¿No preguntaba aquel joven qué tenía que hacer para heredar la vida eterna? Y recordamos que Jesús le decía que cumplir los mandamientos. Hoy nos lo dice con otras palabras pero que es lo mismo.
Primero nos dice: El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él’. Qué hermoso, nos vamos a sentir amados de una manera especial por Dios y tanto es su amor que nos manifestará toda la intimidad de su ser. ‘Lo amaré y me revelaré a El’. Por eso dirá a los discípulos que los llama amigos, amados de Dios, y que los llama amigos porque a ellos les ha revelado todo lo que ha recibido de su Padre.
Pero luego abunda más en este concepto. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Como decíamos antes llenarnos de la vida eterna, llenarnos de Dios. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’. Dios que viene a habitar en nosotros. ¿Qué otra cosa es la vida eterna de la que nos habla y que nos promete?
Por eso decía que es sublime lo que Jesús nos revela, lo que Jesús nos ofrece. Pero tenemos que escucharle, tenemos que aceptar su Palabra, tenemos que cumplir su voluntad, los mandamientos. Porque quien no los cumple es que no ha puesto toda su ve en El. Algo maravilloso que nos ofrece Jesús y que nos dirá que nos enviará su Espíritu para que lleguemos a la plenitud de la verdad. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Finalmente pensemos que si ahora estamos reflexionando sobre todo esto, es una manifestación del Espíritu en nosotros. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios y nos llenaremos de la vida de Dios, El habitará en nosotros.


domingo, 19 de mayo de 2019

Al momento de la despedida y manifestación de lo que es su última voluntad nos deja el testigo de la misión y el distintivo del amor que como onda expansiva transformará nuestro mundo




Al momento de la despedida y manifestación de lo que es su última voluntad nos deja el testigo de la misión y el distintivo del amor que como onda expansiva transformará nuestro mundo

Hechos 14, 20b-26; Sal 144; Apocalipsis 21, 1-5ª; Juan 13, 31-33a. 34-35
Imaginemos que en una inmensa superficie de agua cristalina y en total quietud en un momento determinado vemos caer una gota, solamente una gota, y veremos cómo inmediatamente surgen ondas expansivas en aquella superficie que se van extendiendo paulatinamente sobre ella, podríamos decir que casi hasta el infinito. Es la imagen también con la que reflejamos ese punto de luz que surge en medio de la oscuridad pero que va igualmente expandiéndose y llenando todo de luz, y la misma imagen utilizamos para el sonido. Son incluso los signos gráficos con que lo significamos.
Es la imagen que nos puede reflejar igualmente lo que significó la presencia de Dios hecho hombre en Jesús en medio de la humanidad y toda la creación que como esa gota expansiva, como ese punto de luz que extiende sus rayos en su entorno así ilumina y transforma nuestra vida y nuestro mundo. ¿Cuál es la fuerza de la honda que se expande y quiere abarcar a toda la humanidad? En una palabra lo podemos decir, el amor. Es la fuerza expansiva del amor que nos arranca de la quietud para ponernos en movimiento a una nueva vida, a un nuevo sentido de vivir, a un mundo nuevo que hemos de crear.
Es lo que Jesús nos ha dejado como testamento y como mandato, que nos amemos. El testamento, manifestación de la última voluntad que se nos quiere dejar como consigna cuando llega el momento de la partida. Hoy plasmamos – que así ha sido también a lo largo de la historia – esa última voluntad, ese testamento en un documento con todas las garantías de la legalidad para designar a quien dejamos aquello que poseemos o de qué manera se ha de repartir en quienes sean nuestros legítimos herederos.
Pero esa última voluntad es mucho más que un documento debidamente legalizado, porque quienes amamos a quien nos va a dejar queremos acompañarle en esos últimos momentos para bebernos sus palabras, sus gestos, los signos y señales de su amor y eso algo mucho más profundo que unos bienes materiales que es decirnos lo que quiere que sea nuestra vida y lo mejor que de esa persona podemos recordar, podemos heredar, que llevaremos para siempre en el corazón.
Me estoy haciendo esta explicación y reflexión escuchando en el corazón lo que hoy el evangelio nos ha ofrecido. Son los últimos momentos de Jesús con sus discípulos, aquellos a los que El ha querido llamar amigos porque a ellos ha querido manifestarles todo lo que es el misterio de Dios, lo que es el Reino de Dios que hemos de construir.
La cena pascual ha ido discurriendo con todos aquellos signos y señales que nos ha ido dejando con el lavatorio de los pies o con la institución de la Eucaristía. Ha llegado el momento de la glorificación y de la entrega, y así lo manifiesta tras la salida del que lo iba a entregar. Es el momento de las últimas confidencias, es el momento en que desde el corazón nos está pidiendo aquello en lo que ha de resplandecer nuestra vida y en lo que ha de notarse para siempre que hemos creído en El y que le hemos seguido. Es cuando nos deja el mandamiento del amor.
No nos viene a decir nada nuevo, porque ese ha sido el tenor de su vida, aquello en lo que El nos ha dejado ejemplo y que continuamente nos ha venido enseñando. Nos ha hablado continuamente de entrega y de servicio, nos ha hablado de comprensión y de perdón cuando nos ha señalado en el evangelio tantas veces que seamos misericordiosos y compasivos como nuestro Padre es misericordioso y compasivo, nos ha hablado de hacernos servidos y esclavos los unos de los otros en el amor, nos ha ido señalando como tenemos que ser humildes y cercanos los unos de los otros mostrándolo El en su propia vida.
Ahora nos dice sencillamente: Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros’.
Es el momento de la despedida y esta es la manifestación de lo que es su última voluntad para nosotros. En nuestras manos deja el testigo, porque a nosotros los confiará la misión de ir por el mundo llevando esa Buena Nueva, ese Evangelio de salvación. Vamos a comunicar al mundo que Dios es amor, que Dios es nuestro Padre, que nos regala su amor y nos ofrece su salvación, y que en consecuencia hemos de comenzar a construir un mundo nuevo, a vivir una vida nueva.
Pero no son solo palabras las que hemos de transmitir. Hemos de transmitir lo que nosotros vivimos, hemos de manifestar en nosotros aquello que nos ha de distinguir como seguidores de Jesús y a quienes nos ha confiado el testigo. Y eso tenemos que manifestarlo en nuestra forma de vivir, en la forma como nosotros nos amamos.
Ese amor que vivimos es esa gota que ha de caer en nuestro mundo y que se ha de expandir a todos los hombres y lugares creando esas ondas expansivas del amor. Es la fuerza expansiva del amor, es la fuerza de la vida nueva en el amor con el que tenemos que contagiar a cuantos nos rodean, y con la que tenemos que transformar nuestro mundo.
Muchas preguntas podrán surgirnos en nuestro interior. Si esa es la fuerza que llevamos en nosotros, ¿por qué el mundo no se ha transformado desde ese amor? ¿Será acaso que no está resplandeciendo ese distintivo en nosotros, no se nos distingue a los que nos llamamos cristianos precisamente por el amor? Mucho tiene que hacernos pensar.