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lunes, 11 de diciembre de 2023

Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

 


Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Cuántas veces en la vida nos vemos bajo el peso de los problemas sin saber cómo salir adelante, nos sentimos impotentes, incapaces de encontrar salida; en ocasiones nos sentimos como inútiles, también hay que decirlo, porque no nos valoramos a nosotros mismos, no somos capaces de reconocer las imposibilidades que podamos tener, pero de ahí no pasamos; yo no sé, yo no puedo, son frases que escuchamos o que incluso decimos en muchas ocasiones.

Por supuesto necesitamos una mano que nos ayude a dar los primeros pasos, nos dé el primer empujón, no para resolvernos ellos todos los problemas, sino para hacernos creer en nosotros mismos; es bueno que haya personas dispuestas así a nuestro lado, porque son un buen estimulo; pero reconociendo quizás que estamos limitados tenemos que ver otras posibilidades, otras salidas, algo que nosotros hagamos por nosotros mismos.

¿Queremos el milagro fácil que todo nos lo dé hecho? Quizá el milagro tiene que estar en reconocer nuestra limitación, pero querer salir de ella, no conformarnos, no cruzarnos de brazos para que otros sean los que nos resuelvan los problemas. Y esto que estoy diciendo no es auto alimentar nuestra autosuficiencia, porque también tenemos que saber a quién podemos acudir, pero hacerlo, es comenzar a creer que es posible en mi vida algo distinto. Y decimos de nuestra vida personal, como podemos decirlo de lo que es esa sociedad que quisiéramos que fuera mejor.

Me ha venido a la mente toda esta reflexión que os estoy ofreciendo precisamente leyendo y queriendo escuchar en mi corazón también el evangelio que hoy se nos propone. El evangelista nos presenta el cuadro, Jesús que está enseñando en un lugar a donde ha acudido mucha gente; por un lado también están escribas y fariseos, que siempre estarán atentos a lo que hace o a lo que dice Jesús, no para aprender, sino ya sabemos cuales son sus intenciones. En medio de todo esto aparecen unos hombres que en una camilla traen a un paralítico para que Jesús lo cure. Pero está la dificultad de la aglomeración de la gente; pero aquellos hombres no se arredran y buscan soluciones, bajar desde el tejado en la camilla a aquel paralítico para que llegue a los pies de Jesús.

Ya estamos viendo cómo se buscan soluciones sin cruzarse de brazos. Las barreras se pueden saltar. Cuántas veces vemos el muro que se nos interpone, pero nos falta la iniciativa para ver como pasar por encima de ese muro, y nos quedamos paralizados.

Pero ahora vienen otros pasos que son muy importantes. Las palabras de Jesús hacen reconocer que aquel hombre – todos lo somos – es pecador y cuando se reconoce el pecado estará siempre presente la misericordia de Dios, aunque los hombres no terminamos de aprender lo que es la misericordia y saborearla. Así está la reacción de aquellos que escuchan que Jesús ofrece el perdón a aquel hombre. ¿Nuestras reacciones van por los caminos de la misericordia y saber saborearla?

Pero ahora Jesús le va a decir a aquel hombre que no tiene que quedarse postrado en aquella situación. ‘A ti te lo digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. No te quedes postrado, levántate. No esperes siempre que haya alguien que te cargue la camilla – yo lo habían hecho otros antes para traerlo ante Jesús – a ti te toca ahora cargar con la camilla para que vuelvas a tu casa. Y aquel hombre se levantó con el estupor de todos.

Cuántas veces necesitamos oír esa palabra que nos dice: ‘levántate’. Tú puedes. Es posible. Sentir esa liberación interior, que nos viene de Dios. No quedarnos atados y paralizados. Ponernos en camino que podemos hacerlo. No podemos consentir que el mundo siga por los derroteros que va; podemos hacer algo nuevo, algo distinto, un mundo mejor y distinto. Pero tenemos que poner manos a la obra. Jesús está con nosotros. Y su palabra de salvación llega a nuestra vida. ‘Sed fuertes, no temáis. Aquí está nuestro Dios, viene en persona y nos salvará’.


sábado, 30 de enero de 2021

Una travesía difícil por la vida en la que no hemos de debilitarnos sino saber acudir con fe a quien sabemos que está a nuestro lado para ser nuestra fuerza

 


Una travesía difícil por la vida en la que no hemos de debilitarnos sino saber acudir con fe a quien sabemos que está a nuestro lado para ser nuestra fuerza

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal.: Lc 1,69-75; Marcos 4,35-41

Alguna vez habremos recibido el reproche, medio en broma, medio en serio en que nos echaban a la cara que estamos como atolondrados, que no nos enteramos, que no terminamos de caer en la cuenta de los problemas que hay. Seguramente a nosotros nos pasa cuando vivimos la vida medio superficialmente o no queremos complicarnos demasiado y así aunque veamos hacemos que no vemos, no vayan a meternos en el lío y tengamos que apechugar buscando soluciones. Es que esa tendría que ser la alerta que vivamos en todo momento, atentos a lo que pasa, atentos a los problemas, dispuestos a arrimar el hombro para buscar salidas y soluciones intentando salir de ese caparazón en que nos metemos en ocasiones para no enterarnos.

En esta introducción que nos estamos haciendo incido en nuestras posturas, cómodas muchas veces, aunque no es el caso de lo que hoy se nos plantea en el evangelio aunque no sabemos bien lo que pasaba por la cabeza de aquellos avezados pescadores que se veían envueltos en aquella tormenta tan normal en el lago de Tiberíades, mientras Jesús que iba en la barca pareciera que se desentendía de todo mientras dormía ausente de todo lo que pasaba a su alrededor. Medio acostumbrados a que Jesús les sacara de apuros en más de una ocasión, y como actuaba El cuando apreciaba sufrimiento en los demás, ahora no saben que pensar y bruscamente le despiertan.

¿Es que no te enteras? ¿Cómo puedes dormir tan tranquilo en medio del fragor de esta tormenta? Es que casi nos hundimos. Jesús no dormía ausente de cuanto pasaba, ni era insensible ante el momento difícil que estaban pasando. Aquel dormir de Jesús ¿sería como una prueba para la fe de aquellos hombres? ¿No les estaba obligando a que se las ingeniaran y supieran salir adelante sin tener que buscar una ayuda fácil? ¿Sabrían ellos más tarde caminar por la vida enfrentándose a dificultades e incluso persecuciones cuando Jesús no estuviera físicamente entre ellos?

Es cierto que les prometerá que nunca los dejará y de una forma o de otra siempre estaría con ellos, pero en muchas ocasiones también iban a sentir, como lo sentimos nosotros también, el dolor y la angustia de la soledad porque nos pareciera que Jesús se haya desentendido de nosotros. Pero ellos tendrían que aprender la lección, tendrían que aprender a confiar, tendrían o tendríamos también nosotros que saber buscar esa ayuda y esa presencia de Jesús que nunca nos faltará.

Sí, porque este texto del evangelio no es solo la lección que aprendieron aquel día los discípulos que iban en la barca que casi se hundía, sino que es la lección que nos vale a los cristianos de todos los tiempos, que nos vale a nosotros hoy cuando con mil problemas algunas veces también nos llenamos de angustias en nuestras soledades. Siempre hemos dicho, quizá como recurso fácil, pero no menos cierto, que esta barca zarandeada por las olas en medio de la tormenta del mar de Galilea es imagen de la Iglesia, barca también zarandeada por miles de olas a través del paso de los tiempos.

Ahora podemos pensar en la situación de la Iglesia con todos los problemas en que se ve envuelta a lo largo y a lo ancho del mundo, pero podemos pensar en más cosas también. Es la situación que vive hoy nuestra sociedad con la pandemia donde también nos vemos tan embrollados que nos parece que nunca vamos a salir; y aquí no sé si habremos sabido acudir al Señor que nos parece que duerme sobre un cabezal de la barca para pedirle con fe que nos ayude a salir de esta.

Epidemias y pestes ha habido numerosas a lo largo de los siglos y con más difícil solución cuando los medios sanitarios no eran los que hoy tenemos; y a lo largo y a lo ancho de nuestras tierras tenemos muchos santuarios y ermitas en honor de los santos a los que se invocaron en aquellas ocasiones como especiales protectores en aquellas situaciones. Hoy nos valen para romerías y fiestas, pero hemos de ser conscientes de que son testigos de la fe de nuestra gente y la ayuda del cielo.

Era la fe del pueblo cristiano, valiéndose de la devoción a algún santo en particular – ¿cuántas iglesias de san Roque hay en nuestra tierra y cuántas imágenes de ese santo en nuestros templos? – estaban implorando del Señor su protección en aquellos momentos. ¿Habremos sabido hacerlo o nos parece que no es moderno que hoy en el siglo XXI hagamos esas rogativas al Señor?

Considero también una travesía por un mar tumultuoso el enfriamiento espiritual que se pueda estar produciendo en el pueblo cristiano con la disculpa de los aforos limitados que de alguna manera nos impiden la asistencia a los actos religiosos. ¿Cómo nos levantaremos de este debilitamiento espiritual en que podemos estar cayendo? Nos tendrá que gritar Jesús también a nosotros: ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’

 

miércoles, 22 de abril de 2020

Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va faltar el amor de Dios que se manifiesta en la entrega de Jesús


Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va  faltar el amor de Dios que se manifiesta en la entrega de Jesús

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21
Esto no hay quien lo arregle, esto no tiene solución,  decimos con cierta amargura en el alma pero también con una fuerte carga de pesimismo en muchas ocasiones cuando los problemas se nos acumulan, el agobio en la búsqueda de soluciones nos ciega, o nos vemos desbordados por la situación que no sabemos encarrilar. Es una reacción como muy humana que nos brota, pero tendría que ser algo para un creyente que le tendría que hacer pensar con un poco de más detenimiento.
La misma situación social con todas sus ramificaciones que ahora estamos viviendo en nuestra sociedad nos puede llevar también por esos derroteros. Pero ¿es que no podemos encontrar esperanza? ¿Pensamos acaso que todo es como un caos donde no llegamos a encontrar el hilo del que tirar para que todo pueda volver a su orden? ¿O es acaso que lo que queremos es volver a lo mismo, que se soluciones las cosas más urgentes, para que podamos volver a vivir como vivíamos antes? ¿No encontraremos una luz que nos ayude a descubrir un sentido nuevo a las cosas, a la vida, a los problemas, a nuestro mundo con sus problemas?
Pero los que creemos en Jesús no tendríamos que caminar por esos caminos de pesimismo y de amargura. La fe en Jesús tendría que sembrar en nosotros esperanza y desde esa esperanza con la fuerza del Espíritu del Señor encontrar esos caminos de salida, esos caminos de salvación que nos hagan pensar en esa vida nueva que Jesús quiere para nosotros.
Creo que lo que nos dice hoy el evangelio tendría que hacernos dar un parón, un detenernos en seco para descubrir todo el sentido de vida nueva que tiene que tener nuestra fe en Jesús. La frase que escuchamos en el evangelio es mucho más que una frase lapidaria, una frase para grabar en una piedra y nadie la olvide. Es mucho más porque es algo que da sentido a nuestra vida, y donde en verdad tenemos que grabarla es en nuestro corazón.
‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. O sea, que el amor de Dios nos está entregando a Jesús para que en El encontremos la salvación. Así de sencillo, pero también de hermoso. Así con esa hondura y con esa alegría también en el alma. No quiere Dios que perezcamos, no quiere Dios la muerte ni la condena. Dios quiere y nos ofrece la vida, nos ofrece a Jesús. Y es claro pensamos en la entrega de Jesús en su cruz, en su pasión y en su muerte. ¿Por qué no pensamos en Jesús, el Emmanuel, el Dios con nosotros, el que se encarnó y tomó nuestra condición humana para viviendo nuestra misma vida estar a nuestro lado y enseñarnos cómo si es posible la salvación?
La cruz fue su entrega suprema, la mayor ofrenda de amor, el amor de quien nos ama y entrega su vida por nosotros. pero es toda la vida de Jesús, caminando a nuestro lado, viviendo también nuestras penurias y nuestros sufrimientos, al lago de nuestras penas y de nuestras angustias El nos va dando el sentido nuevo de nuestra vida, El nos va poniendo en el camino que no libera de nuestro mal y de nuestro sufrimiento, El haciéndose solidario en todo con nosotros nos está diciendo cómo nosotros tenemos que vivir, el amor que hemos de poner en la vida, la solidaridad con la que hemos de envolver todo nuestro quehacer.
Se nos tienen que abrir los ojos para descubrir el valor auténtico de tantas cosas, se no tienen que abrir los ojos para descubrir el valor de la persona y qué es lo que la hace grande, se nos tienen que abrir los ojos para que no sigamos andando con nuestras individualidades insolidarias, para aprendamos a mirar a nuestro lado y descubrir a las personas que caminan junto a nosotros que quizá alguna vez hasta ni en la misma casa habíamos llegado a descubrir, se nos tienen que abrir los ojos para que veamos el valor de lo importante y no nos quedemos en banalidades ni en superficialidades. Y todo eso lo veremos cuando sentimos de verdad que Jesús camina a nuestro lado, que nos está señalando y ofreciendo todo el amor de Dios que se hace entrega en su vida.
Las cosas tienen solución, hay un camino de salvación siempre abierto para nosotros porque nunca nos va  faltar el amor de Dios.


sábado, 25 de mayo de 2019

Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad


Si Jesús fue signo de contradicción entre los que le rodeaban el testimonio de nuestra vida fiel lo será también para los hombres de nuestro tiempo como signo de fidelidad

 Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21
Podríamos pensar algunas veces que porque somos creyentes, unas personas piadosas quizá, y queremos vivir con toda fidelidad nuestra vida cristiana y nuestro seguimiento de Jesús, ya todo tendría que salirnos bien, que los problemas tendrían que desaparecer, que a nosotros no nos puede pasar nada malo. Un poquito aquello del orgullo de sentirnos cristianos pero al mismo tiempo la seguridad de que nuestra vida va a discurrir siempre con toda paz y armonía, porque en algo tendría quizá que premiarnos el Señor ya que nosotros queremos ser buenos.
Y claro cuando nos surgen problemas y contradicciones quizá con aquellos que más cercanos están a nosotros y no nos comprenden, nos puede entrar el desaliento y un poco ponernos quizás contra Dios que así nos trata y no escucha nuestras peticiones y las cosas que le ofrecemos cada día.
Para algunos la tentación puede ser tan fuerte que pudiera ponerse en peligro su fe y su confianza en el Señor; casos podemos conocer de gente que por esas circunstancias adversas de la vida todo lo abandona y al final hasta nada quieren saber de religión ni de cristianismo. Claro que eso estaría demostrándonos la debilidad de nuestra fe, y también lo poco que quizá escuchamos la palabra del Señor. ¿Buscamos la vivencia de la fe solo como un remedio o una solución de nuestros males o nuestros problemas?
Pero no nos dice el Señor que por seguirle lo vamos a tener todo solucionado en la vida y no nos aparecerán problemas. Cuántas veces nos habla Jesús de las persecuciones incluso con que nos podremos encontrar. Cuando Pedro un día le dice qué es lo que les espera a ellos que lo han dejado todo por seguirle, Jesús además de decirle que todo aquello que han dejado lo van a ver multiplicado pero quizá en otro sentido, pero también les dice que no les faltarán persecuciones, pero que al final alcanzarán en su fidelidad la vida eterna. Tendemos a ir buscándonos premios por lo que hacemos, y cuanto más pronto nos aparezcan esos premios mejor.
Pero Jesús ya nos advierte que el siervo no es más que su amo, ni el discípulo mayor que su maestro. Y nos dice Jesús que si a El lo persiguieron, también nosotros vamos a encontrar persecuciones en nuestra vida. Nos habla de que el mundo nos odia, como le odiaron a El. Ya el anciano Simeón le anunció a María y a José allá en el templo cuando la presentación que aquel niño iba a ser signo de contradicción. Y ya lo vemos a través del evangelio la gente se va decantando ante El, unos le seguirán, alabarán sus palabras y su mensaje por tanta esperanza que va sembrando en sus corazones, pero otros se pondrán en contra, nunca querrán entender sus palabras y le llevarán hasta la Cruz.
Eso es lo que significa el mensaje de Jesús en medio del mundo, un signo de contradicción. Unos lo entenderán, otros se pondrán en contra. Eso es la Iglesia en medio del mundo, eso tenemos que ser nosotros en medio de los que nos rodean.
No es que busquemos la contradicción porque siempre nuestro mensaje, con nuestras palabras y con el testimonio de nuestra vida, tendría que ser un mensaje de esperanza, un rayo de luz en medio del mundo, pero ya decía el evangelio de san Juan desde el principio que las tinieblas no quisieron recibir la luz, la rechazaron; y es lo que vamos a encontrar nosotros en la medida en que seamos fieles de verdad al mensaje de Jesús.
No entenderán nuestro mensaje, sino que mas bien lo malinterpretarán, querrán hacernos decir cosas que no hemos dicho ni entran en nuestros principios, querrán arrimar siempre el ascua a su sardina, se van a creer en la posesión de la verdad absoluta y se mostrarán siempre enfrentados al mensaje del evangelio aunque muchas veces se haga de una forma muy sutil.
Pero eso nos obliga a ser fieles de verdad al mensaje del evangelio, a no tratar de hacernos rebajas para ganarnos a los otros, porque ese no es el camino. Tampoco tenemos que amoldarnos a los deseos del mundo, y esa es una gran tentación que sufrimos los cristianos y que padece también la Iglesia.
Cuidemos que no nos pongamos a hablar de tantas cosas que le interesan al mundo, y olvidemos el auténtico mensaje del evangelio. Es cierto que tenemos que preocuparnos por los problemas del mundo, pero nunca podemos obviar ni ocultar lo que es el mensaje del evangelio que es el que da verdadera vida al mundo. Hay quien denuncia que nos puede estar pasando eso también en la Iglesia de hoy y olvidemos el mensaje de Jesús. No nos importe ser signo de contradicción porque puede ser signo de nuestra fidelidad.

lunes, 7 de agosto de 2017

No estemos siempre esperando a que las soluciones las den los otros sino aprendamos a tomar la iniciativa y sepamos contar siempre con los demás, sean quienes sean

No estemos siempre esperando a que las soluciones las den los otros sino aprendamos a tomar la iniciativa y sepamos contar siempre con los demás, sean quienes sean

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21
Pero ¿es que nadie hace nada? Es un comentario que es fácil oír cuando vemos que hay problemas, pero estamos esperando que sean otros los que pongan mano para resolverlos. Muchas no es que seamos insensibles, porque somos capaces de ver el problema o la necesidad, pero lo que no damos el paso para implicarnos, dejamos que sean otros los que le den solución, nos quedamos en el comentario. Así vamos por la vida, rehuyendo el compromiso, esperando siempre que comiencen los demás. Estamos prontos para hablar, para denunciar, para quejarnos, para criticar lo que los otros hacen o no hacen, y nos quedamos en palabras, en muchos casos con posturas bien negativas.
‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer…’ le dicen los discípulos a Jesús. Se habían venido alejándose de todos porque Jesús quería estar a solas con ellos, pero al llegar se encontraron una multitud que les esperaba. Y Jesús se puso a enseñarles. Se pasó el tiempo, se hacia tarde y aquellas gentes estaban lejos de sus poblados. Los discípulos ven el problema, pero no saben como afrontarlo, por eso le dicen a Jesús que mejor es despedirlos para que se vayan a sus casas.
Pero la respuesta de Jesús fue bien distinta. ‘No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer’, les dice Jesús aunque ellos siguen encontrando dificultades. ¿Donde van a comprar pan para toda esa gente?
Jesús quiere que se impliquen; Jesús quiere que nos impliquemos; no solo es necesario que abramos los ojos para ver los problemas, lo cual ya es un paso importante en la vida, sino que además busquemos solución; busquemos quizá ayuda, colaboración, pero entre todos podemos encontrar caminos para avanzar en la vida; no podemos ir de negativos viendo solo las dificultades, sino que hemos de saber abrir nuestro espíritu para ver otras realidades, ver caminos que se nos pueden ir abriendo delante de nosotros, si sabemos contar con los demás.
Es lo que sucede en aquel momento. Alguien tiene por allí cinco panes y dos peces, aunque parezca que es nada para toda aquella multitud. Se producirá el milagro, todos podrán comer hasta hartarse y hasta sobrará pan que Jesús querrá que los recojan para que no se desperdicie.
Cuando en la vida sabemos contar con los pequeños granos que los demás puedan aportar cuantas cosas podemos hacer. Tenemos que saber valorarlo todo, saber valorar a todas las personas para saber contar siempre con los demás. No podemos ir de sobrados, pensando que nosotros solos son los que valemos. Cada uno tiene sus valores, sus cualidades, sus granitos de arena que aportar, sus cosas buenas, la generosidad de su corazón y así podemos avanzar de verdad y solucionar tantas cosas de nuestro mundo.
Pero hay un último detalle en el que quiero fijarme. Jesús no quiere que se desperdicie nada. ¿Así hacemos en la vida en este mundo tan derrochador en que vivimos? Pensamos materialmente en tantas cosas que desechamos en el consumismo en que vivimos, y en que lo que nos parece que no vale por su insignificancia o porque ahora no lo necesitemos, lo descartamos, pero no nos quedemos solo en lo material porque fácilmente pueden ser actitudes que nos aparezcan en nuestras relaciones con los demás. A cuantos descartamos en la vida, porque nos puede parecer que no valen. Creo que todo esto tendría que hacernos pensar mucho. Y hoy hablamos tanto de un mundo sostenible y no sé cuantas cosas más, pero que se nos puede quedar todo en bonitas palabras para la galería.

viernes, 5 de junio de 2015

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Tobías 11, 5-17; Sal 145; Marcos 12, 35-37
Durante la semana en la primera lectura hemos venido escuchando la historia de Tobías a través de unas cuantas pinceladas. Aquel hombre y con un corazón compasivo y misericordioso que dejaba la comida en la mesa para ir a enterrar a los muertos en una hermosa obra de misericordia. Pero la desgracia cayó sobre él, como escuchamos estos días, quedándose ciego; la ceguera entrañaba pobreza al no poder realizar ningún trabajo pero no decayó su esperanza y la fe que había puesto en el Señor. Hoy hemos escuchado como recobra la visión al regreso de su hijo de un largo viaje acompañado por el arcángel Rafael, como un signo de la presencia del Señor que nunca les abandonaba.
Puede decirnos muchas cosas. Con ojos de fe también hemos de saber leer el devenir de nuestra vida en la que también muchas veces nos vemos envueltos en muchas oscuridades, como le sucedió a Tobías. No debe decaer nuestra fe y nuestra esperanza.
Muchas veces los errores que cometemos en nuestra vida o el mal por el que nos dejamos arrastrar nos trae consecuencias llenas de problemas y dificultades, pero otras veces, sin buscar ninguna culpa personal, la vida nos trae también esos problemas, esas nubes que nos ensombrecen; pueden ser también las limitaciones que nos aparecen en la vida, las enfermedades que afectan a nuestro cuerpo, o quizá también la convivencia que se nos pueda hacer difícil con los que nos rodean.
¿Nos dejamos hundir en nuestro mal? ¿O sabremos hacer una lectura de lo que nos sucede para descubrir quizá una llamada del Señor que de alguna manera quiere manifestarse en nuestra vida? Detrás de esos acontecimientos de la vida, muchas veces duros que el Señor permite que nos aflijan, hemos de mirar más allá y llenos de esperanza vislumbrar o esperar aquello que el Señor un día querrá darnos.
Tobías no perdió la fe ni la esperanza y un día recobrará de nuevo la visión, la luz volvió a sus ojos. La luz del Señor siempre nos ilumina, aunque algunas veces no sepamos distinguirla. Nos toca mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza. El camino puede ser duro y difícil, pero tengamos la certeza de la presencia del Señor a nuestro lado. Vendrá la salud, vendrá la solución de los problemas, vendrán caminos nuevos que se nos abren en la vida donde podamos seguir dando frutos. Mantengamos la esperanza. Siempre pondrá un ángel a nuestro lado, como el arcángel Rafael acompaño al joven Tobías indicándole en cada momento lo que tenía que hacer y aquel joven se dejó conducir.
Qué hermosa lección para nuestra vida que nos hace mantener firme esa confianza en el Señor. Algo quizá esté preparando el Señor para nosotros.