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jueves, 2 de julio de 2026

Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 


Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

El evangelio de hoy habla de un paralítico, no se puede mover por sí mismo, no le escucharemos en el relato decir ni una palabra, lo traen en una camilla, pasivamente se deja hacer y se deja llevar por aquellas personas de buena voluntad que le ayudan, que en este caso lo traen ante jesús. 

Creo que el evangelio nos está provocando a que nos demos cuenta de otras parálisis que hay en la vida que van más allá de unos miembros del cuerpo inmovilizados, y que les hace sentirse inútiles a las personas. Esa inutilidad que sentimos en ocasiones que ya no es física es algo en lo que nos quiere hacer reflexionar hoy el evangelio. Cuántas veces nos quedamos paralizados en nuestra pasividad o nuestra impotencia, no sabemos qué hacer, por dónde empezar, nos dejamos llevar porque nos decimos que las cosas no pueden cambiar, que es imposible, que nos sobrepasan los problemas, que nos sentimos deprimidos, que no somos capaces de salir de nuestro círculo en búsqueda de nuevas salidas o nuevas soluciones, que nos acobardamos ante la multiplicidad de los males o problemas que se nos agolpan alrededor, que nos sentimos mudos sin saber qué responder ante lo que nos achacan o quieren culpabilizarnos… muchas parálisis de nuestro espíritu, mucha impotencia o pasividad, muchas camillas en las que anímicamente nos sentimos postrados.

A aquel paralítico que llevan ante Jesús lo primero que le dice es ‘¡Ánimo, hijo!, que tus pecados están perdonados’. Un revuelo de escándalo se levanta a su alrededor. Sorpresa quizás en aquellos que lo llevaban y que lo que deseaban era que Jesús lo levantara de la camilla y se pudiera valer por sí mismo. Pero es también la primera reacción que nosotros pudiéramos tener porque esperábamos otra cosa. La reacción de escándalo fue principalmente para los fariseos y maestros de la ley que por allí andaban que sienten que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. ‘Este blasfema’, se dice entre ellos.

Pero Jesus no blasfema. ¿Quién puede tener poder para curar a un paralítico? ¿No se está manifestando también ahí el poder de Dios como en el perdón de los pecados? Por eso dirá al paralítico ‘levántate, ponte en pie y vete a tu casa’.

Es importante sí esa parálisis de nuestros miembros pero son más importantes aún las parálisis que sentimos por dentro de nosotros. Jesus es el que ha venido a dar libertad a los oprimidos, y es lo que quiere hacer en lo más hondo de nosotros mismos. Las curaciones de nuestras enfermedades físicas son solo un signo de esa sanación que Jesus viene a traer a nuestro corazón. Quiere levantarnos también de esas postraciones que nos encierran, que nos inutilizan; quiere sanarnos de esas esclavitudes a las que nos hemos sometidos dentro de nosotros mismos con nuestros apegos, con nuestras rutinas, con nuestro encierro en la insolidaridad, con ese mal que corroe el corazón y nos llena de muerte. 

Cuando hemos preferido esas negatividades para nuestra vida le hemos estado dando la espalda a Dios, a lo que es el plan de vida y de redención que Dios nos ofrece, es nuestro pecado. Tenemos que dejarnos sanar, tenemos que dejar actuar a Dios en nuestra vida que con la fuerza de su Espíritu nos renueva y nos hace tener nueva vida. 

También Jesús nos dice que nos levantemos, que nos pongamos en pie, que vayamos allí donde está nuestra vida, pero no ya arrastrando una camilla o dejándonos arrastrar postrados en las camillas de nuestras depresiones, Jesús quiere darnos nueva vida, quiere inundarnos de su paz, quiere que andemos en la verdadera libertad. con Jesús ya todo será distinto, con Jesús ha llegado la luz a nuestra vida, con Jesús siempre encontraremos salidas y caminos a recorrer.


domingo, 12 de abril de 2026

Jesús resucitado llega a nosotros con su mensaje de paz y reconciliación, porque tocando nuestras heridas El nos sana y nuestro corazón se inunda de una alegría contagiosa

 


Jesús resucitado llega a nosotros con su mensaje de paz y reconciliación, porque tocando nuestras heridas El nos sana y nuestro corazón se inunda de una alegría contagiosa

Hechos 2, 42-47; Salmo 117; 1Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31

Cómo nos cuesta confiar y creer, cómo nos cuesta mantenernos en la esperanza cuando todo parece negro y oscuro, como nos cuesta salirnos de la encerrona en la que a veces nosotros mismos nos hemos metido. Y es que esas negruras de la vida y esos pesimismos parecen una espiral que nos envuelve y por eso nos parece no tener salida. Algunas veces se nos oscurece la fe verdadera y parece que quisiéramos volver a nuestras rutinas de siempre que poco nos comprometen porque se pueden quedar en fachadas y en vanidades. Por eso qué difícil se nos hace encontrarnos con la pascua verdadera y dejar que de verdad impacte en nuestra vida, porque nos compromete y preferimos formalismos tradicionales que son como un hábito que hoy nos ponemos pero mañana nos podemos quitar para seguir como siempre.

¿Nos puede haber sucedido así una vez más en la celebración de la Pascua y en lo que fueron las celebraciones de la semana santa? Creo que tendría que ser como un análisis que tendríamos que hacer de nuestra vida para ver qué nos queda hoy a los ocho días de haber celebrado el día de Pascua, aunque litúrgicamente se haya prolongado en estos ocho días como si fuera una solo.

Hoy nos comienza diciendo el evangelio que los discípulos estaban reunidos en el cenáculo pero con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es cierto que el comienzo del relato parte de lo que fue aquel primer día, pero al completar el relato que hoy se nos ofrece a los ocho días aún están en el mismo sitio. ¿Dónde estamos nosotros? Y el dónde no es hablar de un lugar sino de una situación, de cómo nos sentimos, de lo que hemos avanzado o no, de en qué se han quedado todas las celebraciones que la pasada semana vivimos. ¿Cómo era en el principio, o sea, antes de la pascua, y así vamos a seguir por los siglos de los siglos?

Creo que tenemos que detenernos a ver nuestra realidad para sentir cómo el Señor resucitado viene una y otra vez a nuestra vida. Como lo vemos hoy en este pasaje que nos narra dos manifestaciones de Cristo resucitado una y otra semana a los discípulos que aún seguían encerrados en el cenáculo. Son los miedos y cobardías, será nuestra incapacidad de dar un paso adelante, será que solo miramos y vemos muros a nuestro alrededor que nos cercan con su indiferencia o con su increencia, será que preferimos como Pedro quedarnos en lo alto del Tabor pero le tenemos miedo de bajar a la calle para al encontrarnos con los demás hacerles el anuncio que ha llenado nuestra vida, será que aún seguimos con una fe titubeante porque seguimos buscando pruebas, será que aun desde dentro seguimos ausentes o queriendo ir por nuestro lado, será porque seguimos sintiendo tantas heridas que siguen haciéndonos daño… pero Jesús nos sale al encuentro y nos ofrece su saludo de paz.

Pero con ese encuentro con Jesús sentiremos que ya no nos podemos callar, que tenemos que ofrecer esa paz, que tenemos que comenzar a ir regalando amor y perdón allá por donde vayamos. ‘Hemos visto al Señor’, como le dicen los discípulos al discípulo ausente. Y es que aquel discípulo ausente sigue pensando en heridas de manos y costado. ¿Qué heridas seguirán pesando sobre nosotros? Cuando Jesús de nuevo se les manifiesta están ya Tomás entre ellos a él se dirigirá Jesús ofreciendo las llagas de sus manos y de su costado para que venga a palparlas, a meter su dedo o su mano. ¿Será lo que nos está pidiendo también Jesús a nosotros hoy?

Jesús resucitado con su presencia les ha dejado el saludo de paz y la misión de la reconciliación al hacer el anuncio de la Buena Nueva por el mundo porque así es cómo se sentirán verdaderamente sanados. Tomás terminará confesando su fe porque en el encuentro con Jesús las heridas de su alma de la desconfianza y de dispersión se han comenzado a sanar. Cogidos de la mano de Jesús toquemos también directamente esas heridas que nosotros seguimos llevando en el alma para que encuentren curación. Aprenderemos a perdonarnos a nosotros mismos porque sentimos que el Señor nos perdona, pero aprenderemos también a perdonar a los demás y a todos llevar ese mensaje de reconciliación. ‘Dichosos los que sin haber visto han creído’, viene a decirle Jesús a Tomás. No habremos visto con los ojos de la cara, pero sí habremos sentido la presencia sanadora, salvadora de Jesús en nuestra vida y nos hemos tenido que sentir transformados.

Y es que sentimos la dicha, la felicidad, la alegría de la presencia de Jesús y es de lo que tenemos que dar testimonio a los demás. Y es que sentimos la alegría del amor, la satisfacción de darnos con generosidad y compartir; es que sentimos la dicha y la alegría de estar entre aquellos que se sienten amados de Dios y por eso mismo se aman y entran en la más hermosa de las comuniones. Entonces nuestra vida será distinta, la proclamación de nuestra fe la haremos con renovada alegría, el entusiasmo que sentimos será grande y contagiará a los que están a nuestro lado. Despertemos a esa alegría nueva, contagiemos la alegría de nuestra fe que está alimentada en el amor.


martes, 24 de junio de 2025

La celebración del nacimiento de Juan nos tiene que llevar a una búsqueda de Jesús, verdadera Palabra que nos trae la auténtica Salvación

 


La celebración del nacimiento de Juan nos tiene que llevar a una búsqueda de Jesús, verdadera Palabra que nos trae la auténtica Salvación

Isaías 49, 1-6; Salmo 138; Hechos de los apóstoles 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘¿Qué va a ser de este niño?’ es la pregunta que se hacen sus vecinos y todas las gentes de las montañas a las que había llegado la noticia de su nacimiento. Cuando los vecinos de Isabel se enteraron de la noticia de que estaba esperando un hijo a pesar de su vejez daban gracias a Dios que se había manifestado misericordioso con ella. Ahora se estaban sucediendo cosas extraordinarias, el niño se iba a llamar como su padre sino que la madre había insistido en llamarle Juan, el padre lo había ratificado escribiéndolo en una tablilla pues había estado mudo desde lo que había sucedido en el templo, en verdad aquel nombre venía a significar la misericordia del Señor que se había manifestado en aquel hogar, como el mismo nombre significaba. Zacarías había recobrado el habla y había terminando cantando también las misericordias del Señor.

‘¿Qué a ser de este niño?’ se preguntaban y con razón. ¿Sería sacerdote del templo de Jerusalén como hubiera sido habitual en el hijo de un sacerdote? ¿Quedaría allá en aquel pueblo ignorado y perdido entre las montañas de Judea?

Pero Dios había ido señalando su camino. ‘Tu mujer, Isabel, te dará un hijo’, le había señalado el ángel. Será motivo de gozo y alegría para muchos… estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno’, le había anunciado el ángel. ‘Y la criatura saltó de gozo en el seno de su madre’ con la visita de María, la prima, llegada desde la lejana Galilea. ‘Convertirá a muchos de Israel al Señor, su Dios… porque irá con el espíritu y el poder de Elías… para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’.

La respuesta a la pregunta estaba en lo que el ángel le había anunciado a Zacarías y por lo que ahora Zacarías daría gracias al Altísimo ‘porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas’.

Si ahora la gente se preguntaba qué iba a ser de aquel niño, un día allá en el desierto donde Juan estaba realizando aquella misión para la que había sido elegido desde el seno de su madre, como habían dicho los profetas, ahora le preguntarían a Juan de la misma manera. ‘¿Tú quien eres para que podamos responder a los que nos han enviado?’ Y Juan diría que él no era el profeta, que no era el Mesías, que solo era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor. Sí, sería como proféticamente había cantado Zacarías ‘el profeta del Altísimo que irá delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación y el perdón de los pecados’.

En aquellos momentos tan llenos de confusión por toda la situación, en cierto modo dramática para el pueblo, que estaban viviendo Juan era la voz que anunciaba algo nuevo y bien distinto, la voz que invitaba a la conversión, la voz que preparaba los caminos del Señor. Era la voz que gritaba en el desierto, pero él quería pasar desapercibido porque no se anunciaba a si mismo; no le importaba menguar y desaparecer para que quien iba a venir creciera y se manifestara en verdad como el Salvador. Lo harán enmudecer porque su palabra resultaba incomoda para los poderosos, de ahí su martirio en manos de Herodes.

Hoy nosotros estamos celebrando su nacimiento, que también a todos nos llena de alegría y nos hace hacer fiesta. También son momentos de confusión donde necesitamos también escuchar una voz profética que nos conduzca hasta la Palabra, porque es ahí donde vamos a encontrar la salvación. Incluso hasta la misma celebración del nacimiento de Juan nos pueda llenar de confusión porque estamos haciendo una mezcla de nuestros elementos religiosos y cristianos con un nuevo paganismo que se va extendiendo por el mundo y la sociedad.

Podemos pensar en la descristianización de nuestra sociedad donde vamos dejando a un lado los valores cristianos y del evangelio para vivir en una indiferencia muy peligrosa, en un materialismo que nos desborda y en un sensualismo que preocupa en la manera de vivir de nuestra sociedad. ¿Habrá una voz profética que nos despierte y haga volver nuestros corazones a los caminos del Evangelio que aunque nos llamamos cristianos tenemos tan olvidados? Pero incluso en las mismas formas que se han reintroducido en la forma de celebrar el nacimiento de Juan está renacimiento un nuevo paganismo en unos nuevos ritos que quieren ser como los nuevos sacramentos para nuestra sociedad de hoy. Pensemos en todas las costumbres y ritos de las que hemos llenado esta noche de san Juan, que quieren mimetizar los sacramentos de la Iglesia, pero sustituyéndolos por un fuego que llaman purificador.

¿Quién es el que de verdad nos purifica? Juan había sido anunciado como el que venía a preparar los caminos del Señor para la conversión y el perdón de los pecados. ¿Será eso lo que en verdad nosotros buscamos y queremos celebrar con el nacimiento de Juan?

‘¿Qué va a ser de este niño?’, nos seguiremos preguntando, pero tenemos que hacerlo en una búsqueda del Evangelio, que tiene que ser siempre una búsqueda de Jesús. ¿Será a Jesús a quien buscamos como nuestro único Salvador?

domingo, 19 de mayo de 2024

Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

 


Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo

Hechos  2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Es Pentecostés. Es mucho más que aquella fiesta judía que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, como una celebración de la ley que el Señor dio a través de Moisés a su pueblo allá en el Sinaí; mucho más como aquella fiesta casi al principio del verano y que se convertía en ofrenda de las primicias de aquellos frutos que se comenzaban a recoger. Es mucho más porque para nosotros es la fiesta del Espíritu, aquella donación de sí mismo que Jesús había prometido para estar siempre con nosotros porque contaríamos para siempre con la fuerza venida de lo alto.

Los Hechos de los Apóstoles nos relatan lo acontecido aquel día. Aún seguían los Apóstoles encerrados en el Cenáculo, a pesar de las experiencias que ya habían tenido de la presencia de Cristo resucitado. En la Ascensión Jesús les había pedido que se quedaran en Jerusalén hasta que recibieran la fuerza del Espíritu. Ahora en medio de aquellas señales que les estremecían como de un ruido ensordecedor, de aquellas llamaradas que aparecían sobre ellos como si sintieran un incendio divino en sus espíritus ellos se sienten transformados e impulsados a salir al encuentro de cuantos les rodeaban.

Algo extraordinario sucede, porque habiendo gente venida de distintos lugares como era normal en aquella fiesta judía de Pentecostés todos les entienden cada uno en su propio idioma. La torre de la confusión de Babel se derrumbaba para comenzar un lenguaje nuevo que todos iban a entender. Son los signos y señales de la presencia del Espíritu.

Se acabaron los miedos y la confusión, comienza el mundo nuevo de la unidad y del entendimiento; queda ya atrás lo de encerrarse en si mismos y sus inseguridades para hacer el anuncio de la Buena Nueva que iba a transformar el mundo; con la presencia del Espíritu de Cristo resucitado la paz renace en los corazones, porque se olvidan las culpabilidades porque el perdón es el que nos va a conducir a la verdadera paz y no solo nosotros nos vamos a sentir renovados desde lo más hondo de nosotros mismos a pesar de las sombras de nuestros errores y pecados, sino que además tenemos que convertirnos en esos mensajeros y testigos de la paz y el perdón que será el que de verdad renueve nuestro mundo.

No podemos olvidar esas señales de la presencia del Espíritu que nosotros tenemos que seguir mostrando a nuestro mundo. No es solo el recuerdo de las señales vividas en otro momento sino que ha de ser en verdad algo vivo que en nosotros ahora se tiene que manifestar también para bien de nuestro mundo.

Hoy, ahora, aquí tiene que seguir siendo Pentecostés. La celebraciones cristianos no son solo un recuerdo sino un memorial, porque es haciendo memoria de esas maravillas de Dios hacer presente ahora en nuestra vida y en nuestro mundo esas mismas maravillas de Dios. Hoy, aquí y ahora tenemos que ser testigos de Pentecostés, porque nuestros miedos y cobardías se acaben de una vez para siempre, porque tenemos que comenzar a mostrar que es posible esa unidad y esa comunión porque en verdad comenzamos a sentirnos verdaderamente hermanos, porque sentimos en nuestros corazones el gozo y la alegría del perdón recibido que nos llena de paz y nos hace hombres nuevos sino porque vamos siendo esos ministros de reconciliación y de perdón para los demás.

Nos lo dijo Jesús en el día de Pascua, que nos daba su Espíritu para el perdón de los pecados, de manera que por todas partes teníamos que ir haciendo presentes esas señales del perdón. Sin verdadero y profundo perdón no podremos alcanzar una autentica paz. Esa paz que tanto necesita hoy nuestro mundo; esa paz que nos regenere y nos haga encontrarnos de verdad los unos con los otros dejando atrás viejos resentimientos y sanando de verdad las heridas que aun llevemos en el corazón. Las heridas que no se curan siempre nos irán marcando con cicatrices molestas; tenemos la medicina verdadera en la fuerza del Espíritu del Señor.

Una tarea muchas veces costosa y difícil, tenemos que reconocer, pero una tarea que sabemos que es posible. Vivamos con intensidad la experiencia de ser perdonados y aprenderemos a tener la experiencia gozosa de ofrecer el perdón. La fuerza del Espíritu que hoy en Pentecostés a eso nos está conduciendo.

Es Pentecostés y tenemos que ponernos en camino; es Pentecostés y de una vez por todas tenemos que abrir las puertas; es Pentecostés y tenemos que ir al encuentro de ese mundo que nos rodea con sus divergencias y con sus diferencias, con esos lenguajes que se nos vuelven ininteligibles y esas soledades que nos aíslan a pesar de tanto que decimos que nos comunicamos para crear un lenguaje nuevo de comunión y unos lazos de comunicación que nos acerquen los corazones. Es Pentecostés hagamos palpable en nuestro mundo de hoy todas las señales de la presencia del Espíritu en medio de nosotros y haremos así un mundo nuevo.

domingo, 7 de abril de 2024

Aprendamos a gozarnos en la paz pascual que Jesús nos regala para que proclamemos con entusiasmo la alegría de nuestra fe

 


Aprendamos a gozarnos en la paz pascual que Jesús nos regala para que proclamemos con entusiasmo la alegría de nuestra fe

Hechos de los Apóstoles 4, 32-35; Sal. 117; 1Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31

Nos habremos encontrado en situaciones parecidas; andábamos nerviosos, preocupados, deseábamos tener el encuentro, pero al mismo tiempo teníamos como miedo, éramos quizás conscientes de que en todo no lo habíamos hecho bien porque había habido errores, cobardías, habíamos incluso tenido miedo de dar la cara y ahora tenemos encontrarnos con aquella persona. Pero aquella persona cuando llega a nosotros lo primero que nos dice es que estemos tranquilos, que no pasa nada, que ya él está allí y no tenemos por qué seguir teniendo miedo, nos sentimos mejor, nos sentimos en paz con una paz que no esperábamos, porque ni siquiera nos echaron en cara los errores que habíamos cometido.

Eso paso aquella tarde noche en el cenáculo; allí estaban con miedo, por lo que a ellos les pudiera pasar también, pero aunque les habían hablado ya de que Jesús había resucitado, no habían encontrado el cuerpo en el sepulcro los que allí habían ido en la mañana, unos supuestos Ángeles les habían dicho que había resucitado, habían recibido incluso unos avisos del mismo Jesús de que tenían que volver a Galilea, siguen con sus temores. Tampoco ellos habían sido muy valientes.

Y llega Jesús, y les dice que tranquilos, que ya todo pasó, que allí está él. Nos dice el evangelista que la primera palabra de Jesús fue la paz; la paz como saludo que era habitual, la paz como saludo pascual ahora, pero la paz que quería que reinara en sus corazones. Tranquilos, mantengan la paz. Ahora todo es nuevo; tranquilos, yo estoy con vosotros y os doy mi Espíritu; soy el que había enviado el Padre y ahora yo os envío a vosotros. 

Y esa paz va a llenar los corazones, esa paz nos va hacer que nos sintamos perdonados, esa paz nos hará sentirnos con una fuerza nueva, con un nuevo empuje, porque también tenéis que llevar esa paz a los demás; y esa paz es para todos, también para los que no están aquí.

Por eso su primer anuncio va a ser para aquel discípulo que andaba despistado por sus caminos, no estaba allí cuando vino Jesús y tampoco se lo va a creer. Exigirá pruebas, meter sus dedos en las llagas de sus manos, o meter su mano en la llaga del costado. Quería asegurarse que era verdad que era el Jesús que habían crucificado, porque eso necesitaba esa prueba de las llagas. Pero cuando llega Jesús de nuevo, la exigencia de pruebas se difumina, porque ahora no necesitará más que esa paz que Jesús le hace sentir en su corazón que le hará que en verdad crea que Jesús ha resucitado.

¿Andaremos nosotros también pidiendo pruebas, queriendo meter nuestros dedos en sus llagas? A Jesús resucitado lo vamos a sentir de una forma distinta. No podemos seguir queriendo palparlo todo con nuestras manos, porque si nos quedamos en eso siempre andaremos con nuestros miedos y nuestras desconfianzas; y los miedos y desconfianzas nos encierran, como a los discípulos en el cenáculo, o nos harán andar cada uno por nuestro lado, y nos faltará verdadera solidaridad y espíritu de comunión, y si seguimos con esas cosas no llegaremos a ver a Jesús, no llegaremos a encontrarnos con Jesús, no llegaremos a sentir la presencia de Jesús. Cuando Tomás volvió al grupo y se siguió manteniendo en comunión con El pudo descubrir la presencia de Cristo resucitado y podría hacer aquella hermosa confesión de fe.

Aunque nos llamamos cristianos, decimos que tenemos fe, todavía nos falta algo, porque aun queremos hacer nuestros propios caminos, por nuestro lado, a nuestra manera; y comenzaremos a hacer distinciones y a poner barreras; y queremos sentirnos muy seguros de nosotros mismos con nuestras autocomplacencias y autosuficiencias, porque nos creemos entendidos, porque nos decimos que nos lo sabemos todo; y nos faltará humildad para descubrir esa forma nueva que tiene Jesús de venir a nosotros precisamente en aquellos que nos parecen más humildes o más pequeños

Y por eso nuestra vida es tan tibia, nuestro amor y nuestra comunión es tan débil, nuestro compromiso es tan tacaño que siempre le estaremos poniendo limites, nuestro sentido de Iglesia es tan pobre porque no sabemos o no queremos ver la presencia del Espíritu que es quien nos guía, quien guía a la Iglesia. 

Y nos faltará ese entusiasmo y arrojo para dar testimonio de nuestra fe, y nos faltará alegría honda en nuestras celebraciones haciéndolas sí muy solemnes quizás pero frías y rutinarias porque falta verdadero calor que surja del corazón. Y así no podemos celebrar la Pascua, así no estamos manifestando ese sentido pascual que tiene que tener nuestra vida, así vamos languideciendo en tantas cosas en nuestras comunidades.

¿Cuándo aprenderemos a gozarnos en la paz pascual que Jesús nos regala para que proclamemos valientemente la alegría de nuestra fe?

lunes, 11 de diciembre de 2023

Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

 


Levántate, tú puedes, no esperes que otro te lleve tu camilla, no te quedes postrado, ponte en camino

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Cuántas veces en la vida nos vemos bajo el peso de los problemas sin saber cómo salir adelante, nos sentimos impotentes, incapaces de encontrar salida; en ocasiones nos sentimos como inútiles, también hay que decirlo, porque no nos valoramos a nosotros mismos, no somos capaces de reconocer las imposibilidades que podamos tener, pero de ahí no pasamos; yo no sé, yo no puedo, son frases que escuchamos o que incluso decimos en muchas ocasiones.

Por supuesto necesitamos una mano que nos ayude a dar los primeros pasos, nos dé el primer empujón, no para resolvernos ellos todos los problemas, sino para hacernos creer en nosotros mismos; es bueno que haya personas dispuestas así a nuestro lado, porque son un buen estimulo; pero reconociendo quizás que estamos limitados tenemos que ver otras posibilidades, otras salidas, algo que nosotros hagamos por nosotros mismos.

¿Queremos el milagro fácil que todo nos lo dé hecho? Quizá el milagro tiene que estar en reconocer nuestra limitación, pero querer salir de ella, no conformarnos, no cruzarnos de brazos para que otros sean los que nos resuelvan los problemas. Y esto que estoy diciendo no es auto alimentar nuestra autosuficiencia, porque también tenemos que saber a quién podemos acudir, pero hacerlo, es comenzar a creer que es posible en mi vida algo distinto. Y decimos de nuestra vida personal, como podemos decirlo de lo que es esa sociedad que quisiéramos que fuera mejor.

Me ha venido a la mente toda esta reflexión que os estoy ofreciendo precisamente leyendo y queriendo escuchar en mi corazón también el evangelio que hoy se nos propone. El evangelista nos presenta el cuadro, Jesús que está enseñando en un lugar a donde ha acudido mucha gente; por un lado también están escribas y fariseos, que siempre estarán atentos a lo que hace o a lo que dice Jesús, no para aprender, sino ya sabemos cuales son sus intenciones. En medio de todo esto aparecen unos hombres que en una camilla traen a un paralítico para que Jesús lo cure. Pero está la dificultad de la aglomeración de la gente; pero aquellos hombres no se arredran y buscan soluciones, bajar desde el tejado en la camilla a aquel paralítico para que llegue a los pies de Jesús.

Ya estamos viendo cómo se buscan soluciones sin cruzarse de brazos. Las barreras se pueden saltar. Cuántas veces vemos el muro que se nos interpone, pero nos falta la iniciativa para ver como pasar por encima de ese muro, y nos quedamos paralizados.

Pero ahora vienen otros pasos que son muy importantes. Las palabras de Jesús hacen reconocer que aquel hombre – todos lo somos – es pecador y cuando se reconoce el pecado estará siempre presente la misericordia de Dios, aunque los hombres no terminamos de aprender lo que es la misericordia y saborearla. Así está la reacción de aquellos que escuchan que Jesús ofrece el perdón a aquel hombre. ¿Nuestras reacciones van por los caminos de la misericordia y saber saborearla?

Pero ahora Jesús le va a decir a aquel hombre que no tiene que quedarse postrado en aquella situación. ‘A ti te lo digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’. No te quedes postrado, levántate. No esperes siempre que haya alguien que te cargue la camilla – yo lo habían hecho otros antes para traerlo ante Jesús – a ti te toca ahora cargar con la camilla para que vuelvas a tu casa. Y aquel hombre se levantó con el estupor de todos.

Cuántas veces necesitamos oír esa palabra que nos dice: ‘levántate’. Tú puedes. Es posible. Sentir esa liberación interior, que nos viene de Dios. No quedarnos atados y paralizados. Ponernos en camino que podemos hacerlo. No podemos consentir que el mundo siga por los derroteros que va; podemos hacer algo nuevo, algo distinto, un mundo mejor y distinto. Pero tenemos que poner manos a la obra. Jesús está con nosotros. Y su palabra de salvación llega a nuestra vida. ‘Sed fuertes, no temáis. Aquí está nuestro Dios, viene en persona y nos salvará’.


jueves, 6 de julio de 2023

Necesitamos seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado para valorar el perdón recibido para un nuevo camino y darlo generoso también con los demás

 


Necesitamos seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado para valorar el perdón recibido para un nuevo camino y darlo generoso también con los demás

Génesis 22, 1-19; Sal 114; Mateo 9,1-8

Todos merecemos una segunda oportunidad. Al menos eso pensamos cuando hemos sido nosotros los que hemos cometido el error y tenemos el buen deseo de querer rehacer nuestra vida. Sin embargo, hemos de reconocer, que no siempre somos capaces de ir por la vida dando segundas oportunidades a los demás. Pensemos, por ejemplo, cuando nos cuesta otorgar nuestro perdón. Y diríamos que perdonar lleva consigo el hacer que nos reencontremos con la paz; es lo que ofrezco cuando perdono, pero es al mismo tiempo lo que siento en mi mismo cuando soy capaz de perdonar. Desgraciadamente hay en la vida demasiados que no dan segundas oportunidades y ya sabemos de la amplitud que Jesús quiere que nosotros le demos al perdón otorgado.

Jesús ha vuelto a casa, como nos narra hoy el evangelista, y según llega, cuando se ve rodeado de gente como ya va siendo habitual que suceda hasta desbordar la casa y sus entradas como sucede en el episodio de hoy, le traen a un paralítico en una camilla para que Jesús lo cure. Otro evangelista cuando nos narra este episodio nos da más detalles, como el tener que descolgarlo del techo, porque han abierto un boquete en la cubierta, dada la afluencia de gente que por la puerta no pueden entrar. No nos vamos a detener en ese detalle.

Un hombre postrado en su camilla, imposibilitado de moverse por sí mismo, que es conducido hasta Jesús por otras personas de corazón generoso. Un hombre que tendría deseos de rehacer su vida para poder vivir y valerse por sí mismo. Unas almas generosas dispuestas a ayudar para que aquel hombre pueda tener una vida distinta. Y Jesús que lee en el corazón de los hombres vio la fe grande que tenían.

Los signos que realiza Jesús son señal de que algo grande se puede realizar desde lo más hondo del corazón pero que afectar por completo a la vida. Ha venido Jesús, como había anunciado el profeta y el mismo había proclamado en la sinagoga de Nazaret para proclamar el año de gracia del Señor. Para los oprimidos llegaba la hora de la liberación; aquel camino de liberación que había recorrido Israel desde su salida de Egipto, de la esclavitud, hasta la llegada a la tierra prometida, era todo un signo de ese camino de liberación y de transformación que en Jesús se había de realizar.

Era hora de que los signos que Jesús realizaba manifestaran plenamente esa liberación que en Jesús habíamos de encontrar. Por eso la primera palabra de Jesús ante el paralítico que le han traído para que lo curase es la del perdón. ‘Tus pecados quedan perdonados’.

Habrá quien no lo entienda, ni lo terminaron de entender entonces los que rodeaban a Jesús, de ahí sus murmuraciones y criticas, como no terminamos nosotros de entender lo que tiene que significar el perdón en nuestras vidas. A todos nos cuenta entender. Aquel hombre iba a ver restaurada su vida, pero Jesús nos quiere hacer ver que tiene que ser desde lo más profundo. No es solo que se levante de aquella camilla para comenzar a andar. Algo nuevo tenia que suceder en él, una nueva oportunidad para una vida nueva y distinta se le estaba ofreciendo. Siempre tendría que recordar y reconocer su debilidad. Jesús le dice, sí, que se levante, pero que tome su camilla y vuelva a su casa. Volvemos a nuestra casa, a nuestra vida, con sus mismas luchas y con nuestras mismas debilidades; la camilla va a estar presente ahí como un signo, como un recuerdo de nuestra realidad, como un recuerdo de el regalo de Dios que había recibido, pero también de lo nuevo que había que vivir.

Necesitamos quizá seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado, para valorar el perdón que hemos también nosotros recibido que nos ha puesto en camino de una vida nueva. Quizás esa camilla apagará nuestros orgullos, porque nos recuerda que somos débiles, pero esa camilla podrá ser también un estimulo para tener una mirada nueva y distinta a los que están a nuestro lado.

¿Nos podrá recordar que también hemos de ser generosos con nuestro perdón a los demás, dándoles otra oportunidad en sus vidas? Con nuestro perdón estaremos ayudando a quitar esos pesos muertos, esos pesos de muerte que muchas veces nos atenazan y nos impiden alcanzar auténtica paz. ¿Por qué no ayudar a que los demás encuentren también esa paz?

viernes, 13 de enero de 2023

Aprendamos a entrar en la órbita del amor para nosotros acoger y saber también ofrecer el perdón, teniendo la audacia de buscar el amor y de regalar amor

 


Aprendamos a entrar en la órbita del amor para nosotros acoger y saber también ofrecer el perdón, teniendo la audacia de buscar el amor y de regalar amor

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

El amor hace milagros. Y eso lo palpamos en tantas ocasiones de la vida. Hay cosas que nos parecen imposibles, todo son obstáculos y dificultades. Pero hay alguien que lo siente hondamente en el corazón, hay alguien que ama y no puede permitir el sufrimiento, la carencia de alguien a quien ama. Y revolverá lo que sea necesario para conseguir que aquella situación cambie, se encuentre un camino y una solución, y lo que parecía imposible al final se consiguió. Era la fuerza del amor. Todos hemos conocido en nuestro entorno situaciones así, y personas que con amor se entregan para conseguir lo imposible.

Hoy el evangelio nos está hablando de eso. Primero son aquellos hombres que llevan en una camilla a un discapacitado, paralítico se solía decir de forma generalizada, que quieren llevar a la presencia de Jesús para su curación. Algo hondo tenían que sentir aquellos hombres además de una fe muy grande. En la imposibilidad de hacerlo llegar por la vía normal, la puerta, por la cantidad de gente que se agolpaba para escuchar a Jesús, surge la iniciativa y la creatividad para hacerlo llegar aunque tengan que romper el tejado. Por allí lo descienden hasta los pies de Jesús.

Todo parecía resuelto ya ante aquella determinación valiente de aquellos hombres, pero allí está también la fuerza del amor. Quien ama da vida, quien ama ofrece lo mejor de su corazón, quien ama se derrite en compasión y misericordia, quien ama perdona. Ya tendríamos que aprender a caldear nuestro corazón con el verdadero amor y seríamos tan distintos los unos con los otros. Nos falta dejar de mirarnos para nosotros mismos para abrir una ventana en el alma por donde entren los aires caldeadores del sol que viene de lo alto, del amor de Dios. Se caerían esas barreras del orgullo que tantas veces ponemos entre unos y otros, por las que no pasamos ni dejamos pasar.

Aquel día ya se habían superado unas barreras. Incluso el deseo de escuchar a Jesús de aquellas gentes había sido una barrera, pero el amor la había hecho saltar, porque el amor fue creativo como para hacer llegar al enfermo a los pies de Jesús aunque tuvieran que descolgarlo desde el techo. ¿Cómo no tendrían que saltar esas otras barreras de muchos de los que estaban allí que estaban al acecho de lo que Jesús hiciera o pudiera decir?

El amor de Dios que envolvía a Jesús haría saltar aquellas últimas barreras aunque pudiera servir de escándalo para algunos. Y es que el amor hace lo que parece imposible. ‘Tus pecados quedan perdonados’, le dice Jesús al paralítico. Y surgen los murmullos de los que quieren crear desconfianzas. ¿Cómo puede perdonar pecados? Este hombre blasfema. Pero sí se podían perdonar pecados porque allí está presente el amor, el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. ¿No era el amor que hace presente el poder de Dios el que podía hacer que aquel hombre se curase y se levantase de su camilla? ¿Quién puede hacerlo sino Dios?

‘Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dice al paralítico-: Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa. Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios…’

‘Nunca hemos visto una cosa igual’, fue la reacción de los que saben descubrir las cosas de Dios, fue la reacción de los que estaban abiertos al amor de Dios. El amor hace milagros, comenzamos diciendo al iniciar esta reflexión en torno al evangelio. Aprendamos a acoger el perdón con lo que humildemente y también con esperanza estamos manifestando nuestra propia fragilidad, que se ve sanada por el amor.

Aprendamos a entrar en esa órbita del amor para también nosotros saber ofrecer el perdón, tener la audacia de buscar el amor y de regalar amor. Sanaremos nuestro corazón, pero estaremos también sanando a los demás; seremos capaces de levantarnos de la postración de nuestras camillas de orgullos y resentimientos, y daremos la oportunidad a los otros de llegar también a los pies de Jesús por los caminos del amor, como lo hicieron aquellos que saltaron todas las barreras para llegar hasta la fuente de la vida y del amor. Podremos en la vida ir haciendo los milagros del amor para dar más vida a nuestro mundo.

jueves, 3 de noviembre de 2022

En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, de misericordia y de perdón, presencia del Dios misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores

 


En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, de misericordia y de perdón, presencia del Dios misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores

Filipenses 3, 3-8ª; Sal 104; Lucas 15, 1-10

Se perdió, ¿qué le vamos a hacer? ya volverá, ya buscaremos otra. Nunca escucharemos en esa actitud pasiva a un pastor al que se le extravía una oveja en el campo. La saldrá a buscar, la llamará, irá por todos los sitios donde han ido en el día y se habrá podido perder, removerá hasta las piedras si fuera necesario porque ha de encontrar la oveja perdida; no es una oveja más, no es un número en el conjunto de su rebaño, es su oveja, que conoce, que ama, que hará todo lo posible por encontrarla. Son los sentimientos también de cualquiera que tiene animalitos a su cuidado, no le gusta que se les enfermen, que se les mueran, hará lo posible por no perderlos, es que quieras que no se ha establecido una relación muy bonita y muy especial; llora el pastor por su oveja perdida, llora quien tiene un animalito a su cuidado y lo puede perder.

¿Cómo no iba a utilizar Jesús esa imagen para expresar cómo Dios nos ama y nos busca? El motivo se lo están dando aquellos que lo critican porque anda con pecadores, y se mezcla y come con toda clase de gente, ya sean publicanos, ya sean prostitutas, ya sean pecadores. Como dirá en otra ocasión el médico no es para los que están sanos o se sienten sanos, sino para los enfermos, para los pecadores.

Está hablándonos Jesús del amor de Dios que quiere que todo hombre se salve. Que nos llama y que nos busca como el pastor que busca a la oveja perdida, que nos ofrece su abrazo de perdón y espera como el padre bueno la vuelta del hijo, que manifiesta la alegría de la mujer que ha encontrado la moneda que se le había extraviado y llama a amigas y vecinas para anunciarles que la he encontrado. Por eso nos habla de la alegría del cielo.

Es el amor y la misericordia del Señor, se ha manifestado a través de toda la historia de la salvación que es una historia de infidelidades por parte de su pueblo escogido pero es la historia del amor de Dios que llama a su pueblo de Egipto para liberarlo de la esclavitud, que lo conduce por el desierto ofreciéndole el agua manada de la peña, el maná que cada mañana cae del cielo, pero la guía segura y con mano fuerte de Moisés que los conduce a la tierra prometida. Es la historia de los patriarcas y profetas que como signos de Dios han estado siempre al lado de su pueblo en el camino para que no pierda su rumbo. Pero es la historia que tiene su culminación cuando porque tanto nos ama nos envió a su hijo único para que todos tuviéramos vida y vida en abundancia. Es una historia de amor.

En Jesús estamos viendo ese rostro de Dios, un rostro de misericordia y de perdón, una presencia del Dios compasivo y misericordioso que cura a los enfermos, resucita a los muertos y perdona a los pecadores, una muestra suprema de lo que es el amor cuando por nosotros se entrega y da la vida para que nosotros tengamos vida, para hacernos participes de la vida de Dios. Recorramos las páginas del evangelio y no estaremos contemplando otra cosa que lo que es el amor de Dios. Por eso es evangelio, por eso es buena noticia, que hemos de creer, a la que tenemos que convertirnos, de la que tenemos que convertirnos en signos para los demás.

Tenemos que aprender a gozarnos en ese amor, porque experimentamos en nosotros lo que es ese amor y esa misericordia porque nosotros también somos pecadores. Esa alegría del cielo por un pecador que se convierte, hemos de experimentarla y vivirla en el día a día de nuestra vida. Cuidado que perdamos esa sensibilidad, cuidado que ya no demos importancia a los pecadores que vuelven al seno del redil, cuidado nos acostumbremos a muchos actos piadosos y no seamos capaces de saborear la alegría del perdón y del amor renovado.

jueves, 30 de junio de 2022

No todos entienden que los milagros son signos de lo nuevo que Jesús nos ofrece, esa transformación de nuestra vida, el perdón como auténtica liberación interior

 


No todos entienden que los milagros son signos de lo nuevo que Jesús nos ofrece, esa transformación de nuestra vida, el perdón como auténtica liberación interior

Amós 7, 10-17; Sal 18; Mateo 9, 1-8

¿Por qué siempre tenemos que estar con la mosca detrás de la oreja, llenos de desconfianza y de sospechas ante lo que hacen los demás? Siembra desconfianza y harás que todo se vea con ojos torcidos, con ojos turbios. Ya puede ser la cosa más buena del mundo lo que hace el otro, que siempre estarás viendo una segunda intención, tu mirada estará llena de malicia, y no serás capaz de admirar lo bueno y lo bello que puedan hacer los demás.

Así andaban algunos con Jesús. Algunos no lo veían con buenos ojos. La gente sencilla habitualmente se admiraba de las cosas que Jesús hacía y sabía descubrir las maravillas de Dios, aunque también podían ser manipulables y un día a los que ahora todo eran alabanzas podían volverlos en contra. Así andaban los principales del pueblo en contra de Jesús; ¿podían ver en peligro los privilegios que se habían arrogado para su dominio y manipulación de los demás? ¿Estaban anquilosados en sus viejas rutinas y tradiciones y no eran capaces de descubrir la novedad que Jesús les presentaba del sentido del Reino de Dios? Por eso, mientras unos alaban y bendicen a Dios porque están contemplando su gloria en las obras de Jesús, otros lo tienen por blasfemo y podríamos decir que iban acumulando cosas para el día en que presentaran acusaciones contra El, porque había que quitarlo de en medio.

Es lo que sucede en este episodio que nos narra hoy el evangelio. Se están manifestando los signos de que el Reino de Dios ha llegado y viene a hacerlo todo nuevo, pero la postura de aquellos fariseos y letrados es ponerse como enfrente para observar, para juzgar, para condenar. ¿Será lo que algunas veces nosotros podemos hacer cuando estamos siempre en actitud crítica y no somos capaces de reconocer lo bueno?

Unos hombres vienen portando en una camilla a un paralítico para que Jesús lo cure. El relato de los otros evangelistas nos hablará de las dificultades para llegar a los pies de Jesús y las iniciativas que toman. Mateo simplemente nos dice que lo pusieron a los pies de Jesús. Y Jesús vio la fe de aquellos hombres. Descubrir la fe de los sencillos, como tenemos que saber hacerlo sin prejuicios ni suposiciones. No era fanatismo, era la fe de aquellos hombres lo que Jesús valora. Y allí se va a manifestar que llega el Reino de Dios. Jesús cura, pero cura desde lo más hondo. Por eso sus palabras primeras son ‘tus pecados quedan perdonados’.

Cuando reconocemos en verdad que Jesús es el Señor estamos expresando nuestra fe en el Reino de Dios; cuando reconocemos que Jesús es el Señor nuestras vida se transforma, se liberan de todo el mal más hondo que pueda haber en ella. No importa ya si nuestros miembros se ven liberados de sus limitaciones, si nuestras piernas comienzan a caminar o caen las escamas de la ceguera de nuestros ojos. Lo importante es esa liberación interior que nos trae la paz, ese perdón de Dios que nos llena de nueva vida. Es la forma de decir que el Reino de Dios está cerca. Esos signos externos manifestarán lo más hondo que se produce en nosotros, ese perdón, esa liberación, esa vida nueva que comenzamos a vivir.

No todos lo entienden. No todos entienden que los milagros son signos de lo nuevo que Jesús nos ofrece, esa transformación de nuestra vida; no todos entienden este tema del perdón como auténtica liberación interior, y nos podemos quedar en un mero rito, como se podían quedar aquellos hombres solo con lo externo de la curación. Pero Jesús nos está manifestando esa auténtica liberación de nuestra vida con su poder. No todos lo entienden, por allí andan los que dirán que está blasfemando porque el perdón es solo cosa de Dios. Pero Jesús nos esta diciendo que también el perdón es cosa nuestra, que podemos y tenemos que ofrecer perdón para que los corazones se llenen de paz. Cuánto nos cuesta entenderlo también.

Ante los pensamientos perversos de los que estaban allí acechando Jesús manifiesta que sí tiene ese poder del perdón. ¿Quién puede dar la vida sino Dios? Y es lo que Jesús nos ofrece, ha dado su vida para que nosotros tengamos vida. ‘¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa. Y aquel hombre cargó con su camilla y fue a su casa.

¿Qué hacemos o qué decimos nosotros? ¿Buscamos también esa liberación, ese perdón y esa paz que Jesús nos puede ofrecer? ¿Andaremos también con nuestras desconfianzas y nuestra falta de fe?

domingo, 24 de abril de 2022

Nos hacemos participes de la bienaventuranza porque sin haber visto creemos y experimentamos en el corazón la presencia de Jesús que nos llena de una nueva paz

 


Nos hacemos participes de la bienaventuranza porque sin haber visto creemos y experimentamos en el corazón la presencia de Jesús que nos llena de una nueva paz

Hechos 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Juan 20, 19-31

En medio del ambiente festivo y de pascua que seguimos viviendo, pues solo estamos en la octava de Pascua hoy escuchamos el evangelio con ese mismo gozo en el alma al contemplar a Jesús como se manifiesta resucitado al grupo de los apóstoles que se encuentran reunidos en el cenáculo. Pero aún así no podemos dejar a un lado la situación de cierta incertidumbre que ellos vivían en aquellos momentos y en la que nos vemos reflejados en la situación anímica que vivimos en el hoy de nuestra vida.

El evangelio que escuchamos no es solo narración de la Buena Noticia que significó para ellos el encuentro con Cristo resucitado, sino que tenemos que hacer que sea Buena Noticia también hoy para nosotros, y como toda buena noticia a nosotros también nos eleve el espíritu, nos levante el ánimo y sea en verdad anuncio de salvación para nuestra vida hoy. Es el espíritu con que siempre hemos de escuchar el evangelio haciendo lectura sobre nuestra vida concreta que vivimos.

El grupo de los apóstoles estaba encerrado en el cenáculo, las puertas y ventanas cerradas, porque seguían con sus miedos y sus dudas. Alguno incluso un poco se había ido por sí mismo y no estaba con el grupo con las consecuencias que se derivarían para todo lo que iba a suceder.

Algunas veces nosotros nos encerramos también en nosotros mismos o en las rutinas de las cosas de siempre y tememos abrirnos a algo nuevo, a nuevos planteamientos, a nuevos enfoques de las cosas, o a dejarnos sorprender por lo que podría ser una nueva riqueza para nuestra vida. Nos encerramos o nos aislamos yéndonos por nuestra cuenta, que es también una forma de escurrir el bulto, como se suele decir. La situación por la que hemos pasado o a la que en estos momentos tenemos que estar enfrentando en nuestra sociedad y en nuestro mundo quizás también nos crea inseguridades, no queremos pensar en lo que sucede y hasta tratamos de distraernos con otras cosas. Han sido también muchos los cambios habidos en nuestra sociedad y pensemos que todo lo que hemos estado pasando en los últimos tiempos nos ha cogido con paso descolocado a destiempo y no vemos cómo o no sabemos cuándo volveremos a coger el ritmo que habíamos perdido.

La Buena Noticia es que Jesús está en medio de ellos. Fue una sorpresa que hizo surgir nuevos y variados sentimientos en cierto modo contrapuestos, miedo y alegría, y fue como ese suspiro de alivio que damos cuando al fin podemos despojarnos de todos nuestros miedos o de todas las incertidumbres que nos abruman. Se llenaron de paz. Fue el saludo repetido de Jesús. ‘Paz a vosotros’. ¿Cómo no iba a ser ese el saludo y lo que sintieran en lo más hondo de ellos mismos después de tantas cosas que les habían llenado de angustia y sufrimiento?

Algo nuevo comenzaba en sus vidas. Una vida nueva comenzaban a sentir dentro de sí. Sería todo un camino que tendrían que seguir realizando. Se sentían liberados de todo tipo de ataduras y de pesos en el alma, que se manifiesta en esa donación del Espíritu que Jesús les hace para que puedan sentir el nuevo sabor del amor. Un amor que crece dentro de nosotros cuando nos sentimos perdonados; un amor que vamos regalando cuando también vamos repartiendo perdón. Cuando nos sentimos perdonados y cuando lo vamos ofreciendo también con generosidad algo se va curando dentro de nosotros y es cuando llegamos a sentir la verdadera paz.

Qué triste los que no saben perdonar; en su orgullo se creen vencedores de los demás porque les parece que siempre van a tener como encadenados a los otros porque no los perdonan manteniendo reticencias y deseos vengativos, pero realmente se están destruyendo a sí mismos, nunca podrán saborear lo que es la verdadera paz, porque mantienen ese herida enfermiza del rencor dentro de sí. El que no sabe o no quiere perdonar es el que en el fondo está sufriendo más, porque no saboreará la verdadera paz.

Y tenemos que aprender a salir de nuestros aislamientos. Tomás no estaba con ellos cuando Jesús se les apareció y en él siguieron las dudas y los miedos que se le seguían haciendo pedir pruebas y más pruebas. ‘Hemos visto al Señor’, le transmiten con alegría el resto de los apóstoles cuando regresa. ‘Si no veo la señal de los clavos… la herida del costado… no creo’, es la actitud negativa que aún mantiene.

Será cuando el Señor se manifieste de nuevo y a él directamente se dirija Jesús para que meta sus dedos y su mano en sus llagas cuando se quedará sin argumentos y sin palabras y tendrá la valentía de musitar su fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, será su reacción. ‘Dichosos los que crean sin haber visto’, proclamará Jesús como una bienaventuranza para todos nosotros que no hemos visto, pero hemos creído; no hemos visto, pero hemos aceptado el testimonio de quienes nos han transmitido y contagiado su fe en la tradición que se prolonga por los siglos; no hemos visto, pero sí hemos sabido experimentar en lo hondo del corazón la presencia del Señor que nos llena de vida, que transforma nuestra vida.

Pero esa fe en el Señor que, a pesar de puertas cerradas, de oscuridades de la vida, o de los momentos duros por los que podamos estar pasando, se quiere seguir manifestando en nosotros y en nuestro mundo. Y el Señor resucitado pone su Espíritu en nuestros corazones para que tengamos la posibilidad de saborear la paz; pone su espíritu en nosotros para que tengamos esperanza en ese mundo nuevo y luchemos y nos esforcemos para poner de nuestra parte lo que haga posible esa paz; pone su Espíritu en nosotros para que ni nos encerremos ni nos aislemos, para que seamos capaces de abrirnos a algo nuevo y al mismo tiempo comprometernos para entre todos hacer que florezca en todas partes la paz; pone su Espíritu en nuestro mundo para ir transformando los corazones de todos para que seamos constructores de vida y no de muerte y tengamos esperanza de poner esos cimientos de un mundo nuevo y mejor.

lunes, 7 de diciembre de 2020

El amor tiene que romper todas las barreras y prejuicios y hacernos creativos en nuestras iniciativas para hacer el bien

 


El amor tiene que romper todas las barreras y prejuicios y hacernos creativos en nuestras iniciativas para hacer el bien

 Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Yo siempre que puedo ayudo, por lo que está de mi parte si veo una necesidad pongo mi mano y ayudo. Expresión de una buena actitud que llevamos dentro que nos lleva a prestar servicios, a echar una mano, a poner de lo que tenemos cuando vemos una necesidad.

Ojalá esa actitud sea amplia y universal y todos actuemos de la misma manera, porque ya bien sabemos quien no es capaz de mover un dedo por su parte sino que cada uno se las arregle por sí mismo; pero también somos conscientes de que hay gente que no hace sino poner trabas a las ruedas en el camino y no solo ya no prestan el servicio, sino que por su parte son en cierto modo destructores de lo que hacen los demás. El que está con la crítica pronta, el que siempre pondrá pegas y dificultades o se escudará cómodamente en sus propias limitaciones, el que siempre anda culpabilizando y amedrentando con culpas a quien tiene un problema o una necesidad, o aquel que es negativo y siempre ve un imposible que superar. Podríamos poner muchos ejemplos de esas posturas negativas.

Hoy nos lo refleja el evangelio. En torno a Jesús hay mucha gente que ha venido de todas partes para escucharle, que le traen sus enfermos o vienen ellos mismos con sus necesidades. La puerta se convierte en un tapón para quien quiera entrar. Por allí anda también un grupo de fariseos y de escribas que en sus posturas negativas están siempre al acecho de lo que Jesús pudiera hacer, como sucede también en otras ocasiones. Por lo que parece hoy no se trata de un sábado como en otras ocasiones sino de un día normal.

A Jesús acude ahora un grupo que traen en una camilla a un imposibilitado, a un paralítico. Allí están los hombres buenos que se preocupan, que conocen al inválido y han oído hablar de Jesús, como ha curado a otros paralíticos como ha devuelto la vista a los cielos o el hacer que puedan oír y hablar muchos sordomudos, lo traen hasta Jesús. Pero se encuentran la primera barrera en los que llenan la casa hasta la puerta, como decíamos, produciendo un tapón que impide su entrada. ¿Cómo llegar hasta Jesús, porque ante El quieren ponerlo para que lo cure? Al amor no le faltan iniciativas. No importa que tengan que romper el tejado moviendo las tejas, o abrir un hueco por la terraza. Por allí descenderán al paralítico a los pies de Jesús.

Y ya hemos escuchado el actuar de Jesús que provocará otro nuevo rechazo, otra nueva barrera que se quiere interponer. ‘Tus pecados son perdonados’, le dice al paralítico que provocará la reacción de los fariseos y de los escribas. ‘Este hombre blasfema, ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?’ Son las barreras que interponemos en la vida incluso valiéndonos de lo que pudieran ser principios y valores buenos. Es cierto que el perdón de los pecados solo a Dios podemos atribuirlo, pero ¿no han sido capaces de descubrir el actuar de Dios en Jesús y en los milagros que realiza?

En una lógica elemental, como Jesús trata de hacérselos comprender, podrían entenderlo. Si Jesús puede dar la vida, si Jesús puede curar, es el actuar de Dios, el poder de Dios que se manifiesta. No es nuestro poder humano el que puede dar vida. Luego tenemos en verdad que reconocer quien es Jesús. Por eso Jesús le dirá al paralítico que tome su camilla y vuelva a su casa.

El mensaje del evangelio, es cierto, que está en ese reconocimiento que hemos de hacer de Jesús, pero en las entrelíneas del evangelio podemos descubrir y aprender más cosas. Es la actitud servicial de aquellos hombres capaces de romper barreras para llegar hasta Jesús. No nos quedemos paralizados ante la primera dificultad, como muchas veces nos pasa en la vida que vemos imposibles y dificultades por todas partes. Cuando se debilita la intensidad del amor nos paralizamos con facilidad y todo serán dificultades que no sabremos superar.

Pero hay algo más en lo que podemos fijarnos para que no nos suceda. No seamos nosotros la dificultad, no seamos nosotros los que ponemos el tapón, no seamos nosotros los que hagamos imposible en el hacer el bien, no quitemos nunca la ilusión ni la esperanza a nadie, no seamos barrera con nuestros juicios y prejuicios y con nuestras críticas, no seamos nunca de los que descalifiquemos a los que hacen el bien porque estemos queriendo ver intenciones ocultas o porque como no son de los nuestros tratemos de minusvalorar el bien que hacen los demás o impedírselo.

El amor tiene que romper todas esas barreras y prejuicios y hacernos creativos en nuestras iniciativas para hacer el bien.