Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta resentimientos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta resentimientos. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de agosto de 2025

Sintámonos en verdad liberados de los rescoldos interiores que reavivan el fuego cuando ofrecemos nuestro generoso perdón a la manera de la misericordia de Dios

 


Sintámonos en verdad liberados de los rescoldos interiores que reavivan el fuego cuando ofrecemos nuestro generoso perdón a la manera de la misericordia de Dios

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Salmo 113; Mateo 18, 21-19, 1

Cuando hay un incendio, ya sea en nuestros bosques o montes o incluso en cualquier edificación no solo tenemos que apagar esas llamas que vemos que todo lo arrasan, sino que tenemos que tratar de apagar lo que ha sido el origen de ese fuego, pero también vemos luego a los bomberos por detrás, donde parece que no hay ya fuego, que van enfriando el terreno, pero teniendo mucho cuidado en apagar esos rescoldos, muchas veces enterrados, que durante mucho tiempo pueden mantener vivo ese incendio.

¿Has pensado alguna vez que cuando desde el resentimiento que llevas en ti no quieres perdonar al otro es principalmente a ti mismo al que te estás castigando? Quien no ha sabido perdonar de verdad sigue manteniendo el desamor en si mismo, que no solo puede ser destructivo para los demás sino que es destructivo para ti mismo porque seguirás manteniendo esa cadena sobre tu espíritu. Perdonamos buscando la paz, buscando el origen de la ofensa o del conflicto, pero tenemos que apagar también esos rescoldos que nos quedan encerrados quizás en lo secreto del corazón y que no dejarán que quede apagado por completo el conflicto, que vuelva la paz a todos los corazones.

Perdonar no es solo liberar al otro de su culpa, sino es liberarte a ti mismo de esa cadena, de ese rescoldo que sigues manteniendo dentro y que sigue quitándote la serenidad y la paz de tu vida. Si no te liberas de ese resentimiento que te lleva al desamor o al odio nunca vas a tener paz en ti mismo, y entonces estarás haciendo que se reaviven esas heridas que un día recibiste y no habrá manera de encontrar la curación de tu espíritu.

Quien no ha perdonado de verdad no llegará a saborear lo que es el autentico amor, porque siempre mantendrá ese rescoldo, siempre le faltará la paz verdadera en su corazón. Cuando perdonas la primera liberación es para ti mismo; como solemos decir muchas veces tenemos que perdonarnos a nosotros mismos para que vuelvan a florecer las bellas flores de la amistad, del amor verdadero. Apaguemos esos rescoldos y al sentirnos en verdad liberados, encontraremos la verdadera paz para nuestro corazón.

Esto es algo que tenemos que rumiar bien dentro de nosotros, porque no es fácil muchas veces apagar esos rescoldos enterrados. Es necesario que aprendamos a saborear el perdón para que nosotros podamos luego ofrecerlo con generosidad. Es nuestra piedra de tropezar, algo en lo que siempre nos cuesta dar el paso hacia delante. Queremos seguir manteniendo aquellas medidas, que se ofrecían como generosas, que Pedro está expresando en su petición a Jesús.

¿Cuántas veces tenemos que perdonar? Siguen apareciendo las contabilidades, pero si estamos haciendo esas contabilidades significa que algo aun no anda bien dentro de nosotros. Porque quien perdona de verdad lo olvida para siempre, no vuelve a recordar, no se pone a contabilizar. Es lo que nos está enseñando Jesús. ‘¿Siete veces?... hasta setenta veces siete’, responde Jesús para que entremos no en los cálculos de los números, sino en las actitudes de perdón que hemos de mantener siempre en el corazón.

La parábola que propone Jesús está clara. Aquel siervo que fue perdonado por su amo no supo saborear aquel perdón que le habían ofrecido generosamente; por eso no supo luego perdonar a su compañero que era muy ínfimo lo que le debía en comparación con sus antiguas deudas con su amor. Jesús con su parábola además está haciendo que elevemos nuestra mirada, para que seamos capaces de reconocer lo que significa el amor y la misericordia del Señor en nuestra vida y aprendamos esas mismas actitudes para tener nosotros con los demás.

La incapacidad de perdonar, le hacia mantener el odio en su corazón y hacía imposible la verdadera paz, la serenidad del espíritu para ver con mejor claridad el amor que tenemos siempre que repartir. ¿No nos había enseñado Jesús que nos acogiéramos  a la misericordia de Dios porque nosotros somos también misericordiosos y compasivos con nuestros hermanos?

sábado, 2 de agosto de 2025

Nos asomamos a la ventana de la vida para reconocer nuestra cruda realidad pero buscamos en medio de las sombras la luz que brilla y nos conduce a caminos de rectitud

 


Nos asomamos a la ventana de la vida para reconocer nuestra cruda realidad pero buscamos en medio de las sombras la luz que brilla y nos conduce a caminos de rectitud

Levítico 25,1.8-17; Salmo 66; Mateo 14,1-12

En más de una ocasión nos habremos puesto desde nuestra ventana a observar cuando sucede a nuestro alrededor; quizás inocentemente nos asomamos para contemplar el tiempo o la naturaleza que nos rodea, pero ya sea desde la ventana de nuestra casa allí donde vivimos o desde la altura de la ventana de un gran edificio en la gran ciudad es muy variado el panorama que observamos; la loca carrera de la vida, podríamos decir, con sus ambiciones y con sus sueños, con sus luchas muchas veces encarnizadas aunque solo fuera de forma sutil o con el desencanto de tantos que se arrastran por la vida, de los que reflejan sus miedos y huidas en sus formas de caminar o actuar, o de los que van avasallando todo y a todos porque poco menos que se creen los reyes del mundo, pasiones desenfrenadas o complejos que son también peligrosos por las reacciones que pueden provocar.

¿Encontraremos en medio de todo eso un rayo de luz que pueda centrarnos en la verdad y en la vida? Quizás nos pasen desapercibidos porque son los que menos ruido hacen, pero también tenemos que aprender a descubrirlos.

Me he puesto a pensar en todo esto al escuchar el relato del Evangelio que hoy se nos ofrece, un mundo de pasiones o un mundo también muy lleno de sombras desde donde se trama la maldad bajo apariencias muchas veces de fiesta y alegría. De pronto al iniciarnos o motivarnos el relato aparece alguien prepotente pero al mismo tiempo temeroso, porque quizás ya siente que le pesa la conciencia. Herodes tan poderoso y amigo de hacer lo que le apetece, ahí le vemos con sus fiestas y fastuosas alegrías pero que le dejan vacío el corazón, pero que con lo que está oyendo de Jesús comienza a temer porque recuerda que fue él quien mandó matar al Bautista. ¿Se le están apareciendo fantasmas o es la tortura de la conciencia que no ha sido recta? ¿Nos pasará también en algunas ocasiones cuando allá en lo hondo reconocemos que nuestra vida no ha sido recta?

Podríamos seguir fijándonos en la vanidad que rodea todo aquel cuadro, desde los que participan en la fiesta por agradar al poderoso, o el vacío de una bailarina que lo que pretende es despertar pasiones y no teme en convertirse en un juguete de los que parecen más poderosos; detrás el rencor y el resentimiento de quien se siente señalada en su vida turbia y que moverá los hilos que llevan a la desaparición de quien con su rectitud le atormenta en su conciencia; están también los respetos humanos y el querer quedar bien aunque tiene conciencia de que ha ido más allá de lo que sería verdaderamente justo.

Es el cuadro que se nos presenta en esa escena, pero quizás tendríamos que preguntarnos en que lugar estamos nosotros también en ese cuadro. Pero no escuchamos este relato del evangelio simplemente para que caigan sombras sobre nosotros, sino que en él tenemos que saber encontrar un rayo de luz.

Y el protagonista de esa luz es a quien ahora no le escuchamos palabra, pero que su vida ha sido y es voz que nos llama y nos invita a que encontremos el camino de la verdad, aunque sea costoso, aunque tengamos que ir contra la corriente, aunque nos cueste entregar la vida. Es lo que hizo el bautista a quien hoy contemplamos en el silencio, pero que sin embargo nos está gritando muy fuerte para que vayamos al encuentro de la luz buscando los caminos de la rectitud que nos trasmite el evangelio.

¿Nos moverá a algo la contemplación de este cuadro? ¿Iremos en búsqueda de la luz porque comencemos a ponernos en verdad en el camino del evangelio de Jesús?

domingo, 30 de marzo de 2025

Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 



Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 Josué 5, 9a. 10-12; Salmo 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Los reencuentros suelen ser costosos, claro que dependiendo de las actitudes que mantengan las partes del reencuentro. Digo reencuentro que es volver a encontrarse cuando por algún motivo se habían rotos los hilos que nos mantenían unidos desde aquel primer encuentro; se hace difícil encontrar de nuevo esos hilos que nos mantenían unidos, quizás porque quien produjo la ruptura ahora siente las culpabilidades, se ve abrumado por su peso, se ve avergonzado y no sabe como salir de esa situación y levantarse; quizás aparece la desconfianza porque no sabe como lo van a recibir, la acogida que va a tener, y se le hace difícil dar los pasos; además porque reconocer los errores no es fácil, nos mantenemos quizás en una actitud de quien siempre tiene la razón y serán los demás los culpables; la actitud del que acoge también es importante, porque por el hecho de sentirnos heridos no tenemos razón para seguir manteniendo las distancias, hacer nuestras reservas o poner nuestras condiciones.

Qué difícil se hace el diálogo en nuestra sociedad para conseguir la paz, lo estamos viendo cada día, en situaciones que nos suceden a nuestro lado, o en los grandes conflictos que está sufriendo nuestro mundo; siempre están por medio las condiciones que ponen las partes de las que no se quieren apartar con sus orgullos heridos, con su prepotencia que se vuelve dañina y con la ambición que motiva todos nuestros movimientos. Los diálogos en busca de la paz se han interminables y siguen sin encontrarse los hilos que nos pueden unir de nuevo en ese reencuentro de paz.

Es de lo que viene a hablarnos hoy el evangelio. Es más que conocida la parábola que nos propone Jesús y muchas reflexiones nos hemos hecho muchas veces sobre ella. Un padre con dos hijos; el hijo mejor que marcha de la casa del padre viviendo de mala manera con la herencia que le había pedido a su padre; el hermano mayor que permanece en la casa. La vuelta y el reencuentro se hacen difíciles. El que ha marchado lejos se ve una situación desastroso y arrepentido quiere volver a la casa del padre.

Pero, ¿cómo restaurar aquellos hilos que se habían roto? La desconfianza de cómo sería recibido corroe su corazón, pero tiene la valentía de levantarse, no temiendo las condiciones que le pudieran imponer, pero quiere estar aunque sea como un jornalero en la casa del padre. Pero la actitud del padre es distinta de lo que puede imaginar, porque será el padre el que correrá al encuentro del hijo que temeroso se acerca a la casa. Para el padre los hilos no están rotos, porque en el corazón del padre no ha faltado el amor y la esperanza en la vuelta del hijo perdido que ahora lo siente renacido. Desde esos valores y principios del padre es normal la fiesta de la acogida. No son necesarias muchas palabras aunque el hijo las llevase preparada sino van a estar los gestos de la acogida que con los gestos del amor y de fiesta en el reencuentro.

Pero difícil va a ser el reencuentro de los hermanos porque el niño prodigio que se quedó en casa sí pone condiciones, si crea distancias, si presenta resentimientos, si abona exigencias. Cuando al oír la música de la fiesta se entera de la vuelta del hermano, no quiere entrar aunque el padre venga a buscarlo. Y como decíamos aparece la lista de los reclamos, la lista de las cosas que mantenían su corazón más que enfermo muerto porque no sabe amar.

¿No nos parecemos muchas veces más a este hijo prodigio que al hijo pródigo en que siempre nos fijamos? Cuantas prevenciones tenemos nosotros para con los demás. Ya nos dice el evangelista que Jesús por aquella actitud que tenían los fariseos y los escribas contra Jesús porque comía con publicanos y pecadores es por lo que nos propone la parábola. Una postura como la del hijo mayor que no quiere mezclarse con su hermano porque es un pecador. Esas barreras que nos seguimos poniendo los unos y los otros en la vida, esas distancias que mantenemos porque no nos vamos a mezclar con todo el mundo, ese pasar sin mirar a la cara al lado del que nos está tendiendo la mano para pedirnos una ayuda, esos círculos cerrados que nos creamos donde estamos los que nos creemos los buenos y los que hacen muchas cosas por los demás.

Son esas cosas que llevamos en el corazón y nos enferman por dentro; son esas actitudes que contemplamos en la sociedad que se convierte en una sociedad enferma; esas cosas que podemos encontrar también entre nosotros en nuestras comunidades de iglesia que también nos creamos nuestras estancias estancas; son esas condiciones que ponemos para aceptarnos mutuamente, para recibir al emigrante o para acoger a los que hayan cometido errores en la vida que siempre serán para nosotros unos malditos.

Miremos al padre, su corazón lleno de compasión y de misericordia, rebosante de amor; vayamos con confianza, pero aprendamos a ir con los mismos sentimientos hacia los demás; transformemos nuestro corazón para encontrar esos hilos del amor que siempre nos mantendrán unidos y nos harán sentir la verdadera alegría del reencuentro y de la paz.

sábado, 11 de marzo de 2023

Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

 


Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Muchos somos los pródigos que andamos por la vida sin saber lo que es el verdadero amor y con los corazones resecos, que más bien parecen estar llenos de cardos que hacen daño a quien se atreve a acercarse a él.

Pródigos porque escogimos andar nuestros caminos porque ansiábamos la libertad pero cuando nos separamos de la casa del padre sentimos la más amarga de las soledades con el corazón roto en mil pedazos hasta no llegar a decidirse por la vuelta a la casa del padre donde verdad se encontrará la verdadera reconstrucción del corazón; pero pródigos cuando vamos por la vida con el corazón lleno de aristas, donde pronto aparecerán los descontentos y las desconfianzas, los resentimientos pero también los endiosamientos cuando nos creemos por encima, cuando nos creemos cumplidores, cuando mantenemos la queja en el corazón porque aun no se ha descubierto que tenemos que buscar lo que nos une antes de poner distancias y abismos que cada vez nos separarán más.

Podemos irnos de la casa del padre, pero podemos también físicamente cerca, y en ambos casos ponemos distanciamientos que crean brechas muchas veces difíciles de reparar. El que físicamente se marchó lejos, pronto sintió la soledad y el abandono, porque en lo que creía que iba a encontrar la felicidad, lo que terminó por hacerle es romperle el corazón y los deseos de vivir. Su vida ya no era vida, de tal manera que deseaba comer la comida de los cerdos, lo que significa la indignidad en la que cae la persona.

El que se quedó pero poniendo distancias aunque ahora tenía a su mano un banquete que había preparado el padre por la vuelta del hermano, no querrá participar en aquel banquete ni en aquella fiesta, porque su orgullo lo  había atragantado perdiendo también el verdadero sentido de la vida.

Los orgullos crean más cerrazones en el espíritu que otras miserias en que podamos enfangarnos. Por eso el que se había ido lejos fue humildad para reconocer por qué había llegado aquella situación y su deseo era estar de nuevo al lado del padre aunque él no se supiera merecedor. Volveré a la casa de mi padre y le diré, Padre he pecado contra el cielo y contra ti. Para él había una túnica nueva, un traje de fiesta que volver a vestir, para él había de nuevo el anillo que le devolvió la dignidad, para él había un banquete de fiesta porque en fin de cuentas finalmente había optado por la vida y el padre se alegraba porque había recobrado vivo a aquel hijo que le parecía muerto.

Los orgullos ponen barreras a los pasos que tendríamos que dar; el orgullo nos impedirá reconocer incluso al hermano y lo que es la dignidad de cada persona sea cual sea el estado en que se encuentre; el orgullo nos volverá en contra de aquello o de aquellos a los que más amamos o tendríamos que amar, porque ya no sabremos entrar en la onda del amor. El padre quiere que participe de aquel banquete, de aquella alegría y aquella fiesta, pero el corazón sigue enfermo y mientras no se sane el corazón no llegaremos a tener la grandeza de espíritu que nos haga reconocer nuestros errores y nos haga valorar a los que están a nuestro sean quienes sean, porque siempre serán unos hermanos.

Qué tremendo retrato nos está haciendo la parábola, sí, de nosotros y de nuestra situación. Quiere abrir caminos para nuestros pasos de retorno y de reencuentro. Y es que por el contra tenemos el más hermoso retrato de Dios. Es el Padre que nos ama y nos espera, es el padre que nos restituye siempre nuestra dignidad y nuestra grandeza, es el padre que sale también a la puerta y al camino, allí donde nos hemos marchado o donde nos hemos quedado paralizados, porque los últimos pasos siempre podemos darlos empujados y levantados por el abrazo de su amor.

lunes, 6 de marzo de 2023

Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor

 


Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Si en un aspecto negativo solemos decir que quien siembra vientos recoge tempestades, dándole la vuelta podríamos pensar que quien siembra buena semilla tendrá derecho a recoger buena cosecha de frutos buenos. Por eso son importantes las actitudes que llevamos en el corazón en nuestra relación con los demás y los buenos gestos que hemos de saber prodigarnos los unos a los otros. Y es que el bien se contagia y no es una enfermedad, sino todo lo contrario; y ese sembrar siempre el bien, la buena semilla, es en lo que hemos de estar bien atentos en la vida.

Ya sé que me van a decir que una manzana podrida pudre todo el cesto, pero hemos de saber quitarla a tiempo, a tiempo hemos de saber curar esa herida que muchos podemos llevar en el corazón antes de que se encone y nos vaya a producir mayor enfermedad. Claro que todos tenemos ese peligro; ya sabemos que hasta en los mejores hospitales, algunas veces se producen contagios e infecciones, pero ahí esta nuestra tarea como seguidores de Jesús, que tenemos la misión de curar. ¿No envió Jesús a sus discípulos a curar a los enfermos y para eso los llenó de autoridad?

Reducimos excesivamente esa curación a las enfermedades del cuerpo, pero hay heridas que llevamos en el alma que no sabemos curar, que muchos en ocasiones tampoco quieren curar, prefieren el sufrimiento que llevan en su corazón con sus resentimientos y deseos de venganza, que verse liberados de ese mal y poner tener paz en el corazón. Es una tarea que tenemos que realizar; costosa muchas veces, porque nos enconamos fácilmente en el mal, pero tarea importante que tenemos que realizar para cumplir con la misión de Jesús. Devolver la paz a los corazones.

¿Cómo podemos hacerlo? Tenemos que convertirnos en signos de misericordia y de reconciliación; porque lo vivamos en nosotros mismos; porque reconozcamos con valentía y sinceridad la misericordia que el Señor ha tenido y tiene continuamente con nosotros que siempre nos está ofreciendo su perdón; porque con la paz de nuestro espíritu, con ese serenidad que nace de un corazón lleno de amor así nos acerquemos a los demás, allí donde están esas almas dolientes, allí donde están tantos con esas heridas y les mostremos cómo podemos curar esas heridas, como nosotros hemos sido sanados, cómo nosotros un día quizá estuvimos también con esas heridas que tanto daño nos hacían primero que nada a nosotros mismos, y nos dejamos curar, y hemos encontrado la paz; porque vayamos derramando la paz y la compasión, la misericordia y el amor en nuestro encuentro con los demás. Ángeles de misericordia tenemos que ser.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Que miremos lo que es la misericordia de Dios y así nos mostremos nosotros con misericordia para con los demás. Y nuestra misericordia los curará, nuestros gestos de amor regenerarán esos corazones para que ellos también se dejen transformar por el amor.

‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará…’ nos dice Jesús. Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor.

Pero nos dice algo más Jesús, con esa medida de amor nosotros seremos pagados. ‘Os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’. ¿Queremos mejores regalos?

viernes, 13 de enero de 2023

Aprendamos a entrar en la órbita del amor para nosotros acoger y saber también ofrecer el perdón, teniendo la audacia de buscar el amor y de regalar amor

 


Aprendamos a entrar en la órbita del amor para nosotros acoger y saber también ofrecer el perdón, teniendo la audacia de buscar el amor y de regalar amor

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

El amor hace milagros. Y eso lo palpamos en tantas ocasiones de la vida. Hay cosas que nos parecen imposibles, todo son obstáculos y dificultades. Pero hay alguien que lo siente hondamente en el corazón, hay alguien que ama y no puede permitir el sufrimiento, la carencia de alguien a quien ama. Y revolverá lo que sea necesario para conseguir que aquella situación cambie, se encuentre un camino y una solución, y lo que parecía imposible al final se consiguió. Era la fuerza del amor. Todos hemos conocido en nuestro entorno situaciones así, y personas que con amor se entregan para conseguir lo imposible.

Hoy el evangelio nos está hablando de eso. Primero son aquellos hombres que llevan en una camilla a un discapacitado, paralítico se solía decir de forma generalizada, que quieren llevar a la presencia de Jesús para su curación. Algo hondo tenían que sentir aquellos hombres además de una fe muy grande. En la imposibilidad de hacerlo llegar por la vía normal, la puerta, por la cantidad de gente que se agolpaba para escuchar a Jesús, surge la iniciativa y la creatividad para hacerlo llegar aunque tengan que romper el tejado. Por allí lo descienden hasta los pies de Jesús.

Todo parecía resuelto ya ante aquella determinación valiente de aquellos hombres, pero allí está también la fuerza del amor. Quien ama da vida, quien ama ofrece lo mejor de su corazón, quien ama se derrite en compasión y misericordia, quien ama perdona. Ya tendríamos que aprender a caldear nuestro corazón con el verdadero amor y seríamos tan distintos los unos con los otros. Nos falta dejar de mirarnos para nosotros mismos para abrir una ventana en el alma por donde entren los aires caldeadores del sol que viene de lo alto, del amor de Dios. Se caerían esas barreras del orgullo que tantas veces ponemos entre unos y otros, por las que no pasamos ni dejamos pasar.

Aquel día ya se habían superado unas barreras. Incluso el deseo de escuchar a Jesús de aquellas gentes había sido una barrera, pero el amor la había hecho saltar, porque el amor fue creativo como para hacer llegar al enfermo a los pies de Jesús aunque tuvieran que descolgarlo desde el techo. ¿Cómo no tendrían que saltar esas otras barreras de muchos de los que estaban allí que estaban al acecho de lo que Jesús hiciera o pudiera decir?

El amor de Dios que envolvía a Jesús haría saltar aquellas últimas barreras aunque pudiera servir de escándalo para algunos. Y es que el amor hace lo que parece imposible. ‘Tus pecados quedan perdonados’, le dice Jesús al paralítico. Y surgen los murmullos de los que quieren crear desconfianzas. ¿Cómo puede perdonar pecados? Este hombre blasfema. Pero sí se podían perdonar pecados porque allí está presente el amor, el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. ¿No era el amor que hace presente el poder de Dios el que podía hacer que aquel hombre se curase y se levantase de su camilla? ¿Quién puede hacerlo sino Dios?

‘Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dice al paralítico-: Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa. Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios…’

‘Nunca hemos visto una cosa igual’, fue la reacción de los que saben descubrir las cosas de Dios, fue la reacción de los que estaban abiertos al amor de Dios. El amor hace milagros, comenzamos diciendo al iniciar esta reflexión en torno al evangelio. Aprendamos a acoger el perdón con lo que humildemente y también con esperanza estamos manifestando nuestra propia fragilidad, que se ve sanada por el amor.

Aprendamos a entrar en esa órbita del amor para también nosotros saber ofrecer el perdón, tener la audacia de buscar el amor y de regalar amor. Sanaremos nuestro corazón, pero estaremos también sanando a los demás; seremos capaces de levantarnos de la postración de nuestras camillas de orgullos y resentimientos, y daremos la oportunidad a los otros de llegar también a los pies de Jesús por los caminos del amor, como lo hicieron aquellos que saltaron todas las barreras para llegar hasta la fuente de la vida y del amor. Podremos en la vida ir haciendo los milagros del amor para dar más vida a nuestro mundo.

jueves, 12 de agosto de 2021

Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar

 


Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18, 21-19, 1

Cuántos dolores y sufrimientos que se acumulan, cuántas heridas que llevamos en el corazón que parece que no tienen cura sino que cada vez se agrandan más produciendo mayor desasosiego y sufrimiento, cuántas barreras que interponemos o zanjas que cada vez se ahondan más para que sea imposible el paso… tantos resentimientos, tanta malquerencia y tantos deseos de mal y de venganza contra los otros, tanta gente que no se dirige la palabra, tan vecinos mal llevados que por cualquier causa y en cualquier momento hacen surgir de nuevo el conflicto, tantas familias rotas por viejos resentimientos que no se olvidan, cuantos orgullos guardados en el corazón que nos endurecen y al final nos amargan.

Todo por no saber perdonar. Y nos hacemos de la vida un infierno. Porque aunque decimos que se fastidie pero yo eso no lo voy a olvidar nunca ni lo voy a perdonar, al final los fastidiados somos nosotros, porque aunque lo ocultemos o lo disimulemos los que lo estamos pasando mal somos nosotros porque no nos faltará esa amargura y ese resquemor en el corazón que tanto daño nos hace. Quizás a lo más decimos yo ya te lo perdoné una vez, pero volviste a fastidiarme, a hacerme daño, y yo no voy a estar para aguantar. Y esta es nuestra historia, es la historia de la humanidad, la historia de cosas pequeñas que surgen entre los más cercanos, pero que son también los orgullos que nos llevan a enfrentamientos mayores y hasta guerras.

Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús. El estaba entendiendo lo que Jesús les estaba enseñando de ese nuevo sentido y estilo de vivir del Reino de Dios donde el amor tenia que estar en el centro de todo y eso en verdad nos iba a hacer más humanos. Estaba entiendo, quizás, pero había cosas en su corazón o conocía bien lo que sucedía en su entorno, todas esas situaciones de resentimientos y de malquerencias porque eso de perdonar costaba mucho. Por eso la pregunta a Jesús ‘¿cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’


Y ya sabemos nosotros también la respuesta de Jesús que no solo nos la deja como una sentencia, sino que además nos pone un ejemplo muy claro de lo que sucede y de lo que no tendría que suceder. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Pero luego le habla de aquel rey que quiso ajustar las cuentas con sus seguidores y con sus deudores. Allí había alguien que le debía mucho y al que le exige el pago de su deuda, pero aquel hombre no puede atender a la petición de su señor. Pero aquel rey de corazón generoso le perdona toda su deuda.

Hasta aquí parece todo normal, lo que viene a continuación entra en una gran contradicción. Aquel que había sido perdonado de su gran deuda, se encuentro con un compañero que le debe una pequeña cantidad, pero en lugar de ser generoso como habían sido generosos con él, le exige hasta meterlo en la cárcel hasta que le pague todo lo que le debe. Tanta es la consternación que produce este hecho que sus propios compañeros le contarán al rey lo que ha sucedido. ‘Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’

Está claro el mensaje de Jesús pero cuánto nos cuesta no solo entenderlo sino llegar a vivirlo. Ahí está esa experiencia de la vida como reflexionábamos al principio. ¿No será que no hemos sido capaces de saborear de verdad el perdón que recibimos? Quizás nos creemos merecedores de todo y por eso damos por supuesto que tienen que perdonarnos, pero luego nosotros no actuamos de la misma manera con los demás.

Tenemos que aprender a ser agradecidos porque constatamos cuanto recibimos sin nosotros merecerlo; y eso nos hará humildes, y eso pondrá generosidad en nuestro corazón, eso nos hará tener una mirada distinta, eso nos hará romper todas esas barreras que nos interponemos, y en lugar de barreras aprenderemos a tender puentes.

Qué felices podemos sentirnos cuando aprendemos a aceptarnos, a comprender nuestras debilidades porque todos tenemos debilidades, y cuando somos capaces de poner generosidad en nuestro corazón.

viernes, 15 de enero de 2021

Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

 


Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

¿Os habéis detenido a pensar alguna vez cómo hemos llenado la vida de barreras? Y no estoy pensando en las fronteras que separan las naciones y los estados cuando pensábamos que algunas se habían superado pero otras han vuelto a reaparecer; no pienso solo en la vallas que dividen los territorios y separan las propiedades donde ya no podemos decir que ancho y libre es el campo; no quiero pensar solo en las prohibiciones de todo tipo de nuestras leyes, de los decretos que acompañan y que también de alguna manera merman las libertades de las personas. Y así podríamos seguir poniendo muchos ejemplos, porque son muchas y bien diversas las barreras que dividen nuestro mundo.

Hay otras barreras que nos imponemos los unos a los otros en nuestras relaciones cuando no somos capaces de aceptarnos y de respetarnos, cuando aparecen tantas discriminaciones desde diferentes latitudes vamos a decirlo así por hacerlo de una manera suave, cuando de alguna manera ponemos impedimentos para nuestros encuentros, porque terminamos por no dejar entrar en nuestro corazón a muchas personas ni nosotros podemos traspasar ciertas fronteras que se han levantado para poder entrar en el corazón de los otros.

Ya mencionábamos la aceptación mutua y el respeto, pero que nos tiene que hacer pensar en esos candados que ponemos en nuestro corazón para impedir que entre la comprensión en nuestro corazón y seamos al final ser compasivos los unos con los otros. Un candado terrible que ponemos en el corazón es la incapacidad de perdonar de la que algunas veces nos dotamos. Es una de las peores exclusiones que hacemos de los demás, pero que en el mundo en que vivimos vemos como tan normal los resentimientos y los rencores que hasta nos puede parecer una gloria el mantener esa dureza de corazón para no perdonar a los demás.

Me ha hecho pensar en todo esto el evangelio que hoy se nos propone. Aquellos hombres que traen un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús y todo son trabas para que pueda llegar hasta El. La misma gente que buscaba a Jesús y quería estar cerca de El se lo impedía. No podían entrar por la puerta por la gente que se agolpaba y no los dejaban pasar. Pero hay gente valiente que se quiere saltar las barreras y aquellos hombres son capaces de abrir un boquete en el techo de la casa para descolgar por allí al paralítico hasta los pies de Jesús.

Pero es que allí se va a encontrar también otras barreras. Cuando Jesús quiere ofrecerle la sanación más profunda que no solo será curar sus miembros paralizados, sino ofrecerle el regalo del perdón de los pecados, aparecen los fariseos y escribas que están al acecho y dicen que eso no se puede hacer, que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder de Dios. Barreras como las que nos seguimos poniendo nosotros en la vida con nuestros corazones llenos de candados para mantener por tiempo sin fin rencores y resentimientos. Qué duros somos de corazón.

¿Seremos capaces de romper algún día esas barreras que nos estamos interponiendo los unos contra los otros? ¿Llegaremos a tener un corazón compasivo y misericordioso como tantas veces nos enseña Jesús en el evangelio para abrir nuestros corazones al perdón y ser nosotros los primeros que sintamos la verdadera paz en nuestro corazón? ¿Se nos habrá ocurrido pensar que cuando somos capaces de perdonar estamos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso?

Si fuéramos capaces de romper esta barrera para abrirnos al perdón seguro que otras muchas barreras que nos hemos interpuesto en la vida, como hacíamos mención al principio, también irán desapareciendo de nosotros y de nuestra sociedad. Seguro que esa acritud con que se está hoy viviendo la vida y las mutuas relaciones a todos los niveles desaparecerá y comenzaremos a tener un mundo de mucha paz.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

La generosidad de los buenos produce salpullidos en el corazón de los recelosos.  Hay gente que recela de todo, va por la vida siempre de desconfiado, siempre está sospechando de lo que hacen los demás sobre todo cuando ven personas generosas y buenas que quieren hacer el bien o simplemente vivir su vida de un forma honrada pero también con generosidad; parece que esas personas buenas molestan, y por eso ahí aparece enseguida el receloso de turno que siembra cizaña, que provoca sospechas, que quiere dejar como en interrogante las buenas intenciones de los que quieren ser buenos.

Qué distintas serían nuestras relaciones si supiéramos hacer desaparecer esos recelos y desconfianzas; si supiéramos apreciar lo bueno de los demás y valorar la generosidad de los que se preocupan por los otros. Andamos en la vida con demasiadas desconfianzas, no hay la suficiente sinceridad de corazón, y terminamos queriendo destruir lo bueno que hacen los demás.

Un mensaje en este sentido descubro yo hoy en la parábola que nos ofrece el evangelio. Las parábolas son comparaciones que nos presenta Jesús para hablarnos del Reino de Dios, del Reino de los cielos; quiere señalarnos esas actitudes buenas que debían de resplandecer en quienes queremos vivir el reino de Dios. Y creo que la parábola que hoy se nos ofrece eso es lo que quiere destacar.

Aquel hombre, propietario de unas viñas, que sale en distintas horas del día a buscar trabajadores para su viña; ha quedado desde el principio en que les ofrece un denario por el día trabajado. Al final del día cuando llega el momento de la paga todos reciben igualmente un denario, pero por allá aparecen los que protestan porque quieren comparar su trabajo que ha sido todo el día con los que han venido casi al final de la tarde y reciben la misma paga. Quieren poner en entredicho la generosidad de este propietario, que quizá ve y comprende la razón por la que algunos no habían conseguido trabajo durante el día y con los que quiere ser generoso pagando de la misma manera y con generosidad la misma cantidad. Pero los recelosos de turno no le perdonan la generosidad que hay en el corazón de aquel hombre y le interpelan.

Creo que por ahí va principalmente el mensaje de la parábola. Muchas veces nos hemos hecho muchas interpretaciones en referencia a que somos llamados a trabajar en la viña del Señor en distintas horas de nuestra vida y a cualquier hora que nos llame el Señor hemos de responder. Es cierto que podemos ver también ese mensaje. Pero cuando Jesús nos ofrece la parábola nos dice que el Reino de los cielos se parece a un propietario que salió a buscar trabajadores para su viña. Entonces en la actitud del propietario está el mensaje. Y al final precisamente se recalca la generosidad de este hombre, al que porque es generoso se le tiene envidia. Los recelosos en los que se les levantan salpullidos en el alma cuando ven la generosidad de los demás de la que ellos no son capaces.

Nos enseña, pues, a tener otra mirada en la vida, a saber ver con buenos ojos la bondad y generosidad de los demás, a valorar lo bueno que hacen los otros, a aprender a tener también nosotros un corazón generoso pero limpio de toda maldad para que no hagan mella en nosotros esos recelos y desconfianzas que tantas tratan de sembrar como mala cizaña en nuestros corazones. Que aprendamos a tener un corazón puro y generoso, un corazón limpio de maldad pero siempre lleno de amor; cuando tenemos un corazón así las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y así haremos siempre resplandecer la luz.

 

jueves, 16 de agosto de 2018

La experiencia gozosa de los que se sienten amados y perdonados por la misericordia de Jesús comenzaran a vivir las nuevas actitudes y valores del amor y del perdón


La experiencia gozosa de los que se sienten amados y perdonados por la misericordia de Jesús comenzarán a vivir las nuevas actitudes y valores del amor y del perdón

Ezequiel 12,1-12; Sal 77; Mateo 18,21–19,1

Todos tenemos en nuestro interior alguna cicatriz, alguna pequeña herida que nos ha costado curar y que de vez en cuando nos vuelve a aparecer, o ante sensibilidad sentimos de nuevo su escozor y parece que nunca se termina de curar, ni nunca terminamos de olvidarlo. Realmente somos nosotros los que sufrimos aunque quizá quien nos produjo esa herida ya ni lo recuerde y, aunque no lo queramos porque realmente desearíamos vivir con paz en el corazón, vuelven a aparecer esos sentimientos negativos que tanto daño nos hacen.
Si con madurez afrontamos nuestra vida sabremos encontrar recursos para ocultar esos sentimientos y no se reflejen en actitudes que nosotros podamos tomar contra los demás; una de las cosas que pretenderíamos evitar es la desconfianza y no es ya solo a quien nos hizo daño un día, sino la desconfianza en general que podamos tener hacia cualquiera que está a nuestro lado y podríamos sospechar que nos quiere mal o nos quiere hacer algún daño.
Tristemente sin embargo vemos con frecuencia cuantas cosas en este sentido hay a nuestro alrededor, en familias que no se entienden y se llevan mal, desconfianzas entre vecinos y antiguos amigos a los que ahora queremos ver bien de lejos, gentes que se dejan de hablar por algún roce que un día tuvieron y que no supieron superarlos y que hará que incluso sean resentimientos heredados en las siguientes generaciones. Cuantos distanciamientos y desconfianzas encontramos entre vecinos y familiares que algunas veces ni sabemos bien por qué, pero que fueron generados por heridas en la vida mal curadas y que siguen con sensibilidad a flor de piel.
Cuantas cosas que se guardan en el corazón y que lo único que hacen es dañarnos; qué felices seríamos si nos pudiéramos liberar de esos pesos muertos que llevamos dentro; cuantas dramas y tragedias que se viven en lo secreto del alma y que a la larga no nos dejan ser felices de verdad, porque no hemos dejado llegar la paz al corazón.
Y es que no sabemos disfrutar de la experiencia del perdón y de la misericordia; sentirnos nosotros perdonados y sanados interiormente y ser capaces nosotros de vivir también la experiencia gozosa del perdonar y curar para siempre nuestras heridas y las heridas de los demás. Es algo que  nosotros los cristianos tenemos como una gran riqueza, un hermoso tesoro que algunas veces no sabemos disfrutar.
Los cristianos somos los hijos de la misericordia y lo que tenemos la bienaventuranza para nuestra vida cuando sabemos ser misericordiosos. Sí, tenemos que saber disfrutar lo que es la misericordia y el perdón divino sobre nuestras vidas. Es importante. Es algo que tendría que marcar nuestra existencia. En fin de cuentas la respuesta de la fe es la respuesta al amor y a la misericordia de Dios sobre nosotros. Hemos de aprender a saborear en nuestro corazón el gozo del perdón recibido y así aprenderemos a saborear el gozo del perdón concedido a los demás.
Pedro pregunta a Jesús por las veces que tenemos que perdonar reflejando así esas medidas humanas que nosotros siempre ponemos con nuestros plazos y cortapisas. Jesús responde con una parábola. Una parábola que nos refleja el amor de Dios, pero que nos refleja que no siempre nosotros lo saboreamos ni lo concedemos de la misma manera a los demás. Si el criado de la parábola se porto tan groseramente con su hermano no perdonando la deuda es porque no había saboreado en su corazón el perdón que a él le había concedido su amor y señor.
Es la experiencia gozosa que nosotros hemos de aprender a vivir. Y nuestras heridas se curarán de verdad y se acabaran las sensibilidades que nos traigan viejos recuerdos y resentimientos. El que sigue a Jesús y lo ama comienza a vivir en nuevas actitudes y valores.

jueves, 17 de agosto de 2017

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18,21. -19,1
Una buena convivencia en armonía y paz es lo que todos deseamos; saber entendernos y comprendernos, aceptarnos mutuamente sabiendo que todos tenemos limitaciones y podemos errar, procurar siempre el bien de los demás ofreciendo con generosidad nuestros servicios, nuestras buenas acciones son cosas que deseamos.
Pero bien sabemos que aunque lo intentemos con buena voluntad no siempre es fácil. Surgen las incomprensiones, aparecen en ocasiones los malos modos y exigencias, tenemos la tendencia a querer dominar y que se hagan las cosas según nuestro gusto, y llega un momento en que nos sentimos molestos y ofendidos por lo que alguien hace o dice.
Lo bueno seria que supiéramos superarnos, olvidar esos malos momentos, pero algunas veces se repiten las cosas, parece que no se termina de entender que no somos los únicos ni los reyes caprichosos del mundo, y nos vienen resentimientos por lo que el otro pudo decir, o quizá incluso pensar de nosotros y no digamos nada cuando sentimos que algo nos hiere y toca fibras sensibles de nuestro corazón y nuestra vida.
Es cuando tendría que aparecer nuestra capacidad de comprender y perdonar, pero parece que no siempre está el horno para bollos, como suele decirse, y surge en nosotros una mala reacción con la que también quizá podemos ofender, o al menos nos sentimos resentidos en el corazón y ya no somos capaces de disimular, olvidar y perdonar. y cuando las situaciones se repiten una y otra vez ya no lo queremos dejar pasar y vienen esos distanciamientos, el recelo, el resentimiento y hasta los deseos de venganza; ya se rompió aquella bonita e idealizada convivencia que tanto deseamos porque comenzamos a ponernos barreras de no aceptación porque no somos capaces de perdonar.
Es el eterno problema que no sabemos resolver y que tanto daño nos hace cuando aparecen resabios de odio dentro de nosotros hacia el que me haya podido haber ofendido en alguna ocasión.
Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. ¿Seremos capaces de perdonar? ¿Perdonaremos y olvidaremos restituyendo de nuevo aquellas buenas relaciones de amistad que se habían perdido? Pero cuando hay reincidencia en la ofensa ¿hasta donde tengo que llegar? ¿Cuántas veces tengo que perdonar?
Es la pregunta y el planteamiento que surge en los labios de Pedro, pero que refleja lo que pensamos en nuestro interior. Ya sabemos bien la respuesta de Jesús porque hasta tantas veces jugamos con sus palabras. Lo que Jesús nos está diciendo ahora no es sino una consecuencia de lo que ya nos propuso en el sermón del monte. Allí llamaba dichosos y bienaventurados a los que fueran misericordiosos en su corazón, a los que habían quitado toda maldad de su espíritu para vivir en la sencillez y en la humildad, a los que en verdad querían la paz y la buscaban no solo para si sino también para los demás.
Luego cuando nos hable del amor nos hablará del amor incluso a los enemigos, a los que no nos hacen bien, por los que además de querer perdonar tenemos también que rezar. Y nos habla Jesús del sol que sale sobre buenos y malos, de la lluvia que Dios envía a justos e injustos para decirnos como es el amor del Señor por todos a pesar de que le hayamos ofendido. Y nos dirá Jesús que tenemos que ser compasivos como nuestro Padre del cielo es compasivo.
No nos extraña, entonces, que Jesús nos diga ahora que no solo tenemos que perdonar siete veces sino setenta veces siete, para decirnos cómo siempre tenemos que perdonar. Y para que lo entendamos nos propone una parábola que nos habla de ese amor infinito de Dios que nos perdona aunque grandes sean nuestras deudas, nuestros pecados, y que entonces así tenemos que saber perdonar esas pequeñas cosas que nos puedan hacer nuestros hermanos. Es que nuestra vida tenemos que envolverla en la misericordia, y así siempre tenemos que perdonar.
Qué paz podemos sentir en el corazón cuando somos capaces de perdonar. Porque cuando no perdonamos somos nosotros los que lo pasamos peor porque no somos capaces de quitar esa mala semilla del rencor y resentimiento de nuestra vida, siempre lo estaremos recordando y siempre estaremos sufriendo a causa de ello. Pero cuando sabemos perdonar, la paz vuelve a nuestro corazón. Con el perdón estamos llenando de la hermosa semilla de la generosidad nuestro corazón y nuestra vida.