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sábado, 2 de agosto de 2025

Nos asomamos a la ventana de la vida para reconocer nuestra cruda realidad pero buscamos en medio de las sombras la luz que brilla y nos conduce a caminos de rectitud

 


Nos asomamos a la ventana de la vida para reconocer nuestra cruda realidad pero buscamos en medio de las sombras la luz que brilla y nos conduce a caminos de rectitud

Levítico 25,1.8-17; Salmo 66; Mateo 14,1-12

En más de una ocasión nos habremos puesto desde nuestra ventana a observar cuando sucede a nuestro alrededor; quizás inocentemente nos asomamos para contemplar el tiempo o la naturaleza que nos rodea, pero ya sea desde la ventana de nuestra casa allí donde vivimos o desde la altura de la ventana de un gran edificio en la gran ciudad es muy variado el panorama que observamos; la loca carrera de la vida, podríamos decir, con sus ambiciones y con sus sueños, con sus luchas muchas veces encarnizadas aunque solo fuera de forma sutil o con el desencanto de tantos que se arrastran por la vida, de los que reflejan sus miedos y huidas en sus formas de caminar o actuar, o de los que van avasallando todo y a todos porque poco menos que se creen los reyes del mundo, pasiones desenfrenadas o complejos que son también peligrosos por las reacciones que pueden provocar.

¿Encontraremos en medio de todo eso un rayo de luz que pueda centrarnos en la verdad y en la vida? Quizás nos pasen desapercibidos porque son los que menos ruido hacen, pero también tenemos que aprender a descubrirlos.

Me he puesto a pensar en todo esto al escuchar el relato del Evangelio que hoy se nos ofrece, un mundo de pasiones o un mundo también muy lleno de sombras desde donde se trama la maldad bajo apariencias muchas veces de fiesta y alegría. De pronto al iniciarnos o motivarnos el relato aparece alguien prepotente pero al mismo tiempo temeroso, porque quizás ya siente que le pesa la conciencia. Herodes tan poderoso y amigo de hacer lo que le apetece, ahí le vemos con sus fiestas y fastuosas alegrías pero que le dejan vacío el corazón, pero que con lo que está oyendo de Jesús comienza a temer porque recuerda que fue él quien mandó matar al Bautista. ¿Se le están apareciendo fantasmas o es la tortura de la conciencia que no ha sido recta? ¿Nos pasará también en algunas ocasiones cuando allá en lo hondo reconocemos que nuestra vida no ha sido recta?

Podríamos seguir fijándonos en la vanidad que rodea todo aquel cuadro, desde los que participan en la fiesta por agradar al poderoso, o el vacío de una bailarina que lo que pretende es despertar pasiones y no teme en convertirse en un juguete de los que parecen más poderosos; detrás el rencor y el resentimiento de quien se siente señalada en su vida turbia y que moverá los hilos que llevan a la desaparición de quien con su rectitud le atormenta en su conciencia; están también los respetos humanos y el querer quedar bien aunque tiene conciencia de que ha ido más allá de lo que sería verdaderamente justo.

Es el cuadro que se nos presenta en esa escena, pero quizás tendríamos que preguntarnos en que lugar estamos nosotros también en ese cuadro. Pero no escuchamos este relato del evangelio simplemente para que caigan sombras sobre nosotros, sino que en él tenemos que saber encontrar un rayo de luz.

Y el protagonista de esa luz es a quien ahora no le escuchamos palabra, pero que su vida ha sido y es voz que nos llama y nos invita a que encontremos el camino de la verdad, aunque sea costoso, aunque tengamos que ir contra la corriente, aunque nos cueste entregar la vida. Es lo que hizo el bautista a quien hoy contemplamos en el silencio, pero que sin embargo nos está gritando muy fuerte para que vayamos al encuentro de la luz buscando los caminos de la rectitud que nos trasmite el evangelio.

¿Nos moverá a algo la contemplación de este cuadro? ¿Iremos en búsqueda de la luz porque comencemos a ponernos en verdad en el camino del evangelio de Jesús?

sábado, 3 de agosto de 2024

De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del Bautista con nuestros prejuicios o nuestros miedos al quedarnos impertérritos ante un mundo insolidario y cruel

 


De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del Bautista con nuestros prejuicios o nuestros miedos al quedarnos impertérritos ante un mundo insolidario y cruel

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

Cuando la conciencia no la tenemos tranquila cualquier cosa que suceda, que se diga o se comente en nuestro entorno hará que en nuestro interior salten los resortes del alma, vamos a decirlo así, y nos llenamos de inquietudes y de intranquilidad, como si alguien hubiera detectado lo que nos pasa y en el momento menos esperado vengan a pedirnos cuentas.  ¿Causas de muchos insomnios? ¿De mucha intranquilidad que nos hacer estar alerta para justificarnos aunque nadie nos pida justificación? ¿Buscamos maneras para desviar la atención desde los miedos que llevamos en el alma?

¿Sería algo así lo que le estaba pasando a Herodes? Aunque estuviera enfrascada en sus fiestas y en sus lujos a él llegaban noticia también de lo que sucedía en Galilea, donde había aparecido un profeta, al menos así lo consideraban muchos de la gente sencilla aunque a otros sectores también les produjera inquietud; no en vano era el rey de Galilea, aunque fuera bajo el dominio y la supervisión de los romanos, que en Jerusalén tenían su pretor.

Cuando oye hablar de Jesús piensa que es Juan Bautista que ha resucitado y con todo poder se está manifestando ahora en ese profeta que ha aparecido por Galilea. Y el evangelista nos recuerda de donde provienen los temores o remordimientos de conciencia de Herodes; había mandado matar a Juan. Inducido por su mujer primero lo había metido en la cárcel para hacerlo callar, porque le denunciaba que aquel matrimonio que estaba viviendo no era un matrimonio, porque aquella mujer era la mujer de su hermano.

Sin embargo Herodes sentía un cierto respeto por Juan, no en vano era judío y creía en los profetas; de alguna manera así lo consideraba, pero Herodías seguía conspirando contra el Bautista buscando la manera de quitarlo de en medio. La ocasión vino oportuna en la fiesta del cumpleaños de Herodes donde estaba rodeado de toda su corta y de todos sus lacayos cuando la hija de Herodías bailó para Herodes y los comensales. En los momentos de euforia de una fiesta se promete hasta lo que no se puede cumplir y es lo que hace Herodes. Y la petición vino en bandeja, bueno, en bandeja pedían la cabeza de Juan.

No podía negarse por el juramento que había hecho en presencia de todos los comensales. Las euforias, los miedos y respetos humanos, la pendiente de la pasión de una vida desordenada de la que uno no se quiere arrancar, las cobardías para dar un paso diferente, la inconsciencia de una vida llena de superficialidad nos hacen rodar a los peores abismos. Luego vendrá el sentirnos mal, pero siempre quedará ahí esa cobardía para no dar ese necesario paso atrás para volver a caminos de rectitud.

Y es que cuando hoy estamos escuchando este evangelio no nos quedamos en el relato un tanto turbio de algo sucedido en otro momento para hacer nuestro juicio sobre las conductas de otras personas. Qué fáciles son esos juicios, porque realmente no nos implican en nada, porque no terminamos por mirarnos a nosotros mismos. El juicio tenemos que hacerlo pero mirándonos a nosotros mismos también en ese descontrol en que tantas veces nos metemos en la vida; también nos dejamos arrastrar por la superficialidad, dejamos incontroladas nuestras pasiones y no sabemos salir del bache en que tantas veces nos metemos en la vida, también actuamos pensando en lo que puedan decir los demás queriendo hacernos acomodaticios a todo y a todos, pero no desde la rectitud de nuestra vida, también tenemos nuestros miedos y nuestros complejos que nos impiden ser libres de verdad por dentro.

De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del bautista con nuestros prejuicios, con nuestras desconfianzas o con nuestros miedos al qué dirán, con nuestras vanidades para quedar bien – para salir bien en la foto, como se suele decir -, con nuestros hipocresías porque realmente no nos manifestamos tal como somos también con nuestras debilidades y fracasos, con nuestros quedarnos impertérritos ante tantas cosas que suceden en nuestro mundo insolidario y cruel.

¿Habrá algo que nos está pidiendo hoy esta buena noticia que nos viene de Dios aún en este hecho que nos pudiera resultar desagradable como es la muerte del bautista?


viernes, 4 de febrero de 2022

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

 

Hay pendientes por las que nos deslizamos, espirales que nos creamos que parecen no pueden romperse, pero no seamos pesimistas, la rectitud y el bien tienen finalmente que brillar

Eclesiástico 47, 2-13; Sal 17; Marcos 6, 14-29

Queremos quedar bien; nos molesta que duden de nosotros, y nos queremos presentar como los más honrados del mundo; mantenemos las apariencias, y queremos decir que somos personas de palabra, que no nos vamos atrás de la palabra dicha, aunque para lograrlo tengamos que arrasar lo que sea.

¿Vanidad? ¿Orgullo? ¿Amor propio? ¿La soberbia de la vida que nos coloca en pedestales o nosotros por nuestra cuenta nos subimos a ellos sin ver si en verdad lo merecemos? Bueno, nos creemos merecedores de todo, aunque nuestra vida sea un desastre. Muchas cosas que se pueden ir luego sucediendo en el correr de la vida, porque todo se convierte en una pendiente donde parece que no podemos parar. Es esa espiral que nace de nuestros orgullos o de nuestro amor propio y va creciendo y aumentando de desastre en desastre. Cuantas maldades se van sucediendo una tras otra.

¿Cómo contrarrestar esa espiral sin fin? ¿Seremos capaces de volver sobre nosotros mismos para edificar nuestra vida no sobre apariencias sino sobre nuestra propia realidad aunque nos cueste reconocer errores o debilidades? Enfrente como contrastando todo eso aparece el camino de la rectitud y del bien. Será un camino duro y difícil, porque parece que el mal tiene la última palabra.

Pero no podemos ser pesimistas ni sentirnos derrotados; estamos convencidos de la fuerza del bien, del obrar en rectitud. Y de eso tenemos que ser testigos, testimoniarlo con nuestra propia vida aunque nos cueste sangre. El creyente sabe que aunque tenga que pasar por la pascua de la muerte, siempre hay vida, siempre está el triunfo de la vida y del amor. Sabemos que la sangre del testigo es semilla de nueva vida. Lo contemplamos en Jesús, como lo podemos contemplar en el testimonio que se nos ofrece hoy en el evangelio.

¿Será la lucha que contemplamos  hoy en el evangelio? Herodes se pregunta quién es Jesús de quien está ahora oyendo tanto hablar; en el fondo a Herodes le está gritando su conciencia aunque no quiera hacerle caso; él sabe que ha martirizado a Juan el Bautista. Mira por donde, se dice que le tenía aprecio y que le gustaba escucharle. Pero las tornas se viraron porque su vida era disoluta y el Bautista denunciaba que lo que estaba haciendo no era lo correcto; las fuerzas del mal, representadas en Herodías, la mujer con la que convivía ilícitamente Herodes, logran meterlo en la cárcel; al final le llevará a la muerte.

Ya hemos escuchado el relato, un cumpleaños, una fiesta, muchos invitados, la hija de Herodías que se conquista el corazón de Herodes con su baile y éste que le ofrece hasta la mitad de su reino si se lo pidiera; pero al acecho está Herodías que le hace pedir a su hija la cabeza del Bautista. Los respetos humanos, las apariencias, el que dirán, el querer quedar bien y, aunque le dolió lo que le pedía la muchacha, Herodes accedió a que le llevaran en una bandeja la cabeza del Bautista.

Fue la pendiente, la espiral, la vanidad, el orgullo que lo fue desencadenando todo. Juan Bautista será el testigo del bien y de la verdad con su sangre derramada; será la semilla que se estaba plantando; aunque aparentemente apareció la maldad y la muerte, el testimonio ha quedado de manera permanente. La rectitud del Bautista hasta el final, hasta la muerte, contrarresta la maldad de Herodes y será el testimonio que queda como lección para nuestra vida.

¿Tendríamos que preguntarnos algo quizá sobre nuestras vanidades y nuestros orgullos? ¿Tendremos que plantearnos eso de quedar bien o preguntarnos cuál es el camino de rectitud que hemos de seguir en nuestra vida? ¿Seremos capaces de romper esas pendientes por las que tantas veces nos deslizamos en la vida?

viernes, 5 de febrero de 2021

En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida que nos arrastran por caminos de incongruencia y contradicción

 


En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida que nos arrastran por caminos de incongruencia y contradicción

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29

Incongruencias de la vida, lo somos con demasiada frecuencia. Incongruentes en nuestras relaciones con los demás, incongruentes con nosotros mismos… de muchas maneras. Es la falta de total coherencia entre ideas, acciones, cosas; carece de sentido lo que hacemos si lo confrontamos con lo que decimos; es como contradecirnos a nosotros mismos; es en la apariencia manifestarnos de alguna forma con nuestras palabras y nuestras ideas, pero luego nos contradecimos con lo que hacemos que va por otro camino. Y esto tiene aplicación a muchos aspectos de la vida, en lo personal, en las relaciones con los demás, como ya decíamos, en la forma de actuar en la vida y en la sociedad en la que vivimos.

Nos puede estar sucediendo también en nuestro camino de la fe, en la manifestación de lo que es o tiene que ser nuestra vida cristiana. Confesamos con nuestras palabras una fe que decimos que sentimos, pero luego nuestra manera de obrar está muy lejos de esa fe. Recitamos el credo cada domingo cuando vamos a Misa, pero luego decimos que no creemos en la resurrección ni en la vida eterna; y no es que lo digamos sino que nuestra manera de vivir no lo hacemos ni con esperanza ni con trascendencia, porque solo vivimos como si fuera solamente el momento presente, o lo que vivimos en esta tierra hasta que nos muramos. Tendríamos que revisarnos muchas cosas.

Es lo que estamos viendo en los personajes que nos presenta hoy el evangelio, de manera especial nos referimos a Herodes. Comienza el evangelio diciendo que sentía alguna inquietud, si acaso no miedo, cuando oía hablar de Jesús. Algunos le decían que era como un nuevo profeta que había aparecido por Galilea – precisamente sus dominios – otros hablaban de Jesús como si fuera la vuelta del profeta Elías, pero él recordaba a Juan Bautista, y es que su conciencia le remordía por lo que había hecho, lo había mandado decapitar. Pensaba que era el Bautista que había resucitado con especiales poderes.

A continuación el evangelista nos narra el episodio de la muerte de Juan Bautista. Herodes lo había metido en la cárcel a instigación de la mujer con la que convivía, que era la mujer de su hermano. Pero al mismo tiempo se nos dice que escuchaba con gusto a Juan y que lo respetaba porque sabía que era un hombre justo y santo. Incongruencia, ¿lo respetas y lo quieres escuchar y lo quitas de en medio metiéndolo en la cárcel?

Cuando entramos en el camino del mal, porque no nos respetamos ni a nosotros mismos ni somos congruentes con aquello que decimos o que pensamos, todo se convierte en una pendiente y en una pendiente resbaladiza. Nos precipitamos sin remedio, nos es difícil salir de ese embrollo. Y es lo que le sucedió a Herodes. Su vida era una vida libidinosa buscando solo el placer y la diversión. Y en una fiesta en su palacio donde había invitado a mucha gente de la principal de su reino las cosas se precipitaron. La hija de Herodías, la mujer con la que convivía y que Juan denunciaba su pecado, bailó para el rey y los comensales; tanto agradó al rey que prometió darle lo que quisiera aunque fuera la mitad de su reino. Fue la oportunidad de Herodías, a quien consultó su hija, para eliminar a Juan. Ya conocemos el final del relato, el final de la vida del Bautista. Aunque el rey se pusiera triste por la petición y por aquello de que lo respetaba, ahora prevalecieron los respetos humanos que la verdadera justicia. La pendiente resbaladiza que nos precipita.

En cuantas pendientes resbaladizas nos metemos nosotros también en la vida; cuantos respetos humanos, cuantos miedos al que dirán, cuantos temores a ir a contracorriente de lo que todo el mundo hace a pesar de que sabemos cual sería lo bueno y lo recto que tendríamos que hacer, cuanta indiferencia se nos va metiendo en el corazón que enfría nuestros sentimientos y que le quita verdadero ardor a nuestra vida, cuando nos miramos a nosotros mismos y a nuestros intereses o ganancias antes de comenzar a mirar alrededor para cual tendría que ser nuestra mejor forma de actuar. Incongruencias de nuestra vida, porque nos dejamos influir, nos dejamos arrastrar por la corriente, porque nos metemos en el peligro sabiendo que nos va a costar liberarnos de él. Como decíamos antes, muchas cosas tendríamos que examinar en nuestra vida.

Y lo sabemos, pero no damos los pasos de congruencia necesarios; lo sabemos y seguimos en la tibieza de nuestra fe, que al final ni fríos ni calientes, ni sabemos donde realmente estamos; lo sabemos y no terminamos de anclar nuestra vida en el Señor y no le prestamos mayor atención a la Palabra de Dios, no ahondamos en nuestra oración y en nuestro encuentro con el Señor y seguimos contentándonos con algo meramente ritual pero sin vida en nuestros rezos, abandonamos la vida sacramental y pensemos por ejemplo cuanto tiempo hace que no te confiesas, no celebras el sacramento de la penitencia.

Hemos subrayado algunos aspectos en el orden de nuestra fe y vivencias religiosas, pero podríamos analizar nuestra vida personal, todo lo que se refiera a nuestro crecimiento como persona, al cultivo de los valores, a nuestros deseos de ponernos a tener una mayor formación en muchos aspectos. Da pie el evangelio para muchas reflexiones.