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sábado, 17 de enero de 2026

El evangelio de Jesús viene a romper barreras, a tender puentes, a abrirnos los ojos para ver con mirada distinta desde la humildad y la compasión

 


El evangelio de Jesús viene a romper barreras, a tender puentes, a abrirnos los ojos para ver con mirada distinta desde la humildad y la compasión

1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1ª; Salmo 20; Marcos 2, 13-17

Todos entendemos que una comida es algo más que ingerir unos alimentos para nutrir nuestro cuerpo; una comida es un compartir, una comida significa cercanía, una comida es una puerta abierta a la amistad y el comer juntos viene a intensificar el crecimiento de ese mutuo conocimiento y de esa amistad. Por eso invitamos a comer con nosotros a aquellos con los que nos sentimos en mayor sintonía; la invitación a una comida es una invitación a la amistad, es una muestra del aprecio que sentimos por aquellos a los que sentamos a su mesa o el aprecio que nos muestran quienes nos invitan a nuestra mesa.

Esto voy reflexionando pudiera parecer a algunos muy idílico o como un sueño, porque no siempre le damos a nuestras comidas ese sentido abierto y universal y pudiera suceder que en nuestra malicia con esas comidas estemos haciendo juego sucio por nuestras manipulaciones, por nuestros intereses y en el fondo por falta de sinceridad y de auténtica solidaridad con aquellos con quienes estamos. Sabemos también cómo hacemos nuestras exclusiones, hay una cierta discriminación porque no con todos queremos que nos vieran sentados en una misma mesa, con lo que ya estaríamos desvirtuando el sentido que tendría que tener una comida, como hemos venido reflexionando.

Jesús no es de los que excluyen a nadie, más bien quiere mostrar claramente que todos son importantes para El y a todos busca y por todos quiere darse. Será precisamente en lo que es muy criticado por ciertos sectores por sentarse a la mesa con lo que ellos llaman los publicanos o los pecadores. Aquello que en el refrán castellano se dice ‘dime con quien andas y te diré quien eres’ con todo el sentido peyorativo que tiene esa frase que sin embargo los padres que quieren educar a sus hijos quizás tanto les repiten y tendríamos que decir que con esa visión qué es lo que realmente están formando o deformando en la conciencia humana. Es lo que piensan los dirigentes judíos de Jesús cuando lo ven comer con publicanos y pecadores, sean quienes sean.

El episodio que nos ofrece hoy el evangelio parte también de un gesto sorprendente de Jesús cuando al paso por delante de la garita de los impuestos invita a seguirle al publicano que está allí al frente de la recaudación de los impuestos, y que eran tan mal mirados por los judíos, a los que despreciaban precisamente con ese epíteto de publicano. Es cierto que quien anda en medio de esas materialidades de la vida fácilmente puede mancharse con esas ambiciones de usuras y de riquezas a lo que en cierto modo todos nos sentimos tentados. Fijémonos cómo priva en tantos momentos de nuestra vida esa ambición por lo económico o las riquezas: fijémonos en nuestros sueños de premios y loterías ganadas con las que pensamos que ya tendríamos todos los problemas de la vida resueltos. Hasta la navidad la tenemos así marcada con la suerte de la lotería.

Jesús invitó a Leví a seguirle y lo dejó todo para irse con Jesús, en él hemos interpretado siempre al Mateo que nos dejó el evangelio. Pero en su entusiasmo por seguir a Jesús lo invitó a comer con los discípulos que ya le seguían, pero como era normal se sentarían a la mesa con ellos también los que habían sido sus amigos y compañeros de siempre. Es lo que motivará las críticas de los fariseos y maestros de la ley.

Al médico lo llamamos o acudimos a él cuando estamos enfermos. Es lo que les viene a decir Jesús, ha venido a sanar a los enfermos, por eso se acerca a los pecadores con su corazón lleno de misericordia para ofrecer caminos de perdón y de paz. ¿Será ese el espíritu de misericordia que mueve nuestras vidas? Con nuestras posturas y actitudes tenemos que ser ese médico que sana los corazones, tenemos que ser capaces de sentar en la mesa de nuestra vida a esos que son despreciados por nuestra sociedad tan puritana para algunas cosas, pero tan necesitada de esa sanción porque nuestra sociedad sigue con sus discriminaciones y sus racismos, todavía pesa el color de la piel o el lenguaje diferente y no es porque no nos entendamos sino porque no queremos comunicarnos, porque seguimos mintiendo barreras y abismos en nuestras mutuas relaciones, en la acogida no siempre tan generosa que hacemos a los emigrantes que llegan a nosotros, provengan de donde provengan.

Muchas cosas se van desgranando en mi pensamiento cuando contemplamos este texto del evangelio, que tiene que ser auténtica buena noticia para nosotros.

viernes, 16 de enero de 2026

¿Seremos capaces de arrancar de nosotros muchas cosas que nos envuelven y esclavizan para poder llegar hasta Jesús?

 


¿Seremos capaces de arrancar de nosotros muchas cosas que nos envuelven y esclavizan para poder llegar hasta Jesús?

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Salmo  88; Marcos 2, 1-12

¿Cómo reaccionamos cuando encontramos un tropiezo o una dificultad en el camino? Algunas veces somos impacientes porque queremos el camino llano y limpio de obstáculos; ya sabemos cómo nos ponemos tantas veces de críticos hacia aquellos que pensamos que tienen la obligación de mantener el camino limpio  y libre de obstáculos, pero quizás no somos capaces de detenernos para hacer algo por nuestra parte para quitar aquel impedimento, para poner una señalización para evitar el peligro para otros que transitan por esa misma vía, o para buscar la ayuda necesaria para poder entre todos eliminar ese impedimento. Hablo en este caso en mi ejemplo de vías y caminos porque en tiempos atmosféricos adversos son problemas habituales que nos encontramos.

Pero entendemos que con este ejemplo podemos poner muchas otras experiencias que de una forma o de otra vamos teniendo en la vida; son los problemas que nos encontramos en nuestras relaciones con los demás, en la familia, en nuestros trabajos, con la gente con la que convivimos; problemas derivados de muchos factores partiendo de nuestra manera de ser o de nuestras ambiciones, de momentos malos por los que pasamos en la vida y con los que nos vemos atorados sin saber muchas veces cómo salir adelante. ¿Echamos la culpa a los demás? Es una cosa que nos sale fácilmente muchas veces. ¿Nos rendimos y damos por imposible esa superación que necesitamos en la vida? Nos acomodamos, nos aguantamos, nos resignamos y seguimos arrastrándonos atados quizás a nuestros propios miedos. Con buena voluntad queremos avanzar por la vida, pero pronto nos desanimamos y vamos arrastrándonos como podamos con nuestros miedos y cobardías. ¿Dónde está nuestra madurez humana? ¿Dónde se quedan esos buenos valores que tendrían que ser fuerza y fundamento para nuestro caminar y para nuestra superación?

Me ha surgido todo este pensamiento y reflexión contemplando un detalle que nos puede pasar desapercibido en el texto del evangelio de hoy. Son muchos los aspectos sobre los que tendríamos que reflexionar, pero quiero fijarme en el detalle de valentía y de creatividad e iniciativa de aquellos hombres que con buena voluntad traían a un enfermo, en este caso un paralítico, para que Jesús lo curase. Se había extendido la fama por toda Galilea y de todas partes les traían a sus enfermos para que los curase.

Pero al llegar a la puerta con el paralítico en su camilla no pueden entrar. Tanto es el gentío que se agolpa a la puerta para escuchar a Jesús que se les hace imposible el llevar hasta el lugar donde esta Jesús. ¿Se sienten frustrados en su esfuerzo y en su buena voluntad y se resignan ante lo que parece imposible? Ya el evangelista nos detalla la iniciativa de estos hombres de abrir un boquete en el tejado sobre donde está Jesús para por allí descolgar la camilla y hacer que aquel hombre llegue a los pies de Jesús.

Jesús nos dice el evangelista se admiró de la fe de aquellos hombres. No se rindieron, no se dieron por vencidos, buscaron la forma y lograron lo que deseaban. Qué relación más bonita con lo que veníamos reflexionando como introducción. Pero Jesús ofrece mucho más de lo que aquellos hombres en principio pedían; solo deseaban que aquel paralítico se viera libre de su dependencia para poder caminar. Y claro que Jesús quiere que nos veamos libres de nuestras dependencias, no quiere que nos sintamos ligados por ningún tipo de ataduras, nos quiere libres, lejos de cualquier esclavitud.

Pero sus palabras van a extrañar a muchos, llegarán incluso a pensar que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. Pero, ¿para qué ha venido Jesús? Como anunciaba en la sinagoga de Nazaret para liberar a los oprimidos, para establecer un tiempo de gracia. Es el regalo que nos ofrece Jesús. Hacer que nos sintamos libres desde lo más hondo de nosotros mismos de toda atadura y esclavitud. Las curaciones de los enfermos que realiza no son sino un signo de esa otra libertad que quiere darnos. Por eso sus palabras son de perdón.  O como dirá en algunas ocasiones a aquellos que ha curado, ‘vete y no peques más’, no vuelvas a caer en esa esclavitud. ‘Tus pecados quedan perdonados’, le dice al paralítico.

Y porque produce esa transformación dentro de nosotros con su gracia y su perdón nos sentiremos fortalecidos para no dejarnos vencer, para estar siempre en camino de superación, para llegar a lo más alto y más sublime de nuestra vida, aunque muchas cosas quizás tengamos que romper dentro de nosotros; somos nosotros mismos con nuestro egoísmo y con nuestras ambiciones los vamos poniendo trabas en los caminos de la vida. Pero con Jesús todo tiene que ser distinto. Dejemos que estas palabras del evangelio calen hondamente dentro de nosotros.

jueves, 15 de enero de 2026

Bajemos los humos de la autosuficiencia y orgullo para aprender a confiar en la bondad de quien puede ayudarnos dando señales de la confianza que pueden tener en nosotros

 


Bajemos los humos de la autosuficiencia y orgullo para aprender a confiar en la bondad de quien puede ayudarnos dando señales de la confianza que pueden tener en nosotros

1Samuel 4, 1-11; Salmo 43; Marcos 1, 40-45

A ver si aprendes a pedir las cosas’, escuchamos a alguien que reacciona ante la forma en que alguien le presentaba una petición, pero desde mucha arrogancia y altivez. Lo sabemos bien con humildad y sencillez, con la sinceridad de reconocer nuestras carencias y limitaciones ‘ganamos más’, por decirlo de alguna manera, que con nuestra arrogancia y aun con nuestra pobreza con signos de arrogancia y prepotencia. Sé humilde para conseguir lo que graciosamente, en gratuidad y generosidad, te van a regalar.

Es lo que nos presenta hoy el evangelio. Su anuncio era la buena noticia de que el Reino estaba cerca. Y Jesús lo manifestaba con signos y señales. Lo hemos venido escuchando en estos días. Nazaret, Cafarnaún, toda la orilla del lago de Tiberíades, tierra adentro los pueblos y aldeas de Galilea habían ido escuchando su anuncio, pero habían visto también los signos que realizaba; escuchamos que en Cafarnaún se juntaban a su puerta ya a la caída de la tarde de aquel sábado que había ido a la sinagoga, multitud de gente venida de todas partes con sus lamentos y con sus sufrimientos, con sus imposibilitados y con sus enfermos, y a todos curaba. A la mañana siguiente dirá que hay que ir a otros lugares, que otros también han de escuchar ese anuncio de esperanza.

Movido por esa esperanza y por la fe grande que había comenzado a manar en su corazón, también con mucha sencillez y humildad había sido hasta un leproso, que saltándose todas las normas y prohibiciones de estar en poblado y en medio de las gentes, es que se acerca a Jesús para hacerle su petición. ‘Si quieres, puedes limpiarme’.

No aparece más diálogo en el relato del evangelista pero allí está con su grandeza de espíritu manifestada en su humildad y sinceridad que le llena además de confianza. No depende de sí mismo, viene a decir, todo está en manos de Jesús, en la voluntad de Jesús. El solo tiene lo mejor con que presentarse a Jesús, su fe y su humildad; sabe que Jesús puede hacerlo, ya lo ha manifestado en otros signos que ha ido realizando, y confía en Jesús, que está manifestando la confianza de su fe, de aquello en lo que cree.

Cuántas veces hacemos nuestra oración pobre por nuestra falta de confianza. Vamos a ver si ahora me escucha, parece que nos decimos, lo cual ya está señalando y marcando la pobreza de nuestra fe, quizás ocultando detrás nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. No nos gusta sentirnos necesitados, reconocer nuestra pobreza, ser conscientes de que solo por nosotros mismos no lo vamos a lograr. Medio nos ocultamos a los ojos de los demás cuando vamos a rezar para que no nos digan si nosotros aun creemos en esas cosas; hacemos de nuestras oraciones y nuestras peticiones algo tan íntimas y personales que nunca compartimos con los demás lo que es nuestra oración. ¿Alguien sabe como ha sido ese momento íntimo en ti mismo, por ejemplo, después de comulgar? ¿A alguien le has hablado de sus sentimientos en ese momento o de lo que le has pedido al Señor más allá de pedir suerte o de pedir salud?

Aquel leproso se puso allí delante de todos, postrado ante Jesús, reconociendo que era leproso y confiando en Jesús que podía curarle. Creo que mucho nos puede enseñar la postura o la manera de hacer de aquel leproso, pero sobre todo de su humildad y de su confianza.

Necesitamos bajar los humos de nuestros orgullos que nos hacen ir de autosuficientes por la vida. Necesitamos bajarnos de nuestro pedestal del orgullo para ponernos ras a tierra en los caminos de la humildad. Necesitamos aprender a confiar en el corazón en la bondad de quienes nos rodean que pueden hacer muchas cosas por nosotros como expresar una apertura en nuestra vida que llene de confianza en nosotros en quienes nos rodean.

miércoles, 14 de enero de 2026

Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

 


Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Salmo 39; Marcos 1, 29-39

Las señales de Dios se van manifestando. La aparición de Jesús haciendo aquel primer anuncio de la llegada del Reino de Dios fue un rayo de esperanza para aquellos  pueblos. Las tinieblas pujaban por permanecer pero la luz se va abriendo paso en aquellos corazones. Se sorprenden con las palabras de Jesús, se sorprenden con los signos que realizaba y que manifestaban que Dios estaba con El. Era su presencia, su cercanía, sus palabras, los signos que se manifestaban en su vida. Quería estar cerca de todos y se dejaba llevar allí donde hiciera falta.

Hoy nos dice el evangelista que después de salir de la sinagoga, allí donde había liberado de su mal a aquel hombre poseído por un espíritu inmundo, los primeros discípulos, aquellos que primero han escuchado su llamada y ya le siguen de cerca, Santiago y Juan a los que había invitado a seguirle para ser pescadores de hombres, se llevan a Jesús a casa de Simón y de Andrés y le dicen que la suegra de Simón está enferma, está en cama.

¡Qué hermosa sintonía de aquellos primeros discípulos que viendo lo que hace y enseña Jesús le cuentan también de sus incidencias familiares o de sus vecinos! Algo en lo que es necesario detenernos en nuestra reflexión. Somos los discípulos de Jesús, al menos nos gloriamos de llamarnos cristianos, pero ¿hasta dónde llega nuestra sintonía y nuestra sensibilidad en nuestro trato con el Señor? ¿Le hablamos a Dios de lo que vemos y de lo que palpamos a nuestro alrededor?

Por distintas circunstancias, confieso, que estos días he caminado por distintos rincones de mi pueblo, con ese crecimiento demográfico de la población, las nuevas viviendas que se van promoviendo y levantando por distintos sitios y pensaba en qué medida los que nos llamamos cristianos sentimos inquietud por esas poblaciones que parecen tan alejadas de Dios, tan alejadas de la vida de la Iglesia, aunque estén viviendo casi a sus puertas. ¿No nos hará falta un mayor sentido misionero a los que nos sentimos más cercanos de la Iglesia para hablarle a Dios de esas gentes, pero para hablarle a esa gente de que el Reino de Dios está cerca? La verdad, os digo, que sentía una inquietud en mi interior que me hacía preguntarme a mí mismo por muchas cosas.

Y siguiendo con el comentario del evangelio vemos cómo Jesús se acerca a aquella mujer, la toma de la mano y la levanta. Y aquella mujer que estaba postrada en su enfermedad, inmediatamente se puso a servirles. Postrados y encerrados en nosotros mismos es la peor enfermedad, que nos vuelve pasivos, que nos hace insolidarios, que nos hace pensar solo en nosotros mismos y agrandamos incluso los males que nos envuelven quizás buscando una compasión. ¿No necesitaremos esa mano de Jesús que nos levante y nos ponga en camino de servicio? Seguro que nos sentiremos sanados desde lo más hondo y se acabará toda pasividad e insolidaridad, se descorrerán esos nubarrones que oscurecían nuestra vida y nos sentiremos con una vitalidad nueva. ¿Dejaremos que Jesús tienda su mano sobre nosotros y nos levante? ¿Seremos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciéndole el anuncio del Reino de Dios?

No quiero alargarme en el comentario. Al anochecer se agolpan muchos a la puerta para que Jesús los cure. A la mañana siguiente lo buscarán porque seguirán con sus deseos de estar con El. Jesús se había retirado al descampado para orar. Pero Jesús les dice que hay que ir a otros sitios, porque a todos ha de hacer aquel anuncio del Reino de Dios.

Después de estar con Jesús y escuchar su Palabra, ¿sentiremos nosotros deseos de ir a otros sitios para hacer también a todos ese anuncio del Reino de Dios?


martes, 13 de enero de 2026

Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio quiere hacer de nosotros un hombre nuevo liberado de toda atadura

 


Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio quiere hacer de nosotros un hombre nuevo liberado de toda atadura

1 Samuel 1, 9-20; Sal. 1 Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28

Estamos de palabras que siempre nos dicen lo mismo y nos prometen lo mismo, por eso cuando aparece alguien que no es un simple repetidor, sino que lo que nos dice o nos habla surge de lo más hondo de si mismo y toca lo más hondo de nosotros mismos, nos despertamos, prestamos nueva atención. Claro que siempre estaremos al tanto para ver si es una estrategia que nos embauca o son de verdad esperanzas nuevas que se siembran en nuestros corazones.

Es lo que está sucediendo en estos primeros pasos de Jesús en lo que llamamos su vida pública y que ahora terminado el tiempo de Navidad vamos escuchando en este caso en las primeras páginas del evangelio de san Marcos. Jesús va a la sinagoga, podríamos decir que aprovecha el momento en que la comunidad se reúne para escuchar la ley y los profetas y como iría haciendo por todos aquellos lugares por donde comienza a predicar hace el anuncio de la Buena Noticia de que el Reino de Dios está cerca.

La gente presta atención a sus palabras, porque además habla con autoridad, habla con sabiduría, habla con palabras que despiertan los corazones; no son palabras repetidas, como seguramente estarían acostumbrados a escuchar a los maestros de la ley. Jesús anuncia algo nuevo, algo distinto que despierta la esperanza; anunciar la llegada del Reino de Dios para ellos significaba la cercanía o la presencia del Mesías anunciado y tanto tiempo esperado. Jesús quiere siempre ir a lo más hondo de las personas, por eso ha pedido conversión para poder creer que esa buena noticia que les anuncia se realizará; es necesario una transformación de la vida, un cambio profundo, como salir de la enfermedad para estar con salud, como salir de la muerte para tener otra vez vida y vida de verdad. Las palabras de Jesús van llegando a sus corazones.

Pero es que Jesús acompaña sus palabras con sus actos. Si ofrece liberación porque tenemos que arrancarnos de tantas ataduras como tenemos en la vida, ahora lo van a ver palpable en el signo que va a realizar. Hay un hombre poseído por un espíritu inmundo, por el espíritu del mal, que ya está ofreciendo un rechazo a Jesús. Las tinieblas que no quieren dejarse iluminar por la luz, como tantas veces nos sentimos incómodos cuando nos dicen la verdad, cuando nos señalan aquellas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida.

Pero bastan dos palabras de Jesús para hacer callar a aquel espíritu maligno. ‘Cállate y sal de él’, fueron las palabras de Jesús. ‘El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él’, nos relata el evangelista. Y la gente se quedó asombrada porque hablaba con autoridad.

Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio. Algunas veces nos cuesta, nos hacemos oídos sordos, lo damos por sabido, pero siempre el evangelio es buena noticia, algo nuevo que llega a nuestra vida, que nos pone en nuevos caminos, aunque, como decía, algunas veces nos resistimos. Pero Jesús nos pone el dedo en la llaga aunque escueza. De muchas cosas tenemos que liberarnos para vivir esa libertad del hombre nuevo, no podemos seguir pendientes de ataduras, de rutinas, de malas costumbres que hemos ido adquiriendo con el paso de los años.

Abramos de verdad nuestro corazón a esa palabra salvadora que nos ofrece Jesús.

lunes, 12 de enero de 2026

¿Estaríamos dispuestos a dejar nuestras redes y nuestras barcas, lo que ha sido nuestra vida hasta ahora para embarcarnos para otra pesca diferente?

 


¿Estaríamos dispuestos a dejar nuestras redes y nuestras barcas, lo que ha sido nuestra vida hasta ahora para embarcarnos para otra pesca diferente?

1Samuel 1, 1-8; Salmo 115; Marcos 1, 14-20

Si alguien llegara de pronto a tu lado y sin más ni más, sin más preámbulos queremos decir, te dijera ‘vente conmigo’, ¿cuál sería nuestra reacción? Hoy que andamos con tantas desconfianzas en la vida seguramente nos quedaríamos a distancia preguntándonos quizás qué es lo que quiere, qué es lo que insinúa esta persona con esta inesperada propuesta; quizás podríamos responder también preguntando para que quiere que vayamos con él o dando largas, como solemos hacer en tantas cosas, diciéndonos que tendríamos que pensárnoslo porque decisiones así no se toman de un momento a otro. Pero, ¿cambiar de la noche a la mañana para dejar atrás lo que somos y lo que tenemos?, no lo haríamos así a bote pronto.

Pero es lo que nos plantea el evangelio de Marcos prácticamente en sus casi primeros versículos con lo que hoy se nos relata. Simplemente nos dice que pasaba Jesús por la orilla del lago, allí donde están los pescadores después de su faena recogiéndolo todo, remendando y guardado sus redes y sus aperos de pesca, y les dice primero a Simón y  Andrés y luego a los hermanos Zebedeos, Santiago y Juan, que se vayan con El. Les hace promesas de otras pescas que ellos seguramente no entienden; anteriormente han escuchado que Jesús al anunciar la llegada del Reino de Dios invita a la conversión y a creer en ese anuncio que les está haciendo. Pero lo maravilloso es la respuesta de aquellos pescadores, lo dejaron todo, sus redes y sus barcas, dejaron plantado al padre de los Zebedeos con sus ayudantes, y se fueron con Jesús.

Creo que mirado así con cierta frialdad y como poniéndonos a distancia este episodio tiene que causar gran sorpresa, como la sorpresa tanto de los llamados como de las personas de su entorno ante la invitación de Jesús y la rápida respuesta de los que serían sus primeros discípulos.

Pues, sí, de verdad, dejémonos sorprender por el evangelio. Es algo nuevo y no parece lo usual, ni entonces ni ahora. Cuidado que nos hayamos acostumbrado, nos hayamos aprendido las cosas demasiado de memoria y no pongamos toda nuestra vida, toda nuestra atención en lo que hoy Jesús sigue diciéndonos con estos pasajes del evangelio. No olvidemos el significado de la palabra, evangelio, buena noticia. Noticia tiene que ser para nuestra vida, noticia que espera una reacción de nosotros, sea cual sea, porque nos dejemos sorprender.

Que nos pongan una condición tan exigente cuando se nos hace una invitación podría parecer fuera de lugar. Pero así de claro es Jesús y así con esa claridad y con esa sinceridad tenemos que escuchar su Palabra y su invitación. Porque las palabras de Jesús, lo que Jesús nos anuncia no nos puede dejar indiferentes, tenemos que sentirnos aludidos allá en lo más profundo de nosotros. Y creer lo que nos anuncia Jesús no es simplemente saberlo como nos enteramos de una noticia por el periódico pero que son cosas de nuestros lugares, que no tienen que ver nada con nosotros; las aceptamos, sí, pero nuestra vida sigue con las mismas rutinas, porque son cosas que no nos afectan.

Pero el evangelio, la buena noticia que nos da Jesús, sí nos afecta, está poniendo en juego el sentido de nuestra vida, va quizás a trastocar muchas cosas pero nos hará descubrir cosas nuevas y de suma importancia para nosotros, está en juego nuestra salvación, el valor de nuestra vida, el sentido de lo que hacemos, la manera de construir nuestro mundo, nuestras relaciones con los demás. Y mucho tiene que cambiar allá desde lo más hondo de nuestro corazón, desde lo más hondo y fundamental de nuestra vida. 

Por eso nos dice Jesús que para empezar su camino tenemos que hacer un cambio en nuestra vida, no unos arreglos, un cambio total de mentalidad, de pensamiento, de sentido de la vida. Y lo hacemos porque creemos en la Palabra de Jesús, porque queremos creer en esa buena noticia que nos anuncia, ese Evangelio que será de salvación para nosotros.

¿Estaremos dispuestos a dejar nuestras redes y nuestras barcas para embarcarnos para otra pesca diferente?


domingo, 11 de enero de 2026

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

 


Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

Una mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino. Es la manera cómo hemos de escuchar la Palabra de Dios y la manera de hacerlo de aquellos que nos la proclaman para poder sentir en verdad con planta su tienda entre nosotros, cómo va a inhabitar en nuestro corazón.

Despertemos, abramos los ojos y miremos, sí, una mirada atenta ante lo que acontece ante nosotros y nos está hoy narrando el evangelio. Hagámonos, si queremos y lo creemos necesario, un cuadro que enmarque el acontecimiento, que si no hay unos ojos atentos nos podrá pasar desapercibido. En las cercanías del desierto, junto al Jordán está el profeta anunciando la llegada del Reino de Dios y bautizando a los que se sentían conmovidos por las palabras del Bautista. Allí delante ya hay una fila de los que quieren sumergirse en las aguas del Jordán, como les está invitando Juan como signo de penitencia para esa conversión del corazón que han de realizar en sus vidas. Entre tantos podría pasar desapercibido, pero Juan lo reconoce. ‘¿Eres tú el que debía bautizarme a mi y vienes para que yo te bautice?’ ¿Uno más que se ha detenido para intercambiar unas palabras con el Bautista o serán las palabras de Juan invitando a la conversión? Y ‘al salir del agua, los cielos se abrieron  y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.

Es el tiempo de la contemplación, porque no son los ojos de la cara los que tienen que mirar, nuestra mirada tiene que partir del corazón. Es contemplar el misterio y es al tiempo comenzar a escuchar. Lo que allí está sucediendo no es un simple gesto como el realizado con todos los que habían ido recibir aquel bautismo de agua. Allí se estaba manifestando Dios, los signos no hablan de un acontecimiento cualquiera. Todo nos está hablando de Dios, aunque no lo veamos con los ojos de la cara, allí sentimos algo profundo, allí palpamos el misterio, allí está comenzando a descorrerse el velo para que contemplemos el rostro de Dios, allí estamos escuchando la voz de Dios.

Ahora no podemos ir con prisas, tenemos que sabernos detener para poder contemplar, para poder saborear todo ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Escuchamos, pero saboreamos esas palabras. ‘Este es mi Hijo amado en quien me complazco’. Los padres se sienten complacidos en los hijos, ¿como no va sentirse complacido el Padre del cielo en el hijo amado, su preferido, que viene a hacer su voluntad?

Pero toda esa mirada y contemplación nos va preparando para escuchar bien y para escuchar de verdad. Porque allí estamos nosotros que hemos recibido un bautismo también en el Espíritu, no ha sido un bautismo de agua el que hemos recibido, que también escuchamos esa voz de Dios sobre nosotros. ‘Eres mi Hijo amado y preferido’. Así es el amor del Padre, así es el amor de Dios que nos transforma, que también nosotros derrama su Espíritu para que seamos hijos, para que seamos sus hijos amados y preferido.

Claro que ahora nos queda una cosa, ¿Dios se sigue complaciendo en nosotros de la misma manera que en Jesús como hemos escuchado allá en el Jordán? Dios se complace en nosotros porque nos ama, Dios se complace en nosotros porque en su Hijo Jesús nos ha dado vida a nosotros, Dios se complace en nosotros porque con nosotros sigue contando a pesar de que no siempre seamos fieles, Dios se complace en nosotros porque nos sigue regalando su amor que es misericordia y es compasión, Dios se complace en nosotros porque sobrecogidos por ese misterio de Dios que contemplamos nosotros también queremos ponernos en camino.

Estamos también llenos del Espíritu de Dios. ‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones… Manifestará la justicia con verdad.  Te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones’. Ahí tenemos nuestra misión, ahí tenemos nuestra tarea. Porque como sigue diciendo el profeta las señales que se van a manifestar con las obras del amor y la misericordia que nos liberan desde lo más hondo. Y nos habla de desechar toda violencia, pero de hacer resplandecer el amor abriendo los ojos de los ciegos, sacando a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en las tinieblas.

¿No es eso todo un programa de vida en el que tenemos que sentirnos implicados los que seguimos a Jesús? ¿De verdad creemos en la liberación que nos trae Jesús y que ha de ser nuestro compromiso? Saquemos conclusiones.