Una
mirada, una contemplación, una escucha que nos hace ponernos en camino cuando
celebramos el Bautismo del Señor y recordamos nuestro bautismo
Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos 10,
34-38; Mateo 3, 13-17
Una mirada, una contemplación, una
escucha que nos hace ponernos en camino. Es la manera cómo hemos de escuchar la
Palabra de Dios y la manera de hacerlo de aquellos que nos la proclaman para
poder sentir en verdad con planta su tienda entre nosotros, cómo va a inhabitar
en nuestro corazón.
Despertemos, abramos los ojos y
miremos, sí, una mirada atenta ante lo que acontece ante nosotros y nos está
hoy narrando el evangelio. Hagámonos, si queremos y lo creemos necesario, un
cuadro que enmarque el acontecimiento, que si no hay unos ojos atentos nos podrá
pasar desapercibido. En las cercanías del desierto, junto al Jordán está el
profeta anunciando la llegada del Reino de Dios y bautizando a los que se
sentían conmovidos por las palabras del Bautista. Allí delante ya hay una fila
de los que quieren sumergirse en las aguas del Jordán, como les está invitando
Juan como signo de penitencia para esa conversión del corazón que han de
realizar en sus vidas. Entre tantos podría pasar desapercibido, pero Juan lo
reconoce. ‘¿Eres tú el que debía bautizarme a mi y vienes para que yo te
bautice?’ ¿Uno más que se ha detenido para intercambiar unas palabras con
el Bautista o serán las palabras de Juan invitando a la conversión? Y ‘al
salir del agua, los cielos se abrieron y vio que el Espíritu de Dios
bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que
decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.
Es el tiempo de la contemplación,
porque no son los ojos de la cara los que tienen que mirar, nuestra mirada
tiene que partir del corazón. Es contemplar el misterio y es al tiempo comenzar
a escuchar. Lo que allí está sucediendo no es un simple gesto como el realizado
con todos los que habían ido recibir aquel bautismo de agua. Allí se estaba
manifestando Dios, los signos no hablan de un acontecimiento cualquiera. Todo
nos está hablando de Dios, aunque no lo veamos con los ojos de la cara, allí
sentimos algo profundo, allí palpamos el misterio, allí está comenzando a
descorrerse el velo para que contemplemos el rostro de Dios, allí estamos
escuchando la voz de Dios.
Ahora no podemos ir con prisas, tenemos
que sabernos detener para poder contemplar, para poder saborear todo ese
misterio de Dios que se nos manifiesta. Escuchamos, pero saboreamos esas
palabras. ‘Este es mi Hijo amado en quien me complazco’. Los padres se
sienten complacidos en los hijos, ¿como no va sentirse complacido el Padre del
cielo en el hijo amado, su preferido, que viene a hacer su voluntad?
Pero toda esa mirada y contemplación
nos va preparando para escuchar bien y para escuchar de verdad. Porque allí
estamos nosotros que hemos recibido un bautismo también en el Espíritu, no ha
sido un bautismo de agua el que hemos recibido, que también escuchamos esa voz
de Dios sobre nosotros. ‘Eres mi Hijo amado y preferido’. Así es el amor
del Padre, así es el amor de Dios que nos transforma, que también nosotros
derrama su Espíritu para que seamos hijos, para que seamos sus hijos amados y
preferido.
Claro que ahora nos queda una cosa,
¿Dios se sigue complaciendo en nosotros de la misma manera que en Jesús como
hemos escuchado allá en el Jordán? Dios se complace en nosotros porque nos ama,
Dios se complace en nosotros porque en su Hijo Jesús nos ha dado vida a
nosotros, Dios se complace en nosotros porque con nosotros sigue contando a
pesar de que no siempre seamos fieles, Dios se complace en nosotros porque nos
sigue regalando su amor que es misericordia y es compasión, Dios se complace en
nosotros porque sobrecogidos por ese misterio de Dios que contemplamos nosotros
también queremos ponernos en camino.
Estamos también llenos del Espíritu de
Dios. ‘Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me
complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las
naciones… Manifestará la justicia con verdad. Te he llamado en mi
justicia, te cogí de la mano, te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz
de las naciones’. Ahí tenemos nuestra misión, ahí tenemos nuestra tarea.
Porque como sigue diciendo el profeta las señales que se van a manifestar con
las obras del amor y la misericordia que nos liberan desde lo más hondo. Y nos
habla de desechar toda violencia, pero de hacer resplandecer el amor abriendo
los ojos de los ciegos, sacando a los cautivos de la cárcel, de la prisión a
los que habitan en las tinieblas.
¿No es eso todo un programa de vida en
el que tenemos que sentirnos implicados los que seguimos a Jesús? ¿De verdad
creemos en la liberación que nos trae Jesús y que ha de ser nuestro compromiso?
Saquemos conclusiones.