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miércoles, 1 de julio de 2026

No rechacemos la luz de Jesús no solo para nosotros sino también para ese mundo que nos rodea en medio de sus luces opacas

No rechacemos la luz de Jesús no solo para nosotros sino también para ese mundo que nos rodea en medio de sus luces opacas

Amós 5, 14-15. 21-24; Salmo 49; Mateo 8, 28-34

No enciendas muchas luces, así pasaremos desapercibidos, nadie sabrá lo que estamos haciendo, evitaremos que alguien se de cuenta y nos veamos metidos en líos… No queremos que haya luz, hacemos las cosas en la oscuridad, pero eso ¿qué puede significar? ¿Por qué queremos permanecer en la oscuridad? ¿Será acaso que lo que estamos haciendo son cosas oscuras? Creo que todos entendemos lo que puede haber detrás de esas oscuridades que buscamos, o lo estaremos viendo claramente a nuestro alrededor en ‘malos negocios’, en violencias que se ocultan, en corrupción de todo tipo que va corroyendo nuestra sociedad.

Hoy contemplamos a Jesús que tras la travesía del lago llega a la otra orilla; pero es un lugar ajeno al pueblo de Israel, es la región de los gerasenos; pero allí se encuentra con dos endemoniados, en expresión del evangelio, que les salen al encuentro; ya nos comenta el evangelista que por la violencia de esos individuos nadie se atrevía a transitar por estos lugares; pero aquello hombres poseídos por el espíritu del mal sí conocen quien ha llegado hasta ellos; lo rechazan, solo por la acción de jesús se verán libres de esos espíritus inmundos que se adueñarán de una piara de cerdos que se despeña en el lago.

La fuerza y la gracia de la luz y de la vida que llega con Jesús a aquellos lugares; pero nos encontraremos algo que nos parece inconcebible, que los habitantes del lugar que al conocer los hechos se acercan hasta Jesus le pedirá que abandone aquellos lugares. siempre hemos comentado que los negocios de su vida con el pastoreo de aquellos cerdos se les han ido por tierra, ven sus intereses afectados y por eso rechazan la presencia de Jesús.

El juicio que vamos a hacer no es sobre aquellas personas, sino que será mirándonos a nosotros mismos. ¿Cuál es nuestra reacción a la gracia de Dios? ¿Cuál es nuestra reacción a la luz que con Jesús quiere iluminar nuestra vida?

Podemos pensar en los rechazos cuando queremos seguir en los caminos del mal y nada nos hace movernos hacia el arrepentimiento; podemos pensar en esa componendas que nos hacemos tantas veces para parecer cumplidores mientras seguimos con nuestros apegos en el corazón; podemos pensar en la poca perseverancia en nuestros propósitos cuando pronto nos aflojamos espiritualmente y seguimos dejándonos caer por las pendientes de nuestras viejas rutinas y costumbres; podemos pensar en la poca voluntad que ponemos para superarnos y arrancarnos de nuestras viejas rutinas o de la tibieza espiritual con la que nos gusta andar.

Hoy el Señor quiere llegar también a esas regiones inhóspitas de nuestras vida que quiere transformar en un bello jardín de vida. pero quizás con este evangelio jesús nos quiere pedir algo más; a muchas regiones inhóspitas llenas de violencias o de insolidaridad que nos son difíciles de atravesar, desiertos de frialdad y desinterés donde florecen fácilmente los cardos del orgullo o de los rencores, y podemos pensar en tantas situaciones que se viven en nuestro sociedad tan materialista y sensual, Jesus quiere llegar también y quiere hacerlo a través de nosotros. 

Ha puesto un toque de vida en nuestros corazones pero nos está diciendo que vayamos a nuestros hermanos y le contemos lo que el Señor ha hecho con nosotros. ¿Cuál es la respuesta que le damos? ¿Nos seguiremos quejando de que esos caminos son difíciles e intransitables pero no ponemos nada de nuestra parte para hacer que nuestro mundo florezca como un vergel de amor y de justicia? ¿Preferimos un mundo de oscuridades y de medias luces? ¿Estaremos rechazando la luz no solo para nosotros sino también para el mundo que nos rodea?

martes, 13 de enero de 2026

Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio quiere hacer de nosotros un hombre nuevo liberado de toda atadura

 


Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio quiere hacer de nosotros un hombre nuevo liberado de toda atadura

1 Samuel 1, 9-20; Sal. 1 Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28

Estamos de palabras que siempre nos dicen lo mismo y nos prometen lo mismo, por eso cuando aparece alguien que no es un simple repetidor, sino que lo que nos dice o nos habla surge de lo más hondo de si mismo y toca lo más hondo de nosotros mismos, nos despertamos, prestamos nueva atención. Claro que siempre estaremos al tanto para ver si es una estrategia que nos embauca o son de verdad esperanzas nuevas que se siembran en nuestros corazones.

Es lo que está sucediendo en estos primeros pasos de Jesús en lo que llamamos su vida pública y que ahora terminado el tiempo de Navidad vamos escuchando en este caso en las primeras páginas del evangelio de san Marcos. Jesús va a la sinagoga, podríamos decir que aprovecha el momento en que la comunidad se reúne para escuchar la ley y los profetas y como iría haciendo por todos aquellos lugares por donde comienza a predicar hace el anuncio de la Buena Noticia de que el Reino de Dios está cerca.

La gente presta atención a sus palabras, porque además habla con autoridad, habla con sabiduría, habla con palabras que despiertan los corazones; no son palabras repetidas, como seguramente estarían acostumbrados a escuchar a los maestros de la ley. Jesús anuncia algo nuevo, algo distinto que despierta la esperanza; anunciar la llegada del Reino de Dios para ellos significaba la cercanía o la presencia del Mesías anunciado y tanto tiempo esperado. Jesús quiere siempre ir a lo más hondo de las personas, por eso ha pedido conversión para poder creer que esa buena noticia que les anuncia se realizará; es necesario una transformación de la vida, un cambio profundo, como salir de la enfermedad para estar con salud, como salir de la muerte para tener otra vez vida y vida de verdad. Las palabras de Jesús van llegando a sus corazones.

Pero es que Jesús acompaña sus palabras con sus actos. Si ofrece liberación porque tenemos que arrancarnos de tantas ataduras como tenemos en la vida, ahora lo van a ver palpable en el signo que va a realizar. Hay un hombre poseído por un espíritu inmundo, por el espíritu del mal, que ya está ofreciendo un rechazo a Jesús. Las tinieblas que no quieren dejarse iluminar por la luz, como tantas veces nos sentimos incómodos cuando nos dicen la verdad, cuando nos señalan aquellas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida.

Pero bastan dos palabras de Jesús para hacer callar a aquel espíritu maligno. ‘Cállate y sal de él’, fueron las palabras de Jesús. ‘El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él’, nos relata el evangelista. Y la gente se quedó asombrada porque hablaba con autoridad.

Escuchemos a Jesús, dejémonos sorprender por El, dejémonos transformar por su evangelio. Algunas veces nos cuesta, nos hacemos oídos sordos, lo damos por sabido, pero siempre el evangelio es buena noticia, algo nuevo que llega a nuestra vida, que nos pone en nuevos caminos, aunque, como decía, algunas veces nos resistimos. Pero Jesús nos pone el dedo en la llaga aunque escueza. De muchas cosas tenemos que liberarnos para vivir esa libertad del hombre nuevo, no podemos seguir pendientes de ataduras, de rutinas, de malas costumbres que hemos ido adquiriendo con el paso de los años.

Abramos de verdad nuestro corazón a esa palabra salvadora que nos ofrece Jesús.

martes, 2 de septiembre de 2025

Una pregunta quizás que para nosotros tenemos que hacer es cómo estamos siendo la Iglesia y los cristianos signo de curación hoy para nuestro mundo

 


Una pregunta quizás que para nosotros tenemos que hacer es cómo estamos siendo la Iglesia y los cristianos signo de curación hoy para nuestro mundo

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Salmo 26; Lucas 4, 31-37

¿Quién eres tú para hablarnos así? ¿Quién te ha dado vela en este asunto? Alguna vez reaccionamos así o vemos que alguien tiene una reacción así cuando alguien nos hace pensar, alguien nos señala cosas que no ve justas, o trata de meterse en nuestra conversación o en nuestra vida para decirnos cómo podríamos hacer las cosas de otra manera. No queremos que se metan en nuestros asuntos, que nos dejen tranquilos y no nos estén sermoneando, queremos hacer nuestra vida y que nada ni nadie interfiera; quizás al final nos demos cuenta aunque nos cuesta mucho dar el brazo a torcer y queremos buscar salidas sin quizás reconocer nuestros errores; así son nuestros orgullos y nuestro amor propio. Ha sido el consejo de un amigo, ha sido alguien que tiene una visión distinta, alguien que tiene una mayor amplitud de miras.

Algo así estaba pasando en aquellos comienzos de la predicación de Jesús por los pueblos y ciudades de Galilea. Había gente que le gustaba lo que Jesús estaba diciendo, siempre hay gente ansiosa de algo distinto y está dispuesta a escuchar, pero también quienes se van a ver implicados en algo nuevo que se les está ofreciendo quizás se muestren reacios y no quieran dar el brazo a torcer. Va a ser algo muy repetido a lo largo de la predicación de Jesús, como lo será a lo largo y ancho de nuestro mundo y en todos los tiempos. Cuando quieran sacarnos de nuestras rutinas, nos resistimos, cuando veamos algo de pérdida de influencia comenzamos a entrar en los caminos de la oposición y buscaremos la manera de quitar de en medio a quien nos está haciendo esos nuevos planteamientos.

Hoy, en este casi principio del evangelio de Lucas en su relato de la vida publica de Jesús, la imagen que se nos presenta es la del hombre poseído por el demonio; son los endemoniados que aparecerán muchas veces en el evangelio, y que no hacen solo referencia a los poseídos por enfermedades malignas que en aquel concepto de entonces eran como poseídos por el espíritu del mal, sino será como un signo de esa oposición que siempre encontrará Jesús, que siempre encontrará en todos los tiempos el evangelio de Jesús.

Un endemoniado levanta la voz en la sinagoga donde Jesús está un sábado enseñando. ¿Quién eres tú? ¿Por qué te metes con nosotros? Y Jesús se muestra con autoridad, expulsando como nos dice el evangelio el espíritu inmundo de aquel hombre que se resiste incluso tirándolo por los suelos. Pero la palabra y la autoridad de Jesús son firmes, el hombre se verá liberado del mal, y las gentes reaccionan y se preguntan. ‘¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen’. Todos se sienten sorprendidos y maravillados de manera que la noticia de Jesús se irá extendiendo por todos los pueblos.

¿Cuál sigue siendo nuestra reacción ante la Palabra y los signos de Jesús hoy en nuestra vida y en nuestro mundo? Cuidado que una forma de reaccionar sea no reaccionando, acostumbrándonos, dejándonos de interesar por los signos de Jesús porque les damos mil explicaciones pero los despojamos de todo el misterio sobrenatural que han de tener para nuestras vidas. De alguna manera algunas veces con nuestro desinterés estamos diciendo también ¿Quién eres tú? ¿Por qué te metes con nosotros? No nos dejamos sorprender por los misterios de Dios, cerramos puertas y ventanas a ese caudal de gracia que Dios nos está enviando en tantas cosas maravillosas que nos suceden y que no sabemos ya interpretar.

Pero también cuando nosotros escuchamos el evangelio es para que nos convirtamos en portavoces y signos de ese evangelio para los demás. El mundo que nos rodea también hace preguntas, desde los que no quieren que se metan con ellos, que les dejemos a su aire, que no les hagamos nuevos planteamientos, pero también podemos encontrar con quienes quieren estar en camino de búsqueda, quienes quieren dejarse sorprender por algo nuevo y distinto, pero lo terrible será que no encuentren en nosotros esos signos que tendríamos que darles.

Es una seria responsabilidad la que tenemos, es una seria tarea que tiene que hacer la iglesia; pero no pensemos en otros, no pensemos que eso tiene que venir en la iglesia desde arriba, desde la altura de los que podamos considerar como dirigentes de esa iglesia, hemos de tener en cuenta que iglesia somos todos nosotros y todos nosotros tenemos que ser ese signo, realizar esa curación de nuestro mundo.

¿Cómo estamos siendo ese signo hoy? Será quizá la pregunta que para nosotros tenemos que hacer.

miércoles, 2 de julio de 2025

El evangelio ha de ser siempre un impacto de vida que nos haga salirnos de nosotros mismos y nuestros apegos y rutinas para vivir intensamente la novedad de vida que nos ofrece

 


El evangelio ha de ser siempre un impacto de vida que nos haga salirnos de nosotros mismos y nuestros apegos y rutinas para vivir intensamente la novedad de vida que nos ofrece

Génesis 21,5.8-20; Salmo 33; Mateo 8,28-34

¿Cómo nos enfrentamos a las situaciones difíciles, o al mal con que nos topamos diariamente en la vida? ¿Nos damos por derrotados viendo la inmensidad a la que tenemos que enfrentarnos, o nos vamos ingeniando, o buscando ayuda, o dejando que otros también puedan iluminar nuestra mente para afrontarlo y para buscar cómo salir cómo vencer en aquella situación en que nos encontramos? Algunos sintiéndose derrotados se resignan y hasta ese sentimiento queremos darle un valor cristiano, o se dan a la huida, o rechazan todo lo bueno que se les pueda ofrecer.

Como cristianos amantes de la vida, como creyentes en Jesús que nos ha dicho que Él ha vencido al mundo, aunque nos pueda parecer derrotado en una muerte de cruz, ¿qué es lo que tenemos que hacer? El evangelio siempre es un camino o nos abre caminos, nos da pautas o se convierte en una luz que guía nuestra vida.

Hoy nos encontramos con una situación que desde una lectura un tanto superficial nos pueda parecer paradójica. Jesús se acerca a una región que no es totalmente judía, la región de los gerasenos y allí se va a encontrar con una situación, que en principio vamos a llamar difícil. Dos hombres poseídos por el espíritu del mal tienen aterrorizados a todos los habitantes. Pero a la llegada de Jesús, estos hombres poseídos por el mal se acercan a Jesús. Pareciera una actitud de rechazo, porque sienten que en Jesús llega la verdadera liberación.

Podríamos decir que hay un diálogo y un acuerdo final. Jesús libera a aquellos hombres de su mal, aunque sus espíritus vayan a poseer a una piara de cerdos que está osando por los derredores y que se arrojarán al lago pereciendo todos con escándalo para quienes los cuidaban que se ven desposeídos, por así decirlo, de sus ganancias. Pero aquellos hombres están liberados de su mal. Más tarde se dirá que quieren seguir a Jesús pero Jesús les conmina para que vayan a dar testimonio ante sus vecinos de lo que Dios ha hecho con ellos. Aunque habían estado poseídos por el mal, habían buscado a Jesús, es una primera conclusión.

Pero ahora las gentes del pueblo, a pesar de haber visto liberados del tormento de aquellos endemoniados, vienen a pedirle a Jesús que se marche a otros lugares. ¿Qué había pasado? Sus intereses se habían puesto en entredicho con la presencia de Jesús. En aquellos cerdos estaban sus ganancias que ahora perdían. ¿Y si fueran muchas más las cosas de sus intereses que se pusieran en entredicho por la presencia de Jesús entre ellos? Algunas cosas tendrían que cambiar en sus vidas, pero parece ser que ellos se encontraban bien como estaban, Jesús era para ellos una molestia.

¿También nos dejaremos arrastrar por unos intereses, que pueden ser de muchas clases ciertamente y eso nos motivará a rechazar una nueva forma de vivir? Nos olvidamos muchas veces de la verdadera liberación que con Jesús vamos a encontrar y preferimos seguir con nuestras ataduras, nuestras viejas costumbres que no queremos renovar, con nuestras rutinas que nos llevan a una vida cómoda y sin esfuerzo de las que no queremos arrancarnos; y ponemos nuestras excusas, es que siempre se ha hecho así, es que a estas alturas de mi vida cómo voy a cambiar, es que es lo que hace todo el mundo y le va bien, y seguimos con una letanía interminable de excusas, pero no queremos el cambio, no buscamos lo nuevo, no nos dejamos transformar por lo que nos dice el evangelio.

¿También queremos huir, irnos a otra parte, encerrarnos en nuestro castillo, hacernos los oídos sordos?


jueves, 27 de marzo de 2025

Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

 


Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

No sé por qué seremos así como nos manifestamos tantas veces, desconfiados, con suspicacias, siempre sospechando, viendo intenciones ocultas cuando no las hay; nuestros orgullos nos hacen desconfiados, nos molesta el bien que puedan hacer o que puedan tener los otros, estamos viendo canales ocultos donde no los hay, nos corroe la envidia y terminamos deseando mal.

Con lo bonito que es caminar en la vida sin malas intenciones, con el corazón en la mano, con ojos limpios y llenos de luminosidad para ver lo bueno, para resaltar el bien que puedan hacer los demás sin que por eso nosotros tengamos que sentirnos mal, sin tener malicia en nuestro corazón que tanto daño nos hace a nosotros mismos porque nos sentimos enfermos por dentro sin querer buscar una sanción, y tanto daño hacemos a los demás sembrando odios y resentimientos.

Es una cruda realidad en la que nos vemos envueltos y por la que nosotros resbalamos tantas veces cayendo en un abismo que no nos permitirá ser felices.

Jesús se encontró también con un mundo así al que quería liberar de su mal, pero que no todos quisieron aceptar esa sanción y esa liberación de Jesús. Hoy nos habla el evangelio cómo Jesús había curado a un hombre liberándolo de un espíritu inmundo, en la forma de hablar del evangelio y de aquellos tiempos. Curó a un endemoniado, como se solía decir.

Hay gente sencilla que se admira, se siente feliz con las obras que Jesús realiza, son capaces de ver la mano de Dios que les visita y les cura y les sana. Pero por allí siempre andan los desconfiados, los que tienen lleno de su corazón de maldad, los que no saben reconocer el bien aunque lo tengan delante de los ojos. Si tenemos los ojos turbios es normal que no veamos claridad, que todo lo veamos turbio. Es lo que le sucedía a algunos en torno a Jesús. En su maldad son capaces de decir que Jesús no actúa con el poder de Dios sino con el poder de Satanás. A tanto llegaba su malicia.

Qué difícil es convencer a personas que tienen esa malicia en el corazón. Lo estamos viendo a nuestro alrededor cada día en el mal entendimiento que reina en todos los sectores de la vida y de la sociedad; nunca los que consideramos adversarios de nuestras ideas podrán hacer algo bueno, porque siempre los contrarios vendrán a destruir; nunca se es capaz de continuar edificando sobre lo que otro haya construido, sino que todo lo destruiremos para comenzar de nuevo y no dejar rastro de lo bueno que hayan hecho los otros. Así nos vamos destruyendo en nuestra sociedad, así no lograremos nunca un avance a mejor porque sepamos aprovechar lo bueno que los otros hayan realizado como base de lo que seguiremos construyendo.

Jesús les decía a las gentes de su tiempo que un reino dividido no puede subsistir porque terminará haciéndose la guerra a si mismo y destruyéndose. Jesús quería hacerles comprender que el dedo de Dios estaba en aquello que estaba realizando; Jesús quería que tuviéramos ojos limpios, como decíamos antes, ojos llenos de luz para poder ver con claridad.

Hoy nosotros al escuchar este evangelio nos sentimos admirados como aquellas gentes de la obra de Dios y damos gracias, pero también recibimos la lección para nuestra mirada, para la limpieza de nuestro corazón, para las malicias de las que tenemos que liberarnos, para aprender a valorarnos más los unos a los otros respetando y exaltando lo bueno que realizan, para que logremos ese mundo del que desterremos la malicia, donde tendamos más puentes que nos acerquen, donde aprendamos a caminar juntos y colaborar entre todos para hacer nuestro mundo mejor.

lunes, 3 de febrero de 2025

Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual, es el testimonio que tenemos que dar

 


Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual, es el testimonio que tenemos que dar

Hebreos 11,32-40; Salmo 30; Marcos 5,1-20

¿Y eso que tiene que ver conmigo? Quizás alguien nos salió con esa reacción cuando le presentamos un proyecto en el que considerábamos que estaba bien que se implicase, o cuando le contamos algo por lo que él no sentía ningún interés, o cuando era algo en lo que no quería implicarse porque no le interesaba, porque quizás fuera en contra de lo que eran sus planes o proyectos, o le pedía o exigía algún esfuerzo que no quería realizar. Como se suele decir, una forma de tirar balones fuera, una forma de no quererse implicar o complicar la vida.

Son reacciones que nos encontramos en la vida, y ya no es solo cuestión de trabajos que ofrezcamos o queramos emprender, sino quizás en cosas de mayor hondura; por ejemplo cuando hacemos planteamientos que significan ver las cosas de otra manera, otro sentido de la vida, una profundización que no queremos realizar porque preferimos vivir de forma superficial, y también hay que decirle cuando planteamos cuestiones que atañen a la fe, la religión, la Iglesia, el ser cristiano.

¿Le interesará al mundo que nos rodea el mensaje del evangelio? ¿Se sentirán cómodos ante posturas que tiene que tomar la Iglesia en las situaciones que vivimos hoy? Por una parte está el rechazo que nuestra sociedad hace de lo suene a espiritual o religioso, el rechazo que se tiene ante la Iglesia, la fe, o el ser creyente, pero también hemos de reconocer que incluso entre nosotros los cristianos no siempre hay una buena acogida al mensaje de la Iglesia, al mensaje del evangelio y muchas veces lo tachan de radical y no sé cuantos epítetos le ponemos.

De eso me hablarás otro día, nos dirán como le dijeron a san Pablo en el Areópago de Atenas cuando habló de Jesús y de la resurrección. Muchos también nos dan largas, muchas veces también nosotros los cristianos damos largas para no implicarnos ni complicarnos. Cuántas disculpas nos inventamos continuamente, que si no tenemos tiempo, que ya nos es suficiente con lo que hacemos ¿para qué vamos a complicarnos más? No siempre nos vamos a encontrar con el mejor caldo de cultivo para el anuncio del evangelio, pero a ese mundo nos ha enviado Jesús, y ahí en ese mundo, aunque no nos comprendan, tenemos que seguir hablando del amor de Dios que sentimos en nuestras vidas.

Es lo que se nos plantea en el evangelio de hoy. Jesús en esta ocasión llegó a una zona que era algo así como la periferia de Palestina, un territorio donde no abundaban los judíos, eran la región de los gerasenos. Ya hemos escuchado lo sucedido; un hombre poseído por un espíritu inmundo que habitaba entre las tumbas, que tenía aterrorizada a aquellas gentes y con el que Jesús entra en diálogo. De entrada el rechazo del maligno a la presencia de Jesús. ‘¿Qué tienes que ver con nosotros, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?’ Su nombre es legión, porque son muchos y cuando Jesús libera a aquel hombre de su mal, será la piara de cerdos la que se precipita en el mal. Pero el  hombre ha quedado liberado de su mal.

Las gentes acuden ante lo sucedido, pero en lugar de sentirse agradecidos de alguna manera al ver a aquel hombre curado, lo que le piden a Jesús es que se marche a otros lugares. No solo aquel hombre poseído por el espíritu del mal había rechazado a Jesús – ‘¿qué tienes que ver con nosotros?’ – sino que serán las propias gentes del lugar las que tomen la misma postura. Sin embargo aquel hombre quiere seguir a Jesús y Jesús no se lo permite. ‘Vete a tu casa, a los tuyos y anuncia lo que Dios ha hecho contigo por su misericordia’.

¿Encontraremos un paralelismo con lo que veníamos antes reflexionando? El evangelio era rechazado pero allí quedaba un testigo del evangelio. ‘Cuenta lo que Dios ha hecho contigo’. ¿No será lo que nos está pidiendo Jesús con este evangelio? Ya sabemos lo que muchas veces nos vamos a encontrar pero eso no nos puede hacer dimitir de nuestra misión. Ese mundo adverso, ese mundo de rechazo y ya bien sabemos donde lo tenemos porque lo tenemos muchas veces en casa, necesita unos testigos. Tenemos que ser esos testigos. Lo que hemos visto y oído no lo podemos callar, como nos dirán san Juan en sus cartas. Somos testigos y los testigos no pueden callar, ahí tenemos que dar el testimonio de nuestra vida. Cuando hemos sentido el amor de Dios en nosotros ya nuestra manera de vivir no puede ser igual. Es el testimonio que tenemos que dar.

lunes, 27 de enero de 2025

Cuidado con las posturas combativas ante la novedad del evangelio y se nos pide que algo o mucho en nosotros o nuestras comunidades tenemos que transformar

 


Cuidado con las posturas combativas ante la novedad del evangelio y se nos pide que algo o mucho en nosotros o nuestras comunidades tenemos que transformar

Hebreos 9,15.24-28; Salmo 97; Marcos 3,22-30

Eso no puede ser así. Cuántas veces habremos reaccionado así ante lo que no esperábamos, nos resultaba una sorpresa, venía como a romper nuestros esquemas, se nos planteaban cosas nuevas que iban contra lo que estábamos acostumbrados y se habían convertido como en una rutina en la vida. Eso no puede ser verdad, cómo nos van a cambiar las cosas, y en cierto modo nos volvemos muy conservadores, pero conservadores frente a aquello que nos pueda inquietar, nos haga cambiar nuestros esquemas y ahora nos exija un esfuerzo distinto, o salirnos de aquello a lo que estábamos acostumbrados. Nos cuesta hacernos planteamientos nuevos. Preferimos que las cosas no cambien y más cuando quizás nos hagan desposeernos de nuestros privilegios, o aquello que decimos que nos hemos ganado.

Ese impacto se estaba produciendo en muchos tras la presencia de Jesús, lo nuevo que nos estaba anunciando y los signos que iba realizando de lo nuevo que El realmente quería para el hombre, para cada persona. Era inquietante para muchos lo que Jesús iba anunciando, rompía de alguna manera sus esquemas. Chocaba la idea que se tenían sobre lo que había de ser el Mesías y la manera cómo Jesús se presentaba. Para ellos no podía ser el Mesías. Es cierto que sus palabras tenían un sonido profético, pero en la tradición judía aunque posteriormente valoraran mucho a los antiguos profetas en su momento siempre los rechazaron, sus palabras les resultaban incómodas, eran desprestigiados y perseguidos por los poderosos de su tiempo. Ahora le estaba pasando a Jesús. De Jerusalén llegaban a Galilea continuas embajadas para indagar lo que allí estaba sucediendo, para vigilar las palabras de Jesús y para de alguna manera quitarle valor a los signos que realizaba.

Es lo que ahora está sucediendo. Jesús libera del mal en sus enfermedades, como un signo de lo que en verdad quería realizar en nosotros, y era así que consideraban la enfermedad como un castigo divino o como una posesión del maligno, por eso se nos habla continuamente de la expulsión de los demonios por parte de Jesús. Pero ahora vienen a decir aquellos que han llegado desde Jerusalén que lo que Jesús realiza no es obra de Dios sino que lo está realizando con el poder del maligno. Una contradicción bien difícil de admitir, como incluso Jesús querrá hacerles razonar. Un reino dividido no puede subsistir.

Y Jesús habla de ese terrible pecado. Porque es una desconfianza del poder de Dios, es una atribución al maligno lo que solo puede ser obra de Dios, como es toda nuestra liberación del mal. Más duros se pondrán cuando Jesús hable del perdón de los pecados, por lo que terminarán llamando blasfemo a Jesús. Es un pecado difícil de perdonar, porque nunca se será capaz de reconocer ese pecado, esa malicia que llevamos en el corazón.

Nos chocan y nos parecen incomprensibles aquellas actitudes que muchos mantenían ante la buena noticia que Jesús les anunciaba con su presencia, con sus palabras y con los signos que realizaba. Pero, ¿por qué no pensar cómo nosotros también queremos ralentizar la actuación de la gracia de Jesús en nuestra vida? Nos cuesta reconocer nuestra propia realidad de pecado, ponemos también nuestros limites en la interpretación muchas veces interesada que nos hacemos del evangelio de Jesús; vivimos apoltronados en nuestras rutinas contentándonos con lo que hacemos y sin atrevernos a abrir nuestro espíritu a algo más, a algo nuevo que el espíritu del Señor pueda suscitar en nuestro corazón, también nos ponemos en una actitud defensiva ante los cambios y transformación que hemos de dar en nuestra vida personal o en nuestras comunidades cristianas, seguimos en nuestras rutinas de cada día y no terminamos de dar los pasos de renovación que sabemos bien que tendríamos que dar, nos falta ese espíritu misionero que tendría que brotar de una fe viva.

Pidamos que el Señor nos dé esa valentía que necesitamos para dar esos necesarios pasos de conversión.

martes, 14 de enero de 2025

Acoger con fe la Palabra de Dios, escuchémosla con respeto y admiración, llenos de gratitud demos gracias porque en ella nos sentimos sanos y salvados

 


Acoger con fe la Palabra de Dios, escuchémosla con respeto y admiración, llenos de gratitud demos gracias porque en ella nos sentimos sanos y salvados

Hebreos 2,5-12; Salmo 8; Marcos 1,21-28

Nos prometieron que aquella conferencia iba a estar muy interesante, que era un elocuente orador y en la publicidad que hacían hablaban de su preparación en prestigiosos centros de estudios, pero cuando fuimos a escucharlo salimos defraudados, ni era tan elocuente orador y nada nos había dicho, nos quedamos con las ganas, nos quedamos vacíos porque nada nuevo pudimos escuchar que nos enriqueciera culturalmente; todo habían sido vaciedades, cosas sabidas y repetidas intentadas decir con bonitas palabras pero que no entusiasmaron al auditorio. Nos damos cuenta cuando solo hay palabras pero no hay nada en el fondo, nada que te impulse a algo nuevo, que te comprometa de alguna manera, que renueve de alguna manera tus ideas o tus ilusiones.

Como nos narra el evangelista ya desde el principio del evangelio aquel profeta que había aparecido por Cafarnaún y por los pueblos y aldeas de Galilea sí había despertado los corazones de sus oyentes. No era solamente la curiosidad innata de los pueblos cuando algo nuevo surge, pero que luego pronto se enfría, sino que estaban comenzando a reconocer que quien les hablaba lo hacia con autoridad, no como los escribas y maestros de la ley que cada semana ocupaban la tribuna de la sinagoga para dirigir la oración.

Y Jesús hablaba con autoridad, porque si estaba anunciando el nuevo Reino de Dios, estaba también dando señales de que ese Reino era posible, ese Reino allí entre ellos ya se estaba realizando; se estaba realizando porque sus corazones se movían a la esperanza, una luz nueva estaba brillando en sus días; las palabras de Jesús encendían sus corazones y cada día querían escucharle más y tras El se irían caminantes y peregrinos por los caminos de Galilea para escucharle.

Pero también aquello que se había anunciado en la sinagoga de Nazaret y se había dicho que ya en el hoy de sus vidas se estaba realizando, ellos lo veían también palpable entre ellos; los oprimidos por el mal eran liberados, como fue este primer endemoniado – como así los llamaban entonces – allí en la propia sinagoga de Cafarnaún donde Jesús les había estado enseñando. Ante la luz que estaba comenzando a brillar en Jesús las tinieblas del mal ya querían comenzar a rechazarle; fijémonos en el sentido del dialogo que se establece con Jesús, pero la autoridad con que Jesús libera a aquel hombre de la opresión del mal; por eso pronto serán muchos los que le traigan a sus enfermos aquejados de toda clase de dolencias para que Jesús les sane.

Las palabras de Jesús no son huecas ni vacías, las palabras de Jesús son vida, nos llenan de vida, nos liberan desde lo más hondo de nosotros mismos. Es la autoridad de Jesús que es la misma Palabra de Dios. No nos ha de extrañar que más tarde un centurión romano venga a decirle a Jesús que no es necesario que vaya a su casa, que basta que lo diga de palabra, porque con la autoridad de su Palabra su criado quedará sano. 'Poderoso en obras y palabras', lo definirían más tarde los discípulos de Emaús.

En aquella gente se estaba despertando la fe verdadera y acogían con corazón generoso la Palabra de Dios y estaban entrando en caminos de salvación. Nos tendría que llevar a nosotros a pensar con qué fe acogemos la Palabra de Dios, con qué respeto y admiración la escuchamos, con qué humildad abrimos nuestro corazón y nos dejamos sanar por esa Palabra, con qué gratitud damos gracias por la riqueza y sabiduría de vida que Jesús en su Palabra nos está trasmitiendo, cómo acogemos la salvación de Dios que nos llega por su Palabra. Dios me dé ese espíritu de Sabiduría para mejor compartirla.

martes, 3 de septiembre de 2024

Jesús viene a darnos la fuerza de su Espíritu para sentirnos libres de todas esas ataduras y llevarme siempre por el camino del bien empedrado en el amor

 


Jesús viene a darnos la fuerza de su Espíritu para sentirnos libres de todas esas ataduras y llevarme siempre por el camino del bien empedrado en el amor

1Corintios 2, 10b-16; Salmo 144; Lucas 4, 31-37

¿Llegaríamos a entender que ofreciéndole a uno que está privado de libertad en la cárcel salir de ella liberado que se negase? Diríamos que está loco, que no sabe lo que hace. Pero no es tan extraño si nos ponemos a pensar un poquito; vivimos con tantas ataduras en nuestra sociedad pero parece que somos felices con ellas; pensemos en tantas dependencias que nos creamos continuamente, pensemos en los vicios que nos aturden, y podríamos poner muchos ejemplos; pero no somos capaces de dejarlo, el alcohólico no es capaz de liberarse de esa dependencia que tanto daño le está haciendo, el drogadicto de sus drogas, pasiones que nos dominan y de las que no somos capaces de liberarnos… podíamos pensar en muchas cosas.

Hoy nos choca en el evangelio, como en algún otro texto como el endemoniado de Gerasa, que aquel hombre poseído por el mal ponga resistencia a ser curado por Jesús. Es todo un signo, porque signo es la liberación del mal que Jesús quiere realizar en nuestra vida cuando nos está anunciando el Reino de Dios – como escuchábamos en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús hace la proclamación del profeta nos da las señales de esa liberación del año de gracia del Señor – pero es signo también lo que hoy escuchamos de lo que sucede en nosotros mismos, en nuestro interior.

Es la imagen que se nos presenta en el peregrinar por el desierto rumbo a la tierra prometida, que muchas veces parece que preferían haberse quedado en Egipto siendo esclavos que aquel camino duro que tenían que estar realizando en búsqueda de la ansiada libertad. Cuando luchamos dentro de nosotros mismos con tantas cosas que queremos superar, muchas veces pareciera que nos quedamos con la añoranza de lo vivido en ese mal camino, pero que pensamos algunas veces que lo pasábamos bien. Nos cuesta arrancarnos de todas esas cosas que tantas ataduras han producido en nosotros.

El anuncio del Reino de Dios es un anuncio de liberación. Es hacer que Dios sea el único Señor de nuestra vida. Eso significa decir ‘el Reino de Dios’. Y con Dios en nuestra vida nos sentimos en la plenitud de nuestro ser; algunos piensan que la religión coarta nuestra vida porque nos pone limites, no nos permite hacer aquello que nosotros quisiéramos y que pensamos que nos hace felices. No hemos entendido lo que significa tener a Dios en nuestra vida, no hemos entendido lo que es la voluntad de Dios para nosotros, no es crear dependencias, sino poner libertad en nosotros, hacer que vayamos a lo que es lo fundamental de la persona y de la vida, caminar por caminos de dignidad y de respeto; nunca un mandamiento del Señor nos llevará a hacer daño a los demás, sino todo lo contrario, nos llevará siempre al respeto y al amor.

Cuántos dioses nos vamos poniendo en nuestra vida, todas esas cosas de las que decimos que sin ellas no podríamos vivir. Y son las cosas a las que nos atamos, pero son, y es peor, las actitudes que tenemos en el corazón con lo que pretendemos dominar, tener poder sea del que sea, creernos en una palabra dioses, es el orgullo para estar por encima de todo y de todos, es centrarlo todo en nosotros mismos y en lo que me dé satisfacción.

Cuántas ataduras y apegos sentimos en el corazón que va a provocar unas actitudes no buenas contra los demás. Por eso nos decía Jesús que es del corazón de donde sale la maldad que nos hace impuros. Y eso nos cuesta aceptarlo, es un camino que algunas veces se nos hace duro por los apegos del corazón, y arrancarnos de un apego cuesta, duele, parece que nos hiere pero cuando logramos desprendernos de él qué liberados nos sentimos.

Jesús viene a darnos la fuerza de su Espíritu para sentirnos en verdad libres, para liberarnos de todas esas ataduras, para vencer esa resistencia que incluso podamos sentir dentro de nosotros mismos, para llevarme siempre por el camino del bien que es un camino empedrado en el amor.

martes, 9 de julio de 2024

Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

 


Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Salmo 113; Mateo 9, 32-38

Sordos, mudos, incomunicados; algunos por naturaleza, deficiencias que se convierten en dependencias, deficiencias que se van produciendo con el paso de los años que van produciendo también un aislamiento. Pero no siempre es la sordera o la incapacidad física, porque quizás muchas veces pudiera ser que seamos nosotros los que provocamos esa incomunicación.

El sordo y el mudo físico, vamos a decirlo así, tiene deseos de comunicarse, pero se le hace imposible porque no puede acceder a la forma de comunicación que tienen las personas que no tienen esa deficiencia. Bien sabemos la lucha que sostienen hoy en la sociedad para salir de esa incomunicación porque no se quieren sentir minusvalorados; sin embargo los oyentes, vamos a decirlo así, no siempre llegamos a comprenderlos y lo que hacemos es crear o mantener barreras. Pero tendríamos que pensar en esas otras formas de incomunicación que sin embargo muchos nos creamos en nuestro mundo.

El evangelio comienza hablándonos hoy de un endemoniado mudo que llevaron ante Jesús y Jesús lo curó causando admiración y alabanzas en la gente sencilla; algunos habrá, sin embargo que harán comentarios tergiversados queriendo romper el significado de aquel milagro realizado por Jesús. Jesus ha liberado a aquel hombre de un mal que había en su vida, su incomunicación porque es mudo y porque es sordo. La palabra endemoniado quiere expresar una posesión del mal, del maligno, del que Jesus quiere liberarlo, aunque no todos lo comprendan.

Pero puede ser una buena imagen para nuestras sorderas, para las incapacidades que nos creamos en la vida para comunicarnos con los demás. ‘Nos hacemos sordos’, es una expresión que muchas veces escuchamos refiriéndonos a quienes no quieren oír, no quieren escuchar. Oirán, porque lo sonidos de comunicación pueden llegar a sus oídos, pero no quieren escuchar, como se dice, se hacen sordos.

Y es algo que nos sucede más incluso de lo que pensamos; hay muchas maneras de no querer oír, no prestamos atención, no nos fijamos en quien nos habla, volvemos la espalda entretenidos en nuestras cosas cuando vemos que la situación podría complicarnos si nos llegamos a implicar, y mejor es no saber.

Pensemos en cuántas actitudes y posturas negativas mantenemos nosotros en nuestra relación y trato con los que nos rodean, las discriminaciones que hacemos de las personas, la autosuficiencia con que caminamos por la vida, porque nadie me va a enseñar a mi lo que tengo que hacer, la superioridad con que nos acercamos a los demás a los que consideramos unos pobres que nada nos pueden decir o enseñar… ¡cuánta cerrazón llevamos en el corazón!

¿Dejaremos que Jesús llegue a nosotros y toque nuestra vida para que comencemos un nuevo estilo y sentido de apertura hacia los demás? Claro que también tendríamos que pensar en qué medida estamos cerrando también nuestros oídos a Dios. Será la pasividad con que escuchamos la Palabra de Dios, será nuestra falta de humildad para dejarnos sorprender por la Palabra de Dios que llega a nosotros, será nuestra mente ida y puesta en otros sintonías mientras se nos proclama la Palabra de Dios en nuestras celebraciones, será esa razón crítica con que analizamos y juzgamos desde nuestras ideas preconcebidas lo que nos dice el texto sagrado, pero también los comentarios y reflexiones que nos ofrecen los ministros de la Iglesia.

¿Quién y cómo podrá presentarnos a Jesus para que nos cure abriendo nuestros oídos y nuestra vida?


lunes, 29 de enero de 2024

Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti

 


Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti

2 Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13ª; Sal 3; Marcos 5, 1-20

¿De qué hablamos con los demás? ¿Qué cosas son las que habitualmente nos comunicamos en nuestras conversaciones? Bien sabemos que las noticias vuelan, y no nos referimos en este momento a las redes sociales o de informática, o como se llamen, con que el mundo está intercomunicado de manera que cualquier cosa que suceda en cualquier lugar del mundo, casi al momento tenemos noticia de ello. Es esa red más familiar o vecinal, que podemos llamar, con las que nos comunicamos las cosas de día a día, de ventana a ventana, o en cualquier lugar de la plaza. Esas ‘comidillas’ en las que nos contamos lo ultimo que le haya sucedido al vecino o al pariente de al lado.

Eso nos trasmitimos cualquier comidilla, vamos a llamarlo así, pero esas experiencias que hemos tenido en nuestro interior, esos planteamientos nuevos que nos hacemos en la vida, esas cosas que hablan de nuestro yo, de nuestros intereses profundos, de las metas que nos proponemos, o de las luces que recibimos que nos hacen mirar la vida de otra manera, hacernos otros planteamientos, no son precisamente cosas que estén en nuestra agenda del día para comunicarnos unos a otros.

Y todos tenemos experiencias hondas en la vida, todos en alguna ocasión hemos tenido un momento de luz en que hemos descubierto algo que nos hace plantearnos las cosas de otra manera. Cuando hablamos entre creyentes, seguro que hemos tenido esas experiencias de fe, de orden religioso o en ese otro ámbito más profundo que nos hace descubrir caminos nuevos, algo por lo que darnos, algo que podemos hacer en bien de los demás. Esas cosas realmente nos las guardamos, no somos muy dados a compartir. Y ahí sí que está el ser de nuestra persona, ahí sí que aparecen cosas fundamentales para nuestra vida. Pero se nos quedan en lo secreto del corazón; para esas cosas sí que nos ruborizamos cuando tenemos que hablar de nosotros mismos.

Yo diría que es la invitación que se nos está haciendo desde la Palabra de Dios. En el relato del evangelio vemos que Jesús con los discípulos en la barca ha llegado a una región donde en el fondo no es bien recibido. Es la región de los gerasenos, en la Decápolis, aunque limitando con Israel es zona de gentiles, de no judíos.

Allí hay un hombre, que además está causando también muchos problemas a la población. Poseído por un espíritu inmundo, en expresión que se suele emplear, vive como un loco en los cementerios, y causando mucho daño a la población. Al llegar a Jesús aquel espíritu del mal se enfrenta a Jesús. No vamos a entrar en detalles que ahora no nos son tan necesarios, pero que hemos visto en la lectura del evangelio, y finalmente Jesús libera a aquel hombre de aquel espíritu maligno. Será de una piara de cerdos de la que se apodere el maligno para hacer que se despeñen ladera abajo y se ahoguen todos los cerdos en las aguas del lago. Al ser advertida la población de lo que sucede, le rogarán a Jesús que se vaya a otra parte. Quizás se había puesto en peligro su economía con la pérdida de la piara de cerdos – lo que indica que no eran judíos – y veían comprometida incluso su subsistencia con la presencia de Jesús, por no entender el signo que Jesús había realizado.

Jesús no se impone, porque El siempre lo que va haciendo es una oferta de amor, y marcha Jesús a otros lugares. Es aquí donde aparece de nuevo aquel hombre liberado por Jesús que quiere seguirle. Pero Jesús le dice que no, que vaya a anunciar a los suyos lo que Dios ha realizado en su vida. Aquella experiencia que El ha tenido del amor de Dios en su vida hay que hacerla conocer a los que le rodean. La gente no había sabido ver el significado del signo de Jesús y por eso le rechazan. Será necesario que alguien desde lo que ha vivido, desde su propia experiencia del actuar de Dios en su vida quien habrá de hacer el anuncio.

¿No será eso lo que nosotros tendríamos que comenzar a hacer? Como solemos decir, ¿hablamos de nuestra fe? Pero hablar de nuestra fe no es sermonear a la gente con doctrinas teológicas, con palabras rebuscadas, con conceptos que hayamos aprendido en el catecismo.

Hablar de nuestra fe es decir en lo que creemos, dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza pero desde lo que es la experiencia que tengamos en nuestra vida, de esa presencia de Dios que hemos descubierto en nosotros, en lo que nos sucede o a nuestro alrededor. Es poner el testimonio de nuestra vida donde nos sentimos amados de Dios, y no solo porque lo digamos, sino porque estaremos reflejando en nuestra vida algo distinto desde que hemos tenido esa experiencia de Dios en nosotros.

domingo, 28 de enero de 2024

En primera línea tenemos que estar, una palabra tenemos que decir, unos gestos tenemos que realizar, unas señales tenemos que dar de la transformación de nuestro mundo

 


En primera línea tenemos que estar, una palabra tenemos que decir, unos gestos tenemos que realizar, unas señales tenemos que dar de la transformación de nuestro mundo

Deuteronomio 18, 15–20; Sal 94; 1 Corintios 7, 32-35; Marcos 1, 21-28

Nos gusta escuchar al que sabe de lo que habla. Y eso se nota. A veces hablamos y lo que hacemos es repetir cosas que nosotros no las hemos rumiado en nuestro interior, sino que damos vueltas y vueltas hablando de algo de lo que hemos oído  hablar pero que no lo hemos asimilado por dentro; habremos aprendido algunas ideas, algunas cosas que simplemente repetimos, pero que no convencemos con lo que decimos. Quien habla desde si mismo convence; quien habla reflejando en lo que hace aquello que antes o después nos ha dicho, nos llega al corazón, nos llega a la vida.

En estas primeras páginas del evangelio de san Marcos que estamos escuchando los domingos en este ciclo estamos viendo el comienzo de la predicación de Jesús. Hoy nos dice que fue a la sinagoga y allí lo invitaron a hablar.  No nos dice expresamente el evangelista qué es lo que en esta ocasión decía Jesús, pero nos saca a colación la reacción de los que le escuchaban. Este hablar sí que es con autoridad. Y comparaban con lo que habitualmente enseñaban los escribas. ‘Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas’, nos dice el evangelista. Y todos sabían que Jesús no había ido a aprender a ninguna escuela rabínica. Jesús hablaba desde sí mismo, desde lo que el Padre del cielo le revelaba en su corazón.

Pero la oportunidad surge porque en la sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo. Y allí está la reacción de aquel endemoniado, como los llamaban. ‘¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.

Ahora se va a manifestar plenamente la autoridad de Jesús. Jesús anunciaba y con su persona, sus palabras y sus gestos, hacia presente el Reino de Dios. La presencia de Jesús era liberadora del mal. Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, como se nos dirá en otro momento. Y la vida estaba reñida con la muerte, con el mal. Jesús es liberación y es salvación. Aquí se va a manifestar. Es la autoridad de Jesús. ‘¡Cállate y sal de él!’, será la imprecación de Jesús. Y el espíritu maligno salió de aquel hombre aunque lo retorciera violentamente.

‘Todos se preguntaron estupefactos: ¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen. Su fama se extendió enseguida por todas partes’, terminará diciéndonos el evangelista.

Es el signo de la llegada del Reino de Dios. Será el primer milagro que le vemos realizar a Jesús en el evangelio de san Marcos. Es el cumplimiento de aquel primer anuncio que nos hace Jesús ya desde el comienzo del evangelio. También hemos de dar nuestra respuesta. Sentimos admiración por Jesús, pero a El tenemos que convertirnos. Así comenzaba el evangelio invitándonos a la conversión para creer, para aceptar la Buena Noticia que nos llegaba.

Pero esos tienen que ser también los signos que nosotros hoy en este mundo concreto tenemos que realizar. Pero esos tienen que ser también los signos que nosotros hoy en este mundo concreto tenemos que realizar. Y nosotros vamos con la autoridad de Jesús. Como terminará el evangelio de Marcos nos envía a que vayamos haciendo el anuncio de esa buena noticia a toda la creación y también nos da autoridad para hablar en su nombre, para expulsar también los espíritus inmundos, el mal que anida en nuestro mundo.

Cuando en el evangelio se nos habla de los endemoniados a los que Jesús cura nos hacemos nuestras interpretaciones y nos quedamos pensando muchas veces en locuras o desequilibrios sicológicos que en aquel mundo antiguo se veían como personas poseídas por el espíritu del mal. Es una interpretación muy cómoda, podríamos decir, y que parece que poco nos puede comprometer hoy.

Pero creo que tenemos que saber interpretar bien esos signos que van apareciendo en el evangelio mirando también a nuestro mundo, que no lo vamos a llamar endemoniado, pero al que podemos contemplar tan lejos del plan de Dios que el mal se va apoderando de muchos corazones y de muchos aspectos de nuestra sociedad. Pensemos en ese mundo insolidario y de injusticia en el que vivimos, pensemos en ese mundo tan lleno de violencia del que estamos rodeados  - y aquí podemos hacer una lista muy grande de violencias - y del que de tantas maneras nos contagiamos, pensemos en tanta corrupción que contemplamos en la vida social, en la vida política, en la economía.

Los cristianos que creemos en Jesús, ¿no tenemos nada que decir, nada que hacer? Malo sería que tanto nos contagiemos de esas situaciones que terminemos insensibilizándonos. ¿Dónde están los cristianos en todo ese entretejido social que no demos signos y señales de algo nuevo, de esa transformación que tenemos que hacer de nuestro mundo?

Ahí en primera línea tenemos que estar, una palabra tenemos que decir, unos gestos tenemos que realizar, unas señales tenemos que dar. No es fácil. Tampoco somos perfectos y estaremos también llenos de pecado. Nos cuesta porque seguramente tan pronto demos señales de algo distinto vamos a encontrar el rechazo como lo encontró Jesús en aquel endemoniado de la sinagoga. Pero ahí tenemos que manifestar la autoridad de nuestra palabra y de nuestra vida. Tenemos que de verdad estar comprometidos en la transformación de nuestro mundo. No nos podemos cruzar de brazos.

¿Será esa la señal que hoy está dando la Iglesia, estamos dando los cristianos?

martes, 9 de enero de 2024

Tendríamos que preguntarnos cual es la autoridad de la Iglesia y los creyentes cuando nos presentamos ante el mundo de hoy

 


Tendríamos que preguntarnos cual es la autoridad de la Iglesia y los creyentes cuando nos presentamos ante el mundo de hoy

1Samuel 1, 9-20; Sal.: 1 Sam 2, 1-8;  Marcos 1, 21-28

Supongamos un profesor que es un gran intelectual, tiene un currículo maravilloso por los estudios que ha realizado y por los conocimientos que tiene pero cuando dicta una conferencia o da una clase es la persona más aburrida del mundo, la gente no le entiende, la gente se deja dormir escuchándole o terminan marchándose del lugar donde él quiera estar enseñando, no lo logra.

Mientras podemos pensar en otro profesor que es muy ameno, tiene muchos recursos a la hora de hablar, la gente lo pasa entretenida cuando lo escucha, pero quizás al final sus enseñanzas se quedan en las anécdotas que nos contado, los trucos - vamos a llamarlos así – pedagógicos que empleado, pero al final la gente se queda sin saber qué es lo que realmente les ha venido a decir, aunque no le negamos sus conocimientos ni inteligencia.

Pero podemos pensar en alguien más, que quizás no emplea muchas palabras a la hora de enseñar, aunque por supuesto siempre tiene un mensaje que transmitir, pero que junto a lo que enseña lo va realizando en la vida, porque no se queda su enseñanza ni en bonitas ni en profundas palabras, sino que sencillamente hace y en consecuencia convence, llega al corazón de las personas porque no son promesas sino realidades que se manifiestan en multitud de signos en lo que va realizando. Aquí sí que se manifiesta la autoridad del que enseña, porque lo hace con sus obras, con lo que va realizando que sí va llegando a la vida y al corazón de las personas.

Jesús, es cierto, es la verdad de Dios, nos muestra toda la Sabiduría de Dios, pero a Jesús lo vamos a contemplar a lo largo del Evangelio como el que se hace vida para nosotros porque en verdad va a llegar a nuestra vida para transformarnos. Jesús no es solamente el que nos señala caminos, sino que El mismo es el Camino, porque no tenemos que hacer otra cosa que seguir sus pasos, o más aun realizar lo que El realizó con sus pasos. A Jesús lo contemplamos con verdadera autoridad, como manifiestan hoy en el evangelio los que lo escuchan y los que lo contemplan.

‘Este enseñar es nuevo’, vienen a decir las gentes, lo hace con autoridad. Había recogido Jesús en la Sinagoga de Nazaret, como lo escuchamos en el evangelio de Lucas, que venia a dar libertad a los oprimidos, la vista a los ciegos, a ser buena noticia para los pobres que así serían evangelizados. Es lo que le vemos realizar hoy. Está en la Sinagoga adonde ha ido a enseñar, tras la proclamación de la Palabra de Dios. Su anuncio es la llegada del Reino de Dios, pero nos va a mostrar que esa llegada es real porque las señales anunciadas allí se van a ver realizadas.

Había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que incluso se rebela contra Jesús al que de alguna manera no quiere ni dejar hablar. Pero ‘Jesús lo increpó: ¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él’. Aquello anunciado por los profetas allí se estaba realizando. Lo que Jesús anunciaba, la llegada del Reino de Dios, allí se estaba haciendo presente. En verdad Dios es el único Señor de la vida y del hombre, nos viene a decir Jesús con el signo que realiza cuando cura a aquel hombre, cuando lo libera del espíritu maligno.

Es la liberación profunda que Jesús quiere que se realice en la persona, en nosotros, en nuestro corazón. No son ya solamente las enfermedades de las que quiere curar, las cegueras que quiere quitar de nuestros ojos, o poner en movimiento nuestros miembros paralizados. Es que eso quiere realizarlo en nuestra vida, es lo que va a realizar en nuestra vida.

‘¿Qué es esto?’, se pregunta la gente. ‘Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen. Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea’.

¿Serán esos también los signos que nosotros damos desde la fe que tenemos en Jesús en medio del mundo? ¿Son estas las señales del Reino de Dios que la Iglesia manifiesta hoy a cuantos nos rodean? Son preguntas que nos tenemos que hacer, pero son preguntas que nos comprometen. ¿No nos estaremos quedando en enseñanzas muy bonitas, en doctrinas muy sublimes, en ortodoxias muy cuidadas para no caer en el error,  pero en pocas realidades concretas de hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo de hoy?

jueves, 16 de marzo de 2023

Y los cristianos tenemos que dar la nota, manifestar lo que creemos en la vida que llevamos, manifestarnos como creyentes aunque eso no cuente para los que nos rodean

 


Y los cristianos tenemos que dar la nota, manifestar lo que creemos en la vida que llevamos, manifestarnos como creyentes aunque eso no cuente para los que nos rodean

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

Seguro que al menos consideraremos como una falta de respeto, pero incluso si nos lo hacen a nosotros nos sentiremos ofendidos, si cuando estamos hablando con alguien este nos vuelve la cara como una señal de que no quiere escucharnos, o nos vuelve la espalda. La más mínima corrección y respeto nos exige prestar atención a quien nos habla.

Pero peor aún si llega a nuestros oídos que aquello que nosotros hemos hecho con gran dedicación y generosidad por nuestra parte para ayudar a alguien, por ejemplo, alguien con muy mala saña propaga que aquello no es obra nuestra sino que se lo atribuyen a otras personas, o quizás alguien se lo atribuye a si mismo. Se sentiría herido nuestro amor propio, nos sentiremos molestos con tales muestras de ingratitud, y en cierto modo nos sentiríamos defraudados de esas personas que propagan tales cosas.

¿Qué estaba sucediendo con la obra de Jesús? Ya el profeta en la primera lectura que hoy se nos propone en la liturgia habla de esa nuestra actitud desagradecida ante Dios, en que incluso le damos la espalda tantas veces que no queremos escucharle, o quizás queremos aparentar una bondad que luego no tenemos, mostrándonos allí donde nos interesa muy religiosos y muy creyentes, pero luego en el día de nuestra vida le vamos dando la espalda a Dios, olvidándonos de lo que es su mandamiento y de lo que es su voluntad.

Hoy el evangelio nos habla de un milagro de Jesús, ha liberado del mal a una persona con la expulsión de un demonio, y aunque hay quienes se llenan de admiración por la obra de Jesús, sin embargo pronto surgen aquellos que no quieren reconocer la obra de Dios que se manifiesta en Jesús, atribuyendo al poder del maligno aquellas obras que Jesús realiza, precisamente expulsando el espíritu del mal de aquellas personas. Y aquí aparece la incongruencia, por lo que Jesús habla del reino dividido que no puede subsistir, porque si luchamos contra nosotros mismos lo que hacemos es destruirnos. Es la incongruencia del razonamiento de aquellas personas que ya no saben cómo oponerse a Jesús, quererle desprestigiar porque no quieren reconocer la obra de Dios en El.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar en nuestras incongruencias que se manifiestan en tantas cosas. Como se suele decir en dicho popular encendemos una vela a Dios y al mismo tiempo otra al diablo. Es la incongruencia de que muchas veces nuestra vida esté tan distante de esa fe que decimos que tenemos y que incluso en determinados momentos hacemos hasta confesión pública de esa fe.

Quiero mirarme a mi mismo, como os invito a quienes leen estas semillas de cada día a que nos miremos con sinceridad a nosotros mismos. Nos llamamos cristianos porque decimos que creemos en Jesús, hay momentos en que parece que queremos vivir una intensa religiosidad, pero luego con sinceridad tenemos que darnos cuenta de que aquello que confesamos no es lo que vivimos cada día. Nuestra vida se vuelve muchas veces rutinaria, simplemente nos dejamos arrastrar, y muchas veces ese ambiente externo que nos rodea puede más que nosotros mismos. ¿Qué hacemos? lo que todo hacen, no nos queremos diferenciar, porque pensamos quizás que daríamos la nota.

Y los cristianos de verdad tenemos que dar la nota, manifestar lo que creemos en la vida que llevamos, manifestarnos como creyentes aunque eso no cuente para los que nos rodean. Aunque sea políticamente incorrecto, como se dice ahora. Nos decimos creyentes y vivimos como ateos, porque no tenemos presente de verdad a Dios en nuestra vida, en lo que hacemos. De alguna manera parece algunas veces que prescindimos de Dios, vivimos sin el sentido de la fe aquello que hacemos, aquello que decimos. Simplemente nos contentamos con hacer lo que todos hacen. ¿Nos podemos de verdad así llamarnos cristianos si en la práctica casi podríamos decir que vivimos como paganos?

Incongruencias que no nos faltan en la vida. Cosas que tendrían que hacernos pensar. Porque es que realmente muchas veces le estamos dando la espalda a Dios. Oímos que quiere hablarnos pero no lo escuchamos, porque nosotros andamos con otras canciones de la vida. ¿Estamos o no estamos con Jesús?