Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?
Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33
Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.
Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?
Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.
Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?
Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.
Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.
En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.
Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.
¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.
¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?
Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.
Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.