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viernes, 16 de octubre de 2026

Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, caminamos con paso seguro aun con nuestras debilidades, nos sentimos amados emprendiendo con valentía los caminos del amor

 


Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, caminamos con paso seguro aun con nuestras debilidades, nos sentimos amados emprendiendo con valentía los caminos del amor

Efesios 1, 11-14; Salmo 32; Lucas 12, 1-7

Por muy valientes que nos sintamos o digamos que somos siempre en la vida tenemos algunos miedos; muy maduros tenemos que ser para ser capaces de afrontar todos esos miedos y sentirnos de verdad liberados interiormente, pero no siempre somos tan maduros, tenemos nuestros miedos y dudas, incertidumbres ante el futuro de la vida, interrogantes a los que no siempre sabemos dar respuesta, desconfianzas ante los que nos rodean porque muchas veces dudamos de su sinceridad, miedos a los fracasos o a la pérdida de prestigio, a que la gente nos vea débiles si nos manifestamos cómo somos y entonces comiencen a no tener consideración de nosotros, miedos a que no seamos capaces de ser eficaces en lo que hacemos y lo llevemos todo a la ruina, muchas cosas que se nos meten en el alma y a veces nos hacen ser excesivamente cuidadosos, de manera enfermiza en ocasiones.

Nos sucede en la vida de cada día, en esos deseos de superación que tengamos que algunas veces se pueden desinflar y perder la presión, en los ámbitos de nuestra fe y de lo que es el seguimiento de Jesús. ¿Nos sentimos en verdad siempre seguros? ¿No habrá cosas que nos llenen de temores sobre todo cuando tenemos que vivir nuestra fe en un mundo que nos parece adverso? Podemos perder la paz en ocasiones. Los mismos derroteros de la Iglesia a veces nos hacen hacernos preguntas. Ahora mismo con la enfermedad imprevista del Papa nos sentimos inquietos en nuestro interior y hasta en ocasiones nos cuestionamos los caminos de Dios. Pero tenemos que convencernos que no son nuestros caminos los que tienen que imperar y que los designios de Dios van mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de ver.

Hoy Jesús en el evangelio les dice a los discípulos y a todos aquellos que le escuchaban y querían seguirle que no tengan miedo. Los caminos no están siendo tan fáciles como algunas veces nosotros queremos ver; aunque en ocasiones se congregaban muchedumbres para escucharle y hasta son capaces de irse con Jesús hasta los lugares más insospechados, por detrás hay quienes están ronroneando, poniendo en duda lo que Jesús hace y su autoridad, presentando luchas de oposición en los comentarios que hacen o en las preguntas que le plantean a Jesús.

Pero Jesús les dice que no tengan miedo, que tengan cuidado con la levadura de los fariseos porque puede malear la masa y no querer dejar que fermente ni germine la semilla de evangelio que Jesús va sembrando. La oposición se puede volver violenta; en ocasiones ya Jesús comienza a anunciarles que en el futuro va a ser presentados incluso a los tribunales o metidos en la cárcel, por eso ahora les dice que no teman a los que pueden matar el cuerpo, que peor es que nos hieren por dentro, que quieran cauterizar esas semillas plantadas en nuestro corazón para volverlas estériles; por eso les dice que cuidado con los que les puedan llevar por caminos de perdición.

Y para afrontar todo eso Jesús les pide confianza. Les habla que el Padre del cielo nos ama y nos conoce y estará siempre de nuestro lado. Nos dice que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, para expresarnos cómo estamos en el corazón de Dios, o nos dice que si no valemos más que unos pajaritos del campo a los que Dios cuida, ¿no valdremos nosotros mucho más a los ojos de Dios?

Tenemos que saborear el sentirnos amados por Dios. Ahí está la clave. No es que digamos a ver cuántas cosas tenemos que hacer para contentar a Dios y Dios nos ame y cuide de nosotros. El amor de Dios está primero. El amor de Dios va por delante. Como nos dirá más tarde san Juan en sus cartas, no es que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Dios nos amó primero y ese amor de Dios permanece para siempre. ¡Con qué seguridad y confianza en consecuencia hemos de sentirnos!

Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, podemos caminar con paso seguro a pesar de nuestras debilidades; nos sentimos amados y eso engrandece nuestro espíritu y nos hace emprender también con valentía esos caminos del amor.


lunes, 12 de octubre de 2026

María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús

 


María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús

1 Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Lucas 11, 27-28

Todos necesitamos en la vida un acompañante que vaya a nuestro lado en el camino; nos da seguridad, nos da confianza y nos hace perder los miedos, en determinados momentos nos puede servir de guía cuando no encontramos bien el camino y es alentador sentir a nuestros pasos los pasos de quien nos acompaña en el camino. Muchas veces en nuestra autosuficiencia y en nuestros orgullos los negamos y hasta rechazamos porque nos decimos que no tenemos miedo o que nos sabemos bien el camino, y olvidamos también aquello que popularmente se dice que cuatro ojos ven más que dos.

Y no estoy refiriéndome solamente a caminos geográficos que tengamos que realizar con sus consiguientes peligros y desorientaciones, por una noche oscura, por los peligros que nos puedan acechar en el camino, abismos que nos rodean o espesuras de bosque que nos envuelvan, por sus dificultades o porque podamos ser asaltados, sino creo que todos entendemos que la imagen pueda tener un significado más amplio. Es sencillamente la presencia de una madre o de unos padres que nos acompañan en nuestro crecimiento; ese consejero y confidente al que le pedimos que nos ilumine nuestros rumbos o nos ayude a encontrar nuestras metas y que camina a nuestro lado haciéndonos ver lo que necesitamos pero dejándonos hacer nuestro camino; ese amigo de toda confianza al que siempre sentimos a nuestro lado y sin decirnos quizás demasiadas cosas nos hace ser más razonables en nuestros caminos. Nos acompañan en nuestro caminar y nos dan confianza también en nuestras posibilidades.

Es lo quiero sentir con el evangelio en la mano donde Dios nos hace sentir la presencia y la fuerza del Espíritu en nuestro interior que nos ilumina, nos impulsa, nos fortalece, nos acompaña en el camino para que no perdamos nuestros rumbos. Cuidado que nos creamos que lo sabemos todo y que no necesitamos ese acompañante, en este caso, el Espíritu Santo. Ahí lo tenemos todo, es cierto, aunque no siempre nos dejamos conducir, nos dejamos guiar y en nuestro orgullo nos lo queremos saber todo y decir que por nosotros mismos somos capaces de todo.

Pero hay algo más como regalo de la misericordia divina y es que Jesús nos ha querido dejar su madre como nuestra madre, como lo vemos en su testamento de la cruz. María va jalonando nuestro camino como ha sido y ha hecho a lo largo de la historia. Es en consecuencia la devoción tan tierna que tenemos a María, la madre del Señor. Hoy precisamente celebramos una fiesta de María que en la tradición cristiana vemos esa presencia de María en aquellos primeros momentos de la predicación del evangelio en nuestras tierras hispanas. Es el Pilar de Zaragoza, ese signo y señal que allí nos ha quedado como recuerdo perpetuo de la predicación del Apóstol Santiago en nuestras tierras hispanas y cómo María, viviendo aún en carne mortal de alguna forma misteriosamente se hizo presente al Apóstol como acompañante de su camino de evangelización.

Son tradiciones que se ahondan en el mito de la leyenda pero que sin embargo con ese signo milagroso del pilar a lo largo de los siglos hemos sentido siempre esa señal de la presencia de María que siempre ha estado en nuestro camino; se han multiplicado los nombres con que invocamos a María en los distintos lugares y regiones, pero siempre ha permanecido esa invocación de la Virgen del Pilar, porque María en verdad ha sido un pilar de nuestra fe al tiempo que un punto de arranque y partida para labor evangelizadora que nuestros misioneros ha realizado a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo.

Sintamos, pues, a María, la madre de Jesús, la Madre de Dios, que nos dejó como regalo como madre para que nos acompañara en ese camino de nuestra fe, de nuestra vida. Ahí está misteriosa esa presencia de María, que no quiere ocupar ningún lugar que no le corresponda, que solo es la madre, que solo es la que nos acompaña en ese camino de nuestra vida. Así con María nos sentirnos seguros y fuertes en nuestras luchas y en nuestros caminos, iluminados porque nos refleja siempre la luz de Jesús en toda situación e impulsados por su amor para que también nosotros seamos testigos de nuestra fe, seamos evangelizadores en ese mundo que tanto necesita del Evangelio. María como madre nos ayuda a crecer porque ella siempre nos llevará a Jesús donde encontraremos ese vino nuevo de la gracia.

Démosle un buen sentido a nuestra devoción y nuestro amor a la Virgen María; con ella no nos sentiremos confundidos, con ella a nuestro lado tenemos la certeza de que hacemos el camino de Jesús y no simplemente nuestros caminos.


lunes, 17 de agosto de 2026

Estabilidad, seguridad, futuro, bienestar, plenitud de vida, ¿dónde lo buscamos? El evangelio nos ayuda a abrir nuevos caminos



 Estabilidad, seguridad, futuro, bienestar, plenitud de vida, ¿dónde lo buscamos? El evangelio nos ayuda a abrir nuevos caminos

Ezequiel 24, 15-24; Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 19, 16-22

Una quizás de las luchas que mantenemos en la vida es lograr una estabilidad que además nos garantice un futuro, buscamos seguridades que no son solo esos miedos que podamos tener a que nos asalten o nos roben, o pongan en peligro nuestra vida, que también lo buscamos y lo deseamos, pero queremos tener seguridad y estabilidad en nuestros trabajos, en lo que pueda ser nuestro futuro, en lo que podamos ahorrar para el día de mañana, en la familia o en la forma que hayamos escogido para vivir, por tanto aseguramos nos hacemos seguros de vida, o de accidentes por si me puede pasar algo, o buscamos también un seguro frente a la enfermedad. Pero, ¿es solo eso lo que nos va a dar una seguridad y una estabilidad a nuestra vida? ¿Sólo pensamos en esas cosas externas a nosotros, que muchas veces confiamos a instituciones o entidades que se dedican a eso, como lo que da verdadera seguridad a nuestra vida?

Vivimos en un mundo de economía en que todo parece que tiene que girar a ese poder económico que tengamos, vivimos en una sociedad a la que exigimos que esté bien organizada para que teniendo esas seguridades podamos llegar a esa sociedad del bienestar, que queremos que sea como un paraíso, de la que tanto se nos habla en programa sociales y políticos; el mundo que nos rodea está muy lleno de vanidad y de apariencia donde buscamos una preponderancia social, vamos tras unos prestigios que en el fondo lo que queremos es que nos den poder porque de ahí se pueden derivar muchos beneficios incluso en el mundo de la riqueza; y en consecuencia de todo eso comenzamos a hacer distinciones, comenzamos a dejar a un lado del camino aquellos que no nos pueden servir para nuestros intereses, buscamos influir en los demás desde nuestras ideas que muchas veces son nuestros intereses.

¿Estaremos logrando así un verdadero crecimiento humano y espiritual de la persona? Nos puede llevar a tener que hacernos muchas preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Llegaremos a pensar en algo mejor y distinto que nos dé verdadero sentido y plenitud a nuestra vida? Quizás algo tenga que cambiar en nosotros, en nuestros intereses, en nuestras búsquedas. ¿Estaremos queriendo darle una transcendencia distinta a nuestra vida?

Hoy en el evangelio vemos que alguien se acerca a Jesús con preguntas transcendentales. Alguien que era una buena persona y cumplidor, que se ve que en él habían unos sentimientos religiosos que quería vivir con toda intensidad, pero que se encuentra en ese estadio de búsqueda de algo distinto y superior aunque él no sepa bien lo que está buscando, se acerca a Jesús para preguntar qué había de hacer para alcanzar la vida eterna. Se ve que no hablaba de oídas, que no eran esas cosas que en un momento nos ponemos a pensar pero que pronto olvidamos, se ve que era algo que le estaba rondando el corazón y no encontraba respuesta. Por eso se acerca a Jesús.

Y Jesús con una hermosa pedagogía le habla de aquello que toda persona ha de saber y en cierto modo es el guía de su vida; todos tenemos en el corazón unos principios, unos valores fundamentales que nos llevan a una rectitud de vida; en este caso hablando entre judíos que tenían muy claro lo que era de fundamental la ley del Señor, le recuerda los mandamientos. Pero él era un hombre cumplidos, como dijimos, y todo eso lo había cumplido desde que fue educado en su niñez.

Jesús vislumbra que en aquel corazón había posibilidades de cosas más grandes, que podría entender de verdad el sentido del Reino de Dios que venía anunciando, por eso le pide un paso más de generosidad y disponibilidad para encontrar aquello que le dé altura a su vida. ‘Vende lo que tienes y da el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo’. ¿No hablas tú de alcanzar la vida eterna? Nuestro tesoro no puede quedarse en la tierra y entre nuestras manos, nuestro tesoro tiene que estar bien guardado en el cielo donde los ladrones no lo roban ni la carcoma lo corroe.

Pero aquí se detuvo el camino de este hombre. Era rico y eso de desposeerse de todo era otro cantar. Dar limosna en algunas ocasiones es algo que se puede hacer fácilmente y no voy a encontrar demasiados perjuicios en ello, pero seguiré poseyendo lo mío. Pero Jesús pide un paso más de generosidad y desprendimiento. Y aquel joven que había puesto sus seguridades en sus posesiones se marchó a casa triste y vacío.

Por eso hemos comenzado preguntándonos dónde están nuestras seguridades, donde buscamos nuestro verdadero crecimiento como persona; y con ramajes que se enreden en las materialidades de la vida no podrá haber verdadero crecimiento ni auténtica estabilidad para nuestra vida. ¿Hasta dónde estaremos dispuestos a llegar? Necesitaríamos seguir ahondando en esta reflexión. Dejemos que el Espíritu del Señor nos vaya iluminando.


lunes, 3 de agosto de 2026

Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

 


Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

Jeremías 28, 1-17; Salmo 118; Mateo 14, 22-36

Queremos hacernos los valientes, pero todos pasamos por momentos de miedo; lo negamos muchas veces o lo disimulamos pero es reacción sicológica normal en cierto modo como una defensa ante situaciones en que nos vemos o nos parece encontrarnos en peligro. Una noche tenebrosa para atravesar caminos oscuros, llenos de sombras, con rincones desconocidos es la imagen que primero se nos presenta de lo que es el miedo; pero son muchas situaciones en la vida, muchas veces inesperadas y sorpresivas que no sabemos a dónde nos llevan, son situaciones de soledad vividas de muchas maneras en que nos parece que nadie nos tiene en cuenta, momentos en que nos parecía sentirnos seguros pero vemos que todo se mueve bajo nuestros pies, y no es solo lo físico o lo geográfico sino situaciones o problemas de la vida a los que continuamente tenemos que enfrentarnos.

¿A dónde nos agarramos? ¿Dónde encontraremos la fortaleza cuando nos sentimos con esa debilidad? ¿Qué nos puede dar seguridad que nos quite todos nuestros miedos? ¿Cómo salir de esas soledades? Son muchas las cosas que se nos plantean.

He comenzado haciéndome esta reflexión y estas preguntas en lo humano sobre nuestros miedos porque nos encontramos hoy en una situación de los discípulos de Jesús en que verdaderamente sintieron miedo, tanto como para recibir un reproche de Jesús. Había sido el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces y Jesús los había apremiado para que cogieran una barca y fueran de regreso. Jesús. se quedó aparentemente para despedir a la gente, pero ellos iban solos en la barca. No había por qué tener miedo porque muchos de ellos eran unos avezados pescadores. Pero la travesía se les puso difícil, el viento les venía en contra, no podían avanzar y esto podía ser presagio de una tormenta como las que frecuentemente se desataban sobre el lago. El miedo comenzó a apoderarse de ellos, porque además Jesús. no iba en la barca con ellos. Travesías de la vida que muchas veces se nos hacen difíciles y sentimos la soledad de quien pudiera darnos ánimos.

Comenzaron a ver fantasmas en sus miedos porque alguien parecía que venía caminando sobre el agua; y comenzó a hacerse patente ese miedo y esas angustias que se desataban en el alma. ‘Se asustaron y gritaron de miedo’, comenta el evangelista. Pero no era un fantasma, era Jesús que venía a su encuentro. ¡Vaya si Él conoce nuestras debilidades y nuestros miedos! ‘Soy yo, no temáis’ era la voz de Jesús que podía darles seguridad y confianza pero aún Pedro desconfiado insiste en que él pueda también bajarse de la barca y caminar sobre el agua. Y ante la invitación de Jesús se arriesgó, aunque persistían los miedos en su interior y ante la menor ola le parecía que se hundía. Los vaivenes de la vida por los que todos pasamos; nos queremos hacer valientes o llenarnos de confianza, pero pronto quizás notamos que las cosas no son tan fáciles y volvemos a retroceder en lo que parecía que habíamos avanzado

¿En qué quedamos? ¿Comenzaremos a confiar o seguiremos con nuestros miedos? ¿Aprenderemos a sentir la mano amiga de Jesús que nos sostiene? Cuando pongamos toda nuestra fe y confianza podemos en verdad sentirnos seguros, pero algunas veces nos cuesta. Pero pronto podremos sentir esa paz y esa serenidad interior que tenemos que saber agradecer. Es algo que no tendríamos que perder nunca, algo que tenemos que saber buscar y pedir. Algo que va a dar fortaleza a nuestra vida cristiana, algo que hará que nunca nos sintamos solos.

Dios nos va poniendo señales en esos caminos de la vida que nos alientan, que nos dan seguridad, que nos hacen perder los miedos. Siempre habrá una palabra buena y de ánimo que escuchamos quizás de quien menos lo esperamos, siempre aparecerá una persona buena que se pone a nuestro lado, quizás en silencio, pero que se convierte en nuestra compañía, siempre pueden aparecer cosas que nos suceden y que nos abren nuevos caminos, siempre habrá una luz encendida aunque sea tenue en nuestra senda que nos dará seguridad a nuestro caminar.


martes, 30 de junio de 2026

Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere decirnos y despertar en nuestro corazón



 Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere  decirnos y despertar en nuestro corazón

Amós 3, 1-8; 4, 11-12;Salmo 5;Mateo 8, 23-27

Todos habremos pasado alguna vez por la dura experiencia de tormentas que envuelven nuestra vida y el miedo nos aborda y nos sobrecoge. Reciente tenemos porque aún se está viviendo la tragedia que está sufriendo el pueblo venezolano con los terremotos acaecidos en estos días con sus devastadoras consecuencias; intentamos ponernos en la piel de los que lo están sufriendo que se sienten indefensos y abandonados, con pérdida de esperanzas y sin saber cómo afrontar esos malos momentos y un día encontrar luz para su situación. Seguro que en sus corazones está también ese grito desgarrador elevado al cielo, como la de aquellos pescadores que se sintieron indefensos en medio de la tormenta y les parecía que Dios dormía.

Podemos unir una y otra cosa en esta reflexión que nos hacemos del evangelio que hoy se nos ofrece, porque también muchas lecciones podemos sacar para nuestra vida. Aquellos pescadores avezados por otra parte a aquellos mares y tormentas se sentían sin embargo angustiados porque habían perdido la confianza. Les parecía que a Jesús no le preocupaba su situación. Sin embargo pedían ‘¡Señor, sálvanos que perecemos!’.

Por eso la reacción de Jesús cuando lo despiertan. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’. Por muy duras que sean las tormentas, por muy fuerte que sea la soledad e indefensión que sintamos, por muy oscura que se vuelva la noche de la vida, Dios está ahí. Y Dios se va a manifestar de alguna manera junto a nosotros para que se renueve otra vez nuestra fuerza interior, para que aprendamos de nuevo a confiar, para que sepamos leer las señales que Dios va poniendo a nuestro lado y sepamos entonces sentirnos arropados por su amor. 

Muchas veces quizás la prueba se alarga y no llegamos tan pronto a reconocer esas señales, pero en la prueba tenemos que aprender a confiar y no perder la esperanza; quizás después de que pase toda la tormenta nos daremos cuenta cómo Dios ha estado actuando en nuestra vida y por eso no hemos perdido la paz en el corazón, nos manteníamos firmes en nuestra lucha buscando caminos, buscando horizontes; detrás de muros que nos parecían infranqueables había quizás alguien que pensaba en nosotros y derramaba lágrimas con nosotros aunque no nos diéramos cuenta.

Siempre pueden surgir brotes de solidaridad donde pensábamos que todos eran insensibles, siempre habrá una mano llena de cariño que se pose sobre nuestro hombro para decirnos que están con nosotros aunque parezca que nada pueden hacer; siempre habrán buenos corazones llenos de ternura y compasión para sufrir con nosotros y ofrecernos el consuelo de su presencia. Detrás de esa tormenta también hay algo que el Señor quiere decirnos, quiere despertar en nuestro corazón. Sepamos leer esas señales de Dios.

Un día la tormenta desaparecerá y volverá la paz, y nos sentiremos nuevos y renovados y quizás también se mueven nuestros corazones para que desde la lección aprendida seamos capaces también de ser ese paño de lágrimas para quienes a nuestro lado están pasando esas situaciones difíciles.

Comenzábamos nuestra reflexión con una referencia a lo que sucede en estos momentos en Venezuela y todo esto que venimos reflexionando para esas nuestras tormentas personales lo podemos trasladar como un gesto solidario que el sufrimiento que en estos días los embarga. No somos insensibles ante lo que sucede porque podemos contemplar la solidaridad que por todas partes está aflorando. 

Pidamos a Dios que no les falte fortaleza en esta dura encrucijada y no pierdan la esperanza y de alguna manera vaya llegándoles los frutos de esa solidaridad en las ayudas que necesitan. Que no se sientan abandonados de Dios porque hay muchos corazones que les aman y les harán presente ese amor de Dios.


domingo, 21 de junio de 2026

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

 



Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por El ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio?

Jeremías 20, 10-13; Salmo 68; Romanos  5, 12-15; Mateo 10, 26-33

Cuando estamos convencidos de algo lo defenderemos a capa y espada – es una forma de decir – porque nada ni nadie nos puede quitar ese convencimiento. Encontraremos razones y motivos que den fuerza a nuestras palabras, nos valdremos de todos los argumentos, pero defenderemos esa verdad. Experiencias tenemos en personas que nos rodean, capaces de darlo todo por ese convencimiento, y quizás en más de una ocasión nos habremos visto así defendiendo nuestra verdad.

Sin embargo nos queda por dentro una duda o una pregunta, ¿tendremos esos convencimientos tan fuertes? ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? ¿Y si se ponen en peligro aquellas cosas que poseemos o acaso hasta se pudiera llegar a poner en peligro nuestra vida? ¿Mostraremos así con valentía nuestro convencimiento?

Pareciera que yo pongo duda incluso a esas afirmaciones un tanto categóricas con las que he comenzado esta reflexión. Pero me remito a lo que es nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros valores, porque quizás muchas veces nos dejamos arrastrar, nos cuesta ir a contracorriente, si todo el mundo vive así, ¿por qué yo voy a ser distinto? Son quizás tentaciones que nos acechan.

Y podemos pensar en la rectitud de nuestra vida como podemos estar pensando también en lo que es el mundo de nuestros negocios, de nuestras ganancias y de lo que no queremos que sean perdidas, de nuestros principios morales, y por supuesto tendríamos que estar pensando en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana desde los valores del Evangelio que Jesús nos propone para vivir el Reino de Dios. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?

Porque nos entran los miedos cuando vemos que el mundo que nos rodea pasa de religión, del evangelio, de los valores cristianos, que no todo el mundo piensa lo mismo, que muchos incluso nos van a la contra y estarán incluso sacando a flote de manera interesada nuestras debilidades para desprestigiarnos, para quitarle valor a nuestro anuncio, para seguir queriendo sostener nuestra sociedad sobre unos valores bien distantes de los que nosotros queremos proclamar desde el evangelio. Y nos cuesta nadar a contracorriente frente a ese mundo para proclamar con valentía nuestros valores para la construcción de nuestra sociedad.

Nos sentimos débiles en muchas ocasiones e inseguros porque también poco nos hemos preocupado por fundamentar bien nuestra fe, por vivir unas intensas experiencias de Dios que nos llenen de fortaleza, porque parece que nos faltan argumentos, pero lo que realmente nos falta es confianza en la palabra de Jesús que nos promete la asistencia de su Espíritu. Y vamos entonces queriendo compaginar todo para no enfrentarnos con los que nos presentan otra manera de sentir y de vivir, y nos hacemos cobardes y timoratos. En este corto texto del evangelio por tres veces nos dice Jesús que no tengamos miedo.

En la primera lectura hemos escuchado las consideraciones que se hace el profeta Jeremías que se ve acosado por todas partes, pero como finalmente terminó confesando ‘el Señor es mi fuerte defensor…’ Se siente fuerte y no se amilana, no se cruza de brazos, sigue proclamando con valentía su misión profética, aunque encuentre el rechazo de los que están a su alrededor.

Es a lo que nos está invitando Jesús, pero también nosotros tenemos en muchas ocasiones la tentación de buscar nuestros refugios, de hacernos nuestras rebajas a la hora de compromiso para quedarnos tranquilos y no se tan estridentes frente a nuestra sociedad; pero Jesús nos dice que lo que nos dice en secreto tenemos que proclamarlo desde la azotea.

¿Nos refugiamos quizás en rezos y en un cristianismo muy encerrado en el culto y en las devociones pero con poca trascendencia en todo lo que es la vida social del entorno en el que vivimos? Un cristianismo muchas veces meramente sociológico apoyado en tradiciones o costumbres ancestrales, que se puede manifestar en expresiones artísticas, hemos de reconocer, de indudable valor, pero que finalmente terminamos convirtiendo en fiesta de interés  ‘turistico’ para que vengan a visitar nuestro pueblo.

¿Qué estamos haciendo de nuestra religiosidad? ¿Qué estamos haciendo del evangelio que vivieron y nos trasmitieron esos santos a los que ahora celebramos con nuestras romerías? ¿Qué tendrá que ver todo eso con un auténtico evangelio?

Jesús nos está pidiendo que nos declaremos en nuestra opción por Él ante los hombres, pero ¿en verdad estamos dando la cara ante el mundo por Jesús y su Evangelio? ¿Cuáles tendrían que ser las actitudes, las posturas, los compromisos con los que un cristiano hoy tiene que anunciar a Jesús? Son preguntas serias que nos tenemos que hacer y busquemos respuestas en el evangelio.

Más tendríamos que hacer los cristianos un camino sinodal en el que juntos reflexionemos el Evangelio para encontrar el mejor modo de hacer el anuncio hoy ante nuestro mundo. Confieso que a mi también me cuesta.


martes, 28 de abril de 2026

Podemos contar con el amor de Dios que El sí nos conoce y nos mantiene su amor y su confianza, lo que da alegría y seguridad a nuestro corazón

 


Podemos contar con el amor de Dios que El sí nos conoce y nos mantiene su amor y su confianza, lo que da alegría y seguridad a nuestro corazón

Hechos 11, 19-26; Salmo 86;  Juan 10, 22-30

Nos habrá sucedido en alguna ocasión que nos encontramos con alguien con quien incluso entablamos conversación, nos dice cosas que parece como si nos conocieran de tiempo, nos agrada quizás su conversación o las cosas que nos dice pero tenemos un interrogante por dentro porque nos parece que no sabemos bien a las claras con quien estamos hablando; y surge la cuestión o la pregunta para que nos diga claramente quien es, y cuando nos da algún detalle más quizás caemos en la cuenta o seguimos con nuestra incertidumbre dentro de nosotros.

He puesto esto a manera de ejemplo de lo que le estaba pasando a muchos judíos; sentían admiración por Jesús, estaban pendientes de sus signos y milagros y les gustaba escucharles, aunque hubiera otros quizás que vivían con un rechazo permanente de cuando dijera o hiciera Jesús haciéndose sus interpretaciones, pero entre las esperanzas que podían suscitarse en sus corazones seguían preguntándose sobre quien era realmente Jesús, si acaso era el Mesías que esperaban o simplemente un gran profeta como los profetas antiguos. Recordemos lo que respondieron los apóstoles a la pregunta de Jesús sobre lo que pensaba la gente del Hijo del hombre.

‘Los judíos, rodeándolo, nos dice el evangelista, le preguntaban: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Pero Jesús parece que directamente no les va a dar la respuesta que ellos esperaban. Simplemente se remite a las obras que realiza, a esos signos y señales que se manifestaban en el hacer de Jesús y en sus milagros. Pero no todos son capaces de descifrar esos signos. ‘Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas’, les dice Jesús.

Pero en esa respuesta de Jesús tenemos que descubrir algo hermoso. Jesús sí nos conoce, Jesús sí quiere revelársenos, Jesús nos está mostrando todo su amor a pesar de que nosotros no siempre correspondamos. Es que el amor de Dios está primero, es Él quien toma la iniciativa y nos busca. A veces en nuestro orgullo y autosuficiencia pensamos que somos nosotros los que buscamos a Dios y los que por nosotros mismos lo encontramos. Pero la maravilla está en esa búsqueda de Dios, en ese amor que Dios nos tiene. ‘No es que nosotros hayamos amado a Dios, nos dirá san Juan en sus cartas, sino que Él nos amó primero’ y nos regaló su vida.

¿Quién nos conoce mejor de lo que nos conoce Dios? El ve los secretos de nuestro corazón, el amor que intentamos poner aunque muchas veces sea pobre, la respuesta que intentamos dar aunque muchas veces estemos llenos de dudas y de cobardías, las debilidades en que tropezamos tantas veces a pesar de nuestras porfías de amor; nos parecemos a Pedro que tanto porfiaba que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús, pero que antes de que el gallo cantara ya le había negado tres veces.

Así es nuestra debilidad pero así se manifiesta también la grandeza del amor que Dios nos tiene, porque sigue confiando en nosotros, sigue haciéndose presente en nuestra vida, sigue regalándonos con su amor y por nosotros se hace vida y se hace alimento para que podamos sentir la fortaleza de su Espíritu. Creo que eso tiene que llenar de paz nuestro corazón cuando tantas veces nos vemos zarandeados en la vida, ya sea por nuestras propias debilidades, o ya sea por las incomprensiones que podamos sentir de los demás.

Aunque tengamos mil contratiempos y tropiezos, sabemos que podemos contar siente con la misericordia del Señor. Es el único que no  nos falla. Es la confianza con la que queremos seguir caminando e intentando avanzar en nuestro camino de superación porque nos sentimos en las manos de Dios, protegidos y amados. Nosotros podemos ser infieles pero El siempre es fiel porque, como  nos dice el apóstol, no puede negarse a sí mismo, porque Dios es amor y siempre lo será.


miércoles, 15 de abril de 2026

Con qué seguridad caminamos dando nuestro testimonio de Jesús cuando nos sentimos tan amados de Dios que nos entregó a su Hijo Unigénito

 


Con qué seguridad caminamos dando nuestro testimonio de Jesús cuando nos sentimos tan amados de Dios que nos entregó a su Hijo Unigénito

Hechos 5, 17-26; Salmo 33; Juan 3, 16-21

A nadie le gusta que se conozcan nuestros errores; sean los que sean, nos equivocamos en nuestras apreciaciones ya buscaremos la forma de disimularlo, de justificarnos, de buscar causas culpables por otro lado que nos hayan podido llevar a ese error, pero nunca será por culpa nuestra; tenemos un tropiezo o cometemos un error en decisiones que habíamos de tomar y quizás hasta alguien pudo haber resultado perjudicado, ya buscaremos la forma de que eso se no se sepa, que no trascienda para no perder nosotros nuestro prestigio; y así en multitud de situaciones de nuestra vida donde huimos de la luz que pueda poner al descubierto nuestras cosas y nuestros fallos, dejando que se oscurezca la luz y sigan imponiéndose las tinieblas. ¿Qué es lo que realmente nosotros deseamos o buscamos? Tendríamos que analizar muchas cosas.

Pero hoy el evangelio nos está diciendo algo verdaderamente hermoso, que no tendríamos que olvidar nunca, y que desde esa confianza que se despierta en nuestro corazón tendríamos que reconocer mejor nuestros errores o nuestras tinieblas porque bien sabemos quien es el que nos puede sanar. No olvidemos que las páginas del evangelio no se cansan de repetirnos esos momentos en que Jesús va sanando a la gente. No es el milagrerismo lo que tenemos que buscar (vaya palabra me he inventado, pero que creo que nos entendemos) sino el amor de Dios que nos sana y que nos salva, que son los signos que Jesús va realizando.

‘Dios amó al mundo’, nos viene a decir el evangelio. Y tanto fue su amor que no paró hasta darnos, hasta entregarnos a su Hijo único. Aquí, podríamos decir, está la clave de nuestra fe como está la clave de todo el evangelio. Si es una buena noticia para nosotros es porque nos está diciendo cuánto es el amor que Dios nos tiene. Pero pareciera que no estamos muy convencidos, porque seguimos con nuestras dudas y con nuestra fe renqueante, porque seguimos sin terminar de entrar nosotros en esa onda de amor, y aunque decimos que amamos muchas veces nuestro amor es pobre y mezquino porque le ponemos tantas limitaciones, tantas condiciones que terminará de dejar de ser un amor como el que Dios nos tiene.

Por eso seguimos prefiriendo las tinieblas donde podemos hacerle esas trampas al amor; y no somos sinceros con nosotros mismos, ni somos leales con los demás. Esa sinceridad de nuestra vida que nos tendría que llevar a ser humildes, porque así reconocemos nuestra debilidad y nuestra torpeza, así tendremos que ver con claridad esos errores que tratamos de ocultar, pero así nos manifestaremos tal como somos delante de los demás, pero siempre reconociendo lo que ha hecho el amor de Dios en nosotros.

Es el amor que nos ha transformado, es el amor que nos hace entrar en ese mundo de verdad y de autenticidad, es el amor el que nos da fuerzas para levantarnos y a pesar de nuestras debilidades y hasta de la pobreza de nuestro espíritu comenzaremos a darnos por los demás, estaremos poniendo de verdad el amor en nuestras vidas. Entonces habrá luz, entonces no dejaremos reinar a las tinieblas, entonces nos sentiremos ese hombre nuevo que ha sabido renacer.

Y lo hermoso y lo grandioso es que Dios cuando nos ama así no ha venido al mundo para condenar al mundo; si nos ha entregado a su Hijo único es para que el mundo se salve por El, para que nosotros vivamos por El. Nos acercamos entonces sin temor a la luz para que se vea que nuestras obras están hechas según Dios, según los planes de Dios porque entramos en la órbita de Jesús, en la orbita del Evangelio que será siempre para nosotros una buena nueva de amor.

Con temblor y con cierto temor vamos nosotros tantas veces por la vida, pero cuando así nos sentimos amados de Dios se acabaron los temores, desaparecen para siempre esos temblores de nuestros miedos, porque con la fuerza del Espíritu de Jesús nos sentiremos siempre fuertes. Es lo que hemos visto en la primera lectura en la actitud y en las obras que realizaban aquellos primeros discípulos y los apóstoles que no podían callar ni obedecer ningún mandato humano porque tenían que proclamar la Buena Nueva de Jesús.

martes, 3 de febrero de 2026

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

 


Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Salmo 85;  Marcos 5, 21-43

Un camino de fe que se transforma en gracia, pero al mismo tiempo un camino de dudas ante lo difícil que se hace muchas veces ese camino de fe. Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Un hombre lleno de angustia, ¿cómo no lo va a estar si se le muere su niña?, que no sabe a donde acudir pero cuando oye la llegada de Jesús allá corre para pedir auxilio. Y Jesús que quiere ir al encuentro de la persona en su más cruda realidad se pone en camino a casa de Jairo; cuando vamos de camino con alguien van saliendo las inquietudes o las dudas que llevamos en nuestro interior, los interrogantes que se nos plantean, las inseguridades en que nos sentimos. Seguramente no fue un camino en silencio, aunque el evangelio nos lo relate en escuetas palabras. En algún momento surgirá el pensamiento quizás del fracaso porque ya está todo perdido. Son las pocas palabras que le escuchamos a Jesús pero con ellas diría muchas cosas. ‘¿No te he dicho que basta con que tengas fe?’

En el intervalo del camino siguen sucediendo cosas. Una muchedumbre rodea aquella pequeña comitiva y lo apretuja. Perdida en aquella muchedumbre una mujer que también ha perdido sus esperanzas con la enfermedad que le aflige. Jesús parece ser que será el único que sostenga su esperanza, aunque ve difícil llegar a Jesús porque además por su enfermedad es una persona impura y no podría mezclarse con la gente. Pero la fe, como dirá Jesús en otro momento, mueve montañas y ella logra abrirse paso hasta Jesús para tocar al menos la orla de su manto. Y sucede lo inesperado, siente la mujer que se ha curado porque cesan sus hemorragias, pero siente también Jesús que alguien le ha tocado.

‘¿Quién me ha tocado?’, se vuelve Jesús. Allá el intrépido discípulo le dirá que cómo hace esa pregunta si la gente lo apretuja por todas partes. Es distinto lo que ha sucedido, la multitud apretuja y tocamos sin sentir, pero la fe toca en lo más hondo y sentiremos como nos transformamos. Aquella gente por curiosidad quizás, porque Jesús se dirige a la casa de Jairo que tiene una hija enferma, por la novedad que se pueden encontrar si realmente Jesús la cura, se dan de empujones y empellones también al cuerpo de Jesús. Y todo se quedará ahí, pero lo que sucedido con aquella mujer es distinto. Finalmente dará el paso adelante para sentirse plenamente confortada con las palabras de Jesús. ‘Tu fe te ha salvado, sigue viviendo con fe y tendrás vida…’ así terminan los caminos que con fe hacemos hasta Jesús.

Como finalmente sucedió con Jairo y su hija. Todavía el trecho de camino que queda por hacer va a ser difícil. ‘No molestes al maestro que no hay nada que hacer’, le dicen los que vienen con noticias de la casa. Al llegar el alboroto de las plañideras aunque Jesús les repite una y otra vez que no está muerta sino dormida. Son palabras que cuesta creer. Finalmente llegan en medio de dolor de todos a la cámara donde está la niña que ha fallecido. ‘A ti te lo digo, niña, levántate’ y la niña se levantó con vida. Un camino dificultoso, pero un camino de fe que se convierte en gracia; allí está el regalo de Dios.

¿Es nuestro camino?, tenemos que preguntarnos. Ahí están también nuestras dudas y nuestras ansiedades, seguimos preguntándonos ¿a quién tenemos que acudir?, oímos hablar de que llega Jesús pero quizás nos quedamos con la curiosidad pero no terminamos de descubrir algo más; ¿nos apretujaremos en torno a El para seguirle? Pero tiene que ser algo más que vernos envueltos en una masa, muchas veces quizás participamos en esos momentos multitudinarios de nuestra piedad popular, pero, ¿hasta donde llegamos?; ¿seremos capaces de abrirnos paso para llegar hasta Jesús y tocarle con la fe de aquella mujer aquejada de su enfermedad? Necesitamos tocar a Jesús o sentirnos tocados por El como aquellos leprosos que curaba, aquellos ciegos a los que ponía un poco de barro en sus ojos, aquellos sordomudos a los que tocaba sus labios o sus oídos, como a tantos a los que tendía una mano para levantarlos de sus camillas de postración.

Es algo más que un contacto físico, es el contacto de la fe para que circule la gracia, para que llegue a nosotros su vida, es el quizás quedarnos en silencio sentados en su presencia porque las palabras que tienen que resonar son las que Jesús nos dirige a nuestro corazón. No temamos quedarnos en silencio haciendo sentir sobre nosotros el peso de nuestras dudas o de nuestras debilidades. El todo lo transformará. Es la fe que nos sana, que nos salva, que pone vida en nosotros.

martes, 6 de enero de 2026

Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 


Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 Isaías 60, 1-6; Salmo 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Ponernos en camino es imagen de la vida misma. Forma parte de nuestro mismo ser. ¿No podríamos decir que para eso tenemos dos piernas? Ya lamentamos quienes tienen atrofiados sus miembros de manera que no pueden moverse por sí mismos, no pueden caminar; les decimos de muchas formas aunque no todas son las más humanitarias, deficientes, inválidos, discapacitados, dependientes definiendo en cierta forma cómo se siente el que no puede ponerse en camino.

Desde que nacemos, podríamos decir, queremos caminar; qué alegría cuando un bebé llega a dar los primeros pasos iniciando así en cierto modo el camino de su vida. Ponernos en camino porque buscamos, queremos conocer, llegar a otros lugares o a otras personas, hacer la vida valiéndonos por nosotros mismos; ponernos en camino que desasirnos de muchas cosas para no sentirnos dependientes sino valernos por nosotros mismos; es una búsqueda y es un riesgo, abiertos a la sorpresa porque no sabemos bien lo que vamos a encontrar, pero con riesgo porque nos acechan los peligros; por eso hay quien tiene miedo, no quiere soltarse, quiere quedarse bajo la sombra de un paraguas que le proteja pero quizás porque no tiene metas, no se atreve a ir más allá de lo que tiene delante. Podríamos seguir diciendo muchas más cosas que a todos se nos pueden ocurrir, pero hoy se nos está diciendo que tenemos que ponernos en camino.

Aquellos Magos de Oriente, porque vieron una estrella se pusieron en camino, indagando lo que significaba, estudiando los anuncios antiguos, arriesgándose a un futuro incierto en ese camino que emprendían, sin temor a perderse. Pero para poder ver la estrella, no se quedaron solo mirando al suelo sino que se habían puesto a mirar a lo alto. Bien significativa la imagen. Buscaban el camino y la meta, pero miraban a lo alto para dejarse guiar por la estrella. Cuánto nos puede decir esta imagen.

Como nos dice el evangelio llegaron a Jerusalén y aquello fue una conmoción general. La sorpresa de la gente ante la comitiva que atravesaba la ciudad con aquella gente venida de lejos; Jerusalén fue siempre encrucijada porque la situación de Palestina entre el Oriente próximo y Egipto hacía que fuera un cruce de caminos, como lo vemos reflejado en la historia. Pero ahora era distinto porque preguntaban por un recién nacido rey de los judíos. Suspicacias en el palacio de Herodes que se creía grande y nadie le podía hacer sombra y la pregunta y búsqueda de aquellos Magos era inquietante. Sorpresa entre los Maestros de la Ley los Sumos Sacerdotes, porque les hizo revolver en las Escrituras para entender lo que podría suceder. Señalan el camino según las Escrituras, pero ellos se quedan a la expectativa de lo que pudiera ser.

Con el encargo – podríamos decir entrecomillas, como solemos expresarnos - de Herodes para que volvieran a decirle donde o como lo habían encontrado, de nuevo se ponen en camino. Y allí está la estrella que les guía y les conduce hasta donde está Jesús al que encontrarían como los pastores un día con María, su madre, pero ya no recostado en un pesebre. Le ofrecieron sus dones y cayendo de rodillas le adoraron. Era el reconocimiento de la luz que habían encontrado y que ahora se volverían a sus casas para llevar la noticia, como primeros portadores de evangelio, de buena nueva de salvación para todos.

Es nuestro ponernos en camino, el camino de nuestra vida y el camino de nuestra fe. ¿También tendremos que ponernos camino para buscar y para indagar, para encontrarnos con la luz y para llevar luego esa buena noticia a los demás? Es también nuestra tarea, es la búsqueda honda de nuestra vida; no podemos quedarnos encerrados siempre en lo mismo, no podemos estar como los que ya vienen de vuelta y no quieren saber nada, tenemos que arriesgarnos en nuestra búsqueda aunque ese ponernos en camino nos haga salir de allí donde estamos instalados, de lo que siempre se ha hecho porque siempre ha sido así como tantas veces decimos; tenemos que no temer lo que podamos encontrar porque siempre será una luz nueva para nuestra vida que nos pone en nuevo camino.

Nos hemos amodorrado en nuestra manera de vivir la fe y tratar de contentar a todos y a todo, pero no podemos quedarnos adormilados en el camino porque perderemos el rumbo y el sentido. Y eso nos está pasando a muchos cristianos que queremos seguir viendo en la comodidad de nuestras rutinas o viejas costumbres y ya el evangelio parece que ha dejado de ser novedad para nosotros; el evangelio siempre tiene que ser novedad porque es buena noticia, y las noticias son nuevas cada día.

Es una lástima que el árbol no nos permita ver el bosque; es lo que nos está sucediendo con esta fiesta de la Epifanía en la que tendríamos que contemplar ese gran regalo de Dios que se nos manifiesta – eso significa la palabra ‘epifanía’, manifestación – y la locura de los regalos que nos hacemos y creemos que tenemos que hacernos en este día nos hacen olvidar la grandeza y el sentido de esta fiesta y celebración.

¿Necesitaríamos arriesgarnos a ponernos en camino desde esta consideración? El profeta invita a Jerusalén a despertar para ver amanecer la gloria de Dios. ¿Nos postraremos también nosotros como todos esos pueblos para cantar la gloria del Señor?


lunes, 15 de diciembre de 2025

Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

 


Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para bien de nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Salmo 24; Mateo 21, 23-27

Esto se va a pique, nos dice el agorero de turno, aquel que tiene siempre los ojos oscuros para anunciarnos fracasos y caídas, y es como un jarro de agua fría que nos echan encima para ahogar ilusiones y esperanzas. Será en los problemas de cada día, en la familia, en el trabajo, con los negocios, porque vemos que las cosas no marchan y ya no tenemos imaginación para encontrar salidas; será la situación que vemos a nuestro alrededor, y vienen las añoranzas, los recuerdos de otros tiempos que nos parecieron mejores, la pendiente por la que nos parece que discurre nuestra sociedad. Será muchas veces la mirada pesimista que echamos sobre nuestra iglesia, sobre la religión, sobre la fe de la gente donde primero vemos lo negativo, los fallos, los errores, las cosas de otros tiempos que podrían tener sentido en sus circunstancias concretas pero a las que le echamos la culpa de todo lo negativo que podamos ver hoy.

¿Y no hay una palabra de esperanza, una palabra o un gesto que nos haga renovar ilusiones, alguna luz que esté brillando en algún lugar y es como un rescoldo que un día puede encender una gran llama luminosa? Cuidado que los cristianos nos metamos también esa espiral de derrotismo, de pesimismo, de dramatismo ante las situaciones y eso nos paralice o nos haga encerrarnos más en nosotros mismos. Cuidado que con el tema de la fe y de la religiosidad comencemos a buscar refugios donde nos encerremos porque allí nos pueda parecer que estamos más seguros y perdamos esa vitalidad que necesitamos y que sería el mejor testimonio de vida que podamos ofrecer.

No es un optimismo que se distancie de la realidad lo que hemos de buscar; no es un optimismo porque cerremos los ojos a los tropiezos que en la vida podamos encontrar y hacer como si no existieran. La realidad está ahí y tiene sus sombras, pero también hay luces, también hay salidas, no nos puede faltar la esperanza. Dios nos va poniendo señales que tenemos que saber distinguir, habrá personas a nuestro lado que su testimonio es un estímulo para nosotros, hay semillas que germinan y hacen brotar plantas nuevas que florecerán y tenemos la esperanza que un día nos darán fruto.

Quizás hay muchas semillas silenciosas a nuestro lado, pero que en el silencio de la tierra donde fueron enterradas están germinando. Hay mucha gente silenciosa, callada, anomia que sigue haciendo muchas cosas buenas; nos puede parecer que es una viejita que ya no sabe hacer otra cosa que ir a la Iglesia y rezar, pues ahí hay una semilla, ahí se está regando una planta, de ahí aun en medio de las espinas de la vida brotará una flor. Tenemos que saber descubrirlo, palparlo en tantos a nuestro lado a los que quizás no les prestamos atención, que podrían incluso parecernos un estorbo, pero que sin embargo son un estímulo, son un río de gracia y de vida que todo lo va renovando.

No seamos ciegos, no nos hagamos preguntas incongruentes, sepamos distinguir el actuar de Dios, no andemos siempre buscando donde tropezar o donde hacer tropezar a los demás, sepamos descubrir esa palabra buena que nos llega algunas veces no sabemos de dónde pero que nos ayuda, sepamos siempre ir bendiciendo porque es una manera de ir haciendo presente a Dios en la vida de aquello o aquellos que bendecimos.

Por una parte hoy en la Palabra de Dios hemos visto la bendición para el pueblo de Israel peregrino por el desierto pero de quien había sido llamado para maldecir, y por otra vemos la actitud renuente de los fariseos de Jerusalén que ni quieren reconocer la autoridad de Jesús ni tampoco la misión que el Bautista había realizado en el desierto del Jordán. Veamos siempre detrás de lo que nos sucede, aunque algunas veces nos parezca preocupante la acción de Dios y la Palabra que Dios quiere dirigirnos para nuestra vida. No seamos nunca ni negativos ni catastrofistas.


viernes, 5 de diciembre de 2025

Pongámonos en camino porque tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús

 


Pongámonos en camino porque tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

Quizás nos habrá sucedido algo así o algo parecido. En un momento determinado, ante una situación inesperada quizás, nos vimos en la encrucijada que teníamos que actuar, en aquel momento no valían excusas ni echarse atrás porque quizás era mucho lo que estaba en juego;  pero nos sentimos impotentes, ¿Podré realizarlo? ¿Seré capaz? Nos parecía casi imposible porque era algo que no habíamos intentado nunca, porque parecía que una cosa así estaba fuera de mis capacidades. ¿Al final qué hiciste? ¿Te quedaste con los brazos cruzados, llorando penas en tu interior porque no lo intentaste y solucionaste algo que te parecía que estaba por encima de tus posibilidades? ¿No creías en ti mismo? Somos capaces de hacer mucho, lo que hay que hacer es dejar atrás los miedos y cobardías e intentarlo.

Nos puede valer esto que estamos diciendo para muchas situaciones de la vida. Se necesitan más personas comprometidas, en el ámbito de nuestra sociedad porque no podemos permitirnos seguir viendo pasar cuánto está sucediendo, pero no podemos mirar también en el ámbito de nuestra fe y del camino de nuestra vida cristiana, de nuestro compromiso como bautizados. Que no es solo creer en nosotros mismos, que sin orgullos ni vanaglorias también tenemos que creer en nosotros, pero sobre todo confiando en la gracia y la fortaleza que Dios nos da en esa hermosa tarea de evangelizar nuestra vida y nuestro mundo. Somos nosotros los primeros que tenemos que dejarnos evangelizar, dejar que el evangelio cale hondo en nuestra vida dejando a un lado tantas superficialidades.

Muchas cosas nos vamos encontrando en el camino de la vida de las que no podemos pasar de largo. Mucha luz tenemos que poner en los ojos de cuantos nos rodean para que lleguen a saborear la verdadera luz del evangelio. Es lo que contemplamos hoy en Jesús en el evangelio. Dos ciegos siguen a Jesús gritando tras el que tenga compasión de ellos.

Algunas veces nos hacemos sordos ante quienes están gritándonos a nuestro lado, grito que es una presencia, que puede ser una mirada o una mano tendida, alguien que está postrado a la vera del camino y no solo pienso en los sin techo, como en estos días recordamos que también tenemos que hacerlo, sino en tantos que están siendo excluidos de nuestra sociedad, que no cuentan ni se quieren tener en cuenta, porque sigue habiendo discriminaciones, mantenemos un cierto racismo en referencia a los que nos vienen de fuera sobre todo cuando no traen dinero en el bolsillo, porque a esos sí los tenemos en cuenta, pero si son inmigrantes que llamamos ilegales – fijémonos como incluso los clasificamos -, si son venidos de países pobres hayan llegado como sea, ya andamos con miedo de que nos quiten nuestros beneficios o nos molestamos porque se les preste ayudas oficiales, sin embargo terminan en los trabajos más humillantes que nosotros no queremos hacer, aunque luego nos justifiquemos con que no hay trabajo para no dar nosotros golpe.

Pero Jesús se ha detenido al lado de aquellos ciegos que le siguen y le suplican. ¿Qué queréis que haga por vosotros?, comienza el diálogo aunque el evangelista es muy escueto en su narración. Pero Jesús les pregunta algo más cuando le están pidiendo luz para sus ojos ciegos, ‘¿creéis que puedo hacerlo?’ Jesús está queriendo que se despierte en ellos la fe verdadera y sean capaces de sentir en sus corazones esa seguridad que nace de la confianza en Jesús. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe’ y nos dice el evangelista que se les abrieron los ojos.

La pregunta nos la hacemos nosotros, nos la hace también Jesús a nosotros. Tiene que aflorar la fe verdadera, pero no solo para pedir milagros sino para vivir el milagro de nuestra vida; lo que somos capaces y lo que tenemos que hacer. Empecemos por no hacernos oídos sordos al clamor del mundo que nos rodea; no queramos quedarnos tranquilitos entre algodones sino salgamos a la vida aunque lo que nos encontremos algunas veces sea duro. Pero ahí tenemos que estar; porque Jesús iba de camino, aquellos ciegos pudieron llegar hasta El.

Pongámonos en camino porque en nuestro caminar tenemos que hacer llegar a Jesús hasta el último rincón y hasta en el último rincón tenemos que dejar los signos de Jesús con nuestra vida aunque nos cueste, aunque algunas veces no sepamos cómo hacerlo; seguro que el Espíritu del Señor actuará en nosotros y tendremos la fortaleza para realizar maravillas. Creamos que podemos hacerlo, porque además es la misión que Jesús nos ha confiado.