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viernes, 5 de junio de 2026

En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

 


En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

2 Timoteo 3, 10-17; Salmo 118; Marcos 12, 35-37

No temamos hacernos preguntas que nos cuestionen por dentro; es un deseo de avanzar, de encontrar razones, de abrirnos a nuevos horizontes, de fundamentar bien lo que ya llevamos por dentro. En la medida en que vamos avanzando por la vida seguramente nos aparecerán nuevas cuestiones que antes no nos habíamos planteado, pero eso significa el crecimiento que vamos experimentando y eso nos conduce a una madurez que nos hará sentirnos más seguros. No somos ciegos que simplemente ven por los ojos de los otros, sino que hemos de tener nuestra propia mirada, que se siente enriquecida por lo nuevo que va encontrando, pero también de lo que va recibiendo de los demás. No es una búsqueda que nos haga mirarnos solo a nosotros mismos, sino que nos hará rumiar y reflexionar sobre lo que ya forma parte de nuestra vida para ir ahondando más y más.

Hoy es Jesús en el evangelio el que le hace preguntas a sus contrincantes; muchos habían ido planteándole cuestiones no siempre en una búsqueda sincera de algo mejor que Jesús pudiera ofrecerles, sino como muchas veces hemos visto querían cogerle en sus palabras para manifestar así su rechazo a lo que Jesús estaba significando. Ayer mismo escuchábamos al escriba que le preguntaba por el mandamiento principal de la ley, una pregunta que no tendría sentido en quien la hacía puesto que era un maestro de la Ley. Pero hoy es Jesús el que los cuestiona y los deja sin palabras. Si el Mesías era hijo de David, de la descendencia de David, ¿cómo es que le llame su Señor? No tienen respuesta; pero Jesús les está haciendo ver cual es su verdadero mesianismo y que El está por encima de la misma Ley, si es el Hijo de Dios como se está manifestando Jesús. El pueblo sencillo sí sabe reconocer la veracidad y autenticidad con que Jesús se manifiesta.

Lo de menos en nuestra reflexión en este caso es ese cuestionamiento. Hemos más bien saber responder a esos interrogantes que en nuestro interior se nos presentan también en el campo de nuestra fe y de la manera de expresar no solo nuestra religiosidad sino todo lo que significa el seguimiento de Jesús, es decir, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. ¿Dónde hemos de ir encontrando esas respuestas?

Hermoso el texto que se nos ofrece de la segunda carta de san Pablo a su discípulo Timoteo. Está recordando el apóstol lo que ha sido el recorrido de su vida que no siempre ha sido fácil. ‘¡Qué persecuciones soporté!’, recuerda el apóstol, ‘pero de todas me libró el Señor… todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos’, nos viene a decir. Por eso nos invita a vivir en la fidelidad. Como le dice a su discípulo ‘tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús’.

Ahí tenemos nuestra sabiduría que nos hará saborear todo el sentido y el valor de la vida; es lo que nos hará crecer y madurar, es lo que nos va a dar verdadera profundidad a nuestra vida, es donde vamos a encontrar la fuerza para mantenernos en esa fidelidad, sintiendo que es el Señor nuestra fortaleza. Por eso concluye diciéndonos algo hermoso. ‘Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena’.

¿Qué valor le damos a la Biblia? ¿La saboreamos como lo que es, la Sabiduría de la Palabra de Dios? En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas ¿acudimos a la Sagrada Escritura para encontrar esa Sabiduría de Dios para nuestra vida?

martes, 6 de enero de 2026

Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 


Ponernos en camino para buscar y encontrarnos con Dios que viene a nuestro encuentro, pero ponernos en camino para anunciar la gloria del Señor a todos los pueblos

 Isaías 60, 1-6; Salmo 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Ponernos en camino es imagen de la vida misma. Forma parte de nuestro mismo ser. ¿No podríamos decir que para eso tenemos dos piernas? Ya lamentamos quienes tienen atrofiados sus miembros de manera que no pueden moverse por sí mismos, no pueden caminar; les decimos de muchas formas aunque no todas son las más humanitarias, deficientes, inválidos, discapacitados, dependientes definiendo en cierta forma cómo se siente el que no puede ponerse en camino.

Desde que nacemos, podríamos decir, queremos caminar; qué alegría cuando un bebé llega a dar los primeros pasos iniciando así en cierto modo el camino de su vida. Ponernos en camino porque buscamos, queremos conocer, llegar a otros lugares o a otras personas, hacer la vida valiéndonos por nosotros mismos; ponernos en camino que desasirnos de muchas cosas para no sentirnos dependientes sino valernos por nosotros mismos; es una búsqueda y es un riesgo, abiertos a la sorpresa porque no sabemos bien lo que vamos a encontrar, pero con riesgo porque nos acechan los peligros; por eso hay quien tiene miedo, no quiere soltarse, quiere quedarse bajo la sombra de un paraguas que le proteja pero quizás porque no tiene metas, no se atreve a ir más allá de lo que tiene delante. Podríamos seguir diciendo muchas más cosas que a todos se nos pueden ocurrir, pero hoy se nos está diciendo que tenemos que ponernos en camino.

Aquellos Magos de Oriente, porque vieron una estrella se pusieron en camino, indagando lo que significaba, estudiando los anuncios antiguos, arriesgándose a un futuro incierto en ese camino que emprendían, sin temor a perderse. Pero para poder ver la estrella, no se quedaron solo mirando al suelo sino que se habían puesto a mirar a lo alto. Bien significativa la imagen. Buscaban el camino y la meta, pero miraban a lo alto para dejarse guiar por la estrella. Cuánto nos puede decir esta imagen.

Como nos dice el evangelio llegaron a Jerusalén y aquello fue una conmoción general. La sorpresa de la gente ante la comitiva que atravesaba la ciudad con aquella gente venida de lejos; Jerusalén fue siempre encrucijada porque la situación de Palestina entre el Oriente próximo y Egipto hacía que fuera un cruce de caminos, como lo vemos reflejado en la historia. Pero ahora era distinto porque preguntaban por un recién nacido rey de los judíos. Suspicacias en el palacio de Herodes que se creía grande y nadie le podía hacer sombra y la pregunta y búsqueda de aquellos Magos era inquietante. Sorpresa entre los Maestros de la Ley los Sumos Sacerdotes, porque les hizo revolver en las Escrituras para entender lo que podría suceder. Señalan el camino según las Escrituras, pero ellos se quedan a la expectativa de lo que pudiera ser.

Con el encargo – podríamos decir entrecomillas, como solemos expresarnos - de Herodes para que volvieran a decirle donde o como lo habían encontrado, de nuevo se ponen en camino. Y allí está la estrella que les guía y les conduce hasta donde está Jesús al que encontrarían como los pastores un día con María, su madre, pero ya no recostado en un pesebre. Le ofrecieron sus dones y cayendo de rodillas le adoraron. Era el reconocimiento de la luz que habían encontrado y que ahora se volverían a sus casas para llevar la noticia, como primeros portadores de evangelio, de buena nueva de salvación para todos.

Es nuestro ponernos en camino, el camino de nuestra vida y el camino de nuestra fe. ¿También tendremos que ponernos camino para buscar y para indagar, para encontrarnos con la luz y para llevar luego esa buena noticia a los demás? Es también nuestra tarea, es la búsqueda honda de nuestra vida; no podemos quedarnos encerrados siempre en lo mismo, no podemos estar como los que ya vienen de vuelta y no quieren saber nada, tenemos que arriesgarnos en nuestra búsqueda aunque ese ponernos en camino nos haga salir de allí donde estamos instalados, de lo que siempre se ha hecho porque siempre ha sido así como tantas veces decimos; tenemos que no temer lo que podamos encontrar porque siempre será una luz nueva para nuestra vida que nos pone en nuevo camino.

Nos hemos amodorrado en nuestra manera de vivir la fe y tratar de contentar a todos y a todo, pero no podemos quedarnos adormilados en el camino porque perderemos el rumbo y el sentido. Y eso nos está pasando a muchos cristianos que queremos seguir viendo en la comodidad de nuestras rutinas o viejas costumbres y ya el evangelio parece que ha dejado de ser novedad para nosotros; el evangelio siempre tiene que ser novedad porque es buena noticia, y las noticias son nuevas cada día.

Es una lástima que el árbol no nos permita ver el bosque; es lo que nos está sucediendo con esta fiesta de la Epifanía en la que tendríamos que contemplar ese gran regalo de Dios que se nos manifiesta – eso significa la palabra ‘epifanía’, manifestación – y la locura de los regalos que nos hacemos y creemos que tenemos que hacernos en este día nos hacen olvidar la grandeza y el sentido de esta fiesta y celebración.

¿Necesitaríamos arriesgarnos a ponernos en camino desde esta consideración? El profeta invita a Jerusalén a despertar para ver amanecer la gloria de Dios. ¿Nos postraremos también nosotros como todos esos pueblos para cantar la gloria del Señor?


jueves, 23 de marzo de 2023

Despertemos para que podamos escuchar y comencemos a darle más profundidad a la vida siendo capaces de descubrir el amor que Dios está derramando sobre nosotros

 


Despertemos para que podamos escuchar y comencemos a darle más profundidad a la vida siendo capaces de descubrir el amor que Dios está derramando sobre nosotros

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47

Te lo había dicho tantas veces, pero no me hiciste caso, es el reproche que le hacemos al amigo que quizás se ha visto ahora envuelto en situaciones difíciles, y nosotros habíamos querido prevenirle, pero él iba a lo suyo y no nos hizo caso. Ahora nos duele, porque no nos gusta verlo en la situación en que está, y por eso los reproches que no son echarle en cara de mala manera sino una expresión del cariño que sentimos y de lo que nos duele su dureza de corazón. 

Hablamos de estas situaciones humanas que muchas veces se nos hacen duras en la vida, pero podríamos hablar de otras muchas cosas; son las prevenciones que hacemos a los hijos, es de lo que queremos hablar como un regalo de valores que queremos trasmitir, muchas cosas.

Es lo que siento y vislumbro en las palabras de Jesús. nos ha ido anunciando el Reino de Dios, nos ha querido ir abriendo caminos de esperanza, ha querido dar a conocer lo más hondo de su corazón, ha querido manifestarles quien es a través de las obras que realiza, les ha ido abriendo los ojos para que vean las señales de Dios, para que sepan interpretar lo anunciado en las Escrituras, pero se han cerrado a mensaje de Jesús; le pedían signos y señales y El se las iba ofreciendo en lo que hacía, pero estaban obtusos y cerrados para descubrir de lo que esos signos les hablaban.

Ahora se acercan momentos de tensión, porque rechazan a Jesús porque no han sabido reconocerle. Y les habla del testimonio de Juan, el ultimo de los profetas que todos habían conocido allá en las orillas del Jordán, pero no lo escucharon; les hace ver que lo escrito y anunciado por Moisés en las Escrituras en El se cumple; les quiere hacer entender que las obras que realiza, ahí están todos sus signos y milagros, es el testimonio del Dios del cielo que les está hablando, como un día lo había señalado allá en medio de las aguas del Jordán, como el Hijo del Dios vivo a quien habíamos de escuchar y luego Juan había dado testimonio.

Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad… Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado… Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida!’

Y Jesús nos está ofreciendo vida eterna. Basta que creamos en El. Es la Palabra que nos está ofreciendo a nosotros hoy. Para que tengamos vida. Pero tenemos que abrirnos a esa vida, tenemos que querer escuchar esa Palabra de Jesús. 

Pero andamos también tan entretenidos en nuestras cosas, en las locuras del mundo, en las carreras de cada día que poco nos paramos a pensar, a reflexionar, a querer escuchar la Palabra de Dios. Nunca tenemos tiempo. Así andamos con nuestras superficialidades, así nos vamos dejando envolver por una tibieza espiritual, que parece que ya nos da todo lo mismo.

Estamos tan enfrascados en las materialidades de la vida, que lo espiritual ya no sabemos saborearlo. Nos cuesta entrar en nosotros mismos para darle profundidad a la vida. Nos cuesta pensar y cuando nos ofrecen algo que nos haga reflexionar algunas veces somos incapaces de entender esos lenguajes espirituales. Nos vamos contagiando por ese espíritu mundano. 

Duele el desconocimiento que palpamos a nuestro alrededor de las cosas relacionadas con lo espiritual y lo religioso; en una sociedad en la que presumimos de tantas festividades religiosas que hasta las hacemos de valor o interés turístico, luego en cualquier debate o concurso donde salgan temas o preguntas de ámbito cristiano o relacionados con lo religioso encontremos tantas ignorancias. Es la pendiente tan peligrosa por la que vamos resbalando cada día más.

Despertemos para que podamos escuchar. Abramos nuestro espíritu y comencemos a darle más profundidad a la vida. Seamos capaces de descubrir ese amor que Dios está derramando continuamente sobre nosotros y comencemos a darle respuesta.

jueves, 21 de abril de 2022

Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor y comenzaremos a caminar los caminos de la fe convirtiéndonos en testigos

 


Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor y comenzaremos a caminar los caminos de la fe convirtiéndonos en testigos

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

No siempre nos creemos todo lo que nos cuentan; si es algo asombroso sin querer negar claramente la veracidad del que nos lo está contando, nos quedamos en nuestro interior con ciertas reservas, como si lo creyéramos pero al mismo tiempo no lo creyéramos, y de alguna manera indagamos para ver si desde otra fuente nos vienen a corroborar lo que los primeros informadores nos han contado, nos quedamos con la sospecha de la exageración de quien por algo se ha sentido impresionado y ahora cuando nos lo cuenta añade detalles, añade cosas que le pueden dar mayor espectacularidad pero que puede ser producto de sus ensoñaciones, de su fantasía a la hora de contar, o de lo que quizá quiera impresionarnos.

¿Qué pasaba con los anuncios que unos a otros se hacían en aquel momento del hecho de la resurrección de Jesús? Cuando las mujeres vinieron contando lo del sepulcro vacío y la aparición de Ángeles, lo echaron a fantasías de mujeres que no podían ser realidad. Con ese pensamiento incluso se habían marchado los discípulos de Emaús, pero cuando ahora ellos vienen contando que le han visto en el camino, que le reconocieron a la hora de partir el pan, seguían queriendo creer pero no estaban todavía tan convencidos.

Y el evangelio nos dice que mientras los de Emaús contaban Jesús mismo en persona, apareció entre ellos, sin que se abrieran las puertas. Sorpresa, susto, miedos y temores, posibilidades de fantasmas, incredulidad de nuevo. Y allí estaba Jesús mismo en medio de ellos. Y es Jesús el que quiere ofrecerles pruebas mostrando sus manos y la llaga del costado; más aún les pide que si tienen algo que comer que le traigan, que comerá ante ellos para que se convenzan que no es un fantasma. Y así lo hacen. Pero sus mentes seguían cerradas y el miedo seguía atenazándoles de manera que les impedía creer de verdad.

Y Jesús pacientemente, como había hecho con los discípulos en el camino, les explica las Escrituras y todo lo que estaba anunciado acerca de El que se ha cumplido. ‘Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí’. Y a continuación nos dice el evangelista que ‘les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras’.

Solo cuando nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor, el Espíritu de Sabiduría, comenzaremos en verdad a caminar los caminos de la fe. No es cuestión solo de razonamientos, de pruebas que podamos palpar con nuestras manos. Cuántas veces nos buscamos esos razonamientos, cuántas veces queremos solo a base de explicaciones llegar a meternos de verdad en el misterio de Dios. Es cierto que tenemos que dar razón de nuestra fe y tenemos que buscar de la mejor manera formarnos para profundizar en todo ese misterio de Dios.

Pero lo importante es que nos dejemos inundar por ese misterio, dejemos que sea el Espíritu divino el que nos vaya conduciendo. Es lo que llamamos la obediencia de la fe. Algo que tiene que llegarnos al corazón, algo que tenemos que experimentar dentro de nosotros mismos, algo que solo puede ser una experiencia de vida. Y desde ahí nos sentiremos transformados, desde ahí comenzarán a aparecer una actitudes nuevas en nuestra vida, desde ahí comenzarán a aparecer unas vivencias distintas. Es algo que tenemos que vivir desde lo más hondo de nosotros mismos.

Allí ahora los discípulos con la presencia de Jesús comenzaron a vivir algo; por eso comenzaron a ser testigos. Todo aquello que habían vivido no era solo el fruto de las maquinaciones de los sumos sacerdotes y de los dirigentes del pueblo, ni el fruto de una sentencia del procurador romano. Allí había habido un actuar de Dios, un paso de Dios en aquella pasión y muerte de Jesús, por lo que ahora no se quedaban en un crucificado que había muerto y había sido enterrado, sino que era el Señor que vive, porque a Jesús lo contemplaban vivo y resucitado.

Estaba escrito: ‘el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Era lo que habían vivido y ahora lo comprendían y sentían y era de lo que ahora eran testigos. ‘Vosotros sois testigos de esto’.

¿Seremos nosotros también testigos de esto ante el mundo que nos rodea? ¿Cómo vamos a dar ese testimonio?

miércoles, 20 de abril de 2022

No nos dejemos obnubilar por las sombras de las situaciones que nos rodean, aprendamos a descubrir los latidos de Dios que nos pueden anunciar algo nuevo para nuestro mundo

 


No nos dejemos obnubilar por las sombras de las situaciones que nos rodean, aprendamos a descubrir los latidos de Dios que nos pueden anunciar algo nuevo para nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104; Lucas 24, 13-35

‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?’ Si a nosotros ahora nos hicieran esa misma pregunta que hacía aquel caminante que les salió al paso a los cariacontecidos discípulos que marchaban a Emaús aquella tarde, también tendríamos que hablar de cosas tristes y preocupantes que nos están sucediendo estos días. Que si la guerra de Ucrania que no sabemos cómo va a acabar con tan tristes presagios y con tantas amarguras de gente que sufre, que si eso de la pandemia ha acabado o no ha acabado, que si habrán nuevos rebrotes, que si lo que ahora están permitiendo desde los gobiernos quizás por tener a la gente contenta, que si la economía, que si las perspectivas de futuro… son tantas las cosas que nos preocupan que también nos pondríamos cariacontecidos y repreguntando que si no sabemos qué es lo que está sucediendo a nuestro mundo y es motivo de preocupación.

Es cierto que el mundo se nos llena de sombras, es cierto que no vemos salida a tantos problemas que se van creciendo y multiplicando día a día, es cierto que de alguna manera parece que perdemos la paciencia y perdemos las esperanzas y de alguna manera también vamos dando tumbos de un lado para otro como aquellos discípulos.

Tan dando tumbos estaban que no reconocen a quien les ha salido al paso en el camino. Muchas veces tratamos de disculpar que si esa hora del atardecer es hora de claroscuros que no ayudan mucho, pero era raro que no reconocieran su voz, que no terminaran de entender por donde les estaba El dirigiendo la conversación. Ellos iban preocupados por lo sucedido en Jerusalén en días pasados, sus esperanzas parece que se desvanecían, no terminaban de ver y entender lo que había sucedido, y para ellos no se estaba cumpliendo con lo prometido por Jesús. Bien enterrado había quedado en aquella tumba cercana al Gólgota que un buen hombre, José de Aritmatea había ofrecido, y aunque las mujeres habían venido en la mañana diciendo que la tumba estaba vacía, que unas apariciones de ángeles les habían dicho que estaba vivo, pero para ellos eran visiones y ensoñaciones de mujeres.

Y es aquel caminante el que les va explicando lo anunciado en las Escrituras y que todo se había ido cumpliendo en aquellos días. Y ellos se entusiasmaban con la conversación y con las explicaciones que pronto se dieron cuenta que habían hecho el camino y estaban a las puertas de Emaús. El forastero quería seguir haciendo su camino pero ellos le convencieron para que se quedara ofreciéndole su hospitalidad porque era peligroso hacer aquellos caminos en la noche.

Y fue al sentarse en la mesa y al partir el pan cuando le reconocieron. Entonces dirían que les ardía el corazón mientras les hablaba por el camino y les explicaba las Escrituras. Pero allí ya no estaba El, pero estaban convencidos que era Jesús quien había caminado con ellos y les había explicado las Escrituras. Era verdad, lo habían comprobado por sí mismos, el Señor había resucitado y por eso corren ahora sin ningún miedo de hacer el camino de noche para regresar a Jerusalén y contar a los discípulos en el cenáculo cómo le habían reconocido al partir el pan, porque había hecho el camino con ellos.

Fue suficiente que detuvieran sus pasos en el camino para ponerse a escuchar, para acoger a aquel forastero que parecía hacer su mismo camino para que su corazón comenzara a latir de forma distinta y apareciera la luz en sus vidas. ¿Será eso lo que también nosotros necesitamos? Cariacontecidos vamos caminando por la vida desde las preocupaciones que tenemos y que sentimos. ¿Cómo podemos sentir que de nuevo renacen las esperanzas en nuestro corazón? ¿Cómo podremos comenzar a descubrir una luz para el final de ese camino de sombras que vamos viviendo?

También Cristo nos sale a nuestro encuentro. Muchas veces no lo sabemos ver. Vamos tan entretenidos con nuestros pensamientos muchas veces lúgubres que no sabemos descubrir los signos que va poniendo a nuestro lado. Sepamos descubrir las señales de Dios en el hoy de nuestra vida. ¿No hay nada positivo en medio de tanta crueldad como por otra parte estamos viendo? ¿Habrá algún tipo de despertar en nuestra sociedad, algunos atisbos de solidaridad, alguna preocupación seria que sintamos en nuestros corazones y que nos puedan estar motivándo para actuar?

Intentemos descubrir esos latidos de Dios que de alguna manera, aunque nos parezcan débiles, pueden estar resonando en nuestro mundo. Intentemos descubrir rayos de luz y de esperanza, confiemos en que el Señor pondrá señales a nuestro lado de que todo tiene que terminar y de nuevo brillará la luz, de nuevo podremos sentir el palpitar de la vida.

Nos cuesta ver y entender, pero confiemos, no perdamos la esperanza, pongamos por nuestra parte gestos de vida, de solidaridad, de cercanía a los que sufren cerca de nosotros para que esa chispa del amor vaya prendiendo y extendiéndose como fuego renovador por esa llanura de la vida.

domingo, 18 de abril de 2021

La presencia de los hermanos a nuestro lado confesando y cantando su fe sea la señal que nos sorprenda con la presencia de que Cristo resucitado en medio de nosotros

 


La presencia de los hermanos a nuestro lado confesando y cantando su fe sea la señal que nos sorprenda con la presencia de que Cristo resucitado en medio de nosotros

Hechos de los Apóstoles 3, 13-15. 17-19; Sal. 4; 1Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48

Las apariciones de Cristo resucitado se habían ido acumulando, pero ellos no salían de su estupor por eso cada vez que se les manifestaba se llenaban de miedo y de temor y aunque en el fondo sentían la alegría de encontrarse de nuevo con El se quedaban como paralizados sin saber cómo reaccionar. Era algo nuevo, algo distinto, no era simplemente verle como antes de su pasión y muerte en la cruz, había algo que sentían y que vivían y que de alguna manera era indescriptible.

Allí estaban en el cenáculo con los discípulos que habían vuelto del camino de Emaús que contaban todo lo sucedido y como lo habían reconocido al partir el pan. Las señales, los signos por lo que habría que reconocerle, donde habrían de sentir su presencia. Por eso de nuevo está allí en medio de ellos e igualmente se ven sorprendidos y como llenos de temor ante el misterio grande que se les está revelando.

Y es que esta será otra señal, cuando estén reunidos, aunque en ocasiones se encuentren o desalentados o aturdidos por cuanto les sucede, Jesús se les manifiesta, como a los discípulos de Emaús, o como a ellos mismos que allí están ahora con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Tenemos que ir aprendiendo las señales de su presencia, las señales y los signos de que en verdad ha resucitado, está vivo, y está junto a nosotros. Será la pauta para siempre. Será ya para siempre la forma como la Iglesia va a sentir y a vivir su presencia a lo largo de los siglos.

Pero con Jesús viene siempre la paz, con Jesús siempre nos llenaremos de paz. Fue su saludo pascual repetido en las diferentes apariciones; será lo que Jesús querrá despertar en nuestros corazones aturdidos por tantas cosas. Como no tienen palabras para expresarlo de otra forma dirá el evangelista que ellos creían ver un fantasma pero Jesús trata de levantar su ánimo decaído, porque ha sido duro el trago por el que han pasado con la pascua y es necesario que ellos se sientan con una alegría nueva y distinta. ‘¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Dicho esto, les mostró las manos y los pies’. Estaban palpando su presencia pero seguían sorprendidos y atónitos sin saber cómo reaccionar.

Nos paralizan las sorpresas cuando son duras y amargas y no sabemos como reaccionar, pero también lloramos de alegría y nos quedamos como paralizados cuando llegamos a encontrarnos con alguien a quien queríamos ver pero no lo esperábamos en ese momento. Muchas veces decimos cuando nos suceden cosas así que tendrían que prepararnos para la sorpresa.

Y es que ante muchas cosas hemos quizás perdido la capacidad de la admiración y de la sorpresa. En nuestros racionalismos queremos darle explicación a todo y buscamos mil razonamientos para explicarnos por qué nos suceden las cosas, pero parece como si no quisiéramos dejar actuar a Dios que tantas veces nos sorprende. Las cosas las queremos a nuestra manera pero ese actuar de Dios en nuestra vida no es a nuestra manera sino a su manera. Lo que tenemos que saber descubrir las señales de su presencia o de su actuar en nosotros, porque nos puede hablar de mil maneras y a través de muchas cosas o personas y de la misma manera nos hará sentir su presencia.

Quizás buscamos en ocasiones cosas grandiosas y El se nos manifiesta en las cosas pequeñas. Queremos buscarnos palabras rimbombantes para expresar los misterios de Dios y al final nos pueden sonar huecas en nuestros oídos, porque es quizá en la palabra sencilla del que aparece como más pequeño y humilde donde nos estará manifestando todo su misterio.

¿Sabemos una cosa que tendríamos que pedirle al Señor ante todo cuanto nos sucede o cuanto ahora estamos viviendo en este tiempo de pascua? Que nos abra el entendimiento para que comprendamos las Escrituras. Repetidas veces aparece esta expresión en los relatos del evangelio en este tiempo de pascua. Lo escuchamos que lo hacía con los discípulos que marchaban a Emaús, y vemos que hoy nos lo repite el evangelio en este encuentro de Jesús con los discípulos allí reunidos en el cenáculo. ‘Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

Será ahora cuando comenzarán a comprender todo lo que había sucedido. Lo había anunciado y ahora se los recuerda y llenándose del Espíritu de Cristo resucitado y será entonces cuando entenderán todo el sentido de la pascua. Es ahora cuando claramente están viendo que Jesús es el Mesías, por su pasión y por su muerte, porque sobre todo por el triunfo de la resurrección. Es ahora cuando descubren el valor de aquella muerte, de aquella pascua y podrán comenzar a proclamar la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos.

Recordamos que en el relato paralelo del evangelista Juan, que fue el que escuchamos el pasado domingo, Jesús les da la fuerza de su Espíritu para el perdón de los pecados. Es ahora cuando comenzarán de verdad a ser los testigos de la resurrección. Como les dice ‘vosotros sois testigos de esto’, y los testigos no pueden callar, tienen que dar su testimonio.

Veamos nosotros las señales y dejémonos sorprender por su presencia. Con nosotros está aunque nos cueste reconocerle. Que la presencia de los hermanos a nuestro lado confesando y cantando también su fe sea para nosotros la señal de que Cristo resucitado está en medio de nosotros.

 

jueves, 8 de abril de 2021

Que no nos falte la paz, que no nos falte la alegría y el entusiasmo de nuestra fe, que no nos falte la valentía para anunciar al mundo que Cristo ha resucitado

 


Que no nos falte la paz, que no nos falte la alegría y el entusiasmo de nuestra fe, que no nos falte la valentía para anunciar al mundo que Cristo ha resucitado

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48

La vuelta de los que se han marchado, sobre todo si tuvo algo traumático tanto para los que marchaban como los que se quedaban, siempre es bien acogida, es motivo de alegría y el reencuentro servirá para revivir experiencias, contar lo sucedido, y revisar las motivaciones por las que se había producido tal hecho doloroso.

Así andaban con la vuelta de los discípulos de Emaús; seguro que su marcha había producido en todos dolor, porque eran dos más que abandonaban, que parecía que habían perdido toda fe y toda esperanza y grande era la desilusión que llevaban en su corazón los que se habían puesto en camino. Pero todo había cambiado, Jesús les había salido al paso como ahora ellos contaban con toda serie de detalles y cuando se sentó a la mesa con ellos a la hora de partir el pan lo reconocieron y reconocieron toda la experiencia que habían vivido con su presencia en el camino.

En esas andaban contando con alegría su experiencia y me imagino que los que habían quedado en el cenáculo haciendo toda clase de preguntas. Pero no era necesario que respondieran a tantas preguntas porque ahora de nuevo Jesús estaba allí en medio de ellos. Quienes no había tenido aún la experiencia del encuentro con el Resucitado les produjo sorpresa y temor por eso las primeras palabras de Jesús será para que recobren la paz, para que serenamente disfruten de su presencia. Aún siguen incrédulos y Jesús les pedirá algo de comer a lo que ofrecen un poco de pez asado que había quedado por allí, porque los fantasmas no comen, y así se convencían de que era El.

Como había hecho con los discípulos del camino les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y fueran capaces de discernir que todo cuando había sucedido estaba anunciado en las Escrituras. Allí estaba Jesús con su Palabra; allí estaba Jesús poniendo paz en aquellos corazones aún atormentados; allí estaba Jesús con la fuerza de su Espíritu haciendo que abrieran su corazón y su mente para aceptar las Escrituras pero para reconocer que era El en persona, de lo que de ahora en adelante tienen que ser testigos.

Poco a poco va renaciendo la paz en sus corazones y ahora era la alegría lo que los embargaba; ahora se sienten con la fuerza del Espíritu para lanzarse también al mundo  a anunciar la Buena Nueva. Los contemplamos a ellos y nosotros queremos contagiarnos de esa alegría y de esa paz. Porque ahora somos nosotros los testigos. Es necesario abrir nuestro corazón, es necesario fortalecernos interiormente, es necesario que crezcamos en esa fe para que se disipen para siempre las dudas; es necesario que seamos capaces de ir con convicción profunda a los demás para hacer también el anuncio de Cristo resucitado.

No va a ser tarea fácil, porque es difícil hacer un nuevo anuncio a los que ya vienen de vuelta y no quieren creer en nada; se ha perdido el sentido cristiano de la vida aunque vivimos en un mundo rodeado de signos cristianos; vivimos con un espíritu tan materialista que lo que suene a espiritual ya parece que se quiere como descartar de antemano; la gente se siente quemada por tantos problemas que van apareciendo en la sociedad que nos hace perder la paz, pero también porque muchas veces en nuestro mundo religioso y que llamamos cristiano los problemas se acumulan y la gente ya no sabe en qué creer o en quién creer.

Es un mundo difícil pero ahí tenemos que hacer el anuncio. Hablamos de nueva evangelización y estas son algunas de las cosas con las que tenemos que contar cuando queremos llevar de nuevo el evangelio a nuestro mundo. Es la tarea que Cristo pone en nuestras manos cuando nos dice que nosotros somos testigos y tenemos que convertirnos en unos testigos veraces, porque no solo hagamos el anuncio de palabra sino con el testimonio de nuestros hechos, el testimonio de nuestra vida.

Que no nos falte la paz, que no nos falte la alegría y el entusiasmo de nuestra fe, que no nos falte la valentía para anunciar al mundo que Cristo ha resucitado.

 

miércoles, 7 de abril de 2021

Las palabras de Jesús les sabían a bálsamo que curaba sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras

 


Las palabras de Jesús les sabían a bálsamo que curaba sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104;  Lucas 24, 13-35

Las decepciones producen fuertes heridas en el alma que son difíciles de curar; son heridas que se enconan, y que más y más van produciendo turbulencias en el alma con el peligro de que todo quede arrasado como tras un temporal. Por una parte hemos de tener cuidado de no herir a nadie de esa forma por el daño que le hacemos, pero también hemos de tener cuidado por nosotros mismos de donde ponemos nuestras esperanzas; todos soñamos y en nuestros sueño podemos imaginar cosas maravillosas pero que se quedan en sueños, por eso hemos de saber distinguir la realidad, aunque algunas veces se nos hace bien difícil por los deseos que podamos llevar en el corazón.

El anciano Simeón anunció que Jesús iba a ser un signo de contradicción y su presencia, su persona y su vida iba a servir para que muchos se decantaran, se aclararan y vieran cual partido tomar, qué dirección le dan a su vida y donde ponen sus esperanzas. En torno a los discípulos cercanos a Jesús también se produjeron esas crisis. Todos aquellos momentos de la pasión fueron amargos para quienes habían puesto en Jesús sus esperanzas y a pesar de los anuncios que El había hecho continuamente no terminaron de entender lo que estaba sucediendo.

El arranque de todo aquello con la traición de Judas fue un momento de decepción probablemente de aquel apóstol que en sus deseos y en su imaginación podía haber soñado con otro estilo y sentido de mesianismo, unido a su afán al dinero que hacía que se le pegaran los dedos en tremendas tentaciones concluyó con el abandono y la traición. Y así podríamos pensar en los demás discípulos. ‘Todos le abandonaron y huyeron’, quienes se atrevieron a acercarse a donde estaban sucediendo los hechos, la cobardía les pudo y vinieron las negaciones como las de Pedro, otros abandonaron lo que había sido su refugio en aquellos días, como Tomás que no estaba presente en la primera aparición en el Cenáculo.

Hoy nos habla el evangelio de otros dos decepcionados, los llamados discípulos de Emaús por aquello del pueblo al que se dirigían. Iban tristes en el camino y no hacían sino darle la vuelta a lo mismo una y otra vez, pero al final abandonaron Jerusalén para irse a lo que podría ser su lugar de origen, Emaús. Y así, en esa tristeza y decepción, los encuentra aquel caminante que parece que no sabe nada o no se quiere enterar.

‘¿Eres tú el único de Jerusalén que no sabe lo que allí ha pasado estos días?’ Y le cuentan dándole vueltas al tema una vez más las esperanzas que habían puesto en Jesús, porque pensaban que era el Mesías liberador, pero nada de lo que ellos esperaban se había cumplido, es más, había muerto en la cruz y aunque había prometido que al tercer día resucitaría hasta la fecha ellos no habían visto nada. Y El iba con ellos.

Pero Aquel que parecía que no sabía nada comenzó a explicar y, valiéndose de las Escrituras, la ley y los profetas, les hizo ver que cuanto había sucedido estaba así anunciado en las Escrituras. Y parecía que ellos comenzaban a comprender; al menos sus palabras les sabían a bálsamo que curara sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras.

Tanta fue la esperanza que comenzó a despertarse en su corazón que le invitaron a quedarse con ellos, porque además los caminos eran peligrosos y se estaba haciendo tarde. No había confinamiento en aquellos momentos, pero por una parte los peligros acechaban, pero quizá lo que era más importante ellos no le querían dejar ir, se sentían a gusto con El. Por eso lo invitan a la mesa, en las bonitas leyes de la hospitalidad. Y es allí en la mesa donde se les abren los ojos para reconocerle. Era verdad, había resucitado el Señor. Estaba allí con ellos y les había acompañado por camino, aunque ahora ya no lo veían. ‘Le reconocieron al partir el pan’.

Por eso corrieron a Jerusalén de nuevo, ya decíamos que no había toque de queda,  porque había que anunciarle al resto de los discípulos lo que a ellos les había pasado y como lo habían reconocido al partir el pan, aunque ya les ardía el corazón mientras les hablaba. Momentos de dicha y de alegría donde todas las heridas se curaron porque reconocieron que las esperanzas que tenían no eran las verdaderas esperanzas.

Ahora sí se había despertado su corazón y se había abierto su espíritu para reconocer de verdad a Jesús y la salvación que El nos ofrece. El Señor también viene a nosotros y camina a nuestro lado, sentémonos con El a la mesa, pero también sepamos hacer un alto en el camino para escucharle, para bebernos sus palabras, para dejar que su Palabra vaya cayendo como rocío fecundo en nuestro corazón o para dejar que esa Palabra como espada de doble filo penetre hasta lo más hondo de nosotros. No nos hará daño sino todo lo contrario porque estará sembrando semillas de vida en nosotros que nos harán dar mucho fruto.

domingo, 26 de abril de 2020

Hacemos camino cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con sus propias experiencias y sus sueños y Jesús viene a nuestro encuentro como a los de Emaús



Hacemos camino cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con sus propias experiencias y sus sueños y Jesús viene a nuestro encuentro como a los de Emaús

Hechos 2, 14. 22-33; Sal 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35
Hacer camino. Es la vida. Es una imagen con la que definimos tantas veces nuestra existencia. Caminamos hacia algo, en búsqueda de algo, en búsqueda de alguien, en búsqueda quizá de nosotros mismos. Hacemos camino y no siempre es fácil. Perdemos el rumbo distraídos en otras cosas en ocasiones; nos desilusionamos y nos cansamos; también está lleno de alegrías; lo hacemos con mucha esperanza; miramos a los que caminan a nuestro lado y nos pueden servir de estimulo y ejemplo, aunque también nos pueden desorientar y confundir; tenemos que hacerlo por nosotros mismos, pero al mismo tiempo contamos con alguien que camine a nuestro lado, nos estimule y nos aliente, nos ayude a encontrar rumbos para alcanzar las metas. Muchas cosas podemos decir del camino; muchas experiencias podríamos contar; muchos recuerdos que nos hacen recapacitar y también ver el camino andado.
Es una imagen que vemos repetida en el evangelio. Jesús caminaba de un lado para otro para hacer el anuncio del Reino; al borde de los caminos se detenía junto a los que sufrían o nos invitaba a subir, a realizar el esfuerzo aunque fuera grande, como subir a la montaña, o subir a Jerusalén sabiendo lo que allí se iba a encontrar; Jesús hace camino y al mismo tiempo es camino; Jesús es pascua porque es paso de Dios, que es paso de amor aunque el amor duela pero en el que al final encontraremos plenitud. Jesús invita a caminar con El, a seguirle aunque sus pasos sean exigentes, aunque signifique cargar con una cruz, aunque tengamos que olvidarnos de nosotros mismos. Algunas veces el camino de Jesús parece que se hace oscuro porque hay dolor, porque hay silencios, porque hay esperas que se hacen largas, porque tenemos que tener la lámpara encendida con suficiente aceite y eso cuesta porque hay que cuidarla para que los vientos no la apaguen.
Hoy nos encontramos en el evangelio con unos discípulos que están haciendo camino y que se les está haciendo difícil; ha sido duro el trago amargo por el que han pasado con la entrega de Jesús que quizá ellos miraban más como una traición o como la maldad de quien quería la muerte de Jesús. Aunque Jesús tantas veces había explicado que subía a Jerusalén pero era El quien se entregaba, no terminaban de comprenderlo. Aquello fue un escándalo que les costaba mucho tragar. Porque para ello Jesús estaba en el sepulcro donde lo habían depositado el viernes en la tarde, aunque las mujeres vinieran diciendo que no estaba el cuerpo de Jesús allí o de unas apariciones que les decían que estaba vivo; pero ellos no le habían visto. Caminaban tristes, desilusionados, con mucha frustración en su espíritu; se volvían a casa.
Alguien se pone a caminar con ellos haciendo su mismo camino y a quien le cuentan sus zozobras y sus desilusiones. Nosotros pensábamos, decían, pero ahora parece que ya no piensan igual. Nosotros esperábamos, comentan, pero ahora parece que todo se ha venido abajo. Ya les cuesta mirarlo como un profeta grande en obras y palabras y como el futuro liberador de Israel. Para ellos todo es oscuro, de manera que no entienden que quien va con ellos no sepa nada de lo que ha sucedido en Jerusalén aquellos días. ¿Eres tú el único que no sabes lo que ha pasado? Pero, ¿quiénes serán en verdad los que no se enteran de nada?
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?’ Tendrán que escuchar con humildad el reproche del caminante. ¿Quién tiene que reprochar a quién? Y comenzará a hablarles, y a explicarles las Escrituras; y su corazón comenzaba a arder de una manera especial y distinta; y la cerrazón de sus mentes y de su corazón se va abriendo; y comenzarán a pensar menos en ellos mismos y más en los demás mostrando ya preocupación por el caminante.
 ‘Quédate con nosotros, se hace tarde…’ le rogaban abriendo las puertas no solo de su casa sino también de su corazón. Y lo que tenían lo compartían; si antes habían compartido sus penas y sus angustias ahora comenzaron a compartir la generosidad de su amor. Se sentaron a la mesa para compartir lo que tenían. Y fue entonces cuando al partir el pan lo reconocieron. Es el Señor. Y ya no importaba que se hiciera de noche sino que partieron de nuevo para Jerusalén para contar cuanto les había sucedido. No podían quedarse en casa a pesar de los peligros de los caminos en la noche. El camino merecía la pena recorrerlo.
Hacemos camino, como decíamos al principio, cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con nuestras propias experiencias y con nuestros sueños. Caminos que también se nos pueden volver difíciles o hacérsenos oscuros, caminos que nos piden esfuerzo y en los que hemos de tener claro hacia donde vamos, caminos en los que a veces nos sentimos frustrados o en los que en alguna ocasión se nos pueden apagar los sueños. Como los discípulos de Emaús.
Pero a nosotros también viene a nuestro encuentro, para caminar a nuestro paso el Señor que se nos puede manifestar de mil maneras, a través de distintos acontecimientos, o también en los que caminan a nuestro lado aunque nos parezca que van a lo suyo. Siempre puede aparecer una luz, que tenemos que saber descubrir. Pero tenemos que saber descubrir al Señor que va a nuestro paso, escucharlo, sentir ese ardor en el corazón o esas palomitas en el estómago.
Seguimos viviendo la Pascua, el paso del Señor en este año tan especial, con estas circunstancias tan especiales. No podremos ir a celebrar la Fracción del Pan pero sí estamos seguros que El está ahí partiendo el pan para nosotros. Su alimento de vida no nos faltará. Que sintamos esa hambre de Dios y le escuchemos; que sintamos esa hambre de Dios y nos preparemos para el momento en que podamos volver a celebrar la Fracción del Pan; ahora al menos espiritualmente nos unimos a El y nos unimos con toda la Iglesia.

jueves, 16 de abril de 2020

Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras


Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Sal 8; Lucas 24, 35-48
No nos lo terminamos de creer. Nos sucede en ocasiones. Nos lo habían anunciado y nosotros lo esperábamos. Pero cuando menos pensamos llegó aquel personaje o aquel familiar que nos había anunciado su regreso, sucedió aquel hecho que esperábamos, pero que de alguna manera estábamos desencantados y ya pensábamos que no iba a suceder. Y ahora que lo tenemos, ahora que ha sucedido, ahora que ha llegado no nos lo creemos, ponemos en duda todas las circunstancias que lo rodean, nos parece mentira que al final sucediera.
Así andaban los discípulos tras los desconciertos de los últimos días. No habían terminado de comprender el por qué de todo lo sucedido, a pesar de que Jesús una y otra vez lo había anunciado. Como había anunciado que resucitaría, como las mujeres habían venido contando de que el sepulcro estaba vacío y que unos Ángeles les habían dicho, como habían comprobado Pedro y Juan que habían ido al sepulcro y allí no estaba el cuerpo de Jesús, pero sí sus vendas y sudarios bien doblados y recogidos. Aunque decían que habían creído todavía seguían en sus dudas.
Y en esas andaban escuchando el relato de los dos que se habían ido a Emaús y que habían vuelto inmediatamente, vete a ver con qué carreras, que les contaban que había ido con ellos por el camino sin reconocerlo, y que al entrar para quedarse con ellos por su insistencia, al partir el pan lo habían reconocido. Y de pronto Jesús está allí en medio de ellos sin abrirse las puertas, y claro, ellos se llenaron de estupor por la sorpresa. ‘No os alarméis, no tengáis miedo… la paz a vosotros’. Y allí estaba Jesús. Lo veían pero no se lo creían. Como nos sucede tantas como antes mencionábamos.
Y Jesús les ofrece pruebas de que realmente es El. Allí están sus llagas de la crucifixión. Pero aun más les pide de comer, y como con ellos, para que no creyeran que eran un fantasma. Un fantasma no come ni bebe. Y Jesús lo estaba haciendo en medio de ellos. Y es que todo esto es cuestión de fe. Sin fe no hay entendimiento del misterio de Dios, porque no son nuestros razonamientos humanos. Es una sabiduría distinta, superior, que nos viene de arriba. Por eso el evangelista dice que les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. Y El mismo estaba explicándolo.
Pero hay que creer en la Palabra de Jesús, hay que abrir el corazón a la Palabra de Dios. Hay que tener la humildad de saber confiar, porque solo desde la humildad y la confianza que le damos de antemano a la Palabra de Dios podrá revelársenos el misterio de Dios. Recordemos que Jesús daba gracias al Padre porque había revelado su misterio no a los que se creían sabios y entendidos, sino a los humildes y sencillos de corazón. Son los bienaventurados que podrán conocer el misterio de Dios, son los pobres para quienes es el Reino de los cielos.
Y con nuestra fe nosotros somos testigos de esto. Es lo que anunciamos. Es el testimonio que damos en la trascendencia que le damos a la vida, en la responsabilidad con que la vivimos, en el amor que ponemos en nuestro corazón, en nuestro esfuerzo y trabajo por la justicia y por la paz. Todo eso lo llevamos en el corazón porque nos sentimos inundados por la fe y todo eso queremos llevarlo a los demás. Y así nos hacemos testigos de Cristo resucitado en medio del mundo.
Serán muchos los que nieguen la resurrección como niegan todo el sentido espiritual de la vida del  hombre. Pero a ellos les hacemos ese anuncio, a ellos damos nuestro testimonio con sencillez y humildad pero con la valentía del que se siente seguro. Porque nos sentimos seguros en nuestra fe. Porque ponemos toda nuestra confianza en la Palabra del Señor.

miércoles, 15 de abril de 2020

Aunque nos cueste reconocerlo hemos de dejar que camine con nosotros en nuestro propio camino de Emaús, con Jesús a nuestro lado al final se nos abrirá el corazón


Aunque nos cueste reconocerlo hemos de dejar que camine con nosotros en nuestro propio camino de Emaús, con Jesús a nuestro lado al final se nos abrirá el corazón

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18
Hay caminos que tenemos que recorrer por nosotros mismos, porque si no lo hacemos así no tendremos la experiencia del camino  que será cómo deje huella en nosotros. De nada nos vale que nos digan que el camino de Santiago es así o de la otra manera, que vas a tener unas experiencias maravillosas y te cuenten cada uno sus experiencias, si no lo hacemos nos quedaremos viéndolo como desde la barrera, estaremos siempre a distancia y no podremos disfrutar lo que es la maravilla del camino.
Así fue aquel camino de Emaús que aquella tarde hicieron aquellos dos discípulos que se marcharon de Jerusalén. Desaliento, sensación de derrota y fracaso, frustración porque les parecía que las promesas no se cumplían, incredulidad ante lo que otros le habían contado, pero ellos hasta entonces no habían visto al Señor resucitado. Les parecían visiones de mujeres en las que podían fijarse quizá en la debilidad de unas mentes trastocadas por las duras experiencias vividas, pero nada de eso les convencía. Cuántas veces nos pasa en las cosas que otros nos cuentan de su experiencia pero que nosotros nos negamos a creer y nos situamos en la distancia. Es lo que ahora iban haciendo, poniendo tierra por medio.
A ellos se acerca un caminante que al parecer hace el mismo camino, al menos por el mismo sendero iban, pero que se interesa por ellos, por su estado de ánimo cuando los ve tristes y cabizbajos. El interés y la pregunta despertaron sus ánimos entristecidos y comienzan a contarle, admirándose además que fuera el único forastero de Jerusalén que no se había enterado de cuanto había sucedido. ¿Eres tú el único que no sabes todo lo que ha pasado estos días? Y a su manera, desde su tristeza y desánimo, con la visión ahora llena de desesperanza le cuentan lo sucedido.
Pero quien les acompañaba sabe más de lo que aparentaba, porque les iba dando explicaciones y sentido a lo que ellos le habían contado. Les hace recapacitar y recordar las Escrituras, donde todo estaba anunciado. La conversación se vuelve amena, el tiempo vuela y el camino se acaba, pero dentro de ellos estaba sucediendo algo aunque no se sabían explicar lo que les estaba pasando. Luego dirán que les ardía el corazón mientras El les hablaba y les explicaba las Escrituras.
Aquellos hombres que iban encerrados en sí mismos comenzaron a sentirse distintos y ya no solo abrían las ventanas de su alma sino que les estaban abriendo las puertas de su corazón y de sus casas. No sigas caminando, los caminos están llenos de peligros, quédate con nosotros que ya es muy tarde. Cómo hemos repetido nosotros a través de los siglos esa misma súplica y esa misma petición llena de buenos deseos.
Y entró para quedarse con ellos y se sentó a la mesa. La hospitalidad estaba pronta. El pan estaba servido en la mesa y al forastero como huésped le tocó partir el pan. Fue suficiente para que se les abrieran los ojos. Era El. El Señor resucitado estaba en medio de ellos y con ellos había hecho el camino. Ahora lo comprendieron todo. Les había abierto el entendimiento para que entendieran las Escrituras y al partir el pan lo reconocieron. Su mente se había abierto, pero también se había abierto el corazón.
Dispuestos estaban a compartir y esa era la señal de que Jesús estaba con ellos. Cómo les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras por el camino. Ellos habían realizado el camino y Jesús caminaba con ellos. El camino les había interpelado por dentro y comenzaron a ver de manera distinta. Nadie podía hacer el camino por ellos, era algo que tenían que vivir y así podrían reconocer a Cristo resucitado.
La experiencia vivida era única e irrepetible y ahora había que anunciarla. Corren ahora a Jerusalén para contar todo lo que les había sucedido y como lo habían reconocido al partir el pan. Ellos también contaban sus experiencias. Era la vida de Cristo resucitado que estaba entre ellos, donde de nuevo se dejaría sentir su presencia.
¿No tendríamos que ser nosotros también compañero de camino de tantos que tristes y desalentados caminan los caminos de la vida?

martes, 3 de septiembre de 2019

Tenemos que transmitir con algo más que palabras, con el testimonio de nuestras obras, la autoridad del mensaje de Jesús que queremos llevar a los demás


Tenemos que transmitir con algo más que palabras, con el testimonio de nuestras obras, la autoridad del mensaje de Jesús que queremos llevar a los demás

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26;  Lucas 4, 31-37
Todos tenemos experiencia de habernos encontrado en la vida con personas que nos merecen toda admiración y respeto a las que escuchamos con gusto porque sus palabras están llenas de sabiduría en su sencillez, pero que nos llegan hondo al corazón. Son personas humildes y sencillas, personas de gran corazón y con una paz en su alma que trasmiten a través de todos los sentidos, y en quienes vemos reflejadas todas aquellas sabias consideraciones que nos hacen. La autoridad de sus palabras está en su porte, en su manera de ser y de estar, en esa ternura con que nos trasmiten sus sabios consejos. Nos quedaríamos para siempre con ellos escuchándoles y bebiéndonos sus palabras.
Hoy nos dice el evangelio cómo las gentes estaban asombradas por la autoridad con que hablaba Jesús y la sabiduría de sus palabras. Allá en la sinagoga de Nazaret al principio se habían visto sorprendidos, aunque luego la cerrazón de su corazón les llevara finalmente a rechazarle. Pero allí con el texto del profeta proclamado y que El decía que aquella Escritura se estaba cumpliendo en el hoy y allí que estaban viviendo, había anunciado que el Espíritu del Señor estaba sobre El que le enviaba a anunciaba la Buena Nueva a los pobres y la liberación a los oprimidos por el diablo.
De nuevo podía decir ahora en Cafarnaún que aquella Escritura allí se estaba cumpliendo. Les ensañaba como solo podía hacerlo El que era el verdadero maestro para todos, pero además los signos anunciados allí se estaban realizando. En medio de las gentes, ahora en la sinagoga de Cafarnaún, había un hombre poseído por un espíritu inmundo que incluso se pone a gritar interrumpiendo al mismo Jesús y a todos. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios’.
Era, sí, un reconocimiento de quien era Jesús, aunque las gentes aun no lo habían reconocido como tal. Pero ellos era solamente el Maestro, cuanto más reconocerían que un profeta había aparecido en medio de ellos, pero aquel hombre poseído por el maligno lo estaba reconociendo como el Santo de Dios. Era en cierto modo un reconocimiento de que era el Hijo de Dios.
Pero eran los signos del Reino de Dios que llegaba. ‘Cierra la boca y sal’, fueron las palabras de Jesús. Y aquel hombre quedó liberado del mal. No es extraño que la gente se quedara admirada por la autoridad de las Palabras de Jesús. ‘¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.» Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca’. Y es que en Jesús podemos ver esas señales de autoridad de las que antes hablábamos y que nos hacia admirar la sabiduría  de aquellos hombres que decíamos nos agradaba escuchar. Era la liberación del mal, la buena noticia para los pobres y los oprimidos.
Era la obra de Jesús pero que tiene que ser también nuestra obra. Si hemos venido considerando la autoridad de las palabras de Jesús porque a sus palabras acompañaban los signos, quizá tendríamos que estarnos planteando qué autoridad tienen nuestras palabras cuando queremos hacer el anuncio de Jesús.
Cada cristiano tiene que ser un mensajero. Esa misión nos confió Jesús. Y queremos enseñar, queremos trasmitir el evangelio, queremos despertar la fe en el mundo que nos rodea, pero ¿creerán nuestras palabras? ¿No estaremos muchas veces haciendo una enseñanza teórica de Jesús y del evangelio? Nos hace falta algo más, nos hace falta que transmitamos en nuestras palabras esa autoridad del mensaje del evangelio.
No son solo palabras lo que tenemos que trasmitir, lo que tenemos que enseñar. Nos hace falta dar signos de esa liberación del mal. ¿Tenemos que ir haciendo milagros, cosas extraordinarias?
Cosas extraordinarias no hace falta, sino que vayamos dando en las cosas pequeñas de cada día signos de esa liberación del mal. Empezando por nosotros mismos con el estilo y sentido de nuestra vida, con el testimonio que demos a través de nuestras obras, de nuestra manera de vivir de que estamos en verdad liberados del mal. Hay tantos males que nos acechan, que nos dominan, que nos esclavizan y no terminamos de dar esas señales. De la misma manera que tenemos que ser signos en los demás, en lo que luchemos por la liberación del mal en cuantos nos rodean. Son las obras del amor, de un amor comprometido, que tenemos que realizar. Será la autoridad con que podamos presentarnos para hablar de Jesús.