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miércoles, 8 de abril de 2026

Dios nos sale al encuentro en las distintas situaciones de la vida, pero por nuestros gestos hemos de ser signos para los demás de esa presencia del Señor

 


Dios nos sale al encuentro en las distintas situaciones de la vida, pero por nuestros gestos hemos de ser signos para los demás de esa presencia del Señor

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Caminantes de la desolación nos podemos encontrar fácilmente todos los días, si acaso no nos sucede a nosotros también que en medio de nuestras frustraciones nos encontramos alguna vez haciendo también ese camino de desolación. Creo que es una dura experiencia por la que podemos haber pasado quizás más de una vez y cuánto hubiéramos deseado en momentos así encontrar a alguien que se detuviera junto a nosotros al menos para escucharnos, aunque aparentemente no nos diera ningún remedio para esa desolación. Que hay a nuestro lado muchas personas que caminan de esa manera es una realidad que no podemos negar, aunque no siempre seamos capaces de reconocer nuestras negruras o dejarnos ayudar.

Así iban aquella tarde aquellos dos discípulos camino de su pueblo; parecía que el mundo se les había venido abajo, y cuando estamos en un estado de depresión así no hacemos sino darle vueltas y más vueltas a lo mismo porque no nos cabe en la cabeza lo sucedido y ya hasta nos cegamos para no ver a los que caminan a nuestro lado. Marchaban de Jerusalén después de lo sucedido en aquellos días de pascua que para ellos había sido bien amarga, se habían derrumbado todas las ilusiones que habían puesto en el Maestro de Galilea y podía dar la impresión de que todo sonaba a fracaso; se habían mantenido hasta última hora por lo que Él había prometido, pero aunque el sepulcro lo habían encontrado vacío a Él no le habían visto resucitado; era cierto que algunas mujeres venían contando de apariciones de ángeles y más cosas misteriosas pero no las habían creído. Ahora marchaban entristecidos a su pueblo que no distaba mucho de Jerusalén.

Así había llegado al mismo tiempo que las sombras de la noche aquel caminante que se había interesado por su estado de ánimo. Y ellos se lo habían explicado, habían desahogado su corazón, y Él les escuchaba atenta y pacientemente. Pero también pacientemente había comenzado a dar respuesta, les recordaba lo anunciado en las Escrituras y se sentían embebecidos con sus palabras. Por eso al llegar a su destino Él quería seguir haciendo camino a pesar de la noche - ¿sería que aún no había llegado del todo la luz a aquellos corazones? – pero ellos generosamente le habían ofrecido su hospitalidad, para evitar quizás que se viera en peligro en aquellos caminos que les parecían azarosos, o quizás también porque no quería separarse de Él y querían seguir disfrutando de su conversación que les había hecho sentirse distintos en su interior.

‘¡Quédate con nosotros, porque atardece!’, le dijeron. Y se sentaron a la mesa en ese sentido de hospitalidad tan hermoso en aquellos lugares. Y entonces sucedió lo que verdaderamente les sorprendió. Entre las penumbras normales en aquellas casas cuando entraba la noche a la hora de partir el pan fueron sus vidas las que se iluminaron, porque lo reconocieron. Era el Señor. Cómo ardía su corazón mientras les hablaba por el camino comienzan a reconocer ahora. Y aunque ya no le veían tenían la certeza de que allí había estado con ellos. Y corrieron de nuevo a Jerusalén y ahora la noche no importaba porque ellos llevaban una nueva luz en sus corazones para ir a contar a los discípulos lo que les había sucedido por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan.

Dios nos sale al encuentro cuando menos lo esperamos, Dios nos sale al encuentro en esos momentos también de turbación y desaliento en el que podamos vivir. Solamente dejémonos conducir que llegará el momento en el que le reconozcamos. Puede venir como aquel caminante que se interesó por su estado de ánimo, puede llegarnos en una buena palabra que escuchamos en labios de alguien y nos despierta de nuestros aturdimientos, puede llegarnos en ese gesto que no esperábamos pero que alguien tuvo con nosotros de detenerse a la vera de nuestro camino, puede llegarnos en esa sonrisa de alguien que nos cautiva y nos hace pensar en algo nuevo y distinto; puede llegarnos el Señor de muchas maneras, pero pensemos también cómo nosotros podemos hacer llegar esa presencia del Señor junto a ese que sufre a nuestro lado, que va frustrado por la vida y contra todo se rebela, que llora la pérdida de un ser querido o no sabe afrontar una grave enfermedad que ha visitado su vida; ahí tiene que estar nuestra palabra, nuestra presencia y cercanía, nuestra mirada llena de cariño y el interés que mostremos por su estado de ánimo… son tantos los signos y los gestos con los que podemos estar haciendo presente a Jesús en la vida de los demás.

Salgamos y pongámonos en camino.


miércoles, 23 de abril de 2025

Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

 


Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Ni me daba cuenta que eras tú, nos ha pasado más de una vez. Ensimismados en nuestras cosas, absortos en lo que estábamos haciendo, alguien llegó y nos dijo algo, respondimos quizás con respuestas incongruentes, ni siquiera miramos a quien nos hablaba y si respondimos fue de una forma mecánica sin prestar atención ni a lo que nos decían ni a lo que nosotros mismos respondíamos; fue necesario que aquella persona nos mostrara quizás su impaciencia o desconcierto porque nos enterábamos de lo que nos decía, para entonces mirarla y darnos cuenta realmente quien era y que nosotros la conocíamos. Después de nuestra parte todo se quedó en disculpas que de nada ya valían.

De forma parecida caminaban aquellos dos discípulos rumbo a su pueblo con la decepción pintada en sus rostros y el desánimo desbordándose de su alma. Todas las esperanzas que tenían se habían venido abajo con lo sucedido aquellos días en Jerusalén; se habían quedado esperando si serían ciertos los anuncios que Jesús había hecho, pero ya sabían que el sepulcro estaba vacío, porque las mujeres habían ido bien temprano y así lo habían encontrado; les hablaban de apariciones de ángeles, pero ellos se lo habían tomado como visiones de mujeres.

Tan ensimismados iban en sus pensamientos que casi de entrada no prestan atención al que se ha puesto a hacer el camino con ellos y la pregunta de por qué iban con aquellas caras tristes, les habían relatado todo lo sucedido y como habían perdido las esperanzas.  Ni a la cara le habían mirado, estaban ellos para prestar atención a caminantes… pero aquel caminante al que habían sentido como un ignorante que no se había enterado de lo sucedido ahora se ha puesto a hablar y a dar explicaciones de lo anunciado en las Escrituras y del sentido de cuanto había sucedido.

Algo les estaba pasando, algo les estaba llegando por dentro que ahora sí mostraban interés por la conversación y sin saber aun quien les acompañaba, en su insinuación de seguir adelante en el camino, les habían pedido que se quedara porque en la noche los caminos son peligrosos. ‘Quédate con nosotros porque atardece…’ Y le habían convencido.

A la mesa estaban sentados, porque ellos le habían invitado a compartir su pan y los signos y gestos que realiza al partir el pan le abrieron los ojos. Aunque la noche era oscura, así había sido para ellos hasta ese momento, ahora había una luz y un resplandor especial. Reconocieron que era el Señor. Todo cambia y son ellos los que se ponen en camino para su vuelta a Jerusalén porque tienen que comunicar que Jesús había estado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan.

¿Estará Jesús caminando a nuestro paso y nosotros seguiremos ensimismados en nuestras cosas que ni le miramos a la cara ni lo reconocemos? Así vamos caminando por la vida. Nuestras preocupaciones, nuestros intereses, nuestras practicas religiosas incluso que no podemos dejar porque pareciera que nos falta algo, nuestras carreras o nuestros abatimientos y hay alguien que está a nuestro lado y no lo vemos. Abramos más los ojos en los caminos de la vida para ver con quien nos vamos encontrando. No demos por sabido que ya los conocemos, porque algo nuevo podemos encontrar en esas personas con las que nos cruzamos; y es que Jesús está viniendo a hacer el camino con nosotros y no terminamos de darnos cuenta.

¿Qué luz tendríamos que encender que fuera como una alarma que nos recuerda que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con la que nos cruzamos todos los días y ni siquiera le miramos a la cara incluso aunque le digamos buenos días? Pero es que muchas veces por no verlos ni los buenos días les damos y seguimos de largo. ¿Estará esperándonos ahí Jesús?

miércoles, 7 de abril de 2021

Las palabras de Jesús les sabían a bálsamo que curaba sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras

 


Las palabras de Jesús les sabían a bálsamo que curaba sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Sal 104;  Lucas 24, 13-35

Las decepciones producen fuertes heridas en el alma que son difíciles de curar; son heridas que se enconan, y que más y más van produciendo turbulencias en el alma con el peligro de que todo quede arrasado como tras un temporal. Por una parte hemos de tener cuidado de no herir a nadie de esa forma por el daño que le hacemos, pero también hemos de tener cuidado por nosotros mismos de donde ponemos nuestras esperanzas; todos soñamos y en nuestros sueño podemos imaginar cosas maravillosas pero que se quedan en sueños, por eso hemos de saber distinguir la realidad, aunque algunas veces se nos hace bien difícil por los deseos que podamos llevar en el corazón.

El anciano Simeón anunció que Jesús iba a ser un signo de contradicción y su presencia, su persona y su vida iba a servir para que muchos se decantaran, se aclararan y vieran cual partido tomar, qué dirección le dan a su vida y donde ponen sus esperanzas. En torno a los discípulos cercanos a Jesús también se produjeron esas crisis. Todos aquellos momentos de la pasión fueron amargos para quienes habían puesto en Jesús sus esperanzas y a pesar de los anuncios que El había hecho continuamente no terminaron de entender lo que estaba sucediendo.

El arranque de todo aquello con la traición de Judas fue un momento de decepción probablemente de aquel apóstol que en sus deseos y en su imaginación podía haber soñado con otro estilo y sentido de mesianismo, unido a su afán al dinero que hacía que se le pegaran los dedos en tremendas tentaciones concluyó con el abandono y la traición. Y así podríamos pensar en los demás discípulos. ‘Todos le abandonaron y huyeron’, quienes se atrevieron a acercarse a donde estaban sucediendo los hechos, la cobardía les pudo y vinieron las negaciones como las de Pedro, otros abandonaron lo que había sido su refugio en aquellos días, como Tomás que no estaba presente en la primera aparición en el Cenáculo.

Hoy nos habla el evangelio de otros dos decepcionados, los llamados discípulos de Emaús por aquello del pueblo al que se dirigían. Iban tristes en el camino y no hacían sino darle la vuelta a lo mismo una y otra vez, pero al final abandonaron Jerusalén para irse a lo que podría ser su lugar de origen, Emaús. Y así, en esa tristeza y decepción, los encuentra aquel caminante que parece que no sabe nada o no se quiere enterar.

‘¿Eres tú el único de Jerusalén que no sabe lo que allí ha pasado estos días?’ Y le cuentan dándole vueltas al tema una vez más las esperanzas que habían puesto en Jesús, porque pensaban que era el Mesías liberador, pero nada de lo que ellos esperaban se había cumplido, es más, había muerto en la cruz y aunque había prometido que al tercer día resucitaría hasta la fecha ellos no habían visto nada. Y El iba con ellos.

Pero Aquel que parecía que no sabía nada comenzó a explicar y, valiéndose de las Escrituras, la ley y los profetas, les hizo ver que cuanto había sucedido estaba así anunciado en las Escrituras. Y parecía que ellos comenzaban a comprender; al menos sus palabras les sabían a bálsamo que curara sus heridas y más tarde dirán que el corazón les ardía por dentro mientras les explicaba las Escrituras.

Tanta fue la esperanza que comenzó a despertarse en su corazón que le invitaron a quedarse con ellos, porque además los caminos eran peligrosos y se estaba haciendo tarde. No había confinamiento en aquellos momentos, pero por una parte los peligros acechaban, pero quizá lo que era más importante ellos no le querían dejar ir, se sentían a gusto con El. Por eso lo invitan a la mesa, en las bonitas leyes de la hospitalidad. Y es allí en la mesa donde se les abren los ojos para reconocerle. Era verdad, había resucitado el Señor. Estaba allí con ellos y les había acompañado por camino, aunque ahora ya no lo veían. ‘Le reconocieron al partir el pan’.

Por eso corrieron a Jerusalén de nuevo, ya decíamos que no había toque de queda,  porque había que anunciarle al resto de los discípulos lo que a ellos les había pasado y como lo habían reconocido al partir el pan, aunque ya les ardía el corazón mientras les hablaba. Momentos de dicha y de alegría donde todas las heridas se curaron porque reconocieron que las esperanzas que tenían no eran las verdaderas esperanzas.

Ahora sí se había despertado su corazón y se había abierto su espíritu para reconocer de verdad a Jesús y la salvación que El nos ofrece. El Señor también viene a nosotros y camina a nuestro lado, sentémonos con El a la mesa, pero también sepamos hacer un alto en el camino para escucharle, para bebernos sus palabras, para dejar que su Palabra vaya cayendo como rocío fecundo en nuestro corazón o para dejar que esa Palabra como espada de doble filo penetre hasta lo más hondo de nosotros. No nos hará daño sino todo lo contrario porque estará sembrando semillas de vida en nosotros que nos harán dar mucho fruto.

domingo, 26 de abril de 2020

Hacemos camino cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con sus propias experiencias y sus sueños y Jesús viene a nuestro encuentro como a los de Emaús



Hacemos camino cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con sus propias experiencias y sus sueños y Jesús viene a nuestro encuentro como a los de Emaús

Hechos 2, 14. 22-33; Sal 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35
Hacer camino. Es la vida. Es una imagen con la que definimos tantas veces nuestra existencia. Caminamos hacia algo, en búsqueda de algo, en búsqueda de alguien, en búsqueda quizá de nosotros mismos. Hacemos camino y no siempre es fácil. Perdemos el rumbo distraídos en otras cosas en ocasiones; nos desilusionamos y nos cansamos; también está lleno de alegrías; lo hacemos con mucha esperanza; miramos a los que caminan a nuestro lado y nos pueden servir de estimulo y ejemplo, aunque también nos pueden desorientar y confundir; tenemos que hacerlo por nosotros mismos, pero al mismo tiempo contamos con alguien que camine a nuestro lado, nos estimule y nos aliente, nos ayude a encontrar rumbos para alcanzar las metas. Muchas cosas podemos decir del camino; muchas experiencias podríamos contar; muchos recuerdos que nos hacen recapacitar y también ver el camino andado.
Es una imagen que vemos repetida en el evangelio. Jesús caminaba de un lado para otro para hacer el anuncio del Reino; al borde de los caminos se detenía junto a los que sufrían o nos invitaba a subir, a realizar el esfuerzo aunque fuera grande, como subir a la montaña, o subir a Jerusalén sabiendo lo que allí se iba a encontrar; Jesús hace camino y al mismo tiempo es camino; Jesús es pascua porque es paso de Dios, que es paso de amor aunque el amor duela pero en el que al final encontraremos plenitud. Jesús invita a caminar con El, a seguirle aunque sus pasos sean exigentes, aunque signifique cargar con una cruz, aunque tengamos que olvidarnos de nosotros mismos. Algunas veces el camino de Jesús parece que se hace oscuro porque hay dolor, porque hay silencios, porque hay esperas que se hacen largas, porque tenemos que tener la lámpara encendida con suficiente aceite y eso cuesta porque hay que cuidarla para que los vientos no la apaguen.
Hoy nos encontramos en el evangelio con unos discípulos que están haciendo camino y que se les está haciendo difícil; ha sido duro el trago amargo por el que han pasado con la entrega de Jesús que quizá ellos miraban más como una traición o como la maldad de quien quería la muerte de Jesús. Aunque Jesús tantas veces había explicado que subía a Jerusalén pero era El quien se entregaba, no terminaban de comprenderlo. Aquello fue un escándalo que les costaba mucho tragar. Porque para ello Jesús estaba en el sepulcro donde lo habían depositado el viernes en la tarde, aunque las mujeres vinieran diciendo que no estaba el cuerpo de Jesús allí o de unas apariciones que les decían que estaba vivo; pero ellos no le habían visto. Caminaban tristes, desilusionados, con mucha frustración en su espíritu; se volvían a casa.
Alguien se pone a caminar con ellos haciendo su mismo camino y a quien le cuentan sus zozobras y sus desilusiones. Nosotros pensábamos, decían, pero ahora parece que ya no piensan igual. Nosotros esperábamos, comentan, pero ahora parece que todo se ha venido abajo. Ya les cuesta mirarlo como un profeta grande en obras y palabras y como el futuro liberador de Israel. Para ellos todo es oscuro, de manera que no entienden que quien va con ellos no sepa nada de lo que ha sucedido en Jerusalén aquellos días. ¿Eres tú el único que no sabes lo que ha pasado? Pero, ¿quiénes serán en verdad los que no se enteran de nada?
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?’ Tendrán que escuchar con humildad el reproche del caminante. ¿Quién tiene que reprochar a quién? Y comenzará a hablarles, y a explicarles las Escrituras; y su corazón comenzaba a arder de una manera especial y distinta; y la cerrazón de sus mentes y de su corazón se va abriendo; y comenzarán a pensar menos en ellos mismos y más en los demás mostrando ya preocupación por el caminante.
 ‘Quédate con nosotros, se hace tarde…’ le rogaban abriendo las puertas no solo de su casa sino también de su corazón. Y lo que tenían lo compartían; si antes habían compartido sus penas y sus angustias ahora comenzaron a compartir la generosidad de su amor. Se sentaron a la mesa para compartir lo que tenían. Y fue entonces cuando al partir el pan lo reconocieron. Es el Señor. Y ya no importaba que se hiciera de noche sino que partieron de nuevo para Jerusalén para contar cuanto les había sucedido. No podían quedarse en casa a pesar de los peligros de los caminos en la noche. El camino merecía la pena recorrerlo.
Hacemos camino, como decíamos al principio, cada uno con sus circunstancias y sus expectativas, con nuestras propias experiencias y con nuestros sueños. Caminos que también se nos pueden volver difíciles o hacérsenos oscuros, caminos que nos piden esfuerzo y en los que hemos de tener claro hacia donde vamos, caminos en los que a veces nos sentimos frustrados o en los que en alguna ocasión se nos pueden apagar los sueños. Como los discípulos de Emaús.
Pero a nosotros también viene a nuestro encuentro, para caminar a nuestro paso el Señor que se nos puede manifestar de mil maneras, a través de distintos acontecimientos, o también en los que caminan a nuestro lado aunque nos parezca que van a lo suyo. Siempre puede aparecer una luz, que tenemos que saber descubrir. Pero tenemos que saber descubrir al Señor que va a nuestro paso, escucharlo, sentir ese ardor en el corazón o esas palomitas en el estómago.
Seguimos viviendo la Pascua, el paso del Señor en este año tan especial, con estas circunstancias tan especiales. No podremos ir a celebrar la Fracción del Pan pero sí estamos seguros que El está ahí partiendo el pan para nosotros. Su alimento de vida no nos faltará. Que sintamos esa hambre de Dios y le escuchemos; que sintamos esa hambre de Dios y nos preparemos para el momento en que podamos volver a celebrar la Fracción del Pan; ahora al menos espiritualmente nos unimos a El y nos unimos con toda la Iglesia.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Ez. 34, 11-12. 15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
Llegamos a la finalización del año litúrgico. De entrada decir, porque alguien podría decir que nos queda más de un mes para que finalice el año, que el ritmo de la liturgia no sigue exactamente el ritmo del año natural. El ritmo de la liturgia de las celebraciones de los cristianos gira en torno a Cristo, como lo es toda la vida del cristiano.
En cada ciclo anual celebramos los grandes misterios de nuestra redención teniendo como centro del todo la celebración de la Pascua, la celebración de la muerte y la resurrección del Señor. En torno a ello giran todas las conmemoraciones que hacemos del misterio de Cristo en lo que por una parte tenemos siempre unos tiempos que nos preparan y otros tiempos que nos prolongan la celebración del gran misterio de Cristo.
Comenzaremos un nuevo ciclo preparándonos para la celebración del nacimiento de Cristo en las semanas del Adviento que ya iniciaremos el próximo domingo, por eso ahora concluyen el ritmo anual de todas las celebraciones. Y en este último domingo, casi como un compendio de todo lo que hemos venido celebrando proclamamos a Jesucristo Señor y Rey del Universo.
Y su reino no tendrá fin, le había dicho el ángel de la Anunciación a María en Nazaret. Y Jesús había comenzado su tarea pública la llegada del Reino de Dios que estaba cerca y eso nos exigía el creer y convertirnos en esa Buena Nueva. Sí, era una buena nueva, una buena noticia lo que Jesús proclamaba, la llegada del Reino de Dios.
Había que creer en la Palabra que Jesús era y pronunciaba para nosotros y nos exigía una transformación del corazón; un darle la vuelta total al corazón – no eran simplemente arreglitos o remiendos lo que habríamos de hacer - para hacer que en verdad en el Reino de Dios se centrara nuestra vida. Fue el anuncio continúo que siguió realizando en toda su vida; las parábolas, los signos que realizaba, toda la profundidad de su mensaje eran un irnos señalando las características de ese Reino de Dios.
Su entrega hasta la muerte fue la expresión más sublime de lo que habría de significar en nuestra vida el Reino de Dios. No era ya solo el Rey de los judíos, como puso Pilatos en el letrero de la sentencia, sino que se convertía así en el Rey de toda la creación. Se había rebajado como uno de tantos, como un esclavo porque su vida toda era un servicio – no había venido a ser servido sino a servir, le diría a los discípulos – hasta someterse a la muerte mas ignominiosa, la muerte de Cruz. Pero Dios lo levantó y su nombre está por encima de todo nombre en el cielo, en la tierra, en el abismo, como cantarían las primeras comunidades cristianas y san Pablo  nos recoge en sus cartas, y toda lengua proclamará por siempre que Jesús es el Señor. A El la gloria y el imperio, como proclamaremos en la liturgia.
Ese es su trono y la corona de su gloria, el amor y el servicio, la entrega hasta la muerte y el amor y la gracia que derramará ya para siempre sobre todos. Lo proclamamos el Señor; Dios lo constituyó Señor y Mesías, como nos diría san Pedro. Y ahora nosotros hemos de reconocerlo actuando y viviendo en el mismo sentido. Solo podremos proclamar que El es el Señor si nosotros amamos con su mismo amor, y nos hacemos servidores de los demás porque es ahí donde está nuestra grandeza.
Será entonces cómo lo reconoceremos como el Señor, en la fracción del pan y en el amor. La fracción del pan que nos lo hará Eucaristía, ofrenda de amor para siempre; la fracción del pan que realizaremos con nuestra vida cuando nos hacemos pan, cuando nos fraccionamos para los demás, cuando nos hacemos los últimos y los servidores, cuando abramos los ojos de verdad para verle a El en el hambriento y en el pobre, en el que está solo y en el que está sometido a toda clase de sufrimientos, cuando trabajemos por la armonía y la fraternidad para crear la verdadera paz entre los hombres, cuando arranquemos de nuestro corazón toda malicia para mirar con ojos nuevos a todo aquel con quien nos crucemos en el camino, cuando seamos capaces de bajarnos de nuestras cabalgaduras de soberbia y de orgullo para ponernos humildes a los pies del hermano para curar sus heridas, cuando no nos importe sufrir la incomprensión de los demás porque nos hacemos los últimos porque hemos descubierto quizás lo que otros no han descubierto que nuestra verdadera grandeza está en hacernos los últimos y servidores de todos.
Es entonces cuando estamos proclamando que en verdad Jesús es nuestro Rey y nuestro Señor, porque queremos vivir en su Reino, porque queremos vivir esas actitudes y valores nuevos que nos ha enseñado en el evangelio, cuando hemos sabido despojarnos de tantos mantos que disfrazan la realidad de nuestro corazón para saber ser humildes y estar siempre a la altura del otro.
Venid, vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, escucharemos que nos dirá Jesús porque le hemos sabido descubrir de verdad y caminar siempre a su lado cuando hemos caminado al lado del hermano sea quien sea, pero que para nosotros será siempre un hermano.
Así proclamamos hoy que Jesús es Rey del Universo, es nuestro Señor por su Sangre derramada y por su Cuerpo entregado. Es nuestro Salvador, es el Camino y es la Vida, es la Verdad de nuestra vida y el sentido del hombre y del mundo. Por siempre yo cantaré tu nombre, Señor, porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

miércoles, 23 de abril de 2014

Jesús camina a nuestro lado y muchas veces se nos ciegan los ojos y no somos capaces de reconocerle

Jesús camina a nuestro lado y muchas veces se nos ciegan los ojos y no somos capaces de reconocerle

Hechos, 3, 1-10; Sal. 104; Lc. 24, 13-35
Cuando se pierden las esperanzas los caminos se nos hacen oscuros y peligrosos. Sin esperanza cualquier problema o dificultad se nos convierte en un tormento, nos angustia y nos impide caminar. Es como si se nos trabaran los pies y en todo paso fuéramos tropezando haciéndonos imposible el avanzar.
Los discípulos que iban a Emaús habían perdido toda esperanza. La noche se les echaba encima, no solo porque el sol se estuviera ocultando por el poniente, sino porque no habían sabido vislumbrar la luz del sol que verdaderamente les iluminara. Aunque aquellos pesares y oscuridades al final  les serviría para algo, porque terminarían abriéndose a lo trascendente y a lo que verdaderamente tiene valor.
‘Nosotros esperábamos…’ le dicen al peregrino que se ha puesto a caminar a su paso y les pregunta por qué andan tan tristes y apenados. Como ellos andaban envueltos en tristezas y angustias les parecía imposible que todos no estuvieran de la misma manera. ‘¿Eres tú el único forastero en estos días en Jerusalén que no te has enterado de lo que ha pasado?’ Y comienzan a hablarle de Jesús. En el habían puesto su fe y su esperanza. ‘Nosotros esperábamos que el fuera el futuro libertador de Israel’. Y le hablan de su condena a muerte, de que las mujeres fueron de mañana al sepulcro y ahora han venido contando visiones de ángeles que aseguraban que está vivo. Hasta algunos de los discípulos fueron al sepulcro que lo encontraron como habían dicho las mujeres, pero a El no lo han visto. Se habían hecho una idea de Jesús y no habían sabido reconocerle tal como Jesús realmente era y había querido hacerse presente.
Y Jesús iba caminando con ellos. Y si los discípulos que habían ido al sepulcro a El no lo vieron, ellos tampoco ahora eran capaces de reconocerlo. Pero El comenzó a hablarles y a explicarles pacientemente la Escrituras. Y entre conversación y conversación llegaron al pueblo donde se dirigían, a Emaús, pero el forastero quería seguir adelante. Es cuando ellos ahora en lugar de pensar en sí mismos, comienzan a preocuparse por aquel forastero por aquellos caminos en la noche, y más en la oscuridad de la noche en la que ellos se encontraban.
‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída’, le dicen ofreciéndole la hospitalidad de su casa y su mesa. A pesar de las oscuridades que ellos llevaban dentro querían ofrecer luz y abrigo, porque algo bueno aún había en su corazón, que además se había ido despertando de una forma extraña mientras El les hablaba.
Sentados a la mesa, a la hora de partir el pan se les abrieron los ojos, lo reconocieron. Era El. Allí estaba aunque ahora ya no lo veían. Pero no hacía falta porque comienzan a reconocer su nueva presencia. ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’ se preguntan.
Se había acabado la oscuridad porque ahora sus ojos, los ojos más profundos de su vida, sí tenían luz, lo habían reconocido en la fracción del pan y se dieron cuenta también que en aquella Palabra que habían venido escuchando estaba Jesús. Ya no importan las sombras de la noche y no temen ningún peligro, porque Jesús ha estado con ellos y su Espíritu ahora para siempre los acompaña. Vuelven de nuevo a Jerusalén pero sus corazones van llenos de luz y ahora la loza pesada de las desesperanzas se ha roto hecha añicos. Ahora sí hay esperanza y vida en sus corazones.
Se volvieron a Jerusalén donde contaron todo lo que les había sucedido por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Todos comentaban ya que era verdad que Jesús había resucitado.

¿No estará caminando Jesús a nuestro lado tantas veces y quizá nuestros ojos están obcecados y no somos capaces de reconocerlo? De muchas maneras el nos va repartiendo el pan de su palabra cada día para alimentar nuestra vida y hacer enardecer nuestro corazón. Pero nos puede suceder algo más. ¿No podría incluso sucedernos que estemos con El en la fracción del pan y tampoco le reconozcamos? Cuantas veces venimos a la Eucaristía, a la Fracción del Pan, y salimos sin haberle reconocido ni sentido, sin haber sentido el ardor de su presencia y de su gracia en nuestro corazón.

domingo, 8 de mayo de 2011

Emaús un camino de ida y vuelta

Hechos, 2, 14.22-33;

Sal. 15;

1Pd. 1, 17-21;

Lc. 24, 13-35

El camino de Emaús es un camino de ida y vuelta. El camino que hicieron aquellos discípulos que habían perdido la esperanza y se hallaban hundidos en un mar de dudas y desesperanzas pero que a la vuelta fue un camino de carreras de alegría y de gozo inmenso. ¿Será nuestro camino? ¿Será el camino que hacemos o que tenemos que hacer?

Cuando en este tercer domingo de Pascua escuchamos este relato se nos ilumina el corazón por dentro y sentimos renacer también en nosotros esperanzas y alegrías, encontrando respuesta a oscuridades y dudas. Aunque seguimos viviendo la alegría de la fiesta de la Pascua también tenemos el peligro de perder el ritmo o de volver a nuestras rutinas olvidando quizá un poco todo lo hermoso que hemos vivido en estos días pasados.

Aquellos discípulos parecía que habían perdido la esperanza. Andaban tristes y preocupados. El peso que llevaban en el alma incluso les cegaba sus ojos para no ver y reconocer precisamente a quien tanto habían buscado. ‘Jesús en persona se acercó a ellos y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo’.

Pero ahí está Jesús donde están nuestras dudas y pesimismos, nuestros desalientos y desilusiones. El quiere ser siempre luz que ilumine, espíritu vivificador que levante el ánimo, gracia que nos fortifique y aliente.

Aquellos discípulos estaban pasando por una fuerte crisis. Habían puesto sus esperanzas en Jesús y parecía que ahora todo se venía abajo con un fracaso. Ellos se sentían defraudados y fracasado. ‘Nosotros esperábamos que El fuera el futuro liberador de Israel… fue un profeta poderoso en obras y palabras… los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte… hace dos días que sucedió todo esto y aunque el sepulcro está vacío a El no lo vieron…’

Todo se venía abajo y no parecía que pudiera levantarse de nuevo. La cruz había sido un escándalo muy fuerte y difícil de superar. Tantas veces sucede cuando tenemos que enfrentarnos en la vida a la cruz, al dolor, al sufrimiento, a la incomprensión, a los malos momentos. Se nos tambalea la vida bajo los pies y todos nuestros principios y creencias parece que desaparecieran.

Ellos habían contemplado todo aquello que había sucedido, pero quizá les había faltado una mirada de fe, un leer los hechos y la historia también a la luz de la Palabra de Dios, de la ley y los profetas. Pero allí está Jesús, pero ellos todavía no lo ven ni lo reconocen, aunque luego dirán que algo habían estado comenzando a sentir por dentro cuando El les hablaba.

‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’.

A la luz de la Palabra del Señor tenemos que saber leer la vida y nuestra historia. Es el Señor el que nos habla y nos habla allá en lo más hondo de nosotros, pero no tenemos que ofuscarnos, velar nuestros ojos por aquello que nos sucede, sino abrir nuestro espíritu a Dios que en todo eso se nos quiere manifestar.

Comenzaron a sentir algo nuevo. Parecía que la paz llegaba a su corazón porque ya fueron capaces de no solo pensar en sí mismos y sus preocupaciones sino también en bien de los demás. ‘Quédate con nosotros que se hace tarde…’ La noche es oscura, los caminos son difíciles y peligrosos. Bien lo sabían ellos que habían andado indefensos por esos caminos que tanta turbación les habían producido en su alma. Y le ofrecieron hospitalidad.

Faltaba algo más. Habían ido haciendo el camino de ida que había comenzado con mucho dolor y angustia y en el que se habían ido sucediendo muchas cosas. Faltaba el chispazo de luz definitivo que les haría emprender un camino de vuelta bien distinto. ‘Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció’.

Era El. Jesús resucitado les había acompañado por el camino y les había abierto los ojos. Las escamas de la duda, de la desesperanza, del desánimo se cayeron de sus ojos y ahora podían emprender el camino de vuelta. Ya no importaba la noche, porque los peligros habían desaparecido. Llevaban muy dentro de su corazón a Jesús resucitado con ellos. Les seguía ardiendo el corazón por el gozo y la alegría, por la presencia de Jesús que estaban sintiendo dentro de ellos. Ahora era un camino de carreras porque era un camino de alegría. Qué pesarosos y lentos vamos cuando sentimos el peso del dolor o de la duda sobre nosotros. Qué distinto es nuestro caminar cuando llenos de alegría vamos movidos por el Espíritu del Señor.

Nos preguntábamos al principio si ese camino de Emaús es nuestro camino, el que hacemos o el que tenemos que hacer. Es también, sí, nuestro camino. Porque muchas veces también nos pesa la duda, el desánimo, el cansancio; muchas veces parece que nos sentimos sin fuerzas y sin estímulo para nuestras luchas; muchas veces parece que simplemente nos arrastramos o nos dejamos llevar por negruras y oscuridades. La Cruz bajo cualquier forma que se nos presente en la vida nos llena de incertidumbres, duda, dolor y nos puede hacer entrar en crisis también.

Pero tiene que ser el camino en el que dejemos que Jesús nos acompañe; aprendamos a descubrirle y no se nos cierre nuestra mente. Tratemos en medio de esos nubarrones por los que podamos pasar de escucharle que El sigue hablándonos en las Escrituras y bien sabemos que tiene muchas maneras de llegar a nuestro corazón. Hagámosle un hueco en nuestra vida, en nuestro camino, escuchemos su conversación pero también contémosle lo que nos pasa que El tiene siempre una palabra de vida para nosotros. Con El a nuestro lado llegaremos a entender el camino de la cruz.

Es nuestro camino en el que también nos sentaremos a la mesa con El y El partirá el pan para nosotros, porque en ese partir el pan también tenemos que reconocerle. Ahora mismo estamos reunidos en Eucaristía, para la fracción del Pan, para comer a Cristo que se nos da y se hace nuestro alimento y nuestra vida. Abramos los ojos de la fe de par en par para verle, para sentirle, para llenarnos de El.

Y también tenemos que hacer el camino de vuelta, el camino del gozo y de la alegría, el camino en que ha renacido nuestra vida y nuestras esperanzas, el camino en el que estamos llenos de un amor nuevo y de una valentía grande, el camino en el que su Espíritu pone alas en nuestros pies para ir a anunciar a los demás que es verdad que Jesús ha resucitado, que está con nosotros, que nos llena de vida, que nos ha traído la salvación. Quien se encuentra con Cristo resucitado, ya lo hemos reflexionado, necesariamente tiene que convertirse en mensajero, en misionero de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.

miércoles, 27 de abril de 2011

Quédate con nosotros para que no haya nunca más noche en nuestra vida

Hechos, 3, 1-10;

Sal. 104;

Lc. 24, 13-35

‘Quédate con nosotros porque atardece, y el día va de caída’, le dijeron aquellos hospitalarios discípulos de Emaús para que no siguiera adelante. ¿Era sólo porque se hacía de noche, lo caminos podían ser peligrosos y le ofrecían su hospitalidad tan generosa? ¿O era quizá que ellos estaban presintiendo que si Jesús los dejaba y seguía su camino era para ellos para los que se les hacía la noche y todo se les volvía a poner oscuro?

¿No estarían diciéndole en cierto modo quédate con nosotros, no nos dejes porque contigo comprendemos mejor las Escrituras, porque contigo sentimos como arde de amor de una forma distinta nuestro corazón? ¿No le estarían diciendo quédate con nosotros para que no haya nunca más noche y oscuridad en nuestra vida?

¡Qué distintas eran las sensaciones de aquellos dos discípulos caminantes antes y después del encuentro con Jesús! ‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?’ y dice el evangelista que ‘ellos se detuvieron preocupados’. Iban tristes, discutían una y otra vez todo lo que había sucedido en aquellos días, no terminaban de creer que podía haber resucitado a pesar de que las mujeres y algunos de los discípulos habían ido al sepulcro y lo habían encontrado vacío.

Pero desde que Jesús está con ellos, aunque sus ojos seguían velados y no lo reconocían, comenzaron a sentir dentro de ellos algo distinto. Comenzaron a entender las Escrituras que Jesús les estaba explicando. Luego dirían ‘¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’

Sentados a la mesa lo reconocerían en la fracción del pan. ‘Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A Ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Aunque ahora desapareció y ya no estaba, pero todo había cambiado. Aquellos que antes estaban preocupados y muy encerrados quizá en si mismos, ahora con la presencia de Jesús se llenaron de alegría y todo comenzaba a ser distinto. Se les habían abierto los ojos y descubrieron la presencia de Jesús. Serán ellos ahora los que corran de nuevo a Jerusalén, aunque sea de noche ya no temen hacer el camino, para anunciar a todos lo que había sucedido.

Allí se encontrarían que ellos estaban experimentando la misma alegría. ‘Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.

Muchas cosas podemos considerar a partir de este texto tan hermoso. Necesitamos, diría en primer lugar, dejarnos encontrar por Jesús. El viene a nuestro encuentro; muchas veces andamos preocupados por nuestras cosas y podemos tener el peligro de no darnos cuenta de su presencia junto a nosotros. El también nos va hablando muchas veces ahí en nuestro corazón. La fuerza de su Espíritu nos ayuda a comprender también las Escrituras, a comprender todo lo que es el Misterio de Dios que se nos manifiesta.

Un camino también para reconocer a Jesús, para saber descubrirle, verle y sentirle, es abrirnos a la hospitalidad; ser capaces de abrirnos a los otros, abrirnos al amor. Aquellos discípulos estaban cumpliendo con la ley de la hospitalidad que podemos decir estaban ya cumpliendo con el mandamiento del amor que Jesús les había enseñado, y comenzaron por acoger a aquel peregrino o caminante para ellos hasta entonces desconocido. Y se encontraron con Jesús. Cuando sepamos acoger a los otros, sea quien sea, sabemos que vamos a acoger a Jesús, lo que le hagamos a los otros es a Jesús a quien se lo estamos haciendo. ‘Era peregrino y me acogísteis’.

Y lo reconocieron al partir el pan, como tenemos nosotros que reconocerlo ahora presente entre nosotros al partir el pan, al celebrar la Fracción del Pan, al celebrar la Eucaristía. Aquí está también con nosotros Jesús. Pongamos toda nuestra fe en El y alimentemos nuestra fe y nuestra vida con su gracia, con el Pan de Vida que quiere darnos, con la Eucaristía de su Cuerpo y Sangre verdadero con que quiere alimentarnos.

miércoles, 15 de abril de 2009

Camina a nuestro lado y no lo reconocemos

Hechos, 3, 1-10
Sal. 104
Lc. 24, 13-35


‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron preocupados…’ dice el evangelista a la pregunta que les hace el extraño caminante que se les ha unido.
Se sienten tan frustrados y desesperanzados que sus ojos estaban ciegos. Sólo piensan en pasado mientras no caen en la cuenta de lo hermoso del momento presente.
‘¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?’ ‘Ha pasado… fue un profeta poderoso en obras y palabras… nosotros esperábamos… les habían dicho… no encontraron su cuerpo… las mujeres vinieron contando que habían visto…’ Hablan de Jesús en pasado pero no ven el momento presente. La muerte de Jesús les había llenado la vida de sombras y todavía ellos no habían visto la luz de la resurrección.
Y Jesús estaba con ellos como con nosotros tantas veces cuando en el camino de la vida nos sentimos desalentados, las cosas no nos salen como nosotros quisiéramos, recibimos desaires que nos hieren y hacen sentir mal. También nosotros nos cegamos y nos cuesta ver esa presencia de Jesús.
Hubo una cosa buena en aquellos caminantes de Emaús. A pesar del estado de ánimo se dejaron enseñar por Jesús. Casi sin darse cuenta ellos, una vez que desahogaron sus penas y tristezas, Jesús tomó la palabra y comenzó a enseñarles. Ellos, como dirían luego, le escuchaban a gusto y les ardía el corazón. ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’
Jesús les explicaba el sentido de las cosas que a ellos hasta ese momento tanto les había costado aceptar y comprender. ‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’.
Escuchando la Palabra de Jesús el corazón se les fue abriendo hasta que surge el gesto generoso de la hospitalidad. ‘Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’… se hace de noche si tú no estás con nosotros, y no queremos perder tu luz, es como si le dijeran.
Será entonces sentados a la mesa del amor y la hospitalidad cuando al partir el par lo reconocieron. ‘Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron’. Aunque luego ya sus ojos no lo verán, saltarán de alegría porque Jesús estuvo con ellos. Ya tenían luz en el corazón y no importaba lo oscuro del camino para volver a Jerusalén. ‘Les contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan’.
Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús en cualquiera que sea la situación de nuestra vida en que nos encontremos. Dejarnos encontrar y escucharle. Dejarnos llenar de luz. Dejar que se caldee de nuevo nuestro corazón. Reconocerle en lo hondo del corazón y reconocerle en la fracción del pan. Muchas oscuridades desaparecerán de nuestra vida.