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lunes, 2 de febrero de 2026

El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 


El Salvador ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel, el nuevo pueblo de Dios

 Malaquías 3,1-41; Salmo 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando… el mensajero de la alianza… mirad que está llegado, dice el Señor del universo’. Así nos hablaba el profeta. ‘¿Quien resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada?’. Pero el salmo íbamos encontrando respuesta. ‘¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el rey de la gloria’.

Nos llenamos de solemnidad porque el momento es importante. Es importante lo que  hoy estamos celebrando que es algo más que el cumplimiento ritual de una ofrenda, en la que todo primogénito varón había de ser presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Efectivamente para aquel cumplimiento ritual de la ley de Moisés aquel matrimonio joven cruzó los umbrales del templo con un niño en brazos. Podría parecer uno de tantos entre otras familias que venían también para ese ofrecimiento ritual.

Y así nos lo va narrando el evangelista, la presentación de Jesús en el templo a los cuarenta días de su nacimiento. Pero allí había un anciano lleno del Espíritu del Señor que aguardaba ese momento. Había recibido un oráculo del Señor de que no vería la muerte sin haber contemplado sus ojos al Salvador esperado. Por eso, sin ser sacerdote encargado de recibir aquellas ofrendas se adelanta tomando al niño en sus brazos para sorpresa de todos y prorrumpe en un cántico de alabanza al Señor. Allí se estaba cumpliendo lo anunciado por el profeta aunque pareciera que el momento no tenía la solemnidad de los anunciado por el profeta y cantado por los salmos.

Allí está aquel anciano que guiado por el Espíritu del Señor viene todos los días al templo para prorrumpir en ese cántico de alabanza al Señor. Es la entrada del mensajero de la nueva alianza; tienen que abrirse y agrandarse los umbrales y los dinteles de las puertas porque allí, en aquel niño, está ‘el Señor de la gloria, es el Señor, Dios del Universo, es el Rey de la gloria’. Los hombres tendemos a poner toda la solemnidad y hasta pomposidad de nuestros gestos y de nuestros ritos, pero la manera de actuar de Dios es de otra manera. Había querido nacer pobre, tan pobre que ni en la posada había sitio para su nacimiento, teniendo que refugiarse María y José en un establo y ser recostado entre las pajas de un pesebre todo un Dios que nacía haciéndose hombre. Ahora esa entrada que tendría que ser triunfal en el templo pasa casi desapercibida en la presencia de un niño en brazos de sus padres que por pobres harán la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas.

Pero el Anciano Simeón está cantando la gloria del Señor y siendo profeta que recibía a Dios en su templo pero que anunciaba el signo de contradicción que significaba para ser nuestro Salvador. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

El Salvador que ha sido presentado a todos los pueblos como luz para alumbrar a las naciones y para gloria de su nuevo pueblo de Israel. Es el momento solemne que hoy nosotros celebramos en la entrada de Jesús en el templo. Pero algo nuevo y distinto va a suceder porque desde ahora el verdadero templo de Dios es Jesús, en quien Dios se nos manifiesta, y por quien nos viene la salvación. Pero va a comenzar a haber un nuevo templo en la medida en que aceptamos por la fe en Jesús y nos unimos a El, para con El ser también sacerdotes, profetas y reyes.

Vamos nosotros a ser ungidos también por el Espíritu del Señor para convertirnos en templos de Dios. Así tenemos que ser esa señal de Dios en medio de los que nos rodean, en signos de la presencia de Dios en medio de nuestro mundo. Si un día veremos a Jesús purificando aquel templo de Jerusalén que en lugar de casa de oración parecía más una cueva de ladrones, es la purificación con que hemos de vivir nuestra vida, la santidad que ha de brillar en nuestra vida para que demos esas señales de Dios en medio del mundo.

El anciano Simeón nos está enseñando a descubrir esas señales de Dios en lo pequeño y en lo sencillo, como supo encontrar al Mesías de Dios en aquel niño hijo de aquellos humildes padres. ¿Sabremos serlo nosotros para los demás?

Detrás de toda esta escena que contemplamos en el evangelio vemos la figura de María que parece pasar desaperciba aunque el anciano profetiza también el lugar de María, a quien una espada atravesará su alma porque así la veremos siempre a la sombra de Jesús y finalmente a la sombra de la cruz en el Calvario. Es la madre del Sacerdote  a quien se une para ella también hacer su ofrenda, pero va a ser también la misionera que vendrá a caminar a nuestro lado para ayudarnos a ir al encuentro de Jesús.

Nosotros los canarios en este día tenemos un lugar especial para María, porque la contemplamos y la celebramos como quien nos señala el camino de la luz. En un brazo su imagen porta a Jesús pero en su otra mano porta una luz para ser señal en el camino que nos conduzca hasta Jesús, para enseñarnos como no solo hemos de dejarnos iluminar por esa luz de Jesús sino que tenemos que ser señales de luz en nuestra vida para que todos vayan al encuentro de Jesús. Por eso la llamamos Candelaria, la portadora de la candela, de la luz, y de alguna manera todos tenemos que ser ‘Candelaria’, como María, portadores de la luz de Jesús para nuestro mundo.

 

martes, 2 de febrero de 2021

Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

 


Entrada de Jesús en el templo con ecos de pascua en ofrenda de amor que nos evoca cómo de manos de María de Candelaria fue la primera entrada de Jesús en nuestra tierra canaria

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’.

Pueden ser perfectamente ecos de la entrada del Arca de la Alianza en el Santuario, en el templo de Jerusalén que tenemos en los salmos y que hoy recoge la liturgia en esta fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Todo hoy nos está hablando de entrada; una primera referencia el salmo, como decíamos, a la entrada del Arca de la Alianza en el templo de Jerusalén, pero especialmente hoy, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, es su primera entrada en el templo de Jerusalén con amplios sones pascuales.

Hubiera sido una entrada desapercibida, como realmente en parte fue a pesar de la importancia del momento, si no hubiera sido por aquellos ancianos que en el templo habían envejecido esperando el cumplimiento de las promesas del Señor. son ellos los que movidos por la acción del Espíritu Santo en sus corazones los que descubrieron en aquel niño llevado en brazos por aquel matrimonio joven de Galilea al que era la salvación del mundo y la luz para todos los hombres.

Ya hemos escuchado el relato en el evangelio; cómo el anciano Simeón coge en brazos a aquel niño para cantar las alabanzas del Señor. Su corazón se ha llenado de gozo porque sus ojos han visto al Salvador como así había sentido inspirado por el Espíritu Santo y ahora ya puede poner totalmente su vida en las manos del Señor. ‘Ya puedes dejar morir a tu siervo en paz, Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

Aunque los oídos humanos en aquel momento no lo pudieran escuchar seguro que el coro de los ángeles en el cielo estaría cantando aquel cántico de alabanza al Señor que hoy la liturgia nos ha ofrecido en el salmo responsorial, como ya hicimos mención al principio. Creo que nosotros en nuestra celebración tendríamos que hacernos de verdad eco con todo sentido de dicho cántico de alabanza. ‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las puertas eternales: va a entrar el Rey de la gloria. ¿Quién es ese Rey de la gloria? El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria’. Nosotros podemos confesar, repito con todo sentido, esa confesión de fe, allí está, sí, ‘el Señor, Dios de los Ejércitos, el Rey de la gloria’, y más si lo vivimos en todo su sentido pascual.

Decíamos todo nos habla de subida y tiene sentido de pascua y es que en aquellas palabras que luego Simeón dedicara a María llevaban incluido ese sentido pascual. Jesús, es cierto, iba a ser ese signo de contradicción, ante El habrían de decantarse los hombres y los pueblos de todos los tiempos, como lo fue en aquella otra subida a Jerusalén de Jesús para su pascua. Su templo y altar iba a ser la cruz, porque el sacrificio que se iba a ofrecer no era un sacrificio cualquiera. Ahora sus padres, en su pobreza, habían ofrecido un par de tórtolas, pero Jesús sería el que se ofrecería a sí mismo en el altar de la cruz siendo sacerdote, victima y altar. Su sangre derramada, signo grande del que nos ama hasta entregar su vida por nosotros, iba a ser la señal de aquel gran sacrificio e iba a ser la sangre de la nueva Alianza, de la eterna Alianza que sería ya para siempre una Alianza de Amor y de salvación.

Y allí en aquella primera subida de Jesús al templo estaba la madre, cuya alma iba a ser atravesada por una espada de dolor, que ella también al pie de la cruz convertirá en una espada de amor cuando con el Hijo ella también se entrega para ser como madre corredentora de aquellos hijos que de Jesús recibía en aquel momento supremo de la entrega y de la muerte.

Por eso podemos decir que también es la subida y entrada de la madre, de María, que ya sería para siempre la madre de todos los hombres. Esta celebración lleva unida a la presentación de Jesús en el templo aquel rito de purificación de la madre a los cuarenta días del parto. Para María no fue solo una purificación ritual, sino que podríamos decir que el comienzo de su ofrenda de amor.

A María siempre la tenemos delante de nuestros ojos como el mejor modelo y ejemplo de lo que ha de ser también nuestro amor; muchas imágenes de María llevan en sí la impronta de su vivencia de la Pascua cuando la queremos llamar Madre de los Dolores o Madre de la Esperanza con el reflejo de su presencia al pie de la cruz, que fue para ella también la culminación de esa ofrenda de amor.

Y aquí es donde hoy yo quiero ver otra entrada, en este caso de manos de María. María fue la primera que nos trajo a Jesús, fue primer evangelio de Jesús. Hoy, nosotros, los canarios la celebramos con al Advocación de la Virgen de Candelaria y recordamos y celebramos como su bendita imagen estuvo en nuestra tierra antes incluso que llegara el conquistador o el misionero.


Aquella imagen aparecida en las playas de Chimisay antes de la conquista de nuestras Islas fue el primer evangelio que llegó a nuestra tierra. Nuestros antepasados los guanches en aquella imagen querían ver a la que ellos llamaban la madre del sol, Chaxiraxi, la madre de la luz podríamos traducir nosotros y en aquella imagen de María estaba también Jesús. Por eso la llamamos nosotros la Candelaria, la que trae para nosotros en sus manos la luz, una candela en una mano y a Jesús en su otro brazo. Fue como la presentación que María hace de Jesús a nuestros antepasados los guanches, por eso digo que podemos hablar de entrada de Jesús de manos de María en nuestra tierra.

Que de manos de María entre Jesús en nuestra vida, como de manos de María y con Jesús reinando en nuestro corazón entremos nosotros en la gloria del Señor. Que se alcen las antiguas compuertas que va a entrar el Rey de la gloria. Sí, muchas antiguas y viejas barreras tenemos que levantar en nuestro corazón para dar paso al Señor y Rey de la gloria a nuestra vida. Queremos hacer ofrenda y ofrenda de amor nosotros hoy en esta fiesta en que también de manera especial celebramos a María. Que ella prenda esa luz en nuestro corazón y nunca se apague, que vivamos siempre en la claridad de la luz para que así resplandezcan las obras de nuestro amor.

 

viernes, 29 de diciembre de 2017

Del anciano Simeón aprendamos a descubrir en las cosas normales y sencillas cómo Dios viene a nosotros para ser nuestra luz y salvación

Del anciano Simeón aprendamos a descubrir en las cosas normales y sencillas cómo Dios viene a nosotros para ser nuestra luz y salvación

1Juan 2,3-11; Sal 95;  Lucas 2,22-35

La mañana en las explanadas del templo de Jerusalén transcurría con toda normalidad. Las gentes acudían a sus rezos, los sacerdotes oficiaban los sacrificios rituales, la ofrenda de los panes de la proposición se había desarrollado como cada día, los escribas y maestros de la ley en cualquier rincón del templo hacían las explicaciones y comentarios a las Escrituras, y por su lado los padres que habían de presentar al Señor sus hijos primogénitos recién nacidos acudían a los sacerdotes de turno.
Aquella pareja humilde que ahora entraba en el templo venida de la cercana Belén pasaría desapercibida para los ojos de tantos, pero un anciano les había prestado atención y a ellos se había dirigido con el corazón rebosante de gozo. El Espíritu del Señor en su corazón le había revelado que había llegado el momento tan esperando y del que él estaba seguro que no moriría sin ver al enviado del Señor. Y ahora había sucedido, había llegado el momento.
‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’. Fue el cántico que brotó de aquel corazón y que congregaría a muchos en aquel momento en torno a aquella humilde pareja. Los devotos del templo, los que esperaban ansiosos la llegada del Mesías se arremolinarían a su alrededor, aunque habrían muchos que seguirían en su quehaceres o en su deambular por aquellas explanadas como cada día hacían ajenos al momento glorioso que se estaba viviendo.
Era una hora de gracia. Era un momento propicio para cantar la gloria del Señor. ‘Que se alcen las antiguas compuertas, podrían cantar con los salmos, va a entrar el Rey de la gloria’.  Sin embargo el momento era íntimo y sencillo aunque estuviera resplandeciente de gloria. El anciano Simeón saltaba de gozo y sus palabras se volvían proféticas; por allí apareció la anciana Ana que todos los días servia al templo para la gloria del Señor en la esperanza del Mesías.
Unas palabras proféticas alabarían el lugar y el papel de María, al tiempo que le anunciaban las espadas que traspasarían su alma. María conocía bien las Escrituras y todo lo que se decía del Siervo de Yahvé y ella un día había dicho sí. Allí estaba, de pie, como estaría de pie un día al pie de la cruz; de pie, como estaría siempre atenta para ponerse en camino – ya lo había hecho un día cuando fue a visitar a su prima Isabel – para descubrir donde había una necesidad, donde había amor que poner. No importaba que las palabras del anciano pudieran parecer duras al hablar de espadas que traspasarían el alma porque a ello lo que le importaba era Dios, la gloria del Señor, lo que le importaba era el amor y de él estaba inundada quien era la que estaba llena de la gracia del Señor.
Aprendamos a estar de pie, como María, siempre con los ojos abiertos, siempre con el corazón dispuesto, siempre dispuesta a caminar, siempre alerta para descubrir la presencia de Dios. Podemos sentarnos cansados de esperar, podemos aburrirnos porque todo nos parece igual, podemos entrar en caminos de rutina porque no descubrimos nada nuevo, podemos entrar en el letargo de los tibios que van dejando enfriar el corazón.
Aprendamos hoy de aquel anciano que supo descubrir la presencia del que venia como luz de las naciones, aunque pareciera que el sol brillaba igual que todos los días. El supo descubrir un brillo especial, él supo descubrir la luz, él supo ir al encuentro del Señor que salía a su paso en aquellos sencillos personajes que llevaban un niño en brazos como otros tantos aquella mañana en el templo de Jerusalén, él supo encontrarse con el Señor porque su corazón estaba abierto a escuchar al Espíritu, a dejarse conducir por el Espíritu.
¿Seremos capaces de descubrir en la vida cómo Dios viene a nosotros, viene a nuestro encuentro? Dejémonos conducir por el Espíritu, estemos atentos a cuanto nos dice Jesús en el evangelio y lo sabremos descubrir en el hermano.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Ez. 34, 11-12. 15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
Llegamos a la finalización del año litúrgico. De entrada decir, porque alguien podría decir que nos queda más de un mes para que finalice el año, que el ritmo de la liturgia no sigue exactamente el ritmo del año natural. El ritmo de la liturgia de las celebraciones de los cristianos gira en torno a Cristo, como lo es toda la vida del cristiano.
En cada ciclo anual celebramos los grandes misterios de nuestra redención teniendo como centro del todo la celebración de la Pascua, la celebración de la muerte y la resurrección del Señor. En torno a ello giran todas las conmemoraciones que hacemos del misterio de Cristo en lo que por una parte tenemos siempre unos tiempos que nos preparan y otros tiempos que nos prolongan la celebración del gran misterio de Cristo.
Comenzaremos un nuevo ciclo preparándonos para la celebración del nacimiento de Cristo en las semanas del Adviento que ya iniciaremos el próximo domingo, por eso ahora concluyen el ritmo anual de todas las celebraciones. Y en este último domingo, casi como un compendio de todo lo que hemos venido celebrando proclamamos a Jesucristo Señor y Rey del Universo.
Y su reino no tendrá fin, le había dicho el ángel de la Anunciación a María en Nazaret. Y Jesús había comenzado su tarea pública la llegada del Reino de Dios que estaba cerca y eso nos exigía el creer y convertirnos en esa Buena Nueva. Sí, era una buena nueva, una buena noticia lo que Jesús proclamaba, la llegada del Reino de Dios.
Había que creer en la Palabra que Jesús era y pronunciaba para nosotros y nos exigía una transformación del corazón; un darle la vuelta total al corazón – no eran simplemente arreglitos o remiendos lo que habríamos de hacer - para hacer que en verdad en el Reino de Dios se centrara nuestra vida. Fue el anuncio continúo que siguió realizando en toda su vida; las parábolas, los signos que realizaba, toda la profundidad de su mensaje eran un irnos señalando las características de ese Reino de Dios.
Su entrega hasta la muerte fue la expresión más sublime de lo que habría de significar en nuestra vida el Reino de Dios. No era ya solo el Rey de los judíos, como puso Pilatos en el letrero de la sentencia, sino que se convertía así en el Rey de toda la creación. Se había rebajado como uno de tantos, como un esclavo porque su vida toda era un servicio – no había venido a ser servido sino a servir, le diría a los discípulos – hasta someterse a la muerte mas ignominiosa, la muerte de Cruz. Pero Dios lo levantó y su nombre está por encima de todo nombre en el cielo, en la tierra, en el abismo, como cantarían las primeras comunidades cristianas y san Pablo  nos recoge en sus cartas, y toda lengua proclamará por siempre que Jesús es el Señor. A El la gloria y el imperio, como proclamaremos en la liturgia.
Ese es su trono y la corona de su gloria, el amor y el servicio, la entrega hasta la muerte y el amor y la gracia que derramará ya para siempre sobre todos. Lo proclamamos el Señor; Dios lo constituyó Señor y Mesías, como nos diría san Pedro. Y ahora nosotros hemos de reconocerlo actuando y viviendo en el mismo sentido. Solo podremos proclamar que El es el Señor si nosotros amamos con su mismo amor, y nos hacemos servidores de los demás porque es ahí donde está nuestra grandeza.
Será entonces cómo lo reconoceremos como el Señor, en la fracción del pan y en el amor. La fracción del pan que nos lo hará Eucaristía, ofrenda de amor para siempre; la fracción del pan que realizaremos con nuestra vida cuando nos hacemos pan, cuando nos fraccionamos para los demás, cuando nos hacemos los últimos y los servidores, cuando abramos los ojos de verdad para verle a El en el hambriento y en el pobre, en el que está solo y en el que está sometido a toda clase de sufrimientos, cuando trabajemos por la armonía y la fraternidad para crear la verdadera paz entre los hombres, cuando arranquemos de nuestro corazón toda malicia para mirar con ojos nuevos a todo aquel con quien nos crucemos en el camino, cuando seamos capaces de bajarnos de nuestras cabalgaduras de soberbia y de orgullo para ponernos humildes a los pies del hermano para curar sus heridas, cuando no nos importe sufrir la incomprensión de los demás porque nos hacemos los últimos porque hemos descubierto quizás lo que otros no han descubierto que nuestra verdadera grandeza está en hacernos los últimos y servidores de todos.
Es entonces cuando estamos proclamando que en verdad Jesús es nuestro Rey y nuestro Señor, porque queremos vivir en su Reino, porque queremos vivir esas actitudes y valores nuevos que nos ha enseñado en el evangelio, cuando hemos sabido despojarnos de tantos mantos que disfrazan la realidad de nuestro corazón para saber ser humildes y estar siempre a la altura del otro.
Venid, vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, escucharemos que nos dirá Jesús porque le hemos sabido descubrir de verdad y caminar siempre a su lado cuando hemos caminado al lado del hermano sea quien sea, pero que para nosotros será siempre un hermano.
Así proclamamos hoy que Jesús es Rey del Universo, es nuestro Señor por su Sangre derramada y por su Cuerpo entregado. Es nuestro Salvador, es el Camino y es la Vida, es la Verdad de nuestra vida y el sentido del hombre y del mundo. Por siempre yo cantaré tu nombre, Señor, porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Ya llega el Señor, vistámonos de humildad y amor para llenarnos de Dios

Is. 7, 10-14; Sal. 23; Lc. 1, 26-38
‘Ya llega el Señor, él es el Rey de la gloria’. Así proclamamos en el salmo en la cercanía de la Navidad. Llega el Señor. ¿Dónde lo vamos a encontrar? ¿Dónde podemos buscarlo? ¿Cómo hemos de reconocerle? Es la preparación que vamos realizando en estos últimos días del Adviento; es la búsqueda que hacemos dejándonos conducir por la liturgia, por la palabra de Dios, ahondando más y más en nuestra oración.
Llega el Señor, El es el Rey de la gloria, ¿tendríamos que buscarlo en palacios de reyes o entre los poderosos de este mundo? No es ese el camino. Ni siquiera tendríamos que ir al templo de Jerusalén, aunque allí se manifestara el ángel del Señor al sacerdote Zacarías para anunciarle el nacimiento de Juan; pero Juan nacerá en una aldea perdida en las montañas de Judea y luego marchará al desierto en la mayor pobreza y austeridad.
Rastreemos los cielos a ver por donde llega el ángel anunciador, sabiendo ya que ni lo vamos a encontrar entre palacios aunque se anuncie como el Rey de la gloria, ni tampoco irá al templo de Jerusalén para hacer el anuncio aunque vaya a ser el Mesías de Dios para el pueblo de Israel. El ángel de Dios se va a hacer sentir en un pueblo pequeño y perdido entre los demás pueblos de Galilea, Nazaret, despreciado incluso por los pueblos vecinos porque de él no va a salir nada bueno, como diría un día Natanael el de Caná, en una casa humilde y pobre de un artesano, y a una muchacha que se considera la más pequeña y la humilde, porque solo se llamará a sí misma la esclava del Señor.
El Señor siempre nos sorprende con cosas maravillosas realizadas en la pequeñez y en la humildad, aunque ya tendremos oportunidad de seguir contemplando cómo se hará presente Dios en su nacimiento. Nos quedamos ahora en Nazaret, un primer paso del camino que nos llevará más tarde a Belén. Dios solo busca, solo quiere un corazón que esté abierto a El para hacerse presente; en aquella doncella pequeña y humilde de Nazaret Dios se va a complacer, es la agraciada del Señor - ‘has encontrado gracia ante el Señor’ -, y hasta ella llegará la embajada angélica.
Si de Zacarías e Isabel se decía que ‘eran justos ante Dios y caminaban sin falta según los mandamientos y las leyes del Señor’, de María solo se dirá que era ‘la llena de gracia’ sin señalar ninguna otra cosa especial, pero si descubriendo su corazón abierto a Dios y disponible siempre para lo que era su voluntad. Más tarde descubriremos cómo ella sabían plantar la Palabra de Dios en su corazón para hacerle dar fruto al ciento por uno y era la que guardaba en su corazón todo el misterio de Dios que ante ella se realizaba para rumiarlo y meditarlo en su corazón y así llenarse más y más de Dios.
Muchas veces hemos contemplado y meditado esta escena de la Anunciación, del anuncio que el ángel de parte de Dios le hace a María. María se siente sorprendida por la presencia del Misterio de Dios que se le manifestaba en el Ángel del Señor, pero para ella se seguirán repitiendo las palabras que alejaban todo temor y querían llenar su corazón de paz. ‘No temas…’ volveremos a escuchar. Es el anuncio de la llegada de la paz que se seguirá repitiendo una y otra vez, hasta que los ángeles canten la gloria de Dios en Belén porque llegará la paz para todos los hombres porque Dios los ama.
María es la agraciada del Señor, ha sido elegida y va a ser la madre del Señor. ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo al que le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará el Hijo del Altísimo… el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. El hijo que va a nacer del seno de María, el hijo de María será el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra…’ le dice el ángel. El hijo de María será el Emmanuel anunciado por los profetas y ya Dios siempre estará con nosotros, en medio nuestro, y llega la paz y la salvación para todos.
¿Qué puede decir María? ¿Qué puede hacer María? Dios ha querido contar con ella y el ángel está esperando su respuesta. María, la llena de la gracia de Dios, la poseída para siempre por el Espíritu divino no sabrá decir otra cosa: ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’. No hacen falta más palabras. ‘Y la dejó el ángel’. La misión estaba cumplida. La maravilla de Dios se realiza y Dios será ya para siempre Emmanuel, Dios con nosotros.

Y nosotros, ¿qué hemos de hacer? Somos los amados de Dios también, nos ha regalado la gracia; sigamos el camino de María, copiemos en nosotros sus actitudes y virtudes, vistámonos de humildad y de amor y Dios también se hará presente en nuestro corazón, será para nosotros el Emmanuel.