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sábado, 27 de octubre de 2018

Lo que sucede en nuestro entorno no hemos de mirarlo como frutos de un destino, sino como llamadas a nuestra conciencia para buscar como dar buenos frutos en la vida



Lo que sucede en nuestro entorno no hemos de mirarlo como frutos de un destino, sino como llamadas a nuestra conciencia para buscar como dar buenos frutos en la vida

Efesios 4,7-16; Sal 121; Lucas 13,1-9

Seguro que quien tiene un terreno cultivable y ha sembrado su semilla querrá obtener buena cosecha. Duro es para el agricultor que después de todo el trabajo realizado al final se vea malograda su cosecha; triste es que tenga unos árboles de los que espera obtener fruto pero año tras año no consigue nada, o se malogran sus frutos antes de poder aprovecharlos.
Es así la tarea del agricultor que siembra con esperanza, cultiva con ahínco día tras día con los múltiples cuidado que le exige el deseo de obtener unos frutos y una veces los obtiene excelentes, pero también le sucede que por las fuerzas o circunstancias de la naturaleza haya ocasiones en que no puede obtener el fruto que tanto anhela después de tantos sudores, trabajos y sacrificios. Claro que cuando surge una planta o un árbol del que no pueda conseguir sus frutos tratará de sustituirlo por aquel del que pueda obtener mejores beneficios.
Es la imagen que nos propone hoy Jesús en el evangelio. El hombre que tenía una higuera en su terreno y buscaba en ella una y otra vez fruto. Una imagen que pretende ser una llamada y una invitación. Nosotros somos ese árbol que tiene que dar siempre buenos frutos. Sin embargo muchas veces nos maleamos, dejamos que el virus del mal se meta en nuestro corazón y surgen nuestras obras malas. Pero nosotros sí podemos cambiar, nosotros sí podemos transformar nuestra vida para hacer que de nuevo transite por los caminos del bien.
Y es el Señor, como divino y sabio agricultor, el que va cuidándonos, regándonos con su gracia que nos transforma, haciendo continuas llamadas a nuestro corazón. Como nos quiere decir Jesús con los acontecimientos sucedidos en Jerusalén en aquellos días, el Señor va poniendo señales en nuestro camino que son llamadas. Esos hechos o acontecimientos que puedan suceder a nuestro alrededor o que incluso a nosotros nos pudieran afectar no los podemos mirar como castigos, sino como llamadas, como una invitación a la conversión, a ese cambio de nuestro corazón, para que busquemos la manera de dar buenos frutos en nuestra vida.
Muchas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor, que nos viene, por ejemplo, por una buena palabra que podemos escuchar en boca de un amigo o de cualquier otra persona que nos pudiera hacer pensar o por tantos otros hechos sucedidos en nuestro entorno. Nos impresionamos en ocasiones por accidentes que presenciamos o de los que oímos hablar, catástrofes naturales que producen cuantiosos daños y no sabemos cómo reaccionar o buscamos culpables de tales hechos, pero creo que con espíritu de fe tendríamos que tener una mirada distinta. Es cierto que hemos de sentir compasión por quienes sufren las consecuencias y poner toda nuestra solidaridad, pero tenemos que aprender también lecciones para nuestra vida. No son destinos, no son casualidades, pensemos más bien con espíritu de fe en llamadas de gracia para nuestra vida.
Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto’ decía el agricultor. Son las llamadas de gracia que el Señor nos hace. ¿Nos haremos oídos sordos y cerraremos nuestro corazón? ¿Nos decidiremos a abrir nuestra vida a la gracia del Señor? La respuesta depende de nosotros.

viernes, 26 de octubre de 2018

Que el Espíritu de Jesús nos ayude a descubrir y leer las señales que nos pone en el camino de la vida, en nuestro camino de fe



Que el Espíritu de Jesús nos ayude a descubrir y leer las señales que nos pone en el camino de la vida, en nuestro camino de fe

Efesios 4,1-6; Sal 23; Lucas 12,54-59

Vamos por un sendero en el que pretendemos seguir una ruta que nos lleve a alguna parte y tratamos de fiarnos de las señales e indicaciones que vamos encontrando a lo largo del camino para poder llegar a nuestra meta. Estaremos atentos a no tomar los senderos que nos aparten de nuestro camino, cuidaremos de prevenirnos de los peligros que se nos señalan que podrían no solo hacernos perder el camino sino incluso poner en peligro la vida, las señales indicadoras que vamos encontrando nos dan confianza de que vamos por el buen camino.
Hablamos de un sendero en nuestros campos, bosques o montañas, una carretera que nos enlaza entre unos lugares y otros, o de unas calles de ciudad donde podríamos encontrar muchas cosas que nos distraigan y nos hagan perder nuestro rumbo. Nos fiamos de las señales y estamos atentos a todas las que podamos encontrar. Nos dan seguridad en nuestro caminar.
Pero son las cosas a las que tenemos que estar atentos en la vida, que no es solo ir de un sitio a otro, sino que es la vida con sus metas e ideales, con el sentido que le queramos dar, o con la trascendencia de plenitud que sabemos muy bien nos señala verdaderos caminos en la vida. Son muchas las cosas que nos pueden distraer de nuestros objetivos, son muchos los caminos que se nos van abriendo delante de nosotros que nos pueden atraer, pero que nos alejarían de la meta que tengamos en la vida, son los momentos de desorientación en los que nos podamos encontrar en alguna ocasión, ¿quien nos asegura que podemos hacer un buen camino?
Es todo lo que es la vida misma, con sus luchas y responsabilidades, con sus trabajos o con sus momentos de ocio, con la familia con la que convivimos, los amigos que nos rodean, o la misma sociedad en la que tenemos que saber convivir con todos. Es compleja la vida con todas las circunstancias que la pueden rodear, con todas las personas con la que tenemos que convivir o relacionarnos, con los problemas que afectan al conjunto de la sociedad y los deseos que podamos tener en nuestro ser de querer un mundo mejor.
Pero es también el camino de nuestra fe, el camino de nuestra vida cristiana. Desde esa fe queremos seguir el camino de Jesús; desde esa fe nos confiamos en el evangelio, buena nueva de salvación para nosotros, y queremos vivir según sus parámetros. Desde esa fe sentimos la trascendencia y el valor de nuestra vida porque ponemos nuestra meta en el cielo y queremos vivir según los valores del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y nos propone.
Pero también algunas veces se nos hace duro el camino, un camino lleno de confusiones, donde sentimos también tantas atracciones que nos podrían alejar del camino verdadero que queremos seguir. Nos podemos sentir desorientados en ocasiones, o también en algún momento podemos sentir la soledad, pero no estamos solos, no tenemos por qué perder la orientación. Jesús nos va dejando señales de presencia a nuestro lado de muchas maneras.
Es de lo que hoy nos quiere advertir en sus palabras en el evangelio. Nos dice que somos capaces de conocer las señales de los tiempos para saber si hace bueno o va a haber tormenta, y nos plantea por qué no somos capaces de reconocer esos otros signos de los tiempos que pone a nuestro lado para que no perdamos la orientación de la vida. Son las señales que tenemos que saber descubrir.
Sí, tenemos la certeza de que viene a nosotros en la Iglesia y en los sacramentos signos misteriosos y sagrados de su presencia, pero tenemos también su Palabra que nos habla al corazón, que llega a nosotros en las Sagradas Escrituras; pero nos había dicho también que cualquier cosa que le hiciéramos al prójimo a El se lo hacemos, pues ahí tenemos otro signo maravilloso de la presencia de Jesús que viene a nosotros en el hermano, y sobre todo en el pobre y necesitado.
Pero en muchas más cosas tenemos que saber leer las señales de su presencia. Y son los acontecimientos de la vida, los encuentros que podemos tener con los demás, pero también en cuanto nos sucede o sucede a nuestro alrededor. En cada acontecimiento podemos estar viendo una señal de su presencia, una llamada que nos está haciendo, una palabra que también nos habla al corazón. Son las señales para nuestro camino que tenemos que saber descubrir porque nos aparecen en el lugar más insospechado y que tenemos que saber leer para saber que hacer, qué nos está pidiendo el Señor en cada ocasión.
Que el Espíritu de Jesús que mora en nuestro corazón nos ayude a descubrir y leer esas señales que el Señor nos pone en nuestro camino de la vida, en nuestro camino de fe.



jueves, 25 de octubre de 2018

El cristiano tiene que ser signo que siembre la inquietud de algo nuevo en el corazón y que en verdad prendamos nuestro mundo en el fuego del amor


El cristiano tiene que ser signo que siembre la inquietud de algo nuevo en el corazón y que en verdad prendamos nuestro mundo en el fuego del amor

Efesios 3,14-21; Sal 32; Lucas 12,49-53

Ese individuo, ese personaje es como un terremoto, es como un fuego, no hay quien lo pare, decimos cuando nos encontramos una persona de gran actividad, que no es capaz de quedar quieto ante nada ni nadie, que con su presencia, sus gestos o sus palabras va inquietando a todo el mundo y haciéndolos poner en macha.
Todos hemos conocido alguna vez personajes así, que no dejan tranquilo a nadie, que siempre están planteándose que más hacer, o que nos están interrogando por dentro cuando vemos sus gestos, cuando vemos su compromiso, cuando vemos como trabajan sin descanso y no ya solo por ganancias personales, sino tratando de sembrar inquietud para que la gente se moje, se implique, participe en actividades comunes que hacen el bien a la comunidad. Admiramos a esos personajes.
No nos dejan tranquilos. Algunas veces incluso se provocan conflictos entre quienes están de acuerdo con esa manera de actuar, o de quienes lo ven exagerado y que no es necesario llegar a tanto, o quizá también porque esa nueva forma de actuar puede tocar de alguna manera nuestros intereses. Y algunas veces parece que se provoca división entre unos y otros.
Desde esta clave hemos de entender las palabras de Jesús.He venido a prender fuego en el mundo, nos dice, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ Y es que Jesús viene a hacer un mundo. Anuncia el Reinado de Dios, lo que significa que muchas cosas tienen que cambiar. No es Jesús un revolucionario como algunos en ocasiones de sus intereses o visiones particulares nos quieren decir, pero sí quiere producir una revolución en la conciencia de las personas, un revolución de amor, porque todo ha de vivirse desde ora óptica, no desde nuestros intereses particulares o partidistas, sino desde la búsqueda del bien del hombre que es lo mismo que buscar la gloria de Dios.
Sabe Jesús que ponernos en ese camino nuevo, donde tiene que haber un cambio radical en la percepción de las cosas y en la manera de actuar, también va a crear conflictos. A El lo llevará hasta la Cruz. Por eso nos dice que ha de pasar por un bautismo. ‘Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!’ Es consciente de la reacción que ya se está provocando en muchos que querrán quitarlo de en medio, pero El no tiene miedo, es fiel a su misión hasta el final. Recordamos que les decía a los hermanos Zebedeos si estaban dispuestos a pasar el bautismo que El había de pasar.
Y ya nos previene para que no nos desanimemos que quienes queremos seguir ese camino radical en el estilo de su evangelio, de la buena nueva que nos está anunciando, vamos a encontrar dificultades, porque vamos a encontrar oposición, y no será solo desde quienes estén lejos de nuestros valores o principios, sino que muchas veces lo vamos a encontrar desde los mas cercanos a nosotros. Por eso nos dice: ‘En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra’.
No significa esto que Jesús quiera esas divisiones y enfrentamientos. El quiere en nosotros unidad y comunión, por eso nuestro compromiso es siempre acercarnos a los demás para obtener la paz. Pero bien sabemos bien que tenemos un corazón roto y surgen entre nosotros esos desencuentros y enfrentamientos. No los buscamos, no los queremos. Pero con nuestra vida tenemos que ser un signo de un Reino nuevo para cuantos nos rodean que crea inquietud en los demás. ¿Será así de verdad en nuestra vida?
Pero somos fieles a una misión, somos fieles al evangelio de Jesús y con valentía tenemos que hacer su anuncio. En muchos se despertará la inquietud en su corazón, pero somos conscientes también que nos podemos encontrar el rechazo. Sabemos que si nos mantenemos en el amor Dios estará siempre con nosotros, no nos faltará la fuerza de su Espíritu, porque ya nos ha dicho que si guardamos su Palabra nos sentiremos inundados del amor de Dios y Dios habitará en nuestros corazones. Que se siembre siempre esa inquietud en nuestro corazón, que queremos en verdad prender nuestro mundo en el fuego del amor.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios


Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios

Efesios 3,2-12; Sal.: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-48

‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’
Así termina hoy Jesús las recomendaciones que nos está haciendo a la vigilancia y a la responsabilidad en la vida. Pero con esta sentencia final de Jesús creo que nos está planteando algo importante. ¿Somos conscientes de cuanto recibimos del Señor? ¿Somos conscientes del regalo de la vida, para comenzar, pero de cuantos dones y cualidades está llena esa misma vida?
Algunas veces, en una especie de humildad que no es realmente humildad, nos decimos qué poco somos y qué poco valemos. Nos achicamos y empequeñecemos no queriendo o no sabiendo reconocer de cuántos dones estamos dotados. Muchas veces pudiera ser que fuera una excusa para no comprometernos, para no implicarnos más en las cosas de la vida, para asumir responsabilidades, para dejar que sean otros los que hagan o se impliquen para no complicarnos nosotros.
Decimos fácilmente que no sabemos o que no podemos. Una excusa, un escurrir el bulto. Como se suele decir nadie nace aprendido, sino que descubriendo cuales son nuestras cualidades, nuestros valores – que todos tenemos – tratar de desarrollarlos, de ponerlos en juego, quitando miedos y temores y viendo al final que somos capaces de muchas cosas y de cosas importantes también.
Es necesario conocerse de verdad, ahondar en nuestras posibilidades, descubrir cuales son verdaderamente nuestros gustos, porque por ahí quizá podemos descubrir capacidades que hay en nosotros y que hemos de desarrollar. Dejarnos ayudar para descubrir la riqueza de nuestro yo y esas capacidades que tenemos. Cuantas veces porque nos vemos obligados a implicarnos en algo que nos parecía que no seriamos capaces de sacar adelante, luego descubrir que con nuestra paciencia y nuestra constancia fuimos capaces de afrontar aquellas responsabilidades quizás y desarrollar unas cualidades que estaban ocultas en nosotros.
El empequeñecernos y anularlos sería una falta seria de responsabilidad en la vida cuando lo hacemos por comodidad, o por no querer complicarnos la vida. Ahí está lo que nos ha dicho hoy Jesús que citábamos al principio de nuestra reflexión y que nos viene bien recordar para despertarnos de ese sopor en que tantas veces nos metemos en la vida y lo llegamos a hacer nada. ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’ reconozcamos los dones recibidos del Señor, no enterremos el talento, demos fruto que nos lo debemos a nosotros mismos, lo debemos a los demás en ese bien que les podemos hacer y se le debemos a Dios que es el que ha enriquecido nuestra vida con esos dones.
Démosle gracias a Dios por esos dones recibidos, y esa presencia continua en nuestra vida para fortalecernos en nuestras debilidades, para estimularnos en nuestro crecimiento, para dar gloria al Señor con todo lo que es nuestra vida y cuanto de bueno podemos hacer.

martes, 23 de octubre de 2018

No olvidemos que es responsabilidad nuestra poner nuestro granito de arena para mejorar nuestro mundo


No olvidemos que es responsabilidad nuestra poner nuestro granito de arena para mejorar nuestro mundo

Efesios 2,12-22; Sal 84; Lucas 12,35-38

Cuando a una persona se le confía una responsabilidad lo menos que se le puede pedir es que esté atenta a lo que es el desempeño de ese cargo o esa función que se le ha confiado y no abandone su puesto de trabajo mientras desempeñe sus responsabilidades. Es algo que siempre hemos de tener en cuenta y en el desempeño de su responsabilidad podemos admirar la calidad de su persona.
Decimos que hacemos argollas – es una expresión que al menos en otros tiempos se usaba – cuando en el desempeño de su función en lugar de ocuparse de lo que es su responsabilidad, se dedica a hacer otras cosas o que le entretengan o que tenga que ver con sus otros intereses particulares. Bien nos quejamos, por ejemplo, cuando vamos a una oficina o donde tengan que atender nuestros problemas o necesidades cuando vemos que el funcionario en lugar de atender a quien le requiere está en otras distracciones o simplemente charlando y pasándoselo bien con sus compañeros.
Nuestro mundo y nuestra sociedad la podemos mejorar y hacer avanzar si cada uno desempeña fielmente su responsabilidad allí en el lugar que ocupa. Ya nos quejamos y de alguna manera denunciamos cuando quienes tienen que prestar un servicio público a la sociedad, lo que hacen es querer medrar o buscar ganancias para sus intereses desatendiendo lo que es el bien de las personas de la comunidad.
Hoy Jesús quiere hablarnos de esto y llamarnos la atención. Emplea imágenes quizás de servidumbre propias de otra época, pero la imagen bien nos vale para esa llamada de atención del cuidado con que hemos de desempeñar nuestras responsabilidades. Y creo que quienes creemos en Jesús y queremos seguirle tenemos que ser ejemplo de responsabilidad en cada una de nuestras obligaciones, pero también de responsabilidad ante ese mundo, esa sociedad en la que vivimos.
Los cristianos no podemos cruzarnos de brazos para observar insensibles cuanto sucede a nuestro alrededor. El cristiano es un hombre de compromiso, que arranca desde el cumplimiento fiel de sus propias responsabilidades en todos los ámbitos de la vida. Pero el atender a nuestras responsabilidades personales no significa que nos aislemos de cuanto sucede a nuestro alrededor.
Hoy nos habla Jesús de esa atención y vigilancia ante la llegada del Hijo del Hombre. Quizá muchas veces reduzcamos esa venida al momento final de la historia, ya sea nuestra propia muerte o el fin de la historia y del mundo. Por supuesto que hemos de estar preparados para esa venida gloria del Señor, pero el Señor está viniendo cada día a nosotros en esas personas con las que nos cruzamos con sus problemas y sus necesidades, pero que nosotros tan absortos en lo nuestro no tenemos la sensibilidad para verlos en su justa realidad; el Señor viene en esos acontecimientos que acaecen cerca de nosotros o en un nivel más amplio mirando toda nuestra sociedad. A través de esas personas, a través de esos acontecimientos el Señor nos habla, el Señor viene a nosotros, pero tenemos los ojos y los oídos cerrados y ni vemos ni escuchamos.
Eso forma parte de nuestra responsabilidad ante la vida, ante nosotros mismos, ante Dios. Y con lo que hayamos hecho en todos esos ámbitos nos vamos a presentar delante del Señor. ¿Qué vamos a llevar en nuestras manos? ¿Llevaremos las manos vacías y nos contentaremos con decir es que estábamos en nuestras cosas y no nos dimos cuenta de lo que de verdad pasaba a nuestro alrededor?
Nos pide el Señor que estemos con la luz encendida, con la cintura ceñida dispuestos para el trabajo, con nuestra mirada atenta, con nuestro corazón abierto y lleno de sensibilidad. Es también nuestra tarea y nuestra responsabilidad. No nos entretengamos en otras cosas que tienen menor interés o que solo nos satisfagan a nosotros mismos. No olvidemos que tenemos la obligación de poner nuestro granito de arena.

lunes, 22 de octubre de 2018

Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre



Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre

Efesios 2,1-10; Sal 99; Lucas 12,13-21

Arranca hoy el evangelio de una situación que no es tan ajena a nuestros días, como lo ha sido en todos los tiempos, de unos hermanos que disputan por la herencia recibida de sus padres. Ya digo no es tan ajeno a lo que sigue sucediendo en nuestros días, porque cuantas familias se rompen por la distribución de una herencia que nos manifiesta bien claramente cuales son las ambiciones que seguimos teniendo en nuestros corazones y la pobreza de valores en nuestra vida cuando por unos dineros que hoy podemos tener pero que mañana se nos pueden acabar perdemos la unidad y el amor de una familia.
Pero es que aunque queramos decir que no sigue dentro de nosotros la ambición por el tener  olvidándonos que es mucho más importante lo que somos que lo que tenemos. Seguimos soñando con ganarnos una lotería o cualquier otro juego de azar, ambiciones que en ocasiones nos esclavizan perdiendo incluso todo lo que podamos tener por esos sueños que nunca llegan. Algunas veces hasta convertimos en motivo principal de nuestra oración a Dios el conseguir esa riqueza, el ganarnos esa lotería, el vernos así de importantes y de poderosos cuando llenemos de riquezas nuestra vida.
Cuantas cosas haríamos en nuestros sueños si la suerte estuviera de nuestra parte y de la noche a la mañana nos volviéramos ricos. Pero ya sabemos en lo que puede terminar nuestra vida cuando tan fácilmente nos dejamos esclavizar por lo material, la ganancia o el dinero, la riqueza que parece que nos puede dar más brillo o más poder. Terminamos cifrando muchas veces la felicidad en esas cosas y no somos capaces de ser felices con lo que es nuestro ser más profundo adornado de unos sólidos valores.
Es lo que nos quiere despertar hoy Jesús con sus palabras en el evangelio. Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Qué demodelora es la codicia que nos hace ambiciosos, que nos ciega y nos embrutece porque nos hace perder de vista los verdaderos valores, que nos esclaviza y hasta tortura nuestro espíritu mientras no consigamos aquello material que tanto anhelamos.
Todo porque queremos tener una vida placentera y sin problemas que nos endiosa en nosotros mismos y termina aislándonos de los demás. Y es que tenemos que preguntarnos seriamente en qué ciframos la felicidad, qué felicidad es la que buscamos. ¿Y cuando se nos derrumben esos castillos de nuestros sueños en qué vamos a fundamentar nuestra vida? De la misma manera se nos derrumbará entonces la vida.
Porque la vida un día se nos acabará ¿y qué quedará todo aquello que tanto habíamos codiciado? ¿Podemos llevarnos al más allá todas esas riquezas y ambiciones sobre las que habíamos edificado de la vida? Desnudo nací y desnudo me iré a la tumba, y todo eso quedará atrás. Por eso hay quienes tanto temen a la muerte, porque se les acaba el disfrute de esas cosas materiales y sienten que otro se va a aprovechar de ellas. Significa eso qué poca trascendencia le hemos dado a nuestra vida, de qué pocos valores verdaderamente humanos y espirituales nos hemos dotado.
Jesús nos propone la parábola del hombre que tuvo una gran cosecha, de manera que agrandó sus bodegas y graneros para acumular todo lo que había cosechado, y cuando se disponía ya a vivir de la vida lejos de cualquier preocupación y disfrutando de todos aquellos bienes materiales, le vino la hora de la muerte. ¿De qué le sirvió todo aquello que había acumulado poniendo en ello toda su felicidad?
Tenemos que replantearnos nuestros valores, aquellas cosas por las que luchamos, buscar y descubrir cuales han de ser esos verdaderos valores que van a dar verdadera transcendencia y continuidad a nuestra vida. Busquemos lo que de verdad llene nuestro corazón y nos pueda dar una felicidad que dura para siempre.

domingo, 21 de octubre de 2018

Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano o tendremos mayores responsabilidades en una función que se nos confíe, nuestra grandeza está en el espíritu de servicio


Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano o tendremos mayores responsabilidades en una función que se nos confíe, nuestra grandeza está en el espíritu de servicio

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

De tal manera aparece ante nuestros ojos continuamente sobre todo en las grandes figuras, en aquellas personas que nos parece que destacan, unos aires de grandeza y de poder, que de alguna manera nos contagiamos y esas son las ansias y deseos que van surgiendo también dentro de nosotros, las aspiraciones y sueños que van impregnando nuestra vida.
¿A quién no le gustaría ser grande y poderoso? Un poco se nos mete por dentro casi sin darnos cuenta que todo eso son caminos de riqueza, de dominio, de posicionamiento en lugares destacados en donde podemos alcanzar todo aquello que se nos antoje. Es lo que vemos fácilmente en tantas figuras que de la noche a la mañana se llenan de poder y de riquezas, algo que nos parece tan fácil de conseguir que de alguna manera lo anhelamos.
Luego nos aparecerá cuánta corrupción hay detrás de todo eso, cuántas manipulaciones de las personas, cuántos intereses ocultos, cuántos trapos sucios, podríamos decir, que de alguna manera queremos condenar, pero que por otra parte eso no nos merma esos deseos de grandeza que permanecen dentro de nosotros. Se siente uno hastiado de todo eso, pero también sentimos la tentación de la envidia porque de alguna manera ansiamos el poder.
Son cosas que nos pueden pasar a todos y que pueden suceder en todos los ámbitos de nuestra sociedad y no excluyo ninguno. ¿De alguna manera no eran los sueños también de los discípulos que seguían tan de cerca de Jesús? Hoy en el evangelio se manifestará especialmente en dos, pero ya sabemos cuántas veces Jesús se los encuentra en sus tontas discusiones de quien iba a ser el principal entre ellos.
Su concepto del mesianismo llevaba consigo la idea de un Mesías que se llenaría de poder y claro a su sombra podrían aparecer también esas ambiciones. Como un paréntesis me pregunto si también en el seno de nuestra Iglesia hoy nos pueden aparecer esas carreras por los lugares más preeminentes, con las noticias que algunas veces se corren.
Por allí nos aparecen los dos hijos del Zebedeo con sus aspiraciones. Por aquello del parentesco quizá se sentían más valientes para expresar lo que no solo ellos sentían, porque ya hemos visto como andaban discutiendo todos por los primeros puestos. Ahora le dicen a Jesús: Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir’. Así de seguros y valientes se sienten. ‘Queremos que hagas…’, parece que no hay vuelta de hoja. Y ¿qué piden? ‘Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Vamos, los primeros en el poder de ese Reino del que tanto han oído hablar a Jesús.
Parece que como se suele decir no entienden de la misa ni la mitad. Vamos que no se han enterado. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. Y viene el diálogo que aunque parecen respuestas razonables, está yendo cada uno por su lado. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Contestaron: Lo somos. Jesús les dijo: El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado’.
Jesús les habla de cáliz y de bautismo y ello alegremente responden que sí. Y Jesús les dice que si van a beber ese cáliz, que si van a ser bautizados en su mismo bautismo, pero que eso de los primeros puestos va por otro camino.
Entenderemos el sentido de las palabras de Jesús con lo que les dice a continuación. Porque ya andan por allá alterados el resto de los discípulos con sus desconfianzas. Por eso Jesús los reunirá en torno a El para explicarles una vez más, y va por la tercera, cuanto le va a suceder a El en Jerusalén.
No pueden andar en esas aspiraciones de poder y de grandezas. Y les recuerda que ellos bien saben que los poderosos de este mundo tiranizan a los demás, los manipulan y actúan con prepotencia sobre todos. Ese poder y esa grandeza que se manifiesta tantas veces en la opresión y en la injusticia.
Ya recordábamos cuanto hay detrás tantas veces de esos poderes que nos encandilan por la corrupción con que se manejan los grandes para alcanzar el poder, por las manipulaciones de todo tipo con las personas y con los pueblos, con la opresión porque siempre querrán sacar tajada y beneficio con sus impuestos y todo tipo de cobros tantas veces injustos. Es lo que estamos bien pero vamos tan encandilados que seguimos con nuestros anhelos y aspiraciones, cueste lo que cueste.
Y Jesús una vez más les habla y nos habla de donde está la verdadera grandeza del hombre. En el servicio, en el amor, en el desprendimiento y en la generosidad, en olvidarse de si mismo para pensar solo en el bien de los demás, en el ser capaz de dar la vida por los otros. Es lo que hizo Jesús. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia. ‘Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’. Y Jesús ha ido por delante enseñándonos el camino. ‘Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
¿Llegaremos nosotros a entenderlo? ¿Llegará a ser ese el sentido que le demos a la vida? allí donde estemos nuestra principal grandeza está en el servicio. Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano, en esas responsabilidades que con la vida misma todos tenemos, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en el ámbito de la vida social que hagamos en nuestras, llamémoslas, relaciones normales que tenemos los unos con los otros, o tendremos quizás mayores responsabilidades porque se nos confía una función, porque tenemos vocación política para trabajar en bien de la sociedad en unos puestos y lugares de especial responsabilidad, pero allí donde estemos pensemos que nuestra principal grandeza está en el espíritu de servicio con que desarrollemos nuestra vida.
No olvidemos nunca el sentido que Jesús da a nuestra vida y a cuanto hacemos.