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martes, 20 de octubre de 2026

Vigilancia y atención, espera y esperanza vividas con sentido, grandeza en nuestra disponibilidad y espíritu de servicio, desarrollo de valores y cuidados, señales del Reino de Dios

 


Vigilancia y atención, espera y esperanza vividas con sentido, grandeza en nuestra disponibilidad y espíritu de servicio, desarrollo de valores y cuidados, señales del Reino de Dios

Efesios 2, 12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

¿Para qué te molestaste en venir a buscarme? Quizás le hemos dicho, sorprendidos por su generosidad al venir a nuestro encuentro cuando quizás veníamos de viaje y ya andábamos pensando a ver cómo solucionaremos la forma de llegar a casa, al encontrarnos con que sin nosotros haber pedido nada allí estaban para recibirnos y atendernos. Un momento así siempre se agradece, pero también es un toque de atención para los detalles que nosotros podemos tener con los demás sin que nos lo pidan. Son momentos también en los que se manifiesta la grandeza de espíritu que se puede tener, incluso que deberíamos saber tener atención de los unos con los otros; seguro que luego ya buscaremos formas para manifestar nuestra gratitud.

Me hace pensar en estos gestos humanos que tendríamos que saber tener los unos con los otros, lo que por otra parte realmente nos está pidiendo Jesús hoy en el evangelio. Nos habla de vigilancia y de atención, de esperas y de esperanzas vividas con sentido, de la grandeza que hemos de dar a nuestra vida desde nuestra disponibilidad y nuestro espíritu de servicio, de lo activa que tiene que ser nuestra vida que es más que ver pasar los días de una forma monótona y que nos tiene que llevar a aplicarnos con toda responsabilidad en las tareas que tenemos entre manos que es ciertamente la construcción de ese mundo en el que vivimos que hemos de mejorar cada día, de ese desarrollo de nuestros valores y cualidades porque como nos dirá en otro lugar no nos podemos contentar con enterrarlos en lugar seguro para que no se pierdan.

‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame’, nos dice Jesús hoy. No puede ser una actitud pasiva, la espera es en vigilancia, que es disponibilidad pronta. Por eso nos dice que hay que tener ceñida la cintura; cuando nos acostamos ya sea para el descanso o simplemente para pasar el tiempo porque no tenemos más que hacer, nos aflojamos el cinturón como una manera también de estar más cómodos; pero eso es señal de pasividad en nuestra inactividad, por eso nos dice que hay que tener las lámparas encendidas y para que esa luz se mantenga encendida tenemos que cuidar que no falte el aceite, no nos suceda como a aquellas doncellas que no llevaron aceite cuando esperaban al novio de la boda. Además no nos podemos dormir, porque el dueño puede llegar en cualquier momento y hay que abrir la puerta a su tiempo.

Creo que Jesús nos está sugiriendo muchas cosas que hemos de tener en cuenta en nuestra vida; nada de pasividad, nada de dejarnos dormir porque ya tendremos tiempo cuando nos avisen, nada de irresponsabilidad en la vida porque tenemos que estar preparados; nada de quedarnos tras la ventana para ver por dónde andan los tiempos; sí de vigilancia y atención porque cada momento es importante; sí de ojos bien abiertos porque sabemos que el Señor llega a nuestra vida también y principalmente en aquellos que están a nuestro lado o en aquellos que aunque los desconozcamos llegan a tocar a las puertas de nuestro mundo y en ellos viene el Señor.

‘Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo’, continúa diciéndonos Jesús. Nos está llamando bienaventurados porque si le estamos esperando así Él nos sentará en la mesa de su Reino. ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre… a heredar el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, como nos dice que será esa bienaventuranza en el final de los tiempos. Nos hará sentar a su mesa y nos irá sirviendo. Es el Banquete del Reino definitivo del que nos hará participar. ¿Nos lo mereceremos? Es el regalo de su amor. Como se suele decir Dios nunca se queda atrás en esa medida del amor.


martes, 18 de agosto de 2026

Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

 


Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30

Ya hasta nos dice que cuando vayamos a viajar vayamos ligeros de equipaje. No sé si os habrá sucedido o lo hemos contemplado, en un aeropuerto, en una estación de viajeros sea cual sea el medio de transporte que vayamos a utilizar a alguna persona que corre hacia el punto de encuentro o de salida de su viaje arrastrando maletas y equipajes, bolsos y paquetes por todos lados que ya no sabe cómo llevarlos o colgarlos incluso de sus brazos o de donde sea y que le hace ir dando traspiés y tropezando con todo en la dificultad de poder caminar ligero. Nos puede parecer incluso hasta cómico pero es una triste realidad con que tropezamos en la vida.

¿No será así cómo nosotros de alguna manera andamos por la vida? Cuántas cosas vamos acumulando, de cuantas cosas nos vamos envolviendo, cuánta avaricia tenemos que reconocer en el fondo llevamos en nuestra vida. Que no nos falte nada, nos decimos, y andamos agobiados a ver cómo podemos ganar más porque queremos tener de todo; y lo malo es que en ocasiones ni lo disfrutamos, sino solo por el placer de decir que tenemos no sé cuantas cosas, o no sé cuántos ahorros, pero que no queremos tocar porque algún día nos podrá faltar. Aquel hombre rico del que nos habla Jesús en una parábola que tuvo una gran cosecha y agrandó sus bodegas para guardar todo aquello que había cosechado y ya pensaba que tenía la vida resuelta porque tenía muchos bienes acumulados y ya ni siquiera tendría que trabajar.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio; y todo partió de aquel joven rico que venía con buena intención buscando la manera de alcanzar la vida eterna, pero que al planteamiento de Jesús de guardar sus tesoros no en estas bodegas terrenales donde nos lo pueden robar o la polilla carcome los guardemos en el cielo. Pero como hemos reflexionado recientemente aquel joven se marchó triste porque era rico y le parecía que si se desprendía de cuanto poseía ya no tendría dónde apoyarse en la vida, ya no tendría seguridad en su vida.

Por eso hoy Jesús nos habla de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. No está condenando Jesus la posesión de unos bienes que necesitamos en el vivir de cada día; tendríamos que recordar el mandato de Dios en el paraíso de dominar la tierra para hacerle producir sus frutos; tendríamos que recordar la parábola de los talentos donde se nos pide cómo tenemos que desarrollar lo que somos y lo que tenemos, nuestros valores y nuestras capacidades porque todo ha de tener su rendimiento; condena Jesús en aquella parábola al que guardó el talento bajo tierra para no perderlo pero no fue capaz de ponerlo en valor.

Lo que hoy Jesús nos está queriendo hacer reflexionar es la utilización que nosotros hacemos de esos medios materiales que podemos obtener con nuestro trabajo y con el desarrollo de lo que tenemos y somos. Y es que lo que no nos vale es la actitud egoísta del que lo quiere acaparar todo, del que solo busca la acumulación de una riquezas por una parte muchas veces solo en beneficio propio, pero muchas veces también sin saberle sacar jugo para nuestro disfrute. Es la codicia la que nos hace daño porque nos encierra en nosotros mismos, porque nos viste de vanidad, porque son peldaños que queremos aprovechar para elevarnos sobre pedestales, porque es el juego que nos lleva a la prepotencia y al poder para elevarnos por encima de los demás, porque es la que nos crea una coraza de insolidaridad que endurece nuestro corazón.

Qué importante es que tengamos esa disponibilidad con lo que somos y con lo que tenemos que nos lleve al compartir, que nos valga para tender puentes que nos acerquen y nos ayudan a enriquecernos mutuamente, porque ya no solo seremos capaces de desprendernos de esos bienes materiales que tengas sino que aquello que somos lo disponemos para ese mutuo enriquecimiento porque yo tambien me veré beneficiado de los buenos valores de los demás.

Jesus le responde a Pedro que anda un poco preocupado porque ellos lo han dejado todo por seguir al Maestro con aquello de que recibirán cien veces más. Y es que si yo soy generoso me voy a encontrar con la generosidad de los demás, si yo pongo mis valores en juego para el bien de la comunidad esa riqueza a la que aportan también con generosidad los demás también me enriquecerá a mi. No podemos olvidar que tenemos que ser semillas de bien allá donde estemos y al final florecerá ese campo de la vida. Aprendamos a ir ligeros de equipaje, como decíamos al principio, porque solo así podremos hacer esa hermosa siembra en la vida.


sábado, 30 de agosto de 2025

No dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y desarrollando nuestros valores, alejando toda clase de agobios para mantener siempre la paz

 


No dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y desarrollando nuestros valores, alejando toda clase de agobios para mantener siempre la paz

1Tesalonicenses 4, 9-11; Salmo 97; Mateo 25, 14-30

No todos somos iguales ni tenemos que ser iguales, porque seríamos como una estampa repetida. Es la variedad y al mismo tiempo la riqueza de la vida. Cada uno con nuestros valores y nuestras cualidades y así mutuamente nos enriquecemos y enriquecemos la vida. El desarrollo de cada uno no es querer ser igual al otro, es hacer que eso que yo soy se enriquezca y llegue a su plenitud; no es copiar ni simplemente imitar, aunque lo que veamos en los demás nos estimule, nos impulse a ser nosotros mismos, no una copia, no una repetición; no es sentirnos clonados de los demás sino alcanzar la plenitud de mi propio ser, en lo que soy y en lo que valgo por mi mismo. Esa variedad será, como decíamos, la riqueza de la vida, la riqueza del mundo en el que vivimos.

En esto me hace pensar la parábola que nos propone hoy el evangelio. El rey que al marchar de viaje confía sus bienes a sus servidores, dando a cada uno según su capacidad, como incluso nos dice la parábola. Cada uno según su capacidad ha de negociar aquellos talentos que se les han confiado, un día han de rendir cuentas. Pero como nos dice la parábola uno no fue capaz de negociar nada, le parecía tan poca cosa lo que había recibido que simplemente optó por no perderla. Así se presentó ante su señor a la hora de rendir cuentas, y reconoce que no ha hecho nada, no había sido capaz de realizar la función que le habían encomendado, porque aquellos les fueron confiados para que les sacaran rendimiento. No era solo cuestión de guardarlos.

Creo que nos puede ayudar a reflexionar sobre muchas cosas, empezando por la valoración que hemos de hacer de nosotros mismos, sin comparaciones y sin envidias, reconociendo lo que somos y valemos aunque nos creamos pequeños, pero aunque pequeños tenemos nuestra función, tenemos nuestro lugar, tenemos nuestra responsabilidad de la que no nos podemos escaquear. Y aquello que somos o que tenemos hemos de saberlo cultivar. 

No nos valen las falsas humildades, no nos valen los recelos ante lo que los demás tienen, han recibido o han conseguido con su esfuerzo y su trabajo. Nos entretenemos mirando a los demás y no nos miramos a nosotros mismos, no somos capaces de ponernos a trabajar en lo nuestro para obtener su fruto.

Ya nos decía san Pablo hoy en la carta a los tesalonicenses que no dejemos de ocuparnos de lo nuestro trabajando con nuestras propias manos y alejando de nosotros toda clase de agobios para mantener siempre la paz. Las comparaciones, las envidias y las desconfianzas nos paralizan, no nos dejan pensar ni en lo que nosotros somos por nosotros mismos y menos nos ayudarán a desarrollar con responsabilidad nuestra tarea. 

No podemos estar pensando que los talentos de los otros son más valiosos o importantes. Nadie es más importante que los demás, todos tenemos el mismo valor y la misma dignidad y así  no hemos de temer presentarnos ante los demás, no haciendo alardes ni poniéndonos condecoración, con la verdad de lo que somos, pero también con la humildad de los que queremos poner nuestro grano de arena y queremos caminar con los demás. La hondonada de la pereza en la que caemos nos hará olvidarnos o dejar de lado lo que son nuestras propias responsabilidades.

Se nos está ofreciendo, con este texto de la Palabra de Dios hoy, un momento propicio para examinar nuestra vida y reconocer nuestros valores, pero un momento también para ver hasta donde hemos cultivado nuestra vida, hasta donde hemos hecho crecer nuestra vida y lo que somos, hasta donde somos conscientes también que nuestros valores enriquecen a los demás, estamos haciendo florecer ese jardín de la vida donde todos podamos sentirnos de forma más agradable porque estaremos construyendo y haciendo florecer ese hermoso jardín de la vida. 

Que resplandezcan en consecuencia esos valores del Reino de Dios, que tiene que ser nuestra tarea y compromiso desde la escucha y el seguimiento de Jesús.

miércoles, 21 de agosto de 2024

Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

 


Como el artista se siente complacido en el arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, para la belleza de nuestro mundo

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

Forma parte de la naturaleza del ser humano el ir plasmando su ser en la obra que realiza con sus manos, el trabajo; y cuando hablo de lo que realizamos con las manos no reduzco el concepto solamente a lo que pueda ser el trabajo manual, sino que estoy queriendo expresar lo que podríamos decir todo lo que sale del ser del hombre, del ser de la persona.

Trabajo es lo que realizamos manualmente pero es también todo lo que podríamos llamar lo brotado de su inteligencia y de su ingenio, de donde surge todo lo que es el pensamiento del ser humano, y en consecuencia podríamos decir la filosofía pero es también lo que de manera artística realiza, como puedan ser las artes plásticas pero también la belleza de pensamiento expresado en la poesía. En todo ello vamos dejando la impronta de nuestro ser, brotarán las iniciativas y la creatividad y con ello queremos dejar tras nosotros un mundo mejor y más bello.

El hombre o la persona ociosa que nunca tiene ganas de hacer nada diríamos que está cortándole las alas a su espíritu; esa falta de actividad y de creatividad anula algo importante de su ser con lo que ve mermado también su propio desarrollo personal. Es cierto que podemos necesitar algún periodo de inactividad pero como una recarga de baterías, una recarga de fuerzas para continuar produciendo esa plenitud de su vida. El ocioso no entenderá de plenitud ni de búsqueda de algo más y mejor, simplemente se deja arrastrar por la vida, es lo que decimos habitualmente lo que hacemos es vegetar, pero aun así haríamos un mal uso de la palabra, porque también los vegetales nos producen flores y nos dan frutos.

En cualquier estadio de la vida en que nos encontremos tenemos esa posibilidad de hacernos crecer a nosotros mismos con nuestro propio trabajo dándole un sentido y una plenitud a nuestra vida; y es que en cualquier estadio de nuestra vida tenemos que saber disfrutar de nuestro trabajo que nos dignifica y nos enriquece, y no hablo solo de unos beneficios materiales que podamos obtener como fruto de nuestros trabajos, sino de una riqueza espiritual que le da una nueva dignidad y grandeza a nuestra propia vida.

Hoy la parábola que nos ofrece el evangelio nos habla de aquel propietario que salió de mañana bien temprano a buscar trabajadores para su viña; y nos habla cómo en las distintas horas del día siguió saliendo en búsqueda de más operarios, de manera que casi a última hora de la tarde, cuando se encuentra a algunos que aun andan sin trabajo, les pregunta que cómo es que han estado ociosos todo el día. Algo les faltaba a aquellas personas, a los que, aunque parezca una hora tardía, envía también a su viña.

Muchas explicaciones y comentarios nos habremos hecho o se nos ha ofrecido en otras ocasiones sobre esta parábola. Quiero seguir por esta línea de pensamiento que hemos venido desarrollando; en cualquier hora de nuestra vida tendremos siempre la oportunidad de darle un desarrollo a nuestra vida.

Aunque tengamos siempre que obrar en justicia para que todo el mundo sea remunerado debidamente por lo que realiza para una vida con dignidad, no solo tenemos que pensar en esa remuneración material o económica, sino que cada uno tenemos que considerar la grandeza y la dignidad de lo que es nuestra trabajo, la riqueza y no solo en lo material que adquiere nuestra vida porque cuanto realizamos nos lleva a un crecimiento y a una plenitud de nuestro ser.

Así qué gozosos hemos de sentirnos en el desarrollo de nuestro trabajo, sea cual sea, porque siempre nos estará haciendo ver la dignidad de la persona. Disfrutemos de nuestro trabajo, sintámonos complacidos en la obra que sale de nuestras manos donde estamos plasmando, como decíamos, todo nuestro ser.

No lo miremos como una carga que no nos queda más remedio que soportar, sino como algo que sale de lo más profundo de nuestro ser; como el artista que se siente complacido en la obra de arte que realiza, sintámonos así artistas y creadores con lo que hacemos, sea lo que sea, porque estamos contribuyendo a la verdadera riqueza y belleza de nuestro mundo, que Dios ha puesto en nuestras manos para que continuemos la obra de la creación.

viernes, 1 de marzo de 2024

Con nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros valores tenemos que saber también dar frutos para los demás, es la riqueza que ofrecemos al mundo que nos rodea

 


Con nuestro trabajo, nuestro tiempo, nuestros valores tenemos que saber también dar frutos para los demás, es la riqueza que ofrecemos al mundo que nos rodea

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Salmo 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Se me ocurre comenzar esta reflexión – porque primero que nada me la hago para mí – preguntándome qué hago con mi tiempo, qué hago con las cosas que tengo, las posesiones que pueda tener, qué hago con mi trabajo, con mis valores y cualidades; podría pensar, podríamos pensar – porque os invito a que también os hagáis esas preguntas – que es mi tiempo, que es mi trabajo, que son mis cosas y yo puedo hacer lo que me apetezca. Nos parece que no tenemos que rendir cuentas a nadie. Pero, ¿somos dueños y propietarios o somos administradores?

Es cierto que es mi vida, tengo que sentirme responsable de mi vida, de lo que soy, de lo que tengo; busco en el fruto de lo que hago, es cierto, un rendimiento podríamos decir personal. Pero ¿podemos vivir así aislados del mundo que me rodea de manera que lo que yo haga no tenga repercusión en los demás? Creo que son reflexiones que tenemos que hacernos en la vida y encontrar así el verdadero valor de lo que somos y de lo que hacemos.

Además, ese rendimiento, como lo llamábamos antes, no se puede quedar en lo material porque sabemos que es mucho más hondo lo que somos, lo que tenemos y lo que conseguimos. La persona nunca se queda solo en unos, llamémoslos así, rendimientos materiales; hay, tiene que haber un crecimiento y enriquecimiento interior, algo profundo en nosotros que dará grandeza a nuestra vida y con lo que estaremos enriqueciendo espiritualmente nuestro entorno, a cuantos nos rodean. Por eso, tendríamos que seguir preguntándonos si somos unos meros propietarios o somos unos administradores.

Me estoy haciendo esta reflexión desde la parábola que se nos ofrece hoy en el evangelio que tendría que hacernos pensar mucho y en muchas cosas. Un propietario de una finca que la prepara de la mejor manera posible, nos habla de plantar una viña, de poner una cerca, de hacer una bodega, y la arrienda a unos agricultores que han de trabajarla. La expresión de que la arrienda significa como aquellos viticultores un día han de rendir cuentas al dueño de la viña de los frutos recogidos.

Pero vemos el desarrollo de la parábola; aquellos trabajadores de la viña se niegan a rendir cuentas, vemos la violencia con que actúan para intentar quedarse con la viña y sus frutos, pues hasta quitan de en medio al que sería el heredero de aquella finca. Se han sentido dueños absolutos, cuando ha sido algo que se ha confiado a sus manos y a su trabajo para obtener unos frutos del que todos se beneficiarían.

¿No estará reflejando esa actitud egoísta e insolidaria con que muchas veces vamos por la vida cuando solo pensamos en nosotros mismos y en nuestras ganancias? Por eso decía que nos da mucho que pensar. Nos enseña cuál ha de ser en verdad el valor de nuestro trabajo y nuestra vida; nos enseña cómo vivimos en un mundo en el que todos tendríamos que sentirnos solidarios los unos con los otros, y como nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro trabajo no solo nos va a beneficiar a nosotros mismos, porque es normal que obtengamos unos frutos, sino que esos frutos de nuestra vida son una riqueza para todo nuestro mundo.

Es que incluso con nuestro trabajo material estaremos desarrollando algo que va más allá de esos rendimientos podríamos decir económicos o materiales, porque está el desarrollo de nuestra persona, esa riqueza espiritual desde la realización de nuestras responsabilidades, ese bien para un mundo que queremos hacer mejor y con el que estamos contribuyendo desde nuestro yo, desde nuestras capacidades, desde todo lo que es el desarrollo de nuestra vida.

Pero es además cuanto podemos hacer y en cuanto nos podemos comprometer para y por los demás. Es nuestro trabajo, es cierto, pero es también lo que en ese mí tiempo, el que podría querer solo para mí, podría hacer por los demás. Eso que llamamos voluntariado o compromiso social, eso que en nuestras comunidades en nuestro tiempo podemos hacer desinteresadamente por los demás, ese compromiso que vamos a tener y realizar con nuestra comunidad, esa sociedad en la que hacemos nuestra vida y de la que no nos desentendemos.


domingo, 28 de agosto de 2022

La persona humilde no espera a que el otro sea quien dé el primer paso, sino que estará siempre con los pies bien dispuestos a salir y encontrar al que está caído en el camino

 


La persona humilde no espera a que el otro sea quien dé el primer paso, sino que estará siempre con los pies bien dispuestos a salir y encontrar al que está caído en el camino

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Sal 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

Hoy los protocolos de los que hemos llenado nuestra vida social y de relaciones entre unos y otros ya no hace que cuando vayamos a una boda, por ejemplo, vayamos como locos a buscar la mesa mejor, donde más pronto nos puedan servir, o donde podamos relucir nuestro ‘palmito’, sino que tendremos que irnos a buscar en unas listas qué mesa nos corresponde y con quien tenemos que compartir mesa, porque todo está muy reglamentado. Siempre nos quedará tiempo para murmurar y quejarnos del sitio que nos asignaron y la gente con la que hemos de compartir si no son de nuestro agrado, a pesar de la buena voluntad de los anfitriones. Siempre nos queda en el fondo aquel deseo de buscar el sitio de relumbrón donde podamos ‘mostrar’ nuestras vanidades.

Es lo que Jesús contempló en aquella ocasión cuando fue invitado por aquel fariseo principal a comer y el mensaje que Jesús nos dejará a invitados y a anfitriones. Nos está señalando que nuestros estilos tienen que ser diferentes, porque ni hemos de estar buscando sitios preferentes, primeros puestos, ni hemos de buscar rodearnos solamente de aquellos que consideramos ‘importantes’ sino que nuestro espíritu tiene que estar siempre abierto a todos. Es el estilo nuevo de los valores nuevos que Jesús nos está enseñando.

Qué importante que todos nos sintamos como hermanos, que todos nos sintamos iguales, que seamos acercarnos con sencillez y humildad a los demás, que nunca vayamos por la vida apabullando a los demás porque los consideremos inferiores, que si hay en nosotros unas cualidades o unos valores seamos capaces de desarrollarnos no para ponernos en un estadio superior sino que precisamente esa riqueza de nuestros dones enriquezca también a los demás. Es cierto que no todos tenemos las mismas responsabilidades ni tenemos las mismas capacidades o cualidades, pero esa responsabilidad y esa capacidad la tenemos que contemplar como un servicio que yo puedo y tengo que prestar a los demás.

La humildad que nos está pidiendo Jesús en nuestras relaciones entre unos y otros no significa por un lado ocultar aquellos dones de los que estoy dotado, ni haciendo alarde de mis valores servirme de ello para humillar a los demás. Por eso el corazón humilde, reconociendo incluso la riqueza de dones de su vida, tiene sin embargo una capacidad ilimitada de generosidad y de espíritu de servicio. El hombre humilde está pronto para despojarse siempre de sus vanidades y ceñirse la toalla del servicio asumiendo generosamente las responsabilidades de la vida que será también sentir como propio las necesidades de los demás.

Hoy nos habla de no pelearnos por primeros puestos ni lugares de honor y nos habla de compartir no con aquel que un día te va a pagar ese mismo servicio que ahora tu le prestas, sino con aquellos que nada tienen y que quizá no podrán corresponderte más allá de una buena palabra de agradecimiento.

No invites a tus amigos y a quienes un día también pueden invitarte a ti; eso lo hace cualquiera, como nos dirá en otro momento del evangelio cuando nos habla del amor, de la generosidad y del perdón. No hagas alarde de lo que haces o de lo que tienes, sino que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, nos dirá en otra ocasión.

No esperes nunca a que el otro sea el que dé el primer paso, sino que tus pies siempre estén dispuestos para ser los primeros que se pongan en marcha para encontrar al que está herido y caído en el camino.

miércoles, 13 de julio de 2022

Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

 


Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27

Es justo y humano que queramos crecer en conocimientos; podríamos decir que es exigencia de nuestra condición humana, pues en nuestra dignidad como personas estamos dotados de una inteligencia y de una voluntad, que nos engrandece. Exigencia, porque tenemos que desarrollar nuestras capacidades; exigencia porque desde esa inteligencia vamos creciendo en el conocimiento y crecer en el conocimiento es una manera de crecer como personas, pero es lo que intelectualmente nos hace ir investigando, creando esa cultura científica en todos los aspectos. Decimos que una faceta de esa sabiduría es ese crecimiento de conocimientos y todo ese desarrollo que podemos ir haciendo de nosotros mismos y de nuestro mundo.

Algo que tendría que hacernos más humanos, crear humanidad en nuestras relaciones como en nuestra manera de ser, reconociendo incluso nuestras limitaciones aunque cada día vayamos avanzando más y más. Esa ciencia, ese conocimiento no nos puede hacer autosuficientes para creernos dioses o para ponernos por encima de los demás, aun cuando no hayan sido capaces de ese desarrollo al que nosotros hemos llegado. Esa autosuficiencia y ese orgullo a la larga nos destruyen como personas y nos impedirán alcanzar otra sabiduría de la vida que nos viene, por así decirlo, por otro camino.

Decíamos que es exigencia de nuestra propia humanidad, pero que también lo podemos descubrir como una exigencia de nuestra fe; y no tiene por qué haber enfrentamiento entre esa sabiduría que vamos alcanzando en nuestro desarrollo y nuestra fe. Es necesario un camino de humildad, de reconocimiento incluso de aquello a lo que no podemos llegar por nosotros mismos.

Nos sorprende Jesús hoy con sus palabras. Nunca nos podemos acostumbrar a las palabras de Jesús y darlas siempre por conocidas y entendidas. Da gracias al Padre porque ha querido rebelarse, no a los sabios y entendidos, sino a los que son pequeños, a los que han sabido ser pequeños.

¿Reñida esa revelación de Dios con el desarrollo de nuestra inteligencia y de nuestra ciencia? De ninguna manera. Es la actitud del que se cree entendido lo que le hace incapaz de recibir esa revelación de Dios; la autosuficiencia de creer que todo nos lo podemos saber por nosotros mismos nos cierra a lo más grande que podemos recibir, esa revelación que Dios hace de si mismo. No hay ninguna contradicción con lo que hemos venido diciendo, sino todo lo contrario. Es una sabiduría que solo podemos recibir de Dios pero si tenemos el corazón humilde y abierto como para dejarnos enseñar por Dios.

Es lo que recibimos por Jesús, Palabra y revelación de Dios. ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Jesús quiere revelársenos, Jesús viene del Padre y nos revela el misterio de Dios, Jesús es la luz que nos ilumina, pero como nos sucede tantas veces por nuestra autosuficiencia las tinieblas no quieren recibir la luz.

Recorramos las páginas del evangelio y veremos quienes son los que escuchan a Jesús; aquellos que han llenado su corazón de autosuficiencia, los veremos que siempre están a distancia de Jesús, al acecho; pero quienes son pequeños y saben hacerse pequeños, aquellos que caminan con corazón pobre y humilde serán los que escuchan y siguen a Jesús.

¿Cuál es nuestra posición ante Jesús? ¿Nos quedaremos quizás en mirar de lejos para filtrar las palabras y los gestos de Jesús? ¿Seremos capaces de ponernos a pie de calle para caminar al lado de Jesús, aunque muchas veces el camino se haga duro o se haga calle de amargura que nos lleve al Calvario para dejarnos inundar por el amor de Jesús?

El ha venido a caminar a nuestro lado, a hacer nuestros caminos, a llegar a la casa de la suegra de Pedro donde hay sufrimiento o a la casa de Jairo donde están las plañideras de la muerte, pero el viene para curarnos, para llenarnos de la vida y de la sabiduría de Dios. Hagamos camino con su camino que no es otro que nuestro camino que Jesús quiere hacer con nosotros.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Una llamada de atención a nuestra responsabilidad porque la vida exige desarrollo y crecimiento y en el evangelio encontramos los valores que le darán intensidad

 


Una llamada de atención a nuestra responsabilidad porque la vida exige desarrollo y crecimiento y en el evangelio encontramos los valores que le darán intensidad

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28

Nos puede suceder en ocasiones en la vida que cuando se avecinan cambios pensamos que no merece la pena esforzarse mucho en lo que estamos haciendo; ya vendrán otros tiempos, quizá pensamos, en que podremos dedicarnos con mayor intensidad y ahora no merece el esfuerzo; y dejamos que las cosas sigan en una rutina, en cierto modo imperativa, sin darnos cuenta de que mientras tengamos en manos una actividad, una responsabilidad no podemos hacer dejación de ello.

Recuerdo un profesor, que en esto fue poco sabio y poco profesor, que nos decía que todo aquello iba a cambiar y entonces de alguna manera nos quitaba los deseos de ponerle empeño a la materia y quizá hubo cosas fundamentales en las que no se profundizó lo suficiente y luego no se tenía base para cimentar lo nuevo que se tendría que edificar, por decirlo de alguna manera.

Lo que tenemos entre manos, lo que es ahora nuestra responsabilidad, aquello que se nos ha confiado no podemos abandonarlo; el terreno de la vida siempre hemos de tenerlo roturado y preparado, aunque ahora nos pueda parecer que no vamos a obtener un fruto inmediato, pero eso que ahora nos puede parecer pequeño y sin importancia pudiera convertirse en una base fundamental para lo que hemos de crear en el futuro.

Es la responsabilidad con hemos de tomarnos la vida, es la seriedad con que hemos de ir haciendo las cosas, que al menos ese esfuerzo nos estará sirviendo también como de entrenamiento para lo que en el futuro tengamos que hacer. Sin perdemos las ganas y el entusiasmo, si bajamos la guardia en la responsabilidad del hoy, en el día de mañana también nos buscaremos alguna disculpa para volver a bajar la guardia o hacer dejación de nuestra responsabilidad.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola. Y ya nos dice el evangelista que el motivo era porque con la subida de Jesús a Jerusalén se iba a instaurar ya el Reino y entonces como de alguna manera había entrado como una cierta pasividad en la espera de lo que pensaban que podría suceder. Y Jesús les propone la parábola del que se marchaba de viaje y dejó diversas cantidades de valores a sus empleados. A la vuelta quiso que le rindieran cuentas y mientras unos los habían hecho fructificar, a otro le había entrado la desgana y la irresponsabilidad quizá apoyándose en los temores que tenía porque sabía que su señor era exigente, pero había enterrado el talento y no lo había hecho fructificar. Y ya vemos cómo fue la reacción.

Es una llamada de atención a nuestra responsabilidad. Como decíamos antes de lo que tenemos entre manos no podemos hacer dejación de nuestra responsabilidad. Lo que es nuestra vida nos exige continuamente un desarrollo y un crecimiento. Lo que no crece muere. Igual que las células de nuestro organismo continuamente se van renovando y eso es señal de la vida, y cuando no hay esa renovación, porque las dejamos morir y no hay renovación, entramos en el camino de la enfermedad y en el camino de la muerte.

Pero no olvidemos que la vida no son solo esas células corporales con todas las funciones del cuerpo humano, sino que la vida está en nuestro ser, en lo que somos, en lo que son nuestras vivencias o nuestros sentimientos, en lo que son nuestros deseos y en lo que es nuestro querer, en eso bueno que vamos desarrollando con nuestra existencia y esos valores que vamos cultivando.

Y le hemos de dar intensidad a esa vida; y hemos de desarrollar esas cualidades y esos valores que tenemos, y hemos de superarnos en las limitaciones que encontremos. Es el espíritu fuerte que tengamos en nuestro interior; es la fe que anima nuestra vida y nos llena de esperanza, es el amor con que vamos construyendo cada uno de los pasos de nuestra existencia que también va a tener repercusión en los demás. Es el cultivo de nuestro espíritu elevándonos por encima de todo porque nuestro corazón tiende siempre a Dios. Es el impulso que sentimos en nosotros cuando nos dejamos inundar por el Espíritu y nos lleva a esa entrega y a ese darnos a nosotros mismos. El apoyo lo tenemos siempre en Dios. El evangelio será siempre esa luz para nosotros, para mantenernos en el camino y vivir con toda intensidad.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

 


Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

‘Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades’. Un buen pensamiento que nos da inicio al comentario al evangelio de hoy y que me he permitido tomar de un comentarista de textos evangélicos.

Cuando nos aprietan sacamos a flote todos los recursos que tenemos e ingeniosamente somos capaces de ponerlos a juego; es el momento, sí, de descubrir nuestro valor en la dificultad y cuando tenemos todas las cosas en contra. Pero también sabemos que para algunos es el momento de achicarse, de acobardarse, de esconderse o de huir tirando la toalla, lo que decimos comúnmente es una cobardía, o decimos el poco valor que tenemos. Pero sucede, nos sucede, más de lo que imaginamos o queremos reconocer.

Yo no valgo, decimos acobardados, yo no soy capaz, algunas veces preferimos hundirnos antes que intentar nadar que a fuerza de hacerlo terminaríamos aprendiendo. Aquellas dos moscas que cayeron en un vaso de leche, ¡me ahogo!, pensaron quizás, y una se dejó hundir porque no veía en la orilla a donde agarrarse o por donde salir, pero la otra, sin embargo, comenzó a mover sus patitas intentando nadar, no cejó en el empeño, insistió dando vueltas y vueltas hasta que pronto sintió que bajo sus patitas había algo sólido que parecía crecer y en lo que podía apoyarse, batiendo sus patitas había hecho una bola de mantequilla con la grasa de la leche y al final se salvó.

Tenemos que aprender, tenemos que no cejar en nuestro empeño e insistir, tenemos que aprender a buscar salidas que podemos encontrar, no nos podemos quedar quietos y encerrados; detrás de cualquier obstáculo que nos encontremos puede haber un respiradero, una salida, un rayo de luz que despierte nuestra esperanza y haga aparecer nuestra creatividad. Es difícil, nos decimos muchas veces, esto supera mis fuerzas o mis capacidades, pero nada se ha hecho por si solo sino que ha habido alguien con empeño que ha buscado soluciones, ha abierto caminos, a despejado horizontes.

La pasividad no es buena, es algo negativo y siempre tenemos que intentar ser positivos y con optimismo pensar que podemos encontrar una salida. Ahí están nuestros valores humanos, nuestra constancia, nuestra firmeza, nuestro creer en nosotros mismos, la fortaleza de espíritu, la capacidad de iniciativa que todos tenemos escondida dentro de nosotros; hay que buscar el resorte que le haga saltar.

Y esto en todos los aspectos de la vida; vendrán momentos difíciles pero en nuestras manos siempre hay algún talento que podemos desarrollar; serán muchos o serán pocos, no importa, lo importante es que creamos que podemos negociarlos, que podemos sacar un provecho, un fruto de eso que tenemos.

Son los momentos difíciles que vivimos actualmente que si tenemos que estar encerrados en previsión de posibles contagios del virus, sin embargo nuestro espíritu no lo podemos encerrar, podemos soñar y podemos imaginar, podemos tener creatividad y tener inventiva, podemos aprender lecciones como revisar actitudes y posturas con las que hemos vivido de una forma conformista hasta ahora.

Pero tenemos que salir de nuestro conformismo, despertar de la pasividad, quitar los miedos, creer que en verdad un día encontraremos una luz. No podemos quedarnos pasivamente a que otros nos abran caminos, nos den soluciones o nos resuelvan las cosas; cada uno tiene su parte, y tú y yo tenemos también nuestra parte y nuestra responsabilidad.

Creo que es lo que nos quiere decir Jesús con la parábola que nos propone. Aquel hombre que repartió los talentos entre sus servidores esperando encontrar un fruto y un rendimiento a la vuelta. Unos supieron negociarlos, otros lo enterró y no se obtuvo ningún beneficio, es más, él mismo perdió aquel talento que se le había confiado. Había tenido miedo, como nosotros tantas veces que nos acobardamos. No nos quiere el Señor pasivos. Ha puesto el mundo en nuestras manos y en nuestras manos está el que podamos hacerlo mejor. No nos podemos sentir abrumados por los problemas, por la inmensidad del trabajo, o por el mundo contrario que nos podamos encontrar.

Es lo que nos sucede con nuestra fe, ese tesoro que ha sembrado Dios en nuestro corazón. Y hemos reconocer que estamos en una generación de cristianos pasivos, que nos encerramos, que huimos, que enterramos nuestros valores y nuestros principios. Pero ese Reino de Dios tenemos que construirlo, está en nuestra manos.

Nos cuesta dejarnos renovar para salir de nuestra pasividad y de nuestro miedo; vivimos en una actitud muy conformista simplemente de dejar hacer, pero sin comprometernos; nos contentamos con nuestros cumplimientos como si solo fuera suficiente el que enterremos el talento para que no se nos pierda. Tenemos que despertar y es en momentos como los que vivimos donde tiene que resplandecer esa fe que decimos anima nuestra vida para anime también a nuestro mundo.


Ahora incluso, que por la situación actual nos vemos muy mermados en nuestras actividades pastorales, tendríamos que saber encontrar caminos, medios, formas para seguir haciendo ese anuncio que ahora quizá con más razón nuestro mundo necesita cuando nos encontramos tantos desesperanzados de la vida. Y nosotros tenemos que ser luz de esperanza para nuestro mundo, sembrar un optimismo de la vida que nace de nuestra fe.

No sabemos, quizás, como hacerlo, pero es el momento de reflexionar, de abrirnos al espíritu del Señor que nos inspire nuevos caminos y nuevos campos. Pero tenemos que seguir siendo esa luz del mundo, esa sal de la tierra. No perdamos ese resplandor ni ese sabor que tenemos que transmitir a los demás.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios


Démosle gracias a Dios por los dones recibidos, que nos fortalece en la debilidad, nos estimula en nuestro crecimiento y siempre todo para la gloria de Dios

Efesios 3,2-12; Sal.: Is 12,2-3.4bcd.5-6; Lucas 12,39-48

‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’
Así termina hoy Jesús las recomendaciones que nos está haciendo a la vigilancia y a la responsabilidad en la vida. Pero con esta sentencia final de Jesús creo que nos está planteando algo importante. ¿Somos conscientes de cuanto recibimos del Señor? ¿Somos conscientes del regalo de la vida, para comenzar, pero de cuantos dones y cualidades está llena esa misma vida?
Algunas veces, en una especie de humildad que no es realmente humildad, nos decimos qué poco somos y qué poco valemos. Nos achicamos y empequeñecemos no queriendo o no sabiendo reconocer de cuántos dones estamos dotados. Muchas veces pudiera ser que fuera una excusa para no comprometernos, para no implicarnos más en las cosas de la vida, para asumir responsabilidades, para dejar que sean otros los que hagan o se impliquen para no complicarnos nosotros.
Decimos fácilmente que no sabemos o que no podemos. Una excusa, un escurrir el bulto. Como se suele decir nadie nace aprendido, sino que descubriendo cuales son nuestras cualidades, nuestros valores – que todos tenemos – tratar de desarrollarlos, de ponerlos en juego, quitando miedos y temores y viendo al final que somos capaces de muchas cosas y de cosas importantes también.
Es necesario conocerse de verdad, ahondar en nuestras posibilidades, descubrir cuales son verdaderamente nuestros gustos, porque por ahí quizá podemos descubrir capacidades que hay en nosotros y que hemos de desarrollar. Dejarnos ayudar para descubrir la riqueza de nuestro yo y esas capacidades que tenemos. Cuantas veces porque nos vemos obligados a implicarnos en algo que nos parecía que no seriamos capaces de sacar adelante, luego descubrir que con nuestra paciencia y nuestra constancia fuimos capaces de afrontar aquellas responsabilidades quizás y desarrollar unas cualidades que estaban ocultas en nosotros.
El empequeñecernos y anularlos sería una falta seria de responsabilidad en la vida cuando lo hacemos por comodidad, o por no querer complicarnos la vida. Ahí está lo que nos ha dicho hoy Jesús que citábamos al principio de nuestra reflexión y que nos viene bien recordar para despertarnos de ese sopor en que tantas veces nos metemos en la vida y lo llegamos a hacer nada. ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá…’ reconozcamos los dones recibidos del Señor, no enterremos el talento, demos fruto que nos lo debemos a nosotros mismos, lo debemos a los demás en ese bien que les podemos hacer y se le debemos a Dios que es el que ha enriquecido nuestra vida con esos dones.
Démosle gracias a Dios por esos dones recibidos, y esa presencia continua en nuestra vida para fortalecernos en nuestras debilidades, para estimularnos en nuestro crecimiento, para dar gloria al Señor con todo lo que es nuestra vida y cuanto de bueno podemos hacer.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios


Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios

1Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30

¿En quien puedo yo confiar las cosas que son muy importantes en mi vida? ¿Quién merece nuestra confianza como para que pongamos en sus manos nuestras cosas, nuestros negocios, nuestros bienes, o aquellas cosas que son importantes para mi?
Quizá en alguna ocasión nos lo planteemos ya sea en asuntos de orden material para que sean administradores de nuestras cosas, pero quizá en el fondo consciente o inconscientemente nos lo estamos planteando cuando confiamos algo de la intimidad de nuestra personas, nuestros secretos o nuestras inquietudes, las ilusiones que tenemos en la vida o aquellas cosas en las que vamos tropezando y quizás fracasando. No a cualquiera le confiamos nuestras cosas, no a cualquiera desvelamos esas cosas que en cierto modo forman parte de nuestra intimidad. Conseguir esa confianza en ocasiones no nos resulta fácil.
Claro que aquel en quien confiamos, o nosotros mismos si somos depositarios de la confianza de alguien tenemos que hacernos merecedores de ello, siendo buenos administradores o manteniendo la necesaria discreción y lealtad hacia quien nos ha confiado algo de si mismo. Discreción y lealtad que no siempre quizá encontramos, pero que tan necesaria es en el respeto que siempre hemos de tener a la persona, a toda persona y mucho más a quien ha tenido esa deferencia de mostrarnos así su confianza. ¿Seremos siempre lo suficientemente discretos y leales? ¿Seremos en verdad buenos administradores de lo que se nos confía?
Cuando Jesús nos habla del Reino de Dios lo hace utilizando parábolas, imágenes con hondos significados que nos ayudan a comprender todo ese misterio de gracia que es el Reino de Dios que hemos de vivir y que nos dan pautas de esos valores nuevos que hemos de saber resaltar en nuestra vida, vivir con intensidad para sentirnos en verdad dentro del Reino de Dios.
Hoy nos habla de aquel hombre que se iba al extranjero y que quiere confiar sus bienes y sus cosas a tres personas en quienes confía para que se las administren. La parábola nos describe el diferente actuar de aquellas personas, pues mientras unos se sienten responsables de hacer producir aquellos bienes, otro simplemente se contenta con conservarlos sin que se le pierdan, pensando que con solo eso ya tenia todo hecho. No es eso lo que aquel hombre esperaba de sus administradores.
Muchas consecuencias podemos derivar para nuestra vida personal, pero también considerándonos en medio de una sociedad, de una comunidad de la que también hemos de sentirnos responsables. Quiero incidir sobre todo en la confianza que aquel hombre tuvo en sus empleados, cada uno con sus diferentes cualidades, pero a los que el consideraba capaces de desempeñar aquella tarea. Y ahora pienso en mi mismo, cada uno piense en si mismo, a quienes se nos ha confiado también un tesoro que es nuestra propia vida, con sus valores y sus cualidades, con sus limitaciones, es cierto, también, pero con lo que en realidad somos cada uno.
¿Estaremos en verdad respondiendo a esa confianza? muchos tenemos que analizarnos personalmente sobre lo que hacemos con nuestra vida. Tenemos también el peligro de considerarnos pequeños y que nada valemos y lo que estamos haciendo es enterrar nuestros valores, porque no somos capaces de sacarlos a flote, desarrollar en verdad lo que somos y valemos con todas las posibilidades que todos tenemos en la vida.
Aquí tendríamos que pensar también en los que son educadores de la persona -empezando por los padres y todos los maestros o educadores que tengamos en la vida en la diversas situaciones – en cómo han de saber hacer descubrir y desarrollar los valores de esas personas que se les han confiado. Hay ahí una responsabilidad tremenda porque en esos educadores se ha puesto una confianza grande en la tarea que han de realizar como tales.
Quedémonos al menos con una última consideración de pensar cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aun ha puesto su vida cuando nos regala su gracia, la gracia de ser hijos de Dios. ¿Viviremos como tales?  En quien puedo yo confiar, comenzábamos preguntándonos, pero pensemos también como Dios ha puesto su confianza en nosotros.



jueves, 30 de agosto de 2018

La responsabilidad con que asumimos la vida que nos abre a los demás y nos eleva y trasciende hasta la plenitud de Dios


La responsabilidad con que asumimos la vida que nos abre a los demás y nos eleva y trasciende hasta la plenitud de Dios

1Corintios 1,1-9; Sal 144; Mateo 24,42-51

No sé, pero da la impresión de que nos hemos acostumbrado a que quien ostenta la responsabilidad de algo en la vida se sienta como dueño y señor de aquello de lo que solo es un administrador y que su responsabilidad es precisamente el cuidar de administrar bien lo que está en su mano para bien de aquello o aquellos que se le han confiado a su responsabilidad. Tener una responsabilidad no es hacernos dueños todopoderosos para actuar a nuestro antojo, sino que podríamos decir que es entrar en una dinámica de servicio para buscar el bien y lo bueno para todos y todo lo que está a su cuidado.
Hablar de esa responsabilidad es hablar de la vida misma, pero serían hablar también de todas esas funciones que hay en la sociedad a la que toca servir y que tenemos que cuidar que no solo sea para el bien ni solo del propio responsable ni solo de algunos de sus miembros.
Demasiado tendríamos que decir en este aspecto en tantos estamentos de la sociedad, en la vida social y en la vida política, en los que son responsables del gobierno como en las responsabilidades que asumimos en las tareas que desempeñamos todos cada día. Y tenemos que reconocer cuánto de corrupción hay en tantos aspectos de todo esto que estamos mencionando.
¿Qué vemos hacer desgraciadamente en tantos de nuestros políticos? ¿Qué vemos en tantas otras actividades de la vida social en las actitudes y comportamientos de muchos de sus dirigentes?
Pero decíamos también que hablar de responsabilidad es hablar de la vida misma. La responsabilidad de nuestra propia vida que tenemos que saber asumir. Es mi vida, oímos decir tantas veces, y de mi capa hago un sayo, dicen algunos. Es tu vida que tienes que saber vivir con responsabilidad. Es tu vida donde has de saber desarrollar tus valores y tus cualidades, que no estás dotado de ellas, para guardarlas encerradas, sino que tenemos que saber dar fruto.
Es tu vida, pero no vives aislado de los demás, sino que vives en sociedad, porque hay un sentido y un valor social desde lo más intimo de tu propio ser y no vives solo para ti. Piensa que tu misma existencia ha dependido de otros seres de la misma manera que de ti va a depender la existencia de otros seres que vendrán detrás de ti e incluso de los que están a tu lado en esa profunda interrelación que hay entre todos. Por eso tus propios valores, tus cualidades que te enriquecen también están llamadas a enriquecer a los demás.
Es tu vida que está dotada también de una trascendencia no solo en lo que de ti se va a reflejar en los demás sino que también nos eleva en una vida espiritual y en una vida que va mas allá de lo que ahora en este espacio temporal podamos vivir. En esa elevación espiritual y en esa ansia de plenitud y de eternidad que todos llevamos dentro nos abrimos a Dios, nos trascendemos en Dios que no solo buscamos en esa ansia de eternidad, sino que sentimos también que viene a nosotros y en nosotros en nuestra vida se hace presente.
Hoy nos habla Jesús en el evangelio de vigilancia, de estar preparados y atentos como los que tienen una responsabilidad. Es de todo lo que venimos reflexionando. Y esa presencia de Dios en nosotros que vamos a sentir precisamente nos induce a vivir con todo sentido y plenitud todas esas responsabilidades que tenemos en la vida. No podemos descuidar esa vigilancia, ese cuidado, esa responsabilidad. Esa fe que va a llenar e inundar nuestra vida no nos adormece sino todo lo contrario nos hace estar más vigilantes, a actuar con mayor responsabilidad, a trabajar para hacer que nuestro mundo sea mejor.

viernes, 22 de junio de 2018

Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida encontrando los verdaderos valores, los que no caducan, los que nos abren puertas de eternidad



Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida encontrando los verdaderos valores, los que no caducan, los que nos abren puertas de eternidad

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

Cómo nos gusta ir acumulando cosas en la vida. Miramos en nuestro entorno, miramos nuestra habitación y nuestra casa y vemos cuántas cosas se acumulan y de las que no queremos desprendernos; unas porque nos traen un recuerdo, otras porque, quizás sí, las necesitamos o utilizamos, otras porque un día nos sirvieron para algo pero que ahora sentimos lástima de desprendernos de ellas, otras porque quizá olvidadas con el paso del tiempo ahí se van acumulando, llenándose de polvo y suciedad y casi no les prestamos atención pero tampoco nos desprendemos de ellas, otras veces porque de alguna manera halagan nuestra vanidad y parece que le dan cierta prestancia a nuestro lugar o a nuestra vida, o pueden ayudar a manifestar de alguna manera cierto poder, y así cosas y cosas que nos rodean, se amontonan y hasta nos ahogan.
Pero bien sabemos que no son solo esos objetos que ponemos en algún lugar en nuestro entorno, sino son otros los deseos de acumular, de ser en cierto modo avaros porque en lo económico queremos tener más y más, nos parece siempre que no va a faltar, pensamos en futuros o en lo que nos pueda venir el día de mañana y parece que con esos bienes económicos o materiales lo vamos a tener todo resuelto. En nuestra avaricia hasta quizás pasamos necesidad de algo en estos momentos porque lo que queremos es guardar y guardar.
¿Para qué todo eso? ¿La vida estará hecha solo de esas cosas que poseemos o de esos bienes económicos que guardamos? ¿No habrá algo más que seria lo que tendría que enriquecer nuestra vida? Algunas veces no sabemos ni disfrutar de lo que tenemos. Hay otras posibilidades en nuestra vida que pasamos por alto y no llegamos a tener ese crecimiento interior como personas porque nos quedamos en apariencias y vanidades.
Tenemos libros que decimos que algún día en el futuro leeremos pero nunca abrimos sus páginas; ahí están alineados en la biblioteca pero nada mas, cerrados no nos aprovechamos de su riqueza. Pero eso no nos sucede solo en nuestra biblioteca – es un imagen -, sino que no sucede cuando no nos damos cuenta de la riqueza interior que pudiera haber en nuestra vida, pero que realmente no nos hemos preocupado de desarrollar.
Las satisfacciones más hondas en el desarrollo de nuestra personalidad las olvidamos y las sustituimos por satisfacciones efímeras que pensamos que nos pueden dar las cosas. No son las cosas lo que verdaderamente te harán feliz, sino lo que hay dentro de ti mismo, en tus propias capacidades y cualidades que tendrías que preocuparte de desarrollar con lo que también podrías hacer feliz a tantos que están a tu lado.
Hoy esta diciendo Jesús que acumulemos tesoros donde la polilla no los roa, sino los ladrones se los puedan llevar. Y nos dice que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón. ¿Dónde tenemos el verdadero tesoro de nuestra vida? ¿Cuáles son las metas por las que merece luchar que nos hemos propuesto? ¿Qué es lo que verdaderamente da satisfacción a nuestra vida y nos hace verdaderamente grandes?
Tenemos mucho en qué pensar. Démosle verdadera trascendencia a nuestra vida, encontremos los verdaderos valores, los que no caducan, los que duran para siempre, los que nos abren puertas de eternidad.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Puede parecer insignificante lo que hago pero ese trabajo me ayuda interiormente, me dignifica y siento que de mi riqueza interior estoy contribuyendo a la sociedad en la que vivo

Puede parecer insignificante lo que hago pero ese trabajo me ayuda interiormente, me dignifica y siento que de mi riqueza interior estoy contribuyendo a la sociedad en la que vivo

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16

‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ La pregunta está insertada en la parábola que Jesús les propone a sus discípulos, sobre los trabajadores enviados a trabajar a su viña en las distintas horas del día que tantas veces habremos comentado y meditado.
Pero es una pregunta que nos puede llevar a diversas consideraciones. Una pregunta que se puede convertir en denuncia de la situación que viven tantos hoy en nuestra sociedad. La respuesta está ahí clara: ‘Nadie nos ha llamado a trabajar’. Es el hecho cruel y sangrante en que se ven tantos que no tienen trabajo, tantas familias sufriendo esa crisis brutal de nuestra economía que se ven sumidas en la pobreza y en la miseria. Es la realidad que hace sufrir a tantos. Es la realidad que refleja nuestro mundo injusto con tantas diferencias entre unos seres humanos y otros. Es la tristeza de tantos que tienen y que tendrían posibilidades de aportar de alguna manera sus valores – y aquí incluimos todo tipo de valores – para que todos puedan tener un trabajo digno con el que sustentar a sus familias, y vivir ellos mismos con mayor dignidad su vida.
Toda persona tiene derecho a tener su trabajo con el que dignificar su vida. el trabajo que no es solo el medio de ganar unos recursos para tener una subsistencia digna – que también lo es – sino que es también el medio con que la persona desarrolla sus posibilidades, crece en dignidad, se realiza como persona plasmando en eso que realiza lo más hondo de si mismo.
Muchas veces nos parece el trabajo una rutina y por su dureza en ocasiones nos puede parecer una maldición, pero el trabajo siempre ha de seré creador; con nuestro trabajo contribuimos al desarrollo de la misma vida, de la sociedad en la que estamos, por eso decimos que es creador. Y no se trata de pensar en los artistas o los que puedan realizar grandes obras, sino que eso pequeño que cada uno hacemos está haciendo que nosotros mismos nos realicemos, desarrollemos nuestra vida, pongamos nuestro pequeño grano de arena, por así decirlo, al bien de los demás.
Pienso en mi mismo en estos momentos y en esto que estoy haciendo, permitidlo. Pudiera parecer algo insignificante y no es gran cosa el que emborrone una cuartilla escribiendo estas reflexiones. Unos minutos, un tiempo mío personal que dedico a esta reflexión y a tratar de reflejarlo en estos renglones que quiero ofreceros a través de mi blogs. Pero con mi reflexión compartida puedo ayudar quizá a la reflexión de muchas personas, a que en su interior las personas que me leen puedan descubrir cosas que pueden realizar, pensamientos o sentimientos que afloran en si mismos y que les pueden ayudar o con los que a su vez ayudar a los demás.
Es insignificante lo que estoy haciendo, pero me mueve, no porque yo pueda hacerlo mejor que otros ni mucho menos, la ayuda que con ello pueda prestar a los demás. Y eso me ayuda a mí interiormente, eso me hace sentirme útil, con ese trabajo tan insignificante no solo me realizo a mi mismo sino que siento que puedo hacer quizás el bien a los demás.
Y finalmente de nuevo volvemos a la pregunta del principio ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ ¿Cómo es posible que haya personas que vivan en una permanente ociosidad? ¿No se sentirán vacíos en su interior cuando nada son capaces de aportar a los demás? Desgraciadamente nos encontramos gentes así, que viven como parásitos de la sociedad sin ser capaces de hacer nada. Dicen quizá que ya han trabajado bastante y que ahora en la vida toca descansar. Es cierto que es noble un merecido descanso, pero es cierto también que indica la nobleza de nuestro corazón cuando no sabemos estar ociosos y de una forma o de otra buscamos la manera de hacer algo, no solo ya por nosotros mismos que también lo necesitamos, sino para ofrecer de la riqueza de mi vida a los demás.