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martes, 18 de agosto de 2026

Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

 


Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30

Ya hasta nos dice que cuando vayamos a viajar vayamos ligeros de equipaje. No sé si os habrá sucedido o lo hemos contemplado, en un aeropuerto, en una estación de viajeros sea cual sea el medio de transporte que vayamos a utilizar a alguna persona que corre hacia el punto de encuentro o de salida de su viaje arrastrando maletas y equipajes, bolsos y paquetes por todos lados que ya no sabe cómo llevarlos o colgarlos incluso de sus brazos o de donde sea y que le hace ir dando traspiés y tropezando con todo en la dificultad de poder caminar ligero. Nos puede parecer incluso hasta cómico pero es una triste realidad con que tropezamos en la vida.

¿No será así cómo nosotros de alguna manera andamos por la vida? Cuántas cosas vamos acumulando, de cuantas cosas nos vamos envolviendo, cuánta avaricia tenemos que reconocer en el fondo llevamos en nuestra vida. Que no nos falte nada, nos decimos, y andamos agobiados a ver cómo podemos ganar más porque queremos tener de todo; y lo malo es que en ocasiones ni lo disfrutamos, sino solo por el placer de decir que tenemos no sé cuantas cosas, o no sé cuántos ahorros, pero que no queremos tocar porque algún día nos podrá faltar. Aquel hombre rico del que nos habla Jesús en una parábola que tuvo una gran cosecha y agrandó sus bodegas para guardar todo aquello que había cosechado y ya pensaba que tenía la vida resuelta porque tenía muchos bienes acumulados y ya ni siquiera tendría que trabajar.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio; y todo partió de aquel joven rico que venía con buena intención buscando la manera de alcanzar la vida eterna, pero que al planteamiento de Jesús de guardar sus tesoros no en estas bodegas terrenales donde nos lo pueden robar o la polilla carcome los guardemos en el cielo. Pero como hemos reflexionado recientemente aquel joven se marchó triste porque era rico y le parecía que si se desprendía de cuanto poseía ya no tendría dónde apoyarse en la vida, ya no tendría seguridad en su vida.

Por eso hoy Jesús nos habla de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. No está condenando Jesus la posesión de unos bienes que necesitamos en el vivir de cada día; tendríamos que recordar el mandato de Dios en el paraíso de dominar la tierra para hacerle producir sus frutos; tendríamos que recordar la parábola de los talentos donde se nos pide cómo tenemos que desarrollar lo que somos y lo que tenemos, nuestros valores y nuestras capacidades porque todo ha de tener su rendimiento; condena Jesús en aquella parábola al que guardó el talento bajo tierra para no perderlo pero no fue capaz de ponerlo en valor.

Lo que hoy Jesús nos está queriendo hacer reflexionar es la utilización que nosotros hacemos de esos medios materiales que podemos obtener con nuestro trabajo y con el desarrollo de lo que tenemos y somos. Y es que lo que no nos vale es la actitud egoísta del que lo quiere acaparar todo, del que solo busca la acumulación de una riquezas por una parte muchas veces solo en beneficio propio, pero muchas veces también sin saberle sacar jugo para nuestro disfrute. Es la codicia la que nos hace daño porque nos encierra en nosotros mismos, porque nos viste de vanidad, porque son peldaños que queremos aprovechar para elevarnos sobre pedestales, porque es el juego que nos lleva a la prepotencia y al poder para elevarnos por encima de los demás, porque es la que nos crea una coraza de insolidaridad que endurece nuestro corazón.

Qué importante es que tengamos esa disponibilidad con lo que somos y con lo que tenemos que nos lleve al compartir, que nos valga para tender puentes que nos acerquen y nos ayudan a enriquecernos mutuamente, porque ya no solo seremos capaces de desprendernos de esos bienes materiales que tengas sino que aquello que somos lo disponemos para ese mutuo enriquecimiento porque yo tambien me veré beneficiado de los buenos valores de los demás.

Jesus le responde a Pedro que anda un poco preocupado porque ellos lo han dejado todo por seguir al Maestro con aquello de que recibirán cien veces más. Y es que si yo soy generoso me voy a encontrar con la generosidad de los demás, si yo pongo mis valores en juego para el bien de la comunidad esa riqueza a la que aportan también con generosidad los demás también me enriquecerá a mi. No podemos olvidar que tenemos que ser semillas de bien allá donde estemos y al final florecerá ese campo de la vida. Aprendamos a ir ligeros de equipaje, como decíamos al principio, porque solo así podremos hacer esa hermosa siembra en la vida.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

Encontremos el verdadero sentido del vivir que es dar vida, multiplicar la vida siendo agradecidos con la vida que se nos ha regalado haciendo ese regalo también a los demás

 


Encontremos el verdadero sentido del vivir que es dar vida, multiplicar la vida siendo agradecidos con la vida que se nos ha regalado haciendo ese regalo también a los demás

2Macabeos 7,1.20-31; Salmo 16; Lucas 19,11-28

La vida es un don, como un regalo que se nos da. Por eso la vida necesariamente se hace don. No es algo que se pueda encerrar, no es algo que se pueda acaparar; donde hay vida tiene que multiplicarse; si no la dejamos expandirse es que se muere, se difumina, desaparece. Es que la vida es expansiva. En quien vive no caben los egoísmos, el encerrarse en sí mismo o en pensar solo en ganar para sí mismo, porque el verdadero sentido de vivir es darse. Y nos damos porque somos agradecidos y la mejor forma de manifestar esa gratitud es dándonos creando vida, dándonos compartiendo todo lo que es nuestra vida, todo lo que hemos recibido.

Quien no es capaz de compartir la vida se muere; las personas encerradas en sí mismos, pensando solo en si mismos, son las más desgraciadas porque han perdido la verdadera ilusión de vivir, de lo que es la vida. Cuántos contemplamos en la vida que andan aburridos y sin encontrarle sentido a lo que hacen, porque solo piensan en sí mismos y no han descubierto la ganancia que es vivir y crear vida. Muchos viejos que se mueren contemplamos, y no son viejos porque tengan muchos años, sino porque no han encontrado sentido a su vivir. Aparecen los miedos y las desconfianzas, aparece el deseo de guardarlo tanto para no perderlo que al final se pudre esa vida y se llena de muerte.

Los que seguimos a Jesús somos los más amantes de la vida. Sentimos el regalo que Dios nos hace cuando nos ha dado a Jesús que viene a ayudarnos a comprender ese sentido de la vida. Solo es necesario contemplarlo a Él, no vive para sí sino para amar. Su vida es amar, su vida es entrega, su vida es don, su vida es toda generosidad. Será lo que nos enseña también con sus palabras. Es la promesa de vida que nos hace si llegamos a comprender el sentido de la vida que Él nos ofrece y tratamos de vivirlo.

Ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, nos enseña la Palabra de Dios. Por eso nos habla de vida eterna, que no es solo pensar en un más allá, que tenemos que pensarlo para aprender a trascendernos, sino que ese vivir la vida eterna es vivirlo ahora porque con Él aprendemos a vivir para siempre. Quien sigue a Jesús quita todos los signos de muerte, quien sigue a Jesús es agradecido y ama, no se reserva nada para sí, no camina con desconfianzas y cerrazones, su camino es repartir vida.

De eso nos está hablando Jesús con sus parábolas, como la que hoy se nos ofrece. La parábola de los talentos, solemos llamarla, por esos talentos, o minas de oro como se nos dice en la versión del evangelio de este día, pero que no son para guardarlos y esconderlos porque miedo a perderles, sino que hay que trabajarlos, hay que negociarlos, hay que hacerlos producir. Es lo que hemos de hacer con la vida, como hemos venido reflexionando.

Y entonces seremos felices, sentiremos la verdadera alegría de la vida; los que solo piensan en sí mismos no llegan a comprender lo que es la verdadera alegría de la vida, necesitarán sucedáneos para poder estar alegres, buscarán estimulantes que lo hacen es quemarnos porque cuando nos fallen esos estimulantes externos nos quedaremos vacíos y sin vida, sin haber podido disfrutar de verdad de la vida.

Leamos y releamos esta parábola que hoy Jesús nos propone y plasmémosla en nuestra propia vida. Encontraremos el verdadero sentido del vivir.


domingo, 19 de noviembre de 2023

Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

 


Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1 Tesalonicenses 5, 1-6;  Mateo 25, 14-30

Trabajamos y queremos obtener unos beneficios, bien porque la semilla que echamos en la tierra queremos que germine, que crezca y madure para obtener unos frutos, bien porque el trabajo que hacemos queremos que sea debidamente remunerado, bien porque el negocio que emprendamos queremos que tenga éxito y al final podamos obtener unos rendimientos. Queremos, es cierto, que el trabajo sea productivo, que la vida no se nos esterilice y al final nos veamos con las manos vacías.

No todos, es cierto, estamos en el mismo trabajo, no todos tenemos las mismas cualidades y valores, no todos valemos para todo sino que, vamos a decirlo así, cada uno ha de encontrar su camino donde vaya realizando su vida según su propia capacidad, y en consecuencia también serán distintos los rendimientos. 

Lo que realmente ganamos no es que tengamos unos beneficios económicos que sean mayores que los de los demás, sino que la mayor ganancia es la realización de la propia vida en aquello que ha sido capaz de hacer y de vivir. Esto nos plantea, entonces, que no nos podemos quedar ociosos, esperando el fruto de los otros, sino que tenemos que saber hacer fructificar su vida, que además va a tener repercusión en el mundo en el que vive.

Creo que de esto es de lo que nos quiere hablar hoy Jesús con la parábola que nos propone que tantas veces hemos escuchado y reflexionado. Una vez más detengámonos en ella y escuchémosla como palabra de vida para nosotros. Un hombre que al irse de viaje confía sus posesiones o sus riquezas, como queramos verlo, a aquellos servidores suyos que fielmente han estado siempre junto a él. Reparte de manera desigual, pues a uno dará cinco talentos, a otro dos y finalmente al tercero solo un talento. ‘A cada uno según su capacidad’, nos dice la parábola. Y marchó de viaje.

A la vuelta va a pedir a sus servidores que le rindan cuenta de lo que han hecho con aquellos talentos. Ya la parábola nos fue diciendo como tanto el de los cinco talentos como el de dos, pusieron a rendimiento aquellos talentos. El que recibió solamente uno tenía miedo de perderlo - ¿quizás que los negocios salieran mal y se quedara sin nada? – por eso en lugar de negociar, de trabajar lo que hizo fue enterrar el talento. Ya hemos escuchado la reacción de aquel hombre. Alaba a quienes les han sacado rendimiento a lo que le habían confiado cada uno en su medida, mientras no valorará los miedos del tercero, que no lo ha perdido, pero tampoco le ha sacado rendimiento.

Todos entendemos muy bien el sentido de la parábola. ¿La vida que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿La responsabilidad que tenemos con el mundo en el que vivimos y donde no podemos hacer dejación de nuestras obligaciones? ¿El descubrimiento de cuáles son en verdad nuestros valores y capacidades sin tener que estar mirando de forma desconfiada o recelosa a las capacidades que puedan tener los demás? Muchas preguntas que tendríamos que hacernos sobre nuestras actitudes y nuestros verdaderos valores por los que tenemos que luchar, o que tenemos que desarrollar.

Lo importante es la actitud que tengamos ante nuestras responsabilidades o las tareas que se nos confían. Claro que hemos de obtener un rendimiento, pero no todos tienen que ser por igual. Cada uno tiene que valorar sus propias capacidades, cada uno ha de saber hacer resaltar sus propios valores; no todos vamos a ser ‘premio Nóbel’ por los grandes descubrimientos que podamos hacer en el camino de la ciencia, pero sí todos somos ‘premio Nóbel’ por la fidelidad con que realizamos lo que tengamos que hacer aunque sea pequeño, aunque no tenga el relumbrón que otros puedan tener. El premio, podíamos decirlo así, lo vamos a tener en nosotros mismos, en nuestro interior, en la satisfacción de la fidelidad de lo que realizamos.

Es esa faceta tan bonita de la vida en la que nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo y donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena. No andaremos nunca con recelos ni desconfianzas porque uno tiene más y otro tiene menos, porque uno es capaz de hacer grandes cosas y otro será el servidor fiel de las cosas pequeñas pero que son parte también de ese conjunto que entre todos estamos construyendo.

Es una invitación a la vigilancia y un aliciente para la esperanza. Todos tenemos que estar atentos para tener el aceite suficiente y que necesitamos para mantener encendida la lámpara, como escuchábamos el domingo pasado. 

Todos tenemos la esperanza de que al final vamos a escuchar la voz que nos llama y nos invita a participar del Reino del Padre, ya sea porque hayamos hecho grandes cosas o ya sea simplemente porque hemos ofrecido un vaso de agua, pero porque lo hicimos, porque mantuvimos esa fidelidad en todo momento vamos a escuchar esa invitación a estar con El para siempre en su reino del cielo.


miércoles, 16 de noviembre de 2022

Descubramos cuál es nuestra verdadera riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos y que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar

 


Descubramos cuál es nuestra verdadera riqueza que Dios ha puesto en nuestras manos y que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150; Lucas 19, 11-28

¿Seremos nosotros capaces de tener tanta confianza en alguien como para confiarle a su cuidado los bienes más preciosos que tengamos? Andamos llenos de temores siempre y asoma fácilmente la desconfianza. ¿Será capaz de cuidarlos? ¿Sabrá obtener beneficio de algo que va a estar en sus manos para su cuidado? Estaremos quizá con ojo avizor.

Jesús hoy nos propone una parábola donde precisamente se manifiesta esa confianza. Aquel hombre noble que tenía sus buenas ambiciones de ser rey y quiere ir a buscar ese título, mientras marcha confía sus bienes más preciados, con los que querrá contar cuando vuelva con su título de rey, a una serie de personas de su confianza. ¿Quizá como una prueba para ver hasta donde son capaces para luego confiarles las ciudades de su reino? A la vuelta verá quien ha respondido con fidelidad a esa confianza.

Ya conocemos el desarrollo de la parábola. No todos respondieron de la misma manera. Alguno temeroso no solo no negoció aquellos valores que habían puesto en sus manos, sino que con miedo a perderlo lo que hizo fue enterrarlo para evitar que de alguna manera pudiera desaparecer. Y ya conocemos la reacción de aquel nuevo rey.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Nos está hablando Jesús del Reino de Dios. Precisamente en su subida a Jerusalén algunos andaban pensando si era el momento ya de manifestarse el Reino que Jesús tanto había anunciado. Pero parecía que andaban en otra honda.  Seguían con sus ambiciones nacionalistas y no eran capaces de salirse de esos planteamientos tan materialistas y tan guerreros. Es algo distinto lo que Jesús nos ofrece, es algo bien distinto ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

De alguna manera estaría preguntándoles ¿en ustedes se puede confiar como para poner en vuestras manos la constitución de ese Reino? Y Jesús quiere confiar en nosotros, poner en nuestras manos su tesoro más precioso, pero tenemos que saber entender y valorar lo que está en nuestras manos.

¿Seremos capaces de valorar ese tesoro de la vida que desde que Dios nos ha creado ha puesto en nuestras manos? ¿Cómo vamos a entender ese tesoro de la vida? Pensemos en la riqueza grande que hay en nosotros; no miremos los bolsillos, ni las cuentas corrientes, ni nuestras propiedades materiales por muy valiosas que sean. Esa no es la verdadera riqueza de la vida.

Está en lo que somos, está en lo que tenemos en el corazón, está en lo que somos capaces de hacer cuando nos proponemos hacer el bien, está en nuestra capacidad de amar y crear unas nuevas relaciones entre todos nosotros, está ese deseo de la paz y de la justicia, está la autenticidad y sinceridad con que tenemos que mostrarnos. Esa es nuestra verdadera riqueza que tenemos que saber valorar, saber en consecuencia desarrollar.

¿Qué estamos haciendo con todas esas capacidades? ¿Estaremos desarrollando todos esos valores? ¿En verdad estaremos haciendo el mundo más bello, más humano, más justo, más lleno de paz? ¿O acaso estaremos enterrando esos talentos porque nos dejamos comer por la guerra, por la violencia, por los odios, por la vanidad y la falsedad de la vida, por nuestras envidias que nos envenenan, por nuestros orgullos que nos endiosan?

Dios quiere poner su confianza en nosotros para que en verdad construyamos el reino de Dios, ¿qué respuesta estamos dando?

sábado, 27 de agosto de 2022

Conformismo, brazos cruzados, miedo a arriesgarnos por algo nuevo y mejor, cosas que tenemos que arrancar de nosotros quienes queremos ser los hombres nuevos del evangelio

 


Conformismo, brazos cruzados, miedo a arriesgarnos por algo nuevo y mejor, cosas que tenemos que arrancar de nosotros quienes queremos ser los hombres nuevos del evangelio

1Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30

Yo con eso me las arreglo, no necesito más, para que me voy a estar agobiando ahora con nuevas cosas, con nuevos trabajos, además a mi edad ya no necesito tanto. Una postura conformista, pero al mismo tiempo una postura cómoda, ¿Para qué esforzarnos más? O son los criterios de aquellas personas que se planteaban para que dar unos estudios a sus hijos, sus padres no sabían leer ni sabían de cuentas y sacaron a la familia adelante, o como le decía aquella mujer a una madre que quería que su hijo estudiase y se estaba sacrificando para ello, tú pon a tu hijo a estudiar y que haga carrera y el día de mañana se va a avergonzar de ti.

Y con ese conformismo enterramos tantos valores y tantos talentos, con ese conformismo no veríamos nunca avanzar el mundo y la vida, con ese conformismo no nos superamos por no esforzarnos, con ese conformismo dejamos el tesoro enterrado por no esforzarse a cavar para desenterrarlo y con esto creo que estamos entiendo muchas situaciones, muchas posturas, muchas comodidades con que vivimos la vida, con ese conformismo no queremos arriesgar y queremos sentirnos seguros con lo que ya tenemos aunque sea poco, con ese conformismo decimos yo no sé pero no queremos aprender y nos consideramos o nos hacemos inútiles a nosotros mismos.

Una postura pobre, una postura que manifiesta nuestra pobreza, no porque nada tengamos, sino porque ni siquiera tenemos sueños de poder conseguir algo mejor; la pobreza muchas veces está no en que no tengamos cosas, sino las actitudes pasivas y negativas con que andamos por la vida. Nos conformamos y ya está, no ganaremos, pero no corremos el riesgo de poder perder, pero quien no se arriesga nunca llegará a ninguna parte, nunca tendrá la posibilidad de ganar.

Y no es que vayamos actuando en la vida solo por ambición y nuestros sueños sean puro materialismo, sino por el deseo de crecimiento personal que significa también un desarrollo de cuanto somos y que muchas veces está escondido dentro de nosotros, pero que hemos de saber sacar a flote. Es el valor del saber arriesgarse, es el valor que me hace crecer, es el valor que voy poniendo en la vida para alcanzar una mayor plenitud y dignidad. Pero será una riqueza que alcanzamos no solo para nosotros mismos, sino que es una riqueza que estoy ofreciendo a los que están a mi lado, que estoy ofreciendo a la comunidad en la que vivo, a mi sociedad que así la quiero hacer mejor.

De esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio con la parábola que nos propone. Aquellos talentos repartidos entre sus servidores cuando marchó de viaje; unos talentos que unos supieron desarrollar, mientras unos talentos que el que no quería arriesgar para no perderlos los enterró. Pero no era esa la misión que le habían confiado; pero eso su amo le recriminará a la vuelta porque no supo negociarlos para tener mucho más.

Es la vida que Dios ha puesto en nuestra manos; es ese mundo que nos ha confiado; son esas cualidades y valores que todos tenemos; son los hijos o la familia que están a nuestro cuidado; con los amigos con los que comparto tantas cosas en la vida; es todo cuanto tenemos que cuidar y valorar, es eso por lo que hemos de trabajar para que nuestro mundo sea mejor, para que los que nos rodean se sientan también estimulados, es esa riqueza de la fe que llevamos en el corazón pero que no hemos de dejar encerrada dentro de nosotros sino que tenemos que trasmitirla, con la que hemos de iluminar a los demás, desde la que nos tenemos que sentir comprometidos por hacer un mundo mejor que vive en los parámetros del Reino de Dios.

Tenemos quizá que preguntarnos si acaso no andamos demasiado con los brazos cruzados y no estamos poniendo mano para hacer algo nuevo y distinto.

sábado, 26 de marzo de 2022

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado


La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado

Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

De entrada decimos que no es malo que valoremos aquello que vamos consiguiendo; siempre hemos de tener metas que nos ayuden a crecer, a mejorar, a lograr mejores cosas en la vida; y hay que reconocerlo, es bueno y hasta necesario reconocerlo; sicológicamente se nos habla de autoestima y de valoración de nosotros mismos; es el camino de la vida que ha de ser siempre en ascensión.

Pero que nos valoremos a nosotros mismos no significa que tengamos que minusvalorar a los demás, despreciar a los demás; tampoco es humano que nos sintamos superiores de los otros, porque cada uno tiene sus valores y hemos también de saber reconocer los valores de los demás, y tampoco nos podemos creer dioses que nos pongamos sobre pedestales para mirar por encima del  hombro a los otros.

Y en la postura y en el camino del creyente, junto al reconocimiento de lo que somos, de los talentos que Dios nos ha puesto en nuestras manos siguiendo la imagen de otra parábola del evangelio, hemos de reconocer por otra parte lo recibido de las manos de Dios. Como creyentes nos sentimos en las manos de Dios, como creyentes vemos el actuar de Dios en nuestra vida, como creyentes tenemos que saber dar gracias a Dios por los dones que nos ha concedido.

Y haciéndonos todas estas consideraciones previas donde nos ponemos ante la parábola que hoy Jesús nos ofrece en el evangelio. En ese necesario camino de humildad que como creyentes hemos visto que hemos de tomar. Ya el evangelista nos dice que ‘dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Es importante que veamos la motivación de la parábola para que nos demos cuenta de la autentica actitud de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar.

‘Considerarse justo y despreciar a los demás’. Es lo que nos reflejan la actitud, las palabras, las posturas de aquel fariseo. Actitud soberbia del que se queda de pie, que ni ante Dios sabe postrarse; orgullo y vanidad haciendo recuento de lo que hace como si todo fuese de su valor, claro que al tiempo tenemos que ver las intenciones torcidas con que hace las cosas que en si mismas pueden ser buenas; desprecio hacia el que está postrado allá en el ultimo rincón, porque el fariseo se considera mejor y no quiere ni mezclarse con aquel hombre, y humildad del publicano que se siente pecador y así se postra ante el Señor pidiendo perdón. ¿Todo es malo en aquel hombre pecador al que desprecia el fariseo? No tenemos por qué pensarlo, porque cosas buenas tienen que haber también en su vida, pero está la grandeza de la humildad que así se siente pecador delante del Señor.

Es la sentencia con la que Jesús concluye la parábola. ‘Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. El camino de la grandeza no es el camino de la soberbia. Aparentemente pueden aparecer grandes y poderosos, pero se queda todo en la fachada. Hay que buscar la verdadera grandeza del hombre, en el interior del hombre.

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento. Es más, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de si mismo, con la fuerza del Señor, agradeciendo a Dios lo poco o lo mucho que tengamos, pero que son los talentos que tenemos en nuestras manos y hemos de desarrollar. Pero siempre buscando el bien, siempre derrochando bondad, siempre compartiendo con los demás, siempre buscando la riqueza y el bien de todos. 

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Una llamada de atención a nuestra responsabilidad porque la vida exige desarrollo y crecimiento y en el evangelio encontramos los valores que le darán intensidad

 


Una llamada de atención a nuestra responsabilidad porque la vida exige desarrollo y crecimiento y en el evangelio encontramos los valores que le darán intensidad

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28

Nos puede suceder en ocasiones en la vida que cuando se avecinan cambios pensamos que no merece la pena esforzarse mucho en lo que estamos haciendo; ya vendrán otros tiempos, quizá pensamos, en que podremos dedicarnos con mayor intensidad y ahora no merece el esfuerzo; y dejamos que las cosas sigan en una rutina, en cierto modo imperativa, sin darnos cuenta de que mientras tengamos en manos una actividad, una responsabilidad no podemos hacer dejación de ello.

Recuerdo un profesor, que en esto fue poco sabio y poco profesor, que nos decía que todo aquello iba a cambiar y entonces de alguna manera nos quitaba los deseos de ponerle empeño a la materia y quizá hubo cosas fundamentales en las que no se profundizó lo suficiente y luego no se tenía base para cimentar lo nuevo que se tendría que edificar, por decirlo de alguna manera.

Lo que tenemos entre manos, lo que es ahora nuestra responsabilidad, aquello que se nos ha confiado no podemos abandonarlo; el terreno de la vida siempre hemos de tenerlo roturado y preparado, aunque ahora nos pueda parecer que no vamos a obtener un fruto inmediato, pero eso que ahora nos puede parecer pequeño y sin importancia pudiera convertirse en una base fundamental para lo que hemos de crear en el futuro.

Es la responsabilidad con hemos de tomarnos la vida, es la seriedad con que hemos de ir haciendo las cosas, que al menos ese esfuerzo nos estará sirviendo también como de entrenamiento para lo que en el futuro tengamos que hacer. Sin perdemos las ganas y el entusiasmo, si bajamos la guardia en la responsabilidad del hoy, en el día de mañana también nos buscaremos alguna disculpa para volver a bajar la guardia o hacer dejación de nuestra responsabilidad.

Hoy Jesús nos ofrece una parábola. Y ya nos dice el evangelista que el motivo era porque con la subida de Jesús a Jerusalén se iba a instaurar ya el Reino y entonces como de alguna manera había entrado como una cierta pasividad en la espera de lo que pensaban que podría suceder. Y Jesús les propone la parábola del que se marchaba de viaje y dejó diversas cantidades de valores a sus empleados. A la vuelta quiso que le rindieran cuentas y mientras unos los habían hecho fructificar, a otro le había entrado la desgana y la irresponsabilidad quizá apoyándose en los temores que tenía porque sabía que su señor era exigente, pero había enterrado el talento y no lo había hecho fructificar. Y ya vemos cómo fue la reacción.

Es una llamada de atención a nuestra responsabilidad. Como decíamos antes de lo que tenemos entre manos no podemos hacer dejación de nuestra responsabilidad. Lo que es nuestra vida nos exige continuamente un desarrollo y un crecimiento. Lo que no crece muere. Igual que las células de nuestro organismo continuamente se van renovando y eso es señal de la vida, y cuando no hay esa renovación, porque las dejamos morir y no hay renovación, entramos en el camino de la enfermedad y en el camino de la muerte.

Pero no olvidemos que la vida no son solo esas células corporales con todas las funciones del cuerpo humano, sino que la vida está en nuestro ser, en lo que somos, en lo que son nuestras vivencias o nuestros sentimientos, en lo que son nuestros deseos y en lo que es nuestro querer, en eso bueno que vamos desarrollando con nuestra existencia y esos valores que vamos cultivando.

Y le hemos de dar intensidad a esa vida; y hemos de desarrollar esas cualidades y esos valores que tenemos, y hemos de superarnos en las limitaciones que encontremos. Es el espíritu fuerte que tengamos en nuestro interior; es la fe que anima nuestra vida y nos llena de esperanza, es el amor con que vamos construyendo cada uno de los pasos de nuestra existencia que también va a tener repercusión en los demás. Es el cultivo de nuestro espíritu elevándonos por encima de todo porque nuestro corazón tiende siempre a Dios. Es el impulso que sentimos en nosotros cuando nos dejamos inundar por el Espíritu y nos lleva a esa entrega y a ese darnos a nosotros mismos. El apoyo lo tenemos siempre en Dios. El evangelio será siempre esa luz para nosotros, para mantenernos en el camino y vivir con toda intensidad.

lunes, 2 de agosto de 2021

Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

 


Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21

No lo dejaban ni a sol ni a sombra. Es lo que sucede con Jesús. Ahora, después de enterarse de la muerte del Bautista Jesús quiere ir con sus discípulos más cercanos a un lugar solitario; como diría algún comentarista, a esperar a que pasara la tormenta; la muerte de Juan tuvo que impactar mucho a Jesús, aunque pocas veces los veamos en el evangelio en relación, no en vano Juan era el Precursor del Mesías, y había venido a preparar los caminos del Señor. Allá al Jordán Jesús también había acudido para recibir el bautismo a manos de Juan, aunque lo que sucedería en aquel momento superaba todo lo que significaba el bautismo de Juan, como tantas veces hemos comentado. ¿Convenía hacer una pausa después de aquellos acontecimientos sangrientos? Para Jesús no va a haber pausa, cuando llegan a aquel descampado Jesús se encontró con la multitud que le estaba esperando.

Y el corazón compasivo de Jesús hizo lo que tenia que hacer; nada de descanso y si ponerse junto a aquellos hambrientos de la Palabra de Dios para ponerse a enseñarles. Pero el tiempo pasa, llega la tarde, la multitud es grande y ha estado todo el día escuchando a Jesús después de lo que habían caminado para adelantárseles en aquel sitio y son los discípulos los que se adelantan a pedir a Jesús que despida a la gente para que puedan llegar a las aldeas donde puedan comer algo.

Pero ya conocemos el diálogo, Jesús les dice que le den ellos de comer. ¿Cómo pueden dar de comer a tantos si solo tienen unos pocos panes y peces? Pero allí están a disposición de Jesús. Manda que la gente se siente en el suelo y bendice a Dios por aquellos panes antes de comenzar a repartirlos a la gente. Y comieron todos y hasta sobró como bien nos detalla el evangelista. Muchas veces lo hemos contemplado y meditado.

‘Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces’, habían dicho los discípulos. ¿Eran las provisiones que ellos llevaban, aunque no parezca que fueran muy abundantes? ¿Era la oferta de alguien de entre la multitud? Otro evangelista hablará de un muchacho que llevaba en su alforja esas provisiones. Pero lo importante era que aquello, aunque fuera pequeño, se puso a disposición del servicio que pudiera prestar.

Cuántas veces nosotros decimos también ante la ingente tarea que vemos que está por realizar en nuestro entorno, que nada tenemos, que nada valemos, que nosotros no sabemos, que no podemos hacer nada, y aquellos pequeños panes y peces de nuestros valores se quedan ocultos, se quedan enterrados. ¿Seremos acaso como aquel hombre de la parábola al que solo se le concedió un talento y lo guardó y escondió para no perderlo, para que no se lo robaran, pero no hizo nada con él? Ya sabemos cómo en la parábola se le recrimina que no lo hubiera negociado; cada uno tiene que negociar lo que tiene, tiene que desarrollar los valores y las cualidades que posee, sean muchas o sean pocas.

Somos pobres muchas veces no porque no tengamos nada, sino porque no sabemos poner a juego aquello poco que tenemos. Y la miseria se junta con la miseria para aumentarla aun más; pero si aquello mísero que poseemos lo ponemos a disposición, lo desarrollamos, podrá surgir una hermosa planta de esa pequeña semilla. Cuántas cosas nos dice Jesús en este sentido en el evangelio. Y nos lo está diciendo hoy con los cinco panes y los dos peces puestos a disposición. Cuánto podríamos hacer por nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Soñemos que ese diamante en bruto que es la vida que Dios nos ha confiado si no lo enterramos puede transformar nuestra vida y transformar mejorando nuestro mundo

 


Soñemos que ese diamante en bruto que es la vida que Dios nos ha confiado si no lo enterramos puede transformar nuestra vida y transformar mejorando nuestro mundo

Apocalipsis 4, 1-11; Sal 150;  Lucas 19, 11-28

Todos en la vida soñamos. Y no son los sueños mientras estamos dormidos en que la imaginación como la loca de la casa nos hace evocar recuerdos, nos hace imaginar muchas cosas como si la vida fuera una novela, o nos saca cosas que tenemos dentro de nosotros que algunas veces ni queremos confesar; pero esos son sueños de un momento, que quizás alguna vez se repiten, que se olvidan tan fácilmente que al despertar ya ni los recordamos.

Me refiero a otros sueños que tenemos bien despiertos; el niño sueña con ser mayor, crecer para ser como esos seres queridos e ideales que va fraguando en su cabeza; el joven quizá sueña en su futuro, querrá prepararse, querrá alcanzar sus sueños y quizás lucha y trabaja por ellos; el padre contempla a su niño o a su hijo ya mayorcito y sueña en su futuro aspirando a lo mejor, a conseguir que sean algo en la vida y cada paso que den sus hijos lo llenan de orgullo porque en ellos va viendo quizá reflejado lo que para si mismo no consiguió. Pero todos soñamos, y pensamos en nuestro futuro o pensamos en lo que hay a nuestro alrededor que queremos mejor y nos vamos trazando un mundo ideal por el que queremos comprometernos y así van surgiendo las diversas vocaciones en la vida como servicio a esa comunidad que hemos idealizado en nuestro interior y por la que queremos trabajar.


Pero esos sueños un día se pueden desvanecer, porque el niño se da cuenta que cuesta crecer y habrá nuevas exigencias para él y mejor seguir siendo niño; el joven se cansa de luchar porque no encuentra caminos o se le hacen costosos y tendría que renunciar quizá a muchas apetencias que ve reflejadas en tantos que viven irresponsablemente a su lado; y nos sentimos defraudados porque no encontramos la colaboración que desearíamos para conseguir nuestros sueños, y nos falla el compromiso, y nos puede la dejadez o se nos meten miedos en el alma.

Pudimos hacer muchas cosas, alcanzar esas metas soñadas pero los miedos se nos metieron en el alma y no nos sentíamos capaces, y nos encerramos en nuestras rutinas y siempre se han hecho las cosas así y por qué vamos a cambiar, por qué vamos a esforzarnos si tantos viven tan felizmente sin complicarse la vida. Abandonamos los sueños, enterramos nuestros talentos, nos pudo la desgana y la falta de ilusión, fueron muchos los espejismos que nos engañaron y nos hicieron desistir. Claro que no todos tiraron la toalla, hubo muchos que siguieron en su lucha y fueron alcanzando algunas de las metas con las que habían soñado, se labraron un futuro y si nos fijáramos más en ellos podrían ser un buen estímulo para nuestro camino.

Me he ido haciendo esta reflexión a partir de la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. El hombre que se marchó a buscar el título de rey pero dejó su dinero confiado a sus servidores para que lo trabajaran y sacaran fruto para su vuelta. Quiero imaginar, ya que hemos venido hablando de sueños, lo que aquellos hombres soñarían con la onza de oro que les habían puesto en sus manos. ¿Castillos en el aire? No, porque algunos supieron hacer producir beneficios a aquella onza de oro y cuando llegó el amo pudieron presentar sus beneficios. Pero hubo uno que cogió miedo, sabía de las exigencias del amo, no quería perder la onza, así que la escondió bien escondida para no perderla ni que se la robaran, pero no pudo presentar beneficios.

Hablábamos antes de sueños, que pueden ser todas esas posibilidades que tenemos en la vida, que como un diamante en bruto están encerradas en nuestra vida. Si miramos el diamante en bruto nos puede parecer un trozo de carbón quizá envuelto en muchas escorias, mucha tierra y mucha suciedad. Pero pacientemente hay que limpiarlo, pulirlo, hacerle salir su brillo y resplandor después del correspondiente tallado. Así nuestra vida, ahí está con sus sueños, con sus posibilidades, que tenemos que trabajar, que tenemos que pulir, que tenemos que tallar. Pero a veces nos da miedo, no nos creemos capaces, nos parece que nos podemos equivocar, que podemos fallar en lo que pretendemos lograr y nos parece que aquello no es para nosotros, que es mucho para nosotros; y desistimos, y enterramos el diamante, lo dejamos perdido entre los carbones y las escorias.

Y todo esto lo miramos con ojos de fe, con una mirada creyente, porque esas posibilidades que hay en nuestra vida Dios las puso en nosotros. Y confía en nosotros como aquel hombre confió en aquellos a los que dio la onza de oro. Tenemos una responsabilidad, sí, ante nuestra conciencia, pero tenemos una responsabilidad ante la sociedad en la que vivimos a quienes hemos de beneficiar con todo eso que nosotros somos en todas nuestras posibilidades, pero tenemos una responsabilidad ante Dios que nos ha dado la vida, que nos acompaña con su gracia, que confía en nosotros y que con nosotros camina a nuestro lado. Miremos a Jesús caminando a nuestro lado.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

 


Hay un talento que no podemos enterrar y que ahora nuestro mundo necesita más por la situación que vivimos, la esperanza y el optimismo de la fe

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

‘Nadie es capaz de saber quién es y de lo que es capaz hasta que no se mide con la realidad, entregándose al bien a través del ejercicio de sus cualidades y habilidades’. Un buen pensamiento que nos da inicio al comentario al evangelio de hoy y que me he permitido tomar de un comentarista de textos evangélicos.

Cuando nos aprietan sacamos a flote todos los recursos que tenemos e ingeniosamente somos capaces de ponerlos a juego; es el momento, sí, de descubrir nuestro valor en la dificultad y cuando tenemos todas las cosas en contra. Pero también sabemos que para algunos es el momento de achicarse, de acobardarse, de esconderse o de huir tirando la toalla, lo que decimos comúnmente es una cobardía, o decimos el poco valor que tenemos. Pero sucede, nos sucede, más de lo que imaginamos o queremos reconocer.

Yo no valgo, decimos acobardados, yo no soy capaz, algunas veces preferimos hundirnos antes que intentar nadar que a fuerza de hacerlo terminaríamos aprendiendo. Aquellas dos moscas que cayeron en un vaso de leche, ¡me ahogo!, pensaron quizás, y una se dejó hundir porque no veía en la orilla a donde agarrarse o por donde salir, pero la otra, sin embargo, comenzó a mover sus patitas intentando nadar, no cejó en el empeño, insistió dando vueltas y vueltas hasta que pronto sintió que bajo sus patitas había algo sólido que parecía crecer y en lo que podía apoyarse, batiendo sus patitas había hecho una bola de mantequilla con la grasa de la leche y al final se salvó.

Tenemos que aprender, tenemos que no cejar en nuestro empeño e insistir, tenemos que aprender a buscar salidas que podemos encontrar, no nos podemos quedar quietos y encerrados; detrás de cualquier obstáculo que nos encontremos puede haber un respiradero, una salida, un rayo de luz que despierte nuestra esperanza y haga aparecer nuestra creatividad. Es difícil, nos decimos muchas veces, esto supera mis fuerzas o mis capacidades, pero nada se ha hecho por si solo sino que ha habido alguien con empeño que ha buscado soluciones, ha abierto caminos, a despejado horizontes.

La pasividad no es buena, es algo negativo y siempre tenemos que intentar ser positivos y con optimismo pensar que podemos encontrar una salida. Ahí están nuestros valores humanos, nuestra constancia, nuestra firmeza, nuestro creer en nosotros mismos, la fortaleza de espíritu, la capacidad de iniciativa que todos tenemos escondida dentro de nosotros; hay que buscar el resorte que le haga saltar.

Y esto en todos los aspectos de la vida; vendrán momentos difíciles pero en nuestras manos siempre hay algún talento que podemos desarrollar; serán muchos o serán pocos, no importa, lo importante es que creamos que podemos negociarlos, que podemos sacar un provecho, un fruto de eso que tenemos.

Son los momentos difíciles que vivimos actualmente que si tenemos que estar encerrados en previsión de posibles contagios del virus, sin embargo nuestro espíritu no lo podemos encerrar, podemos soñar y podemos imaginar, podemos tener creatividad y tener inventiva, podemos aprender lecciones como revisar actitudes y posturas con las que hemos vivido de una forma conformista hasta ahora.

Pero tenemos que salir de nuestro conformismo, despertar de la pasividad, quitar los miedos, creer que en verdad un día encontraremos una luz. No podemos quedarnos pasivamente a que otros nos abran caminos, nos den soluciones o nos resuelvan las cosas; cada uno tiene su parte, y tú y yo tenemos también nuestra parte y nuestra responsabilidad.

Creo que es lo que nos quiere decir Jesús con la parábola que nos propone. Aquel hombre que repartió los talentos entre sus servidores esperando encontrar un fruto y un rendimiento a la vuelta. Unos supieron negociarlos, otros lo enterró y no se obtuvo ningún beneficio, es más, él mismo perdió aquel talento que se le había confiado. Había tenido miedo, como nosotros tantas veces que nos acobardamos. No nos quiere el Señor pasivos. Ha puesto el mundo en nuestras manos y en nuestras manos está el que podamos hacerlo mejor. No nos podemos sentir abrumados por los problemas, por la inmensidad del trabajo, o por el mundo contrario que nos podamos encontrar.

Es lo que nos sucede con nuestra fe, ese tesoro que ha sembrado Dios en nuestro corazón. Y hemos reconocer que estamos en una generación de cristianos pasivos, que nos encerramos, que huimos, que enterramos nuestros valores y nuestros principios. Pero ese Reino de Dios tenemos que construirlo, está en nuestra manos.

Nos cuesta dejarnos renovar para salir de nuestra pasividad y de nuestro miedo; vivimos en una actitud muy conformista simplemente de dejar hacer, pero sin comprometernos; nos contentamos con nuestros cumplimientos como si solo fuera suficiente el que enterremos el talento para que no se nos pierda. Tenemos que despertar y es en momentos como los que vivimos donde tiene que resplandecer esa fe que decimos anima nuestra vida para anime también a nuestro mundo.


Ahora incluso, que por la situación actual nos vemos muy mermados en nuestras actividades pastorales, tendríamos que saber encontrar caminos, medios, formas para seguir haciendo ese anuncio que ahora quizá con más razón nuestro mundo necesita cuando nos encontramos tantos desesperanzados de la vida. Y nosotros tenemos que ser luz de esperanza para nuestro mundo, sembrar un optimismo de la vida que nace de nuestra fe.

No sabemos, quizás, como hacerlo, pero es el momento de reflexionar, de abrirnos al espíritu del Señor que nos inspire nuevos caminos y nuevos campos. Pero tenemos que seguir siendo esa luz del mundo, esa sal de la tierra. No perdamos ese resplandor ni ese sabor que tenemos que transmitir a los demás.

viernes, 21 de febrero de 2020

Ganamos o perdemos la vida en la medida en que hacemos que haya más humanidad porque el mundo sea mejor y crezca en armonía y en justicia



Ganamos o perdemos la vida en la medida en que hacemos que haya más humanidad porque el mundo sea mejor y crezca en armonía y en justicia

Santiago 2, 14-24. 26; Sal 111; Marcos 8, 34 – 9, 1
¿Qué significará ganar o perder en la vida? Parece que la gente lo tiene claro. Hay triunfadores y hay perdedores. Ganar va unido fácilmente al prestigio y al poder, a la riqueza y al dominio sobre los demás, al hacer carrera pero que de esa carrera se vean unos frutos en unos buenos puestos y en unas ganancias, en la ostentación que pueda hacer de mi poder, de mis riquezas, de mis influencias, del dominio sobre el mundo.
¿Perdedores? Los que son todo lo contrario, que no tienen triunfos en la vida, que no avanzan, que se quedan siempre en lo mismo, que estarán pendientes o quizá subyugados al dominio de los otros; los que no son capaces, no son emprendedores, parece que van como con miedo por la vida porque pueden ser atropellados por los que se consideran triunfadores; los que llevan una vida callada sin sobresalir, sin destacar, parece que van como arrastrándose por la vida. Y sus vidas se llenan de amarguras, porque la ambición quizá está pero no han sabido cómo ganar porque quizá han tenido miedo.
¿En esto dividimos la categoría de las personas? Pudiera ser una manera muy simplista de ver las cosas, porque quizá no todos entran ni en una ni en otra categoría, pero en el fondo hay quizá esa apetencia y ambición de ser ganador así. Lo vemos en tantos que quizá con sus palabras parece que quieren cambiar el mundo para una mayor justicia, pero pronto entran también en esa carrera y parece que se comieron aquellas antiguas palabras. ¿No es lo que vemos en esa carrera desaforada por el poder ya sea político, social o económico donde al final parece que todos terminan como tiranos de los demás? Ejemplos muy claros y palpables tenemos en nuestra sociedad actual.
Claro que con estos presupuestos de ideas resulta muy difícil entender lo que nos dice Jesús hoy en el evangelio. No nos extraña lo que ayer contemplábamos en Pedro como rechaza las palabras de Jesús porque aquello que anunciaba no podía pasar. Así desconcertados se quedarían cuando escucharon lo que seguía y hemos escuchado hoy.
Son fuertes y desconcertantes las palabras de Jesús y creo que no las hemos meditado y reflexionado lo suficiente. Porque realmente nos ofrece algo revolucionario. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?’
A las preguntas que Jesús les había hecho allá por Cesarea de Filipo, los discípulos le habían respondido que El era el Mesías de Dios. Y a continuación les había explicado hasta donde llegaría su entrega, que les había costado aceptar. Pero ahora Jesús les dice que quien quiera seguirle, quien quiera en verdad reconocerle como el Mesías de Dios tendrá que negarse a si mismo, porque para salvar la vida habría que perderla. Palabras desconcertantes cuando habían pensado en un Mesías caudillo triunfador, palabras desconcertantes también para nosotros cuando nos queremos comer el mundo y tenemos la ambición de los triunfadores.
¿Significarán estas palabras de Jesús que tenemos que anularnos para no ser nada en la vida? Ni mucho menos cuando El nos dirá que los talentos tenemos que negociarlos. Lo que nos está queriendo decir cual es el estilo y sentido de vida que nosotros hemos de vivir. Empezando porque siempre tenemos que estar abiertos a los demás, que el valor de nuestra vida está en el servicio.
Es el estilo del amor donde no nos importa darnos aunque parezca que perdamos porque lo importante es el bien que hacemos aunque nos cueste sacrificio. No son esas ambiciones de ganarnos el mundo, sino de hacer que el mundo gane, porque el mundo sea mejor, porque haya una nueva armonía y paz en la convivencia de todos, porque luchemos por la justicia buscando siempre el bien y la dignidad de toda persona. No es que el mundo gane en ese sentido de los poderosos de este mundo, sino que el mundo gane en humanidad, y entonces sí que nos llenaremos de vida, sí que nos sentiremos en plenitud. Por eso cuanto valemos siempre estará al servicio del bien, al servicio del otro, al servicio de hacer el mundo mejor. No nos anulamos, a la larga estaremos creciendo de verdad, porque estamos haciendo mejor nuestro mundo.

domingo, 22 de septiembre de 2019

La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo


La astucia, sabiduría, de abrir el corazón en el uso de los bienes para que no se nos cierre de forma egoísta el bolsillo

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8;  Lucas 16, 1-13
¿Qué hacemos de nuestros bienes y riquezas? Nos sentimos dueños; ‘es mío’ es la reacción ante lo que tenemos; casi desde que nacemos comenzamos a querer dominar sobre nuestras cosas como si fueran de nuestra única posesión; es la reacción ya del niño que cuando coge una cosa ya es suya, ‘es mío’ reacciona si queremos que nos la dé y la acapara para si. Aunque tendríamos que pensar si lo hace porque es lo que ve en los otros y ha perdido la inocencia de sentir que todo es de todos. Y en la medida en que somos mayores eso se acentúa, porque hasta nos volvemos avaros y en consecuencia egoístas. Para mí y para mi disfrute.
¿No habría que romper esa espiral de alguna manera? Por eso nos tenemos que preguntar que hacemos de nuestros bienes, de lo que consideramos que son nuestras riquezas. La buena nueva del evangelio que Jesús nos ofrece creo que quiere que abramos nuestros ojos para ver las cosas de manera distinta. Ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia no tiene nada que ver con esa avaricia y egoísmo con que vivimos la vida. Son otros los valores. Otro tendría que ser el sentido que le damos a la vida y que le damos entonces también a esas cosas materiales de las que disponemos.
La parábola que nos ofrece hoy el evangelio se nos ha hecho siempre de difícil lectura. No terminamos de comprender que no es el hecho en si de lo que se nos narra sino la imagen que se nos quiere ofrecer. Como se habla de un administrador, de unos bienes no bien administrados, de un dueño que pide cuentas nos quedamos en esa materialidad de lo que se nos cuenta y no vamos más allá. Por eso seguimos pensando que con injustas esas artes y mañas de las que se vale el administrador para no quedarse en la calle, y por eso aun más se nos hace incomprensible muchas veces la parábola cuando aquel amo felicita al administrador injusto por su astucia. No es la astucia en si misma para delinquir lo que se alaba sino el nuevo sentido que se le va a dar a aquellos bienes y riquezas.
Cuando escuchemos la parábola pongámonos nosotros en el lugar, si habla de un administrador, ¿por qué no pensar que somos nosotros ese administrador de esos bienes, o de cuanto Dios ha puesto en nuestras manos? Con otras parábolas entendemos que esos talentos, esos valores, esa riqueza de vida que está en nuestras manos son para que los negociemos, para que hagamos fructificar la vida. De lo contrario seriamos, es cierto, unos irresponsables. Pero ¿qué uso le damos a cuanto tenemos, a eso que hacemos fructificar con nuestro trabajo, solo para una satisfacción personal, para un beneficio propio o con eso que tenemos hemos de pensar en los demás?
El evangelio siempre tenemos que verlo en su conjunto y unos textos nos ayudan a comprender otros. Recordemos, por ejemplo, lo que Jesús le decía a aquel joven rico que viene preguntando qué hacer para heredar la vida eterna. El mensaje final es ‘vende cuanto tienes, compártelo con los pobres y tendrás un tesoro en el cielo’. ¿No podríamos ver aquí la astucia de aquel administrador que usando de aquellos bienes que tiene que administrar está guardando un tesoro en el cielo? Es cierto que las palabras de la parábola pueden darnos la impresión de una intención egoísta e interesada, para tener luego quien le acoja cuando se quede sin nada, que dice la parábola.
Por eso sentenciará Jesús  ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. En consonancia perfecta con lo que nos dice Jesús en otros momentos del evangelio. Es el sentido y valor que le hemos de dar a lo que tenemos que nunca nos puede encerrar de forma egoísta en nosotros mismos.
Por eso nos hablará por una parte de esa fidelidad nuestra hasta en lo más pequeño, lo que nos puede parecer insignificante, o como son cosas materiales pensamos que tiene poco o menos valor. Esos bienes que poseemos se pueden convertir, es cierto, en una cosa injusta por decirlo de alguna manera, pero depende de cómo los utilicemos, depende del mal uso que nosotros hagamos de ello, o del egoísmo o del desprendimiento con que vivamos la vida y la posesión de las cosas.
Pero ahí también tenemos que ser fieles, porque además no es nuestra riqueza, sino la riqueza también de nuestro mundo y con lo que hagamos de esos bienes podemos hacer que nuestro mundo sea más injusto – por tantas diferencias y desigualdades – o pueda ser mejor porque pueda ser una fuente de vida y de riqueza para los demás. Si no hago fructificar de buena manera lo que tengo no generaré esa riqueza que pueda beneficiar a los demás con su propio trabajo.
¿Qué hacemos de nuestros bienes y nuestras riquezas? Nos preguntábamos al principio. Espero que con esta reflexión seamos capaces de abrir no solo nuestra mente, sino también nuestro corazón para que no tengamos unos bolsillos cerrados. Entendemos.


sábado, 31 de agosto de 2019

La llama de nuestros valores, aunque nos parezcan pequeños, ha de iluminar y dar calor allí donde se encuentra



La llama de nuestros valores, aunque nos parezcan pequeños, ha de iluminar y dar calor allí donde se encuentra

1Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97; Mateo 25, 14-30
Yo no soy tan afortunado como otros, decimos algunas veces porque nos parece que otros son mejores o tienen mejores cualidades que nosotros; y nos entra quizás un complejo de inferioridad que nos hace sentirnos inútiles, incapaces de hacer algo bueno, de poder aportar algo, y nos encerramos en nosotros mismos y nos cegamos de tal manera que no somos capaces de valorarnos.
Cada uno tiene sus cualidades y valores, no tenemos que estarnos comparando con los demás ni tampoco tenemos que ser todos iguales, como cortados por la misma tijera, como suele decirse. Lo que tenemos que hacer es aprender a descubrir esos valores que tenemos que aunque parecieran pequeños en comparación con los demás – y repito no tenemos que compararnos con nadie – son también importantes y hemos de ser capaces de desarrollarlos debidamente.
Igual que en la vida no todos tenemos que ser carpinteros, ni todos electricistas, ni todos artistas, ni todos maestros o abogados, sino que cada uno tiene su función y desarrolla una tarea, lo mismo con nuestras capacidades, con nuestros valores que, repito, tenemos que aprender a valorar. Y desde esos valores que cada uno tiene, desde esas cualidades cada uno aporta y su aportación es tan valiosa como la de los demás.
Hoy nos dice el evangelio que no podemos enterrar los talentos que se nos han confiado sino que cada uno tiene que negociar los que tiene. Es la parábola de los talentos. Y aquel que solo tenia un talento lo enterró para no perderlo, pero los talentos que enterramos al final se pudren y se pierden; no vale que lo queramos sacar a ultima hora diciendo que lo teníamos a buen recaudo para que no se perderá, porque si no lo negociamos es como si lo hubiéramos perdido. La parábola lo expresa porque aquel talento inutilizado se le quitó al que lo tenía y se le confió al que tenia y había desarrollado más.
Creo que entendemos fácilmente el sentido de la parábola, pero no nos vale solo decir que la entendemos, sino que hemos de poner en práctica aquello que nos enseña; de lo contrario seria como el talento enterrado y perdido. Y ponerlo en práctica es aplicar todo esto a lo que son nuestras responsabilidades de cada día, en la familia, en nuestro trabajo, en la comunidad, y también en el ámbito de nuestra fe y de nuestra pertenencia a la Iglesia.
Aquí tendríamos que preguntarnos qué aportamos desde nuestra fe a ese mundo en el que vivimos, a esa sociedad de la que formamos parte. Seremos pequeños o nos consideramos pequeños, pero somos luz, una luz que tiene que iluminar y dar sentido y valor a cuanto nos rodea. La luz es para difundirla, e igual se enciende una pequeña llama que nos parece insignificante e ilumina aquel lugar donde está colocada, que se enciende un foco grande para iluminar grandes espacios. Importantes, la una y la otra.
Importante tú que pareces pequeño, o que te sientes pequeño, como de la misma manera aquellos a los que se les confía mayores responsabilidades. Solo te van a pedir si esa llama se mantuvo encendida, si esa llama iluminó y dio calor allí donde estaba.