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sábado, 7 de noviembre de 2026

El pequeño e insignificante grano de arena también hace el montón, nuestras pequeñas cosas en las que somos fieles también manifiestan la gloria de Dios

 


El pequeño e insignificante grano de arena también hace el montón, nuestras pequeñas cosas en las que somos fieles también manifiestan la gloria de Dios

Filipenses 4, 10-19; Salmo 111; Lucas 16, 9-15

Eso son minucias, cosas sin importancia, centrémonos en las cosas importantes, esas menudencias pasan desapercibidas; así habremos hablado más de una vez como si nosotros solo estuviéramos hechos para las cosas importantes y esas pequeñeces que llamamos se las dejamos a otros que tienen menos cosas importantes que hacer que nosotros.

Puede parecer una bobería lo que estoy diciendo, pero muchas obras importantes se han venido abajo por una tuerca mal ajustada; y ya no nos referimos a obras materiales, nos podemos referir a planteamientos de la vida, nos podemos referir a los grandes ideales que tenemos en mente y que hemos de llevar a cabo; nos puede parecer más o menos importante un grano de arena pero hace el montón. Y nos tenemos que referir a nuestros comportamientos o a la manera de hacer las cosas, y es base también de la ética con que actuamos en la vida y de la moralidad que le damos a nuestros actos.

A partir de aquella parábola que ayer comentábamos del administrador injusto pero astuto, Jesús nos dice hoy que también en esas cosas que no nos parecen importantes, esos asuntos que parece que no son lo esencial de nuestra vida pero con los que tenemos que tratar o entre los que tenemos que movernos, tenemos que saber también ser fieles y cuidadosos, porque si no sabemos tratar como es debido esos asuntos ¿quién nos va a confiar algo de mayor importancia?

‘El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará?’

Son claras las palabras de Jesús que también en otros momentos nos repetirá. Nos hablará que no podemos desechar la semilla porque sea pequeña porque cuando germina surgirá hermosa planta que nos dará abundantes frutos; recordamos cómo nos habla de la levadura y además nos la pone como imagen del Reino de Dios. O nos hablará de un pequeño puñado de levadura que va a hacer fermentar toda la masa. Así nuestra vida, así nuestras obras, así esos pequeños gestos o detalles que sabemos tener con los demás y que van a manifestar el amor grande que llevamos en el corazón.

Pero eso no significa atarnos a las cosas y convertirlas en obsesión de nuestra vida. Cada cosa tendrá su lugar o tendrá por así decirlo su fin, pero no podemos convertirlas en metas, en fundamentos que nos hagan alcanzar la plenitud o la felicidad. Algunas veces tenemos la tentación o el peligro de convertir las cosas en dioses de nuestra vida, ídolos a quien adoramos. Quien únicamente tiene que convertirse en centro de nuestra vida es Dios, nada lo puede sustituir. Nos dice claramente Jesús que no podemos servir al mismo tiempo a dos señores, o atendemos a uno o atendemos al otro; por eso nos dice que no podemos servir a Dios y al dinero, y cuantas veces convertimos lo material en una obsesión de nuestra vida, un ídolo a quien estamos adorando.

Es en Dios en quien ponemos nuestra confianza total y absoluta en todos los momentos pase lo que pase, solo a Dios adoramos. Sentiremos entonces la paz en el corazón., sentiremos cómo somos bendecidos por el Señor. Podremos así sentir cual es el verdadero camino de nuestra vida, aquello que nos da sentido y valor, quien da sentido a lo que tenemos en nuestras manos y descubriremos que cuanto somos y tenemos ha de ser siempre instrumento para esa gloria de Dios. Nos pedirá fidelidad desde lo pequeño, como se nos ha venido diciendo hoy en el evangelio, pero en nuestra pequeñez y en esas cosas pequeñas que hacemos y que nos pueden parecer insignificantes descubriremos que el Señor realiza maravillas, como canta María en el Magnificat. 

Cada uno en lo que hace desde su propia realidad personal, sea lo que sea, estará siendo signo de ese amor maravilloso e infinito que Dios nos tiene.


lunes, 25 de noviembre de 2024

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

 


Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Salmo 23; Lucas 21,1-4

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando. Algunos pueden decir, ¿pero un simple grano de arena? Otros granos habrá, podrán argumentarnos. Pero si cada grano de arena, o todos los granos de arena, porque se consideran pequeños y como tal innecesarios se marchan, vamos a decirlo así, a otra parte, ¿qué es lo que quedará para esa construcción?

Jesús está en el templo, en las cercanías de la entrada quizás, pero ciertamente en un lugar desde el que puede observar a quienes van entrando en el templo; cercana está el arca de las ofrendas y según van entrando allí van poniendo sus limosnas o su contribución al servicio del templo, como queramos verlo; algunos quizás con grandes aspavientos, como suele suceder con los fariseos, echan ofrendas ‘generosas’ en el arca, pero Jesús observa a una pobre mujer, una viuda pobre según se ve por sus circunstancias, que también deposita su ofrenda. Ha pasado desapercibida, porque además no han sonado escandalosamente las monedas, porque solo echa unos cuartos.

Y aquí viene el comentario de Jesús, ‘En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Siempre nos hemos quedado en el comentario de la generosidad de aquella mujer que solo tiene unas monedas y ‘ha echado todo lo que tenía para vivir’. Pero creo que hay algo más, aunque ya eso de por sí es enormemente significativo y muchas veces lo hemos comentado. Pero vamos a fijarnos en esas dos monedillas, que podríamos pensar que ni se iban a notar entre todas las otras generosas ofrendas que se realizaran. Pero eran importantes, es su contribución para Dios, es su contribución para el culto, es su contribución a lo que es la organización de aquella sociedad que giraba en torno al  cumplo del templo, es su contribución para las obras sociales o benéficas que se hicieran a partir de las ofrendas del templo.

Y aquello era valioso. Aquella mujer en su pobreza no se desgajaba de su sociedad, de su mundo ponía su pequeño grano de arena tan importante con los otros grandes pedruscos, vamos a seguir con la imagen, con que otros contribuían. Y eso nos puede estar diciendo mucho a nosotros, a la contribución que cada uno desde lo que es y desde lo que tiene está haciendo, tenemos que hacer por el bien de nuestro mundo de nuestra sociedad. Cuantas veces, quizás en nuestra tacañería, nos escudamos en nuestra pobreza; en que yo no valgo, es que yo qué puedo aportar, es que yo tendría que pensar primero en mi mismo, en mis necesidades y problemas… aquella pobre viuda no lo pensó así.

Y recordamos otros episodio bíblico que hemos meditado recientemente acompañando también a este evangelio de la viuda del templo de hoy, aquella cananea que solo le quedaba un poco de aceite y un poco de harina para hacer un pan para ella y su hijo y después esperar la hora de la muerte, pero cuando el profeta se lo pide generosamente lo ofrece y la alcuza de aceite no se consumió ni la orza de harina se vació.

¿Dónde está nuestro compromiso? ¿Dónde guardamos o ponemos nuestro pequeño grano de arena? ¿Dónde habremos enterrado el talento que se nos ha confiado y recordamos más pasajes evangélicos? ¿Hasta dónde estamos dispuestos? ¡Qué importante es nuestro pequeño grano de arena!

viernes, 12 de abril de 2024

Ofrezcamos con generosidad nuestro pobre pan de cebada y nuestra disponibilidad hará presente el Reino de Dios en el mundo

 


Ofrezcamos con generosidad nuestro pobre pan de cebada y nuestra disponibilidad hará presente el Reino de Dios en el mundo

Hechos de los apóstoles 5, 34-42; Salmo 26; Juan 6, 1-15

Cuantas veces lo hemos pensado, total, qué puedo hacer yo si soy solo, qué puedo hacer yo que soy poca cosa ante la magnitud de lo que se presenta, de lo que hay que hacer; nos lo decimos, rehuyendo compromisos, cuando hablamos de cómo andan las cosas, de cómo está nuestro mundo, de tanto que habría que hacer para que las cosas mejoren, y todos tenemos ideas porque nuestras tertulias están llenas de proposiciones; pero nos echamos atrás, porque decimos que la tarea nos supera, qué es uno en medio de tantos y cosas por el estilo. Y nos olvidamos que el grano de arena, por pequeño que sea, hace montón, que la gota de agua no es todo el océano, pero el océano no sería tal si no se juntaran todas esas gotas de agua.

Tenemos que pensarlo de cara a nuestros compromisos con la sociedad en la que vivimos; cuando se inicia una acción comunitaria que va a ayudar a mejor la vida de todos, siempre nos quedamos atrás, rehuimos el compromiso, pensamos que son otros los que tienen que realizarlo, y nos quedamos con los brazos cruzados como espectadores. Ya nos dirá Jesús que quien no es fiel en lo pequeño no sabrá ser fiel en lo grande o en lo importante. Seremos poca cosa, pero es nuestro grano de arena que ayudará a hacer montón. 

Hoy el evangelio es claro en este sentido. Una multitud grande seguía a Jesús. Llevaban varios días siguiéndolo por aquellos caminos y aldeas, ahora están lejos y Jesús se da cuenta de cual es la situación. Aquella muchedumbre está hambrienta, y en este caso es también hambre de pan, porque llevan varios días con Jesús y las provisiones se han agotado. ¿Dónde compraremos panes para que coma toda esta gente? Es la pregunta que surge

No hay solución, están en descampado y allí no hay donde buscar pan, además se necesitaría una cantidad grande de dinero para comprar pan para toda esta gente. ‘Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo’. Pero no hay donde comprarlo.

Y aparece uno de los apóstoles con la noticia de que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero ¿qué es esto para tantos?’ Pero el muchacho ha hecho desde su pobreza su aportación. Nada se reserva para él a pesar de su pobreza. El pan de cebada es el que comían los pobres que no tenían posibilidades de comprar trigo para hacer la harina. Aquí está este pequeño, pobre, con sus cinco panes y dos peces, y aunque parezca que eso no es nada para tantos, Jesús les dice que la gente se siente en el suelo, que había mucha hierba en aquel sitio – los detalles del evangelio que se fija también en los pequeños detalles – y el resto queda de manos de Jesús. ‘Solo los hombres eran unos cinco mil’, nos detalla también el evangelista. Lo de menos son los números porque lo importante es la acción de Jesús precedida por la generosidad de aquel muchacho.

El gesto es sencillo. ‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’.  Y comieron todos hasta hartarse; y las sobras se recogieron, ‘llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido’. Y ya sabemos la reacción de la gente que quiere hacerle rey, porque están reconociendo que Jesús es el esperado que tenía que venir, pero no ha llegado su hora y Jesús se retira a la montaña, él solo, mientras a los apóstoles los envía en barca a la otra orilla.

Quedémonos con el gesto. El que parece que es el más pequeño y más pobre es quien es capaz de ofrecerlo todo. Y se pudo realizar la maravilla que luego tantas cosas, como signo, nos ha sugerido. Pero hoy quiero quedarme en el signo del desprendimiento y de la generosidad, en el signo de lo pequeño con lo que podemos realizar cosas grandes. ¿No decía María que el Poderoso había hecho obras grandes en ella que solo era la humilde esclava del Señor?

¿Aprenderemos los caminos de la generosidad y del desprendimiento aun desde lo pequeño e incluso lo que nos pueda parecer que no vale nada? Tu vida, mi vida, es ese pequeño grano de arena, es ese pequeño y pobre pan de cebada, pero con el que construimos el Reino de Dios. Cuánto se ha quedado sin hacer porque nos considerábamos pequeños y no dimos el paso adelante. Unos pobres pescadores de Galilea se pusieron en camino por el mundo y el evangelio ha llegado o está llegando a todos los rincones.

¿Qué gesto de desprendimiento has de realizar para que el Reino de Dios se haga más presente en el hoy de nuestro mundo?

sábado, 12 de febrero de 2022

No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

 


No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Los discípulos se sintieron quizás sorprendidos por las manifestaciones que estaba haciendo Jesús. Estaba descorriendo el velo de su corazón para que todos le conocieran, para que conocieran sus sentimientos, para darles a entender también el sentido nuevo del Reino de Dios que les estaba enseñando.

‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos’.

Comienzan entonces a preocuparse los discípulos. Si es que allí tampoco ellos pueden hacer nada. ‘¿Dónde comprar panes para que coman todos estos?’, se preguntan. Están en lugares despoblados, la situación les parece difícil de resolver. Pero es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Con cuántos panes se puede contar? Pero solo tienen siete panes. Con eso parece que es imposible.

Derrotistas de la misma manera nos presentamos nosotros tantas veces. No hay nada que hacer, nos decimos y repetimos, son tantos los problemas que parece que vienen en avalancha; quizás podemos sentir algún tipo de preocupación pero no hacemos sino darle vueltas al asunto sin disponernos a comenzar a hacer algo. ¿No habría que preguntarse también por cuántos panes tenemos? ¿Qué es lo positivo por pequeño que sea que yo pueda aportar? ¿Qué es lo que sé hacer y donde yo puedo echar una mano con eso que yo tengo, con eso que yo soy?

Algunas veces cuando hablamos de ese mundo nuevo que tenemos que hacer, de esa ilusión que tenemos que poner en la vida por hacer que las cosas se mejores, de esos granitos de sal que tendríamos que añadir a la vida para que la vida tenga otro sabor, de esas hogazas o de esas migajas de amor y de buenos sentimientos que tenemos que ir poniendo en el mundo para que sea mejor, enseguida pensamos en qué podemos hacer nosotros frente a esa avalancha de egoísmo, de insolidaridad, de maldad que podamos ver en el mundo y nos parece que son tantos y que nosotros somos tan poquitos que no podríamos conseguir nada por hacer que todo mejore. Y nos quedamos con los brazos cruzados. Es lo peor que podemos hacer.

Pon tu granito de arena, pon tu migaja de amor, pon tu ilusión y tu esperanza, comienza a ver las cosas con otros ojos llenos de posibilidades, siempre tu buena semilla aunque te parezca tan pequeña… todo eso un día florecerá; claro que si dejas la semilla guardada sin echarla a la tierra nunca podrá germinar para hacer surgir una nueva planta que llegue a dar fruto. Y es lo que muchas veces hacemos, nos quedamos en lamentaciones, nos quedamos en que nada o poco tenemos y de qué va a servir y la multitud seguirá teniendo hambre porque nadie ha comenzado a compartir. Comienza y seguro que tu obra buena va a fructificar y va a ser estímulo para que otros también siembren su pequeña semilla, compartan su pequeño pedazo de pan.

Es lo que nos está enseñando este milagro de la multiplicación de los panes que hoy contemplamos en el evangelio. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Serás capaz de compartir la pobreza de esos siete panes que tú tienes?  Siente la compasión de Jesús y ponte por obra y comienza a compartir tus panes. Tu sonrisa, tu ilusión, tu esperanza, tu optimismo, tus buenos deseos, tus pequeñas cosas buenas que hagas cada día, tu acercamiento a los demás, tu visita al enfermo de al lado de tu casa, tu interés por los problemas que puedan tener los demás para ayudarle… cuántas cosas.

lunes, 2 de agosto de 2021

Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

 


Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21

No lo dejaban ni a sol ni a sombra. Es lo que sucede con Jesús. Ahora, después de enterarse de la muerte del Bautista Jesús quiere ir con sus discípulos más cercanos a un lugar solitario; como diría algún comentarista, a esperar a que pasara la tormenta; la muerte de Juan tuvo que impactar mucho a Jesús, aunque pocas veces los veamos en el evangelio en relación, no en vano Juan era el Precursor del Mesías, y había venido a preparar los caminos del Señor. Allá al Jordán Jesús también había acudido para recibir el bautismo a manos de Juan, aunque lo que sucedería en aquel momento superaba todo lo que significaba el bautismo de Juan, como tantas veces hemos comentado. ¿Convenía hacer una pausa después de aquellos acontecimientos sangrientos? Para Jesús no va a haber pausa, cuando llegan a aquel descampado Jesús se encontró con la multitud que le estaba esperando.

Y el corazón compasivo de Jesús hizo lo que tenia que hacer; nada de descanso y si ponerse junto a aquellos hambrientos de la Palabra de Dios para ponerse a enseñarles. Pero el tiempo pasa, llega la tarde, la multitud es grande y ha estado todo el día escuchando a Jesús después de lo que habían caminado para adelantárseles en aquel sitio y son los discípulos los que se adelantan a pedir a Jesús que despida a la gente para que puedan llegar a las aldeas donde puedan comer algo.

Pero ya conocemos el diálogo, Jesús les dice que le den ellos de comer. ¿Cómo pueden dar de comer a tantos si solo tienen unos pocos panes y peces? Pero allí están a disposición de Jesús. Manda que la gente se siente en el suelo y bendice a Dios por aquellos panes antes de comenzar a repartirlos a la gente. Y comieron todos y hasta sobró como bien nos detalla el evangelista. Muchas veces lo hemos contemplado y meditado.

‘Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces’, habían dicho los discípulos. ¿Eran las provisiones que ellos llevaban, aunque no parezca que fueran muy abundantes? ¿Era la oferta de alguien de entre la multitud? Otro evangelista hablará de un muchacho que llevaba en su alforja esas provisiones. Pero lo importante era que aquello, aunque fuera pequeño, se puso a disposición del servicio que pudiera prestar.

Cuántas veces nosotros decimos también ante la ingente tarea que vemos que está por realizar en nuestro entorno, que nada tenemos, que nada valemos, que nosotros no sabemos, que no podemos hacer nada, y aquellos pequeños panes y peces de nuestros valores se quedan ocultos, se quedan enterrados. ¿Seremos acaso como aquel hombre de la parábola al que solo se le concedió un talento y lo guardó y escondió para no perderlo, para que no se lo robaran, pero no hizo nada con él? Ya sabemos cómo en la parábola se le recrimina que no lo hubiera negociado; cada uno tiene que negociar lo que tiene, tiene que desarrollar los valores y las cualidades que posee, sean muchas o sean pocas.

Somos pobres muchas veces no porque no tengamos nada, sino porque no sabemos poner a juego aquello poco que tenemos. Y la miseria se junta con la miseria para aumentarla aun más; pero si aquello mísero que poseemos lo ponemos a disposición, lo desarrollamos, podrá surgir una hermosa planta de esa pequeña semilla. Cuántas cosas nos dice Jesús en este sentido en el evangelio. Y nos lo está diciendo hoy con los cinco panes y los dos peces puestos a disposición. Cuánto podríamos hacer por nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena.

domingo, 11 de agosto de 2019

En nuestra fe y en nuestro ser iglesia tenemos un tesoro en nuestras manos que muchas veces acobardados escondemos y nos falla nuestra fidelidad y nuestra lealtad



En nuestra fe y en nuestro ser iglesia tenemos un tesoro en nuestras manos que muchas veces acobardados escondemos  y nos falla nuestra fidelidad y nuestra lealtad

Sabiduría 18, 6-9; Sal 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19;  Lucas 12, 32-48
Cuando a uno le confían una tarea lo menos que uno puede ser es fiel, responsable, y leal hacia aquel que nos ha confiado dicha tarea y responder con prontitud a lo que se nos ha encomendado. Han puesto su confianza en nosotros y ahora hemos de merecernos esa confianza en el cumplimiento de lo encomendado. Ahí vamos manifestando la madurez de nuestra vida y así contribuimos desde esas responsabilidades que asumimos en hacer, por ejemplo, que nuestra convivencia sea de lo mejor y todos al final salgamos beneficiados por aquello que realizamos.
Aunque nos parezca muchas veces que aquellas cosas que hacemos tienen un objetivo y un fin determinado según lo que estemos realizando, sin embargo sabemos bien que todo está interrelacionado y es en fin el mismo conjunto de la sociedad la que sale ganando con lo bueno que realizamos y con el cumplimiento fiel de nuestras tareas. Mi bondad y mi responsabilidad repercuten también en el conjunto de la sociedad en la que vivimos porque son granitos de arena con los que contribuimos a la construcción de esa misma sociedad y de ese mundo en el que convivimos.
¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Es que Jesús nos habla de vigilancia y responsabilidad. Nos habla Jesús del criado que ha de cuidar la puerta de la casa y cuanto más en la ausencia del amo y que ha de estar vigilante para el momento en que llegue para abrirle apenas llegue y llame; nos habla del administrador a quien se le confían unos bienes, o el que está al frente de las tareas de la casa y que todo ha de ordenarlo debidamente para que cada uno cumpla su función y todos además sean bien atendidos; como nos habla también del uso que cada uno ha de dar a sus bienes y posesiones no quedándose en una función egoísta en pensar solo en sus ganancias personales sino de cuanto puede hacer con ello en beneficio de los demás.
¿Qué quería decirles Jesús a los discípulos cuando les proponía estas pequeñas parábolas? ‘No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino’, comenzaba diciéndoles Jesús. ¿No estará preparando Jesús a aquellos discípulos más cercanos a quienes confiaba los secretos del Reino para la misión que un día habrían de recibir? Está queriéndoles decir Jesús cómo confía en ellos y por eso un día les confiará su misma misión. Pero aun más, podríamos decir, estaba señalándoles cómo todo aquel misterio de gracia que a ellos les revelaba un día tendrían que compartirlo, contagiarlo a cuantos les rodeasen; y de esa tarea no se podrían escaquear, como decimos ahora.
Pensamos, sí, quienes hoy estamos escuchando esta Palabra de Jesús en la tarea que tenemos que realizar, porque de El recibimos su misma misión. Claro que pensamos en nuestras responsabilidades personales de cada día con nosotros mismos y en medio de la sociedad en la que convivimos. Fidelidad, responsabilidad, vigilancia, lealtad con nosotros mismos, con nuestro mundo pero también lo hemos de sentir ante Dios. Como decíamos antes cada cosa que hagamos hecha con fidelidad total es un granito de arena bien importante en la construcción de nuestro mundo.
Pero pensemos además nosotros cristianos, que nos consideramos y que nos manifestamos como creyentes en la responsabilidad que tenemos de esa luz que se ha puesto en nuestras manos, que es nuestra fe. Pensemos nosotros, como hombres y mujeres de Iglesia – pertenecemos a la Iglesia, formamos parte de la comunidad eclesial – en la responsabilidad que también dentro de nuestra Iglesia tenemos.
Fáciles somos para hacernos nuestros juicios, para criticar o murmurar en lo mal que están las cosas, en los problemas que quizá vemos en nuestras comunidades cristianas o en el conjunto de la Iglesia, cosas que no nos satisfacen, que vemos que quizá tendrían que ser de otra forma, ¿nos quedamos solo en la critica o en la murmuración o nos comprometeremos a poner nuestro granito de arena para que mejoren también las cosas en nuestra Iglesia?
Tampoco tenemos que meter el rabo entre piernas acobardados por lo que vemos en nuestro mundo y en nuestra sociedad y también quizá por las críticas que recibe la Iglesia, el desprestigio a que quieren someterla en nuestra sociedad de hoy, o la oposición que podemos encontrar para que la Iglesia pueda seguir realizando su misión.
Nos callamos tantas veces acobardados, nos echamos para atrás y no somos capaces de levantar la voz, tenemos miedo de manifestarnos porque tememos la reacción que puedan tener las gentes de nuestro entorno. ¿Es esa la lealtad que tenemos con nuestra fe, con nuestra Iglesia, con aquello en lo que creemos y que queremos vivir? ¿Estaremos siendo el mal administrador que no cumplimos con nuestros deberes de responsabilidad, fidelidad y lealtad?
¿Qué hacemos con lo que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿Qué hacemos por esa Iglesia a la que pertenecemos? ¿Estaremos escondiendo ese tesoro por cobardía? En muchas cosas tendremos que pensar, pero también es hora de ponernos a actuar.

domingo, 19 de noviembre de 2017

De lo que tú contribuyas con eso que llamas tu pequeño talento quizás puede estar dependiendo el bienestar de una persona y su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos

De lo que tú contribuyas con eso que llamas tu pequeño talento quizás puede estar dependiendo el bienestar de una persona y su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

No importa tanto la cantidad que tengamos como el valor que le demos a lo que tenemos. Miramos a los demás y nos parece que son tantas las cosas que tienen en comparación con lo que a nosotros nos parece nuestra pobreza.
Esto lo podemos pensar en los aspectos más materiales de la vida, como en referencia a los valores, a las cualidades, a los dones naturales que nos parece que otros tienen; nosotros quizá nos vemos pobres, nos parece que nosotros no valemos nada en comparación con lo que los otros son, nos sentimos empequeñecidos y tenemos la tentación se anularnos, de sentir que no valemos nada, que con lo que somos no merece la pena luchar porque poco o nada vamos a conseguir y tenemos el peligro de tirar la toalla. Las comparaciones son odiosas por crean en nosotros desconfianzas, envidias, orgullos en nuestro interior que nos hace sentirnos dolidos, y terminamos que dándonos poco valor.
Tenemos que aprender a descubrir el valor de lo que somos o tenemos; quizá somos un diamante en bruto que cuando lo lleguemos a pulir debidamente va a salir una preciosa joya, aunque antes solo nos pareciera un trozo de carbón terroso; quizá tenemos en nuestras manos esa joya de nuestra vida que no hemos sabido desenterrar, que no hemos aprendido a valorar, que en nuestra torpeza nos hace sentirnos inútiles y nos arrimamos a un lado en la vida porque como no valemos damos paso a otros cuando nosotros podríamos ser capaces de hacer mucho más.
En una falsa humildad nos sentimos inútiles y terminamos enterrando con miedo lo que somos que quizá pueden ser grandes valores. Que importante es que en la educación, quienes tienen esa misión, ayuden a descubrir al educando todos sus valores y aprendan a darle la importancia que tienen sus vidas. Cuántas personas quizá ya en el ocaso de su vida llegaron a descubrir todo lo que valían y no habían desarrollado y ahora se lamentan porque no contribuyeron a la sociedad con todos los valores que encerraban y que se habían mantenido ocultos.
Me estoy haciendo estas consideraciones al hilo de la parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio. La conocemos como la parábola de los talentos. Aquel señor que al irse de viaje confió a sus empleados diversa cantidad de talentos con la misión que los trabajaran o negociaran en su ausencia para recoger luego el fruto de aquellos trabajos. Fue el tercero, el que recibió menor cantidad de talentos, solo uno frente a los cinco o los diez que recibieron sus compañeros, el que lo enterró por miedo a que se perdiera, para luego devolvérselo intacto al regreso de su amo.
Tuve miedo, decía, y por eso no me atreví a hacer nada. Como veníamos reflexionando es lo que nos puede pasar a nosotros que nos parece o nos vemos infravalorados y por eso terminando no haciendo nada; tememos a arriesgarnos, nos puede salir mal, nosotros no valemos, nos decimos tantas veces. Hoy se habla mucho de la autoestima, pero démosle el nombre que le queramos dar, aprendamos a valorar lo que en verdad somos.
Algunos dicen la vida es una aventura, yo no lo diría de esa manera, pero en la vida tenemos que saber ser valientes, audaces, sentir curiosidad por nosotros mismos para descubrirnos y para conocernos, ser capaces de lanzarnos adelante con lo que somos, con lo que valemos, que somos capaces de hacer muchas cosas. Y es que nuestro grano de arena, aunque sea pequeño, forma parte de la riqueza y de la belleza del conjunto.
Son las responsabilidades que todos tenemos en la vida. No todos somos iguales, es cierto, no todos tenemos los mismos valores, pero precisamente en esa diversidad está la riqueza, ahí está lo que le da belleza al conjunto.
Y esto lo podemos ver desde el descubrimiento y desarrollo de nuestro yo personal que encerramos una semilla capaz de dar grandes frutos en nuestra madurez humana y espiritual, como lo vemos, tenemos que verlo, en el lugar que ocupamos en la sociedad y en la Iglesia.
Nadie se puede desentender; nadie se puede considerar inútil ni incapaz; todos tenemos que aportar desde lo que somos y contribuir a la mejora de nuestra sociedad en relaciones humanas, en el desarrollo de las personas, en un bienestar para todos, en esa paz y esa armonía que entre todos hemos de conseguir, en esa lucha por la justicia, por los derechos y los valores de toda persona, en lograr que haya mas humanidad entre todos, en que logremos que desde nuestra solidaridad vayamos desterrando todo lo que pueda hacer sufrir a alguna persona de nuestro entorno o de nuestro mundo. De lo que tú contribuyas quizá puede estar dependiendo el bienestar de una persona, su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos.
Y es lo que como creyentes y miembros de una comunidad eclesial tenemos que hacer para que se haga más presente en nuestro mundo el Evangelio y el Reino de Dios. En esa comunidad que es la Iglesia todos somos piedras valiosas que mucho podemos y tenemos que hacer en bien de la Iglesia, en el anuncio del evangelio, y en mejorar nuestro mundo desde lo que son los valores que vivimos desde el evangelio.
Descubramos nuestro lugar, el aporte que cada uno de nosotros puede hacer, sintamos el compromiso de la evangelización de nuestro mundo, vivamos nuestro ser iglesia como el mejor tesoro y la mayor alegría para nuestras vidas. El gozo del evangelio nunca se puede apagar en nuestro corazón.

jueves, 1 de agosto de 2013

No nos dejemos ahogar por la mediocridad sino busquemos siempre caminos de plenitud

Ex. 40, 16-21; 34-38; Sal. 83; Mt. 13, 47-53
En la vida  no podemos andar con mediocridades, nadando entre dos aguas, quedándonos a medias tintas. La vida en si misma entraña crecimiento, vitalidad que decimos en una palabra, y si no crecemos, nos renovamos continuamente nos morimos. Algo que se realiza fisiológicamente por si mismo en toda persona y en toda edad. Sin querer entrar en terminologías médicas o técnicas ¿qué es el cáncer sino que unas células muertas nos invaden y nos van llenando de muerte? Por eso no nos podemos quedar nunca a medias - quedarnos a medias sería dejar entrar algo de muerte en nuestra vida - sino que siempre, en todas las etapas de la vida, hemos de tener espíritu de superación y crecimiento.
Podríais decirme es que ya somos mayores, ya hemos vivido la vida, ahora ya no tenemos la energía ni la vitalidad de cuando éramos jóvenes y nos comíamos el mundo. No vale decir esto. No se nos pide que tengamos la vitalidad de un joven, pero sí que tengamos una verdadera madurez en la vida, y la madurez no la da solamente la acumulación de los años. Por supuesto que los años vividos nos enseñan, y precisamente porque nos enseñan es por lo que nos hemos de dar cuenta de que no podemos perder esa vitalidad de la vida en si misma, aunque sea con los años y las posibilidades que ahora tengamos. Somos maduros cuando sabemos darle un sentido hondo a lo que hacemos y a lo que vivimos. No vivimos de ensoñaciones, sino poniendo bien los pies en la tierra de lo que es nuestra realidad, pero sabiendo elevar nuestra mente y nuestro corazón en ese deseo de vivir con plenitud de sentido cada momento.
Esto en el aspecto humano de nuestra existencia en esa lucha diaria de nuestro vivir, pero esto también en ese camino espiritual que queremos vivir desde nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. Es esa madurez espiritual que le hemos de dar a nuestra vida, esa espiritualidad que nos anima; una espiritualidad que parte de ese ser espiritual que hay en nosotros, que nos constituye en persona, pero que fundamentamos por así decirlo en el Espíritu divino que Dios nos concede, del que nos hemos hecho partícipes desde nuestro bautismo.
Estos días pasado hemos ido escuchando en el evangelio las diferentes parábolas de Jesús que Mateo nos ha concentrado en el capítulo trece de su evangelio. Parábolas que nos han ido hablando del Reino de Dios como semilla que se planta en nosotros y que hemos de saber hacer fructificar. Ayer se nos hablaba del Reino como de un tesoro escondido o de una perla preciosa, por el que hemos de ser capaces de darlo todo. Y hoy nos ha hablado por una parte del pescador que al sacar la red a la orilla de la playa escoge entre los peces buenos, mientras desecha los que no sirven, o del hombre sabio que sabe sacar del arca lo nuevo o lo antiguo según convenga.
Es esa sabiduría que nosotros queremos aprender de la Palabra del Señor para nuestra vida, para buscar lo que en verdad vale, lo que en verdad es importante y por lo que merece la pena darlo todo. Como un tesoro, como una perla preciosa. Ese tesoro y esa perla que en la sabiduría infinita de Dios y en su eterna misericordia llega a nosotros para ayudarnos a descubrir caminos, para alentarnos en nuestra vida para que nuestra vida crezca, para fortalecernos en nuestro caminar a pesar de nuestra debilidades y carencias.
Queremos seguir luchando, queremos seguir buscando lo bueno, queremos intentar que nuestro corazón cada día se llene de más bondad y generosidad, queremos seguir sintiendo dentro de nosotros esa inquietud por hacer que cada día nuestro mundo sea un poquito mejor y queremos poner nuestro granito de arena.
No nos queremos quedar arrumbados a un lado, como si ya fuéramos inservibles; todos podemos hacer siempre algo bueno, aunque nos parezca insignificante. Una gota de agua puede parecer insignificante en la inmensidad del mar, pero el mar no sería mar, el océano no sería océano si no estuviera formado por esos miles y millones de gotas que nos puedan parecer insignificantes.

Pongamos la gotita de agua o el granito de arena de nuestra vida que no es tan insignificante y veremos cuanto de bueno podemos hacer. Pongamos con intensidad eso que yo soy en la vida y nos sentiremos fuertes y con mayores deseos aun de crecer más y más dándonos así cuenta de cuánta vida hay aun en nosotros. Busquemos esa perla preciosa, ese tesoro de la sabiduría de Dios que enriquece nuestra vida y nos hace sentirnos en verdad fuertes para seguir luchando. No nos dejemos ahogar en la mediocridad que solo nos llevaría a la muerte.