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miércoles, 31 de julio de 2019

Busquemos el tesoro escondido que nos ofrece el evangelio y vivamos intensamente la alegría de la fe con la que contagiemos a los demás

Busquemos el tesoro escondido que nos ofrece el evangelio y vivamos intensamente la alegría de la fe con la que contagiemos a los demás

 Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46
Quien recibe un hermoso regalo se llena de alegría y seguro que en su generosidad compartirá su alegría también con los demás; recordemos cómo, por ejemplo, en un cumpleaños cuando recibimos los regalos de los amigos o de los seres queridos, llenos de alegría se los mostramos a todos compartiendo la dicha que sentimos.
Pero también otras cosas que encontramos o recibimos de los demás que nos llenan de satisfacciones hondas, desde lo bueno que nosotros hacemos, pero también cuando nos sentimos impactados por algo que descubrimos, que vemos en los demás y que nos abre los ojos, nos hace mirar las cosas o la vida de forma distinta, no nos lo guardamos para nosotros mismos sino que con esa alegría que llevamos dentro por aquel descubrimiento tratamos de trasmitirlo o contagiarlo a los demás.
Hoy nos habla Jesús, en ese lenguaje tan peculiar que son las parábolas, de una perla o de un tesoro escondido que hemos encontrado. Y nos habla también de alegría. Todos entendemos que esa perla o ese tesoro del que nos está hablando Jesús en sus parábolas significa encontrarse con El mismo, descubrir en verdad lo que significa el Reino de Dios, encontrar esa fe que da sentido nuevo a nuestra vida, abrirnos a ese mundo maravilloso que El nos ofrece con los valores del Evangelio. Y eso sí que tiene que ser una alegría grande para el ser humano.
Encontrarnos de verdad con el Evangelio de Jesús tiene que significar algo muy grande para el hombre, para toda persona. En medio de ese mundo turbio en que vivimos es encontrar una luz; en medio de esos males que nos envuelven es encontrar una esperanza de salvación y de que es posible un mundo distinto del que desterremos todo ese mal, todo ese odio, toda esa violencia, todas esas cosas que nos enturbian la vida y nos hacen vivir con amarguras en el corazón.
Nos hemos acostumbrado a decir que somos creyentes y cristianos de manera que en nuestra rutina – esa rutina en la que caemos cuando  no somos capaces de renovarnos cada día – hemos dejado de saborear lo que significa tener fe. Por eso ya nos da igual una cosa que otra, nos dejamos influenciar por tantas cosas que no llegamos a descubrir y saborear ese sentido nuevo que tiene todo cuando tenemos fe en Jesús y queremos vivir en el espíritu del Evangelio. Y es que no llegamos a vivir la alegría de nuestra fe. Y eso es triste.
El cristiano, el verdadero creyente tiene que ser una persona inquieta; buscamos y queremos saber, pero no para dejarnos llevar por cualquier corriente o pensamiento, sino para ahondar más y más en nuestra fe. Nos falta esa profundidad que nos llene de vida, vivimos demasiado superficialmente nuestra fe y no somos capaces de dejarnos sorprender cada día por lo que nos ofrece el evangelio. Y claro nos vamos tras cualquier atisbo de luz que relampaguee en cualquier parte.
Es triste que quienes hemos sido bautizados y educados en la fe cristiana como católicos – recibimos al menos unas catequesis para acceder a los sacramentos – luego se nos marchen detrás de cualquiera que toque a su puerta ofreciéndole otra fe u otra religión  y luego hasta vengan a decirnos que nuestra fe no sirve de nada, que estamos llenos de errores y no se cuantas cosas más, pero nunca se preocuparon de conocer a fondo su fe, de profundizar en el evangelio, de escuchar con corazón abierto lo que la Iglesia nos ofrece.
No estudiaste tu fe y ahora vienes a decirnos porque no sé quien te lo dijo o te convenció de que tu fe tiene errores, pero ¿conoces realmente lo que es la fe que vivimos en la Iglesia? ¿Llegaste a vivir la alegría de tu fe? ¿Fue para ti ese tesoro escondido que encontraste y por el que fuiste capaz de darlo todo porque allí encontraste el sentido de tu vida?
Busquemos ese tesoro escondido pero que ahí está delante de nosotros y vivamos la alegría de renovar plenamente tu fe cada día.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar y saber estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime


Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar y saber estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46

Ayer me contaba un amigo de lo bien, mas o menos, que ahora le van las cosas. Me hablaba de su trabajo, de los negocios que había emprendido, los bienes o posesiones que había ido adquiriendo, y le decía que tenía que sentirse satisfecho porque la vida le iba marchando bien. Me comentaba que había nacido pobre y se había jurado a si mismo que lucharía por mejorar su vida para mejorar también la situación de su familia.
En medios de las luchas y trabajos que significa la vida y los negocios, pudiendo ya vivir más o menos bien, sin embargo me decía que algunas veces no se encontraba a si mismo, no se sentía del todo satisfecho porque parecía que aun le faltaba algo. Terminábamos hablando de la familia, sobre todo de sus hijos a los que veía crecer, de los que se sentía sin embargo satisfecho a pesar de que en su juventud aún son promesas de futuro, pero había algo que buscaba en su interior y por ese camino iba encontrándolo.
Buscamos en la vida, luchamos, queremos mejorar, deseamos encontrar algo que nos llene plenamente. Por mucha que sea la suerte o el resultado de los esfuerzos en lo material que vamos consiguiendo – no todo tenemos que dejarlo al azar o la suerte o verlo como el resultado del azar – sin embargo sentimos en nuestro interior que necesitamos algo más que nos llene, que nos dé un verdadero sentido para nuestras luchas, que nos haga descubrir como podemos dejar una huella de nosotros mismos en los que van tras nosotros, o algo que nos trascienda en un más allá que nos lleve a una plenitud que en el fondo todos deseamos.
Es esa perla preciosa que deseamos encontrar, es ese tesoro que parece que permanece escondido y tanto nos cuesta encontrar. Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar. Buscamos y deseamos pero también tenemos que estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime, a algo que nos eleve sobre esas tareas o esas rutinas de cada día, a algo noble que pueda llenar de verdad nuestro espíritu.
Si solo buscamos lo primario que todos deseamos tenemos el peligro de quedarnos siempre en lo material y en lo efímero. Por eso tenemos que ser capaces de pensar que hay un estadio superior, unos ideales más altos, unas metas más espirituales. Tenemos que ser capaces de renunciar incluso a eso material que ahora parece que nos puede llenar para dar cabida en nuestro corazón y en nuestra vida a algo que es bien superior. Si vivimos solo en lo sensible físicamente o en lo material no aprenderemos a saborear lo espiritual. Por eso tenemos que aprender a vaciarnos también, porque eso material algunas veces lo que produce en nosotros es un vació interior que no sabemos como llenar.
Las parábolas que nos propone hoy Jesús del tesoro encontrado en el campo o la perla fina encontrada casi por casualidad nos hablan de cómo aquel que los encuentra es capaz de vender todo lo que tiene para adueñarse de aquel tesoro o para poseer aquella perla preciosa.
¿Seríamos capaces de hacer nosotros lo mismo si encontramos el verdadero tesoro de nuestra vida? sepamos encontrar en el evangelio ese tesoro, sepamos descubrir la verdadera riqueza que es para nuestra vida vivir conforme a los valores que nos ofrece el evangelio, sepamos encontrarnos con Cristo verdadera sabiduría de nuestra vida. Merece la pena dejarlo todo por El.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Busquemos ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que van dar verdadera hondura y cimiento a nuestra vida

Busquemos ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que van dar verdadera hondura y cimiento a nuestra vida

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

Según sea aquello que nos proponemos conseguir serán los medios que pongamos para alcanzarlo. Hemos de tener claro lo que queremos en la vida, saber a donde queremos ir, que es lo que queremos que sea nuestro sentido, la meta de nuestra vida, el mundo que queremos construir. Según eso que nos propongamos y en la medida en que lo tengamos claro serán los valores que adorne, mejor empapen y sean fundamento de nuestra vida.
Esta claro que no todos queremos lo mismo, que tenemos una concepción de la vida distinta o al menos con matices que nos diferencian unos de otros; son las maneras distintas de pensar, la ideología o filosofía que marca nuestra vida, el sentido que le hayamos querido dar, que hemos aprendido o recibido, o que hemos madurado en la interiorización de cuanto nos sucede.
Entramos en dialogo los unos con los otros, buscamos puntos de encuentro y de entendimiento, aprendemos unos de otros, queremos mejorar recogiendo también lo mejor que veamos en los demás; no siempre es fácil ese dialogo, porque tenemos la tentación de imponernos, y algunas veces nos puede faltar el respeto hacia los otros y su manera de pensar. No es que hagamos una mezcolanza, como un sincretismo donde todo nos parezca igual olvidando quizás nuestros principios, sino que siempre hay algo que podemos aprender de los demás.
Por eso es tan importante descubrir cuales son esos valores que nos ayuden a construir nuestra vida y con los que contribuimos también a la construcción de nuestro mundo. No siempre es fácil, repito, también porque recibimos muchas influencias que no son siempre tan positivas. Esa es la sabiduría de nuestra vida, que hemos de descubrir, por lo que seremos capaces de luchar, que será la base de nuestra realización personal y de esa felicidad que todos ansiamos alcanzar. Son los verdaderos cimientos del edificio de nuestra vida.
Hoy nos habla Jesús en el evangelio de dos imágenes o comparaciones, parábolas, que nos ayudan a profundizar en todo esto que estamos reflexionando. Nos habla de un tesoro escondido en el campo y que alguien encuentra y que dándose cuenta de todo su valor es capaz de despojarse de todo por obtener dicho tesoro. Lo mismo nos habla del hombre que se dedica al comercio de las joyas y que un día encuentra una de tanto valor que él la considera las mas grande e importante; será capaz de desprenderse de todas las otras joyas para poder conseguir aquella de tanto valor que ha encontrado.
¿Nos estará hablando Jesús de esos valores por los que hemos de luchar por conseguir y que van a ser fundamento de las cosas importantes que tenemos que realizar en nuestra vida? Ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que nos trasmite Jesús y que han de fundamentar nuestra vida, no como un adorno externo y pasajero sino como algo que de hondura nuestra vida. Es esa búsqueda y esa reflexión e interiorización que hemos de hacernos de cuanto nos sucede para buscar lo que de verdad vale para nuestra vida, para nuestro caminar.
Decimos que el cristiano ha de tener honda espiritualidad, porque nos llenamos de los valores del Espíritu que darán verdadera profundidad y sentido a nuestra vida. Es donde encontramos esa fuerza que necesitamos y son los materiales de la construcción de nuestro ser. Nuestro apoyo lo tenemos en el Señor y de El recibimos la fortaleza de su Espíritu que transforma nuestra vida para encontrar lo que verdaderamente es importante.

miércoles, 27 de julio de 2016

Jesús es ese tesoro escondido que hemos de saber encontrar siendo capaces de darlo todo por seguir su camino

Jesús es ese tesoro escondido que hemos de saber encontrar siendo capaces de darlo todo por seguir su camino

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46
Todos tenemos prioridades en la vida. Hay cosas que consideramos muy importantes y por las que estamos dispuestos a darlo todo. Pero entre todas las cosas que consideramos buenas e importantes siempre habrá una que ocupe el primer lugar, lo que es la verdadera prioridad. Es importante tener prioridades, porque es señal de que sabemos o al menos intentamos tener claro hacia donde vamos. Por esos principios o esos valores seremos capaces de sacrificarnos, incluso, por conseguirlo. Por ello merece la pena luchar; es una meta que nos ponemos en la vida.
Podrán ser prioridades de esa meta que nos ponemos en la vida, podrán ser prioridades en nuestro trabajo o en lo que queremos conseguir en la vida, aquello en lo que nos desarrollamos como personas, serán prioridades desde el ámbito de la familia o en el entorno social en donde vivimos; pero creo que hemos de tratar de buscar, si somos verdaderamente creyentes, lo que serian esas prioridades desde nuestra, porque en el fondo eso es lo que va darnos un sentido en la vida y que le darán un tinte, un valor o un sentido a todo eso que como decíamos queremos conseguir. Es necesario tener una verdadera escala de valores.
Hoy en el evangelio escuchamos dos parábolas de Jesús, el tesoro escondido o la perla preciosa. En una y en otro caso quien los ha encontrado será capaz de vender todo lo que tiene por conseguir ese tesoro o por conseguir esa perla. Y es ahí donde hemos de preguntarnos ¿cual es ese tesoro para nosotros, cual es esa perla? ¿Tendrá que ver algo el evangelio de Jesús con ese tesoro o con esa perla?
Aquel hombre de la parábola encontró el tesoro en el campo. En eso de encontrar me hace recordar aquel momento en que Andrés después de pasar una tarde y una noche con Jesús, a la mañana siguiente se fue hasta donde su hermano Simón para decirle ‘hemos encontrado al Mesías’, y se trajo a su hermano hasta Jesús. Era su tesoro porque el que merecía dejarlo todo como un día hicieran cuando Jesús les invitó a ser pescadores de hombres, ‘dejaron las redes y la barca y lo siguieron’.
Es bueno y creo que tenemos que decir necesario que nosotros encontremos ese tesoro, nos preguntemos si en verdad nuestra fe eso significa para nosotros. ¿Será en verdad Jesús nuestro tesoro por el que somos capaces de dejarlo todo para seguir su camino, para vivir su vida? ¿Cuál es la prioridad que le damos a nuestra fe? Queden ahí esas preguntas que tenemos que hacernos con sinceridad para que descubramos bien cuál es la sinceridad y autenticidad con que queremos vivir nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús. 

miércoles, 30 de julio de 2014

Estar atentos para descubrir y discernir ese tesoro de gracia que Dios va poniendo cada día a nuestro lado

Estar atentos para descubrir y discernir ese tesoro de gracia que Dios va poniendo cada día a nuestro lado

Jer. 15, 10.16-21; Sal.58; Mt. 13, 44-46
Volvemos a encontrarnos con las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa. Al estar escuchando en el ciclo A los domingos el evangelio de san Mateo, nos hace esta coincidencia con las lecturas en medio de la semana en las que en estos días escuchamos también el Evangelio de San Mateo; por ello hemos escuchado y meditado hace pocos días estas mismas parábolas.
Nos habla de un tesoro que alguien se encuentra, por así decir, de improviso en el campo; o de la perla preciosa y de gran valor que también en un momento determinado casi sin buscarla la encuentra un comerciante que se dedica a esos negocios. Harán todo lo posible por conseguir tanto fuera el tesoro escondido o la perla preciosa y de gran valor.
Podía hablarnos así de entrada de lo que es la gratuidad del Reino de Dios o de la fe. Es un don de Dios; gracia, decimos, lo que significa gratuito. Así es el amor del Señor. El nos amó primero y es El quien nos regala su vida, quien además cuando nosotros no habíamos obrado bien sigue buscándonos y ofreciéndonos su gracia, ofreciéndonos su perdón. Creo que podría ser un primer aspecto que tendríamos que destacar y que nos ha de mover a ser agradecidos con el Señor por todo el regalo de su amor.
Pero hemos de estar atentos a esa gracia del Señor, llamadas de amor que el Señor continuamente nos está haciendo. Es el corazón humilde del que busca y además se deja guiar. Nunca el orgullo ni la autosuficiencia fueron buenos para encontrar a Dios. Aquellos hombres de los que nos hablan las parábolas, tanto el que encontró el tesoro en el campo como el comerciante, estaban atentos a cuanto pudieran encontrar. Muchos pasaron quizá por aquel campo y no vieron el tesoro; muchos quizá tuvieron aquella piedra preciosa en sus manos y no supieron discernir su valor. Hay que aprender a descubrir ese tesoro. Hay que tener sensibilidad para descubrir y discernir las cosas de Dios.
Cuántas veces nos sucede en la vida que pasamos al lado de algo valioso, o al lado de alguien de quien pudiéramos recibir algo, aprender algo que fuera beneficioso para nosotros y no nos damos cuenta; vamos entretenidos en nuestras cosas que nuestros ojos pudieran ver, pero no ven. Cuantas señales de su amor va poniendo Dios junto a nosotros y no las vemos porque nuestros ojos están cegados, porque no sabemos discernir los signos y señales que Dios pone a nuestro paso. Es la atención y la búsqueda, pero son también los ojos limpios para ver, los ojos que no se dejan cegar, el corazón que sabe discernir lo que sucede y sabe entrar en sintonía con lo que es el amor de Dios.
Una vez encontrado tenemos que saberlo valorar. Los hombres de las parábolas vendieron cuanto tenían porque querían tener aquel tesoro o aquella perla preciosa. Nada tenía ya valor para ellos sino ese tesoro que habían encontrado por el que merecía la pena desprenderse de cuanto hasta entonces tenían. ¿Seremos capaces de actuar así en lo que se refiere a nuestra fe? ¿será en verdad importante la vida eterna que Jesús nos ofrece? ¿será para nosotros importante nuestra fe? ¿consideraremos seriamente que el Evangelio de Jesús es el verdadero tesoro de nuestra vida?
Pidámosle al Señor que nos dé ojos de fe para saber descubrir lo que es el verdadero sentido de nuestra vida. Que sepamos estar atentos para descubrir y discernir ese tesoro de gracia que Dios va poniendo cada día a nuestro lado. Es un don de Dios, pero un don de Dios que luego nosotros hemos de cultivar; como la semilla que cae en tierra pero que luego hemos de cultivar, como la viña que tenemos que atender en los múltiples trabajos que hay que realizar para que al final pueda dar fruto y tengamos buena cosecha. Tenemos que cultivar esa fe, rumiándola y madurándola, buscándola ansiosos, pero cuidándola luego para que no la perdamos y alimentándola para que llegue a dar fruto en nuestra vida.

Que el Señor nos ayude para que sepamos valorar ese tesoro de gracia que cada día nos regala.

jueves, 1 de agosto de 2013

No nos dejemos ahogar por la mediocridad sino busquemos siempre caminos de plenitud

Ex. 40, 16-21; 34-38; Sal. 83; Mt. 13, 47-53
En la vida  no podemos andar con mediocridades, nadando entre dos aguas, quedándonos a medias tintas. La vida en si misma entraña crecimiento, vitalidad que decimos en una palabra, y si no crecemos, nos renovamos continuamente nos morimos. Algo que se realiza fisiológicamente por si mismo en toda persona y en toda edad. Sin querer entrar en terminologías médicas o técnicas ¿qué es el cáncer sino que unas células muertas nos invaden y nos van llenando de muerte? Por eso no nos podemos quedar nunca a medias - quedarnos a medias sería dejar entrar algo de muerte en nuestra vida - sino que siempre, en todas las etapas de la vida, hemos de tener espíritu de superación y crecimiento.
Podríais decirme es que ya somos mayores, ya hemos vivido la vida, ahora ya no tenemos la energía ni la vitalidad de cuando éramos jóvenes y nos comíamos el mundo. No vale decir esto. No se nos pide que tengamos la vitalidad de un joven, pero sí que tengamos una verdadera madurez en la vida, y la madurez no la da solamente la acumulación de los años. Por supuesto que los años vividos nos enseñan, y precisamente porque nos enseñan es por lo que nos hemos de dar cuenta de que no podemos perder esa vitalidad de la vida en si misma, aunque sea con los años y las posibilidades que ahora tengamos. Somos maduros cuando sabemos darle un sentido hondo a lo que hacemos y a lo que vivimos. No vivimos de ensoñaciones, sino poniendo bien los pies en la tierra de lo que es nuestra realidad, pero sabiendo elevar nuestra mente y nuestro corazón en ese deseo de vivir con plenitud de sentido cada momento.
Esto en el aspecto humano de nuestra existencia en esa lucha diaria de nuestro vivir, pero esto también en ese camino espiritual que queremos vivir desde nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. Es esa madurez espiritual que le hemos de dar a nuestra vida, esa espiritualidad que nos anima; una espiritualidad que parte de ese ser espiritual que hay en nosotros, que nos constituye en persona, pero que fundamentamos por así decirlo en el Espíritu divino que Dios nos concede, del que nos hemos hecho partícipes desde nuestro bautismo.
Estos días pasado hemos ido escuchando en el evangelio las diferentes parábolas de Jesús que Mateo nos ha concentrado en el capítulo trece de su evangelio. Parábolas que nos han ido hablando del Reino de Dios como semilla que se planta en nosotros y que hemos de saber hacer fructificar. Ayer se nos hablaba del Reino como de un tesoro escondido o de una perla preciosa, por el que hemos de ser capaces de darlo todo. Y hoy nos ha hablado por una parte del pescador que al sacar la red a la orilla de la playa escoge entre los peces buenos, mientras desecha los que no sirven, o del hombre sabio que sabe sacar del arca lo nuevo o lo antiguo según convenga.
Es esa sabiduría que nosotros queremos aprender de la Palabra del Señor para nuestra vida, para buscar lo que en verdad vale, lo que en verdad es importante y por lo que merece la pena darlo todo. Como un tesoro, como una perla preciosa. Ese tesoro y esa perla que en la sabiduría infinita de Dios y en su eterna misericordia llega a nosotros para ayudarnos a descubrir caminos, para alentarnos en nuestra vida para que nuestra vida crezca, para fortalecernos en nuestro caminar a pesar de nuestra debilidades y carencias.
Queremos seguir luchando, queremos seguir buscando lo bueno, queremos intentar que nuestro corazón cada día se llene de más bondad y generosidad, queremos seguir sintiendo dentro de nosotros esa inquietud por hacer que cada día nuestro mundo sea un poquito mejor y queremos poner nuestro granito de arena.
No nos queremos quedar arrumbados a un lado, como si ya fuéramos inservibles; todos podemos hacer siempre algo bueno, aunque nos parezca insignificante. Una gota de agua puede parecer insignificante en la inmensidad del mar, pero el mar no sería mar, el océano no sería océano si no estuviera formado por esos miles y millones de gotas que nos puedan parecer insignificantes.

Pongamos la gotita de agua o el granito de arena de nuestra vida que no es tan insignificante y veremos cuanto de bueno podemos hacer. Pongamos con intensidad eso que yo soy en la vida y nos sentiremos fuertes y con mayores deseos aun de crecer más y más dándonos así cuenta de cuánta vida hay aun en nosotros. Busquemos esa perla preciosa, ese tesoro de la sabiduría de Dios que enriquece nuestra vida y nos hace sentirnos en verdad fuertes para seguir luchando. No nos dejemos ahogar en la mediocridad que solo nos llevaría a la muerte.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Unas parábolas que nos hablan de lo que es lo primero en la vida

Unas parábolas que nos hablan de lo que es lo primero en la vida
Jer. 15, 10.16-21; Sal. 58; Mt. 13, 44-46

Ojalá llegáramos a descubrir de verdad que creer en Jesús y seguirle es el más preciado tesoro que nosotros podamos alcanzar. Nos decimos cristianos, que tenemos fe en Jesús pero quizá no siempre en nuestra vida con lo que hacemos, en la manera de comportarnos, expresamos realmente la radicalidad que tendría que significar el seguimiento de Jesús, que en verdad la fe que tenemos en Jesús es el tesoro más grandioso que tenemos. ¿Seremos capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús?

Como nos dicen las parábolas escuchadas en el evangelio el que encuentra un tesoro hará todo lo posible por obtenerlo. Como dice la parábola vende todo lo que tiene para poder comprar aquel tesoro, o aquella perla preciosa que ha encontrado. En las cosas materiales somos interesados y ponemos todos nuestros empeños, pero ¿será así en el seguimiento de Jesús?

Pero es necesario, para comenzar, que estemos convencidos del valor de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús? Creer no es un barniz que le damos a nuestra vida como si fuera un adorno, lo hemos reflexionado en muchas ocasiones. Creer en Jesús para seguirle y llegar a llamarnos cristianos de verdad no es simplemente dejarnos llevar por unos sentimientos primarios de religiosidad con los que quisiéramos contentar a Dios para que El nos ayude y nos salgan las cosas bien en nuestra vida.

Es por eso, quizá, por lo que esa fe no está empapando totalmente nuestra vida para que todo nuestro actuar y nuestro vivir sea conforme al evangelio; es por lo que los comportamientos de nuestra vida cristiana los volvemos ocasionales y como decimos muchas veces, primero está la obligación que la devoción, como si la fe fuera solo una cosa de devoción; es por lo que nuestro compromiso es poco firme y nos contentamos simplemente con unas migajas de nuestra vida; es por eso por lo que somos poco generosos en nuestra entrega, en nuestro darnos en nuestra vida cristiana; es por lo que incluso la expresión religiosa de nuestra fe, en nuestros rezos y oraciones y también en nuestras celebraciones y devociones, se vuelve en ocasiones tan superficial sin llegar a lo hondo de nuestra vida.

Las parábolas nos hablan de la radicalidad del seguimiento de Jesús. Jesús y su reino es lo más importante de nuestra vida. Como nos dirá en otra ocasión ‘el que no está conmigo, está contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’. Jesús en verdad tiene que ser el centro de nuestra vida y nuestra razón de ser. Buscar el Reino de Dios y su justicia, nos dirá, ha de ser lo primero, que lo demás se nos dará por añadidura. Por eso siempre hemos de estar buscando lo que es la voluntad de Dios. Descubrir desde Dios el verdadero valor de la vida, de las cosas; descubrir los valores del evangelio para convertirlos en fundamento de nuestro actuar. Buscar en todo momento lo que es la gloria del Señor ha de ser siempre nuestra tarea.

¿De qué me vale ganar el mundo entero si pierdo lo que es más fundamental? Así nos dirá Jesús en otros momentos. Es lo que nos viene a decir en cierto modo con estas parábolas; vendemos todo por alcanzar la perla preciosa, por obtener ese tesoro. Por eso, por seguir a Jesús dejamos todo atrás, nada nos puede restar ni retener en ese camino de su seguimiento. En alguna ocasión nos habla de dejar atrás padre, madre, hermano, mujer, hijos, casa para seguirle, porque el que no es capaz de negarse a si mismo no es digno del Reino de Dios. Para eso Jesús nos ha liberado, para eso nos redimido y salvado, para eso nos da su gracia que nos fortalece en ese camino de fe y de amor que hemos de recorrer.

Que el Señor ponga generosidad y valentía en nuestro corazón.

domingo, 24 de julio de 2011

Va a vender todo lo que tiene para poder conseguir el tesoro escondido


1Rey. 3, 5.7-12;

Sal. 118;

Rm. 8, 28-30;

Mt. 13, 44-52

Hay cosas y acontecimientos que suceden en la vida y en la historia que dejan una huella, que se convierten en trascendentes incluso para la vida o para la historia de la humanidad. Un hecho especial que nos sucede en la vida, un descubrimiento científico, un hecho que pudiérmos considerar histórico para la humanidad, y así muchas cosas en todos los órdenes que nos producen un impacto grande y que pueden marcar y cambiar la vida. A partir quizá de ese momento, de ese descubrimiento o de ese acontecimiento ya las cosas no son igual.

Hoy Jesús en las parábolas escuchadas nos está diciendo que eso tiene que ser para nosotros el Reino de Dios, el evangelio, la propia presencia de Jesús en medio nuestro. Es el tesoro escondido y encontrado, es la perla más preciosa por lo que hemos de saber dejarlo todo. Parábolas las hoy escuchadas que nos pueden parecer pequeñas y hasta insignificantes pero que tienen, creo, un mensaje muy profundo e importante. Nos está hablando Jesús de la radicalidad con que hemos de hacer opción por El, por el Reino de Dios, por la Buena Noticia que nos anuncia. Tanto, como para venderlo todo para conseguir ese tesoro; tanto, como para darle totalmente la vuelta a la vida para vivir ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

Nos sucede sin embargo a los cristianos que tenemos el tesoro y no sabemos valorarlo. Nos hemos acostumbrado – mala costumbre, tendríamos que decir - a eso de que somos cristianos desde siempre porque desde pequeño nos bautizaron y todo esto lo escuchamos una y otra vez que luego ya el evangelio no significa novedad para nosotros; no nos sentimos sorprendidos por el mensaje del Evangelio.

Cuando nos cuentan quizá que una persona que nosotros conocíamos de siempre ha cambiado su vida porque en el evangelio ha encontrado una nueva luz para su existencia y que ahora está queriendo vivir con una mayor intensidad y hasta radicalidad lo que le pide el Señor, quizá nos miramos extrañados preguntándonos qué es lo que le habrá pasado a esa persona para ese cambio. Pues sencillamente eso, que se ha encontrado con la perla preciosa, con el tesoro escondido del Evangelio que ha tenido siempre delante de sus ojos, como lo tenemos nosotros, pero que hasta entonces no le había hecho caso y ahora sí lo ha descubierto.

En otros momentos del evangelio escuchamos mensajes en este sentido a los que muchas veces no le damos toda la importancia y la profundidad que tienen. Por ejemplo, cuando Jesús comienza a hacer el anuncio del evangelio habla de conversión. Nos hemos acostumbrado a esa palabra y quizá la recordamos un poco más en el tiempo de la cuaresma. Pero es que Jesús nos está diciendo que creer en esa Buena Noticia del Reino que nos anuncia, significa darle una vuelta total, radical a nuestra vida. No es decir creo en el Reino de Dios y las cosas siguen igual, mi vida sigue igual.

Cuando vemos, por ejemplo, que a aquel joven que le pregunta qué es lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna – una referencia al reino de Dios – Jesús le pide que venda todo lo que tiene para que tenga un tesoro en el cielo y le siga. Es serio lo que Jesús le está planteando. Nos quedamos tan tranquilos pensando, bueno, era rico y no fue capaz de desprenderse de sus riquezas. Pero es que ahí se está manifestando lo que hoy nos enseña la parábola. Aquel agricultor o aquel comerciante lo vendieron todo con tal de adquirir aquel tesoro o aquella perla preciosa y valiosa; tan importante era para ellos el tesoro o la perla encontrada.

Para poseer, para vivir el tesoro del Evangelio, la perla preciosa del Reino de Dios que Jesús nos anuncia, significa dar esa vuelta profunda a nuestra vida. Son nuevos valores, es nueva forma de vivir, son actitudes nuevas, es una nueva forma de pensar y de actuar. Es más, encontrarme con el tesoro del Reino es encontrarme con Jesús. Ese es el verdadero tesoro de nuestra vida. Y ese encuentro sí que es algo trascendental para mi vida y que tiene que transformar toda mi existencia. Mucho más que cualquier acontecimiento histórico o cualquier descubrimiento maravilloso que se haya podido hacer en beneficio de la humanidad.

Encontrarme con Cristo y decir que soy cristiano no es simplemente vivir como siempre he vivido o como vive cualquiera a nuestro alrededor. Es una nueva vida, un nuevo vivir, porque es vivir con la vida de Cristo, en vivir a Cristo. Aquello que dice san Pablo y que hemos escuchado más de una vez, ‘he crucificado mi vida con Cristo de manera que ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’.

¿He pensado alguna vez que si en verdad es Cristo quien vive en mi lo que estoy haciendo lo haría de la misma manera? ¿Sería de la misma forma cómo me relacionaria con Dios? ¿Rezaríamos u oraríamos de la misma manera? ¿Sería el mismo trato el que tengo con los demás? ¿Le daríamos el mismo uso a esas cosas que poseemos y por las que tanto nos afanamos? ¿Tendríamos los mismos afanes y agobios con que vivimos hoy?

Muchas preguntas tendríamos que hacernos porque nuestra relación con la sociedad en la que vivimos y el compromiso con nuestro mundo seguro que sería otro. Ese tesoro del Reino de Dios que encontráramos seguro que nos pondría en un camino de mayor solidaridad, no nos dejaría tan insensibles ante las necesidades o problemas que podamos ver alrededor, nos saldríamos más de nuestras actitudes egoístas donde pensamos más en nosotros mismos que en los otros. Encontrarnos con ese tesoro del Reino de Dios nos va a poner en camino de más amor, de más cercanía a los otros; nos va a impulsar al compartir y al vivir unidos, nos va a motivar para que hagamos un mundo mejor donde todos seamos más felices; nos va a enseñar donde están las cosas verdaderamente importantes.

Las parábolas que hemos venido escuchando en estos domingos anteriores – todas forman parte de este capítulo trece del evangelio de Mateo – creo que nos han venido preparando para que con sinceridad abramos nuestro corazón a la Palabra de Dios, a esa semilla que nos hace encontrarnos de verdad con el Reino de Dios por el que tendríamos que dejarlo todo. Nos han ayudado a preparar la tierra de nuestra vida para hacer que esa semilla dé fruto en nosotros.

En la primera lectura escuchábamos cómo Salomón le pide a Dios no larga vida ni riquezas ni la vida de sus enemigos, sino sabiduría para saber gobernar a aquel pueblo. ¿Qué le pedimos nosotros al Señor? Pidámosle esa Sabiduría del Espíritu que nos ayude a descubrir ese tesoro inmenso que Dios pone en nuestras manos; esa sabiduría y fortaleza para de verdad empeñarnos por el Reino de Dios; esa sabiduría que nos ayude a comprender el misterio de Dios, el misterio de Jesús para convertirlo en el verdadero centro de nuestra vida; sabiduría y fortaleza para dejarlo todo por seguir a Jesús y vivir su evangelio; que nos dé su Espíritu de Sabiduría para saber redescubrir el Evangelio.