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domingo, 26 de julio de 2026

No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

 


No es el peso negativo de las renuncias sino la riqueza de lo que vamos a vivir lo que tiene que poner alegría en nuestra vida con el tesoro del Evangelio que Jesús nos ofrece

1Reyes 3, 5. 7-12; Salmo 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

¿Será todo en la vida cuestión de suerte? Parecería que es lo que andamos deseando; se multiplican los juegos de suerte, a ver si nos toca y nos parece que algo así tiene que ser la vida; fijémonos cómo con toda naturalidad nos estamos deseando suerte en lo que emprendamos, en lo que hacemos, en el camino que tomamos, en las decisiones que tenemos que tomar en la vida; pero si no buscamos con seriedad, no nos esforzamos y lo trabajamos, no nos preparamos en todos los aspectos no solo para lo que nos vaya a tocar sino para lo que vamos a ser en primer lugar y hacer en consecuencia, no es cuestión de que estemos esperando a que nos baje un pajarito del cielo y ponga la suerte en nuestras manos. Si no buscamos, ¿qué es lo que vamos a encontrar? Si no nos esforzamos ¿qué es lo que vamos a conseguir? Si no trabajamos ¿qué sentido tiene nuestro vivir?

Jesús nos está hablando del Reino de Dios y nos está explicando en qué consiste o como hemos de hacer para vivirlo. Nos propone parábolas, nos hace explicaciones, nos abre caminos, nos señala cuál es su importancia, nos está marcando los pasos que hemos de ir dando. Nos habló del sembrador y de la semilla, nos hablo de la tierra buena que hemos de preparar y de la realidad cruda que nos vamos a encontrar porque en el mismo campo encontremos el resultado de la buena semilla pero también de las plantas venenosas por así llamarlas que nos vamos a encontrar en una mezcla que pudiera ser confusa, nos habló de la importancia de la semilla en sí aunque nos pareciera insignificante pero que sin embargo nos pueden dar plantas hermosas, nos habló de la levadura que ha de hacer fermentar la masa y ahora nos habla de tesoros escondidos o de perlas preciosas por las que hemos de darlo todo.

Son las parábolas que hemos ido escuchando y las que hoy también nos ofrece. Tener un tesoro a nuestro alcance o una perla preciosa más que una suerte es un regalo que Dios nos está ofreciendo. El evangelio es ese regalo aunque a veces no lo sabemos apreciar o porque andamos entretenidos en otras cosas nos pasa desapercibido porque nos parece escondido. El plan que nos ofrece Dios para nuestra vida no es cualquier cosa que hemos de tomarnos con frivolidad. Pero hemos de tener ojos y oídos atentos, un corazón bien abierto con buena sintonía para poder descubrirlo y saborearlo. Cuando tengamos esa apertura de nuestro corazón llegaremos a entender la sabiduría de vida que encontramos en el evangelio. Y no la podemos desperdiciar, no la podemos dejar pasar, no podemos andar desinteresados por ella.

Las parábolas nos hablan de que aquellos hombres, el agricultor y el comerciante fueron capaces de darlo todo por obtenerla. No era lo importante aquello de lo que tuvieron que desprenderse, de lo que fueron capaces de desprenderse sino de lo hermoso que llegó a sus manos y que no querían perder. Muchas veces cuando pensamos o hablamos de la vida cristiana parece que pusiéramos por delante las cosas que tenemos que dejar y nos olvidamos de la maravilla que se nos ofrece para vivir. Y es que encontrarnos con Cristo y su evangelio es encontrar ese tesoro, esa perla preciosa por lo que tenemos que ser capaces de dejarlo todo para vivirlo. No es el peso de lo negativo sino la riqueza de lo que vamos a vivir.

Es algo en lo que tenemos que detenernos para pensar. Si estamos pensando en aquello de lo que tenemos que desprendernos parece que se nos haría duro y difícil por tantos apegos que tenemos en el corazón; se convierte así nuestra vida cristiana en una lucha tormentosa y es por lo que tantas veces vamos los cristianos por la vida sin alegría, con cara de circunstancias y de sufrimiento. Igual que quien he encontrado algo valioso irá alegre por la vida y a todos se lo irá contando, así tendríamos que ir los cristianos por la vida porque vamos contando una buena noticia, vamos queriendo transmitir algo que nos da mucha alegría en la vida. Algo nos está fallando cuando los cristianos vamos haciendo nuestro camino con caras de tristeza y como si lleváramos un peso insoportable encima de nosotros.

Sin embargo con Cristo hemos encontrado la libertad verdadera porque en El hemos encontrado el perdón de nuestros pecados, con Cristo hemos encontrado el camino de la verdadera felicidad, con Cristo seremos capaces de hacer que nuestro mundo sea mejor, con Cristo se acaban los agobios porque El es nuestra paz y nuestro descanso, con Cristo reverdece la esperanza y florece la ilusión porque vamos llenando nuestro mundo de amor. Y esto no es cuestión de suerte sino de un regalo de amor que Cristo nos ofrece.

miércoles, 30 de julio de 2025

Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

 


Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

Éxodo 34,29-35; Salmo 98; Mateo 13,44-46

¿Qué es lo que verdaderamente consideramos importante? ¿Qué es lo que para nosotros tiene mayor valor? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a dar para conseguirlo? Son unas primeras preguntas que nos hacemos para ver por donde anda nuestra onda. Porque también nos puede suceder que nos contentamos con lo que somos o lo que tenemos, que nos parece lo suficientemente bueno y para que vamos a estar volviéndonos locos por conseguir algo distinto, posturas conformistas en las que podemos caer; que también podemos pensar si ya lo que tengo es más o menos válido, para que voy a desprenderme de algo que ahora me está sirviendo ante el interrogante que pueda representar lo nuevo, es quizás la mediocridad en la que me muevo  que no me impulsa a una superación, y sobre todo cuando quizás eso me exija sacrificar algo.

Bueno esto que estamos diciendo nos vale para pensar en muchas cosas que forman parte de nuestra vida. Muchas cosas diferente podemos considerar importantes y por ellas hemos de ser capaces de sacrificarnos. Quien piensa en sus negocios y en sus ganancias, quien puede pensar en lo que son sus posesiones  con las que pretende tener una buena vida sin sobresaltos, quien puede pensar en unas conocimientos y unos estudios que le ayudarán a cultivarse como personas y le puede ayudar a encontrar una sabiduría de la vida, quien puede pensar en la familia y todo lo que entrañan unas relaciones familiares por lo que somos capaces de sacrificarnos porque queremos el bien de la familia o pensamos en el futuro de nuestros hijos con lo que le podamos ofrecer para lograr un puesto en la vida, quien puede pensar en esa sociedad en la que vive y que quiere mejor y que se quiere ser capaz de trabajar por una transformación de esa sociedad.

En cada una de esas facetas podemos o tener que pensar en qué es lo mejor, por lo que merece la pena sacrificarse y luchar, en ese necesario espíritu de superación que tiene que haber en nuestra vida, aunque eso algunas veces nos signifique renuncias y sacrificios en la búsqueda de lo mejor. Forma parte de ese crecimiento humano como personas que todos hemos de anhelar, aunque muchas veces andamos un poco cegados por aquello de la inmediatez y no siempre tenemos la paciencia de esperar para conseguir eso mejor que busquemos.

¿Es el sentido de estas parábolas que hoy Jesús nos propone en el Evangelio? Nos habla de un tesoro escondido que alguien encuentra y que porque no está en su campo buscará todos los recursos que sea para poder adquirir aquel campo y tener derecho a ese tesoro. Como nos habla también de una perla preciosa de gran valor que queremos tener y que somos capaces de desprendernos de todo lo que tenemos para tener los medios necesarios para poder conseguirla.

¿Cuál es ese tesoro que hemos de conseguir o esa perla preciosa que queremos adquirir? Es aquí donde tenemos que hacer nuestra escala de valores. No es que sean malas aquellas cosas que antes mencionábamos y que quisiéramos conseguir en la vida. Pero ahora con la parábola Jesús quiere plantearnos algo mucho más hondo. ¿Cuál es esa verdadera sabiduría de la vida? ¿Le daremos a nuestra fe ese valor de la perla preciosa por la que hemos de saber despojarnos de muchas cosas para poder alcanzarla?

Aquí tiene que entrar en juego también ese sentido espiritual de la vida, porque no todo se puede quedar en lo material, en unas ganancias o en unas riquezas que nos hagan poseer cosas, como si en ello estuviera toda nuestra felicidad. Es bueno que sintamos toda esa alegría y satisfacción por esas cosas conseguidas para lograr ese nuestro crecimiento humano como personas y de aquellos que están a nuestro lado.

Pero hemos de saber encontrar esa luz de la fe que nos va a dar una visión nueva y distinta de la vida, una mayor trascendencia a nuestro ser y a cuanto hagamos, que va a ser motor de nuestro camino, de nuestras luchas y deseos de superación, que nos ayudará a encontrar esos valores que nos ofrece el evangelio para que lleguemos a vivir ese sentido del Reino de Dios, que va a elevar nuestro espíritu para entrar en esa sintonía de Dios en quien encontramos todo el sentido de nuestra vida y nuestra existencia.

¿Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe para nuestra vida, esa luz de la fe que va a ser la verdadera sabiduría de nuestra vida, esa luz de la fe que nos hará encontrar la verdadera riqueza espiritual de nuestra existencia?

martes, 20 de agosto de 2024

Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

 


Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30 

En la lógica de lo humano que vivimos entra el que deseemos ver el fruto del trabajo de nuestras manos y que contribuya además a una vida digna y mejor cada día; justo es que con el rendimiento del fruto de lo que hacemos podamos ir agenciándonos unos medios que de alguna manera enriquezcan nuestra vida, porque nos dan posibilidades de algo mejor para nosotros pero el poder dedicar nuestra vida sin agobios a una tarea verdaderamente humana.

No está lejos de lo que nos enseña Jesús, pues el mensaje del evangelio no lo hemos de ver solo por partes sino hacer una mirada y una escucha en todo su conjunto; ya nos dirá Jesús que hemos de darle rendimiento a los talentos que poseemos y precisamente condena a quien no supo o no quiso hacerlo, o quizás por medio escondió aquel talento; no era cuestión solo de no perderlo sino de negociarlo, incluso con sus riesgos, para obtener un beneficio mayor.

Una cosa que realmente es necesaria es saber valorar en su punto esos medios materiales y darles un uso que no está lejos de la humanidad con que hemos de vivir la vida no solo en relación a nosotros mismos sino a los demás. Nunca pueden ser un apego de corazón que nos limite o nos esclavice, que cierre nuestra mente con unas ambiciones materiales, o nos haga actuar con avaricia pensando solo en tener por tener sin en verdad disfrutarlo y colaborar también al disfrute de los demás.

Sin embargo nos puede resultar fuerte el texto del evangelio de hoy, pero que sin embargo hemos de saber leer en su conjunto. Fue después del episodio del joven rico que venía con grandes aspiraciones en su corazón, pero que sin embargo su corazón no era totalmente libre porque se sentía muy apegado a lo que poseía. Contemplamos la tristeza de quien no fue capaz de dar el paso, pero contemplamos la mirada de Jesús ante la vuelta atrás de aquel joven que por sus apegos, pudiendo llegar muy lejos, sin embargo se alejaba de Jesús.

Y es la sentencia con que se abre, por así decirlo, el pasaje de hoy del evangelio. ‘En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’.

¿Imposible? Se preguntan los discípulos. Difícilmente, es lo que dice Jesús. Las jorobas de nuestra vida cargadas de tantas riquezas materiales de las que no queremos desprendernos, no harán nada fácil el paso por la puerta estrecha de las murallas del Reino de los cielos. Ya sabemos que los pesos muertos no nos dejarán caminar, si queremos ascender ligeros a ese monte de Dios, ligeros tenemos que ir de alforjas que siempre lo que harán es entorpecernos el camino.

Es el desprendimiento del que nos habla Jesús; es el buscar el verdadero tesoro, porque el que seremos capaces de abandonar todas las otras riquezas; es ese encontrar el tesoro escondido y hacer todo lo posible por hacernos con El. Es el descubrir esa belleza del evangelio, esa belleza del mensaje de Jesús, aunque al mismo tiempo se nos presente exigente, pero lo que quiere Jesús es que caminemos caminos de plenitud, no caminos de raquitismo.

Ante todas estas consideraciones que les va haciendo Jesús, por allá andan los discípulos más cercanos a Jesús que un día lo dejaron todo por seguirle y estar con El también con sus ambiciones y deseos normales y muy humanos. A nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué nos tocará? Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, será siempre mucho más lo que El nos ofrezca y nos regale. Pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados.

miércoles, 31 de julio de 2024

Estamos al tanto de la última tecnología de última generación, pero nos hemos dejado de preocupar por el tesoro de la buena noticia siempre nueva del evangelio

 


Estamos al tanto de la última tecnología de última generación, pero nos hemos dejado de preocupar por el tesoro de la buena noticia siempre nueva del evangelio

Jeremías 15,10.16-21; Salmo 58; Mateo 13,44-46

Hoy queremos estar a la última; nos enteramos que salió un móvil - celular dicen en otros sitios – de última generación, o cualquier otro aparato electrónico o de informática con no sé cuantas aplicaciones y mejoras – yo ya me he quedado obsoleto en estas cosas – y corriendo vamos a conseguirlo, cueste lo que cueste, porque no nos podemos quedar atrás, porque no podemos ser menos que el amigo que ya lo tiene y va luciéndose por todas partes. Cuánto interés ponemos en estas cosas, cómo somos capaces de gastarnos lo que no tenemos con tal de estar a lo último.

Se me ha ocurrido poner esto tan propio de nuestros días, porque de alguna manera es una traducción de las parábolas que nos propone hoy Jesús en el evangelio, el tesoro encontrado en el campo, o la perla preciosa que hemos descubierto; en fin de cuentas tenemos hoy todos esos ‘aparatejos’ electrónicos como un gran tesoro para nuestra vida en virtud de cuantas cosas nos ofrecen y de las utilidades que tienen en la vida de hoy. Aquellos de la parábola eran capaces, como nos dice Jesús, de vender cuanto tenían con tal de conseguir aquel tesoro. Claro que hoy no solo es todo eso de la tecnología, de la que hemos venido hablando, sino también pensemos que, como se suele decir, vendemos el alma al diablo por algunas satisfacciones, por cosas que decimos que nos hacen felices, o muchas veces por dar esa apariencia de poder y de grandeza que manifestamos en tantas cosas de la vida.

Pero Jesús nos está diciendo que quien encuentra un sentido para su vida es como quien está encontrando un tesoro; nos habla del reino de Dios, del reino de los cielos. Es el gran mensaje que Jesús nos está presentando desde el inicio de su predicación. Y ya nos decía desde el principio cómo tendríamos que desprendernos de muchas cosas para poder creer y aceptar esa buena noticia que El nos estaba presentando. Convertíos, nos decía, para creer en la Buena Noticia.

Y esa Buena Noticia era hablarnos del Reino de Dios; no era hablar de un reino nuevo que había de establecerse en Israel para recuperar su soberanía; era la imagen que los confundía, y cuando comprendían que Jesús no iba precisamente por ese camino muchos le rechazaron. Ese Reino de Dios que Jesús les anunciaba era algo mucho más hondo porque era algo que había de realizarse en lo más hondo de la vida; era descubrir un sentido nuevo de la vida donde el único Señor de nuestra vida sería Dios, por eso lo llamaba reino de Dios.

Pero es que cuando se descubría esto, se estaba descubriendo un sentido más grandioso de la persona, se estaba queriendo recuperar la verdadera dignidad y grandeza de la persona que no podía quedarse en apariencias ni vanidades, ni en ritos ni en cumplimientos. Por eso nos está hablando de que ese sentido tiene su raíz en el amor; desde el amor que Dios nos tiene y desde el amor que en consecuencia hemos de tenernos los unos a los otros. Y amarnos es respetarnos, y valorarnos, y buscar el bien de la persona y respetar siempre su dignidad, es engrandecernos por dentro desde la generosidad con que vivamos la vida y nuestras relaciones con los demás, es buscar la verdadera felicidad, la que nos llena de satisfacciones por dentro y que nos conducen a una plenitud.

Descubrir todo esto es en verdad descubrir un tesoro, y quien encuentra el tesoro lo querrá tener consigo siempre. Por él lo daríamos todo. Ojalá tuviéramos tanto interés por encontrar ese sentido de la vida, como tenemos interés por estar al día en las últimas tecnologías o las últimas cosas que se lleven en el momento presente, ya sean las modas, ya sea las músicas, ya sean las últimas cosas que nos salgan en las redes sociales.

¿Aprenderemos algún día a valorar en todo su sentido el evangelio? ¿Pondremos todo el interés del mundo por escuchar el mensaje de la palabra de Dios igual que estamos al tanto de la última canción o del último concierto que nos da el artista del momento? ¿Prestaremos la misma atención al mensaje de la palabra de Dios como el interés que mostramos por escuchar y seguir al último ‘influencer’, o como se diga, del momento?

domingo, 30 de julio de 2023

Saber escuchar con el corazón, saber rumiar en nuestro interior lo que es la vida un gran paso para alcanzar la verdadera sabiduría que nos hace testigos del Reino

 


Saber escuchar con el corazón, saber rumiar en nuestro interior lo que es la vida un gran paso para alcanzar la verdadera sabiduría que nos hace testigos del Reino

1Reyes 3, 5. 7-12; Sal 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52

Saber escuchar con el corazón, saber rumiar en nuestro interior lo que contemplamos, los acontecimientos de la vida, lo que nos sucede, lo que podemos recibir un gran paso para alcanzar la verdadera sabiduría. No es la mirada superficial lo que nos hace descubrir la riqueza de la vida, no es la carrera loca con la que queremos llegar a todas, libar todas las mieles, lo que nos puede hacer entrar en ese camino de sabiduría. El hombre maduro es aquel que ha sabido rumiar la vida, el que sabe escuchar con el corazón, el que ha aprendido a discernir lo que le sucede o lo que recibe para lograr hacer resaltar lo mejor, lo más sabroso de la vida, lo que en verdad va alimentar nuestro espíritu para elevarnos sobre esas superficialidades que al final lo que harían es embrutecernos, para encontrar ese rico tesoro para la vida.

Jesús en el evangelio cuando nos quiere hablar del Reino de Dios nos propone hoy varias parábolas. Nos habla del tesoro encontrado en el campo y nos habla de la perla preciosa por la que merece venderlo todo para adquirirla. Ni uno ni otro es un encuentro al azar; no era la mirada superficial que pasar por encima de todas las cosas sin prestar atención la que pudo hallar aquel tesoro en el campo. ¿Habrían pasado otros antes junto a aquel tesoro y no lo habían sabido descubrir? ¿En manos de otros tratantes de perlas preciosas habría estado aquella perla especial y no habrían descubierto su brillo y su valor? Era necesario buscarla con atención, era necesario afinar la sensibilidad para captar entre otras cosas aquel tesoro o el valor de aquella joya.

Decíamos al principio que es necesario saber escuchar con el corazón. Es lo que le pedía el joven Salomón a Dios al comienzo de su reinado. Tener la suficiente sabiduría para escuchar a su pueblo, para discernir lo que en verdad tenía que hacer mejor para gobernar a su pueblo a pesar de su juventud. Le agrada a Dios que le concede esa sabiduría; proverbial es en la historia la sabiduría de Salomón, vendría incluso la reina del Sur, como dice la Escritura, para escuchar su sabiduría.

Es la sintonía que hemos de tener en nuestro corazón. Lo necesitamos en los quehaceres de la vida de cada día, lo necesitamos en nuestro encuentro con los demás, lo necesitamos para saber leer la vida, para saber leer lo que nos sucede, lo necesitamos para discernir entre lo malo y lo bueno. Vivimos en un mundo de confusiones, estamos llegando a un sincretismo terrible porque todo lo mezclamos, todo nos parece bueno, nos dejamos arrastrar por la ultima novedad que aparece en cualquier rincón, todo lo queremos probar.

Es necesario, sí, tener los ojos abiertos en la vida para descubrir el sentido de cuanto nos rodea, pero tener la sabiduría del discernimiento. Tenemos que aprender a hacerlo, tenemos que llenarnos de los valores más nobles y que más nos puedan engrandecer, hemos de tener, si, respeto a los demás y a lo que hacen porque nunca podemos meternos en las intenciones del corazón de los demás, pero tenemos que saber encontrar ese camino de rectitud, no abandonando nunca nuestros valores y nuestros principios.

Escuchar con el corazón es ir logrando esa maduración de nuestro interior, ese crecimiento de nuestro espíritu, es saber leer y escuchar con discernimiento los acontecimientos de la vida que son siempre una hermosa lección para nosotros, es abrir nuestros ojos y nuestros oídos para ver y para escuchar a Dios que nos habla de muchas maneras. Encontraremos esa perla preciosa, ese tesoro escondido por el que merece darlo todo para alcanzarlo, para conseguirlo.

Nos hablaba la parábola también de la red arrojada al mar y que recogía toda clase de peces, pero que luego había que saber bien escoger, para quedarnos con lo bueno, para desechar lo que no nos valen. Por eso, decíamos antes, que no nos valen las mezcolanzas, es tan importante esa virtud del discernimiento.

En nuestras manos tenemos la buena noticia del Reino de Dios que nos ofrece Jesús, pero que tenemos que saber llevar también como buena noticia a los demás. Ojalá seamos capaces de empaparnos de evangelio y lleguemos a vivir intensamente el Reino de Dios para que nos convirtamos en signos de ese Reino de Dios ante nuestro mundo. Será la riqueza de nuestra vida, nuestra salvación.

Sí, que también nuestra vida se convierta en signo del Reino de Dios para los demás. Que a través de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestra manera de vivir, de nuestra alegría y nuestro amor, de la esperanza con que vivimos cada momento y de la madurez con que nos enfrentamos a las sombras y problemas que puedan aparecer en la vida, de nuestro entusiasmo y nuestro compromiso, de esa sabiduría con la que hemos envuelto nuestra vida el mundo que nos rodea sea capaz de llegar a descubrir y encontrar ese tesoro.

martes, 27 de junio de 2023

Camino de esfuerzo y de superación, camino estrecho recorrido no con resignación sino con esperanza y alegría, camino de verdadera felicidad

 


Camino de esfuerzo y de superación, camino estrecho recorrido no con resignación sino con esperanza y alegría, camino de verdadera felicidad

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14

Nos habrá pasado en alguna ocasión; estábamos realizando algo que estábamos haciendo con mucho gusto e ilusión, las cosas nos iban saliendo bien y estábamos viendo el resultado bello y bueno de lo que estábamos realizando, pero por un descuido, por una distracción, por querer quizás probar algo nuevo con lo que pensábamos que nos podría salir mejor, bajo la influencia de alguien que quiso atraernos a su idea o lo que él pensaba a su manera que podría ser mejor, y de pronto todo se nos echó a perder.

¿Circunstancias adversas? ¿Egolatría que íbamos alimentando con aquello que estábamos realizando? ¿Influencias externas que nos distrajeron de lo que era la idea original? ¿Tentaciones de vanidad? ¿Superficialismo que nos separó de lo que haciéndolo con profundidad nos hubiera llevado a cosas hermosas? Muchas cosas podríamos pensar, pero al final echamos a la basura algo que podía ser realmente hermoso.

¿No nos sucederá algo así, no en cosas externas o materiales que podamos hacer, sino más bien en lo mejor del yo profundo de nuestra vida que malogramos por un capricho, por una mala influencia? Podríamos pensar en muchas cosas; esa lucha interior de superación que vamos realizando en nuestra vida con la que vamos avanzando como personas, vamos dándole una profundidad y madurez a nuestra vida, pero que en un momento determinado lo echamos todo a perder, cuando perdemos la tensión del crecimiento, nos dejamos arrastrar por superficialidades y vanidades, cuando nos entran las modorras y los cansancios y ya no tenemos ganas de luchar, cuando contemplamos lo que hay a nuestro alrededor y nos parecen felices los que viven en la superficialidad de la vida y nos decimos que para qué tanto esfuerzo y tanta lucha.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio, por un nada, tiramos a los pies de los cerdos la perla preciosa que con tanto esfuerzo habíamos ido cultivando. Nos quiere precaver Jesús, que tengamos cuidado, que no nos dejemos engatusar por caminos que nos pueden parece fáciles, porque no queremos seguir en la misma lucha de superación. Equivocamos el camino, nos queremos ir por la senda espaciosa y que nos parece fácil pero que no nos va a llevar a alcanzar esas metas altas que de la otra manera hubiéramos alcanzado.

No es que tengamos que resignarnos a hacer esas cosas que nos cuestan esfuerzo, porque pensamos que no nos queda otro remedio. No es precisamente la resignación un valor demasiado evangélico, aunque tantas veces nos hayan aconsejado la resignación cuando nos llegan los momentos de sacrificio. Cuando tenemos una meta grande en la vida, cuando queremos alcanzar algo que en verdad merece la pena y sabemos que es lo que nos va a dar la verdadera felicidad, aquellas cosas que tenemos que hacer y que nos cuestan esfuerzo y sacrificio las realizamos con ganas, con ilusión, con entusiasmo porque lo que estamos deseando es alcanzar aquella meta.

Y en ese esfuerzo e incluso sacrificio sabemos ser felices, porque estamos pregustando la gloria de la victoria final. El deportista que se entrena duramente preparándose para una competición no lo hace de mala gana sino poniendo toda su ilusión en aquel esfuerzo de entrenamiento, de superación que está realizando. Somos felices en el camino de nuestra vida cristiana, no tenemos el esfuerzo, el sacrificio, no rehuimos el camino estrecho, sabemos a donde vamos, que es lo que queremos vivir, tenemos ya de antemano el gozo de la presencia del Señor que es nuestro premio.

Es el camino que nos conduce a la vida, es lo que da sentido al camino que vamos realizando, es el gozo que sentimos en el espíritu que nos hace vivir la mejor felicidad. No tiremos a los cerdos las perlas preciosas que Dios ha puesto en nuestra vida.

miércoles, 27 de julio de 2022

Dejémonos sorprender por el evangelio porque es el más hermoso tesoro que podemos encontrar para nuestra vida, con Jesús siempre llegaremos a la plenitud

 


Dejémonos sorprender por el evangelio porque es el más hermoso tesoro que podemos encontrar para nuestra vida, con Jesús siempre llegaremos a la plenitud

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46

Todos queremos encontrar el tesoro. Son nuestros sueños, los que tenemos todos los días. Hace unos días un amigo me decía que mala suerte había tenido; yo pensaba que le había pasado alguna desgracia, algún accidente, y me cuenta, por un número no se había sacado la primitiva; no sé como es eso de si por un número o no dejas de sacarte un premio, no ando yo muy ducho en estas cosas, pero las gentes son especialistas en esto de los juegos de la suerte. Estamos a ver si nos encontramos el tesoro fácilmente, que la suerte nos acompañe.

Pero, ¿qué es un tesoro en la vida? ¿Una joya preciosa de gran valor? ¿Una herencia que no esperábamos y que la tía de turno nos dejó? ¿Algo que voy a acumular y ya me va a dar la felicidad para siempre?  ¿Un dinero que tendré ahí acumulado y con sus intereses ya voy a vivir con toda comodidad sin preocuparme de nada? ¿Nos quedaremos solo en lo material? ¿Buscaremos otros tesoros?

Eso es lo serio y lo importante, pero lo triste es que no todos quizá lo vemos así. Y así andamos tan ciegos detrás de la suerte. ¿Algo quizá por lo que tengo que luchar y buscar? Algo de eso puede haber, pero hay algo quizás mucho más misterioso y grandioso. Porque quizás andaremos buscando motivos y razones para ser felices, y eso está bien y también quiere el Señor que seamos felices. ¿Pero no será algo mucho más hondo que sea lo que en verdad le dé un valor y sentido a mi vida? ¿Será algo que me va a llevar a una plenitud de vida con lo que yo realmente me halle plenamente realizado?

Hoy nos habla Jesús en el evangelio con parábolas de tesoros encontrados y de perlas preciosas que podemos conseguir. Y nos habla de que quien ha encontrado el tesoro buscará la forma de poseer aquel campo donde esta escondido para poder hacerse con él; o nos hablará de quien es capaz de vender todo lo que tiene para adquirir aquella joya tan maravillosa.

¿Suerte? ¿Regalo? ¿Fruto de un esfuerzo? ¿Un atento esfuerzo y un discernimiento por descubrir lo que realmente valen aunque tenga que desechar algunas cosas que pudieran ser buenas también?

Y Jesús cuando nos está proponiendo estas parábolas lo hace queriendo hablarnos de lo que realmente tiene que ser el Reino de Dios en nuestra vida, algo por lo que hemos de ser capaces de darlo todo. Encontrar lo que en verdad significa el Reino de Dios es encontrar un tesoro, es encontrar la más maravillosa joya para mi vida. ¿No había comenzado Jesús su predicación invitándonos a cambiar y transformar nuestra vida para creer en la Buena Nueva del Reino de Dios?

Es lo que significa para nosotros el encuentro con Jesús. Encontrarse con Jesús es una buena noticia, la mejor buena noticia que nosotros podamos recibir. Pero nos hemos acostumbrado y ha dejado de ser buena noticia para nosotros. Ya la fe no es esa alegría que inunda y transforma totalmente nuestra vida. Hemos caído en las rutinas, ya no nos preocupamos por encontrar ese tesoro; lo hemos sustituido por otros tesoros que nos pueden parecer más grandiosos pero que serán siempre efímeros y caducos.

Tenemos que dejarnos sorprender por el evangelio, tenemos que dejarnos sorprender por el encuentro con Jesús; tenemos que aprender a darle vida de verdad a lo que hacemos y a lo que vivimos; tenemos que aprender a sentir esa alegría honda del evangelio que hemos encontrado allá en lo más hondo de nosotros mismos.

martes, 21 de junio de 2022

Dios camina siempre con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta estrecha y hace con nosotros el camino respetando siempre nuestros pasos y nuestra respuesta

 


Dios camina siempre con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta estrecha y hace con nosotros el camino respetando siempre nuestros pasos y nuestra respuesta

2Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14

Es de sana pedagogía el saber respetar el ritmo de las personas; nosotros podemos verlo todo claro, pero quizás el que está a nuestro lado no lo entiende; y algunas veces nos volvemos exigentes con nuestros ritmos; no es malo que seamos exigentes con nosotros mismos porque cada día deseemos lo mejor, tengamos deseos de superarnos y mejorar nuestra vida, pero lo que nos exigimos a nosotros mismos no lo podemos exigir de la misma manera a los demás. Si yo lo he hecho, él puede hacerlo, decimos; es cierto que si yo lo he hecho el otro puede hacerlo, pero en su tiempo, en su ritmo, en su momento dará la respuesta.

Decíamos al principio que es sana pedagogía, y nos vale en todo el tema educativo, o en lo que nosotros queremos ayudar a los demás a crecer y a madurar. Es cierto que podemos inculcar esa actitud en el otro, pero será el otro el que ha de responder. Es el respeto que mutuamente hemos de tenernos, porque cada uno tiene su dignidad y su grandeza, pero significa respetar el camino que va haciendo el otro que no sabemos lo que a él le cuesta, las dificultades que en su propio interior puede ir encontrando; él tiene su mundo.

Es la tarea que como testigos de un evangelio nosotros queremos hacer con los demás. Ofrecemos la luz, pero hay quien prefiere la tiniebla, o no ha llegado el momento en que haya aprendido a saborear esa luz que le ofrecemos; pero eso caminamos al paso de los otros, pero siguiendo su ritmo; es la muestra del respeto que le tenemos y de la valoración que hacemos de sus actos, de su vida. Pero eso en el momento oportuno daremos señales de esa luz que llevamos dentro, para que el otro la descubra y la desee, porque nunca nuestra tarea es imponer, sino ofrecer y regalar; todo es gracia que nos viene de Dios, todo es regalo de Dios para nuestra vida.

Me vengo haciendo esta reflexión desde la Palabra del Señor que hoy se nos ofrece pero desde ese respeto que tenemos hacia aquellas personas que están a nuestro lado y a los que queremos ofrecer la luz. Hay una frase un tanto enigmática que hoy Jesús nos dice sobre las perlas que son arrojadas a los cerdos; ¿qué saben los cerdos lo que es una perla? La hociquearán y la revolverán en la basura en la que se revuelcan. Esa perla preciosa de la Palabra de Dios hemos de saber ofrecerla a los que están a nuestro lado, para que descubran su valor y para que se dejen iluminar por ella, pero no vamos a imponer, vamos a ofrecer el regalo de un don de gracia.

Jesús en estas como sentencias que nos va dejando en el sermón del monte nos da unos criterios para la manera de actuar que hemos de tener con los demás. Hemos venido hablado de ese respeto que hemos de tener a los otros y a sus ritmos, pero eso se ha de traducir también en el trato que tengamos con los otros.

¿Cómo nos gustaría que nos tratasen a nosotros? ¿De una manera dura y exigente? Ya sabemos que la humildad y la sencillez de los otros nos gana el corazón. Pues esa ha de ser nuestra manera de actuar con los demás, desde esa dulzura, desde esa sencillez, desde esa humildad, desde esa sonrisa que a nosotros también nos gusta recibir. Actúa así con el otro y no te equivocarás nunca; pon amor en tu trato con los demás, y aunque quizás ahora no comprendan tus gestos de amistad, la semilla está sembrada y algún día resplandecerá también en sus vidas.

No es un camino fácil. Cuando no queremos ser exigencia para los demás sin embargo nos convertimos en exigencia para nosotros mismos; es la exigencia de nuestra paciencia, del dominio de nosotros mismos para no convertirnos en exigencia para los otros, de búsqueda de nuestro crecimiento interior porque será donde en verdad vamos a encontrar la fortaleza para nuestro darnos, para nuestra entrega.

Hoy nos contrapone Jesús la puerta amplia y espaciosa, con la puerta estrecha; el camino fácil donde simplemente lo que hacemos es dejarnos llevar por lo que salga en el momento, o el camino estrecho de exigencia, de superación de nosotros mismos, de negación de mí mismo para buscar siempre primero el bien de los demás. Puerta estrecha, camino angosto de exigencias, pero nunca camino imposible; nada hay imposible para Dios, y Dios camina con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta y hace con nosotros el camino. ¿Queremos mayor estímulo y ayuda?

sábado, 30 de octubre de 2021

No nos dejemos encandilar por la vanidad y la apariencia que son solo oropeles que nada valen, busquemos la perla preciosa de las personas humildes y serviciales

 


No nos dejemos encandilar por la vanidad y la apariencia que son solo oropeles que nada valen, busquemos la perla preciosa de las personas humildes y serviciales

Romanos 11,1-2a.11-12.25-29; Sal 93; Lucas 14,1.7-11

Quizás hoy cuando vamos a una comida con ciertas formalidades, por ejemplo un banquete de bodas, todo está preparado de antemano y ya nos tienen reservados los sitios situándonos según la familiaridad que haya entre los comensales para que nadie se sienta aislado en medio de gente que no conoce o no tiene mayor relación.

Pero cuando las cosas son más informales ya nos preocupamos de procurarnos sitios según nuestros intereses y buscamos lo que consideramos para nosotros el mejor sitio; pero también nos encontramos en situaciones en que hay poco menos que una lucha sorda por conseguir determinados sitios según algunos intereses que incluso intentamos camuflar; lugares de importancias, lugares donde aparezcamos que estamos bien situados, lugares donde nos parece que vamos a ser mejor servidos; hay intereses, vanidades disimuladas o en ocasiones intereses bien manifiestos de la importancia que nos queremos dar.

Algunas veces incluso llegamos a la desazón y a la queja porque nos puede parecer que fuimos relegados a un lugar que nosotros creíamos que no merecíamos, porque quizás pensamos que nos rebajaron de categoría o importancia.

No nos extraña lo que nos relata hoy el evangelio y en lo que se fijó Jesús nada más entrar. Poco menos que se peleaban por los primeros puestos, por los lugares de mayor importancia. Y esto le da ocasión a Jesús para hacernos reflexionar. Es, podríamos decir, la matraquilla de Jesús continuamente a lo largo del evangelio de que nuestro lugar está en el lugar del servicio, porque esa es nuestra verdadera grandeza.

‘Entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola…’  y les habla claramente Jesús de que no vayas a los primeros puestos, sino que no te importe colocarte en un lugar cualquiera aunque fuera apartado que si el que te convidó considera que debes estar en otro lugar, ya él te llevará, porque la vergüenza peor que pudieras pasar es que te echarán para atrás. No es que vayamos buscando intencionadamente que nos exalten, pero el camino mejor que puedes llevar en la vida es el de la humildad y sencillez. Es ahí donde puede aparecer toda la grandeza de la persona.

El hablar aquí de un banquete es como un ejemplo o una parábola. Esto conecta con lo que hemos escuchado en otras ocasiones de las discusiones que había entre los discípulos cercanos a Jesús por los primeros puestos. Por eso nos dirá que será grande el que se haga el último y el servidor de todos. Es la actitud tan preciosa del servicio pero es también la actitud maravillosa de la sencillez y de la humildad. Frente a este mundo donde se vive tanto de las apariencias brillan como piedras preciosas las personas humildes y sencillas, los que nos buscan el figurar, los que hacen las cosas sin que nadie se entere, los que calladamente pasan por la vida haciendo el bien que al final dejará mejores huellas que los que van desde la apariencia y el orgullo. Por eso, aquello que nos dirá en otra ocasión que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.

Y es lo que tenemos que aprender a valorar en los demás. Fácilmente nos sentimos encandilados por esos personajes llenos de vanidad que van figurando de relumbrón y se manifiestan muchas veces avasalladores de todo lo que encuentren a su alrededor, y no sabemos destacar a esas personas sencillas que calladamente van haciendo maravillas en su espíritu de servicio y en su humildad. Son las perlas preciosas en las que tenemos que fijarnos, a las que tenemos que valorar, las que tenemos que resaltar porque son el verdadero ejemplo para una sociedad que queremos hacer mejor.

 


jueves, 21 de octubre de 2021

Necesitamos dejarnos abrasar por ese fuego del amor divino que transformará nuestra vida, transformará nuestro mundo, en un hombre nuevo, en una tierra nueva

 


Necesitamos dejarnos abrasar por ese fuego del amor divino que transformará nuestra vida, transformará nuestro mundo, en un hombre nuevo, en una tierra nueva

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53

Como que hablar de fuego ahora en estos momentos en nuestras islas cuando la lava del volcán se está devorando el territorio de una isla con la consiguiente destrucción que se está produciendo y las angustias que se están generando no parece que sea lo más agradable. Pero es la realidad que estamos viviendo y que tenemos que afrontar y nos puede servir de punto de apoyo para entender lo que Jesús nos está queriendo decir hoy en el evangelio.

Además de ese aspecto destructivo que ahora contemplamos, en la vida sin embargo utilizamos muchas veces la imagen del fuego para querer expresar significativamente también muchas cosas que pueden ser hermosas para nosotros. El fuego tiene también ese sentido purificador cuando echamos en él lo inservible para indicar también como tenemos que desprendernos de cosas que nos atan y nos impiden vivir en total libertad. Pero es el fuego también lo que expresa la pasión que podemos llevar en nuestro corazón y que se transforma en amor, y expresa también el ardor y la intensidad que ponemos en la vida que amamos o cuando queremos alcanzar algo que consideramos importante para nosotros.

Aquella imagen de la lava ardiente y de destrucción que todo lo va transformando a su paso sin embargo en esa misma isla en otros tiempos no tan lejanos fue crecimiento de su propia superficie que trabajada con tesón transformó aquel terrenos inhóspitos en riqueza de una floreciente agricultura. En el fuego del crisol tenemos que pensar también se purifican los más hermosos metales y con su ayuda se elaboran las más hermosas joyas.

Y Jesús nos dice hoy que ha venido a traer fuego a la tierra y lo que quiere es que arda. Una imagen que tiene todo su sentido cuando comenzamos a entender todo lo que significa el mensaje de Jesús. Encontrarnos con Jesús y escuchar su mensaje dejando que llegue a nuestro corazón es lo más grande que nos puede suceder. Ya nos hablará en otros momentos del tesoro escondido y la joya preciosa por la que merece la pena venderlo todo para adquirirlos. Y eso en verdad significa nuestro encuentro con Jesús, que se convierte como en un volcán en nuestro corazón que ya no podremos detener, porque quien se ha encontrado de verdad con Cristo ya su vida no es igual, corre como ese fuego impetuoso al encuentro de los demás para llevar esa Buena Noticia, corre al encuentro con su mundo para transformarlo según esos nuevos valores que descubrimos en el evangelio.

Quien se ha encontrado con la verdad del evangelio, quien tiene la experiencia de encontrarse con Cristo allá en lo más hondo de sí mismo se siente impulsado a algo nuevo, siente ese fuego dentro de si para con coraje y energía meterse de lleno en la transformación de la vida, en la transformación de nuestro mundo.

Claro, que habrá quien no lo entenderá y llamará loco al que así actúa; el loco de Dios fue san Juan de Dios cuando escuchó la Palabra de Dios en su corazón y se lanzó por las calles como un loco a comunicar esa buena noticia de que Dios nos ama. Por eso Jesús ya nos anuncia que su presencia y su Palabra pueden producir división, porque unos se decantarán a favor pero habrá, incluso entre los mismos más cercanos a nosotros, quienes se pongan en contra.

Necesitamos una cosa, dejarnos abrasar por ese fuego del amor divino. Transformará nuestra vida, transformará nuestro mundo.

 

miércoles, 28 de julio de 2021

El tesoro que hemos descubierto cuando nos hemos encontrado con Jesús que ilumina nuestra vida por muchos que sean los cantos de sirena no lo perdamos

 


El tesoro que hemos descubierto cuando nos hemos encontrado con Jesús que ilumina nuestra vida por muchos que sean los cantos de sirena no lo perdamos

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

¿Qué diríamos de aquel que tiene un preciado tesoro en sus manos y lo desecha? Alguien podría pensar en quien tenía un número de lotería en sus manos, pero lo desechó y escogió otro siendo premiado aquel que había desechado. Pero en este caso anda por medio la suerte y el azar y no depende tanto de la decisión de una persona que desecha algo conocido como valioso; una joya, un cuadro, una obra de arte en un rastro que quizás se le ofrecía, pero que no supo valorar y no quiso adquirirla. Los ejemplos pueden ser múltiples.

Tenemos una joya en nuestras manos y no sabemos valorarla. Nuestra fe, el evangelio, la gracia de Dios. Pero andamos tan afanados por las cosas de la vida, tan arrastrados por un sensualismo que se nos ofrece por todas partes, tan materializados en lo terreno de cada día, tan olvidados de las cosas del espíritu que le damos muy poca importancia. Algo que tenemos ahí pero que no sabemos descubrir la riqueza que tenemos. Y echamos mano de la fe agarrándonos a ella como de un clavo ardiente cuando parece que todo lo hemos perdido, que ya nada tiene sentido, pero tampoco sabemos descubrir todo su valor, todo lo que puede aportar a nuestra vida. Se nos queda en una tradición que hay que guardar, unas costumbres que no están mal, pero que casi nos parecen cosas de otro tiempo, pero que la tenemos ahí como escondida sin dejar que nos dé esa luz que nos ofrece y que nosotros tanto necesitamos.

Y hoy nos habla Jesús del Reino de Dios como ese tesoro que cuando lo encontramos seríamos capaces de vender todo lo que tenemos por conseguirlo. Pero no siempre sabemos descubrirlo a pesar de tenerlo en nuestras manos. En ese río revuelto de la vida son tantas las cosas que se nos ofrecen que no llegamos a darnos cuenta que es lo que en verdad tiene más valor.


Tenemos que saber tener ojos para descubrir ese tesoro, distinguiéndolo y separándolo de tantas otras cosas que al mismo tiempo se nos ofrecen; no todos son capaces de darse cuenta del valor de una perla preciosa; no todos son capaces de descubrir la belleza de una joya; un diamante para algunos les puede parecer un cristal más o menos brillante, pero no siempre sabemos descubrir su auténtico brillo y la belleza de sus aristas fina y delicadamente talladas. Hay que tener un ojo especial para captar su belleza y valor, hemos de aprender a mirarlo.

Es lo que tenemos que saber descubrir en el evangelio. Es esa mirada nueva y distinta, ese oído profundo para captar su verdadero mensaje. Quien no tiene ese buen oído y esa mirada luminosa verá simplemente unas bonitas y encantadoras historias pero que nada nos pueden decir para nuestra vida. Hay que saber entrar en una sintonía especial; tenemos que aprender a sintonizar las ondas del Espíritu con las que podemos captar toda su riqueza.

Claro que cuando lo descubramos, porque realmente nos hayamos encontrado con Cristo en lo profundo de nuestra vida, entonces seremos capaces de venderlo todo por adquirir ese tesoro. Los discípulos, como nos narra el propio evangelio, cuando se encontraron de verdad con Jesús lo dejaron todo para seguirle. Aunque luego estuviesen muchas veces reticentes, con la tentación quizás de volverse atrás, pero se habían encontrado con Cristo y ya no podían dejarlo, aunque tuvieran que pasar por las noches oscuras de la pasión.

Cuando nos encontremos con la fe en nuestra vida, no significa que ya todo va a ser fácil a partir de ese momento; volverán las noches oscuras, volverán las dudas y los miedos, aparecerán de nuevo las tentaciones y los cantos de sirenas que nos querrán atraer de aquí y de allá, pero hemos encontrado el tesoro, nos sentimos fortalecidos en nuestra fe porque no nos faltará la fuerza del espíritu, seguiremos caminando queriendo estar con Jesús.

domingo, 26 de julio de 2020

Aprendamos a detenernos y hacer silencio para estar atentos y poder encontrar el tesoro de la sabiduría de Dios




Aprendamos a detenernos y hacer silencio para estar atentos y poder encontrar el tesoro de la sabiduría de Dios

1Reyes 3, 5. 7-12; Sal 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-5
Frente a lo que habitualmente se piensa el hombre sabio no es de muchas palabras. Podríamos pensar que la sabiduría está en haber adquirido multitud de conocimientos sobre todas las ciencias y sobre todas las cosas, pero quizá esa multitud de saberes acumulados nos pueden dispersar y hacer que no nos centremos en lo más profundo del ser y de la vida.
La persona que rumia en silencio los aconteceres de la vida, lo mismo que esa cantidad de información o de conocimientos que pueda ir recibiendo será el que sabrá hacer una lectura certera de la vida y la que nos puede dar la pauta llena de sabiduría de lo que tenemos que no solo hacer sino sobre todo ser. Será el que tiene visión profética de las cosas, pero en ese silencio sabrá descubrir la visión de Dios, el sentido de lo que hacemos y el verdadero valor de nuestra existencia.
Hemos escuchado en la primera lectura que hoy se nos ofrece la oración de Salomón al Señor. No pide riquezas ni grandezas, pide saber estar atento, saber escuchar a su pueblo para poder discernir entre el bien y el mal y tener la sabiduría de saberlo gobernar. Estar atento, dice, porque el que está atento observa, escucha, mira con mirada distinta, es capaz de descubrir lo que verdaderamente es esencial.
En un librito que ha circulado mucho en los últimos años, ‘El principito’, hay una frase que casi como hoy diríamos se ha convertido en viral, ‘lo esencial es invisible a los ojos’. No es la mirada desde el exterior sino la mirada interior, no es solo lo que los ojos de la cara nos puedan señalar, sino lo que descubramos desde los ojos de nuestra interioridad lo que nos hará descubrir lo verdaderamente esencial, la verdadera sabiduría.
En este sentido podemos decir que van las parábolas que nos propone el evangelio. Nos habla del hombre del campo que encuentra un tesoro o del comerciante en perlas finas que encuentra una de gran valor. Podríamos decir que tanto en uno como en otro se prevé una atención y una búsqueda. Algo que parece al azar, que podemos considerar como un regalo que lo encontremos, pero que también presupone, repito, esa atención, porque podemos tenerlo a nuestros pies o incluso en nuestras manos y no verlo. Cuántas veces materialmente incluso nos suceden cosas así. Pero aquí estamos queriendo hablar de eso esencial, como se decía en el libro citado, que es invisible a los ojos.
Pero el tema no está solo en encontrarlo sino en convertirlo en la riqueza de nuestra vida. Tanto uno como otro en la parábola vendieron todo lo que tenían para conseguir aquel campo con el tesoro o para comprar aquella perla preciosa. Hay un detalle, para conseguir lo mejor tenemos que saber desprendernos de aquello que tenemos aunque lo consideremos muy bueno; pero si lo que vamos a conseguir es mejor, bien merece la pena ese desprendimiento. Es de hombre sabio, y volvemos con el tema de la sabiduría, el saberlo hacer, el saber conseguir ese preciado tesoro.
Todos estamos entendiendo a lo que se refiere ese tesoro. Ya Jesús al proponerlos estas parábolas no está haciendo la comparación con el Reino de Dios. Llegar al Reino de Dios es hacer como aquel hombre del campo, como aquel comerciante. Encontrarnos con el mensaje del Evangelio es la mayor riqueza que puede encontrar el hombre. Es que en Jesús tenemos todo el sentido y el valor de nuestra vida. Qué importante esa búsqueda de nuestra fe, qué importante que en verdad lleguemos a sorprendernos con el mensaje de Jesús, qué importante entonces que nos dejemos impregnar por el mensaje del evangelio. Malo sería que tanto nos hubiéramos acostumbrado de manera que ya no nos sorprenda, ya no nos diga nada.
Claro que sí, tendremos que desprendernos de muchas cosas para conseguir ese tesoro escondido. No podemos decir que nos hemos encontrado con Jesús en nuestra vida como sentido de nuestra existencia y que sigamos viviendo de la misma manera. Por eso no olvidemos que Jesús desde el principio nos está diciendo que hemos de convertirnos para creer en esa Buena Nueva que se nos anuncia.
Por eso necesitamos hacer ese silencio interior para poder escuchar, para poder saborear esa sabiduría de Dios. Y hacer silencio en nuestro interior nosotros lo llamamos oración, porque es abrir nuestro corazón a Dios. Y esa oración no es cuestión de muchos rezos o muchas palabras – es quizá nuestro gran fallo - sino quedarnos en silencio saboreando esa presencia de Dios para llenarnos así de su sabiduría. Tenemos que aprender a hacer verdadera oración, tenemos que aprender a hacer silencio, porque solo así podremos escuchar a Dios, así podremos discernir en verdad lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios para nuestra vida y nuestro mundo.
Podríamos seguir diciendo muchas más cosas, pero vamos a detenernos y a hacer silencio. Solo así podremos estar atentos y encontrar ese verdadero tesoro.

miércoles, 31 de julio de 2019

Busquemos el tesoro escondido que nos ofrece el evangelio y vivamos intensamente la alegría de la fe con la que contagiemos a los demás

Busquemos el tesoro escondido que nos ofrece el evangelio y vivamos intensamente la alegría de la fe con la que contagiemos a los demás

 Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46
Quien recibe un hermoso regalo se llena de alegría y seguro que en su generosidad compartirá su alegría también con los demás; recordemos cómo, por ejemplo, en un cumpleaños cuando recibimos los regalos de los amigos o de los seres queridos, llenos de alegría se los mostramos a todos compartiendo la dicha que sentimos.
Pero también otras cosas que encontramos o recibimos de los demás que nos llenan de satisfacciones hondas, desde lo bueno que nosotros hacemos, pero también cuando nos sentimos impactados por algo que descubrimos, que vemos en los demás y que nos abre los ojos, nos hace mirar las cosas o la vida de forma distinta, no nos lo guardamos para nosotros mismos sino que con esa alegría que llevamos dentro por aquel descubrimiento tratamos de trasmitirlo o contagiarlo a los demás.
Hoy nos habla Jesús, en ese lenguaje tan peculiar que son las parábolas, de una perla o de un tesoro escondido que hemos encontrado. Y nos habla también de alegría. Todos entendemos que esa perla o ese tesoro del que nos está hablando Jesús en sus parábolas significa encontrarse con El mismo, descubrir en verdad lo que significa el Reino de Dios, encontrar esa fe que da sentido nuevo a nuestra vida, abrirnos a ese mundo maravilloso que El nos ofrece con los valores del Evangelio. Y eso sí que tiene que ser una alegría grande para el ser humano.
Encontrarnos de verdad con el Evangelio de Jesús tiene que significar algo muy grande para el hombre, para toda persona. En medio de ese mundo turbio en que vivimos es encontrar una luz; en medio de esos males que nos envuelven es encontrar una esperanza de salvación y de que es posible un mundo distinto del que desterremos todo ese mal, todo ese odio, toda esa violencia, todas esas cosas que nos enturbian la vida y nos hacen vivir con amarguras en el corazón.
Nos hemos acostumbrado a decir que somos creyentes y cristianos de manera que en nuestra rutina – esa rutina en la que caemos cuando  no somos capaces de renovarnos cada día – hemos dejado de saborear lo que significa tener fe. Por eso ya nos da igual una cosa que otra, nos dejamos influenciar por tantas cosas que no llegamos a descubrir y saborear ese sentido nuevo que tiene todo cuando tenemos fe en Jesús y queremos vivir en el espíritu del Evangelio. Y es que no llegamos a vivir la alegría de nuestra fe. Y eso es triste.
El cristiano, el verdadero creyente tiene que ser una persona inquieta; buscamos y queremos saber, pero no para dejarnos llevar por cualquier corriente o pensamiento, sino para ahondar más y más en nuestra fe. Nos falta esa profundidad que nos llene de vida, vivimos demasiado superficialmente nuestra fe y no somos capaces de dejarnos sorprender cada día por lo que nos ofrece el evangelio. Y claro nos vamos tras cualquier atisbo de luz que relampaguee en cualquier parte.
Es triste que quienes hemos sido bautizados y educados en la fe cristiana como católicos – recibimos al menos unas catequesis para acceder a los sacramentos – luego se nos marchen detrás de cualquiera que toque a su puerta ofreciéndole otra fe u otra religión  y luego hasta vengan a decirnos que nuestra fe no sirve de nada, que estamos llenos de errores y no se cuantas cosas más, pero nunca se preocuparon de conocer a fondo su fe, de profundizar en el evangelio, de escuchar con corazón abierto lo que la Iglesia nos ofrece.
No estudiaste tu fe y ahora vienes a decirnos porque no sé quien te lo dijo o te convenció de que tu fe tiene errores, pero ¿conoces realmente lo que es la fe que vivimos en la Iglesia? ¿Llegaste a vivir la alegría de tu fe? ¿Fue para ti ese tesoro escondido que encontraste y por el que fuiste capaz de darlo todo porque allí encontraste el sentido de tu vida?
Busquemos ese tesoro escondido pero que ahí está delante de nosotros y vivamos la alegría de renovar plenamente tu fe cada día.

jueves, 19 de enero de 2017

Buscaban esperanza y se encontraron con el tesoro escondido en Jesús, por eso querían estar siempre con El, ¿lo buscamos nosotros y deseamos estar con El?

Buscaban esperanza y se encontraron con el tesoro escondido en Jesús, por eso querían estar siempre con El, ¿lo buscamos nosotros y deseamos estar con El?

Hebreos 7,25–8,6; Sal 39; Marcos 3,7-12
Cuando encontramos alguien con quien sentimos especial sintonía porque responde a nuestras expectativas, nos comprende en nuestros problemas o necesidades, es capaz de mostrarnos afecto aun sin manifestarlo con palabras o gestos especiales, nos sentimos con confianza como para exponerle nuestras inquietudes o esas negruras que podamos llevar dentro siendo capaces de expresarle lo más intimo de nuestro ser, no nos queremos separar de esa persona, deseamos estar siempre a su lado, nos bebemos sus palabras, casi nos aprendemos de memoria sus gestos, queremos como copiarle en nuestra vida en sus actitudes y hasta en su manera de vivir.
Son las amistades hermosas que muchas veces florecen en la vida que no nacen precisamente desde unos deseos sensuales, sino desde esa sintonía espiritual que se crea entre las dos personas. Ojalá en la vida sepamos irnos encontrando así con los que nos rodean porque no solo veríamos el mundo y la vida con unos ojos más llenos de color y de vida, sino que además de enriquecernos mutuamente en realidad estamos haciendo un mundo mejor. Por eso decimos que encontrar un verdadero amigo así es encontrar un tesoro.
Un tesoro, la perla escondida y preciosa era lo que las gentes en tiempos de Jesús habían encontrado. Por algo Jesús nos dirá más adelante que el Reino de Dios es como el tesoro escondido en el campo que un hombre encuentra y que hará todo lo posible por obtenerlo; por algo nos lo comparará también con la perla preciosa que todos querrán tener.
Ya el evangelista nos hablará de la luz que resplandeció en medio de las tinieblas y aquellos pueblos de Galilea se vieron iluminados con una nueva luz con la presencia de Jesús. El evangelista hoy nos dice que todos querían ver y estar con Jesús. Nos dirá incluso que Jesús pedirá que tengan una barca preparada porque la gente parece que lo quiere estrujar.
Habían venido de todas partes; ya el evangelista se encarga de hacernos una descripción mencionando lugares del norte y del sur de palestina, no solo será Galilea en el norte, sino que vendrán de más allá porque llegarán hasta de tierra de paganos, Tiro y Sidón ya en Fenicia; pero nos hablará de los lugares del sur porque nos menciona Judea y Jerusalén, pero también de mas allá del Jordán vendrán para escuchar a Jesús.
Y todos vienen con las inquietudes de su alma, con los problemas que tienen en la vida, con las necesidades no satisfechas, con sus sufrimientos y dolores. Parece siempre que cuando vemos a la gente venir hasta Jesús fueran solo los enfermos del cuerpo o los discapacitados físicamente los que vinieran o trajeran hasta Jesús. Pero el evangelio nos habla de toda clase de sufrimientos y dolencias, y nos habla de los atormentados en su espíritu. Cuántos dolores del alma, cuantas inquietudes no satisfechas, cuantas esperanzas rotas, cuantos deseos de más y mejor que no se quedan solo en lo material, cuantos corazones atormentados tenemos que ver en los que acuden a Jesús.
Como nosotros, como tantos a nuestro lado que también necesitamos encontrar ese tesoro, esa luz, esa vida para nuestro espíritu. Porque no son solo los achaques de nuestro cuerpo los que nos hacen sufrir; también muchas veces tenemos rotas nuestras esperanzas, nuestra vida se vuelve turbulenta y parece que le falta luz, le falta un norte por el que luchar o al que dirigir los pasos de su vida. Así tenemos que vernos ante Jesús. Así tendríamos que desear estar con El y escucharle, y empaparnos de su vida, de sus valores.
¿Será así como vamos a Jesús, como buscamos a Jesús? ¿También desearemos estar con El, no separarnos de El nunca? Que no se nos convierta en una rutina nuestra fe en Jesús.