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sábado, 17 de octubre de 2026

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

 


Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

Efesios 1, 15-23;Salmo 8; Lucas 12, 8-12

En la vida tenemos que saber actuar con claridad y con congruencia; nuestro actuar, nuestra manera de plantearnos las cosas, los principios por los que nos regimos, que son también nuestras palabras, lo que decimos; todo lo cual tiene como cola una cadena de consecuencias, porque realmente tiene que haber una congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos; podemos proclamar muy bonitos principios pero si luego actuamos de otra manera, ¿de qué nos sirve? ¿dónde está nuestra congruencia? Claro que eso nos obliga a tener las cosas claras, lo que significa que tiene que ser algo que hemos pensado mucho, hemos reflexionado, hemos tratado de profundizar lo más posible.

Cuidado que la superficialidad nos puede desembocar en muchas incongruencias; además en nuestra palabra no nos podemos contradecir, por eso antes de hablar tenemos que pensar mucho las cosas y ahondar en nosotros mismos, en lo que es nuestra vida, como decíamos, esos principios por los que nos regimos, que no son simplemente para lucirnos ante los demás por todo lo que sabemos, sino para manifestar con nuestro actuar que estamos obrando siempre en consecuencia. Todos alegamos fácilmente de la rectitud con que queremos obrar, de la madurez de la que queremos hacer gala y hasta hacemos mil promesas, pero bien sabemos que muchas veces nos resbalamos por unas pendientes que nos hacen salirnos de cauce. Lo vemos con demasiada frecuencia en nuestro entorno, y también tenemos el peligro de deslizarnos nosotros por esas pendientes.

Como cristianos, ¿estaremos actuando con esa congruencia? ¿Tenemos realmente claros lo que son los caminos del Evangelio? Esto es algo que tenemos que analizar alguna vez en nuestra vida, encontrar esos momentos de silencio y reflexión para encontrarnos esa verdad de nuestro interior. No es precisamente el evangelio a lo que le demos demasiado tiempo de reflexión habitualmente; cuanto nos cuesta participar en esos grupos que se nos pueden ofrecer en nuestras comunidades para una mayor profundización de nuestra fe.

¿Estaremos como Iglesia haciendo lo suficiente en este sentido? La semilla ha de llegar a un determinado grado de maduración para que al sembrarla pueda germinar y al final darnos fruto. ¿Estaremos haciendo lo suficiente en este sentido?

Hoy en el evangelio Jesús nos está pidiendo que demos testimonio por El. Declararnos por El ante los hombres, nos dice, dar la cara. No lo podemos negar, pero tampoco podemos actuar como si no tuviéramos fe en El, y esa fe no es solo que recemos o vayamos a los actos de culto, comulguemos todos los domingos o recibamos los sacramentos en su momento.

Es mucho más, porque es nuestra manera de actuar en la vida, son nuestras relaciones con los demás, es la rectitud con que vivamos desde lo más hondo de nosotros mismos, es la asunción de nuestras responsabilidades con todas sus consecuencias, son los planteamientos que nos hacemos de cara a nuestra sociedad… en cada cosa, en cada momento hemos de actuar como cristianos, hemos de actuar en consonancia con lo que nos enseña el evangelio, es lo que hablamos o lo que decimos, el consejo que damos o la atención que le prestamos al otro. Y no es que tengamos que estar en todo momento nombrando a Dios, pero sí que aquello que hacemos o que decimos tenga ese sentido y ese valor desde la trascendencia de nuestra fe.

Pero Jesús hoy nos está enseñando algo más, a confiar en la asistencia y la inspiración del Espíritu Santo en cada momento y en cada situación. Como nos dice, no tenemos que preocuparnos de preparar nuestra defensa cuando seamos llevados a los tribunales, porque el Espíritu Santo obrará en nuestro interior y pondrá palabras en nuestros labios y actitudes y posturas en nuestra vida. Tenemos que creer en esa asistencia del Espíritu Santo y dejar que actúe en nosotros.

Seguro que tenemos la experiencia de que cuando vamos en la vida dejándonos así guiar por la fe y la gracia de Dios ha habido momentos en que hemos hablado y en que hemos actuado de forma que nosotros mismos nos hemos asustado del acierto y valentía con que obramos. ¿Por qué no creer en esa fuerza del Espíritu que actúa en nosotros? Mira que hoy nos dice del terrible pecado que es actuar contra la acción del Espíritu de Dios.

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior.


viernes, 11 de septiembre de 2026

Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

 


Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Todos en la vida tenemos luces y sombras, y el que diga lo contrario está equivocado, no se conoce de verdad a sí mismo, o tiene una falta grande de humildad que lo tiene endiosado. Tenemos nuestros límites, nos sentimos en ocasiones impotentes, nos damos cuenta de nuestra ignorancia en muchas ocasiones aunque nos demos de sabérnoslas todas, el camino de la vida parece que en ocasiones se nos llena de obstáculos, somos conscientes sin querer dárnoslas de perfectos o perfeccionistas que también los que caminan a nuestro lado se encuentran en situaciones como las nuestras, también con sus luces y con sus sombras, con ese temblor que se nos mete en las piernas cuando encontramos dificultades o nos parece que no vemos clara la meta que nos proponemos.

La vida es un aprendizaje que ha de tener también su proceso, donde hemos de tener por una parte la valentía de querer avanzar y aprender, pero también la humildad de quien se deja enseñar y conducir porque reconoce que no todo lo tiene ya conseguido; cuidado que nos creamos sabedores de todo antes de tiempo porque nuestros tropiezos serán más aparatosos y también el daño que podemos hacer a los demás cuando estamos aun con poca claridad y nos podemos convertir en ciegos que intentan guiar a otros ciegos.

Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio. San Lucas recoge aquí diversas sentencias que pone en labios de Jesús, que eran esas enseñanzas que en su momento oportuno Jesús iba desgranando con sus discípulos. Ya nos dice que como discípulos. no nos creamos más que nuestro Maestro, y que solo cuando haya recorrido todo el proceso podremos hablar con autoridad, no la nuestra, sino la que proviene de la acción del Espíritu en nosotros.

Por eso antes nos ha dicho Jesús lo del ciego que guía a otro ciego cayendo los dos en el hoyo. La necesaria humildad que necesitamos, como decíamos hace un momento, para primero dejarnos enseñar. No podemos ir de autosuficientes por la vida aunque muchos de esa especie nos podemos ir encontrando por los caminos. Es un gran problema con que nos encontramos hoy los cristianos y en la Iglesia; quizás porque recibimos un catecismo cuando de niños nos prepararon para los sacramentos ya pensamos que tenemos todo el camino recorrido, que ya tenemos la suficiente formación.

En la vida no nos quedamos en las cuatro reglas que nos enseñaron en la escuela, por decirlo de alguna manera, sino que en la medida en que hemos ido creciendo y madurando hemos seguido formándonos y preparándonos para afrontar los problemas de la vida pero también nuestras tareas y responsabilidades. Queremos que nuestros hijos aprendan, solemos decir, y les ofrecemos un camino en colegios, institutos, universidades, todo lo que sea necesario para que se formen y se preparen bien para la vida.

¿Es lo que queremos y deseamos en nuestra formación cristiana? Como niños recibimos lo que podíamos captar como niños, pero en nuestro crecimiento como adolescentes y jóvenes, como personas adultas y maduras tenemos que seguir con nuestra formación., con ese ir madurando cuando hemos recibido y forma parte de nuestra fe y en consecuencia de lo que tendría que ser nuestra vida cristiana. Pero eso no lo tenemos en cuenta, eso nos parece una pesadez, eso nos lleva a la superficialidad e inmadurez con que vivimos en el ámbito de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.

Por eso terminará el texto del evangelio ofreciéndonos esas sentencias de Jesús que nos hablan de cómo primero hemos de purificar nuestra vida antes de querernos convertir en salvadores de los demás. Es la mota que podemos ir a quitar del ojo de nuestro hermano, mientras nosotros llevamos una vida atravesada en nuestros ojos. ¿Significa que porque somos débiles y pecadores no podemos ayudar a los demás? Nada de eso, siempre podemos y tener que estar abiertos a la corrección fraterna, aún sabiendo de nuestras debilidades; si las reconocemos en nosotros iremos con más humildad al encuentro con los otros; porque sabemos de lo débiles que somos y lo que muchas veces nos puede costar el superarnos, iremos con mayor delicadeza a ayudar al otro, porque nunca iremos desde nuestro pedestal sino abajándonos y poniéndonos a la misma altura del otro para mejor expresarle nuestro amor.

Todo un camino de luces y sombras, todo un camino que hemos de aprender a recorrer, todo un camino que ha de ser siempre de superación y crecimiento, un camino en que aunque débiles nos sentimos hermanos y sabemos tendernos las manos con la mayor delicadeza para caminar juntos.


viernes, 5 de junio de 2026

En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

 


En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas sepamos acudir a la Sagrada Escritura para encontrar la Sabiduría de Dios para nuestra vida

2 Timoteo 3, 10-17; Salmo 118; Marcos 12, 35-37

No temamos hacernos preguntas que nos cuestionen por dentro; es un deseo de avanzar, de encontrar razones, de abrirnos a nuevos horizontes, de fundamentar bien lo que ya llevamos por dentro. En la medida en que vamos avanzando por la vida seguramente nos aparecerán nuevas cuestiones que antes no nos habíamos planteado, pero eso significa el crecimiento que vamos experimentando y eso nos conduce a una madurez que nos hará sentirnos más seguros. No somos ciegos que simplemente ven por los ojos de los otros, sino que hemos de tener nuestra propia mirada, que se siente enriquecida por lo nuevo que va encontrando, pero también de lo que va recibiendo de los demás. No es una búsqueda que nos haga mirarnos solo a nosotros mismos, sino que nos hará rumiar y reflexionar sobre lo que ya forma parte de nuestra vida para ir ahondando más y más.

Hoy es Jesús en el evangelio el que le hace preguntas a sus contrincantes; muchos habían ido planteándole cuestiones no siempre en una búsqueda sincera de algo mejor que Jesús pudiera ofrecerles, sino como muchas veces hemos visto querían cogerle en sus palabras para manifestar así su rechazo a lo que Jesús estaba significando. Ayer mismo escuchábamos al escriba que le preguntaba por el mandamiento principal de la ley, una pregunta que no tendría sentido en quien la hacía puesto que era un maestro de la Ley. Pero hoy es Jesús el que los cuestiona y los deja sin palabras. Si el Mesías era hijo de David, de la descendencia de David, ¿cómo es que le llame su Señor? No tienen respuesta; pero Jesús les está haciendo ver cual es su verdadero mesianismo y que El está por encima de la misma Ley, si es el Hijo de Dios como se está manifestando Jesús. El pueblo sencillo sí sabe reconocer la veracidad y autenticidad con que Jesús se manifiesta.

Lo de menos en nuestra reflexión en este caso es ese cuestionamiento. Hemos más bien saber responder a esos interrogantes que en nuestro interior se nos presentan también en el campo de nuestra fe y de la manera de expresar no solo nuestra religiosidad sino todo lo que significa el seguimiento de Jesús, es decir, todo lo que atañe a nuestra vida cristiana. ¿Dónde hemos de ir encontrando esas respuestas?

Hermoso el texto que se nos ofrece de la segunda carta de san Pablo a su discípulo Timoteo. Está recordando el apóstol lo que ha sido el recorrido de su vida que no siempre ha sido fácil. ‘¡Qué persecuciones soporté!’, recuerda el apóstol, ‘pero de todas me libró el Señor… todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos’, nos viene a decir. Por eso nos invita a vivir en la fidelidad. Como le dice a su discípulo ‘tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús’.

Ahí tenemos nuestra sabiduría que nos hará saborear todo el sentido y el valor de la vida; es lo que nos hará crecer y madurar, es lo que nos va a dar verdadera profundidad a nuestra vida, es donde vamos a encontrar la fuerza para mantenernos en esa fidelidad, sintiendo que es el Señor nuestra fortaleza. Por eso concluye diciéndonos algo hermoso. ‘Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena’.

¿Qué valor le damos a la Biblia? ¿La saboreamos como lo que es, la Sabiduría de la Palabra de Dios? En medio de nuestras tribulaciones, nuestras luchas, nuestras búsquedas ¿acudimos a la Sagrada Escritura para encontrar esa Sabiduría de Dios para nuestra vida?

miércoles, 13 de mayo de 2026

No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

 


No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Salmo 148; Juan 16, 12-15

En la vida no nos podemos estancar, puede ser signo de una vejez caduca el decir que ya nada podemos aprender ni nada nuevo podemos ofrecer; el agua estancada se vuelve putrefacta e inservible porque las materias orgánicas que hay en ellas terminan por malearse y volverse putrefactas, o lo que podíamos decir también, llenas de muerte, necesita renovarse, darle movimiento, hacer que el oxigeno de vida la mantenga viva y pueda cumplir su función.

Así podemos decir que es la vida, ha de ser la vida de toda persona, siempre ha de estar en crecimiento, y no es solo el crecimiento orgánico en que las células que conforman el organismo humano se van renovando continuamente, sino fundamentalmente su mente; hay quien ha perdido todo deseo de aprender, o lo que es lo mismo, de crecer, bien porque dicen que ya todo se lo saben y a estas alturas de la vida qué es lo que les pueden enseñar, o porque no quieren hacer el esfuerzo que les llenaría de vida en esa curiosidad y deseo por saber más, por crecer interiormente, por seguir en ese proceso de maduración tan necesario. Hay gente que se avejenta con pocos años por falta de esa inquietud, pero también nos encontramos con gente con muchos años que aun se sienten jóvenes porque siempre quieren estar aprendiendo más, queriendo avanzar en la vida; su mente se mantiene despierta.

Podría parecer que esta reflexión que estoy haciendo poco pueda tener que ver con el evangelio porque parece que nos quedáramos sólo en unos aspectos humanos, pero sin embargo es algo que podemos aplicar con toda verdad a lo que es nuestra vida espiritual y a nuestros compromisos cristianos.

Jesús les dice que aún le quedan muchas cosas por decirles, pero que cuando venga el Espíritu de la verdad nos lo revelará todo. Es con la fuerza del Espíritu cómo se va a reavivar en sus corazones todo lo que han recibido de Jesús; solo con la fuerza del Espíritu es cómo podrán en verdad confesar que Jesús es el Señor. Han ido conociendo a Jesús pues con Él han convivido y El a ellos de manera especial les ha enseñado. Recordemos aquellos momentos en que de manera particular en casa les explicaba lo que a todos había enseñado en parábolas; recordemos cómo los tomaba aparte mientras iban caminando de un lado para otro para hablarles de cosas concretas, o los llevaba a lugares apartados para estar a solas con ellos marchando incluso en ocasiones para poder tener esa oportunidad a regiones limítrofes fuera ya del territorio propiamente judío. Pero aun así vemos como les costaba entender, como les estaba costando toda aquella conversación de sobremesa en la cena pascual. Así les veremos dudando y huyendo de miedo tras el prendimiento, o encerrados en el cenáculo por miedo a lo que a ellos también les podía pasar.

Será a partir de Pentecostés, al recibir la fuerza del Espíritu cuando se abran las puertas y con valentía hablen de Jesús al que Dios había resucitado de entre los muertos. Es la fuerza del Espíritu que les hará estar alegres y contentos cuando han tenido que sufrir por el nombre de Jesús; llenos del Espíritu replicarán cuando les quieren impedir hablar del nombre de Jesús que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Es el Espíritu de Dios que se les ha revelado en sus corazones, que les ha hecho crecer en su fe y tener la fortaleza para dar el testimonio ante todos. En la profundización que se ha producido en sus vidas en la medida en que se han dejado llevar por el Espíritu de Jesús.

¿Y nosotros seremos conscientes de esa fuerza del Espíritu que está también en nosotros? ¿Nos dejamos guiar para ir creciendo en nuestra fe, para llegar a esa madurez de nuestra vida cristiana? ¿Nos preocuparemos de ese crecimiento en la fe, de ese rumiar una y otra vez el Evangelio de Jesús para dejarnos impregnar por lo que el Espíritu va suscitando en nuestros corazones? 

Hemos de preocuparnos más de esa permanente formación en nuestra vida cristiana, que nos haga crecer, que nos haga madurar, que nos haga de verdad empaparnos del espíritu del Evangelio. No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, eso ya lo conozco, eso ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones.


miércoles, 11 de febrero de 2026

Congruencia y autenticidad, humildad y apertura del corazón, madurez y profundidad que son las posturas que nos hacen grandes de la forma más sencilla

 


Congruencia y autenticidad, humildad y apertura del corazón, madurez y profundidad que son las posturas que nos hacen grandes de la forma más sencilla

1Reyes 10, 1-10; Salmo 36; Marcos 7, 14-23

En cuántas incongruencias nos vemos metidos tantas veces cuando nos falta autenticidad en nuestras vidas; la superficialidad y la vanidad nos llevan por esos derroteros, porque muchas veces nos quedamos en apariencias; tras la pantalla de unos cumplimientos ocultamos la falta de sinceridad en nuestras vidas; ponemos buena fachada dando la apariencia de la fidelidad pero por detrás seguimos con el corazón lleno de maldades muchas veces, y aunque no sean grandes cosas sin embargo hay una frialdad interior en lo que hacemos que se queda en la máscara de la apariencia con nuestras caras bonitas.

Habían venido a Jesús planteándole el cumplimiento o seguimiento de unas tradiciones que se habían llenado de normas y preceptos que algunas veces envolvían hasta en cierto modo hacerlos desaparecer lo que realmente eran los mandamientos de la ley del Señor; por la observancia de esas costumbres y tradiciones se pensaba que estaba todo hecho. Jesús en cierto modo rompe moldes, porque lo que Jesús quiere es que vayamos a una autenticidad de vida con una pureza interior que fuera en verdad agradable a Dios.

Les costaba entender lo que Jesús quería decirles, las autoridades judías porque querían mantener su prestigio y se apariencia de superioridad sobre todos presentándose como los grandes cumplidores de esas tradiciones, los discípulos cercanos a Jesús porque sentían que algo nuevo les estaba presentando Jesús con lo que tenían que desmontar muchas cosas que llevaban muy metidas en la cabeza y eso no siempre era fácil dada la presión exterior de un ambiente muy ritualista y de las exigencias de los dirigí gentes del pueblo que de alguna manera querían mantener sus posiciones que les llevaban a sentirse como un estadio superior.

Cuánto nos cuesta entrar por el camino de la humildad, para dejarnos enseñar, para abrirnos a una novedad que le va a dar un sentido nuevo a la vida; el conservadurismo algunas veces nos hace duros y en cierto modo prepotentes porque no queremos perder nuestras posturas y posiciones que hemos mantenido de siempre. Un cambio en la vida significa un reconocimiento de una realidad que hay en nosotros y que no es tan buena y que nos exige un darle una vuelta a la vida. Nos puede parecer que con ese cambio lo vamos a perder todo y ya no tenemos donde apoyarnos en lo que había sido lo de siempre. Es necesario dejarse iluminar para ver la cruda realidad por donde andamos pero también para descubrir el camino nuevo que se abre ante nosotros.

Y esa transformación no son solo unos adornos externos si el interior permanece de la misma manera. Es lo que nos está pidiendo Jesús, por eso nos habla continuamente de conversión, que es dar la vuelta del todo, no por partes o en algunas cosas, sino desde lo más hondo que es lo que tenemos que purificar.

Es lo que les está haciendo entender Jesús con no darle tanta importancia a si nos lavamos o no las manos. Es cuestión de algo más que de higiene. Porque la maldad no nos entra por la boca sino que claramente nos dice Jesús que la maldad la llevamos tantas veces en el corazón, con nuestras actitudes torcidas, con la malicia que ponemos en aquello que hacemos o en nuestro acercamiento a los demás, con esos recelos y desconfianzas que discriminan, que crean divisiones, que abren abismos entre unos y otros, en ese orgullo que nos envenena o en esa frivolidad que nos llena de superficialidad.

Es claro lo que nos dice Jesús, purifiquémonos para que lleguemos a una autenticidad en nuestras vidas, llenémonos de humildad para reconocer las negruras que tantas veces nos aparecen en nuestras relaciones con los demás, pero que son negruras que llevamos en el corazón cuando no hemos sabido sanar las heridas que llevamos en el alma que no es tanto lo que otros nos hayan podido hacer, sino las actitudes negativas nuestras que nos han llevado a esos recelos y desconfianzas.

sábado, 3 de enero de 2026

Estamos llamados como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida ser evangelio para los demás

 


Estamos llamados como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida ser evangelio para los demás

1Juan 2, 29 – 3, 6; Salmo 97; Juan 1, 29-34

Hemos venido contemplando y celebrando todo el misterio de la Navidad. Contemplamos ese momento maravilloso en que Dios nace hecho hombre en el niño que contemplamos en Belén. Contemplamos su pequeñez y su humildad, contemplamos su pobreza que nace, podíamos decir, en medio de un camino, mientras María y José se dirigen a Belén - ¡cuántas cosas  nos tendría que recordar este detalle que estamos resaltando! -, contemplamos al niño al que se busca su muerte y tendrá que salir errante como un refugiado camino de Egipto.

Hemos contemplado su gloria, el resplandor de los ángeles y del cielo cuando anuncian a los pastores el nacimiento de este niño que es el Salvador o cuando cantan diríamos que con toda la creación la gloria de Dios que nos trae la paz porque a todos sigue Dios amando, aunque para muchos pase desapercibido ese canto. Pudiera parecer que esas estrellas se van apagando, aunque aún tengamos que ver la de la Epifanía, como se van difuminando las luces de nuestros adornos de navidad y al final nadie sabrá que hemos celebrado el nacimiento del Salvador del mundo. ¿Hasta dónde llegará nuestro testimonio?

Pero la liturgia, para nosotros los cristianos que queremos seguir más de cerca todo este misterio de la Navidad, sigue erre con erre repitiéndonos y anunciándonos una y otra vez quién es ese Niño que hemos contemplado en Belén. Aunque haya pasado una semana aun no se ha acabado la Navidad, aunque para el creyente en Jesús casi tendríamos que decir que cada día y siempre tenemos que seguir viviendo el espíritu y el sentido de la navidad en nuestra vida.

Una vez más nos aparece la figura del Bautista, en lo que van siendo ya sus últimas apariciones en el Evangelio. Lo que hoy se nos relata es un hecho sucedido ya después del Bautismo de Jesús, aunque aún nos quedan días para celebrarlo cuando culminemos este tiempo de la Navidad. En torno a Juan permanecen los que le siguen escuchando fielmente. Y a ellos señala directamente quién es Jesús, aquel que de su mano había querido recibir aquel bautismo haciéndose uno con el pueblo que necesitaba preparar los caminos del Señor.

Pero el Señor ya está en medio de ellos. Es lo que viene a señalar Juan en esta ocasión. ‘Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’.

Claramente  nos lo está señalando. ‘El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y les recuerda lo que ya les había dicho. Él no lo conocía pero ahora él ha podido contemplar todo el misterio de Dios. Él había hablado de quién venía detrás de él pero que estaba delante suyo porque existía desde siempre. No lo conocía pero esa era su misión, ‘bautizar con agua para que sea manifestado a Israel’, preparar los caminos del Señor como había anunciado el profeta. Si ahora podía anunciarlo era porque se le había revelado en su corazón. ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y eso lo había contemplado cuando lo bautizó con las aguas del Jordán. Allí se había visto la gloria de Dios.

Es lo que a nosotros también se nos revela y se nos recuerda. No nos quedamos en lo infantil que tantas emociones quizás nos haya producido. Necesitamos también saber maravillarnos en las cosas de Dios y tal como Él quiere manifestárnoslas. Todo ese misterio de Belén con todos esos detalles que tantas veces hemos recordado necesitamos también revivirlos en nuestro corazón. Pero hemos de dar un paso adelante para reconocer todo el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús y lleguemos así a una fe madura y a una fe comprometida con el sentido y los valores del Evangelio. Porque es el evangelio total de Jesús el que tenemos que escuchar para que maduremos nuestra fe, para que lleguemos a ser esos cristianos comprometidos en medio del mundo.

¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? Quizás tengamos también que reconocer como lo hacía Juan que nosotros quizás no habíamos llegado a conocerle de verdad; pero a lo largo de nuestra vida cuántos impulsos, cuántas revelaciones hemos sentido en nuestro corazón que nos llevaban a esa confesión de nuestra fe en Jesús.

Ya son cosas que no podemos echar en el olvido sino que han de dejar una marca en nuestra vida, y de ello tenemos que dar testimonio; estamos llamados también como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida tenemos que ser evangelio para los demás, también como Juan tenemos que señalar a Jesús que es nuestro único Salvador, la única Salvación para nuestro mundo.


domingo, 28 de diciembre de 2025

Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

 


Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Hoy, en este domingo más próximo al día de la Natividad del Señor, mientras seguimos celebrando con toda solemnidad la semana de la octava de la Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret. No es para menos; Dios al encarnarse y hacerse hombre por nuestra salvación quiso nacer en el seno de una familia, así en todo quiso ser semejante a nosotros, pero para que también en el seno de un  hogar encontremos y escuchemos la buena noticia de nuestra salvación, haciendo así que aquel hogar de Nazaret, como tienen que serlo también nuestros hogares cristianos, sean evangelio para el mundo.

Son pocos los detalles en el evangelio en el que se plasman las características de aquel  hogar, de aquella familia, pero aun así tenemos que reflexionar y saber ahondar en ese evangelio que, como decíamos, es para nosotros y así aprendamos a ser nosotros también evangelio para el mundo. Detalles que nos descubren la fe, la humanidad y la grandeza de aquel hogar siempre abierto a la revelación de Dios, al misterio de Dios que se les manifiesta y les señala caminos a través de diversos signos pero que saben acoger e interpretar.

Podíamos decir mucho de la actitud de fe de María en disponibilidad siempre para lo que sea la voluntad del Señor; es la acogida al Ángel del Señor que se le manifiesta y ese meditar y rumiar en su corazón con disponibilidad total ese evangelio que se le transmite, esa buena noticia que no lo será solo para ella sino para toda la humanidad. Y María se sentirá llena del Espíritu para hacer que de ella nazca el Hijo de Dios, pero será la que se deja guiar por el Espíritu para aceptar el plan de Dios. Pero junto a ello veremos la grandeza de su humanidad que prontamente se pone en camino para el servicio, para visitar a su prima Isabel ante el próximo nacimiento de Juan.

Pero es la fe y la grandeza humana que también contemplamos en José. ‘Era bueno’,  nos dice el evangelista cuando se ve envueltos en dudas y elucubraciones cuando aun no entiende el misterio que en María se está realizando. Sabrá leer y escuchar los signos que Dios pone por boca del ángel en sueños para también dejarse guiar por Dios. Recibió a María, su mujer, como le había dicho el ángel en su casa.

Pero nuevos caminos se abrían ante José y aquel hogar a los que sabrá responder con su responsabilidad de esposo y padre. Cuando Dios entra en nuestra vida siempre nuevos caminos se abren ante nosotros y es donde vamos a manifestar la grandeza de nuestro espíritu y de nuestra humanidad. Los pocos datos que el evangelio nos da de José son todos como una peregrinación.

Primero Belén para el cumplimiento del edicto de empadronamiento y allí en la pobreza de un establo nacerá Jesús. Tras esos momentos familiares, aunque lejos de su hogar, de la circuncisión y de la presentación en el templo y la visita de los Magos de Oriente, de la que nos hablará el evangelio de san Mateo, su peregrinar será hasta Egipto evitando la matanza del airado Herodes, como más tarde su regreso a Nazaret. Ahí contemplamos la fe, la madurez humana, la responsabilidad que se refleja en la personalidad de José. Siempre en silencio, siempre dispuesto a escuchar a Dios en su corazón, siempre dispuesto a ponerse en camino desde su responsabilidad.

Toda una buena nueva para nosotros, todo un evangelio vivo que tenemos que hacer vida también en nosotros. Tenemos que aprender a centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente fundamental; tenemos que aprender a darle hondura a nuestra vida familiar y de quien mejor podemos aprender que de este hogar y familia de Nazaret.

Dios estaba en el centro de aquel hogar, por supuesto, porque estaba Jesús que era el Hijo de Dios hecho hombre, pero Dios estaba desde siempre en el centro de aquel hogar porque habían centrado su vida en la fe para abrirse a Dios y descubrir el plan de Dios para sus vidas – qué claro lo vemos en María y en José como hemos venido reflexionando – pero eso no les restaba humanidad y responsabilidad ante la vida asumiendo el lugar que les correspondía, caminando juntos en todas las circunstancias, afrontando con un solo corazón desde esa comunión de amor que vivían las dificultades o los imprevistos que iban surgiendo, no perdiendo nunca el buen ánimo para ir dando cada paso que fuera necesario con toda responsabilidad, siempre además disponibles para el servicio aunque eso significaba en ocasiones olvidarse de sí mismo para atender a las necesidades de los demás.

Todo un evangelio para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias; toda una senda y un recorrido que se abre también ante nosotros para el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea. Sepamos centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente importante y comprendemos lo que es lo verdadero en el amor que hemos de vivir, y podremos crecer y madurar en humanidad para hacer resplandecer los verdaderos valores que realmente nos hacen grandes.

¿Será algo así lo que vivimos en nuestros hogares? ¿Será ese el caldo de cultivo de los mejores valores que tiene que ser la vida del hogar? ¿Será por ahí por donde ayudaremos a crecer a nuestros hijos y a cada uno de los miembros de nuestro hogar y familia?


viernes, 24 de octubre de 2025

Aprendamos a rumiar cuanto nos sucede con una mirada nueva para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación

 


Aprendamos a rumiar cuanto nos sucede con una mirada nueva para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación

Romanos 7, 18-24; Salmo 118; Lucas 12,54-59

La vida nos va enseñando, de la vida vamos aprendiendo. Las experiencias que vivimos nos enseñan, si somos capaces de ser reflexivos, de masticar y rumiar en nuestro interior lo que nos va sucediendo para sacar lecciones. Así vamos mostrando nuestra madurez. Son los mismos acontecimientos, las señales de la naturaleza, las cosas que vemos hacer a los demás en lo que vamos aprendiendo. Pero es necesario ir acumulando esa sabiduría en nuestro interior, guardándolos en la biblioteca de nuestro corazón para cuando lleguen semejantes circunstancias recordemos lo que hicimos, lo que nos salió mal, lo que nos fue productivo y ahora haciendo un juicio de valor de lo que nos sucede saber interpretar, saber actuar.

Lecciones que no siempre nos dan los libros, pero tenemos el libro de la vida de donde aprender. Claro que también lo que hemos estudiado tiene que servirnos para esa formación, para alcanzar esa madurez, porque también con esas mismas técnicas de estudio que hemos seguido, las empleamos para analizar la vida conjuntando todos esos conocimientos.

Triste los que en la vida siguen siendo niños, no por esa ingenuidad maravillosa para no ver malicias, sino porque no hemos crecido, porque no hemos madurado, porque no hemos aprendido de esas lecciones de la vida. Son cosas en las que tenemos que pararnos a pensar muchas veces analizando esa madurez que hemos ido alcanzando, no para llenarnos de orgullo y sentirnos por encima de los demás, sino para tener esa sabiduría de la vida.

Podemos estar pensando en el lado de los conocimientos humanos, pero también en lo que son nuestras relaciones con los demás, como también en ese sentido hemos de pensar en ese compromiso que tenemos con la vida y con el mundo que nos rodea, del que no podemos sentirnos ajenos o alejados sino ver esa seriedad de la vida y lo que a la mejora de ese mundo tenemos que contribuir.

Pero además es algo que arranca también de nuestra fe que tiene que llevarnos a ese compromiso con nosotros mismos, pero también a ese compromiso con la sociedad que nos rodea o con esas personas con las que hacemos camino en común.

Hoy en el evangelio Jesús quiere hacernos pensar, precisamente partiendo de esa lectura humana que hacemos de la vida y los acontecimientos, para que seamos capaces de ver las señales de Dios. No vemos a Dios decimos a veces, o dicen tantos a nuestro lado. Hay que abrir los ojos, hay que descubrir las señales, hemos de aprender a entrar en una sintonía espiritual, hemos de saber elevarnos de esa materialidad de la vida que algunas veces nos vuelve insensibles a las cosas del espíritu. Nos entorpecemos para lo espiritual cuando vivimos demasiado obsesionados con lo material, con lo económico, con la riqueza que deseamos tener, o con el poder que queremos alcanzar. ¿Estará ahí lo que en verdad va a dar más plenitud a nuestra vida? ¿Será esa nuestra verdadera riqueza y nuestra auténtica sabiduría?

La gente en muchas ocasiones le pedía a Jesús signos de que en verdad era el enviado del Señor, y no sabían leer los signos que Jesús continuamente realizaba en medio de ellos. Incluso en los milagros que Jesús hacía no sabían ver esas señales de Dios; recordemos como algunos incluso se los quieren atribuir al poder del espíritu del mal. Quizás la multiplicación de los panes les valía solamente para llenar sus estómagos sin caer en la cuenta del signo del alimento mejor que Jesús estaba ofreciéndoles; la curación de un enfermo, un paralítico, un ciego o un leproso, solo lo veían como el beneficio de estar sanos en su cuerpo o en sus sentidos, pero no caían en la cuenta de la salud más honda que Jesús en verdad nos viene a traer con su salvación.

Sepamos descubrir en el mundo de hoy esas señales de Dios, sepamos leer la historia de cada día con ojos de fe, en la bondad de tantos a nuestro alrededor que ofrecen con generosidad sus vidas para hacer el bien, veamos una presencia de Dios que nos habla, que nos llama, que nos da una nueva visión, que nos hace tener una mejor sabiduría de la vida.

¿Aprenderemos a rumiar cuanto nos sucede para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación?

sábado, 16 de agosto de 2025

Quitemos filtros y prevenciones de la vida y podremos entrar en la órbita del Reino de Dios que se revela de manera especial a los pobres y sencillos de corazón

 

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Quitemos filtros y prevenciones de la vida y podremos entrar en la órbita del Reino de Dios que se revela de manera especial a los pobres y sencillos de corazón

 Josué 24,14-29; Salmo 15; Mateo 19,13-15

Cuando yo sea mayor… es la expresión que mas de una vez hemos escuchado a un niño o a un muchacho; parece que el niño no quiere ser niño siempre, se ve creciendo a si mismo y cómo su vida cambia en algunos aspectos, pero se compara con los mayores y quiere ser como ellos; sueños de libertad quizás, porque le parece que en su infancia no puede hacer todo lo que quiere o como lo quiere, sueños de una vida distinta en la que se sienta fuerte porque no quiere verse manipulado por nadie y le parece que lo que ahora le dicen sus mayores lo están manipulando y él quiere hacer las cosas a su manera y cuando le de la gana. Cuando sea mayor, y se ve poderoso y dominante, se cree que va a ser el dueño del mundo. No quiere seguir siendo niño. ¿No habrá aprendido lo que significa de riqueza la niñez como una piedra base para su madurez futura?

Claro que somos nosotros los mayores también los que tenemos que preguntarnos si sabemos lo que es la riqueza de la niñez, los valores que allí podemos encontrar, lo maravilloso que podemos descubrir si observamos atentamente lo que significa ser niño. ¿Seremos acaso nosotros también los que los descartamos y los queremos quitar de en medio como les estaba sucediendo a aquellos celosos discípulos de Jesús que pensaban que era una molestia la presencia de aquellos niños en el entorno de Jesús? Querían quitarlos de en medio.

Y Jesús les dice que no, que no impidáis que aquellos niños se acerquen a El. ¿Acaso será que Jesús quiere que nosotros nos acerquemos a El a la manera de los niños? No son barreras sino puentes lo que hemos de poner. Porque además Jesús nos dice que solo de los que son como niños es el Reino de los cielos. ¿Es un reino infantil? Cuidado que algunas veces infantilicemos la religión, la manera de acerarnos y relacionarnos con Dios. Cuidado con el lenguaje que usemos demasiado infantilizado que luego no nos va a servir cuando en verdad maduremos y necesitamos una manera madura de relacionarnos con Dios. ¿No nos sucederá que nos preocupemos mucho de acciones pastorales para los niños  pero luego no ponemos la misma intensidad para cuando no son tan niños o para cuando son adultos?

Con todo esto, sin embargo, parece que de alguna manera las palabras de Jesús nos desconciertan. Nos dice que de los que son como niños es el Reino de los cielos. Ya en otra ocasión nos dirá que la buena noticia hay que darla a los pobres; o que los que parecen que no saben nada por su condición humilde y pequeña, sin embargo será a los que se les revelará los secretos del Reino de Dios; y serán los aparentemente están mas lejos del sentido del Reino porque son pecadores a los que Jesús se acerca y los que mejores y más dispuestas respuestas van a dar a ese anuncio del Reino de Dios. ¿Paradojas?

Hoy nos habla de los niños, del candor y espontaneidad de los niños, de su disponibilidad siempre a flor de piel, de su sonrisa limpia, de los ojos que miran profundamente con curiosidad, de los que buscan y quieren aprender porque sus deseos de crecimiento no son solo de lo corporal sino de lo que mejor puedan aprender. Los niños no ponen filtros ni condiciones, los niños se acercan y juegan con todos sin distinción si nosotros no los hemos marcado antes con nuestras prevenciones. ¿No puede ser esa una base sólida para la construcción del Reino de Dios en nosotros? Con un corazón así limpio y generoso tenemos que aprender a acercarnos a Jesús.

No es ya cuestión de que los niños quieran parecerse a los mayores – y lo malo es que los contagiemos con nuestros filtros y pretensiones – sino que nosotros nos hagamos cono niños – despojándonos de tantas prevenciones con que vamos por la vida - para llegar a vivir en toda su intensidad lo que es el Reino de Dios.

lunes, 26 de mayo de 2025

Es la valentía de nuestra fe, el arrojo con que hemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio, salvación del mundo

 


Es la valentía de nuestra fe, el arrojo con que hemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio, salvación del mundo

Hechos 16, 11-15; Salmo 149;  Juan 15, 26 — 16, 4a

Alguna vez he escuchado algo así como que quien se mete de redentor al final sale redimido, en referencia a alguien que con buena voluntad quiso implicarse en la solución de algunos problemas, sobre todo tratándose de algún tipo de acción social en condenado por aquellos mismos por los que él quería trabajar. Suelen pasar cosas así, personas que con buena voluntad se implican en algo que signifique mejorar algo en el ambiente en que vive, por ejemplo, y luego al final en lugar de reconocimientos lo que va a encontrar son críticas y que si solo se quedan en críticas, no sale tan mal parado.

Es el riesgo que tenemos que asumir en la vida si no queremos quedarnos cruzados de brazos viendo como las cosas van de mal en peor; implicarnos muchas veces nos complica, ya desde el hecho de perder tiempo en nuestras cosas personales para hacer algo por los demás; pero es ahí donde aflora la generosidad del corazón, es ahí donde se manifiesta la madurez de nuestra vida, unas fuertes convicciones que le llevan a hacer el bien aunque luego no tenga reconocimientos; el mejor reconocimiento es el bien que vemos que le estamos haciendo a la otra persona, ver que la otra persona sale adelante, mejora su vida, encuentra luz para sus problemas.

Es en lo que muchas veces los cristianos tenemos miedo, nos parece que no somos capaces, nos sentimos débiles en esos vaivenes de la vida que quizás nos puedan como consecuencia producir alguna inestabilidad en nuestras cosas, pero es el camino que hemos de seguir con fe y con confianza. No estamos solos, no lo hacemos solo con nuestras fuerzas, no lo hacemos por nosotros mismos; siempre podremos tener la certeza de la fuerza del Espíritu que está con nosotros, nos acompaña en nuestro camino y es nuestra inspiración y fortaleza. Pero aun así andamos tambaleantes.

Y es a lo que nos está invitando Jesús, la tarea que pone en nuestras manos. A los discípulos más tarde les dirá que tienen que ir por todo el mundo haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios. No dice que sea fácil, porque Jesús no nos oculta nada. Hoy nos está hablando y diciendo cosas para que cuando llegue el momento no olvidemos que El nos lo dijo, nos lo anunció, pero también nos prometió la asistencia de la fuerza de su Espíritu.

‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Es la promesa de Jesús, es la garantía de que podemos dar nuestro testimonio, es la fortaleza del Espíritu del Señor en esos momentos que muchas veces se nos vuelven difíciles, oscuros, en que nos sentimos débiles, en que vemos el muro que en ocasiones tenemos enfrente, tenemos en contra. Pero podemos hacerlo, podemos dar ese testimonio.

‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios… para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho…’

No nos importa salir redimidos, como decíamos en aquella imagen que proponíamos al principio; no tengamos miedo a las incomprensiones, actuemos con rectitud y nos sentimos fuertes con la verdad. Es cierto que no somos perfectos, lo reconocemos como reconocemos nuestra debilidad, pero no nos quedamos con los brazos cruzados.

Muchos no lo entenderán, o no les interesa entenderlo, porque además estaremos dando un testimonio que les resulta contradictorio para su manera de ver las cosas, denuncia de alguna manera actitudes que no son tan justas. No será una expulsión de las sinagogas como dicen las palabras de Jesús, pero bien sabemos como en nuestra sociedad quiere ocultarse la verdad del evangelio y cuantas cosas vamos a encontrar en nuestra sociedad con lo quieren desprestigiar la Palabra de la Iglesia o el testimonio de los cristianos. De maneras muy sofisticadas nos encontraremos esa oposición y de alguna manera esa persecución. Ya nos lo ha dicho Jesús.

Es la valentía, pues, de nuestra fe, el arrojo con que tenemos que proclamarla, la alegría al mismo tiempo de poder trasmitir esa buena nueva del Evangelio y saber que ahí podemos encontrar la salvación del mundo.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

 


Lealtad de corazón con serenidad de espíritu en la escucha de la Palabra que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza interior para caminar por caminos de paz

Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando nos sentimos con seguridad allí donde estamos parece que comenzamos a saborear las mieles de la paz; desde esa seguridad no tenemos miedo a los ataques que podamos recibir porque nos sentimos protegidos por aquello o por quien nos da esa seguridad; cuando procuramos por todos los medios mantener esa serenidad de nuestro espíritu nos sentimos fortalecidos para afrontar todos los embates y peligros y nada nos va a perturbar en nuestro corazón. Tarea difícil sin embargo tenemos que reconocer cuando nos falta la confianza, tarea difícil porque quizás en momentos determinados buscamos apoyos allí donde no vamos a encontrarlos, o porque dejamos que la confusión se meta dentro de nuestro espíritu que como vientre de caballo de Troya nos va a hacer perder esa estabilidad. Mantener la calma y la serenidad, pero conocer bien la roca sobre la que hemos edificado nuestra vida.

Espiritualmente es un camino de fe el que hemos de realizar, pero un camino que hemos de cimentar bien para que no haya errores ni confusiones, para que no se tambalee nuestra fe cuando aparezcan las oscuridades, para que no andemos zarandeados de una lado para otro dejándonos arrastrar por el más fuerte o novedoso canto de sirena que pueda sonar en nuestros oídos.

El profeta hoy nos ha hablado de una ciudad fuerte con sus murallas y baluartes, fundamentado en la lealtad que le da ánimos para mantenerse firme y conseguir la paz. ¿De donde saca esos ánimos que le ponen en camino de lealtad? Porque sabe que el Señor es la Roca perpetua que nunca fallará.

Ser leales, qué importante. Aunque nos veamos zarandeados por muchas cosas de la vida que parece que nos quieren hacer perder el equilibrio. Tenemos que apoyar bien fuertes nuestros pies en el suelo, sobre esa roca que no nos falla y que nada podrá hacer resquebrajar. Muchas veces en la vida andamos como veletas dejándonos llevar de aquí para allá según el viento que nos sople. Nuestro anclaje tiene que ser fuerte, nuestros principios tienen que ser inamovibles, nuestros valores no pueden ser hoy unos y mañana cambiamos según las conveniencias.

Que importante que sigamos el camino que hemos emprendido porque tenemos claras las metas que tenemos en la vida. Es una madurez humana y espiritual que tiene que ir creciendo continuamente en nosotros. No es fácil, porque son muchas las influencias que recibimos; no es fácil, porque nos acecha la tentación de tantas ofertas que estamos recibiendo continuamente. Cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina, como nos dice el refranero popular.

Por eso hoy Jesús nos habla de los buenos cimientos que tenemos que darle a nuestra vida; no nos podemos quedar en apariencias ni en palabras bonitas, hemos de saber enraizar bien nuestra vida. El árbol que tiene raíces superficiales ante el menos viento es derribado. La casa edificada sobre arena, nos dirá Jesús en sus alegorías y comparaciones, es derribada cuando viene la tormenta y el huracán; la que está bien cimentada sobre roca y en el lugar más oportuno permanece.

Algunas veces somos atrevidos desde falsas seguridades cuando queremos apoyarnos solo en nosotros mismos, nos metemos en la boca del lobo, vamos donde sabemos que nos vamos a encontrar en peligro; tenemos que tener fuerza de voluntad pero sobre todo claridad de espíritu para ver donde tenemos que estar y lo que tenemos que hacer.

Hoy nos dice Jesús que no nos basta decir ‘¡Señor! ¡Señor!’, sino que es necesario algo más. Y nos habla de la Palabra de Dios que tenemos que escuchar, y plantar en nuestro corazón. ‘El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’, nos dice.

Ya en otro momento nos hablará de la semilla que no siempre sembramos en buena tierra; eso tenemos que ser, buena tierra, donde plantemos esa semilla de la Palabra de Dios para que pueda dar fruto, para que sea esa sabiduría de nuestra vida, para que sea esa fortaleza que nos mantiene firmes frente a las tentaciones del mal, esa luz que nos ilumine, ese sentido de nuestra vida que nos ayude a caminar por caminos de lealtad. Podremos alcanzar la paz, podemos sentirnos seguros en el Señor.

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Es necesaria una mayor autenticidad en nuestra vida, mayor congruencia para vivir con rectitud y una dosis infinita de amor para llenarnos de humanidad

 


Es necesaria una mayor autenticidad en nuestra vida, mayor congruencia para vivir con rectitud y una dosis infinita de amor para llenarnos de humanidad

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Ni nosotros mismos nos entendemos a nosotros mismos. Son muchas las confusiones que nos vamos creando a causa de nuestras incongruencias. Lo congruente es que vayan a la par los principios que proclamamos, las ideas que tenemos con lo que es la realidad de nuestra vida de cada día; pero muchas veces hay grandes distancias entre una cosa y otra.

Podíamos hacer referencia a muchas cosas que se traducen en nuestro quehacer de nuestra vida de cada día. Exigentes con los demás pero benévolos con nosotros mismos; capaces de decir cosas maravillosas del amor, pero cuando llega el día a día de nuestras relaciones incluso con los más cercanos nos faltan detalles y delicadeza, somos violentos e incapaces de tener sensibilidad con los que están a nuestro lado no importándonos sus necesidades o las situaciones por las que pasen; proclamamos con la boca llena eso de los derechos humanos y vamos a no sé cuantas manifestaciones pero no somos capaces de respetar al que es diferente o que piensa distinto de nosotros; nos presentamos con buena apariencia de respeto y honorabilidad pero en nuestro interior siguen los prejuicios y las descalificaciones; decimos que la verdadera religión es el amor, pero somos incapaces de tener misericordia con el caído y nos cerramos a todo lo que signifique comprensión y perdón.

Es necesaria una mayor autenticidad en nuestra vida, que no nos quedemos en bonitas palabras y apariencias, que no se nos vaya todo por la vanidad que al final todo lo llena de hipocresía y falsedad. Es la congruencia, como decíamos, con la que tenemos que caminar para que en verdad vivamos con rectitud nuestra vida, pero que no nos falte el amor que nos llena de mayor humanidad.

No lo podemos centrar en la rigidez de unos cumplimientos, sino llenamos de verdadero contenido todo aquello que hacemos. La madurez de nuestra vida no se manifiesta a través de intransigencias y rigideces, sino que tenemos que saber conjugar lo que son los principios por los que se rige nuestra vida con la humanidad que ponemos en lo que hacemos y en como nos relacionamos los unos con los otros.

Hoy escuchamos en el evangelio cómo Jesús se queda de las actitudes y posturas de la gente que le rodea. Dice que son como niños que juegan en la plaza pero que no son capaces de ponerse de acuerdo en cómo han de llenar de alegría sus vidas. Mientras unos quieren cantar cantos de fiesta, otros quieren quedarse en lamentaciones que les llenan de tristeza. ¿Seremos capaces de saber llegar a un camino de encuentro? Parece que eso nos falta en la vida.

En referencia a lo que sucede en quienes le escuchan y están en su entorno, hace referencia a que ni supieron aceptar a Juan con verdadera apertura del corazón, como tampoco ahora quieren aceptarle a El. De Juan se quejaban de la austeridad con que vivía su vida y les parecía que era demasiado e inaceptable, ahora de Jesús que les quiere llegar al corazón pero quiere llamar a todos a esa vida nueva del reino de Dios, como con publicanos y pecadores, lo llaman comilón y borracho. 

Como nos sucede a nosotros tantas veces que nos quedamos en añoranzas, aquello de que otros tiempos fueron mejores, pero en aquellos otros tiempos tampoco hubo aceptación de corazón de lo bueno que se les presentaban u ofrecía. ¿Y si ahora en el momento presente abrimos nuestro corazón para descubrir los regalos de amor que Dios nos está ofreciendo? Hemos de vivir nuestro momento, el hoy de nuestra vida, pero llenándola siempre de autenticidad. En cada momento, sea cual sea la circunstancia de la vida que nos toque vivir, Dios siempre tiene señales de amor para nosotros que nos llama a lo hondo de nuestro corazón. Seamos sinceros con nosotros mismos, pero seamos sinceros y auténticos con Dios que siempre nos está regalando su amor.