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domingo, 18 de enero de 2026

Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

 


Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Salmo 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34

Cada uno en la vida ha de ocupar el lugar que le corresponde; no puede asumir el rol de otra persona, aunque quizás se nos hayan confiado misiones que tengan relación con ella, ya por los servicios que le podamos prestar, ya incluso por la dependencia de nuestra misión con lo que esa persona representa. Será señal incluso de nuestra propia madurez para respetar la individualidad de toda persona ayudando incluso a que esa persona desempeñe dignamente su rol, pero nunca intentando sustituir. Es un asunto delicado, es algo que algunas veces nos cuesta y a lo que nos sentimos quizás tentados, pero tenemos que saber estar en nuestro lugar.

Me hago esta introducción, que además nos puede ayudar en muchos aspectos de nuestra vida, ya sea en nuestra vida familiar y en la educación de nuestros hijos, como también en nuestros trabajos o el compromiso social que hayamos asumido, pero me la hago, estoy queriendo decir, por lo escuchado hoy en el evangelio y con la figura de Juan Bautista.

Se define él bien a si mismo; así lo había manifestado también con aquella embajada que le habían enviado desde Jerusalén, no quiere ocupar un rol que no le corresponde, sabe cual es su lugar y ahora no le importa menguar, cuando ya ha cumplido su misión. No es el Mesías, solo es el profeta, la voz que clama en el desierto; tiene una misión, preparar los caminos del Señor, por eso bautiza con agua como un signo de purificación, de penitencia y de conversión. Pero ya nos lo dice vendrá, y como nos dirá en otra ocasión entre vosotros está y no lo conocéis, el que viene a bautizar con Espíritu Santo. El sí es el que teníamos que esperar, el Mesías, el Salvador.

Y da testimonio, de lo que él había sentido en su interior como voz de Dios que le hablaba, y de lo que ha visto con sus propios ojos como cumplimiento de lo que se le había anunciado en su corazón. Había visto venir el Espíritu sobre El allí en las aguas del Jordán y había escuchado la voz que hablaba desde el cielo. El era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor, pero había escuchado la voz que venía desde el cielo y que lo señalaba como el que está lleno del Espíritu del Señor, el Hijo amado del Padre a quien teníamos que escuchar. Y de eso da testimonio Juan, asumiendo su rol y su misión, como dirá en otro momento con gran humildad lo que quiere es que Cristo crezca aunque él tenga que menguar.

Por eso ahora con entusiasmo y con una gran certeza señala a sus discípulos cuando ve venir a Jesús que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y dejará que sus discípulos se vayan con Jesús; él ha cumplido su misión, ha puesto en camino a sus discípulos para que vayan hasta Jesús.

En este domingo ya del tiempo ordinario cuando concluimos la semana pasada el tiempo de Navidad venimos a encontrar de nuevo con Jesús al que señala el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Una imagen que nos traslada ya a lo que es el meollo de nuestra fe y de nuestras celebraciones cristianas; una referencia al cordero pascual que cada pascua se sacrificaba y se comía en la cena pascual como recuerdo del paso de Dios junto a su pueblo que los había liberado de la esclavitud de Egipto. Algo que estaba en el meollo de la fe judía y así cada año lo celebraban.

Pero nosotros nos transportamos desde aquella pascua recuerdo de una liberación antigua a la nueva Pascua donde el Cordero sacrificado es el mismo Cristo que por nosotros se entregó para que tuviéramos vida, para liberarnos de la peor de las esclavitudes, para quitar el pecado del mundo. Es a quien nosotros ahora tenemos que mirar, a quien tenemos que contemplar, a quien tenemos que seguir. Es el camino que emprendemos, que cada día queremos hacer vida de nuestra vida, en que en cada día vamos realizando en nosotros esa liberación. Es nuestra lucha y nuestro compromiso, es nuestro gozo y nuestra gloria. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Que no sean solo palabras rituales que decimos en una profesión de fe, es de lo que nos sentimos orgullosos y con alegría damos gracias a Dios.

En el Bautismo del Espíritu hemos sido nosotros bautizados para tener una vida nueva que ya nos ha transformado para hacernos hijos de Dios; como tal tendríamos que vivir, ése sí que es nuestro rol, nuestra identidad, de lo que tenemos que dar testimonio, que tenemos que reflejar en nuestro vivir. Nos cuesta vivir esa santidad de los hijos de Dios porque seguimos siendo tentados por el pecado, pero tienen que ser en verdad nuestras aspiraciones y nuestra lucha. Con nosotros está la fuerza y la gracia del Espíritu de Dios que habita en nosotros.

sábado, 3 de enero de 2026

Estamos llamados como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida ser evangelio para los demás

 


Estamos llamados como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida ser evangelio para los demás

1Juan 2, 29 – 3, 6; Salmo 97; Juan 1, 29-34

Hemos venido contemplando y celebrando todo el misterio de la Navidad. Contemplamos ese momento maravilloso en que Dios nace hecho hombre en el niño que contemplamos en Belén. Contemplamos su pequeñez y su humildad, contemplamos su pobreza que nace, podíamos decir, en medio de un camino, mientras María y José se dirigen a Belén - ¡cuántas cosas  nos tendría que recordar este detalle que estamos resaltando! -, contemplamos al niño al que se busca su muerte y tendrá que salir errante como un refugiado camino de Egipto.

Hemos contemplado su gloria, el resplandor de los ángeles y del cielo cuando anuncian a los pastores el nacimiento de este niño que es el Salvador o cuando cantan diríamos que con toda la creación la gloria de Dios que nos trae la paz porque a todos sigue Dios amando, aunque para muchos pase desapercibido ese canto. Pudiera parecer que esas estrellas se van apagando, aunque aún tengamos que ver la de la Epifanía, como se van difuminando las luces de nuestros adornos de navidad y al final nadie sabrá que hemos celebrado el nacimiento del Salvador del mundo. ¿Hasta dónde llegará nuestro testimonio?

Pero la liturgia, para nosotros los cristianos que queremos seguir más de cerca todo este misterio de la Navidad, sigue erre con erre repitiéndonos y anunciándonos una y otra vez quién es ese Niño que hemos contemplado en Belén. Aunque haya pasado una semana aun no se ha acabado la Navidad, aunque para el creyente en Jesús casi tendríamos que decir que cada día y siempre tenemos que seguir viviendo el espíritu y el sentido de la navidad en nuestra vida.

Una vez más nos aparece la figura del Bautista, en lo que van siendo ya sus últimas apariciones en el Evangelio. Lo que hoy se nos relata es un hecho sucedido ya después del Bautismo de Jesús, aunque aún nos quedan días para celebrarlo cuando culminemos este tiempo de la Navidad. En torno a Juan permanecen los que le siguen escuchando fielmente. Y a ellos señala directamente quién es Jesús, aquel que de su mano había querido recibir aquel bautismo haciéndose uno con el pueblo que necesitaba preparar los caminos del Señor.

Pero el Señor ya está en medio de ellos. Es lo que viene a señalar Juan en esta ocasión. ‘Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’.

Claramente  nos lo está señalando. ‘El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y les recuerda lo que ya les había dicho. Él no lo conocía pero ahora él ha podido contemplar todo el misterio de Dios. Él había hablado de quién venía detrás de él pero que estaba delante suyo porque existía desde siempre. No lo conocía pero esa era su misión, ‘bautizar con agua para que sea manifestado a Israel’, preparar los caminos del Señor como había anunciado el profeta. Si ahora podía anunciarlo era porque se le había revelado en su corazón. ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y eso lo había contemplado cuando lo bautizó con las aguas del Jordán. Allí se había visto la gloria de Dios.

Es lo que a nosotros también se nos revela y se nos recuerda. No nos quedamos en lo infantil que tantas emociones quizás nos haya producido. Necesitamos también saber maravillarnos en las cosas de Dios y tal como Él quiere manifestárnoslas. Todo ese misterio de Belén con todos esos detalles que tantas veces hemos recordado necesitamos también revivirlos en nuestro corazón. Pero hemos de dar un paso adelante para reconocer todo el misterio de Dios que se nos manifiesta en Jesús y lleguemos así a una fe madura y a una fe comprometida con el sentido y los valores del Evangelio. Porque es el evangelio total de Jesús el que tenemos que escuchar para que maduremos nuestra fe, para que lleguemos a ser esos cristianos comprometidos en medio del mundo.

¿Hasta dónde seremos capaces de llegar? Quizás tengamos también que reconocer como lo hacía Juan que nosotros quizás no habíamos llegado a conocerle de verdad; pero a lo largo de nuestra vida cuántos impulsos, cuántas revelaciones hemos sentido en nuestro corazón que nos llevaban a esa confesión de nuestra fe en Jesús.

Ya son cosas que no podemos echar en el olvido sino que han de dejar una marca en nuestra vida, y de ello tenemos que dar testimonio; estamos llamados también como Juan a ser voz en medio de nuestro mundo que prepare también los caminos del Señor, con nuestra vida tenemos que ser evangelio para los demás, también como Juan tenemos que señalar a Jesús que es nuestro único Salvador, la única Salvación para nuestro mundo.


sábado, 27 de diciembre de 2025

La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

 


La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

¿Alguna vez habéis llegado a vuestra casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo habrá contado.

Es lo que en principio nos refleja hoy esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Es la mañana de las carreras, como suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían  otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.

Por algo nos podrá decir en el comienzo de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’

Precisamente hoy con la liturgia, en medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del Tiberíades.

‘Es el Señor’, que confesaría entonces y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también nosotros a transmitir.

En nuestros ojos siguen vivas las imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.

Nos queda ahora nuestra confesión de fe que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán sentir el gozo del anuncio del Evangelio.

viernes, 3 de enero de 2025

Juan Bautista supo ocupar su lugar y su misión, dar testimonio y preparar el camino, su humildad nos manifiesta la grandeza de su espíritu

 


Juan Bautista supo ocupar su lugar y su misión, dar testimonio y preparar el camino, su humildad nos manifiesta la grandeza de su espíritu

1Juan 2, 29 – 3, 6; Salmo 97; Juan 1, 29-34

No siempre es fácil ocupar cada uno su lugar, sobre todo cuando tenemos que dar paso a quien sabemos que es superior a nosotros; no porque hayamos llegado en primer lugar, no porque nosotros tengamos cosas importantes que hacer, misiones importantes que nos han encomendado tenemos que sentirnos superiores cuando precisamente nuestra misión ha consistido en facilitar, por decirlo así, el acceso al otro a ocupar el lugar que le corresponde.

Ya sabemos cómo fácilmente se crean conflictos de intereses entre unos y otros cuando nos falta la humildad suficiente para reconocer nuestro sitio y nuestra función; por esa falta de humildad, que a la larga es falta de grandeza en nuestra vida, no somos capaces tantas veces de reconocer el valor de los otros. En muchas situaciones así nos encontramos muchas veces en la vida que nos lleva a sufrimientos innecesarios. Saber dar paso al otro manifiesta también la grandeza de nuestro espíritu, aunque nos parezca que nuestro lugar es inferior.

Eso lo tenía muy claro Juan Bautista. En otro momento llegaría a decir que lo importante era que ‘El crezca y que yo mengüe’ en su referencia a Jesús. Ahora nos dirá claramente que él ha venido para dar testimonio, su misión solamente era preparar el camino, recordando así lo anunciado por los profetas. El era solo la voz que sonaba en el desierto, pero era la Palabra la que había de resonar de verdad. ‘Yo no lo conocía, nos dirá, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’. Y era la misión que estaba realizando.

Así lo había manifestado a aquella embajada que había llegado de Jerusalén, preguntándole por qué bautizaba, qué hacía realmente allí en la orilla del Jordán, y claramente había dicho que no era el Mesías, pero que en medio de ellos estaba aunque no lo conocieran.

Hoy vemos un testimonio directo y claro al paso de Jesús, a quien señala a sus discípulos que es ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y lo hace valientemente y con decisión, aunque sus discípulos se marchen detrás de Jesús. Era su misión, señalar el camino.

‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y da testimonio claramente. ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.

Es la humildad y la grandeza de quien sabe dar paso a quien tiene que ir por delante. ‘Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo’, nos dirá. Por algo Jesús dirá de él que no ha nacido de mujer nadie mayor que él; su humildad está manifestando su grandeza. Su misión señalar el camino y es lo que realiza. Con qué gozo en el corazón tenemos que escucharlo, recibir su testimonio. Por algo la Iglesia desde siempre ha considerado la grandeza de la misión del Bautista.

Creo que son buenas lecciones para nuestra vida, como ya considerábamos al principio de esta reflexión. Aprendamos a saber ocupar nuestro lugar; y ocupar nuestro lugar no es ocultarnos o desaparecer, sino estar ahí en el momento oportuno, ahí con la palabra adecuada, ahí con el testimonio claro pero también con humildad; es saber reconocer lo nuestro en su cruda y grande al mismo tiempo realidad, pero para aprender a aceptar, comprender y valorar a los demás, lo que hacen, lo que es su función en la vida, su responsabilidad. Aunque nos cueste, aunque nos sintamos tentados, como tantas veces sucede, a las zancadillas; no seremos mayores cuando ocupemos un lugar o una función después de una zancadilla, sino cuando tengamos la grandeza de reconocer el valor del otro para que ocupe el lugar que le corresponde.

Qué triste lo que contemplamos tantas veces en nuestro mundo, ese testimonio negativo que tantas veces nos ofrecen incluso nuestros dirigentes en todos los ámbitos; una cosa que tenemos que saber cuidar también en nuestras comunidades, porque a ello también nos sentimos tentados y demasiadas veces aparece la envidia y los celos cuando vemos a otro avanzar en la vida, en responsabilidades o en funciones que quizás nosotros apetezcamos también ocupar.

Sepamos, pues, descubrir nuestro lugar sintiéndonos orgullos de él, aunque nos parezca un lugar pequeño o parezca que pasa desapercibido, pero por algo y para algo está ese engranaje que nosotros podamos ser y con ellos podremos contribuir a cosas grandes, nos hace falta esa humildad de corazón que será lo que verdaderamente nos dará grandeza.

domingo, 14 de enero de 2024

Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo

 


Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’, con valentía y con arrojo, vayamos a estar con Jesús para poder llegar esa Buena Noticia a nuestro mundo

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

Vamos y tú mismo lo ves, le decimos al amigo o le decimos a alguien cuando queremos mostrar algo que podríamos dudar si nos creyesen o no; mejor compruébalo por ti mismo, tú lo ves y te convencerás. Un suceso o un acontecimiento, un paisaje o un lugar espectacular para el que no tenemos palabras con qué describirlo, la manera de actuar de unas personas, de algún grupo o colectividad, quizás algo que ofrecemos para la venta. Ven, lo ves y tú me dirás si te convence.

Es el proceso que contemplamos hoy en el evangelio. El Bautista había señalado a Jesús que pasaba como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Algunos de sus discípulos se fueron detrás de Jesús. Si Juan se los había señalado así, algo tendría que ver con el Mesías esperando y que Juan con tanta insistencia anunciaba y podría ser interesante conocerle. Detrás de Jesús caminaban quizás recelosos o desconfiados cuando Jesús se volvió y les preguntó ‘¿Qué buscáis’?

Pienso que se vieron sorprendidos y ahora casi no sabían que responder aunque ellos tenían claro lo que buscaban, porque era escuchar y conocer a Jesús para ver si se manifestaba tal como Juan lo había presentado. A la pregunta que sorpresivamente Jesús les hace, sin saber cómo expresarse, le responden a su vez con una pregunta sobre el lugar en que vive. ‘Maestro, ¿dónde vives?’

Es cierto que cuando conocemos el lugar donde una persona ha elegido vivir se nos está definiendo esa persona. A esa nueva pregunta Jesús simplemente les dirá que vayan con El para que vean. ‘Venid y lo veréis’. No ofrece nada, solamente que vayan con El y lo vean. Mas tarde ya en la orilla del lago les dirá también que se vayan con El, pero ahora será para algo más, porque querrá que cambien aquellas redes que allí están utilizando porque serán pescadores de hombres.

El evangelio de hoy es parco en palabras, pero sí será muy sugerente de lo que allí sucedió. Nos dirá que se fueron con él, nos apuntará incluso la hora en que sucedió aquel encuentro, ‘era como la hora décima’, y finalmente nos los presentará a la mañana siguiente muy cambiados, porque ahora serán ellos los que vayan a buscar a otros para que conozcan también a Jesús, como hará Andrés con su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Importante fue aquel encuentro.

Es muy importante lo que estamos contemplando. Es muy importante esa búsqueda, pero también que nos dejemos encontrar. Algunas veces en esas búsquedas podemos ir con miedos en el alma, con desconfianzas. Cuántas veces estamos a las puertas de algo que buscamos y nos volvemos para atrás. Cuántas veces comenzamos la búsqueda pero nos ponemos a la distancia, dejando margen por medio para recular si es necesario, si nos puede parece que las cosas se complican o nos comprometen. Cuántas veces caminamos en esa búsqueda y damos rodeos, nos distraemos con lo que encontremos por el camino, estamos siempre con la duda del paso final. Andrés y Juan no dudaron, ‘se fueron con Jesús’. Con valentía, con arrojo.

Hemos concluido las celebraciones de Navidad que quizás por muchas circunstancias son propicias para el entusiasmo, pero esos entusiasmos hay el peligro que se queden en momentáneos; ahora estamos iniciando el tiempo ordinario hasta que lleguemos el próximo mes a comenzar la cuaresma que nos conduce a la pascua, y podríamos pensar que entramos en un tiempo que es como un paréntesis, que luego ya vendrán momentos de nuevo de especial fervor.

Pero aquí está el paso de Dios de cada día por nuestra vida, no son ni bajadas de tensión ni paréntesis en nuestro camino, porque la vida sigue y sigue con intensidad en sus luchas, en sus problemas, con nuestras trabajos, con las crisis que pueda vivir la sociedad, con sus momentos de sombras pero también con resplandores de luz que no nos faltarán.

No es momento de bajar la guardia, de perder el entusiasmo, de tomarnos las cosas con calma. El paso de Dios por nuestra vida siempre es intenso y siempre está lleno de vida porque es como nosotros lo hemos de vivir. Todas esas situaciones de la vida tenemos que seguirlas afrontando y tenemos que aprender a vivirlas desde el sentido nuevo que nos da el evangelio. Siempre Jesús será buena noticia de alegría para nuestra vida, siempre Jesús nos quiere poner en camino, por eso tenemos que seguir buscando a Jesús con intensidad, aprender a estar con El para poder salir al día siguiente a nuestro mundo con esa Buena Noticia que es Jesús siempre para todos.

Vayamos, pues, al encuentro con Jesús queriendo saber donde vive, queriendo estar con El y dejándonos inundar de su gracia con la fuerza del Espíritu que El siempre derrama sobre nosotros.

jueves, 4 de enero de 2024

Noches de silencio, noches de encuentro, noches de las que arranca una nueva vida, experiencias que transforman, es sentir una presencia, es el paso de Dios en nosotros

 


Noches de silencio, noches de encuentro, noches de las que arranca una nueva vida, experiencias que transforman, es sentir una presencia, es el paso de Dios en nosotros

1 Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42

Nos gusta que nos digan las cosas y nos las expliquen y por supuesto a través de las palabras tenemos conocimiento de las cosas, de lo que sucede o de lo que llega a ser un sentido del vivir, pero diríamos que es mejor aprendido cuando por nosotros mismos experimentamos las cosas. ‘Eso yo lo viví’, decimos, ‘y no necesitamos que nos expliquen como fueron las cosas’, razonamos ‘porque por mi mismo lo he experimentado’. Importantes y necesarias las palabras, pero muy importante para llegar al más profundo convencimiento lo que por nosotros mismos hemos experimentado, porque podemos decir que lo hemos plantado en la tierra de nuestra vida.

Es también el camino de la fe y de la experiencia cristiana que se hace vida y termina haciéndose de verdad compromiso. Aquello que nos han enseñado, aquello que nos han comunicado, que lo hemos escuchado pero también lo hemos visto plasmado en la experiencia de vida de los demás, será lo que llegará a un convencimiento personal cuando lo hemos masticado, cuando lo hemos experimentado en nosotros y hecho vida en consecuencia.

Y esa tiene que ser la tarea del buen predicador; no solo enseñará con sus palabras sino de la experiencia de su vida, no solo enseñará con lo que nos diga, sino también lo que en su vida veamos reflejados, pero aun más tendrá que provocar en nosotros ese deseo de vivir, de hacer vida, de experimentar por nosotros mismos, y será así como iremos llegando a una fe cada vez más madura. No sé si siempre lo sabremos hacer, porque ese es además el testimonio que todo creyente, que todo cristiano tiene que dar de su fe, hacer que nuestra fe provoque la fe también de los demás. No es tarea fácil.

Lo vemos palpable en el evangelio que se nos ha ofrecido. Juan Bautista señaló a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Allí estaba su anuncio, su palabra, pero que iba acompañado por el testimonio de su vivir. Serían muchos los que escucharon su palabra, entre tantos que acudían a él para escucharle y bautizarse como una señal de que querían preparar los caminos del Señor. Pero son dos de sus discípulos los que se ponen a hacer el camino, pues se van tras Jesús. Querían conocerle.

Ante la pregunta de Jesús que se vuelve hacia ellos ‘¿qué buscáis?’, responden preguntando ‘¿Dónde vives?’. No es un lugar por el que preguntan, es por una forma de vivir por lo que están interesados; es algo más, es como querer acercarse a El y no saber cómo expresarlo. Como tantas veces nos sucede. Ansiamos saber algo, conocer algo, y cuando tenemos la oportunidad de expresar lo que buscamos no encontramos palabras y nos ponemos como a balbucir. Pero como se suele decir a buen entendedor pocas palabras bastan, por eso la respuesta de Jesús pudiera parecer parca en palabras, pero es toda una invitación. ‘Venid y lo veréis’. No les dice Jesús que vengan y lo escuchen que El se lo va a explicar muy bien. Jesús invita a estar con El.

¿Cuál fue la experiencia que vivieron aquellos dos primeros discípulos cuando se fueron con Jesús aquella tarde? No dice nada el evangelio de lo que allí sucedió, de lo que allí vieron o allí escucharan, simplemente nos dice que a la mañana siguiente – y no es cuestión de cronologías – ya ellos estaban anunciando que habían encontrado al Mesías. ¿Una noche de silencio? Fue mucho más, fue una noche de vida, de experiencia, de encuentro, estar con…

Necesitamos también nosotros noches de silencio, necesitamos noches de encuentro, necesitamos noches de vida. Que ya sabemos que no lo reducimos ni a una noche, ni a unas horas, ni a un día. Cada uno tiene su tiempo, porque es descubrir la presencia y es sentir que esa presencia nos inunda, es sentir que la noche se vuelve luz y que el tiempo se convierte en eternidad.

Es, en una palabra, hacer Pascua de Dios en nosotros, sentir cómo Dios pasa por nuestra vida para que renazcamos a una nueva vida. Pero esto no lo podemos explicar con palabras, esto es algo que tenemos que llegar a vivir por nosotros mismos, esto lo vamos luego a reflejar en nueva vida. Esto es un don de Dios, pero que El quiere regalar a todos.

miércoles, 3 de enero de 2024

El Niño al que llamamos Jesús y que contemplamos y celebramos nacido en Belén es el Hijo de Dios, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y nos inunda con su Espíritu

 


El Niño al que llamamos Jesús y que contemplamos y celebramos nacido en Belén es el Hijo de Dios, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y  nos inunda con su Espíritu

1Juan 2, 29 – 3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34

‘Yo lo he visto, y he dado testimonio, soy testigo, lo que he visto y casi he palpado no lo puedo callar, diré siempre la verdad…’ Pueden parecer las palabras de cualquiera de nuestro entorno, que es recto y empieza por ser leal consigo mismo, que ha contemplado cualquier hecho o cualquier acontecimiento, un suceso que ha acaecido y que ha podido implicar a tantos, pero del que quizás muchos dan testimonios no tan convergentes, pero que quiere proclamar la verdad, dar testimonio de la verdad, de lo que él ha visto.

Lo que estamos diciendo nos sugiere multitud de acontecimientos, de hechos, de testimonios, que escuchamos todos los días, que damos nosotros mismos cuando en verdad queremos actuar con rectitud. Pero en lo dicho anteriormente solamente estoy refiriéndome a lo que es el evangelio en el que creemos, del que incluso estamos tomando palabras textuales, de lo que nos está hablando el evangelio de hoy.

Es el testimonio de Juan Bautista, pero es el testimonio que nos ofrece con lo escrito Juan el evangelista, aquel que estuvo tan cerca de Jesús, que se sentía amado de manera especial por Jesús, al que el resto de los discípulos llamará incluso el discípulo amado.

Por eso esa afirmación final que no parece como salida de los labios de Juan Bautista y que parecen ser mejor lo que Juan el Evangelista nos quiere reflejar con su evangelio. Si hoy casi al final de su primer capítulo nos hace esta afirmación ‘y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’ parece que en labios del Bautista, es lo que nos dirá al final de su evangelio que se ha escrito para que todos crean que Jesús es el Hijo de Dios.

Esta es la afirmación rotunda que se convierte en evangelio para nosotros, que es buena noticia para nosotros. Pero esta breve página del evangelio contiene otras afirmaciones rotundamente hermosas. Comienza señalando Juan el Bautista a Jesús como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. La imagen de san Juan bautista ya normalmente se nos representará con el Cordero de Dios en su mano o a sus pies, como recordarnos esta afirmación tan importante. Es el Cordero inmolado, que nos habían anunciado los profetas que sería llevado al matadero sin proferir balido alguno. Son las palabras que recoge repetidamente la liturgia para que así invoquemos a Jesús y que tenga piedad de nosotros. ‘Tú que quitas el pecado del mundo… tú que estás sentado a la derecha del Padre… ten piedad de nosotros… danos la paz…’

Pero también recordando estas palabras del Bautista así se nos presenta a Jesús a quien tenemos la dicha de comer para que tengamos vida eterna. Se hace comida y alimento por nosotros y nos invita a que con alegría participes de su banquete que es como antesala del cielo. ‘Dichosos los invitados a esta cena’. ¿O acaso seremos como aquellos invitados que rehusaron ir al banquete de bodas al que habían sido invitados? Nos lo tenemos que pensar, cual es la actitud con que nosotros venimos a la Eucaristía.

Pero todavía quiere decirnos algo más de Jesús. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él’. Reconoce que no lo conocía. ¿Se habrían encontrado, a pesar de ser primos, alguna vez que cuando ambos estaban en el seno de sus respectivas madres, y Juan saltó de alegría con la presencia de Jesús en el seno de María? Ahora lo señala como aquel sobre el que ha visto posarse sobre El al Espíritu Santo. Está haciéndonos referencia a la teofanía del momento del Bautismo de Jesús. Ahora nos anuncia Juan un nuevo bautismo; él ha bautizado con agua ‘para que sea manifestado a Israel’ Era el preparar los caminos del Señor, que era la misión del Bautista, el Precursor de los caminos del Señor. Pero ahora habrá un nuevo Bautismo, en el Espíritu. ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Es lo que nos está señalando Juan acerca de Jesús.

Una página del evangelio de profundo sentido teológico; una página que nos ayuda a conocer a Jesús; una página que nos está señalando que aquel Niño que hemos visto nacer en Belén, como en estos días celebramos, es mucho más, es el Hijo de Dios, es el Cordero de Dios que nos quita el pecado – para eso se ha inmolado como Cordero en la Cruz, y es el que nos va a llenar del Espíritu Santo para inundarnos de una vida nueva. Hoy es el día del santo Nombre de Jesús, por quien invocándolo obtenemos la salvación.

domingo, 15 de enero de 2023

Vamos a seguir los pasos de Jesús, escuchar su Palabra y empaparnos de su Espíritu en lo que tiene que ser el camino de cada día de todo cristiano

 


Vamos a seguir los pasos de Jesús, escuchar su Palabra y empaparnos de su Espíritu en lo que tiene que ser el camino de cada día de todo cristiano

 Isaías 49, 3. 5-6; Sal 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34

‘¿Quién decís vosotros que soy yo?’, será una pregunta que un día  hará Jesús a sus discípulos allá junto a las fuentes del Jordán. Ahora en las orillas de ese mismo río Jordán, ya mas cerca quizá de su desembocadura en el mar Muerto, alguien nos va a decir quien es Jesús.

Allí en la cercanía del desierto para significar mejor lo que había de ser el preparar los caminos del Señor – en el desierto hay que ir abriéndose caminos – Juan Bautista era la voz que anunciaba la llegada del Mesías y cómo había que preparar sus caminos con la conversión y en el significado de aquel baño en las aguas del Jordán como un bautismo purificatorio.

Allí mismo se había abierto el cielo, como escuchábamos el pasado domingo, cuando Jesús se puso en la fila de los pecadores que iban a recibir el Bautismo de Juan. Ya lo escuchamos entonces la resistencia del Bautista a bautizar a Jesús cuando decía que era él quien había de ser bautizado por Jesús. Había tenido la revelación de que aquel sobre quien viera bajar el Espíritu en forma de paloma había de señalarlo con quien venía a bautizarnos con el Espíritu.  Entonces se había manifestado esa teofanía de Dios, escuchándose desde el cielo la voz que lo señalaba como el Hijo amado del Padre.

Si hasta entonces la misión de Juan era preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor que llegaba como Mesías Salvador, desde entonces la misión de Juan se transforma para ser el que da testimonio de quien es Jesús. Primero lo señala a sus discípulos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y ya algunos se irán tras Jesús porque quieren saber donde vive, porque quieren estar con Jesús; serán los primeros discípulos. Pero Juan sigue dando testimonio para señalar claramente que es el Hijo de Dios.

‘Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.

Es el testimonio que hoy escuchamos. Es como ponernos delante el titulo y el cartel hacia donde hemos de dirigirnos. Es el pórtico de este tiempo Ordinario que en la liturgia comenzamos a recorrer y celebrar desde que el domingo pasado se terminó el tiempo de la Navidad y la Epifanía. A partir de este momento siguiendo el relato del evangelista seguiremos los pasos de Jesús, su anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios que llega y que vamos a escuchar a lo largo del todo el evangelio y para lo que tenemos que prepararnos, se predicación primero por los pueblos y aldeas de Galilea, los signos que realiza, las parábolas que nos ofrece, los pasos que hemos de ir dando en nuestra subida a Jerusalén para vivir la Pascua con Jesús.

Por eso como centro de todo el año litúrgico tenemos la fiesta de la Pascua, para la que nos prepararemos con la Cuaresma y prolongaremos con los cincuenta días del tiempo pascual. Luego retomaremos de nuevo el tiempo Ordinario para continuar en el día a día viviendo el misterio de Cristo empapándonos de cada una de las páginas del evangelio.

Tenemos la ventaja de que se nos está diciendo claramente quien ese Jesús a quien vamos a escuchar y a quien vamos a seguir. Porque vamos a hacer camino con El. Cada año hacemos a través de la liturgia todo un recorrido por el Misterio de Cristo que significa hacer un camino. No es nuestro camino hecho a nuestra manera, aunque seamos nosotros los que tenemos que ir dando los pasos. Es el camino de Jesús, es Jesús mismo porque El es el camino y la verdad y la vida.

Ya desde este primer momento vamos a abrir nuestro corazón, vamos a disponernos con todo nuestro ser para escucharle y para seguirle. Haciendo silencio en nuestro corazón para solo escucharle a El, dejándonos conducir por su Espíritu que es quien no conduce, nos lleva a la vida, permitiendo que la Palabra caiga en lo más profundo de nuestro corazón al que queremos disponer como tierra buena para que de fruto al ciento por uno.

No viviremos ahora la intensidad de la fiesta que hemos vivido en Navidad y que con toda solemnidad retomaremos en la Pascua, pero sí tenemos que hacer fiesta cada domingo y cada día de nuestra vida porque siempre hemos de vivir en el gozo en el Señor. es el espíritu festivo que siempre han de tener nuestras celebraciones, es la alegría llena de esperanza que no puede faltar nunca en el corazón de cada cristiano, es lo que queremos vivir cuando cada semana el día del Señor nos reunamos para celebrar el misterio pascual de Cristo.

miércoles, 4 de enero de 2023

Qué buscamos muchas veces cuando también nosotros nos ponemos en camino, cuando nos acercamos a algo o alguien, vayamos tras Jesús y encontraremos respuesta

 


Qué buscamos muchas veces cuando también nosotros nos ponemos en camino, cuando nos acercamos a algo o alguien, vayamos tras Jesús y encontraremos respuesta

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42

Cuando entramos en comunicación con alguien del que poco sabemos y con el que vemos la posibilidad de entrar en amistad suelen ser las diversas preguntas que se cruzan entre una y otra parte en ese deseo y curiosidad, por qué no decirlo, de conocer, de saber del otro. ¿De dónde eres? Es una de las preguntas que siempre está a mano, puede o no marcar la diferencia y las características de la persona, porque en fin de cuentas somos hijos de nuestro pueblo, pero de alguna manera es un dato que queremos conocer.

No iban ser menos aquellos dos discípulos de Juan que se fueron tras Jesús cuando Juan lo señala como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El interés que ahora muestran por Jesús lleva algo hondo en sus espíritus, pues no en vano habían venido a escuchar a Juan, en la orilla del Jordán, porque inquietud había en sus corazones ante la palabra que Juan pronunciaba. Tras lo que señala Juan quieren conocer algo más, quieren saber más, por eso en su inquietud se van tras Jesús y surge la tan socorrida pregunta.

Claro que entonces la pregunta había ido precedida por otra de no menor calado. Cuando Jesús siente que hay quien le sigue de cerca, aunque aun no se atreven a acercarse del todo y entablar alguna conversación, es el que volviéndose a ellos les pregunta. ‘¿Qué buscáis?’

Qué buscamos muchas veces cuando también nosotros nos ponemos en camino, cuando nos acercamos a algo o alguien, cuando nos ponemos a dar vueltas y vueltas y ya no se trata solo de caminos por algunos lugares, sino más bien muchas veces dentro de nosotros porque hay algo que nos inquieta, algo que nos llama la atención, algo que nos hace hacernos preguntas, algo que nos hace quedarnos como extasiados por tantas vueltas que le damos a las cosas en la cabeza que al final no sabemos ni donde estamos.

Nos hacemos preguntas, porque buscamos un sentido para las cosas que suceden; nos hacemos preguntas porque parece en ocasiones que andamos desorientados; nos hacemos preguntas, porque hay cosas que nos llegan al corazón, o que surgen desde lo  hondo del corazón sin saber por qué; nos hacemos preguntas, porque la actitud, el compromiso, la dedicación y entusiasmo de alguien cercano a nosotros nos hace sentirnos contradictorios dentro de nosotros mismos que nos parece que no seriamos capaces de hacer lo mismo o nos hace preguntarnos si nosotros somos capaces de hacer lo mismo; nos hacemos preguntas… ¿qué buscamos?

Son importantes en la vida esas preguntas y no tenemos que rehuirlas, aunque a veces nos dé miedo el compromiso al que nos podría llevar su respuesta. Está por medio el sentido de una vida, está por medio una llamada y una vocación que podemos sentir, está por medio lo que nosotros queremos hacer con la vida, está por medio ese mundo que también parece que nos está llamando, un mundo que nos puede arrastrar por derroteros de rutina o de simplemente ‘vivir la vida’ como tantos en el mundo sin mayor preocupación, o nos está llamando porque sentimos que hay algo nuevo que nosotros podemos construir en él.

Jesús les preguntaba qué es lo que buscaban y ellos como a tropezones o mordiéndose la lengua porque no sabían qué decir, simplemente le preguntan de donde es, donde vive. Realmente es mucho más la pregunta que ellos quieren hacer a Jesús pero como nos sucede tantas veces no sabemos ni qué decir, ni qué es lo que realmente buscamos, qué es lo que queremos.

La respuesta de Jesús es sencilla. ‘Venid y lo veréis’. Y se fueron con El y con El estuvieron aquel día o aquella tarde. Más tarde siempre recordarán que sería como las cuatro de la tarde la hora de aquel encuentro que tan decisivo iba a ser en sus vidas. Ahora ellos buscan y quieren saber donde vive Jesús, o algo más de la vida de Jesús, pero será un día Jesús el que los llame y los invite a seguirle. Ellos entonces no tuvieron miedo, estarían temerosos como es normal, pero tomaron la decisión de ir con Jesús para ver donde vivía, para ver cómo vivía. Andrés ya podría más tarde decirle a su hermano Simón que habían encontrado al Mesías.

Y nosotros, ¿qué preguntamos? ¿Qué buscamos? ¿Estaríamos dispuestos a irnos con Jesús?

martes, 3 de enero de 2023

Una invitación a un reconocimiento de quien es ese niño que hemos visto nacer en Belén y para que emprendamos un camino de humildad reconociendo el valor de los demás

 


Una invitación a un reconocimiento de quien es ese niño que hemos visto nacer en Belén y para que emprendamos un camino de humildad reconociendo el valor de los demás

1Juan 2, 29 – 3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34

En la vida muchas veces somos desconfiados. Una desconfianza que puede nacer dentro de nosotros quizás desde diferentes motivos; quizás habíamos puesto la confianza en algo o en alguien y nos falló, se volvió contra nosotros quizás cuando más necesitábamos de su lealtad, podríamos decir que nos han dado motivos; pero también nos surge la desconfianza desde nosotros mismos, porque en nuestro orgullo queremos estar siempre en el candelero, como se suele decir, y puede venir alguien que nos haga sombra, que ocupe nuestro lugar, y muchas veces sin que ni siquiera esto suceda, ya andamos con nuestra desconfianza porque de alguna manera nosotros andaríamos con las mismas, convertimos demasiado la vida en una lucha a muerte entre unos y otros, no terminamos de entender que cada uno tiene su lugar y que cada uno ha de aportar según los que sean sus valores y sus cualidades.

Juan el Bautista, aunque había optado por una vida austera y de penitencia, viviendo en el desierto, viviendo pobremente y no queriendo necesitar de nada para su vida, pues le bastaban unos saltamontes o miel silvestre para su alimento, sin embargo había ido alcanzando cierta notoriedad. Su palabra era valiente para aquellos que se acercaban a El para escucharle y había comprendido bien cuál era su misión. Allá invitaba a la gente a la conversión para preparar los caminos del Señor y había cogido fama de profeta, de Jerusalén habían venido incluso a preguntarle si era profeta o si acaso él era el Mesías, pero sabía ocupar su lugar.

Era un hombre de Dios, un hombre que abría su corazón a Dios y sabía escucharle allá en lo más hondo de sí mismo. Sabe cual es su misión y no tiene miedo que nadie le haga sombra. Como hombre lleno del Espíritu de Dios era humilde y sabía bien que solo era la voz que clama en el desierto.

Hoy nos da testimonio de Jesús y lo hace claramente. No solo lo señala como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ – esta palabra hará, como veremos en otro momento, que inclusos sus discípulos comiencen a irse con aquel que ha señalado como el Cordero de Dios – sino que además ha sentido en lo más hondo de si mismo el Espíritu de Dios que le decía a quien tenía que reconocer en verdad como el Mesías. Juan da testimonio. ‘Este es aquel de quien yo dijo: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’.

‘Está por delante de mí, porque existía antes que yo’. Como hombre había nacido seis meses después de Juan, pero Juan reconoce la divinidad de Jesús ‘porque existía antes que yo’. Así terminará proclamándolo. ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.

Juan, como decíamos era un hombre abierto a Dios y con humildad. En su corazón había sabido quien era Jesús, aunque como decía no lo conocía. El sabía solamente cual era su función, había salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. Era lo que Juan estaba realizando allí en el desierto y manifestándolo a todos aquellos que llegaban a escucharle. Era una invitación para que reconocieran a Jesús, aunque luego más tarde, quizás ante las dudas de sus propios discípulos, enviará a preguntarle si era El en verdad quien había de venir o tenían que esperar a otro.

‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Ha sido ya el momento del Bautismo de Jesús, aunque nosotros todavía lo celebremos el próximo domingo, pero ahora Juan da testimonio de lo que allí vivió. Sobre Jesús había visto bajar del cielo el Espíritu en forma de paloma. Y ahora da testimonio, dando paso así a la misión de Jesús.

Un texto del evangelio que estamos meditando y que es una invitación a una confesión de nuestra fe en Jesús. Pero un texto que nos enseña para la vida la humildad de Juan para que sepamos dar paso también a los demás en su función en la vida, para que no andemos con nuestros temores y desconfianzas, para que dejemos que también los demás resplandezcan, porque esa humildad del reconocimiento de los valores de los demás es camino para que en verdad, aunque humildes, seamos grandes.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

 


A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras de nuestro amor

Isaías 45, 6c-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas 7, 19-23

Siempre hemos repetido hasta la saciedad aquel refrán de que ‘una imagen vale más que mil palabras’; de mil maneras, y valga la redundancia, hemos cuidado lo de las imágenes; con ellas queremos trasmitir lo mejor, estamos convencidos de que convencen más que las palabras, en cualquier publicidad que se precie se tiene sumo cuidado en las imágenes que presentamos para que digan lo que no somos capaces de decir con palabras, y nosotros mismos también cuidamos la imagen, o sea que nos cuidamos de la apariencia que queramos dar, de la presentación que hacemos de nosotros mismos, hasta tenemos asesores de imagen.

Hacemos referencia a esto por lo que escuchamos hoy en el evangelio. Vienen los discípulos de Juan de parte de su maestro, el profeta que está en la cárcel de Herodes, para preguntarle a Jesús si es o no el Mesías, si es realmente quien tenía que venir o debían de esperar a otro. Pudiera parecernos extraño que sea Juan el que pida estas explicaciones a Jesús, cuando fue quien allá junto al Jordán lo señaló a sus discípulos como ‘el cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, y ya en aquel momento algunos se fueron tras Jesús.

Pero Juan seguía teniendo discípulos incondicionales, aquellos que le permanecieron fieles incluso cuando estaba en la cárcel encerrado por Herodes; serán los que después de decapitado irán a recoger su cuerpo para darle sepultura como el mismo evangelio nos dice. Seguro que en aquellos diálogos con sus discípulos tenían que salir las andanzas de Jesús, le contarían de su predicación y de sus milagros, de la gente que lo seguía y probablemente también, ¿por qué no?, de aquellos que también se estaban oponiendo a la Buena Nueva de Jesús. Quiere ahora Juan que sus discípulos palpen con sus propias manos, vean con sus propios ojos, escuchen directamente a Jesús y por eso los envía con aquella embajada.

En el evangelio vemos que Jesús no da respuesta directa sino que sigue con lo que está haciendo, enseñando a la gente y curando a cuando acudían a El con todo tipo de enfermedades. No sería un hecho momentáneo o de poco tiempo el que estuvieran los discípulos de Juan con Jesús; seguirían el camino de Jesús que marchaba de aldea en aldea, que recorría los caminos de Galilea, que predicaba en las sinagogas, junto al lago o en la ladera de la montaña, hasta que son enviados de nuevo hasta Juan. ‘Id y decidle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!’

Es la imagen de Jesús, es la imagen del Mesías, es la imagen de la salvación. Es la imagen que nosotros también hemos de dar. Es la imagen que nos lleva al encuentro con la Palabra, el Verbo de Dios en quien tenemos la salvación, al encuentro con Jesús.

El refrán se nos queda corto. Es cierto que tenemos que hablar y transmitir con la imagen, que es importante la imagen que nosotros demos de aquello que anunciamos, pero no olvidemos que es la Palabra la que tenemos que escuchar. ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle’, nos dice la voz del Padre desde lo alto en el Tabor.  Es en quien tenemos que centrar nuestra vida, porque sin esa presencia de Jesús de nada nos valdría todo lo que nosotros quisiéramos hacer. Si nuestras obras de amor tienen valor es porque están ancladas en la Palabra de Dios, ancladas en el amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta.

Algunas veces alguno dice lo importante son las cosas que hagamos, y tenemos que decir lo importante es lo que vivimos que se traducirá en obras, que manifestaremos como señales de esa salvación de Dios, de ese Reino de Dios, porque lo importante es que Dios sea en verdad el Señor de nuestra vida.  

Nuestro amor no es puro altruismo, sino que tiene que tener un fundamento más profundo, el amor de Dios. Por supuesto, luego eso se va a traducir en lo que vivimos, en lo que hacemos, y será la imagen hermosa que nosotros demos de lo que en verdad es el Reino de Dios. A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia que tenemos que dar al mundo.

martes, 4 de enero de 2022

Preguntas que responden a inquietudes, respuestas que nos pueden comprometer, dos discípulos valientes que se atreven y se ponen en camino

 


Preguntas que responden a inquietudes, respuestas que nos pueden comprometer, dos discípulos valientes que se atreven y se ponen en camino

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42

Habían escuchado la voz de Juan que lo señalaba. ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Y se habían ido tras Jesús con sus preguntas y sus búsquedas, con sus inquietudes y con unas esperanzas que parecía que comenzaban a renovarse en muchos, al menos ellos estaban llenos de esperanza. Por eso habían escuchado con atención.

Algunas veces oímos, pero no escuchamos. Oímos una palabra que pudiera inquietarnos, pero no la queremos escuchar dentro de nosotros mismos. ¿Tenemos miedo a que nos comprometa? Pues igual, sí. Y preferimos hacernos oídos sordos, o decir que eso ya lo sabíamos, pero aunque lo supiéramos no prestamos atención y aquello duró poco dentro de nosotros. es una palabra amiga, es un testimonio que se nos ofrece, es una amistad que llega a nuestro corazón, pero parece que no queremos prestar atención, no queremos darnos cuenta de que lo hemos oído, y por eso terminamos no escuchando, no atendiendo, no poniéndonos en camino, alejándonos de toda búsqueda y no nos importan los silencios que se produzcan en los oídos o en el corazón, no nos importa quedarnos con nuestra rutina, porque lo otro, lo de escuchar, nos podría comprometer. Es en tantas cosas de la vida que andamos así, muchas veces parece que vamos a la huida, para no enterarnos, para no complicarnos.

Pero aquellos dos discípulos del Bautista, prestaron atención. Con interés habían venido desde la lejana Galilea hasta la orillas del Jordán, allá en las cercanías de los desiertos de Judea, porque eran hombres inquietos, porque había interrogantes en sus vidas, porque tenían esperanzas de algo nuevo que pudiera suceder, porque lo que se oía de Juan parecía nuevo e interesante; parecía que un nuevo profeta había aparecido de nuevo en aquellas tierras, mejor en aquellos desiertos. Y habían quizá comenzado a aprender a escuchar con el Bautista, por eso ahora dan un paso al frente, un paso adelante y se van detrás de aquel del que les han dicho que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

¿Y si era en verdad el Mesías que todos estaban esperando? Lo mejor era seguir sus pasos, ponerse ellos también a indagar para conocer, saber dónde vivía y cómo era su vida para entender si sus palabras eran ciertas y veraces. Por eso se fueron parecía primero espiando, pero luego preguntando. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’

‘Venid y lo veréis’, y se fueron con El. Ver dónde vivía Jesús era mucho más que buscar un lugar. La pregunta entraña algo más profundo, como tantas preguntas que en lo hondo del corazón seguimos muchas veces arrastrando porque no nos atrevemos a decir en voz alta.

Hay cosas que nos parecen indescifrables y a veces nos quedamos sin preguntar, por miedo quizá a que no vayamos a entender. Hay preguntas que resultan comprometedoras porque pueden manifestar una inquietud que hay en el corazón y hasta nos da vergüenza manifestarlo delante de los demás. Hay preguntas a las que les tenemos miedo porque pueden desenmascarar nuestra ignorancia y eso no queremos dar a entender cuando tantas veces nos hemos querido manifestar como muy seguros. Hay preguntas que nos callamos quizá porque sabemos que sus respuestas nos van a comprometer, porque después de saber la respuesta alguna nueva señal tendríamos que dar.

¡No tengamos miedo a las preguntas que llevemos dentro! No tengamos miedo a las posibles respuestas. No tengamos miedo a que unas y otras nos hagan movernos, ponernos en camino, cambiar muchas cosas en nuestro interior, dar una nueva imagen de nosotros mismos. Preguntemos y escuchemos. Jesús es la Palabra de la Verdad y es la Palabra de la Vida.

lunes, 3 de enero de 2022

No le caben a Juan los gozos en el corazón de lo que ha experimentado con la presencia de Jesús y no puede callar que es el Hijo de Dios, no lo callemos nosotros tampoco

 


No le caben a Juan los gozos en el corazón de lo que ha experimentado con la presencia de Jesús y no puede callar que es el Hijo de Dios, no lo callemos nosotros tampoco

1Juan 2, 29 – 3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34

‘Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel…’ Es el testimonio de Juan Bautista que venimos recordando continuamente estos día, un testimonio que va ‘in crescendo’ en los textos que nos va ofreciendo la liturgia de estos días finales de Navidad. Para eso ha venido él, como Precursor, como la voz que grita en el desierto, como el que prepara los caminos del Señor.

‘Con vosotros está y no lo conocéis’, dirá en otra ocasión. Hoy nos puede decir ya que él sabe quien es. Ha recibido una revelación en su corazón, no en vano ha venido como profeta precursor, como profeta que prepara los caminos, aunque en su humildad el se considere poca cosa. Pero de alguna manera había sido ungido con la presencia de Jesús cuando la visita de María a Isabel en la montaña, porque solo oírse la voz de María había comenzado a saltar de alegría en el seno de su madre.

Ahora se le ha revelado que aquel sobre quien vea bajar el Espíritu, será el que viene a bautizar con Espíritu Santo y fuego, con lo que se diferenciaría el bautismo de Juan. ‘Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y Juan da testimonio.

Por eso lo había señalado. ‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’. Y terminará diciéndonos en su testimonio que es el Hijo de Dios.  ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’. Había sido testigo de la teofanía del Jordán. Como escucharemos ya más detalle el próximo domingo cuando celebremos el Bautismo de Jesús, había venido, se había puesto en la fila de los que iban a ser bautizados, Juan lo había reconocido y en principio se había querido negar a bautizarlo, porque decía que quien tenia que ser bautizado era él, pero en la insistencia de Jesús lo había hecho. Pero allí se había manifestado la gloria del Señor. El Espíritu bajó sobre Jesús, como escucharemos próximamente y la voz del cielo lo había señalado. Por eso Juan ahora podía dar testimonio ‘he dado testimonio que es el Hijo de Dios’.

Qué hermoso que en tan pocos renglones se nos de un testimonio y una definición tan completa de Jesús, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que viene a bautizarnos en el Espíritu, el Hijo de Dios verdadero, a quien hemos de escuchar y seguir. Por eso en la continuación de la lectura del evangelio veremos que ya algunos discípulos de Juan se van con Jesús. Será momento para otra reflexión. Hoy nos toca profundizar en lo que hemos escuchado, confesar también nuestra fe en Jesús.

Pero recordar con lo que también hemos escuchado en la carta de san Juan cómo al ser bautizados nosotros en el Espíritu nos hemos convertido también en partícipes de la vida divina que nos hace a nosotros también hijos de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifiesta, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es’.

Nos quedará contemplar otros momentos y otros textos del Evangelio en estos pocos días que nos restan ya de la celebración de la Navidad y próximamente de la Epifanía del Señor. Pero quizá nos quede preguntarnos dónde está el testimonio que nosotros igual que Juan estamos dando. Juan no se lo calló para él lo que estaba viviendo y experimentando en sí mismo de esa presencia de Dios. Desde esa experiencia de estar bautizados en el Espíritu que nos hace hijos de Dios tenemos que hacer partícipes con gozo a los demás de esta dicha que podemos vivir. ¡Qué amor más grande nos ha tenido Dios para llamarnos y hacernos sus hijos! Creo que todavía no hemos saboreado lo suficiente esta gracia del Señor. Tenemos que repetírnoslo una y otra vez hasta que sintamos esa convicción profunda dentro de nosotros y nos sintamos inundados por la alegría de Dios.