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jueves, 24 de septiembre de 2026

Que no sea solo una curiosidad morbosa por la que buscamos a Jesús sino dejémonos sorprender por lo que El quiere ofrecernos aunque rompa nuestros planes

 


Que no sea solo una curiosidad morbosa por la que buscamos a Jesús sino dejémonos sorprender por lo que El quiere ofrecernos aunque rompa nuestros planes

Eclesiastés 1, 2-11; Salmo 89; Lucas 9, 7-9

La curiosidad es parte del contexto humano en el que vivimos; queremos conocer, queremos saber, estamos al tanto de lo que sucede, prestamos mucha atención a las novedades que nos van apareciendo en la vida, queremos estar a la última en las noticias. Sentimos curiosidad no solo por las cosas o los acontecimientos sino también por las personas de nuestro entorno, y si alguien distinto aparece pronto queremos saber de él e indagamos, o estamos atentos a lo que hace o a lo que dice para hacernos nuestras apreciaciones y juicios.

¿Es buena la curiosidad? Bien entendida y mientras no haya como una morbosidad en esos deseos nos abre a nuevos conocimientos o a nuevos encuentros, nos hace encontrar nuevas riquezas humanas y de alguna manera también es como una invitación a superarnos o a ser mejores; lo malo es cuando se mezclan las desconfianzas y nacen los recelos, las malas interpretaciones o los intentos de manipulación.

A lo largo del evangelio detectamos a muchos que sienten curiosidad por Jesús. ¿Qué les podía aportar aquel que aparecía como un profeta en medio del pueblo? Llamaban la atención los signos que realizaba, pero más aún para muchos sus palabras, sus enseñanzas, los nuevos planteamientos que hacía, la novedad que encontraban en aquella nueva manera de presentarse ante el pueblo. Las gentes vienen de todos los lugares o le salen al paso en los caminos porque quieren conocer a Jesús, en otros quizás su curiosidad sea interesada porque buscan el milagro o la solución fácil a sus problemas, muchos se sienten inquietos con aquella nueva manera de proceder.

Le busca el centurión porque tiene un criado enfermo, la mujer de las hemorragias se cuela entre la gente para poder llegar siquiera a tocar la orla de su manto, Zaqueo se sube a la higuera porque no quiere dar la cara pero siente curiosidad por conocer a Jesús, le busca Nicodemo en la noche porque muchas cosas oscuras tiene dentro de sí y solo en Jesús encontrará claridad, le buscan los enfermos o los que desde su pobreza no saben a quien acudir, le buscan las madres para que bendiga a sus hijos, le buscan los dirigentes del pueblo y de la religión de su tiempo a ver en que puede fallar para tener de qué acusarle y poderlo quitar de en medio porque ya se está convirtiendo en un estorbo para sus intereses y sus manipulaciones, le busca Herodes porque quizás siente remordimiento por lo que ha hecho al eliminar al Bautista o porque quiere poco menos que un circo que los entretenga entre sus juegos palaciegos.

Y nosotros, ¿buscamos a Jesús? ¿Cuáles pueden ser nuestros intereses o nuestras intenciones? ¿Habrán algunas sombras que necesitan alguna luz, algún peso en el corazón del que necesitamos ser liberados? ¿Estaremos ciertamente buscando un camino y nos encontramos desorientados en la vida? ¿buscamos una tranquilidad, que no una paz del corazón, que nos haga sentirnos bien porque ya estamos cumpliendo con lo que nos parece que es lo que tendríamos que hacer?

Pueden parecer preguntas un tanto descabelladas pero es lo que nos interroga por dentro cuando hoy hemos visto en el evangelio que Herodes también tenía curiosidad por conocer a Jesús. En algún momento alguien vendrá a decirle a Jesús que Herodes lo anda buscando, hoy le vemos quizás revolverse por los pasillos de su palacio cuando ha oído hablar de lo que hace y dice Jesús y recuerda lo que en su cobardía había hecho con Juan el Bautista.

No puede ser, desde luego, una curiosidad como quien busca un espectáculo para entretenernos aunque algunas veces hayamos convertido nuestra religiosidad en algo así; no puede ser una calma y una tranquilidad que surja solamente desde unos cumplimientos; no podemos buscar a Jesús como al taumaturgo que de manera milagrosa nos saque de nuestros apuros y nos dé solucionadas las cosas; no puede ser un arrorró o canción de cuna que nos adormece y nos evita complicaciones y compromisos; no puede ser el buscarle porque ahora está como de moda y todo el mundo habla de él como nos sucede tantas veces en la manera de escuchar a nuestros pastores e incluso al Papa.

¿Por qué y cómo buscamos a Jesús? Es una pregunta seria que hemos de hacernos para ver realmente cuales son nuestras motivaciones, porque algunas veces buscamos solamente satisfacer unos intereses. No es solamente lo que yo quiera encontrar en Jesús sino la apertura de nuestro corazón para dejarnos sorprender por lo que Jesús quiere ofrecernos.


lunes, 24 de agosto de 2026

Son muchos los que andan en caminos oscuros y necesitan escuchar la invitación de Felipe a Natanael ‘ven y lo verás’ para llegar a la experiencia de Jesús

 

Son muchos los que andan en caminos oscuros y necesitan escuchar la invitación de Felipe a Natanael ‘ven y lo verás’ para llegar a la experiencia de Jesús

Apocalipsis 21, 9b -14; Salmo 144;  Juan 1, 45-51

Alguna vez habremos discutido con alguien cuando ha querido mostrarnos algo que ha sucedido o él ha experimentado pero que a nosotros nos parece algo insólito y difícil de aceptar por lo que nosotros nos hemos negado a aceptarlo por muchas que fueran las razones que el amigo nos ofreciera para que le creyéramos; quizás el amigo cansado ante nuestras negativas, porque él además está muy convencido de la experiencia que ha vivido, ha terminado por decirnos, pues ven para que lo veas por ti mismo y te convenzas. ¿Llegaremos a ir aunque solo fuera por quitarnos de encima tal insistencia y tanta presión?

Algo así es lo que nos está contando hoy el evangelio. Estamos en aquellos primeros momentos de la predicación de Jesús donde se está dando a conocer a haciendo el anuncio de conversión para aceptar la buena noticia del Reino de Dios. Algunos han comenzado ya a seguirle de cerca, otros han venido atraídos por las invitaciones que han recibido y en el caso de Felipe ha escuchado la llamada de Jesús y se ha ido con El. Ha sido una experiencia impactante en su vida; ahora no puede hacer otra cosa sino estar hablando de lo que él ha vivido; se ha tropezado con su amigo Natanael y le anuncia que han encontrado a aquel del quien habla Moisés en la ley y los profetas, y le señala a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.

No está viendo las cosas claras Natanael, aunque se ve que es un hombre que conoce las Escrituras. Si Felipe le habla de que han encontrado al Mesías, ¿cómo va a ser simplemente el hijo de José, el carpintero, y además de ese pueblito de Nazaret? Es la reacción normal que siempre se tiene ante las cosas que nos puedan venir del pueblo de al lado – siempre nuestro pueblo será mejor como tantas veces nos sucede en nuestra vida pueblerina de cada día – pero además le parece inverosímil que suceda algo así sin que haya habido unos signos y señales venidos del cielo.

Ya a Felipe no le quedan más argumentos para convencerlo. Cansado de tanta réplica simplemente le dirá ‘Ven y verás’. Nos está diciendo algo con gran sabiduría Felipe porque el aceptar o no aceptar a Jesús va mucho más allá de unos convencimientos por unos razonamientos. Cuando Natanael se encuentra con Jesús se sorprende por el saludo y la acogida que es valorar algo bueno que hay en la vida de Natanael. Jesús habla de su rectitud y de su madurez. ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Se sorprende el bueno de Natanael por lo que le replicará de qué lo conoce. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’. Y ya Natanael no puede más. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Es un reconocimiento de fe que ha partido solo de una experiencia de encuentro con Jesús.

No vamos ahora a ponernos a hacer consideraciones de lo que pudiera significar o no esta frase de Jesús. Lo importante es que Jesús nos ha mirado antes de que nosotros quisiéramos ir a El. Nos conoce y quiere contar con nosotros, solamente tenemos que dejarnos mirar por Jesús, pero con sinceridad, con humildad, con apertura de corazón. No podemos poner vallas en nuestro alrededor, no podemos crear abismos de distancias, no podemos ocultarnos tras las hojas de la higuera, Jesús pasa nuestro lado y nos mira, y nos llama, y nosotros tenemos que abrir los oídos de nuestro corazón para escucharle, y nosotros tenemos que dejarnos conducir por aquellos que quieren llevarnos a Jesús.

Como ahora ha estado haciendo Felipe, como veremos en otra ocasión del evangelio en que los que están a nuestro lado en el camino nos estarán diciendo, vamos levántate que te llama, como aquel ciego del camino de Jericó. Lo que parecía que podían ser obstáculos – recordamos como querían hacerlo callar los gritos del ciego pidiendo compasión – sin embargo luego fueron los que lo ayudaron para que llegara a Jesús. Así nos sucede tantas veces. Porque necesitamos ir a tener esa experiencia del encuentro con Jesús. Aquel ciego que mencionábamos recobró la vista, a Natanael se le abrió un camino de luz porque terminó reconociendo a Jesús.

¿Qué podemos ofrecer de todo esto a los demás? ¿No tendremos que decir también ‘ven y verás’ para que otros vayan al encuentro con Jesús? Son tantos los que necesitan escuchar esa invitación.


jueves, 25 de septiembre de 2025

No nos basta decir que sabemos muchas cosas del evangelio e intentamos hacer lo que podemos; hace falta algo más que ‘buena voluntad’ para tener un encuentro vivo con Jesús

 


No nos basta decir que sabemos muchas cosas del evangelio e intentamos hacer lo que podemos; hace falta algo más que ‘buena voluntad’ para tener un encuentro vivo con Jesús

Ageo 1, 1-8; Salmo 149; Lucas 9, 7-9

A todos nos ha pasado de una forma o de otra; cosas que nos han pasado, palabras que hemos escuchado, accidentes que contemplamos en la vida, sueños perturbadores que en algún momento hemos tenido, personas con las que nos hemos encontrado o de las que hemos escuchado cosas que nos llaman la atención, se ha sembrado una inquietud en nuestro interior, nos hacemos preguntas a las que se nos hace difícil responder, la conciencia quizás comienza a ronronear en nuestro interior quizás por culpabilidades de cosas pasadas… pero ¿a final que ha significado eso en nuestra vida?

Podemos darle muchas respuestas, o acallarlo y dejarlo en lo más olvidado de nuestra conciencia para no tenerlo en cuenta, puede suceder que durante un tiempo no estemos tranquilos porque son cosas que no podemos quitar de nuestra cabeza, nos damos explicaciones que ni a nosotros nos convencen pero con las que queremos acallar esos gritos de nuestro interior, podemos echarlo todo al olvido y con el paso del tiempo aquello ha quedado como enterrado, pero quizás no hemos sabido dar un paso adelante para el que necesitábamos una valentía de la que nos parecía carecer, nos contentamos con ver las cosas de lejos pero no nos enfrentamos a ellas y la vida sigue rodando y rodando y seguimos igual, cuando quizás esas preguntas podían haber hecho si nos atrevíamos a dar respuesta a hacer algo que mejorara en lo más hondo de nosotros mismos.

Algo así se nos está planteando en el evangelio y quizás tendríamos que plantearnos cual es de verdad la actitud que tenemos ante el mismo evangelio, ante Jesús, y en el fondo todo lo que significaría nuestra religiosidad, nuestra relación con Dios, y en consecuencia nuestra vida que queremos llamarla vida cristiana. ¿Cuáles serían nuestras respuestas o las actitudes mantenemos sobre todo ello?

Partimos de las preguntas que se hacía Herodes ante lo que oía de Jesús. Eran cosas que le inquietaban. Se interrogaba y no sabía tampoco que respuesta dar. Le hablaban de Jesús, de su manera de actuar y de lo que enseñaba a la gente, de la respuesta que el pueblo estaba dando a aquella predicación de Jesús y los milagros que realizaba. En su mente se confundían muchas cosas. Un día había querido también escuchar a Juan a quien se decía que respetaba, pero influenciado por muchas cosas había terminado por degollarle. ¿Veía en peligro su poder? ¿Era incompatible lo que Juan enseñaba con la forma de vida de Herodes? La austeridad de Juan en el desierto hacía que estuviera muy distante con aquella vida de superficialidad, de lujos y de fiestas, de desenfreno e inmoralidades que se vivían en su palacio. Había también en su entorno quien quería quitarlo de en medio porque le molestaba lo que Juan denunciaba y enseñaba. Al final había pasado lo que tenía que pasar.

Ahora oye hablar de Jesús, de quien dicen que es un profeta, como los grandes profetas que ha habido en la historia de Israel; a él en su conciencia que le remuerde por lo que ha dicho le parece que Jesús es Juan que ha vuelto a la vida. Pero se seguían interponiendo los mismos obstáculos y aunque decía que tenía ganas de conocer a Jesús, nunca llegaría a un encuentro con El como para reconocerle como el Mesías y el Hijo de Dios.

Pero no nos quedamos en la consideración de lo sucedido con Herodes y sus inquietudes y sus relaciones frustradas tanto con el Bautista como con Jesús. Es que todo eso tenemos que verlo en nosotros mismos. Ante esos hechos que nos suceden en la vida y nos llenan de inquietud, ante esas palabras que escuchamos que tocan lo más hondo de nuestra conciencia, ante lo que vemos o escuchamos de la Iglesia, del evangelio que predica o del testimonio de tantos, ¿cuales son nuestras actitudes, nuestros deseos de búsqueda, las respuestas que vamos dando en la vida?

Porque muchas veces nos podemos poner a la distancia, para ver las cosas de lejos para no implicarnos, muchas veces nos hacemos oídos sordos o damos nuestras explicaciones que no son sino excusas, muchas queremos hacer nuestros arreglitos y como se suele decir ponemos una vela a Dios y otra al diablo, porque seguimos con nuestras rutinas o nuestras malas costumbres, seguimos dejándonos arrastrar ya sea por las pasiones o lo que salga en cada momento, pero no terminamos de dar el paso, no terminamos de abrir de verdad nuestros oídos para escuchar el evangelio, no terminamos de tener ese encuentro vivo con Jesús desde lo más hondo de nuestra vida.

Busquemos respuestas pero seamos valientes; dejémonos encontrar por la gracia, dejémonos encontrar por Jesús, dejemos que el Evangelio haga mella en nosotros, dejémonos iluminar por la luz.

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Jesús o del evangelio, que conocemos bien la Iglesia y que intentamos hacer lo que podemos; hace falta más que eso que llamamos ‘buena voluntad’, hacen falta decisiones firmes y valientes, hace falta abrir el corazón.

martes, 3 de junio de 2025

No nos olvidemos que somos testigos de la vida eterna, y los testigos no se pueden ocultar, proclamando con nuestra vida nuestra fe en Jesús para la vida eterna

 


No nos olvidemos que somos testigos de la vida eterna, y los testigos no se pueden ocultar, proclamando con nuestra vida nuestra fe en Jesús para la vida eterna

Hechos 20, 17-27; Salmo 67; Juan 17, 1-11a

Siempre las despedidas parece que tienen que estar llenas de tristeza. Las tomamos como un desgarro del corazón,  alguien a quien apreciamos que parece que cuando se despide porque va a haber una distancia física tiene que haber como un desgarro; por eso nos duelen las despedidas. Pero bien sabemos que quienes se aman de verdad en las despedidas se suelen tener palabras que reflejan una hermosa promesa; te llevaré siempre en mi corazón, solemos decir.

¿No será esto lo que nos está diciendo Jesús desde el amor que El nos tiene y desde la actitud que quiere despertar en nosotros? ‘Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’, nos dirá en otra ocasión en la víspera de la Ascensión. Pero además nos ha dejado múltiples signos de su presencia, porque siempre le hemos de tener en nuestro recuerdo, es más, siempre le hemos de sentir junto a nosotros, para eso nos deja la presencia de su Espíritu.

¿Qué son los sacramentos sino esos signos de su presencia en cada situación de nuestra vida? ‘Haced esto en conmemoración mía’, nos dice cuando tenemos que repetir la cena pascual para que aquel pan y aquel vino sea en verdad para nosotros nuestro alimento, nuestro Pan de vida, realmente su Cuerpo y su Sangre para que tengamos vida eterna.  Y en el momento del dolor y de la enfermedad estará junto a nosotros siendo nuestra fortaleza y nuestra salud; cuando nos sentimos abrumados por nuestros errores o porque aquello donde no hemos vivido con toda la intensidad necesaria su amor, se hace para nosotros perdón y salvación; en la vida de nuestro amor y de nuestra entrega nos estará diciendo que nuestro amor y la amistad que vivamos entre nosotros han de ser siempre signo del amor que El siente por su Iglesia, porque es a su manera como nosotros hemos de amar.

Pero hoy además nos dice algo muy hermoso. Nos habla de su glorificación, la hora de su gloria, la hora de la gloria de Dios. ¿En qué ha de consistir? Su gloria ha sido darnos a conocer a Dios. ‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.

La hora de la gloria de Dios que se nos manifiesta en Jesús que ha venido a traernos la vida eterna. Y ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. Es lo que nos ha comunicado Jesús. ‘Yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado’.

Es el camino por donde hemos de andar nosotros ahora. Pero no estamos solos, Cristo no nos deja, El siempre está presente en nosotros, nos da la fuerza de su Espíritu. Es lo que tenemos que vivir. Es lo que tenemos que saber trasmitir a los demás. No vamos llevando anuncios de nosotros mismos, con el testimonio de nuestra vida, de nuestra nueva forma de vivir la vida estamos queriendo llevar a los demás también a esa gloria de Dios. Que todos puedan conocer esa vida eterna, que todos puedan llegar a conocer a Dios. Y no valen solo palabras, son los hechos de nuestra vida los que han de manifestar ese conocimiento que Dios tenemos, ese camino que nos enseña Jesús, esa vida nueva, esta vida eterna, que hay en nosotros.

¿Estaremos en verdad dando testimonio de nuestra fe? Con lo que hacemos y con lo que vivimos ¿los demás podrán llegar a entender esa vida eterna que en Jesús nosotros hemos encontrado? ¿Nuestra vida se hace creíble? No olvidemos que somos testigos y los testigos no se pueden ocultar.

sábado, 17 de mayo de 2025

Vayamos dando pasos, creciendo en nuestra fe, abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús siempre todo el amor de Dios para contemplar la vida y el mundo con ojos nuevos

 


Vayamos dando pasos, creciendo en nuestra fe, abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús siempre todo el amor de Dios para contemplar la vida y el mundo con ojos nuevos

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Tenemos tantas veces las cosas delante de nosotros y no terminamos de verlas; algunas veces estamos en casa buscando algo que necesitamos, un papel, por ejemplo, que tiene mucha importancia para nosotros y revolvemos todo y no lo encontramos, aunque algunas veces lo tenemos delante pero nos pensamos que era otra cosa; pero no es cuestión solo de cosas sino de algo que nos afecta en lo más profundo de nosotros mismos porque de ahí depende cómo veamos la vida, pero no terminamos de entender; como se trata de personas, con las que queremos encontrarnos, que deseamos un amigo de verdad y no lo acabamos de encontrar, alguien que ocupe un lugar que nos pueda ayudar en una tarea que queremos emprender y no terminamos de ver la persona que sea capaz porque queremos poner tantos filtros, estamos poniendo tantas condiciones que al final todo nos parece confuso.

Los prejuicios que tengamos, las ideas preconcebidas, los filtros a trabes de los cuales veamos las cosas o las personas, las influencias que podamos recibir en muchas ocasiones interesadas, las turbulencias por las que podamos estar pasando por la vida nos llenan de confusión. Bien sabemos que un mar revuelto y agitado no nos deja ver el fondo y nos perdemos la belleza y hasta riqueza que podemos encontrar en los fondos marinos.

Nos pasa con lo que queremos hacer de nuestra sociedad que como suele decirse el árbol que está en primer término no nos deja ver el bosque; juzgamos y prejuzgamos a la sociedad en la que vivimos desde los prejuicios o ideas preconcebidas que tengamos o desde lo que algunos nos quieran presentar como una pantalla a través de la cual contemplemos el resto del cuadro; por la actitud o la postura de uno ya juzgamos el resto y estableces marcos generales en los que queremos meter a todos. Aunque contemplemos muchas cosas negativas en nuestro entorno o en ciertas personas de nuestro entorno ¿por eso vamos a decir que todos son iguales y que todo es negativo? Son los juicios que muchas veces nos hacemos.

Nos pasa en el camino de nuestra fe, el camino que nos lleve al conocimiento de Dios y a descubrir lo que son los valores del evangelio que hemos de vivir. Muchas veces tampoco terminamos de aclararnos. Y vienen explicaciones por acá por allá, unas veces interesadas, otras desde algún momento que hayamos vivido y que no ha tenido suficiente claridad y no terminamos de dar los pasos necesarios para ir al encuentro de Dios, o están también las rutinas en las que hemos envuelto la vida y nuestra experiencia religiosa que se convierten en un filtro que puede distorsionar la realidad del evangelio.

Los discípulos de Jesús andaban confusos. Habían seguido a Jesús, le habían escuchado y contemplado las obras que El  hacía, pero pesaba en su interior las ideas preconcebidas que tenían, la imagen que se habían hecho de la religión que ahora les costaba transformar desde la Buena Nueva que Jesús les proponía, se sentían confusos con Jesús mismo porque no terminaban de comprender todo lo que Jesús les decía y también les costaba llegar a Dios. No es tarea fácil el camino de conversión que Jesús pedía, donde tanto había que transformar para vestir ese vestido del hombre nuevo que Jesús nos proponía.

Por eso aún ahora andan haciéndose preguntas y preguntándole o pidiéndole a Jesús que les aclare algunas cosas. La referencia de Jesús era siempre el Padre, del que se sentía enviado y que hacía las obras del Padre, porque en fin de cuentas Jesús viene a ser ese rostro de la misericordia de Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le piden. Y es la respuesta de Jesús. ‘¿Tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis?’. Quien ha visto a Jesús ha visto al Padre. Pero quitemos esos filtros que tantas veces nos ponemos, aclaremos esas turbulencias que hay en nuestra vida para que podamos ver con claridad, para que entendamos de verdad lo que son las obras de Jesús.

‘Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre…’ Claramente nos lo dice Jesús. Y es tal la maravilla que poniendo toda nuestra fe podemos hacer nosotros también las obras de Dios. ‘Hará las obras que yo hago’.

Vayamos dando pasos, vayamos creciendo en nuestra fe, vayamos abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús contemplemos siempre todo el amor de Dios. Contemplaremos la vida y el mundo de forma distinta, veremos con ojos nuevos también a cuantos están a nuestro lado.

 

viernes, 25 de abril de 2025

No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

 


No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

Hechos, 4, 1-12; Sal.117; Jn. 21, 1-14

Es frustrante cuando nos hemos pasado un tiempo sacar adelante algo y al final no conseguimos nada; que intentemos hacer algo que pueda ser también de provecho para los demás y cuando vengan a pedirnos o preguntarnos tengamos que responder que no tenemos, que no lo hemos conseguido.

Así ha estado aquel grupo de viejos pescadores intentando pescar aquella noche y frustrante tenía que haber sido que alguien desde la orilla las preguntara si tenían pescado y responderle que no; como tantas otras veces también que habían salido a la faena de la pesca y al regresar con las barcas vacías las personas que se habían acercado a la orilla buscando ese pescado que necesitaban para la comida del día habían tenido que irse de vuelta con las manos vacías.

La situación ahora tenía un matiz especial. Aquellos antiguos pescadores eran los que un día lo habían dejado todo por seguir a Jesús. Con El habían estado hasta su muerte en Jerusalén que se habían convertido en momentos trágicos para todos. Por allí seguían con sus pesares y sus tristezas; como aquellos que se habían marchado a Emaús desconsolados aquella tarde de aquel primer día de la semana, porque aun no habían visto a Jesús resucitado, estos pescadores se habían venido a Galilea, porque las mujeres les habían dicho de parte de los ángeles o del mismo Jesús que decían que habían visto, les habían encargado que se vinieran a Galilea que allí le verían.

Aquella tarde noche, sin nada que hacer y con mucho desaliento en el corazón habían vuelto a coger sus barcas para salir a pescar. Se habían pasado la noche bregando, como tantas veces les sucediera antes, y no habían cogido nada. De ahí su frustración y respuesta seca ante el que le gritaba preguntando desde la orilla. Pero aquel para ellos entonces desconocido entre las brumas del amanecer les había dicho que echaran la red por el otro lado de la barca. ¿De lejos tendrían mejor visión para ver el cardume de peces y por eso les señalaba el lugar? Se fiaron, y la redada de peces fue grande, de manera que volverían a renacer los recuerdos de aquella ocasión que a petición de Jesús también habían lanzado la red.  

Pero sus ojos seguían oscurecidos. Pero en los ojos del amor comenzaba de nuevo algo a brillar. Será el discípulo, como nos dice el evangelista, que Jesús tanto amaba, el que le susurra a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. No fue necesario más para que Pedro se lanzara al agua tal como estaba para llegar lo más pronto al lado de su Señor, porque el arrastre de la red con los peces desde la barca le haría tardar más. Cuando llegaron todos a la orilla ya había sobre unas brasas un pescado que se estaba preparando para el almuerzo. Nadie ahora se atrevía a decir nada. Todos sabían que era Jesús.

 ¿Nos estará hablando este evangelio de nuestros desalientos y de nuestras frustraciones? ¿Nos estará recordando el vacío que produce dentro de nosotros cuando no tenemos a Jesús,  cuando se debilita nuestra fe, cuando perdemos la confianza y la esperanza, cuando nos queremos volver a nuestras cosas y a nuestra manera porque nos parece que ya no nos sirve esa fe y esa vida religiosa?

En la noche de la cena pascual Jesús nos recordaría que sin El nada podemos hacer, que el sarmiento tiene que estar siempre unido a la vid, a la cepa, al tronco para que tenga vida y pueda producir frutos. ¿Habremos querido nosotros algunas veces querer dar frutos sin estar unidos a la cepa que es Cristo? ¿No nos habrá sucedido alguna vez que incluso aquello que con tanta fe y tanto sentido comenzamos pronto se enfrió, o pronto se desvió de su auténtico sentido y al final nos sentimos vacíos y sin fruto bueno en nuestra vida?

Como Pedro tenemos que recordar que cuando aquella pesca milagrosa había dicho que lanzaba la red en el nombre de Jesús. ¿Estaremos haciéndolo de verdad en todo lo bueno que intentamos hacer y que muchas veces parece que no nos da fruto, no tenemos peces es nuestra red?

 

miércoles, 9 de abril de 2025

¿Somos esclavos o libres? En Jesús encontraremos un sentido nuevo y distinto de la vida, la Verdad que nos hará realmente libres

 


¿Somos esclavos o libres? En Jesús encontraremos un sentido nuevo y distinto de la vida, la Verdad que nos hará realmente libres

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52-56; Juan 8, 31-42

Es difícil hablar de esclavitud y de libertad. Todos hoy nos sentimos libres, es un don bien apreciado, no queremos sentirnos esclavos de nadie y porque decimos que somos libres hablamos o decimos lo que se nos ocurre, hacemos solamente aquello que nos apetezca o nos parece que es un bien para nosotros. Esclavitud como sujeción a una persona es algo que no soportamos. No entendemos, decimos, las esclavitudes habidas en otros tiempos y que realmente en la historia no hace tanto tiempo que han sido abolidas del todo. Cuando vemos imágenes o leemos algo en la historia o la literatura de esto, nos cuesta quizás entender que alguien pudiera dominar a otra persona de la forma que lo hacia para hacerlo su esclavo. Pero cuidado que nos quedemos en una visión un tanto superficial.

Pero las esclavitudes y las libertades ¿solo van por esos caminos? ¿Eres capaz en un momento dado de decirte no a una cosa que apeteces o por lo que te sientes apasionado? ¿Estará faltando una libertad interior en ti mismo? Puede ser esto una manera de comenzar a pensar que esto es algo serio y no tan superficial.

Bueno algo así les estaba pasando a los judíos cuando escuchan las palabras de Jesús que hoy se nos ofrecen en el evangelio. Junto a Jesús había un pequeño grupo de los que comenzaban a creer en El a pesar de todo aquel movimiento en contra que se estaba desencadenando en Jerusalén y que terminarían en el prendimiento de Jesús. Y a aquellos que comienzan a creer en El Jesús viene a animarles y hacerlos comprender que con El iban a encontrar un verdadero sentido para sus vidas, iban a encontrarse con la Verdad y esa Verdad que Jesús les ofrecía les haría verdaderamente libres. ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’, les dice Jesús.

Es lo que ahora les cuesta entender y le replican que ellos nunca han sido esclavos de nadie. ¿Algo así como lo que decimos nosotros, seguimos diciendo hoy? ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo’, les replica Jesús. Es lo que les cuesta entender, lo que a nosotros nos cuesta entender.

Pecado, decimos, es una negación de Dios, pecado es hacer que otra cosa que no sea Dios lo convirtamos en dios de nuestra vida; y partimos de nosotros mismos cuando nos endiosamos con nuestro egoísmo e insolidaridad, o con nuestro orgullo y vanidad. ¿Nos creemos los más bonitos del mundo? ¿Nos creemos los únicos y los que nos sentimos por encima de todo y de todos? Es el pensar solo en nosotros mismos y cuando pensamos solo en nosotros mismos estamos destruyendo el amor en nuestra vida, no es capaz de abrirse a los demás, no es capaz de darse a los demás, no es capaz de pensar en el otro. ¿No será esto realmente una idolatría? Estamos negando a Dios, como decíamos, estamos sustituyendo a Dios por nuestro ego, nuestro capricho, nuestro orgullo, nuestra vanidad.

Y detrás vendrá como en una cascada una cantidad inmensa de cosas que convertimos en insustituibles en nuestra vida, en ídolos que nos esclavizan y nos dominan; pensemos en el materialismo de la vida y el dinero y la riqueza, pensemos en nuestros deseos de poder para desde nuestra superioridad dominar a los que nos rodean, pensemos en las pasiones que no podemos controlar sino que ellas nos controlan a nosotros empezando por la violencia o por los deseos de placer y de pasarlo bien cueste lo que cueste, sea como sea; mientras yo sea feliz, mientras yo me dé satisfacción a mi mismo, me dejo llevar por aquello que tira de mi y me está dominando porque no soy capaz de controlar y poner en orden.

Jesús viene a darnos un sentido nuevo y distinto de la vida, de lo que somos y de lo que tenemos, de nuestras relaciones con los demás y de lo que podemos hacer para que nuestro mundo sea mejor y entonces sí todos podamos ser más felices. Es la verdad que Jesús nos ofrece cuando nos habla del Reino de Dios, una verdad, como nos dice Jesús hoy, que nos hará libres.

Y esto, ya lo sabemos, es algo que nos cuesta entender y llevar a cabo. ¿Por qué? Porque no somos libres de verdad, porque no hemos llegado a entender lo que verdaderamente nos hace libres. ¿Tendríamos que pensar en el camino del amor?

viernes, 4 de abril de 2025

Necesitamos ahondar en el conocimiento de Jesús y en el misterio de Dios para que nuestra fe no sea ni un uniforme del que nos revestimos ni una fachada exterior

 


Necesitamos ahondar en el conocimiento de Jesús y en el misterio de Dios para que nuestra fe no sea ni un uniforme del que nos revestimos ni una fachada exterior

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Yo te conozco, yo sé de donde eres, conozco tu familia… así habremos dicho más de una vez queriendo ratificar, a nuestra manera, nuestro conocimiento de una persona. O le recordamos a la persona que sabemos de donde procede, porque de pequeño quizás sus padres vinieron a vivir en nuestro pueblo y ahora ya lo consideramos de aquí; o decimos al paso de unas personas que son extranjeros, que vienen de tal o cual país, o son unos emigrantes que se han buscado la manera de venirse a nuestra tierra buscándose un futuro, una vida mejor.

Pero ¿conocemos, solo por eso, de verdad a esas personas? ¿Qué sabemos de su manera de pensar, por ejemplo? ¿Cuáles son sus ilusiones o sus metas en su vida? ¿Qué es lo que hay detrás de esa fachada externa que es lo que nosotros vemos y por lo que estamos queriendo identificarlas? ¿Nos quedaremos solo en la fachada externa o algunas cosas que le hemos visto hacer? Nos tendría que hacer pensar para ver cuales son los criterios por los que juzgamos a las personas, qué es lo que realmente valoramos en esas personas, o qué están aportándonos quizás para nuestra propia vida.

Un planteamiento que nos vale para muchas cosas en la vida y en nuestras relaciones con los demás; un planteamiento también para el ámbito de nuestra fe. No nos podemos quedar en fachadas, tenemos que ir a algo hondo en nuestra vida; no es un vestido o un uniforme que nos ponemos por fuera, tiene que llegar a lo más hondo de nuestra vida; por eso el conocimiento que tenemos de Jesús es importante que se convierta en vida para nosotros.

En estos momentos en que prácticamente estamos a finales de la Cuaresma, muy cercana ya la Pascua, el evangelio nos va presentando aquella situación, podríamos decir, de enfrentamiento de aquellos que no querían aceptar a Jesús y que terminarían en su prendimiento y su muerte. Hoy nos habla el evangelio – quizás el texto no tiene tanta relación con la pascua pues hace referencia otra fiesta judía, pero de alguna manera con las mismas consecuencias – que Jesús se había quedado en Galilea mientras otros habían subido a Jerusalén para la fiesta de la tiendas; ya se rumoreaban los planes de prendimiento de Jesús y por eso le vemos que Jesús sube finalmente pero como en privado.

Sin embargo se lo van a encontrar por las calles de Jerusalén o en el templo y algunos se preguntarán si es que ya los dirigentes han aceptado a Jesús pues no han procedido a su prendimiento. Y es cuando Jesús hablando a los que estaban en su entorno nos habla del verdadero conocimiento que de El habría de tenerse y que era precisamente lo que no todos aceptaban.

‘Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado’.

No era solamente decir que era de Galilea y de allí procedía, o a lo más que había nacido en Belén, porque era de la familia de Judá, como nosotros celebramos en la Navidad, o que era el  hijo del carpintero y que sus familiares estaban allí en Nazaret y todos conocían. Eso eran circunstancias externas, podíamos decir, la pantalla exterior, como decía que era un profeta que había surgido en Galilea, donde principalmente había realizado su predicación y sus milagros.

Es mucho más lo que tenemos que reconocer en Jesús y que es lo que hoy nos está diciendo y ya lo hemos escuchado repetidamente nosotros estos días. ‘Yo no he venido por mi cuenta, sino que el verdadero es el que me envía’, nos dice Jesús hoy. Enviado del Padre que habla las palabras del Padre y que realiza las obras del Padre, como tantas veces nos ha dicho y nosotros habremos meditado en muchas ocasiones.

Es así cómo comprenderemos el misterio de Jesús. Es así como el Evangelio de Juan nos dirá que es la Palabra que estaba en Dios y que era Dios, palabra que puso su tienda entre nosotros, que por nosotros se encarnó para levantarnos a nosotros y hacernos a nosotros participes también de esa vida de Dios haciéndonos también hijos de Dios.

Es Emmanuel, Dios con nosotros, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación se encarnó por obra del Espíritu Santo en María Virgen y que por nosotros murió y resucitó como confesamos en el Credo. No podemos perder esa dimensión de nuestra fe porque es el principio de nuestra vida.

Es ahí donde tenemos que ahondar en el conocimiento del Misterio de Dios que en Jesús se nos manifiesta. ¿Ahondaremos lo suficiente en nuestra fe?

jueves, 26 de septiembre de 2024

Que no pesen en nosotros los miedos y las cobardías, que seamos capaces de dejarnos interrogar por Jesús y el evangelio para hacernos nuevos planteamientos

 


Que no pesen en nosotros los miedos y las cobardías, que seamos capaces de dejarnos interrogar por Jesús y el evangelio para hacernos nuevos planteamientos

Eclesiastés 1, 2-11; Salmo 89; Lucas 9, 7-9

Puede pasarnos alguna vez que algún acontecimiento que se produce en nuestro entorno nos produce una cierta inquietud, porque quizás no calibramos bien las consecuencias que tendrá y lo que nosotros pudiéramos vernos implicados, o quizás es una palabra que escuchamos, la actitud o la postura de una persona ante determinadas situaciones, los que nos pueden producir esa inquietud, plantearnos interrogantes sobre la vida, sobre lo que hacemos o sobre lo que va a suceder.

¿A quien no le inquietan los momentos que vivimos, ya sea en nuestra sociedad cercana donde no terminamos de entender por ejemplo a nuestros dirigentes ni a dónde nos llevan, o lo que esta sucediendo en nuestro mundo con tantos tambores de guerra que están sonando? Pero, como decíamos, quizás alguna vez simplemente es una persona que vemos actuar cerca de nosotros que nos hace preguntarnos de qué manera nosotros nos estamos implicando con la marcha de nuestra sociedad. Inquietudes de todo tipo pueden aparecernos muchas veces en la vida. ¿Cómo reaccionamos?

Me hace pensar en todas estas cosas y mucho más que podríamos seguir deduciendo en nuestra reflexión, lo que hoy escuchamos en el evangelio. Cuando escuchamos el evangelio no nos quedamos reducidos a aquel momento que en él se nos relatan, sino que pueden ser en verdad imagen donde veamos reflejada nuestra vida y nuestras problemáticas de hoy. Es la forma cómo tenemos que hacer que en el evangelio encontremos esa respuesta y esa luz para nuestra vida.

Herodes estaba oyendo hablar de aquel profeta de Galilea que allá por su territorio realizaba sus andanzas; a él llegan noticias de Jesús de Nazaret, claro que tendría sus medios de información como todo dirigente o todo político, porque cuanto sucediera en su reina a él le afectaba también. Y como nos dice el evangelista Herodes se pregunta quien es ese Jesús del que tanto oye hablar. Llegan diferentes versiones según también lo que eran las distintas opiniones que tenía la gente sobre Jesús. Ya sabemos que había quien lo rechazaba, no estaba de acuerdo con lo que hacía Jesús, pero mucha gente sencilla lo aclamaba.

¿Sería Juan el bautista que había vuelto a la vida? Y Herodes andaría inquieto puesto que había sido él quien lo había mandado matar. Pero le hablaban también de un profeta del que se decía que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego y que un día antes de la venida del Mesías haría de nuevo su aparición sobre la tierra; otros pensaban que Jesús era como alguno de aquellos grandes profetas de la antigüedad; no había concordancia y eso le hacía también estar inquieto a Herodes preguntándose por Jesús y queriendo conocerlo.

¿No se atrevería ahora porque podría echarle en cara, lo mismo que había hecho Juan Bautista a quien él también le gustaba escuchar, sobre la vida que llevaba? Algunas veces parece que queremos algo, pero mejor no menearlo por si acaso nos salga el tiro por la culata, como se suele decir, se vuelve en contra nuestra.

Toda esta reflexión también nos llevaría a nosotros a hacernos algunas preguntas. ¿Tendremos en verdad inquietud y verdaderos deseos de conocer a Jesús porque hay cosas que nos dice el evangelio que nos hace hacernos nuevos y distintos planteamientos? ¿O quizá andemos nosotros también reculando, no atreviéndonos a enfrentarnos con ese conocimiento y escucha de Jesús porque eso nos tendría que hacer tomar decisiones drásticas para nuestra vida? Muchas veces reculamos, muchas veces no queremos saber para no complicarnos, muchas veces quisiéramos cerrar ojos y oídos para no enterarnos. ¿Será que no nos tomamos tan en serio el mensaje del evangelio, el mensaje de Jesús? Muchas veces pesan en nosotros los miedos y las cobardías.

viernes, 3 de mayo de 2024

Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

 


Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

1Corintios 15, 1-8; Salmo 18; Juan 14, 6-14

‘Es que no te enteras’, nos decía alguien cuando tras habernos hablado de algo repetidas veces, nosotros seguíamos sin enterarnos. Nos lo habían contado, nos habían hablado y explicado de esa situación o de esa persona que querían que conociéramos, parecía que entendíamos, que había quizás hasta entusiasmo por aquello que nos decían, pero volvíamos con nuestras preguntas, no como para avanzar en el conocimiento, sino como si fuera la primera vez que nos hablaban de ello. No nos terminábamos de enterar. Lo que sí podemos ahora entender que quien nos explicaba las cosas se sintiera cansado de tantas preguntas nuestras en las que brillaba nuestra ignorancia.

¿Era algo así lo que sucedía en aquella ocasión con Jesús y sus discípulos? Ahora viene Felipe a preguntar o pedir a Jesús que le muestre al Padre del que tanto les está hablando. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces?’, le replica Jesús.

Felipe había sido de los primeros seguidores de Jesús. El evangelio de san Juan nos lo sitúa en aquellos primeros momentos en que se va formando el grupo de los que siguen a Jesús. Habían sido Andrés y Juan los que se habían ido tras Jesús tras señalarlo el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ le habían preguntado a Jesús y se habían ido con El. A la mañana siguiente ya Andrés entusiasmado corre a comunicárselo a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Más tarde será Felipe el que generosamente responde a la llamada de Jesús y tal es su entusiasmo que va a comunicarlo a su amigo Natanael, con quien incluso porfía, porque han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, y lo había convencido. Qué hermosa intercomunicación entre unos y otros para trasmitir lo que están viviendo.

Aparecerá Felipe en los doce a los que Jesús ha constituido Apóstoles que le acompañarán por todas partes y a quienes Jesús de manera especial va instruyendo. Lo veremos que lo hace en casa cuando regresan de sus caminos y actividades, lo hace aparte en sus desplazamientos de un lado para otro, se los llevará a lugares apartados para estar a solas con ellos, o aprovechará en ocasiones en que están casi fuera ya de los territorios de Galilea para con ellos tener mayores confidencias. En su subida a Jerusalén para la definitiva Pascua a ellos les va diciendo por el camino todo lo que había de suceder. Será a ellos de manera especial cuando les pide que les enseñe a orar a quien mostrará cual ha de ser el modelo de oración que además tiene una particularidad, hemos de comenzar siempre llamando a Dios Padre. Jesús en sus obras se manifestaba siempre como el enviado del Padre y el rostro más cercano de Dios Padre que nos ama y se muestra misericordioso con nosotros. Eran sus enseñanzas, eran sus parábolas, eran los signos que Jesús iba realizando.

Es ahora en la cena pascual, momentos de despedida y de últimas recomendaciones, momentos de desahogos y de mostrar toda la ternura que Jesús lleva en el corazón y que ahora en estos momentos previos a la pasión se desbordan cuando les está hablando con toda intensidad de la presencia del Padre en todo cuanto está sucediendo que será siempre buscando la gloria de Dios en el establecimiento de su reino. Pero, quizás envueltos en toda aquella incertidumbre de lo que había de suceder parece que sus mentes están embotadas y aun no terminan de entender.

‘Tanto tiempo con nosotros, ¿y aún no me conocéis?’, nos puede estar diciendo Jesús también a nosotros hoy. Decimos que creemos en El desde siempre, desde niños fuimos educados en esta fe y nos enseñaron a acercarnos a Jesús y recibir sus sacramentos, hemos escuchado domingo tras domingo la Palabra de Dios cuando hemos venido a la celebración dominical y cuantas veces más hemos venido a la celebración de la Eucaristía; cuantas reflexiones se nos han ofrecido a través de la predicación, de encuentros, de retiros, de momentos de formación, y aun parece que seguimos embotados porque no terminamos de despertar del todo.

Podemos escuchar esa queja de Jesús allá en lo hondo de nuestro espíritu. Despertemos, abramos los ojos, revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, contemplemos de verdad a Jesús en su pascua, en su pasión y en su muerte, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor, ojalá podemos contemplarlo eternamente en el cielo.

 

sábado, 27 de abril de 2024

Dejémonos iluminar por la luz de Jesús para disipar las dudas y tinieblas, metiéndonos en el corazón de Cristo para introducirnos de verdad en el misterio de Dios

 


Dejémonos iluminar por la luz de Jesús para disipar las dudas y tinieblas, metiéndonos en el corazón de Cristo para introducirnos de verdad en el misterio de Dios

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

No siempre nos es fácil conocer a las personas, no terminamos de conocerlas. Por muy amigos que seamos, por muy fuertes que sean las relaciones familiares o la convivencia que realicemos con esa persona, siempre hay algo en ella que no terminamos de captar, de conocer. Y estoy hay que reconocerlo con humildad aunque nos cueste, porque nos creemos muy autosuficientes y conocedores de todos, pero siempre hay algo en su interior, en el misterio de su vida que nos queda como velado. No significa que sea imposible o que eso nos impida entrar en relación con el otro, pero es una tarea, diríamos, que nunca se acaba, y que con respeto aceptamos y con respeto siempre nos acercamos al  otro.

Los discípulos llevaban mucho tiempo con Jesús desde que lo conocieron y un día sintieron la llamada de Jesús para estar con El. A ellos Jesús de manera especial se les manifestaba, los llevaba en muchas ocasiones a lugares lejos del barullo de la gente para que estuvieran con El y lo conocieran; a ellos de manera especial les explicaba lo que antes en parábolas les había dicho a las multitudes; Jesús les iba descubriendo su misterio, el misterio de Dios. Un día Jesús había de confiar en ellos para enviarlos por el mundo para hacer el anuncio de su buena nueva de salvación.

Pero también nos damos cuenta que en muchas ocasiones los discípulos no terminaban de entender lo que Jesús les decía; por mucho que les hablara del servicio como sentido de sus vida, ellos seguían pensando en grandezas y quien era el que iba a ocupar el lugar más importante en aquel Reino que Jesús estaba anunciando: significaba que ni acababan de conocer a Jesús ni de entender el sentido del Reino de Dios anunciado por Jesús.

Y Jesús con paciencia les explica una y otra vez. Así les había sucedido en los anuncios que hacía del sentido de su subida a Jerusalén que cuando hablaba de pasión y de muerte, porque sería entregado en manos de los gentiles, querían quitarle esas ideas de la cabeza. Ya vemos lo que luego sucedería cuando llegara ese momento, se dispersaron, huyeron y se escondieron.

No nos extrañe lo que hoy nos dice el evangelio. Estamos ya en los momentos cruciales y decisivos, donde va a comenzar la pasión. Es en aquel dialogo de Jesús con ellos después de la cena pascual antes de irse a Getsemaní. Jesús les está revelando el misterio más hondo de su ser, cuando les habla de su unión con el Padre, porque el Padre y El son una misma cosa. Pero no entienden. Les había hablado de Dios y les había enseñado a llamar Padre a Dios, pero ahora nos vienen a decir que aun no conocen a Dios, que aun no conocen al Padre del que Jesús les está hablando.

‘Muestranos al Padre y será suficiente’, le dice Felipe a Jesús. Y es cuando Jesús reacción. ‘Tanto tiempo con vosotros ¿y aún no me conocéis? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú, muéstranos al padre?’. Y seguían sin entender.

El era el Verbo, la Palabra de Dios por quien todo nos ha sido revelado, como nos diría san Juan desde el principio del Evangelio. Era la Palabra que se convertía en luz para nuestra vida. Era la Palabra que nos revelaba el misterio de Dios y por quien conoceríamos a Dios. Era el rostro de misericordia de Dios que se manifestaba en las obras de Jesús. ‘Creed en mis obras’, viene a decirles, contemplad mis obras y contemplaréis a Dios.

Pero la tiniebla seguía oscureciendo sus mentes. La tiniebla quería ocultar la luz, y ellos no terminaban de salir de esas tinieblas; nosotros, tenemos que reconocer, no terminamos de salir de esas tinieblas. Y por eso nos vienen las dudas y los miedos, por eso seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, por eso no terminamos de abrirnos al misterio de Dios, de abrir nuestro corazón a los caminos del amor.

¿Dejaremos un día iluminarnos por su luz? ¿Llegaremos a meternos en el corazón de Cristo para introducirnos totalmente en el misterio de Dios?

martes, 23 de abril de 2024

Vaciemos nuestra mente de ideas preconcebidas y tengamos un corazón disponible para seguir la senda que el Espíritu nos traza para nosotros hoy

 


Vaciemos nuestra mente de ideas preconcebidas y tengamos un corazón disponible para seguir la senda que el Espíritu nos traza para nosotros hoy

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Salmo 86;  Juan 10, 22-30

¿Creemos o no creemos? A veces también nos llenamos de dudas. ¿Será cierto todo lo que nos dicen? ¿Estaré equivocado en esto de llamarme cristiano, de ser seguidor y discípulo de Jesús? ¿Por qué tengo que creer en la Iglesia? Y así van surgiendo una lista grande de preguntas, de interrogantes que nos hacemos por dentro, aunque no siempre manifestemos esas inquietudes que llevamos dentro, aunque en ocasiones tratemos de adormecer esas inquietudes y preguntas, para no complicarnos la vida, porque nos contentamos con lo que siempre ha sido así. Porque no queremos dudar, porque entonces a donde vamos a ir.

No nos asustemos. Algunas veces no nos gusta pensar en estas cosas, entrar en esos planteamientos, preferimos dejarnos arrastrar por algo que al final se nos ha convertido poco menos que en una rutina de la vida; pero es que ponernos a pensar es un quebradero de cabeza, ponernos a pensar quizás nos despierte algo en nuestro interior y nos damos cuenta de que hay cosas que cambiar, ponernos a pensar a lo mejor nos va a llevar a otros compromisos que no siempre estamos dispuestos a asumir.  Y de todos esos interrogantes o inquietudes, quizás alguna vez sacamos a nivel de la luz algunas cosas, pero un poco nos quedamos ahí, podíamos decir, detrás y ya iremos dando los pasos que nos arrastren los que están a nuestro lado o cerca de nosotros, pero por nosotros mismos hacemos poco por salir de esa modorra. Pero sabemos que las cosas hay que plantearlas y plantearlas crudamente para  poder encontrarnos con la luz.

Hoy el evangelio nos habla de la inquietud de algunos que se reúnen en torno a El en Jerusalén. Han subido, viniendo de todas partes, para celebrar alguna de aquellas fiestas que van celebrando a través del año además de la Pascua. Algunos conocerán a Jesús, sobre todo si son de Galilea, porque es allí donde Jesús ha realizado mayor actividad recorriendo pueblos y ciudades; si son del entorno de Jerusalén y de la región de Judea lo conocerán menos, aunque de oídas las noticias han corrido y habrán tenido algún conocimiento de Jesús. ¿Será este el Mesías? Se preguntan cuando oyen hablar de sus enseñanzas con autoridad, cuando escuchan de los milagros y de los signos que hacía. Y la pregunta se la trasmiten a Jesús. No nos tengan aquí en dudas para siempre, dínoslo claramente, ‘tú, ¿quién eres? ¿Eres el Mesías?’

Me conocéis y no me conocéis, viene a decirles Jesús. Sabéis cosas de mí, pero aun no habéis captado cual es mi verdadera misión. Fijaos en los signos que realizo, fijaos en las obras que hago; el árbol se conoce por sus frutos. El Mesías de Dios lo reconoceréis si os dejáis conducir por el Padre, si abrís vuestro corazón a Dios, para descubrir la obra de Dios en lo que realizo. Tenéis que ser ovejas de mi rebaño, porque son las que saben lo que yo hago por ellas.

¿Nos dejaremos nosotros conducir por el Espíritu de Dios? Es quien nos habla en los corazones, quien nos descubre y revela las obras de Dios y lo que es su voluntad. Vemos también tantas cosas a nuestro alrededor y no sabemos discernir las obras de Dios. Quizás nos hemos hecho una idea, tenemos una manera de pensar, queremos quizás que sea Dios el que se acomode a lo que nosotros queremos, pero no dejamos que su sabiduría se derrame sobre nosotros.

Ha sido quizás algo que hemos ido construyendo en nuestra vida con el paso de los años, con el paso de los siglos quizás en referencia lo que en si misma es la Iglesia. Y tenemos el peligro y la tentación de hacernos un evangelio a nuestra manera, conforme a lo que son nuestras exigencias o lo que imaginamos que tendría que ser nuestro mundo; pero hemos ido por una pendiente resbaladiza y en algunas cosas podemos estar bien lejos del verdadero evangelio de Jesús.

Tenemos que sabernos detener, vaciar nuestra mente de ideas preconcebidas, para que nuestro corazón se siempre liberado de tantas predisposiciones que nos hemos ido creando y ahora solo haya disponibilidad para Dios. Nos cuesta arrancarnos. Nos cuesta ese camino de conversión que cada día hemos de ir realizando. Cerremos los ojos para no seguir contemplando esos caminos erróneos que podemos tomar y que sea el Espíritu del Señor el que nos trace esas nuevas sendas. Cuando nos encontramos con Jesús de forma auténtica algo nuevo tiene que brotar en nuestro corazón. ¿Estaremos dispuestos?

viernes, 9 de junio de 2023

También queremos escuchar con gusto a Jesús, en El ponemos toda nuestra fe y en quien encontramos la verdad de nuestra vida y la vida para nuestra existencia

 


También queremos escuchar con gusto a Jesús, en El ponemos toda nuestra fe y en quien encontramos la verdad de nuestra vida y la vida para nuestra existencia

Tobías 11, 5-18; Sal 145; Marcos 12, 35-37

‘Una muchedumbre numerosa le escuchaba con gusto’, nos dice el evangelista. El episodio se sitúa en Jerusalén. Es allí donde se originan grandes diatribas con Jesús. Los sumos sacerdotes del templo, los dirigentes del pueblo, pertenecientes al Sanedrín o formando parte de aquellos grupos que en cierto modo se disputaban su influencia sobre el pueblo, muchos de los cuales formaban parte también del Sanedrín que era como un Senado en las instituciones judías, les costaba entender las enseñanzas de Jesús, reconocer su figura y de alguna manera querían quitarlo de en medio para que no restara sus influencias sobre el pueblo.

Es lo que motiva, por así decirlo, las enseñanzas de este texto y episodio. Nunca llegaron a comprender lo que en verdad era la misión de Jesús. No aceptaban que pudiera ser el Mesías ni el origen divino de su persona y su mensaje. A esto viene esta interpelación que Jesús les hace recogiendo lo que proféticamente anunciaba el Rey David sobre lo que significaba el Mesías, al que llamaba Señor, una palabra que solo se podía atribuir a Dios.

La gente sencilla sin embargo, como terminará diciendo el evangelista, que no se metía en aquellas disquisiciones de los maestros de la ley, escuchaba con gusto a Jesús.  Esto me está invitando a que nos hagamos algunas reflexiones y preguntas. ¿Escuchamos igualmente con gusto a Jesús?

Queremos escucharle, sí, abrir nuestro corazón a su Palabra. Queremos escucharle porque queremos hacer crecer nuestra fe en El. Difícilmente amamos lo que no conocemos. Difícilmente podemos entrar en esa órbita de la fe y del amor a Jesús si no lo conocemos. Por eso queremos escucharle, queremos conocerle, porque aquí cuando estamos hablando de la fe estamos hablando al mismo tiempo del amor.

No se trata solamente de unos conceptos que tengamos como muy bien guardados en nuestra cabeza. Aunque necesariamente hemos de ahondar en ese conocimiento, para tener las cosas claras, tener bien ordenada nuestra cabeza y los conocimientos que tengamos en referencia, por ejemplo, a Jesús.

Hoy fácilmente en el entorno de la sociedad en la que vivimos podemos encontrarnos que no se tiene una idea clara de Jesús. Lo que significa religión ha pasado a un muy segundo plano en los intereses de la mayoría de la gente, muchos indiferentes ante todo lo que significa el hecho religioso cuando no en clara oposición. Nos encontramos igualmente un rechazo grande a la Iglesia y a todo lo que suene a cristiano; a Jesús a lo más muchos lo ven como un personaje de la historia pero poco más, porque ya comienzan a verle lejano, y le quieren quitar toda la trascendencia para la vida y para la historia que ha significado la presencia, la vida y las enseñanzas de Jesús.

Pero un cristiano no se puede quedar en solo eso, incluso llegando a lo mejor de lo dicho por la trascendencia que ha significado para la historia y para la vida.

Cuando un cristiano se acerca a Jesús se acerca por mucho más que todo eso. En Jesús nosotros reconocemos al Hijo de Dios que se ha hecho Emmanuel, Dios con  nosotros, y para nosotros es nuestra vida y nuestra salvación. Es reconocer que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, para todos los que ponemos nuestra fe en El. Ni nos quedamos en un personaje de la historia, pero de otro tiempo, ni pensamos en un visionario o soñador que puso en movimiento todo un nuevo sentido de la vida y de la historia, sino que nosotros hemos de verlo como el Hijo de Dios en quien ponemos toda nuestra fe, y en quien en verdad encontramos esa verdad de nuestra vida y esa vida para nuestra existencia. Jesús lo es todo para nosotros, por eso ponemos en El nuestra fe, por eso entramos en la nueva orbita del amor.

Es el Jesús a quien amamos, porque es quien en verdad nos está descubriendo toda la grandeza del amor de Dios. Por El dispuestos incluso a dar la vida. Por eso necesitamos crecer en nuestra fe, crecer en el conocimiento de Jesús, tener hambre de Dios, empapamos más y más de su evangelio. También nosotros queremos escuchar con gusto a Jesús.