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jueves, 29 de octubre de 2026

Jesús quiere acogernos bajo sus alas, como la gallina a sus polluelos, es nuestra protección, nuestra roca y nuestra fortaleza, nos da su Espíritu como armadura de nuestra fe

 


Jesús quiere acogernos bajo sus alas, como la gallina a sus polluelos, es nuestra protección, nuestra roca y nuestra fortaleza, nos da su Espíritu como armadura de nuestra fe

 Efesios 6, 10-20; Salmo 143; Lucas 13, 31-35

La imagen que nos propone hoy Jesús me transporta poco menos que a mi infancia; en casa teníamos gallinas como era habitual entonces en nuestras casas en el campo y siempre recuerdo con cierta emoción y añoranza aquella imagen de la gallina que salía con sus polluelos tras ella por los patios y finalmente ver a la gallina anidando bajo sus alas a los pollitos, como decíamos, mientras alguno se escapaba de su protección y ella con su pico lo volvía hacer que se refugiara al calor de sus alas. ¡Cualquiera se atrevía a tratar de coger alguno de aquellos polluelos refugiados bajo las alas de la gallina madre!

Con una ternura sin igual Jesús habla de cómo El, como una gallina que cuida a sus polluelos bajo sus alas, se ha preocupado, digámoslo así, de estar a nuestro lado para ayudarnos a hacer nuestro camino. Se desprenden estos sentimientos del corazón de Jesús cuando por un lado le hablan de cómo Herodes está preguntando por Él y no con buenas intenciones, pero también cómo siente que no todos quieren escucharle y seguirle y que está emprendiendo un camino que le llevará a la Pascua.

No le preocupa tanto lo que Herodes pudiera hacerle, y Jesús se mantiene valientemente sin ningún temor en su anuncio del Reino de Dios, pero si sabe que su camino va a terminar en pasión. Ahora directamente no lo dice como ya lo ha anunciado en otros momentos, pero ahí está la lamentación por Jerusalén que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ‘No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’ dice sin embargo y sabe bien cuál es su camino de pascua.

¿Seremos nosotros igualmente conscientes de cuál es nuestro camino cuando queremos ser en verdad testigos del Evangelio? No es el discípulo mayor que su maestro, nos dirá en otra ocasión. Nuestro camino no es otro que Jesús. Ya nos dirá ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Y nosotros tenemos que plasmarlo. Y no vamos a estar pensando si somos o no somos aceptados, lo importante es nuestra fidelidad que dará testimonio de Jesús, que dará testimonio de esa buena noticia que vamos haciendo vida en nosotros. ¿Habrá quien no lo entienda? No vamos buscando el aplauso de los hombres.

Demasiado queremos en ocasiones contentar a todo el mundo y hacemos o no hacemos las cosas porque caigamos bien o no, o porque queremos ser aceptados por todos. Cuando vamos con esas prevenciones no estamos siendo fieles a Jesús que fue en verdad signo de contradicción y ante el cual había que decantarse claramente. ‘Conmigo o contra mí, y el que no está conmigo desparrama’. Vamos desparramando demasiado cuando queremos contentar a todos, cuando buscamos aplausos y reconocimientos o mantener nuestros prestigios ante los ojos de los hombres.

Pero siguiendo con la imagen con que se presenta Jesús y que mencionamos al principio de nuestra reflexión de hoy, Jesús está queriendo acogernos bajos alas, es nuestra protección, es nuestra roca y nuestra fortaleza; para eso nos da su Espíritu, que pondrá fortaleza en nuestro corazón, palabras en nuestros labios y valentía para el testimonio.

Como nos decía san Pablo en la Carta a los Efesios, ‘por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios’. Estamos revestidos de la armadura de Cristo; en nuestra oración nos llenamos de Dios y nos sentimos fortalecidos.


lunes, 12 de octubre de 2026

María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús

 


María del Pilar es un hito que nos acompaña, nos señala camino y nos da la certeza con su amor de Madre de que hacemos el camino del Evangelio de Jesús

1 Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Lucas 11, 27-28

Todos necesitamos en la vida un acompañante que vaya a nuestro lado en el camino; nos da seguridad, nos da confianza y nos hace perder los miedos, en determinados momentos nos puede servir de guía cuando no encontramos bien el camino y es alentador sentir a nuestros pasos los pasos de quien nos acompaña en el camino. Muchas veces en nuestra autosuficiencia y en nuestros orgullos los negamos y hasta rechazamos porque nos decimos que no tenemos miedo o que nos sabemos bien el camino, y olvidamos también aquello que popularmente se dice que cuatro ojos ven más que dos.

Y no estoy refiriéndome solamente a caminos geográficos que tengamos que realizar con sus consiguientes peligros y desorientaciones, por una noche oscura, por los peligros que nos puedan acechar en el camino, abismos que nos rodean o espesuras de bosque que nos envuelvan, por sus dificultades o porque podamos ser asaltados, sino creo que todos entendemos que la imagen pueda tener un significado más amplio. Es sencillamente la presencia de una madre o de unos padres que nos acompañan en nuestro crecimiento; ese consejero y confidente al que le pedimos que nos ilumine nuestros rumbos o nos ayude a encontrar nuestras metas y que camina a nuestro lado haciéndonos ver lo que necesitamos pero dejándonos hacer nuestro camino; ese amigo de toda confianza al que siempre sentimos a nuestro lado y sin decirnos quizás demasiadas cosas nos hace ser más razonables en nuestros caminos. Nos acompañan en nuestro caminar y nos dan confianza también en nuestras posibilidades.

Es lo quiero sentir con el evangelio en la mano donde Dios nos hace sentir la presencia y la fuerza del Espíritu en nuestro interior que nos ilumina, nos impulsa, nos fortalece, nos acompaña en el camino para que no perdamos nuestros rumbos. Cuidado que nos creamos que lo sabemos todo y que no necesitamos ese acompañante, en este caso, el Espíritu Santo. Ahí lo tenemos todo, es cierto, aunque no siempre nos dejamos conducir, nos dejamos guiar y en nuestro orgullo nos lo queremos saber todo y decir que por nosotros mismos somos capaces de todo.

Pero hay algo más como regalo de la misericordia divina y es que Jesús nos ha querido dejar su madre como nuestra madre, como lo vemos en su testamento de la cruz. María va jalonando nuestro camino como ha sido y ha hecho a lo largo de la historia. Es en consecuencia la devoción tan tierna que tenemos a María, la madre del Señor. Hoy precisamente celebramos una fiesta de María que en la tradición cristiana vemos esa presencia de María en aquellos primeros momentos de la predicación del evangelio en nuestras tierras hispanas. Es el Pilar de Zaragoza, ese signo y señal que allí nos ha quedado como recuerdo perpetuo de la predicación del Apóstol Santiago en nuestras tierras hispanas y cómo María, viviendo aún en carne mortal de alguna forma misteriosamente se hizo presente al Apóstol como acompañante de su camino de evangelización.

Son tradiciones que se ahondan en el mito de la leyenda pero que sin embargo con ese signo milagroso del pilar a lo largo de los siglos hemos sentido siempre esa señal de la presencia de María que siempre ha estado en nuestro camino; se han multiplicado los nombres con que invocamos a María en los distintos lugares y regiones, pero siempre ha permanecido esa invocación de la Virgen del Pilar, porque María en verdad ha sido un pilar de nuestra fe al tiempo que un punto de arranque y partida para labor evangelizadora que nuestros misioneros ha realizado a lo largo y a lo ancho de nuestro mundo.

Sintamos, pues, a María, la madre de Jesús, la Madre de Dios, que nos dejó como regalo como madre para que nos acompañara en ese camino de nuestra fe, de nuestra vida. Ahí está misteriosa esa presencia de María, que no quiere ocupar ningún lugar que no le corresponda, que solo es la madre, que solo es la que nos acompaña en ese camino de nuestra vida. Así con María nos sentirnos seguros y fuertes en nuestras luchas y en nuestros caminos, iluminados porque nos refleja siempre la luz de Jesús en toda situación e impulsados por su amor para que también nosotros seamos testigos de nuestra fe, seamos evangelizadores en ese mundo que tanto necesita del Evangelio. María como madre nos ayuda a crecer porque ella siempre nos llevará a Jesús donde encontraremos ese vino nuevo de la gracia.

Démosle un buen sentido a nuestra devoción y nuestro amor a la Virgen María; con ella no nos sentiremos confundidos, con ella a nuestro lado tenemos la certeza de que hacemos el camino de Jesús y no simplemente nuestros caminos.


viernes, 9 de octubre de 2026

Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud

 


Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud

 Gálatas 3, 7-14; Salmo 110; Lucas 11, 15-26

Una casa vacía, con bonitas apariencias externas puede ser un peligro de ser asaltada y ocupada con las dificultades subsiguientes para arrojar de ella esos nuevos ocupantes. El ejemplo lo estamos escuchando continuamente en noticias que nos hablan de asaltos y de ocupaciones, pero no queremos referirnos a esas situaciones sociales del momento sino que podemos ponerlo de ejemplo de lo que nos puede suceder a nosotros mismos con nuestra vida. Queremos vivir bien y nos hemos ido rodeando en esta sociedad que ahora llamamos o con la que ahora soñamos del bienestar de multitud de cosas que pensamos que nos hacen bella la vida, nos rodeamos de comodidades, queremos hacernos la vida fácil, nos llenamos de adornos de materialismo y de sensualismo porque queremos tener de todo y queremos disfrutar de todo, pero ¿cuáles son las riendas por las que marcha nuestra vida?

Sí, tenemos que preguntarnos, ¿cuáles son los valores en lo que la hemos fundamentado para que cuando venga un temporal no sea arrasada? ¿Cuál es el sentido profundo que le hemos dado a nuestra vida? ¿Llegaremos a darnos cuenta de que a pesar de todas esas cosas de las que queremos disfrutar nuestra vida está vacía? ¿Donde encontramos de verdad apoyo y fortaleza para cuando vengan los momentos de prueba? Incluso en las vivencias religiosas o de intento de espiritualidad que podemos tener, ¿en qué o en quien las fundamentamos?

Quizás nos damos cuenta de que nos llamamos cristianos, pero Cristo no aparece por ningún lado en nuestra vida. ¿Dónde está una auténtica y verdadera fe en Jesús? ¿Nos quedamos en devociones a imágenes que pueden terminar en un fanatismo religioso pero que no dan fundamento a nuestra vida?

Muchos seguían a Jesús por los caminos de Galilea y Palestina quizás entusiasmados con sus milagros, pero pocos fueron los que llegaron con Él hasta el pie de la cruz; y a todos les costó mucho pasar por aquella prueba y luego cerciorarse de que era verdad que había resucitado como lo había anunciado. Pero ahora mismo vemos quienes hacen interpretaciones de sus milagros, porque quizás vieran en peligro aquellos posicionamientos que en nombre de la religión habían tomado, y llegan de forma que nosotros hoy consideramos blasfema a decir que Jesús realizaba aquellas expulsiones de demonios con el poder del mismo demonio. Les costaba entrar en el camino de la fe que Jesús les estaba señalando, porque quizás a ellos les agradaba más mantener sus prestigios sobre los que los rodeaban.

Entremos en ese camino de la fe para que Jesús sea el verdadero fundamento y sostén de nuestra vida. Es la fe en Jesús la que nos llevará a la salvación, como nos ha estado reflexionando el apóstol san Pablo en la carta a los Gálatas que también estamos escuchando. Es Jesús el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no sea una casa vacía que sea fácil de asaltar. Son las imágenes que Jesús nos está proponiendo hoy en el evangelio.

Muchas veces también desde una forma humana queremos ordenar y organizar nuestra vida, nos hacemos buenos planteamientos de cosas que tenemos que intentar hacer mejor para nosotros también ser mejores, pero solo confiamos en nuestras planificaciones y en la fuerza que tenemos en nosotros mismos; es bueno tener una voluntad fortalecida para enfrentarnos a esos caminos de la vida pero tenemos que darle otra hondura a nuestra vida para alcanzar esas metas más altas, es la verdadera espiritualidad de la que tenemos que llenar nuestro corazón que será luego como esa lanzadera que nos hará llegar a metas más altas.

Pero no es una espiritualidad cualquiera, una espiritualidad fundamentada en nuestra fe en Jesús. Es la cepa profunda en la que hemos de enraizar todos los sarmientos de nuestra vida si queremos en verdad que dé fruto. Sin mí, nos dice Jesús, no podéis hacer nada. Por eso nos dirá en otro momento que Él es el Camino, y la Verdad, y la Vida, y nadie va al Padre sino a Él. Hoy nos está pidiendo que no andemos haciendo dobles juegos, como nos dirá en otro momento que no andemos haciendo remiendos o componendas en nuestra vida. Hoy nos dice claramente o que estamos con Él o que estamos contra El. ‘El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’.

Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud.


jueves, 1 de octubre de 2026

Pongámonos en camino con un anuncio del que tenemos que ser signos, aun en las situaciones oscuras, el Reino de Dios ha llegado

 


Pongámonos en camino con un anuncio del que tenemos que ser signos, aun en las situaciones oscuras, el Reino de Dios ha llegado

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

La imagen del camino es una imagen muy repetida que emplean tanto los poetas como los filósofos como por cualquiera que quisiera explicarnos el propio sentido de la vida; en camino con unas metas y unos objetivos, en camino como recorrido de múltiples experiencias que conforman la vida misma, en camino con sus logros y con sus dificultades al tiempo que con los momentos encantadores en que disfrutamos de la vida misma; la empleamos como imagen de lo que es nuestra vida cristiana y lo que significa el seguimiento de Jesús, como el mismo Jesús nos viene a decir que El es el Camino; una imagen del Reino de Dios que hemos de anunciar pero que primero que nada tenemos que vivir recorriendo nosotros también un camino, que podemos llamar si queremos un proceso de vida, de descubrimiento pero también de lo que hemos de vivir.

En el pasaje que hoy nos ofrece el Evangelio contemplaremos a Jesús que ha escogido y a llamado a los que quieren ser sus discípulos pero que al mismo tiempo los pone en camino; ser sus discípulos ha significado primero que nosotros hemos escuchado ese anuncio y esa invitación a darle la vuelta a nuestra vida para creer lo que se nos anuncia, la llegada del Reino de Dios, pero no como algo ajeno o externo a nosotros sino como algo que nosotros comenzamos a vivir; nos hemos dejado transformar para vivir en esas características, podríamos decir, de lo que es el Reino de Dios.

Pero hoy Jesús nos pone en camino para anunciar eso mismo que nosotros estamos viviendo; no es un mensaje que nos han dado y nosotros simplemente nos hemos de contentar con ser transmisores fieles, vamos a transmitir lo que nosotros vivimos, vamos a anunciar lo que vivimos, por eso nosotros mismos nos hemos de convertir en signos de lo que es ese Reino de Dios; no es solamente que nosotros podamos curar a los enfermos o expulsar demonios como nos dicen textualmente las palabras del Evangelio, sino que nosotros somos testigos de que eso se ha realizado en nosotros; es la forma con la que la palabra que anunciamos tiene toda su autoridad.

Repetidamente nos dice Jesús lo que tenemos que anunciar, ‘ha llegado el Reino de Dios’. No son solo palabras que pronunciamos sino que tiene que ser el signo de nuestra vida con el que manifestemos esa presencia del Reino de Dios. Pero como nos dice Jesús no es un camino fácil, vamos enviados como corderos en medio de lobos, el campo que tenemos que trabajar es muy grande y no somos suficientes obreros - ¿será por eso por lo que en otros lugares del evangelio Jesús nos propone la parábola en la que el dueño de la vida sale a distintas horas a buscar obreros para su viña? -, pero además habrá ocasiones en que no somos aceptados o somos rechazados.

Fijémonos que Jesús en ese momento en que quizás somos rechazados y tendremos que irnos a otro sitio nos sigue repitiendo lo mismo que tenemos que anunciar. Sacudimos el polvo de nuestros pies… pero tenemos que seguir repitiendo, ‘sabed que el Reino de Dios ha llegado’. Y esto tenemos que decirlo con convencimiento, porque el Reino de Dios no está con nosotros solamente cuando las cosas marchan de forma esplendorosa sino que también ahí, en la dificultad, en los problemas, en los momentos difíciles, cuando nos llegue el rechazo o el sufrimiento, cuando los caminos se nos vuelven oscuros y hasta tenebrosos tenemos que sentir que el Reino de Dios está con nosotros, que ha llegado el Reino de Dios.

Por la forma en que el cristiano vive esas situaciones estará dando señales de que el Reino de Dios ha llegado. Nos cuesta aceptar y afrontar esas situaciones, se nos hace duro el camino en esos momentos oscuros, tendremos quizás que caminar incluso entre lágrimas, pero seguimos manteniendo una fe, seguimos manteniendo el espíritu en alto, seguimos caminando con la certeza de que Dios está ahí con nosotros en ese camino concreto que nos ha tocado vivir, seguimos con la seguridad, porque así nos lo ha dicho Jesús, que el Reino de Dios ha llegado, y en esas situaciones nosotros hemos de ser testigos y mensajeros. Pongámonos en camino.


viernes, 28 de agosto de 2026

Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

 


Qué importante ese aceite que hemos de mantener como reserva en nuestro espíritu y en nuestra vida y así siempre nuestra luz resplandecerá y podrá iluminar el camino

1Corintios 1, 17-25; Salmo 32; Mateo 25, 1-13

Lo que tenga que suceder ya vendrá haga yo lo que haga, para que voy yo a andar con agobios y preocupaciones, habremos oído decir a alguien o lo habremos dicho en alguna ocasión; no es simplemente una frase que decimos para salir del paso, expresa una actitud y una postura, está quizás manifestando la actitud pasiva con que nos tomamos la vida o las cosas que deberíamos hacer; esperar no es quedarnos sentados aunque estemos en el lugar de paso de quien esperamos, es necesario algo más.

Hace días me sucedió, esperaba el servicio publico de transporte, la guagua como decimos en mi tierra, y estaba en su parada, pero me había sentado tranquilamente y mientras me había entretenido con el móvil, como ahora todos hacemos que lo tenemos siempre en nuestras manos, y pasó el autobús y siguió de largo dándome cuenta cuando ya iba unos cuantos metros más allá de la parada; no era suficiente que estuviera en la parada, tenía que estar atento, tenía que hacer señales de que yo quería utilizar ese servicio. Pasó de largo. Esperar no es solo estar sentado incluso aunque sea el lugar adecuado.

Es lo que nos está enseñando Jesús con la parábola que hoy nos propone y que tantas veces hemos reflexionado; nunca terminaremos de sacar enseñanzas, porque así es la riqueza de la Palabra de Dios. Unas jóvenes que salieron, según las costumbres de la época para recibir e iluminar el camino del novio que llegaba a su boda; su misión esperar para luego poder iluminar acompañando con sus lámparas encendidas al cortejo; pero había que tener también suficiente aceite para que esas lámparas se mantuvieran encendidas. La parábola habla de una tardanza, porque además nunca se sabe ni el día ni la hora, pero también de un dormirse de quienes estaban esperando; despiertas quizás se hubieran dado cuenta de la tardanza y de la posibilidad de no tener suficiente combustible para reabastecerse a tiempo, pero habían entrado en una pasividad por la mala confianza que no les había hecho previsoras. Luego ya no fueron reconocidas cuando llegaron hasta la puerta cerrada ya.

Es la necesaria vigilancia de la vida, hay que estar atentos, debemos dar señales de que en verdad estamos esperando algo, hemos de tener las necesarias disposiciones, tenemos que darnos cuenta de la importancia del momento, tenemos que sentirnos responsables de lo que tenemos entre manos y actuar en consecuencia, las actitudes pasivas no son las mejores porque al final nos quedamos dormidos o perdemos la conciencia del lugar que hemos de ocupar en la vida, hemos de ser conscientes de verdad de la transcendencia que tiene cada momento y cada cosa que hagamos.

Podemos pensar en ese momento final de nuestra existencia para el que debemos estar preparados porque esa vigilancia y esa preparación que vivamos en cada momento va a definir el sentido ultimo de nuestra vida pero también de nuestra eternidad. ¿Podremos escuchar entonces ese ‘venid benditos de mi Padre a poseer el Reino que tengo preparado para vosotros…’ porque realmente hemos estado vigilantes y en buena disposición para ese momento final y transcendental?

Pero precisamente por eso hemos de estar con esa vigilancia y atención en cada momento de nuestra vida porque un tesoro se ha depositado en nuestras manos que no podemos enterrar, como se nos dirá en otra parábola. Tenemos una responsabilidad en nuestras manos y no solo porque pensemos en un beneficio propio sino también porque en eso que hacemos nos debemos a los demás. Desarrollamos nuestros valores y capacidades, hacemos florecer nuestras cualidades y nuestras posibilidades, nos sentiremos enriquecidos y no solo es pensar en lo económico sino en lo humano y en lo espiritual con el fruto que producimos con nuestro hacer, pero que no es solo para nosotros sino que también es en bien de los que nos rodean, de nuestra sociedad a la que estamos enriqueciendo también con lo que nosotros aportamos, construimos, ideamos. Aquellas doncellas no solo alumbraban el camino para si, sino para todos los que iban a participar de aquella boda. Nuestra tarea no solo nos da una riqueza personal sino que es riqueza para toda la humanidad.

Eso nos tiene que hacer pensar en el cuidado de nuestra vida, en cómo nosotros también tenemos que ir enriqueciéndonos interiormente para poder luego iluminar a los demás, cómo tenemos que preocuparnos de crecer por dentro, de no enterrar nuestros talentos, de sacar a flote toda nuestra creatividad, de ofertar a los demás esa riqueza interior que tenemos que alimentar y hacer crecer. 

Qué importante es todo aquello que nos pueda ayudar en nuestra formación y en nuestro crecimiento, qué importantes son esos deseos de superación que tenemos que alimentar dentro de nosotros, qué importante es que limemos todo aquello que forma parte de nuestra vida y de nuestro carácter para que podamos ajustarnos bien con los demás y por el roce nunca nos hagamos daño. Es ese aceite que hemos de mantener siempre como reserva espiritual en nuestra vida y así nuestra luz siempre brillará.


sábado, 15 de agosto de 2026

Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 


Contemplando a María en su Asunción nos sentimos impulsados a ponernos en camino como mensajeros y testigos de la misericordia del Señor para nuestro mundo

 Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10Ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27a; Lucas 1, 39-56

No era para menos. Hay experiencias vividas que no se pueden callar. El bien como el amor es expansivo. Una buena noticia que nos impacta por lo que significa en sí misma pero también por lo que va a repercutir en la vida, en la propia y en la de los demás, no la podemos callar; nos vemos necesitados de comunicarla, de compartirla.

Es lo que estamos viendo hoy en el evangelio que le sucede a María. No ha sido la noticia de que su prima Isabel está esperando un hijo y es mayor y pueda necesitar ayuda. Es importante, es cierto, y es como para ponerse en camino quien tiene la sensibilidad del amor en su corazón para ir a echar una mano. Es el misterio del amor de Dios que está poseyendo a María, como le ha comunicado el ángel, y ésta sí es la gran noticia, que se le desborda a María en su corazón hasta reventar. ¿Quién puede entenderlo mejor que quien también se ha visto desbordada por el amor de Dios concediéndole el don de la maternidad a pesar de sus años? Corre María a casa de su prima que la recibe sintiendo que la noticia también ha llegado a su corazón. ‘¿De dónde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’

Prorrumpen las dos mujeres en bendiciones y cánticos de alabanza. Dichosa y bendita tú que has creído, le dice Isabel a María, porque todo lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. Las promesas de Dios se están cumpliendo en Isabel con aquel hijo que va a nacer y que tendrá una misión y un lugar importante en la historia de la salvación. La misericordia y el amor del Señor se está desbordando sobre todos, aunque no todos sean conscientes de ello, y con ello se cumplen las promesas del Señor.

Es el cántico de María que reconoce las maravillas que el Señor en ella está realizando y que serán cumplimiento de las promesas de Dios para toda la humanidad. María, aunque pequeña porque se sigue llamando a sí misma la esclava del Señor, siente que en Dios se está sintiendo exaltada y glorificada porque todas las generaciones la llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en ella. Es un adelanto aquí en este pasaje del Evangelio de lo que hoy en la liturgia estamos celebrando.

María va delante como primicia de esas bendiciones de Dios para toda la humanidad; la contemplamos hoy glorificada en el cielo, participando ya plenamente de la resurrección de Cristo que con El quiso llevarla al cielo trascurrido el curso de su vida terrenal. Pero María quiere seguir saliendo nos al encuentro en cada rincón y en cada momento para hablarnos de las glorias del Señor. Por eso María, madre de la Iglesia, ha querido y quiere estar al lado de esta Iglesia peregrina aquí en la tierra para recordarnos que hemos de recorrer los caminos de Jesús.

Las imágenes de María repartidas en cada rincón de la Iglesia, igual la tenemos en nuestros templos como la tenemos entronizada en nuestros hogares, la llevamos con nosotros ya sea en esa medalla que llevamos al cuello o en la estampa que portamos en nuestra cartera, no están queriendo sustituir a Dios en nuestras vidas sino que son ese recuerdo y esa palabra de Madre que nos recuerda siempre como tenemos que escuchar a Jesús. Habitualmente en sus imágenes nos trae a Jesús o nos señala con algún signo que tenemos que dejarnos iluminar por Jesús.

María a quien vemos hoy en el evangelio ponerse en camino está siendo para nosotros que muchas veces tanto nos cuesta arrancar para comenzar a hacer algo bueno un estímulo y un acicate que nos impulsa también a ponernos en camino porque una Buena Noticia seguimos teniendo que transmitir y que no podemos callar; es el anuncio de la misericordia del Señor que se sigue derramando sobre nosotros y de lo que todos tenemos que hacernos eco. María fue la primera portadora de evangelio cuando corre con la buena noticia a casa de Isabel; María fue la primera portadora de evangelio en nuestra tierra canaria cuando su imagen bendita reposó sobre nuestras costas canarias, como hoy estamos recordando y celebrando en esta fiesta de la Virgen de Candelaria. Fue la luz primera que hizo mirar al Sol a nuestros antepasados porque es lo que reflejaba María en su imagen con la imagen de la luz y portando en sus brazos a Jesús.

Esta fiesta de la Virgen de Candelaria que en nuestra tierra celebramos haciéndola coincidir con la fiesta de su Asunción al cielo es para nosotros una llamada a vivir con toda intensidad el compromiso de nuestra fe. Nuestra tierra sigue necesitando el anuncio del Evangelio con palabras claras y valientes pero también con el testimonio del compromiso de nuestra vida en medio de los problemas con que nos encontramos cada día. Como María en su camino a casa de Isabel nosotros también tenemos que ponernos en camino para ese anuncio de la misericordia del Señor. Como María tenemos que ponernos en camino allí donde haya una necesidad, un dolor o un sufrimiento, una soledad o un cierto distanciamiento.

María saltó todos los obstáculos de las distancias o los peligros de los caminos que había que atravesar; podríamos decir que como luego anunciara el Bautista fue enderezando caminos, allanando valles, recortando distanciamientos que nosotros tenemos también que saber hacer para que no haya soledades, para que los que están tristes encuentren el bálsamo de nuestro consuelo, para que nadie se sienta nunca discriminado por ninguna razón, para que todos se sientan acogidos y valorados sea cual sea su condición, para que a nadie le falte un trozo de pan, para que todos puedan escuchar una palabra de ánimo que les haga levantarse una y otra vez tras sus reiteradas caídas, para que todos encuentren comprensión.

‘Venid vosotros, benditos de mi Padre… porque conmigo lo hicisteis’ ojalá escuchemos un día para participar de la gloria del cielo, como ya hoy estamos contemplando a María tras su gloriosa Asunción al cielo.


sábado, 1 de agosto de 2026

El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

 


El grito del amor no se puede acallar, siempre es camino de vida, piedra de construcción, comienzo de algo nuevo, nunca estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

¿Qué hacemos si algo nos molesta? Ya buscaremos la forma de hacerlo desaparecer para que no vuelva a molestarnos. Si es una piedra que se nos atraviesa en el camino la tiraremos ladera abajo para quitarla de en medio y no nos vuelva a entorpecer nuestro paso; quizás no se nos ocurra tratar de sacar algo bueno y utilizarla quizás en una pared o muro que impida que otros materiales se desparramen por el camino.

Pero, ¿y si es una persona la que nos resulta molesta? Seguramente nos alejaremos de ella para evitar sentir esa incomodidad, no estaría quizás en nuestra mano hacerla desaparecer pero buscaremos medios para destruir su presencia y no sea algo que nos está incordiando recordándonos quizás algo no tan bueno de nuestra vida; ya buscaremos influencia o medios para que no sea una sombra que nos persigue; mucho de esto vemos en la vida utilizando nuestra prepotencia, oliéndonosla de los ardides que sean, desprestigiando o intentando anular la palabra o el testimonio que esa persona pueda ofrecer si es algo que nos toca en heridas que llevamos en el alma.

Hoy el evangelio nos está ofreciendo una imagen en ese sentido. Herodes se pregunta por lo que está sucediendo con aquel profeta aparecido en el desierto a orillas del Jordán. Pero a Herodes le incomoda la palabra y el testimonio del Bautista porque en su misión profética también denuncia el comportamiento de Herodes. Algo le queda a Herodes de temores de índole religiosa en su conciencia porque aunque quisiera acallar aquella voz que le resulta tan incomoda sin embargo no se atreve. Pero a instancias e influencia de los que le rodean, la mujer con quien convive que es la mujer de su hermano, al final el Bautista termina encerrado en los calabozos queriendo hacer así que aquella voz no se oiga.

La intriga continua al tiempo que se manifiesta la debilidad de una vida entregada a los placeres de todo tipo; vendrá la ocasión en la fiesta de aquel cumpleaños en que dejándose arrastrar por todo aquel mundo de vanidad promete más de lo debería. Al baile de la hija de Herodías promete que le daría lo que pidiese aunque fuese la mitad de su reino. Y es la ocasión de acallar aquella voz incómoda porque le piden la cabeza de Juan Bautista; no quiere ser el que pierda el prestigio de su poder, porque las promesas las había hecho en medio de sus cortesanos, y manda decapitar a Juan.

Pero la voz seguirá escuchándose, será algo que siempre será recordado. La entrega de la vida desde el amor es como la semilla que muere para dar frutos. Jesús nos lo recordará más tarde desde su propia entrega como la prueba del amor más hermoso, del que da la vida por los que ama. Es el milagro de la entrega: de la muerte por amor se genera vida. Y el grito del amor no se puede acallar. Siempre es camino de vida, siempre es piedra de construcción, siempre es comienzo de algo nuevo, nunca será estorbo en nuestro camino sino luz que ilumina nuestros pasos.

El amor, su testimonio, a veces puede molestar cuando se convierte para nosotros en espejo para que se reflejen nuestras carencias, nuestros egoísmos, nuestra insolidaridad, nuestro vacío interior y tratamos de empañarlo o de ocultarlo. Es lo que nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos hablaba de la luz y de las tinieblas, que las tinieblas rechazaron la luz, pero los resplandores de luz por mucho que se quiera ocultar por algún lado escaparán, por decirlo de alguna manera, para iluminar nuestra vida.

Pueden llegar horas de tinieblas por tanto mal que envuelve nuestro mundo, pero tenemos la certeza y la esperanza de la victoria de la luz. Por eso miramos a Cristo, no solo muerto en la cruz, como la gran prueba del amor, sino en la victoria de la resurrección donde, como decíamos antes, se genera la vida y la vida sin fin.


lunes, 6 de julio de 2026

Acompañar muchas veces en silencio, tender la mano cuando parece que no hay esperanza, dejar un rastro de confianza a nuestro paso, detalles humanos que nos elevan hasta Dios

 


Acompañar muchas veces en silencio, tender la mano cuando parece que no hay esperanza, dejar un rastro de confianza a nuestro paso, detalles humanos que nos elevan hasta Dios

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Salmo 144; Mateo 9, 18-26

Hemos de confesar que muchas veces esperamos cosas extraordinarias, gestos aparatosos, cosas que nos parezcan fuera de lo normal, y no somos capaces de detenernos a fijarnos en los pequeños detalles, esas cosas sencillas y naturales que suceden a nuestro lado y por su sencillez precisamente no le damos importancia, pero que sin embargo tienen una calidez humana que realmente conmoverían nuestro corazón si fuéramos capaces de detenernos y fijarnos en ellas. En esas cosas podemos leer la gran humanidad de quienes las realizan y se pueden convertir en divinas para nosotros porque nos ayudarían a elevar nuestro espíritu por encima de la materialidad de lo mismo que estamos haciendo y hasta nos pueden conectar con Dios que así se nos querrá manifestar muchas veces.

En este pasaje del evangelio que pretendemos comentar y que hoy nos ofrece la liturgia de este día quiero fijarme en esos pequeños detalles muy humanos y que nos pueden ayudar a descubrir muchas cosas. Un hombre ansioso y lleno de dolor porque su hija acaba de morir llega hasta jesús e incluso interrumpe todo lo que en aquel momento está sucediendo; Jesús estaba enseñando a la gente en el momento de la llegada de este hombre que le pide que vaya y ponga su mano sobre su niña muerta para que vuelva a la vida. 

El evangelista es muy escueto en su narración, solo nos dice que Jesús se pone en camino acompañando a aquel hombre afligido por el dolor. No hay reproches por la interrupción, nada más pregunta Jesús pero se pone a caminar junto a aquel hombre. Hermosa imagen y comienzan las lecciones. Jesús escucha y acompaña a este hombre en el camino. Es suficiente para que el hombre se sienta seguro, para que aumente su confianza; aunque sea en silencio aquel hombre está ya abriendo las puertas no solo de su casa para que Jesús llegue ante su niña sino que podemos decir le está abriendo las puertas de su corazón. Ante el alboroto que se encuentra en su casa sigue permaneciendo en silencio pero seguro que su corazón ya está hablando. 

Jesus dirá que la niña no está muerta sino dormida, aunque se rían de El, para alejar a las plañideras de turno que siempre están poniendo velos negros a cuanto sucede; bien lo conocemos en la vida, los que siempre tienen un comentario que hacer pero nunca en positivo sino siempre remarcando los lados oscuros. 

Y viene el otro detalle de Jesús, la tomó de la mano y la levantó de su cama. Tomar de la mano, que nos tomen de la mano, o tomar nosotros la mano de alguien puede tener muchos significados y traernos también muchas consecuencias. Una señal de apoyo y de confianza que puede levantar el ánimo del corazón, un signo de cercanía que podemos permitir o que podemos rechazar poniendo más distancias, puede ser un rellenar un abismo que nos encierra en nosotros mismos o un romper los círculos de nuestras soledades.

Y el otro gesto hermoso que podemos contemplar en este evangelio está en lo que sucede mientras van de camino. Jesús va acompañando a aquel hombre, como ya decíamos, pero no es ajeno a cuanto sucede a su alrededor, no se aísla de los que están a su lado y su forma de ir en medio de las gentes es un ir también abriendo puertas a quien lo pueda necesitar; una mujer se atreve a acercarse por detrás en medio de todo aquel barullo para tocar la orla del manto de jesus. 

Será el atrevimiento de aquella mujer, nacido de la confianza que le inspira el Jesus que acompaña un camino de dolor, pero es también el dejarse tocar por parte de Jesús porque siempre en su cercanía con todos quiere dejar el rastro de su amor. Dejar a nuestro paso el rastro del amor, una cosa que puede sonar muy bonita en las palabras, pero que muchas veces nos cuesta realizar en nuestros caminos. ¿Será el rastro que vamos dejando tras nosotros para que todos puedan sentir la cercanía y el calor de nuestro amor?

Sepamos acompañar en el camino, ya sea del dolor y sus ansiedades como también en los caminos donde brille la alegría y la satisfacción de las cosas bien hechas. Sepamos igualmente tender la mano para levantar y para reconfortar, para ayudar a sortear los malos pasos del camino o para que sirvan de apoyo en el esfuerzo de la ascensión, para hacer que nos sientan cercanos y amigables y para tender puentes donde las distancias nos han separado. Dejemos que nuestra vida sea paño de lágrimas para los demás y con nuestra escucha hagamos que se abran nuevos caminos a quienes se ven entorpecidos por tantas debilidades. 

Gestos sencillos, detalles que nos parecen mínimos y casi imperceptibles, luces que iluminan el alma, y paños de lágrimas que ponen colirio en nuestros ojos para ver de manera distinta.


sábado, 2 de mayo de 2026

Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

 


Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Algunas veces cuando nos están explicando algo que nos cuesta entender, que nos resulta engorroso, por ejemplo a resolver un problema complicado que por mucho que nos expliquen parece que no llegan nunca a la solución final, o algo tan sencillo como explicarnos un camino para llegar a una meta o los problemas que vamos a encontrar, en nuestros agobios por acabar antes al final le estamos pidiendo o que nos dé la solución final sin que nosotros tengamos que complicarnos la vida, o que nos lleven a ese lugar o meta sin mayores explicaciones; queremos todo a lo pronto y rápido, sin complicaciones ni compromisos, un mundo en cierto modo en el que queremos que nos den las cosas hechas.

Algo así les estaba sucediendo a los apóstoles cuando escuchaban a Jesús en la última cena; en que por una parte sentían una tristeza que les cortaba los ánimos ante la incertidumbre de lo que estaba por suceder, o también porque Jesús estaba en cierto modo elevando el nivel de sus palabras y revelaciones, el hecho es que se encontraban en que parecía que no entendían nada.

Jesús les había hablado muchas veces del Padre, del que El era el enviado, que el cumplimiento de su voluntad lo era todo para El, ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, les había dicho en una ocasión; toda la revelación del Reino de Dios que había venido haciendo Jesús era precisamente querer mostrarles el rostro de un Dios que es Padre y nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo y además quería hacernos sus hijos; pero los apóstoles no comprenden, por eso le piden ‘Muéstranos al Padre y nos basta’, porque asi les parece que ya para siempre se les van a acabar sus dudas.

De ahí la respuesta de Jesús, ‘¿tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis? Quien me ve a Mí, ve al Padre’, termina diciéndoles Jesús. ¿Qué es lo que había hecho Jesús sino manifestarles ese amor del Padre? Aquellos signos que Jesús había ido realizando eran las señales por las que teníamos que reconocer el amor de Dios. El Jesús que se acerca al paralítico de la piscina para darle vida y hacerle caminar, el Jesús que se detiene junto al ciego del camino para devolverle la luz a sus ojos, el Jesús que tiende su mano hasta el leproso para librarle de la lepra, el Jesús que se deja lavar los pies por la mujer pecadora para que en su amor encuentre el amor de Dios, el Jesús que levanta de la camilla al paralítico que han descendido desde el techo hasta sus pies, el Jesús que muestra compasión con la mujer adultera a la que no condena sino que la invita a vivir una vida nueva y distinta, es el Jesús que nos está mostrando el rostro de Dios, el amor de Dios.

Todo en Jesús es amor y es vida, es salud y salvación, es la muestra de la misericordia de Dios y la manifestación de cómo Dios quiere estar a nuestro lado, en nuestro camino, en nuestra vida, en nuestras luchas para ser nuestra fortaleza y en nuestras dudas para ser nuestra luz, en todo lo que haya de muerte en nosotros para darnos vida, en nuestro pecado no solo para ofrecernos su perdón sino incluso para rogar al Padre disculpándonos que no sabíamos lo que hacíamos. Miramos a Jesús y miramos a Dios, contemplamos a Jesús y contemplamos el rostro misericordioso del Padre. ‘Quien me ve a Mi, ve al Padre’, nos está diciendo Jesús.

Pero esto nos está pidiendo algo más. Cuando decimos que creemos en Jesús no son meras palabras con las afirmamos que creemos en lo que nos ha dicho o enseñado Jesús; creer en Jesús significa identificarnos con El para vivir su misma vida, para hacer su mismo camino, para envolvernos en su mismo sabiduría de amor que dé un sentido nuevo a nuestra vida. ¿No significará esto que quien nos ve a nosotros tiene que ver en nosotros las mismas obras de Jesús? ¿Con lo que hacemos, con nuestras actitudes, con el valor que le damos a lo que vivimos seremos imagen de Jesús para que los demás lleguen también a Dios?

miércoles, 25 de marzo de 2026

Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 


Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

No es hacer un alto en el camino cuaresmal que estamos haciendo el hecho de que hoy celebremos esta solemnidad de la encarnación de Dios en el seno de María. Tiene todo su sentido y concuerda perfectamente con este camino cuaresmal que hacemos. Podemos decir que es un paso más y muy importante para llegar a la vivencia de la Pascua para la cual nos estamos preparando.

En esa búsqueda del sentir de Dios para nuestra vida que es todo camino de fe, pero al mismo tiempo buscando la respuesta que damos y que tendríamos que dar – es la revisión de nuestra vida que la liturgia cuaresmal nos está ayudando a hacer – el contemplar este misterio que hoy celebramos nos ayuda a profundizar aún más en ello.

¿Qué es lo que Dios nos pide? ¿Cuál es la respuesta que hemos de dar a todo ese don de amor que Dios nos hace? Podríamos decir, ¿cuál es la manera más apropiada para hacernos agradables ante Dios? Claro que nos hacemos esta última consideración, no porque queramos conquistar a Dios haciendo, por así decirlo, cosas buenas, sino como la respuesta que hemos de dar a ese don de Dios. Y nuestra fundamental respuesta es hacer su voluntad.

El misterio que hoy celebramos es esa donación de amor de Dios por nosotros que le lleva a hacerse hombre, a tomar nuestra carne, no es solo Dios con nosotros sino Dios que se hace como nosotros para que nosotros emprendamos la tarea de hacernos como Dios, de vivir la santidad de Dios.

Aparece repetido en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. No son ofrendas y sacrificios lo que hemos de hacer, sino una cosa tan sencilla como hacer su voluntad. Las ofrendas y sacrificios, aunque mucho nos cueste hacerlas, serán cosas que ofrecemos y Dios no  nos pide cosas, Dios nos pide nuestro corazón porque en él quiere habitar. No pedía otra cosa Dios a María cuando le envía la embajada angélica, sino que le diera su corazón porque en Él quería habitar, porque en ella quería encarnarse para hacer hombre. Y ¿qué hace María? ¿Ir al templo para ofrecer unos sacrificios que agraden a Dios? Abrir su corazón, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, les responde al ángel que es responderle a Dios. ‘Hágase tu voluntad’, la voluntad de Dios.

Pero es lo que ha hecho el Hijo de Dios en su entrada al mundo. Tanto nos había amado Dios que no paró hasta entregarnos a su Hijo, como nos recordará el evangelio en otro lugar, pero a esa donación de Dios que nos entrega a su Hijo está el Hijo de Dios en esa disponibilidad de hacer lo que Dios quiere. Es lo que nos recuerda hoy la carta a los Hebreos, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.

‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría Jesús en una ocasión. No son las ofrendas y los sacrificios los que nos salven. Es la ‘obediencia al Padre’ de Jesús para entregarse por amor. Es el hacer la voluntad del Padre el auténtico sacrificio de nuestra salvación.

¿Seremos capaces de entrar en esa onda? Es lo que decimos todos los días en nuestra oración cuando pedimos que venga el Reino de Dios a nosotros. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Estamos diciendo que queremos hacer la voluntad de Dios, ¿estaremos entendiendo que con eso nos estamos comprometiendo a cumplir los mandamientos de Dios? Creo que tendría que hacernos pensar.

Cuando hoy estamos viviendo esta celebración del Misterio de la Encarnación de Dios, dos cosas hemos de tener en cuenta. Nuestra actitud primera y fundamental es la misma de Jesús en la entrada en este mundo y que luego veremos bien ejemplarizada en María. También hemos de decir, y no solo con palabras, ‘aquí estoy para hacer tu voluntad’, que se haga, que se cumpla, como decía Maria, la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios está en el querer encarnarse, en el querer ahora y siempre habitar en nosotros. ‘Plantó su tienda entre nosotros’, plantó su tienda en nuestro corazón.

¿Estará en nosotros la disponibilidad de María? Abramos, pues, nuestro corazón para que Dios habite en nosotros, pero con la conciencia de que eso nos va a poner en camino. Eso no nos lo podemos guardar solo para nosotros. María se puso en camino y fue a la montaña, a casa de Isabel, ¿a dónde nos va a poner en camino cuando Dios habite en nosotros?

Dejémonos conducir por el Espíritu y encontraremos nuestra montaña a la que hemos de ir, nuestro camino que tenemos que hacer, esa tierra que tenemos que pisar, ese mundo concreto al que tenemos que llevar esa buena noticia que guardamos en el corazón.

 


lunes, 16 de marzo de 2026

El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

 


El camino de la vida, el camino de la fe, ante el que no nos quedamos en la pasividad que nos llevaría a la decadencia, un camino con riesgos pero lleno de mucha confianza

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

La vida para vivirla en intensidad necesita que nos pongamos en camino; no puede ser algo estático ni pasivo porque una actitud así merma nuestra vida. No puede ser nunca quedarnos pasivamente que todo nos lo den hecho o que de una forma mágica lleguen las cosas a nuestras manos; muchos juegan a la suerte, y no es solo es esa locura en la que vivimos en medio de sorteos esperando siempre que nos sonría la suerte, y esas nuevas servidumbres y dependencias pueden ser signo de esa pasividad con que vivimos la vida; que nos toque la suerte, que por suerte nos salgan las cosas bien, pero rehuimos el esfuerzo, el ponernos en camino, el querer buscar algo mejor o cómo desarrollarnos mejor.

Las pasividades nos hacen caer en decadencia, lo vemos en la historia cuando los pueblos se han dormido en sus laureles que detrás vendrá enseguida la dependencia, pero lo habremos experimentado más de una vez en la vida, en esa pasividad no nos esforzamos, no buscamos, no luchamos, terminamos en nuestras rutinas, la tibieza, la frialdad que nos dejará helados al fin.

Hoy el evangelio nos habla de caminos y de caminantes; será Jesús que viene desde Jerusalén atravesando Samaría hasta llegar a Galilea y nos mencionará incluso aquel lugar, Caná, donde Jesús hizo su primer milagro. Pero nos encontramos con alguien más que está en camino, aquel hombre principal con un hijo enfermo que viene a buscar a Jesús. Querrá que Jesús baje con él a Cafarnaún para curar a su hijo, pero Jesús le dice que su hijo vive.

¿Se fiará aquel hombre de la palabra de Jesús? Podría haber pensado que eran bonitas palabras de Jesús, poco  menos que para quitárselo de en medio. ¿Qué hará? ¿Confiará en la palabra de Jesús y se arriesgará a bajar solo con la incertidumbre de si en verdad su hijo se ha curado? Son tantas palabras bonitas que a veces nos decimos para quitarnos de encima a quienes nos pueden resultar pesados. Pero aquel hombre que con fe había acudido a Jesús ahora se fía de la palabra de Jesús y se pone en camino. Le saldrán al encuentro sus sirvientes para anunciarle que su hijo está curado.

Ha hecho un camino de fe, que también tiene sus riesgos pero también ha sabido obrar con confianza; un camino que muchas veces nos cuesta hacer, porque más que la confianza parece que utilicemos más la exigencia, o el palpar con nuestras propias manos el resultado de aquello que buscamos; pero también tenemos que dejarnos envolver por el misterio, no buscando lo mágico, sino sabiendo abrir los ojos a la fe, abrir los ojos con fe para ver lo nuevo que se nos puede ofrecer, lo que es lo verdaderamente importante, pero para decidirnos a emprender ese camino aunque nos cueste, con subidas y con bajadas, pero un camino en que tenemos la certeza de la presencia de Jesús, nos confiamos con toda seguridad en su Palabra, seguimos en nuestro camino de búsqueda donde se nos pueden abrir nuevos caminos.

Un camino que tendrá sus subidas y bajadas, como tendrá sus lugares oscuros, en los que nos aparecerá la incertidumbre y el miedo, donde a veces parece que se nos viene el mundo encima con los problemas, con los sufrimientos, con tantas angustias que nos pueden ir apareciendo en la vida. Pero no nos quedaremos en la pasividad, podremos alcanzar aquello que ansiamos y buscamos, aquello por lo que luchamos, no será en el momento que nosotros desearíamos, pero Dios nunca nos falla.