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jueves, 28 de mayo de 2026

Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

 


Ojalá todos seamos capaces de unirnos a la oración sacerdotal de Cristo Sacerdote, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’

Génesis 22, 9-18; Salmo 39; Mateo 26, 36-42

‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, es la oración que se  nos ofrece hoy en el salmo responsorial y que seguramente muchas veces hemos repetido. ¿Lo hemos repetido simplemente porque se nos ofrece en la liturgia? ¿Lo habremos repetido arrancándola desde lo hondo de nuestro corazón en un momento difícil, en un momento de oscuridad, en un momento en que nos habíamos visto envueltos por agobios o por fracasos, por incomprensiones o en medio de soledades en nuestras luchas?

No es una frase fácil de decir, tenemos que reconocer; cuando venimos a Dios en nuestra oración normalmente ya venimos predispuestos a lo que queremos conseguir y parece como si fuera Dios el que tiene que acomodarse a nuestros deseos o peticiones. Pero con esta frase decimos algo muy distinto, no es mi voluntad, no son mis deseos, no es que me salgan las cosas bien, no es que yo quede satisfecho; estoy renunciando a todo eso, porque no es mi voluntad la que tiene que prevalecer sino la voluntad de Dios. ‘Para hacer tu voluntad’.

¿Le fue fácil a Abraham mientras subía al Monte para realizar aquel sacrificio que en su corazón sentía que Dios le estaba pidiendo? Era su hijo, el que tanto había deseado, en quien estaba su descendencia, el hijo de la promesa que Dios en su ancianidad le hacía concedido. Y subían juntos al monte del sacrificio porque para Abraham lo primero era la voluntad de Dios, el querer de Dios.

Es lo que se vislumbra también en el huerto de los Olivos, en Getsemaní. Había sido una entrada solemne y tenebrosa, las tinieblas de la noche todo lo envolvían. Pero Jesús había ido dejando retazos de su corazón en aquella entrada. ‘Sentaos aquí, mientras voy allá a orar’, les había dicho al grupo aunque con El se había llevado a Pedro, Santiago y Juan. ‘Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo’. Había llegado la hora de la ofrenda, de la entrega, sacrificio, del amor más supremo. No era fácil tampoco para Jesús, por eso pedía que pasara de él aquella hora de beber el cáliz. Pero sabía que era el momento supremo. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’. Y la ofrenda se realizó, el sacrificio se consumó, el amor más grande resplandeció. Es la hora en que se manifiesta el Sacerdocio de Cristo.

Jesús no quiere estar solo en ese momento; pide a los suyos que oren con Él, aunque se caen de sueño, aunque la angustia les requemecome el alma, aunque siguen con sus miedos y desconfianzas porque incluso se han llevado una espada ceñida al cinto. Contemplan la intensidad de la oración de Jesús y sus palabras llenas de angustia pero también con la firmeza de la obediencia de la fe, pero siguen atónitos, siguen en sus sueños, siguen en medio de sus sombras.

¿No será así cómo muchas veces nos encontramos nosotros cuando vamos al encuentro del Señor para nuestra oración? ¿Qué es lo que seguimos llevando en nuestras mentes? Nuestras mentes que utilizan muchas veces nuestros rezos para seguir cayendo en esa misma somnolencia. No es solo ya que nos durmamos mientras rezamos, sino que es la somnolencia que acompaña nuestra vida y que le hace perder hondura a nuestra oración, porque seguimos pensando en lo nuestro, seguimos pensando en lo que vamos a obtener, pero no terminamos de abrir nuestro corazón a Dios para ver qué es lo que Dios quiere.

Nuestra oración no nos libera de nuestras luchas, pero sí nos hará atravesar ese campo de batalla de la vida con otra determinación, con otro sentido, con otro valor. No serán las espadas que llevemos al cinto las que nos harán salir vencedores; esas espadas de nuestras seguridades, esas espadas de nuestra verdad, de nuestra prepotencia, de nuestros prestigios, de nuestra autosuficiencia, de nuestros caprichos de nada nos valen si no sabemos renunciar a nuestro yo para buscar solamente lo que es la voluntad de Dios.

Es la oración de Cristo Sacerdote, como hoy celebramos, que cuando la hacemos nuestra es también la oración de nuestro sacerdocio, porque estamos así participando del Sacerdocio de Cristo. Por nuestro bautismo todos somos con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes. Pero en este día queremos recordar a quienes se han unido a Cristo en este sacerdocio ministerial por el Orden Sacerdotal, que imprime en sus almas ese carácter que los hace sacerdotes para siempre. Todo el pueblo cristiano tiene hoy que unirse a esa oración por los Sacerdotes y con su oración se están uniendo a esta oración Sacerdotal de Cristo.

No es fácil esa oración pero dejándonos conducir por el Espíritu de Jesús también seremos capaces de decirla. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.


miércoles, 25 de marzo de 2026

Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 


Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

No es hacer un alto en el camino cuaresmal que estamos haciendo el hecho de que hoy celebremos esta solemnidad de la encarnación de Dios en el seno de María. Tiene todo su sentido y concuerda perfectamente con este camino cuaresmal que hacemos. Podemos decir que es un paso más y muy importante para llegar a la vivencia de la Pascua para la cual nos estamos preparando.

En esa búsqueda del sentir de Dios para nuestra vida que es todo camino de fe, pero al mismo tiempo buscando la respuesta que damos y que tendríamos que dar – es la revisión de nuestra vida que la liturgia cuaresmal nos está ayudando a hacer – el contemplar este misterio que hoy celebramos nos ayuda a profundizar aún más en ello.

¿Qué es lo que Dios nos pide? ¿Cuál es la respuesta que hemos de dar a todo ese don de amor que Dios nos hace? Podríamos decir, ¿cuál es la manera más apropiada para hacernos agradables ante Dios? Claro que nos hacemos esta última consideración, no porque queramos conquistar a Dios haciendo, por así decirlo, cosas buenas, sino como la respuesta que hemos de dar a ese don de Dios. Y nuestra fundamental respuesta es hacer su voluntad.

El misterio que hoy celebramos es esa donación de amor de Dios por nosotros que le lleva a hacerse hombre, a tomar nuestra carne, no es solo Dios con nosotros sino Dios que se hace como nosotros para que nosotros emprendamos la tarea de hacernos como Dios, de vivir la santidad de Dios.

Aparece repetido en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. No son ofrendas y sacrificios lo que hemos de hacer, sino una cosa tan sencilla como hacer su voluntad. Las ofrendas y sacrificios, aunque mucho nos cueste hacerlas, serán cosas que ofrecemos y Dios no  nos pide cosas, Dios nos pide nuestro corazón porque en él quiere habitar. No pedía otra cosa Dios a María cuando le envía la embajada angélica, sino que le diera su corazón porque en Él quería habitar, porque en ella quería encarnarse para hacer hombre. Y ¿qué hace María? ¿Ir al templo para ofrecer unos sacrificios que agraden a Dios? Abrir su corazón, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, les responde al ángel que es responderle a Dios. ‘Hágase tu voluntad’, la voluntad de Dios.

Pero es lo que ha hecho el Hijo de Dios en su entrada al mundo. Tanto nos había amado Dios que no paró hasta entregarnos a su Hijo, como nos recordará el evangelio en otro lugar, pero a esa donación de Dios que nos entrega a su Hijo está el Hijo de Dios en esa disponibilidad de hacer lo que Dios quiere. Es lo que nos recuerda hoy la carta a los Hebreos, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.

‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría Jesús en una ocasión. No son las ofrendas y los sacrificios los que nos salven. Es la ‘obediencia al Padre’ de Jesús para entregarse por amor. Es el hacer la voluntad del Padre el auténtico sacrificio de nuestra salvación.

¿Seremos capaces de entrar en esa onda? Es lo que decimos todos los días en nuestra oración cuando pedimos que venga el Reino de Dios a nosotros. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Estamos diciendo que queremos hacer la voluntad de Dios, ¿estaremos entendiendo que con eso nos estamos comprometiendo a cumplir los mandamientos de Dios? Creo que tendría que hacernos pensar.

Cuando hoy estamos viviendo esta celebración del Misterio de la Encarnación de Dios, dos cosas hemos de tener en cuenta. Nuestra actitud primera y fundamental es la misma de Jesús en la entrada en este mundo y que luego veremos bien ejemplarizada en María. También hemos de decir, y no solo con palabras, ‘aquí estoy para hacer tu voluntad’, que se haga, que se cumpla, como decía Maria, la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios está en el querer encarnarse, en el querer ahora y siempre habitar en nosotros. ‘Plantó su tienda entre nosotros’, plantó su tienda en nuestro corazón.

¿Estará en nosotros la disponibilidad de María? Abramos, pues, nuestro corazón para que Dios habite en nosotros, pero con la conciencia de que eso nos va a poner en camino. Eso no nos lo podemos guardar solo para nosotros. María se puso en camino y fue a la montaña, a casa de Isabel, ¿a dónde nos va a poner en camino cuando Dios habite en nosotros?

Dejémonos conducir por el Espíritu y encontraremos nuestra montaña a la que hemos de ir, nuestro camino que tenemos que hacer, esa tierra que tenemos que pisar, ese mundo concreto al que tenemos que llevar esa buena noticia que guardamos en el corazón.

 


sábado, 24 de enero de 2026

Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, de ahí nuestra disponibilidad para el seguimiento de Jesús

 


Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, de ahí nuestra disponibilidad para el seguimiento de Jesús

2 Samuel, 1, 1-27; Sal. 79; Marcos, 3, 20-21

No siempre nos entiende en lo que hacemos, muchas veces la incomprensión lo podemos encontrar hasta en las personas más cercanas a nosotros; están por supuesto también aquellos que no están de acuerdo con lo de nosotros hacemos o con la manera de hacer nosotros las cosas y crearán una oposición y puede llegar incluso hasta un enfrentamiento; siempre hay personas que pueden ponernos trabas en nuestras ruedas, por así decirlo, para evitar que aquello que nosotros estamos queriendo realizar buscando lo mejor pues no se pueda hacer realidad; sabemos que no siempre vamos a encontrar acuerdo sobre todo cuando caminamos desde una meta, unos ideales que de alguna manera pueden romper molde de lo que habitualmente se suele hacer y quienes se sienten beneficiado por esa rutina de la vida van a realizar su oposición; tienen su poder podríamos decir y si van a haber recortado por así decirlo sus beneficios dura va a ser la oposición.

Pero como decíamos antes en ese esfuerzo que realizamos por llevar adelante nuestras metas, por seguir con nuestros principios, por hacer ese bien y ese trabajo que queremos realizar lo que están a nuestro lado quizás lo vean la efectividad o la razón de ser de lo que nosotros hacemos, les parezca que es demasiado el esfuerzo que estamos realizando, y que si encima ahí esa oposición alrededor ven que eso puede hacernos daño, ponernos en peligro y tratarán de aconsejarnos, de decirnos que no hace falta tanto, que no es necesario enfrentarse con todo el mundo, que las cosas se pueden hacer de otra manera, dirán incluso que medio nos estamos volviendo locos; ya digo la oposición la podemos encontrar muy cercana a nosotros. 

Algo así le estaba pasando a Jesús, anunciaba el Reino de Dios y realizaba todos esos signos y señales de ese nuevo sentido de la vida si queríamos vivir el reino de Dios y a su alrededor quizás algunos podían ver en peligro sus privilegios, el dominio que podían realizar sobre los demás, porque Jesús enseñaba una vida nueva, una libertad del espíritu, un sentido nuevo y por eso vemos que incluso tratan de quitarlo del medio; lo veremos a lo largo del Evangelio. La tarea de Jesús no era fácil, se estaba gastando y desgastando por el reino de Dios en ese querer estar cercano a todos, en ese anuncio del Reino que iba realizando por todas partes, en esa tarea con sus discípulos más cercanos. Jesús sabía cual era su misión, cuál era su camino, qué es lo que tenía que realizar.

Y la gente lo escuchaba, lo buscaba, le traían enfermos, lo acompañaban en su caminos de un lado para otro, se entusiasmaban con las esperanzas que se iban suscitando en su corazón, veían una luz nueva que estaba comenzando a iluminar de verdad sus vidas. Era el anuncio del Evangelio del Reino de Dios que Jesús estaba realizando. 

Pero, como vemos hoy en el Evangelio, su familia no terminaba de entenderlo, le parecía quizás que era mucho lo que estaba haciendo, conociendo también la oposición que había en cierto sectores a la tarea de Jesús, al anuncio del Evangelio que realizaba contemplaban cómo se enfrentaban verbalmente incluso con Jesús poniendo dificultades, poniendo trabas; diríamos que en un sentido como muy humano, muy familiar, quieren como convencer a Jesús de que no es necesario tanto, como solemos decir, que mejor sería retirarse para evitar problemas, qué necesidad había de enfrentarse a los dirigentes del pueblo judío, querían llevárselo para casa porque decían que no estaba en sus cabales; así nos dice el evangelista. 

Siempre hablamos de las tentaciones de Jesús y recordamos aquel tiempo del desierto pero luego a lo largo del Evangelio veremos que también serán muchos los momentos en que de alguna manera surgirán como nuevas tentaciones, tientan a Jesús para que las cosas no sean tal como las ven venir o tal como él está presentando el anuncio del Evangelio; recordamos incluso cómo Pedro quería quitarle de la cabeza cuando subían a Jerusalén y anunciaba Jesús lo que allí había de pasarle ese pensamiento; poco menos estaba como queriendo decirle que no subiera a Jerusalén. Ahora es la familia la que de alguna manera es también como una tentación para Jesús queriendo apartarlo de su camino, pero era quien había dicho al entrar en el mundo ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’,  quien había dicho ‘mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre’ un día a los discípulos allá junto al pozo de Jacob en Samaria, o sentiría Jesús también la tentación en Getsemaní antes de comenzar la pasión y por eso pedía al Padre que apartase de él aquel cáliz que sabía que había de beber, pero aunque hace esa petición al mismo tiempo dirá ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’;  ‘aquí estoy yo padre para hacer tu voluntad’. 

Es lo que estamos contemplando hoy en este corto pasaje del Evangelio que nos ofrece la liturgia de este día, pero donde nos vemos nosotros también que muchas veces podemos sentir los cansancios, las ganas de tirar la toalla, de volvernos para atrás, de pensar que no es necesario tanto, porqué me voy a meter en estos líos, pero en el fondo de nuestro corazón está nuestra fe, está nuestro querer seguir a Jesús, está la vivencia que queremos hacer del Evangelio, está esa fe en el Reino de Dios que tenemos que ir construyendo día a día aunque nos cueste y seremos capaces de seguir adelante hasta el final.

 

martes, 20 de diciembre de 2022

Abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en ese silencio interior descubramos el proyecto de Dios que como a María también a nosotros nos pone en camino de salvación

 


Abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en ese silencio interior descubramos el proyecto de Dios que como a María también a nosotros nos pone en camino de salvación

 Isaías 7, 10-14; Sal 23; Lucas 1, 26-38

¿Confiamos o no confiamos? ¿Tenemos o no tenemos confianza?  Según en qué, según con quien, según cuándo… y ponemos nuestras pegas, pedimos nuestras pruebas, y aún en las pruebas que pedimos algunas veces también desconfiamos. La vida tendría que estar edificada sobre la confianza, en la vida misma, en las personas de las que nos rodeamos, en las personas con las que estamos, con quienes convivimos, con quienes trabajamos.

Es como podemos vivir, lo contrario sería angustia interior, sería inseguridad, sería falta de paz. Sin embargo aunque nos mostremos recelosos, muchas cosas vamos haciendo con normalidad en la vida que es una muestra de confianza, en el conductor que nos lleva en el autobús, o en el piloto del avión, en el panadero que nos hace el pan o habitualmente con las personas con las que nos cruzamos en la calle, y así en tantas y tantas cosas, a pesar de lo que digamos o lo que pensamos. Es un punto importante en nuestras relaciones.

¿También en nuestras relaciones con Dios? Si decimos que tenemos fe lo hacemos desde una base de confianza, porque es fiarnos de un misterio qee nos supera y nos trasciende, pero también de lo que podemos sentir en nuestro interior en lo que podemos escuchar la voz de Dios. Si oramos a Dios es porque tenemos la confianza de que El nos escucha y accede a cuanto le pedimos.

¿Hasta dónde llega la confianza de nuestra fe? En la rebeldía interior cuando nos aparecen los problemas y las dificultades, el dolor, la enfermedad o la muerte, le reclamamos a Dios y no siempre con la humildad de la confianza. En el sentido que le damos a la vida o el valor que le damos a las cosas muchas veces más que fiarnos de Dios queremos en nuestro orgullo hacerlo por nosotros mismos y a nuestra manera. Cojea en ocasiones esa confianza de la fe, esa confianza en Dios que tendría que convertirse en la obediencia de la fe.

Es la confianza de la fe pero que ha he haber nacido del descubrimiento del amor. Cuando en verdad nos sentimos amados de Dios comenzamos un camino distinto de relación con Dios, un camino distinto de fe y de confianza. No podemos menos que confiar en quien nos sentimos amados. Sepamos, pues, descubrir esas señales del amor. Es lo que de una manera intensa y especial nos disponemos a celebrar en los próximos días de la Navidad.

Hoy queremos aprender de María, que se siente sorprendida por el amor de Dios que la envuelve. Era mujer de fe que de tal manera se había puesto en las manos de Dios que se sentía su esclava, la humilde servidora del Señor. Por eso en ella habrá disponibilidad total porque hay confianza total. Como humana que es, y también en su humildad se siente sorprendida con que Dios quiera contar con ella y no sabe ni cómo va a ser ni hasta dónde tendrá que llegar la disponibilidad de su vida. Por eso ante el misterio que se le revela se turba, que dice el evangelio, se queda pensativa rumiando aquello que el ángel del Señor le está revelando, pero no faltará la paz en su corazón. ‘No temas, María’, le dirá el ángel porque ella es, y así se siente, la agraciada, la regalada por el amor del Señor. Siente sobre sí la mirada del amor de Dios que la ha elegido.

Todo es un misterio de Dios que solo desde la fe, desde la confianza total que pone en la Palabra de Dios que se le está transmitiendo, se es capaz de aceptar, como lo hace María. Su hijo será el Hijo del Altísimo, todo lo que en ella sucede es obra del Espíritu que la envuelve y la llena de nueva vida, comienza con su ‘sí’ un camino de amor y de salvación para la humanidad porque su hijo al que llamará Jesús tiene ese nombre por es el Salvador de todos los hombres. Acepta el plan de Dios, acepta el proyecto de Dios. Un tiempo nuevo va a comenzar por la confianza de María, por la obediencia de la fe de quien es la llena de gracia.

¿Aprenderemos nosotros a confiar?  ¿Habrá en nosotros esa disponibilidad para aceptar lo que sea el plan de Dios para nuestra vida? Porque Dios también quiere contar con nosotros y el sí de nuestra confianza total que le demos a Dios será también camino de vida y salvación para la humanidad. Como a María a nosotros también Dios nos está poniendo en camino; abramos con confianza nuestro corazón a Dios y en el silencio de nuestro corazón descubramos ese proyecto de Dios. ¿Confiamos o no confiamos?

martes, 13 de diciembre de 2022

Cuando tengamos la humildad de ser sinceros en nuestra debilidad buscaremos salvación, buscaremos a Dios y podremos sentirnos llenos de Dios

 


Cuando tengamos la humildad de ser sinceros en nuestra debilidad buscaremos salvación, buscaremos a Dios y podremos sentirnos llenos de Dios

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

El arrogante que se cree autosuficiente nunca será capaz de pedir ayuda, el que se siente lleno y satisfecho no querrá probar otros sabores sino que en su glotonería se quedará con aquella que primero apetece, el que se cree sabio y entendido en todo y para todo cree tener una respuesta o una solución, no creerá que sea posible que haya algo distinto a lo que es su sabiduría y rechazará todo lo que se le presente. Son las vanidades de la vida en que nos creemos que nos valemos solo por nosotros mismos y nunca nos abriremos entonces a algo nuevo y distinto. Nos creemos perfectos y no tendré la humildad de que pueda haber algún error en mi vida, ni necesitaré pedir perdón, ni necesitaré corregir, ni buscará una salvación. Somos muchos los que andamos por la vida tan llenos de autosuficiencias que luego se traducirán en muchas incongruencias en la manera de actuar.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús les propone una parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Les habla de los dos hijos a los que el padre quiere enviar a trabajar a su viña. Uno, que nos parece rebelde, dice rotundamente al padre que no irá; el otro muy obsequioso según abre la boca su padre ya se está ofreciendo y diciendo que sí irá; pero sucede lo contrario, quien se ofreció obsequioso para corresponder pronto a su padre, pronto lo olvidará y se marchará por otras cosas desentendiéndose de lo que le ha pedido el padre. Mientras que quien se había negado a ir, arrepentido pronto accederá a la petición del padre siendo el único que fue a la viña a trabajar.

Cuántas veces vamos de obsequiosos por la vida. no queremos llevarle la contra a nadie, para que todos vean que somos buenos, pero lo somos de palabra, porque en el fondo no estamos dispuestos a hacer aquello que se nos ha pedido; queremos quedar bien con la incongruencia de que luego nada hacemos; queremos quedar bien y decimos que estamos de acuerdo mientras en nuestro interior quizás estamos pensando en algo bien distinto; a todo bajamos la cabeza para decir sí y vean lo buenos que somos pero nuestros corazones están llenos de otras sombras.

Aquel que fue sincero, porque quizá en aquel momento no tenía ganas de hacer lo que le pedía su padre y había dicho no, luego recapacitó y volvió a la senda del buen camino haciendo lo que realmente le pedía su padre. Tuvo la osadía de negarse, pero tuvo luego la valentía de arrepentirse; quizás fue mal mirado por aquella primera rebeldía de querer hacer la vida a su manera, luego quizás nos costará reconocer la valentía de su arrepentimiento y siempre le estaremos cargando con el sambenito de su pecado. Porque hasta ahí llegan nuestros orgullos, nuestras autosuficiencias, nuestras incongruencias, pero no reconocer que es posible un cambio y un arrepentimiento para comenzar una vida nueva.

Qué necesaria es la humildad de reconocer como somos, con nuestras deficiencias, con nuestras debilidades y tropiezos, con las sombras que tantas veces nos han acompañado en la vida. Aunque ahora estamos intentando hacer las cosas bien, sin embargo nos cuesta reconocer que un día cometimos errores, nos parece que nos vamos a sentir humillados, cuando en verdad sería todo lo contrario, porque la grandeza no está en que nos sintamos siempre perfectos, sino en reconocer que no lo somos, que hemos tropezado y que somos capaces de levantarnos. Cuantos velos queremos poner en tantas ocasiones en nuestra vida que tapen esos sombras que un día hubo en nosotros.

Será así cuando en verdad busquemos la salvación; será así cuando busquemos la verdadera sabiduría; será así cuando en verdad busquemos a Dios y terminaremos sintiéndonos llenos de Dios.

lunes, 17 de mayo de 2021

Podremos sentirnos abandonados de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que con su presencia no estamos solos porque El ha vencido al mundo

 


Podremos sentirnos abandonados de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que con su presencia no estamos solos porque El ha vencido al mundo

Hechos de los apóstoles 19, 1-8; Sal 67; Juan 16, 29-33

Hay momentos en la vida en que parece que todo se nos viene abajo. Como una bomba que cae y deja todo destruido a su alrededor. La vida quizás nos iba marchando con normalidad, siempre tenemos nuestra luchas, pero también está la ilusión y el entusiasmo que vamos poniendo en lo vamos haciendo, los proyectos que nos planteamos, las metas a las que queremos llegar; constatamos que somos débiles y a pesar de toda la ilusión que ponemos siempre nos encontramos trabas en nosotros mismos.

Pero de repente nos sucede algo inesperado y es como si el mundo se nos viniera abajo; se van por tierra todos aquellos proyectos, aquellas metas que nos habíamos trazado; incluso quizá en nuestro fracaso sentimos un frío en nuestro derredor en las personas en las que confiábamos pero que ahora nos han dejado solos. Nos cuesta levantar cabeza, tenemos que poner mucha voluntad para seguir en la lucha y tratar de rehacer la vida, mucho le pedimos al Señor también que nos ayude pero parece que también por esa parte se hiciera un silencio que se convierte en mi doloroso.

Son experiencias de vida que podemos haber tenido, o que palpamos en gente de nuestro entorno, algún amigo con confianza quizá nos habrá hablado de sus fracasos y de sus momentos de hundimiento. ¿Nos estará hablando de esto hoy Jesús en el evangelio?

La escena sigue correspondiendo a la última cena de Jesús antes de su pasión. En la medida en que había ido transcurriendo parecía que algunos nubarrones que se cernían sobre ellos comenzaban a desaparecer. Ahora parece que los discípulos se muestran más confiados, porque realmente lo habían venido pasando mal porque no entendían muchos de los gestos de Jesús ni los anuncios que les hacía. Ahora parece que sí, que comienzan a creer, pero Jesús viene a preguntarles algo así como si están seguros.

Como una bomba Jesús les dice que ya ha llegado el momento en que ellos se van a dispersar y a dejarlo solo. Es lo que sucederá en breves momentos en Getsemaní cuando aquellos esbirros que venían con Judas al frente prenden a Jesús. Todos se dispersaron y huyeron. Dolorosa es la traición de Judas, pero será en cierto modo peor la huída de todos llenos de miedo, y la negación incluso de Pedro en el patio del pontífice.

Así será el grito angustioso de la oración de Jesús en el huerto, pero también las palabras con las que desde la cruz recitará el salmo: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?’ Pero como les está diciendo ahora Jesús estaba solo pero no estaba solo. Estaba solo porque sus discípulos más queridos y más cercanos se habían dispersado y huido llenos de miedo, pero no estaba solo porque no le faltaba la presencia del Padre, a pesar de las palabras del salmo.

La confianza de Jesús en el Padre estaba por encima de todo. Por eso terminará a la hora de su muerte ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ como un eco de aquellas sus primeras palabras a la entrada en el mundo ‘¡Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad!’ Y es que por encima de todo estaba el amor, la entrega de Jesús.  Por eso hoy terminará diciéndonos ‘Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Yo diría ahora, conforme a lo que hemos reflexionado en otros momentos, que a través de esta plantilla de los anuncios y las palabras de Jesús tratemos de mirar nuestra vida. Hablábamos al principio de esas experiencias de fracaso que muchas veces sufrimos en la vida. Muchas situaciones duras, difíciles, problemáticas a las que tenemos que enfrentarnos y en las que pasamos también por ese calvario, por esas soledades, por esa sensación de impotencia. Escuchemos las palabras de Jesús que nos hablan de las luchas que vamos tener en la vida, pero nos dice ‘tened valor: yo he vencido al mundo’. La victoria de Jesús parte de lo que es por encima de todo su ofrenda de amor y de cómo se pone en las manos del Padre.

¿No será ese el camino que al final tendremos que recorrer en nuestra vida? ¿No tendremos que saber hacer esa ofrenda de amor en esos momentos oscuros, que son de todo tipo, para que de verdad encontremos el camino de la victoria como la de Cristo? Podremos sentirnos solos de los apoyos humanos, pero siempre el Señor nos dejará una señal de que la presencia del Señor no nos deja solos y abandonados. Será turbio y doloroso el camino, lleno de amarguras y de sinsabores, con soledades amargas y con muchas lágrimas en los ojos y en el corazón, pero como Jesús sepamos ponernos en las manos del Padre y no nos sentiremos abandonados.

El final, seguramente, terminaremos dando gracias.

viernes, 2 de abril de 2021

Una meditación y una lección a la sombra de la cruz de Jesús que nos hace mantenernos firmes en nuestra fe y en la esperanza de un mundo mejor

 


Una meditación y una lección a la sombra de la cruz de Jesús que nos hace mantenernos firmes en nuestra fe y en la esperanza de un mundo mejor

 Isaías 52, 13 — 53, 12; Sal 30; Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1 — 19, 42

Nos ponemos hoy a la sombra de la cruz de Jesús con todas sus consecuencias y mantengamos firmes la confesión de fe; pero ponernos a la sombra de la cruz nos hace contemplar el espectáculo, si es que podemos decirlo con esa palabra, más cruento y doloroso, pero mantengamos firmes la confesión de fe; no es solo lo que podemos contemplar aquí a la sombra de esta cruz del calvario, sino que nuestra mirada como a través del reflejo de un cristal en transparencia va a contemplar también mucho sufrimiento y mucho dolor, muchas angustias y muchas soledades, muchos llantos desesperados y muchas lágrimas derramadas en silencio o entre gritos desgarrados, igual que muchos odios y muchos resentimientos, muchas violencias y crueldades en corazones que parece que ya no saben lo que es la piedad, pero aún así con tanto dolor mantengamos firmes la confesión de nuestra fe.

¿Cómo podemos decir aún que mantengamos la confesión de nuestra fe? Es que aquella primera mirada cuando nos pusimos a la sombra de la cruz del Calvario nos da un sentido y un valor, despierta una esperanza y nos dice que aun con tanto dolor y confusión es posible el amor, que será el amor el vencedor porque la victoria la tenemos en ese Cruz del Calvario de donde pende el que es nuestro salvador. Esa muerte no es un sin sentido aunque humanamente lo pareciera, sino que en esa muerte encontramos el sentido y el valor, porque en esa muerte encontramos el amor.

Frente a tantos derrotistas como nos podemos encontrar en nuestro mundo que parece que ya han perdido el sentido de todo, nosotros podemos confesar con nuestra fe que la victoria final es la del amor, porque para eso contemplamos a Jesús en la cruz y su muerte no es una derrota sino el camino de una victoria porque al que hoy contemplamos muerto en un cruz lo contemplaremos salir victorioso del sepulcro en su resurrección. Tenemos el convencimiento y la certeza de que desde la cruz del Calvario nace un mundo mejor donde será destruida la muerte y donde florecerá para siempre la justicia y el amor.

Estamos contemplando a quien en su entrada en el mundo exclamó ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. Y eso fue su camino y su vida. Su alimento era hacer lo que era la voluntad del Padre y así lo contemplamos en los caminos del Evangelio. Se sentía el enviado del Padre y hacia el Padre quería que dirigiéramos nuestros pasos como El hacía. No fue fácil y en la noche del jueves santo le escuchamos su grito desgarrador pidiendo que pasase aquel cáliz que había de beber, pero por encima de su dolor y angustia como ser humano estaba siempre su deseo de que se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.

‘Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’, nos dice la carta a los Hebreos. En los momentos duros nos cuesta más la confianza y la obediencia, el fiarnos pensando que en esa oscuridad un día podrá brillar la luz. Es entonces cuando se hace más valiosa la obediencia porque está llena de confianza y de esperanza. Es cuando aprendemos el valor de la obediencia, es cuando más se resalta y brilla nuestra fe, es cuando se hace más grandiosa la ofrenda de nuestro yo y de nuestra voluntad. Podríamos pensar que por ser hijos tenemos la libertad de hacer solamente nuestra voluntad, pero en ese momento oscuro, en ese momento de dolor y sufrimiento aprendemos lo maravilloso que es la obediencia entrando en el mundo de la fidelidad. ‘Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer’.

Aunque en la cruz aun le escuchemos quejarse de su soledad y abandono, ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ terminará poniendo todo en las manos del Padre, haciendo la ofrenda de amor su vida poniendo en las manos del Padre su Espíritu. ‘Todo está cumplido… - se ha hecho según tu voluntad – a tus manos encomiendo mi Espíritu’. Su vida queda enmarcada entre aquellas palabras iniciales a su venida al mundo y este momento final en que aun sigue llamando Padre a Dios en quien se confía. ‘Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna’.

Hoy día de Viernes Santo nos queremos poner a la sombra de la cruz de Jesús. Ahí encontramos nuestra luz y nuestra fortaleza. No nos ponemos a la sombra de la cruz como para resguardarnos y quedarnos encerrados en nosotros mismos o donde pensamos que no nos van a alcanzar los peligros. A la sombra de la cruz se nos abren nuevos horizontes para ver nuestro mundo en toda su cruel y dura realidad, pero a la sombra de la cruz del Calvario se abren nuevos caminos para mi vida porque hay una buena nueva que anunciar a todo ese mundo que sufre, la Buena Nueva de la cruz salvadora de Jesús con quien nos llega la victoria de un mundo nuevo.


Tenemos que empezar a recorrer ese camino también como Jesús sintiendo que nuestro alimento es hacer la voluntad del Padre. Comencemos a sembrar semillas de ese mundo nuevo que queremos generar. Allí donde estemos amor y generosidad, seamos capaces de entendernos primero que nada con aquellos que más cercanos están de nosotros teniendo siempre palabras de diálogo y de paz. Vayamos sembrando esas semillas de cercanía, de comprensión, de capacidad de perdón, de ilusión por hacer cosas nuevas con aquellos que están cercanos a nosotros, de aprender a confiar en el otro por encima de todo aun cuando sigamos viendo muchas sombras que seguro que pronto desaparecerán.

Esos pequeños gestos seguro que se irán extendiendo poco a poco como una mancha de aceite e iremos impregnando a todo nuestro entorno para que sea distinto, para que sea mejor. Piensa que con eso tan insignificante que estás haciendo estás contribuyendo a esa victoria que Cristo nos anuncia de que es posible un mundo nuevo. Creemos en la fuerza del Espíritu de Jesús que estará actuando en nuestro corazón y nos daremos cuenta de que nuestro mundo comienza a ser un poquito mejor.

Es la meditación que me he hecho a la sombra de la cruz y que os ofrezco como pequeña semilla que genere nueva vida en vuestros corazones.

viernes, 19 de marzo de 2021

Dios nos va sorprendiendo a cada paso y como san José sabremos leer los caminos de Dios dejándonos conducir por la obediencia de la fe

 


Dios nos va sorprendiendo a cada paso y como san José sabremos leer los caminos de Dios dejándonos conducir por la obediencia de la fe

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22;  Mateo 1, 16. 18-21. 24a

‘Era el hijo de José, el carpintero’, darían como referencia para Jesús cuando fue a su pueblo y se levantó en la sinagoga para hacer la lectura. Y hoy la Iglesia y la liturgia nos hace volver la vista hacia san José, el esposo de María, de la cual nació Cristo, como se nos dirá en otro momento del evangelio. Y este año el Papa Francisco con una breve carta apostólica sobre san José nos invita a celebrar el año de san José; inmersos en ello estamos desde el pasado 8 de diciembre, día de la Inmaculada Virgen María.

Justo, pues, que esta fiesta de san José que a causa de la pandemia estamos pasando por debajo de la mesa como decimos cuando no podemos celebrar un acontecimiento familiar, un cumpleaños de alguno de sus miembros. Nos pasa que no podemos darle mucha solemnidad externa, pero eso no nos quita para que reflexionemos sobre su figura y desde las pocas líneas que el evangelio le dedica entresaquemos hermoso mensaje y testimonio que nos ayude en el camino de nuestra vida cristiana, como queremos hacer siempre con la fiesta de cualquier santo.

Hombre de fe y hombre humilde como el que más, hombre abierto al misterio de Dios y obediente a sus designios no siempre de fácil comprensión y asimilación. Es el hombre creyente que sabe rumiar todo el misterio de Dios que envuelve su vida. No era hombre de decisiones apresuradas pero sí siempre pronto a confrontar su vida y lo que le sucedía con el misterio de Dios que todo lo envolvía. Es el hombre bueno que querrá hacer sufrir a nadie por la toma de sus decisiones, sino que siempre se abre al designio de Dios que se le revela, pero que él sabe leer esa revelación en aquello que le va sucediendo.

No es poco lo que hasta aquí estamos diciendo. Noches oscuras turbaban su vida cuando siendo bueno y siendo recto su vida se ve envuelta en hecho que pudieran mancillar su reputación y la de las personas que él más quería. El misterio que sucede en María y que él no termina de entender estaba poniendo en juego su rectitud y su madurez humana como hombre. La afecta profundamente a su vida pero ni quiere escandalizar, ni quiere dañar a nadie, por eso decide actuar en el silencio. Qué lección más bonita que tenemos que aprender, guardar silencio ante lo que sucede y no comprendemos; guardar silencio pero abrir su corazón a quien se le puede revelar en ese silencio o a quien en el silencio le habla y le señala caminos. Es le hermosa lección que de José aprendemos.

Y en el silencio de la noche, en el silencio de las horas pasadas en profunda reflexión dando vueltas y más vueltas a cuanto le sucede, en el silencio que se hace oración y apertura a Dios, José escucha en su corazón, José escucha la voz de Dios que le habla por el ángel del Señor y José llegará a comprender y aceptar todo el misterio de Dios tantas veces incomprensible. Cuánto bien nos hace rumiar una y otra vez en nuestro interior esos misterios de Dios que se nos revelan y nos tienen que llevar también a la toma de decisiones sobre lo fundamental de nuestra vida.

Así se nos muestra san José como ejemplo de lo que ha de ser la obediencia de la fe. Esa obediencia de la fe, cuando desde la luz de la fe y aunque los razonamientos humanos parezca que van en otro sentido, nosotros sabremos decir Sí, como lo hizo san José. Tras las palabras del ángel cuando en principio él pensaba huir lejos de cuanto le estaba sucediendo sin embargo se lleva a María, su mujer a casa; pero es el sí que siempre lo está poniendo en camino, primero Belén, más tarde Egipto, finalmente de nuevo Nazaret. No eran sus caminos pero eran los caminos que había que recorrer porque eran los caminos de Dios, aunque él nunca hubiera pensado tener que recorrer esos caminos.

Es lo sorprendente de san José, como muchas veces son sorpresas los caminos que se van abriendo delante de nosotros cuando sabemos hacer silencio para dejarnos conducir por el ángel del Señor. No siempre hemos hecho lo que pensábamos o hicimos lo que nunca habíamos pensado que tendríamos que hacer; es la vida que nos va sorprendiendo, pero que el verdadero creyente que nosotros hemos de ser a la manera de san José, descubrimos que no es la vida la que nos da las sorpresas sino que es Dios quien nos va sorprendiendo minuto a minuto cuando son sinceridad y con humildad nos ponemos a recorrer sus caminos.

Abramos los ojos para no perdernos la sorpresa de Dios, para sentirnos siempre inundados por su presencia y por su amor.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

 


Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio porque sabe que con cuanto haga y viva está realizando el plan de Dios de salvación para los demás

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24

Hay personas que pasan desapercibidas en la vida, que nunca se mencionan y que da la impresión que no hubieran existido si la historia la construimos o la narramos de la prestancia de las personas y de la relevancia que se dan. Sin embargo aunque en su humildad han pasado desapercibidas han ocupado un lugar muy importante y hasta diríamos sobresaliente en la vida. No vendieron quizá su imagen, pero su obra callada quedó y solo los que saben ser observadores podrán descubrir su relevancia.

Hoy la palabra de Dios dirige nuestra mirada a quien quiso pasar así desapercibido por la vida pero que jugó un papel importante en nuestra historia de la salvación. Me refiero a José el esposo de María. En contadas ocasiones se nos menciona en el evangelio y siempre parece que tiene un papel muy secundario. La imagen que en la tradición nos hemos hecho de él, un anciano venerable, lo hace pasar más desapercibido. ¿Por qué razón tenemos que imaginarlo siempre como un anciano venerable cuando en lo poco que se menciona de él se dice que era un artesano de Nazaret? Jesús era el hijo del artesano, así nos aparece en el evangelio, y no podemos pensar entonces en un hombre tan mayor como que lo veamos como anciano. Quizás la humildad con la que pasa tan calladamente por el evangelio nos lo haga figurar así.

Pero por lo que escuchamos hoy en el evangelio de Mateo podemos encontrar en él una persona muy madura humanamente hablando y una persona de una grande fe. Era el esposo de Maria, así nos lo menciona el evangelio aunque en las costumbres propias de la época parece que aun no se hubieran celebrado las bodas porque aún María no convivía en el mismo hogar de José. ‘No conozco varón’, le había dicho María al ángel de la anunciación.

En aquellos misterios de Dios para ofrecernos al Emmanuel por obra del Espíritu Santo María esperaba ya un hijo. Y eso tenía que haber sido algo de gran tormento en el corazón de José, de manera que en secreto para no hacer daño a nadie está decidido a repudiarla. El tormento de su corazón pero la madurez de su vida le hace llevar aquel sufrimiento en silencio, esperando quizá que el Señor le manifieste su voluntad.

Aún no conoce José los designios de Dios. El ángel del Señor se le manifestará en sueños para revelarle todo el misterio de Dios que en María se está realizando. Y José también pone su vida en las manos de Dios. Si María respondió al ángel diciendo que allí estaba la esclava del Señor y se cumpliera en ella según su palabra, José en silencio dice sí a Dios y se llevó a María, su mujer a su hogar. Es el hombre creyente que rumia en silencio todo el misterio de Dios que se le revela y responde a Dios con la obediencia de la fe.

Nos centramos hoy en este episodio que es el que nos ofrece el evangelio en esta ocasión, aunque siguiendo el camino de José veremos cómo tendrá que enfrentarse a momentos difíciles y dolorosos pero siempre con la madurez del creyente que busca lo que es en todo la voluntad de Dios. El camino hasta Belén para el empadronamiento, el nacimiento de su hijo en un establo, la persecución de Herodes y la huida casi como un exiliado a Egipto, etc., son momentos en que como en silencio y de forma madura se va enfrentando a esas diversas situaciones queriendo caminar descubriendo siempre lo que son los designios de Dios. Así, en silencio, ocupa un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación.

Preguntas podrían surgir muchas en nuestro corazón desde la contemplación del silencio, de la madurez y de la fe de José. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante las dificultades de la vida? nos decimos creyentes, pero ¿sabemos hacer una lectura creyente de cuanto nos sucede para en ello descubrir lo que son los designios de Dios para nuestra vida? porque ser creyente no significa que tengamos que someternos a un destino fatídico al que no encontramos sentido, pero ante el que tenemos que aguantarnos de la forma que sea.

El creyente se pregunta y le pregunta a Dios, el creyente siente inquietud en su corazón y muchas veces también tiene que sufrir mientras no encuentra un sentido y un valor a lo que le sucede, el creyente no simplemente cierra los ojos para dejarse llevar por algo irremediable, sino que saber abrir bien los oídos y los ojos de su corazón para descubrir su lugar, pero para descubrir en el lugar de Dios en cuanto nos sucede, para descubrir el designio de Dios. Al creyente no le importa pasar una vida oculta y en un aparente silencio, como fue el de José, porque sabe que también con cuanto haga y viva está realizando ese plan de Dios de salvación para los demás.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Una invitación a esperar siempre la misericordia con nuestro arrepentimiento y a tener una mirada nueva hacia los demás que nunca será de juicio ni condena sino de misericordia

 


Una invitación a esperar siempre la misericordia con nuestro arrepentimiento y a tener una mirada nueva hacia los demás que nunca será de juicio ni condena sino de misericordia

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

La parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio podíamos decir que es algo que sucede todos los días; esa reacción diversa que podemos tener cuando se nos recuerda lo que tenemos que hacer podíamos decir que está a la orden del día; el rebelde que siempre está diciendo que no a todo lo que se le dice, pero que luego recapacita y hace aquello que se le ha señalado, pero también el que promete y promete pero al final de todo se olvida y nada hace.

Es algo que es demasiado frecuente porque solemos decir que estamos cansados de palabras y de promesas, porque todo el mundo nos promete poco menos que el paraíso en la tierra porque con su gestión las cosas van a marchar muy bien, se van a eliminar todas las corruptelas y las cosas funcionarán de maravilla; parece que tienen la varita mágica para resolver todos los problemas que otros no han sabido resolver. Y todos me entenderéis que podemos hablar de las famosas promesas electorales que todos nos hacen y con ellos todo seria una maravilla, pero la experiencia nos dice que se quedan en eso, en promesas electorales.

Pero no es necesario que nos metamos con el mundo de la política, que ya sabemos que es una realidad, sino que tenemos que darnos cuenta que eso nos sucede a todos, nos sucede a ti y a mi, personas sin mayor relevancia, pero que también en nuestra vida nos prometemos muchas cosas, porque vamos a cambiar, vamos a ser mejores, tras un momento en que recibimos un impacto fuerte en la vida nos prometimos y dimos la palabra de que la vida nos la íbamos a tomar de otra manera, pero bien sabemos que pronto lo olvidamos.

Porque claro aquí, cuando estamos escuchando la Palabra de Dios aunque también la Palabra nos haga un juicio sobre el estado de nuestra sociedad, pero sobre todo tiene que llegar a lo personal de cada uno y no temer verse denunciado en esas corruptelas que también tenemos en nuestra vida. Es una palabra que tendrá que interpelarnos en nuestra vida personal y hacernos ver, por ejemplo, cuan inconstantes somos en nuestros propósitos, cuantas veces nos decimos que vamos a ser mejor, pero seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas.

Pero esta Palabra que nos dirige el Señor hoy es también una invitación a la esperanza. Una invitación a la esperanza porque tenemos la certeza de que el Señor es paciente y siempre está a la espera de nuestra respuesta. Es una invitación a nuestro personal arrepentimiento, pero es también una invitación a tener una mirada distinta hacia los demás.

Somos fáciles al juicio y a la condena; ahora mismo cuando al escuchar la parábola veíamos por un lado al rebelde que no quería obedecer o al que prometía y no cumplía por otra parte, ya en nuestro interior estábamos haciendo nuestros juicios de condena. Vemos cualquier actitud o postura en los demás que no nos agradaba y ya estamos manifestando nuestro malestar, o lo que es peor nuestra condena, olvidándonos quizá de la viga que llevamos en nuestros ojos.

Digo que lo que hoy nos dice Jesús nos hace tener otra mirada comprensiva hacia los otros, porque empezamos por darnos cuenta de nuestra propia debilidad y entonces podemos comprender la debilidad de los demás. Porque sentimos la misericordia de Dios sobre nosotros mostremos esa misma misericordia siempre con los demás.

Pero es que Jesús les dice a aquellos sumos sacerdotes y ancianos del pueblo a los que dirige directamente la parábola, que ellos se pueden considerar justos, pero que tengan en cuenta que los publicanos, los pecadores y las prostitutas se les van a adelantar en el Reino de los cielos, porque están más prontos a reconocer su pecado y arrepentirse.

Les recuerda lo que sucedía con la gente que iba a escuchar a Juan; nunca aquellos principales del pueblo se sometieron al bautismo penitencial de Juan - iban más bien pidiéndole credenciales al Bautista de por que hacía lo que hacia allá en la orilla del Jordán -, pero los pecadores reconocían su pecado y allá se sumergían en aquellas aguas purificadores como un signo de penitencia.

¿No será también esta Palabra una interpelación a la Iglesia para que sepamos buscar siempre y por encima de todo el espíritu y el sentido del evangelio abandonando algunas actitudes que podamos tener ante lo que sucede en el mundo? Algunas veces aparecemos demasiado puritanos y no mostramos las señales de la misericordia con todos los pecadores, sea cual sea el pecado en que hayan caído. No puede ser la iglesia juzgadora sino la Iglesia misericordiosa que muestra el rostro compasivo y misericordioso de Dios.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación


Hoy nos gozamos con María Inmaculada porque es ella como la aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Romanos 15, 4-9; Lucas 1, 26-38
En medio del camino del Adviento que iniciábamos el pasado domingo nos aparece hoy la figura de María en esta fiesta de su Inmaculada Concepción que siempre nos cae en este marco, pero que este año se hace coincidir con el segundo domingo de Adviento. Repetidamente aparecerá en la liturgia en este camino de preparación para la Navidad la figura de María. De mano de quien mejor podemos nosotros hacer este camino que de mano de María.
En la Palabra de Dios que para esta fiesta se nos propone aparece como en un contrapunto la figura de Eva y la figura de María. Nos aparece Eva en el relato del Génesis en esa página llamada precisamente el proto-evangelio, porque viene a convertirse en el primer anuncio, la primera Buena Nueva de la salvación que Dios nos ofrece para nuestro pecado.
Cuando nos acercamos al Génesis podemos ir llenos de prejuicios y de no tan correctas interpretaciones por lo que algunos casi lo descartan como fruto de leyendas y de mitos que dicen que se contraponen a conceptos que dicen científicos de lo que es el origen del universo y de la humanidad. Desde el sentido creyente de la vida con el que ponemos siempre a Dios en el centro y origen de nuestra existencia y de la vida misma, sabemos que nunca haremos de esas primeras páginas de la Biblia ninguna lectura literal ni por supuesto tampoco de signo científico.
Pero en esa lectura creyente que del Génesis hacemos podemos descubrir el sentido de Dios que gravita en el fondo de la existencia del universo mismo y que ahora mismo que tan dados somos a ecologías y cuidados del medio ambiente allí veremos también como Dios ha puesto su obra creadora en las manos del hombre para que la cuide y para que la desarrolle con las capacidades de las que está dotado. Que nunca la maldad que se introduce con tanta facilidad en el corazón del hombre destruya la vida ni destruya la obra creada de Dios.
Fijémonos como cuando dejamos introducir ese mal en el corazón del hombre, de la persona, en nuestros deseos de grandeza y de poder queremos ser como dioses que se sientan por encima de todo y de todos no importándole destruir lo que sea para no bajarse del pedestal en que ha querido subirse.
Lo que nos relata el Génesis del pecado de Adán y Eva lo podemos seguir leyendo, lo podemos seguir viendo en el corazón de la humanidad hoy donde seguimos con nuestros afanes y nuestros orgullos de grandeza y de poder que nos divide y nos destruye como destruye cuanto esté en nuestro derredor. Cuando se mete esa maldad en el corazón pronto aparece la discordia y el enfrentamiento porque nunca queremos reconocer que la culpa es nuestra sino del otro o de la circunstancia. Eva me dio de comer dirá Adán, la serpiente me engañó replicará Eva, pero nunca reconocemos cuando de ambición y de orgullo hay en nuestro corazón.
Es bueno detenernos un poquito a hacernos esta reflexión del pecado de la humanidad, porque no es un pequeño etéreo y en abstracto sino que tenemos que reconocer que sigue siendo nuestro pecado y ver ahí nuestra propia destrucción. Pero esta página es una página de esperanza porque para ese pecado que nos destruye hay una salvación. Es la promesa de Dios que escuchamos en esta página del Génesis. ‘Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón’.
Está el anuncio de la victoria sobre el mal ‘te aplastará la cabeza’, y aparece también en cierto modo la figura de María. Es la mujer cuya descendencia será nuestra salvación. Es por lo que escuchamos este texto en esta fiesta de Maria, porque ya María, en virtud de los méritos de su Hijo, nació liberada de la esclavitud del pecado. Por eso la llamado Inmaculada en su Concepción.
Hoy el ángel del Señor la llama la llena de gracia, porque es la que está llena de Dios cuando le anuncia que va a ser la Madre del Altísimo. Decíamos antes como en contrapunto aparecen Eva y María, porque si aquella primera mujer la vemos seducida por el maligno – no nos quedemos de manera simple en la prohibición o la tentación de una fruta cogida de un árbol y comida – puede ser esa figura o esa imagen de la humanidad manchada por el pecado porque desobedece el plan de Dios, en contrapunto aparece María, la Inmaculada, la llena de gracia y que se convierte por su obediencia de fe en el puente de nuestra salvación porque es la madre del que vino a traernos la salvación.
Hoy nos gozamos con Maria, como los hijos se gozan con la Madre, pero hoy nos gozamos con María porque ella es aurora que nos anuncia el día que llega, el día de la salvación. Como nos gozamos tras una noche oscura cuando al amanecer van apareciendo los primeros albores del nuevo día, así nos gozamos con María y de manera especial en este camino de Adviento que estamos haciendo y que nos conduce a la celebración del nacimiento del Salvador.
En los pasos que vamos dando en este camino tantas veces oscuro de la vida vayamos impregnándonos de esos albores de gracia que en Maria contemplamos para que vayamos desprendiéndonos de esas negruras de orgullo y de vanidad en que nos vemos envueltos tantas veces para que imitando a María nos revistamos de esas vestiduras de gracia del hombre nuevo con nuestra humildad y nuestra disponibilidad, con nuestra apertura a los designios de Dios y nuestra obediencia de fe, con la generosidad de un corazón desprendido y que se ha despojado del orgullo y de la vanidad que nos hacia creernos grandes y nuestro compromiso siempre renovado de hacer de este mundo lleno de violencia y de maldad un mundo nuevo de verdad y de paz.
De mano de María será un hermoso camino de Adviento que nos llevará a una autentica navidad de Dios que se hace más presente en nuestro mundo.