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jueves, 4 de junio de 2026

El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

 


El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

2 Timoteo 2, 8-15; Salmo 24; Marcos 12, 28b-34

Siempre nos estamos haciendo las mismas preguntas ¿qué es lo que tengo que hacer?, pero quizás no sabemos transformar la pregunta para preguntarnos más bien, ¿qué es lo que tengo que vivir? Podemos hacer muchas cosas, pero no son tantas las que vivimos; somos capaces en un momento determinado rascarnos el bolsillo para comprar un regalo muy hermoso y muy valioso con que queremos obsequiar a alguien, pero no somos capaces de detenernos a su lado para compartir nuestro tiempo, para escuchar cuando tenga que decirnos, o simplemente para estar con esa persona a la que decimos que amamos tanto y obsequiamos con cosas hermosas, pero para la que nunca tenemos tiempo.

Cuidado que en nuestras expresiones religiosas así hacemos, así actuamos muchas veces. Por eso tendríamos que preguntarnos cómo conjugamos esos momentos de nuestra religiosidad con lo que es en el día a día nuestra relación con los demás y el amor que Jesús nos dice que debemos de tenerles.

Hoy se ha acercado un escriba a Jesús para preguntarle - ¿será una vez más una pregunta cargada de intencionalidad para ver cómo cogían a Jesús como en tantas otras ocasiones hemos visto? – ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’ Sabemos cómo a partir de lo que aparece en el libro de la Ley se multiplican los preceptos diluyéndose lo que es lo principal y fundamental. Jesús responde textualmente con aquello que además sabía de memoria y repetía muchas veces al día como un mantra todo buen judío con las palabras de la Escritura. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús quiere complementar este primer mandamiento y por eso añade. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Solamente recuerda Jesús, repito, lo que todo buen judío tenia que saber; como nosotros cuando decimos que el primer mandamiento es ‘amar a Dios sobre todas las cosas’. Pero es hermoso el comentario que se hace el escriba; era un maestro de la ley y había de tenerlo muy claro a la hora de enseñar al pueblo. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Y aquí tenemos lo maravilloso para contrastar también con lo que nosotros hacemos y no vivimos. ‘Vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Es importante esta coletilla, porque nos lleva a la manera de hacer la pregunta que nosotros tendríamos que hacer. No son los holocaustos, no son los sacrificios, no son los regalos extraordinarios que en un momento podamos realizar, no son los ramos de flores que podamos llevar o los manteles de altar que podamos regalar, es poner amor de verdad en nuestra vida.

Pero el amor no se manifiesta con cosas, el amor se expresa con la vida. No es lo que nos podamos saber de memoria, son las actitudes de cercanía y de respeto, de valoración de la persona y de cómo la tenemos en cuenta, la sonrisa con que en todo momento la acogemos y el hacerlas partícipes de nuestra amistad, es la integración de toda persona sin distinción en nuestro círculo y es la atención que le prestamos cuando nos cruzamos en la vida o en la calle con ese que nos pueda parecer distinto. ¿De qué me vale el poner una generosa limosna en el cepillo de la Iglesia si cuando cruzo la puerta de la Iglesia ni siquiera doy los buenos días a quien sale a mi lado?

¿Qué es lo que tengo que vivir si me quiero llamar cristiano?

miércoles, 25 de marzo de 2026

Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 


Abramos el corazón queriendo hacer la voluntad de Dios que quiere habitar en nosotros conscientes de que hemos de ponernos en camino para comunicar esa buena noticia

 Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Salmo 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

No es hacer un alto en el camino cuaresmal que estamos haciendo el hecho de que hoy celebremos esta solemnidad de la encarnación de Dios en el seno de María. Tiene todo su sentido y concuerda perfectamente con este camino cuaresmal que hacemos. Podemos decir que es un paso más y muy importante para llegar a la vivencia de la Pascua para la cual nos estamos preparando.

En esa búsqueda del sentir de Dios para nuestra vida que es todo camino de fe, pero al mismo tiempo buscando la respuesta que damos y que tendríamos que dar – es la revisión de nuestra vida que la liturgia cuaresmal nos está ayudando a hacer – el contemplar este misterio que hoy celebramos nos ayuda a profundizar aún más en ello.

¿Qué es lo que Dios nos pide? ¿Cuál es la respuesta que hemos de dar a todo ese don de amor que Dios nos hace? Podríamos decir, ¿cuál es la manera más apropiada para hacernos agradables ante Dios? Claro que nos hacemos esta última consideración, no porque queramos conquistar a Dios haciendo, por así decirlo, cosas buenas, sino como la respuesta que hemos de dar a ese don de Dios. Y nuestra fundamental respuesta es hacer su voluntad.

El misterio que hoy celebramos es esa donación de amor de Dios por nosotros que le lleva a hacerse hombre, a tomar nuestra carne, no es solo Dios con nosotros sino Dios que se hace como nosotros para que nosotros emprendamos la tarea de hacernos como Dios, de vivir la santidad de Dios.

Aparece repetido en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. No son ofrendas y sacrificios lo que hemos de hacer, sino una cosa tan sencilla como hacer su voluntad. Las ofrendas y sacrificios, aunque mucho nos cueste hacerlas, serán cosas que ofrecemos y Dios no  nos pide cosas, Dios nos pide nuestro corazón porque en él quiere habitar. No pedía otra cosa Dios a María cuando le envía la embajada angélica, sino que le diera su corazón porque en Él quería habitar, porque en ella quería encarnarse para hacer hombre. Y ¿qué hace María? ¿Ir al templo para ofrecer unos sacrificios que agraden a Dios? Abrir su corazón, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, les responde al ángel que es responderle a Dios. ‘Hágase tu voluntad’, la voluntad de Dios.

Pero es lo que ha hecho el Hijo de Dios en su entrada al mundo. Tanto nos había amado Dios que no paró hasta entregarnos a su Hijo, como nos recordará el evangelio en otro lugar, pero a esa donación de Dios que nos entrega a su Hijo está el Hijo de Dios en esa disponibilidad de hacer lo que Dios quiere. Es lo que nos recuerda hoy la carta a los Hebreos, ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.

‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría Jesús en una ocasión. No son las ofrendas y los sacrificios los que nos salven. Es la ‘obediencia al Padre’ de Jesús para entregarse por amor. Es el hacer la voluntad del Padre el auténtico sacrificio de nuestra salvación.

¿Seremos capaces de entrar en esa onda? Es lo que decimos todos los días en nuestra oración cuando pedimos que venga el Reino de Dios a nosotros. ‘Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo’. Estamos diciendo que queremos hacer la voluntad de Dios, ¿estaremos entendiendo que con eso nos estamos comprometiendo a cumplir los mandamientos de Dios? Creo que tendría que hacernos pensar.

Cuando hoy estamos viviendo esta celebración del Misterio de la Encarnación de Dios, dos cosas hemos de tener en cuenta. Nuestra actitud primera y fundamental es la misma de Jesús en la entrada en este mundo y que luego veremos bien ejemplarizada en María. También hemos de decir, y no solo con palabras, ‘aquí estoy para hacer tu voluntad’, que se haga, que se cumpla, como decía Maria, la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios está en el querer encarnarse, en el querer ahora y siempre habitar en nosotros. ‘Plantó su tienda entre nosotros’, plantó su tienda en nuestro corazón.

¿Estará en nosotros la disponibilidad de María? Abramos, pues, nuestro corazón para que Dios habite en nosotros, pero con la conciencia de que eso nos va a poner en camino. Eso no nos lo podemos guardar solo para nosotros. María se puso en camino y fue a la montaña, a casa de Isabel, ¿a dónde nos va a poner en camino cuando Dios habite en nosotros?

Dejémonos conducir por el Espíritu y encontraremos nuestra montaña a la que hemos de ir, nuestro camino que tenemos que hacer, esa tierra que tenemos que pisar, ese mundo concreto al que tenemos que llevar esa buena noticia que guardamos en el corazón.

 


lunes, 25 de noviembre de 2024

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

 


Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando como lo es nuestra vida

Apocalipsis 14,1-3.4b-5; Salmo 23; Lucas 21,1-4

Un grano de arena por pequeño e insignificante que sea siempre será un grano fundamental en la construcción que con ese material estamos edificando. Algunos pueden decir, ¿pero un simple grano de arena? Otros granos habrá, podrán argumentarnos. Pero si cada grano de arena, o todos los granos de arena, porque se consideran pequeños y como tal innecesarios se marchan, vamos a decirlo así, a otra parte, ¿qué es lo que quedará para esa construcción?

Jesús está en el templo, en las cercanías de la entrada quizás, pero ciertamente en un lugar desde el que puede observar a quienes van entrando en el templo; cercana está el arca de las ofrendas y según van entrando allí van poniendo sus limosnas o su contribución al servicio del templo, como queramos verlo; algunos quizás con grandes aspavientos, como suele suceder con los fariseos, echan ofrendas ‘generosas’ en el arca, pero Jesús observa a una pobre mujer, una viuda pobre según se ve por sus circunstancias, que también deposita su ofrenda. Ha pasado desapercibida, porque además no han sonado escandalosamente las monedas, porque solo echa unos cuartos.

Y aquí viene el comentario de Jesús, ‘En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Siempre nos hemos quedado en el comentario de la generosidad de aquella mujer que solo tiene unas monedas y ‘ha echado todo lo que tenía para vivir’. Pero creo que hay algo más, aunque ya eso de por sí es enormemente significativo y muchas veces lo hemos comentado. Pero vamos a fijarnos en esas dos monedillas, que podríamos pensar que ni se iban a notar entre todas las otras generosas ofrendas que se realizaran. Pero eran importantes, es su contribución para Dios, es su contribución para el culto, es su contribución a lo que es la organización de aquella sociedad que giraba en torno al  cumplo del templo, es su contribución para las obras sociales o benéficas que se hicieran a partir de las ofrendas del templo.

Y aquello era valioso. Aquella mujer en su pobreza no se desgajaba de su sociedad, de su mundo ponía su pequeño grano de arena tan importante con los otros grandes pedruscos, vamos a seguir con la imagen, con que otros contribuían. Y eso nos puede estar diciendo mucho a nosotros, a la contribución que cada uno desde lo que es y desde lo que tiene está haciendo, tenemos que hacer por el bien de nuestro mundo de nuestra sociedad. Cuantas veces, quizás en nuestra tacañería, nos escudamos en nuestra pobreza; en que yo no valgo, es que yo qué puedo aportar, es que yo tendría que pensar primero en mi mismo, en mis necesidades y problemas… aquella pobre viuda no lo pensó así.

Y recordamos otros episodio bíblico que hemos meditado recientemente acompañando también a este evangelio de la viuda del templo de hoy, aquella cananea que solo le quedaba un poco de aceite y un poco de harina para hacer un pan para ella y su hijo y después esperar la hora de la muerte, pero cuando el profeta se lo pide generosamente lo ofrece y la alcuza de aceite no se consumió ni la orza de harina se vació.

¿Dónde está nuestro compromiso? ¿Dónde guardamos o ponemos nuestro pequeño grano de arena? ¿Dónde habremos enterrado el talento que se nos ha confiado y recordamos más pasajes evangélicos? ¿Hasta dónde estamos dispuestos? ¡Qué importante es nuestro pequeño grano de arena!