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domingo, 25 de octubre de 2026

Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida

 


Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida

Éxodo 22, 20-26; Salmo 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

Si viniera ahora alguien a preguntarnos a cualquiera de nosotros, por ejemplo uno que no es cristiano ni tiene mayores conocimientos del cristianismo, qué es lo que tiene que hacer o lo que tiene que cumplir para ser cristiano, ¿qué crees que sería la respuesta más común o socorrida? Probablemente alguno comenzaría por decirle que leyera la Biblia, o que fuera a misa o a la Iglesia, que tiene que bautizarse, que tiene que ser bueno y tratar bien a la gente, que debe compadecerse de los pobres, que tiene que aprenderse el catecismo y el credo, que tiene rezar sus oraciones todos los días, y así seguramente comenzaría a decirle cosas y cosas que hacer, recordando mandamientos, recordando normas y preceptos de la Iglesia y a la larga no nos estaríamos diferenciando mucho si esa misma pregunta para ser un buen judío se hubiera hecho a algunos de aquellos maestros de la ley que ahora vienen a hacerle una pregunta a Jesús, darían como respuesta. Aquel maestro de la ley recordaría los 613 preceptos unidos a más disposiciones y normas que componían las enseñanzas que se enseñaban a los judíos.

¿Nos quedaremos en cosas que hacer y nos olvidaremos de qué es lo importante que tenemos que vivir? Por eso ante esta pregunta que le plantean hoy a Jesús, más que nada para ponerle a prueba como en otras ocasiones, es decirnos que tenemos que amar. Es el amor lo que tiene que ser el centro de nuestra vida, un amor no vivido de cualquier manera, sino centrado de la forma más intensa en que se pueda vivir, a Dios y al prójimo.

Jesús responde recogiendo simplemente lo que está recogido, como suele decirse, en la ley y en los profetas, citando textualmente aquellas palabras entresacadas de la ley de Moisés y que como un 'mantra' todo judío sabía de memoria y repetía en multitud de ocasiones en su día.

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ , era la pregunta que le hacía el doctor de la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’, le responderá Jesús. Y viene a concluir Jesús: ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Como decíamos, no es hacer cosas, no es cumplir con unos mandamientos, no es realizar unos gestos o prácticas religiosas en momentos determinados, es un vivir, una nueva forma de vivir que nos hace vivir de forma distinta a Dios, pero que nos comienza a hacer tener una forma diferente de ver a los demás. Es buscar lo que verdaderamente es lo fundamental, lo que viene a dar sentido y valor a lo que es nuestra vida.

Y todo esto parte para nosotros de una experiencia maravillosa que tenemos en nuestra vida, sentirnos amados de Dios. Era la Buena Noticia que anunciaba Jesús, recordarnos, y su presencia era una señal de ello, que Dios nos ama. Es lo que transforma nuestra vida, es lo que comienza a darnos ese nuevo sentido porque si nos sentimos así tan valorados es porque sabemos que Dios nos ama. Con muchas imágenes nos lo irá recordando Jesús a lo largo del evangelio, pero son los signos que Jesús realiza los que nos manifiestan ese amor de Dios que transforma nuestras vidas. Pone luz en nuestros ojos o vigor en nuestra vida para que comencemos a vivir de manera distinta; nos muestra su amor derramando su misericordia sobre nosotros que nos purifica como limpia al leproso de su enfermedad perdonando nuestros pecados para que podamos vivir la pureza del amor.

No es un amor que se queda en palabras – somos muy fáciles y tenemos la tentación de comenzar a decir cosas bonitas del amor – sino que se transforma en gestos y posturas, en actitudes y acciones concretas, se tiene que manifestar en la forma de estar en la vida y en el compromiso que nos lleva a la entrega más profunda; es un amor que nos empapa y nos envuelve, un amor que se transpira e inunda cuanto hay alrededor, un amor que se contagia y se convertirá en una invitación y en una exigencia en nuestras relaciones con los demás.

Dejémonos contagiar por el amor y contagiemos con ese virus del amor a cuantos nos rodean y haremos un mundo mejor, haremos saltar las barreras que nos dividen y nos distancian, y comenzaremos a hacer calzadas reales bordeadas de las flores de nuestros gestos de amor, y nos sentiremos dulcemente anudados en ese lazo que nos hace sentirnos unos los unos con los otros y en comunión.

¿Cuándo nos convenceremos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comenzaremos a amar a Dios y al prójimo como verdadero eje de nuestra vida?


martes, 13 de octubre de 2026

Lavarnos las manos tiene que significar saber amar dando lo mejor de nosotros mismos, no las migajas de nuestras sobras empapadas a veces de nuestros malos sentimientos

 

Lavarnos las manos tiene que significar saber amar dando lo mejor de nosotros mismos, no las migajas de nuestras sobras empapadas a veces de nuestros malos sentimientos

Gálatas 5, 1-6; Salmo 118; Lucas 11, 37-41

Invitaron a Jesús a comer, un fariseo, y da la impresión de que aquella invitación era de alguna manera por conveniencia porque las posturas que tiene ante Jesús en su propio interior no parece que fueran demasiado leales; estaba pendiente de lo que hacía o no hacía Jesús, y entonces se extraña mucho – para él era como un escándalo dados sus criterios – de que Jesús no se lave las manos, viniendo de la plaza, antes de comer. ¿Podía haber tocado algo impuro y entonces sus actos se convertirían en impuros? Claro y comer con manos impuras era como comerse una impureza. No estaba cumpliendo Jesús las normas.

Pero no nos han de extrañar estos pensamientos en este fariseo que ha invitado a Jesús a comer, porque de alguna manera quiere ser fiel a sí mismo, a su manera de pensar, a los propios planteamientos que él podía tener en referencia a todo lo religioso. Algunas veces también nosotros andamos encorsetados con las normas y los protocolos, como se dice ahora, o los reglamentos que nos hemos impuesto como formas de vida. No están lejos aquellos tiempos en que estábamos midiendo los tiempos y los momentos para ver si habíamos o no cumplido con la obligación de la misa si habíamos llegado tarde, igual nos sucedía, por ejemplo, con el ayuno eucarístico antes de la comunión calculando al minuto la hora de la última comida; muchos problemas nos hemos creado en nuestra conciencia si por descuido un viernes pusimos carne, o quizás un chorizo en nuestra comida, con lo que ya no estábamos cumpliendo con la norma de la abstinencia; pero no han sido solo esos quebraderos de conciencia que hayamos tenido alguna vez sino los juicios y condenas que han acompañado en tantas ocasiones cuando hemos visto que alguien se salta la norma, y así podríamos recolectar muchas cosas más donde convertíamos nuestra buena o mala relación con Dios en unos cumplimientos. ¿Y donde estaba lo que en verdad llevábamos en el corazón?

Es lo que Jesús le quiere hacer ver a aquel fariseo como tantas veces lo había hecho. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo’. La imagen es clara. ¿Cómo está el corazón? ¿Nos quedamos solo en las apariencias del cumplimiento?

Cuidemos de formar bien nuestra conciencia para que haya una autenticidad y una congruencia en nuestra vida. No somos testigos de Jesús solo por unos cumplimientos formales, sino que tratemos de ver la consonancia que hay en verdad en nuestra vida, en lo que pensamos, en lo que son nuestras intenciones, en los ideales que tengamos y los planteamientos que nos hacemos con lo que nos enseña el evangelio de Jesús. Pensemos por ejemplo que cuando vamos a comulgar si solo comulgamos con aquel Cristo eucarístico o estamos comulgando también con el Cristo que tenemos que encontrar con el hermano; cuando decimos que amamos a Dios sobre todas las cosas – cuando hacemos nuestro examen de conciencia y nos detenemos en el primer mandamiento – si estamos amando también a los demás, porque somos acogedores con el pobre o con el emigrante que ha llegado a la puerta de nuestra casa, si estamos siendo justos en el trato con los demás y responsables en las tareas que tenemos en nuestra sociedad, si hay veracidad y sinceridad con los que están a nuestro lado y llegamos a compartir no sólo cosas que nos puedan sobrar sino también algo de nosotros mismos como nuestro tiempo, nuestra escucha, nuestro trato agradable… Así tendríamos que mostrarnos y en muchos más detalles porque no podemos decir que le tenemos amor a Dios si no tenemos amor a los que están a nuestro lado; no olvidemos que nos dijo que todo lo que le hiciéramos al hermano a Él se lo hacemos.

Demos limosna de lo que llevamos dentro, nos decía Jesús. Pero eso significa dar lo mejor de nosotros mismos, no simplemente dar migajas cuando no dejamos escapar los peores sentimientos. ¿Tratamos a los demás como queremos ser tratados nosotros? Ya nos dirá Jesús que tenemos que amar al prójimo, al menos, como nos amamos a nosotros mismos, aunque ya nos dirá que lo tenemos que amar como Él nos amó.


viernes, 21 de agosto de 2026

Empeñémonos en sembrar amor en los surcos de la vida para hacer florecer una nueva humanidad que renueve nuestro mundo al estilo del reino de Dios

 



Empeñémonos en sembrar amor en los surcos de la vida para hacer florecer una nueva humanidad que renueve nuestro mundo al estilo del reino de Dios

Ezequiel 37, 1-14; Salmo 106;  Mateo 22, 34-40

¿En verdad podremos hacer reverdecer de nuevo este nuestro mundo que contemplamos en tantos aspectos árido y reseco? Contemplamos tanto materialismo y tanto afán codicioso de posesión de cosas y de bienes, a tanta gente que no se mueve sino por sus intereses o sus placeres, a la insensibilidad de tantos que pasan a nuestro lado y que parece que han perdido los rasgos más elementales de humanidad, ese aire fétido de corruptelas de todo tipo donde todo parece que son tejemanejes ocultos buscando ganancias y riquezas, cada día nos aparece algo nuevo que nunca son resplandores de luz sino oscuridad que va ennegreciendo cada vez más nuestra sociedad, un desinterés por el bien común aunque se llenen la boca con palabras de justicia y de renovación.

No quiero pintar un cuadro negro, porque mi tendencia y mis deseos es encontrar siempre un rayo de luz por pequeño que sea porque la mecha humeante nunca tenemos que apagarla sino que tiene que ser inicio de un fuego nuevo de renovación y de nueva vida.

Hemos escuchado con el profeta la visión de ese campo lleno de huesos que podría parecer que nos habla de muerte. Y el profeta se pregunta si aquellos huesos un día podrán llenarse de nuevo del vigor de la carne y de la vida. Y de ahí parte el anuncio del profeta que también nosotros tenemos que escuchar para despertar en nosotros una nueva esperanza frente a ese mundo que contemplamos. Es el anuncio profético de esos tiempos nuevos que con la instauración del Reino de Dios habrían de surgir.

Y es precisamente lo que hoy escuchamos en el evangelio. Unos fariseos cuando han visto que Jesús ha hecho callar a los saduceos vienen ahora con una pregunta que aunque parece muy elemental porque era lo que tenía que estar grabado en el alma de todo buen judío viene cargada de aviesas intenciones queriendo desacreditar a Jesús diciendo que venía a anular lo que era la ley judía fundamental. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’

Como les parecía que Jesús venía cambiándolo todo porque le estaba dando un sentido nuevo de autenticidad a cuanto el hombre realizara pensaban que Jesús iba a enseñarles algo distinto. Pero Jesús los veía venir; en otro momento llegarán a reconocer que en Jesús no hay doblez ni engaño aunque lo digan también siempre desde sus torcidas intenciones queriendo hacerle decir cosas a Jesús que les vendría bien para acusarle. En ese mundo de sombras del que antes hablábamos ¿no andamos también nosotros muchas veces con esas interpretaciones interesadas o con esa falsedad y engaño para aparentar lo que realmente no somos? ¿No nos andamos también poniendo trampas a nuestro pies para manipular y para engañar?

Pero Jesús responde con las palabras textuales que están escritas en las Escrituras santas. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente... Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.

Esto es lo que verdaderamente salvará al mundo, esto es lo que en verdad puede darle un valor nuevo y un sentido nuevo a la vida, el amor. Pero no es un amor cualquiera, no es un amor de bonitas y románticas palabras; es el amor que va a ser verdadero motor de nuestra vida, el amor que nos despierta y que nos renueva, el amor que pone unos ojos nuevos y una mirada más luminosa a los que están a nuestro lado; un amor que es un fuego que nos inquieta, un amor que va a poner humanidad verdadera a nuestra vida; un amor que nos hace abrir las puertas del corazón, un amor que se hace acogida para hacer que todos quepan en nuestro corazón; un amor que valora la vida y cuánto hacen los demás; un amor que será comprensivo y llena de misericordia el corazón; un amor que sabe perdonar y levantar al que ve caído, un amor que será siempre mano tendida para apoyar y para compartir, para darse y para olvidarse de sí mismo pensando en quien ama; un amor que nos llena de Dios porque nos hace partícipes del amor que Dios nos tiene, un amor que envuelve nuestra vida pero que se convierte en entrañas de nuestro ser. Como nos dice Jesús ahí están condensados la ley y los profetas.

Con un amor así ¿podremos permitir que las sombras se sigan adueñando de nuestro mundo? Con un amor así sentiremos que el mundo se renueva y resucita a nueva vida y todo se irá transformando; con un amor así nos sentiremos traspasados por la Pascua y con Cristo nos sentimos resucitados a nueva vida. Empeñémonos en sembrar ese amor en los surcos de la vida.


jueves, 4 de junio de 2026

El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

 


El amor no se manifiesta con cosas que hacemos, el amor se expresa con la vida, con lo que vivimos en el día a día con los que están a nuestro lado

2 Timoteo 2, 8-15; Salmo 24; Marcos 12, 28b-34

Siempre nos estamos haciendo las mismas preguntas ¿qué es lo que tengo que hacer?, pero quizás no sabemos transformar la pregunta para preguntarnos más bien, ¿qué es lo que tengo que vivir? Podemos hacer muchas cosas, pero no son tantas las que vivimos; somos capaces en un momento determinado rascarnos el bolsillo para comprar un regalo muy hermoso y muy valioso con que queremos obsequiar a alguien, pero no somos capaces de detenernos a su lado para compartir nuestro tiempo, para escuchar cuando tenga que decirnos, o simplemente para estar con esa persona a la que decimos que amamos tanto y obsequiamos con cosas hermosas, pero para la que nunca tenemos tiempo.

Cuidado que en nuestras expresiones religiosas así hacemos, así actuamos muchas veces. Por eso tendríamos que preguntarnos cómo conjugamos esos momentos de nuestra religiosidad con lo que es en el día a día nuestra relación con los demás y el amor que Jesús nos dice que debemos de tenerles.

Hoy se ha acercado un escriba a Jesús para preguntarle - ¿será una vez más una pregunta cargada de intencionalidad para ver cómo cogían a Jesús como en tantas otras ocasiones hemos visto? – ‘¿qué mandamiento es el primero de todos?’ Sabemos cómo a partir de lo que aparece en el libro de la Ley se multiplican los preceptos diluyéndose lo que es lo principal y fundamental. Jesús responde textualmente con aquello que además sabía de memoria y repetía muchas veces al día como un mantra todo buen judío con las palabras de la Escritura. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús quiere complementar este primer mandamiento y por eso añade. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Solamente recuerda Jesús, repito, lo que todo buen judío tenia que saber; como nosotros cuando decimos que el primer mandamiento es ‘amar a Dios sobre todas las cosas’. Pero es hermoso el comentario que se hace el escriba; era un maestro de la ley y había de tenerlo muy claro a la hora de enseñar al pueblo. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Y aquí tenemos lo maravilloso para contrastar también con lo que nosotros hacemos y no vivimos. ‘Vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Es importante esta coletilla, porque nos lleva a la manera de hacer la pregunta que nosotros tendríamos que hacer. No son los holocaustos, no son los sacrificios, no son los regalos extraordinarios que en un momento podamos realizar, no son los ramos de flores que podamos llevar o los manteles de altar que podamos regalar, es poner amor de verdad en nuestra vida.

Pero el amor no se manifiesta con cosas, el amor se expresa con la vida. No es lo que nos podamos saber de memoria, son las actitudes de cercanía y de respeto, de valoración de la persona y de cómo la tenemos en cuenta, la sonrisa con que en todo momento la acogemos y el hacerlas partícipes de nuestra amistad, es la integración de toda persona sin distinción en nuestro círculo y es la atención que le prestamos cuando nos cruzamos en la vida o en la calle con ese que nos pueda parecer distinto. ¿De qué me vale el poner una generosa limosna en el cepillo de la Iglesia si cuando cruzo la puerta de la Iglesia ni siquiera doy los buenos días a quien sale a mi lado?

¿Qué es lo que tengo que vivir si me quiero llamar cristiano?

viernes, 8 de mayo de 2026

No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer, somos los elegidos de Dios a quienes llama amigos, para permanecer en su amor y dar fruto

 


No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer, somos los elegidos de Dios a quienes llama amigos, para permanecer en su amor y dar fruto

Hechos 15, 22-31; Salmo 56;  Juan 15, 12-17

¿Desde cuándo somos amigos? ¿Cómo comenzó nuestra amistad? ¿Me buscaste de alguna manera interesándote por mí o yo me dejé encontrar? Preguntas así se hacen alguna vez los amigos cuando ya hay una amistad consolidada y llegan momentos quizás de mayores confidencias. ¿Por qué comenzamos a ser amigos? ¿Qué encontramos el uno en el otro que nos llamara la atención y provocara esa amistad? Pero creo que es importante también lo que ya antes mencionábamos de dejarnos encontrar; porque eso significa una apertura por nuestra parte pero también es la atención y la llegada del otro a nuestra vida.

¿Podremos o tenemos que hacernos preguntas así en torno a nuestra fe y a nuestro seguimiento de Jesús? Fácilmente podemos pensar que ha sido el resultado de una búsqueda por nuestra parte, con sus reflexiones y momentos de interiorización personal; es cierto que es necesario una maduración por nuestra parte en lo humano y luego también en el camino de nuestra fe, pero hay algo más misterioso y maravilloso al mismo tiempo de lo que hoy nos habla también el evangelio.

Podríamos hacer a lo largo de los cuatro evangelios un recorrido sobre las vocaciones de aquellos primeros discípulos; es cierto que Juan y Andrés se fueron tras Jesús tras lo que había señalado Juan Bautista e iban preguntando a Jesús donde vivía, como un deseo de conocerle. Pero veremos que hay una constante y son las llamadas de Jesús; se nos describen algunos momentos como la llamada de los pescadores a la orilla del lago o tras la pesca milagrosa, la vocación de Leví que estando tras el mostrador de los impuestos Jesús le llama y la invita a seguirle; es cierto también que muchos vienen hasta Jesús invitados por otros que ya siguen de cerca de Jesús, como sería Simón Pedro o Natanael, y podemos recordar el momento en que de entre todos ellos Jesús escoge a los doce a los que llamará Apóstoles y que van a estar de una manera muy cercana a Jesús.

Pero hoy Jesús nos está dando la clave cuando incluso nos deja como sentido fundamental de la vida del discípulo el amor. ‘Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado’, les dice pero nos señala también la medida de ese amor. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. No es un amor cualquiera, porque es el amor que es capaz de dar la vida. Y Jesús nos llama amigos, esos por quienes ha dado su vida. Y nos revela algo importante. ‘Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

No somos los siervos que simplemente tenemos que obedecer; Jesús nos ha revelado lo más hondo de sí mismo para que vivamos en comunión con Él; por eso nos llama amigos. Somos los amigos que Él ha elegido, nos ha llamado por nuestro nombre, sabe cómo somos y sabe también de nuestras debilidades, pero somos los amigos en quien Jesús confía. Pero ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo hemos de responder? Quiere que demos frutos pero unos frutos que permanezcan. Por eso recordamos lo que ya nos había dicho, quiere que permanezcamos en su amor, porque permaneciendo en su amor es cómo podremos llegar a dar fruto.

Por eso el amor se convierte en una exigencia para nosotros; El nos dice que es su mandato que nos amemos los unos a los otros; es algo que con gusto hemos de hacer porque cuando nos sentimos así amados y elegidos del Señor, cuando nos dice que somos sus amigos, ¿qué otra cosa podemos hacer sino amar?


jueves, 2 de abril de 2026

Hoy estamos invitados a una cena con una comida especial porque es una nueva comunión de amor siendo capaces de quitarnos el manto y ceñirnos la toalla del servicio

 


Hoy estamos invitados a una cena con una comida especial porque es una nueva comunión de amor siendo capaces de quitarnos el manto y ceñirnos la toalla del servicio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo 115; Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Hoy estamos invitados a una cena. Y quien nos invita es Jesús. Y quien le da sentido a esa cena es Jesús, con sus signos, con sus gestos, con lo que hace y con lo que nos ofrece. Si nosotros fuéramos los que invitáramos a alguien a comer con nosotros, a una cena, ya nos preocuparíamos de tenerlo todo bien preparado, de tener un lugar agradable y podríamos decir también cómodo para nuestros invitados, igual que prepararíamos las mejores y apetitosas viandas con los mejores vinos o licores. No querríamos defraudar a nuestros invitados.

Pero hoy estamos hablando de que es Jesús el que nos invita. Los discípulos ya desde el día anterior se habían preocupado y preguntado a Jesús dónde quería que preparasen la cena de pascua. Ya escuchábamos sus instrucciones y cómo los discípulos hacían sus preparativos, el cordero que era la comida fundamental y daba sentido a aquella cena, los panes ázimos y el vino para hacer las libaciones y ofrendas. Todo según lo ritualmente previsto estaba preparado.

Pero hay algo muy especial que se siente desde el principio de aquella cena. Por eso el Evangelista nos dice que sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre… y nos expresa el deseo grande que Jesús tenía de celebrar aquella cena pascual con sus discípulos. Era una conmemoración muy especial y tenía mucho de recuerdo, pero como toda cena o toda comida tenía que tener mucho de comunión y de comunicación, pero eso será también el momento de los grandes desahogos y de las últimas recomendaciones que en el recuerdo de los discípulos serían los mandatos del Señor, pero en el ambiente en que estaban viviendo con los anuncios previos que Jesús había hecho y lo que se palpaba en el ambiente aquellos días tenía también los aires tristes de la despedida.

Pero había algo más grande e importante. Habrían de comer con el sentido de pascua aquel cordero pero Jesús nos iba a ofrecer otra comida, como ya había anunciado en la sinagoga de Cafarnaún; quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida para siempre, nos había dicho entonces y aquella noche en aquella cena había de realizarse. Pero Jesús quería decirnos algo más y nos lo va a mostrar con signos surgidos de aquella ley de hospitalidad que en aquellos pueblos con tanta seriedad se vivía.

Jesús nos viene a decir que para comerle a Él necesariamente primero hemos de comer al hermano, que si no somos capaces de comer al hermano nunca podríamos en verdad comerle a El. Es el gesto que va a realizar, levantándose de la mesa se quitó el manto y se ciñó una toalla, como hacían los hombres del servicio, con el manto puesto no podrían trabajar, pero para trabajar había que ir bien ceñidos. Es lo que hace Jesús. Pero cogiendo una jofaina y una jarra de agua de rodillas delante de cada uno va lavándoles los pies y secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Ya sabemos de la sorpresa y de las reticencias como la de Pedro, ‘tú a mi no me lavarás nunca los pies’. Si no te dejas lavar los pies es que tú aún no has entendido lo que significa estar conmigo. Es necesario una cosa y otra, dispuestos para lavar pero aceptando que nos laven también. Lo dirá después, ‘lo que yo he hecho con vosotros, tenéis que hacerlo los unos con los otros’. Ser capaces de ceñirnos para ponernos de rodillas delante del otro para lavarle los pies. Es un vínculo de comunión que nos cuesta entender, como le costaba a Pedro, porque cuesta ponernos de rodillas delante del otro, sea quien sea, esté como esté.

Los que caminaban por aquellos caminos de Palestina o por aquellas calles de Jerusalén no podemos decir que fueran con los pies muy limpios calzados acaso solamente con unas sandalias y bien envueltos por el polvo del camino. Y ante ellos en esas circunstancias se puso Jesús. Como decíamos, sea quien sea y esté como esté. A nosotros que nos volvemos tan repugnantes y vamos haciendo tantas distinciones y discriminaciones; recordemos cuantas palabras decimos o cuantas actitudes negativas mantenemos en nuestros corazones buscando mil justificaciones. Pero Jesús nos está diciendo que tenemos que comer al hermano, entrar en esa comunión con el hermano para que podamos entrar en comunión con Él. ¿No nos dirá en otro momento que lo que hicimos o dejamos de hacer al hermano a Él se lo hicimos o se lo dejamos de hacer? Por eso nos dirá que ese es su mandamiento, el amor, pero no un amor cualquiera, sino como Él nos amó. ¿Queremos buscar más explicaciones? Qué difícil se nos hace.

Luego ya Jesús nos ofrecerá su propia carne, su propia sangre para que le comamos. Pero podemos hacerlo cuando hayamos comprendido todo lo que es el amor. Es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por vosotros y por todos… es la muestra del amor más grande, del que es capaz de dar la vida por aquellos a los que ama. Es lo que hoy se nos revela y lo que celebramos. Es la verdadera señal de la Pascua, porque es en verdad el Paso salvador de Dios en medio de nosotros.

Ya no es aquella liberación de las cadenas de Egipto  que les mantenían oprimidos, ahora es el paso de Dios que nos da la verdadera libertad, la libertad del amor, la hacer que seamos capaces de ponernos de rodillas delante del hermano para lavarle los pies, lo que es entrar en auténtica comunión con el hermano, o lo que es lo mismo, ser capaces de comer al hermano. ¿No llamamos comunión al comer – comulgar decimos también – el Cuerpo de Cristo? Es la comunión, el comulgar con el hermano que Jesús hoy nos está pidiendo. Que lleguemos a entenderlo, que lleguemos a vivirlo es la gran liberación, la gran Pascua que tenemos que vivir.

Estamos invitados a una cena hoy, pero que ha de ser la cena que hagamos todos los días, porque cada día tenemos que despojarnos de nuestros mantos y ceñirnos con esa toalla del servicio para lavar los pies a nuestros hermanos. Es la gran comunión que hoy celebramos en este día del Jueves Santo.

 


viernes, 13 de marzo de 2026

No nos preocupemos tanto de todos los mandamientos que hemos de cumplir sino del amor que dará sentido y valor a cuanto hacemos porque nos sentimos amados de Dios

 




No nos preocupemos tanto de todos los mandamientos que hemos de cumplir sino del amor que dará sentido y valor a cuanto hacemos porque nos sentimos amados de Dios

Oseas 14, 2-10; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

La vida está llena de normas, de reglamentos, de protocolos como dicen ahora, de preceptos y de leyes a las que tenemos que estar atentos en todo momento; por donde quiera que vayamos, por donde quiera que nos movamos tenemos que estar atentos a cómo hemos de circular por la vida, y cuando digo circular no me refiero a todas las normas y leyes de tráfico que hemos de tener en cuenta cuando nos ponemos en carretera, sino que serán las normas o estatutos para mantener una buena ciudadanía allá donde vivamos por ejemplo, serán la leyes fundamentales de un Estado o de una nación, o serán los reglamentos en cualquier sociedad o grupo al que deseemos pertenecer, serán las normas de buena convivencia en todo lo que sean nuestras relaciones sociales, hasta en la manera como hemos de sentarnos a la mesa para comer, por decir algo que nos puede parecer insulso pero que ahí está en nuestra vida social. ¿Qué es lo importante en todo eso? ¿A qué tenemos que hacerle caso o habrá algo que podamos dejar de cumplir?

Pero queremos quedarnos simplemente en todo lo que es ese entramado de nuestra vida social, sino que quizás tenemos que ir a algo más profundo con lo que vamos a manifestar nuestra identidad. ¿Pueden ser las normas éticas o morales a las que tenemos que atenernos para vivir todo lo que es la dignidad de la persona y la rectitud de una vida?

Me he entretenido en este preámbulo que nos puede valer también para plantearnos muchas cosas para entender la pregunta que aquel maestro de la ley le viene a hacer a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio. ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley? Y entenderemos esta pregunta porque aparte de los mandamientos que vienen reflejados en los libros de la Ley, en el Pentateuco, que además se desarrolla en muchas cosas y detalles concretos que marcan la vida del pueblo de Dios, con el paso del tiempo desde la influencia de los diversos grupos religiosos los judíos se habían llenado de leyes y preceptos que al final incluso a los maestros de la ley les era difícil recordar y cumplir. De ahí la pregunta que la hace a Jesús, que podría ser también nuestra pregunta, que no en vano nos llenamos también de tantos cánones.

Podríamos decir que aquel maestro de la ley que le viene a preguntar a Jesús se debate entre la cantidad de leyes para saber qué es lo importante, pero la respuesta de Jesús podíamos decir que va por otro camino, aquello que verdaderamente va a dar calidad a la vida del hombre, a la vida del creyente. Por eso recordando literalmente Jesús lo que ya en el Pentateuco se decía nos lo viene a centrar todo en el amor. El amor a Dios sobre todas las cosas pero al mismo tiempo y con la misma intensidad el amor al prójimo.

No es algo para decir simplemente como aprendido de memoria, es algo que hemos de tener como el sentido de nuestra vida. De ahí podremos derivarlo luego todo, pero ahí tenemos que centrarlo todo. Porque además no parte del amor que nosotros podamos poner por nuestra parte, sino que siempre partirá del amor que Dios nos tiene. Con todo el corazón, con toda la fuerza de su Espíritu, con todo el pensamiento de Dios El nos ama. Porque Dios nunca  nos aparta de su pensamiento sabemos que nunca nos faltará su amor. Qué seguridad más grande sentimos en nuestro interior.

En esa onda nosotros hemos de entrar; y como el amor de Dios siendo muy personal y también muy directo a nuestra persona, a cada persona, porque nos ama como si fuéramos únicos, es también el amor que Dios tiene a todos y en consecuencia por ese camino nosotros también hemos de andar. Y ese amor vale más que todos los holocaustos y sacrificios, porque no son cosas lo que nosotros ofrecemos sino que nos ofrecemos a nosotros mismos, nos damos a nosotros mismos, porque eso es realmente el amor.

Si así estamos en el pensamiento de Dios que nos ama ¿también seremos capaces de tener en nuestro pensamiento a ese prójimo al que tenemos que amar? Ovala fuéramos capaces de hacerlo así, porque será la forma de comenzar a amar de verdad. Cuando te cueste amar a alguien ponla en tu pensamiento de la misma manera que Dios te tiene en su pensamiento.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

viernes, 22 de agosto de 2025

En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

 


En la medida en que creemos más humanidad sembrando valores y actitudes de amor y respeto al otro estaré haciendo anuncio de la Buena Nueva de Jesús

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Salmo 145; Mateo 22,34-40

¿Cuál es la auténtica religión? Quizás tendríamos que comenzar por preguntarnos. Ya sé, es cierto, que la expresión religión hace referencia a nuestra relación con Dios, la forma cómo expresamos y vivimos todo lo que desde la fe nos hace entrar en relación con Dios. Pero Jesús viene a decirnos hoy algo muy importante que tenemos que analizar bien y entender en toda su profundidad. Nunca nuestra relación con Dios nos puede separar de nuestra relación con los demás, es más, tendríamos que decir que no habría una auténtica relación con Dios si nos falta esa relación de humanidad con los demás.

Ya conocemos las diatribas que tenían los fariseos y demás grupos religiosos  de entonces con Jesús. Siempre estaban al acecho a ver cómo podían cogerle en sus palabras, porque no le aceptaban, porque no llegaban a entender el sentido del Reino de Dios que Jesús anunciaba, porque de alguna manera – y podemos hablar en un sentido político también – se ponía en peligro su estatus social y la forma como ellos manipulaban al pueblo. De aquellas interpretaciones que los doctores de la ley, pertenecientes a estos grupos de fariseos o saduceos, habían surgido aquella multitud de mandamientos que hacía que el pueblo se sintiera como una losa encima sin saber qué cumplir o qué era lo más importante.

Después que vieran que Jesús les hacía callar con sus explicaciones y también con el estilo de su vida es cómo deciden los fariseos que un doctor de la ley viniera con esa pregunta a Jesús. ‘¿Cuál es el mandamiento primero y principal de la Ley?’ Pregunta ociosa, tendríamos que decir, porque en la ley estaba, todos debían conocerlo, porque de alguna manera era como una oración a repetir a la entrada o salida de casa, al emprender tarea o al ponerse en camino.

Y es con lo que les responde Jesús, lo escrito en la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús añade algo más que estaba también contenido en la ley y que no podían rechazar. ‘Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Aquí les viene a decir está el fundamento de todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Fijémonos bien, nos habla de un segundo mandamiento con igual importancia, ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Son inseparables. No podemos decir que cumplimos uno sin cumplir el otro. Nuestra humanidad no puede estar alejada de Dios. En la medida en que crecemos en humanidad estaremos creciendo en el amor de Dios. Para decir que amamos a Dios sobre todas las cosas, ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’, como nos dice con ese mismo amor tenemos que amar al prójimo, como nos dice, ‘como a ti mismo’. 

Cuántas veces nos puede suceder que decimos que amamos mucho a Dios, y no nos puede faltar nuestros rezos y nuestra oración cada día, y acudimos a Dios en toda ocasión desde nuestras necesidades o nuestros problemas porque sabemos que El es nuestra fortaleza y nuestra vida, vamos a la Iglesia y participamos en todas las celebraciones, y ya pensamos que con eso está todo hecho, somos unas personas muy religiosas y muy cristianas.

¿Y dónde está nuestro amor al prójimo? ¿Dónde está la humanidad que estamos construyendo? ¿Cómo son de auténticas nuestras relaciones con los demás? ¿Qué preocupación sentimos por los demás, por sus derechos y por el respeto que hemos de tener a toda persona, por sus necesidades o sus angustias, o por compartir también con ellos sus alegrías? Es ahí en estos pequeños detalles, en esa cercanía, en esa amistad que cultivamos con todos, en ese respeto mutuo, es donde le estamos manifestando el amor, y cuando estamos creciendo en el amor a los demás estaremos creciendo en nuestro amor de Dios. No lo podemos separar, el uno alimenta al otro, desde el amor de Dios tendremos fuerza para amar al hermano, pero desde ese amor al hermano estaremos haciendo crecer el amor de Dios en nosotros, y le estaremos dando verdadera gloria.

No me canso de hablar de humanidad, de cultivar todo eso que nos acerca al otro, porque sé que con ello estoy haciendo anuncio también de la buena noticia de Jesús. En la medida en que creemos más humanidad iremos sembrando más sentimientos y actitudes cristianas, y todo eso nos llevará al encuentro con Dios.


lunes, 11 de agosto de 2025

Que temas al Señor, tu Dios, siguiendo todos sus caminos, y que le ames y sirvas al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y toda tu alma… solo de vuestros padres se enamoró el Señor

 



Que temas al Señor, tu Dios, siguiendo todos sus caminos, y que le ames y sirvas al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y toda tu alma… solo de vuestros padres se enamoró el Señor

Deuteronomio 10,12-22; Salmo 147; Mateo 17,22-27

¿Qué es lo que me estás pidiendo? Lo habremos dicho o lo habremos escuchado. Puede ser la interpelación que nos haga aquel a quien le estamos haciendo una petición, sobre todo cuando se puede considerar una exageración o un imposible; ¿cómo te atreves a pedir esto? y podemos sacar muchas razones, que es inmerecida, que supera las posibilidades o capacidades de quien va a otorgarla, que la vemos fuera de lugar…

Pero también podemos interpretarlo cómo lo que nos estamos planteando nosotros ante las exigencias que nos proponen para determinadas cosas; quien pertenece a este grupo tiene que tener en cuenta su finalidad y sus directrices; quien va a participar en un determinado movimiento le pediremos que crea en él, que tenga en cuenta sus objetivos, que comulgue con su ideario; quien va a pertenecer a un club tendrá unos reglamentos que cumplir, unas cuotas que pagar, y una colaboración que prestar para la buena marcha de tal club, por ejemplo.

¿Nos habremos planteado alguna vez muy en serio lo que significa nuestra pertenencia a la Iglesia? ¿Nos tomamos en serio eso de llamarnos cristianos haciendo que en nuestra vida florezcan los valores que nos enseña Jesús en el evangelio? ¿En qué lo fundamentamos?

No todo es cuestión de reglamentos ni de mandamientos; no es cuestión de unos protocolos que hay que cumplir, porque quien no siga esas directrices estaría fuera de la iglesia; no es cuestión de unas formalidades o unas costumbres que asumimos como cosas tradicionales que se han hecho así, y tenemos que ir misa los domingos, no podemos comer carne los viernes, realizar unas cosas de nuestra vida en el seno de la Iglesia como si fueran unas costumbres sociales que no podemos perder, como casarnos por la Iglesia, ir a las procesiones de la semana santa o de las fiestas del santo patrono del pueblo… ¿Un embadurnado social que se queda en un barniz que un día se desmorona y desaparece casi sin dejar huella en la vida?

Es la pregunta de gran trascendencia que se hace el autor sagrado en el texto que hemos escuchado en el Deuteronomio. ‘Moisés dijo al pueblo: Ahora, Israel, ¿qué te pide el Señor, tu Dios…?’ En aquellos momentos transcendentes al pie del Sinaí donde se habían establecido los diez mandamientos como ley para el pueblo de Israel el mismo Moisés que ha establecido la ley mosaica sin embargo nos habla de una relación con Dios basada en el amor, porque sobre todo nos está manifestando el amor que Dios tiene a su pueblo.

¿Le pide solamente respeto y temor ante la presencia de Dios o va más allá hablándonos del amor?  ‘Que temas al Señor, tu Dios, siguiendo todos sus caminos, y que le ames y que sirvas al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma…’ Por eso cuando hablamos de los diez mandamientos el primero es amar a Dios sobre todas las cosas, amar a Dios con todo tu corazón y toda tu alma. Es el reconocimiento de quien es el Señor y de los caminos que nos ofrece que hemos de seguir, pero es reconocer el amor que Dios tiene a su pueblo. ‘Solo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó, y de su descendencia os escogió a vosotros entre todos los pueblos’.

Dios que se enamora de nosotros y cuando nos sentimos así enamorados de Dios ¿cómo tenemos que responder? Haciendo como hace el Señor con nosotros. ‘Circuncidad vuestro corazón, no endurezcáis vuestra cerviz, pues el Señor, vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, fuerte y terrible, que no es parcial ni acepta soborno, que hace justicia al huérfano y a la viuda, y que ama al emigrante, dándole pan y vestido. Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto. Temerás al Señor, tu Dios, le servirás, te adherirás a él, en su nombre jurarás’.

Esa tiene que ser nuestra manera de actuar, esa tiene que ser nuestra manera de amar, con rectitud y justicia, con amor y misericordia, con toda la ternura de nuestro corazón sin hacer distinciones. Qué bonito como nos habla del amor del emigrante, y les dice ‘porque emigrantes fuisteis vosotros en Egipto’. Qué actualidad tienen estas palabras en el mundo de hoy con los problemas que vive nuestra sociedad en estos momentos.

Y todo esto se complementa con lo que hoy nos dice el evangelio. Jesús anuncia una vez más su subida a Jerusalén y el sentido pascual que tendrá esa subida. Será para la fiesta de la Pascua, pero una pascua nueva en la veremos ese paso de Dios en la entrega de Jesús, en la pasión y muerte de Jesús. Jesús se lo explica a los discípulos mientras van de camino por Galilea; sentimos que el Señor nos lo recuerda y explica una vez más porque contemplando ese amor sabremos cual es la respuesta a la pregunta que en el fondo nos hemos venido haciendo. ¿Qué es lo que nos pide el Señor?

miércoles, 11 de junio de 2025

No es la norma por la norma, ni el cumplimiento formal de las cosas, es la plenitud, la hondura que le damos a la vida lo que nos hará sentirnos felices en lo que hacemos

 


No es la norma por la norma, ni el cumplimiento formal de las cosas, es la plenitud, la hondura que le damos a la vida lo que nos hará sentirnos felices en lo que hacemos

Hechos 11, 21-26; 13; Salmo 97;  Mateo 5, 17-19

Muchas veces ni nos entendemos a nosotros mismos. Sentimos como una rebeldía interior ante las cosas que tenemos que hacer, responsabilidades que hemos asumido, planteamientos que nos hemos hecho para la vida, normas que tenemos que cumplir porque vivimos en una sociedad donde todos estamos relacionados los unos con los otros y eso en cierto modo nos obliga a unos comportamientos, a unas costumbres, a una manera de tratar a las personas que están en torno nuestro, y nos parece sentir el deseo de romper con todo, de hacerme mi vida a mi manera, que no haya ninguna ley que se me imponga para lo que tengo o no tengo que hacer. Nos parece que comenzar todo nuevo de cero es donde está la solución.

Quizás sí tendríamos que preguntarnos por qué hacemos las cosas o qué sentido le estamos dando a eso que tenemos que hacer; porque no se trata de hacer por hacer, como una rutina de la que no nos podemos salir, no es solo el cumplimiento por cumplimiento lo que nos hará saborear lo que estamos haciendo. Y es por ahí por donde vamos a encontrar solución, vamos a darle un sentido a lo que hacemos, nos va a dar verdaderas motivaciones para realizar ese camino que tenemos que recorrer en la vida.

Y esto entra también en el plano de lo religioso, de la vida de religión, de relación con Dios, en nuestro caso el sentido de ser cristiano. Buscarle el sentido hondo, no es romper por romper. Es lo que nos está planteando Jesús en este evangelio de hoy.

La situación en la que vivían los judíos no era ni fácil ni buena. Se sentían, es cierto, herederos de una fe, la pascua judía lo venía a manifestar, porque ellos estaban siempre recordando como Dios había liberado a sus padres de la opresión de Egipto y los había conducido por el desierto hasta traerles a aquella tierra que les había prometido. En el Sinaí habían hecho aquel pacto, aquella alianza porque la que ellos se sentían el pueblo de Dios y confesaban que Yahvé era su único Dios. Con la Alianza habían recibido los mandamientos que eran como el cauce por el que había de discurrir sus vidas. Claro que aquellos diez mandamientos se habían multiplicado en una infinidad de normas y preceptos que venían a regular toda la vida del creyente judío. Al final andaban confundidos y hasta de esa ley de Dios querían liberarse.

Había aparecido Jesús, como un gran profeta – se preguntaban si no sería El el Mesías – que les hablaba de un Reino nuevo, el Reino de Dios, y a ellos les parecía que todo tenía que cambiar. Es cierto que Jesús les había pedido capacidad de conversión, de cambio, de transformación para poder creer y aceptar ese Reino de Dios. Pensaban que era hora de quitarse esa pesada ley de encima.

Estamos escuchando a Jesús en lo que llamamos el sermón del monte, que comenzó con la proclamación de las bienaventuranzas para quienes aceptaran ese Reino de Dios. Pero en su manera simple de ver las cosas pensaban que todo iba  cambiar. Jesús es claro, El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino que ha venido a darle plenitud.

¿Qué significaba el darle plenitud? La ley no había que cumplirla por cumplirla, no era solo cumplimiento rutinario lo que haría caminar los caminos del Reino de Dios. Había que encontrar un sentido, un valor, un por qué de aquellos mandamientos del Señor, encontrar aquello que iba a ser el centro, el meollo que le diera sentido y valor. Y eso sí que nos cuesta, porque eso va a exigir una nueva manera de ver y mirar las cosas, todo lo que hacemos; era darle hondura y sentido que solo en el amor podríamos encontrar.

Hablaba con alguien estos días y me decía qué rollo ese de tener que ir a Misa, y no solo contentarme con cumplir con la misa de los domingos, sino también en otros días o momentos. ¿Un rollo? Yo le preguntaba ¿y por que vas a Misa? ¿Lo haces solo por cumplir, o por realizar algo, allí el cura hace sus rezos, porque yo quiero recordar a mis difuntos y pedir por ellos? ¿Vas a misa solo porque es la fiesta del pueblo y está bien que todos vayamos a la misa y a la procesión?

No puedo ir a misa solo desde esos condicionamientos, tengo que pensar en cómo voy a alimentar mi fe, porque allí se nos proclama y explica la Palabra de Dios; pero tengo que pensar que no soy para ser solo un espectador de unos ritos que allá en altar se realizan, sino que voy a encontrarme con el Señor, a escucharle en lo hondo de mi mismo, al tiempo que voy a alimentarme de El que se hace comida para mi en la Eucaristía; voy a misa, le decía, por algo más hondo que una costumbre o una tradición, una ley que me han impuesto y un simple cumplimiento. Si voy solo por estas razones es cierto que será un aburrimiento porque estoy pensando en otras cosas que podría estar haciendo, será algo frío y sin sentido de fiesta y alegría por mi encuentro con el Señor, porque solo voy a cumplir, a que dejen marcado en el carné de mi vida que he cumplido viniendo a Misa. Será otra la plenitud que tengo que darle a mi celebración.

Es lo que nos está diciendo Jesús, El ha venido a dar plenitud. Ojalá que lo sepamos entender y lo sepamos vivir, porque ese es el que será grande en el Reino de los cielos.