Lavarnos las manos tiene que significar saber amar dando lo mejor de nosotros mismos, no las migajas de nuestras sobras empapadas a veces de nuestros malos sentimientos
Gálatas 5, 1-6; Salmo 118; Lucas 11, 37-41
Invitaron a Jesús a comer, un fariseo, y da la impresión de que aquella invitación era de alguna manera por conveniencia porque las posturas que tiene ante Jesús en su propio interior no parece que fueran demasiado leales; estaba pendiente de lo que hacía o no hacía Jesús, y entonces se extraña mucho – para él era como un escándalo dados sus criterios – de que Jesús no se lave las manos, viniendo de la plaza, antes de comer. ¿Podía haber tocado algo impuro y entonces sus actos se convertirían en impuros? Claro y comer con manos impuras era como comerse una impureza. No estaba cumpliendo Jesús las normas.
Pero no nos han de extrañar estos pensamientos en este fariseo que ha invitado a Jesús a comer, porque de alguna manera quiere ser fiel a sí mismo, a su manera de pensar, a los propios planteamientos que él podía tener en referencia a todo lo religioso. Algunas veces también nosotros andamos encorsetados con las normas y los protocolos, como se dice ahora, o los reglamentos que nos hemos impuesto como formas de vida. No están lejos aquellos tiempos en que estábamos midiendo los tiempos y los momentos para ver si habíamos o no cumplido con la obligación de la misa si habíamos llegado tarde, igual nos sucedía, por ejemplo, con el ayuno eucarístico antes de la comunión calculando al minuto la hora de la última comida; muchos problemas nos hemos creado en nuestra conciencia si por descuido un viernes pusimos carne, o quizás un chorizo en nuestra comida, con lo que ya no estábamos cumpliendo con la norma de la abstinencia; pero no han sido solo esos quebraderos de conciencia que hayamos tenido alguna vez sino los juicios y condenas que han acompañado en tantas ocasiones cuando hemos visto que alguien se salta la norma, y así podríamos recolectar muchas cosas más donde convertíamos nuestra buena o mala relación con Dios en unos cumplimientos. ¿Y donde estaba lo que en verdad llevábamos en el corazón?
Es lo que Jesús le quiere hacer ver a aquel fariseo como tantas veces lo había hecho. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo’. La imagen es clara. ¿Cómo está el corazón? ¿Nos quedamos solo en las apariencias del cumplimiento?
Cuidemos de formar bien nuestra conciencia para que haya una autenticidad y una congruencia en nuestra vida. No somos testigos de Jesús solo por unos cumplimientos formales, sino que tratemos de ver la consonancia que hay en verdad en nuestra vida, en lo que pensamos, en lo que son nuestras intenciones, en los ideales que tengamos y los planteamientos que nos hacemos con lo que nos enseña el evangelio de Jesús. Pensemos por ejemplo que cuando vamos a comulgar si solo comulgamos con aquel Cristo eucarístico o estamos comulgando también con el Cristo que tenemos que encontrar con el hermano; cuando decimos que amamos a Dios sobre todas las cosas – cuando hacemos nuestro examen de conciencia y nos detenemos en el primer mandamiento – si estamos amando también a los demás, porque somos acogedores con el pobre o con el emigrante que ha llegado a la puerta de nuestra casa, si estamos siendo justos en el trato con los demás y responsables en las tareas que tenemos en nuestra sociedad, si hay veracidad y sinceridad con los que están a nuestro lado y llegamos a compartir no sólo cosas que nos puedan sobrar sino también algo de nosotros mismos como nuestro tiempo, nuestra escucha, nuestro trato agradable… Así tendríamos que mostrarnos y en muchos más detalles porque no podemos decir que le tenemos amor a Dios si no tenemos amor a los que están a nuestro lado; no olvidemos que nos dijo que todo lo que le hiciéramos al hermano a Él se lo hacemos.
Demos limosna de lo que llevamos dentro, nos decía Jesús. Pero eso significa dar lo mejor de nosotros mismos, no simplemente dar migajas cuando no dejamos escapar los peores sentimientos. ¿Tratamos a los demás como queremos ser tratados nosotros? Ya nos dirá Jesús que tenemos que amar al prójimo, al menos, como nos amamos a nosotros mismos, aunque ya nos dirá que lo tenemos que amar como Él nos amó.

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