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jueves, 16 de septiembre de 2021

La falta de amor en el corazón nos impedirá entender lo que es la misericordia y el perdón y cerrará nuestros ojos a la mirada nueva que hemos de tener hacia los demás

 


La falta de amor en el corazón nos impedirá entender lo que es la misericordia y el perdón y cerrará nuestros ojos a la mirada nueva que hemos de tener hacia los demás

1 Timoteo 4, 12-16; Sal 110;  Lucas 7, 36-50

Nos sucede a veces que nos cruzamos con alguien con quien no nos gustaría tropezar, es más, que no nos gustaría que nos viesen con esa clase de personas; nos parecen mala sombra, la rehuimos, o nos hacemos los distraídos como si no las hubiéramos visto a ver cómo pasamos desapercibidos; que no se lo ocurra a aquella persona detenerse junto a nosotros, saludarnos o decirnos algo, pasaríamos un mal trago. Intentamos, quizás, que nadie se de cuenta, tratamos de disimular lo más posible, pero de alguna manera estamos huyendo de aquella persona, o más bien, queriendo desterrarla lejos de nosotros mismos.

Su mala fama, su conducta desordenada, algunas cosas muy escandalosas de las que la han acusado aunque realmente no tenemos pruebas ni seguridades de que lo que se dice de ellas es cierto, pero nosotros nos precavemos, mejor, como si no las hubiéramos visto. Aunque quizá tendríamos que preguntarnos ¿qué sabemos del interior de esa persona? ¿Cuáles pueden ser las tragedias que esté padeciendo en su interior o incluso también en los desaires que recibe de los demás? Nada sabemos ni parece que nos pueda interesar.

¿Sería así el mal trago que estaba pasando Simón el fariseo en aquella comida en que tanto interés había tenido que fuera Jesús? ¿Lo estarían pasando mal de la misma manera el resto de comensales, amigos del fariseo y probablemente de su mismo partido? La comida parecía que se iba a desarrollar dentro de lo normal, pero de repente aparece aquella mujer que nadie sabe cómo llegó hasta la sala de comensales que se puso de rodillas a los pies de Jesús lavándoselos con sus lágrimas y ungiéndolos con costoso perfume. Todos sabían quién era aquella mujer en aquella ciudad y la fama que la acompañaba; estarían pasando un mal rato porque parecía que todo el festejo de aquel almuerzo se estaba viniendo abajo.

Y eso es lo que estaba pensando en su interior el anfitrión de aquella comida. Si éste (Jesús) supiera quien es esta mujer… no le dejaría hacer lo que está haciendo. Pero Jesús le está leyendo los pensamientos. No hacía falta ser muy adivino viendo los rostros de circunstancias que todos estaban poniendo, aunque Jesús bien conocía el corazón de aquellas personas. Por eso es Jesús el que se adelanta para proponerle a Simón una pequeña parábola, los dos deudores que debían a su amo determinadas cantidades y a quienes su amo condonó la deuda en la generosidad de su corazón. ¿Cuál estará más agradecido? Seguro que aquel a quien se le perdonó más.

Y ahora es Jesús el que hace que todas las miradas se dirijan a aquella mujer. De alguna manera pone en un feo al anfitrión de la comida, porque no ha cumplido con los protocolos normales para esas ocasiones, de ofrecer agua y perfume a su huésped como signo de hospitalidad además del correspondiente saludo. Y Jesús le viene a decir que aquella mujer ha hecho todo lo que Simón había descuidado hacer. Pero que si aquella mujer lloraba hasta bañar sus pies es porque el amor de su corazón le hacía reconocer lo que había sido su vida y su pecado. Y a aquella mujer que estaba amando mucho, se le perdonaban sus muchos pecados.

Ya sabemos las reacciones de aquellos fariseos que no dan el brazo a torcer y no entienden de lo que es la misericordia. Les falta amor en su corazón y no entenderán nunca lo que es el perdón. Pero ahí queda el gesto de Jesús que nos tiene que hacer pensar, en nuestras discriminaciones y en nuestros juicios, en la hipocresía de nuestra vida y en las fáciles condenas que hacemos de los demás sin fijarnos en la viga que llevamos en nuestro ojo.

Un buen toque de atención que nos hace Jesús que nos hace mirar de manera nueva a los demás. Como decíamos antes no sabemos lo que hay en el interior del corazón de la persona, pueden estar las negruras que se van acumulando a lo largo de la vida, pero pueden estar también los buenos deseos que nos hacen levantarnos, pueden estar las tragedias que sufrimos a consecuencia de nuestros errores, pero puede estar también la intensidad del amor que ahora queremos poner porque queremos algo nuevo para nosotros.


lunes, 20 de abril de 2020

No olvidemos que por el Espíritu hemos nacido para una vida nueva pero descubramos esas ráfagas de luz y esperanza de la acción del Espíritu en el mundo que nos rodea


No olvidemos que por el Espíritu hemos nacido para una vida nueva pero descubramos esas ráfagas de luz y esperanza de la acción del Espíritu en el mundo que nos rodea

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Sal 2; Juan 3, 1-8
Pero, mira qué cambiado está, decimos para referirnos a alguien que le ha dado la vuelta a su vida, que ha cambiado algunas de sus costumbres, que ha sabido asumir responsabilidades y que le vemos que toma las cosas en serio. Nos admiramos de su cambio, nos alegramos con las nuevas actitudes y posturas que ahora sabe tomar, y nos sentimos gozosos de que quien parecía una bala perdida ha sabido corregir cosas, reformar costumbres, actuar ahora de una forma nueva y con mayor responsabilidad. Son cambios que afectan, es cierto, a la persona, que mejoran su vida.
De algo así, pero con una mayor profundidad y radicalidad es lo que Jesús la habla a Nicodemo. Era un magistrado judío, perteneciente incluso al sanedrín de los ancianos, del grupo de los fariseos, pero un hombre que con sinceridad quería buscar a Dios. Habría oído hablar de Jesús, habría observado las cosas que Jesús hacía y sentía que Jesús no era un maestro cualquiera, era un hombre de Dios, y sentía que Dios tenía que estar con El por las cosas que hacía. Así se lo manifiesta incluso a Jesús mismo cuando aquella noche fue a ver a Jesús.
Un hombre que buscaba a Dios pero que aun andaba envuelto en tinieblas; es significativo que fuera de noche a ver a Jesús. Lo justificamos con explicaciones de que quizá por su posición en medio de los judíos no quería que supiesen que había ido a ver a Jesús. Pero es también el síntoma de quien busca, pero aun no ha encontrado la luz. Como andamos también en ocasiones nosotros con nuestras dudas y con nuestros miedos, con nuestras cobardías para dar la cara por nuestra fe, y por tantos disimulos como andamos tantas veces en la vida. Necesitamos encontrar la luz, necesitamos que se realice de verdad en nosotros lo que vemos hoy que nos plantea Jesús.
‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios’, le dice directamente Jesús. Habla de la radicalidad de nacer de nuevo. No son arreglos, no son remiendos como en otro momento nos dirá hablándonos en esa otra ocasión del paño nuevo, del odre nuevo. Ya nos ha hablado desde el principio del evangelio de conversión; nos hemos acostumbrado a esa palabra y la hemos devaluado. Conversión es cambio radical, es dar la vuelta totalmente para coger el  norte de Cristo, para coger la dirección del Evangelio de Jesús.
Hoy nos habla de nacer, nacer de nuevo. Palabras que Nicodemo se las toma demasiado al pie de la letra y de ahí su reacción. ‘¿Cómo puede un hombre siendo viejo volver al seno de su madre para nacer de nuevo?’ Sí entiende Nicodemo que lo que Jesús está pidiendo es algo radical, pero no sabe cómo se puede realizar.
Y habla Jesús de nacer del agua y del Espíritu. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios’, dice claramente Jesús. Es el Espíritu el que nos transforma, es quien nos hace ese hombre nuevo. Es el Espíritu de Dios que no vemos pero que sopla donde quiere, como nos dice Jesús, para expresarnos como puede actuar en nosotros. Y somos nosotros los que nos tenemos que dejar llevar por esa acción del Espíritu, aunque tantas veces no lo escuchamos, nos hacemos sordos a su inspiración. Pero también hemos de reconocer que se manifiesta en tantas cosas buenas en nosotros pero que hemos de saber contemplar también en ese mundo que nos rodea.
Finalmente dos lecciones podemos sacar hoy de este evangelio que se nos ofrece. Recordar por una parte que nuestro bautismo eso tuvo que significar en nuestra vida, ese nacer de nuevo del que  nos habla Jesús hoy. Tenemos que ser ese hombre nuevo que nos hemos dejado transformar por el Espíritu Santo. De ello tenemos que dar señales. Esta pascua que estamos viviendo a eso tiene que llevarnos. Y necesitamos ser signos de esa vida nueva en medio de nuestro mundo, que necesita de esas señales.
Por otra parte, y es la segunda lección que podemos deducir, sepamos ver las señales de la acción del Espíritu en los demás, en nuestro mundo, en lo que nos sucede. Será como ver esas ráfagas de luz que tanta esperanza tienen que despertar en nosotros. Muchas obras del Espíritu se están haciendo presentes hoy en la vida de los hombres. Tengamos los ojos atentos para descubrirlas y valorarlas.

sábado, 20 de agosto de 2016

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

 Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12
Confieso que esto que voy a decir primero me lo aplico a mi mismo, porque me hace pensar mucho en lo que yo hago o he hecho y si acaso estoy en lo mismo. En la vida nos vamos encontrando siempre quien tiene algo que decir, algo que decirnos de cómo hemos de hacer las cosas, de cómo hay que arreglar el mundo y muchas cosas en este sentido.
Y ya no se trata solamente de la corrección fraterna que hemos de hacernos los unos a los otros para ayudarnos a mejorar, o de quien sabe ha de enseñar. Me refiero más bien a esa vanidad de la vida, a ese orgullo con que tenemos el peligro de ir señalando a los demás lo que tienen que hacer, pero por sí mismos, por mejorar su propia vida quizás no mueven un dedo. Fácilmente caemos en esa vanidad y en esos orgullos.
Las vanidades de las apariencias son tentaciones que todos podemos tener, y esto nos puede llevar a ser inmisericordes con los demás y hasta injustos en las apreciaciones que podamos tener de los otros. Yo no soy quien para juzgar al otro ni para condenarlo. Si algo hemos de hacer con humildad es ayudarnos mutuamente y con la delicadeza más exquisita nos decimos las cosas para tratar de mejorar en nuestra vida; pero no nos podemos convertir en maestros de nadie que con orgullo vayamos imponiendo nuestra manera de ver las cosas. 
De esto le hablaba Jesús a la gente, viendo la actitud y las posturas farisaicas de los maestros de la ley que buscaban la vanidad de la apariencia y el orgullo de sentirse o creerse superiores a los demás. Por eso en lo externo querían aparecer como buenos y que eso lo reconociera la gente rindiéndoles honores; buscaban primeros puestos y reverencias de las gentes, que señala Jesús.
En su vanidad llegan a escribir los mandatos de la ley del Señor en el borde de sus mantos, y cuanto más anchas fueran las franjas mejor porque así podría aparecer mejor su prepotencia. Así creían cumplir la ley del Señor que allá en el Deuteronomio les recomendaba tener muy presentes siempre los mandamientos del Señor, como si los llevaran siempre delante de sus ojos. De ahí esas filacterias y esos escritos en el borde de sus mantos, porque así lo llevaban materialmente delante de los ojos, pero ¿los llevarían de igual modo inscritos en su corazón?
No es ese el camino que hemos de seguir; Jesús nos pide humildad y espíritu de servicio para buscar lo bueno, para querer lo mejor para los demás, pero para con sinceridad de corazón también buscar nosotros humildemente los caminos del Señor. Esos caminos de humildad y de espíritu de servicio son los que nos hacen verdaderamente grandes y con los que podemos encontrarnos con el Señor.

sábado, 19 de marzo de 2016

San José nos enseña a abrir nuestro corazón a Dios para descubrir incluso en medio de las sombras de la vida lo que es el designio de Dios para nosotros

San José nos enseña a abrir nuestro corazón a Dios para descubrir incluso en medio de las sombras de la vida lo que es el designio de Dios para nosotros

2Sam. 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Rom. 4, 13. 16-18. 22; Mt. 1, 16. 18-21. 24a

Nos planificamos las cosas que queremos, nos hacemos proyectos, queremos llevar adelante aquello soñamos. Eso es bueno y una forma madura de actuar, pero el creyente creo que ha de tener en cuenta algo más y es descubrir el designio de Dios sobre nuestra vida. Ojalá sepamos hacer que nuestros planes entren en los planes de Dios, en los designios de Dios para nuestra vida.
Hoy, podríamos decir, que estamos entre dos pensamientos. Por una parte estamos en las vísperas de la Semana Santa porque ya mañana es Domingo de Ramos con el que iniciamos la semana de la Pasión que culminará con la celebración de la Pascua del Señor, pero por otro lado tenemos la celebración propia de este día 19 de Marzo, día de San José.
En el evangelio propio del sábado de esta quinta semana de Cuaresma se nos narra el anuncio que hace el sumo sacerdote de que alguien tiene que morir por todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y los fariseos andan tramando la manera de quitarse de en medio a Jesús. Se escudan por una parte de que pudiera ser peligro de una rebelión por parte del pueblo y las represalias en consecuencia por parte de los romanos que pondría en peligro muchas vidas. Pero son sus tramas porque realmente a ellos quien les molesta es Jesús y no quieren aceptarle ni su mensaje.
Pero ya el evangelista con inspiración no está dando a entender que aquellas palabras del sumo sacerdote aunque pudieran parecer duras e interesadas tienen un sentido profético. Detrás de todo están los designios de Dios y el cumplimiento de la misión de Jesús. Allí estaba por encima de todo el designio de Dios que era la salvación del hombre. En verdad Cristo había de morir por todo el pueblo, por todos los hombres, porque con El nos viene la vida y la salvación.
Esto nos ha de llevar a un primer planteamiento. ¿Sabremos descubrir en todo eso que nos podamos planificar para nuestra vida donde está el designio de Dios? ¿Podríamos descubrir incluso en esas sombras que algunas veces nos envuelven que detrás de todo ello hay una luz en el designio de Dios  para que encontremos un sentido y un valor para todo?
En ese descubrir el designio de Dios para nuestra vida tenemos un ejemplo muy concreto en san José a quien hoy celebramos. Era el hombre justo, el hombre bueno, como nos dice el evangelio. Era el hombre abierto a Dios.
Su vida se llenaba de sombras, al menos eso era lo que parecían en principio, en las dudas, en las dificultades, en los viajes que tuvo que afrontar hasta el destierro en la huida a Egipto, pero él siempre supo descubrir la luz porque era un hombre abierto a Dios. Lo que parecían sombras se convirtieron para él en resplandores de luz al aceptar a Maria y acogerla en su casa, en el niño que iba a nacer que iba a ser el salvador de los hombres, en los caminos que hubo de recorrer que para él siempre fueron caminos de luz. Todo porque estaba abierto a Dios y supo descubrir el designio de Dios para su vida.
Es lo que queremos aprender de san José en este día de su fiesta y en este momento concreto de la vida que cada uno vivamos, pero también en este momento del inicio de la Semana Santa. Que resplandezca siempre en nosotros esa luz de Dios. Que lleguemos de verdad a ser pascua y a vivir pascua, porque ahí en eso que somos y donde estamos, sean como sean algunas veces las oscuridades que podamos tener en nuestra vida, está el paso de Dios que hemos de descubrir y hacer realidad en nosotros. Eso nos llevará a vivir con un sentido pleno esta semana que vamos a iniciar y esto como una consecuencia nos hará vivir con pleno sentido pascual toda nuestra vida.

jueves, 17 de septiembre de 2015

A pesar de nuestras miserias entremos en sintonía con la misericordia divina porque pongamos mucho amor en nuestra vida

A pesar de nuestras miserias entremos en sintonía con la misericordia divina porque pongamos mucho amor en nuestra vida

Timoteo 4, 12-16; Sal 110; Lucas 7, 36-50

La misericordia divina frente a nuestras miserias. Me atrevo a describir así esta escena del evangelio. Jesús en casa de un fariseo que tiene mucho interés en que Jesús vaya a su casa. Veremos a ver en qué se queda ese interés.
Una mujer que se introduce sin ser llamada hasta la sala del banquete. Pronto surge la intolerancia, el descrédito, la desconfianza y en el fondo hasta la condena por parte de los comensales e incluso de quien ha invitado a Jesús. Pero entre aquella mujer y Jesús está el encuentro del amor que no había existido antes entre el resto de comensales. Conocemos los gestos de amor que ahora hay en aquella mujer como conocemos cual es la situación de miseria que había habido en su vida. Pero enfrente está el amor misericordioso de Dios.
Sí, es la miseria de aquella mujer pecadora que ahora llora sus muchos pecados. Unge los pies de Jesús, los colma de besos, los lava con sus lágrimas, hay mucho amor. Mucho amor que reconoce sus miserias; pero mucho amor que se confía al amor  más infinito de Dios que se le manifiesta en Jesús. Aquella mujer saldrá de aquel lugar con su alma justificada, llena de la gracia misericordiosa de Dios porque para ella está el perdón. A pesar de sus miserias fue capaz de sintonizar con el amor de Dios y de esa sintonía nació el perdón.
Pero hay más miserias enfrente de Jesús en aquel momento y en aquel lugar. El fariseo que había abierto las puertas de su casa a Jesús insistiéndole que viniera a comer sin embargo no le había abierto su corazón, que Jesús bien conocía. Allá en su interior al surgir aquella situación inesperada de la presencia de aquella mujer pecadora en la sala del banquete está pensando en su interior, está sospechando en su interior, está juzgando y condenando en su interior.
‘Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’. No abría el las puertas de su corazón a la comprensión de la misericordia divina y no entraría en su sintonía aunque Jesús tuviera para él explicaciones muy especiales con la pequeña parábola que le propone. Cuando no ponemos amor en el corazón es difícil sintonizar con el amor.
Pero estaban también los otros comensales. Eran también fariseos y escribas, amigos del que había invitado y con sus mismos sentimientos de condena en el corazón. Cuando Jesús ofrece generoso el perdón para aquella mujer que había mostrado tanto amor, no comprenden. ‘Los demás convidados empezaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?’
Cuántas veces nos sucede a nosotros también. Están más pronto la sospecha y la desconfianza, el juicio y la condena que la comprensión y el perdón. Tantas veces que no queremos mezclarnos con cualquier tipo de personas; tantas veces que vamos haciendo discriminación en la vida y nos apartamos de aquellos que no nos agradan aunque solo fuera por su apariencia externa; tantas veces que nos hacemos nuestros juicios ante el actuar de los demás sin preguntarnos por qué lo hacen o por qué han llegado a esa situación a la que quizá nosotros por nuestras posturas hemos contribuido; tantas veces que no queremos entender el cambio a mejor que pueden dar las personas y pensamos que pronto volverán a las andadas; tantas veces que no sabemos ver con buenos ojos lo bueno que hacen los demás y buscamos dobles intenciones y nos dejamos llevar por nuestros prejuicios. Son tantas las cosas concretas que tendríamos que analizar en las posturas de nuestra vida.
Pongámonos con nuestras miserias ante la misericordia divina, pero hagámoslo reconociendo de verdad nuestras miserias, dejándonos curar por el Señor porque seamos capaces de poner verdadero amor en nuestra vida para sintonizar con el amor de Dios. Podremos escuchar también las palabras de Jesús: ‘Tu fe te ha salvado, vete en paz’.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Abramos nuestro corazón de pecadores a Dios poniendo a tope toda nuestra capacidad de amor

Abramos nuestro corazón de pecadores a Dios poniendo a tope toda nuestra capacidad de amor

1Cor. 15, 1-11; Sal. 117; Lc. 7, 36-50
Se había introducido en la sala del banquete alguien que no estaba invitado y que en aquellas circunstancias nunca habrían invitado. Pero algo grande iba a suceder allí en nombre del amor de manera que quienes se creían con derecho a ser invitados por la cerrazón de su corazón nunca iban a poder participar en aquel nuevo banquete del Reino de los cielos al que Jesús estaba invitando con su presencia y su predicación.
Un fariseo había insistido a Jesús para que fuera a comer a su casa. En la mesa habría también más comensales, las familias y quizá también los amigos de aquel fariseo. Es normal que cuando se invita a alguien a la mesa se le hagan los honores de ser acogido por los familiares y amigos del que invita.
Sucede sin embargo algo imprevisto cuando ‘una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y colocándose detrás junto a los pies de Jesús, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con perfume’.
Podemos imaginar fácilmente la reacción de los comensales que el evangelio, normalmente muy escueto en detalles, sin embargo nos refleja el pensamiento del fariseo ante la actitud incómoda que significaba la presencia de aquella mujer pecadora, precisamente en su casa, él que era un fariseo, y a los pies de Jesús. ‘Si este fuera profeta, sabría quien es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’. ¿Pretendería en su interior que fuera Jesús mismo el que la apartara y la hiciera salir de aquella casa donde no había sido invitada?
Pero bien conocemos nosotros el corazón de Cristo. Ya le echarán en cara que come con prostitutas y pecadores, cuando se mezcla con los publicanos y hasta se atreve a hospedarse en casa de Zaqueo allá en Jericó. Y Jesús le pone la pequeña parábola de los dos deudores que son perdonados, uno en mayor cantidad que otro. Pero en la pregunta de Jesús está la raíz: ‘¿Cuál de los dos lo amará más?’ No le queda otro remedio a Simón, el fariseo que reconocer que aquel a quien se le había perdonado más.
Jesús, aparte de hacerle ver que las normas de la hospitalidad tampoco se habían cumplido del todo bien al llegar a aquella casa, le explica cómo ha sido aquella mujer con sus lágrimas y con sus perfumes la que está expresando cómo ha de ser acogido de verdad en nuestros corazones. Allí hay alguien que ama mucho, aunque sea muy pecadora. Es el amor el que tiene que resplandecer. Es el amor el que tiene que brillar; no es la formalidad de unos ritos hospitalarios por muy bien que se realicen, sino el amor que pongamos en nuestro corazón. Y sabiendo como sabemos a cuánto está dispuesto a perdonarnos el Señor así será grande el amor con que nos acerquemos a El aunque nuestra vida esté llena de pecado.
‘Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama’. Aquella mujer ya ha manifestado su arrepentimiento cuando se ha atrevido a acercarse a Jesús y tener todos aquellos gestos con Jesús en sus lágrimas, en el beso a sus pies, en el perfume derramado. Pero es que aquella mujer está expresando todo el amor que hay en su corazón.
A la mujer le dijo: ‘Tus pecados están perdonados… tu fe te ha salvado, vete en paz’. Pero aun seguirá habiendo por allí corazones cerrados que no llegarán a comprender la grandeza del perdón y el estilo del Reino de Dios. No quieren nacer de nuevo para entrar en el Reino de Dios. Pero quien ha sabido nacer de nuevo desde el amor y el arrepentimiento podrá marchar en paz, porque lleva el perdón en su corazón.

¿Abriremos nosotros así nuestro corazón de pecadores a Dios siendo capaces de poner a tope toda la capacidad de nuestro amor? Bien sabemos cuanto es lo que el Señor nos perdona, porque deberíamos conocer bien cuáles y cuántos son nuestros muchos pecados. Es el camino para encontrar la paz que con el perdón nos ofrece el Señor.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Una Palabra del Señor que con fe y humildad acogemos en nuestro corazón

Rm. 2, 1-11; Sal. 61; Lc. 11, 37-41
Para comenzar a comentar el texto del evangelio que se nos ha proclamado hoy hemos de decir que es una continuación exacta del que hubiéramos escuchado ayer, de no ser por la celebración del día de santa Teresa de Jesús con sus lecturas propias.
Parten todas estas palabras de Jesús de denuncia de la actitud de los fariseos de lo sucedido en una ocasión en que invitaron a Jesús a comer en casa de un fariseo y estaban todos muy pendientes de si Jesús se lavaba las manos o no antes de sentarse a la mesa. Jesús que conocía bien el corazón de los que le rodeaban y sus intenciones les habla fuerte de que lo que hay que tener bien limpio es el corazón. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, les dice.
Pero escuchemos esa Palabra del Señor no solamente como dicha a aquellos fariseos y letrados que le acompañaban entonces en la mesa, sino sintamos hondamente en nosotros que esa Palabra nos la está diciendo hoy el Señor a nosotros. ‘Pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’, les dice; nos dice. Vivían unas actitudes y posturas muy escrupulosas para fijarse en esos pequeños detalles, pero luego su corazón estaba endurecido para las cosas verdaderamente importantes.
Querían  aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados hasta como piadosos, pero olvidaban lo esencial. No es que no tengamos que tener en cuenta las cosas pequeñas, que ya nos dirá en otro momento que el que no sabe ser fiel en lo pequeño en lo importante no lo será, pero sí nos está diciendo que no olvidemos la justicia, el respeto y la valoración de las personas, el amor a Dios y el amor que hemos de tener al hermano. Que no nos podemos quedar en las apariencias, sino que es desde lo más hondo de nosotros mismos desde donde tenemos que transformar nuestro corazón para llenarlo de las más hermosas virtudes.
¿De qué nos vale fijarnos en minucias si luego no tenemos verdadero amor al hermano que está a nuestro lado? Aprendamos a valorar a la persona, a toda persona; aprendamos a ser justos en nuestras relaciones con los demás actuando con sinceridad, alejando de  nosotros toda falsedad e hipocresía, no dejándonos nunca arrastrar por la vanidad y las apariencias; aprendamos a arrancar de raíz de nuestro corazón los malos sentimientos hacia los demás como la envidia o los rencores; transformemos nuestro corazón para llenarlo de humildad, de paz, de mansedumbre, quitando todo brote de violencia, de orgullo o de soberbia.
Los letrados reaccionaron ante las palabras de Jesús - ‘diciendo eso, nos ofendes también a nosotros’, le dicen - pero Jesús les replica que no se contenten con imponer cosas a los demás, sino que sean ellos los primeros en cumplirlas en su vida.
Os confieso una cosa. Cuando me hago esta reflexión en torno a la Palabra de Dios que comparto con ustedes en la celebración - o través también de las redes sociales en internet intentando llegar a mucha gente - primero que nada me la hago para mi mismo; tengo que pensar, por supuesto desde mi ministerio, en todos aquellos a los que va a llegar esta reflexión sobre la Palabra pero antes me la aplico a mí mismo, me veo reflejado en lo que el Señor nos dice o nos pide y siento que es a mí el primero a quien el Señor se lo está diciendo. No quiero ser simplemente un altavoz mecánico que trasmita unas palabras o unas reflexiones, sino quiero abrir los oídos de mi corazón para sentir lo que el Señor me dice o me pide. Doy gracias porque así esta Palabra también va haciendo mella en mi corazón, y confieso humilde que no siempre le doy la respuesta que el Señor me pide en su Palabra.

Con humildad pongámonos siempre ante la Palabra del Señor que se nos proclama; con mucha fe, para reconocer que es Dios mismo quien nos está hablando allá en lo hondo de nuestro corazón. Pidámosle su gracia, que no nos falte nunca, para que sepamos acogerla y plantarla en nuestra vida de manera que siempre dé fruto al ciento por uno.

domingo, 16 de junio de 2013

La mirada de Jesús y nuestras miradas

2Sam. 12, 7-10.13; Sal. 31; Gál. 2, 16.19-21; Lc. 7, 36-8, 3
La mirada de Jesús y nuestras miradas. Vemos una diferencia grande entre la mirada de Jesús y la mirada de aquel fariseo que lo había invitado a comer, como la mirada de los otros convidados después de todo lo sucedido. ¿Y nuestra mirada a cuál se parecerá más?
Es el primer pensamiento en la reflexión que me hago en torno a este evangelio que hoy se nos ha proclamado. Tal como comienza el relato no parece ser sino otra comida en la que han invitado a Jesús, como sucede en otras ocasiones. Pero ya en otras ocasiones ha sido motivo para que Jesús nos dejara hermosos mensajes. Recordemos cuando los invitados se daban de codazos por conseguir los mejores puestos en torno a la mesa y cómo nos dice Jesús que ese no ha de ser nuestro estilo, ni el de estarnos peleando por puestos principales, ni el de simplemente invitar a los amigos y a quienes pudieran correspondernos invitándonos a su vez a nosotros.
Hoy las cosas van a ir por otro camino. Una vez que estaban recostados en torno a la mesa, según costumbre y estilo de la época, ‘una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba Jesús comiendo en casa del fariseo vino con un frasco de perfume y colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume’.
Allí está Simón, el fariseo que lo había invitado, nervioso y observando cuanto sucedía. No se atreve a decir nada pero su mirada lo dice todo. No se atreve a decir nada pero allá está pensando en su interior. ¡Cómo se atreve esta pecadora! ¡Cómo lo permite Jesús si es una pecadora! ‘Si éste fuera profeta… - ¿están aflorando sus dudas? ¿serán sus sospechas maliciosas? ¿serán los juicios ya condenatorios de antemano? - si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora’.
No lo olvidemos era un fariseo y según sus puritanas ideas aquella mujer pecadora está contaminando con su impureza todo cuanto toque; no olvidemos cuantas purificaciones se hacían cuando llegaban de la plaza, aunque ahora ni agua había ofrecido a Jesús. Allí estaba brotando por sus ojos la malicia de su corazón que no es capaz de ver algo más hondo en cuanto estaba sucediendo.
Pero la mirada de Jesús era distinta porque estaba viendo lo que realmente había en el corazón de aquella mujer. Quien nos estaba enseñando que Dios es compasivo y misericordioso y nos pedía que fuésemos nosotros compasivos como compasivo y misericordioso es Dios, estaba mostrándonos ahora ese rostro misericordioso de Dios.
Jesús que conoce cuanto sucede en nuestro corazón, conociendo cuanto estaba pasando por el corazón y el pensamiento de quien lo había invitado a comer le propone una breve parábola. La hemos escuchado. ‘Un prestamista que tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y otro cincuenta. Y como  no tenían con qué pagar los perdonó a los dos. ¿cuál de los dos lo amará más?’ La respuesta salió lógica de la boca del fariseo. ‘Supongo que aquel a quien le perdonó más’.
Y ahora Jesús se vuelve hacia aquella mujer. Aquella mujer que solo llora en silencio. No le escuchamos ninguna palabra. Aquella mujer que no había buscado puestos especiales, sino se había puesto en el lugar de los sirvientes, postrada detrás a los pies de Jesús, y realizando aquello que quizá a través de sus sirvientes Simón le tenía que haber ofrecido a Jesús en el nombre de la hospitalidad. No lo había hecho Simón; lo estaba haciendo aquella mujer a quien el fariseo consideraba indigna, pero que en la enseñanza de Jesús sería la primera, porque había aprendido a ponerse en el ultimo lugar, a ocupar el lugar de los que sirven.
Allí estaba Jesús, el Maestro y el Señor; el que viene a levantar y a redimir le está devolviendo la dignidad a aquella mujer; el que sabe valorar cuanto amor hay en el corazón de aquella mujer que aunque muy pecadora, sin embargo había sido capaz de amar mucho.  ‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’.  ¡Qué hermosa la mirada de Jesús! ¡Qué grande es el corazón de Cristo! ‘Tus pecados están perdonados’, le dice a aquella mujer.
Pero todavía hay por allí algunos que siguen con la mirada de la desconfianza, de la incredulidad, del juicio y la condena que no entienden de misericordia y de perdón.  ‘Los demás convidados comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?’ La cerrazón de sus corazones les impide abrir los ojos para descubrir el amor, para descubrir el rostro misericordioso de Dios que allí se está manifestando.
Y como nos preguntábamos ya desde el principio ¿cuál es nuestra mirada? Seguro que ahora diremos que nuestra mirada tiene que ser como la de Jesús. Ojalá aprendamos la lección y aprendamos a mirar con una mirada como la de Jesús, porque tenemos que reconocer que no ha sido así muchas veces en nuestra vida. Seamos sinceros ¿cómo miramos habitualmente a los demás?
Con cuánta desconfianza miramos tantas veces a los que nos rodean; cuántas veces aparece esa desconfianza o hasta esa sospecha ante quien pueda aparecer de manera inesperada en nuestra vida; cuántas veces seguimos marcando con el sambenito de la duda y de la culpa a quien en un momento quizá tuvo un tropiezo en su vida e hizo quizá lo que no era bueno, y nosotros seguimos desconfiando y pensando que sigue siendo igual; cuánto  nos cuesta dar una oportunidad al caído para levantarse y redimirse. Quizá hasta tenemos miedo de tocar con nuestra mano a aquel pobre a quien vamos a dar una limosna o no me quiero mezclar con aquellos que tienen tan mala apariencia.
Qué fácil nos es acusar y condenar con nuestro juicio y con nuestra crítica a cualquiera que se cruce en nuestra vida porque quizá nos cae mal o no nos es tan simpático o tiene mala presencia. Muchas veces tomamos posturas distantes ante los que nos parece que no son de los nuestros o tienen otra manera de pensar y con ellos no queremos hacer migas. Cómo nos cuesta perdonar a quien nos haya podido molestar en un momento determinado y cómo se guardan los rencores y los resentimientos. Cómo seguimos pensando que aquella persona no puede cambiar y no le damos una oportunidad ni le tendemos la mano para ayudarla a levantarse.
Jesús no le preguntó a la mujer ni le echó en cara por qué había caído en aquella situación de pecado. La mirada de Jesús fue una mirada llena de amor, una mirada que era como una mano tendida para levantarse, para darle como un plus de confianza, para hacerle sentir que su vida podía ser distinta, para que comenzara una nueva vida, para que comenzara a valorarse dentro de sí misma. La mirada de Jesús era una mirada de amor y de paz que inundaría de ese amor y de esa paz el corazón de aquella mujer.
Es la mirada que tenemos nosotros que aprender a tener para dar confianza, para despertar esperanza, para llenar de paz los corazones, para que en verdad se sientan perdonados y transformados, para que puedan valorarse a sí mismos creyendo que pueden comenzar una vida nueva; somos nosotros los que ahora tenemos que ir mostrando con nuestro amor, con nuestra comprensión, con nuestro corazón lleno de misericordia y amor el corazón misericordioso de Dios.
¿Cambiará nuestra mirada, la forma de acercarnos y de amar a los demás?

sábado, 9 de marzo de 2013


Vacío de sí mismo se vio envuelto en el amor y la misericordia de Dios

Oseas, 6, 1-6; Sal. 50; Lc. 18, 9-14
‘Este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Es el final y la conclusión de la parábola que Jesús propone de los dos hombres que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano, para enseñarnos cuál ha de ser la actitud con que nos presentemos ante Dios. Y ya el evangelista nos da la razón de la parábola cuando  nos dice que ‘por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’ les propuso Jesús esta parábola.
Quien se siente lleno de sí mismo seguro que no podrá llenarse de Dios. Tenemos ese peligro cuando nos creemos buenos y cumplidores. Es la actitud que vemos reflejada en la oración de aquel fariseo. ¿Venía a pedir a Dios o venía a justificarse diciendo lo bueno que era? Podríamos pensar que no era tan malo porque era cumplidor. También nosotros pensamos algunas veces,  ‘yo cumplo’, ‘yo hago esto y lo otro’, pero cuando ponemos demasiado el ‘yo’ por delante es porque estamos demasiado llenos de nosotros mismos. Pero ¿qué somos ante Dios?
Era cumplidor pero su cumplimiento era ficticio porque era solo apariencia cuando tenía su corazón lleno de orgullo y de desprecio hacia los demás. Nos lo refleja también la lectura del profeta Oseas que hemos escuchado. Era un pueblo lleno de presunción y de soberbia; no era una confianza humilde en el Señor. Hagamos lo que hagamos el Señor nos curará y nos sanará, se decían, y seguiremos con nuestra vida. Por eso el Señor les dice por el profeta ‘vuestra misericordia es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora’. La nube mañanera o el rocío de la madrugada no van a empapar la tierra sino que a la menor brisa o al más pequeño rayo de sol se va a evaporar y no vale para nada. Así será cuando vivimos la vida sin profundidad, dejándonos llevar solo por las apariencias.
‘Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’, nos dice el Señor. De nada nos valen nuestros sacrificios u ofrendas si en nuestro corazón no hay verdadero amor, misericordia, compasión para el hermano. Es el camino del verdadero culto cristiano. 'La religión pura e intachable a los ojos de Dios es socorrer a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades', que nos dice Santiago en su carta. Es la auténtica ofrenda que hemos de hacer al Señor. Es lo que en verdad nos hace gratos a Dios. Es en lo que en verdad vamos a parecernos a Dios y con lo que vamos a mostrar el rostro de Dios a los demás.
‘Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’, que orábamos con el salmo. Dios quiere el corazón, y por eso es necesaria una verdadera conversión interior. Que con humildad nos presentemos ante El reconociendo que no todo es limpio siempre en nuestro corazón.
Mucho polvo del camino se nos va pegando en el alma y nos contagiamos fácilmente de actitudes egoístas, insolidarias, vacías o llenas de orgullo. Hemos de aprender a vaciarnos de nosotros mismos, de nuestro ‘ego’, de nuestras vanidades y orgullos. Hemos de purificar nuestras intenciones, nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos para que siempre estén llenos de humildad, de ternura, de misericordia, de amor para con los demás. Es lo que agrada al Señor.
La parábola de Jesús nos habla del publicano que humilde se quedó en el último rincón porque ‘no se atrevía a levantar los ojos al cielo, solo se golpeaba el pecho diciendo: oh Dios, ten compasión de este pecador’. Se vació de si mismo; en su corazón no cabían orgullos ni vanidades, solamente con humildad se sentía pecador. Porque supo vaciarse de sí mismo se vio envuelto por el amor y la misericordia de Dios.
¿Aprenderemos nosotros a hacerlo así? 

sábado, 3 de noviembre de 2012

La persona humilde y sencilla se ganará siempre el cariño de los que le rodean


La persona humilde y sencilla se ganará siempre el cariño de los que le rodean


Flp. 1, 18-26; Sal. 41; Lc. 14, 1.7-11

‘Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Esta sentencia de Jesús se la hemos escuchado muchas veces pero seguimos sintiendo la tentación y la apetencia de honores, reconocimientos y grandezas humanas.

Jesús había sido invitado a comer en casa de uno de los principales fariseos y allí estaba observando lo que hacían los invitados, iban escogiendo los que consideraban los mejores puestos, los puestos de honor en la mesa. Esto le da ocasión para dejarnos su enseñanza que no es otra que lo que ha sido siempre su manera de actuar en la vida.

El que había venido a servir y no a ser servido. Los discípulos aún se asombrarán cuando en la cena pascual él se ponga a lavarle los pies a cada uno de los discípulos. Es una lección que nos cuesta entender porque siempre está dentro de nosotros ese orgullo y ese amor propio. Queremos aparecer como importantes, que nos vean y reconozcan. Muchas veces y de muchas maneras sentimos esa tentación en nuestro corazón. Si aprendiéramos la lección que distintas, qué sencillas, qué humanas, qué fraternas serían nuestras relaciones.

Ahora les dice claramente a aquellos convidados que allá están dándose codazos por los puestos principales - cuántos codazos nos vamos dando por la vida -. ‘Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto… no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú…’ Ya escuchamos en otro lugar que nos dice que los últimos serán los primeros y los que quieren ser los primeros van a ser los últimos.

Cuando escuchamos este texto no nos quedemos en la literalidad de sentarnos en un puesto o en otro en la mesa. Eso puede estar reflejando muchas actitudes en otros muchos momentos de la vida. Lo que nos está denunciando Jesús, y en consecuencia queriéndonos dar su enseñanza, es la prepotencia con que muchos van por la vida que parece que todo se lo saben, que son los únicos capaces de hacer las cosas y que los demás son unos ignorantes y unos inútiles.

Hay muchas maneras de manifestar esa prepotencia que humilla y hace daño al otro, que nunca es capaz de valorar lo que hacen los demás, que trata de manipular a las otras personas inutilizándolas quizá para ellos sobresalir. La soberbia es una máscara bien infame que nos ponemos para ocultar quizá nuestras propias debilidades o incapacidades, pero que hemos de saber que esa máscara un día se caerá y vamos tener que reconocer lo que es la realidad de nuestra vida.

Qué hermoso sería que fuéramos capaces de valorarnos unos a otros de verdad; que no me sintiera yo nunca envidioso porque el otro haga las cosas bien; que tenga una actitud humilde para querer aprender de los demás porque reconozcamos que todo no lo sabemos y siempre podemos ayudarnos unos a otros. Una actitud humilde y generosa con los otros nos ayuda a todos a crecer y a realizarnos de verdad y siempre el corazón humilde será capaz de ganarse el cariño y el respeto de los demás.

Esto nos vale en todas las facetas de la vida, de nuestra convivencia diaria o de los trabajos o responsabilidades que tengamos que desempeñar en la vida; esto nos vale en el camino de nuestra vida cristiana, en todo lo que afecto a todos los ámbitos de la Iglesia, como lo que es relación social que hemos de mantener siempre con los demás.

Son cosas que nos hacen pensar. Son lecciones que tenemos que aprender. Son valores que nos enseña a vivir Jesús para que en verdad vayamos construyendo en todo momento el reino de Dios.