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lunes, 5 de octubre de 2026

No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

 


No enterremos ni olvidemos lo que nos ha llevado hasta el presente con visos de futuro, gratitud, fermentación de la paz en el corazón y confianza ante el camino a recorrer

Deuteronomio 8, 7-18; Salmo: 1Crón 29; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

En la vida a veces nos volvemos olvidadizos. Cuando llegan los buenos momentos en la euforia con que vivimos la nueva situación es fácil que olvidemos, algunas veces inconscientemente, pero muchas veces también porque no queremos recordarlo, las turbulencias por las que pasamos, los esfuerzos y el sudor con que luchamos por salir de aquella situación, y algo terrible que también nos puede suceder es que olvidemos a quien entonces nos echó una mano para salir adelante, o quizás también las promesas que entonces hicimos a nosotros mismos pero también a quienes nos ayudaron que ahora fácilmente no recordamos.

Terminamos siendo desagradecidos con la vida misma que tanto nos ha enseñado, con nosotros mismos porque hasta olvidamos lo que nos curtió aquel esfuerzo de superación, o a quienes fueron nuestro apoyo y nos dieron ayuda, desde tantas personas a nuestro alrededor como a Dios que nunca nos abandonó; bien pedíamos su ayuda, pero una vez curados como aquellos leprosos del evangelio corremos a disfrutar de los momentos luminosos pero pocos somos los que volvemos a quien puso esa luz en nuestra vida.

Es lo que hoy, en la liturgia de este día, se nos está recordando en la Palabra de Dios. Es la recomendación que le está haciendo Moisés al pueblo que está a punto de entrar en la tierra prometida después de aquellos largos años de desierto una vez liberados de Egipto. Han vivido en la penuria y la escasez con mil sacrificios y van a llegar a una tierra que poéticamente se dice que mana leche y miel; no es lo mismo atravesar un desierto inhóspito que establecerse en una tierra que pueden poseer y trabajar para obtener unos frutos de su trabajo que en el desierto no lo podían lograr ni lo habían tenido en la esclavitud de Egipto. Llegarían tiempos de bonanza y hasta de riqueza y podía venir el peligro del olvido. Es la recomendación que en nombre del Señor Moisés hace a su pueblo. Recordar con corazón agradecido el camino recorrido para saber dar un sentido a lo que ahora han de vivir.

¿No necesitaremos eso nosotros en la vida en las diversas situaciones que en nuestra historia personal o en nuestra historia como pueblo hemos tenido que atravesar? Hoy andamos borrando demasiadas memorias históricas a nivel de la sociedad y lo queremos hacer también tantas veces en nuestra vida personal. ¿No estaremos perdiendo nuestra propia identidad cuando queremos dejar a un lado para siempre esos caminos recorridos que han sido sobre los que hemos construido nuestra vida, desde donde hemos llegado a una madurez, con lo que queremos ahora mantener una estabilidad en nuestra existencia?

No todo ha sido perfecto en nuestra vida porque hemos cometido muchos errores y algunas veces en los recovecos de la conciencia pudieran aparecer quizás culpabilidades que queremos acallar; no es cuestión solo de echar tierra encima o meter la cabeza debajo del ala. Se trata de encontrar y mantener la paz de nuestro espíritu que sólo en el perdón podemos encontrar. Por eso esta jornada de témporas que hoy los cristianos vivimos, tiene por una parte aquella gratitud de la que antes hablábamos por el camino recorrido, pero tiene también este momento de reconciliación cuando buscamos encontrarnos con Dios y el perdón que generosamente nos ofrece. Solo cuando nos sentimos envueltos por la misericordia del Señor comenzaremos a sentir esa paz pero al mismo tiempo nos hace que nosotros seamos servidores de la reconciliación para los demás porque actuemos con la misma misericordia.

Pero aunque ahora los momentos puedan comenzar a ser mejores no estamos exentos de tropiezos y dificultades que sabemos que nosotros solos no siempre tenemos fuerza para afrontar por muy autosuficientes que nos creamos. No estamos solos en este camino de la vida porque no nos faltará la gracia del Señor. Es el momento de la confianza, no solo porque nos creamos capaces de seguir haciendo lo bueno, sino porque no nos faltará la fuerza y la gracia del Señor. Es con quien tenemos que saber contar, es la puerta de la oración que se nos abre para encontrarnos con la gracia del Señor.

A nivel social como a nivel personal estos días reemprendemos tareas y trabajos tras el descanso veraniego en nuestras latitudes, recomienzo de cursos para los estudiantes y reinicio de las actividades pastorales en nuestras comunidades cristianas, momentos de planificaciones y de trazarnos objetivos con las distintas acciones para lograrlos. Como creyentes le damos un sentido a estos momentos y es a lo que nos está invitando la Iglesia con esta Jornada llamada de témporas, que quizás pase desapercibida para la mayoría, pero que no podemos dejar a un lado cuando nos tomamos en serio nuestros compromisos y nuestra vida.


jueves, 10 de septiembre de 2026

El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también

 


El sol brilla en lo alto para iluminar a todos sin diferencia ni distinción, yo soy nadie para ir poniendo una sombrilla en el camino para que mi amor no llegue a todos también

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138;  Lucas 6, 27-38

¿Qué podemos decir para dar una explicación que sea más clara que las propias palabras del evangelio que hoy escuchamos? Creo que si nos pusiéramos a dar muchas explicaciones al final terminamos mancillando esta página y quizás haciéndole decir lo que no dice. Jesús nos habla con toda claridad. Pero la claridad está no sólo en sus palabras, porque de alguna manera tiene que expresarse sino en lo que es su propia vida. No nos enseña ni nos pide ninguna cosa que Él no haya vivido.

Por eso decimos siempre que el evangelio es Jesús; El mismo es esa buena noticia para nosotros porque en Él está reflejado todo lo que nosotros hemos de vivir cuando aceptamos su evangelio. No es aceptar palabras sino aceptarlo a Él. No podemos ver otra cosa, otro razonamiento sino su amor y nos toca entonces amar como Él nos ha amado. No olvidemos que es el modelo y el límite – pero no por abajo, sino por arriba – que nos pone cuando nos dice que tenemos que amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado. Y ahí se acabaron las medidas y los límites.

En el evangelio de Lucas estas palabras que hoy hemos escuchado vienen inmediatamente después de que nos propusiera las bienaventuranzas. Y quiero fijarme en una; cuando nos dice que seremos dichosos y bienaventurados cuando nos odien y nos insulten. Podríamos pensar que eso es algo bien difícil de hacer, porque encima de que estamos recibiendo odios e insultos, calumnias y acusaciones, violencias que nos dañan no solo por el maltrato físico que podamos recibir sino por la indignidad a la que nos someten, tengamos incluso entonces que sentirnos felices, decir que somos bienaventurados por eso, cuando parece que la reacción más espontánea sería otra.

Y ahí está la clave, no vamos a reaccionar como parece que espontáneamente tendríamos que hacerlo sino que como nos dirá hoy tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, tenemos que ser capaces de despojarnos de nuestro manto para compartirlo con aquel que nos lo quiere quitar, tenemos que ser capaces de prestar no porque luego nos lo vayan a devolver y con intereses sino sabiendo que no podrán nunca hacerlo porque no tienen con qué, tenemos que ser capaces no solo de poner buena cara cuando nos insulten sino también de rezar por esas personas pidiendo a Dios lo mejor para ellas. No es tarea fácil porque no es lo que espontáneamente haríamos, porque el cuerpo nos lo pide como solemos decir. Seremos dichosos y felices, nos decía la bienaventuranza cuando seamos así maltratados.

Es que la honda en la que nosotros entramos es otra. Nuestra sintonía tiene que ser la del amor; y cuando suena la sintonía del amor de Dios sonará para todos, porque en ese amor nadie se puede sentir excluido. Veamos el camino de Jesús porque es el rostro misericordioso de Dios nuestro Padre que ha sido ha querido encarnarse para estar en medio de nosotros.

¿Quiénes lo rodean porque realmente están comenzando a sentirse amados de verdad? Los pobres y los humildes, los que son sencillos y quieren ser limpios de corazón, los que sienten por otra parte los peores tormentos del corazón porque no solo por si mismos se sienten pecadores sino porque además son los despreciados de todos los que se consideran puros; acoge a la mujer pecadora y se siente a la mesa con los pecadores; le echarán en cara que acoge y come con los publicanos, pero también se ha sentado a la mesa de los fariseos que tienen aun más duro el corazón; en el camino de la cruz se dejará consolar hasta dejarse limpiar el rostro como un día en camino a la casa de Jairo dejará que una mujer impura toque su manto para ser curada; permitirá que lo crucifiquen entre dos ladrones porque está dispuesto a abrirle las puertas del paraíso aquella misma tarde tan pronto sienta el arrepentimiento en su corazón; mientras lo están cosiendo al madero todavía tendrá una súplica de perdón para quienes lo están haciendo disculpándolos incluso porque no saben lo que hacen.

¿Nos extraña, pues, que nos pida que amemos a nuestros enemigos y recemos por quienes nos afligen? El sol que brilla en lo alto y que a partir de su muerte en la cruz va a tener un nuevo resplandor lo hace sobre buenos y malos, sobre justos e injustos, ¿quiénes somos nosotros para ir poniendo sombrillas a nuestro paso para que no llegue nuestro amor también a todos? No es necesario decir mucho más sino escuchar directamente las palabras del evangelio.


sábado, 5 de septiembre de 2026

Una nueva dinámica de amor que nos pone en camino de una nueva comunión, que se hace acogida y reconciliación, para sentir entre nosotros la presencia del Señor

 



Una nueva dinámica de amor que nos pone en camino de una nueva comunión, que se hace acogida y reconciliación, para sentir entre nosotros la presencia del Señor

Ezequiel 33, 7-9; Salmo 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

Cuando Jesús, por así decirlo, quiere darnos más motivos para que amemos a los demás y además lo hagamos con el mismo amor que Él nos tiene, nos enseña como en el rostro del pobre, del inmigrante, del forastero, del hambriento y del enfermo, sea quien sea, venga de donde venga, teníamos que verle a Él, porque lo que al otro le hiciéramos se lo estábamos haciendo a Él y nos estaba enseñando ese ministerio y servicio de la acogida en el que todos tenemos que estar apuntados; todos recordamos las imágenes con las que nos habla en el juicio final.

Pero podríamos decir que hoy da un paso más, nos hace subir en nuevo escalón, nos hace entrar en una nueva dinámica que podíamos decir una nueva espiritualidad, nos hace entrar en una nueva exquisitez cuando nos dice que allí donde estemos reunidos, los que sean, en su nombre, allí podemos tener la certeza y seguridad que está El. No es necesario que sea una reunión de santos, de personajes especiales, de quienes hayan hecho cosas extraordinarias, sencillamente los que queremos vivir en el nombre de Jesús, también con nuestras debilidades y tropiezos – que para eso ya nos dirá algo más -, con nuestra fragilidad y con nuestro pecado, con nuestra vida corriente y también a partir de nuestras pequeñas cosas no siempre hechas con toda perfección, allí estará Él en medio de nosotros.

Nos está hablando de un nuevo sentido de vivir, nos está diciendo que para ser en verdad sus seguidores, para sentir cómo nos ama y camina con nosotros hemos de entrar en la dinámica de la comunión, de sentirnos hermanos, de vivir el sentido de comunidad. Nuestro camino no es ir cada uno por su lado, aunque cada uno tengamos que desarrollar nuestras cualidades y también nuestras responsabilidades, nuestro camino siempre ha de ser el de encuentro y la reconciliación, de vivir esa maravillosa experiencia del amor, pero de una forma concreta con todos aquellos que caminan a nuestro lado, sean quienes sean, o sean como sean.

No es el camino de los perfectos, sino de los que hacen santidad cayéndose y levantándose, pero también siempre con la disponibilidad para acoger y para ayudar a levantarse al que cae a nuestro lado; es siempre camino de acogida, que tiene que hacerse más delicada y exquisita con los más débiles, y es camino siempre abierto a la reconciliación, nunca para el juicio y la condena, porque es tarea en la que todos siempre nos hemos de sentir comprometidos y en la que mutuamente con la mayor delicadeza hemos de ayudarnos.

Nos dice hoy Jesús cosas muy importantes. Nos quiere unidos, nos quiere acogedores, nos quiere personas de paz, nos quiere agentes de reconciliación, nos quiere pastores que cuidan el rebaño y han de saber ir a donde sea y hacer lo necesario para reencontrar a la oveja extraviada. El Reino de Dios es recinto abierto del que nadie ha de ser excluido por muy malvado o pecador que sea porque todos somos amados y es el amor que parte de Dios el que construye y constituye ese reino; y también los pecadores son amados, y también los que puedan parecer personas inmundas tienen derecho a tocar la orla del manto para llevar a revestirse de Jesús; y todo tienen que caber en nuestro corazón y en nuestra oración porque sería menos eficaz si no dejamos sentarse a todos en el corro de nuestra oración.

Si cuando estamos reunidos en su nombre tenemos la certeza de que Él está en medio de nosotros ¿quienes somos nosotros para excluir a nadie de esa reunión en el nombre de Jesús? Por eso nuestra vestidura principal tiene que ser la de la misericordia, que siempre nos hace comprensivos y acogedores, pero aunque mucho nos llenemos la boca de esa palabra ¿somos en verdad testigos de la misericordia, estamos revestidos en verdad de misericordia y comprensión, dando verdaderas muestras de acogida a todos, en el ámbito de nuestras comunidades y de nuestra Iglesia?

¿Realmente de qué estamos más preocupados? ¿Solo de la apariencia de la santidad o porque con nuestro amor ponemos santidad en nuestros corazones para purificar nuestros más hondos sentimientos y actitudes de nuestra vida? Es mucho lo que hoy nos dice el evangelio.


jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


miércoles, 12 de agosto de 2026

Buenas semillas hemos de saber sembrar con las buenas actitudes de nuestro corazón, siempre comprensivo, capaz de perdonar y ofrece la corrección fraterna

 


Buenas semillas hemos de saber sembrar con las buenas actitudes de nuestro corazón, siempre comprensivo, capaz de perdonar y ofrece la corrección fraterna

Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Salmo 112; Mateo 18, 15-20

Es bien cierto que todos estamos llamados a la perfección y a la plenitud, esas son las ansias más hermosas que llevamos en el corazón, pero es cierto también que no somos perfectos, porque estamos llenos de limitaciones que nos hacen descubrir nuestra debilidad y cómo tantas veces tropezamos no alcanzando esa plenitud que deseamos y nuestra humanidad es tan humana que se manifiesta como tal en esas carencias de nuestra vida.

Ya quisiéramos que nuestra respuesta fuera siempre perfecta en comportamientos y en actitudes, pero vamos tropezando continuamente, sentimos en nuestro interior esa tentación y esa inclinación al mal que nos hace actuar torpemente tantas veces y estamos llenos de errores pero también envueltos por el mal, que nos hace perder nuestra propia dignidad y grandeza y que daña de tantas maneras la dignidad y grandeza de los que están a nuestro lado. Tendríamos que tener la valentía de la humildad para reconocerlo pero también la fuerza interior que nos ayuda a corregirnos y a ser mejores; muchas veces nos ciega nuestro orgullo y amor propio y no reconocemos nuestras debilidades y para colmo queremos presentarnos ante los demás con la fantasía y la vanidad de que somos buenos.

Es un paso importante que tendríamos que realizar es el reconocimiento de nuestros fallos, pero también la humildad de dejarnos corregir por los que están a nuestro lado. No es fácil porque nos pesa mucho ese orgullo y amor propio o esa imagen que queremos mantener ante los demás porque nos parece que si nos mostramos débiles estaríamos perdiendo la buena imagen y el prestigio que decimos que nos hemos conquistado. Pero precisamente reconociendo nuestra debilidad es cuando mejor manifestamos la grandeza de nuestro espíritu y cuando nos ganamos mejor la valoración de los demás.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la corrección fraterna, porque si en la comunidad cristiana nos sentimos como hermanos miembros de una misma familia estamos para ayudarnos los unos a los otros. Jesús nos da unas pautas que nos hablan de humildad y de sencillez, pero que nos hablan también de respeto y de capacidad de comprensión; ya le ponemos el apellido, digámoslo así, de fraterna, porque como hermanos hemos de corregirnos, y como hermanos no nos humillamos, como hermanos nos sentimos a la misma altura, con el amor de hermanos sentimos como nuestro lo de los demás y queremos siempre lo mejor, como hermanos nos damos ánimos porque nos tendemos la mano para seguir caminando apoyándonos mutuamente en nuestra debilidad, como hermanos nos estimulamos al tiempo que somos comprensivos porque vemos esa misma debilidad en nosotros.

Es la manera cómo hemos de saber escuchar esa palabra de corrección que nos ofrece el hermano cuando hemos renqueado en nuestra vida con nuestras debilidades y tropiezos y es la buena actitud con que nosotros hemos de acercarnos siempre a los demás. Cuesta hacerlo y bien sabemos que el mundo está lleno de resentimientos y desconfianzas, de envidias y de rencores, de actitudes revanchistas que lo que quieren es marcarte con ese sambenito de nuestra debilidad y de hundirte para siempre. Es cuando no hemos entendido ese sentido de comunión y de amor que entre todos debería haber ya que tendríamos que ser como una gran familia. Pero son las buenas semillas que nosotros hemos de saber sembrar con esas buenas actitudes de nuestro corazón.

Finalmente hoy en el evangelio nos enseña a saber rezar unidos, porque es la mejor manera de sentir a Dios en medio de nosotros. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. ¿Será así siempre el sentido de nuestra oración?

domingo, 19 de julio de 2026

La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

 


La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

Sabiduría 12, 13. 16-19; Salmo 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Vivimos en unos tiempos que aunque llamamos de libertad y nos sentimos tan satisfechos con los logros que decimos que hemos conseguido y se nos llena la boca con la palabra democracia, sin embargo en todos los lados y no podemos pensar solo en un sentido se radicalizan las posturas fundamentalistas que llevan consigo la condena, la estigmatización y los rechazos de quienes no piensen o hagan las cosas como nosotros. Las condenas son inexorables, el querer arrancar de la vida comunitaria por ejemplo a quienes han hecho daño o se han portado injustamente están a la orden del día. Nos volvemos intransigentes con el mal que podamos ver alrededor, y no significa que tengamos que consentir el mal o la injusticia, pero detrás de eso están unas personas que pueden rectificar sus vidas, pero es que nos hacemos muy radicales en posturas y condenas. Entre muchas cosas pienso en lo que está sucediendo en nuestra vida social y política, pero en todas las tendencias o ideología donde prevalece la intransigencia y la condena con tanta facilidad, pero nunca vemos la viga que podamos llevar en nuestro propio ojo.

Mirando lo que contemplamos a nuestro alrededor, pero mirándonos a nosotros mismos que también fácilmente caemos en esas tendencias escuchamos la Palabra de Dios que nos ilumina; no podemos leer o escuchar el evangelio simplemente como si sacáramos una reliquia de otro tiempo sino con una lectura creyente de nuestra vida y de la vida que vivimos. Las parábolas como toda la Palabra de Dios no tienen una fecha de caducidad y de destino, como si fueran para otros tiempos, para otras personas, o para otras situaciones que no tengan que ver con el hoy de nuestra vida. Es Palabra para mi y para ti en el hoy de nuestra vida.

La parábola nos habla de una buena semilla sembrada en un campo, pero también de otra semilla mala que el enemigo ha sembrado para dañar nuestra cosecha. Aparece el trigo pero aparece también la cizaña. Nuestra vida, nuestro mundo, con su trigo y con su cizaña, con la semilla del bien, de lo bueno y de lo justo con lo queremos hacer un mundo mejor; pero al mismo tiempo con la semilla del mal que rebrota y florece por todas partes.

Y es aquí donde nos llega el mensaje de la parábola. Los servidores de aquel dueño de la finca le anuncian lo que está sucediendo y se ofrecen a ir a arrancar aquellos malos brotes. No se puede perder tiempo, piensan ellos. Pero el dueño les dirá que no, que hay que tener paciencia, que ahora no queda más remedio que dejar que crezcan juntos, que ya llegará el tiempo en que se haga justicia y se separen los malos frutos de los buenos. El mal nos rodea, es cierto, y nos gustaría arrancarlo de raíz; y vienen nuestras impaciencias y nuestras radicalismos, vienen nuestras condenas y nuestros descartes. Pero como nos está enseñando la parábola tenemos que aprender a seguir los ritmos de Dios.

Comencemos por pensar en nosotros mismos y aprender de nuestra propia vida; no somos santos porque todos cometemos errores, porque también nosotros nos hemos dejado arrastrar por el mal en tantas ocasiones, recordemos nuestra vida de pecado, recordemos la pobreza de nuestro amor, recordemos nuestros egoísmos insolidarios en tantas ocasiones en que quizás hemos mirado para otro lado para no prestar una ayuda o tener una atención con alguien, y cada uno puede pensar en mil cosas mas en la situación de su propia vida, pero Dios siempre ha tenido paciencia con nosotros; cuántas veces le hemos pedido perdón y confesado nuestro pecado y El nos ha regalado la gracia de su perdón; pero cuantas veces hemos reincidido pero Dios nos ha perdido la paciencia con nosotros.

Es la paciencia de la misericordia de Dios que siempre está esperando la vuelta del hijo pródigo y nos sale al encuentro de tantas maneras para movernos con su gracia a la vuelta a la casa del Padre. Con nosotros y con todos sin diferencia ni distinción. ¿No tendríamos nosotros que aprender para desprendernos de esos radicalismos e intransigencias con que nosotros actuamos tantas veces con los demás?

De eso tenemos que ser signo ante el mundo que nos rodea que precisamente no brilla por esas buenas actitudes. Se nos llena la boca con la palabra justicia para aplicarla de forma irremediable con lo que hacen los demás, pero cuando tenemos que mirarnos a nosotros mismos parece que una niebla nos envuelve para no tener que reconocerlo. Hay algo muy hermoso que nos ha traído hoy el libro de la sabiduría, unas sentencias que tendríamos que aprender a ponerlas como lema y pauta de nuestro actuar. ‘Tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos… Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores’.

La grandeza de la persona está precisamente en saber ser indulgente con todos porque siempre ha de brillar nuestra humanidad. Las intransigencias no tienen nada de humano porque nos convierten en lobos feroces y ciegos.

viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

domingo, 24 de mayo de 2026

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

 


Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

Hechos, 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3-7. 12-13; Juan 20, 19-23

‘Nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino es por el Espíritu Santo’. Comienzo mi reflexión hoy con estas palabras del Apóstol que vienen a ser toda una confesión de fe en el Espíritu Santo, y que nos llevan a la más profunda confesión de fe en Jesús. Cuando Jesús preguntaba a los apóstoles sobre lo que pensaba la gente o pensaban ellos mismos del Hijo del Hombre, tras la respuesta que dio Pedro con sus Palabras, Jesús le dice que no lo ha expresado por si mismo sino por la revelación del Padre en su corazón. ¿Seremos en verdad conscientes de ello?

Es la reflexión que tenemos que hacernos en este día de Pentecostés. Fue el cumplimiento de la promesa de Jesús; por eso desde el primer momento de la resurrección vemos cómo se manifiesta esta acción del Espíritu sobre los Apóstoles. Jesús en esa primera aparición como resucitado – vamos a emplear este lenguaje – les saluda con la paz. Dos veces repite ese saludo, pero al mismo tiempo les revela la manifestación del Espíritu para el perdón de los pecados. ¿Es que podría haber esa paz sin esa capacidad del perdón? Es el Espíritu el que va a crear esos lazos de comunión, esos lazos de amor que nos hacen posible que nos comprendamos y nos perdonemos; es el Espíritu el que acerca los corazones para el amor, porque el Espíritu nos llena de Dios; no es una cosa podríamos decir aislada que se va a poner en nuestro corazón sino que es Dios mismo quien nos envuelve e inunda nuestra vida, y Dios es amor.

Cuánto necesitamos, entonces, dejarnos envolver y conducir por el Espíritu en este nuestro tan dividido y enfrentado, donde florecen demasiado la rencillas y los resentimientos, donde somos capaces de mantener el corazón envenenado porque no tenemos la humildad y la valentía de abrirnos al perdón, este mundo tan lleno de violencias y enfrentamientos que hace que por cualquier palabra o cualquier gesto florezcan los espinos del orgullo creando surcos y abismos de distanciamientos o parapetándonos tras los muros del rencor. Qué difícil traspasar esas fronteras que así nos hemos ido creando si no somos capaces de dejar que el Espíritu siembre en nosotros las semillas del amor.

En el mundo de hoy algunas veces nos reconforta el ver aparecer en la sociedad que hay deseos de paz, y se forman movimientos en contra de la guerra y la destrucción que siguen haciendo de las suyas de manos de los poderosos ambiciosos; nunca será la guerra un camino para lograr la paz, porque la violencia nunca engendrará amor; pero también hemos de ser conscientes, y eso nos defrauda enormemente, que en el fondo de quienes reclaman la paz en esas situaciones tan dolorosas que vivimos en el mundo de hoy sin embargo en sus corazones no brilla siempre la paz y muchas veces resplandece más la revancha y la venganza; quien no ha sabido encontrar paz en su corazón difícilmente podrá ser instrumento de paz porque sus corazones van envenenados por el odio. Desgraciadamente lo vemos en tantas manifestaciones que deseamos pacíficas pero que terminan en violencia.

Ojalá esta fiesta de Pentecostés que estamos celebrando, esta fiesta del Espíritu Santo, despierte en nosotros los cristianos esos verdaderos deseos de paz, porque comenzamos a construirla dentro de nosotros mismos. Recibamos el don del Espíritu prometido por Jesús y sintamos cómo se llena de gozo nuestro corazón porque comenzamos a entrever esos nuevos valores y esas nuevas actitudes que nos hacen crecer dentro de nosotros mismos.

Que sintamos la alegría del Espíritu porque comenzamos a amarnos más; que sintamos la alegría del Espíritu que nos hace descubrir esas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros; que sintamos la alegría del Espíritu porque nos sentimos más hermanos y somos capaces de entendernos porque esos lenguajes que nos distancian o muchas veces también nos enfrentan los arrancamos de nuestras vidas; que sintamos la alegría del Espíritu porque se crea entre nosotros una nueva comunión en que las distancias geográficas ya no son un obstáculo o un impedimento para amarnos; que sintamos la alegría del Espíritu que nos impulsa a salirnos de nosotros mismos para llevar con arrojo y valentía el anuncio del Evangelio a todo ese mundo que nos rodea y que nos signos de nuestro amor sean capaces de llegar a los más desheredados de nuestra sociedad, pobres y emigrantes, gente que vive en la soledad o bajo el peso de la cruz del sufrimiento.

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida que contribuya también a la renovación de nuestra Iglesia.


sábado, 2 de mayo de 2026

Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

 


Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Algunas veces cuando nos están explicando algo que nos cuesta entender, que nos resulta engorroso, por ejemplo a resolver un problema complicado que por mucho que nos expliquen parece que no llegan nunca a la solución final, o algo tan sencillo como explicarnos un camino para llegar a una meta o los problemas que vamos a encontrar, en nuestros agobios por acabar antes al final le estamos pidiendo o que nos dé la solución final sin que nosotros tengamos que complicarnos la vida, o que nos lleven a ese lugar o meta sin mayores explicaciones; queremos todo a lo pronto y rápido, sin complicaciones ni compromisos, un mundo en cierto modo en el que queremos que nos den las cosas hechas.

Algo así les estaba sucediendo a los apóstoles cuando escuchaban a Jesús en la última cena; en que por una parte sentían una tristeza que les cortaba los ánimos ante la incertidumbre de lo que estaba por suceder, o también porque Jesús estaba en cierto modo elevando el nivel de sus palabras y revelaciones, el hecho es que se encontraban en que parecía que no entendían nada.

Jesús les había hablado muchas veces del Padre, del que El era el enviado, que el cumplimiento de su voluntad lo era todo para El, ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, les había dicho en una ocasión; toda la revelación del Reino de Dios que había venido haciendo Jesús era precisamente querer mostrarles el rostro de un Dios que es Padre y nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo y además quería hacernos sus hijos; pero los apóstoles no comprenden, por eso le piden ‘Muéstranos al Padre y nos basta’, porque asi les parece que ya para siempre se les van a acabar sus dudas.

De ahí la respuesta de Jesús, ‘¿tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis? Quien me ve a Mí, ve al Padre’, termina diciéndoles Jesús. ¿Qué es lo que había hecho Jesús sino manifestarles ese amor del Padre? Aquellos signos que Jesús había ido realizando eran las señales por las que teníamos que reconocer el amor de Dios. El Jesús que se acerca al paralítico de la piscina para darle vida y hacerle caminar, el Jesús que se detiene junto al ciego del camino para devolverle la luz a sus ojos, el Jesús que tiende su mano hasta el leproso para librarle de la lepra, el Jesús que se deja lavar los pies por la mujer pecadora para que en su amor encuentre el amor de Dios, el Jesús que levanta de la camilla al paralítico que han descendido desde el techo hasta sus pies, el Jesús que muestra compasión con la mujer adultera a la que no condena sino que la invita a vivir una vida nueva y distinta, es el Jesús que nos está mostrando el rostro de Dios, el amor de Dios.

Todo en Jesús es amor y es vida, es salud y salvación, es la muestra de la misericordia de Dios y la manifestación de cómo Dios quiere estar a nuestro lado, en nuestro camino, en nuestra vida, en nuestras luchas para ser nuestra fortaleza y en nuestras dudas para ser nuestra luz, en todo lo que haya de muerte en nosotros para darnos vida, en nuestro pecado no solo para ofrecernos su perdón sino incluso para rogar al Padre disculpándonos que no sabíamos lo que hacíamos. Miramos a Jesús y miramos a Dios, contemplamos a Jesús y contemplamos el rostro misericordioso del Padre. ‘Quien me ve a Mi, ve al Padre’, nos está diciendo Jesús.

Pero esto nos está pidiendo algo más. Cuando decimos que creemos en Jesús no son meras palabras con las afirmamos que creemos en lo que nos ha dicho o enseñado Jesús; creer en Jesús significa identificarnos con El para vivir su misma vida, para hacer su mismo camino, para envolvernos en su mismo sabiduría de amor que dé un sentido nuevo a nuestra vida. ¿No significará esto que quien nos ve a nosotros tiene que ver en nosotros las mismas obras de Jesús? ¿Con lo que hacemos, con nuestras actitudes, con el valor que le damos a lo que vivimos seremos imagen de Jesús para que los demás lleguen también a Dios?

lunes, 23 de marzo de 2026

Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

 


Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

¿Las acusaciones y condenas no podrían estar ocultando malicias y maldades que tenemos dentro de nosotros mismos y de las que no tenemos la sinceridad de reconocer? Es el primer pensamiento que llega a mi mente al escuchar ambos textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. Mucho más es el mensaje que nos quiere transmitir y del que hemos de tomar buena nota, porque nos está hablando de la misericordia entrañable de Dios que se manifiesta en Jesús.

El evangelio es bien conocido y lo habremos meditado multitud de veces, pero para nosotros tiene que seguir siendo una buena nueva que nos hace considerar lo que es la misericordia del Señor pero para que aprendamos también nosotros a actuar con la misma misericordia. No se deja de condenar el mal y Jesús le dirá a la mujer al final que no peque más, pero hemos de saber tener ojos de misericordia con el pecador, como nosotros imploramos también esa misericordia cuando nos vemos en la miseria de nuestros errores y pecados. ¿No es una cosa que continuamente le pedimos al Señor que tenga misericordia con nosotros que somos pecadores? ¿O se quedará solo en palabras pero sin llegar a saborear por nosotros mismos lo que es esa misericordia del Señor?

Muchas veces nos endurecemos tanto que perdemos lo que tiene que ser la ternura de nuestro amor. Somos exigentes con los demás lo que no somos capaces de ser con nosotros mismos porque siempre estaremos buscando disculpas ante lo que hayamos podido hacer mal. Nos cegamos tanto en la exigencia del cumplimiento de la ley, de los mandamientos, que perdemos la ternura de nuestra humanidad. Nos volvemos implacables contra los que hacen mal, como decíamos, quizás queriendo ocultar nuestros propios errores.

Es sorprendente cómo Jesús nos hace recapacitar. Ante las exigencias implacables de aquellos fariseos que pedían el cumplimiento de la ley de Moisés de apedrear a las adúlteras está la serenidad con que se manifiesta Jesús, para colmo se pone a garabatear en silencio en el suelo mientras escucha aquellos gritos para finalmente decirles que quien no tenga pecado que le tire la primera piedra. Antes de gritar y exigir detente a mirarte por dentro. Un buen criterio que habríamos de tener más presente en los avatares de cada día, en esa violencia que nos envuelve, en esa acritud con que nos tratamos, en esas exigencias con que vamos reclamando a los demás.

¿Tendremos derecho a tirar la primera piedra? Seguramente si hubiera alguien que tuviera ese derecho, que significaría una rectitud en su vida y la vivencia de unos valores que ponen por delante la dignidad de la persona a toda costa, no sería precisamente el que tirara la primera piedra. Sería una persona en verdad comprensiva y con una bondad grande en el corazón para siempre buscar y encontrar una salida antes de la condena inmisericorde.

Qué fácil parece ser el condenar, el juzgar lo que hacen las otras personas, el descalificar y querer echar abajo y hundir cualquier cosa que hagan los otros. No podemos decir que eso son cosas que no nos afectan. Seamos sinceros y miremos la realidad. Parece que eso está a la orden del día como si fuera lo que tiene que predominar. Por eso las distancias y los abismos que vamos poniendo entre unos y otros cada día se ensanchan más. En lugar de ir tendiendo puentes vamos poniendo distancias, vamos levantando murallas, vamos cerrando puertas.

Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social. Y luego decimos que trabajamos por hacer que nuestro mundo sea mejor, y lo que hacemos es fomentar rencores y desenterrar odios. ¿No nos damos cuenta de que cuando somos inmisericordes con el pecador de alguna manera al sentirse abandonado le estamos incitando a dejarse llevar por ese arrastradero en que se encuentra?

Y los cristianos que tenemos como principal mandamiento el amor ¿qué estamos haciendo en este sentido? ¿Cómo estamos promoviendo ese acercamiento de unos y otros? ¿Estaremos siguiendo el juego al mundo cuando quizás entre nosotros seguimos marcando a las personas por errores que hayan cometido alguna vez en su vida? ¿Dónde está de manera efectiva la misericordia de la que hacemos gala? Muchas heridas siguen sin sanarse con las cicatrices muy marcadas. Es hora de curar de verdad el corazón. 


sábado, 7 de marzo de 2026

Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

 


Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; 15, 1-3. 11-32

¿A quien no le ha sucedido que cuando comete un error, cuando hace algo que tiene conciencia de que está mal lo que en cierto modo siente es la cara que se le cae de vergüenza cuando tiene que presentarse ante los demás por lo que ha hecho y las represalias o castigos que pueda recibir? Somos humanos y no siempre sabemos valorar la exquisitez del perdón; somos humanos y de la misma manera que nos queda la cicatriz en el alma por aquello que alguien nos ha hecho y parece que siempre lo vamos a estar recordando manteniendo nuestras reticencias y de alguna manera buscando la revancha o el castigo que le podamos infligir a quien nos ha herido, así pensamos del sentido del perdón que podamos recibir.

El evangelio y toda la palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a desmontar esas ideas preconcebidas que nosotros podamos tener. Así nos lo decía el profeta Miqueas. ‘¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas…’ Es un texto, es cierto, del Antiguo Testamento, pero que resonancias nos trae de lo que Jesús nos viene a enseñar en el evangelio.

Hoy se nos presenta la parábola que llamamos habitualmente del ‘hijo pródigo’, aunque por una parte tendríamos que decir de los ‘dos hijos pródigos’ pues no solo hace referencia al que se fue de casa, sino que el otro aunque seguía viviendo bajo el mismo techo también era un ‘hijo pródigo’ bien alejado de su padre; sin embargo siempre al comentar esta parábola  decimos que más bien tendría que llamarse del ‘Padre misericordioso’ que es el verdadero protagonista de amor de la parábola.

Un reflejo por una parte de lo que es nuestra vida o de cómo termina cuando buscamos libertades que al final terminan esclavizándonos. Quería ser libre, liberarse de estar bajo el dominio, digamos así, de su padre, quería vivir la vida a su manera y al final sintió el peor vacío en sí mismo que jamás pudiera imaginar. Pero no solo el que marchó de casa, sino también en aquel que pareciendo sumiso sin embargo también tenía el corazón muy lejos de aquella misma casa y que sin embargo bien le costó reconocer.

Hay vacíos que cuando no sabemos llenar en la superficialidad de lo material o de los placeres al final nos hacen recapacitar y desear el camino donde podamos encontrar lo que de verdad llene nuestro espíritu. Era el recuerdo del hogar, de aquella vida que tanto le había costado aceptar y que le había llevado a tantas rupturas, era el deseo de volver a encontrarse bajo el paraguas del amor del padre, aunque sintiera que no lo mereciera, que las cosas no podían ser como antes, y que al menos deseaba un puesto, aunque fuera en el último lugar, de aquel hogar. ‘Trátame al menos como a uno de tus jornaleros’ era lo que quería pedir a su padre, pues no se consideraba digno de su perdón.

Aquí se nos está mostrando la maravilla del rostro de misericordia de nuestro Dios. ¿No nos había dicho Jesús en más de una ocasión que fuéramos compasivos y misericordiosos como lo es Dios siempre compasivo y misericordioso? Si el hijo que había marchado ahora daba pasos de vuelta a la casa del padre, era aquel padre el que salía corriendo a su encuentro para devolverle toda su condición de hijo amado. Revestido de nuevo con el traje de fiesta de los hijos, con anillo de la dignidad recuperada en sus manos y con nuevas sandalias en sus pies para no tener los mismos tropiezos era recibido con fiesta por su padre porque el hijo perdido se había encontrado y para él estaba preparado el gran banquete con el mejor ternero cebado.

Así es el corazón de Dios que sale a nuestro encuentro y nos busca como aquel padre con sus dos hijos pródigos. Y Dios nos dice que todo lo suyo es nuestro porque hemos recuperado la dignidad de hijos y si somos hijos somos herederos y coherederos de su gloria. Es el camino de dejarnos encontrar por la misericordia de Dios que hemos de saber emprender; pero es el camino del que también tenemos que saber ir dejando huellas porque con esa misma compasión y comprensión nosotros hemos de saber tratar a los demás. Es la confianza de sabernos perdonados pero es también la alegría que con que sabemos nosotros ofrecer el rico regalo de perdón a los demás.

¿Será esto una buena noticia de salvación para nosotros que hará nacer en nosotros una vida nueva?


lunes, 2 de marzo de 2026

La luz de la misericordia del Señor ha iluminado nuestra vida y entonces serán también siempre luminosos nuestros caminos

 


La luz de la misericordia del Señor ha iluminado nuestra vida y entonces serán también siempre luminosos nuestros caminos

Daniel 9, 4b-10; Salmo 78; Lucas 6, 36-38

¿Nos habremos sentido alguna vez abrumados por la vergüenza de lo que hemos hecho? Como solemos decir, no sabemos donde meternos, sentimos el oprobio sobre nosotros, en consecuencia nos sentimos arrepentidos aunque no sabemos como reparar el daño, cómo quitar de nosotros esa mancha que ya nos parece imborrable.

Es lo que nos está expresando el profeta, vergüenza por lo propio, por lo que hemos hecho, vergüenza ajena que sentimos también algunas veces por lo que sucede a nuestro alrededor y de lo que en cierto modo no es que nos sintamos culpables, pero quizás podíamos haberlo evitado. Pero las palabras del profeta no son para hundirnos, nunca la Palabra de Dios querrá eso para nosotros, sino que siempre es una mano tendida, siempre es una palabra de esperanza, porque no solo contemplamos nuestra indignidad sino sobre todo contemplamos y nos sentimos envueltos por la misericordia del Señor. ‘Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas’. Desobedecimos pero Dios nos sale al encuentro con su misericordia.

Es lo que se complementa con la palabra del Evangelio que siempre se va a convertir en luz para nuestro camino. Cuando en un camino oscuro vamos encontrando lámparas cada cierto tramo nos van señalando la dirección para no perdernos, pero aun más nos van señalando los peligros en los que podemos tropezar pero se convierte también en senda que nos allana el camino porque nos dice por donde podemos ir rectamente, nos hace fijarnos en esos detalles que quizás nos hubieran pasado desapercibidos pero que resaltados con esa luz vemos lo valiosos que son y se convierten en una invitación para unas nuevas actitudes y posturas en nuestra vida.

Hoy tajantemente nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos, pero es que además nos muestra en cómo hemos de manifestar en nosotros esa compasión y misericordia. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’, nos dice Jesús. Pero es que a continuación nos señala cómo hemos de manifestar esa misericordia. No es una palabra que adorne nuestro discurso, es una actitud que se va a reflejar en nuestra manera de actuar con los demás.

Y nos dice que no juzguemos, que siendo comprensivos no tenemos por qué condenar sino siempre hemos de estar abiertos al perdón; por eso nunca ha de aparecer en nosotros una actitud condenatoria ante lo que los otros puedan hacer, porque nosotros cometemos los mismos errores, pero sobre todo porque nos hemos gozado cuando Dios ha sido misericordioso con nosotros y es lo que tenemos que ofrecer a los demás; no perdonamos poniendo cara de quita vidas porque detrás quede nuestro juicio y nuestra condena, sino con la alegría de quien ofrece un regalo en el que se va a sentir alegre quien lo recibe pero también nosotros porque podemos ofrecerlo.

Por eso cuando nos hemos gozado con el amor misericordioso de Dios con nosotros, serán unas actitudes nuevas con las que hemos de tachonar nuestras vidas, y aparece la generosidad sin medida, y aparece el compartir como iniciativa siempre de nuestra vida, y tendrá que aparecer la acogida de unas puertas siempre abiertas, será el ofrecimiento de ese nido de amor de nuestro corazón que creará cercanía, que renueva y hace crecer la amistad, que nos hace entrar en una nueva sintonía con los demás.

La luz de la misericordia del Señor ha iluminado nuestra vida y entonces serán también siempre luminosos nuestros caminos.