Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta intransigencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta intransigencia. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de julio de 2026

La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

 


La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

Sabiduría 12, 13. 16-19; Salmo 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Vivimos en unos tiempos que aunque llamamos de libertad y nos sentimos tan satisfechos con los logros que decimos que hemos conseguido y se nos llena la boca con la palabra democracia, sin embargo en todos los lados y no podemos pensar solo en un sentido se radicalizan las posturas fundamentalistas que llevan consigo la condena, la estigmatización y los rechazos de quienes no piensen o hagan las cosas como nosotros. Las condenas son inexorables, el querer arrancar de la vida comunitaria por ejemplo a quienes han hecho daño o se han portado injustamente están a la orden del día. Nos volvemos intransigentes con el mal que podamos ver alrededor, y no significa que tengamos que consentir el mal o la injusticia, pero detrás de eso están unas personas que pueden rectificar sus vidas, pero es que nos hacemos muy radicales en posturas y condenas. Entre muchas cosas pienso en lo que está sucediendo en nuestra vida social y política, pero en todas las tendencias o ideología donde prevalece la intransigencia y la condena con tanta facilidad, pero nunca vemos la viga que podamos llevar en nuestro propio ojo.

Mirando lo que contemplamos a nuestro alrededor, pero mirándonos a nosotros mismos que también fácilmente caemos en esas tendencias escuchamos la Palabra de Dios que nos ilumina; no podemos leer o escuchar el evangelio simplemente como si sacáramos una reliquia de otro tiempo sino con una lectura creyente de nuestra vida y de la vida que vivimos. Las parábolas como toda la Palabra de Dios no tienen una fecha de caducidad y de destino, como si fueran para otros tiempos, para otras personas, o para otras situaciones que no tengan que ver con el hoy de nuestra vida. Es Palabra para mi y para ti en el hoy de nuestra vida.

La parábola nos habla de una buena semilla sembrada en un campo, pero también de otra semilla mala que el enemigo ha sembrado para dañar nuestra cosecha. Aparece el trigo pero aparece también la cizaña. Nuestra vida, nuestro mundo, con su trigo y con su cizaña, con la semilla del bien, de lo bueno y de lo justo con lo queremos hacer un mundo mejor; pero al mismo tiempo con la semilla del mal que rebrota y florece por todas partes.

Y es aquí donde nos llega el mensaje de la parábola. Los servidores de aquel dueño de la finca le anuncian lo que está sucediendo y se ofrecen a ir a arrancar aquellos malos brotes. No se puede perder tiempo, piensan ellos. Pero el dueño les dirá que no, que hay que tener paciencia, que ahora no queda más remedio que dejar que crezcan juntos, que ya llegará el tiempo en que se haga justicia y se separen los malos frutos de los buenos. El mal nos rodea, es cierto, y nos gustaría arrancarlo de raíz; y vienen nuestras impaciencias y nuestras radicalismos, vienen nuestras condenas y nuestros descartes. Pero como nos está enseñando la parábola tenemos que aprender a seguir los ritmos de Dios.

Comencemos por pensar en nosotros mismos y aprender de nuestra propia vida; no somos santos porque todos cometemos errores, porque también nosotros nos hemos dejado arrastrar por el mal en tantas ocasiones, recordemos nuestra vida de pecado, recordemos la pobreza de nuestro amor, recordemos nuestros egoísmos insolidarios en tantas ocasiones en que quizás hemos mirado para otro lado para no prestar una ayuda o tener una atención con alguien, y cada uno puede pensar en mil cosas mas en la situación de su propia vida, pero Dios siempre ha tenido paciencia con nosotros; cuántas veces le hemos pedido perdón y confesado nuestro pecado y El nos ha regalado la gracia de su perdón; pero cuantas veces hemos reincidido pero Dios nos ha perdido la paciencia con nosotros.

Es la paciencia de la misericordia de Dios que siempre está esperando la vuelta del hijo pródigo y nos sale al encuentro de tantas maneras para movernos con su gracia a la vuelta a la casa del Padre. Con nosotros y con todos sin diferencia ni distinción. ¿No tendríamos nosotros que aprender para desprendernos de esos radicalismos e intransigencias con que nosotros actuamos tantas veces con los demás?

De eso tenemos que ser signo ante el mundo que nos rodea que precisamente no brilla por esas buenas actitudes. Se nos llena la boca con la palabra justicia para aplicarla de forma irremediable con lo que hacen los demás, pero cuando tenemos que mirarnos a nosotros mismos parece que una niebla nos envuelve para no tener que reconocerlo. Hay algo muy hermoso que nos ha traído hoy el libro de la sabiduría, unas sentencias que tendríamos que aprender a ponerlas como lema y pauta de nuestro actuar. ‘Tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos… Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores’.

La grandeza de la persona está precisamente en saber ser indulgente con todos porque siempre ha de brillar nuestra humanidad. Las intransigencias no tienen nada de humano porque nos convierten en lobos feroces y ciegos.

sábado, 26 de julio de 2025

Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan a los juicios y a las condenas, entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia

 


Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan a los juicios y a las condenas, entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia

Éxodo, 24, 3-8; Sal. 49; Mateo, 13, 24-34

La imagen que nos propone hoy Jesús en la parábola del evangelio es bien significativa de lo que nos pasa en la vida y no solo porque miremos a nuestro alrededor y el mundo en el que vivimos, sino porque tenemos que mirarnos a nosotros mismos, pues es parábola que nos habla también de la realidad de nuestra propia vida. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?’, es la pregunta que le hacen aquellos obreros a su dueño al ver que sus tierras no solo están rebosantes de trigo sino que en medio han crecido las malas hierbas, a cizaña que tanto daño hace a sus sembrados.

Es la realidad de la vida, de nuestra vida, de lo que a nosotros tantas veces nos sucede de una forma o de otra. Los padres que educaron con esmero a su hijo inculcándole buenos valores, pero que de la noche a la mañana se lo encuentran rebelde y que está haciendo con su vida todo lo contrario de lo que sus padres le inculcaron. Hablamos de esa realidad como en ese mismo sentido muchas cosas que vemos en nuestra sociedad; unas buenas costumbres que han sido la base del crecimiento de los pueblos, pero pronto se meten por medio los rencores y resentimientos, las ambiciones egoístas y vicios de todo tipo y se destroza aquella buena convivencia que en otros tiempos se tuvo.

Pero no tenemos que ir muy lejos sino mirarnos a nosotros mismos. Cuántos propósitos nos hemos hecho, cuantos planes nos hemos trazado, cuánta bondad y bien hacer hemos trasmitido en nuestra vida, cuantos consejos damos a los demás y a tantos que en muchas cosas hemos ayudado a salir adelante, a superarse y ser mejores, pero en un momento determinado tuvimos nuestras tropiezos, muchas cosas se nos han podido desestabilizan en nuestra vida y nos hemos visto envueltos en unas espirales de las que no sabemos salir. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué hemos llegado a esta situación? ¿Rompemos todos los planes de nuestra vida porque un día cometimos unos errores? ¿Seguimos echando a rodar por la pendiente esa piedra porque no sabemos que hacer con ella?

La respuesta de aquel hombre de la parábola no fue mandar a arrancar aquella cizaña. ‘Dejadlas crecer juntas’, les dice. La motivación está en el peligro de arrancar las buenas plantas; al final será la solución. Pero lo que Jesús nos está dejando entrever en la parábola es algo muy hermoso. Sabemos que una mala hierba porque esté al lado de una buena no va a cambiar, no va a transformarse. Pero lo que Jesús nos está queriendo decir es que somos personas, y en las personas siempre está esa posibilidad del cambio. Nos deja traslucir la parábola lo que es la misericordia de Dios que siempre nos estará esperando para que demos ese paso de conversión a El, de vuelta a El, que eso viene a significar la palabra conversión.

Es lo que nosotros necesitamos aprender cuando en la vida nos volvemos tan intransigente con los demás y no somos capaces de sacar ese lado de la misericordia. La llamada de amor siempre tiene que estar presente, la comprensión con los errores de los demás es algo que hemos de tener en cuenta, porque además nos miramos a nosotros mismos y vemos cómo nosotros también cometemos errores, y siempre esperamos que sean comprensivos con nosotros, siempre haya una palabra de aliento y de ánimo, una actitud comprensiva que sea capaz de ofrecer el perdón como comienzo de un camino de restauración y de paz.

Es también la buena actitud que hemos de tener con nosotros mismos. No es que tratemos de disculparnos y justificarnos por lo que hacemos, pero sí hemos de creer que en el fondo del corazón siempre queda un rastro de bondad que hemos de saber hacer resucitar en nosotros; por eso aunque luchamos por nuestro cambio y superación somos comprensivos con nosotros mismos; nunca nos podemos sentir derrotados a causa de nuestros tropiezos y errores; siempre confiamos en la misericordia del Señor que estará a nuestro lado para ayudarnos a levantarnos.

Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan tan fácilmente a los juicios y a las condenas; entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia; dejémonos contagiar por esa misericordia del Señor que tan abundantemente se derrama sobre nosotros y nuestro mundo y haremos un mundo mejor. ¿No somos nosotros los que creemos en la resurrección? Podemos, pues, hacer resucitar nuestras vidas.


lunes, 18 de marzo de 2024

Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

 


Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Qué intransigentes nos volvemos tantas veces en la vida. Con aquello de que no podemos casarnos con el pecado, vamos a decirlo así, todo lo que nos suene a oscuro pronto le declaramos una guerra sin cuartel. Y hay una línea muy fina y delicada entre lo que es el mal en sí mismo y la persona que haya podido realizar eso malo.

Cuántos defensores de la ortodoxia, y no lo hablo solo en el sentido dogmático cuando empleo esta palabra, que se vuelven intransigentes y despiadados contra quienes hayan podido cometer un error, hayan tenido fallos en su vida a los que cargaremos con ese sambenito del pecador o del corrupto por toda su vida sin ningún tipo de misericordia. ¿Es que son todos tan perfectos e inmaculados? ¿Nunca hemos cometido un error? Claro que para los errores propios siempre tenemos disculpas, nos hacemos rebajas y no sé cuántas cosas más.

Lo contemplamos en tantos aspectos de la vida social. Por supuesto, como decíamos antes, no nos podemos casar con el mal, no podemos consentir que se haga daño a los demás, tenemos, es cierto, que ser exigentes con los que son dirigentes de la sociedad para que no caigan en corruptelas, a lo que somos muy tentados. Pero no podemos crear divisiones ni abismos por nuestras condenas, porque siempre tenemos que estar dispuestos al reencuentro, a la recuperación de la persona, al arrepentimiento y a dar la posibilidad de que pueda haber un cambio en quien haya hecho mal.

Lo que tendría que ser un diálogo de reencuentro y de búsqueda de mejores caminos enmendando los errores cometidos, lo convertimos en exabruptos y condenas, llenamos de violencia aquellos lugares que en la sociedad están llamados al diálogo para la búsqueda de nuevos y mejores caminos para nuestra sociedad.

¿Hay formas de rehacer caminos, de recomponer vidas, de dar pie a que de lo viejo que hay en nosotros podamos hacer algo nuevo y mejor?

En el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece aparecen unos intransigentes que traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio pero a la que ya traen previamente condenada. La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, le recuerdan. Claro que en un paréntesis también habría que preguntarse quien hace que una mujer sea adúltera, cuál es la razón de llegar a esa situación. Allí están todos rodeando a aquella mujer acusada y condenada previamente enfrente de Jesús, esperando su palabra. Claro que tendríamos que preguntarnos a quién realmente quieren apedrear en estas circunstancias, porque aquello en cierto modo se está queriendo convertir en un juicio contra Jesús.

¿Irá Jesús contra la ley de Moisés? ¿Cuál es la respuesta que puede dar quien nos ha anunciado un nuevo Reino de Dios en el que han de resplandecer unos nuevos valores, unas nuevas actitudes cuando reconocemos que el Dios que es Señor de nuestra vida es el Dios compasivo y misericordioso del que ya también se nos había hablado en la Escritura?

Jesús quiere que para comenzar a vivir según los parámetros de ese nuevo Reino de Dios que El nos anuncia y proclama, comencemos a mirarnos con sinceridad por dentro de nosotros mismos. ¿Qué es lo que llevamos en nuestro corazón? ¿No nos había dicho que para comenzar a creer en esa Buena Noticia del Reino de Dios había que comenzar por convertirse, por darle una vuelta al corazón? ¿Cómo se casaría un corazón intransigente e inmisericorde con un Dios que es compasivo y misericordioso en quien creemos y que queremos que en verdad sea el Dios y Señor de nuestra vida?

    Por eso, ante la insistencia de los acusadores de aquella mujer, simplemente dirá Jesús que el que esté sin pecado que tire la primera piedra. ¿Quién será capaz de tirar la primera piedra? Alguno todavía nos seguimos encontrando en la vida, en aquellas situaciones de las que antes hablábamos que estaría dispuesto a tirar esa piedra. ¡Cuántas piedras en ese sentido se siguen tirando en el mundo de hoy!

viernes, 16 de febrero de 2024

Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

 


Romper y desatar cadenas y correas, hacer desaparecer pesos muertos para los demás, desterrar intransigencias, quitar cerraduras para que se derrame el amor

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Es cierto que siempre nos echan en cara lo mismo; es como si fuera una vía de escape fácil para aquellos que quizás no están tan tranquilos en su conciencia, pero que a manera se justificación de lo que ellos no hacen y en el fondo están sintiendo que algo distinta tiene que ser su vida, el echarnos en cara o el juzgarnos si lo que hacemos está bien hecho o no, o si lo que hacemos es como una pantalla para ocultar nuestras cosas de nuestra vida desordenada.

Sentimos, en cierto, la tentación de responder echándoles en cara lo que ellos no hacen, pero mejor es que nos lo tomemos en serio y como un buen punto de arranque para muchas cosas que tendríamos que mejorar en nuestra vida. ¿Qué sentido tienen nuestros ayunos y por qué los hacemos? La religiosidad que vivimos en nuestra vida ¿es auténtica porque hay una profunda relación con Dios o son solo costumbres o rutinas porque siempre se ha hecho así y alguna cosa habrá que hacer? Mientras ayunamos o hacemos actos de penitencia o dedicamos nuestro tiempo a muchas expresiones de una religiosidad popular ¿por dónde anda nuestra vida? ¿Por dónde andan nuestras relaciones con los demás?

Son preguntas que con sinceridad tenemos que hacernos en nuestro interior para analizar dónde está la autenticidad de nuestra vida. ¿Nos quedamos solo en apariencias, en asistir a unos actos o realizar una serie de prácticas religiosas pero simplemente como una costumbre que se puede convertir en rutina? No estamos queriendo juzgar ni condenar a nadie, sino que os invito a que busquemos esa autenticidad, esa verdad de nuestra vida. No digo que esté mal o no las críticas que nos pueden hacer, pero pueden ser punto de partida para una reflexión que nos hagamos, para una renovación que ciertamente tenemos que hacer de nuestra vida.

A esto nos invita este camino de cuaresma que acabamos de comenzar. Es cierto que de una forma o de otra se nos van a ofrecer toda una serie de prácticas religiosas, vamos a rescatar muchas cosas de esa religiosidad popular que reconozcamos que ha sido así es lo que ha alimentado la fe del pueblo sencillo a lo largo de los años y de los siglos, pero bien sabemos que todo no se puede quedar ahí.

Sí, religiosidad es la forma con la que expresamos lo que es nuestra relación con Dios; es el sentido incluso de la palabra religión. Será algo que tenemos que cultivar con todo espero y queriendo darle la mejor y mayor profundidad. Pero bien sabemos que nuestra relación con Dios estará mejor anudada en la medida en que sabes anudar bien nuestra relación con los demás. No podemos, de ninguna manera, separar la una de la otra.

Por eso hoy el profeta, en nombre de Dios, nos ha dicho y con toda energía cuál es el verdadero ayuno que el Señor quiere. Está claro y no hay que darle ni muchas explicaciones ni muchas interpretaciones.

‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Romper y desatar cadenas y correas, cuantas ataduras nos buscamos, pero con cuantas ataduras queremos dominar sobre los demás; hacer desaparecer lo que haya en nuestra vida que pueda ser un peso para los demás, desterremos exigencias, intransigencias y malos humores con los que tantas veces cargamos contra los otros y les hacemos pasar malos momentos; rompamos las cerraduras con las que queremos guardar solo para nosotros mismos y dejemos que se desparrame de forma generosa lo que somos y lo que tenemos para que todos puedan llegar a vivir con dignidad.

No es fácil. Son muchos los apegos que llevamos en la vida, los orgullos que nos siguen encerrando en nosotros mismos, la insolidaridad que muchas veces hierve dentro de nosotros mismos y cuya espuma nos impide descubrir lo que hay y lo que sufren los que están nuestro lado, no nos enteramos ni nos queremos enterar. Cambiar esas posturas y actitudes produce más desgarro dentro de nosotros que los tirones que nos pueda dar un estómago hambriento solo por un día.

¿Cuál será el ayuno que me está pidiendo el Señor en esta cuaresma que acabamos de comenzar?


domingo, 23 de julio de 2023

Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros porque nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza

 


Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros porque nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza

 Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

También nos volvemos nosotros exigentes y radicales muchas veces en la vida como el que quería arrancar la cizaña. ¿Qué nos sucede cuando nos llevan la contraria? ¿Cuál es la actitud y la postura que muchas veces mantenemos dentro de nosotros cuando vemos a alguien que está haciendo algo que nosotros no nos parece lo correcto y desde nuestra manera de ver las cosas pensamos que está haciendo daño a la sociedad, por ejemplo? ¿Cómo reaccionamos contra los que consideramos injustos, que hacen daño a los demás, que quisiéramos quitarlos de un plumazo de la sociedad en la que estamos? Con nuestras ideas, con nuestro pensamiento de rectitud, al menos creemos que nosotros andamos en lo cierto y en lo justo, queremos arrancar la semilla de la cizaña, queremos quitarlos de en medio.

¿Alguna vez nos miramos a nosotros mismos? Si con sinceridad lo hacemos nos damos cuenta de los errores que cometemos, de las cosas que hacemos mal, y para nosotros pedimos comprensión y paciencia que yo cambiaré, nos decimos, paciencia y comprensión que no tenemos nunca con los demás. Si el actuar de Dios fuera como nosotros pensamos en esta línea que estamos reflexionando, ya nos hubiera quitado a nosotros de un plumazo, pero ¡cuánta paciencia ha tenido Dios con nosotros para esperar, para perdonarnos una y otra vez esperando que demos el cambio! Si hubiera arrancado la mala cizaña, ¿dónde estaríamos nosotros ahora?

Es lo que nos está proponiendo Jesús hoy en el evangelio con la parábola que nos ofrece. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero vino el enemigo que no lo quería y mientras dormía en el mismo campo, en medio de aquella buena semilla, sembró cizaña. Nacerían a un tiempo, el parecido de las plantas en su crecimiento es mucho, aunque se pueden bien distinguir, pero cuando los criados le hablan de arrancar la cizaña, les dice que hay que esperar hasta el tiempo de la ciega; ahora podríamos arrancar las plantas buenas junto con las malas, en la hora de la cosecha ya se podrá diferenciar. La paciencia del buen agricultor.

La paciencia de Dios en nuestra vida que siempre está esperando una buena respuesta de nuestra parte. Nuestra paciencia que algunas veces damos por desaparecida. Será nuestra paciencia, o será el modo de cultivar nuestro campo, el modo de cultivar nuestra vida. Para que no haya confusión. Para que no demos por bueno aquello que no lo es pero que lo aparenta; cuantas veces nos creamos esas confusiones; cuántas veces hacemos tantas mezcolanzas en nuestra vida; cuántas veces nos dejamos confundir por las apariencias, o permitimos que las apariencias en nuestra vida que aparecen con nuestras vanidades pueden confundir a los demás.

No somos iguales, no todos pensamos lo mismo, no todos nos planteamos la vida de la misma manera, no siempre aparece esa rectitud y esa madurez en nuestra vida para discernir, para diferenciar, para no dejarnos contagiar. Es un gran peligro. Pero así es la vida y así es nuestro mundo. Así andamos con nuestras diferencias y hasta con nuestros caminos opuestos. Pero siempre tenemos que saber dar una oportunidad, otra oportunidad.

Tenemos que encender luces que iluminen, no podemos dejarnos llevar por las ilusiones, tenemos que tener claro cuáles son nuestros principios y cuál es la meta que esperamos alcanzar. Siempre tenemos que estar abiertos para que el otro pueda descubrir esa luz, pueda encontrarse con esa luz; es una hermosa tarea.

No somos nadie para destruir, y menos destruir la vida de nadie, pero si tenemos que estar abiertos a la esperanza y con nuestro testimonio hacer que todos un día puedan encontrar esa luz.

No nos sirven los radicalismos. Están apareciendo demasiado en nuestra sociedad en un lado y en otro; queremos imponer y si no nos aceptan apartamos, queremos arrastrar las fichas fuera de la mesa de juego.

No nos sirven las intransigencias, que desgraciadamente están demasiado presentes en nuestra sociedad de hoy, en la vida social, en la vida política, y cuidado que por algunas rendijas se nos vaya metiendo en nuestra vida de fe, como si fueran valores también de nuestra vida cristiana.

Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros. Nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza. Algún día podremos recoger los buenos frutos.

viernes, 17 de julio de 2020

Jesús habla de la misericordia, porque cuando hay amor verdadero en el corazón nunca juzgaremos a los demás, ni nos volvemos intransigentes y destructores


Jesús habla de la misericordia, porque cuando hay amor verdadero en el corazón nunca juzgaremos a los demás, ni nos volvemos intransigentes y destructores

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is 38, 10. 11; Mateo 12, 1-8
Qué fáciles somos para enjuiciar a los demás. Y no se trata ya solamente de que en nuestra sociedad nos estamos acostumbrando demasiado a tener que acudir a los tribunales ante cualquier conflicto que surge y que en lugar de tratar de resolverlo desde un diálogo sereno y pacífico enseguida acudamos a los tribunales para que se resuelvan las cosas.
Hay una falta de confianza mutua que nos hace casi imposible el dialogar para llegar a puntos de encuentro donde veamos lo que en común tenemos para desde ahí construir. Y es que estamos siempre mirando a los demás desde la perspectiva de la sospecha, lo que manifiesta la desconfianza, lo que nos incapacita muchas veces para construir en común sacando lo mejor de cada uno para llegar a lo mejor para nuestra sociedad. Cuando hay esa desconfianza estaremos viendo segundas intenciones donde no las hay, aflorarán muchos intereses demasiado partidistas, y estaremos mirando poco menos que con lupa todo lo que hacen o dicen los demás para encontrar siempre algo por donde nos podamos regodear en nuestros juicios y condenas.
Se nos hace difícil, cuesta encontrar caminos, porque quizá realmente no los buscamos y eso nos hace ir muchas veces como a la deriva sin rumbo o sin saber realmente hacia donde estamos llevando nuestra sociedad. Y esto es manifestación del cierto absolutismo con que vivimos la vida, creyéndonos que somos los únicos que tenemos la razón o tenemos la verdad. Todo lo que hagan los demás nos parecerá incorrecto, diremos que no vale para nada, y en consecuencia lo que hacemos es destruirnos, porque siempre destruiremos lo que hace el adversario porque ya de antemano decimos que lo ha hecho mal.
Y esto lo estamos viendo todos los días en nuestras mutuas relaciones, lo vemos plasmada muy cruelmente muchas veces incluso en los dirigentes de nuestra sociedad que actúan desde un partidismo miope y ante cualquier cambio de dirigentes parece que tenemos que comenzar siempre de cero porque todo lo que han hecho los otros está mal.
Decíamos al principio que somos fáciles para enjuiciar a los demás; nos damos cuenta con qué facilidad juzgamos y condenamos, con qué facilidad como decíamos antes estamos viendo segundas intenciones en lo que los otros hacen, cómo condenamos tan ligeramente lo que vemos en los otros sin saber realmente en profundidad lo que hacen y en tantas ocasiones parece que nos falta humanidad para comprender a la persona; por eso juzgamos, condenamos.
Ha partido esta reflexión que me ha llevado a aspectos de la vida de cada día, tanto a nivel personal como también en lo que se palpa y se vive en la sociedad, desde aquellas ridículas radicalidades que vivían los fariseos para el cumplimiento de la ley del Señor que luego lo llenaban de normas y de preceptos que hacían poco menos que imposible una vida normal. Fijémonos que en el pasaje de hoy parten del hecho de que los discípulos de Jesús al pasar por un sembrado un sábado cogen unas espigas que estrujan en sus manos para comer sus granos. Aquello era ya como el trabajo de la siega y de la trilla, y como el sábado no estaba permitido trabajar, de ahí ese juicio condenatorio que están haciendo.
¿Es esa de verdad la ley del Señor? ¿Eso es lo que el Señor quiere? ¿Podemos vivir atados a esos preceptos que poco menos que se convierten en inhumanos? Es lo que Jesús quiere hacerles comprender. Porque esas radicalidades expresadas en esas llamémoselas menudencias, luego se convertían en muchas actitudes inhumanas en las relaciones entre unos y otros. Por eso Jesús habla de la misericordia, porque cuando hay amor verdadero en el corazón nunca juzgaremos a los demás.
Cuando no hay verdadera humanidad en nuestras relaciones mutuas aparecen, como antes veníamos reflexionando, todas esas desconfianzas, todos esos absolutismos destructores, todas esas intransigencias con los demás, toda esa destrucción que arruina nuestra vida y la buena convivencia de nuestra sociedad.

sábado, 16 de mayo de 2020

Cuidado con las proclamas que nos dicen que tenemos que modernizarnos porque es una forma sutil de embaucarnos para hacer rebajas en el espíritu del Evangelio


Cuidado con las proclamas que nos dicen que tenemos que modernizarnos porque es una forma sutil de embaucarnos para hacer rebajas en el espíritu del Evangelio

Hechos 16, 1-10; Sal 99;  Juan 15, 18-21
Sin querer llegar a sincretismos estériles donde todo nos pueda parecer igual de bueno haciendo una mezcolanza imposible de lo bueno y de lo malo, sin embargo tendríamos que saber vivir en una sociedad plural en que por encima de todos nos respetemos y el hemos de que pensemos de forma distinta incluso sobre algo tan fundamental como el sentido de la vida sin embargo no tratemos de destruirnos unos a otros en razón de nuestro pensamiento o incluso nuestra manera de presentar el sentido de la sociedad.
Hay que reconocer que es difícil porque cada uno se siente seguro de su verdad y tratará de imponerla a los demás, cuando lo que tendría que haber simplemente es una oferta generosa en que respetándonos sepamos caminar juntos a pesar incluso de nuestras diferencias. Y la historia está llena de estas intransigencias que nos hacen la vida imposible en verdadera paz y donde seguimos tratando de destruirnos unos a otros.
Y no son cosas del pasado, sino cosas que día a día estamos viendo en nuestra sociedad en que empezamos por desprestigiarnos por pensar de manera distinta pero que muchas veces se llega a una autentica dictadura aun en tiempos que decimos de democracia, y no me meto solo en el sentido de lo político, sino en todo lo que hace referencia a la sociedad sus valores.
Hoy en el evangelio que me ha dado pie a esta reflexión inicial sobre algo que seguimos viviendo en nuestra sociedad, y no hace falta poner nombres que todos conocemos, Jesús quiere prevenir a sus discípulos, a los que le siguen de las dificultades que en este orden van a tener que sufrir como así ha sido a lo largo de los tiempos.
‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia’.
No temamos. Pero tampoco nos camuflemos. Tenemos con nosotros la fortaleza del Espíritu. Es cierto que algunas veces nos va a costar. Y no hablo solamente de las grandes persecuciones como a lo largo de la historia hasta nuestros tiempos han sufrido los cristianos, ha sufrido la Iglesia. Hablo del día a día de nuestra vida donde nos cuesta dar testimonio, donde somos rechazados y se querrá evitar que en nuestra sociedad resalten los valores cristianos, donde se busca el desprestigio, la burla, la ridiculización de lo que suene a espiritual o religioso. Y eso se hace en muchas ocasiones de forma sutil, con la manipulación de medios, con el engaño de los más sencillos e ingenuos. Con la verborrea sofista de los que tratan de imponer sus ideas.
Y algunas veces los cristianos tratamos de disimular, no damos valientemente la cara, queremos en ocasiones acomodarnos, incluso llegamos a imponernos normas para contentar a la sociedad que nos rodea. Nos falta coraje a los cristianos, creer más en lo que es nuestra fe, presentar con claridad nuestro mensaje aunque no sea comprendido por muchos desde sus intereses o incluso sea rechazado. Nos hablan de que tenemos que modernizarnos y queremos cambiar nuestra moral y nuestros principios. Son tentaciones que sufrimos que son mayores que las propias persecuciones de que seamos objeto.
‘Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra’. Seamos valientes en proclamar con todo respeto a los demás lo que son nuestros principios y lo que es nuestra fe. Con nosotros, no lo olvidemos, está la fuerza del espíritu del Señor.

viernes, 20 de julio de 2018

Un mundo de entendimiento y no de exigencias, un mundo que construyamos juntos y que nunca destruyamos lo que los demás hacen, en el que desaparezcan las intransigencias



Un mundo de entendimiento y no de exigencias, un mundo que construyamos juntos y que nunca destruyamos lo que los demás hacen, en el que desaparezcan las intransigencias

Isaías 38,1-6.21-22.7-8; Sal.: Is. 38; Mateo 12,1-8

Las intransigencias no ayudan nada al crecimiento de la persona; ya sea en las posturas intransigentes que tomemos con los demás, ya sean incluso aquellos que están a nuestro cuidado, ya sea en nosotros mismos porque de alguna manera es como si nos encorsetaran o nos encorsetáramos a nosotros mismos.
No es difícil encontrarnos con posturas así en la vida en nuestras relaciones con los demás. Dicen que tienen sus principios o su visión de la vida y todo lo quieren reglamentar conforme a sus ideas queriendo imponérselo a los demás. Podríamos pensar en personas de un cierto tinte conservador que quieren mantener a toda costa su visión de las cosas que entienden que no pueden cambiar, pero es que en este mundo de libertades que ahora vivimos y donde tantos nos vienen diciendo que hay que cambiar todo pero conforme a sus ideas o maneras de plantear la vida también se vuelven intransigentes porque si las cosas no son de la manera nueva que ellos plantean, nada sirve, o quieren hacer desaparecer de la forma que sea a quienes tienen otras ideas o planteamientos.
La intransigencia nos puede venir por todos lados cuando queremos, no ofrecer, sino imponer nuestra manera de ver las cosas. Pensemos en cuanto de todo esto esta sucediendo en nuestra sociedad. Hoy se habla mucho de diálogo y de entendimientos pero para algunos no hay más dialogo que imponer sus pensamientos, sus ideas, la manera de hacer las cosas; si quieres ofrecerle otra visión ya no hay dialogo y ya todo se rompe. ¿Estaremos en verdad construyendo con la aportación de todos, o lo que vale es destruir sea como sea lo que no va con mis ideas? A veces parece que hay más un afán destructivo.
Cuando leo el evangelio y trato de reflexionar sobre él, intento trasponer de alguna manera aquellas situaciones que se nos reflejan en él en situaciones similares que de alguna manera estemos viviendo hoy. No es fácil muchas veces, pero es un intento de leer con nuevos ojos, a la luz del evangelio también, las situaciones que vivimos hoy.
Como decíamos en el evangelio vemos la intransigencia de los fariseos a la hora de cumplir con el descanso sabático. El hecho de que los discípulos al paso por un trigal arranquen unas espigas que estrujan en sus manos para comer sus granos, ya lo interpretan como el trabajo de la siega. Es sábado y no se puede realizar ningún trabajo; así se muestran intransigentes.
Jesús quiere darnos un sentido más liberador a lo que hacemos, también al culto que le demos al Señor. Dios siempre quiere el bien del hombre, y la gloria del Señor está en que hagamos que en verdad los hombres seamos más felices y en consecuencia seamos mejores. Serán los caminos del amor y de la misericordia los que hemos de transitar; es lo que tiene que prevalecer en el corazón. Y eso ha de llevarnos a entendernos y a comprendernos, a no volvernos ni recelosos ni intransigentes con los que caminan a nuestro lado sino siempre abrirnos a la comprensión y a la misericordia.
Nos exigiremos a nosotros mismos en nuestro crecimiento personal pero siempre hemos de tener el corazón lleno de ternura y de amor para quienes están a nuestro lado. Por eso siempre arrancaremos de nosotros sentimientos de desconfianzas, de recelos, de resentimientos, de orgullo y de amor propio, dispuestos siempre a la misericordia y al perdón porque es lo que cada día estamos recibiendo del Señor. Qué distinto seria nuestro mundo si llegáramos a esa capacidad de entendimiento y de armonía, de ser capaces de construir juntos para hacer que nuestro mundo sea mejor.

domingo, 12 de junio de 2016

El corazón lleno de misericordia de Jesús vence todas las barreras del mal invitándonos a caminos nuevos de compasión, de amor y de paz

El corazón lleno de misericordia de Jesús vence todas las barreras del mal invitándonos a caminos nuevos de compasión, de amor y de paz

2Samuel 12, 7-10. 13; Sal 31; Gálatas 2, 16. 19-21; Lucas 7, 36 - 8, 3
El corazón lleno de misericordia vence todas las barreras del pecado y de la maldad moviéndonos también a caminos nuevos de compasión y de amor. Podría ser una manera de resumir el cuadro que se nos presente hoy en el evangelio.
Una mujer pecadora que se atreve a llegar hasta Jesús. Aunque pecadora ahora la mueve el amor que le hace saltar también barreras atreviéndose a entrar en la sala del banquete que aquel celoso fariseo había preparado para Jesús. Nada le ha impedido llegar hasta Jesús mostrando ya así lo que puede el amor.
En ese lado oscuro del cuadro, aunque están comenzando a relumbrar los resplandores del amor en aquella mujer, están la intransigencia y el fanatismo, el creernos mejores y superiores y los aires de la discriminación y del desprecio. Está ya en el pensamiento del fariseo que ha invitado a Jesús que se siente incomodo con aquella interferencia, pero que además se está diciendo ‘si supiera lo que es esta mujer, no le dejaría tocar sus pies’, en referencia a lo que aquella mujer hacia a los pies de Jesús. Aunque aparecerán luego también el fanatismo y la intransigencia y hasta la condena contra Jesús porque se atreve a perdonar pecados. ‘¿Quién es éste, que hasta se atreve a perdonar pecados?’, murmuran entre los amigos del fariseo convidados.
Pero vayamos poniendo como si una plantilla fuera la escena del evangelio sobre nuestra vida y nuestras actitudes. ‘Si éste supiera lo que yo sé…’ habremos dicho en más de una ocasión. Y ahí están esos pensamientos morbosos en ocasiones con deseos de condenar o de desprestigiar, o surgen las insinuaciones para tratar de quitar a alguien la buena voluntad con que está haciendo las cosas porque no merece la pena, porque todo va a seguir igual, porque esos por los que estás sacrificándote no se lo merecen, porque… y ponemos tantas pegas, tantas dificultades, sembramos tantas desconfianzas, condenamos de antemano a los que nos parece que no son de los nuestros o no piensan igual, marcamos con un sambenito para siempre a los que han cometido algún error en la vida, o muchos errores, porque no queremos tener la esperanza de la regeneración.
Pero frente a ese cuadro de sombras resplandece con fuerza la luz del amor; brota y se refleja en el corazón de aquella mujer pecadora que porque tiene esperanza llena su corazón de amor, pero surge con fuerza del corazón misericordioso de Cristo que observa y escucha, escucha y observa incluso lo que pasa en el corazón de los hombres porque para El nada hay oculto, pero que para todos tendrá una palabra nueva de vida para que rebrote de nuevo el amor. Sus gestos y sus palabras serán una invitación al amor y a la compasión expresando siempre la misericordia infinita de Dios que reina en su corazón.
Como damos por supuesto que antes de leer esta reflexión hayamos leído y escuchado el texto del evangelio en nuestro corazón no será necesario ahora entrar en excesivos detalles. Ya hemos escuchado sus palabras con la pequeña parábola que Jesús le ofrece al fariseo que lo había invitado. ¿Quién amará más? Aquel que haya experimentado en su corazón lo que es la inmensa misericordia de Dios a pesar de sus muchas deudas y pecados.
Por ahí hemos de comenzar, reconociendo nuestra miseria y nuestro pecado. Si no somos capaces de hacerlo nunca va a derrocharse en plenitud esa misericordia sobre nosotros, no seremos capaces de experimentar lo que es la dicha de sentirse perdonados. Aquella mujer se está sintiendo pecadora, son muchos sus pecados, pero así de manera infinita está sintiendo en su corazón la paz del perdón y de la misericordia. ‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor…’ sentenciará Jesús. ‘Tu fe te ha salvado… Vete en paz, no peques más’, le dirá Jesús.
Es la victoria del amor y de la misericordia. Es el resplandor grande que surge del corazón de Cristo y que ilumina para siempre nuestra vida con su paz. El corazón lleno de amor rompe barreras y ya nunca más tendríamos que sentirnos esclavizados de nuestros fanatismos e intransigencias, nuestros prejuicios y nuestras condenas, de las discriminaciones que queremos hacer sobre los otros pero que es a nosotros a los que nos marcan; ya para siempre tendría que estar abierto nuestro corazón al amor y a la misericordia, a la comprensión y a la aceptación gozosa del hermano que vuelve, aunque se haya marchado de casa, porque siempre será para nosotros un hermano.
Que los resplandores de luz de la misericordia divina llenen nuestra vida para siempre para que aprendamos a reconocer nuestros pecados, poner mucho amor en nuestra vida y llenarnos siempre de la paz que Jesús nos da.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Descubre y valora lo bueno del otro y haremos entre todos un mundo mejor


Núm. 11, 25-29;
Sal. 18:
Sant. 5, 1-6;
Mc. 9, 38-43.45.47-48


El seguimiento sincero de Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra y poniendo en práctica todo aquello que no enseña, es una fuente de riqueza grande para nuestra vida y donde todos a la larga nos vamos a sentir beneficiados.

No entiendo cómo algunos ven todo esto de la fe y la vida cristiana como una carga pesada, porque, dicen, todo esto de la fe les coarta su libertad y su vida. Yo lo veo más como un enriquecimiento de la persona en camino de plenitud y como cultivo de muchos valores que nos van a posibilitar, incluso, una mejores relaciones humanas entre unos y otros.

La fe, con su convencimiento grande y profundo que nos puede hacer capaces de llegar a dar la vida por esa fe, sin embargo, nos hace ser más abiertos y generosos con los otros porque, desde nuestro amor cristiano, nos llevará a valorarnos y respetarnos más, a saber descubrir siempre lo bueno del otro y nos capacita para saber colaborar con él en todo eso bueno que hace nuestro mundo mejor y a todos, en consecuencia, más felices.

Sí, valoremos y respetemos, porque de lo contrario podemos tener la tendencia o tentación de creernos nosotros los mejores y los únicos, y cerrar los ojos para no ver lo bueno que tienen los demás. Digo, esto es una tentación y algo además que estamos demasiado acostumbrados a ver en nuestro derredor.

¡Cuándo llegaremos a ser capaces de ver lo bueno del otro, incluso en nuestro mayor contrincante o adversario! Demasiado vemos en cualquier debate o discusión, a todos los niveles, que nunca se es capaz de dar la razón en algo al otro; como es mi adversario, que piensa distinto a mí, nunca seré capaz de encontrar nada bueno en lo que los dos podamos colaborar en una misma dirección.

¿Por qué actuaremos así? ¿Será el miedo, el desconocimiento del otro, la desconfianza? ¿Será una falta de amor verdadero? ¿Por qué nos hacemos tan intolerables e intransigentes? ¡Cuántos recelos en todos los ámbitos de la vida! ¿Será quizá una manifestación larvada de nuestras propias inseguridades, que queremos ocultar tras una apariencia de firmeza? ¿Una expresión de orgullo? ‘Preserva a tu siervo de la arrogancia’ podríamos pedir al Señor con la oración del salmista.

Tanto el libro de los Números del Antiguo Testamento – la primera lectura de la Eucaristía de hoy – como el Evangelio nos iluminan en este sentido. Habían sido escogidos y convocados setenta ancianos para recibir el Espíritu del Señor y ayudar a Moisés en la tarea de gobernar al pueblo. Dos no asistieron a la convocatoria y sin embargo ‘también el Espíritu se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento’. Josué, el ayudante de Moisés, lleno de celo, le dice a Moisés, ‘prohíbeselo’, pero Moisés le respondió: ‘¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor’.

El Evangelio nos habla de cómo uno de los discípulos le cuenta a Jesús que alguno en su nombre echaba demonios y curaba enfermos. ‘No es de los nuestros’, le dice ‘y se lo hemos querido impedir’. Pero Jesús le replica: ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Nos entran esos celos algunas veces a nosotros también. Pero Jesús nos está enseñando que tenemos que descubrir, aceptar y valorar todo lo bueno que hacen los demás. Porque hasta la más mínima cosa buena que se haga tiene su valor y su recompensa. ‘El que os dé a beber u vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no quedará sin recompensa’.

¡Qué terribles somos con nuestros recelos y desconfianzas! Creo en verdad que nuestro mundo sería mejor si todos pusiéramos siempre nuestro granito de arena de bondad, de confianza, de colaboración en lo bueno que se realice, sabiendo aceptar en consecuencia lo bueno por pequeño que sea que hagan los demás. Nos haría más felices a todos. Esa limpieza del corazón, del que hemos quitado toda la malicia de la desconfianza, nos haría mejores y haría mejor este mundo concreto en el que vivimos.

Que nuestros ojos estén siempre prontos para tener una mirada limpia; que nuestras manos se tiendan siempre generosas para tender lazos de paz y armonía, para ayudar a levantar al caído o servirle de apoyo en su tambaleante caminar por la vida a causa de sus debilidades y flaquezas; que nuestros pies sean ligeros para ir al encuentro del otro, o para saber caminar a su paso alentando a los que se sienten más débiles o más cansados; que nuestros labios no tengan palabras sino para bendecir, para decir bien, palabras para desear la paz, palabras de amor y amistad, palabras de aliento y de ánimo para sembrar siempre esperanza en el corazón de los otros. ¡Cuánto necesitamos que hagan eso los demás por nosotros, pues que nosotros seamos capaces de hacerlo generosamente por los demás!

Jesús nos dice hoy en el evangelio que si nuestros ojos, nuestras manos o nuestros pies nos van a llevar al mal, mejor nos los arranquemos que para eso merece más estar ciegos, cojos o mancos. Que nunca nuestros pasos, nuestras manos o nuestros labios promuevan, ni siquiera inconscientemente, división, enfrentamiento, resquemores, desconfianza. No puede ser ese nunca el camino de los que siguen a Jesús. Ya es triste que haya de todo eso en nuestra sociedad y que algunas veces aparezca hasta en nuestros grupos cristianos.

Recogiendo el sentir de Jesús yo diría que sepamos utilizar nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos, para lo bueno, para conseguir más paz y más amor, para sembrar esperanza e ilusión, para hacer un mundo mejor. Corta y despréndete de lo que te hace caer en pecado para que sigas viviendo en cristiano. Incluso, aquellos bienes o riquezas que poseas no te sirvan nunca para llenarte de orgullo y arrogancia ni para encerrarte en ti mismo de forma egoísta e insolidaria, sino que te valgan siempre para obrar rectamente y en justicia, para poner solidaridad en tu corazón y aprender a compartir generosamente con los demás, como nos recuerda hoy el apóstol Santiago.

Es como un reto que nos pone Dios en nuestra vida. Para eso nos ha dejado su Espíritu.