Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Josué. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Josué. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de septiembre de 2024

No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

 


No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Si no son como yo o piensan igual que yo, no serán capaces de hacer nada bueno. Puede parecer una exageración esto que estoy diciendo, pero miremos alrededor, muchas de las cosas que estamos contemplando en la sociedad de hoy tan llena de acritudes y enfrentamientos a causa de la manera de pensar, de las ideologías o de la forma de plantearse el rumbo de la sociedad y nos daremos cuenta de los exclusivismos en que vivimos, del querer imponer nuestra línea de pensamiento para que todo el mundo lo acepte y si no lo aceptan están equivocados y no hacen nada bien; demasiados dogmatismos seguimos contemplando en el mundo en el que vivimos; qué mal nos llevamos los que no pensamos lo mismo, cuantas descalificaciones, cómo destruimos todo lo que haya hecho el otro porque ya por si mismo lo consideramos malo. Y está siendo algo pegajoso de lo que todos podemos contagiarnos.

Hoy el evangelio nos da luz en este sentido, que además hemos de tener también muy en cuenta en nuestro ámbito eclesial o en el camino y vivencia de nuestra fe. Hoy vemos claramente un paralelismo entre lo que se nos narra en la lectura del Antiguo Testamento, el libro de los Números, y el episodio del evangelio. Moisés ha elegido a cuarenta ancianos para que participen con él en la misión del gobierno del pueblo, y todos se llenan del Espíritu del Señor y comienzan a profetizar; pero dos de los elegidos no participan en la asamblea, sin embargo ellos también reciben ese don de profetizar en medio del pueblo; el joven Josué le pide a Moisés que les impida el ejercitar ese don porque no habían participado en aquella asamblea, pero Moisés le dice que ojalá todo el pueblo recibiera también ese don del Espíritu del Señor.

En el evangelio sucede algo semejante. Juan se encuentra con algunos que sin ser del grupo de los discípulos de Jesús en su nombre también expulsan demonios. Se lo ha querido impedir y es lo que viene a plantear a Jesús. No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. ‘No se lo impidáis, les viene a decir Jesús, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Y nos estará enseñando Jesús cómo tenemos que aprender a valorar todo lo bueno que hagan los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’, porque la mecha humeante que decían los profetas no se puede apagar, más bien, siempre tenemos que avivarla. Por eso nos dirá Jesús que hasta lo más insignificante que podamos hacer siempre tendrá su recompensa; y nos habla de quien es capaz de dar un vaso de agua en su nombre.

No podemos andar con exclusivismos; no podemos pensar que solo nosotros sabemos hacer cosas buenas; no podemos descartar lo bueno que hagan los demás; no podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad. El reino de Dios se hace presente también en los buenos valores que podemos descubrir en los otros; el reino de Dios lo vamos construyendo desde esas cosas pequeñas y sencillas que nos pueden parecen insignificantes, pero que están manifestándonos también lo que es el amor de Dios que se reparte en todos los corazones.

Y de la misma manera, nos viene a decir Jesús a continuación, también hemos de cuidar esos gestos negativos, esas sombras que pueden aparecer alguna vez en nosotros porque de la misma manera también hace un daño grande a los demás. Cuidamos lo bueno que llevamos en el corazón, pero tenemos que manifestarlo por nuestras buenas acciones, como nos dirá en otro momento, para que así los hombres den gloria a Dios, pero de la misma manera tenemos que cuidar esas cosas negativas, que por nuestra debilidad, algunas veces puedan aparecer en nosotros, para que nunca hagamos daño a nadie, seamos obstáculo para que otros puedan hacer el bien o se encuentren con Dios.

Ojalá todo el pueblo se llenara del Espíritu de Dios, decía Moisés, podríamos decir, de una forma profética. Ungidos hemos sido en nuestro bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu de Dios también anida en nuestros corazones y es quien nos inspira lo bueno que tenemos que hacer. Profetas tenemos que ser los cristianos en medio del mundo, y no porque nos creamos mejores que los demás ni pensemos que es una cosa exclusiva nuestra el hacer el bien, el repartir esas semillas del Reino de Dios por nuestro mundo, sino porque para nosotros es como una obligación, es una misión que hemos recibido que no podemos rehuir; es una tarea que tenemos encomendada y es el testimonio que tenemos que dar.

Tenemos que presentar ante el mundo esos valores que aprendemos del Evangelio, pero precisamente en nombre de ese mismo evangelio tenemos que aprender a descubrir, a respetar y valorar también los buenos valores que tienen los demás. Nos sentimos más obligados por la fuerza del Espíritu que anida en nuestros corazones, somos morada de Dios que habita en nosotros como nos ha enseñado Jesus y templos de su Espíritu.

 

 

domingo, 30 de septiembre de 2018

Una mirada nueva de clarividencia y profundidad que haga resplandecer en nosotros esa espiritualidad que nace del Espíritu de Cristo que habita en nuestros corazones



Una mirada nueva de clarividencia y profundidad que haga resplandecer en nosotros esa espiritualidad que nace del Espíritu de Cristo que habita en nuestros corazones

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Ojalá todos tuviéramos la clarividencia suficiente para saber hacer una buena lectura de los acontecimientos que nos suceden a nosotros o que acaecen en nuestro entorno. Admiramos a esas personas que saben discernir claramente y con objetividad cuanto sucede. Suelen ser personas reflexivas que saben rumiar lo que ven o lo que escuchan, personas en las que encontramos una profundidad y madurez elogiables en sus pensamientos, en su decirnos las cosas y que nos ayudan a que podamos comprender el por qué de cuanto sucede y de alguna manera nos están previniendo ante lo que pueda suceder para ayudarnos a estar preparados para que seamos capaces de actuar con madurez.
Ojalá fuéramos todos así, pero ojalá al menos no nos falten a nuestro lado esas personas que nos puedan ayudar a abrir nuestros ojos, a darle un contenido profundo a nuestra vida y a que aprendamos a actuar siempre con rectitud y madurez.
Desde una lectura creyente de la vida y de cuanto nos sucede o podemos contemplar esas personas podemos decir que están llenos del Espíritu divino, están empapados de la sabiduría de Dios. Esa fue la misión de los profetas. Algunas veces nos quedamos con la idea que el profeta es el que es capaz de predecir el futuro, pero profeta es mucho más que eso. Es el que sabe tener la mirada de Dios, es la persona que se ha dejado inundar por el Espíritu divino sabiendo, pues, tener en su vida esos ojos de Dios para mirar y para comprender la vida y cuanto nos sucede.
Así los profetas antiguos leían la historia que estaban viviendo con esos ojos y sabiduría de Dios para saber interpretar en esos acontecimientos el querer de Dios, la rectitud con que habían de vivir sus vidas, los caminos por los que habían de transcurrir los pasos que en la historia había de dar el pueblo de Dios en su fidelidad a la Alianza con el Señor. Desde esa mirada llena de Dios les hacían anuncios de lo que habían de ser esos tiempos nuevos por los que habían de luchar en su fidelidad a los caminos que el Señor trazaba para sus vidas.
El episodio que nos narra la primera lectura de hoy se nos habla de aquellos a los que Moisés infundió ese espíritu de Dios, pero no era para que fueran profetas simplemente anunciadores de futuro, sino para que fueran esos hombres llenos del Espíritu ayudaran a Moisés en el gobierno, por así decirlo, del pueblo que peregrinaba por el desierto y al que Moisés por si solo no podía atender en sus reclamaciones de justicia.
Iban a ser esos hombres llenos de rectitud y justicia, en quienes se había infundido el Espíritu que ayudarían al pueblo a vivir en esa rectitud y justicia. ‘¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!’, le dice Moisés a Josué cuando viene a decirle que dos que no estaban en el grupo cuando ritualmente Moisés les había infundido el Espíritu, sin embargo andaban profetizando por el campamento.
Es el sentido también del episodio del evangelio cuando Juan viene diciéndole a Jesús que en sus andanzas se habían encontrado a algunos que sin ser del grupo de los discípulos sin embargo andaban expulsando los demonios en el nombre de Jesús y ellos se lo habían querido impedir. ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
‘¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!’, había dicho Moisés. Pero sus palabras sí podemos decir que son proféticas. Con Jesús eso es posible, a partir de Jesús esto se hace realidad en nuestra vida. El cristiano es el que está lleno del Espíritu del Señor. Como un don se nos ha dado en el Bautismo y sobre todo en el sacramento de la confirmación. ‘Por esta señal recibe el don del Espíritu Santo’, no dijo el Obispo al imponernos sus manos y ungirnos con el crisma santo. Desde esa unción del Espíritu todo cristiano se ha convertido también en profeta en medio del pueblo de Dios. Somos un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes.
Es nuestra identidad, es nuestra misión, es el ser de nuestra vida. Si al principio hablamos de cómo admiramos a esas personas que saben tener esa mirada especial con el que saben descubrir el sentido de las cosas, el valor de lo que vivimos y con clarividencia saben encontrar esos caminos de rectitud y justicia para nuestras vidas, tendríamos que decir que en eso habríamos todos de resplandecer. Es la espiritualidad de la que tendría que estar impregnado todo cristiano, es ese sentido de la fe con que hemos de vivir nuestra vida, es esa nueva mirada que hemos de saber tener sobre las cosas y cuanto sucede para descubrir el sentido de Dios, ese nuevo sentido con que hemos de vivir cada cosas y cada momento.
De esas personas que saben tener ese sentido decimos que son espirituales, porque miran con los ojos del Espíritu, saben mirar desde el corazón y saben descubrir la cara más hermosa de las cosas y de la vida. Tendríamos que ser todos así de espirituales, hombres del Espíritu, personas llenas de Dios. Es un don de Dios que como semilla está sembrada en nuestro corazón, pero que hemos de saber cultivar. No basta solo echar la semilla en la tierra, sino que hemos de realizar todas las tareas del cultivo para poder obtener el mejor fruto.
Es lo que muchas veces nos falta a nosotros los cristianos, que no siempre somos los hombres reflexivos y de oración que tendríamos que hacer, no siempre saber rumiar en nuestro interior cuanto a nosotros llegar para sacar lo mejor de cuanto recibimos, como lo mejor de nosotros mismos. En nosotros tiene que haber esa clarividencia, en nosotros ha de haber esa mirada nueva, en nosotros tiene que haber esa profundidad de vida, en nosotros ha de resplandecer esa espiritualidad que nace de Cristo que habita en nuestros corazones.


domingo, 23 de agosto de 2015

La fe nos abre caminos de vida eterna y nos fiamos de Jesús porque sus palabras son siempre para nosotros palabras de vida eterna

La fe nos abre caminos de vida eterna y nos fiamos de Jesús porque sus palabras son siempre para nosotros palabras de vida eterna

Jos. 24, 1-2.15-18; Sal. 33; Ef. 5, 21-32; Jn. 6, 61-70
Hay ocasiones en la vida en que nos vemos en la tesitura de tener que tomar una decisión importante que incluso puede ser trascendental para nuestra vida. Bien sea por los problemas que se nos presentan que tenemos que afrontar con decisión y valentía, o bien sea por un futuro que se abre ante nosotros que quizá se nos puede presentar incierto y nos llena de dudas o también pudiera ser un campo nuevo que se abre ante nosotros prometedor de muchas esperanzas.
Estarán en juego muchas cosas; nos sentiremos como zarandeados en medio de un mar de dudas, podemos tener miedo ante ese nuevo planteamiento de la vida, se hace crisis en cierto modo en nuestro interior. Ahí tiene que manifestarse la serenidad con que afrontamos la vida y la madurez que vamos alcanzando.
Como decíamos son los problemas que tenemos que afrontar, o pudiera ser el planteamiento de una vocación o de un sentido de la vida. Son decisiones que hemos de saber tomar, es la confianza que podamos tener en nosotros mismos y en nuestra prudencia humana será también lo que nos confiemos a la orientación o consejo que podamos recibir de quienes nos rodean y en quienes nos confiamos. Todo esto en múltiples aspectos de la vida, como podemos comprender fácilmente.
Me estoy haciendo esta reflexión al hilo de los hechos que contemplamos hoy en la Palabra proclamada. Será por una parte Josué a la entrada de la tierra prometida el que le plantee al pueblo su adhesión a la fe del Dios de la Alianza que les ha liberado de Egipto y les ha conducido por el desierto atravesando primero el mar Rojo y luego el Jordán hasta la tierra que le había prometido. ‘Escoged a quién servir: a los dioses a quienes sirvieron vuestros antepasados al este del Eufrates o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor’, les dice.
Por su parte en el evangelio contemplamos la crisis que se ha suscitado en los discípulos y todos aquellos que primero le habían seguido en el desierto cuando la multiplicación de los panes y ahora han venido hasta la sinagoga de Cafarnaún ante las palabras de Jesús que anuncian el Pan de Vida. ‘Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?’, y lo criticaban. ‘Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él’. Incluso entre los más cercanos, los doce, parecía también que aparecían sus vacilaciones y dudas, de manera que Jesús les preguntará: ‘¿También vosotros queréis marcharos?’
Allá en Siquén fue clara la respuesta y la confesión de fe del pueblo: ‘¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la esclavitud; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre los pueblos por donde cruzamos. Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios’.
Ahora en la sinagoga de Cafarnaún será Pedro el que tomará la palabra para responder en nombre de los doce: ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. No había dudas aunque volvieran los momentos oscuros todavía muchas veces a la vida. Pero allí estaba la decisión firme y valiente, arriesgándolo todo por el Señor. ‘¿A quien vamos a acudir?’ Ponían toda su confianza en la Palabra de Jesús. Eran palabras de vida eterna. Como les había dicho Jesús: ‘Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida’. Y allí estaba Pedro reconociéndolo.
Y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Podemos repetir esas mismas palabras de Pedro? ¿Podremos hacer una profesión de fe que implique toda nuestra vida reconociendo la acción de Dios en nuestra historia, como lo hacia el pueblo judío allá en Siquén ante la pregunta de Josué?
Tenemos que saber escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos esa Palabra de vida de Jesús y plantarla de verdad en nuestra vida. Nos entran dudas en muchas ocasiones, pasamos por crisis de todo tipo, nos preguntamos quizá si merece la pena, nos suenan los cantos de sirena de otras cosas que nos quieren atraer por otros caminos, nos vemos envueltos en múltiples incertidumbres. Otras veces los problemas nos agobian y nos hacen verlo todo oscuro; nos vemos obligados en ocasiones a tomar decisiones que van a afectar toda nuestra vida y no sabemos o no tenemos claro lo que va a venir después.
Pero hemos de aprender a fiarnos del Señor. Sus palabras son espíritu y vida. Esa experiencia de nuestra vida donde tantas veces hemos sentido tan cercana su presencia tenemos que revivirla en nosotros, hacerla formar parte de la profesión vital de nuestra fe. ¿A quien vamos a acudir? ¿Dónde vamos a encontrar esas palabras de vida eterna? ¿Dónde podremos sentir esa paz en nuestro corazón que solo sentimos cuando estamos con Dios?
Caminemos guiados por la fe y por la esperanza. Hemos venido escuchando cómo Cristo se hace Pan de vida porque quiere que tengamos vida para siempre. Pongamos toda nuestra fe en El y comámosle que sabemos que tenemos asegurada la resurrección y la vida eterna.

viernes, 14 de agosto de 2015

Recordemos la historia de la salvación, del amor de Dios de una forma concreta en nuestra vida que conforma el credo de nuestra fe

Recordemos la historia de la salvación, del amor de Dios de una forma concreta en nuestra vida que conforma el credo de nuestra fe

 Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Os voy a proponer algo. Redactar una profesión de fe, tuya personal, en la que se refleje la historia de Dios en tu vida, la experiencia de Dios que hayas vivido en los hechos concretos de tu vida.
Alguien me va a decir que ya el Credo está redactado, que no tenemos más credo que la fe de la Iglesia que todos profesamos. Es cierto. No hay más credo, porque ahí está contenida la historia de la salvación. Pero esa historia de la salvación se hace historia en mi vida. Desde esa fe que tengo y que confieso en el Credo con toda la Iglesia yo voy viviendo día a día mi ser cristiano, pero en ese día a día de nuestra vida ese Dios en quien creo se ha ido haciendo presente con su amor. La historia de mi vida está toda transida por esa historia de amor de Dios en mí que se ha hecho muy concreta.
Cuantas cosas podemos recordar en esa historia de nuestra fe; cuantos momentos en que quizá hemos pasado por momentos dolorosos de verdadera pascua en nosotros, pero que han sido pascua precisamente por esa presencia de Dios, por ese paso de Dios por mi vida en esos momentos concretos; cuantos momentos dichosos llenos de alegría o cuantos momentos en esa vida ordinaria que parece que no se distingue un día de otro, pero sí hemos sabido ver esa presencia de Dios en esas cosas sencillas que cada día nos suceden y que van entretejiendo la historia de mi vida.
Bueno nos es recordar toda esa pascua de Dios en mi vida, toda esa presencia de Dios que me ha llenado de su gracia, que me ha hecho mantenerme firme en los momentos difíciles, que me ha fortalecido cuando ha aparecido la tentación para vencer con su gracia, o que en los momentos oscuros de tinieblas, de pecado El me ha llamado, me ha tendido la mano y me ha sacado a flote como a Pedro cuando se hundía en las aguas de Tiberíades.
No olvidamos esos momentos trascendentales de la salvación en la pascua de nuestro Señor Jesucristo; no olvidamos al Dios creador de quien viene mi vida y que ha puesto este mundo hermoso en mis manos; no olvidamos la fuerza del Espíritu que se manifestó en Pentecostés a los Apóstoles y sigue guiando el camino de la Iglesia. Pero todo eso lo traducimos, lo hacemos presente y actual en el hoy de mi vida, en la historia de mi vida, dando gracias a Dios por todo ello.
Es lo que le vemos hacer a Josué cuando van a entrar en la tierra prometida; les hace una historia, que es la historia de la salvación de aquel pueblo y en esa historia han de ver la presencia de Dios que les ha escogido, les ha llamado y les ha acompañado en el peregrinar de la vida reflejado en aquel peregrinar por el desierto hasta llegar ahora a la tierra prometida. Y es en ese Dios en el que van a proclamar su fe; es ese Dios en el que quieren creer y al que quieren seguir manteniéndose fieles en la historia que ahora van a comenzar a vivir en aquella tierra que Dios les da.
Reavivemos, sí, la historia de nuestra fe, la historia de la salvación y del amor de Dios hecho muy concreto en nuestra vida. Y también queremos mantenernos fieles en esa fe; también queremos hacer participes a los demás de esa experiencia de Dios que a nosotros nos ha llenado de vida. Demos gracias a Dios porque es bueno y de tantas maneras nos ha manifestado su amor.

miércoles, 26 de junio de 2013

La historia de la salvación está jalonada por la Alianza del Señor

Gén. 15, 1-12.17-18; Sal. 104; Mt. 7, 15-20
‘El Señor se acuerda de su alianza eternamente’. Es el responsorio que hemos repetido con el salmo. Lo que estamos expresando con él es la fidelidad del Señor. Como nos diría el apóstol ‘si nosotros somos infieles, El permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo’. Así es la fidelidad del amor del Señor por su pueblo.
La historia de la salvación está jalonada por el tema de la alianza. Es precisamente lo que nos relata hoy el libro del Génesis, la alianza de Dios con Abraham, que dio origen al pueblo de los creyentes porque para nosotros Abraham es nuestro padre en la fe. Pero anteriormente en la Biblia ya había aparecido otra alianza; fue con Noé al terminar el diluvio en la que Dios se comprometía a no destruir nunca más a la humanidad y para ello dejaba en el cielo el arco iris como un signo, como una señal.
Luego conocemos todos en el Antiguo Testamento por su importancia la Alianza del Sinaí con la que se constituía el pueblo de Dios para siempre. Dios para siempre sería su Dios, así ellos lo reconocerían, y ellos serían su pueblo comportándose como tal cumpliendo la ley del Señor en los mandamientos. Será la Alianza que marcará ya para siempre la historia del pueblo de Dios, de manera que habrá otras Alianza en diferentes momentos de su historia pero que serán una renovación de esta Alianza del Sinaí.
Josué hará una renovación de esa Alianza al entrar en la tierra prometida (hace pocos días hemos escuchado ese relato en el libro de Josué); otro momento importante de renovación de la Alianza fue en tiempos del Rey David y a la vuelta del destierro en tiempos de Esdras. Eslabones importantes en la historia del pueblo de Dios, en las que se iba renovando una y otra vez aquella Alianza del Sinaí.
Nosotros somos el pueblo de la nueva Alianza, la realizada en la Sangre de Cristo, Sangre de la Alianza Nueva y Eterna derramada en la Pascua que nos merecería ya para siempre el amor y la salvación del Señor. Sacrificio de Cristo que vamos reviviendo continuamente, actualizándolo en nuestra vida cada vez que comemos del Cuerpo del Señor y bebemos de su Sangre en la celebración de la Eucaristía, Sacramento y Misterio de nuestra fe.
Una alianza se realiza siempre entre dos partes que mutuamente se comprometen con unas cláusulas. Es lo que vamos viendo en esas Alianzas del Antiguo Testamento sobre todo a partir del Sinaí. El pueblo se compromete a ser el pueblo de Dios y Dios se compromete para siempre a ser su Dios mostrando y manifestando el amor por su pueblo. En el compromiso del pueblo está siempre el cumplir la voluntad del Señor.
Sin embargo en la Alianza con Abraham que hoy hemos escuchado más bien es una promesa de Dios; le promete dar una tierra y una descendencia numerosa. Por parte de Abraham está su fe que le hace mantenerse fiel siempre y por encima de todo. ‘Abraham creyó al Señor y se le contó en su haber’.
Por eso Abraham toma posesión de aquella tierra que Dios le da, y aunque en el momento de la alianza no tiene hijos, solo le dará uno que le pedirá incluso que lo sacrifique, sin embargo su descendencia será más grande que las arena del mar o las estrellas del cielo. De Abraham nacerá un pueblo que se multiplicará, así lo veremos al salir de Egipto como un pueblo numeroso, pero como ya nosotros desde el Nuevo Testamento interpretamos somos esa descendencia de Abraham porque somos hijos en la fe. No son hijos de Abrahán solo los que llevan su sangre, sino los que han heredado su fe.
La historia del pueblo de Dios está jalonada por la Alianza, como ya antes decíamos, pero al mismo tiempo está marcada por sus muchas infidelidades. Pero por encima de esas infidelidades del pueblo está la fidelidad del Señor, como ya antes recordábamos. Por eso decíamos con el salmo que ‘el Señor se acuerda de su alianza eternamente’.

Nosotros somos los hijos de la Alianza Nueva y Eterna en la Sangre de Cristo. Así hemos de estar marcados nosotros por esa señal de la sangre de Cristo derramada en la cruz, pero reconocemos que también nuestra vida está llena de infidelidades y de olvidos de la ley del Señor. Que esta palabra que estamos escuchando despierte y anime nuestra fe para que lleguemos a dar los frutos que el Señor nos pide. ‘Por sus frutos los conoceréis’, decía Jesús en el Evangelio que hoy hemos escuchado. ¿Cuáles son los frutos concretos por los que se nos reconocerá esa vivencia de la Alianza del Señor?

domingo, 30 de septiembre de 2012


En todos hay algo bueno para contribuir a hacer un mundo mejor

Núm. 11, 25-29; Sal. 18; Sant. 5, 1-6; Mc. 9, 38-43.45.47-48
En ocasiones damos la impresión de que nos creemos que nosotros somos los únicos buenos o los únicos que sabemos hacer las cosas bien. Mala cosa es el orgullo de creernos únicos y creernos los mejores. Pero sabemos lo que nos pasa, desconfiamos de los demás, desconfiamos de que puedan hacer las cosas bien, desconfiamos de que haya algo bueno en los que quizá no piensan como nosotros o tienen otras ideas.
Pasa esto en todos los campos, en lo religioso o en lo político, en el tema de los conocimientos o de las experiencias, en muchas facetas de la vida; somos un encanto para poder pegas a lo que hacen los demás… Mala contribución hacemos al bien común y a la construcción de un mundo mejor con estas desconfianzas y con este no saber respetar y valorar las cosas, las ideas o la manera de hacer de los otros. Mal contribuimos a una buena convivencia con actitudes así. Cuántos conflictos nos evitaríamos.
Hoy Jesús nos da una buena lección. Igual que el joven Josué, celoso de salvaguardar la autoridad de Moisés, quiso hacer callar a aquellos que sin estar en la tienda del encuentro recibieron también el espíritu de profecía, en el evangelio vemos como Juan viene diciendo que trataron de impedir que expulsasen demonios aquellos que sin ser del grupo de Jesús pero en su nombre realizaban tales milagros. ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mi. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro’.
‘Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor’, le respondió Moisés. Lo que presiente Moisés y de alguna manera habla proféticamente es algo que con Jesús se va a realizar, porque desde el Bautismo que nos une a Jesús con Jesús nos hace sacerdotes, profetas y reyes. Somos un pueblo santo, sacerdotal y profético. Ungidos estamos todos por el Espíritu del Señor para que podamos hacer las obras de Dios. Lo bueno y lo justo ya no es prerrogativa de unos pocos, sino que quien está haciendo el bien siempre en él también podemos y tenemos que descubrir el Espíritu de Dios que está actuando en él.
Es lo que nos hace sentirnos en verdad pueblo de Dios que camina unido; pueblo de Dios que se siente en comunión verdadera; pueblo de Dios en que cada uno hemos de ir poniendo nuestro grano de arena de bondad y de amor, de obras de justicia y de verdad; pueblo de Dios en que nos queremos y respetamos, y nos valoramos y nos aceptamos; pueblo de Dios en que todos nos sentimos responsables de su marcha, de su caminar; pueblo de Dios que sentimos la preocupación por lo bueno, la preocupación por las cosas de la Iglesia como algo nuestro, la preocupación por ese mundo en que habitamos y aprendemos a convivir con todos aunque nos puedan parecer distintos porque piensen de forma distinta, pero en donde siempre valoramos lo bueno que hacen los demás, porque hasta una cosa tan sencilla como un vaso de agua dado con buena intención ya es una manifestación, una semilla de reino de Dios que estamos encontrando.
Y como pueblo santo que hemos de ser no sólo cada uno ha de evitar lo malo, alejarse de lo malo, sino que además nunca podemos incitar a lo malo a los que están a nuestro lado. Por eso la dureza con que Jesús habla del escándalo, que es ese incitar a lo malo, y como hemos de procurar alejarnos de todo lo que sea malo, poniéndonos esas expresiones tan duras de que es mejor entrar cojo, manco o tuerto en el reino de los cielos que con todos los miembros o sentidos ser arrojado al fuego del infierno.
Jesús en estas conversaciones que va teniendo con sus discípulos más cercanos les va ayudando a descubrir esas actitudes y valores nuevos que han de tener en su corazón y plasmar en su vida quienes quieren seguirle. No tiene que ser sólo el entusiasmo que podamos sentir por Jesús cuando le vemos realizar cosas maravillosas sino que es un irnos impregnando del espíritu de Jesús que nos está enseñando ese nuevo actuar.
Cuando venimos aquí a la Eucaristía y escuchamos su Palabra es así cómo tenemos que escucharla abriendo nuestro corazón a la enseñanza que nos va desgranando Jesús para ir dándole la vuelta a nuestra vida, cambiando esas actitudes muchas veces cerradas y egoístas que se nos han metido en el corazón para comenzar a actuar de una forma nueva y distinta. Es la maravilla del Evangelio que se nos va anunciando y vamos escuchando y que nos va haciendo tener una mirada nueva a cuanto nos rodea.
Cómo tenemos que aprender a abrir los ojos para descubrir todo lo bueno que hay a nuestro alrededor, todo lo bueno que florece también en el corazón y en la vida de los que nos rodean, cómo tenemos que ir quitando prejuicios de nuestra vida que tanto daño nos hacen porque cuando nos acercamos con un prejuicio al otro ya nos costará aceptarlo, comprenderlo y descubrir todo lo bueno que también hay en él.
Tenemos que saber superar esos impulsos primarios que muchas veces surgen en nosotros que si vemos en un momento algo que no nos gusta o con lo que no estamos de acuerdo, ya luego seguimos con ese prejuicio y no somos capaces de ver que también pueden haber otras cosas buenas en la persona, o que también la persona puede cambiar una actitud o una postura no buena que en algún momento haya podido tener. Queremos que nos acepten a nosotros y que reconozcan también que podemos cambiar, pero cuánto nos cuesta reconocerlo en los otros.
Ese estilo de amor que nos enseña Jesús se tiene que traducir en esa mirada nueva al otro, en esa aceptación, en ese respeto, en esa valoración que hacemos de los demás. Siempre será una mirada llena de amor, de comprensión, de amistad, rebosante de paz. Y si con ese estilo de amor que nos enseña Jesús en el evangelio estamos llamados a hacer un mundo nuevo - decimos siempre que queremos construir el Reino de Dios - es por esos caminos donde aprendemos a colaborar juntos cada uno poniendo su granito de bondad y de amor es como podremos lograrlo.
Todo esto hemos de vivirlo con sinceridad dentro de nuestra propia Iglesia, que siempre ha de ser madre de misericordia, como en el ámbito de nuestras relaciones de convivencia de cada día con los que están a nuestro lado, familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, o los que cohabitamos en un mismo lugar. Dijimos en el ámbito de la propia iglesia y hemos de reconocer cuántas divisiones y separaciones se han creado en la Iglesia de Jesús que se han ahondado más y más con el paso de los siglos. Qué distinto sería todo si todos los creyentes en Jesús tuviéramos una mirada distinta y más llena de amor con los hermanos.
De cuántos prejuicios tenemos que liberarnos; intentémoslo y veremos que nuestra convivencia va a florecer en frutos de hermosa amistad y armonía, nuestras relaciones estarán más llenas de paz, y además veremos cómo podemos hacer grandes cosas, hermosas cosas que nos harán a todos mejores.
Llenémonos del Espíritu de Jesús, que es espíritu de fortaleza y de profecía, de comunión y de paz, de temor de Dios y de amor y lograremos un mundo mejor que cada vez más se parezca al Reino de Dios.

viernes, 12 de agosto de 2011

Damos gracias a Dios por nuestra historia sagrada


Josué, 24, 1-13;

Sal. 135;

Mt. 19, 3-32

Cuando era niño en la escuela o en el colegio había una hora de clase que nos gustaba a todos; era la clase de historia sagrada en la que se nos narraban las historias de los personajes de la Biblia, la historia de Israel, y tanto del Antiguo Testamento como también de los evangelios contados así en forma de historia. Era algo ameno pero que nos dejaba grandes enseñanzas porque de alguna manera se nos estaba contando la historia de nuestra fe.

Es lo que le hemos escuchado hoy a Josué. Han entrado ya en la tierra prometida y él quiere hacer que el pueblo proclame su fe en el Dios que les ha salvado y conducido hasta aquella tierra, queriendo además que sea una respuesta libre pero bien firme, como mañana escucharemos. Lo que hoy se nos ha narrado en el texto es es recuerdo de la historia del pueblo de Israel haciendo resaltar en cada momento la presencia y la intervención de Dios en su propia historia. Es un pueblo creyente que sabe leer su vida y su historia desde su fe y descubre esa presencia del Señor que nunca les ha abandonado.

Desde Abraham y todos los patriarcas, su salida de Egipto, el paso del mar Rojo y su largo camino por el desierto hasta establecerse ahora en la tierra que Dios les había prometido, el Señor ha estado siempre presente, llamando, alentando, conduciendo, enseñando, corrigiendo, castigando incluso sus infidelidades, pero perdonando siempre amándolos sobremanera porque son su pueblo y El es su Dios.

Historia sagrada la llamamos porque desde nuestro sentido creyente vemos siempre esa mano del Dios presente en medio de su pueblo. Pero todos tenemos nuestra historia sagrada. Bueno sería que cada uno la recordáramos. Es nuestra historia personal, aunque enraizada en una familia y también en la pertenencia a un pueblo determinado, o una sociedad en la que hemos hecho y hacemos nuestra vida. Y decimos también historia sagrada la nuestra porque como creyentes hemos de saber leer la historia de nuestra vida a la luz de la fe y descubrir también esa presencia de Dios con nosotros.

Sería un buen ejercicio, por llamarlo de alguna manera, que nos vendría bien hacerlo más de una vez en la vida. Entonces descubriríamos por cuántas cosas tenemos que darle gracias a Dios, porque es tanto lo que el Señor nos ha regalado. Desde nuestro nacimiento y nuestro bautismo, desde la familia en la que nacimos y fuimos educados, desde todo ese proceso de crecimiento y maduración de nuestra vida en todos sus aspectos, nuestra niñez o nuestra juventud, nuestra vida adulta y lo que ahora somos y vivimos. Sepamos descubrir la acción y la presencia de Dios ahí en nuestra vida concreta.

Aunque haya habido momentos en nuestra vida que quizá no contábamos tanto con el Señor porque nuestra fe era muy elemental o quizá se había enfriado en nuestra vida; aunque quizá hayamos vivido momentos de infidelidad y pecado, no olvidemos que todos somos pecadores; aunque haya habido momentos muy difíciles y con muchos problemas que quizá nos volvieron rebeldes o con reacciones como muy especiales. Dios ha estado siempre ahí a nuestro lado, no nos ha abandonado, sino que siempre con lazos de amor ha querido atraernos hacia El para que sintamos su amor y su protección.

Quizá podamos haber tenido momentos especiales, experiencias especiales en que Dios nos habló a nuestro corazón. El nos habla por muchos caminos, en una celebración religiosa, en una lectura especial que hayamos hecho, en un consejo que alguien nos dio, en un momento de reflexión… de muchas formas, pero quizá podemos recordar esa luz especial que iluminó nuestra conciencia, nuestro corazón y nos hizo sentir ese calor del amor de Dios en nosotros.

Cada uno tenemos nuestra especial historia sagrada por la que tenemos que dar gracias a Dios. En el salmo, como respuesta a la Palabra que se nos iba proclamando, y haciendo precisamente un recuerdo de esa historia sagrada, fuimos dando gracias a Dios ‘porque es eterna su misericordia’. Hágamoslo muchas veces allá desde lo hondo del corazón. Que crezca nuestra fe. Que crezca el amor con que respondemos a Dios.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Descubre y valora lo bueno del otro y haremos entre todos un mundo mejor


Núm. 11, 25-29;
Sal. 18:
Sant. 5, 1-6;
Mc. 9, 38-43.45.47-48


El seguimiento sincero de Jesús, dejándonos iluminar por su Palabra y poniendo en práctica todo aquello que no enseña, es una fuente de riqueza grande para nuestra vida y donde todos a la larga nos vamos a sentir beneficiados.

No entiendo cómo algunos ven todo esto de la fe y la vida cristiana como una carga pesada, porque, dicen, todo esto de la fe les coarta su libertad y su vida. Yo lo veo más como un enriquecimiento de la persona en camino de plenitud y como cultivo de muchos valores que nos van a posibilitar, incluso, una mejores relaciones humanas entre unos y otros.

La fe, con su convencimiento grande y profundo que nos puede hacer capaces de llegar a dar la vida por esa fe, sin embargo, nos hace ser más abiertos y generosos con los otros porque, desde nuestro amor cristiano, nos llevará a valorarnos y respetarnos más, a saber descubrir siempre lo bueno del otro y nos capacita para saber colaborar con él en todo eso bueno que hace nuestro mundo mejor y a todos, en consecuencia, más felices.

Sí, valoremos y respetemos, porque de lo contrario podemos tener la tendencia o tentación de creernos nosotros los mejores y los únicos, y cerrar los ojos para no ver lo bueno que tienen los demás. Digo, esto es una tentación y algo además que estamos demasiado acostumbrados a ver en nuestro derredor.

¡Cuándo llegaremos a ser capaces de ver lo bueno del otro, incluso en nuestro mayor contrincante o adversario! Demasiado vemos en cualquier debate o discusión, a todos los niveles, que nunca se es capaz de dar la razón en algo al otro; como es mi adversario, que piensa distinto a mí, nunca seré capaz de encontrar nada bueno en lo que los dos podamos colaborar en una misma dirección.

¿Por qué actuaremos así? ¿Será el miedo, el desconocimiento del otro, la desconfianza? ¿Será una falta de amor verdadero? ¿Por qué nos hacemos tan intolerables e intransigentes? ¡Cuántos recelos en todos los ámbitos de la vida! ¿Será quizá una manifestación larvada de nuestras propias inseguridades, que queremos ocultar tras una apariencia de firmeza? ¿Una expresión de orgullo? ‘Preserva a tu siervo de la arrogancia’ podríamos pedir al Señor con la oración del salmista.

Tanto el libro de los Números del Antiguo Testamento – la primera lectura de la Eucaristía de hoy – como el Evangelio nos iluminan en este sentido. Habían sido escogidos y convocados setenta ancianos para recibir el Espíritu del Señor y ayudar a Moisés en la tarea de gobernar al pueblo. Dos no asistieron a la convocatoria y sin embargo ‘también el Espíritu se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar en el campamento’. Josué, el ayudante de Moisés, lleno de celo, le dice a Moisés, ‘prohíbeselo’, pero Moisés le respondió: ‘¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor’.

El Evangelio nos habla de cómo uno de los discípulos le cuenta a Jesús que alguno en su nombre echaba demonios y curaba enfermos. ‘No es de los nuestros’, le dice ‘y se lo hemos querido impedir’. Pero Jesús le replica: ‘No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Nos entran esos celos algunas veces a nosotros también. Pero Jesús nos está enseñando que tenemos que descubrir, aceptar y valorar todo lo bueno que hacen los demás. Porque hasta la más mínima cosa buena que se haga tiene su valor y su recompensa. ‘El que os dé a beber u vaso de agua porque seguís al Mesías, os aseguro que no quedará sin recompensa’.

¡Qué terribles somos con nuestros recelos y desconfianzas! Creo en verdad que nuestro mundo sería mejor si todos pusiéramos siempre nuestro granito de arena de bondad, de confianza, de colaboración en lo bueno que se realice, sabiendo aceptar en consecuencia lo bueno por pequeño que sea que hagan los demás. Nos haría más felices a todos. Esa limpieza del corazón, del que hemos quitado toda la malicia de la desconfianza, nos haría mejores y haría mejor este mundo concreto en el que vivimos.

Que nuestros ojos estén siempre prontos para tener una mirada limpia; que nuestras manos se tiendan siempre generosas para tender lazos de paz y armonía, para ayudar a levantar al caído o servirle de apoyo en su tambaleante caminar por la vida a causa de sus debilidades y flaquezas; que nuestros pies sean ligeros para ir al encuentro del otro, o para saber caminar a su paso alentando a los que se sienten más débiles o más cansados; que nuestros labios no tengan palabras sino para bendecir, para decir bien, palabras para desear la paz, palabras de amor y amistad, palabras de aliento y de ánimo para sembrar siempre esperanza en el corazón de los otros. ¡Cuánto necesitamos que hagan eso los demás por nosotros, pues que nosotros seamos capaces de hacerlo generosamente por los demás!

Jesús nos dice hoy en el evangelio que si nuestros ojos, nuestras manos o nuestros pies nos van a llevar al mal, mejor nos los arranquemos que para eso merece más estar ciegos, cojos o mancos. Que nunca nuestros pasos, nuestras manos o nuestros labios promuevan, ni siquiera inconscientemente, división, enfrentamiento, resquemores, desconfianza. No puede ser ese nunca el camino de los que siguen a Jesús. Ya es triste que haya de todo eso en nuestra sociedad y que algunas veces aparezca hasta en nuestros grupos cristianos.

Recogiendo el sentir de Jesús yo diría que sepamos utilizar nuestra vida, lo que somos o lo que tenemos, para lo bueno, para conseguir más paz y más amor, para sembrar esperanza e ilusión, para hacer un mundo mejor. Corta y despréndete de lo que te hace caer en pecado para que sigas viviendo en cristiano. Incluso, aquellos bienes o riquezas que poseas no te sirvan nunca para llenarte de orgullo y arrogancia ni para encerrarte en ti mismo de forma egoísta e insolidaria, sino que te valgan siempre para obrar rectamente y en justicia, para poner solidaridad en tu corazón y aprender a compartir generosamente con los demás, como nos recuerda hoy el apóstol Santiago.

Es como un reto que nos pone Dios en nuestra vida. Para eso nos ha dejado su Espíritu.

viernes, 14 de agosto de 2009

Creemos en un Dios cercano que interviene en el hoy de nuestra vida con su salvación

Josué, 24, 1-13
Sal. 135
Mt. 19, 3-12


Los israelitas han llegado ya a la tierra que el Señor les había prometido, ahora ya conducidos por Josué después de la muerte de Moisés. Antes de asentarse en aquella tierra tan deseada Josué les plantea seriamente a qué Dios van a servir. ¿Al que les ha conducido por el desierto en medio de grandes prodigios y cosas maravillosas para traerles a aquella tierra o a los dioses de aquellos pueblos con los que van a convivir? ‘Yo y mi casa serviremos al Señor’, es la opción por la que se decanta Josué.
Josué les hace un resumen de su historia que es una historia de salvación, que es la historia de la acción de Dios en medio de aquel pueblo. Les recuerda cómo Dios llamó a Abrahán ‘allá al otro lado del río Eufrates y lo conduje por todo el país de Canaán…’ Les recuerda los grandes patriarcas Isaac y Jacob y su marcha a Egipto. ‘Saqué de Egipto a vuestros padres con los portentos que hice’ y los hice atravesar el Mar Rojo. Finalmente les recuerda todas las dificultades pasadas en los largos años del desierto hasta entregarles la tierra en la que se iban ahora aposentar. No es simplemente la historia humana de Israel, sino que es la historia de las intervenciones de Dios con el pueblo al que ha escogido y al que ama.
Viene a ser como una profesión de fe. El judío no trataba de definir a Dios a partir de ideas o de conceptos, como un filósofo pudiera hacerlo. Dios ha dado, es cierto, razón e inteligencia al hombre para que incluso pueda llegar a descubrir la existencia de Dios. Así lo hicieron los filósofos de la antigüedad que incluso en medio de pueblos politeístas que adoraban a muchos dioses sin embargo hablaban de la existencia de un único Dios verdadero, al que desde la razón podían llegar a vislumbrar.
Pero el Dios en el que cree el pueblo judío es el Dios de la revelación. El Dios que se revela en su actuar, porque cuando confiesan su fe en Dios lo que hacen es recordar toda esa acción de Dios en su historia y en su vida. Luego vendrá desde la reflexión la profundización en ese misterio de Dios que así se les ha revelado, pero el Dios a quien confiesan su fe y al que adoran es al Dios que ha estado cerca de su pueblo, ha escuchado el clamor de su pueblo y ha caminado con su pueblo manifestando así su poder, su gloria y su amor.
Es cierto que nosotros hemos de saber dar razón de nuestra fe y para eso Dios nos ha dotado de inteligencia y capacidad de razonar. Pero creemos en ese Dios que se nos revela y que nos descubre el misterio más hondo de sí mismo en su actuar, en su amor y en su cercanía. Creemos en el Dios que nos ama y nos ama de tal manera que nos ha dado a su Hijo, nos lo ha entregado para por amor darnos vida, alcanzarnos la salvación.
Así como el judío creía en el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, para expresar así el Dios que había intervenido en su historia, nosotros creemos en el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo que así nos ha manifestado su amor y también se ha hecho presente junto al hombre – es Emmanuel , Dios con nosotros – para nada menos que regalarnos su vida y su salvación.
También nosotros tenemos que hacer un recuento de nuestra historia personal para descubrir ese actuar de Dios en nuestra vida. En cuántos momentos Dios se nos ha manifestado y se nos ha revelado, nos ha regalado con su amor y ha estado junto a nosotros para liberarnos de todo mal. Nos hace falta esos ojos de fe para descubrirle, pero nos hace falta ese reconocimiento desde nuestro corazón, desde lo más hondo de nuestro ser. Bueno es, en nuestra oración, hacer muchas veces ese recuento de esas intervenciones de Dios en nuestra vida, para reconocerle y para darle gracias, para que así surja nuestra alabanza más fresca, más viva y con toda nuestra vida.
Es el Dios vivo, el Dios personal, el Dios de amor presente también en nuestro corazón. Es el Dios que merece nuestro reconocimiento, nuestra alabanza, nuestra acción de gracias y nuestro amor. Es el Dios al que queremos obsequiar toda la ofrenda y obediencia de nuestra fe.