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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

 


Es nuestra tarea y responsabilidad ser signos de esa nueva salud y salvación que Jesús viene a ofrecer al mundo de hoy

Proverbios 30, 5-9; Salmo 118; Lucas 9, 1-6

En tus manos está, en tus manos lo dejo, decimos cuando queremos confiar a alguien la realización de algo que queremos importante, que no hemos de realizar por nosotros mismos, pero que ponemos toda nuestra confianza en alguien para que lo lleve a cabo. Confiamos en que es capaz, que tiene los medios o los conocimientos para realizarla, que tiene la autoridad quizás de una experiencia o también desde los valores y cualidades que posee y que estamos seguros de que podrá llevarla adelante.

Es lo que estamos viendo en este pasaje del evangelio; lo consideramos un momento clave e importante en que Jesús va, podríamos decirlo así, delegando en sus discípulos, a quienes como nos dice el evangelista les ha dado autoridad, para que sigan realizando su misión, el anuncio del evangelio con palabras y con signos. ‘En tus manos está, en tus manos lo dejo’, como decíamos al principio. Han de hacer el anuncio del Reino, han de mostrar los signos de que llega el Reino de Dios y los corazones han de cambiar. Por eso como dice el evangelista ‘les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades’ y terminará diciendo que ‘se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes’.

Y nos habla el evangelista de la disponibilidad que Jesús les pide, vacíos de sí mismos para que todo su apoyo y su confianza para la misión que han de realizar la pongan en Dios. ‘No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno’. No llevar nada para el camino significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino, como nos decía un teólogo de nuestro tiempo, Carlos María Martini.

Es necesario también una disponibilidad y una predisposición a ser acogedores pero también a ser acogidos, allí donde nos reciban. Es algo nuevo y distinto, es cercanía y es corazón; como les dirá Jesús en otro momento no pueden actuar a la manera de los jefes y poderosos de este mundo, porque la misión es la del servicio y para eso hay que ponerse a la altura de todos, también del más pequeño y del más bajo, porque en su Reino la grandeza está en el servir y en el hacerse el último de todos.

¿Será esta la imagen que damos los servidores del evangelio, la imagen que da la Iglesia hoy en medio del mundo que nos rodea? Tenemos, es cierto, que vivir en el mundo de hoy, con los medios de los que hoy disponemos, pero no tenemos que hacernos a la manera del mundo que nos rodea. Demasiadas veces cometemos el error de presentarnos con los parámetros del mundo y cuando llegan a confundirnos con las maneras de ser del mundo estamos perdiendo toda credibilidad. La Iglesia no puede ser nunca una sociedad a la manera de las sociedades del mundo. Otra tiene que ser la manera de ser ese rostro de Dios en medio de los que nos rodean.

Nuestra pobreza y nuestro espíritu de servicio tiene que ser la primera señal que demos, con esa cercanía a los demás estaremos diciendo cómo el Señor nos ama, nuestra fortaleza no tiene que estar en los medios o recursos humanos que utilicemos, porque nuestra fortaleza la tenemos en el Espíritu del Señor que tiene que llenar e inundar nuestra vida. El verdadero evangelizador tiene que revestirse desde lo más hondo de humanidad para poder mostrar esa ternura de Dios.

Y una cosa muy hermosa que está pidiendo Jesús a los que son sus enviados, han de ser sanadores de nuestro mundo. Nos hablaba de anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba pero también de curar enfermos. No nos quedemos en el milagro por el milagro, porque tenemos una enfermedad de la que queremos ser curados, es una sanación mucho más profunda la que tenemos que realizar que va más allá de un cuerpo dolorido o impedido.

Las curaciones de los enfermos, es cierto, son signos que hemos de realizar, pero los signos nos hablan de algo más; hay dolor y sufrimiento que tenemos que curar, hay angustias en las que tenemos que poner serenidad, hay inquietudes en el corazón donde tenemos que orientar, hay oscuridades en la vida que tenemos que iluminar, hay muchos equívocos que tenemos que corregir, hay caminos que tenemos que enderezar, hay pobreza del corazón que tenemos que enriquecer, hay amor que tenemos que hacer florecer en tantos caminos llenos de odios y de insolidaridades, hay alegrías que tenemos que despertar en tantos corazones llenos de tristeza, hay un mundo nuevo que tenemos que sanar y reconstruir.

¿Estaremos siendo en verdad signos de esa nueva salud y salvación que Cristo viene a ofrecernos? En nuestras manos está, es nuestra responsabilidad y nuestra misión.


miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


jueves, 5 de febrero de 2026

Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

 


Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

1Reyes 2, 1-4. 10-12; 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Quien recibe el encargo de algo importante y que puede tener enorme trascendencia para muchos puede experimentar encontrados sentimientos en sí mismo ante la tarea que tiene por delante, desde el orgullo que siente porque han confiado en él y también la incertidumbre de si será capaz de llevar a cabo aquello que se le encomienda; pero si además los recursos humanos que se le ofrecen son escasos, o más bien se le pide que no se apoye en esos recursos sino en la fuerza de lo que está realizando, la sinceridad de su palabra y el testimonio que a través de sí mismo pueda ofrecer de la validez e importancia de lo que realiza, podríamos pensar que en esos sentimientos aflora también el temor de que además no lo vayan a aceptar los que le rodean o con quienes ha de realizar dicho encargo.

Me hago esta previa consideración ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. En torno a Jesús se había ido formando una pequeña comunidad de seguidores, de discípulos que le siguen continuamente por todas partes, que están siempre con Él y a los que en esa cercanía les ha ido, podíamos decir, enseñando, manifestándoles todo el sentido que tenía el Reino de Dios que anunciaba. Ahora de entre ellos escoge a doce a los que a enviar a hace ese mismo anuncio del Reino de Dios que Jesús venía haciendo, confiándoles su misión y toda su autoridad.

Pero aquí viene lo que podríamos llamar lo paradójico. Los envía con las manos vacías, podríamos decir. Les pide que se olviden de los recursos humanos, por no llevar solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias para sus pies. Ni dineros, ni siquiera provisiones, ni siquiera túnica de repuesto. Solo han de ir con lo puesto. Comerán lo que les ofrezcan allí donde vayan llegando y donde sean acogidos, quedándose en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio; si son rechazados sacudirán el polvo de sus pies y marcharán a otra parte. Solo sus palabras anunciando la conversión por la llegada del Reino de Dios y la autoridad de Jesús para ir transformando los corazones con las señales de algo nuevo que han de manifestar con su amor, porque sobre todo a los que más sufren han de atender de manera primordial.

Como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. No eran cosas extraordinarias las que realizaban ni se apoyaban en medios extraordinarios. Era la sencillez y autenticidad de sus vidas. Era la verdadera riqueza del evangelio. Era el comienzo de algo nuevo que como buena semilla plantada tenía que ir haciendo brotar una planta nueva, un nuevo sentido de vida.

¿Seremos capaces de hacer nosotros lo mismo que realizaron aquellos Doce a los que Jesús les confió esta misión de anunciar el Reino de Dios? Tenemos que decir que es nuestra tarea porque un cristiano tiene que ser siempre misionero. Algunas veces cuando oímos hablar de esto quizás nos ponemos a pensar, y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué es lo que tengo que hacer para ser misionero en medio de los que nos rodean? ¿Con qué medios voy a contar?

Tienes una palabra que anunciar y un testimonio que dar. Y eso has de hacerlo con la autenticidad de tu vida. Y nosotros pensamos en rodearnos de tantos medios, y estamos imaginando las técnicas que tenemos que aprender, los medios de los que nos hemos de valer. Jesús los mandó con lo puesto, porque lo importante era la autenticidad de sus vidas y el testimonio del amor con lo que así manifestarían la autoridad que Jesús les confió.

Si decíamos antes de los encontrados sentimientos con que nos podemos encontrar ante una misión que se nos confía, muchas veces nosotros vamos por los temores de no saber qué hacer o cómo hacer, pero no llegamos a ver la necesidad de la confianza en la providencia divina que estará con nosotros y con la fuerza del Espíritu que nos conducirá a ese testimonio de vida que hemos de dar. Llenémonos del amor de Dios y nuestra vida va a resplandecer en múltiples gestos que manifiestan que vivimos el Reino de Dios.


miércoles, 9 de julio de 2025

Las credenciales para un anuncio autentico del evangelio del Reino de Dios tienen que ser nuestras obras de amor

 

Las credenciales para un anuncio autentico del evangelio del Reino de Dios tienen que ser nuestras obras de amor

Génesis 41,55-57; 42, 5-7.17-24ª; Salmo 32; Mateo 10,1-7

Cuando se le confía una misión a alguien que ha de realizarla en nombre de quien lo envía, al enviado se le da unas credenciales, un salvoconducto, una especie de certificado o carta de recomendación, un poder para que pueda actuar en nombre de quien lo envía o de quien representa – muchos nombres se le puede dar al asunto según sea la misión y el lugar donde tenga lugar esa representación. Eso, podríamos decir, que forma parte de los protocolos de la vida, algo muy presente en la sociedad regulada con sus leyes y con sus normas.

Aquí viene la pregunta, quienes actúan en nombre de Dios, porque se sienten llamados a una misión, porque adquieren unos compromisos concretos, porque habiendo descubierto la maravilla del mensaje evangélico se sienten, por así decirlo, obligados a trasmitirlo, a comunicarlo, ¿Cuáles son las cartas de presentación con que se presentan? ¿Cuáles van a ser las credenciales que acrediten la misión a la que se sienten llamados? ¿Cuáles son los poderes que les acompañan?

No son preguntas ociosas, no son preguntas que no tengan sentido. No es solo que nos revistamos de unos ornamentos de lo sagrado para decir que somos unos consagrados; no es solo la facilidad de palabra que tengamos o incluso si queremos ponerlo así de crudo los estudios que hayamos realizado, lo que nos va a garantizar la verdad que queremos proclamar, no es solo porque nos tengamos bien estudiado y programado lo que podemos hacer, lo que nos da la veracidad necesaria a la Palabra que vamos a proclamar en nombre de Dios.

Podíamos decir que hay una garantía que lo viene a resumir y fundamentar todo, el amor. Es el amor que vivimos y que reflejamos en nuestras vidas, es el amor que se hace testimonio en las obras que realizamos, es el amor que va a ser la verdadera levadura que va a hacer fermentar la masa del mundo.

Y eso lo estamos encontrando en las mismas palabras con la que Jesús hace el envío de sus discípulos, de sus apóstoles en este caso. Ha elegido Jesús a doce entre todos los discípulos que le siguen, el evangelista con todo detalle nos da incluso sus nombres. Y son los que ahora Jesús envía en medio de aquellas multitudes que le rodeaban a través de aquellos pueblos y aldeas de Galilea que Jesús iba especialmente recorriendo, multitudes, como nos dice, que andaban desorientadas, que daba la impresión que eran ovejas que corrían de un lado para otro porque les faltaba un pastor.

Y es a esos a donde Jesús envía a los doce pero con la posibilidad de que dieron los signos del amor. Algo tenía que ser luz para todas aquellas gentes y la luz vendría de las obras del amor que tenían que ir realizando. Tenían que ir transformando aquel mundo y esa transformación solo se podía hacer desde el amor. El amor que sanaba y daba vida, el amor que caldearía los corazones para arrojar de sus vidas todo lo que no fuera amor. Les dio poder, nos dice el evangelista, para curar enfermos y para arrojar demonios.

Ahí lo dice todo. Esos signos que irían realizando son la garantía de la autenticidad del Reino de Dios que sería anunciado. ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Es el anuncio. Pero para hacer ese anuncio  ‘llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia’. Era lo que tenían que ir realizando, era la autentica carta credencial de la misión que se les había confiado.

Es lo que la Iglesia ha querido ser siempre a través de todos los tiempos; en todas partes ha querido resplandecer por el amor. ¿Con qué obras estaremos dando señales de esa garantía hoy los cristianos de este siglo y en medio del mundo en que vivimos? Muchas son las obras en las que brilla la Iglesia en este sentido hoy, pero ¿nosotros, cada uno como individuo, qué más podríamos o tendríamos que hacer hoy?

domingo, 29 de septiembre de 2024

No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

 


No podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad, aprendamos a descubrir y valorar siempre lo bueno de los demás

Números 11, 25-29; Sal. 18; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Si no son como yo o piensan igual que yo, no serán capaces de hacer nada bueno. Puede parecer una exageración esto que estoy diciendo, pero miremos alrededor, muchas de las cosas que estamos contemplando en la sociedad de hoy tan llena de acritudes y enfrentamientos a causa de la manera de pensar, de las ideologías o de la forma de plantearse el rumbo de la sociedad y nos daremos cuenta de los exclusivismos en que vivimos, del querer imponer nuestra línea de pensamiento para que todo el mundo lo acepte y si no lo aceptan están equivocados y no hacen nada bien; demasiados dogmatismos seguimos contemplando en el mundo en el que vivimos; qué mal nos llevamos los que no pensamos lo mismo, cuantas descalificaciones, cómo destruimos todo lo que haya hecho el otro porque ya por si mismo lo consideramos malo. Y está siendo algo pegajoso de lo que todos podemos contagiarnos.

Hoy el evangelio nos da luz en este sentido, que además hemos de tener también muy en cuenta en nuestro ámbito eclesial o en el camino y vivencia de nuestra fe. Hoy vemos claramente un paralelismo entre lo que se nos narra en la lectura del Antiguo Testamento, el libro de los Números, y el episodio del evangelio. Moisés ha elegido a cuarenta ancianos para que participen con él en la misión del gobierno del pueblo, y todos se llenan del Espíritu del Señor y comienzan a profetizar; pero dos de los elegidos no participan en la asamblea, sin embargo ellos también reciben ese don de profetizar en medio del pueblo; el joven Josué le pide a Moisés que les impida el ejercitar ese don porque no habían participado en aquella asamblea, pero Moisés le dice que ojalá todo el pueblo recibiera también ese don del Espíritu del Señor.

En el evangelio sucede algo semejante. Juan se encuentra con algunos que sin ser del grupo de los discípulos de Jesús en su nombre también expulsan demonios. Se lo ha querido impedir y es lo que viene a plantear a Jesús. No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. ‘No se lo impidáis, les viene a decir Jesús, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Y nos estará enseñando Jesús cómo tenemos que aprender a valorar todo lo bueno que hagan los demás, ‘aunque no sean de los nuestros’, porque la mecha humeante que decían los profetas no se puede apagar, más bien, siempre tenemos que avivarla. Por eso nos dirá Jesús que hasta lo más insignificante que podamos hacer siempre tendrá su recompensa; y nos habla de quien es capaz de dar un vaso de agua en su nombre.

No podemos andar con exclusivismos; no podemos pensar que solo nosotros sabemos hacer cosas buenas; no podemos descartar lo bueno que hagan los demás; no podemos ir por la vida creyéndonos los únicos poseedores del bien y de la verdad. El reino de Dios se hace presente también en los buenos valores que podemos descubrir en los otros; el reino de Dios lo vamos construyendo desde esas cosas pequeñas y sencillas que nos pueden parecen insignificantes, pero que están manifestándonos también lo que es el amor de Dios que se reparte en todos los corazones.

Y de la misma manera, nos viene a decir Jesús a continuación, también hemos de cuidar esos gestos negativos, esas sombras que pueden aparecer alguna vez en nosotros porque de la misma manera también hace un daño grande a los demás. Cuidamos lo bueno que llevamos en el corazón, pero tenemos que manifestarlo por nuestras buenas acciones, como nos dirá en otro momento, para que así los hombres den gloria a Dios, pero de la misma manera tenemos que cuidar esas cosas negativas, que por nuestra debilidad, algunas veces puedan aparecer en nosotros, para que nunca hagamos daño a nadie, seamos obstáculo para que otros puedan hacer el bien o se encuentren con Dios.

Ojalá todo el pueblo se llenara del Espíritu de Dios, decía Moisés, podríamos decir, de una forma profética. Ungidos hemos sido en nuestro bautismo para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu de Dios también anida en nuestros corazones y es quien nos inspira lo bueno que tenemos que hacer. Profetas tenemos que ser los cristianos en medio del mundo, y no porque nos creamos mejores que los demás ni pensemos que es una cosa exclusiva nuestra el hacer el bien, el repartir esas semillas del Reino de Dios por nuestro mundo, sino porque para nosotros es como una obligación, es una misión que hemos recibido que no podemos rehuir; es una tarea que tenemos encomendada y es el testimonio que tenemos que dar.

Tenemos que presentar ante el mundo esos valores que aprendemos del Evangelio, pero precisamente en nombre de ese mismo evangelio tenemos que aprender a descubrir, a respetar y valorar también los buenos valores que tienen los demás. Nos sentimos más obligados por la fuerza del Espíritu que anida en nuestros corazones, somos morada de Dios que habita en nosotros como nos ha enseñado Jesus y templos de su Espíritu.

 

 

miércoles, 10 de julio de 2024

Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

 


Parece que predicamos muchos pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

¿Qué significa tener poder? La pregunta podría tener diferentes y variadas respuestas según lo que sean las apetencias y los deseos de cada uno. Queremos ser poderosos, no lo ocultemos – bueno algunos no lo ocultan sino que de muchas maneras manifiestan sus deseos de poder – pero para algunos sentirse poderoso será poder disponer de todo lo que apetece, no carecer de nada, y mostrar así su grandeza delante de los demás; tener poder puede significar tener autoridad, lo que significa mandar, disponer no ya sólo de cosas sino incluso de la vida o de la manera de vida de los demás, porque desde mi poder haré y manipularé lo que sea necesario para que se haga lo que yo quiera y como yo lo quiero; poder entonces puede ser dominio que exige sumisión en los demás porque yo soy el que mando y el que digo como tienen que ser las cosas… así podríamos seguir desgranando esas muchas maneras con las que yo me manifestaría poderoso, por encima de los demás, en actitud y postura de dominio.

¿Será ese nuestro estilo y lo que tiene que ser el sentido de nuestra vida? Ya les dirá Jesús en algún momento en que los discípulos andan discutiendo por detrás de Jesús quién será más poderoso, quien va a ocupar los puestos de dominio, que entre ellos no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Es un camino distinto por el que debemos transitar.

Hoy el evangelio nos habla sin embargo de que Jesús dio poder y autoridad a aquellos que había escogido como apóstoles. ¿Cuál es el sentido de ese poder y de esa autoridad? No les dice jesus que les da poder para que vayan mandando sobre los demás, sino para que puedan ir liberando de todo lo que signifique mal entre aquellos a los que Jesús envía a anunciar la buena noticia del Reino de Dios. No nos confundamos con las palabras.

Claramente nos trasmite el evangelio lo que fueron las palabras y la intención de Jesús.  ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia…’ Expulsar los espíritus inmundos y curar todo lo que signifique sufrimiento. No es dominio, no es estar en primer lugar, no es mostrar grandezas a la manera de los poderosos de este mundo que se rodean de personas que les sirvan, es arremangarse para ponerse a curar y a sanar. No es vestirse ropas lujosas que manifiesten poder y grandeza, sino quitarse el manto y ceñirse bien ceñido para coger una jofaina y ponerse a lavar los pies a los demás, como lo hizo en la cena pascual, donde incluso dirá que lo llaman Maestro y Señor y en verdad lo es. ¿Cómo? En el ejemplo del servicio.

No sé, aquí me quedo pensando en mi vida, en mis actitudes y en mis posturas, en mi manera de hacer las cosas y de trabajar con los demás. ¿Estaré yo ciñéndome bien para estar disponible para el trabajo y para el servicio? Incluso cuando voy haciendo el bien muchas veces llevamos dentro de nosotros esos pensamientos y sueños por los que me siento grande porque quizás estoy haciendo cosas buenas.

Me quedo pensando en muchos tramos de mi vida en las que quizás he perdido el tiempo porque ese orgullo que llevamos dentro ha echado a perder muchas cosas buenas que aparentemente estaba haciendo pero que las malograba desde mi interior por mis orgullos y mis sueños.

Me quedo pensando en la Iglesia ¿qué imagen estaremos dando? ¿No habrá demasiados oropeles, no habrá demasiadas vestimentas lujosas, no habrá demasiados signos de grandeza y de poder en lugar de ceñirnos bien para ir a lavar los pies a la humanidad sufriente que nos rodea y que no sea solo por apariencia y espectáculo? Parece que predicamos mucho pero mucho olvidamos también el auténtico sentido del evangelio cuando nos habla de poder y autoridad que no puede ser otra cosa que servicio. Tendríamos que leer muchas veces más este texto que hoy se nos ofrece.


domingo, 9 de junio de 2024

Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

 


Queremos ser nosotros la familia de Jesús, llenarnos de su paz, rebosar de amor, sentirnos hombres nuevos, para comenzar a hacer un mundo nuevo

Génesis 3, 9-15; Sal. 129; Corintios 4, 13–5, 1; Marcos 3, 20-35

‘Mira tú, ese muchacho, por lo que le ha dado’. Así pensamos alguna vez, o hemos escuchado el pensamiento de alguien, cuando vemos que alguien cercano a nosotros, vecino o familiar quizás, se ha dedicado a cosas que nos parecen extrañas, porque quizás en lugar de buscarse un trabajo con el que forjarse un futuro, se dedica a ir por ahí complicándose la vida, porque quiere ayudar a todo el mundo, porque se implica en cualquier batalla reivindicativa ante problemas que hay entre el vecindario o en la comunidad, y vemos que quizás unos lo aprecian, pero otros no lo ven con tan buenos ojos y andan sembrando desconfianzas incluso entre aquellos a los que ha ayudado ese muchacho, como decíamos. ‘Mira tú por lo que le ha dado’.

¿Pensarían así los vecinos de Nazaret cuando se enteraron de las andanzas de Jesús? ¿Pensarían así los familiares y vecinos que le conocían de toda la vida, porque allí se había criado? Ya sabemos, por otra parte, que no fue muy exitosa su visita a Nazaret. No nos extraña pues esos primeros párrafos en que tras presentarnos como la casa se le llenaba a Jesús de gente de manera que ni podían comer tranquilos, ahora aparecen por allí unos familiares que quieren llevarse a Jesús porque eso no es vida, no anda en sus cabales. Pero nada pudieron hacer.

Y Jesús sigue rodeado de aquella gente sencilla que se siente dichosa de escucharle; por eso andan allí metidos en su casa. Pero no todos piensan lo mismo. Han llegado unos emisarios de Jerusalén, representantes de aquellos partidos que se sentían o creían poderosos en medio del pueblo. No se sienten tranquilos con lo que escuchan de Jesús y lo ven un peligro. Hay que buscar la manera de desprestigiarle.

¿Qué Jesús cura a los endemoniados? No podían admitir que aquello era obra de Dios, liberar a cuantos se sentían oprimidos por el mal; era lo que Jesús realmente iba haciendo cuando ayuda a la gente a que realizara una transformación de sus corazones. El mal no es algo que nos domine de fuera, aunque hay muchas cosas que pueden ser opresión pero siempre procede de la maldad de los corazones, sino que tenemos que descubrir ese mal que tenemos dentro de nosotros y del que tenemos que librarnos.

Es algo que cuesta, pero cuando lo vamos logrando nos sentimos transformados, porque nos llenamos de una nueva paz, de un nuevo sentido y valor para la vida. Es lo que Jesús va realizando en los corazones con esa palabra salvadora que nos anuncia. Es así como se va realizando de verdad el Reino de Dios, porque no será el mal el que nos domina, sino que Dios es el verdadero Señor de nuestra vida y con El sentimos la paz.

Pero esa liberación no les convence a aquellos venidos de Jerusalén que vienen sembrando cizañas de desconfianza. Lo que hace Jesús, vienen a decir, lo hacer con el poder del príncipe de los demonios. ¿Quién los puede entender en su propia contradicción? Y escuchamos hoy a Jesús como quiere hacerles comprender donde está esa verdadera liberación que viene de Dios. Es el actuar de Dios en nuestras vidas, es la fuerza del Espíritu del Señor.

La gente sigue apretujada junto a Jesús, porque no escuchan a aquellos sembradores de cizañas. Alguien más quiere llegar hasta Jesús. Ahora no son unos familiares cualesquiera, son su madre y sus hermanos, que tampoco pueden llegar por la aglomeración de la gente. Es lo que le anuncian a Jesús. ‘Fuera están tu madre y tus hermanos que andan buscándote’.

Y ahora Jesús nos dice algo muy importante. No niega la valoración de la familia, de su madre y parientes que están allí porque quieren estar a su lado también. Jesús nos abre horizontes, porque nos dice que todos podemos ser su familia. Estos son mi familia, mi madre, mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.

Queremos ser nosotros esa familia de Jesús. Queremos dejarnos impregnar por esa palabra salvadora que nos libera, nos sana y ya no es solo de nuestros males físicos sino de ese mal que se nos puede meter por dentro, nos llena de gracia, nos hace hijos, nos hace hermanos de Jesús.

Dejémonos liberar por Jesús, dejémonos sanar por esa Palabra de vida. Nos llenaremos de su paz, comenzaremos a rebosar de amor, nos sentiremos en verdad unos hombres nuevos, comenzaremos a hacer un mundo nuevo, comenzaremos a actuar a la manera de Jesús aunque también nos puedan decir que no estamos en nuestros cabales, como san Juan de Dios seremos los locos de Dios por el amor.

viernes, 19 de enero de 2024

Dios sigue contando hoy contigo y conmigo, y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, cuenta con nosotros y quiere que estemos con El

 


Dios sigue contando hoy contigo y conmigo, y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, cuenta con nosotros y quiere que estemos con El

1Samuel 24, 3-21; Sal 56;  Marcos 3, 13-19

Todos queremos realizar nuestro trabajo y de la mejor manera posible; ponemos nuestro empeño, nuestro esfuerzo, nuestras capacidades para ir sacando adelante aquel trabajo de nuestras manos, o de nuestras capacidades y posibilidades. Pero todo comprendemos hoy que nada vamos a hacer en su totalidad por nosotros mismos, que necesitamos contar con tareas que otros hayan realizado, o con personas que trabajen a nuestro lado, cada uno según sus ‘saberes’ y sus capacidades para poder realizar un trabajo en conjunto que llegue a lo mejor. Buscamos para trabajar con nosotros los mejores colaboradores, las mejores cualidades y valores, queriendo rodearnos de lo mejor. Es, podríamos decir, la sabiduría de la vida que también hemos ido aprendiendo.

Es como Dios nos ha creado, pensamos y decimos desde nuestra antropología cristiana. El mundo no lo puso en las manos de un solo hombre, sino de toda la humanidad, y somos todos, sabiendo trabajar juntos en armónica colaboración, los que tenemos la tarea de continuar esa obra creadora de Dios puesta en nuestras manos. Si llegáramos a comprenderlo bien se acabarían tantos egoísmos y orgullos, tanto individualismos y tantas guerras que nos hacemos los unos a los otros, porque siempre queremos sobresalir individualmente y nos olvidamos de la belleza que entre todos tenemos que saber crear.

Es lo que contemplamos que va haciendo Jesús en el evangelio. Comienza haciendo el anuncio del Reino de Dios y le veremos ir de un lado a otro en esa proclamación de la Palabra. Pronto va llamando a aquellos que le van a seguir de mas cerca; invitará a los pescadores del mar de Galilea a ser pescadores de una pesca más amplia cuando les habla de ser pescadores de hombres; llamará a Mateo desde su garita de cobrador de impuestos, o invitará a Felipe a seguirle, aceptará a Natanael que viene hasta El aun con sus reticencias, y serán muchos los que le van siguiendo de cerca formando un grupo más compacto junto a El. En un momento a ese grupo grande de discípulos los envía de dos en dos por donde ha de ir El para que vayan por delante haciendo el anuncio del Reino.

Hoy en el evangelio contemplamos como, ‘mientras subía al monte, de entre todos los discípulos, llamó a doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar con la autoridad de curar enfermos y expulsar demonios’, su misma autoridad. Y a continuación el evangelista nos da nominalmente quienes forman ese grupo con sus propios nombres.

‘Llamó a los que quiso y se fueron con El’, dice el evangelista. ¿Y a quienes llamó? En nuestros criterios humanos nos hubiéramos puestos a escoger muy bien, trazándonos unos perfiles muy concisos y exigentes, porque hubiéramos querido escoger a los mejores según nuestros criterios. Pero llamó a unos pescadores, llamó a una gente sencilla, la mayoría de ellos sin nombre y sin que hubieran destacado por otros lados, incluso alguno de los que más despreciados eran por los que se consideraban importantes, porque era un publicano, un recaudador de impuestos, algunos zelotes de aquellos grupos medio exaltados y revolucionarios que estaban en contra de la situación que vivía Israel en aquellos momentos. Pero fueron los que escogió Jesús para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar con su misma autoridad.

Pero ya sabemos que el Señor no se fija en las apariencias, que Jesús mira el corazón, que Jesús descubre en nosotros otros valores que quizás los que están a nuestro lado no son capaces de ver, ni nosotros mismos de reconocer. Porque Dios sigue contando hoy contigo y conmigo; y cada uno sabe con sinceridad en su interior cómo es y cual es el recorrido, muchas veces lleno de sombras, que nosotros hemos hecho. Y Dios cuenta con nosotros. Y quiere que estemos con El. Y también nos dará esa autoridad para que sigamos haciendo el anuncio del Reino hoy.

¿Tendríamos que aprender a ver y reconocer los auténticos valores que llevamos por dentro, que tienen las personas que están cerca de nosotros? ¿Tendríamos que aprender a reconocer y agradecer ese querer contar Dios con nosotros a pesar de nuestras limitaciones o de las sombras que haya en nuestra vida? ¿Por qué andamos con tantos prejuicios, con tantas apreciaciones que nos hacemos de los demás, con tantos sambenitos que seguimos colgando sobre los hombros de los otros simplemente porque no nos caen bien? A muchas consideraciones tendría que llevarnos este evangelio que hoy estamos contemplando.

miércoles, 5 de julio de 2023

Aprendamos a hacer una auténtica escala de valores para saber encontrar lo importante que enriquezca de verdad la vida

 


Aprendamos a hacer una auténtica escala de valores para saber encontrar lo importante que enriquezca de verdad la vida

Génesis 21,5.8-20; Sal 33; Mateo 8,28-34

¿En la vida qué es lo que realmente nos importa? ¿Qué es lo que tendrá más valor para nosotros? Y lo concreto en esta disyuntiva, ¿las personas o las cosas?

Ya sé que me vais a decir que es una pregunta retórica y que es innecesario hacerlo, porque todos sabemos que las personas son más importantes que las cosas y es que incluso no tendría que ponerse esa comparación o disyuntiva ante lo que tendríamos que hacer. ¿Estamos seguros de eso? ¿Estamos seguros que en la práctica de la vida les damos más importancia a las personas que las cosas?

Examinémonos bien y nos daremos cuenta de cuantas veces pasamos por encima del bien de las personas cuando de nuestras ganancias se trata, cuando se trata de lo que pueda beneficiarme a mi, pero beneficiarme en lo material, en riqueza material, el la adquisición o posesión de cosas y de bienes. Pensemos cuantas veces vamos por la vida y no vemos a nadie, porque solo vamos pensando en nuestras cosas, en lo que ambicionamos y por lo que luchamos y bien sabemos que muchas veces es una lucha sin cuartel.

Me hace pensar en esto el relato del evangelio que hoy se nos ofrece y esa reacción de los habitantes de aquel lugar que ni se preocupan por el mal que están padeciendo aquellos que llaman endemoniados, y al final cuando tendrían que sentirse contentos de que hayan sido liberados de su mal, como estuvo en juego la posesión de sus bienes de vida, sus riquezas, ya no les interesaba Jesús y le piden que se marche a otro lado.

Conocemos el episodio del evangelio. Jesús en esta ocasión se sale incluso del territorio palestino o propiamente de la tierra que habitaban los judíos, se va a Gerasa, una región pagana, de gentiles en la misma frontera de Israel más allá del lago de Tiberíades, al otro lado del lago, podríamos decir. Salen a su encuentro aquellos dos hombres poseídos del mal, que manifiestan desde sus sombras su rechazo a Jesús. Las imágenes que nos los describen son bien significativas, habitan en los cementerios, son el terror de sus vecinos por la violencia de sus actos, es una región de sombras, de oscuridad, porque se encuentran envueltos por el mal.

La presencia de Jesús les incomoda, como incomoda la luz a los que están viviendo siempre entre tinieblas. Pero saben que con Jesús la luz iluminará sus vidas, aunque les parezca que se van a ver cegados por esa luz. Las tinieblas que no quieren recibir la luz, como se nos dice en otro lugar del evangelio. Al final solo piden los espíritus malignos de que si aquellos hombres van a ser liberados del mal, el mal envuelva a aquella piara de cerdos que están hozando por aquellos lugares. Bien sabemos que para el judío el cerdo es un animal impuro que no se atreverán ni a tocar, mucho menos comer su carne. Pero es también sintomático el hecho de que sean poseídos por el espíritu del mal, pero acantilado abajo terminen ahogándose en el lago.

Todo ello ha provocado una revolución, por así decirlo, en aquellas gentes. Los porquerizos avisan a los vecinos que vendrán a pedirle a Jesús que abandone aquella tierra, como ya hemos mencionado. No sienten la alegría de la liberación de aquellos males que sufrían con aquellos hombres endemoniados, como ellos los consideran. No son capaces de valorar la verdadera liberación que se ha producido en aquellas personas que ahora podrán vivir con dignidad y convivir en paz con sus vecinos. ¿Qué es lo que a ellos les importaba realmente?

¿Qué nos importa a nosotros en la vida? ¿Seremos capaces, por ejemplo, de dedicar tiempo para una reflexión que me interrogue por dentro y me lleve a esa necesaria liberación interior que quizás tanto necesitamos y que por otra parte en ocasiones hasta nos hace sufrir? Somos tantas veces conscientes de nuestros errores, de las meteduras de papa que hemos tenido tantas veces en la vida, del daño que pudimos haber hecho a los que estaban a nuestro lado, o al menos lo que tuvieron sufrirlo, pero no terminamos de arrancarnos de esas tinieblas que nos envuelven, de realizar ese cambio tan necesario en la vida, de poner gestos de reparación que a nosotros nos sanen por dentro, pero con los que llevemos también señales de paz y de amor a los que están a nuestro lado.

¿A qué nos estará invitando esta página del evangelio? ¿Aprenderemos a hacer una auténtica escala de valores que verdaderamente enriquezca mi vida con lo que es realmente importante?

viernes, 20 de enero de 2023

Descubramos lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial y aprendamos a gustar el estar con El saboreando la presencia de su amor

 


Descubramos lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial y aprendamos a gustar el estar con El saboreando la presencia de su amor

Hebreos 8,6-13; Sal 84; Marcos 3,13-19

Es cierto que cuando nos sentimos atraídos por una persona, nos agrada su manera de ser, sintonizamos de alguna manera con su pensamiento y con su ideales, no solo vemos en esa persona un modelo para nuestra vida, sino que además sentimos un deseo profundo de estar con esa persona, de no apartarnos de ella, se seguirle a donde quiera que vaya. Nace una comunión profunda en el corazón que en fin de cuentas son deseos y expresiones del amor.

Así iremos viendo en el evangelio que muchas gentes se sienten atraída por Jesús, quieren estar con El. En algún momento se nos dirá que por irse con Jesús muchos de ellos llevan hasta varios días sin comer. Jesús ha despertado en sus corazones, metas, ideales, sueños, esperanzas, deseos de algo mejor y que tienen la sensación que si no se apartan de Jesús podrán alcanzar todos esos sueños y esas metas. Muchos merodean alrededor de Jesús.

Pero en estos asuntos del Reino de Dios hay cosas que en cierto modo nos desconciertan porque parece que van a la contra de lo que uno buenamente desea, pero al tiempo nos encontraremos que los caminos de Jesús son bien distintos. No es cuestión solo de que quieran estar con Jesús; es necesario algo más y algo distinto, es necesario ser llamados por Jesús. Algo misterioso que en ocasiones se manifestará de una forma sencilla, pero quien siente la llamada en el corazón se siente al mismo tiempo sorprendido, porque se da cuenta de que hay una elección especial entre otros, que hay un amor especial. Vocación es llamada de amor, desde el amor y que solo podrá responderse queriendo vivir ese amor más profundo.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. Son muchos ya los que están siguiendo a Jesús. Hablando de tácticas humanas, pero las divinas están muy por encima, podríamos decir que Jesús quiere ir formando su equipo. Pero bien sabemos que es algo más. Van a tener su misma misión, realizar su misma obra, tendrán que aprender a llenarse de Jesús.

Nos dice el evangelio que ‘Jesús subió al monte y llamó a los que El quiso’. Es bueno irse fijando en estos detalles, una llamada y que es solamente desde lo que es la voluntad del Señor. Y de entre todos ‘instituyó a Doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar – ya va saliendo el misterio de la misión – y para que tuvieran autoridad para expulsar demonios’.

El mal había de ser destruido para que reinara el amor, para que sea en verdad el Reino de Dios. Y Jesús va realizando signos de esa victoria sobre el mal. En el corto tramo del evangelio de Marcos que hemos ido escuchando, hemos visto ya a Jesús en dos ocasiones expulsando demonios, pero lo hemos visto trayéndonos el perdón. Ahora nos resalta el evangelista que los tuvo con él ‘para que tuvieran autoridad para expulsar demonios’.

La misión de la transformación de nuestro mundo que tenemos que realizar. Es nuestra tarea cuando queremos poner la paz, cuando queremos que reine el amor, cuando queremos que brille la justicia, cuando queremos un mundo de fraternidad para todos, cuando queremos construir el Reino de Dios. Son las señales que nosotros también hemos de dar.

La obra de Jesús y nuestra obra. A nosotros también nos llama, y lo hace por nuestro nombre, a nosotros también nos quiere con El. No es ya que nosotros queramos estar con El sino que quiere tenernos con El, a su lado. Es algo que tenemos que considerar muy bien; descubrir lo que es la maravilla del amor que nos tiene para elegirnos de manera especial. Aprendamos a gustar el estar con El; que no es solo que nos guste, sino que lo saboreemos, lo disfrutemos, porque será el camino para que nos mantengamos en fidelidad, aunque nos cueste en tantas ocasiones.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Un anuncio de la Buena Nueva de Jesús del que no nos podemos desentender sino que realicemos con todos los medios a nuestro alcance


Un anuncio de la Buena Nueva de Jesús del que no nos podemos desentender sino que realicemos con todos los medios a nuestro alcance

Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb, 13,2.3-4.6; Lucas 9,1-6
‘Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades… Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes…’
Anunciando el evangelio, la Buena Nueva de Jesús, la Buena Nueva de que con Jesús llegaba el Reino de Dios. Lo que Jesús había comenzado anunciando también por los caminos y los pueblos de Galilea. Lo que sigue siendo el anuncio que hemos de seguir haciendo por los caminos del mundo.
Anunciando el evangelio y realizando los signos del Reino de Dios. Decir que llega el Reino de Dios es decir que vamos venciendo el mal, porque solo Dios es nuestro Señor. Y con Dios resplandece la luz, con Dios resplandece el bien y el amor, con Dios se vence todo mal. En el lenguaje del evangelio se curan las enfermedades, ha de desaparecer todo lo que produzca dolor al hombre.
Mucho es el mal que daña el corazón del hombre; la enfermedad es una imagen de ello, pero bien sabemos que no solo es ese mal físico de la falta de salud o de las imposibilidades o discapacidades que tengamos en nuestro cuerpo; hay un mal más profundo que daña el corazón del hombre, el corazón de toda persona y es el que también tenemos que eliminar. Lo llamamos pecado porque todo lo que dañe al hombre rompe nuestra amistad y nuestra armonía con Dios. Dios siempre quiere el bien del hombre y en nuestras manos está el que logremos ese bien venciendo todo lo que sea desamor, venciendo nuestros egoísmos y nuestros odios, venciendo la maldad que se nos mete en el corazón tantas veces y nos hace injustos y malvados, venciendo todo lo que rompe esa armonía de la humanidad y de la creación.
Cuando  hoy en el evangelio escuchamos que Jesús ha elegido el grupo de los doce y los manda con autoridad a expulsar demonios y a curar toda enfermedad anunciando el Reino de Dios, sentimos que esa es también nuestra tarea y nuestro compromiso, la tarea y el compromiso de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Anunciamos la buena nueva de Jesús pero lo hacemos dando señales del Reino de Dios.
Las señales han de aparecer primero que nada en nuestra propia vida porque nos sentimos liberados de todo mal, porque en nosotros no han de aparecer ya de ninguna manera esos signos del mal porque ya nuestra vida resplandece por el amor. Lejos de nosotros el egoísmo y la maldad, lejos de nosotros toda señal de maldad en nuestro corazón y toda hipocresía, lejos de nosotros las vanidades que nos hacen sentirnos orgullosos poniéndonos por encima de los demás, lejos de nosotros la insolidaridad y la mentira, lejos de nosotros la autosuficiencia y la despreocupación por los demás.
Pero ese es el mensaje que llevamos a los demás con nuestro compromiso con nuestra lucha por la justicia, por nuestro trabajo por la paz y por un mundo más solidario, por nuestra cercanía a todos los que sufren sintiendo como nuestros los sufrimientos de los demás, por querer aliviar todo sufrimiento y todo dolor, por nuestra búsqueda del bien y de lo que sea siempre la unidad entre todos tendiendo puentes que nos acerquen los unos a los otros. Estaremos así curando enfermos y expulsado demonios, porque estaremos trabajando así seriamente por hacer un mundo mejor al que nosotros queremos llamar el Reino de Dios.
Una tarea de la que no nos podemos desentender, con la que tenemos que sentirnos comprometidos, con la que estamos en verdad proclamando nuestra fe, con la que estaremos gritando al mundo que el evangelio de Jesús será siempre el camino seguro de salvación para todos. Es el anuncio del Evangelio que tenemos que realizar por todos los medios que estén a nuestro alcance.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar con las obras de nuestro amor, nuestra presencia y cercanía a todos los que sufren


Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar con las obras de nuestro amor,  nuestra presencia y cercanía a todos los que sufren

Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb. 13,2.3-4.6 Lucas 9,1-6
‘Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando el Evangelio y curando en todas partes’. Un día se habían sentido atraídos por la palabra y la persona de Jesús, le habían escuchado, les daba gusto estar con él, las esperanzas renacían en sus corazones, sentían que en verdad siguiendo a Jesús era posible un mundo nuevo y mejor.
Jesús les anunciaba el Reino de Dios y les iba dando las señales en que había de manifestarse ese Reinado de Dios, los hombres se amarían de verdad y se sentirían hermanos, el sufrimiento era mitigado con el amor de todos, el mal tendría que desaparecer de ese mundo si sus corazones eran transformados por el amor, algo nuevo tendría que comenzar a vivirse entre todos porque todos centraban sus vidas en Dios.
Eso habrían de comenzar a vivirlo ellos mismos, lo estaban intentando hacer cuando se sentían unidos en torno a Jesús, pero esa buena noticia había de llevarse a los demás, había de anunciarse a todos para que en todos renacieran las esperanzas y todos comenzaran a vivir en ese estilo y sentido nuevo. Ahora Jesús los envía. Han de anunciar el Reino, han de anunciar ese mundo nuevo, han de hacer posible que allí por donde estén se vaya realizando ese mundo nuevo, ese nuevo sentido de vivir.
El amor habría de comenzar a florecer de nuevo en medio de los hombres porque tendrían que hacer desaparecer todo mal, arrancar el odio y la malquerencia de los corazones, desterrar los orgullos y las envidias, que nunca mas apareciesen los brotes de cizaña de las discordias o de los egoísmos. Era lo que Jesús les mandaba realizar.
Las expresiones que emplea el evangelio son muy propias de algunos de los signos externos que habían de realizar pero eran muy significativas de lo que habían de ser las señales de ese reino nuevo que se habría de vivir. El anuncio no ha de ser solo de palabra sino con obras, y habla de curar enfermos y de expulsar demonios.
Curar enfermos no es solo levantarlos de la cama si en ella están postrados; la cercanía y la presencia nuestra junto a un enfermo ha de ser siempre una presencia de vida y de amor y quien se siente amado se está comenzando a llenar de vida, se está comenzando a sanar. Las cegueras de las que nos habla el evangelio, la invalidez de algunos miembros corporales, la sordera que nos impide comunicarnos o la lepra que aísla a los que la padecen son bien significativas de ese mal que hay dentro de nosotros tantas veces y del que tenemos que liberarnos, o del que tenemos que ayudar a liberarse a quienes lo padecen.
Por eso nuestra presencia tiene que ser signo de liberación porque aquel que sufre y al que nos acercamos se siente amado cuando nos interesamos por él. Y no hay mejor cosa que nos ayude a superarnos a nosotros mismos que el sentirnos valorados por alguien. Cuanto podemos hacer en este sentido, cuanto tenemos que hacer. A cuantos tenemos que ayudar a levantarse de su postración porque se sientan valorados y amados de verdad.
Qué hermosa tarea tenemos en nuestras manos, en nuestra presencia, en nuestra cercanía a los demás. Tenemos que ponernos en camino porque es grande la tarea que tenemos que realizar. Jesús a nosotros también nos envía con esa misión. Realizando esos gestos que quizá nos puedan parecer sencillos estamos anunciando el Reino, estamos proclamando la buena nueva de Jesús.