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sábado, 20 de junio de 2026

Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

 


Busquemos lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón

2 Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Está bien y bonito eso que desde hace unos años hemos acuñado como la sociedad del bienestar; es humano, ¿por qué no decirlo?, que queramos vivir bien, ser cada día más felices, alejar de nosotros preocupaciones y sufrimientos y por supuesto todos hemos de luchar por una vida más digna cada día; son nuestros sueños y nuestros anhelos, porque además Dios nos quiere felices, y la persona cada día ha de ir superándose cada vez más por tener un mejor nivel de vida.

Decíamos que está bien y es bonito y no nos desdecimos de ello, pero también hemos de reconocer que se puede convertir en una trampa; no vamos a alcanzar todos igual nivel, ni quizás el nivel que esperamos, porque la vida se pone difícil, porque algunas veces quizás nos faltan oportunidades, porque tampoco sabemos buscar lo que realmente es importante, y vienen los fracasos y las decepciones, o vienen de nuevo los agobios porque siempre queremos tener más, y podemos terminar esclavizándonos de esos mismos agobios.

Hoy nos quiere hacer pensar Jesús. Parece que rompe todos nuestros esquemas. Pero es algo distinto lo que Jesús nos propone. No nos habla de que no busquemos una vida digna, ni que no utilicemos los medios humanos a nuestro alcance para seguir avanzando y creciendo en la vida; El nos ha hecho responsables precisamente de esa vida que ha puesto en nuestras manos y ya desde aquella primera página de la vida nos decía que creciéramos y nos multiplicáramos, pero lo que no quiere es que convirtamos en dioses de nuestra vida eso material que está al alcance de nuestras manos.

Por eso ha comenzado diciéndonos hoy que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Ya en otros momentos nos ha hablado de esa codicia que algunas veces esclaviza nuestro corazón de manera que nos parece que teniendo de todo ya somos felices de verdad. ¿Recordamos la parábola del que cogió grandes cosechas, amplió sus lagares y bodegas y se decía que ya podía vivir feliz porque tenía de todo?

Hoy quiere hacernos pensar que hay bellezas que tienen que envolver nuestra vida que no conseguimos desde la adquisición de cosas materiales. ¿No es bella una flor que llena de colorido nuestros campos y nos envuelve con su perfume? El afán por llenar nuestro estómago no tiene que hacer perder de vista otras cosas que en la vida nos dan más satisfacción. Los pajarillos del cielo son alimentados por el Creador de manera que ni uno solo se pierde sin que lo quiera Dios. En el aire se sostienen y nos alegran la vida con sus trinos posados en las ramas de nuestros árboles.

¿Qué es lo que de verdad alegra nuestra vida, llena de encanto nuestra existencia y deja tras nosotros un perfume agradable que embriaga el corazón? Hay tantas cosas que hemos de cuidar en nuestro paso por la vida, que hemos de vivir con gran responsabilidad, que nos tiene que hacer mirar a los otros de forma distinta y hacerles agradable la vida. Son cosas que no se pagan con dinero, son cosas que nos salen del alma desde la sencillez y la humildad y alegran de verdad nuestro corazón.

Hoy Jesús está queriendo enseñarnos a que pongamos toda nuestra confianza en Dios que es nuestro Padre que nos ama. ¿Y qué padre no quiere el bien de sus hijos? Por eso nunca tenemos que sentirnos abandonados; podrán venir vendavales en la vida y tormentas que nos amenazan con perder la paz, pues puestos en las manos de Dios nos sentimos seguros, no nos faltará esa paz y esa alegría interior sea cual sea la situación por la que pasemos.

Busquemos, pues, no lo que llene nuestros bolsillos, sino lo que llene el corazón; sepamos repartir ternura a nuestro paso y con nuestros gestos hagamos más agradable la vida de los que nos rodean. Es el Reino de Dios al que Jesús nos llama, el Reino de Dios que hemos de construir, el Reino de Dios que se va a manifestar en una nueva armonía y paz entre todos porque va a resplandecer de verdad el amor. En Dios confiamos para poder vivirlo. Es mucho más que una sociedad del bienestar, pero estaremos construyendo un mundo que ha encontrado la felicidad verdadera.

 


jueves, 5 de febrero de 2026

Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

 


Siempre misioneros con la fuerza de la Palabra de Dios y el testimonio de nuestras vida no por nuestros humanos recursos sino por los mil detalles de amor y generosidad

1Reyes 2, 1-4. 10-12; 1 Crón 29, 10-12; Marcos 6, 7-13

Quien recibe el encargo de algo importante y que puede tener enorme trascendencia para muchos puede experimentar encontrados sentimientos en sí mismo ante la tarea que tiene por delante, desde el orgullo que siente porque han confiado en él y también la incertidumbre de si será capaz de llevar a cabo aquello que se le encomienda; pero si además los recursos humanos que se le ofrecen son escasos, o más bien se le pide que no se apoye en esos recursos sino en la fuerza de lo que está realizando, la sinceridad de su palabra y el testimonio que a través de sí mismo pueda ofrecer de la validez e importancia de lo que realiza, podríamos pensar que en esos sentimientos aflora también el temor de que además no lo vayan a aceptar los que le rodean o con quienes ha de realizar dicho encargo.

Me hago esta previa consideración ante lo que escuchamos hoy en el evangelio. En torno a Jesús se había ido formando una pequeña comunidad de seguidores, de discípulos que le siguen continuamente por todas partes, que están siempre con Él y a los que en esa cercanía les ha ido, podíamos decir, enseñando, manifestándoles todo el sentido que tenía el Reino de Dios que anunciaba. Ahora de entre ellos escoge a doce a los que a enviar a hace ese mismo anuncio del Reino de Dios que Jesús venía haciendo, confiándoles su misión y toda su autoridad.

Pero aquí viene lo que podríamos llamar lo paradójico. Los envía con las manos vacías, podríamos decir. Les pide que se olviden de los recursos humanos, por no llevar solo les pide que lleven un bastón para el camino y unas sandalias para sus pies. Ni dineros, ni siquiera provisiones, ni siquiera túnica de repuesto. Solo han de ir con lo puesto. Comerán lo que les ofrezcan allí donde vayan llegando y donde sean acogidos, quedándose en la casa donde entren hasta que se vayan de aquel sitio; si son rechazados sacudirán el polvo de sus pies y marcharán a otra parte. Solo sus palabras anunciando la conversión por la llegada del Reino de Dios y la autoridad de Jesús para ir transformando los corazones con las señales de algo nuevo que han de manifestar con su amor, porque sobre todo a los que más sufren han de atender de manera primordial.

Como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. No eran cosas extraordinarias las que realizaban ni se apoyaban en medios extraordinarios. Era la sencillez y autenticidad de sus vidas. Era la verdadera riqueza del evangelio. Era el comienzo de algo nuevo que como buena semilla plantada tenía que ir haciendo brotar una planta nueva, un nuevo sentido de vida.

¿Seremos capaces de hacer nosotros lo mismo que realizaron aquellos Doce a los que Jesús les confió esta misión de anunciar el Reino de Dios? Tenemos que decir que es nuestra tarea porque un cristiano tiene que ser siempre misionero. Algunas veces cuando oímos hablar de esto quizás nos ponemos a pensar, y yo, ¿qué puedo hacer? ¿Qué es lo que tengo que hacer para ser misionero en medio de los que nos rodean? ¿Con qué medios voy a contar?

Tienes una palabra que anunciar y un testimonio que dar. Y eso has de hacerlo con la autenticidad de tu vida. Y nosotros pensamos en rodearnos de tantos medios, y estamos imaginando las técnicas que tenemos que aprender, los medios de los que nos hemos de valer. Jesús los mandó con lo puesto, porque lo importante era la autenticidad de sus vidas y el testimonio del amor con lo que así manifestarían la autoridad que Jesús les confió.

Si decíamos antes de los encontrados sentimientos con que nos podemos encontrar ante una misión que se nos confía, muchas veces nosotros vamos por los temores de no saber qué hacer o cómo hacer, pero no llegamos a ver la necesidad de la confianza en la providencia divina que estará con nosotros y con la fuerza del Espíritu que nos conducirá a ese testimonio de vida que hemos de dar. Llenémonos del amor de Dios y nuestra vida va a resplandecer en múltiples gestos que manifiestan que vivimos el Reino de Dios.


sábado, 21 de junio de 2025

Dios pondrá siempre una sombra en nuestro camino, una corriente de brisa fresca que suavice los ardores de la vida haciéndose presente a nuestro lado

 


Dios pondrá siempre una sombra en nuestro camino, una corriente de brisa fresca que suavice los ardores de la vida haciéndose presente a nuestro lado

2Corintios 12, 1-10; Salmo 33; Mateo 6, 24-34

¿Qué haré de comer mañana? Me recuerda algo que le escuché decir muchas veces a mi madre, no ahora en los últimos tiempos, sino cuando yo era niño, un muchacho todavía, que aquellos si eran años difíciles, aunque tanto nos quejamos ahora, pero nunca faltó el plato de comida al día siguiente en la mesa; siempre dije que mi madre hubiera sido un gran ministro de economía, porque con los escasos medios de que se disponía entonces, ella siempre encontraba qué ponernos en la mesa; quizás no era solamente la economía que hacía sino más bien la confianza que ella ponía siempre en las manos de Dios.

Me ha venido este recuerdo nada más empezar a leer y escuchar en mi corazón el texto del evangelio que hoy se nos ofrece con las palabras de Jesús.  ‘No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir’. Son los agobios que aun persisten en nuestro espíritu. ¿Qué comemos o con qué nos vestimos? Y ya no es por la necesidad o por la carencia que la mayoría de nosotros podamos tener de estas cosas – otra cosa tendríamos que decir de muchas familias, de muchos lugares, de muchas situaciones repartidas por nuestro ancho mundo con sus miserias y con sus guerras -, se trata en este caso de esos afanes con los que andamos por la vida; la manera que entendemos de lo que es vivir bien o de lo que es pasarlo bien. Son tantas las cosas en las que pensamos y que desearíamos o daríamos lo que fuera por tener para pasarlo bien. ¿Cosas que necesitamos o cosas que vienen hacernos soñar en vanidades y vanagloria? Muchas veces vivimos de la apariencia, vivimos esclavizados de las cosas y acumulamos cosas que al final ni nos son útiles.

Hoy el evangelio ha comenzado diciéndonos que no podemos servir a dos señores, porque al final nos apegaremos a uno mientras al otro lo desechamos. Nos habla Jesús del servir a Dios o el servir a las riquezas. Pensamos en la avaricia con que vivimos la vida, las dependencias que nos creamos, las cosas en las que ponemos nuestra felicidad, a la larga es comenzar a pensar en el sentido que le damos a la vida. Nos hemos materializado de una forma excesiva y eso nos ciega.

Como hemos reflexionado muchas veces hay otros valores, hay otras cosas por las que luchar, hay algo muy superior que ayudará de verdad a ser más feliz a la persona. Pero nos cegamos, nos volvemos ambiciones, nos comparamos los unos con los otros y si siempre nos parece que el otro es más feliz que yo porque tiene muchas cosas; y ya sabemos cómo detrás de esos comienzan nuestros agobios, pero comienzan también nuestras luchas.

Jesús nos está invitando a confiar más en la providencia de Dios que es Padre y que nos ama. No es que nos crucemos de brazos y no trabajemos en nuestras responsabilidades para conseguir aquello que necesitamos, pero comencemos a confiar más en Dios que de muchas maneras se va a hacer presente en nuestra vida colmándonos de aquello que verdaderamente necesitamos. El será nuestra fuerza para desempañar nuestras responsabilidades, para desarrollar nuestra vida a través del trabajo en esas capacidades y cualidades de las que Dios nos ha dotado, pero El también va a ser nuestra fortaleza interior para vivir libres de esos apegos que se convertirían en esclavitudes de nuestra vida.

Dios pondrá siempre una sombra en nuestro camino, una corriente de brisa fresca que suavice los ardores de la vida, porque hará llegar a nosotros sus ángeles a través de tantas personas buenas que a nuestro lado son también un aliciente y un estimulo para nuestro camino. No tenemos que buscar milagros espectaculares ni que sucedan cosas extraordinarias, en pequeñas cosas Dios hará siempre notar su presencia y la luz que necesitamos para nuestro camino. Abramos los ojos de nuestra fe y descubriremos esa presencia de Dios con nosotros, por algo es Emmanuel en nuestra vida.

sábado, 13 de julio de 2024

¿Seremos capaces?, nos preguntamos como consecuencia de nuestra debilidad, pero tenemos la sabiduría y la fortaleza del Espíritu para alcanzar la meta de nuestro testimonio

 


¿Seremos capaces?, nos preguntamos como consecuencia de nuestra debilidad, pero tenemos la sabiduría y la fortaleza del Espíritu para alcanzar la meta de nuestro testimonio

Isaías 6,1-8; Salmo 92; Mateo 10,24-33

¿Seré capaz de de hacerlo? Una pregunta que nos hacemos, una duda que nos surge, un miedo muchas veces que nos paraliza ante una tarea que nos han encomendado, ante una obra que pretendemos emprender, ante una oferta de responsabilidad que se nos hace. ¿Seré yo capaz? Y eso en cualquier aspecto de la vida, nos sentimos inseguros muchas veces; es en las mismas responsabilidades familiares que tenemos que asumir; ¿hasta donde seré capaz de llegar? O nos miramos a nosotros mismos en esa tarea de superación que tiene que ser nuestra vida, ¿seré capaz de dejar esa mala costumbre? Así andamos muchas veces inseguros y sin creer ni en nosotros mismos.

Es a lo que nos enfrentamos en lo que es el camino de nuestra vida cristiana, nuestra fe, la rectitud con que hemos de vivir la vida, el compromiso de vida al que nos tiene que llevar nuestra fe, al anuncio y testimonio que también hemos de dar. Y miramos alrededor nuestro y vemos quizás muchas cosas en contra, o alucinaciones que sufrimos que nos quieren llevar por otros derroteros, y nos encontramos entre la espada y la pared, lo que quisiéramos hacer, pero lo que nos cuesta tanto superarnos.

Pero Jesus no nos dice que sea fácil aunque no deja de recordarnos dónde está nuestra fuerza. Pero nos dice que el discípulo no es mejor que su maestro. Al menos tendríamos que parecernos a El. ‘Le basta con ser como su maestro’, nos dice. Pero nos dice también, y nos lo repite varias veces, que no tengamos miedo.

Cuántos miedos se nos meten en el alma en el desarrollo de nuestra vida cristiana. Y no es solo si seremos capaces de llegar hasta el final en nuestro testimonio, sino que ya estamos imaginando lo que pueden hacer con nosotros, la forma cómo tendrán de rebatirnos y hacernos la guerra en contra. Nos pide valentía para que demos nuestro testimonio, para que alcemos la voz con claridad. ‘Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea’. No podemos callar, no podemos dejar escondido el tesoro que llevamos con nosotros, no podemos ahogar esa sabiduría del Espíritu que va a brillar en nosotros.

Cuántos miedos se nos meten en alma, como decíamos hace un momento. ¿Tenemos miedo a perder la vida? Ya nos dirá Jesús en otro momento que perder la vida es ganarla. Pero podremos perder la vida si llegara el caso, pero nuestro espíritu permanecerá, la palabra que hemos pronunciado se volverá más clara, el testimonio que demos incluso derramando nuestra sangre será más poderoso, porque la sangre de los mártires es semilla de cristianos. No importa que el grano de trigo se entierre para que aparentemente se pudra, porque va a germinar una vida nueva. Ya nos lo recordará Jesús en otros momentos. Y para eso su testimonio va por delante. Es el que murió en una cruz, pero es el que resucitado vive para siempre.

Nos habla por una parte de la confianza de los hijos en la Providencia infinita el amor del Padre, porque Dios no abandona a sus hijos. ‘¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones’. Cuánto valemos a los ojos de Dios, en El tenemos que poner toda nuestra confianza.

Y nos habla de dar la cara por Dios. ‘A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos, Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos’. Una razón más para dar nuestro valiente testimonio. Nuestra vida en muchos momentos estará llena de debilidades, pero si por encima de todo eso queremos seguir dando la cara por ese testimonio de nuestra fe, cuando nos presentemos ante Dios, incluso cargando el peso de todas esas debilidades en que tantas veces nos hemos visto envueltos en la vida, sabemos que tenemos un abogado defensor que hará por nosotros. ‘También me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos’. Jesus ha derramado su sangre para que así sean borrados nuestros pecados. Imagen hermosa la que nos ofrecido el profeta que ve purificados sus labios con la braza en la mano del ángel.

Seremos capaces, nos preguntábamos al principio; tenemos con nosotros la sabiduría y la fortaleza del Espíritu del Señor que nos hará alcanzar la meta de nuestro testimonio. ‘¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros? Contesté: Aquí estoy, mándame’, decimos también como el profeta.

domingo, 24 de julio de 2022

Nos habla Jesús de confianza y perseverancia, de la insistencia de nuestra oración, cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto del corazón con la intensidad del amor

 


Nos habla Jesús de confianza y perseverancia, de la insistencia de nuestra oración, cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto del corazón con la intensidad del amor

Génesis 18, 20-32; Sal 137; Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13

‘Señor, enséñanos a orar’. Quizás ha sido siempre la primera oración. Siempre lo decimos, no sabemos rezar, no sabemos orar. Lo pidieron los discípulos, como escuchamos hoy en el evangelio, cuando veían que Jesús se retiraba con frecuencia a solas para orar. No era solo la oración del sábado en la sinagoga, no eran los momentos de subida al templo de Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, o en las otras fiestas; cantaban salmos e himnos, escuchaban la lectura de la Ley y los Profetas.

Pero en Jesús veían que era distinto. Como lo sentimos nosotros tantas veces. Cuántas veces habremos dicho ‘no sé orar’; cuántas veces le hemos pedido a nuestros sacerdotes o a aquellas personas más religiosas de nuestro entorno, que nos enseñasen a orar, porque no sabemos hacerlo, siempre nos quedamos insatisfechos.

Jesús nos enseña a orar. Pero no son solo sus palabras en este momento o con esta fórmula que nos ofrece, sino que en la medida en que nos ha ido hablado del Reino de Dios de alguna manera nos ha estado diciendo cómo ha de ser nuestra oración. ¿Qué mejor manera que comenzar nuestra oración con esa palabra tan querida para Jesús? Nos está hablando continuamente del Padre, y como nos llegará a decir en un momento determinado, quien le ve a El, ve al Padre, porque nadie va al Padre sino por El.

Pues esa es la palanca principal de nuestra oración, la que nos lo dice todo, la que nos hace entrar en el misterio insondable de Dios, la que nos viene a llenar de Dios. ‘Vosotros decid, Padre…’ saboreando esa palabra lo tenemos casi todo hecho para nuestra oración. Es como para quedarse extasiado en la contemplación. Es saborear lo más hermoso. Es comenzar a gustar el cielo. Porque es comenzar a gustar el amor; es sentirse inundado de amor y comenzar a amar de la misma manera, con la misma generosidad, con el mismo entusiasmo, con el mismo fervor. Eso es lo grandioso.

¿No nos ha estado hablando como mensaje fundamental el anuncio del Reino de Dios que llega? Decir el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor; decir el Reino de Dios en sentirnos envueltos por ese Dios y por ese amor. Es lo que ahora de manera especial sentimos cuando le decimos a Dios, Padre; nos gozamos con ello pero es que ya comenzamos a desear algo nuevo, queremos que todos se sientan inundados por ese mismo amor, que todos lleguen a conocer ese amor que Dios nos tiene, que todos podamos amar a Dios de la misma manera que sentimos que se amor se derrocha sobre nosotros.

Nos sentimos seguros, porque nos sentimos amados. Nos ponemos en sus manos, como ponemos todos nuestros deseos; queremos sentir la providencia amorosa de Dios sobre nosotros, porque si Dios cuida de las flores del campo y alimenta a los pajarillos que vuelan por cielo, cómo no nos va a cuidar, cómo no nos va a hacer sentir su amor, cómo vamos a sentirnos desamparados. Tenemos la confianza de que no nos faltará el pan de cada día, no nos faltará su amparo y protección porque nunca nos faltará su amor. Con qué confianza nos dirigimos entonces a Dios, con qué confianza nos sentimos en su presencia, con qué confianza pedimos por todas las necesidades del mundo.

Pero como decíamos ya vamos a comenzar a tener una mirada nueva, es la mirada que se vuelve luminosa porque está llena del amor. Es la mirada nueva con que miramos a los demás porque sabemos que ellos son también amados de Dios, es la mirada de los hermanos que se quieren y que casi solo con la mirada se dicen cosas hermosas; será la mirada de la generosidad pero también de la comprensión, será la mirada del perdón cuando sentimos que con alguna arista nos hemos herido los unos a los otros, es la mirada que nos hace entrar en una nueva comunión. ¿Qué es lo que nos está diciendo Jesús cuando nos habla de que le pedimos perdón a Dios por nuestra falta de respuesta a su amor, pero que estamos también siempre dispuestos a perdonar a los demás?

Quienes se sienten amados se sienten seguros, decíamos antes. Pero nos sentimos seguros porque nos sentimos fortalecidos en ese amor. Y con la fuerza de ese amor superaremos obstáculos, venceremos dificultades, superaremos la tentación que tantas veces nos puede volver a incitar al mal. Si no sentimos amados, ¿cómo es que podemos dejarnos arrastrar por el mal? Todo eso, mucho más le estamos queriendo manifestar a Dios nuestro Padre cuando seguimos el aprendizaje de Jesús de lo que tiene que ser nuestra oración, cuando rezamos conforme al espíritu de la oración que Jesús nos enseñó.

‘Señor, enséñanos a orar’, le decimos también nosotros a Jesús. Y nos habla Jesús de la confianza y de la perseverancia, nos habla Jesús de la insistencia con que hemos de orar a Dios, nos habla Jesús de cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto de nuestro corazón, nos habla Jesús de la intensidad del amor que hemos de poner nosotros en esa oración, en ese encuentro con el Padre.

jueves, 7 de julio de 2022

Cuando Jesús nos envía a anunciar el Reino nos está diciendo que el anuncio que hacemos es el del regalo de Dios y que como regalo hemos de saber ofrecer

 


Cuando Jesús nos envía a anunciar el Reino nos está diciendo que el anuncio que hacemos es el del regalo de Dios y que como regalo hemos de saber ofrecer

Oseas 11, 1-4. 8c-9; Sal 79; Mateo 10, 7-15

¿Qué beneficio tengo yo de todo esto que estoy haciendo? ¿Cuánto gano? Son preguntas que nos hacemos, son preguntas que nos pueden definir por dentro. ¿Seremos capaces de hacerlo de forma gratuita sin ganar nada? Hemos mercantilizado demasiado la vida, lo que hacemos, aquello por lo que nos movemos; siempre aparecen unos intereses por medio, intereses que muchas veces se quedan en lo material o lo económico.

Queremos que nos paguen, o queremos pagar cuando alguien nos hace algo con lo que nos puede ayudar. Nos parece que pagando ya no quedamos en deuda por algo que gratuitamente se nos ha dado o regalado; no nos queda la deuda de que tengamos nosotros que actuar de la misma manera con esa persona. Hasta los favores se pagan o queremos pagar con favores. Es la espiral en la que nos vemos envueltos. Algunos no llegan a entender que se hagan las cosas gratuitamente, porque todo ha de tener su pago. Nos cuesta entender lo gratuito.

Y cuidado que esto se nos puede meter hasta en lo más sagrado. Tenemos que pagar nuestras promesas, porque lo que hacemos muchas veces con Dios se parece más a un contrato de compraventa que a una relación de amor. Si me concedes esto – y vaya ahí la curación de un dolor o una enfermedad, tener suerte en un examen, que gane nuestro equipo, o sacarnos la lotería… - yo te prometo que… y vienen las promesas, los regalos que le tenemos que hacer a Dios, y lo en deuda que nos sentimos y que tenemos que pagar.

Y hoy viene y nos dice Jesús ‘lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’. Es el envió que Jesús hace de sus discípulos, a aquellos doce apóstoles que había escogido, para que vayan a anunciar el Reino. Y es cuando Jesús habla de esa gratuidad. Es ese nuevo estilo y sentido de hacer las cosas. Les ha dado, es cierto, autoridad para curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y expulsar demonios. Como ya hemos expresado en más de una ocasión son los signos con los que se ha de manifestar que ha llegado el Reino de Dios. Y es que todo aquello que han sentido en sus vidas cuando se han puesto a seguir a Jesús y han ido viendo como sus vidas se transformaban, es lo que ahora tienen que ir realizando con los demás. Es el regalo de Dios.

Por eso no han de ir apoyándose en lo material, en su poder particular o en su propia sabiduría, no van a ir comprando voluntades con lo que tienen, sino que han de ir, por así decirlo, con las manos vacías de cosas materiales. Ni dinero en la bolsa, ni túnicas ni sandalias de repuesto, ni previsiones de riquezas para tener donde hospedarse. Solo un bastón para el camino. Por eso se hospedarán donde los acojan y los reciban, porque siempre se han de manifestar como mensajeros de paz, no mensajeros de ningún otro poder humano. Ellos simplemente van a repartir el regalo de Dios porque se sienten regalados por Dios. Y es que lo gratuito es una señal precisamente de esa llegada del Reino de Dios.

Escuchemos lo que nos dice Jesús y nosotros seguimos con nuestras aspiraciones y sueños de grandezas, nuestras manifestaciones de poder, nuestro apoyo en lo material para todo lo que hagamos, nuestra poca confianza en la Providencia divina, nuestras búsquedas de seguridades y garantías. ¿Dónde estamos confiando en la gratuidad de lo que Dios nos ofrece y que de la misma manera nosotros tenemos que hacerlo? Muchas veces la Iglesia también se ha dejado seducir por la manera de obrar de nuestro mundo y pareciera que confiamos más en los medios que podamos tener que en la acción del Espíritu que es el que guía en verdad la Iglesia.

¿No necesitaremos ponernos con sinceridad ante Dios y ante su Palabra para aprender a actuar a la manera de Jesús, a la manera del evangelio?

sábado, 18 de junio de 2022

Confiar en la Providencia de Dios no significa abandonar nuestras responsabilidades, cruzarnos de brazos esperando que todo nos lo regalen, una vida pasiva

 


Confiar en la Providencia de Dios no significa abandonar nuestras responsabilidades, cruzarnos de brazos esperando que todo nos lo regalen, una vida pasiva

2ª Crónicas 24, 17-25; Sal 88; Mateo 6,24-34

Todos comemos, todos bebemos, todos vestimos, son necesidades básicas de la vida. Buscamos nuestro alimento y lo que sacie nuestra sed, buscamos con que cubrirnos nuestra desnudez y afrontar el frío o el calor, significará donde vivir, significará unos trabajos y como en cascada van surgiendo todas esas necesidades hasta lograr una vida digna.

¿Pero la vida es solo el alimento o el vestido, o lo que sacie esas necesidades elementales? Junto a ello buscaremos esos valores que nos hagan felices, que faciliten la convivencia con los que están a nuestro lado, lo que nos lleve a una armonía y a una paz; y vienen las responsabilidades y las preocupaciones, viene todo un camino de superación y de crecimiento que no se limita ya a cubrir las necesidades de nuestro cuerpo. Pero algunas veces entramos en confusión a la hora de valorar y tener en cuenta lo que es verdaderamente importante; algunas cosas nos parecen más primordiales quizás por más inmediatas y vienen nuestras carreras y nuestros agobios. Podemos hasta perder el norte de nuestra vida.

Y es aquí cuando Jesús viene a prevenirnos frente a esos agobios con que vivimos la vida por no saber buscar lo que verdaderamente es importante. Nos desorientamos y confundimos. Por eso hoy nos dice, ‘no andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir’. Nos señala esas cosas tan primordiales de la vida, pero que bien encierran muchas cosas en las que nos envolvemos y de las que creamos dependencias. Es muchas veces la vanidad con que vivimos la vida, será el orgullo y el amor propio que se adueñan de nosotros y terminamos siendo esclavos de nuestro ego, serán esas estrías que se nos introducen en medio de nuestras relaciones con los demás desde nuestros celos o nuestras envidias, o desde ese egoísmo que nos encierra y nos hace insolidarios.

¿Quién alimenta de verdad nuestra vida y nos hace encontrar ese sentido y ese valor a las cosas, a lo que hacemos o a lo que vivimos? Nos hace mirar a la naturaleza, ya sean las flores o ya sean los pajarillos que vuelan en el campo y contemplaremos una luminosidad y una alegría especial, aunque la flor resplandezca con todo brillo y color solo un día, o aunque el trinar del pajarillo nos parezca pasajero porque vuela de acá para allá. Pero hay una armonía, hay una belleza, que tendríamos que saber encontrar para nuestra vida de cada día para hacerlo todo hermoso y encantador.

Jesús nos invita a ponernos en las manos del Padre, en las manos de Dios que hará salir el sol cada día sobre nosotros ofreciéndonos su luz y su calor, como embellece a las flores del campo o alimenta a los pajarillos que vuelan y trinan sobre nuestras cabezas. Y nos dice Jesús ¿y no valemos nosotros mucho más? ¿Por qué no confiar en la providencia de Dios que cuida de nosotros y en su amor se hará presente de la manera que menos pensemos junto a nosotros?

Confiar en la providencia de Dios no significa abandonar nuestras tareas y nuestras responsabilidades, no significa cruzarnos de brazos esperando que todo nos lo den o nos lo regalen, no significa una vida pasiva, sino todo lo contrario. Es vivir nuestra responsabilidad, es realizar nuestros trabajos, es contribuir al bien de nuestro mundo y de nuestra sociedad, es desarrollar lo que son nuestros valores y nuestras cualidades para hacer que todo marche mejor, pero sin perder la paz del corazón, sin llenarnos de esos agobios que al final nos entorpecen, sin obsesionarnos por las cosas de manera que perdamos la razón.

Concluye Jesús con esa hermosa sentencia que no podemos olvidar. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia; que todo eso se os dará por añadidura’. Pongamos a Dios en verdad como centro de nuestra vida y todo va a adquirir un nuevo brillo y valor.

jueves, 8 de julio de 2021

Gratuidad, disponibilidad, generosidad, abandono en las manos providentes de Dios y paz como fruto de la semilla de amor que plantamos son señales del Reino de Dios

 


Gratuidad, disponibilidad, generosidad, abandono en las manos providentes de Dios y paz como fruto de la semilla de amor que plantamos son señales del Reino de Dios

Génesis 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5; Sal 104; Mateo 10,7-15

‘ld y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’. Volvemos a escuchar hoy el mandato y el envío que Jesús hace de sus discípulos. Recordamos ayer, había elegido a doce, a los que El quiso, de entre los discípulos a los que constituyó apóstoles para enviarlos a hacer el anuncio del Reino. Sobre ello ya ayer reflexionábamos.

El texto de hoy insiste en las señales de la llegada del Reino. Les ha dado autoridad para curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y arrojar demonios. Las señales del amor y de la vida. No podemos permitir el mal ni quedarnos en la muerte, las señales de la libertad verdadera y de la verdadera dignidad de la persona. Cuando dejamos que Dios sea en verdad el único Señor de nuestra vida estamos llamados a la vida y al amor, alcanzamos la verdadera liberación, vivimos en la plenitud de nuestra dignidad. Nada que pueda empañar esa vida podemos dejar que se posesione de nosotros.

Es lo que se quiere expresar con esa autoridad y con ese poder que da a sus discípulos; es la semilla que tenemos que ir sembrando por nuestro mundo; son los pasos hacia ese nuevo sentido de la vida y a esa dignidad nueva que alcanzamos cuando en verdad podemos llamarnos hijos de Dios. Es lo que expresa el vivir el Reino de Dios.

Pero si nos seguimos fijando en el texto del evangelio nos daremos cuenta de esos nuevos valores que hemos de vivir. La gratuidad, la disponibilidad y la generosidad, el abandono en las manos providentes de Dios porque nos dejaremos conducir por su Espíritu y la paz que será la flor que florecerá de esa semilla de amor que plantamos.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’. Somos conscientes de ese amor gratuito de Dios porque nuestra fe no es sino respuesta a ese amor que Dios nos tiene. Y Dios nos ama, no por nuestros merecimientos, sino por su infinita generosidad. Como nos diría san Pablo lo grande y lo maravilloso es que Dios nos ama a pesar de que seamos pecadores, esa es la prueba del amor de Dios que nos amó primero, como nos dirá san Juan también en sus cartas.

La gracia que hay en nosotros eso es gracia, el amor gratuito de Dios; empleamos tantas veces esa palabra y nos fijamos en su significado más elemental, la gratuidad del amor de Dios. Como respuesta tiene que estar entonces la gratuidad de nuestra vida, la gratuidad de lo que hacemos, la gratuidad de darnos por los demás con toda generosidad. Como consecuencia la disponibilidad generosa en ese abandono en las manos providentes de Dios.

Es lo que quiere decirnos Jesús de que ni tenemos que preocuparnos de llevar algo en la alforja ni incluso de preocuparnos donde hemos de alojarnos. Como sembradores de evangelio, como anunciadores de esa buena nueva de vida y salvación hemos nosotros también de dejarnos acoger por los demás. Dios proveerá y hará florecer la paz. Será nuestro saludo y será nuestro mensaje, como va a ser también la respuesta que vamos a encontrar.

Con lo preocupados que andamos en la vida de nuestras previsiones y de nuestras provisiones. Es cierto que tenemos que valernos de todos los medios posibles que hoy incluso la técnica pone en nuestras manos con tantos medios para comunicarnos con los demás, pero cuidado le demos más valor e importancia a esos medios, a esos instrumentos que a la gracia de Dios que es la que mueve en verdad los corazones. No es nuestra palabra ni son los medios técnicos que empleamos lo que produce la conversión del corazón, sino el Espíritu del Señor que es el que produce esa fecundidad de vida en los corazones.

 

sábado, 5 de junio de 2021

No volvamos la cara para hacernos los distraídos sino miremos cara a cara a la viuda del evangelio que puso cuanto tenía en el arca de la generosidad

 


No volvamos la cara para hacernos los distraídos sino miremos cara a cara a la viuda del evangelio que puso cuanto tenía en el arca de la generosidad

Tobías 12, 1.5-15.20; Sal.: Tb 13; Marcos 12,38-44

Cuántas veces habremos dicho cuando nos salía al paso alguien pidiéndonos algo, es que no llevo nada suelto ahora aquí. Una forma de querer escabullirnos, una disculpa de que no llevamos nada suelto como si lo que tuviéramos que dar fuera esa mínima moneda que se nos pierde en el bolsillo. Bueno, yo si quiero ayudar, nos disculpamos pero es que ahora las cosas no andan bien y cuando tengo algo ya ayudaré. ¿Qué estaremos expresando con estas respuestas y con estas actitudes? De entrada tendríamos que decir la pobreza de nuestra vida, pero no refiriéndonos a pobreza porque no tengamos medios materiales o económicos, sino por la pobreza de nuestro corazón.

No sé cómo se sentirán ustedes ante el episodio que hoy nos narra el evangelio, pero confieso que me siento muy interpelado y tengo la tentación de huir de este pasaje que en contraste me retrata tan duramente. Me retrata, no porque me parezca en algo a aquella pobre viuda sino precisamente por todo lo contrario, porque hace un contraste muy fuerte con las actitudes que muchas veces llevo en el corazón.

Estaba Jesús en las cercanías de la entrada del templo, allí por donde estaba colocada el arca de las ofrendas. Enseñaba a la gente y quería contrastar las actitudes nuevas que habíamos de tener con las posturas y arrogancias de los fariseos. ‘¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, y aparentan hacer largas oraciones. Éstos recibirán una condenación más rigurosa’.

Y es el momento en que entra calladamente aquella pobre viuda que se acerca al arca de las ofrendas y echa aquella pequeña moneda. Nadie se hubiera percatado. Una persona más que depositaba su ofrenda, cada uno según sus posibilidades y su generosidad. Pero Jesús está más atento que nadie y es quien se percata de la situación de pobreza que presentaba aquella mujer y la moneda que depositó en las ofrendas. Y es Jesús quien nos resalta la generosidad de aquella mujer. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es lo que nos impacta. ‘Ha echado todo lo que tenía para vivir’. Y nosotros siempre andamos guardándonos las espaldas. Andamos buscando la más pequeña moneda de nuestro bolso, no porque no tengamos más, sino porque estamos pensando más en nosotros mismos que en la generosidad con que tendría que actuar nuestro corazón. Nosotros con nuestras precauciones, pensando en lo que mañana podríamos necesitar y por eso no nos vamos a desprender de todo, o pensando en lo que nos ha costado ganar aquello que tenemos que no vamos a despilfarrar.

¿Dónde está nuestra confianza en el Señor que tanto proclamamos con bonitas palabras? ¿Dónde está el desprendimiento de quien sabe que lo que tiene es un don que ha recibido y que se hará más hermoso cuando generosamente sabemos desprendernos y compartir? ¿Nos da miedo quedarnos pobres porque todo lo damos generosamente y sabe confiar en la providencia del Padre Dios? ¿No estaremos volviendo la cara para otro lado ante páginas del evangelio como ésta?

jueves, 18 de junio de 2020

Como hijos llenos de amor nos acercamos con la confianza del amor a quien sabemos que nos ama porque es nuestro Padre


Como hijos llenos de amor nos acercamos con la confianza del amor a quien sabemos que nos ama porque es nuestro Padre

Eclesiástico 48, 1-15; Sal 96; Mateo 6, 7-15
No con la misma actitud nos acercamos nosotros a las personas; depende de la percepción que tengamos de esa persona para acercarnos con naturalidad, con confianza o quizá con cierto temor. Si pensamos en una persona a la que llamamos justiciera y dura en sus sentimientos no nos acercaremos con la misma confianza que con aquella que vemos cercana, comprensiva y capaz de escucharnos. No es lo mismo una persona que no conocemos y que no sabemos cómo va a reaccionar o alguien que llega a nosotros con la buena fama de su comprensión y la buena sintonía para expresarnos con confianza.
Una persona que se nos presenta llena de autoridad – en cierto modo autoritarismo – nos da la posibilidad de acercarnos para hacerle nuestras peticiones aunque no sabemos bien como puede reaccionar. Y así podríamos pensar en muchísimas circunstancias, porque las personas realmente somos muy distintas unas de otras y eso va a condicionar nuestra forma de acercarnos a esa persona por muy clara que tengamos nuestra personalidad y nuestra voluntad de entrar en relacion con el otro.
Puede parecernos una introducción un tanto prolífica para nuestra reflexión en torno al evangelio pero es lo que me da que pensar la forma como Jesús nos enseña a relacionarnos con Dios. Para hablarnos de la oración de entrada nos dice que no son necesarias muchas palabras pues Dios nos conoce y sabe bien lo que necesitamos y nos da un modelo de oración. Como siempre decimos no es una oración solamente para aprendernos como un formulario que tengamos que repetir sino un sentido de relación con Dios. Y es que el modo que Jesús nos enseña a relacionarnos con Dios es el de los hijos.
No es lo mismo acercarnos a Dios para nuestra oración sintiendo y gozándonos en que es nuestro Padre, que acercarnos a un Ser que por su grandeza podemos sentir en la distancia y al que vemos como un Dios justiciero al que hemos de temer porque está con la vara de medir en su mano para ver en que hemos faltado o en que nos hemos sobrepasado. Y pensemos si acaso muchas veces no nos acercamos a Dios llenos de temores porque más pronto estamos pensando en el castigo que en la misericordia.
Fijémonos que ese modelo de oración que Jesús nos propone no es otra cosa que un regocijarnos en el amor de Dios que es nuestro Padre. Para empezar comenzamos llamándolo Padre – ese Abba hebreo o arameo que es mucho más tierno incluso que un papaíto que nosotros podamos decir en nuestro idioma – y porque le llamamos Padre nos gozamos en su presencia, queremos disfrutar de su presencia, queremos responderle con nuestro amor al amor que El nos tiene.
¿No es quererle decir como piropos de amor ese deseo de santificar el nombre de Dios? ¿No es una expresión de nuestro cariño el decirle que siempre queremos estar con El porque le amamos y que en todo queremos agradarle porque queremos siempre hacer su voluntad? ¿No es con la confianza de los hijos con la que nos presentamos pobres ante El porque sabemos que nos protege siempre siendo para nosotros un padre providente que así como cuida los pájaros del cielo o las flores de los campos así se llena de ternura con nosotros que somos sus hijos queriéndonos dar siempre lo mejor? Y así podríamos seguir comentando toda esa maravilla de expresión de amor que es la oración que Jesús nos enseñó. Nos sentimos confiados porque sabemos de su misericordia, nos sentimos confiados porque contamos con la fuerza de su Espíritu que nos aleja del mal.
No puede ser otra cosa que la oración de los hijos. Como hijos llenos de amor nos acercamos con la confianza del amor a quien sabemos que nos ama porque es nuestro Padre.

sábado, 23 de mayo de 2020

Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha



Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
¿Quién me podría echar una mano para sacar este proyecto adelante? ¿Conoces a alguien que pudiera tener cierta influencia con aquel personaje, con aquella institución… y con quien pudiéramos hablar para que nos eche una mano? Así andamos muchas veces en la vida buscando intermediarios, debiendo favores, buscándonos una recomendación, queriendo tener un padrino porque ya sabemos que quien tiene el poder en su mano tantas veces se hace rogar para que así estemos más dependientes de él y de su poder. Vienen las manipulaciones, los favoritismos, el tráfico de influencias y no se cuántas cosas más que caen una detrás de otra como en cascada. Y desgraciadamente nos hemos acostumbrado a eso hasta el hecho de perder todos los valores éticos que dignificarían en verdad a la persona.
Esto que sucede en la vida ordinaria, podemos pensar en las graves problemas de tráfico de influencias con la consiguiente corrupción, como podemos pensar en cosas más pequeñas pero que están en el día a día de nuestras mutuas relaciones en que tantas veces estamos buscando un mediador, alguien que interceda por nosotros para la solución de los problemas ordinarios de la vida, pero esto lo hemos transportado de alguna manera al ámbito religioso y de nuestras relaciones con Dios.
Cuantas cadenas nos llegan hoy por las redes sociales que si hacemos no sé qué cosas o qué oraciones a un determinado santo que es muy milagroso vamos a obtener todos los favores de Dios. Yo de entrada huyo de esas cadenas en las que nos quieren ofrecer la voz de Dios para que hagamos determinadas cosas y tendremos no sé cuántos años de beneficios; Dios no utiliza las redes sociales para darnos su gracia si hacemos determinadas cosas no sé cuantas veces que hay que repetir.
Pero vamos a aquello de aquel santo tan milagroso, de aquella imagen de la Virgen que nos obtiene todos los favores del cielo o determinada imagen de Jesús que es más milagrosa que las demás. Y así vamos con nuestros rezos, que no sé si podemos decir oraciones de verdad que dirigimos a todos los santos del cielo pero parece como si tuviéramos miedo de dirigirnos a Dios. El tráfico de influencias del cielo, podríamos decir utilizando el lenguaje de lo que hacíamos antes referencia.
Entiéndame bien no quiero decir que no nos valga la intercesión de los santos o de la Virgen María, la Madre de Dios.  Sin embargo, ¿no tendríamos que decir que oramos con María para aprender de su oración y para imitarla en sus virtudes de gracia que tanto necesitamos? ¿No tendríamos que aprender de los santos, de su vida santa, de su entrega y de su amor, del desprendimiento de su vida y de la generosidad de sus corazones para actuar nosotros de la misma manera? Si queremos decir que estamos orando con los santos o con la Virgen María creo que estaríamos diciéndolo mucho mejor y nuestra oración dirigida al Padre tendría más su verdadero sentido. Mucho tendríamos más que decir.
Es de lo que nos está hablando Jesús en el Evangelio. Y Jesús es bien claro. ‘En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Ya nos enseña Jesús en distintos momentos a lo largo del evangelio como tiene que ser nuestra oración, no con muchas palabras como si solo así seríamos escuchados, como hacen los gentiles, nos dice, o como la de los fariseos llenos de pomposidad y ruidos de campanillas y con rebuscadas palabras.
Nos enseñará que es el Padre providente, que si cuida de los pájaros del cielo o de las flores del campo cómo no va a cuidar de nosotros que somos sus hijos. No es la oración de las vanas promesas que luego no cumplimos o lo hacemos a regañadientes como si de un chantaje o de una compraventa se tratara en nuestra relación con Dios.
Es la oración confiada, la oración humilde, la oración del que abre el corazón a Dios para escucharle, es la oración de quien se sabe hijo y saborea la palabra Padre cuando se dirige a Dios porque se goza del amor de Dios allá en lo hondo del corazón. Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha. Y nuestro Mediador es Cristo Jesús.

sábado, 22 de junio de 2019

Jesús nos señala cual es la prioridad de la vida del creyente buscando el Reino de Dios y su justicia para el bien del hombre


Jesús nos señala cual es la prioridad de la vida del creyente buscando el Reino de Dios y su justicia para el bien del hombre

2Corintios 12, 1-10; Sal 33; Mateo 6, 24-34
Todos en la vida tenemos unas prioridades explícitamente expresadas o al menos en la mente o en la intención de nuestro corazón. Aquellas cosas a las que le damos más importancia, a las que dedicamos más tiempo, que se vienen como a convertir en el leitmotiv de nuestro ser o de nuestro vivir. Es importante tenerlas porque eso dará fuerza y valor a nuestro caminar; malo es caminar sin rumbo o sin saber a qué es lo que tenemos que darle verdadera importancia.
Por supuesto que tenemos que tomarnos la vida con serenidad que indicaría la madurez con que vivimos la vida haciendo esa escala de valores guía de nuestra existencia, pero también hemos de reconocer – quizá por no tener claro qué es lo verdaderamente importante en la vida – que muchas veces esas prioridades que nos hemos marcado pudieran ser causa de agobio en ese nuestro actuar.
Y los agobios son malos compañeros, los agobios no nos dejan tener paz, los agobios pueden causarnos amarguras y tensiones en nuestro interior, los agobios pueden hacer que nuestra vida o nuestro actuar pudieran convertirse hasta en una pesadilla para los que nos rodean por la forma con que reaccionamos tantas veces. Por eso decimos son malos compañeros.
Sea cual sea el sentido que le demos a nuestra vida todos hemos de tener unas prioridades en la vida; las consideraremos más o menos acertadas, pero respetamos la decisión y el camino que cada uno quiera tomar. No es bueno caminar sin rumbo en la vida, iríamos como a lo loco, dando tumbos; lo contemplamos demasiadas veces en nuestro entorno, porque así la vida carecería de valores, aunque nosotros consideremos que otros son más importantes, pero hemos de respetar la decisión de cada uno sobre el rumbo de su vida. Cada uno ha de construir su propia madurez, aunque no quita para que nosotros ofrezcamos nuestros valores desde la fe que vivimos.
Es lo que nos ofrece hoy el evangelio, para nosotros y también como luz para nuestro mundo. Y es importante que alcancemos esa paz del espíritu desde la madurez con cada uno viva su propia situación y desde el rumbo que quiere darle a su vida. Hoy Jesús nos está señalando lo que es importante para nosotros y que muchas veces también nosotros que nos decimos cristianos olvidamos y caemos en esos agobios, como decíamos antes, que nos merman la paz de nuestro espíritu.
Hoy Jesús nos señala como no podemos andar divididos en nuestra vida por no saber descubrir lo que es verdaderamente prioritario. Por eso nos dice que  no podemos servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. Recordemos que en párrafos anteriores nos invitaba a buscar el verdadero tesoro y que lo guardáramos donde no nos lo pudieran robar; y cuando nos hablaba de tesoros precisamente no nos hablaba de joyas ni riquezas.
Por eso hoy nos pide que no andemos agobiados ni siquiera con esas cosas de las que también tenemos que sentirnos responsables en la vida o de las que necesitamos para vivir. Ni por la comida ni por el vestir, nos dice, sino que si sabemos actuar con responsabilidad en la vida, Dios es Padre providente que estará a nuestro lado en toda situación y no nos faltará su ayuda. ‘No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir’. Hemos de saber confiar en la Providencia de Dios, aunque eso no significa que abandonemos nuestras responsabilidades.
Finalmente nos dirá en sentencia con verdadera sabiduría: ‘Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura’. Dios, primero, como solemos decir en tantas ocasiones. Pero que no sean solo palabras, sino que sean las actitudes profundas de nuestro espíritu.
Y es que cuando Dios es primero estamos poniendo en su verdadero valor la persona y la vida. Porque decir que Dios es primero porque es el verdadero centro de nuestra vida, significa la importancia que le damos a la persona y a todo lo que atañe a su dignidad. Dios y su justicia, decimos. Dios y el bien de la persona, el bien de toda vida, el bien también de ese mundo en el que vivimos. Es nuestra responsabilidad, es la forma con que damos gloria a Dios, es en la forma con que vivimos la dignidad con que Dios ha dotado a toda persona. No caben, entonces, ni egoísmos ni injusticias, no cabe la insolidaridad ni la envidia, no cabe ni el mal ni nada que pueda dañar a nadie.
¿Será por ahí por dónde van nuestras prioridades? ¿Sabremos alcanzar esa paz de nuestro espíritu para vivir sin agobios ni angustias?

domingo, 14 de octubre de 2018

Jesús nos está ofreciendo que encontremos el verdadero sentido y sabor de la vida, no en las cosas sino en la capacidad de donación de nosotros mismos


Jesús nos está ofreciendo que encontremos el verdadero sentido y sabor de la vida, no en las cosas sino en la capacidad de donación de nosotros mismos

Sabiduría 7, 7-11; Sal. 89; Hebreos 4, 12-13; Marcos 10, 17-30

Podríamos comenzar diciendo que es de hombre sabio buscar y encontrar el verdadero valor y sentido de la vida. No son las cosas las que le dan ese sentido a la vida; las cosas son caducas y cuando las perdemos y no las tenemos ¿se habrá perdido entonces el sentido de la vida?
Buscamos quizá seguridades, la seguridad que me pueda dar el poder o la riqueza, pero eso es también efímero, porque hoy lo tenemos y mañana podemos no tenerlo, ¿se nos acaba entonces el valor de nuestra vida?  Por eso, me atrevía a comenzar diciendo que es una verdadera sabiduría encontrar ese valor y ese sentido.
Es estabilidad aunque no sea necesariamente una seguridad de apoyo, porque siempre buscamos y en esa búsqueda tenemos también que crecer y es lo que nos irá haciendo llegar cada vez más a la verdadera madurez. Está en nosotros, pero no lo es por nosotros mismos, pero es dentro de nosotros donde tenemos que buscar esos valores que nos den ese sentido, ese rumbo, por así decirlo, a nuestra vida. No son, pues, simplemente las cosas que hacemos o no es hacer cosas por hacer, sino que todo eso que hacemos o que vivimos parte de ese sentido y de ese valor que le damos a nuestra existencia.
Hoy el evangelio nos habla de un joven, al que quizá podríamos considerar un insatisfecho. Era bueno y era cumplidor, pero tenía una aspiración en su corazón porque en él había ansias de algo grande, aunque no sabía bien cómo. Le pregunta a Jesús qué es lo que tiene que hacer para alcanzar la vida eterna. No se andaba con chiquitas, y por eso cuando le manifiesta a Jesús lo que era su vida, Jesús se le queda mirando con cariño.
No era erróneo el camino que estaba haciendo, pero le faltaba encontrar unas metas más altas que le dieran esa profundidad a su vida. No podía quedarse simplemente contento con lo que hacía – por allí podían ir apareciendo unos atisbos de orgullos personales que lo hacían sentirse ya bueno porque era cumplidor desde chiquito de los mandamientos -, ni tampoco quedarse en las seguridades que le daba la vida por los bienes que poseía – que como luego veremos se convertirán en apegos del corazón -.
Y Jesús le pide que se despoje de sus seguridades, que no tenga el corazón apegado a las cosas que poseía, que para poder volar bien alto hay que liberarse de todas esas cosas que pesan y que por la gravedad siempre tirarán de nosotros hacia abajo, que la felicidad no está en las cosas que poseemos sino en el uso que hagamos de ellas en bien no ya de nosotros mismos sino en bien de los demás. Lo que Jesús le pide no es que viva en la miseria, sino que viva con un corazón de pobre porque el pobre lo que tiene lo reparte y lo comparte y se siente libre en lo más hondo de sí. Lo que Jesús le está ofreciendo es que encuentre el verdadero sentido y sabor de la vida, que no está en las cosas sino que está en la capacidad de donación de nosotros mismos.
Las palabras de Jesús suenan a radicalidad porque son el camino de esa sabiduría que nos hace encontrar el verdadero valor y sentido de nuestra vida. ‘Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo–, y luego sígueme’.
Aquel joven decía que tenía deseos de vida eterna, pero parecía que quería comprarla con las cosas terrenas y temporales. Quería seguir a Jesús pero llevando consigo sus riquezas, es decir, sin cambiar de vida. Un día Jesús había pedido a unos pescadores de Galilea que lo siguieran y ellos dejaron atrás sus pobres barcas, sus remendadas redes, aquellas pocas cosas que tenían y que les servían para ganarse su sustento. Pero cuando Jesús les invita lo dejan todo.
Por eso Jesús cuando los envíe a anunciar el Reino les dice que ni siquiera lleven una túnica de repuesto, que no se preocupen de llevar calderilla en el bolsillo por lo que pudieran necesitar, que no estuvieran preocupándose donde iban a vivir sino que allí donde los acogieran allí se quedaran, porque el Hijo del Hombre tampoco tenía donde reclinar su cabeza.
Y ahora este joven se lo piensa, se queda triste, hay muchas cosas que pesan mucho en su bolsillo y la gravedad de ese lastre le impedirán volar. No quería soltar sus apoyos y lo que él creía que eran sus seguridades. ‘¡Qué difícil, dirá Jesús, les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los cielos!’
Todo esto ha de traducirse en muchas cosas para nuestra vida. Porque no estamos aquí para juzgar y condenar a aquel joven del evangelio. Tenemos que ver todo esto plasmado en nuestras vidas. También hemos de encontrar esa verdadera sabiduría, también hemos de buscar esos verdaderos valores de nuestra existencia.
Tentados estamos a buscar seguridades, a buscar apegos, a cortar nuestros sueños de volar muy alto, a permitir que haya lastre en nuestra vida que nos arrastre hacia abajo, a estar contando cuantos instrumentos tenemos para realizar nuestra tarea, también podemos estar contabilizando lo que hacemos de bueno para ver cuántas ganancias tenemos. Fue de alguna manera la reacción de los discípulos que le plantean a Jesús que ellos un día lo habían dejado todo por seguirle. ¿Estarían buscando también seguridades y premios?
Ya Jesús por otra parte en el evangelio nos ha enseñado a confiar en la providencia de Dios que cuida de nosotros. Es el Padre bueno que alimenta a los pajarillos del campo o lo embellece haciendo florecer las hierbas del campo. Y la semilla no va a producir más fruto porque tengamos no sé cuantos medios electrónicos para sembrarla, sino que lo importante es por una parte ese anuncio y esa siembra que hemos de hacer en todo momento con la totalidad de nuestra vida, y la apertura de unos corazones que quieren sembrar en ella la Palabra de Dios.
¿Qué estamos haciendo? ¿Cuál es el desprendimiento que hay en nuestro corazón? Mucho tendría que hacernos pensar este evangelio.