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domingo, 27 de julio de 2025

Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

 


Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

Génesis 18, 20-32. Salmo 137. Colosenses 2, 12-14.  Lucas 11, 1-13

Cuando nos dirigimos a alguien porque tenemos que tratar algún asunto con esa persona, seguramente hacia ella según nosotros la veamos, o según el concepto que nosotros tengamos de esa persona. Me explico, aunque digamos que todos nos tratamos igual, sin embargo no es lo mismo si nos dirigimos a una persona que nosotros consideramos muy importante, sea por su situación social, la representatividad política o de autoridad que ejerza, no es lo mismo que si nos dirigimos al vecino de la casa de al lado, al amigo con el que siempre hemos convivido, o a un familiar; en unos y en otros tenemos en cuenta quizás también su forma de ser o de relacionarse con los demás; todo eso son condicionantes, y en el caso familiar no es lo mismo quizás a un hermano que a nuestro padre o nuestra madre. Seguro que con estos nos sentimos más a gusto por esa relación de amor que existe entre un padre y sus hijos.

Yo diría que es lo que nos quiere hoy decir Jesús cuando nos enseña a hablar con Dios nuestro Padre. Los discípulos que ven continuamente como Jesús siempre está encontrando momentos para su oración con el Padre, como El llama a Dios le piden que les enseñe a orar. Ellos habían visto cómo Juan el Bautista allá en el desierto – algunos de ellos también habían sido discípulos de Juan – enseñaba a sus discípulos a orar; los fariseos en su manera de entender a Dios y la religión también enseñaban a sus discípulos a orar; podríamos decir que de alguna manera estas maneras de orar que unos y otros enseñaban viene a ser como una señal de su identidad como creyentes.

Jesús anuncia del Reino de Dios, es el eje de su predicación, sus discípulos le siguen porque en ese Reino de Dios anunciado por Jesús se están despertando sus esperanzas y están encontrando un sentido para sus vidas. Ellos quieren, podíamos decir, tener también su oración, su manera de orar como distintivo; es la forma de orar que les enseña Jesús. Más que formulas a repetir Jesús enseña un sentido nuevo de oración.

Pero la primera palabra con la que Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios tiene su gran importancia, porque es lo que va a dar un sentido distinto a nuestra oración, a nuestro encuentro con Dios. Recordemos lo que decíamos antes.

No le da nombres a Dios, como un día Moisés había pedido en el Horeb. ¿Cuál es tu nombre? ¿Quién les voy a decir a los israelitas que me manda a ellos para liberarlos de la esclavitud de Egipto? Jesús nos dice algo mucho más tierno, no recuerda aquella palabra que muchas veces se queda casi en unas mínimas letras que musitamos como los niños llaman a su papá, ‘paaa’, ‘papaito’, porque simplemente es la ternura de un niño con su padre, pero es la ternura de un padre con su niño. Y así nos dice que nosotros le digamos a Dios, es la actitud con la que nosotros vamos a la oración.

En nuestro encuentro con Dios vayamos siempre con esa ternura del niño que se encuentra con su padre; y esa ternura da confianza, y esa ternura nos llena de amor y queremos manifestar ese amor de mil maneras, y esa ternura va a mover nuestro corazón, y esa ternura buscara siempre la manera de hacernos agradables para nuestro Dios, y en esa ternura nos sentimos seguros y fuertes frente a las cosas adversas con las que nos podemos encontrar, esa ternura nos hará buscar siempre  por encima de todo lo bueno, el bien, lo que es justo.

Que es realmente lo que Jesús nos enseña a decir en el Padrenuestro. Ese tiene que ser en verdad el sentido de nuestra oración. Una oración que aprenderemos a decir porque hemos aprendido a escuchar a Jesús y nos hemos impregnado del Espíritu de Jesús. Como nos ha dicho alguien  sólo el que vive en el Espíritu de Jesús, quiere decir Lucas, sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús. Y sólo sabrá rezarlo quien sepa escuchar primeramente la predicación de Jesús.

Será en verdad una oración que nos llena interiormente porque nos hace sentirnos llenos de Dios, una oración de la que saldremos siempre rebosantes de paz, una oración que siempre pone esperanza en el corazón, una oración que no nos deja adormecidos en la rutina, una oración que nos pone siempre en camino de vida, una oración en la que sintiendo como Pedro en el Tabor que bien se esta aquí sabemos que tenemos que salir, que bajar de la montana a la llanura para ponernos en camino, una oración con la que sintiendo a Dios en el centro de nuestro corazón nos hará comprender de verdad lo que es vivir ese Reino de Dios.

Y todo porque hemos comenzado sintiendo que a quien vamos a dirigirnos es a un Dios que nos ama y que es nuestro padre, al que podemos llamar papaíto.

jueves, 13 de marzo de 2025

Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados y sentirán siempre al Padre a su lado como estímulo y fortaleza para el crecimiento de su vida

 


Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados y sentirán siempre al Padre a su lado como estímulo y fortaleza para el crecimiento de su vida

Ester 4, 17k. l-z; Salmo 137; Mateo 7, 7-12

Afrontando la vida con realismo y sinceridad nos damos cuenta que en el mundo en que vivimos estamos llamados a interrelacionarnos los unos con los otros, porque mutuamente nos necesitamos empezando para comunicarnos pero también por la ayuda que nos podemos dar los unos a los otros en las mismas necesidades vitales con que nos encontramos.

Surge, pues, esa relación y esa intercomunicación, ese pedir ayuda en multitud de ocasiones y aceptar lo que los demás puedan ofrecernos. Orgullosos somos en ocasiones para no querer o no atrevernos a pedir a los demás eso que necesitamos, aunque haya otros que viven en una dependencia total de los demás porque tampoco son capaces de hacer nada por si mismos.

Hoy Jesús en el evangelio está enseñándonos esa relación de humildad pero también de confianza que nosotros hemos de tener con Dios. Es la confianza de los hijos que se sienten amados por sus padres y a ellos llegarán con toda confianza con lo que es su vida porque sabe que siempre serán escuchados y comprendidos y siempre van a encontrar el apoyo que necesitan para desarrollar su propia vida.

El padre en su amor hará siempre todo lo que pueda por su hijo porque lo ama, pero también dejará crecer al hijo, estará a su lado como apoyo que le sostiene en ese enfrentarse con los problemas de la vida; no es mejor padre el que se convierte es un insustituible en la vida del hijo haciéndolo todo por él, sino el que mejor estimula, acompaña y ayuda a crecer haciéndole sentir la fuerza que necesita para hacer también todo lo que es capaz.

Hoy nos dice ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’, y no es para que nos sintamos incapaces y que nos lo den todo hecho sino para que tengamos la confianza de que somos escuchado, que se nos dará lo que necesitemos, se nos responderá a nuestras súplicas o en aquellas angustias que podamos pasar en los momentos tormentosos de la vida, vamos a tener la seguridad de quien está a nuestro lado y será nuestra fortaleza. ‘Quien busca encuentro y al que llama se le abre’, nos dirá Jesús.

Algunas veces le hemos dado una literalidad a estas palabras de Jesús que vemos a Dios solo como el solucionador de problemas o ese paternalismo de quien nos da las cosas hechas sin que nosotros pongamos nada de nuestra parte. Así muchas veces vamos en nuestra oración a Dios, como al solucionador de problemas o la tómbola que nos regala las cosas en función de la suerte o la lotería que reparte premios, vamos al que nos va a sacar las castañas del fuego para que nosotros no nos quememos.

La presencia de Dios en nuestra vida es mucho más que todo eso. Es, sí, nuestro refugio y nuestra fortaleza, pero es también la luz que nos guía, la Palabra que nos pone en camino, la Sabiduría que ilumina nuestro espíritu en las decisiones que hemos de tomar, y el viático que nos acompaña para hacer que nos sintamos fuertes en nuestras luchas y en la consecución de nuestros mejores deseos. Otra tiene que ser la forma de nuestra oración.

Una imagen preciosa de una hermosa oración la tenemos en el ejemplo de la reina Esther. Era ella la que tenía que presentarse ante el rey para suplicar por su pueblo que se veía oprimido y humillado; acude ella en su oración a Dios antes de enfrentarse a aquella situación para sentir esa presencia y esa fortaleza del Señor para hacer lo que tenía que hacer. ‘Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos….’ Se siente sola y desamparada, incapaz de pronunciar palabra, pero pide la ayuda del Señor que ponga en sus labios la palabra oportuna. Y con esa confianza da el paso adelante para realizar su tarea.

Tenemos que quemarnos en la vida, tenemos que afrontar nuestras tareas y responsabilidades, tenemos que luchar contra el mal, tenemos que hacer el camino, pero lo hacemos con la confianza de que Dios está con nosotros, Dios inspirará lo que hemos de hacer o lo que hemos de decir, será nuestra fortaleza para superar nuestros decaimientos y para levantarnos de donde nos hundimos.

Es la confianza con que hacemos el camino, porque somos escuchados, encontraremos esa luz o esa fuerza, sentiremos ese regalo de la presencia del Señor en nuestro camino. Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados.


lunes, 7 de octubre de 2024

Nos gozamos con la presencia de María, el regalo de una madre que Dios ha querido darnos, y no nos cansamos de piropearla porque se merece todo nuestro amor de hijos

 


Nos gozamos con la presencia de María, el regalo de una madre que Dios ha querido darnos, y no nos cansamos de piropearla porque se merece todo nuestro amor de hijos

 

Zacarías 2, 14-17; Salmo Lc 1, 46b-55; Lucas 1, 26-38

Los enamorados se dicen una y otra vez palabras de amor y no se cansan nunca de repetirlas. Cuando algo nos gusta no nos cansamos de admirarlo y saborearlo, es más, cada vez le encontramos más sabor enriqueciendo la capacidad de nuestro propio paladar.

Hoy estamos celebrando una advocación de la Virgen que nos lleva a repetir una y otra vez piropos de amor para la que es nuestra madre, depositando en su corazón todo lo que es nuestra vida, con nuestros anhelos y preocupaciones, con nuestros deseos y con nuestras alegrías, desde nuestras penas y nuestros sufrimientos, porque sentimos que es la madre, y la madre no se cansa nunca del amor de sus hijos, y tampoco los deja abandonados en sus angustias y en sus penas.

Una advocación de la Virgen que se convierte en un bello ramillete de rosas de amor cuando le repetimos una y otra vez las palabras del ángel que la hacían sentirse la agraciada del Señor, reconociendo desde su humildad las maravillas que el Todopoderoso realizaba en ella y a través de ella derramando su misericordia de generación en generación para todos los hombres. Hoy la llamamos y la invocamos como la Virgen del Rosario, que al mismo tiempo se convierte para nosotros como una escala a través de la cual le hacemos llegar los efluvios de nuestro amor.

Ha sido una devoción bien enraizada en el pueblo cristiano , pero que no se queda en lo popular a pesar de tantas tradiciones populares que en torno a su imagen en esta bendita advocación del Rosario expresan la devoción y el amor que sentimos por Maria como abogada en todas nuestras necesidades, sino que tiene también un profundo sentido teológico porque al repetir una y otra vez con las cuentas del rosario las palabras del Avemaría al mismo tiempo vamos considerando y contemplando todo el misterio de Cristo que a través de María para nosotros se hace tan cercano y tan vivido.

María nos enseña a contemplar a Cristo para ser capaces de mirarlo a través de sus mismos ojos. Pensemos cómo María en tantos momentos, como saben hacerlo las madres, se pondría a rumiar en su corazón todo aquel misterio de Cristo que junto a ella se había ido desarrollando. En un momento el evangelio nos dice que María, todo aquello que contemplaba, lo guardaba en su corazón. ¿Y para qué guardan en su corazón las madres los acontecimientos de la vida de sus hijos? Hace suyos la madre esos acontecimientos de la vida de sus hijos, se duele con sus sufrimientos y se goza con sus alegrías, se ve en ellos reflejada por las buenas semillas que fue plantando en sus corazones que ahora se manifiestan en lo que van realizando en su vida y tendrán siempre la palabra oportuna para alentar y para animar en el camino que se les pueda hacer difícil. Cómo conforta la presencia de la madre, aunque sea en silencio, en esos momentos de lucha y de superación.

Nadie como una madre los conoce tanto, nadie puede hablarnos de alguien mejor que lo que pueda hacerlo una madre. Así María quiere hacer con nosotros, ser para nosotros esa presencia de Madre que nos alienta y nos anima así como maestra que nos enseña y transmite todo el misterio de Jesús que nadie como ella vivió con tanta intensidad cuando la invocamos con el rezo del santo Rosario. Es una meditación y una contemplación, al tiempo que es un plasmar en nuestro corazón a través de los ojos de María todo ese misterio de Cristo.

Nunca una madre quiere sustituir la acción que el hijo tiene que realizar, pero sí será siempre un estimulo para que realicemos nuestro camino. Tampoco quiere María sustituir la acción de Jesús – por lo que tenemos que cuidar muy bien lo que tiene que ser nuestra devoción a María – sino que siempre está el impulso que continuamente nos recuerde que es a Jesús a quien tenemos que escuchar y al que tenemos que obedecer con nuestra obediencia de fe y de amor para realizar cuánto El nos diga.

Nos gozamos, pues, con la presencia de María que siempre nos llevará hasta Jesús. Damos gracias a Dios por ese regalo de una madre que ha querido darnos en María y no tememos de cansarnos de piropear a María como los buenos hijos saben hacerlo siempre con una madre. ¿Cómo no lo vamos a hacer con María?

sábado, 8 de junio de 2024

Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

 


Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

2 Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Lucas 2, 41-51

A todos nos hace aflorar una inmensa ternura y los más emocionados sentimientos el contemplar como un niño se acurruca junto al corazón de su madre y pronto se siente calmado en sus llantos y en sus lagrimas, porque allí encuentra el deseado calor del cariño de la madre que le hace sentirse seguro frente a cualquiera de los peligros que pudieran aparecer. Lo hemos contemplado muchas veces; y es más tenemos que decir que también nosotros, aunque mayores, iríamos a refugiarnos en el regazo de la madre cuando nos sentimos atormentados por los problemas de la vida, por las soledades que tanto nos hieren, por tantas angustias que nos va deparando con demasiada frecuencia la vida.

¿No es hermoso que hoy podamos celebrar precisamente la memoria y la fiesta litúrgica del Sagrado corazón de María? ¿Qué mejor imagen podemos encontrar para expresar lo que María es y sigue siendo para la Iglesia y para los cristianos de todos los tiempos?

Del corazón agonizante de Cristo salió aquella entrega que en ese momento cumbre quiso hacernos cuando nos confió a la madre y cuando confió a su madre para que fuera la madre de todos los que creyéramos en El. ‘He ahí a tu hijo’, le dice Jesús señalando al discípulo amado en quien todos estábamos representados. ‘He ahí a tu madre’, le confía a Juan en aquel momento y Juan se la llevó a su casa.

Hoy contemplamos su corazón, hoy contemplamos nuestro mejor refugio, hoy queremos ser como el niño que se refugia en los brazos de su madre que lo acuna junto a su corazón, hoy nosotros ponemos nuestro oído junto a su pecho para sentir sus latidos y para aprender a latir con ese mismo ritmo que solo las madres saben tener.

María, la que nos dice el evangelio que guardaba todo en su corazón. Nos lo repite el evangelista cuando nos habla de los acontecimientos de la infancia de Jesús. Vienen los pastores de forma inesperada tras el anuncio del ángel a aquel humilde portal donde había nacido el Hijo de Dios, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Vienen los magos de Oriente a ofrecer sus dones entre la admiración de los transeúntes ante tal inesperada caravana en los caminos de Belén, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Será aquello que parecía travesura del niño quedándose en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, y cuando lo encuentran en medio de los doctores y maestros de la ley y ante las respuestas de Jesús que había de ocuparse de las cosas del Padre, María mira y contempla, María guarda cuanto ha sucedido en su corazón.

Es lo que hacen las madres que desde que llevan al hijo en sus entrañas están guardando los latidos y los movimientos del niño en su propio seno y lo van guardando en su corazón; como serán los primeros pasos, los primeros balbuceos, los primeros intentos de crecer y de ser mayor, que la madre lo irá recordando todo porque lo va guardando en su corazón. Cuántas veces escuchamos a las madres como nos van contando la historia de sus hijos desde los primeros instantes que lo llevan en sus entrañas, porque todo lo van guardando en su corazón, como sucederá a lo largo de la vida en largos silencios muchas veces, porque contemplan y dejan hacer, porque contemplan y quizás sufren en su corazón, porque viven sus alegrías y las mantendrán siempre vivas en lo hondo del corazón.

Es lo que hoy estamos celebrando de María, la que guardó todo lo referente a la vida de Jesús en su corazón - ¿Quién pudo contar al evangelista los momentos de la infancia de Jesús si no fue su propia madre? – pero ella también nos ha puesto, desde el momento en que Jesús en el Calvario le confió la misión de ser madre de todos los creyentes, en lo más hondo de su corazón. Miramos hoy el corazón de María y miramos el corazón de madre. Junto a su corazón también queremos acurrucarnos, de su corazón queremos aprender los latidos del amor para hacerlos ritmos de nuestra vida. En ello nos gozamos, con ella aprendemos lo que es el amor, a la manera de ella queremos también poner en nuestro corazón a cuantos amamos.

sábado, 30 de marzo de 2024

En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

 


En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… así sencilla y escuetamente nos dice el evangelista. ¿Había habido un encuentro en la calle de la amargura camino del Calvario? La devoción popular y la tradición nos hablan de ello, viéndolo con toda normalidad; hecho que además en la tradición daría nombre a aquella calle, pues tal imaginamos era la amargura de la madre en el encuentro con el hijo condenado que llevan a crucificar.

Nosotros también en el amor de los hijos queremos ponernos en estos momentos al lado de la madre. La madre del crucificado con todo lo que eso significa, pero que es la madre que hoy se nos ha regalado. Detalles de Jesús, con su madre, con nosotros. Allí estaba el discípulo amado y es a él a quien le dice ‘he ahí a tu madre’; pero es que también se ha dirigido a María la que en aquel momento estaba perdiendo un hijo que se lo arrebataba la muerte, ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Y nos dice el evangelista - ¿fue el mismo el que recibió el encargo? – que ‘desde aquella hora la recibió en su casa’.

Sí, queremos estar al lado de María, al lado de la madre, al lado de nuestra madre, pero vamos a hacerlo en silencio porque no es de otra manera como se pueden acompañar estos momentos. Sobran las palabras, habla el silencio. Muchos nombres, como calificativos, le damos en este día a María, dadas las circunstancias que vive. El más común Madre dolorosa, Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores. El dolor y el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo. Algo que no vamos a describir porque es indescriptible. Pero una realidad dura que parte el corazón.

Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma y hasta siete espadas en nuestro amor y devoción vemos que atraviesan el corazón de la madre. Así la representamos, no faltará nunca el signo de esa espada en cualquier imagen de la Virgen de los Dolores. Casi más no podemos decir, no es necesario decir, porque sobran explicaciones. ¿Pregúntenselo a una madre que ve sufrir a un hijo enfermo con una enfermedad incurable? ¿A una madre que pierde un hijo en un accidente, en una guerra? ¿Pregúntenselo a una madre que no tiene pan para darle a su hijo que le dice que tiene hambre?

La llamamos también Virgen de las Angustias, quizás porque en ella al pie de la cruz de su hijo o caminando junto al cuerpo difunto de su hijo llegan hasta su tumba. Es un dolor insuperable que nos hace perder el alma, es una oscuridad grande que nos lleva a perder el rumbo de la vida, es un sin sentido que nos enloquece y nos hace perder todo equilibrio. ¿Sería así la angustia de María? Dolor había en su alma y podrá preguntarnos con las lamentaciones del profeta si es que hay un dolor semejante a su dolor, pero María era la mujer confiada de Dios, en El había puesto toda su fe y toda su confianza, y aunque había tenido momentos de incertidumbre en su vida – ‘¿Cómo será eso que no conozco varón?’ se había preguntado ante el ángel – era la mujer que se fiaba y decía sí. ¿No había dicho ella que era la esclava del Señor dispuesta a todo, a que se cumpliera la Palabra del Señor que le llegaba por boca del ángel?

También la invocamos como la virgen de la Soledad. Justo que la veamos y la invoquemos así cuando ha perdido todo lo que humanamente podía ser su apoyo, había perdido a su hijo. En esa soledad queremos nosotros acompañarla en estos momentos posteriores a la muerte de Jesús. Pero ya nos dice el evangelio junto a María estaba también María Magdalena y aquellas otras mujeres que habían venido con El desde Galilea. Aunque los discípulos de su hijo se habían dispersado y habían huido allí quedaba el discípulo amado que iba a recibir aquel hermoso encargo. Desde aquella hora la había recibido en su casa, como ya hemos comentado.

Soledad la llamamos e invocamos porque queremos expresar así lo que se puede sentir, lo que puede pasar por el corazón de una madre en estas circunstancias. No queremos esa soledad de María, porque además queremos que sea ella la que nos acompañe en nuestras soledades, en nuestras angustias, en nuestros dolores. Necesitamos esa madre que sabe estar a nuestro lado y nosotros queremos saber estar también a su lado. Por algo la llamamos también la Virgen de la Esperanza. Por mucho que fuera el dolor no faltó en ella la esperanza, porque era la primera que había plantado la Palabra de su Hijo en su corazón y entendía que la vida y el amor no se acaban, porque con Jesús la tenemos para siempre, con Jesús nos sentiremos siempre desbordados por el amor.

Y con ella hemos caminado esos pasos de la tarde del Viernes Santo, como la queremos acompañar en este Sábado que parece oscuro y silencioso pero que es preámbulo de un amanecer luminoso con resplandores de resurrección. En silencio nos quedamos junto a María, quizás muchas palabras han circulado ya por nuestra mente cuando la contemplamos, pero nada más vamos a decir. Que ese silencio nos hable, que ese silencio nos haga sentir una presencia que llena el corazón. Con María superaremos dolores y angustias, soledades y desesperanzas, porque con María sabemos llenarnos de luz y de vida, renace la esperanza en nuestro corazón.


viernes, 15 de septiembre de 2023

María es el regalo que Jesús nos ha dado desde la cruz y es la señal de una senda nueva que hemos de asumir con responsabilidad



María es el regalo que Jesús nos ha dado desde la cruz y es la señal de una senda nueva que hemos de asumir con responsabilidad

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal. 15; Juan 19,25-27

Una responsabilidad que es un regalo. No sé cómo expresarlo mejor, un regalo que se convierte en toda una responsabilidad. Cuando recibimos un regalo nos sentimos obligados hacia quien nos hizo el regalo; es lo que queremos expresar cuando decimos gracias, cuando mostramos nuestra gratitud. Es curioso como en el lenguaje portugués para manifestar su gratitud hacia aquel de quien se ha recibido algo, se emplea la expresión, obrigado, se sienten obligados.

Si ese regalo es un don (ya lo expresa la palabra regalo) que se nos confía, al recibirlo estamos aceptando una responsabilidad, de la que de alguna manera estamos llamados a dar cuenta. No podemos aceptar ese don que en cierto modo es una misión que se nos confía de manera irresponsable, lo asumimos, por así decirlo, todas sus consecuencias.

Hoy queremos hablar de un regalo, y muy preciado. Es el que Jesús le hizo a la Iglesia que estaba naciendo de su costado con su muerte en la cruz. De su costado, con la lanza del soldado que lo atravesó para confirmar la muerte del reo, brotó sangre y agua. Entendemos que fueron los últimos borbotones de sangre de un corazón que acababa de apagarse y pensamos también en esos últimos humores que brotaron de sus pulmones, al verse rasgados por la lanza del soldado. Pero son todo un signo de la entrega hasta el final de Jesus dando hasta lo último de su ser; era la vida nueva que brotaba de aquella muerte, era el renacer de nuevo en la resurrección y que se hace realidad en nosotros por el agua y el Espíritu como un día anunciara a Nicodemo, era la expresión suprema del amor más grande de quien nos amaba como nadie hasta entonces nos había amado, pero parece que aún le quedaba algo a Jesús que quería también regalarnos, su madre.

Al pie de la cruz estaba el discípulo amado, junto con su madre y la hermana de su madre y María Magdalena. Allí está la madre sola que perdía a su Hijo en momento supremo de amor, pero allí estaba quien de alguna manera nos representaba, beneficiario el primero de los efectos salvadores de aquella muerte, por algo lo llamamos el discípulo amado y como signo de todos los que también habían de beneficiarse de aquella muerte redentora. Y es a él a quien confía el cuidado de la madre que ya desde ahora va a ser también su madre. 'Ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre', les dice a ambos. 'Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa', la tuvo siempre consigo. La tradición incluso nos hablará de una casa de María allá junto a Efeso porque allí se sitúan también los últimos días de la vida de Juan, el evangelista, expresándose así la responsabilidad de quien desde aquel momento supremo de la cruz la tuvo siempre consigo en su casa.

Cuando este día conmemoramos y celebramos los Dolores de María al pie de la cruz de Jesús y hemos contemplado este regalo que Jesús nos hace, sentimos la alegría en el corazón y la responsabilidad de tenerla como madre. Nos sentimos obligados a recibirla en nuestra casa, en nuestro corazón. Es cierto que la presencia de María como madre siempre se ha hecho sentir en el seno de la Iglesia y de ahí tantos nombres como piropos con que queremos invocarla en cualquiera de los rincones de todo el orbe católico.

Será la madre cuya presencia podemos sentir en cada momento o circunstancia de la vida, en nuestros dolores y en nuestras alegrías, cuando caminamos agobiados por nuestras preocupaciones y problemas a ella siempre acudimos porque sabemos como madre estará a nuestro lado haciendo lo que hacen todas las madres, hacernos sentir la paz y la seguridad en el corazón, animando y fortaleciendo nuestro espíritu porque solo es suficiente la mano de una madre que se posa sobre nuestros hombros para sentir todo ese vigor interior que estamos necesitando para enfrentarnos a esos problemas de la vida.

A ella la invocamos, con ella caminamos, a ella queremos sentirla siempre en lo más hondo del corazón como los hijos saben llevar siempre a la madre; ella será faro de luz en nuestras oscuridades, rayo de esperanza en nuestras flaquezas, ojos que nos alientan posando su mirada en lo hondo de nuestros corazones, mano que nos lleva de camino para que siempre vayamos al encuentro de los hermanos, voz que nos susurra continuamente cómo tenemos que escuchar a su Hijo y hacer lo que Él nos diga.

No nos desprendamos de María, convirtamosla en reina de nuestros corazones, disfrutemos del gozo de su presencia, y preparemos para ella el mejor altar y el mejor nido de amor para que ella siempre derrame sobre nosotros las gracias del Señor. Es el regalo que Jesús nos ha dado desde la Cruz, es la señal de una senda nueva que tenemos que asumir con responsabilidad.


sábado, 8 de abril de 2023

María un día dijo sí y se había puesto en camino, ahora en silencio baja del Gólgota y en el silencio de la espera de la resurrección estará siempre en camino al lado de sus hijos

 


María un día dijo sí y se había puesto en camino, ahora en silencio baja del Gólgota y en el silencio de la espera de la resurrección estará siempre en camino al lado de sus hijos

El Gólgota se había quedado en silencio. Poco a poco habían ido abandonando el lugar aquellos que tanto habían luchado por quitarlo de en medio, su obra estaba consumada, o así lo pensaban; los curiosos desaparecieron como por encanto porque se había acabado el espectáculo; los soldado encargados de ejecutar la sentencia cumplían sus últimos requisitos, pero un pequeño grupo se arremolinaba a los pies de la cruz, y pronto descenderían en cortejo buscando la tumba nueva que el bueno de José de Aritmatea había facilitado; él se había encargado de pedir el cuerpo de Jesús y con aromas que Nicodemo también había facilitado cubrieron los ritos fundamentales para el enterramiento.

La piedra había sido rodada, Juan que había recibido a Maria como madre la llevó consigo buscando un lugar de descanso, ¿acaso el cenáculo donde se habían refugiado el resto de los discípulos? Había también probabilidades de que fueran unos parientes más o menos cercanos de María, dada su disponibilidad para facilitar el lugar. Reinaba el silencio en el ambiente como no podía ser de otra manera.

Momentos en que nos quedamos en blanco; momentos en que se agolpan los recuerdos; momentos en que no sabemos ni qué pensar, ni qué decir. El dolor de una madre era grande. Un día le habían anunciado que una espada traspasaría su alma, pero no se podía pensar que fuera un dolor tan intenso. Pero María había estado allí; a su encuentro había salido cuando llegaron las noticias de cuanto sucedía en aquella calle que se quedaría para siempre con el nombre de la amargura. Pero el verbo que se utiliza para hablarnos de la presencia de María nos habla de firmeza, de entereza; no era la presencia de quien se desmorona, aunque la imaginería abunde en gestos desgarradores, sino la presencia de quien sabe qué hace allí, por qué está allí.

Un día María había dicho sí y se había puesto en camino. Su disponibilidad había sido total, porque se consideraba tan pequeña como una esclava que tiene que hacer lo que le manden, pero ella con toda la disponibilidad de un corazón que saber amar había comenzado a subir los peldaños. Camino errante en búsqueda de donde servir, caminos de vacío y de pobreza como para no tener ni siquiera una posada que la acogiera en los momentos que iba a traer al mundo una vida, soledades de noches frías a la intemperie porque poco calor podían dar las paredes de un establo, caminos de huida que se convertían en destierro, caminos y caminos llenos de soledades, de vacíos y de silencios cuando te quitan de tu lado lo que más amabas como los que ahora desgarraban su corazón. Pero ella había dicho y se había puesto en camino.

Por eso aquel cántico que un día había iniciado allá en la montaña en casa de su prima Isabel ella lo seguía cantando. Como lo saben hacer solo los que tienen envueltas sus vidas por la fe. Ella seguía proclamando las grandezas del Señor, ella seguía dando gracias porque el Señor la había escogido y en ella seguía realizando maravillas. A quien le falta la fe difícil es que pueda cantar ese cántico de alabanza y acción de gracias cuando constata sus soledades, su pobreza, eso que parece un silencio de Dios. Pero María podía hacerlo. Ella se siente en verdad envuelta por la misericordia del Señor. Nada teme, porque sabe que el Señor está con ella.

Está viendo María el cumplimiento de las bienaventuranzas que un día Jesús había proclamado. Podría parecer que los poderosos de este mundo tienen la ultima palabra, pero ella sabe que la muerte no ha derrotado a la vida. ‘Dispersa, sí, a los soberbios de corazón’. ¿Dónde están ahora los que tanto han vociferado en este día ante el pretorio y aquí mismo en el calvario? Son los que ahora callan, porque aun siguen temiendo; le irán a pedir al Procurador que ponga guardias a la entrada del sepulcro, porque aunque no quieren creer sin embargo temen que en verdad Jesús resucitará como lo había prometido. María sigue con esa esperanza en el corazón, ella confía en la Palabra de su Hijo como un día se había confiado totalmente a Dios sin saber incluso como se resolverían los misterios de Dios.

El silencio de María no es angustia por la muerte de su Hijo porque sabe muy bien que resucitará. Es el silencio de la espera, pero es el silencio de quien aun no termina de comprender esa nueva dignidad que le ha confiado su Hijo. Quizá su silencio sea contemplar esa humanidad que son sus nuevos hijos en los que también descubre tantos sufrimientos, en los que descubre tantas soledades, en los que descubre tantos vacíos porque andan desorientados como ovejas sin pastor, a los que sabe que tiene que amar y por eso está haciendo suyos esos sufrimientos, esas soledades, esos silencios, esos vacíos de los que ahora son sus hijos. Y una madre cuando siente como propio el dolor de sus hijos algunas veces lo que hace es guardar silencio, acompañar en silencio, mirar en silencio.

Se siente María acompañada por Juan que ya la tomó como su madre y la ha llevado consigo, pero ahora María es la que como madre quiere acompañar a Juan, quiere acompañar a esa Iglesia naciente, por eso ya desde el principio la veremos en el cenáculo cuando esperan el cumplimiento de la promesa de Jesús, la venida del Espíritu. Es María la que nos va a acompañar a la Iglesia en el camino de la historia, que muchas veces se hará difícil, pero que va a sentir siempre esa presencia maternal de María.

Es el silencio de María mientras se aleja de la tumba de Jesús, es el silencio de María en aquel sábado de espera de la resurrección, es el silencio de María que es el silencio de los humildes, de los pequeños y de los sencillos, pero que ella sabe que en ellos Dios hará cosas grandes como lo ha hecho en ella y con ella. Es el silencio con que vamos a estar con María en este sábado en la espera de la resurrección del Señor porque sabemos que con nosotros estará ya para siempre María.

jueves, 2 de marzo de 2023

Pedir, buscar, llamar… para sentirnos envueltos y empapados del gozo del Señor y con una nueva paz en el corazón que nos abre a nuevos caminos de amor

 


Pedir, buscar, llamar… para sentirnos envueltos y empapados del gozo del Señor y con una nueva paz en el corazón que nos abre a nuevos caminos de amor

Ester 4, 17k. l-z; Sal 137; Mateo 7, 7-12

Pedir, buscar, llamar, tres palabras que nos ofrece Jesús hoy en el evangelio. Pero, ¿qué pedimos? ¿Qué buscamos? ¿A dónde llamamos? De entrada entendemos lo que Jesús quiere decirnos. Pero quedémonos un poco en esas tres palabras, tres actitudes, tres maneras de ir por la vida, podríamos decir, y que de alguna manera nos van a decir donde tenemos nuestros intereses, qué sentido le damos a la vida, cuáles con las cosas importantes por las que estaríamos dispuestos a todo.

Algunas veces pudiera parecer que eso de pedir no está bien visto. ¿Tenemos necesidades y nos comemos el hambre por no ser humildes para reconocer nuestra carencia y acudir donde se nos pueda remediar? Algunas veces, en algunas cosas, parece que es así; el orgullo nos engarrota y no buscaremos salida a nuestras necesidades o a nuestros problemas. El orgullo, la vanidad, el querer mantener nuestra imagen, la autosuficiencia de que solo me valgo, pero también solo me hundo sin tener entonces de donde agarrarme para salir a flote. No está definiendo un poco, están saliendo a flote algunas actitudes o comportamientos nuestros. Por eso decíamos que nos pueden definir.

Pero cuando toca pedir, ¿por donde van nuestras peticiones? Y no es solamente en el sentido espiritual que también hoy a la luz del evangelio tenemos que darle a estas palabras. Lo que pedimos son nuestros deseos, nuestros anhelos, aquello a lo que aspiramos o a donde queremos llegar, aquello por lo que nos afanamos. ¿No estaremos muchas veces demasiados afanados por lo material, por el tener, por la posesión de las cosas, tener para poder tener comodidades o una vida fácil? No es ya lo que le vamos pidiendo a los demás desde nuestras carencias, sino lo que realmente le pedimos a la vida, eso que ansiamos ser pero que muchas veces se puede quedar en el tener. ¿Dónde están nuestros intereses?

Claro que utilizando estas palabras en el aspecto de la oración, que es una parte fundamental de lo que hoy nos quiere decir, de lo que nos quiere ofrecer la Iglesia como pasos necesarios en este camino cuaresmal que estamos haciendo, igual tenemos que preguntarnos cuáles son nuestros intereses ante Dios. Hemos escuchado y reflexionado en días anteriores de cual es el estilo de oración y de relación con Dios que Jesús nos enseña, cuando nos propone el padrenuestro. En todo lo que es ese modelo de oración, vamos a llamarlo así, que Jesús nos ofrece, solo en uno de los puntos se nos dice que pidamos el pan de cada día.

Nuestra oración, veíamos, que es fundamentalmente gozarnos de la presencia de Dios con su amor en nosotros, en nuestra vida, y cuando llega el momento de pedir algo en ese encuentro con Dios, pediremos, sí, el pan de cada día, pero estaremos pidiendo la paz para nuestro corazón cuando somos capaces de perdonar al tiempo que somos perdonados, estaremos pidiendo que sepamos glorificar a Dios porque estemos atentos a su voluntad, pediremos que sintamos su presencia para que con su fuerza venzamos el mal, no nos dejemos dominar ni vencer por la tentación del maligno.

Nos sabemos muy bien el padrenuestro y lo repetimos quizás muchas veces cada día, pero en aquello que es nuestra oración, esa que nos sale del corazón ¿iremos desde esa línea que nos traza Jesús?

Hoy nos dice que pidamos que recibiremos, que busquemos que vamos a encontrar, que llamemos porque vamos a encontrar respuesta. ¿Qué es lo fundamental que le vamos a pedir al Señor?  ¿Qué buscamos y para qué queremos que nos escuche? ¿Estaremos en verdad en la órbita de gozarnos en el Señor, en su presencia, y así sentirnos inundados de su amor para amar con un amor igual? Cuando terminamos nuestra oración, ¿realmente nuestro espíritu se encuentra renovado, nos sentimos inundados por su paz?

martes, 28 de febrero de 2023

No es un modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos ofrece, es un nuevo estilo de relación con Dios donde los hijos se sienten a gusto y con confianza con su Padre del cielo

 


No es un modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos ofrece, es un nuevo estilo de relación con Dios donde los hijos se sienten a gusto y con confianza con su Padre del cielo

Isaías 55, 10-11; Sal 33;  Mateo 6, 7-15

Habla con confianza que somos amigos, le decimos al amigo – valga la redundancia – que tenemos a nosotros y que sabemos que tiene que contarnos algo y se encuentra como medio retraído para vaciar lo que lleva dentro; no nos sorprendemos por lo que nos va a decir, porque bien nos conocemos a nosotros mismos y en nuestra escucha somos comprensivos para cuanto le haya sucedido o ahora tenga que contarnos.

Habla, con confianza, soy tu padre, tu eres mi hijo y sabes que te entiendo y estoy a tu lado, es la conversación, aunque no sea siempre con palabras, pero con lo que se expresa esa cercanía para abrirse a la confianza y para expresar cuanto un hijo lleva dentro, le interroga o tiene necesidad.

Lo intentamos hacer, ya sea con el amigo o el padre con el hijo, pero creo que todos somos conscientes de que hay en nuestro mundo mucha gente con esos deseos de hablar, de expresar cuanto lleva dentro, de desahogarse y que no siempre encuentran ese padre, ese amigo, esa persona que les escucha, les comprende, se detiene a su lado, porque muchas veces lo que mas se necesita es que alguien se detenga a tu lado, sin prisas ni agobios, en silencio quizá, con apertura del corazón siempre. Quizás cuantas confidencias así habremos escuchado cuando lo hemos sabido hacer con los demás, o nosotros mismos cuanto habremos expresado cuando encontramos esa persona de confianza.

¿Qué nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio? Así a primera vista, decimos que nos habla de la oración y que nos enseña el padrenuestro; ¿pero no será algo más sencillo a la vez que más profundo lo que Jesús nos está queriendo manifestar? ¿No estará yendo Jesús en lo que hoy nos dice y nos ofrece algo en el sentido de lo que hemos venido reflexionando?

¿Qué es Dios para nosotros? El que está ahí a nuestro lado y a la escucha, el que nos ofrece la mayor de las confianzas porque es en el que hemos de confiar por encima de todo y de todos, y el que nos está abriendo su corazón para que vayamos y nos sentemos con El y nos sintamos a gusto con El. Como el amigo que se sienta al lado del amigo que le escucha y se siente a gusto; con el hijo que se sienta a hablar con su padre y quizá comienzan hablando de cosas que parecen superficialidades, pero que terminan metiéndose uno y otro en el corazón del otro.

¿Qué nos está diciendo Jesús? que nos sintamos a gusto con Dios, que en Dios podemos descargar nuestro corazón y que con Dios podemos siempre contar que esté a nuestro lado, aunque algunas veces nos parezca no verlo, porque camina a nuestro lado y de su presencia podemos en todo momento disfrutar y que no es necesario solo estar con El cuando necesitemos cosas, porque El sabe bien lo que nos hace falta y a nuestro frió siempre el nos ofrecerá su manta, porque nos ofrece todo su amor.

Fijémonos que desgranar esos puntos, vamos a llamarlos así, que nos ofrece Jesús en el estilo de oración que nos presenta, es ir desgranando nuestra vida, es ir poniéndonos ante Dios tal como somos, con nuestros deseos de amor, pero también con nuestras debilidades y necesidades de cada día, con nuestras luchas por superarnos en cada momento pero también con los tropiezos que muchas veces tenemos y que quizá ni al amigo de más confianza somos capaces de contar, pero con Dios lo hacemos porque sabemos que siempre nos vamos a sentir perdonados, porque el corazón de Dios siempre rebosa misericordia.

No es un simple modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos está presentando hoy, es un estilo nuevo de relación con Dios que nace de la confianza de sentirnos amados, porque Dios será para siempre nuestro Padre que nos ama.

sábado, 3 de septiembre de 2022

El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

 


El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144;  Lucas 6, 1-5

La convivencia entre las personas nos exige tener en cuenta una serie de principios y valores que nos hagan respetarnos mutuamente salvaguardando siempre la libertad y la dignidad de todo ser humano. Por eso al vivir en sociedad nos damos unas normas, unas reglas, unas leyes que lo que tienen que buscar siempre es el bien de la persona; estará siempre en función de la persona, de sus valores, de su libertad, de su felicidad.

Aunque le damos esa fuerza de ley desde el común acuerdo que logramos entre todos, nunca han de servir para destrozar la dignidad de nadie, siempre tienen que buscar el bien de todos pero también de cada uno en particular para lograr esa armonía y es paz que haga que todos nos sintamos felices; malo es cuando las convertimos en imposición y nos podemos valer de ellas para el dominio de unos sobre otros. Es difícil lograr esa armonía, pero siempre tenemos que salvaguardar esa dignidad de toda persona.

Sin embargo, sabemos muy bien que somos muy dados a manipular, porque surgen dentro de nosotros actitudes y posturas egoístas que pretenden convertirse en dominio sobre los demás. Podemos convertir esas normas que han de ser cauces para nuestra convivencia en libertad en imposiciones y en manipulación incluso de las personas. Queremos mantener un control tan férreo de esas normas que se puedan convertir en un sin sentido que hay que cumplir porque sí, lo cual nos convertiría en esclavos de esas normas pensadas para salvaguardar la libertad y dignidad de cada persona.

El pueblo de Israel que vivía un profundo sentido religioso de la vida le daba a esas normas de convivencia un sentido como sagrado y religioso con lo que todo se convertía en ley de Dios. Lo cual hacía esas leyes, por así decirlo, intangibles; nada se podía modificar ni adaptar al momento o circunstancia que vivieran las personas o el mismo pueblo, porque eran la ley de Dios.

Normas de purificación o sobre el descanso que en fin de cuentas lo que pretendían era mantener la higiene y salud de quienes vivían en el desierto como trashumantes y en medio de sus ganados cuidando al mismo tiempo que no vivieran como esclavos del trabajo, se convertían en leyes tan sagradas que venían, poco menos que a definir la identidad del pueblo de Israel. Eran los preceptos del descanso sabático o de los animales que consideraban puros o impuros y podían o no podían comer. Recordemos, por otra parte, la tan controvertida o incomprensible ley hoy que les impedía comer la carne del cerdo.

Hoy le están planteando a Jesús el tema del descanso sabático tan sagrado para ellos, porque los discípulos al caminar entre los campos de cereales cogían algunas espigas para llevarse algunos granos a la boca. Ya se consideraba como un trabajo que no se podía hacer y es lo que vienen a echarle en cara a Jesús y sus discípulos.

Y Jesús les recuerda que los tiempos de las luchas de David contra Saúl llegaron a un lugar sagrado donde no había nada que comer, mientras aquellos hombres guerreros venían extenuados y hambrientos. Solo tenía el sacerdote los panes de las ofrendas que solo podían comer los sacerdotes, pero que al final fueron ofrecidos a aquellos hombres para que saciaran su hambre. ¿No era más importante en aquel momento saciar a aquellos hombres hambrientos que mantener la norma de que solo los sacerdotes podían comer aquellos panes?

Y Jesús termina diciéndoles que ‘el Hijo del hombre es señor del sábado’. ¿Qué es lo que quiere Jesús de nosotros? ¿Qué significa ese Reino de Dios que anuncia y que con su presencia viene a inaugurar? El único Señor es Dios – es el Reino de Dios – pero cuando Dios es el único Señor de nuestra vida, de nada podemos estar esclavizados, porque ese Dios nos ha dado la dignidad de hijos.

No somos siervos, Jesús nos dirá en otro momento que nos llama amigos, pero es como decirnos que nos llama hermanos, porque los amigos y los hermanos son los que se aman. Ahí descubrimos nuestra grandeza, ahí tenemos que descubrir nuestra manera de actuar, ahí reconocemos nuestra gran dignidad. Nada, pues, nos debe esclavizar.

sábado, 25 de junio de 2022

El camino de María junto al camino de Jesús, un corazón en silencio que todo lo guardaba, es el camino de la madre junto al camino de los hijos que nos habla con su presencia

 


El camino de María junto al camino de Jesús, un corazón en silencio que todo lo guardaba, es el camino de la madre junto al camino de los hijos que nos habla con su presencia

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Sal 73; Lucas 2, 41-51

Hoy vamos a hablar del corazón de una madre, del corazón de las madres. Pero ¿qué podemos decir nosotros sino simplemente lo que intuimos? Tendríamos que dejar que fuera una madre la que nos hablara, de su corazón, de lo que guarda en él, de sus suspiros y de sus pensamientos, de sus sueños, pero también de sus amores, y de sus dolores, de tantas y tantas cosas que en silencio va metiendo en él, va guardando en su corazón.

Uno se pone a pensar en su propia madre y se admira de cuantas cosas ha de tener guardadas en su corazón maternal; porque vamos recorriendo nuestro propio camino, y descubriremos que siempre estaba ella allí, con su silencio, con su mirada, con su palabra, con su estímulo, con su ánimo, con lo que en secreto iba guardando y nos pareciera que no se enteraba de lo que hacíamos, bien sabíamos que ella lo llevaba en el corazón. Mira uno ahora para detrás y se emociona, al recordar como la madre siempre estuvo allí a tu lado cuando más lo necesitabas aunque no te dijera nada, aunque te dejara caminar dando trompicones, pero ella siempre estaba para recogerte, para ponerse quizás ella por medio para que tu sufrieras menos con lo que te pasaba.

No he podido menos que recordar las propias experiencias cuando contemplamos hoy a María y queremos contemplar, como la liturgia nos ofrece, su corazón de Madre. El mismo evangelio que hoy la liturgia nos ofrece nos está recordando esa grandeza del corazón de la madre, del corazón de María.

Habían subido al templo, porque el niño ya no era niño, estaba en la edad en que en aquella época y cultura comenzaban a ser tenidos en cuenta, y por eso ya sube con los mayores a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Han transcurrido los días de la fiesta y toca regresar, pensaban que estaba haciendo camino con ellos, pero tras una jornada Jesús no está con ellos; es el dolor de unos padres que han perdido a su hijo porque quizá se ha extraviado por los caminos; es la angustia de la búsqueda en una nueva jornada de regreso a Jerusalén, será al tercer día cuando lo encuentren en el templo en medio de los doctores que allí en las diferentes explanadas del templo enseñaban al pueblo; Jesús está entre ellos, dialoga y discute con ellos, como una premonición de lo que un día en aquellos mismos soportales volvería a suceder. Pero allí está la angustia de la madre que corre hasta el hijo.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados... ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la cosas de mi Padre?’ Es el corto diálogo de aquellos momentos. Serán los interrogantes que quedarán en el corazón de la madre y que guardará en su corazón. No siempre era fácil de entender las cosas y ya sabemos como una madre rumia en su interior cuanto va sucediendo; ya sabemos cómo María ante todo lo que va sucediendo en su vida se quedará en silencio haciéndose preguntas en su corazón, como sucediera un día con el ángel allá en Nazaret. ‘Su madre conservaba todo esto en su corazón’.

Será en varios momentos en el que el evangelista nos repetirá lo mismo, casi como un mantra. Cuántas cosas María iba guardando en su corazón de madre. ¿Interrogantes? ¿Preguntas que se hacía a sí misma o que le hacía también a Dios? ¿Aceptación del misterio divino que ella sabía muy bien que se estaba realizando y manifestando también en su vida? Era el camino de la madre junto al Hijo, en silencio la mayor parte del camino, en alguna ocasión la veremos asomar como en las bodas de Caná, o como cuando va a ver a Jesús. Así la veremos llegar hasta la cruz, también en silencio en la calle de la amargura, pero en silencio también en lo alto del Calvario. Pero será desde entonces el camino de la madre con sus hijos, aquellos que recibió como herencia de su Hijo al pie de la cruz. Por eso la veremos con la iglesia naciente en el Cenáculo, allí con los discípulos que esperaban el don del Espíritu estaba María, la que un día se había dejado inundar por el Espíritu divino.

Es la madre que sigue estando con sus hijos, que sigue estando a nuestro lado. Mil manifestaciones, por decirlo de alguna manera aunque el número no importa, ha tenido María como madre para estar con sus hijos, para estar con la Iglesia, para estar con nosotros, para estar de manera especial con los que sufren.

Sus santuarios a lo largo y a lo ancho del mundo han sido siempre una puerta abierta para recibir a sus hijos con sus dolores y sufrimientos, con sus amores y con sus alegrías, con sus luchas y con sus esperanzas, en los momentos oscuros y terribles como en los momentos de luz. Por algo siempre alrededor de los santuarios marianos veremos a los enfermos y a los que sufren. Es la casa y el corazón de la madre que a todos nos acoge. María, siempre ha estado aquí con el corazón abierto, con el corazón como un buzón en el que podemos seguir depositando nuestras quitas, nuestros dolores, nuestra vida, porque el corazón de la madre siempre habrá un lugar.

Hoy contemplamos el corazón de María, el corazón de la madre como el corazón de todas las madres. Cuánto tendríamos que decir. Pero pidamos que también nosotros tengamos un corazón así, abierto, acogedor, lleno de amor y de ternura, de puertas abiertas, de cobijo seguro, para los que están a nuestro lado, para los que sufren en nuestro mundo.

jueves, 16 de junio de 2022

Cuando hay amor de verdad en nosotros porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos, disfrutemos así de la oración

 


Cuando hay amor de verdad en nosotros porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos, disfrutemos así de la oración

Eclesiástico 48, 1-14; Sal 96; Mateo 6, 7-15

Nos enseña Jesús a orar. Lo necesitamos. Quizás alguna vez nos hayamos preguntado si oramos bien, si están bien nuestros rezos; quizás nos sentimos fríos y parece que la oración no nos dice nada, quizás nos damos cuenta que muchas veces nuestra oración está vacía, quizás nos preguntamos si Dios nos escucha, quizás en ocasiones nos sentimos desganados y tenemos la tentación de dejarlo, o lo hacemos a la carrera, deprisa y corriendo, como un cumplimiento. En el fondo algunas veces quisiéramos que nos enseñaran a rezar, que nos enseñaran a orar. ¿A quién mejor pedírselo?

Muchas veces nos hablará Jesús de la oración, alabará la oración de la gente humilde y sencilla o nos irá planteando cómo hemos de darle profundidad a nuestra oración; nos responde a esas preguntas sobre el valor de la oración y si merece la pena hacerla, o nos hablará de la insistencia y constancia con que hemos de hacerla; o nos dirá, como nos enseña hoy mismo, que es muy sencillo, que solo se trata de dejarse inundar de la presencia de Dios. Que no será necesario llevar muchas cosas preparadas ni cuestión de hacer una lista interminable de peticiones porque decimos que tenemos muchas necesidades, sino solamente saborear a Dios, su presencia, su amor.


Ya nos ha hablado de meternos en el cuarto escondido, para que sepamos hacer silencio, para que nos aislemos de tantas cosas y ruidos que nos perturban, de convertirlo en un tú a tú de amor para dejarnos sorprender por esa presencia, por ese amor, por esa vida de Dios que nos llena y nos trasciende, que nos hace echar raíces hondas pero que nos eleva a una órbita sobrenatural.

Las palabras que pone hoy Jesús en nuestros labios para enseñarnos a orar eso es lo que pretenden, que saboreemos la presencia y el amor de Dios; que tengamos el gusto de llamarle Padre y sentirnos amados porque somos en verdad sus hijos; que nos gocemos con Dios y con todo lo que Dios ama queriendo envolver, más aún, empapar nuestra vida de ese sabor de Dios.

Nos está diciendo quién es Dios y lo que es el amor de Dios; nos está diciendo cómo nos sentimos engrandecidos con su amor de manera que después de hacer esta oración todo tiene que ser distinto en nosotros porque ya no queremos otra cosa sino amar con su mismo amor. Esa es la gloria de Dios que hemos de buscar, eso es lo que nos hace sentir lo que es la grandeza del nombre de Dios de manera que ya en su nombre salgamos a los caminos de la vida proclamando con nuestra manera de hacer y de decir qué grande es el nombre de Dios, porque ya en su nombre seremos capaces de hacer todo lo bueno necesario para que el mundo sea mejor.

Nos sentimos amados de Dios y nunca nos sentiremos abandonados; nos sentimos amados de Dios y en El ponemos toda nuestra confianza para que no nos falte el pan de cada día; nos sentimos amados de Dios y queremos ir repartiendo ese amor y esa paz que El nos da a todos ofreciendo generosamente el perdón, porque también nos sentimos perdonados en nuestras debilidades y tropiezos; nos sentimos amados de Dios y su presencia se hace fuerza en nosotros para luchar contra lo malo, para no dejarnos arrastrar por el mal y el pecado. Siempre tendremos presente ante nosotros la gloria del Señor que hemos de buscar y manifestar.

Disfrutemos de la oración, porque disfrutamos de la presencia y del amor de Dios que nos envuelve con su Espíritu. Cuando hay amor de verdad en nuestro corazón porque nos sentimos enamorados buscamos ansiosos la manera de estar con quien amamos. Sea ese el deseo de Dios, sea esa la prontitud con que nos disponemos para el encuentro con el Señor en la oración.