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jueves, 18 de junio de 2026

Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

 


Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Aunque nos decimos muy libres y autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando con Dios.

¿Será eso lo que en alguna ocasión le pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?

Es la respuesta que nos da Jesús hoy en el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de vivir nuestra relación con Dios.

No es tanto lo que nosotros queramos decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El; es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en nuestra vida.

Nos sentimos hijos amados de Dios y en El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos sentimos transformados.

Claro que queremos hacer su voluntad, que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás, claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra vida no se siente transformada.

Qué lástima que nuestra oración la hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial en la presencia de quien sabemos que nos ama?

No una nueva fórmula sino una nueva forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos que dar pasos para que sea así.

martes, 24 de febrero de 2026

Orar es contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo, sentirnos inundados de amor

 


Orar es contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo, sentirnos inundados de amor

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

¿Te has parado alguna vez a contemplar la caída de la lluvia desde detrás de una ventana? Aunque nos parezca una cosa como tan sin importancia y elemental creo que todos hemos de reconocer que lo hemos hecho más de una vez. ¿Y qué es lo que hacemos, pensamos o decimos en situaciones así? Seguramente nos hemos quedado en silencio contemplando, sin palabras, con la mirada que se traspone más allá de la lluvia, con nuestros pensamientos puestos, ¿dónde?, donde más allá de donde estamos, más allá de esa lluvia que cae, nos sentimos transpuestos, no damos respuestas, no intentamos hacer nada, simplemente contemplamos, pero en el fondo parece que nos sentimos con nueva vida, nos sentimos renovados y revitalizados. ¿Es simplemente el contacto y la contemplación de la naturaleza o es algo más? No tenemos palabras.

¿Os habéis fijado en lo que hoy nos dice el profeta Isaías? Nos habla de la lluvia y de la nieve que caen mansamente y que empapan la tierra, y que hacen germinar las semillas y vuelven fecunda a esa tierra así empapada por la lluvia. Pero ya vemos la intención que tiene el profeta, quiere hablarnos de algo más, es una imagen que nos está poniendo para ese venir de Dios a nuestro encuentro, cuando El quiere y como El quiere, nos está dando una imagen de lo que es la oración. ¿Y qué es la oración sino una contemplación de la presencia de Dios que nos inunda y todo lo llena con su gracia haciendo fecunda nuestra vida?

Cuando pensamos en la oración decimos habitualmente que no sabemos orar; un poco nos escudamos en eso para no llegar a lo que tiene que ser una auténtica oración. Y pensamos en palabras que tenemos que decir – nos las hemos aprendido de memoria para tener la comodidad de repetirlas pero sin implicarnos mucho en lo que decimos – pensamos en las cosas que tenemos que pedir o pensamos en aquellos de los que queremos acordarnos para pedirle a Dios algo para ellos. Pero ¿es esa la imagen que nos da el profeta Isaías de lo que tiene que ser nuestra oración o de lo que luego nos enseñará Jesús en el Evangelio?

Ya de entrada nos está diciendo Jesús que no preparemos las palabras que tenemos que decir, porque realmente nosotros en nuestra oración andamos muy preocupados por la lista de la compra. Sí, pareciera que llevamos un montón de expedientes debajo del brazo como cuando vamos a rendir cuentas ante el jefe de nuestra oficina o para no olvidamos de todas aquellas cosas que necesitamos y tenemos que pedirle.

¿En eso tiene que convertirse nuestra oración? Quedémonos contemplando la lluvia, quedémonos saboreando esa presencia de Dios, quedémonos sintiendo el placer del amor que El nos tiene. Y es que el amor no es para decir cosas bonitas sino para disfrutarlo, disfrutar de estar con quien sabemos que nos ama. Y El que nos ama sabe muy bien las cosas que necesitamos y porque nos ama nos regalará mucho más de lo que nosotros apetecemos o creamos merecer.

Es eso también lo que nos está enseñando Jesús cuando nos enseña a orar. Los discípulos le habían pedido que les enseñara a orar porque lo contemplaban a El orando y para Jesús no era una cosa cansada y aburrida sino que era disfrutar de la presencia y del amor del Padre. Es lo que nos enseña a nosotros, es la primera palabra que va a surgir cuando nos disponemos a orar, es lo que nos enseñó Jesús, comenzar diciendo simplemente ¡Padre!

Y desde ahí surgirá todo, el sentir la gloria de Dios y entonces sentirnos transformados, el darnos cuenta que no tenemos otra cosa que hacer sino amar y porque amamos queremos en todo buscar lo que es su voluntad, vivir sintiendo el Reino de Dios en nuestras vidas porque sentimos ya que Dios lo es todo para nosotros. Así se irían desgranando todas esas pautas que Jesús nos ha dejado para hacer más auténtica nuestra oración, así nos sentiremos amados y confiados porque igual que no abandona a los pajarillos a los que proporciona alimento así la providencia de Dios vela por nosotros; nos sentiremos envueltos por su amor gozándonos en la misericordia que nos perdona, pero que nos impulsa a actuar con el mismo corazón y que si Dios está con nosotros no cabe en nuestra vida el mal porque todo se convierte en un torrente tumultuoso de amor.

¿Qué es orar? Contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo para nosotros y para nuestro mundo, sentirnos inundados de amor.

miércoles, 8 de octubre de 2025

 

Sepamos quitar esa ‘chinita’ de la incapacidad de perdonar de nuestro zapato y comenzaras a sentirte más dichoso y feliz, con más ganas de amar con un amor generoso

Jonás 4,1-11; Salmo 85; Lucas 11,1-4

Queremos tener zapatos cómodos en nuestros pies y nos gastamos lo que sea necesario para conseguir unos zapatos bonitos cómodos y poder caminar sin ningún tipo de molestia; pero a veces nos sucede que se nos mete una ‘chinita’ en el zapato que nos hace amargo nuestro caminar, nos molesta, no sabemos a veces como quitarla porque parece que va corriendo por toda la planta del zapato y se nos hace insoportable nuestro caminar.

Hoy sale a relucir esa ‘chinita’ del zapato de nuestra vida que no nos deja tranquilos, que no terminamos de comprender ni saber qué hacer terminar de liberarnos de eso que muchas veces va amargando nuestra existencia, aunque tratemos de disimularlo. Está incluido en una de las peticiones que hacemos en la oración que Jesús nos enseñó.

El evangelio nos habla de la petición que le hacen los discípulos a Jesús, ‘enséñanos a orar’. Repetidamente vemos la oración de Jesús en el evangelio, como participa en la oración de la comunidad en la sinagoga o en las fiestas pascuales en el templo de Jerusalén, pero también le vemos en diversos momentos que se retira a orar a lugares apartados o expresa su oración y acción de gracias al Padre en medio de los mismos acontecimientos que se van sucediendo. En muchas ocasiones por otra parte nos hablará de la insistencia, perseverancia y confianza con que hemos de orar al Padre. ‘Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá…’ porque el Padre siempre atiende a la oración de los hijos.

Ahora Jesús nos deja plasmado en unas palabras concretas lo que ha de ser el sentido de nuestra oración. Hemos grabado esas palabras de Jesús en el corazón de nuestra vida y nos las hemos aprendido de memoria para repetirlas una y otra vez en nuestra oración. No voy ahora a extenderme en cada uno de esos como apartados con los que traza lo que ha de ser nuestra oración; quiero más bien ir a subrayar lo que más nos cuesta decir con todo sentido y en toda su amplitud en esa formula de oración y que de alguna manera es esa ‘chinita’, esa piedrecilla que se ha metido en nuestro zapato y que no terminamos de resolver.

Pedirle perdón a Dios parece ser fácil en cuanto pedimos ese perdón para nosotros, y ya hasta de alguna manera nos hemos acostumbrado a decir que somos pecadores y como que parece que Dios ya tiene en su misericordia la obligación de perdonarnos. 

Vayamos por partes, ¿sabremos nosotros disfrutar de ese perdón? ¿Será en verdad motivo para sentir gozo en el alma, pero de tal manera que no nos queremos ver de nuevo envueltos en aquellas negruras del pecado? ¿No nos estará sucediendo que no terminamos de unir este perdón que le pedimos a Dios con aquella forma de llamarle tal como lo hacemos cuando comenzamos a llamarle Padre en nuestra oración? Quizás no hemos sabido saborear del todo esa palabra, ese llamar a Dios Padre, ese sentir que Dios es para nosotros un Padre que nos ama y nos ama de una forma incondicional y en su amor nos regala su perdón.

Pero la ‘piedrecita’ la encontramos cuando llegamos a las consecuencias de ese perdón, el perdonar nosotros a los demás, a los que nos han ofendido, con quienes tenemos la deuda de esa ofensa y de ese consiguiente perdón. Ahí es cuando nos sentimos cojear en ese perdón de Dios también, porque si no somos capaces nosotros de perdonar, de ofrecer ese regalo de amor de nuestro perdón, ¿cómo seremos capaces de pedir ese perdón de Dios?

Por ahí comenzamos a cojear, a querer hacer nuestras interpretaciones favorables a ver como quedamos bien, pero algo está flaqueando en nuestra vida y en nuestras actitudes porque parece que ya el amor no es tan amplio como tendría que ser. Es lo que tenemos que aprender a disfrutar, es cuando tenemos que sacar todas las consecuencias de aquel amor con queremos llamar a Dios Padre y sentirnos amados por El.

Es por donde tenemos que empezar, es lo que tenemos que saber saborear, disfrutar. Podremos entender las palabras de Jesús en la cruz cuando no solo pide perdón por los que le crucifican sino que aun los disculpa porque no saben lo que hacen. ¿No sería eso lo que movería el corazón de aquel ladrón que estaba en el mismo sufrimiento de Jesús para tener la confianza y la osadía de pedir a Jesús que se acordara de él cuando llegara a su Reino?

Y es que el perdón generoso no solo nos dará más felicidad a nuestro corazón sino que también moverá el corazón más endurecido para querer entrar también en esa órbita del amor. El contemplar esa capacidad de perdón de alguien a nuestro lado es un aliciente y un estimulante para movernos a nuestro propio arrepentimiento y a la confianza de obtener ese perdón como también ofrecerlo generosamente.

Sepamos quitar, pues, esa ‘chinita’ de nuestro zapato, porque vas a comenzar a sentirte más dichoso, más feliz, con más ganas de amar con un amor totalmente generoso.  

domingo, 27 de julio de 2025

Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

 


Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

Génesis 18, 20-32. Salmo 137. Colosenses 2, 12-14.  Lucas 11, 1-13

Cuando nos dirigimos a alguien porque tenemos que tratar algún asunto con esa persona, seguramente hacia ella según nosotros la veamos, o según el concepto que nosotros tengamos de esa persona. Me explico, aunque digamos que todos nos tratamos igual, sin embargo no es lo mismo si nos dirigimos a una persona que nosotros consideramos muy importante, sea por su situación social, la representatividad política o de autoridad que ejerza, no es lo mismo que si nos dirigimos al vecino de la casa de al lado, al amigo con el que siempre hemos convivido, o a un familiar; en unos y en otros tenemos en cuenta quizás también su forma de ser o de relacionarse con los demás; todo eso son condicionantes, y en el caso familiar no es lo mismo quizás a un hermano que a nuestro padre o nuestra madre. Seguro que con estos nos sentimos más a gusto por esa relación de amor que existe entre un padre y sus hijos.

Yo diría que es lo que nos quiere hoy decir Jesús cuando nos enseña a hablar con Dios nuestro Padre. Los discípulos que ven continuamente como Jesús siempre está encontrando momentos para su oración con el Padre, como El llama a Dios le piden que les enseñe a orar. Ellos habían visto cómo Juan el Bautista allá en el desierto – algunos de ellos también habían sido discípulos de Juan – enseñaba a sus discípulos a orar; los fariseos en su manera de entender a Dios y la religión también enseñaban a sus discípulos a orar; podríamos decir que de alguna manera estas maneras de orar que unos y otros enseñaban viene a ser como una señal de su identidad como creyentes.

Jesús anuncia del Reino de Dios, es el eje de su predicación, sus discípulos le siguen porque en ese Reino de Dios anunciado por Jesús se están despertando sus esperanzas y están encontrando un sentido para sus vidas. Ellos quieren, podíamos decir, tener también su oración, su manera de orar como distintivo; es la forma de orar que les enseña Jesús. Más que formulas a repetir Jesús enseña un sentido nuevo de oración.

Pero la primera palabra con la que Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios tiene su gran importancia, porque es lo que va a dar un sentido distinto a nuestra oración, a nuestro encuentro con Dios. Recordemos lo que decíamos antes.

No le da nombres a Dios, como un día Moisés había pedido en el Horeb. ¿Cuál es tu nombre? ¿Quién les voy a decir a los israelitas que me manda a ellos para liberarlos de la esclavitud de Egipto? Jesús nos dice algo mucho más tierno, no recuerda aquella palabra que muchas veces se queda casi en unas mínimas letras que musitamos como los niños llaman a su papá, ‘paaa’, ‘papaito’, porque simplemente es la ternura de un niño con su padre, pero es la ternura de un padre con su niño. Y así nos dice que nosotros le digamos a Dios, es la actitud con la que nosotros vamos a la oración.

En nuestro encuentro con Dios vayamos siempre con esa ternura del niño que se encuentra con su padre; y esa ternura da confianza, y esa ternura nos llena de amor y queremos manifestar ese amor de mil maneras, y esa ternura va a mover nuestro corazón, y esa ternura buscara siempre la manera de hacernos agradables para nuestro Dios, y en esa ternura nos sentimos seguros y fuertes frente a las cosas adversas con las que nos podemos encontrar, esa ternura nos hará buscar siempre  por encima de todo lo bueno, el bien, lo que es justo.

Que es realmente lo que Jesús nos enseña a decir en el Padrenuestro. Ese tiene que ser en verdad el sentido de nuestra oración. Una oración que aprenderemos a decir porque hemos aprendido a escuchar a Jesús y nos hemos impregnado del Espíritu de Jesús. Como nos ha dicho alguien  sólo el que vive en el Espíritu de Jesús, quiere decir Lucas, sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús. Y sólo sabrá rezarlo quien sepa escuchar primeramente la predicación de Jesús.

Será en verdad una oración que nos llena interiormente porque nos hace sentirnos llenos de Dios, una oración de la que saldremos siempre rebosantes de paz, una oración que siempre pone esperanza en el corazón, una oración que no nos deja adormecidos en la rutina, una oración que nos pone siempre en camino de vida, una oración en la que sintiendo como Pedro en el Tabor que bien se esta aquí sabemos que tenemos que salir, que bajar de la montana a la llanura para ponernos en camino, una oración con la que sintiendo a Dios en el centro de nuestro corazón nos hará comprender de verdad lo que es vivir ese Reino de Dios.

Y todo porque hemos comenzado sintiendo que a quien vamos a dirigirnos es a un Dios que nos ama y que es nuestro padre, al que podemos llamar papaíto.

jueves, 19 de junio de 2025

Nada mejor para sentirnos sanados que sentirnos amados, por eso nos deja Jesús un sentido nuevo de oración

 


Nada mejor para sentirnos sanados que sentirnos amados, por eso nos deja Jesús un sentido nuevo de oración

2Corintios 11,1-11; Salmo 110; Mateo 6,7-15

Te vas a poner enfermo, nos dicen los que parecen más expertos en esto de dolores y enfermedades; y es que sin sentirnos mal, o al menos no reconocemos ningún síntoma concreto, sin embargo sentimos eso que muchas veces describimos como mal cuerpo, no nos duele nada en concreto pero parece que nos duele todo, hay partes de nuestro organismo que parece que no funcionan bien del todo, hay como un malestar general sin saber exactamente qué es; eso es que te vas a poner enfermo, algo se está incubando, decimos o nos dicen.

Pero ya no se trata de enfermedades somáticas, cosas que afecten a órganos concretos, sin embargo no siempre nos sentimos bien; anímicamente parece que estamos decaídos u en otra honda, hay cosas que, sí es verdad, nos duelen por dentro, parece que no nos sentimos en paz y nuestras reacciones son descontroladas con los demás, parece que no encontramos un rumbo para nuestra vida y andamos como desestabilizados espiritualmente; y aquí qué necesitamos una medicina, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos abra a Dios y que nos ayude a entrar en una nueva y mejor relación con los demás. Nuestro espíritu también se nos enferma, necesitamos una sanción espiritual.

Jesús nos la da hoy. Nos enseña a orar. Lo vemos a él continuamente a lo largo de las páginas del evangelio que busca esos momentos de silencio, esos momentos en los que se aparta de todo y en cierto modo de todos, se retira en la noche, o marcha a lugares apartados y tranquilos. Lo vemos iniciar su vida pública retirándose previamente al desierto para pasar allí cuarenta días; en lo que parecen aun los comienzos de su predicación por Galilea, después de un día muy completo, diríamos, que concluye en la tarde con muchas personas que se agolpan a las puertas del lugar donde está con sus enfermos, en la madrugada del día siguiente los primeros discípulos se lo encuentran a las afueras del pueblo que se había retirado a orar; recordamos su subida al Tabor o sus retiros en los aledaños del monte de los Olivos en Jerusalén, por mencionar solo algunos momentos.

Ahora en el llamado sermón del monte, cuando nos ha proclamado las bienaventuranzas, nos va señalando diversos aspectos en los que tienen que ir ahondando sus discípulos para vivir en el sentido del Reino de Dios que está anunciando. Es entonces cuando también nos habla de un modelo y de un sentido de oración.

Si le habíamos visto sanando a los enfermos de todo tipo de dolencias ahora nos va a ofrecer la mejor medicina para que en verdad nos sanemos interiormente. Será ese momento que tenemos que vivir en paz y serenidad pero que verdaderamente nos va a llenar de paz y pondrá serenidad en nuestro espíritu. Será el momento en que nos sintamos llenos de Dios para encontrar en El todo lo que sana el alma.

Y no hay mejor cosa para comenzar a sentirnos sanados que sentirnos amados. Es lo primero que nos quiere dejar claro porque nos enseña la más dulce palabra con que podemos dirigirnos a Dios, Padre. Llamamos Padre a Aquel de quien nos sentimos amados; si así nos dirigimos a Dios es porque estamos saboreando su amor. Cuando sentimos que nos aman y nos aman con ese amor eterno e infinito todo en nuestra vida queremos que sea para quien nos ama. No solo le regalamos la camisa, por decir algo muy elemental, sino que estamos poniendo toda nuestra vida en sus manos.

¿Qué son realmente esa serie de invocaciones y peticiones que vamos expresando cuando vamos repitiendo las palabras que Jesús nos enseñó? Todo para la gloria de Dios, todo para poder vivir ese sentido nuevo del Reino de Dios que quiere construir en nosotros, todo para hacer su voluntad y para sentirnos en sus manos.

Todos esos malestares que sentimos por dentro se irán apagando con ese regalo de amor; todo eso que nos duele por dentro porque no hemos sabido ser fieles o porque no hemos tratado a los demás con esa dignidad que todos se merecen va a ser curado porque sentimos la misericordia de Dios en nosotros, pero porque nosotros vamos a comenzar a actuar con esa misma misericordia con los demás.

Esas desesperanzas que algunas veces nos agobian se transforman porque en Dios nos sentimos seguros y con Dios nos sentiremos fuertes para no dejar enfermar de nuevo nuestro corazón, nuestro espíritu. Fijémonos bien en el sentido de cada una de las peticiones del padrenuestro.

Igual que a las medicinas tenemos que darle su tiempo, así tenemos que saber darle su tiempo al padrenuestro. No puede ser nunca oración repetida a la carrera donde nos traguemos de cualquier manera sus palabras; tiene que siempre algo a lo que nos acerquemos con calma y buscando de verdad esa paz de nuestro espíritu. Será quien nos sane totalmente nuestro espíritu.

martes, 11 de marzo de 2025

No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 


No hacen falta muchas palabras para orar, solo nos hace falta una, saborear el poder llamar Padre a Dios

 Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

En ese deambular por la vida, que es la vida misma con lo que hacemos, en lo que nos relacionamos con los demás, en lo que vamos encontrando o en los pensamientos o que van surgiendo dentro de nosotros o en las ideas que otros nos proponen, quizá en un momento determinado descubrimos algo que nos llama la atención, que nos sorprende, que nos deja llenos de admiración de manera que queremos poseerlo, queremos llegar a ese lugar si de un espacio se tratara, o queremos vivirlo; y nos ponemos en camino para conseguirlo, para tenerlo, para vivirlo y luego nos sentiremos como transformados por esa felicidad y de ninguna manera queremos perderlo; ya buscaremos medios, formas de poder seguir disfrutándolo.

Podemos estar pensando en cosas materiales, en cosas que nos darían una riqueza, podemos pensar en un lugar paradisíaco, podíamos pensar en un estado de vida. ¡Cómo nos gustaría conseguirlo, disfrutarlo!

Pues os voy a decir que lo tenemos a nuestro alcance. Leamos con atención de nuevo el texto del evangelio de hoy. De entrada decimos es la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, la oración que nos enseña a nosotros. Ahí lo tenemos. Está bien descrito. Es lo maravilloso de sentirnos en Dios, del encuentro con Dios, de la presencia de Dios en nosotros, en nuestra vida y que tenemos que hacer que sea también en nuestro mundo.

En tres palabras quiero resumir hoy lo que es la oración del padrenuestro, que Jesús nos ha enseñado: contemplación, camino, compromiso.

¿Qué es lo primero que nos llena de admiración cuando comenzamos a rezar el padrenuestro? Qué podamos llamar Padre a Dios. Como nos dirá san Juan en sus cartas es una maravilla que podamos llamarnos hijos de Dios, y nos dice, pues en verdad lo somos. Es para quedarse extasiado. Dios que nos ama, porque es nuestro Padre, que nos llama sus hijos, que quiere que vivamos como hijos. Los hijos no son esclavos, los hijos viven la libertad de su condición, de su filiación; como tal nos trata, como tal nos ama. Por eso no podemos hacer otra cosa que bendecir a Dios, bendecir su nombre, sentirnos dichosos con su amor que es sentirnos bendecidos por Dios. Es una contemplación esta primera parte de nuestra oración. No podemos pasar de largo, no lo podemos hacer a la carrera, tenemos que detenernos para contemplar, para alabar, para dar gracias, para santificar el nombre de Dios en el que nos sentimos santificados.

Como decíamos antes, eso tan bello y hermoso lo queremos poseer; nos ponemos en camino para conseguirlo. Por eso nos abrimos a Dios, a su Palabra que queremos que se plante en nosotros, que se cumpla en nosotros esa palabra del Señor, como pedía y quería María en la anunciación. Queremos hacer la voluntad de Dios; no nos queda otra, es la voluntad del Padre, y a los padres se les obedece, a los padres les somos fieles u leales, a los padres queremos agradarles con nuestro amor y se lo manifestamos haciendo su voluntad. Un camino que hemos de recorrer en esa búsqueda de la voluntad de Dios.

Un camino que se hace compromiso porque ahora veremos las cosas de otra manera; un camino en el que sentimos su presencia junto a nosotros y teniéndole a El, nada nos faltará; un camino que nos lleva a una nueva comunión con los que nos rodean, porque de ellos también Dios es Padre, ¿no decíamos al principio padre nuestro? No es solo mío sino de todos, todos entonces tenemos que sentirnos hermanos, entre todos ha de haber una nueva comunión, a todos tenemos que aceptar y comprender; y nos amamos y nos perdonamos, porque así es la garantía de que seguiremos sintiendo el amor de Dios sobre nosotros a pesar de nuestros errores y debilidades. Con Dios a nuestro lado, nos sentiremos fuertes para no dejarnos arrastrar por el mal, para sentir la fortaleza que nos lleve a hacer siempre el bien.

Una oración para saborear, como siempre tiene que ser nuestro encuentro con Dios, ante el que muchas veces nos quedaremos mudos sin saber qué decir, nos quedamos en silencio, dejando que nuestra mente contemple ese misterio de Dios, pero nuestro corazón se derrita en ese amor de Dios que se está derramando en nosotros. No hacen falta muchas palabras, nos decía Jesús; sólo nos es necesaria una, saborear el poder llamar a Dios Padre.

jueves, 20 de junio de 2024

Rezar no es cumplir como quien rellena la pagina de un formulario, es disfrutar en el silencio del corazón la presencia amorosa de un Padre que nos ama y no nos olvida

 


Rezar no es cumplir como quien rellena la página de un formulario, es disfrutar en el silencio del corazón la presencia amorosa de un Padre que nos ama y no nos olvida

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Cada vez que me hago una reflexión sobre este texto del evangelio que hoy se nos ofrece me viene a la memoria algo que me contaron en una ocasión. Se trataba de dos personas que andaban enfrentados por problemas de la vida que habían surgido entre ellos y se llevaban muy mal y no había manera de resolverlo. Entonces alguien sabiamente les pidió que si serían capaces de hacer lo que él les iba a decir; ante su respuesta afirmativa les pidió que rezaran juntos, a una voz, pero bien despacio y como comiéndose cada una de sus palabras el padrenuestro. Así, con cierto recelo quizá al principio, comenzaron a hacerlo, pero nos cuentan que antes de terminar con el amen final ambos se estaban dando un abrazo. Se habían ido comiendo y saboreando cada una de las palabras del padrenuestro.

Creo que podemos entender lo primero que nos dice Jesús antes de enseñarnos incluso la pauta del padrenuestro. ‘No uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’ Y es que el padrenuestro no es para utilizarlo como repetición cantarina de muchas palabras. La oración tiene que ser siempre algo que se saborea en lo más profundo de nosotros mismos. No es algo que tenemos que hacer, y cuando digo esto me refiero que no lo tenemos que tomar como una obligación con la que tenemos que cumplir. Cuando simplemente vamos a cumplir, a llenar la página del formulario, no lo saboreamos; quizás queremos terminar lo más pronto posible para salir de ese paso, para salir de ese momento que entonces se nos puede volver agobiante.

Orar tiene que ser saborear en el silencio del corazón la presencia de Dios que es Padre y que nos ama. ¿No es así cómo nos enseñó Jesús que tenía que comenzar nuestra oración? ‘Padre nuestro…’ decimos. Cuando estamos con nuestro padre, y como ejemplo me refiero a nuestro padre de la tierra, nos sentimos a gusto, como niño sentimos la ternura y la seguridad de sus brazos, ya luego nos gozaremos con su presencia constante junto a nosotros que no nos sirve de agobio sino como de estimulo en los caminos de la vida, y quizás de mayores contemplamos una vida junto a nosotros gastándose por nosotros y recordamos sus sabios consejos que se fueron desgranando de sus labios a lo largo de la vida. Y nos gozamos con nuestro padre, y disfrutamos de su ternura, y sentimos su amorosa presencia manifestada en tantas cosas que a lo largo de la vida hizo por nosotros.

‘Padre nuestro…’ le decimos a Dios y cuánto es lo que tenemos que sentir en nuestro corazón. Toda una historia de amor, toda una vida donde nos sentimos regalados con su amor, todo un camino donde Dios siempre está junto a nuestros pasos siendo la luz que ilumina nuestra vida, todo un regalo de amor que experimentamos en su Palabra que siempre nos alienta y nos abre caminos, nos corrige con amor y misericordia pero nos impulsa a seguir yendo más allá porque sentimos que El confía en nosotros y por eso se hace misericordia en nuestra vida.

Y esto no son palabras repetidas a la carrera, esto lo vivimos en el silencio del corazón sintiendo el gozo de su amor de padre. Lo demás que nos pone Jesús como pauta saldrá luego casi como de forma espontánea. Tenemos la seguridad de su presencia, de su gracia, de su perdón y de su paz. Nos sentiremos confiados por el Dios que alimenta a las aves del cielo y hace florecer la flor de nuestros campos, no va a ser el Padre que olvide y abandone a sus hijos. Problemas, luchas, necesidades, esfuerzos en el camino, deseos de superación con el amor de Dios a nuestro lado tenemos la seguridad en nuestro camino de que no nos faltará nunca la gracia, la presencia de Dios.

Saboreemos el gozo de estar en su presencia, el tiempo se volverá eternidad y envueltos en su amor sentiremos la más hondo felicidad en nuestro corazón. Mastiquemos hasta saborearlo en lo más profundo el padrenuestro que nos enseñó Jesús.

martes, 5 de marzo de 2024

Seamos capaces de entrar en la línea del perdón que es comenzar a amar al otro con un amor como el de Dios

 


Seamos capaces de entrar en la línea del perdón que es comenzar a amar al otro con un amor como el de Dios

Daniel 3, 25. 34-43; Salmo 24; Mateo 18, 21-35

Aunque no pretendemos enmendar la forma como nos lo plantea el evangelio se me ocurre pensar ¿qué es lo que querríamos nosotros, sin en un arranque de humildad – y ya sabemos cuanto nos cuesta eso también – nosotros fuéramos capaces de reconocer nuestro error y nuestro pecado y acudiéramos en búsqueda de perdón? ¿Qué tipo de perdón sería el que nosotros desearíamos para nosotros mismos? ¿Con qué amplitud?

Parece que la medida que queremos cuando es a favor nuestro es bien distinta de la que nosotros solemos ofrecer a los demás. Cuando queremos que nos perdonen seguro que lo que deseamos es que nos perdonen y ya no vuelvan a tener en cuenta aquellos errores, o aquellos delitos como queramos llamarlos, que nosotros hemos cometido. Sin embargo qué raquíticos somos cuando se trata de ofrecer nuestro perdón a quien nos haya podido haber ofendido.

Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. Jesús nos ha hablado a lo largo del evangelio de ese amor que generosamente siempre tenemos que ofrecer a los demás; y el amor entraña el perdón. Recordemos que en el sermón de la montaña nos ha hablado del amor a los enemigos, y nos ha enseñado también a rezar por aquellos que nos han injuriado y ofendido. Cuando entramos en la órbita del amor que nos enseña Jesús entramos en la línea de la generosidad del corazón y generosidad es perdonar. Mientras no seamos capaces de entrar en esa órbita, mientras no seamos capaces de cambiar los parámetros de nuestra vida, se nos hará imposible el perdón.

Los discípulos de Jesús parece que comenzaban a tenerlo un poco claro, aunque aun costaba dar el brazo a torcer. Cuando Pedro se adelante a hacerle la pregunta a Jesús podríamos decir que de alguna manera está ya queriendo dárselas de generoso. Lo que enseñaban los maestros de la ley en sus interpretaciones de la Escritura comenzaba con la ley del talión. Ya era una rebaja, porque de alguna manera no podía sobrepasarte en la medida de la ofensa que tú habías recibido. ‘Ojo por ojo y diente por diente’, no dos ojos por uno ni mucho menos. Pero eso incluso ya Jesús lo había abolido cuando nos hablaba del amor a los enemigos y de orar por aquellos que nos habían ofendido. En algo tenía que diferenciarse un seguidor de Jesús porque lo otro lo hacía cualquiera.

Como decíamos Pedro va de generoso, cuando habla de ‘hasta siete veces’, porque lo que enseñaban los maestros de la ley era mucho más restringido, y además no era lo mismo a un hombre que a una mujer, a un judío que a un gentil. Pero Pedro aun se está quedando corto con el sentir de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete’. La medida es bien distinta porque eso entrañará una generosidad y un perdón universal.

Pero como hemos escuchado en el evangelio Jesús propone una parábola. Un criado que es perdonado por su amo y señor de una deuda bien cuantiosa, pero que luego no es capaz de perdonar al compañero que le debía una pequeña cantidad.  Las diferencias son grandes, pero duro es el corazón de aquel hombre que no ha sabido valorar el perdón que él ha recibido de su señor. Y es aquí donde estamos siendo retratados.

Con qué facilidad venimos a rezar la oración que Jesús nos enseñó pero haciéndonos, por así decirlo, algunos paréntesis para no escuchar en nuestro interior algo que estaremos diciendo con nuestros labios. ‘Perdona nuestras ofensas’ le decimos nosotros al Señor queriendo que Dios sea generoso con nosotros, pero de alguna manera nos comemos las palabras que siguen porque para nada las tenemos en cuenta, ‘como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Qué poca atención le prestamos a estas palabras.

Necesitamos la humildad, primero que nada, de reconocer nuestro pecado, y llamémoslo así con esa palabra, que da la impresión que algunas veces la rehuimos como si le tuviéramos miedo. Es nuestro pecado, somos pecadores. Hemos de tener la valentía de reconocerlo. Pero hemos de saber reconocer también la grandeza del amor de Dios para con nosotros, de su generosidad en el perdón. Eso que tanto deseamos, pero que también con la misma generosidad hemos de saber también ofrecerlo.

Es la medida del amor de Dios la medida con que nosotros hemos de saber amar a los demás. Porque lo queremos hacer a la manera de Dios, que es compasivo y misericordioso como tantas veces decimos con los salmos en nuestras oraciones; es lo que además Jesús nos propone, ser compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo es compasivo y misericordioso.

Entramos en esa órbita del amor. Y como decíamos al comenzar nuestra reflexión, eso mismo que pedimos a Dios para nosotros seamos capaces de ofrecerlo con generosidad a los demás. Las cosas se verán de otra manera, aparecerá pronto la línea del perdón, que es comenzar a amar con un amor como el de Dios.

martes, 20 de febrero de 2024

Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

 


Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

Voy a comenzar preguntándonos, preguntándome para qué rezamos, por qué rezamos. Son tantas las necesidades, decimos, son tantas las cosas por las que tendríamos que pedir, y pensamos en nuestra salud, pensamos en la familia y en los amigos, pensamos en los problemas que tenemos, pensamos en el mundo en que vivimos donde vemos tantas cosas que no nos gustan y que quisiéramos que fueran mejor… y así seguimos haciéndonos una lista muy grande de las cosas por las que tenemos que rezar. Todo es pedir. Como si fuéramos al despacho de alguien muy poderoso en cuya mano está la solución de todas las cosas y llevamos nuestra instancia de peticiones.

¿Nos fijamos en que solo estamos pensando en pedir? Quizás nos ponemos un poco más espirituales y pedimos para que seamos buenos, o pedimos por la paz, o pedimos por aquellos que vemos en conflicto a nuestro lado para que las cosas se solucionen… y seguimos pidiendo y pidiendo.

Sí, ya sé que Jesús nos dice en el evangelio que pidamos y recibiremos, que llamemos y que se nos abrirá, que busquemos y que encontraremos, y nos insiste mucho en la constancia y perseverancia en nuestras peticiones, en nuestras oraciones.

Pero quería recoger algo que ahora mismo he recordado; nos decía que llamemos y se nos abrirá. ¿Para qué tocamos en una puerta y llamamos? ¿Porque queremos entrar y queremos estar? He aquí un aspecto muy importante de nuestra oración y que algunas veces olvidamos. Vamos a visitar a nuestra madre o a nuestro padre cuando ya nos hemos independizado y vivimos por nuestras propias casas y en nuestra propias cosas, porque queremos estar con ellos; y muchas veces simplemente es estar allí, en aquella casa que fue nuestra casa, allí donde están nuestros padres y nos sentamos a su lado, y hablamos y contamos como habrá momentos en que solo disfrutamos con el hecho de estar allí, de estar con ellos.

¿No tendría que ser algo así también nuestra oración? Estar, estar con el Señor que nos ama, que sabemos que nos ama, disfrutar de su presencia aunque estemos en silencio. ¿Nos habremos fijado bien en la manera de orar que Jesús nos enseño y que hoy nos trae el evangelio? Algunas veces porque nos la sabemos de memoria y la repetimos ya pensamos que tenemos hecha toda nuestra oración. Pero no lo hemos saboreado. Necesitamos saborear nuestra oración que es encuentro, que es estar en la presencia del Padre Dios que nos ama.

Lo que nos ha enseñado Jesús es como un saludo disfrutando de su amor cuando lo llamamos Padre pero para sentirnos a gusto estando con El, saboreando el encuentro porque estando con El nos sentimos llenos de su Espíritu. Estando con El nos sentimos santificados porque nos sentimos amados, estando con El nos gozamos porque queremos ser fieles y leales gozándonos en lo que El nos dice que tenemos que hacer, su voluntad, su reino que queremos vivir, que queremos realizar en nuestra vida.

Y para eso no hace falta decir muchas palabras, sino saborear mucho en el corazón. Estamos con El y nos gozamos de su presencia, hacemos silencio porque el amor se siente en silencio en el corazón.  ¿No te habrá sucedido alguna vez que llegaste a ese momento de oración y aunque te parecía que tenías tantas cosas que decir o que pedir, sin embargo te quedaste como transpuesto en silencio sin saber qué hacer o qué decir? Eso es oración.  Eso es hermosa oración.

Fijémonos que en la forma en que Jesús nos enseñó a orar, lo que hoy escuchamos en el evangelio, pocas son las cosas que pedimos y que vendrán en un segundo momento después de que hemos saboreado esa presencia del Señor. Es lo que luego surgirá de forma espontánea quizá porque nos sentimos en las manos providentes de Dios Padre. Y contamos, sí, con nuestras necesidades, el pan de cada día, y pedimos perdón y nos damos cuenta de que generosamente también nosotros tenemos que ofrecer perdón, y nos queremos ver liberados con la fuerza y la gracia del Señor de todo mal y de toda tentación. Pero es como una conclusión de todo aquello que antes habíamos disfrutado en la presencia del Señor. Después de estar así con el Señor tenemos la seguridad de que todo eso que necesitamos y mucho más nos va a dar Dios.

Para qué oramos, por qué rezamos, nos preguntábamos. Porque queremos entrar y estar, porque queremos disfrutar de la presencia y del amor de Dios.

miércoles, 11 de octubre de 2023

Una oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amar, correspondiendo con amor a ese amor

 


Una oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amar, correspondiendo con amor a ese amor

Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4

¿Rezamos? ¿Oramos? No son preguntas retóricas. Son preguntas para definirnos. Porque rezar puede ser que lo hagamos; nos sabemos muchas oraciones de memoria que aprendimos de pequeños. Y puede ser que mantengamos la costumbre de hacer nuestras oraciones cada noche y rezamos todo lo que sabemos, o quizás también cuando despertamos por la mañana lo primero que hacemos es rezar nuestras oraciones. Momentos en los pasamos nuestros apuros, nuestras dificultades o nuestros problemas, rezamos todo lo que sabemos a ver cómo salimos de aquella situación. Y recitamos padrenuestros, y repetimos una y mil veces el avemaría, o rezamos todas las novenas del mundo para lograr la intercesión de los santos y toda la corte celestial por aquella enfermedad, por aquel problema, por aquello que le ha sucedido a un ser querido.

No me interpreten mal, y no tomen todo esto que estoy diciendo como una crítica a algo que hacemos que pueda o no tener sentido. Quiero hacer reflexionar. Sí, que pensemos. ¿En todos esos rezos en verdad hemos entrado en unión con Dios? ¿Ha sido en verdad un hablar a Dios de corazón a corazón, como habla un hijo con su padre? Por eso nos preguntamos si en verdad oramos. Y esto lo estoy expresando mirándome a mí mismo y mi forma de orar.

Hoy nos dice el evangelista que viendo los discípulos a Jesús a orar, vinieron pedirle que les enseñara a orar como Juan había hecho con sus discípulos. Y ya conocemos la respuesta de Jesús, ya sea en esta versión más breve de san Lucas, o la otra un poco más extensa del evangelio de san Mateo. Los discípulos le pidieron que les enseñase a orar. No lo olvidemos. Por eso Jesús no enseña oraciones para rezar, sino que Jesús nos da la pauta de cómo hemos de hablar con Dios nuestro Padre. Por eso, es la primera palabra, Padre. Una palabra para saborear, para gustarla en el corazón, una palabra para disfrutarla mientras la decimos, una palabra que sabe a miel, porque sabe a amor; es reconocernos hijos, es decir, amados.

Y desde ahí nuestro corazón comienza a hablar, nuestro corazón comienza a cantar. ¿Qué es lo que hacen los hijos cuando se sienten queridos por sus padres? Amar, en una palabra; decirle que los amamos, y ya nos buscaremos palabras bonitas para expresarlo o tendremos los más hermosos y gozosos gestos de ternura, pero sobre todo lo vamos a expresar manifestando el gozo de ser hijos; y cuando un hijo y su padre se aman de verdad, sienten unidos sus corazones y sienten que es una misma su voluntad. Queremos que nuestro padre se sienta feliz con nosotros. ¿No son las cosas que Jesús a continuación nos dice que tiene que ser nuestra oración?

Y surgirá el corazón el poner en el corazón del padre aquellas cosas que preocupan a los hijos, sus necesidades, sus luchas, sus deseos de caminar y de avanzar sintiéndose seguros. ¿En quien vamos a confiar sino en aquel que sabemos que nos ama? ¿A quién vamos a expresar entonces lo que son nuestras preocupaciones, nuestros sueños o nuestros deseos?

Es la oración que surge de un corazón que se siente amado y al mismo tiempo se siente necesitado de amor, correspondiendo a ese amor. Es lo que hacía Jesús, es lo que nos enseña a hacer nosotros. Es lo que en verdad tiene que ser nuestra oración, ese diálogo de amor, ese diálogo de quienes se sienten enamorados, cogidos por el amor.


martes, 28 de febrero de 2023

No es un modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos ofrece, es un nuevo estilo de relación con Dios donde los hijos se sienten a gusto y con confianza con su Padre del cielo

 


No es un modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos ofrece, es un nuevo estilo de relación con Dios donde los hijos se sienten a gusto y con confianza con su Padre del cielo

Isaías 55, 10-11; Sal 33;  Mateo 6, 7-15

Habla con confianza que somos amigos, le decimos al amigo – valga la redundancia – que tenemos a nosotros y que sabemos que tiene que contarnos algo y se encuentra como medio retraído para vaciar lo que lleva dentro; no nos sorprendemos por lo que nos va a decir, porque bien nos conocemos a nosotros mismos y en nuestra escucha somos comprensivos para cuanto le haya sucedido o ahora tenga que contarnos.

Habla, con confianza, soy tu padre, tu eres mi hijo y sabes que te entiendo y estoy a tu lado, es la conversación, aunque no sea siempre con palabras, pero con lo que se expresa esa cercanía para abrirse a la confianza y para expresar cuanto un hijo lleva dentro, le interroga o tiene necesidad.

Lo intentamos hacer, ya sea con el amigo o el padre con el hijo, pero creo que todos somos conscientes de que hay en nuestro mundo mucha gente con esos deseos de hablar, de expresar cuanto lleva dentro, de desahogarse y que no siempre encuentran ese padre, ese amigo, esa persona que les escucha, les comprende, se detiene a su lado, porque muchas veces lo que mas se necesita es que alguien se detenga a tu lado, sin prisas ni agobios, en silencio quizá, con apertura del corazón siempre. Quizás cuantas confidencias así habremos escuchado cuando lo hemos sabido hacer con los demás, o nosotros mismos cuanto habremos expresado cuando encontramos esa persona de confianza.

¿Qué nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio? Así a primera vista, decimos que nos habla de la oración y que nos enseña el padrenuestro; ¿pero no será algo más sencillo a la vez que más profundo lo que Jesús nos está queriendo manifestar? ¿No estará yendo Jesús en lo que hoy nos dice y nos ofrece algo en el sentido de lo que hemos venido reflexionando?

¿Qué es Dios para nosotros? El que está ahí a nuestro lado y a la escucha, el que nos ofrece la mayor de las confianzas porque es en el que hemos de confiar por encima de todo y de todos, y el que nos está abriendo su corazón para que vayamos y nos sentemos con El y nos sintamos a gusto con El. Como el amigo que se sienta al lado del amigo que le escucha y se siente a gusto; con el hijo que se sienta a hablar con su padre y quizá comienzan hablando de cosas que parecen superficialidades, pero que terminan metiéndose uno y otro en el corazón del otro.

¿Qué nos está diciendo Jesús? que nos sintamos a gusto con Dios, que en Dios podemos descargar nuestro corazón y que con Dios podemos siempre contar que esté a nuestro lado, aunque algunas veces nos parezca no verlo, porque camina a nuestro lado y de su presencia podemos en todo momento disfrutar y que no es necesario solo estar con El cuando necesitemos cosas, porque El sabe bien lo que nos hace falta y a nuestro frió siempre el nos ofrecerá su manta, porque nos ofrece todo su amor.

Fijémonos que desgranar esos puntos, vamos a llamarlos así, que nos ofrece Jesús en el estilo de oración que nos presenta, es ir desgranando nuestra vida, es ir poniéndonos ante Dios tal como somos, con nuestros deseos de amor, pero también con nuestras debilidades y necesidades de cada día, con nuestras luchas por superarnos en cada momento pero también con los tropiezos que muchas veces tenemos y que quizá ni al amigo de más confianza somos capaces de contar, pero con Dios lo hacemos porque sabemos que siempre nos vamos a sentir perdonados, porque el corazón de Dios siempre rebosa misericordia.

No es un simple modelo para aprender y repetir lo que Jesús nos está presentando hoy, es un estilo nuevo de relación con Dios que nace de la confianza de sentirnos amados, porque Dios será para siempre nuestro Padre que nos ama.

jueves, 6 de octubre de 2022

Habremos experimentado muchas veces la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en las manos de Dios

 


Habremos experimentado muchas veces la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en las manos de Dios

Gálatas 3, 1-5; Sal: LC. 1, 69-70. 71-72. 73-75; Lucas 11, 5-13

Tenemos una instancia que presentar ante un determinado organismo, hay algo que deseamos pero que está en manos de otro el que se nos pueda conseguir, andamos preocupados por la forma cómo vamos a presentar esa instancia, o cómo vamos a hacer esa petición para que nos concedan aquello que tanto deseamos. ¿Cómo hacerlo? ¿A quien acudimos? ¿De quién nos valemos?

Cuando nos vamos haciendo esta reflexión con estos presupuestos que hemos planteado parece como si todo se dirigiera a organismos superiores a nosotros o a personas de gran poder o influencia de quien pueda depender la solución a eso que anhelamos; pero esto sucede también en cosas más cercanas a nosotros, como pueda ser en el ámbito familiar, como pueda ser entre vecinos, compañeros de trabajo o incluso amigos; ¿cómo hacemos para lograr de esa persona, familiar, vecino, compañero o amigo, lo que deseamos? Si es algo que es importante para nosotros seguro que hasta nos pondremos pesados en nuestras peticiones a fin de poderlo lograr.

De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio pero en referencia lo que es nuestra relación con Dios y lo que ha de ser nuestra oración. Por supuesto que con corazón agradecido cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración tendríamos que comenzar con la alabanza y humildemente las muestras de agradecimiento a Dios por cuanto nos regala comenzando por la vida misma. Pero conociendo el corazón de Dios ¿a quién vamos a acudir en nuestras necesidades?

Somos pobres ante Dios, de nada nos valen las autosuficiencias y los orgullos. Es más con humildad tenemos que saber acercarnos a Dios; con humildad sí, pero no con temor; con humildad pero con confianza; con humildad, es cierto, pero dejándonos contagiar y envolver con su amor para ofrecerle también nosotros nuestro amor aunque sea pequeño y lleno de debilidades; con humildad pero con la certeza de que El nos escucha y siempre nos dará lo mejor que necesitamos, mucho más y mejor incluso que lo que nosotros le vamos a pedir.

Nos habla Jesús del amigo que con confianza porque es amigo, pero con insistencia y perseverancia para hacerlo levantar incluso de la cama donde ya está descansando, va a pedirle aquello que ahora necesita de forma perentoria. Es aquello de la constancia de la viuda que pide justicia con insistencia y perseverancia. Quiere el Señor que le pidamos aquello que necesitemos, pero quiere que aprendamos a hacerlo porque nos dejemos conducir por el Espíritu que, como nos dirá san Pablo, rugirá en nuestros corazones poniendo en nuestros labios lo mejor que podamos pedirle al Señor.

Por eso nos dice hoy Jesús tajantemente: ‘Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre’.

No hemos de tener miedo, pues, de pedir, de llamar, de buscar, de insistir en nuestra petición. Seremos escuchamos, se nos dará cuanto necesitamos, encontraremos aquello que buscamos, se nos abrirá la puerta del corazón de Dios para que entremos a morar en El. Es lo que nos enseña Jesús con la formula de oración que nos propone, el padrenuestro. Ahí están nuestras necesidades materiales – el pan de cada día – como estará todo lo que necesitamos para tener paz en el corazón – perdón recibido y otorgado -. Ahí está esa fuerza que necesitamos en el camino que nos hace fuertes para superarnos y para crecer, para liberarnos de todo lo malo – líbranos del todo mal y no nos dejes caer en la tentación - y para dejarnos inundar por su amor – venga a nosotros tu reino -.

Seguro que lo habremos experimentado muchas veces – tenemos que recordarlo saber dar gracias por ello - la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en la manos de Dios. Habrá una paz dentro de nosotros que en ningún otro sitio podremos encontrar. No necesitamos otras influencias porque sabemos que quien nos escucha es nuestro Padre.

domingo, 24 de julio de 2022

Nos habla Jesús de confianza y perseverancia, de la insistencia de nuestra oración, cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto del corazón con la intensidad del amor

 


Nos habla Jesús de confianza y perseverancia, de la insistencia de nuestra oración, cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto del corazón con la intensidad del amor

Génesis 18, 20-32; Sal 137; Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13

‘Señor, enséñanos a orar’. Quizás ha sido siempre la primera oración. Siempre lo decimos, no sabemos rezar, no sabemos orar. Lo pidieron los discípulos, como escuchamos hoy en el evangelio, cuando veían que Jesús se retiraba con frecuencia a solas para orar. No era solo la oración del sábado en la sinagoga, no eran los momentos de subida al templo de Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, o en las otras fiestas; cantaban salmos e himnos, escuchaban la lectura de la Ley y los Profetas.

Pero en Jesús veían que era distinto. Como lo sentimos nosotros tantas veces. Cuántas veces habremos dicho ‘no sé orar’; cuántas veces le hemos pedido a nuestros sacerdotes o a aquellas personas más religiosas de nuestro entorno, que nos enseñasen a orar, porque no sabemos hacerlo, siempre nos quedamos insatisfechos.

Jesús nos enseña a orar. Pero no son solo sus palabras en este momento o con esta fórmula que nos ofrece, sino que en la medida en que nos ha ido hablado del Reino de Dios de alguna manera nos ha estado diciendo cómo ha de ser nuestra oración. ¿Qué mejor manera que comenzar nuestra oración con esa palabra tan querida para Jesús? Nos está hablando continuamente del Padre, y como nos llegará a decir en un momento determinado, quien le ve a El, ve al Padre, porque nadie va al Padre sino por El.

Pues esa es la palanca principal de nuestra oración, la que nos lo dice todo, la que nos hace entrar en el misterio insondable de Dios, la que nos viene a llenar de Dios. ‘Vosotros decid, Padre…’ saboreando esa palabra lo tenemos casi todo hecho para nuestra oración. Es como para quedarse extasiado en la contemplación. Es saborear lo más hermoso. Es comenzar a gustar el cielo. Porque es comenzar a gustar el amor; es sentirse inundado de amor y comenzar a amar de la misma manera, con la misma generosidad, con el mismo entusiasmo, con el mismo fervor. Eso es lo grandioso.

¿No nos ha estado hablando como mensaje fundamental el anuncio del Reino de Dios que llega? Decir el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor; decir el Reino de Dios en sentirnos envueltos por ese Dios y por ese amor. Es lo que ahora de manera especial sentimos cuando le decimos a Dios, Padre; nos gozamos con ello pero es que ya comenzamos a desear algo nuevo, queremos que todos se sientan inundados por ese mismo amor, que todos lleguen a conocer ese amor que Dios nos tiene, que todos podamos amar a Dios de la misma manera que sentimos que se amor se derrocha sobre nosotros.

Nos sentimos seguros, porque nos sentimos amados. Nos ponemos en sus manos, como ponemos todos nuestros deseos; queremos sentir la providencia amorosa de Dios sobre nosotros, porque si Dios cuida de las flores del campo y alimenta a los pajarillos que vuelan por cielo, cómo no nos va a cuidar, cómo no nos va a hacer sentir su amor, cómo vamos a sentirnos desamparados. Tenemos la confianza de que no nos faltará el pan de cada día, no nos faltará su amparo y protección porque nunca nos faltará su amor. Con qué confianza nos dirigimos entonces a Dios, con qué confianza nos sentimos en su presencia, con qué confianza pedimos por todas las necesidades del mundo.

Pero como decíamos ya vamos a comenzar a tener una mirada nueva, es la mirada que se vuelve luminosa porque está llena del amor. Es la mirada nueva con que miramos a los demás porque sabemos que ellos son también amados de Dios, es la mirada de los hermanos que se quieren y que casi solo con la mirada se dicen cosas hermosas; será la mirada de la generosidad pero también de la comprensión, será la mirada del perdón cuando sentimos que con alguna arista nos hemos herido los unos a los otros, es la mirada que nos hace entrar en una nueva comunión. ¿Qué es lo que nos está diciendo Jesús cuando nos habla de que le pedimos perdón a Dios por nuestra falta de respuesta a su amor, pero que estamos también siempre dispuestos a perdonar a los demás?

Quienes se sienten amados se sienten seguros, decíamos antes. Pero nos sentimos seguros porque nos sentimos fortalecidos en ese amor. Y con la fuerza de ese amor superaremos obstáculos, venceremos dificultades, superaremos la tentación que tantas veces nos puede volver a incitar al mal. Si no sentimos amados, ¿cómo es que podemos dejarnos arrastrar por el mal? Todo eso, mucho más le estamos queriendo manifestar a Dios nuestro Padre cuando seguimos el aprendizaje de Jesús de lo que tiene que ser nuestra oración, cuando rezamos conforme al espíritu de la oración que Jesús nos enseñó.

‘Señor, enséñanos a orar’, le decimos también nosotros a Jesús. Y nos habla Jesús de la confianza y de la perseverancia, nos habla Jesús de la insistencia con que hemos de orar a Dios, nos habla Jesús de cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto de nuestro corazón, nos habla Jesús de la intensidad del amor que hemos de poner nosotros en esa oración, en ese encuentro con el Padre.