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martes, 24 de febrero de 2026

Orar es contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo, sentirnos inundados de amor

 


Orar es contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo, sentirnos inundados de amor

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

¿Te has parado alguna vez a contemplar la caída de la lluvia desde detrás de una ventana? Aunque nos parezca una cosa como tan sin importancia y elemental creo que todos hemos de reconocer que lo hemos hecho más de una vez. ¿Y qué es lo que hacemos, pensamos o decimos en situaciones así? Seguramente nos hemos quedado en silencio contemplando, sin palabras, con la mirada que se traspone más allá de la lluvia, con nuestros pensamientos puestos, ¿dónde?, donde más allá de donde estamos, más allá de esa lluvia que cae, nos sentimos transpuestos, no damos respuestas, no intentamos hacer nada, simplemente contemplamos, pero en el fondo parece que nos sentimos con nueva vida, nos sentimos renovados y revitalizados. ¿Es simplemente el contacto y la contemplación de la naturaleza o es algo más? No tenemos palabras.

¿Os habéis fijado en lo que hoy nos dice el profeta Isaías? Nos habla de la lluvia y de la nieve que caen mansamente y que empapan la tierra, y que hacen germinar las semillas y vuelven fecunda a esa tierra así empapada por la lluvia. Pero ya vemos la intención que tiene el profeta, quiere hablarnos de algo más, es una imagen que nos está poniendo para ese venir de Dios a nuestro encuentro, cuando El quiere y como El quiere, nos está dando una imagen de lo que es la oración. ¿Y qué es la oración sino una contemplación de la presencia de Dios que nos inunda y todo lo llena con su gracia haciendo fecunda nuestra vida?

Cuando pensamos en la oración decimos habitualmente que no sabemos orar; un poco nos escudamos en eso para no llegar a lo que tiene que ser una auténtica oración. Y pensamos en palabras que tenemos que decir – nos las hemos aprendido de memoria para tener la comodidad de repetirlas pero sin implicarnos mucho en lo que decimos – pensamos en las cosas que tenemos que pedir o pensamos en aquellos de los que queremos acordarnos para pedirle a Dios algo para ellos. Pero ¿es esa la imagen que nos da el profeta Isaías de lo que tiene que ser nuestra oración o de lo que luego nos enseñará Jesús en el Evangelio?

Ya de entrada nos está diciendo Jesús que no preparemos las palabras que tenemos que decir, porque realmente nosotros en nuestra oración andamos muy preocupados por la lista de la compra. Sí, pareciera que llevamos un montón de expedientes debajo del brazo como cuando vamos a rendir cuentas ante el jefe de nuestra oficina o para no olvidamos de todas aquellas cosas que necesitamos y tenemos que pedirle.

¿En eso tiene que convertirse nuestra oración? Quedémonos contemplando la lluvia, quedémonos saboreando esa presencia de Dios, quedémonos sintiendo el placer del amor que El nos tiene. Y es que el amor no es para decir cosas bonitas sino para disfrutarlo, disfrutar de estar con quien sabemos que nos ama. Y El que nos ama sabe muy bien las cosas que necesitamos y porque nos ama nos regalará mucho más de lo que nosotros apetecemos o creamos merecer.

Es eso también lo que nos está enseñando Jesús cuando nos enseña a orar. Los discípulos le habían pedido que les enseñara a orar porque lo contemplaban a El orando y para Jesús no era una cosa cansada y aburrida sino que era disfrutar de la presencia y del amor del Padre. Es lo que nos enseña a nosotros, es la primera palabra que va a surgir cuando nos disponemos a orar, es lo que nos enseñó Jesús, comenzar diciendo simplemente ¡Padre!

Y desde ahí surgirá todo, el sentir la gloria de Dios y entonces sentirnos transformados, el darnos cuenta que no tenemos otra cosa que hacer sino amar y porque amamos queremos en todo buscar lo que es su voluntad, vivir sintiendo el Reino de Dios en nuestras vidas porque sentimos ya que Dios lo es todo para nosotros. Así se irían desgranando todas esas pautas que Jesús nos ha dejado para hacer más auténtica nuestra oración, así nos sentiremos amados y confiados porque igual que no abandona a los pajarillos a los que proporciona alimento así la providencia de Dios vela por nosotros; nos sentiremos envueltos por su amor gozándonos en la misericordia que nos perdona, pero que nos impulsa a actuar con el mismo corazón y que si Dios está con nosotros no cabe en nuestra vida el mal porque todo se convierte en un torrente tumultuoso de amor.

¿Qué es orar? Contemplar y disfrutar, contemplar y dejarnos empapar por el amor, contemplar y sentirnos ya responsables de algo nuevo para nosotros y para nuestro mundo, sentirnos inundados de amor.

martes, 23 de febrero de 2021

Aprendamos a orar aprendiendo a dejarnos empapar por Dios como una lluvia que mansamente nos inunda y nos hace dar nuevos frutos de amor y de vida

 


Aprendamos a orar aprendiendo a dejarnos empapar por Dios como una lluvia que mansamente nos inunda y nos hace dar nuevos frutos de amor y de vida

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15

Quizás alguna vez nos hemos sorprendido a nosotros mismos contemplando la lluvia desde detrás de los cristales de nuestra ventana; ya hemos procurado que nadie nos sorprendiera para que no tener que oír si no teníamos cosa mejor que hacer que ver llover. Pues seguramente en ese momento no había cosa mejor que hacer; a mí me encanta, como me encantaba cuando era más joven y más atrevido circular en medio de la lluvia, a través de caminos poco menos que impracticables como muchas veces me tocó hacer en algunos lugares donde he habitado.

Pero si recuerdo esto, y lo hago de mano de lo que hemos escuchado hoy en las lecturas de la Palabra de este día, porque realmente es hermoso y se está como realizando un misterio de vida delante de nosotros cuando vemos llover y se va empapando la tierra donde luego germinarán fecundas las semillas para darnos hermosas plantas y hermosas flores y frutos. Ese irse depositando mansamente el agua en el terreno, cuando apenas vemos caer las gotas sino como una suave cortina que todo lo envuelve, pero donde vemos como la tierra se va empapando y empapando. Una imagen muy hermosa, una imagen que nos puede también decir muchas cosas.


Como ya hemos mencionado el profeta emplea esta imagen de la lluvia que cae y que todo lo empapa, pero en el evangelio se ha hecho el planteamiento de la oración. Hoy se nos recogen palabras de Jesús en el sermón del monte, pero al hilo de otro evangelista vemos que los discípulos en una ocasión se acercaron a Jesús para pedirle que les enseñara a orar. Seguramente será una petición que llevamos ahí escondida en nuestro corazón porque queremos orar y muchas veces no sabemos como hacerlo; repetimos fórmulas de oración ya elaboradas o cuando por nosotros mismos queremos balbucear nuestra propia oración casi no nos salen las palabras y a lo más nos ponemos a hacer simplemente un listado de peticiones.

También nosotros hoy queremos pedirle a Jesús que nos enseñe a orar. Y ya nos dice que no usemos de muchas palabras sino que nuestra oración tiene que ser como más sencilla y más espontánea. Pero no queremos dejarnos nada en el tintero, son tantas las cosas que queremos decir que igualmente nos ponemos a decir muchas palabras, pero nos ponemos poco a hacer silencio interior para sentir a Dios, para llenarnos de Dios, para escuchar esa presencia de Dios.

Y es aquí donde quiero utilizar esa imagen de la lluvia con la que hemos comenzado hoy nuestra reflexión. ¿Por qué no pensar que la oración es ese empaparnos de Dios como la tierra en la que cae mansamente la lluvia y poco a poco se va empapando de esa agua que la fecunda y la hace fructificar? Sí, dejarnos empapar por Dios; quedarnos quietos para ir dejando que Dios nos vaya inundando, sí, inundarnos de Dios.

Vamos a gozarnos de su presencia, escuchar su presencia que solo lo podemos hacer si hacemos silencio en nosotros, vamos a dejarnos sorprender por cuanto El irá suscitando en nuestro corazón, vamos a sentir que igual que corre la sangre por nuestras venas así Dios va llenando todo nuestro espíritu con su Espíritu y sentiremos entonces que ya no es nuestra vida sino la vida de Dios la que circula dentro de nosotros. Vamos a hacer silencio y quedarnos callados, porque sobran las palabras para que así podamos escuchar bien la Palabra, su Palabra de vida y de amor que nos llena y que nos inunda.

Nos sentiremos como en el cielo porque el cielo ha venido a nosotros y ya no está Dios allá en la lejanía de las alturas sino que lo sentiremos en nosotros y sentiremos entonces el gozo de su gloria, la alegría de su amor que nos transforma y así fluirá nuestra vida no ya por nuestros caprichos o caducas voluntades sino siempre en lo que es la voluntad del Señor. Casi no necesitaremos pedirle que nos ayude, aunque lo hagamos, porque en El y en su Espíritu nos sentiremos fortalecidos y comenzará a fluir de nosotros casi espontáneamente el amor y la paz.

Hagamos silencio, dejemos que esa lluvia de la presencia de Dios mansamente vaya poco a poco empapándonos para sentirnos así inundados por una nueva vida y por el amor. Nos veremos transformados porque nos sentimos amados de Dios y aprendemos a gustar y saborear esa hermosa palabra con la que comenzaremos a llamar a Dios, Padre.