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sábado, 15 de mayo de 2021

Saber encontrar sosiego y paz interior en la oración para disfrutar de la presencia del Señor, dejarnos inundar por la presencia del Espíritu y gozarnos en el Señor

 


Saber encontrar sosiego y paz interior en la oración para disfrutar de la presencia del Señor, dejarnos inundar por la presencia del Espíritu y gozarnos en el Señor

Hechos de los apóstoles 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28

Qué a gusto y qué bien nos sentimos en la vida cuando hemos encontrado esa persona, ese amigo que es como un descanso para nuestro espíritu. Esa persona merecedora de toda nuestra confianza, con quien podemos contar en todo momento, que nos escucha, nos ayuda, nos da un consejo, incluso nos recrimina cuando ve algo en nosotros que podemos mejorar. Pidamos lo que le pidamos, siempre nos escucha y trata de atendernos en lo que necesitemos; sean cuales sean los problemas que tengamos a él se lo podemos confiar, porque contamos con su discreción y respeto, pero también sabemos que de él vamos a recibir la palabra oportuna que nos va a hacer ver con mayor claridad. No sentimos oprobio porque nos conozca en las más duras pobrezas de nuestra vida, sino que para nosotros es como una felicidad y un descanso tenerlo a nuestro lado.

Es un tesoro que no desearíamos perder. Humanamente necesitamos ese apoyo, ese cayado que nos sirve de apoyo en nuestro caminar en la vida y que bien sabemos que no se va a doblar ni quebrar; su lealtad es infinita. Ojalá lo encontremos y nunca lo perdamos.

Me estoy haciendo esta consideración de estas facetas de nuestra humanidad, pero al mismo tiempo estoy escuchando lo que hoy nos quiere decir Jesús en la Palabra de Dios que escuchamos. ¿No nos estará diciendo Jesús que todo eso y mucho más lo podemos encontrar en El?

Nos habla Jesús de la confianza con que nosotros hemos de acercarnos a Dios incluso desde nuestras necesidades, porque nos dice que todo lo que le pidamos al Padre en su nombre nos lo concederá. El que siempre nos escucha, el que nos conoce hasta lo más íntimo y profundo de nuestro ser, ante quien siempre hemos de mostrarnos con la sinceridad y la realidad de nuestra vida, en quien siempre vamos a encontrar ese descanso y ese apoyo para nuestro caminar.

Muchas veces miramos la oración solo como algo que le vamos a pedir a Dios, pero nuestra oración tiene que ser mucho más. Podíamos decir que es descansar en Dios. ¿No nos dice Jesús en otra ocasión que quienes estamos agobiados y angustiados vamos a El porque El nos aliviará y en El encontraremos nuestro descanso?

Hablábamos antes de ese amigo en quien confiamos, pero decíamos no solo porque a él le pidamos en nuestras necesidades, sino porque en él encontramos ese apoyo, esa escucha, ese saber detenerse a nuestro lado simplemente para estar a nuestro lado y sintamos esa presencia que nos alienta, y cuya palabra siempre será un rayo de luz para mi vida. Eso es lo que buscamos en nuestra oración con Dios.

Sentirnos a gusto en su presencia, a pesar de nuestras debilidades y pobrezas, a pesar de los tropiezos y errores que cometemos en la vida, a pesar de que nos encontremos como desorientados, en la presencia del Señor nos sentimos a gusto. Nuestra oración tiene que ser ese disfrutar de Dios que así se hace presente en nuestra vida, así está presente siempre en nuestra vida.

Tenemos que reconocer que no siempre disfrutamos en nuestra oración; nos la hemos tomado como una rutina que tenemos que hacer y no ponemos vida en lo que hacemos y en consecuencia tampoco encontraremos vida. Tenemos que cambiar nuestra forma de hacer la oración. Saber encontrar ese sosiego, esa paz interior; no ir a la oración como quien va a cumplir con una cosa o un rito que tiene que hacer sino ir a disfrutar de la presencia del Señor, dejarnos inundar por la presencia del Espíritu, gozarnos interiormente en el Señor.

Nos decía Jesús: ‘Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa’. Entendamos bien estas palabras de Jesús. Pedir en su nombre es sentirnos unidos a El cuando oramos a Dios. Si en la presencia del Padre nos sentimos unidos a Jesús, claro que nuestra alegría será completa, se llenará de plenitud, nos sentiremos las personas más felices que se puedan encontrar.

viernes, 14 de mayo de 2021

La celebración de la fiesta del Apóstol san Matías y el recuerdo de su elección nos ayuda a ver la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia

 


La celebración de la fiesta del Apóstol san Matías y el recuerdo de su elección nos ayuda a ver la acción del Espíritu en la vida de la Iglesia

 Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Sal 112; Juan 15, 9-17

El grupo de los apóstoles había sido constituido por el mismo Cristo con el número de Doce. Así entre todos los discípulos que lo seguían había elegido y llamado a Doce para constituirlos apóstoles. Los evangelios en distintos momentos nos hablan de ese momento en que Jesús después de pasar la noche en oración había llamado por su nombre a aquellos doce y los había constituido apóstoles. Le habían seguido desde el principio, habían escuchado su llamada en distintos momentos, y a ellos de manera especial instruía sobre los misterios del Reino y habían sido testigos de su muerte y resurrección.

Había fallado el hijo de la perdición, como en algún momento se le llama, Judas Iscariote el que lo entregó y acompañó a aquellos que fueron a prenderle en el Huerto y ahora reunidos los once con gran número de discípulos – se habla de que estaban reunidos unos 120 – deciden buscar como sustituto a uno de los que también desde el principio habían caminado con Jesús y había sido también testigo de su resurrección.

La primera lectura de este día nos habla de esta elección de Matías que iba a formar parte del grupo de los Doce y del discurso de Pedro con los razonamientos del por qué de su elección.

Es la fiesta de un apóstol que hoy celebramos, san Matías. Un momento que nos viene bien recordar y celebrar porque nos está llevando también a los orígenes de la comunidad cristiana, y aunque aun en este episodio no había sucedido la manifestación del Espíritu en Pentecostés, sin embargo estamos viendo como la Iglesia siempre se ha dejado conducir por el Espíritu del Señor que anida en nuestros corazones y que se hace presente en la vida de la Iglesia.

Es un episodio previo a Pentecostés y que este año también tenemos cercano a las fiestas de la Ascensión del Señor al cielo y posteriormente Pentecostés con la venida del Espíritu Santo. Si hemos venido reflexionando en estos días en las palabras de Jesús que nos anuncia y promete la asistencia del Espíritu Santo la celebración de la fiesta de este Apóstol y el recuerdo de su elección que se nos hace en la Palabra de Dios nos puede ayudar a ver esa acción del Espíritu continuamente en la vida de la Iglesia.

No podemos comprender el sentido de la Iglesia sin la fe en don del Espíritu Santo que Jesús nos promete y nos envía. Es el Espíritu el que nos ayuda a comprender el misterio de la Iglesia; es el Espíritu el que nos lleva más allá de ese grupo humano que formamos los que creemos en Jesús para comprender que nuestro sentido y nuestra vida eclesial no tendrían sentido ni valor sin la acción del Espíritu en nosotros.

Es quien nos congrega pero para ser algo más que un grupo de personas que se reúnen desde unos intereses o unas motivaciones muy particulares. Es algo más que desarrollar un programa, tener unos objetivos y unas metas, porque es sentir por la fuerza del Espíritu la presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros. Lo que nos convoca y nos reúne es la fe, y desde esa fe nos sentimos congregados en la fuerza del Espíritu para poder vivir ese Reino de Dios anunciado y constituido por Jesús.

Vivimos en este mundo y con los pies bien afirmados en nuestro mundo, pero nuestra meta no es conquistar ese mundo o constituirnos en un grupo de poder en medio de él; nuestra postura principal será siempre la del servicio, para hacer sí que nuestro mundo sea mejor impregnándolo de los valores del Reino de Dios. Será el Espíritu el que nos guíe, nos ilumine, nos fortalezca en la tarea, será el Espíritu el que haga posible que resplandezcan esos valores con los que buscamos siempre la gloria de Dios y el bien del hombre.

Que la imagen de los apóstoles que recibieron el mandato del Señor de anunciar la Buena Nueva de la Salvación sea para nosotros un estímulo para el seguimiento del camino del Señor pero para ser en verdad sus testigos en medio del mundo.

jueves, 13 de mayo de 2021

No podemos perder la esperanza ni hundir con lo que está sucediendo, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo, al final brillará una renovada alegría

 


No podemos perder la esperanza ni hundir con lo que está sucediendo, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo, al final brillará una renovada alegría

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20

Tenemos que saber interpretar la vida. Hacer una buena lectura de la vida. Si somos reflexivos, la vida nos enseña; claro que hay que masticar muchas veces lo que la vida nos ofrece, las cosas que nos suceden, no podemos ir siempre a la carrera sin detenernos para saber mirar y para saber escuchar; en aquello que nos acontece siempre podemos encontrar un mensaje, siempre podemos encontrar un estimulo para seguir nuestro camino y siempre con actitud constructiva positiva. A veces no es fácil, pero desde nuestra interioridad podemos entresacar las enseñanzas.

Claro que el creyente le añade una visión distinta. No somos creyentes por unas afirmaciones que hagamos en un momento determinado, que también tenemos que hacerlo, sino porque añadimos a toda esa mirada reflexiva que nos hacemos de la vida el aceite y el perfume de la fe. Así podremos en aquello que ahora nos sucede la transparencia de lo que un día el Señor nos prometió o nos enseñó y todo aquello que ha sido para el creyente la historia de la salvación la va a ver plasmada en su vida y sentirá como en su vida Dios igualmente le habla.

Hoy Jesús pronuncia unas palabras en el evangelio – estamos en la cena de despedida, la última cena – que a los discípulos les cuesta comprender; les parecen poco menos que un trabalenguas aunque después que se desarrollaron todos aquellos acontecimientos de la Pascua llegarían a comprender bien el sentido de sus palabras. ‘Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver’, les dice Jesús y ellos se preguntan qué pueden significar estas palabras. Con lo que Jesús a continuación les dice terminará por afirmarles ‘en verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Como decíamos después de los acontecimientos de la pascua vinieron a comprenderlo. Desde el prendimiento de Jesús en el huerto todo fue tristeza y sensación de abandono en los discípulos. Con miedo encerrados estaban en el cenáculo aun aquel primer día de semana, y veremos a los discípulos de Emaús tristes y cariacontecidos mientras marchaban con sensación de fracaso a su pueblo. Pero ¿qué sucedió en aquel primer día de la semana? El Señor resucitado se les manifiesta y ellos se llenan de alegría. ‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría’, les había dicho. Entendieron y entendemos las palabras de Jesús.

Pero eso lo leemos en nuestra historia y en nuestra vida. Cuántos momentos de oscuridad se han tenido a lo largo de la historia como fueron los momentos de las persecuciones o han sido momentos de verdadera crisis que se han sucedido muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia. Momentos de confusión, momentos de soledad, momentos que parecían de fracaso para los cristianos y para la Iglesia. Pero la Iglesia siempre ha salido fortalecida de esos momentos, con vitalidad siempre nueva, porque además siempre tenemos la certeza de la presencia del Espíritu del Señor con nosotros.

¿Serán distintos los tiempos que vivimos? Oscuridades de todo tipo afectan a la humanidad en estos momentos y también por qué no a la Iglesia y a nosotros los cristianos. La misma situación social en que nos encontramos son momentos de agobio, de tristeza ante tanto sufrimiento, de desconcierto pero hemos de saber encontrar una luz que nos haga mirar todo esto con una mirada nueva, con una mirada distinta.

No podemos perder la esperanza, no nos podemos hundir con lo que está sucediendo, algo tenemos que descubrir, para algo ha de servirnos cuanto estamos sufriendo. Nos puede parecer que poco menos que estamos abandonados de Dios, tan duro es lo que se está pasando. Muchos hablan incluso de castigos divinos. Pero nos cuesta entender, nos cuesta encontrar esa lectura nueva, las repuestas locas que vemos muchas veces alrededor aún nos desconciertan más.

Pero Jesús nos está diciendo que todo esto pasará y que recobraremos la alegría, que habrá una nueva alegría son sabores de plenitud. Hay momentos en que nos parece que no vemos la presencia de Dios, pero sabemos bien que ahí está. Es importante que no perdamos la esperanza. ‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu dejándonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace partícipes de su misma vida

 


Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu dejándonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace partícipes de su misma vida

Hechos de los apóstoles 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15

El estudiante comienza con ilusión su carrera, pero a medida en que avanza en sus estudios se va dando cuenta de que aquello es mucho más complejo que lo que había imaginado; quiere conocer y aprender, quiere seguir avanzando, pero hay momentos en que se ve desbordado; como se suele decir hay que dar tiempo al tiempo y todo se irá caminando.

Pongo el ejemplo del estudiante o podemos pensar en otras muchas situaciones de la vida en que también nos sentimos desbordados; la complejidad de los problemas, los nuevos caminos que se abren ante nosotros, la posibilidad de hacer que las cosas cambien, pero exige esfuerzo, dedicación, no perder el entusiasmo, continuar en la tarea a pesar de los pesares como suele decirse.

Los discípulos de Jesús lo habían ido conociendo poco a poco; aquel grupo más íntimo y más particular que constituían los que Jesús había elegido y los había llamado apóstoles iban teniendo cada vez un conocimiento más profundo de Jesús, sin embargo algo nuevo iban descubriendo cada día del misterio de Cristo que algunas veces les costaba entender y aceptar; ahora se encontraban en una encrucijada con los anuncios que había hecho Jesús de lo que iba a suceder; los recuerdos de todo lo que Jesús les había enseñado se iba como acumulando y les costaba asimilarlo.

Y, ¿cuándo Jesús no estuviera, dado los anuncios que estaba haciendo? Les parecía casi imposible recordarlo todo para llegar a vivir aquel nuevo sentido de vida que Jesús les estaba enseñando. Es lo que Jesús les esta anunciando ahora. No han de temer porque el Espíritu será su sabiduría.


‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará’.

El Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena. Buscamos la verdad, está en el deseo más profundo del hombre. Es una constante que se repite continuamente en el evangelio. Jesús nos dirá que El ha venido para dar testimonio de la verdad, esa es su razón de ser. Será cómo responderá a Pilato cuando éste le pregunta sobre su identidad, aunque ante la respuesta de Jesús el Procurador se preguntará con sorna qué es la verdad. Un hombre que procedía del mundo gentil, de la cultura griega y romana donde habían abundado los filósofos, maestros que enseñan el camino de la sabiduría y de la verdad, al final tiene dudas de lo que es la verdad. Por eso la pregunta-respuesta que se hace Pilatos aunque no espera la respuesta de Jesús. ‘¿Qué es la verdad?’

Pero ya Jesús a lo largo del evangelio nos irá dando testimonio de la verdad, porque nos está descubriendo todo el misterio de Dios que es en fin de cuentas descubrirnos también todo el misterio del hombre. Y ahí está nuestra sabiduría, ahí está la verdad que buscamos y que tenemos que creer. Por eso Jesús terminará afirmándonos que El es la Verdad. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida, nadie va al Padre sino por mí’. Es Jesús mismo la respuesta a esa eterna pregunta de la humanidad.

Y hoy nos dice Jesús que tendremos con nosotros el Espíritu de la Verdad que nos lo revelará todo y nos guiará hasta la verdad en plenitud. Es el Espíritu que nos va a guiar al conocimiento pleno de Jesús. Y ese conocimiento pleno de Jesús va mucho más allá de saber muchas cosas de Jesús. Hay muchos que saben muchas cosas de Jesús, pero les falta algo importante, la fe en Jesús, creer en Jesús.

La fe no nos la da solamente el conocimiento que podamos tener, aunque también lo necesitemos, sino el Espíritu que anida en nuestro corazón y que será quien en verdad despierte la fe en nosotros. Sin dejarnos guiar por el Espíritu Santo no llegaremos al conocimiento pleno de Jesús, no llegaremos a poner toda nuestra fe en Jesús. Porque será el Espíritu el que nos revele en nuestro corazón quién es Jesús, el secreto y el misterio de Jesús para reconocer en El al Hijo de Dios que es nuestra Salvación.

Abramos nuestro corazón a la presencia y a la sabiduría del Espíritu, preparémonos con intensidad para la celebración de la venida del Espíritu, y dejémonos conducir por el Espíritu que nos revela a Jesús y nos hace participes de la vida misma de Jesús para ser también nosotros hijos de Dios.

martes, 11 de mayo de 2021

Que se despierte nuestra fe en la presencia del Espíritu, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y podremos mostrar ante el mundo lo que realmente somos

 


Que se despierte nuestra fe en la presencia del Espíritu, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y podremos mostrar ante el mundo lo que realmente somos

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

A veces sucede en el ámbito de la sociedad en la que vivimos que se han formado grupos humanos que alguien supo aglutinar en torno quizás a unos objetivos o unas metas; ese líder que ha sabido reunir y mantener ese grupo humano, puede fallarnos algún día, porque con el paso de los años quiera dar paso a otras personas que lo lideren o por circunstancias de la vida que le hace imposible su permanencia junto a ellos. Seguro que por la cabeza de más de uno pasará la idea de que aquello se viene abajo, se preguntará quien podrá mantener una unidad entre todos y cosas así por el estilo.

¿Qué estaba sucediendo en el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús con todos los anuncios que Jesús les hacia, incluso en el hecho de que les hablaba de que iba a ser entregado en manos de los gentiles y seria atormentado hasta la muerte en la cruz? De alguna manera era también un grupo humano aunque allí había otros grandes ideales y todo en aquel grupo tenia otra trascendencia.

El ambiente en aquella cena con todos los gestos y signos que se iban sucediendo, con las palabras de Jesús que sonaban a despedida, estaba recargado con las nubes de la tristeza y en cierto modo el miedo y la angustia. ¿Qué iba a suceder? De alguna manera hasta les costaba hacerle preguntas al Maestro sobre todo aquello que les decía, tanta era su tristeza.

‘Ahora me voy al que me envió, les dice Jesús, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.

La fuerza que uniría al grupo de los creyentes en Jesús sería el Espíritu Santo. El Espíritu Santo que Jesús les promete y que recibirán en Pentecostés. El Espíritu Santo que sigue siendo el alma de los cristianos, la fuerza y la vida de la Iglesia, de todos los que nos congregamos en una fe en Jesús.

No son meros lazos humanos los que nos unen; no es simplemente la amistad lo que constituye el grupo de los seguidores de Jesús; no son unos ideales o unos sueños de un mundo mejor por el que queremos luchar aunque todo eso esté presente en nuestra vida. Es la fe en Jesús que al sentirnos unidos plenamente a El nos hace llenarnos de su Espíritu.

Algunas veces no terminamos de comprender todo el misterio de la Iglesia. Ya sé que desde fuera nos pueden mirar como un grupo, una asociación como tantas o una sociedad más de las que hay en el mundo; ya sé que muchos nos atribuyen unos signos de poder para mover los hilos de la sociedad desde unos determinados intereses; desde fuera no siempre se entiende la misión de la Iglesia y qué es lo que realmente nos mantiene unidos; muchas veces también los mismos cristianos parece que no lo tenemos muy claro y así andamos dando bandazos de un lado para otro.

Solo la fe nos reúne y nos congrega; y es la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado la que está con nosotros y la que se hace presente en la Iglesia. Muchas veces también andamos como aturdidos por los problemas que en la vida se nos presentan y por los problemas que afectan también a la misma vida de la Iglesia, y como los discípulos en la noche de la última cena, también andamos tristes y preocupados. Pero es que estamos olvidando algo importante que es la asistencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, la fuerza del Espíritu del Señor en cada uno de nosotros, que no nos hará sentirnos solos y abandonados porque así siempre sentiremos la presencia del Señor con nosotros.

Que se despierte nuestra fe en la presencia y fuerza del Espíritu Santo, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y así nos podremos mostrar ante el mundo como lo que realmente somos.

lunes, 10 de mayo de 2021

Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad

 


Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

‘Ya te lo había dicho’, nos dice el amigo que nos había prevenido pero a cuyas palabras habíamos hecho poco caso. Y nos sucedió como nos lo había dicho el amigo. Son cosas que nos pasan en la vida, alguna cosa que queríamos emprender pero que el amigo quizás veía los peligros de fracaso o dificultad, una tarea en la que nos habíamos comprometido pero por nuestra falta de constancia no fuimos capaces de llevar hasta el final a pesar de que el amigo que nos conocía muy bien nos había prevenido.

Jesús también nos previene con todo cariño ante lo que nos puede pasar, aunque muchas veces nos parece que todo va a ir bien y quizás bajamos la guardia, no ponemos toda la atención y la intensidad que tendríamos que poner en muchos aspectos de nuestra vida cristiana. Es lo que hoy escuchamos en las palabras de Jesús, aunque lo hemos escuchado muchas veces; quizás nos pensamos que esos tiempos de persecución o dificultad son propios de otros tiempos, recordamos acontecimientos de la Iglesia del pasado, pero no somos capaces de abrir los ojos para ver lo que hoy también nos puede pasar.

Claro que cuando nos vemos incomprendidos, o no somos aceptados nos sentimos mal y hasta podemos amargarnos porque nos parece que no vamos a encontrar salida o no vamos a tener la fuerza para enfrentarnos a esas situaciones. Son cosas que nos pueden suceder hoy, de hecho en esta sociedad tan plural en la que vivimos, tan dominada por tendencias de todo tipo, tan esclavizada a un materialismo imperante o un sensualismo que pareciera que es lo único importante en la vida, cuando nosotros queremos ser fieles a unos principios y a unos valores nos vamos a encontrar un muro muy fuerte en contra.

Todos por otra parte estamos sujetos a muchas tentaciones de todo tipo y si bajamos la guardia en nuestra espiritualidad fácilmente nos vamos a ver debilitados y arrastrados por mil cosas que nos alejan del espíritu cristiano que tendría que envolver nuestra vida.

Jesús hoy les dice a los discípulos en su despedida – estas palabras corresponden a los discursos de despedida de Jesús en la última cena – que incluso van a ser expulsados de las sinagogas, lo que para un judío tenia que ser algo muy doloroso.

Pero Jesús al tiempo que les anuncia esas dificultades con las que se van a encontrar también les promete que el Espíritu Santo será su guía y su fortaleza, que El será luz en esos momentos de dificultad y oscuridad, pero será también la fuerza para mantenerse firmes porque incluso pondrá palabras en sus labios para responder a los ataques que puedan sufrir.

‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.

El Espíritu de la verdad que procede del Padre. Es la promesa de Jesús que iremos escuchando repetidamente en estas semanas y días del tiempo pascual. Es el Espíritu divino que fortalece nuestra vida. No actuamos solos y por nuestra cuenta; no actuamos solo con nuestras fuerzas humanas por mucha fuerza de voluntad que digamos que tenemos. Aparece la debilidad de nuestra condición humana, aparece la debilidad que se puede llamar confusión, aparece la debilidad que nos llena de desanimo, aparece la debilidad de nuestros desencantos porque nos habíamos imaginado quizá un mundo muy irreal, aparece la debilidad cuando contemplamos fracasos en quienes creíamos fuertes y eso nos desalienta.

Jesús nos ha prevenido frente a todos esos malos momentos que pueden aparecer en nuestra vida y Jesús nos ha prometido la presencia del Espíritu de la verdad que dará testimonio en nosotros. Pero frente a todas esas debilidades tenemos la seguridad de la fortaleza del Espíritu. Invoquémosle con fervor para sentir su gracia y su presencia.

domingo, 9 de mayo de 2021

El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 


El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Para que llegue hasta nosotros la energía, llamémosla energía eléctrica, necesitamos unos conductores que desde la central, donde se produzca o esté concentrada, sin interrupción llegue a ese instrumento, por ejemplo, en el que la vamos a utilizar. Ya conocemos las consecuencias cuando, por ejemplo, a causa de un temporal se cortan esas líneas de alta tensión, o cuando se produce alguna avería seria en alguno de sus transformadores, por ejemplo.

Podríamos decir que el amor es esa energía de Dios y hemos de reconocer en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener hacia los demás parte de Dios. Ya se nos ha dicho claramente hoy en la carta de san Juan. ‘Dios es amor’. Y el amor no parte de nosotros sino que parte de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’.

Es la gran revelación que nos hace Jesús. Aunque si hacemos una buena lectura nos damos cuenta de que toda la historia de la salvación es una historia de amor – la historia del pueblo elegido es una historia de amor de Dios para con su pueblo -, en Jesús alcanzamos la plenitud de esa revelación de lo que es el amor de Dios. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor…’ y terminará diciéndonos, ‘pues así amaos los unos a los otros como yo os he amado’.

No es un amor cualquiera ni con cualquier medida. Es el amor de la entrega total. No es amar solo a aquellos que me aman, no solo es el amor de amistad, aún con todo lo bello que puede ser. Es el amor que se hace ‘ágape’, se hace comida, como comida se hizo Cristo mismo para que nosotros lo comiéramos; es el amor que llega a la entrega más sublime porque es capaz de darse hasta la muerte para dar vida, para que haya fruto en nosotros. Y podemos recordar al grano de trigo que es enterrado para que muera al germinar y producir una nueva vida. Es el amor supremo del que da la vida por el amado, como lo hizo Jesús. ‘Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado’.

Ahí estamos contemplando ese hilo conductor del amor de Dios, que se nos manifiesta en Jesucristo y que tendrá que irse reflejando luego en nuestra vida, amando con el mismo amor, amando con la misma medida del amor, ‘como yo os he amado’. No nos podemos permitir ninguna ruptura, por eso nos dice, ‘permaneced en mi amor’. Pero además recordemos que ha venido hablándonos con muchas imágenes como la de la viña en que los sarmientos tienen que estar unidos a la vid para que puedan dar frutos. ‘Sin mi no podéis hacer nada’, nos dice.

Es el amor que tiene una característica especial, porque es un amor muy concreto; no es un amor genérico con el que decimos que amamos a todos, no es un amor interesado porque solo amamos a los que nos han amado antes a nosotros, no es un amor en el que ponemos unas condiciones de correspondencia, sino que es un amor generoso y total pero muy personal y concreto a cada uno. Así es el amor que el Señor nos tiene, porque El nos ha elegido, luego, podríamos decir, nos está amando con nuestro nombre. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

Es un gozo sentirnos amados así; es un gozo poder hacernos participes de un amor así. Disfrutemos de ese amor que el Señor nos tiene pero disfrutemos nosotros amando de la misma manera. Jesús nos está diciendo que todo esto nos lo revela para que nuestra alegría sea completa, nuestra alegría llegue a la plenitud. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.

Qué felices somos cuando nos sentimos amados, por eso la fe que tenemos en el Señor es el motivo de la mayor alegría. Los cristianos que nos sabemos amados de Dios tendríamos que ser las personas más felices del mundo, tendríamos que ir repartiendo alegría y felicidad por doquier. Y es que amando así de esa manera los demás tenemos que sentirnos las personas más dichosas, porque estamos haciendo felices a los que nos rodean. Es una lástima que los cristianos no contagiemos esa alegría; tristes cristianos que aunque se dicen muy creyentes van con caras de amargados y caras de circunstancias allá por donde van.

Tendríamos que tomar la temperatura de nuestro amor, tomando como referencia todo esto que nos ha hecho reflexionar hoy la Palabra de Dios. quizás el mercurio de nuestro amor no nos da la medida de la temperatura porque aun seguimos amando con medidas raquíticas, escogiendo a quien amamos o quienes queremos ser buenos, sopesando primero lo que hayamos podido recibir de los otros para entonces llegar a amarlos.

Quizá los hilos conductores que nos hacen llegar ese amor de Dios a nosotros los hemos roto e interrumpido, o puesto muchos obstáculos o averías en el camino. ¿Seremos el sarmiento unido a la vid que tiene vida o nuestra vida es un sarmiento reseco que no da fruto y solo sirve para arrojarlo al fuego? Mucho tendríamos que analizar.

‘Esto os mando, nos dice Jesús, que os améis los unos a los otros’. Ya sabemos cómo.