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jueves, 22 de octubre de 2026

Dejémonos sorprender por el evangelio aunque nos deje inquietos y desconcertados porque el bautismo recibido tiene que encender una hoguera en el corazón

 


Dejémonos sorprender por el evangelio aunque nos deje inquietos y desconcertados porque el bautismo recibido tiene que encender una hoguera en el corazón

Efesios 3, 14-21; Salmo 32;  Lucas 12, 49-53

No dejan de sorprendernos y a veces desconcertarnos muchas páginas del evangelio que cuando vamos a él desde nos planteamientos a razonamientos meramente humanos nos cuesta entender y cómo traducirlo en la vida. En más de una ocasión se me ha acercado alguien con corazón inquieto y con deseos de búsqueda porque quiere encontrar respuestas y luz para su vida y cuando le he invitado a que se acerque a la Biblia, que se acerque al evangelio me dice que lo ha intentado y que se encuentra en ocasiones cosas que no entiende y que de alguna manera le llenan de confusión.

Buscamos quizás porque queremos encontrar respuestas, pero algunas veces lo que nos está sucediendo es que no nos dejamos sorprender; nos parece que esas respuestas que buscamos tienen que ir en un sentido que de alguna manera hemos predeterminado pero para encontrarnos con la palabra de Dios tenemos que escuchar y hacerlo sin nuestros prejuicios o nuestras predeterminaciones; y escuchar despojándonos de lo que nosotros pensamos se nos hace imposible, porque incluso en nuestros diálogos humanos con los que están a nuestro lado muchas veces decimos que dialogamos, pero lo que hacemos es discutir sin escuchar, porque ya llevamos de antemano pensado lo que creemos que piensa el otro y no nos detenemos a escuchar, y mucho nos tendrá que decir el otro. Es lo que tenemos que hacer con Dios, escuchar dejándonos sorprender por lo que el Señor quiere manifestarnos, mucho será lo que el Señor quiere decirnos.

Emplea hoy Jesús palabras que nos parecen duras y pensamientos en nuestra prevención que nos parecen contradictorios e inaceptables. Habla de fuego y de violencia, habla de bautismo y de muerte, habla de división cuando por otra parte se nos ha presentado como el Príncipe de la Paz y en su nacimiento los ángeles del cielo al cantar la gloria de Dios cantaban como un anuncio la paz para aquellos que Dios ama.

Pero con estas palabras que ahora nos está diciendo Jesús ¿no nos estará trazando el cuadro de lo que ahora mismo está sucediendo a su alrededor? Aunque aparentemente en el relato del evangelio parece que todos querían escucharle y estar con Él, pues nos habla de multitudes venidas desde todos los rincones de Palestina, sin embargo por en medio van apareciendo continuamente los que no lo aceptan, los que traban discusiones con Él porque les parecen inaceptables las palabras y las actitudes de Jesús; si Jesús estaba anunciando un Reino de Dios en donde entre sus principales características tenía que estar la paz, el amor, la comunión, sin embargo en torno a Jesús se iba forjando también la división que llegaría a calar entre sus mismos discípulos más cercanos cuando entre ellos andaban discutiendo por los primeros puestos y alguno defraudado lo abandonaría y lo traicionaría.

Por algo proféticamente el anciano Simeón había dicho que aquel niño iba a ser un signo de contradicción y que en su presencia tendrían que decantarse los que optaban por la luz o por las tinieblas. ¿No será también la opción que nosotros hemos de hacer en nuestro seguimiento de Jesús pero que sin embargo muchas veces sentimos que nuestro corazón está dividido?

Y ese primer grito desgarrador de Jesús porque sentía que había de recibir un bautismo que ya parecía que estaba tardando, es el fuego del amor que arde fuerte en su corazón desde el que quiere llenar de vida el mundo que le rodea. Un día también les había dicho a aquellos que aspiraban a los primeros puestos si estaban dispuestos a beber su mismo cáliz o ser bautizados con el mismo bautismo que el de Jesús. Y aquí es donde nosotros tenemos que pensar nuestra respuesta, si queremos o no dejarnos envolver por ese fuego del Espíritu que haga de nosotros unos hombres nuevos.

¿Tenemos miedo al fuego del amor? ¿Trataremos igualmente de templar el ardor de ese fuego como hacemos tantas veces cuando simplemente vamos queriendo poner remiendos a nuestra vida? ¿Habremos pensado lo suficiente lo que significa, lo que tiene que significar en todas sus consecuencias ese bautismo de Jesús? No se nos puede quedar el bautismo en un rito lejano que recibimos un día porque nuestros padres nos trajeron a bautizar cuando éramos niños sin que ahora esté repercutiendo en nuestras vidas con unas actitudes nuevas y con un amor llevado hasta el final. Creo que la escucha de este evangelio va a ser una sorpresa grande para nuestra vida.


viernes, 24 de abril de 2026

Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna

 


Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

En ocasiones hay cosas que nos desconciertan en la vida, se nos vuelven intragables, nos cuesta entender, podemos cruzarnos de brazos, por decirlo de alguna manera, y hacer como si esto no fuera con nosotros, o buscamos razonamientos, justificaciones y explicaciones que muchas veces también nos cuesta hacer, o lo aceptamos sin más, casi como un misterio más de la vida y tratamos de arreglárnosla como podamos. Pero quizás en una experiencia profundamente vital lo vamos haciendo nuestro para llegar no quizás a explicaciones, pero sí a ser algo que va a formar parte de nuestra vida y que al final nos irá haciendo comprender muchas cosas. Y es algo no solo en lo material sino en el sentido más espiritual de la vida con lo que nos podemos encontrar.

Así se encontraban en aquel momento los judíos de Cafarnaún ante la deriva de las palabras de Jesús en aquella búsqueda que iban realizando que les hacia ir tras Jesús por todas partes aun hasta los descampados donde parecía que Jesús quería refugiarse con sus discípulos más cercanos en algunas ocasiones. Así había sucedido cuando ante la carencia de provisiones Jesús les había alimentado milagrosamente allá en aquellos lugares apartados hasta donde le habían seguido. Ahora habían venido a Cafarnaún en su búsqueda y allí lo habían encontrado.

Pero en aquel encuentro Jesús les había hecho pensar en lo que ellos jamás habrían adivinado. Desde plantearles lo que de verdad sentían en su corazón cuando le buscaban, el por qué de sus búsquedas, pero de la necesidad de poner toda su fe en El para poder encontrar caminos de vida. Jesús les hablaba de un pan del cielo que habían de comer y que no era el maná que el desierto Moisés les había dado, porque ahora Jesús les decía que El era ese pan de vida, que era necesario comerle para tener vida para siempre, para alcanzar la vida eterna.

Les costaba entender esa adhesión tan radical que Jesús les estaba pidiendo. En sus visiones confundidas de lo que sería el Mesías no terminaban de entender el mensaje de Jesús de lo que en verdad significaba ese Reino de Dios del que tanto les había hablado. Ese pan de vida se tenía que convertir en el sentido nuevo de todo que les ofrecía Jesús y que tendría que hacerles entrar en un nuevo sentido de comunión con Jesús. Por eso ahora Jesús les habla de comer, de comer su carne y de beber su sangre para poder tener vida eterna; si Jesús les había pedido que había que creer totalmente en el para ser resucitados en el ultimo día, ahora les está diciendo que esa fe tiene que llevarles a una comunión tan grande como que tienen que hacerse una sola cosa con Jesús.

Como el alimento que comemos y que lo asimilamos de tal manera que se hace uno con nosotros, porque es el que va a sostener nuestra vida, nos dará esa energía y fuerza que necesitamos para vivir, no solo para que nuestros órganos vitales puedan funcionar, sino que es la vida que es algo mucho más profundo que hay en nosotros, en nuestro existir. Y Jesús nos dice entonces que tenemos que comerle para que haya esa asimilación profunda de la vida de Dios en nosotros, para que podamos llegar a esa comunión que nos hace uno con Jesús, de manera que nuestro vivir no es el vivir a nuestra manera sino el vivir en el estilo y en el sentido de Jesús.

Y eso nos cuesta expresarlo con nuestras palabras humanas, y tenemos que emplear una terminología que nos acerque a ese sentido de vida que Jesús nos ofrece, por eso Jesús habla de comer su carne y de beber su sangre, alimento de vida eterna, alimento que nos hace vivir no nuestra vida sino la vida de Dios. En aquel momento de las palabras de Jesús no se nos dice como se realizará ese misterio de vida que nosotros llegaremos a comprender muy bien desde la cena pascual.

Pero aquel fue un momento de desconcierto para todos, algunos lo abandonaron porque dura era aquella doctrina, los discípulos más cercanos no son ajenos a ese desconcierto, pero el amor que sienten por Jesús y el querer estar unidos a Jesús para siempre – ¡cómo les costaría su ausencia cuando llegó el momento de la pasión! – les hace ahora estar con Jesús. ‘¿A dónde vamos a acudir si tú tienes palabras de vida eterna?’, confesará Pedro. ¿Será esa la confesión que nosotros también hagamos para comprender lo que significa comer a Jesús? Por algo a ese sacramento de Jesús lo llamamos comunión.

martes, 13 de mayo de 2025

Los que siguen a Jesús y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados porque Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia

 


Los que siguen a Jesús y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados porque Él ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia

Hechos 11, 19-26; Salmo 86; Juan 10, 22-30

Hay ocasiones en que la actitud o la manera de actuar de una persona nos deja, como solemos decir, descolocados; nos sorprende, no sabemos cómo reaccionar, lo que está haciendo nos choca porque quizás nosotros no somos capaces de hacerlo o porque va contra nuestra forma de actuar y de alguna manera es como una denuncia de lo incongruente que nosotros estamos haciendo.

Una postura de generosidad y de entrega a los que menos nosotros pensamos frente a nuestras comodidades y actitudes de insolidaridad, por ejemplo. Una postura de humildad y cercanía de quien nosotros considerábamos una persona tan importante que nos parecía incapaz de tener esos gestos o quizás nos pudiera parecer fuera de lugar;  muchos ejemplos de cosas que nos descolocan podíamos recordar, porque son cosas por las que alguna vez hemos pasado.

Por supuesto de ahí podemos sacar lecciones positivas, pero también muchas veces nos empecinamos más en nuestra manera de actuar y de alguna manera nos molesta. Es precisamente lo que nos hace sentirnos descolocados, fuera de lugar.

¿Le estaba sucediendo a ciertos sectores de los judíos con Jesús? De alguna manera, sí. Por una parte quienes incluso valiéndose de la religión habían logrado poner en un estado de privilegio y de influencia que se sentían incómodos con lo que Jesús enseñaba y con lo que Jesús hacía. Estaba también la manera de pensar sobre lo que tenía que ser un profeta y ser el Mesías que chocaba con la enseñanza de Jesús, y aunque los sencillos lo aclamaban y reconocían los signos que Jesús hacía, por otra parte mantenían unas esperanzas que no concordaban con el mensaje del Reino de Dios que Jesús proclamaba. Para algunos incluso Jesús resultaba peligroso, por eso veremos cómo acaban tramando contra Él hasta llevarlo a la cruz y a la muerte.

Es el diálogo que hoy vemos entre Jesús y los judíos en aquella visita a Jerusalén. Estaban en Jerusalén en la fiesta de la Dedicación del templo. Y a Jesús se acercan con sus expectativas para que Jesús les diga claramente si es o no es el Mesías esperado. ‘¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’. Y Jesús pacientemente les explica que Él está haciendo las obras del Padre que dan testimonio de El, de quien es. Pero les dice que como no son de sus ovejas, no pueden escuchar su voz, no pueden entender lo que Jesús les está diciendo. Ya lo hemos reflexionado estos días en que el evangelio ha girado en torno a la figura del Buen Pastor. Las ovejas conocen y escuchan la voz de su pastor y le siguen. Es lo que no está sucediendo con ellos.

Pero Jesús les dice que a los que le siguen y escuchan su voz nunca con Él se verán defraudados. Él ha venido para que tengamos vida y en abundancia. Y es lo que nos ofrece. Se va a entregar por nosotros para que tengamos esa vida, para que podamos sentir esa paz en el corazón, para que en verdad nos sintamos transformados para ser unos hombres nuevos. Lo que necesitamos es poner nuestra fe en El, que nunca nos fallará.

Algunas veces, sin embargo, cuando escuchamos el evangelio de alguna manera nos sentimos descolocados; pero nos sentimos así porque aún quedan en nosotros vestigios del hombre viejo y aparecen nuestras ambiciones y nuestras búsquedas de intereses, porque vemos la distancia que quizás nos falta para aprender a actuar a la manera de Jesús, o cuando contemplamos a nuestro lado a personas que en verdad quieren seguir el espíritu del evangelio y se muestran humildes y cercanas, se les ve entregadas incondicionalmente, se les ve con una generosidad grande para compartir.

Como decíamos antes que todo eso nos sirva para lo bueno, sea para nosotros un estímulo, que aprendamos a dar también esos pasos de generosidad y de amor que serán los que en verdad transformarán nuestro mundo.


lunes, 15 de julio de 2024

¿Seremos capaces de seguir en camino siguiendo los pasos de Jesús después de instruirnos en los planes del Reino de Dios?

 


¿Seremos capaces de seguir en camino siguiendo los pasos de Jesús después de instruirnos en los planes del Reino de Dios?

 Isaías 1, 10-17; Salmo 49;  Mateo 10, 34 – 11, 1

Algunas veces no terminamos de entender lo que nos pasa, nos sentimos desconcertados por muchas cosas; nos decimos lo fácil que sería que nos entendiéramos bien, que nos lleváramos bien, que supiéramos encontrar la manera de evitar o de solucionar conflictos, pero no entendemos la reacción de las personas, o no entendemos nuestras propias reacciones; ¿por qué actué así en aquel momento?, nos preguntamos y seguimos sin entendernos incluso a nosotros mismos.

Vamos escuchando el evangelio, vamos viendo lo que Jesus nos va diciendo lo que tiene que ser nuestra vida cuando creemos en el Reino de Dios, nos parece que no es tan difícil eso que nos queramos, y nos ayudemos, y seamos buenos los unos con los otros, pero luego nos damos cuenta que tropezamos, que aparecen en nosotros sombras de egoísmo y de insolidaridad y comenzamos a hacernos nuestras reservas, nos aparece el orgullo y ya nos cuesta aceptar el que no nos acepten o la forma de reaccionar que algunos pueden tener en relación a lo que hacemos o lo que decimos. Nos sentimos desconcertados y algunas veces desorientados.

Jesús que se ha presentado como el Príncipe de la paz, los Ángeles cantaron la gloria de Dios en su nacimiento anunciando la paz para todos los hombres, y hoy nos dice en el evangelio algo que puede parecer una contradicción. ¿Qué significan estas palabras de Jesús? Nos está hablando de constatar una realidad que se va a dar entre nosotros precisamente por su causa. Ya el anciano Simeón lo anunció como signo de contradicción. ‘Este está puesto como signo de contradicción…’

Y es que por su causa vamos a encontrarnos divididos, porque mientras unos quieren seguirle con toda radicalidad aceptando su palabra y su plan de vida para nosotros, nos vamos a encontrar – y será incluso entre los que están más cercanos a nosotros, como la familia – quien piensa de manera distinta, no va a aceptar ese plan que nos ofrece Jesús sobre lo que ha de ser el sentido de nuestra vida y vamos a encontrarnos enfrentados los unos con los otros. Ya alguien aconseja que en familia no discutamos nunca de religión, porque vamos a terminar peleados, enfrentados los unos con los otros.

Pero el que sigue a Jesús no puede dejar de proclamar aquello en lo que cree, no puede dejar de proclamar su fe en Jesús. Aunque no nos entiendan, aunque nos rechacen. La luz no se puede ocultar en el cajón, sino es para ponerla bien en alto para que ilumine a todos; algunos se podrán sentir heridos en sus ojos por esa luz y querrán ocultarla, quitarla de en medio; es que con la luz se van a descubrir las obras de tinieblas que pudiera haber en nuestra vida, y parece que nos sentimos felices en medio de esas oscuridades y queremos rechazar la luz.

Es costoso muchas veces el camino que tenemos que recorrer, pero porque sea costoso no vamos a tratar de quitárnoslo de encima. El camino hay que hacerlo, aunque por medio tengamos que cargar con una cruz pero solo es la forma de llegar a la resurrección, a la vida sin fin. Por eso Jesús nos habla de no rehusar la cruz, que tenemos que aprender a negarnos a nosotros mismos, porque ese es el camino de la vida, el camino que nos conduce a la vida. Tenemos que hacernos dignos de él. ‘Y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí’, nos dice. Aunque tengamos que perder la vida, aunque tengamos que renunciar en un momento determinado a aquello o aquellos que nos resultan los más queridos.

Pero Jesús nos dice que eso es algo tan fácil como dar de beber un vaso de agua. Lo que es necesario es tener esa buena disposición. Porque eso tan pequeño que hacemos no va a quedar sin recompensa. ‘El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa’.

Y nos dice el evangelio que Jesús después de dar estas instrucciones a sus discípulos se puso en camino. ¿Seguirnos nosotros en camino también siguiendo los pasos de Jesús?


jueves, 9 de mayo de 2024

Tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El, para sentir esa alegría honda que nunca nos va a abandonar

 


Tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El, para sentir esa alegría honda que nunca nos va a abandonar

Hechos de los apóstoles 18, 1-8; Salmo 97; Juan 16, 16-20

Cuando las cosas parece que marchan bien, vemos perspectivas de futuro halagador, aunque seamos conscientes de que las cosas no siempre son fáciles, que nos anuncien que aquello se puede venir abajo, que habrán momentos oscuros en que podríamos pensar que todo puede acabar en un fracaso, no nos agrada, de alguna manera nos sentimos desconcertados, nos pueden entrar dudas que nos lleven al desaliento o podemos hacernos oídos sordos de esos anuncios que no nos agradan. Parece como si nos echaran un jarro de agua fría encima.

Algo asó les estaba sucediendo a los discípulos de Jesús aquella noche de la cena pascual. Reciente habían tenido su entrada triunfal en Jerusalén entre cánticos del pueblo que le aclamaba; venía a ser como un colofón de lo que había sido en parte sus recorridos por Galilea donde las multitudes se aglomeraban en torno a Jesús. La cena había estado llena de emociones y sorpresas, Jesús había hablado de que había llegado la hora de su glorificación, y ellos ya se estaban haciendo sus consideraciones sobre lo que significaría esa glorificación.

¿Llegaba el momento en que Jesús iba a ser reconocido por todos como el Mesías?  Ya sabemos lo bamboleantes que eran cuando no tenían las cosas claras, y aunque Jesús anunciaba pasión y muerte, algunos seguían pensando en los primeros puestos que podrían alcanzar en ese futuro reino de Israel. Los triunfalismos nos acechan a todos en la vida. También nosotros somos soñadores muchas veces, y siempre soñamos a favor de reconocimientos y, ¿por qué no?, honores.

Por eso cuando habla ahora Jesús de que lo verán y dejarán de verlo, para volverse a encontrar de nuevo con El, no entienden nada. La verdad que las palabras de Jesús están llenas de enigmas que luego solo comprenderán en todo su sentido cuando se derrame sobre ellos el Espíritu Santo prometido que se los enseñaría todo. Pero ahora están en el desconcierto. Fácilmente aparece la tristeza en sus corazones.

‘Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo: ¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría…’

¿Serán situaciones difíciles también por las que nosotros pasamos en que también nos llenamos de tristezas y de angustias? No siempre es fácil el testimonio que tenemos que dar. El mundo que nos rodea muchas veces se cierra al evangelio de Jesús. Parece como si todo el mundo viniera ya de vuelta y vacunados contra todo. Algo nos falla a veces a los cristianos para la claridad del mensaje que tenemos que transmitir y nuestros antitestimonios muchas veces hacen mucho daño en nuestro entorno.

Quizás también nos hemos hecho una religión llena de crespones negros y en la que falte la alegría verdadera; nuestras posturas conservacionistas con las que pretendemos muchas veces simplemente mantenernos en lo de siempre y sin abrirnos a la novedad que tiene que significar el evangelio cada día en nuestra vida, no ayudan demasiado. Nos contentamos con ir arrastrándonos conservando más o menos el tipo, pero nos falta esa necesaria energía para anunciar con valentía lo que en verdad tiene que ser el meollo del evangelio.

Quien se deja inundar por el Espíritu de Jesús, quien se deja conducir por el Espíritu Santo ha de vivir en una renovación constante, con alegría en el corazón a pesar de los latigazos que nos pueda ir dando la vida, está en una constante revolución espiritual para abrirnos en todo momento a caminos nuevos para poder transmitir toda la novedad que significa siempre el evangelio.

Nos estamos acercando a la fiesta primero de la Ascensión – hoy se cumplen los cuarenta días de la Pascua – y posteriormente a Pentecostés. Tenemos que prepararnos de verdad, abrir nuestro corazón al Espíritu del Señor y dejarnos inundar por El. Entonces sentiremos esa alegría honda de la que nos habla Jesús que nunca nos va a abandonar.

domingo, 24 de septiembre de 2023

El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

 


El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

Isaías 55, 6-9; Sal 144; Filipenses 1, 20c-24. 27a; Mateo 20, 1-16

Vivimos en un mundo de productividad y eficacia; si estamos haciendo un trabajo, queremos ver resultados; si estamos desarrollando un negocio, queremos beneficios; si tenemos a alguien trabajando para nosotros, lo que queremos es que sea eficaz y produzca rendimientos; si emprendemos un proyecto, lo que queremos es que sea eficaz para ver sus resultados. Cuanto más sea la productividad mejores serán los beneficios y mejor pagados estarán los que trabajan. Son nuestras lógicas y razonamientos humanos y queremos hacerlo por un camino recto; son las leyes del mercado y de la economía que se nos impone en nuestras relaciones; son las metas por las que nos esforzamos, nos preparamos, y luego trabajamos buscando los mejores rendimientos.

Mucho no podremos decir en contra de todo esto; son también caminos de justicia en nuestro trato y relaciones y es la manera de que nuestro mundo avance. Pero ¿solo es ese el camino para que nuestro mundo avance? ¿Dónde está la humanidad, incluso cuando hablamos de justicia social, para que sea el hombre y la persona la que esté por encima de todas estas carreras de productividad, de eficacia, de economía? ¿Las personas van a valer sólo por su eficacia y su productividad? ¿No tendríamos que buscar por otro lado lo que es verdaderamente la dignidad de toda persona buscando quizás otros valores? Son cosas que tendríamos también que pensar. 

Hoy nos sorprende Jesús con la parábola que nos propone. Un hombre que busca jornaleros para su viña ya desde el comienzo del día, y a los que contrata los envía a su viña a trabajar por denario por su jornada. No vamos a buscar razones de eficacia o no de los que están trabajando o de que fuera mayor el trabajo de lo que se pensaba, pero aquel hombre vuelve a salir a la plaza a buscar jornaleros a distintas horas del día enviando obreros a trabajar. Cuando ya casi acaba el día, en la última hora, vuelve a salir y se encontrará gente que nadie ha contratado durante el día y también los envía a su viña. Hasta ahora nada tenemos que reprochar a ese viñador.

Es al terminar la jornada cuando comienza a sorprendernos, le dice al encargado que pague a los jornaleros el denario prometido, comenzando por los últimos que ha contratado. Cuando llegan los primeros reciben igualmente un denario, lo que provocará reclamaciones, porque se consideran mal pagados cuando les han dado a ellos que han trabajado todo el día con el bochorno del calor lo mismo que a los que llegaron a última hora.

Y aquí tenemos la clave en la respuesta que da aquel amo de la viña: 'Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?'

Aunque estamos viendo la respuesta de este buen hombre, quizás nosotros nos quedamos también con un cierto resabio en el corazón. ¿Qué nos está queriendo decir el Señor con la parábola? No es una lección de justicia social, es cierto, porque eso no es lo que pretende decirnos jesús. Está hablándonos de lo que es la bondad y la generosidad de Dios para con nosotros. Nos ha llamado también a su viña, a la vida, a esa misión y a esa función que tenemos que realizar con nuestra vida en nuestro mundo. Busca el Señor nuestra respuesta en la hora que nos llame, y bien sabemos que esas llamadas del Señor nos van llegando en distintos momentos de nuestra existencia.

Hay una cosa hermosa que nos ha dicho hoy el profeta de parte de Dios, 'porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes'.  Así es de grande y hermosa la generosidad del Señor para con nosotros.

Es nuestra vocación que no siempre descubrimos a primera hora, porque quizás nos hayamos podido pasar nuestra vida distraídos con tantas cosas diversas, pero fue en un momento determinado cuando escuchamos esa llamada y esa invitación del Señor. ¿Cuál es nuestro premio o nuestra ganancia? Poder vivir la vida y la gracia del Señor, en la hora que nos haya llamado. Lo importante es esa actitud de servir, de disponibilidad de nuestra vida que siempre tiene que haber en nosotros. 

No es cuestión de ir haciendo méritos, de ir apuntando los servicios que vamos prestando para al final recibir nuestra paga casi como si fuera una exigencia que le ponemos al Señor. Cuidado que también en nosotros los que andamos en la Iglesia con nuestros trabajos y nuestros compromisos, algunas veces también andamos haciéndonos nuestras cuentas de lo que hacemos. 'Mis planes no son vuestros planes', nos dice el Señor.  Sus medidas no son nuestras medidas. Si el Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar. 

Esto nos podría llevar a hacer más consideraciones sobre la actitud con que nosotros hemos de prestar los servicios en medio de la comunidad, en esa sociedad en la que vivimos, desde esas funciones sociales que podamos realizar o a las que nos comprometemos. ¿Nuestro afán es el servicio o buscamos una carrera de ascensos y de ganancias? 

Y podríamos llegar todavía a muchas más cosas y muy concretas en relación a las personas que se van incorporando a nuestro mundo, porque han tenido que venirse de sus países por la situación que allí vivían y ahora vienen buscando una vida mejor, pero a los que pareciera que siempre queremos poner en la cola, porque son los últimos que han llegado, porque seguimos manteniendo nuestras discriminaciones y desconfianzas, porque no los consideramos dignos de méritos como nosotros que sí somos de aquí de toda la vida. ¿Nos dirá algo el evangelio sobre esas actitudes larvadas que algunas veces mantenemos en nuestro interior?  

Algunas veces el evangelio nos desconcierta porque nos abre a otras perspectivas tan distintas de lo que son nuestras manera de pensar y nos cuesta aceptarlo. El evangelio es una buena noticia que nos interroga por dentro para que en verdad busquemos los caminos de Jesus.


jueves, 20 de octubre de 2022

No echemos agua para apagar el fuego del Espíritu, dejemos que prenda y arda, que nos renueve totalmente nuestra vida, que nos desconcierte, señal de que es buena noticia

 


No echemos agua para apagar el fuego del Espíritu, dejemos que prenda y arda, que nos renueve totalmente nuestra vida, que nos desconcierte, señal de que es buena noticia

Efesios 3, 14-21; Sal 32; Lucas 12, 49-53

Hay cosas que nos sorprenden porque no las esperábamos; y no se trata ya de un suceso, de algo extraordinario que sucede y que nos llama la atención, sino que más bien la sorpresa en ocasiones la recibimos de personas que quizás están en nuestro entorno, pero que no esperábamos de ellas una actuación así, esa manera de hacer las cosas en que parece que ahora todo lo cambian y hasta puede dar la impresión que pudiera ser contrario a lo que siempre ha sostenido, o al menos eso nos parece a nosotros y de ahí nuestra sorpresa.

Pero se me ocurre pensar ahora si acaso el evangelio de Jesús nos causa alguna sorpresa. Quizás nos hemos acostumbrado a oírlo y hacerle siempre las mismas interpretaciones y pudiera ser también que lo edulcoramos tanto que pierde el sabor de ser una buena noticia. Una noticia nueva tendría que sorprendernos, porque de lo contrario dejaría de ser noticia, si es algo que ya nos sabemos desde siempre. Y se me ocurre pensar si acaso el evangelio ha dejado de ser noticia para nosotros, porque nos decimos que nos lo sabemos.

La presencia de Jesús, sus palabras y sus signos no dejaban de ser siempre una buena noticia que recibía la gente de su tiempo que lo escuchaba. Y sorpresa y desconcierto les causaba a algunas por esos nuevos gestos que realizaba Jesús, por esa manera de estar en medio de las gentes y por el mensaje que les trasmitía. Bien que se sentían desconcertados los fariseos y los principales dirigentes de Israel por las actitudes de Jesús. Ya sabemos cómo lo criticaban porque andaba entre publicanos y pecadores e igual dejaba que incluso las prostitutas se acercaran a El e incluso tuviera la valentía de defenderlas, como fue el caso de la mujer adultera. Si lo criticaban era porque se sentían desconcertados, porque era algo nuevo que ellos no podían permitir.

Las palabras y los gestos de Jesús podríamos decir que en cierto modo eran revolucionarias, porque presentaba una nueva manera de ver el acercamiento entre las personas, y cómo todos tenían un valor que siempre había que respetar y valorar. Era, sí, un fuego que Jesús quería encender porque en verdad muchas cosas tendrían que cambiar desde lo más hondo del corazón del hombre, pero que tendría que reflejarse en las posturas, en las actitudes, en los gestos, en la manera de relacionarnos los unos con los otros.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy en el evangelio y que tantas veces suavizamos, haciéndole perder el sentido de esa buena nueva, de esa buena noticia que tiene que ser el evangelio en nuestra vida, que nos tiene que cambiar desde lo más hondo de nosotros mismos. No nos andemos con componendas. De una vez por todas escuchemos a corazón abierto el evangelio, las palabras de Jesús y dejémonos transformar por su Espíritu.

‘He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!’ No echemos agua para apagar ese fuego, dejemos que prenda, que arda, que renueve nuestro mundo, que renueve totalmente nuestra vida y nos desconcierte. Señal de que es en verdad buena noticia para nuestra vida.

miércoles, 3 de agosto de 2022

Sepamos descubrir los caminos de fe y humildad que hemos de recorrer para encontrarnos con el amor de Dios que seguirá contando con nosotros

 


Sepamos descubrir los caminos de fe y humildad que hemos de recorrer para encontrarnos con el amor de Dios que seguirá contando con nosotros

Jeremías 31, 1-7; Sal.: Jer 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

Hay cosas que a veces nos desconciertan; nos parece que van contra todo sentido, por llamarlo de algún modo, natural; nos parece que eso no sería lo lógico;  pero la vida es desconcertante y es necesario tener mucho equilibrio y madurez para entender las cosas, para descubrir lo positivo, para deducir lo que la vida nos va enseñando, y eso nos hace madurar porque nos hace reflexionar; no podemos precipitarnos en juicios que muchas veces pueden ser prejuicios, porque quizás comenzamos a sentenciar sin razón, sin conocimiento auténtico de la situación de las personas, de los hechos que acaecen, de las circunstancias que lo rodean, de los por qué, como no podemos juzgar el pasado con los ojos o criterios de hoy como muchas veces precipitadamente sucede. Hay que saber frenar a tiempo, hay que descubrir cuál es la mirada nueva que se nos pide.

El evangelio en ocasiones también en cierto modo nos desconcierta. Hoy nos encontramos con uno de esos pasajes que en una primera lectura podría producirnos ese desconcierto, porque da la impresión que Jesús está actuando en contra de todo lo que nos ha venido enseñando cuando nos anuncia el Reino de Dios. Normalmente vemos a Jesús con una actitud acogedora para todo el que se acerca a El, sea quien sea. No importa que sea un fariseo el que lo invite a su casa o venga de noche a visitarlo; se irá con uno y al otro lo recibirá abriéndole las puertas de su casa y de su corazón; no importa que sea un pagano el que le pida por la curación de un criado, porque incluso está dispuesto a entrar en su casa; por supuesto, no importa que sean pecadores y publicanos los que se acerquen a El y se sentará incluso a su mesa; no importa que un leproso llegue hasta El en medio de la gente y extenderá su mano tocándolo incluso para curarlo sin temor a ninguna impureza legal, como no le importará que una mujer toque la orla de su manto aun siendo impura legalmente a causa de sus flujos de sangre.

Hoy está Jesús fuera del territorio de palestina o propiamente judío, pues está en la tierra de los cananeos y fenicios, fuera incluso de las fronteras de Israel. Una mujer le suplica gritando detrás de El, porque tiene su hija poseída por un espíritu muy malo. Jesús no la escucha, cuando los discípulos interceden aduce que solo ha venido a las ovejas descarriadas de Israel, y ante la insistencia de la mujer dice que no es bueno echar el pan de los hijos a los perros, haciendo así referencia a cómo los judíos llamaban a los gentiles. Todo parece rechazo, algo que parece en contra de lo que siempre ha hecho Jesús que finalmente mandará a sus discípulos a que vayan a todas partes para hacer el anuncio de la buena noticia.

Pero finalmente la humildad de aquella mujer junto a su fe nos dará la clave de todo el episodio. Los perritos comen también las migajas que caen de la mesa de sus amos, le replica la mujer, haciéndose pequeña, no mostrando exigencia, sino con humildad dejando que no la migaja, sino toda la riqueza de la misericordia de Dios venga sobre ella. Jesús alaba la humildad y la fe de aquella mujer.

No es el rechazo de Dios, sino la actitud con que nosotros nos acercamos a Dios lo que tenemos que descubrir. Es la humildad y la perseverancia de nuestra oración, para sentir que nada somos, que somos pecadores para llegar a decir incluso como Pedro ‘apártate de mi, Señor, que soy un pecador’ lo que en verdad va a alcanzarnos la misericordia de Dios. Es hermoso lo que tenemos que aprender. Esa humildad de reconocer nuestros pasos malos, la indignidad de nuestra condición de pecadores, el no tener miedo de expresar incluso nuestros temores o nuestras cobardía siendo capaces de subirnos a la higuera porque quizá no nos sentimos dignos de ni siquiera estar con los demás, es el saber llorar nuestros pecados, traiciones y cobardías porque sentimos que nos embarga el amor y solo en el amor es como podemos salvarnos.

Finalmente podremos escuchar también ‘qué grande es tu fe’, qué grande es tu amor y sentiremos que el Señor sigue confiando en nosotros, sigue contando con nosotros. También nosotros tendremos que decir qué grande es la misericordia del Señor, su amor no tiene fin.

 

martes, 19 de julio de 2022

Dejémonos sorprender por Jesús cuando nos cambia las perspectivas para que comencemos a sentirnos en verdad la familia de los hijos de Dios

 


Dejémonos sorprender por Jesús cuando nos cambia las perspectivas para que comencemos a sentirnos en verdad la familia de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 84; Mateo 12, 46-50

Nos habrá pasado que íbamos con mucho entusiasmo a contarlo algo a una persona, porque pensábamos que era de su interés, era algo quizás importante para su vida, y nos parecía que le iba a alegrar y nos encontramos que no mostró ningún interés, es más, por lo que nos dijo parecía que estaba desviando a conciencia la conversación. Seguramente nos sentimos sorprendidos y desconcertados, casi sin palabras con las que insistir en lo que veníamos a contar y hasta podríamos sentir frustración por esa situación. La sorpresa nos dejó boquiabiertos.

No nos gusta quizás, pero alguna vez tenemos que dejarnos sorprender, porque quizá con gestos así desconcertantes podemos recapacitar y pensar en algo que realmente tenga valor, nos haga descubrir otras opciones, y hasta pudiera ser que esa sorpresa nos pudiera hacer cambiar muchas perspectivas de la vida.

Es con la capacidad de sorpresa con la que tenemos que acercarnos al evangelio, para descubrir algo nuevo, para cambiar perspectivas de la vida, para escucharlo de verdad como una noticia para nuestra vida, algo que se convierta de verdad en buena noticia para nosotros. Vamos al evangelio muchas veces con las lecciones aprendidas de memoria, ya nos creemos saber todas las explicaciones y no llegamos a descubrir la sorpresa que siempre tendría que ser para nosotros la Buena Nueva de Jesús.

Hoy da la impresión a primeras vistas que Jesús les da un parón a los discípulos. Han llegado María, su madre, y algunos parientes – en el lenguaje semita siempre se dice hermanos – y ante la dificultad que tienen para poder acercarse a Jesús por la cantidad de gente que le rodea, alguien viene a decirle que allí están su madre y sus hermanos. Ya sabemos lo que pasa cuando hay mucha gente rodeando a alguien porque quieren obtener algo, que venga quien venga no dejamos pasar a nadie, porque no queremos perder vez; cuantos empujones en esas ocasiones. Así sucedería entonces, pero alguien tiene la precaución de avisarle a Jesús, para que haga que les abran paso. Pero no fue lo que sucedió.

Y las palabras de Jesús además sorprendieron. ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’ Aparentemente parece que se desentiende de su madre y su familia. Pero es que la buena noticia que Jesús quiere darnos va por otro camino, por eso sentido. Quiere hablarnos de una nueva familia, quiere hablarnos de una nueva relación, está abriéndonos a una nueva perspectiva. No niega Jesús la realidad de la familia y todo lo que significa el amor familiar; quiere darle una nueva perspectiva, una nueva amplitud; es realmente lo que quiere que seamos nosotros.

‘Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Una nueva familia quiere crear entre nosotros, con nosotros. Nos está diciendo que Dios es el único Señor de nuestra vida, y ahí está lo fundamental de lo que es el Reino de Dios, pero eso va a significar que quienes así lo reconocemos, lo vamos a hacer nosotros por una palabra que le dirijamos a Dios llamándole Padre y Señor, sino por una nueva actitud que va a haber entre todos nosotros.

Cuando decimos que aceptamos y creemos en el Reino de Dios, estamos diciendo que si Dios es Padre y Señor de todos, entre todos tiene que haber una nueva relación, un nuevo amor, un nuevo sentido de familia. Seremos su verdadera familia. Ya en otra ocasión nos dirá que su madre es el mejor modelo y ejemplo de lo que es cumplir la voluntad de Dios; es lo que ahora nosotros tenemos que comenzar a ser.

Sorprende esta nueva perspectiva, este nuevo sentido de relación entre nosotros, esa nueva familia que tenemos que constituir. Es la Buena Noticia, es el Evangelio que en verdad hoy tenemos que escuchar.

lunes, 18 de abril de 2022

Las mujeres se pusieron en camino y vino Jesús resucitado a su encuentro que ahora les pedía que el grupo de los discípulos vaya a Galilea para encontrarse con el Señor

 


Las mujeres se pusieron en camino y vino Jesús resucitado a su encuentro que ahora les pedía que el grupo de los discípulos vaya a Galilea para encontrarse con el Señor

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Sal 15; Mateo 28, 8-15

Ellas sólo habían visto que el sepulcro estaba vacío; allí no estaba el cuerpo muerto de Jesús que iban buscando para embalsamarlo debidamente porque en la tarde del viernes no habían podido realizar. Unos ángeles les habían dicho que por qué buscaban entre los muertos al que vivía, que no estaba allí porque había resucitado como lo había dicho, pero ellas corrieron llenas de miedo y al mismo tiempo con alegría en el alma a anunciar a los que estaban reunidos en el cenáculo lo que había sucedido.

Hasta entonces no lo habían visto, no tenían otra certeza sino que el sepulcro estaba vacío, pero Jesús les sale al encuentro en el camino. Llenas de alegría por el asombro y la sorpresa se tiran a sus pies para abrazarlo pero allí están sus palabras. ‘No temáis: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’. Se acaban los temores y los miedos. Era El. No lo habían encontrado en el lugar de la muerte, en la sepultura, pero ahora les sale al encuentro en el camino. ¿Será acaso que necesitamos ponernos en camino, salir al camino porque será así cómo Jesús viene a nuestro encuentro?

Ponerse en camino es salir de sí mismo; no nos podemos quedar encerrados en nosotros mismos, en lo de siempre, en nuestras ideas o planteamientos; salimos de nosotros mismos y abrimos nuestro espíritu, descubrimos algo nuevo, se amplían horizontes, vemos con más claridad lo que quizá teníamos antes delante de nosotros pero no nos habíamos fijado; salimos de nosotros mismos y nos encontramos con los demás, salimos de nosotros mismos y nos damos cuenta del paso de Dios.

Iban con sus ideas preconcebidas al sepulcro; incluso lo que habían escuchado a Jesús no terminaban de entenderlo; no terminaban de entender aquella muerte, no terminaban de entender que todo acabara así; seguían con sus lagrimas en los ojos, no podían ver con claridad.

Llegaron al sepulcro y lo encontrado las desconcertó, no estaba allí el cuerpo de Jesús, porque solo pensaban en un cuerpo muerto al que había que embalsamar; se sintieron descolocadas y lo que los Ángeles les decían comenzaron a abrirles camino, se pusieron en camino, al menos habría que anunciar al grupo de los apóstoles lo que habían encontrado. Pero al ponerse en camino se encontraron con Jesús. No era un muerto al que tenían que buscar. El estaba vivo, había resucitado.

Pero ese encuentro les hacía seguir en camino; claro que tenían que ir al encuentro con los demás, era el encuentro con la comunidad, pero ahora tenían algo más que anunciar. Jesús había estado con ellas, aunque luego ellos tampoco las creyeran, y allí estaba el mensaje, también tenían que ponerse en camino para ir a Galilea, para encontrarse con el Señor.

¿Seremos en verdad una comunidad en camino? ¿Cuál será esa Galilea a la que tenemos que ir para seguir encontrándonos con el Señor? Y nosotros ¿qué buscamos? ¿Qué ideas preconcebidas tenemos? ¿Seguiremos encerrados en nuestros círculos sin salirnos de ellos? ¿Tendremos miedo de ponernos en camino también?

Tenemos que comunicar lo que hemos vivido y experimentado en estos días, en estas celebraciones. Seguro que hay una riqueza grande dentro de nosotros. Algo nuevo habrá llegado a nuestro corazón. Pero pongamos en camino para comunicarlo, para anunciarlo, veremos cómo en ese camino vamos a ir teniendo un encuentro nuevo y vivo con el Señor.

domingo, 17 de abril de 2022

La luz pascual de Cristo resucitado que se ha encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo y somos testigos y portadores de esa luz

 


La luz pascual de Cristo resucitado que se ha encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo y somos testigos y portadores de esa luz

Romanos 6, 3-11; Lucas 24, 1-12; Juan 20, 1-9

‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?’ Sorpresa, asombro, desconcierto una vez más para aquellas buenas mujeres. Habían pasado por un trance bien amargo en la mañana y en la tarde del viernes. Con buena voluntad habían preparado sus aromas y sus ungüentos para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, que no lo habían podido hacer en la tarde del viernes por ser el día de la preparación y al caer la tarde ya nada podían hacer. Ahora se encuentran removida la piedra del sepulcro, el cuerpo de Jesús que no está allí y aquella aparición de ángeles con sus anuncios. ‘¿Por qué buscar entre los muertos…?

Aunque por naturaleza decimos que amamos la vida, buscamos la vida, defendemos la vida, sin embargo nos gusta husmear entre sombras de muerte; para algunos después de determinados momentos de la vida parece que todo girara ya en torno a la muerte y al sepulcro.

Envolvemos con demasiados crespones negros la vida; envolvemos demasiado la vida con sombras y negruras; decimos que amamos la vida y destruimos la vida, demasiada muerte metemos entre nosotros; nos oscurecemos con demasiadas sombras cuando nos destruimos, nos hacemos daño, dejamos que impere la violencia, detrás de nuestras ambiciones no nos importa destruir lo que sea. A niveles grandes con nuestras guerras - ¡cuánta destrucción! -, pero a niveles no menos grandes en la cercanía de los unos y los otros con tantos traspiés que nos vamos haciendo los unos a los otros. ¿Qué buscamos?

¿Qué buscaban aquellas mujeres cuando fueron aquella mañana al sepulcro? Buena voluntad no les faltaba pero se les estaba ofreciendo mucho más de lo que buscaban. Se les estaba haciendo un anuncio muy importante capaz de cambiar la historia. ‘¡No está aquí!’ No está en el sepulcro y en la muerte. ‘¡Ha resucitado!’


‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’
. Es el anuncio grande que reciben. Su Palabra se ha cumplido. No busquen la muerte, no busquen a uno que ha sido derrotado, busquen al vencedor de la muerte. ¡Ha resucitado! ¡Ha triunfado la vida! De nuevo brilla la luz. Es el momento de la victoria definitiva. Contemplemos al resucitado, al que vive.

La sorpresa, el asombro, el desconcierto de los primeros momentos se transformó en alegría. Una alegría de la que tenían que contagiar a los demás. Por eso fueron corriendo al encuentro de los demás discípulos para contar cuánto les había sucedido. A todos les cuesta creer, pero ellas ya tienen la experiencia. Por eso algunos correrán de un lado para otro en aquella mañana con visitas también al sepulcro para comprobar que estaba vacío. Pero no era suficiente, lo podían haber robado como seguía pensando María Magdalena; tenían que ir todo teniendo la experiencia del encuentro con el resucitado. Todos al final se convertirían en transmisores de esa buena nueva, de esa gran noticia, Cristo había resucitado.

No olvidemos una cosa que hemos ido teniendo muy en cuenta en estos días. Jesús nos había invitado a sentarnos a su mesa en la cena de la Pascua; así vivimos aquellos momentos. Con Jesús habíamos realizado todo el camino de la pasión hasta hacernos presentes también al pie de la cruz en el Gólgota. Jesús también quiere salirnos al encuentro en esta noche y en este día de pascua para hacernos partícipes también de esa misma experiencia. Nosotros también estamos invitados por una parte a vivir esta alegría de la Pascua pero también a contagiarla al mundo que nos rodea.

Cristo resucitado también nos sale al encuentro aunque nosotros sigamos revolviéndonos entre sombras y entre muertes en el hoy y ahora de nuestra vida y de la misma situación que vive el mundo. La experiencia de la resurrección del Señor no es algo que podamos relegar solo al tiempo de los apóstoles y en aquellos momentos vividos en Jerusalén. Hoy Cristo viene a nosotros para decirnos que es posible salir de esas sombras en que nos vamos envolviendo.

La luz pascual de Cristo resucitado que simbólicamente hemos encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo. Es hora de encender esa luz, de encender esa nueva esperanza para nuestro mundo. Es la tarea de los testigos de la resurrección. No podemos seguir dejándonos envolver por esos agobios y esas angustias; no podemos seguir postrados en nuestros desalientos y nuestras desesperanzas; es posible algo nuevo, es necesario sentir la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado que renueve nuestros corazones y renueve nuestro mundo, nuestra sociedad; son posibles los caminos de la paz y de una nueva solidaridad; no podemos pensar que todo está perdido.

Signos bonitos de solidaridad hemos sido capaces de tener en los peores momentos por ejemplo de la pandemia que hemos vivido y tenemos que ser capaces de seguirlos teniendo con quienes están sufriendo tantos horrores. Son señales que nos dan esperanza. Aunque la maldad, la ambición, los afanes de destrucción parezca que imperen en nuestro mundo tenemos la esperanza del cambio de los corazones.

La victoria de Cristo sobre la muerte que hoy contemplamos y celebramos nos llena de esperanza en la tarea de la construcción de ese mundo nuevo. Tenemos que ser esos promotores de paz, esos sembradores de esperanza, esos contagios de alegría nueva en el amor y la nueva ternura que vamos sembrando en nuestro mundo.

martes, 11 de mayo de 2021

Que se despierte nuestra fe en la presencia del Espíritu, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y podremos mostrar ante el mundo lo que realmente somos

 


Que se despierte nuestra fe en la presencia del Espíritu, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y podremos mostrar ante el mundo lo que realmente somos

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

A veces sucede en el ámbito de la sociedad en la que vivimos que se han formado grupos humanos que alguien supo aglutinar en torno quizás a unos objetivos o unas metas; ese líder que ha sabido reunir y mantener ese grupo humano, puede fallarnos algún día, porque con el paso de los años quiera dar paso a otras personas que lo lideren o por circunstancias de la vida que le hace imposible su permanencia junto a ellos. Seguro que por la cabeza de más de uno pasará la idea de que aquello se viene abajo, se preguntará quien podrá mantener una unidad entre todos y cosas así por el estilo.

¿Qué estaba sucediendo en el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús con todos los anuncios que Jesús les hacia, incluso en el hecho de que les hablaba de que iba a ser entregado en manos de los gentiles y seria atormentado hasta la muerte en la cruz? De alguna manera era también un grupo humano aunque allí había otros grandes ideales y todo en aquel grupo tenia otra trascendencia.

El ambiente en aquella cena con todos los gestos y signos que se iban sucediendo, con las palabras de Jesús que sonaban a despedida, estaba recargado con las nubes de la tristeza y en cierto modo el miedo y la angustia. ¿Qué iba a suceder? De alguna manera hasta les costaba hacerle preguntas al Maestro sobre todo aquello que les decía, tanta era su tristeza.

‘Ahora me voy al que me envió, les dice Jesús, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.

La fuerza que uniría al grupo de los creyentes en Jesús sería el Espíritu Santo. El Espíritu Santo que Jesús les promete y que recibirán en Pentecostés. El Espíritu Santo que sigue siendo el alma de los cristianos, la fuerza y la vida de la Iglesia, de todos los que nos congregamos en una fe en Jesús.

No son meros lazos humanos los que nos unen; no es simplemente la amistad lo que constituye el grupo de los seguidores de Jesús; no son unos ideales o unos sueños de un mundo mejor por el que queremos luchar aunque todo eso esté presente en nuestra vida. Es la fe en Jesús que al sentirnos unidos plenamente a El nos hace llenarnos de su Espíritu.

Algunas veces no terminamos de comprender todo el misterio de la Iglesia. Ya sé que desde fuera nos pueden mirar como un grupo, una asociación como tantas o una sociedad más de las que hay en el mundo; ya sé que muchos nos atribuyen unos signos de poder para mover los hilos de la sociedad desde unos determinados intereses; desde fuera no siempre se entiende la misión de la Iglesia y qué es lo que realmente nos mantiene unidos; muchas veces también los mismos cristianos parece que no lo tenemos muy claro y así andamos dando bandazos de un lado para otro.

Solo la fe nos reúne y nos congrega; y es la fuerza del Espíritu de Jesús resucitado la que está con nosotros y la que se hace presente en la Iglesia. Muchas veces también andamos como aturdidos por los problemas que en la vida se nos presentan y por los problemas que afectan también a la misma vida de la Iglesia, y como los discípulos en la noche de la última cena, también andamos tristes y preocupados. Pero es que estamos olvidando algo importante que es la asistencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, la fuerza del Espíritu del Señor en cada uno de nosotros, que no nos hará sentirnos solos y abandonados porque así siempre sentiremos la presencia del Señor con nosotros.

Que se despierte nuestra fe en la presencia y fuerza del Espíritu Santo, así viviremos siempre con gozo nuestra fe y así nos podremos mostrar ante el mundo como lo que realmente somos.