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martes, 12 de noviembre de 2024

Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

 


Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

Tito 2, 1-8. 11-14; Salmo 36; Lucas 17, 7-10

¿Queremos tener fruto de todo lo que hacemos? Parece normal, vivimos en una sociedad de intercambio, yo sé hacer una cosa, tu sabes hacer otra, con lo que yo hago contribuyo a lo que tú puedes tener, y con lo que tú realizas puede servirme a mí; nacen así unas relaciones, llamémoslas comerciales, en donde por lo que yo hago recibo un beneficio, salario lo llamamos y no vamos ahora a entrar en el origen de la palabra, para que yo pueda vivir y pueda adquirir aquellas cosas que no tengo pero que otros han realizado. Son las relaciones, decíamos de intercambio o comerciales, que mantenemos los unos y los otros con lo que vamos realizando y construyendo nuestra sociedad.

¿Pero todo lo podemos o tenemos que fundamentar en ese tipo de relaciones, donde entran los beneficios y las ganancias? Muchos se preguntan cuando le piden un servicio, que realice algo que es capaz de hacer, ¿cuánto voy a ganar yo por esto? Pero creo que nuestra mirada tiene que ir mucho más allá de todos estos intereses cuando nos sentimos responsables de la vida y del mundo en el que vivimos.

No solo tenemos que mirar por nosotros mismos y esos beneficios gananciales por llamarlos de alguna manera que vamos a obtener, sino que tendríamos que ir pensando en el bien que hacemos, los beneficios que ya no tenemos que medirlos en ese plano material y económico sino en lo que me puede enriquecer humanamente a mi, pero también en el grado de humanidad que yo voy a ir poniendo en las relaciones entre unos y otros. Eso cuesta algunas veces.

Es necesario tener otra altura de mirada, o si queremos decirlo de otra manera, otra mirada más alta, con una nueva perspectiva. Cuando nos ponemos en un plano muy horizontal algunas veces nos tapamos los unos a los otros, o se nos ponen como espejos delante de nosotros aquellas cosas que vamos haciendo y no somos capaces de mirar más allá, será como una cortina que se nos interpone; por eso decíamos que tenemos que tener otra perspectiva, tener una mirada, por ejemplo, más alta, mirar desde otra altura, y ya no se nos interpondrán por medio tantas cosas, y ya podemos ver todo en su conjunto. Desde lo alto de la montaña podemos ver mejor la amplitud del valle, con todas sus variaciones, con todos sus colores, con toda su variada riqueza, podríamos decir.

Creo que esta reflexión que me vengo haciendo nos puede ayudar a encontrar un sentido más genuino y más profundo incluso de la vida; creo que nos puede ayudar también a entender el mensaje que hoy Jesús nos quiere trasmitir desde el evangelio. Habla de aquel que tiene que hacer su trabajo desde su responsabilidad, desde ese sentido que tiene su vida, y por lo que no tenemos que estar buscando agradecimientos ni homenajes.

Es la responsabilidad de su vida, son los valores que hay en él con sus cualidades y capacidades, con su saber hacer y con toda la riqueza que lleva en su interior y que va a reflejar en aquello que realiza. Por sí mismo en lo que está haciendo tiene que sentir su satisfacción interior, pero no lo hará buscando esa ganancia de unas alabanzas, sino que se sentirá enriquecido en sí mismo por haberlo realizado.

Nos dirá Jesús en una frase a la que queremos darle muchas interpretaciones, pero que hemos de tomárnosla incluso con toda la crudeza de sus propias palabras. ‘Siervos inútiles somos y no hemos hecho otra cosa que lo que teníamos que hacer’. Eso, lo que teníamos que hacer, y en esa responsabilidad con que vivimos, ya nos sentimos enriquecidos, ya sentimos el gozo del corazón. No siempre lo que hacemos tiene que ser buscando esas ganancias materiales.

Creo que tenemos que aprender mucho de la gratuidad, y para eso nos fijamos también en la gratuidad del amor que el Señor nos tiene. Como nos llegará a decir san Juan, no es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama, sino que Dios nos amó primero, incluso cuando nosotros no lo merecíamos a causa de nuestro pecado. Jesús es el que muere no por un justo, sino por nosotros aun siendo pecadores.


domingo, 19 de noviembre de 2023

Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

 


Nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1 Tesalonicenses 5, 1-6;  Mateo 25, 14-30

Trabajamos y queremos obtener unos beneficios, bien porque la semilla que echamos en la tierra queremos que germine, que crezca y madure para obtener unos frutos, bien porque el trabajo que hacemos queremos que sea debidamente remunerado, bien porque el negocio que emprendamos queremos que tenga éxito y al final podamos obtener unos rendimientos. Queremos, es cierto, que el trabajo sea productivo, que la vida no se nos esterilice y al final nos veamos con las manos vacías.

No todos, es cierto, estamos en el mismo trabajo, no todos tenemos las mismas cualidades y valores, no todos valemos para todo sino que, vamos a decirlo así, cada uno ha de encontrar su camino donde vaya realizando su vida según su propia capacidad, y en consecuencia también serán distintos los rendimientos. 

Lo que realmente ganamos no es que tengamos unos beneficios económicos que sean mayores que los de los demás, sino que la mayor ganancia es la realización de la propia vida en aquello que ha sido capaz de hacer y de vivir. Esto nos plantea, entonces, que no nos podemos quedar ociosos, esperando el fruto de los otros, sino que tenemos que saber hacer fructificar su vida, que además va a tener repercusión en el mundo en el que vive.

Creo que de esto es de lo que nos quiere hablar hoy Jesús con la parábola que nos propone que tantas veces hemos escuchado y reflexionado. Una vez más detengámonos en ella y escuchémosla como palabra de vida para nosotros. Un hombre que al irse de viaje confía sus posesiones o sus riquezas, como queramos verlo, a aquellos servidores suyos que fielmente han estado siempre junto a él. Reparte de manera desigual, pues a uno dará cinco talentos, a otro dos y finalmente al tercero solo un talento. ‘A cada uno según su capacidad’, nos dice la parábola. Y marchó de viaje.

A la vuelta va a pedir a sus servidores que le rindan cuenta de lo que han hecho con aquellos talentos. Ya la parábola nos fue diciendo como tanto el de los cinco talentos como el de dos, pusieron a rendimiento aquellos talentos. El que recibió solamente uno tenía miedo de perderlo - ¿quizás que los negocios salieran mal y se quedara sin nada? – por eso en lugar de negociar, de trabajar lo que hizo fue enterrar el talento. Ya hemos escuchado la reacción de aquel hombre. Alaba a quienes les han sacado rendimiento a lo que le habían confiado cada uno en su medida, mientras no valorará los miedos del tercero, que no lo ha perdido, pero tampoco le ha sacado rendimiento.

Todos entendemos muy bien el sentido de la parábola. ¿La vida que Dios ha puesto en nuestras manos? ¿La responsabilidad que tenemos con el mundo en el que vivimos y donde no podemos hacer dejación de nuestras obligaciones? ¿El descubrimiento de cuáles son en verdad nuestros valores y capacidades sin tener que estar mirando de forma desconfiada o recelosa a las capacidades que puedan tener los demás? Muchas preguntas que tendríamos que hacernos sobre nuestras actitudes y nuestros verdaderos valores por los que tenemos que luchar, o que tenemos que desarrollar.

Lo importante es la actitud que tengamos ante nuestras responsabilidades o las tareas que se nos confían. Claro que hemos de obtener un rendimiento, pero no todos tienen que ser por igual. Cada uno tiene que valorar sus propias capacidades, cada uno ha de saber hacer resaltar sus propios valores; no todos vamos a ser ‘premio Nóbel’ por los grandes descubrimientos que podamos hacer en el camino de la ciencia, pero sí todos somos ‘premio Nóbel’ por la fidelidad con que realizamos lo que tengamos que hacer aunque sea pequeño, aunque no tenga el relumbrón que otros puedan tener. El premio, podíamos decirlo así, lo vamos a tener en nosotros mismos, en nuestro interior, en la satisfacción de la fidelidad de lo que realizamos.

Es esa faceta tan bonita de la vida en la que nos sentimos deudores los unos de los otros en esa tarea hermosa de la construcción de nuestro mundo y donde cada uno ponemos nuestro propio granito de arena. No andaremos nunca con recelos ni desconfianzas porque uno tiene más y otro tiene menos, porque uno es capaz de hacer grandes cosas y otro será el servidor fiel de las cosas pequeñas pero que son parte también de ese conjunto que entre todos estamos construyendo.

Es una invitación a la vigilancia y un aliciente para la esperanza. Todos tenemos que estar atentos para tener el aceite suficiente y que necesitamos para mantener encendida la lámpara, como escuchábamos el domingo pasado. 

Todos tenemos la esperanza de que al final vamos a escuchar la voz que nos llama y nos invita a participar del Reino del Padre, ya sea porque hayamos hecho grandes cosas o ya sea simplemente porque hemos ofrecido un vaso de agua, pero porque lo hicimos, porque mantuvimos esa fidelidad en todo momento vamos a escuchar esa invitación a estar con El para siempre en su reino del cielo.


domingo, 24 de septiembre de 2023

El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

 


El Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar

Isaías 55, 6-9; Sal 144; Filipenses 1, 20c-24. 27a; Mateo 20, 1-16

Vivimos en un mundo de productividad y eficacia; si estamos haciendo un trabajo, queremos ver resultados; si estamos desarrollando un negocio, queremos beneficios; si tenemos a alguien trabajando para nosotros, lo que queremos es que sea eficaz y produzca rendimientos; si emprendemos un proyecto, lo que queremos es que sea eficaz para ver sus resultados. Cuanto más sea la productividad mejores serán los beneficios y mejor pagados estarán los que trabajan. Son nuestras lógicas y razonamientos humanos y queremos hacerlo por un camino recto; son las leyes del mercado y de la economía que se nos impone en nuestras relaciones; son las metas por las que nos esforzamos, nos preparamos, y luego trabajamos buscando los mejores rendimientos.

Mucho no podremos decir en contra de todo esto; son también caminos de justicia en nuestro trato y relaciones y es la manera de que nuestro mundo avance. Pero ¿solo es ese el camino para que nuestro mundo avance? ¿Dónde está la humanidad, incluso cuando hablamos de justicia social, para que sea el hombre y la persona la que esté por encima de todas estas carreras de productividad, de eficacia, de economía? ¿Las personas van a valer sólo por su eficacia y su productividad? ¿No tendríamos que buscar por otro lado lo que es verdaderamente la dignidad de toda persona buscando quizás otros valores? Son cosas que tendríamos también que pensar. 

Hoy nos sorprende Jesús con la parábola que nos propone. Un hombre que busca jornaleros para su viña ya desde el comienzo del día, y a los que contrata los envía a su viña a trabajar por denario por su jornada. No vamos a buscar razones de eficacia o no de los que están trabajando o de que fuera mayor el trabajo de lo que se pensaba, pero aquel hombre vuelve a salir a la plaza a buscar jornaleros a distintas horas del día enviando obreros a trabajar. Cuando ya casi acaba el día, en la última hora, vuelve a salir y se encontrará gente que nadie ha contratado durante el día y también los envía a su viña. Hasta ahora nada tenemos que reprochar a ese viñador.

Es al terminar la jornada cuando comienza a sorprendernos, le dice al encargado que pague a los jornaleros el denario prometido, comenzando por los últimos que ha contratado. Cuando llegan los primeros reciben igualmente un denario, lo que provocará reclamaciones, porque se consideran mal pagados cuando les han dado a ellos que han trabajado todo el día con el bochorno del calor lo mismo que a los que llegaron a última hora.

Y aquí tenemos la clave en la respuesta que da aquel amo de la viña: 'Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?'

Aunque estamos viendo la respuesta de este buen hombre, quizás nosotros nos quedamos también con un cierto resabio en el corazón. ¿Qué nos está queriendo decir el Señor con la parábola? No es una lección de justicia social, es cierto, porque eso no es lo que pretende decirnos jesús. Está hablándonos de lo que es la bondad y la generosidad de Dios para con nosotros. Nos ha llamado también a su viña, a la vida, a esa misión y a esa función que tenemos que realizar con nuestra vida en nuestro mundo. Busca el Señor nuestra respuesta en la hora que nos llame, y bien sabemos que esas llamadas del Señor nos van llegando en distintos momentos de nuestra existencia.

Hay una cosa hermosa que nos ha dicho hoy el profeta de parte de Dios, 'porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes'.  Así es de grande y hermosa la generosidad del Señor para con nosotros.

Es nuestra vocación que no siempre descubrimos a primera hora, porque quizás nos hayamos podido pasar nuestra vida distraídos con tantas cosas diversas, pero fue en un momento determinado cuando escuchamos esa llamada y esa invitación del Señor. ¿Cuál es nuestro premio o nuestra ganancia? Poder vivir la vida y la gracia del Señor, en la hora que nos haya llamado. Lo importante es esa actitud de servir, de disponibilidad de nuestra vida que siempre tiene que haber en nosotros. 

No es cuestión de ir haciendo méritos, de ir apuntando los servicios que vamos prestando para al final recibir nuestra paga casi como si fuera una exigencia que le ponemos al Señor. Cuidado que también en nosotros los que andamos en la Iglesia con nuestros trabajos y nuestros compromisos, algunas veces también andamos haciéndonos nuestras cuentas de lo que hacemos. 'Mis planes no son vuestros planes', nos dice el Señor.  Sus medidas no son nuestras medidas. Si el Señor será más generoso siempre en su amor para con nosotros que todas las medidas que nosotros nos podamos inventar. 

Esto nos podría llevar a hacer más consideraciones sobre la actitud con que nosotros hemos de prestar los servicios en medio de la comunidad, en esa sociedad en la que vivimos, desde esas funciones sociales que podamos realizar o a las que nos comprometemos. ¿Nuestro afán es el servicio o buscamos una carrera de ascensos y de ganancias? 

Y podríamos llegar todavía a muchas más cosas y muy concretas en relación a las personas que se van incorporando a nuestro mundo, porque han tenido que venirse de sus países por la situación que allí vivían y ahora vienen buscando una vida mejor, pero a los que pareciera que siempre queremos poner en la cola, porque son los últimos que han llegado, porque seguimos manteniendo nuestras discriminaciones y desconfianzas, porque no los consideramos dignos de méritos como nosotros que sí somos de aquí de toda la vida. ¿Nos dirá algo el evangelio sobre esas actitudes larvadas que algunas veces mantenemos en nuestro interior?  

Algunas veces el evangelio nos desconcierta porque nos abre a otras perspectivas tan distintas de lo que son nuestras manera de pensar y nos cuesta aceptarlo. El evangelio es una buena noticia que nos interroga por dentro para que en verdad busquemos los caminos de Jesus.


martes, 30 de mayo de 2023

Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

 


Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la  generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

En generosidad Dios siempre nos gana. Pero es que además tiene otra característica maravillosa, es gratuita, es un regalo.

Tenemos el peligro y la tentación de que aun en la generosidad seamos interesados y seamos mezquinos, pongamos medidas y pongamos límites; a todo en la vida queremos ponerle una medida, un hasta aquí llego, pero vamos a ver qué es lo que obtengo a cambio, con lo que hay el peligro de que tengamos que eliminar la palabra y cambiarla por otra. ¿La convertiremos en algo así como una compraventa?

Queremos obtener algo a cambio. Y es que así nos hemos construido la vida; es cierto que son las reglas, por así decirlo, del comercio, y es la obtención de unos frutos. Es cierto que trabajamos para algo, en ese algo que caben muchas cosas, pero que está la obtención de unos beneficios – riquezas podemos llamarlas también –porque sería cómo lograríamos lo que necesitamos para nuestra propia subsistencia. Así vamos estableciendo nuestras mutuas relaciones, así valoramos lo que hacemos y valoramos el trabajo que realizamos, así lo que yo produzco se convierte en algo de utilidad para los demás; es como una cadena, y en ese intercambio también tenemos que decir salimos todos beneficiados.

Pero también tenemos que saber irnos realizando en nuestro trabajo, en aquellas cosas que hacemos, pero no desde unos beneficios materiales que obtengamos a cambio. Hay otro beneficio que nos enriquece interiormente en la satisfacción de lo que hacemos, en la iniciativa y creatividad que ponemos en nuestro trabajo que nos da satisfacciones y alegrías, que nos hace crecer en el desarrollo de nuestras capacidades, de nuestras habilidades, incluso de nuestro arte para hacer las cosas bellas. Y eso que sentimos por dentro no nos lo paga nadie por mucho que nos quieran dar a cambio, porque ahí está la riqueza y la grandeza de nuestra propia persona, de nuestra identidad.

Pero hay algo más, y es aquello que forma parte de mi vida, aquello que es producto y fruto de nuestro trabajo, aquello en lo que estoy plasmando mi yo y simplemente lo comparto, simplemente lo regalo, simplemente lo ofrezco para que también los demás lo puedan disfrutar. Es cuando aparece la generosidad de nuestro corazón, es cuando en verdad estamos expresando lo más noble que llevamos dentro que es nuestro amor. Y el amor no se vende, el amor se regala, porque el amor es donación de mi mismo.

Hay quien no entiende lo de gratuito y entonces no llegará a entender la generosidad del que da sin límites ni medidas, sin ningún tipo de interés. Andan siempre interesados, están a ver lo que consiguen, lo que como fruto de su generosidad se convierte en un beneficio para él. Lo están echando todo a perder. Y es una lástima que aquellos que por vocación trabajan para los demás en diversas funciones dentro de la comunidad, en distintos ámbitos de la sociedad, de la vida pública, de la vida social, parezca que no se mueven por beneficiar a esa sociedad para la que trabajan, a la que sirven, tendríamos que decir, sino que están buscando unos beneficios, unas ganancias, unos ascensos y al final lo convirtamos todo en una guerra de guerrillas buscando quien saca más, quien se impone con más fuerza, quien logra un mayor prestigio, y hacen turbio lo que tendría que brillar por su generosidad.

¿Seríamos capaces de convertir nuestra vida en un servicio a la sociedad en la que vivimos y de donde, aunque nos cueste reconocerlo, tanto al mismo tiempo recibimos aunque no lo busquemos? Hemos comenzado hablando de la generosidad, hablamos de altruismo, estamos hablando de amor, en el fondo está el compartir, la gratuidad con que ofrecemos lo que somos y lo que tenemos, lo que es nuestra vida. ¿Llegaremos a entenderlo?

Malo sería también que en el seno de la Iglesia viviéramos con esa mezquindad, movidos de esos intereses, en la búsqueda de unos prestigios o unos honores. Estaríamos diciendo que aun no hemos llegado a entender entonces lo que es el amor cristiano. Toda esta reflexión que me he venido haciendo surgió en mi interior desde la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre qué es lo que van a recibir ellos que lo han dejado todo por el Reino. Esa pregunta de Pedro está reflejando también aquellas ambiciones de las que aun no se habían despojado. Ya vemos en otros momentos a los discípulos discutiendo por los primeros puestos o quien va a ser principal entre ellos.

La respuesta de Jesús nos está diciendo aquello que mencionábamos al principio, Dios siempre nos gana en generosidad. No andamos con esas miras interesadas en lo que hacemos, pongamos siempre generosidad en nuestro corazón, que es lo que va a hacer más sublime nuestra vida.

domingo, 17 de octubre de 2021

Nuestra ambición mejor y nuestro sueño más bonito hacer un mundo mejor, el Reino de Dios, poniendo lo mejor de nosotros mismos para lograr esa felicidad para todos

 


Nuestra ambición mejor y nuestro sueño más bonito hacer un mundo mejor, el Reino de Dios, poniendo lo mejor de nosotros mismos para lograr esa felicidad para todos

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

Todos tenemos aspiraciones y sueños en la vida. Dicen que soñar es gratis. ¿Quién no quiere más o quiere algo distinto? Dentro de nuestro camino de crecimiento como personas está también el tener aspiraciones, no contentarnos con lo que somos, buscar algo mejor, llegar más allá. Si no hubiera habido hombres soñadores el mundo y la vida se hubiera paralizado. Como decíamos, es parte de nuestro crecimiento como personas, como sociedad.

Lo que sí tenemos que pensar es en qué soñamos o cuales son nuestras aspiraciones. Y ahí es donde puede estar nuestra piedra de tropiezo. Pensar que el mundo es solo para nosotros; en mi sueño o en mi aspiración querer estar por encima de los demás, tener más poder para que sea yo solo el que crezca, ser más grande u ocupar un determinado lugar para en esa búsqueda de mi grandeza personal yo poder manipular para que todo sea en mi propio beneficio. Estaríamos perdiendo algunos aspectos buenos de esos sueños cuando nos encerramos en nuestro círculo egoísta y lleno de soberbia.

Y aquí está la diferencia que nos marca Jesús. Dos soñadores se acercaron a Jesús, soñaban con ser los primeros, acaparar para ellos todo el poder que podía derivarse de ese reino que Jesús estaba anunciando. ‘Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir’. Así, poco menos que con exigencia. Tienes que hacerlo, puedes hacerlo, mira quiénes somos nosotros, hemos estado contigo siempre y además somos de una misma familia. Cuantos parecidos a cosas, actitudes y posturas semejantes que se siguen sucediendo hoy.

‘Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Ahí está, los primeros puestos. No iban a quedarse en menos, con los méritos que ellos se creían que tenían. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. Ellos creían saberlo, tenían claras sus aspiraciones y estaban dispuestos a todo lo que fuera necesario para conseguirlo. Qué ciegos nos ponemos a veces. Dispuestos a beber el cáliz o pasar por el mismo bautismo de Jesús. No sabían lo que pedían. Aunque estaban dispuestos a todo no terminaban de comprender de qué cáliz hablaba Jesús o de qué bautismo. Estaban dispuestos, pero cuando llegara la hora de la pasión todos se desperdigaron, se perdieron, se encerraron, el miedo pudo con ellos.

Porque no eran solo aquellos dos los que estaban llenos de sueños y de aspiraciones. El resto cuando vio la petición de los hermanos Zebedeos por allá se pusieron también a criticar, a hacer sus consideraciones, a hacer aparecer la envidia que corroía también sus corazones y les hacía entrar también en esa lucha por los primeros puestos, que no se acabaría aquí a pesar de todas las cosas que Jesús a continuación les dirá. Seguirá siendo una discusión mientras iban de camino.

Y Jesús les habla, nos habla claro. Nuestras aspiraciones y sueños no pueden ir por esos caminos a los que nos hemos acostumbrado viendo lo que sucede a nuestro alrededor. Se quiere ser grande para tener poder, para buscar grandezas personales, para tener lugares no solo de prestigio sino donde todo lo tengan a su favor, que todo se convierta en un beneficio personal; y el poderoso dirige las cosas a su conveniencia pensando que todo es para él, y manipula no solo para hacer que las cosas sean en su beneficio sino peor de todo para manejar las personas y su voluntad, lo centra todo en sí mismo subiéndose a los más altos pedestales desde donde mejor pueda manipular, una carrera incesante e imparable que los hace cada vez más poderosos.

Y Jesús les dice que ese no puede ser su estilo y su manera de ser y de actuar. El camino tiene que ir por otros derroteros donde aprendamos a mirar con ojos nuevos a las personas que están a nuestro lado y a las que tenemos que ayudar a crecer, a ser ellas mismas; y para eso tenemos que aprender a despojarnos de esas ambiciones egoístas y entrar en el camino de lo sencillo, de lo pequeño, del abajarnos para ponernos a la altura del otro que es la mejor manera de levantarlo, del servicio para poner a disposición del otro todo lo que somos e incluso todo lo que tenemos aunque tanto nos cueste despojarnos de esas cosas.

Pero no son bonitas palabras las que Jesús les dice o buenos razonamientos. Es que El va delante. Ya les ha anunciado lo que significa la subida a Jerusalén, donde el Hijo del Hombre, aquel que es aclamado por las gentes sencillas, va a ser entregado, o mejor, es el mismo el que se entrega porque el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir. Se nos pone como ejemplo, se nos pone como camino, traza las huellas que nosotros hemos de seguir.

Que nuestra ambición mejor, que nuestro sueño más bonito sea hacer un mundo mejor, el Reino de Dios que Jesús nos anuncia, porque pongamos lo mejor de nosotros para lograr esa felicidad para todos. Es el camino de hacernos los últimos, porque somos capaces de desprendernos de todo, de despojarnos de esas cosas que pudieran parecer grandezas en nuestra vida; es el camino del servicio porque es el camino del amor verdadero. Un amor semejante al que nos tiene Jesús que por nosotros se entrega. 


martes, 25 de mayo de 2021

Que no se merme ni se anule la calidad de nuestro amor y nuestra entrega por la búsqueda de unos beneficios a lo bueno que hacemos

 


Que no se merme ni se anule la calidad de nuestro amor y nuestra entrega por la búsqueda de unos beneficios a lo bueno que hacemos

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

Todos podemos sentir esa tentación, el pensar que aquello bueno que hacemos ha de tener una recompensa que ahora podamos incluso contabilizar con nuestras manos, por así decirlo. Hacemos lo bueno, queremos vivir la responsabilidad de nuestra vida, tratamos de ser generosos y altruistas hacia los demás, pero alguna compensación hemos de tener; y nos sentimos tentados a buscar muestras de gratitud que nos ensalcen, compensaciones en el trato que esperamos recibir de los demás y si no lo encontramos quizás nos sentimos mal porque nadie valora, decimos, aquello bueno que hacemos.

Pero, ¿por qué hacemos lo bueno? ¿Estamos buscando que nos paguen por aquello bueno que con generosidad hicimos? Echamos a perder lo de la generosidad, me parece si andamos buscando medallas y reconocimientos por hacer el bien. Si decimos que somos generosos es que no lo hacemos buscando algo a cambio. Claro que a nadie le amarga un dulce cuando alguien agradecido nos lo reconoce, pero no tenemos por qué ir buscando esos dulces de los reconocimientos en aquello que hacemos. Mermaríamos la calidad de nuestro amor.

Los apóstoles que habían dejado todo por seguir a Jesús eran muy humanos y también sentían esa tentación. Era en cierto modo incierto el camino que estaban haciendo siguiendo los pasos de Jesús, porque a la larga no veían muy claro el final de todo aquello. Eran pobres y lo habían dejado todo y ahora vivían en mayor pobreza. ¿Quizá algún día si se cumplían lo que eran sus sueños en que Jesús fuera el Mesías llegarían a ocupar grandes puestos en ese nuevo Reino? Ya sabemos que en alguna ocasión, valiéndose incluso del parentesco, algunos pretendían esos primeros lugares y así se lo hicieron saber a Jesús.

Ahora que Jesús ha estado hablado de las riquezas y cómo tenemos que alejar la codicia de los corazones les surge sin embargo la pregunta. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’, ¿qué nos va a tocar? Surge espontánea la pregunta porque quizás era algo que llevaba tiempo rondándoles en su corazón. A algo tenía que conducirles aquella vida que estaban siguiendo. Algún día tendría que haber algún beneficio, alguna recompensa.

La respuesta de Jesús es bien taxativa y tenemos que saber entenderla bien. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más - casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura, vida eterna’. Claro que cada uno querrá coger el rábano por las hojas según sean sus intereses e interpretaciones, según lo que llevemos en el corazón.

Les habla Jesús de quienes han dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, que tendrán cien veces más. más de uno me he encontrado más de una vez queriendo apoyarse en estas palabras de Jesús tratan de sacar beneficio de su posición en la Iglesia, de sus trabajos pastorales o incluso de su consagración; no son raras ‘las carreras’ que se pretenden hacer en nuestros círculos eclesiásticos. Creo que se tendría que leer mejor el evangelio. ¿Qué nos querrá decir Jesús? ¿Qué lo hemos dejado todo por alcanzar esas cien veces más? ¿Por unos intereses? Pero nos dice cien veces más, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones.

¿No nos estará diciendo que si renunciamos a los nuestros de alguna manera estaremos entrando en una nueva familia donde vamos a vivir una nueva comunión de amor entre todos y así nos sentiremos ricos en lo más hondo de nosotros mismos? Pero no nos oculta una cosa, nos habla de persecuciones ¿serán quizás sin embargo las incomprensiones de un mundo que no entiende nuestra disponibilidad y nuestra generosidad? Tendremos persecuciones, dificultades, incomprensiones, pero siempre vamos a tener un hermano en esa nueva comunión que vamos a vivir. Y claro la recompensa definitiva, la recompensa que nos dará plenitud lo tendremos en la vida eterna. ‘Y en la edad futura, la vida eterna’, premiados en el Señor.

Terminará hablándonos Jesús de hacernos los últimos para poder ser los primeros. Lo que les decía en otro momento cuando buscaban primeros puestos o cuando discutían de quien iba a ser el primero y el principal. El que se hiciera el último y el servidor de todos.

lunes, 5 de octubre de 2020

Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

 


Reconocemos lo bueno que hay en nosotros dando gracias por ese regalo recibido y compartiendo nuestro gozo con los demás para quienes hemos de ser signos del amor de Dios

Deuteronomio 8, 7-18; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Saber reconocer lo bueno de lo que disfrutamos de la vida es un paso importante en el camino de la felicidad; pero digo un paso, importante quizá, pero no el único. Porque es importante también saber cómo hemos logrado lo que tenemos y saber descubrir en el fondo que es un don. Un regalo que tenemos que saber agradecer también.

Me puedes decir, es mi esfuerzo, son mis luchas, ahí están quizá mis sacrificios, ahí está mi trabajo, es cierto. Y ya es importante que sepamos valorar el trabajo realizado, el camino hecho, la capacidad de ese sacrificio y ese esfuerzo, el tener en cuenta que tú has creído en tí mismo y por eso has luchado para conseguirlo. Pero hay algo, misterioso quizá, que nos trasciende, que va más allá de esos esfuerzos personales, porque tenemos que darnos cuenta que ese camino no lo hemos hecho solos; a nuestro lado hay muchos que han sido un estímulo para nosotros, que nos han alentado, que quizá cuando nos sentíamos sin fuerzas han puesto su mano sobre nuestro hombro para darnos ánimos. Entonces a ellos también tenemos que agradecérselo.

Pero tampoco me quedo ahí, aunque ya son pasos muy importantes que estamos dando con ese reconocimiento. No han sido solo nuestras fuerzas humanas, ni los alientos humanos que hayamos recibido de los que caminan a nuestro lado. Yo miro hacia lo alto, a quien hace de verdad trascender mi vida para darle un valor todavía más grande, yo miro a Dios que está a mi lado, digo que miro a lo alto pero es una forma de decir porque nada está más cercano a nosotros que Dios mismo que camina a nuestro lado por es Emmanuel, Dios con nosotros, pero más aun que se entraña en nuestro ser, en nuestro corazón. El sí que es mi fuerza, mi verdadero aliento, el hondo sentido de mi vida, lo que me da el verdadero valor. Soy creyente y siento a Dios en lo más hondo de mi corazón.

Por eso nunca por mucho que pueda disfrutar de todo eso bueno de lo que dispongo, mi corazón se puede llenar de soberbia para creerse el único y como dueño y señor de todo. Mi Señor de verdad es Dios que es el que da hondo sentido y valor a mi vida. Sin El nada sería, sin El nada hubiera conseguido, sin El no hubiera realizado y estaría realizando el camino. El es en verdad la fuente de mis alegrías, la fuente de mi vida.

Hoy en la Iglesia celebramos un día especial, que lamentablemente pasa muy desapercibido. Es el día que se llama de Témporas de Acción de Gracias y de Petición. Sí, es un día para la acción de gracias, para el reconocimiento de todo eso bueno que hay en nosotros, en la vida, como hemos venido reflexionando. Un día para reconocer la obra del Señor en nosotros y entonces desde lo más hondo de nosotros darle gracias. Es el momento que de una forma personal veamos cada uno por lo que tiene que darle gracias al Señor, reconocer todo eso bueno que hay en nosotros, todo ese don de gracia que hemos recibido; cada uno tenemos nuestra historia, cada uno tenemos nuestros motivos para dar gracias y tendríamos que detenernos en ello.

Pero también una forma de reconocerlo y dar gracias es no quedarnos encerrados en nosotros mismos y comenzar a mirar en derredor nuestro. Primero, como antes decíamos, recordando a cuantos han contribuido a que hoy haya llegado hasta aquí, porque han estado a mi lado, porque me han animado, porque me han echado el brazo sobre el hombro tantas veces para que siguiera caminando. Y dar gracias a ellos y por ellos al Señor que los puso a mi lado.

Pero nuestra mirada no se puede tampoco quedar ahí. A nuestro lado hay tantos que lo están pasando peor en sus necesidades, en sus problemas, en sus sufrimientos, en sus angustias, en sus enfermedades, en sus soledades… y no los podemos dejar solos.  Tenemos que ser con nuestros gestos de amor y cercanía signos de la presencia del Señor en su vida, para que no se cansen en sus luchas, para que sean capaces de levantarse para seguir adelante, para que encuentren también un sentido y un valor a lo que están viviendo aunque sea algo duro. Nosotros podemos ser luz para ellos, una luz que les refleje la luz del amor de Dios.

Démosle un sentido hondo a la vida y a este día concreto que hoy estamos viviendo.

 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

No olvidemos poner con verdadera nobleza de corazón en nuestra oración de cada día los sentimientos de gratitud a Dios por cuando de El recibimos

No olvidemos poner con verdadera nobleza de corazón en nuestra oración de cada día los sentimientos de gratitud a Dios por cuando de El recibimos

Sabiduría 6,2-12; Sal 81; Lucas 17,11-19

Se cree que se lo merece todo, pensamos de aquel que nunca sabe dar las gracias. Y hay gente así, es cierto. Aunque de pequeñitos siempre nos enseñaron a decir gracias cuando recibíamos alguna cosa de alguien, sin embargo son costumbres que se pierden, pero cuando vemos a alguien que sabe ser agradecido valoramos su nobleza y también su sencillez y humildad para reconocer que aquello que le ofrecieron no lo merece, pero lo sabe recibir agradecido. Es de corazones nobles el ser agradecido. Y aparte lo que podríamos llamar mala educación podríamos descubrir también corazones orgullos que no sabemos reconocer que no lo tienen todo y que mucho de lo que tienen lo están recibiendo gratuitamente de los demás.
Esto que en las relaciones sociales habituales entre unos y otros lo vemos como lo más normal del mundo tendríamos quizás que plantearnos si en nuestras relaciones con Dios somos igualmente agradecidos. Prontos estamos para pedir desde nuestras necesidades o nuestros problemas, pero cuando recibimos el beneficio de la gracia divina que nos ayuda de alguna manera pronto seguimos corriendo por la vida sin agradecer suficientemente a Dios cuanto de El recibimos.
Si antes hablábamos de nobleza de corazón en nuestras actitudes agradecidas hacia los demás, aquí tendríamos que hablar además del nivel o la calidad de nuestra fe. Y ya no es solo ante cosas, llamémoslas así, extraordinarias que recibamos de Dios cuando le pedimos alguna cosa especial o estamos en alguna situación muy particular, sino es la actitud creyente de quien se siente en las manos de Dios y sabe descubrir su presencia junto a nosotros en el camino de la vida y reconocer la gracia que de mil maneras reparte sobre nosotros.
Cuánto tendríamos que agradecer a Dios desde el donde la vida que de El recibimos. La lista seria haría interminable. Y reconocer el don de su salvación que nos regala en Jesús. Es cierto que el acto de culto central de la vida del cristiano es Acción de Gracias, es Eucaristía y que toda la oración litúrgica está transida de esos sentimientos de gratitud a Dios, pero sí podemos pensar en que la actitud profunda que llevamos en el corazón cuando estamos participando en la celebración de la Eucaristía no sea precisamente la acción de gracias.
Vamos quizá más ansiosos por nuestros problemas y necesidades, por pedir por los nuestros o pedir por la realidad del mundo en que vivimos, todo lo cual es bueno y hermoso, pero la acción de gracias aunque esté muy presente en las palabras litúrgicas pudiera estar muy ausente de lo que sentimos en nuestro corazón. Tenemos que saber rescatar en nuestra oración esa parte de la acción de gracias, por cuanto en Cristo Jesús recibimos en orden a nuestra salvación, uniendo también todos esos motivos principales que podamos tener para nuestra personal acción de gracias.
Es lo que nos está señalando el evangelio que hoy se nos propone. Diez leprosos que allá al borde del camino piden a Jesús que tenga compasión de ellos y Jesús que les manda a presentarse a los sacerdotes siguiendo lo establecido en la costumbre judía, para una vez curados poder volver a encontrarse con los suyos. Felices corren todos sintiendo la alegría de su curación, pero solo uno es el que se volverá hasta Jesús para postrarse ante El reconociendo cuanto de Jesús ha recibido y en su acción de gracias dar gloria a Dios.
‘¿Los otros nueve donde están?’ se pregunta Jesús. ¿Seremos acaso nosotros del grupo de esos nueve que aunque contentos por los beneficios recibidos sin embargo no sabemos volvernos a Dios para darle gracias por cuanto de El recibimos cada día? En la nobleza de nuestro corazón pongamos ese sentimiento de gratitud a Dios en nuestra oración de cada día.