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sábado, 31 de octubre de 2026

¿Dónde está el lugar de un verdadero cristiano y cuál ha de ser el resplandor de su mirada? Sigamos los pasos de Jesús

 


¿Dónde está el lugar de un verdadero cristiano y cuál ha de ser el resplandor de su mirada? Sigamos los pasos de Jesús

Filipenses 1, 18b-26; Salmo 41; Lucas 14, 1. 7-11

Vamos a ver si cogemos un buen sitio, nos habremos dicho en alguna ocasión cuando íbamos a una comida, ya fuera porque nos invitaran o simplemente porque íbamos a comer a un restaurante; queremos tener un buen sitio, igual que si asistimos a un lugar donde haya mucha aglomeración de gente, ni nos queremos quedar aislados, ni estar con quienes no nos agraden, o tener que quedarnos en un rincón. Son apetencias humanas y hasta podríamos decir que muy razonables. ¿Para que nos sirvan de manera especial a nosotros? ¿Para ser vistos por los demás? ¿Por la vanidad de quedar bien en la foto, por decirlo de alguna forma?

Es lo que Jesús estaba observando en aquella ocasión en que lo habían invitado a comer en casa de un fariseo, personaje muy importante, y que también estaba rodeado de sus amigos y correligionarios que se daban de codazos por ocupar los primeros puestos. Era una gente acostumbrada a hacerse notar; buscaban siempre los primeros puestos en las sinagogas para darse importancia y los viera la gente y cuando hacían algo bueno tenían que hacerse notar. Qué distinto y qué distante de lo que era el estilo de Jesús.

Por eso Jesús, en la confianza con quien lo ha invitado y también con la conciencia de lo que era el sentido del Reino de Dios que anunciaba se permite hacer unas recomendaciones a los comensales; cuando te inviten no busques los primeros puestos ni los lugares de honor, ten la humildad, más bien, de irte al último rincón. que si el que te invitó considera que otro es tu sitio va a llevarte a ese lugar y vas a quedar bien.

Parece un recomendación de amigos por la forma tan sencilla como Jesús lo propone, pero bien sabemos que detrás hay todo un sentido de vida; lo que continuamente había hecho Jesús, cuando recibía alabanzas por los signos que realizaba el procuraba conducirlos a Dios, que la alabanza fuera para Dios; cuando curaba a los enfermos les decía que no dijeran nada porque Él no iba buscando la fama de un milagrero que busca siempre ganancias y beneficios, cuando en el desierto tras la multiplicación de los panes quisieron hacerlo rey, embarcó corriendo y deprisa a los discípulos rumbo a Cafarnaún y El fue a retirarse a solas en la montaña de manera que a la mañana siguiente estarían aún buscándolo y sin saber cómo había llegado a Cafarnaún.

Ya les dirá de forma muy concreta a sus discípulos más cercanos que siempre andaban con sus ambiciones también de primeros puestos que entre ellos no podía ser como hacían los poderosos de la tierra, que ellos tenían que hacerse los últimos y los servidores de todos, porque el servir, el amar con todas sus consecuencias aunque uno tenga que olvidarse de sí mismo es la mayor de las grandezas. ‘Los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos, porque el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido’. Y terminará reafirmando que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida.

Claro que nos dará más motivaciones para ese espíritu de servicio con que hemos de vivir nuestra vida cuando nos diga que cuanto le hacemos al hermano será como si a Él se lo hubiéramos hecho. Recordemos sus palabras cuando nos habla del juicio final. Es el mandamiento del amor que nos deja como legado; progresivamente nos va enseñando a que tenemos que saber amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos, ¿seré yo capaz de poner al otro en mi lugar siendo capaz de olvidarme de mi mismo para amar al hermano?

Pero dará un paso más en ese termómetro del amor porque ya luego nos dirá que tenemos que amar como Él nos ha amado; ya esto son otras alturas, otras medidas si contemplamos hasta donde llegó su amor; por eso nos dirá que no hay mayor amor que el de quien da su vida por el hermano, lo que hizo Jesús.

Pero aún encontraremos un paso más y es que en el hermano, sea quien sea, tenemos que ver el rostro de Jesús. ‘A mi me lo hicisteis’, nos dirá. No buscamos un rostro bonito, no buscamos a quien nos caiga agradable, no buscamos una fotografía bonita y entonces no sea desagradable aquella persona con quien estoy. Sea quien sea, venga de donde venga, sean cuales sean sus valores y aptitudes, esté en el lugar que esté, tendré que ver el rostro de Dios, el rostro de Jesús porque es así cómo lo estoy amando.


miércoles, 27 de mayo de 2026

El que quiera ser grande y primero entre vosotros, que sea vuestro servidor, esclavo de todos, el Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos

 


El que quiera ser grande y primero entre vosotros, que sea vuestro servidor, esclavo de todos, el Hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos

1Pedro 1, 18-25; Salmo 147; Marcos 10, 32-45

Yo quiero contemplar este pasaje del evangelio desde la naturalidad con que los discípulos mantenían sus conversaciones con Jesús, donde se iban expresando espontáneamente, exponiendo de forma natural lo que eran sus sueños y sus aspiraciones, aquellos sentimientos que se habían ido creado dentro ellos en esa cercanía con que se manifestaba Jesús y con la que ellos también podían expresarse. Una conversación de amigos, donde no aparecen reproches sino que cada uno se va expresando con libertad y confianza.

Por eso aquellos, como sucede siempre en todos los grupos humanos, que se sentían con una mayor confianza y cercanía, por aquello de que eran parientes, le presentan sus sueños. Queríamos ser de los que estemos más cerca de ti, aquellos en los que tú pongas toda tu confianza para dirigir este grupo y todo lo que vaya surgiendo en el futuro. En ese leguaje y deseos humanos buscaban poder, estar por encima de los demás y ser los que cortaran el bacalao en el futuro.

Y Jesús siempre tiene la salida para todo. ¿Queréis pareceros a mi para ser los que en mi nombre dirijan un día esta nueva comunidad? Pareceros a mí significa estar dispuestos a pasar por el mismo bautismo que yo voy a pasar. En momentos así de entusiasmo y en los que queremos ganarnos las voluntades, estamos dispuestos a todo aunque no sepamos al final sus consecuencias. Pasaréis, sí, por un bautismo como el mío, pero los primeros puestos están reservados, algo más y más exigente pide el Padre.

La conversación ya no está gustando al resto de los discípulos; ellos tienen también sus sueños y nadie se les va a adelantar. Surge ese rumrum por lo bajo. Jesús lo detecta todo. Jesús pone los puntos sobre las íes; hay que aclarar el sentido de esta nueva comunidad. Aquí no podemos ir buscando el poder por el poder, aquí no valen las apariencias y vanidades; aquí no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo.

Creo que esto los cristianos tenemos que escucharlo más, la Iglesia tiene que manifestarlo mejor porque nos estamos pareciendo demasiado a los poderes de este mundo.  Llega el momento en que tenemos que dar un parón, aunque nos duela, aunque se produzcan desgarros en el corazón o entre los miembros de la comunidad, tenemos que bajarnos de pedestales y despojarnos de tantos ropajes que nos confunden. Es difícil, pero tenemos que dejar actuar más al Espíritu en nuestra Iglesia.

Tenemos en verdad que contemplar a Jesús, el que, como hoy mismo no dice, no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Había precisamente comenzado el evangelio diciéndonos que estaban subiendo a Jesús y Jesús va haciendo sus anuncios, anuncios que no siempre son escuchados no comprendidos. Que no era solo lo que les estaba sucediendo a los discípulos en aquel momento, sino que es lo que nos sucede hoy. Nos lo damos por sabido, nos lo damos por repetido y entonces pierde para nosotros el encanto y la sorpresa del evangelio. Es importante escucharlo y saber que es el evangelio de nuestra vida.

¿Estaríamos dispuestos a ese camino de despojo que contemplamos en Jesús? ‘El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos’.

domingo, 20 de octubre de 2024

¿Preparamos el terreno para nuestros sueños y ambiciones o nos preparamos nosotros para ceñirnos la cintura y ponernos a servir a la manera de Jesús?

 


¿Preparamos el terreno para nuestros sueños y ambiciones o nos preparamos nosotros para ceñirnos la cintura y ponernos a servir a la manera de Jesús?

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

Estaban queriendo preparar el terreno por lo que había de venir, por las ventajas que podrían alcanzar, porque no querían que nadie se les adelantase... No nos ha de extrañar. ¿No lo hacemos nosotros también? En la vida también vamos con astucia, buscamos nuestros apoyos, alguien que medie por nosotros, vamos presentando nuestra cara bonita, queremos hacer méritos. En las cosas que queremos conseguir en la vida, en los puestos que queremos alcanzar, en las influencias que podamos luego tener desde posiciones de relevancia, para las ganancias de la vida. Y vemos como se echan zancadillas, cómo queremos llegar los primeros sea como sea, cómo nos lo permitimos todo – aunque algunas veces parezca que perdemos – con tal de conseguir lo que nos proponemos. Y no digamos nada de las guerras entre unos y otros, declaradas o solapadas, que hay detrás de todo eso.

Por eso es acercan aquellos dos discípulos a Jesús, en fin de cuentas eran parientes y habían estado además desde el principio con el maestro, porque con lo que Jesús anunciaba parecía que el momento estaba cerca – aunque no terminaran aún de entender lo que significaba aquel momento anunciado por Jesús, y le piden unos lugares de honor en ese Reino ya tan inminente. Detrás estaba el concepto de Mesianismo que tenían, no solo ellos, sino en la forma de pensar del pueblo alentado también desde ciertos intereses. ‘Uno a tu derecha y otro a tu izquierda’.

Nos puede parecer sorprendente, después de lo que hoy ya nosotros comprendemos del sentido de Jesús. ¿Le sorprendería a Jesús aquella petición de aquellos dos discípulos? Jesús conocía bien el corazón del hombre, conocía bien las ambiciones que merodeaban entre ellos, porque además será alto que se repite. Pero la respuesta de Jesús es directa con una pregunta. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’

La respuesta, en la ambición que ellos tenían, está pronta. ‘Podemos’. No dice nada expresamente el evangelista, pero yo pongo imaginación y quiero ver la mirada de Jesús ante la respuesta tan ingenua de los discípulos. Lo que les dice a continuación está en cierto modo describiendo esa mirada, como tantas otras que le vemos a Jesús en distintas páginas del evangelio. ‘No sabéis lo que pedís… El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado’.

Beberían el cáliz y serían bautizados con aquel bautismo, pero en la hora de la pasión estaban ausentes, solo Juan se había atrevido a estar con María al pie de la cruz. Pero a la derecha e izquierda de la cruz, del momento de la gloria aunque costara entenderlo, eran otros dos los que estaban, unos malhechores colgados también de un madero como Jesús. ¿Lo indescifrable de los caminos de Dios? ¿O el camino que nos estaba enseñando Jesús que tendría que ser el camino de la Iglesia? Nos daría para pensar.

Las palabras de Jesús no se quedan ahí. Volverá a repetirnos lo que otras ocasiones volvería a decirnos. ¿Cuál es la grandeza? ¿Cuál es la influencia y el poder? ¿Cuáles son en verdad los primeros puestos por los que tenemos que aspirar? Tiene que quedar claro de una vez para siempre. No puede ser a la manera de los poderes de este mundo.

Tenemos que convencernos, porque han pasado ya muchos siglos y todavía seguimos ansiando poderes, y lugares de honor, y reverencias y reconocimientos, y nos seguimos revistiendo de los ropajes del poder y de las grandezas humanas.  ¿Cuándo llegaremos a comprender estas palabras de Jesús para despojarnos de todos esos ropajes mundanos de los que nos seguimos revistiendo en la Iglesia?

Tenemos que aprender de una vez por todas que nuestro camino ha de ser el del servicio, el de la humildad y de la sencillez, lejos de nosotros las vanidades del corazón, no siguiendo en la búsqueda de méritos con aquellas cosas incluso buenas que hacemos, dejando ya a un lado la tabla de las reivindicaciones para que tengamos nuestro lugar, y a estar dispuestos a amar de verdad a la manera como nos enseña Jesús.

‘El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir, a dar su vida en rescate por todos’, termina diciéndonos Jesús. Y todavía nos cuesta ceñirnos la toalla para ir a lavar los pies; todavía seguimos mirando con cierta indiferencia a los que no son como nosotros, porque tienen otro color de piel o porque vienen de otros lugares, todavía mantenemos la desconfianza en el corazón ante cualquiera que nos parezca distinto y no conozcamos manteniendo las distancias.

¿Dónde está el amor a la manera del amor de Jesús que El nos ha enseñado a tener? ¿Seguiremos todavía preparando el terreno para nuestros intereses?

 

 

miércoles, 8 de noviembre de 2023

El seguimiento de Jesús no lo podemos realizar desde la superficialidad, necesitamos de lleno meternos en el evangelio para descubrir su camino

 


El seguimiento de Jesús no lo podemos realizar desde la superficialidad, necesitamos de lleno meternos en el evangelio para descubrir su camino

Romanos 13, 8-10; Sal 111;  Lucas 14, 25-33

Si no nos queremos tomar la vida a broma, las cosas tiene uno que pensárselas muy bien. No nos valen superficialidades, aunque desgraciadamente veamos mucho de eso en nuestro entorno en el mundo en que vivimos; todo lo queremos fácil, con el menor esfuerzo, que lo logremos de inmediato, y así nos va. La vida es un proyecto muy hermoso y que necesita mucha dedicación.

Normalmente si estamos proyectando algo, en lo que quizás nos jugamos nuestro futuro, algo que quizás como profesional quiere ser algo importante y en lo que de alguna manera queremos vernos reflejados nosotros y lo que somos, nuestros conocimientos y nuestras posibilidades, tendremos que dedicarle mucho tiempo para prepararlo, para estudiarlo, para poder diseñarlo bien, para tener en cuenta todas las posibilidades pero también las dificultades con las que nos vamos a encontrar, y cuando tengamos todos los estudios necesarios hechos podremos proyectarlo, podemos presentar sus planos, sus objetivos, el como lo vamos a realizar, los medios con los que vamos a contar, las previsiones de futuro.

Muy complicado me dirán algunos, pero sean unas cosas o sean otras, cuando nos lo tomamos en serio, en serio tenemos que planificarlo, programarlo para poderlo realizar. ¿Quieres hacer una casa? No son cuatro rayas más o menos bien o mal trazadas con lo que vamos a contar. Será necesario contar con muchas cosas, será necesario contar también con los técnicos que pueda proyectar esos planos y luego realizar la edificación.

No estoy complicando las cosas, no lo pienses así. Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio de lo que significa ser su discípulo, seguirle. Le seguía mucha gente, nos dice el evangelista. Allí cerca estaban los que ya eran sus discípulos, aquellos que le seguían más cerca, aquellos a los que había escogido y llamado de manera especial, pero también estaba la muchedumbre que se entusiasmaba con Jesús, con sus milagros, con las palabras que escuchaba, con lo que iba despertando en su corazón. Muchos le seguían de una forma muy permanente, caminando tras Jesús por todos aquellos lugares, otros le seguían ocasionalmente porque pronto tendrían que volver a sus casas y familias y a sus ocupaciones más habituales.

Y es a esos, a todos aquellos que de una forma u otra querían ir tras El, a los que ahora les plantea la seriedad de lo que ha de ser su seguimiento. No es cuestión de ratos, no es cuestión de entusiasmo un día que vemos algo extraordinario, no es cuestión de ahora sí pero ahora que se ponen las cosas más difíciles me echo a un lado. Si nos planteamos una opción por Jesús tiene que ser algo muy decisivo, muy en serio, tenemos que tener claro que es lo que significa seguirle y ser su discípulo. Como terminará explicando, es como el que va a levantar una torre y tiene que ver en qué va a consistir esa torre y los medios que va a necesitar para terminarla y no se quede a medias. ¿Nos estaremos quedando a medias muchas veces nosotros en el seguimiento de Jesús?

Por eso habla Jesús de que será necesario renunciar a cosas, será muy importante el lugar en que nos pongamos a nosotros mismos porque la opción por Jesús significa que Jesús va a ser el primero en mi vida. No voy a construir mi vida solo en torno a mi mismo, sino que voy a construir mi vida en torno a Jesús. Y Jesús tendrá que ser el centro de todo. Y han de ser los valores de Jesús por los que voy a optar, los que voy a ir copiando en mi vida para hacerme uno con ellos. Tendré que estar dispuesto a copiar la vida de Jesús en mi vida, de manera que ya no sea yo sino Cristo el que vive en mí.

Es un camino nuevo de entrega y de amor hasta el final; es un camino donde tenemos que aprender a hacernos los últimos porque el amor que se hace servicio me hará primero que nada ver a los demás, en lugar de estarme mirando a mi mismo; por eso nos habla de negación de nosotros mismos y nos habla de cargar la cruz. Es lo que hizo Jesús; es lo que nos enseñó que nos hará verdaderamente grandes. Es la disponibilidad de vaciarme de mi mismo, para llenarme solo del amor de Dios.

Y esto no son cosas que nos podemos tomar a la ligera; esto no son cosas en que solamente nos dejemos llevar por las emociones momentáneas o los entusiasmos pasajeros que pronto se va a llevar el viento; esto no es cuestión de decisiones que tomamos según sea el viento que nos toque a la manera de una veleta; esto son opciones serias que tenemos que tomar en la vida.

¿Queremos en verdad ser sus discípulos? Lejos de nosotros la superficialidad y ahondemos en el camino del evangelio.

martes, 7 de marzo de 2023

A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 


A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Con qué facilidad damos un consejo; hablar cosas, opina, decir cómo se tienen las cosas es algo para lo que estamos siempre prontos. Pero una cosa es decir y otra cosa es hacer; con facilidad nos convertimos en consejeros, todos sabemos dar consejos – al menos eso decimos – pero poner manos a la obra, dar ejemplo con lo que nosotros hacemos, realizar nosotros eso que aconsejamos a los demás, ya no es tan fácil. Modelos de palabras, pero no de hechos, no de lo que hacemos, porque al final terminamos no haciendo nada. Y eso nos pasa a todos, bueno, es algo que puede suceder con mucha facilidad. Ahora y siempre, porque siempre ha sucedido así, pero eso no nos justifica.

Confieso que cuando preparo y os ofrezco estas semillas de cada día, yo también puedo caer en lo mismo; muchas veces me lo cuestiono, me interrogo a mi mismo, si yo sería en verdad capaz de hacer lo que aquí voy diciendo. No es fácil. Os digo, sí, que primero que nada leo el evangelio para ver qué es lo que me dice a mi; y trato de que lo que os voy ofreciendo con estas reflexiones, sea algo que primero vea en mi mismo, lo realice en mi mismo. Y repito, no es fácil. Y Dios me libre de caer en esa tentación de ser el consejero bueno para los demás, que me quede en palabras que son solo para los demás y primero no me aplico a mi mismo.

Hoy nos encontramos en el evangelio con lo que Jesús le dice a la gente en referencia a aquellos maestros de la ley que tenían en Israel. Jesús desconfía, los ha llamado hipócritas, por las dos caras, por las apariencias. Vanidades en las que nosotros podemos caer también. Queremos dar una buena cara, como decía un amigo mío, pongo el lado bonito de la cara para salir bien en la foto. Eso hacemos con demasiada facilidad, es lo que ahora Jesús dice de aquellos maestros de la ley, ponen la buena cara, se las dan de cumplidores, se convierten en unos exigentes para los demás, pero no son capaces de mover un dedo por hacer algo bueno, por hacer aquello incluso que dicen a los demás.

Jesús nos está pidiendo otras actitudes, otros valores, algo que nazca de lo más hondo del corazón, algo en lo que nos impliquemos de verdad, algo que envuelva totalmente nuestra vida. Son los planteamientos que tenemos que ir haciéndonos en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua. Es la autenticidad de nuestra vida la que tiene que brillar; son los vestidos viejos de los que hemos de desprendernos, es la transformación profunda que tenemos que ir haciéndonos, son esas vanidades que se convierten en falsedad e hipocresía de las que tenemos que ir desprendiéndonos.

Es ir haciendo pascua en nosotros, porque es mucho a lo que tenemos que morir para llenarnos de la vida nueva que nos hace hombres nuevos. Es como tendrá sentido y verdadero valor la fiesta de la Pascua cuando lleguemos a celebrarla. Caminos de humildad y de sencillez, los que tenemos que emprender, porque son los que en verdad nos llevarán a la Pascua. Nos dice Jesús que ni nos dejemos llamar padre, ni maestro, ni consejero. Cuando ya vamos poniendo el titulo por delante, estamos comenzarnos a vestirnos de unas vestiduras que en verdad no son las nuestras. Y de eso tenemos que despojarnos.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que el que se humilla será verdaderamente enaltecido, que ser primeros es convertirnos en servidores de todos siendo capaces de ponernos en los últimos lugares. A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el autentico camino que hemos de emprender. Y es de lo que tiene que convertirse en testimonio nuestra vida.

martes, 21 de febrero de 2023

Jesús nos está enseñando a valorar lo pequeño, que lo que nos debe importar es hacernos pequeños, los últimos, convertirnos en esclavos y servidores de los demás

 


Jesús nos está enseñando a valorar lo pequeño, que lo que nos debe importar es hacernos pequeños, los últimos, convertirnos en esclavos y servidores de los demás

Eclesiástico 2, 1-11; Sal 36; Marcos 9, 30-37

Nos están hablando de una cosa pero en nuestra mente seguimos con lo nuestro. Tenemos nuestras ideas, que algunas veces se nos pueden volver incluso obsesivas, y aunque nos quieran decir y demostrar lo contrario no lo vemos, es que ni lo pensamos; parece como sí pusiéramos una barrera para que ese pensamiento no entre en nuestra mente.

Era la obsesión con que vivían los judíos sobre la venida del Mesías y la idea que ellos se habían preconcebido. No era un pensamiento novedoso, sino que la interpretación que ellos habían hecho de la Escritura, de los profetas, siempre les había llevado a alimentar sus ideas nacionalistas y pensar en la llegada del Mesías era pensar en nuevos tiempos de poder y de dominio nacionalista. 

Ahora que aquellos buenos hombres de Galilea seguían a Jesús y cuando vislumbraran en El la esperanza de la llegada del Mesías, era en cierto modo normal que su pensamiento fuera por esas redes. Ellos que tan cerca estaban del que creían que podía ser el Mesías, normal era que soñaran con puestos y lugares de poder y de influencia. Era lo que centraba en muchas ocasiones incluso sus discusiones nacidas desde esa ambición.

Van caminando casi por fuera de Palestina en los linderos casi de Galilea y el lugar apartado del bullicio que se formaba en torno a Jesús sobre todo en aquellos lugares más cercanos al lago, hacía que Jesús fuera instruyéndolos, adelantándoles incluso lo que había de suceder en Jerusalén. En su entusiasmo por la forma cómo Jesús era acogido por mucha gente, ahora no llegan a oír ni entender lo que Jesús habla de entrega, de pasión y de muerte. No podía entrar en sus cálculos ni en sus planes.

Por eso van discutiendo por el camino. Jesús los escucha y no les dice nada, los deja, ya llegará el momento de aclarar las cosas que sabía que tanto les costaba entender. Por eso cuando llegan a casa pregunta por lo que venían discutiendo, seguramente tan acaloradamente, por el camino. Pero ahora el silencio es la respuesta, porque se sienten avergonzados ante Jesús de sus tontas discusiones, pero que sin embargo parece que para ellos tenían su razón de ser e importancia. Venían discutiendo por los primeros puestos.

Y una vez más, con la paciencia infinita de Dios, Jesús trata de explicarles. ¿Venís discutiendo por primeros puestos, por quien va a ser el más importante? Podía haberles dicho ¿y ya estáis pensando hasta quien va a ocupar mi lugar? ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. Un jarro de agua fría. ¿Sus sueños se esfumarán?

‘Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’.

¿Por qué valoramos a los demás? ¿Cómo tiene que manifestarse una persona para que lo valoremos? ¿Es por eso por lo que estáis ambicionando primeros puestos, lugares de poder y de dominio? Pero Jesús les está diciendo que tenemos que aprender a valorar lo pequeño, que no nos debe importar hacernos pequeños, hacernos los últimos, convertirnos en esclavos y servidores de los demás. Esos son los caminos de la grandeza, los caminos del que se saber hacer servidor.

Pero cuanto nos cuesta entender. Con qué facilidad aunque tengamos sueños bonitos, aunque digamos muchas cosas interesantes de cómo a ser nuestro comportamiento, nuestra manera de actuar, con qué facilidad cuando llegamos a un puesto, en el que nos parece que ya estamos por encima de los demás, nos olvidamos del servicio y solo pensamos en nosotros mismos, acaparando para nosotros. Lo estamos viendo todos los días. ¿Qué es lo que nos están reflejando nuestros dirigentes? Y nos puede suceder también en el ámbito de nuestra Iglesia.

Cuánto tenemos que corregir. Es la tentación fácil. Es de lo que quiere prevenirnos Jesús. Es lo que quiere que sea nuestro estilo de vida. Pero seguimos con nuestras ideas.

martes, 9 de agosto de 2022

La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia

 


La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia

Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Según sean nuestros intereses o las prioridades que nos hayamos propuesto serán nuestras prisas o será la forma como nos preparemos para algo que nos anuncian o que podamos estar esperando. Es un familiar que por distintas razones tuvo que emigrar al extranjero y ahora nos anuncia la llegada, y según quizás la relación o el contacto que con él hayamos mantenido ahora nos alegraremos de su llegada y tendremos todo preparado o iremos dejándolo para ultima hora, pensando que ya habrá tiempo para preparar lo que fuera necesario.

Eso de dejar las cosas para ultima hora – ya tendré tiempo, nos decimos, que eso es pan comido - es algo en lo que muchas veces somos ‘especialistas’ – quizá para un trabajo o un proyecto que tenemos que presentar – y luego vienen los apuros de última hora, las carreras y las cosas que no salen. Con qué facilidad dejamos las cosas para última hora.

Esto algunas veces nos puede parecer cosa sin mayor importancia, pero puede ser una muestra del interés que pongamos en cosas que son fundamentales para la vida; nos puede mostrar nuestras actitudes, o las búsquedas o preguntas que hasta nos podamos hacer sobre el sentido de la vida; puede manifestar una cierta superficialidad cuando simplemente nos vamos preocupando por las cosas que en cada momento nos salen al paso, y nos olvidamos de darle un sentido hondo a nuestra vida.

Hoy Jesús nos propone una parábola, precisamente a partir de lo que eran las costumbres de la época. Se trataba de una boda y de la costumbre de que las amigas de la novia salieran al encuentro del novio de su amiga con lámparas encendidas para no solo iluminar el camino sino también luego la sala de la boda; esas cosas hoy no las entendemos tan fácilmente porque estamos acostumbrados a que nuestros caminos o nuestras calles estén iluminadas y tenemos la energía que ilumina nuestros hogares. Pero tratemos de ponernos en sus circunstancias para darnos cuenta de que algo que parecía tan sencillo como tener aceite suficiente para mantener encendidas las lámparas, en este caso falló en algunas de aquellas doncellas y por la tardanza del novio ni lo pudieron recibir con sus lámparas encendidas ni participar luego en la sala del banquete.

‘Dadnos un poco de vuestro aceite que se nos apagan las lámparas’, suplicaban aquellas muchachas insensatas que no fueron lo suficientemente previsoras; pensaban que si fallaba pronto podrían encontrar aceite que supliera la carencia. ¿Pero no será eso lo que nos puede pasar en la vida cuando nos damos cuenta de que nos sentimos vacíos por dentro y sabemos responder a los retos que la misma vida nos va presentando?

Podemos llamarlo esa preparación humana de la que todos hemos de preocuparnos para ir madurando en la vida, podemos llamarlo el haber construido la vida sobre unos valores permanentes que nos den consistencia a lo que hacemos y vivimos y nos den fortaleza para los momentos difíciles, podemos llamarlo un sentido de la vida que dé profundidad a nuestro ser para saber qué es lo que buscamos, cual es el sentido de la vida, donde está la meta hacia la que caminamos, podemos llamarlo sentido de trascendencia o espiritualidad que nos haga pensar en metas altas, que nos abra a Dios.

La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia. Y nos pasa en el camino de nuestra fe, que no cuidamos, que no alimentamos, que nos parece que con el aceite que recibimos en una catequesis en la infancia ya nos es suficiente. Así vivimos superficialmente nuestra fe y nuestra relacion con Dios, nos enfriamos, nos distanciamos de todo, se nos va apagando esa fe cuando nos encontramos un mundo muchas veces adverso precisamente a esas manifestaciones religiosas y cristianas.

No es cuestión solo de prepararnos para un día, o prepararnos, como muchas veces, pensamos para el último día, para la última hora; esa preparación ha de ser lo que cada momento con profundidad vivamos; seremos en el último día, lo que en el ahora estamos siendo. Dejemos que el evangelio nos interrogue, nos cuestione por dentro, nos haga hacernos preguntas, busquemos el camino de reencontrarnos con esa fe, de llenar de nuevo las alcuzas de nuestra vida de esa fe auténtica que nos haga mantener encendida la luz de nuestra vida.

¿Qué prioridad le damos en la vida a nuestra fe?

domingo, 21 de noviembre de 2021

Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

 


Para celebrar a Jesucristo rey del universo nos revestimos de las túnicas enrojecidas por la sangre del amor y que han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

Cuando llegamos al último domingo del año litúrgico – entramos en la última semana puesto que ya el próximo domingo iniciamos otro ciclo con el Adviento – la liturgia nos propone esta fiesta de Cristo Rey del universo como resumen y conclusión de todo lo que han sido las celebraciones a lo largo del año, celebrando el misterio de Cristo.

Es una fiesta realmente reciente en la liturgia de la Iglesia, pues se inició en el primer tercio del siglo pasado, aunque su celebración tenía lugar en el último domingo de octubre; fue con la reforma del año litúrgico a partir del Concilio Vaticano II cuando se trasladó a este último domingo. Una fiesta nacida en unas connotaciones particulares que se vivían entonces en la Iglesia y en el mundo y que de alguna manera nos marca la imagen que en el fondo tenemos de esta fiesta con signos inequívocos de un sentido de cristiandad que se vivía en aquel momento; las imágenes de la realeza de Cristo están un poco marcadas de un cierto triunfalismo pero que con la reforma litúrgica en cierto modo se han querido purificar.


Aunque con esa tradición reciente, como hemos mencionado, sin embargo era la imagen de Jesús que se presentaba en los primeros siglos del cristianismo. Aquellos bellos mosaicos del Pantocrátor de muchas iglesias orientales y realizadas luego también en el occidente cristiano nos presentan esa figura de Jesús como el centro de toda la creación, en cierto modo, como ahora queremos expresar como Rey del universo. Ya san Pablo en los himnos litúrgicos que nos recoge en sus cartas nos habla precisamente de ese recapitular todo en Cristo.

En el evangelio de la liturgia de este ciclo precisamente se nos presentará a Jesús en el momento que humanamente menos se nos puede presentar como rey, pero que sin embargo recoge todo su sentido profundo de la realeza de Cristo. Jesús está siendo juzgado ante el procurador romano donde le acusan de que se ha venido presentando como rey desde Galilea hasta llegar ahora a Judea. Y ahí surge la pregunta de Pilato, ‘¿Con que tú eres rey?... ¿eres tú el Rey de los judíos?’

‘Mi reino no es de este mundo… mi reino no es de aquí…’ le responde Jesús. No tiene ejércitos que ahora vengan a defenderle o a vengarle. El puñado de sus más fieles y cercanos seguidores, a la hora del desprendimiento, se dispersó y huyeron. Allá estarán algunos encerrados en el cenáculo por miedo a lo que les pudiera pasar. Pero Jesús no niega que sea rey.

Es otra la manera. Es lo que les había enseñado a sus discípulos, no habían de aspirar a ser como los poderosos y reyes de este mundo. Eran otros los valores; era otro el sentido; quien quisiera ser grande tenía que hacerse el último y el servidor de todos. Y es como ahora vemos a Jesús, como el último, despreciado por todos, abofeteado por la soldadesca, humillado al ser presentado como rey pero para la burla y comparado con un malhechor al que la gente prefiere.

‘Tú lo dices, soy rey; yo para esto he nacido y para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’. Lo tiene claro Jesús. Pilato preguntará qué es la verdad, porque no había oído antes a Jesús proclamar ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Ahora la estaba demostrando con su entrega, con su amor. 

Había anunciado Jesús el Reino de Dios desde el principio y nos había ido señalando sus características que no acabábamos de entender. Ahora lo podemos comprender, aunque las gentes griten en su contra; ahora será proclamado desde lo alto de la cruz, aunque los judíos querrán que se cambie el título; ahora está siendo el más grande porque es el último, porque es el que más ama, porque es el que entrega su vida por los que ama, que entrega su vida por nosotros. Tenemos que proclamar en verdad que Jesús es Rey.

Y a ese Rey queremos seguir nosotros, a ese Reino ponemos en el centro de nuestros corazones, en ese estilo nosotros queremos vivir, de ese reinado nosotros queremos participar, de ese sacerdocio nosotros nos queremos revestir. Con crisma hemos sido consagrados, como eran consagrados los reyes, los profetas, los sacerdotes, para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes.

No olvidemos lo que ha significado el bautismo para nosotros. Ha sido un nacer de nuevo, un hombre nuevo que es con Cristo Sacerdote, profeta y rey. Ese perfume del crisma (sabemos que está hecho de aceite y perfume) nosotros tenemos que hacer notar en ese estilo nuevo que vivimos. Por eso el cristiano allá por donde pasa va dejando tras de sí ese perfume del amor.

Y es eso lo que hoy estamos celebrando. No nos revestimos de aterciopelados ropajes ni llevamos sobre nuestras cabezas doradas coronas; nos revestimos de la túnica de Cristo enrojecida con su sangre derramada por el amor; es lo que nos tiene que distinguir, porque esas túnicas han sido lavadas y purificadas en la sangre del Cordero y así un día formaremos parte de esa multitud innumerable que canta la gloria de Dios en el cielo.

Ahora ya comenzamos a entonar ese cántico de gloria con nuestra entrega y nuestra solidaridad, con nuestro amor y con la generosidad de nuestro corazón, con el espíritu de servicio y cuando hemos sido de verdad capaces de hacernos los últimos y servidores de todos. Es la forma como tenemos que celebrar que Jesucristo es el Rey del universo.


domingo, 17 de octubre de 2021

Nuestra ambición mejor y nuestro sueño más bonito hacer un mundo mejor, el Reino de Dios, poniendo lo mejor de nosotros mismos para lograr esa felicidad para todos

 


Nuestra ambición mejor y nuestro sueño más bonito hacer un mundo mejor, el Reino de Dios, poniendo lo mejor de nosotros mismos para lograr esa felicidad para todos

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

Todos tenemos aspiraciones y sueños en la vida. Dicen que soñar es gratis. ¿Quién no quiere más o quiere algo distinto? Dentro de nuestro camino de crecimiento como personas está también el tener aspiraciones, no contentarnos con lo que somos, buscar algo mejor, llegar más allá. Si no hubiera habido hombres soñadores el mundo y la vida se hubiera paralizado. Como decíamos, es parte de nuestro crecimiento como personas, como sociedad.

Lo que sí tenemos que pensar es en qué soñamos o cuales son nuestras aspiraciones. Y ahí es donde puede estar nuestra piedra de tropiezo. Pensar que el mundo es solo para nosotros; en mi sueño o en mi aspiración querer estar por encima de los demás, tener más poder para que sea yo solo el que crezca, ser más grande u ocupar un determinado lugar para en esa búsqueda de mi grandeza personal yo poder manipular para que todo sea en mi propio beneficio. Estaríamos perdiendo algunos aspectos buenos de esos sueños cuando nos encerramos en nuestro círculo egoísta y lleno de soberbia.

Y aquí está la diferencia que nos marca Jesús. Dos soñadores se acercaron a Jesús, soñaban con ser los primeros, acaparar para ellos todo el poder que podía derivarse de ese reino que Jesús estaba anunciando. ‘Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir’. Así, poco menos que con exigencia. Tienes que hacerlo, puedes hacerlo, mira quiénes somos nosotros, hemos estado contigo siempre y además somos de una misma familia. Cuantos parecidos a cosas, actitudes y posturas semejantes que se siguen sucediendo hoy.

‘Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Ahí está, los primeros puestos. No iban a quedarse en menos, con los méritos que ellos se creían que tenían. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. Ellos creían saberlo, tenían claras sus aspiraciones y estaban dispuestos a todo lo que fuera necesario para conseguirlo. Qué ciegos nos ponemos a veces. Dispuestos a beber el cáliz o pasar por el mismo bautismo de Jesús. No sabían lo que pedían. Aunque estaban dispuestos a todo no terminaban de comprender de qué cáliz hablaba Jesús o de qué bautismo. Estaban dispuestos, pero cuando llegara la hora de la pasión todos se desperdigaron, se perdieron, se encerraron, el miedo pudo con ellos.

Porque no eran solo aquellos dos los que estaban llenos de sueños y de aspiraciones. El resto cuando vio la petición de los hermanos Zebedeos por allá se pusieron también a criticar, a hacer sus consideraciones, a hacer aparecer la envidia que corroía también sus corazones y les hacía entrar también en esa lucha por los primeros puestos, que no se acabaría aquí a pesar de todas las cosas que Jesús a continuación les dirá. Seguirá siendo una discusión mientras iban de camino.

Y Jesús les habla, nos habla claro. Nuestras aspiraciones y sueños no pueden ir por esos caminos a los que nos hemos acostumbrado viendo lo que sucede a nuestro alrededor. Se quiere ser grande para tener poder, para buscar grandezas personales, para tener lugares no solo de prestigio sino donde todo lo tengan a su favor, que todo se convierta en un beneficio personal; y el poderoso dirige las cosas a su conveniencia pensando que todo es para él, y manipula no solo para hacer que las cosas sean en su beneficio sino peor de todo para manejar las personas y su voluntad, lo centra todo en sí mismo subiéndose a los más altos pedestales desde donde mejor pueda manipular, una carrera incesante e imparable que los hace cada vez más poderosos.

Y Jesús les dice que ese no puede ser su estilo y su manera de ser y de actuar. El camino tiene que ir por otros derroteros donde aprendamos a mirar con ojos nuevos a las personas que están a nuestro lado y a las que tenemos que ayudar a crecer, a ser ellas mismas; y para eso tenemos que aprender a despojarnos de esas ambiciones egoístas y entrar en el camino de lo sencillo, de lo pequeño, del abajarnos para ponernos a la altura del otro que es la mejor manera de levantarlo, del servicio para poner a disposición del otro todo lo que somos e incluso todo lo que tenemos aunque tanto nos cueste despojarnos de esas cosas.

Pero no son bonitas palabras las que Jesús les dice o buenos razonamientos. Es que El va delante. Ya les ha anunciado lo que significa la subida a Jerusalén, donde el Hijo del Hombre, aquel que es aclamado por las gentes sencillas, va a ser entregado, o mejor, es el mismo el que se entrega porque el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir. Se nos pone como ejemplo, se nos pone como camino, traza las huellas que nosotros hemos de seguir.

Que nuestra ambición mejor, que nuestro sueño más bonito sea hacer un mundo mejor, el Reino de Dios que Jesús nos anuncia, porque pongamos lo mejor de nosotros para lograr esa felicidad para todos. Es el camino de hacernos los últimos, porque somos capaces de desprendernos de todo, de despojarnos de esas cosas que pudieran parecer grandezas en nuestra vida; es el camino del servicio porque es el camino del amor verdadero. Un amor semejante al que nos tiene Jesús que por nosotros se entrega. 


miércoles, 26 de mayo de 2021

El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

 


El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

Eclesiástico 36, 1. 4-5a. 10-17; Sal 78; Marcos 10,32-45

En todas partes nos encontramos con quien busca protagonismos, busca por la forma que sea destacar, llamar la atención, para que se le tenga en cuenta y a la larga conseguir sus metas y ambiciones. Eso nos lo encontramos fácilmente en muchos grupos humanos y suele ser motivo de desasosiego e inquietud que va sembrando o que va produciendo reacciones que corroen la unidad de tal grupo; es un camino fácil de perdición y destrucción.

El grupo de los que seguían a Jesús de cerca era un grupo humano como todos; se había ido constituyendo desde la inquietud que aquellos hombres sentían en su interior y que en Jesús comenzaban a tener respuestas y estaba formado especialmente por aquellos que Jesús había ido llamando para tenerlos junto a sí; un grupo diverso, pescadores algunos, alguno como Mateo procedía del campo de los publicanos y en cierto modo funcionario por la tarea que realizaba de cobrador de impuestos, otros provenían de aquellos grupos inquietos de los zelotes, probablemente gentes de aquellos campos de Galilea acostumbrados al cultivo de sus tierras, algunos parientes de Jesús.

En torno a Jesús se había ido formando el grupo y Jesús los había ido preparando. Ahora en especial a ellos les anuncia el sentido de su subida a Jerusalén. Daba la impresión de que iba con prisa, pues se les adelantaba en el camino de la subida a Jerusalén y ellos se preguntaban por qué sería aquello. Les desvela su secreto, les revela lo que va a pasar en Jerusalén, aunque ellos no parecen entender las palabras de Jesús como veremos en otras ocasiones.

Parecía el momento oportuno cuando Jesús les había reunido aparte y en una cierta intimidad haciéndoles estos anuncios, para aquellos dos hermanos expresar a Jesús lo que llevaban, quizá hacía tiempo, de inquietud en su corazón. Se valen de la presencia de la madre y le dicen que quieren hacerle una petición. ‘Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir… ¿Qué queréis que haga por vosotros?... Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda… No sabéis lo que pedís…’ Así transcurrió el diálogo ante la sorpresa y la inquietud del resto de los discípulos que veían como éstos se les adelantaban en lo que podían ser aspiraciones de todos.

‘No sabéis lo que pedís…’ les dice Jesús. Pero es Jesús el que ahora pregunta. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Lo que Jesús les plantea es algo serio. El mismo lo ha anunciado hace un momento, el sentido de su subida a Jesús; es la entrega, es el amor hasta el final, es el ser capaces de llegar a dar la vida. Les había hablado de que su subida era para la pasión y para la muerte. Era la entrega del amor, era el ser capaces de ponerse el ultimo, el ser capaces del sacrificio por los demás. ¡Qué distinto era lo que ellos pedían! Pedían honores, pedían poder, pedían participar de la gloria del triunfo sin pasar antes por la entrega de la pasión. Ellos dicen que están dispuestos aunque sin quizás pensar demasiado a lo que comprometía aquel bautismo del que Jesús hablaba.

Y los otros discípulos andan por allí revueltos. Las apetencias de algunos y la búsqueda de protagonismos, como ya antes decíamos, producen división que lleva a la destrucción. Por eso Jesús los coge de nuevo aparte a todos ellos para explicarles lo que una y otra vez les ha dicho. No pueden ellos estar andando con apetencias a la manera de los que quieren ser poderosos en este mundo. Su camino tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, por el camino del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para hacerse servidores de todos.

Pero esto tenemos que escucharlo todos los que queremos seguir a Jesús. Que también andamos muchas veces a zancadillas, a búsquedas de protagonismos, a querer aparecer para que vean lo buenos que somos y todas las cosas buenas que hacemos, también queremos diferenciarnos subiéndonos en pedestales y en las búsquedas de reconocimientos. Pero en lo único que tenemos que diferenciarnos es en el amor, en que somos capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Esos son los primeros lugares que tenemos que buscar.

sábado, 2 de enero de 2021

Asumir nuestro lugar, vivir en la verdad y la humildad, abrir caminos para que otros avancen y crezcan no temer sentirnos los últimos porque nuestra grandeza está en el servir

 


Asumir nuestro lugar, vivir en la verdad y la humildad, abrir caminos para que otros avancen y crezcan no temer sentirnos los últimos porque nuestra grandeza está en el servir

1Juan 2, 22-28; Sal 97; Juan 1, 19-28

Si damos el tirón de que la gente tiene ya un buen concepto de nosotros, procuramos aprovechar la ocasión para tratar de mantener ese prestigio aunque no nos lo hubiésemos ganado por nuestros merecimientos. Si algo nos duele en una acusación que hagan contra nosotros es que la cosa llegue a saberse y la gente llegue a enterarse de nuestra realidad; haremos todo lo posible por mantener ese buen nombre y nos aprovechamos de ello para intentar caminar tranquilo por la vida. Si dicen de nosotros que somos buenos y generosos, que se lo crean y trataré de mantener esa imagen aunque yo sepa allá en lo más hondo de mí mismo que soy un tremendo egoísta que solo mira por sus intereses o en este caso por sus prestigios.

Juan Bautista se pudo haber aprovechado; allá llegaron hasta él en embajada enviada desde Jerusalén para preguntarle que decía de si mismo; es una pregunta que se repite insistentemente. ¿Qué la gente pensaba que él era un profeta? Pues que se lo crean que como tal me voy a presentar. ¿Qué la gente puede intuir que yo soy el Mesías? Y con aquel concepto de Mesías que tenían entonces como un hombre poderoso y que iba a liberar a Israel de la opresión de pueblos extranjeros, pues vamos a armar una revolución. Así hubiera podido pensar Juan, pero Juan no era así.

No se consideraba profeta, bien sabía que no era el Mesías que estaba por llegar y que ya mismo entre ellos estaba aunque no lo conocieran, él solo se presentaba como ese predicador de desierto que venía a preparar los caminos del Señor. Su bautismo sabía que no tenía mayor valor porque solo era un signo de conversión, un bautismo de agua, un signo penitencial, porque ya en medio de ellos estaba el que los iba a bautizar con Espíritu Santo y fuego.

El sabía ponerse en su sitio, reconocer cual era su misión, y solo era la voz que grita en el desierto para allanar los caminos del Señor. El conocía bien la verdad de su vida. Su mismo tiempo de desierto le había hecho asumir su realidad, que seguramente como en esta ocasión tentaciones no le faltarían. Pero asumía su lugar y sabía que él había de mermar para que el que había de venir creciera. Por eso deja paso, deja incluso que sus discípulos se vayan con Jesús, o él mismo los enviará cuando esté en la cárcel para que ellos por sí mismos lleguen a reconocer al Mesías.

Ponernos en nuestro sitio, es reconocer cuáles son nuestros verdaderos valores; es asumir la misión que se nos ha confiado porque hemos descubierto de verdad cuál es nuestra vocación; es vivir en la verdad y en la humildad sabiendo hacer lo que tenemos que hacer, pero sabiendo reconocer cuál es la misión de los demás y dejándole paso a los otros; es vivir sin afán de protagonismos sino siendo capaces de abrir caminos a los otros para que asuman sus funciones y no pensar que todo lo tengo que hacer yo porque soy el que sabe hacer las cosas.

Son muchas las tentaciones que podemos tener en la vida de vivir de las apariencias, de hacernos una imagen y crearnos un prestigio pero para halagar nuestro ego, para vivir la vanidad del orgullo y del amor propio; muchas son las tentaciones a la envidia que corroe cuando quizás vemos que los demás avanzan y progresan y nosotros no logramos dar verdaderos pasos en nuestro crecimiento personal o lograr el éxito en lo que realizamos.

¿Qué es lo que estamos viendo en estos días de Navidad? Al que siendo de categoría de Dios se humilló para hacerse como uno de nosotros, siendo capaz de ponerse en el último lugar, porque su misión y su obra es la del servicio del amor. Pobre e ignorado le vemos nacer en Belén entre los más pobres no siendo ni siquiera admitido en una posada para su nacimiento, como pobre le veremos crecer en aquella olvidada y perdida aldea de Nazaret, donde solamente era el hijo del carpintero. ¿Esa humildad de Jesús no nos moverá de verdad a vivir nuestra vida en la verdad y en la humildad? ¿Descubriremos cuál es nuestra verdadera grandeza para hacernos los últimos y los servidores de los demás?

jueves, 16 de mayo de 2019

Unas actitudes y posturas nuevas para quienes somos los discípulos de Jesús que han de resplandecer en su Iglesia


Unas actitudes y posturas nuevas para quienes somos los discípulos de Jesús que han de resplandecer en su Iglesia

Hechos 13,13-25; Sal 88; Juan 13,16-20
‘Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Corresponden estas palabras de Jesús a la última cena, en el momento posterior al del lavatorio de los pies. Ellos están desconcertados, sorprendidos por el gesto mawestrde Jesús. Ya alguna había querido rechazarlo. ‘Tú a mi no me lavarás jamás los pies’, había dicho Pedro, aunque finalmente se había sometido a lo que Jesús quería hacer.
El es el Maestro y el Señor, como le llaman pero Jesús ahora les dice que ‘el criado no más que su amo y el enviado más que el que lo envía’. Pero es que Jesús quiere algo más. Algo que ha venido enseñándoles continuamente aunque en su cerrazón no habían querido o sabido comprender. Les hablaba de hacerse niños, de acoger un niño, de hacerse el último y el servidor de todos, que no podían ser como los poderosos de este mundo que se subían sobre pedestales y lo que buscaban era la pleitesía y el servilismo. Ahora les dice que ‘puesto que sabéis esto, dichosos si lo ponéis en práctica’.
Nos viene bien recordar estas palabras de Jesús que nos valen para muchas cosas en la vida. Nos explican o nos enseñan algo, y antes de terminar la explicación ya estamos diciendo ‘sí, yo lo sé’; sabemos muchas cosas que quizá tenemos metidas en la cabeza, pero no las hemos llevado al corazón, no las hemos llevado a la vida. ‘Sí, eso yo lo sé’, decimos tantas veces, pero luego en la hora de la verdad hacemos lo contrario. Nos dejamos llevar por rutinas o costumbres, nos dejamos influir por lo que todo el mundo hace, no queremos destacarnos haciendo lo contrario aunque sepamos que no lo debemos hacer y así en tantas cosas.
Igual que los discípulos tantas veces iban discutiendo por los primeros puestos, con añoranzas de grandezas, con ínfulas de superioridad, así vamos por la vida arrasando, manipulando, imponiéndonos. Nos falta el espíritu de servicio; nos falta el que aprendamos a colaborar con los demás; nos falta la humildad de hacer las cosas y de no aparecer; nos falta el abajarnos para caminar al lado mirando a la misma altura de los ojos de los demás.
Dichosos, nos dice Jesús, si hacemos lo que El hace, si aprendemos lo que El nos enseña, si somos sencillos no importándonos ser los últimos, si tenemos la humildad de reconocer que el otro también hace las cosas bien y muchas veces mejor que nosotros, si somos capaces de tender la mano a todo el que pasa a nuestro lado sin mirar antes el color de su piel o la apariencia que nos pueda mostrar, si somos capaces de detenernos en el camino para hablar e interesarnos por aquel con quien nadie habla o de quien nadie se interesa, si somos capaces de mirarle a los ojos al que está enfrente de nosotros dejando que él también nos mire y penetre hasta el fondo de nuestra alma.
Son actitudes y posturas que tendrían que brillar mucho más en nosotros los cristianos. Es la actitud y la postura que tendría que brillar más en nuestra iglesia. Es el testimonio que también tendrían que dar los pastores que van delante de nosotros para ayudarnos y guiarnos, pero que se saben mezclar con el rebaño no importando que se manchen sus ropajes demasiados suntuosos en muchas ocasiones. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Aprendamos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir en lo más humilde y pequeño los verdaderos valores y grandezas de la persona



Aprendamos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir en lo más humilde y pequeño los verdaderos valores y grandezas de la persona

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

Nos cuesta en ocasiones valorar a las personas, sobre todo si nos parecen pequeñas e insignificantes. Por no prestar verdadera atención a las personas quizás nos perdemos aprender de sus valores, descubrir la verdadera riqueza interior que esa persona tiene, que en su insignificancia nos parece oculta, pero que ahí en su humildad y silencio quizá se manifiesta más su grandeza. Nos encandilan los personajes que brillan, muchas veces con los fuegos fatuos de la vanidad y de la soberbia, pero de repente sin darnos cuenta nos seguimos arrastrados y tenemos el peligro de querer nosotros actuar también desde esa vanidad.
En esa persona que actúa calladamente y sin hacer muchos aspavientos quizás se nos esconden hermosos valores que por la poca importancia que le podemos dar por su pobre apariencia nos perdemos. Vivimos demasiado desde las apariencias y vanidades, nos presentamos quizá con mucha prepotencia llena de orgullo pensando que así seremos más poderosos o más respetados; pero no es lo mismo respeto que temor, porque desde esa prepotencia lo que infundimos es temor.
Muchas personas caminan a nuestro lado en la vida sin hacer ningún aspaviento, pero calladamente van haciendo muchas cosas buenas, tan calladamente que su mano derecha no sabe lo que hace la mano izquierda, y si fuéramos capaces de abrir bien los ojos mucho tendríamos que aprender de esas personas, que quizás no hablan, pero con una frase cuando hablan nos enseñan así como sin querer cosas maravillosas. Si abrimos bien los ojos sin prejuicios seremos capaces de verlas y de enriquecernos desde su humildad y sus valores.
En los textos del evangelio en medio de la semana en este camino que estamos haciendo del Adviento hoy nos aparece por primera vez la figura de Juan el Bautista. Es cierto que en el segundo domingo de Adviento ya nos apareció su figura como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Pero hoy nos aparece en boca de Jesús para hacer de él la mejor alabanza. Lo habían considerado, es cierto, como un profeta y muchos habían acudido a escucharle. Sin embargo las autoridades judíos, como veremos en otro momento, no le prestaron demasiada atención sino que más bien desconfiaban de él.
Ahora es Jesús el que hace la mejor alabanza, cuando quizá después de su muerte a manos de Herodes su figura su pudiera ir diluyendo. ‘Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Pequeño y humilde, vestido andrajosamente con una piel de camello y alimentándose solo de langostas del desierto y miel silvestre, ahora nos dice Jesús que no ha nacido de mujer uno mayor que él.  Ya iremos descubriendo en los diferentes textos que nos ofrecerá la liturgia en estos días su figura y su grandeza.
Pero a continuación nos señala Jesús que ‘el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Ser pequeño, en el sentido y en el estilo del Reino; ser pequeño que como  nos dirá Jesús a lo largo del evangelio significa ser el último, ser el esclavo y el servidor de todos, porque hemos de ser esclavos en el amor, ese será grande. Nos hace recordar muchas cosas del evangelio. Eso que no valoramos ni somos capaces de apreciar queriendo fijarnos en cosas relucientes, como antes decíamos, es lo que tenemos que descubrir. Para ver el valor del servicio, el valor del amor, el valor del que calladamente hace el bien.
¿Aprenderemos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir las verdaderas grandezas?