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martes, 29 de noviembre de 2022

 


Verdaderamente nos vamos a encontrar con Dios en aquel niño pobre, recostado entre las pajas de un pesebre si con el corazón de los sencillos buscamos a Dios

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Todos sabemos que un foco convenientemente colocado y según qué intenciones puede resaltar unos matices que nos interesan para darnos la imagen que quiere darnos, pero también pueden encandilarnos de tal manera que quedemos deslumbrados para no ver la auténtica realidad. Son técnicas de marketing y de publicidad que desde los diferentes ámbitos de la vida se utilizan, como muchos más, de manera que nos conducen a donde quieran ya sea en el consumo como en las orientaciones que queramos dar la sociedad.

Nos sentimos encandilados por los focos que relumbran y que pueden cegarnos, pero bien sabemos que las bonitas palabras se pueden convertir en una charlatanería pero que nos dejamos arrastrar por aquel que quizá más ruido hace o se presenta delante de nosotros con mayor ostentación. Sin embargo quizás no vamos a encontrar ahí las cosas más maravillosas de la vida, ni tienen por qué presentarse con espectacularidad, sino que en lo pequeño y en lo sencillo encontramos la mayor belleza y la mejor sabiduría para la vida. Es el camino de lo pequeño y de lo sencillo que muchas veces tanto nos cuesta escoger.

De eso se nos habla hoy en el evangelio, es lo que nos quiere hacer resaltar Jesús con sus palabras, es lo que tendría que hacernos detener cuando aun estamos comenzando este camino de Adviento para llegar a descubrir como verdaderamente nos vamos a encontrar con Dios en aquel niño pobre, nacido y recostado entre las pajas de un pesebre en Belén.

No fue el camino de Jesús un camino de espectacularidad. Muchas veces, incluso cuando nos acercamos al evangelio, podemos encandilarnos con esas páginas que nos hablan de los milagros de Jesús, pero no lleguemos a captar el verdadero sentido del evangelio incluso en esas páginas que nos pueden parecer más espectaculares. 

Es al Jesús que siempre veremos entre los pobres y los pequeños, que se acerca al que parece estar más abandonado y el que muestra su cercanía a los que son más despreciados de la sociedad. Se acerca al paralítico de la piscina perdido allá en un rincón y a quien nadie ayuda, deja que le toque el manto una mujer que carga con la impureza de sus flujos de sangre y de la que todos se apartarían, permitirá a la mujer pecadora que le lave los pies con sus lágrimas y con sus perfumes, o comerá con los publicanos y de los pecadores aunque fuera motivo de escándalo para los fariseos.

Hoy le vemos dar gracias al Padre que se revela no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos. Cuánto nos enseña de la actitud de humildad con que tenemos que acercarnos a Dios; cuanto nos enseña para que descubramos al Dios que El nos revela – ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ – precisamente en esos pequeños del mundo, de los que peligrosamente tantas veces quizás nosotros también pasamos de largo.

Es el camino que nos llevará a una auténtica navidad, que no se quedará en superficialidades ni apariencias sino que tendrá todo su sentido cuando veamos al Jesús que nace en Belén en esos pobres y en esos últimos de nuestro mundo. Será la auténtica transformación que el Espíritu del Señor realizará en nuestro corazón, un corazón que será siempre ya para la paz y para el amor, como nos refleja tan sabiamente el profeta en esas ricas imágenes que nos ofrece en su profecía. 


Ya no podremos ser fieras los unos para los otros porque reinará el amor, porque ‘habitarán juntos el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos y un muchacho será su pastor’. Imágenes del mundo nuevo que ha de comenzar a construirse.

 

lunes, 26 de julio de 2021

Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece con palabras humildes y sencillas, garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida

 


Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece con palabras humildes y sencillas, garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

‘Mucho ruido y pocas nueces’, es un refrán que viene a resumir de alguna manera la decepción que podemos llevarnos cuando esperamos algo grandioso, porque quizás así se nos ha anunciado, pero luego aparece algo muy simple y muy sencillo. Claro que entra aquí aquel concepto de que lo complicado es lo más sabio o lo de mayor riqueza; fácilmente desdeñamos las cosas sencillas, nos parecen de menor importancia y en consecuencia quizás no las tenemos en cuenta.

Algo de esto nos puede pasar en referencia al mensaje de Jesús, al anuncio del Reino de Dios que El nos hace, o a las esperanzas que anidaban en el corazón de los judíos sobre lo que iba a significar la presencia del Mesías. El centrar Jesús su mensaje en el anuncio del Reino de Dios, esta palabra reino podría llevarnos a pensar en un reino de poder a la manera de los reinos de este mundo que lo ejercen desde el dominio y desde las grandezas a lo humano; pensar en el reino podía llevar a pensar en todo un engranaje de poderes humanos, de suntuosidades y cosas grandiosas que casi parece que por si mismas nos aturden y nos apabullan.


Lo tremendo sería que nos quedaran aún esos resabios en la Iglesia que también quiera manifestarse desde la suntuosidad y el poder, emparejándose de alguna manera con los estilos del mundo que nos rodea. ¿No hemos llenado nuestros templos de demasiados cortinajes? ¿No hemos adornado nuestras imágenes con demasiadas coronas doradas y demasiados mantos de ricas telas? ¿No nos hemos rodeado en nuestra vestimenta de esas vanidades del mundo haciendo tantas distinciones en ornamentos o en los trajes de nuestros eclesiásticos?

Y Jesús nos dice hoy que el reino de Dios es algo tan sencillo como una semilla de mostaza o como un puñado de levadura. Algo muy normal y aparentemente insignificante que usamos en las cosas corrientes de nuestra vida como pueda ser el sazonar nuestros alimentos o hacer fermentar la masa del pan. Así de sencillo es el Reino de Dios, así de sencillo es vivir el sentido del Reino de Dios. Cuando aceptamos a Dios como el único Señor de nuestra vida todo se vuelve sencillo y todo entra en la normalidad de unas relaciones que tienen que ser verdaderamente humanas y en la que todos colaboramos con el calor de nuestro amor y del gozo de nuestro corazón.

¿Necesitamos manifestaciones de grandezas o signos de poder para amar de verdad a los que están a nuestro lado? Los amamos desde la sencillez de los gestos humanos que cada día nos tenemos los unos a los otros que es con lo que la vida va adquiriendo un nuevo sabor. Es ese pequeño puñado de levadura que metemos en la masa de nuestra humanidad para que en verdad seamos más hermanos y vivamos en mayor armonía y paz.

Nos decía Jesús que una pequeña e insignificante semilla de mostaza puede darnos una planta que en su frondosidad puede dar ocasión hasta para que los pajarillos hagan allí sus nidos. Ese pequeño gesto que tengas con el que está a tu lado, esa mirada amable o esa sonrisa llena de paz, esa mano tendida siempre abierta para ofrecer y para acoger, esa ternura con la que te sientes al lado del que sufre para servirle de apoyo en su momento de dolor, es la señal de que algo nuevo ha comenzado en nosotros, algo nos ha transformado por dentro, sin que necesitemos de suntuosidades ni de grandiosidades.

Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece también con palabras humildes y sencillas que son garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida.

martes, 29 de octubre de 2019

Siembra cada día una pequeña semilla e irás creando un bosque nuevo a tu alrededor donde todos nos sintamos a gusto, donde saboreemos lo que es el Reino de Dios


Siembra cada día una pequeña semilla e irás creando un bosque nuevo a tu alrededor donde todos nos sintamos a gusto, donde saboreemos lo que es el Reino de Dios

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21
Decimos que no queremos ser tacaños y no recogemos unos céntimos que nos sobran de la compra; total, una moneda tan insignificante, tan pequeño valor, y no le damos importancia. Pero lo de menos es la cuestión de los céntimos y me van a llamar tacaño por hacer esas referencias, pero bien puede ser sintomático del poco valor que le damos a las cosas pequeñas, a las cosas que nos pueden parecer insignificante. Son los gestos y las actitudes que tenemos hacia los demás, es la poca valoración que hacemos de alguien porque nos parece quizás humilde, pero es el no darnos cuenta del valor – y no nos queremos referir a lo económico – de las pequeñas cosas de la vida.
Es cierto que solemos decir que las mejores fragancias se llevan en recipientes pequeños, porque solo una pequeña gota de ese perfume, o el simplemente dejarlo abierto, es capaz de llenar de fragancia aquel lugar en que se derrame. Pero en ese desdén por lo pequeño están los detalles o los valores a los que no damos importancia en la vida. Y a lo grande llegamos desde los pequeños granos de arena, o desde las pequeñas semillas que encierran una vida y que si dejamos germinar veremos plantas no solo grandes sino hermosas en su belleza que nos regalan la vista de ellas o que nos pueden producir hermosos frutos.
Cuánto podemos hacer con una pequeña semilla que sembremos cada día. Por algún lado escuché la campaña que se hizo en un determinado lugar pidiendo a la gente que cuando comieran alguna fruta no desecharan la semilla para echarla a la basura, sino que la guardaran y la dejaran madurar y cuando salieran al campo la fueran arrojando en aquellos lugares que podían parecer más inhóspitos y desprovistos de vegetación; con el paso del tiempo, contaban, que comenzaron a germinar aquellas semillas y fueron surgiendo plantas que poco a poco se convirtieron en árboles que crearon hermosos bosques donde antes había poco menos que unos terrenos desérticos e inhóspitos.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la pequeña semilla de la mostaza que sembrada debidamente nos dará un hermoso arbusto, y como dice la parábola capaz de que en él anidaran los pájaros del cielo; o nos habla también de la levadura que no en gran cantidad es mezclada con la masa para hacerla fermentar y nos pueda dar hermosos y sabrosos panes. Y Jesús nos pone estos ejemplos, estas parábolas para hablarnos del Reino de Dios. Una pequeña semilla, un puñado pequeño de levadura que hará fermentar a nuestro mundo, que dará un nuevo y sabroso sabor a la vida y al mundo. Es el Evangelio que nos da sentido nuevo a nuestra vida, es el Reino de Dios que hemos de vivir desde los pequeños detalles, desde los pequeños gestos de todo aquello que hacemos con amor y que dará ese sabor nuevo, ese sentido nuevo a la vida y al mundo.
No nos pide el Señor cosas extraordinarias, sino lo extraordinario de valorar lo pequeño, lo de saber hacer esas cosas de cada día allí donde estemos extraordinariamente bien porque en ellas pongamos amor, porque sepamos hacerlas con la trascendencia de quien sabe que hace cosas grandes porque está creando un mundo mejor.
Una palabra, una frase buena que nos haga pensar, un pequeño gesto de cercanía y de ternura para con aquel que ves débil e indefenso a tu lado, una mirada de aliento, una mano tendida o una sonrisa que da ánimo, cuantas cosas pequeñas podemos hacer cada día que despierte la esperanza, que ponga nueva ilusión en quien está hundido a tu lado porque nadie lo tiene en cuenta. Son las pequeñas semillas del reino que podemos y tener que ir sembrando para crear ese nuevo bosque, para crear ese nuevo mundo.
No lo olvides, trata de sembrar cada día una pequeña semilla y estarás haciendo que nuestro mundo sea mejor, estarás haciendo presente el amor de Dios que lleva a nuestra vida con su amor y con su salvación.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Aprendamos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir en lo más humilde y pequeño los verdaderos valores y grandezas de la persona



Aprendamos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir en lo más humilde y pequeño los verdaderos valores y grandezas de la persona

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

Nos cuesta en ocasiones valorar a las personas, sobre todo si nos parecen pequeñas e insignificantes. Por no prestar verdadera atención a las personas quizás nos perdemos aprender de sus valores, descubrir la verdadera riqueza interior que esa persona tiene, que en su insignificancia nos parece oculta, pero que ahí en su humildad y silencio quizá se manifiesta más su grandeza. Nos encandilan los personajes que brillan, muchas veces con los fuegos fatuos de la vanidad y de la soberbia, pero de repente sin darnos cuenta nos seguimos arrastrados y tenemos el peligro de querer nosotros actuar también desde esa vanidad.
En esa persona que actúa calladamente y sin hacer muchos aspavientos quizás se nos esconden hermosos valores que por la poca importancia que le podemos dar por su pobre apariencia nos perdemos. Vivimos demasiado desde las apariencias y vanidades, nos presentamos quizá con mucha prepotencia llena de orgullo pensando que así seremos más poderosos o más respetados; pero no es lo mismo respeto que temor, porque desde esa prepotencia lo que infundimos es temor.
Muchas personas caminan a nuestro lado en la vida sin hacer ningún aspaviento, pero calladamente van haciendo muchas cosas buenas, tan calladamente que su mano derecha no sabe lo que hace la mano izquierda, y si fuéramos capaces de abrir bien los ojos mucho tendríamos que aprender de esas personas, que quizás no hablan, pero con una frase cuando hablan nos enseñan así como sin querer cosas maravillosas. Si abrimos bien los ojos sin prejuicios seremos capaces de verlas y de enriquecernos desde su humildad y sus valores.
En los textos del evangelio en medio de la semana en este camino que estamos haciendo del Adviento hoy nos aparece por primera vez la figura de Juan el Bautista. Es cierto que en el segundo domingo de Adviento ya nos apareció su figura como voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Pero hoy nos aparece en boca de Jesús para hacer de él la mejor alabanza. Lo habían considerado, es cierto, como un profeta y muchos habían acudido a escucharle. Sin embargo las autoridades judíos, como veremos en otro momento, no le prestaron demasiada atención sino que más bien desconfiaban de él.
Ahora es Jesús el que hace la mejor alabanza, cuando quizá después de su muerte a manos de Herodes su figura su pudiera ir diluyendo. ‘Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Pequeño y humilde, vestido andrajosamente con una piel de camello y alimentándose solo de langostas del desierto y miel silvestre, ahora nos dice Jesús que no ha nacido de mujer uno mayor que él.  Ya iremos descubriendo en los diferentes textos que nos ofrecerá la liturgia en estos días su figura y su grandeza.
Pero a continuación nos señala Jesús que ‘el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él’. Ser pequeño, en el sentido y en el estilo del Reino; ser pequeño que como  nos dirá Jesús a lo largo del evangelio significa ser el último, ser el esclavo y el servidor de todos, porque hemos de ser esclavos en el amor, ese será grande. Nos hace recordar muchas cosas del evangelio. Eso que no valoramos ni somos capaces de apreciar queriendo fijarnos en cosas relucientes, como antes decíamos, es lo que tenemos que descubrir. Para ver el valor del servicio, el valor del amor, el valor del que calladamente hace el bien.
¿Aprenderemos de una vez por todas a abrir los ojos para descubrir las verdaderas grandezas? 

miércoles, 13 de junio de 2018

Los pequeños detalles de la vida reflejan nuestra verdadera riqueza interior por eso tenemos que aprender a ser fieles en lo pequeño


Los pequeños detalles de la vida reflejan nuestra verdadera riqueza interior por eso tenemos que aprender a ser fieles en lo pequeño

1Reyes 18,20-39; Sal. 15; Mateo 5,17-19

No te preocupes, nos dicen o pensamos para nosotros mismos, total eso es una minucia, una cosa con poca importancia, preocúpate de lo grande. Y así olvidamos tantos pequeños detalles en la vida que aunque sean pequeños son importantes y son los pequeños granos de arena con los que vamos construyendo día a día nuestra vida. Para la hermosura de un edificio no solo son importantes la fortaleza de las grandes piezas de acero o la firmeza de los bloques de granito o de mármol con lo que le demos forma al edificio, sino también esa argamasa con esos pequeños granos de arena que van uniendo y conjuntando todos esos materiales para completar la grandeza del edificio que levantamos.
Tendríamos que darnos cuenta que lo que nos hace de verdad grandes no son las cosas extraordinarias, sino la fidelidad en esas cosas pequeñas. Es ahí donde se manifiesta nuestra madurez y nuestra verdadera grandeza. Pero muchas veces somos vanidosos y lo que queremos son cosas que tengan grande apariencia, pero tendríamos que darnos cuenta que no seremos fieles en esas cosas grandes si no hemos sido capaces de ser fieles día a día en esas pequeñas cosas. No solo es importante hacer bien las cosas extraordinarias, sino hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas y ordinarias de cada día.
Quizá le hace más bien a una persona una sencilla sonrisa con una mirada a sus ojos que el más grande y rico regalo que le podamos hacer. Esos detalles que nos hacen fijarnos en lo pequeño nos hacen al mismo tiempo delicados para también aprender a valorar lo que hacen los demás, y esa delicadeza también hará que nuestras relaciones sean mas agradables y al tiempo mas cordiales también. Detalles que reflejan nuestra riqueza interior que es realmente lo más valioso.
Esto que estamos hablando de los pequeños detalles de cada día nos vale de cada a lo que es la ley y la voluntad del Señor y en lo que vamos manifestando también lo que es nuestra vida cristiana. Algunas veces parece que queremos hacer distinciones y aceptamos lo que nos es más agradable o más cómodo, que en fin de cuentas será cumplir nuestra voluntad y no la voluntad del Señor.
En la novedad del evangelio que iba anunciando Jesús quizá algunos pensaran que la revolución que hacia Jesús era eliminar todas las leyes del Señor para hacer cada uno lo que le viniera a su antojo. Es lo que sucede en nuestras revoluciones sociales que por principio parece que quisieran ir a una anarquía. Hay que eliminar leyes porque no nos gustan, hay que quitar todo porque ese mundo revolucionario que queremos hacer no puede estar sujeto a ninguna ley que nos quieran imponer, sino nos haremos nuestras propias leyes. Así vemos la anarquía en que de alguna manera va apareciendo cada vez más en nuestra sociedad. Es el triste espectáculo que estamos dando también en nuestro país.
Parece que de alguna manera era lo que esperaban de Jesús. Anunciaba un Reino nuevo, un mundo nuevo y a muchos les parecía que esos fueran los caminos. Por eso Jesús viene a ser muy claro en el sermón de la montaña. No ha venido El a anular la ley del Señor sino a darle plenitud, a darle un verdadero sentido de plenitud, porque ya los hombres nos habíamos encargado de irla enmarañando para hacernos caer en una rutina atroz.
Es lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’. Y nos habla de la fidelidad en las cosas pequeñas, y para significarlo nos dice que no nos podemos saltar ni la más pequeña tilde. Era el signo ortográfico más pequeño. Y nos habla de la grandeza del cumplimiento de la ley del Señor. Nos hará, sí, que nos despojemos de todos esos añadidos que con el paso del tiempo fueron deformando esa ley del Señor. ‘El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’.
Ahí tenemos el hermoso mensaje de Jesús que nos lleva por caminos de plenitud desde lo humilde y lo pequeño.