Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta anarquía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta anarquía. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de junio de 2018

Los pequeños detalles de la vida reflejan nuestra verdadera riqueza interior por eso tenemos que aprender a ser fieles en lo pequeño


Los pequeños detalles de la vida reflejan nuestra verdadera riqueza interior por eso tenemos que aprender a ser fieles en lo pequeño

1Reyes 18,20-39; Sal. 15; Mateo 5,17-19

No te preocupes, nos dicen o pensamos para nosotros mismos, total eso es una minucia, una cosa con poca importancia, preocúpate de lo grande. Y así olvidamos tantos pequeños detalles en la vida que aunque sean pequeños son importantes y son los pequeños granos de arena con los que vamos construyendo día a día nuestra vida. Para la hermosura de un edificio no solo son importantes la fortaleza de las grandes piezas de acero o la firmeza de los bloques de granito o de mármol con lo que le demos forma al edificio, sino también esa argamasa con esos pequeños granos de arena que van uniendo y conjuntando todos esos materiales para completar la grandeza del edificio que levantamos.
Tendríamos que darnos cuenta que lo que nos hace de verdad grandes no son las cosas extraordinarias, sino la fidelidad en esas cosas pequeñas. Es ahí donde se manifiesta nuestra madurez y nuestra verdadera grandeza. Pero muchas veces somos vanidosos y lo que queremos son cosas que tengan grande apariencia, pero tendríamos que darnos cuenta que no seremos fieles en esas cosas grandes si no hemos sido capaces de ser fieles día a día en esas pequeñas cosas. No solo es importante hacer bien las cosas extraordinarias, sino hacer extraordinariamente bien las cosas pequeñas y ordinarias de cada día.
Quizá le hace más bien a una persona una sencilla sonrisa con una mirada a sus ojos que el más grande y rico regalo que le podamos hacer. Esos detalles que nos hacen fijarnos en lo pequeño nos hacen al mismo tiempo delicados para también aprender a valorar lo que hacen los demás, y esa delicadeza también hará que nuestras relaciones sean mas agradables y al tiempo mas cordiales también. Detalles que reflejan nuestra riqueza interior que es realmente lo más valioso.
Esto que estamos hablando de los pequeños detalles de cada día nos vale de cada a lo que es la ley y la voluntad del Señor y en lo que vamos manifestando también lo que es nuestra vida cristiana. Algunas veces parece que queremos hacer distinciones y aceptamos lo que nos es más agradable o más cómodo, que en fin de cuentas será cumplir nuestra voluntad y no la voluntad del Señor.
En la novedad del evangelio que iba anunciando Jesús quizá algunos pensaran que la revolución que hacia Jesús era eliminar todas las leyes del Señor para hacer cada uno lo que le viniera a su antojo. Es lo que sucede en nuestras revoluciones sociales que por principio parece que quisieran ir a una anarquía. Hay que eliminar leyes porque no nos gustan, hay que quitar todo porque ese mundo revolucionario que queremos hacer no puede estar sujeto a ninguna ley que nos quieran imponer, sino nos haremos nuestras propias leyes. Así vemos la anarquía en que de alguna manera va apareciendo cada vez más en nuestra sociedad. Es el triste espectáculo que estamos dando también en nuestro país.
Parece que de alguna manera era lo que esperaban de Jesús. Anunciaba un Reino nuevo, un mundo nuevo y a muchos les parecía que esos fueran los caminos. Por eso Jesús viene a ser muy claro en el sermón de la montaña. No ha venido El a anular la ley del Señor sino a darle plenitud, a darle un verdadero sentido de plenitud, porque ya los hombres nos habíamos encargado de irla enmarañando para hacernos caer en una rutina atroz.
Es lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud’. Y nos habla de la fidelidad en las cosas pequeñas, y para significarlo nos dice que no nos podemos saltar ni la más pequeña tilde. Era el signo ortográfico más pequeño. Y nos habla de la grandeza del cumplimiento de la ley del Señor. Nos hará, sí, que nos despojemos de todos esos añadidos que con el paso del tiempo fueron deformando esa ley del Señor. ‘El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos’.
Ahí tenemos el hermoso mensaje de Jesús que nos lleva por caminos de plenitud desde lo humilde y lo pequeño.

miércoles, 14 de junio de 2017

El mandamiento del Señor es nuestra sabiduría, lo que enriquece nuestro espíritu y embellece nuestra vida con las más hermosas y bellas virtudes

El mandamiento del Señor es nuestra sabiduría, lo que enriquece nuestro espíritu y embellece nuestra vida con las más hermosas y bellas virtudes

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19
Nos debatimos muchas veces interiormente entre una rebeldía que nos llevaría a prescindir de toda norma o precepto, a vivir en la anarquía de no querer aceptar ninguna ley que nos fuera impuesta porque queremos hacer lo que nos apetezca en cada momento, y por otra parte el buscar esa regla, esa norma que nos diga lo que tenemos que hacer, lo que podemos o  no podemos hacer, hasta donde podemos llegar y tener todo reglamentado como con unos protocolos que nos digan en cada momento lo que podemos hacer.
No son cosas que podamos decir a unos les pasa en un sentido y a otros en el sentido contrario, sino que muchas veces esa contradicción la tenemos en nuestro propio interior. Yo se lo que tengo que hacer, decimos, a mi nadie me tiene que decir por donde llevo mi vida, pero luego vamos pronto con la casuística a buscar o preguntar quien nos diga hasta donde podemos o no podemos llegar. Y ahí tenemos la vida llena de normas, de reglamentos, pues cualquier grupo que se precie enseguida lo que se propone es un reglamento, unas cláusulas que puedan regir hasta el más mínimo detalle las actividades que como grupo ha de realizar. Hasta los más anárquicos tienen sus normas.
Quizás en la época de Jesús sucediera algo igual, en fin de cuentas las rutinas de la vida de cada día se repiten una y otra vez en la historia, y allí estaba lo que prescribía la ley del Señor  en la tradición mosaica, lo que Moisés les había dejado mandado – tendríamos que leer con todo detalle los distintos libros del Pentateuco, o libro de la Ley – pero estaban luego las interpretaciones que las distintas escuelas rabínicas hacían de la ley del Señor y los numerosísimos preceptos que se habían impuesto. Por otra parte estaba el grupo de los fariseos, celosos guardianes de la ley del Señor, que trataban de cumplir a rajatabla la letra de la ley, y que se acrecentaba con todas las normas que se habían impuesto para ayudarse en ese ritual y fiel cumplimiento.
Aparecía ahora un profeta – al menos eso era lo que muchos pensaban con la aparición y predicación de Jesús de Nazaret – que anunciaba un mundo nuevo, lo que El llamaba el Reino de Dios, donde señalaba una transformación de la vida y de las cosas, ¿venía El a liberarlos del peso de la ley? Quizá en su interior sentían esos deseos y que así fuera con el Mesías esperado y que ya muchos vislumbraban en la figura del profeta de Nazaret.
Pero Jesús habla claro. No ha venido a abolir la ley. Ahí estaba claro y manifiesto lo que era la voluntad de Dios y que en lo trasmitido por Moisés reflejaba esa ley natural inscrita por Dios en todos los corazones. Jesús lo que quiere es que le demos plenitud al cumplimiento de la ley, que le demos sentido de plenitud a todo aquello que hacemos. Que seamos capaces de ir a lo más hondo para descubrir lo que verdaderamente es importante y que aunque nos parezca pequeño y sencillo seamos capaces de vivirlo y hacerlo con toda fidelidad. El que no sabe ser fiel en las cosas pequeñas no sabrá ser fiel en las cosas que nos pueden parecer más importantes, nos dirá en otro momento.
Tenemos que empaparnos del espíritu del Evangelio, escuchar en lo más hondo del corazón la Palabra de Jesús saboreando la sublime sabiduría que en ella encontramos. Sí, la ley del Señor es nuestra sabiduría y nuestro alimento. Es la luz que nos guía, es la Palabra que nos habla al corazón, es la dulzura que enriquece nuestra vida y le da verdadero sabor, es lo que hace bella nuestra vida porque nos adorna con las mas hermosas virtudes, es el más hondo sentido de nuestra existencia.

miércoles, 8 de junio de 2016

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

1Reyes 18,20-39; Sal  15;  Mateo 5,17-19
A veces quisiéramos hacer desaparecer todo lo que nos suene a norma o precepto, porque nos parece que eso nos sujeta y nos coarta nuestra libertad, porque cada uno quisiéramos hacer solamente aquello que nos apetece. Olvidamos quizá que en lugar de ver esas normas o preceptos que regulan nuestra vida personal y nuestras relaciones con los demás y con la sociedad son mas que unos imposiciones unos principios fundamentales que lo que buscan por encima de todo es nuestro propio bien y nos ayudan a alcanzar esa plenitud de vida que todos en el fondo deseamos.
Unos principios que nos ayudan a comprender lo que es verdaderamente el bien de la persona, de toda persona, y no mirado solamente desde un punto de vista personal e individual, así comprendemos lo que verdaderamente es recto y es lo deseable para nuestra vida, cuando tantas veces andamos confundidos y dejándonos arrastrar simplemente por el ambiente que nos rodea.
Ya sabemos las tendencias que aparecen en nuestra sociedad – y eso ha sucedido en todos los tiempos no es solo cosa de estos momentos con ciertos movimientos sociales que parece que ven rebrotando – donde parece que se quiere vivir de una forma anárquica sin querer someterse a ninguna normal o ley que regule la convivencia social. Ahora todo lo resolvemos con asambleas donde el que más grita parece que tuviera más razón pero donde tenemos que reconocer que la bondad o malicia de las cosas no está simplemente en lo que una mayoría pueda opinar o votar; esos principios son algo mucho más hondo.
También en nuestro ámbito eclesial algunas veces podemos tener esa tentación y estamos deseando en nombre de una vuelta a los contenidos fundamentales del evangelio un hacer desaparecer normas o preceptos que por una parte regulen la vida de la Iglesia, pero como decíamos antes sean esos principios que nos ayuden a descubrir lo que verdaderamente es fundamental.
Esa tentación vemos que también existía en los tiempos de Jesús. Frente al rigorismo de los fariseos con un cumplimiento riguroso y excesivamente formal de la ley de Moisés queriendo imponer sus criterios a todo el mundo, también había movimientos donde querían que todo cambiase. Es lo que Jesús vemos que quiere corregir; quizá en algunos con la aparición de aquel profeta a quien muchos ya consideraban quizá como el Mesías, pensaban que ahora todo se iba a abolir porque era necesario romper con todo.
Jesús habla claramente. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley…’ Jesús les habla de plenitud, de perfección, de purificación quizá necesaria, pero de fidelidad a la ley del Señor que es inamovible.
Es lo que realmente tenemos que buscar, esa fidelidad a la ley del Señor, que es camino de vida y de felicidad. Ha comenzado Jesús su discurso allá en el monte, como ya hemos reflexionado, señalándonos un camino de dicha y de felicidad, que es el camino del Reino de Dios que hemos de emprender. Nos hará descubrir el verdadero sentido de Dios y el lugar fundamental – es el Rey y Señor – que ha de ocupar en nuestra vida, pero  nos ayudará también a descubrir el verdadero sentido de nuestra relación con los demás que son nuestros hermanos.