miércoles, 14 de junio de 2017

El mandamiento del Señor es nuestra sabiduría, lo que enriquece nuestro espíritu y embellece nuestra vida con las más hermosas y bellas virtudes

El mandamiento del Señor es nuestra sabiduría, lo que enriquece nuestro espíritu y embellece nuestra vida con las más hermosas y bellas virtudes

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19
Nos debatimos muchas veces interiormente entre una rebeldía que nos llevaría a prescindir de toda norma o precepto, a vivir en la anarquía de no querer aceptar ninguna ley que nos fuera impuesta porque queremos hacer lo que nos apetezca en cada momento, y por otra parte el buscar esa regla, esa norma que nos diga lo que tenemos que hacer, lo que podemos o  no podemos hacer, hasta donde podemos llegar y tener todo reglamentado como con unos protocolos que nos digan en cada momento lo que podemos hacer.
No son cosas que podamos decir a unos les pasa en un sentido y a otros en el sentido contrario, sino que muchas veces esa contradicción la tenemos en nuestro propio interior. Yo se lo que tengo que hacer, decimos, a mi nadie me tiene que decir por donde llevo mi vida, pero luego vamos pronto con la casuística a buscar o preguntar quien nos diga hasta donde podemos o no podemos llegar. Y ahí tenemos la vida llena de normas, de reglamentos, pues cualquier grupo que se precie enseguida lo que se propone es un reglamento, unas cláusulas que puedan regir hasta el más mínimo detalle las actividades que como grupo ha de realizar. Hasta los más anárquicos tienen sus normas.
Quizás en la época de Jesús sucediera algo igual, en fin de cuentas las rutinas de la vida de cada día se repiten una y otra vez en la historia, y allí estaba lo que prescribía la ley del Señor  en la tradición mosaica, lo que Moisés les había dejado mandado – tendríamos que leer con todo detalle los distintos libros del Pentateuco, o libro de la Ley – pero estaban luego las interpretaciones que las distintas escuelas rabínicas hacían de la ley del Señor y los numerosísimos preceptos que se habían impuesto. Por otra parte estaba el grupo de los fariseos, celosos guardianes de la ley del Señor, que trataban de cumplir a rajatabla la letra de la ley, y que se acrecentaba con todas las normas que se habían impuesto para ayudarse en ese ritual y fiel cumplimiento.
Aparecía ahora un profeta – al menos eso era lo que muchos pensaban con la aparición y predicación de Jesús de Nazaret – que anunciaba un mundo nuevo, lo que El llamaba el Reino de Dios, donde señalaba una transformación de la vida y de las cosas, ¿venía El a liberarlos del peso de la ley? Quizá en su interior sentían esos deseos y que así fuera con el Mesías esperado y que ya muchos vislumbraban en la figura del profeta de Nazaret.
Pero Jesús habla claro. No ha venido a abolir la ley. Ahí estaba claro y manifiesto lo que era la voluntad de Dios y que en lo trasmitido por Moisés reflejaba esa ley natural inscrita por Dios en todos los corazones. Jesús lo que quiere es que le demos plenitud al cumplimiento de la ley, que le demos sentido de plenitud a todo aquello que hacemos. Que seamos capaces de ir a lo más hondo para descubrir lo que verdaderamente es importante y que aunque nos parezca pequeño y sencillo seamos capaces de vivirlo y hacerlo con toda fidelidad. El que no sabe ser fiel en las cosas pequeñas no sabrá ser fiel en las cosas que nos pueden parecer más importantes, nos dirá en otro momento.
Tenemos que empaparnos del espíritu del Evangelio, escuchar en lo más hondo del corazón la Palabra de Jesús saboreando la sublime sabiduría que en ella encontramos. Sí, la ley del Señor es nuestra sabiduría y nuestro alimento. Es la luz que nos guía, es la Palabra que nos habla al corazón, es la dulzura que enriquece nuestra vida y le da verdadero sabor, es lo que hace bella nuestra vida porque nos adorna con las mas hermosas virtudes, es el más hondo sentido de nuestra existencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario