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sábado, 25 de septiembre de 2021

Queremos caminar con Jesús escuchando sus palabras; no tememos subir con El a Jerusalén aunque eso signifique meternos en el misterio de la pascua

 


Queremos caminar con Jesús escuchando sus palabras; no tememos subir con El a Jerusalén aunque eso signifique meternos en el misterio de la pascua

 Zacarías 2, 5-9. 14-15c; Sal.: Jr. 31,10-13; Lucas 9,43b-45

Hay cosas que no nos gusta escuchar. Como solemos decir no nos gusta que nos digan la verdad; que nos señalen claramente lo que estamos haciendo si es correcto o no, por ejemplo. Pero aparte de esas correcciones en las que nos puede faltar humildad para escucharlas, hay también muchas otras cosas que nos gusta escuchar.

Nos gusta en ocasiones la rutina de cada día, porque así hacemos menos esfuerzo, o bien nos acomodamos a unas situaciones en que las cosas nos parecen que marchan bien, pero cuando nos dicen que las cosas pueden cambiar, que lo que ahora nos parece tan claro se nos puede volver oscuro, o en ese camino que queremos hacer donde todo queremos que nos salga bien y parece que vamos triunfando cada día más, el que nos recuerden que somos frágiles y que nos pueden aparecer cosas en la vida que nos cambien esos triunfalismos por momentos más oscuros, no queremos escucharlo.

Nos cuesta afrontar la realidad de la vida en la que siempre no todo es tan brillante, o en la que como consecuencia de lo que hacemos, incluso del compromiso bueno que queremos ir realizando podemos encontrar oposición, desencuentros, o situaciones en las que parece que todo se nos va de las manos.

Cuando emprendemos un camino de compromiso aunque en principio nos puede parecer todo bonito y que vamos encontrando buenas respuestas, tenemos que ser conscientes de que el bien va a encontrar siempre oposición, porque aquello bueno y justo que nosotros emprendemos puede desestabilizar a otros que viven en sus rutinas o sus viejas costumbres y lo nuevo que nosotros ofrecemos quizá ya no les agradará tanto porque hará que muchas cosas cambien. Ese camino bueno que nosotros emprendemos tiene también sus cuestas bien empinadas que se llenan de dificultades y nos puede exigir quizá también grandes sacrificios para poderlo lograr. Y no podemos perder la paz en el corazón, y tenemos que afrontarlo todo con todas sus consecuencias, porque tenemos que sentirnos seguros de nuestras metas, de aquello que queremos alcanzar.

Hoy Jesús quiere dejárselo muy claro a los discípulos. Ya el evangelista comienza presentándonos un panorama bonito porque habla de la admiración general por lo que Jesús hacía. Eran muchos, es cierto, los que le aclamaban, los que iban en su búsqueda, los que se quedaban alabando a Dios al contemplar las cosas que Jesús hacía, sentían admiración por sus palabras y enseñanzas porque aparecía un mundo nuevo que les llenaba de esperanza.

Pero en medio de todo eso Jesús quiere aclarar bien las cosas con sus discípulos más cercanos, porque todo aquello puede cambiar. ‘Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres’. Aquellas palabras los descolocaban; si todo iba tan bien, cómo es que Jesús va a ser entregado en manos de los gentiles. No entendían aquellas palabras ni querían entenderlas. Les daba miedo incluso preguntarle, porque si Jesús estaba diciendo esto era por algo y no querían confirmaciones de algo que no les agradaba. Como nos pasa a nosotros tantas veces.

‘Les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido, y les daba miedo preguntarle sobre el asunto’. Hay también temores que se nos meten en el alma. No siempre terminamos de comprender toda la profundidad del evangelio, de las bienaventuranzas que Jesús nos propone, del camino de superación que cada día hemos de vivir y que por eso nos habla de tomar la cruz, de negarnos a nosotros mismos, de ser capaz de venderlo todo para tener un tesoro en el cielo. Nos resultan palabras muy bonitas, pero que no somos capaces de llevarlas a la realidad de la vida de cada día, de ponerlas en práctica, y seguimos edificando sobre arena en lugar de hacer sobre roca firme; queremos confiar más en nosotros mismos y en lo que por nosotros somos capaces de hacer que tener la disponibilidad del que va solo con un manto y con el bastón pero sin ningún tesoro en el bolsillo.

No tengamos miedo al evangelio y a las exigencias que va a comportar para nuestra vida, aunque en algún momento el camino se nos vuelva oscuro o nos exija sacrificios. Queremos caminar con Jesús y queremos escuchar sus palabras; queremos caminar con Jesús y no tememos subir con El a Jerusalén aunque eso signifique meternos en el misterio de la pascua.

viernes, 24 de septiembre de 2021

Hay respuestas que tenemos que elaborar por nosotros mismos traduciéndolo a nuestra forma de vivir, así tiene que ser siempre nuestra respuesta de fe

 


Hay respuestas que tenemos que elaborar por nosotros mismos traduciéndolo a nuestra forma de vivir, así tiene que ser siempre nuestra respuesta de fe

Ageo 2, 1-9; Sal 42;  Lucas 9,18-22

A veces hay preguntas a las que nos cuesta responder. Tenemos que definirnos, tenemos que aclararnos, con nuestra respuesta vamos a manifestar de qué lado estamos, en ocasiones no tenemos las cosas claras y preferimos mirar para otro lado, hacernos sordos a esas preguntas que nos comprometen, dar largas con respuestas vagas, o acaso responder con lo que nos parece que es la respuesta de que quien nos pregunta y que le agradaría encontrar en nuestros labios. Pero al final terminamos no definiéndonos.

¿Cobardía? ¿Ignorancia y no tener las cosas claras? ¿Escurrir el bulto como se suele decir? Mucho de todo esto puede haber, pero puede estar indicando una pobreza de nuestra vida.

Hoy Jesús les plantea unas preguntas serias a los discípulos. O más bien tendríamos que decir que Jesús nos plantea a nosotros unas preguntas serias. Pregunta para empezar porque le cuenten lo que la gente opina de él, pero como quien no quiere la cosa hace la pregunta directa que sí es difícil de responder. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’

Responder comentando lo que dice la gente no es difícil, para eso hay siempre respuestas fáciles, porque además no nos comprometen, porque solo estamos reflejando lo que los otros pueden pensar y en eso no queremos entrar. Pero cuando la pregunta es directa, como la que hace Jesús, no nos podemos poner a mirar para otro lado, sino que tenemos que definirnos. En aquella ocasión les salvó la campana, como se suele decir, les salvó que siempre Pedro se adelanta y sí que dijo cosas interesantes. Claro que cuando luego Jesús les quiso explicar bien lo que significaba la respuesta de fe de Pedro, ya comenzaron a recular y hasta Pedro se pondría a decir que esas cosas a Jesús no le podían pasar; Jesús les había anunciado pasión y muerte, les había hablado del sentido de la Pascua que iban a subir a celebrar a Jerusalén y ellos no querían entender, no entraba eso en el planteamiento de sus vidas.

Hay preguntas que nos hacen pensar. Decía alguien que el que pregunta es porque piensa; en este caso tenemos que decir que es la respuesta que tenemos que dar donde tenemos que manifestar que pensamos de verdad. Y a esa pregunta directa que Jesús nos está haciendo en el hoy y ahora que estamos escuchando su Palabra no nos vale responder con respuestas del catecismo aprendidas de memoria. Bien que recordamos los mayores como teníamos que aprendernos de memoria, al pie de la letra, el catecismo para que siempre pudiéramos responder con las palabras acertadas. Pero podían ser solamente palabras aprendidas de memoria; hoy se nos pide que las palabras que pronunciemos, la respuesta que demos sea algo salido del corazón, es más, sea algo de verdad plasmado en nuestra vida.

¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué es Jesús para ti? Es importante que nos planteemos el quien o el qué, porque en eso puede estar lo que nosotros realmente vivamos. Es quien, pero es el qué de cómo nosotros lo vivimos. Es el quien que se tiene que hacer vida en nosotros. No son solo palabras bonitas lo que se nos pide, sino unas actitudes nuevas, una vida nueva, un sentido de vivir, un compromiso real con la vida y con los demás, unas vivencias que nos hacen tener unos sentimientos distintos, una mirada distinta, es un nuevo vivir.

Podemos repetir con toda facilidad las mismas palabras de Pedro ‘el Mesías de Dios’, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, pero tenemos que preguntarnos y eso cómo se va a traducir en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en la manera de mirar la vida y de mirar a los demás, en nuestros compromisos. Es decir, sí, que es nuestra salvación, que Cristo murió por nosotros, pero tiene que ser luego el vivir esa salvación, porque tenemos una nueva manera de vivir, porque nos dejamos impregnar por el evangelio y eso se va a tener que reflejar en muchas cosas de mi vida. Será comenzar a vivir con toda intensidad todo lo que es el Reino de Dios anunciado por Jesús. No será hacer una bonita confesión de fe con nuestras palabras, mientras en la vida seguimos con nuestras rutinas, con nuestras vanidades, con nuestras ambiciones, con nuestros orgullos, con una falsedad de vida.

Y esa respuesta tiene que elaborarla uno por si mismo; soy yo, eres tú el que tienes que traducirlo a tu manera de vivir. No cubrimos nuestra vida con palabras bonitas, sino que nos impregnamos desde lo más hondo de la profundidad de la vida de Jesús.

jueves, 23 de septiembre de 2021

Tenemos que discernir bien cuál es la inquietud que se despierta en nuestro corazón ante los acontecimientos del día a día de nuestra vida

 


Tenemos que discernir bien cuál es la inquietud que se despierta en nuestro corazón ante los acontecimientos del día a día de nuestra vida

Ageo 1, 1-8; Sal 149; Lucas 9, 7-9

Sucede algo fuera de lo común, comienzan a circular rumores de cosas extraordinarias que nos dicen que están pasando, nos hablan de una persona que nos dicen que está ejerciendo una cierta buena influencia en algunos y nos entra la curiosidad, queremos verlo, queremos conocerlo de primera mano, queremos saber qué es lo que hay de verdad en lo que nos cuentan, o simplemente sentimos la curiosidad por ver aquello que pudiera ser un espectáculo. Cuántas veces vemos colas interminables o de vehículos o de personas que quieren acceder a un lugar porque les han dicho que ha sucedido algo extraordinario.

No sé si podremos meterlo en esta categoría pero en los acontecimientos de estos días en nuestras islas con el nuevo volcán ya las autoridades estaban diciendo a los vecinos de los pueblos limítrofes que se quedaran en sus casas y que no produjeran atascos sobre todo en la noche porque querer ver el espectáculo del volcán porque podrían impedir desalojos que fueran necesarios; ya he escuchado de gente que se quiere trasladar de una isla a otra simplemente por ver el espectáculo; claro que habría que pensar si el espectáculo – no es algo que podamos ver todos los días, es cierto – es lo importante o las tragedias que se están produciendo en muchas familias con lo que va arrasando la lava a su paso.

Nos movemos muchas veces en la vida simplemente por la curiosidad, pero nos podemos quedar quizás en lo superficial. Es buena la curiosidad porque despierta también en nosotros deseos de más y de mejor y muchos de los avances de la vida surgen de esas curiosidades que luego se pueden convertir en cosas bien serias. ¿Habrá en verdad algo más hondo en nosotros que nos motive a un crecimiento personal, a un desarrollo de nuestras posibilidades poniendo en juego nuestros valores y capacidades, o hacer algo para que nuestro mundo sea mejor?

Quizás se van entremezclando muchas ideas y conceptos en esta reflexión que me estoy haciendo y ofreciendo. Ha surgido todo esto dentro de mí desde algo que se nos dice en el evangelio que hoy se nos ofrece. Habían llegado rumores y noticias a Herodes de lo que Jesús iba haciendo por Galilea. A un gobernante sabemos que noticias así, donde incluso hay movimientos de gentes de un lado para otro, entusiasmadas en este caso por el nuevo profeta que ha aparecido en Galilea, son cosas que les inquietan y les hacen sentir alguna preocupación.

A Herodes esta aparición de Jesús predicando, haciendo milagros, curando a los enfermos, despertando esperanza en el corazón de aquellas gentes le hizo por un lado que su conciencia se inquietara por lo que había hecho con otro profeta que había aparecido en las orillas del Jordán, Juan el Bautista. Aunque en algún lugar se manifiesta que Herodes escuchaba con gusto a Juan, sin embargo sabemos que por las intrigas de la mujer con la que vivía lo había metido en la cárcel y al final lo había degollado. La conciencia no la podía tener tranquila a pesar de la superficialidad con que vivía su vida. La aparición de Jesús predicando algo semejante a lo que Juan había hecho en el desierto, le inquieta mucho más y siente también deseos de conocer a Jesús.

Sabemos que no prestará atención Jesús a estos deseos de Herodes, porque incluso en una ocasión le dicen que Herodes le está buscando y Jesús, como diríamos ahora, pasa de él. También Jesús con su actitud mostrará su rechazo al modo de vida de Herodes, porque cuando es enviado preso por Pilatos hasta Herodes, Jesús no pronunciará palabra en su presencia por más que incluso Herodes se lo tomase como una diversión. Trataría de loco a Jesús.

Pero creo que lo que hoy tenemos que ir escuchando en nuestro corazón es ver cual es realmente la inquietud que nosotros sentimos en nuestro corazón. ¿Vivimos y nos dejamos llevar y arrastrar simplemente por la curiosidad y por la superficialidad? Ante lo que vamos descubriendo de Jesús ¿cuál es nuestra postura? Ante el evangelio que escuchamos ¿qué es lo que sentimos en nuestro interior? Cuando leemos la Escritura Santa, la Biblia, ¿qué es lo que realmente buscamos? Cuando escuchamos la predicación que nos ofrece la Iglesia ¿a qué le prestamos atención? Cuando contemplamos los acontecimientos que suceden en nuestro entorno ¿seremos capaces de discernir si en ellos el Señor también nos está hablando y pidiendo algo? Cuando vemos las tragedias que se producen en muchas personas, debido quizás a esos mismos acontecimientos, ¿cuáles son los sentimientos que se provocan y despiertan en nuestro corazón?

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Ojalá escuchando muchas veces este mandato de Jesús de anunciar el Reino, nosotros, la iglesia, lleguemos a despertarnos y salgamos de nuestro letargo

 


Ojalá escuchando muchas veces este mandato de Jesús de anunciar el Reino, nosotros, la iglesia, lleguemos a despertarnos y salgamos de nuestro letargo

 Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb. 13,2.3-4.6; Lucas 9,1-6

‘Habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos…’

Confieso que estas palabras del evangelio de alguna manera, vamos a decirlo así, me hieren por dentro. Y digo me hieren por dentro porque me hacen interrogarme sobre muchas cosas. Los discípulos de Jesús entonces recogieron el testigo de Jesús y se fueron siguiendo las instrucciones que les había dado recorriendo toda la comarca y haciendo ese anuncio del Reino con sus palabras, pero también con las señales de ese Reino de Dios que daban con sus signos, con sus milagros.

No era ni más ni menos difícil aquel mundo que el que hoy vivimos, porque cada tiempo tiene su urgencia y su necesidad, cada tiempo tiene su problemática. Pero contemplo el mundo que me rodea y me miro a mi mismo, como discípulo de Jesús, como miro también a la misma Iglesia. Un mundo indiferente a lo religioso, a Dios, al mensaje cristiano cada vez más; no solo van desapareciendo los signos religiosos externos en el ámbito de nuestra sociedad sino que vemos a la gente que vive un día y otro y no da muestras de mayor inquietud por lo religioso.

En mi pueblo estos días se celebran las fiestas del Cristo, como en tantos otros lugares en este mes de setiembre; es cierto que por la situación de la pandemia que hemos estado viviendo se han limitado muchos actos de fiesta, y los que de alguna manera se han llevado pero parte son los actos religiosos, las celebraciones religiosas por aquello de los aforos – para otras cosas no se tienen en cuentan unos aforos tan estrictos – pero siempre en nuestro pueblo se notaba que estábamos en las fiestas del Cristo.

Camino por los alrededores de mi casa y parece como que la gente no se ha enterado que en este pueblo estamos de fiesta, no se notan ninguna señal, no se ve a la gente que tenga inquietud y se pregunte por las celebraciones del Cristo, como si eso ya no significara nada para ellos. No solo por cosas así vamos a definir la religiosidad o el cristianismo de un pueblo, pero también son síntomas de esa indiferencia ante lo religioso o ante lo cristiano que vive hoy nuestra sociedad.

Y me pregunto ¿qué significará para estas gentes con las que me cruzo o que viven en esas casas por las que paso por delante Cristo, el evangelio, la Iglesia? Si les hablamos de evangelio y del Reino de Dios ¿qué es lo que entenderán? ¿Qué sentido religioso, qué sentido de trascendencia le dan a sus vidas donde solo vemos que se preocupan de lo cotidiano de cada, del trabajo, de sus vacaciones quizás lo que se las pueden permitir, de ir de paseo o de irse para las playas, o a lo sumo los jóvenes de irse a sus fiestas o a sus botellones?

Me preocupa y me preocupa lo que los que nos llamamos cristianos estamos haciendo en este mundo. ¿Qué anuncio hacemos del evangelio? Los que nos decimos cristianos ¿qué señales estamos mostrando a esa gente que nos rodea que hay algo más que da sentido a nuestra vida? ese mandato de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio ¿no siembra ninguna inquietud en nuestro corazón, no nos hace preguntarnos cómo vamos a hacer para llevar esa buena noticia de Jesús a ese mundo que nos rodea?

Por eso decía al principio que esas palabras me hieren por dentro, porque remueven mi conciencia, porque me siento con las manos vacías por lo poco que hago, porque me duele ese pecado de omisión que estoy cometiendo. Ojalá escuchando estas palabras de Jesús muchas veces llegue a despertarme. Que escuche la Iglesia, que escuchemos los cristianos estas palabras de Jesús y salgamos de nuestro letargo.

 

martes, 21 de septiembre de 2021

Valoremos la función que realiza cada persona en igual dignidad que todos y tengamos siempre un corazón abierto y acogedor que abra las puertas a la misericordia

 


Valoremos la función que realiza cada persona en igual dignidad que todos y tengamos siempre un corazón abierto y acogedor que abra las puertas a la misericordia

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

No todos en la vida son albañiles, ni todos son maestros, unos serán arquitectos y otros serán agricultores, cada uno tiene su función, cada uno tiene su lugar, no podemos desempeñar todos el mismo oficio o función, porque habrían cosas que no se podrían realizar, somos como un mosaico, cada piedra con su color y su lugar, cada pieza con su función y con su valor, pero todas son importantes para podernos ofrecer la belleza del mosaico con sus variados colores, con sus múltiples dibujos, con la riqueza de sus imágenes.

Podemos pensar en las cualidades y valores de cada uno, sus capacidades y su técnica; podemos pensar en la conjunción que entre todos se ha de realizar para el desarrollo de la propia humanidad, de la propia sociedad, y podemos pensar en la vocación de cada uno. Cada uno según sus capacidades, según también lo que ha ido recibiendo descubre su lugar, su función, su vocación, aquello a lo que está llamado, aquello que puede realizar mejor. Y como una hermosa orquesta compuesta de tan variados instrumentos podrán ofrecernos la belleza y armonía de su música. Tenemos que descubrir cual es el instrumento que nos corresponde tocar en esa orquesta de la vida.

Es lo que dentro de la familia de la Iglesia también tenemos que descubrir y realizar. De ello nos ha hablado el apóstol en estas lecturas que se nos ofrecen hoy en la fiesta del apóstol y evangelista san Mateo que hoy celebramos. ‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo…’ Y es aquí donde tenemos que descubrir cual es nuestra función dentro de la comunidad eclesial.

Mateo era recaudador de impuestos. Aunque menospreciado por los judíos que a todos los metían en el saco de los usureros y ladrones, allí desempeñaba su función en la vida. Tendríamos que pensar en la dignidad de cada trabajo y de cada función; nos podrán resultar más o menos agradables y somos muy propensos a poner nuestras marcas, marcar nuestras diferencias, pero hemos de saber tener respeto por el trabajo que realiza cualquier persona; todos tienen su dignidad, todos tienen su función, necesaria en el desarrollo de la propia vida de la comunidad. Creo que podría ser una consecuencia también que dedujéramos para nuestra vida.

Pero un día Jesús al pasar lo invitó a seguirle. Vemos la prontitud con que lo deja todo con alegría para seguir a Jesús. ¿Son golpes de gracia repentinos? No podemos negar que la presencia del Señor impacta y nos llama, aunque no podemos descartar por otra parte que ya Mateo aunque quizás desde lejos quisiera ser discípulo de Jesús y en alguna ocasión le habría escuchado planteándole muchos interrogantes en su corazón. Hoy le vemos dar la respuesta con generosidad y con prontitud.

Tal es la alegría que hará un banquete en el que participarán los que hasta entonces han sido sus colegas en su trabajo, pero donde estaba también invitado Jesús y el resto de los discípulos. Es aquí donde descubrimos también otro mensaje para nuestra vida. por allá andaban recelosos los puritanos de su tiempo – también ahora hay sus puritanos que están siempre al tanto de donde puedan hacer su juicio y su condena si las cosas no son como a ellos les apetece – los fariseos y los escribas que critican que Jesús coma con publicanos y pecadores.

Jesús que oye la crítica que están haciendo les replica: ‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificio: que no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores’. ¿A qué ha venido Jesús? ¿Qué nos pide de nuestro corazón? ¿Habremos aprendido de verdad lo de ‘misericordia quiero y no sacrificios’?

Hagamos una Iglesia que sea en verdad hogar de misericordia. Quitemos de una vez por todas esas lupas con que andamos mirando la vida de los demás para ver donde está el desliz, donde puedan aparecer esos motivos que justifiquen nuestros juicios y nuestras intransigencias. ¿Se nos habrá ocurrido pensar que por nuestras intransigencias podemos estar haciendo sufrir a muchos y muchos no darán el paso adelante en su camino de conversión porque no encuentran esa acogida llena de misericordia en nosotros?

 

lunes, 20 de septiembre de 2021

Abramos nuestro corazón a la luz, a la fe, a Dios y encontraremos paz para nuestro espíritu, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida

 


Abramos nuestro corazón a la luz, a la fe, a Dios y encontraremos paz para nuestro espíritu, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18

La luz es para alumbrar, para que nos ilumine cuando la necesitemos. No podemos hacer nada sin luz, no nos acostumbramos; en otras épocas con mayores carencias tratábamos de arreglarnos, ahora fácilmente aunque esté resplandeciente el sol tenemos la luz encendida en la habitación. Para todo la necesitamos. Y no es que me esté refiriendo a la luz como a la energía, sino simplemente eso, la luz. Nos ilumina en nuestros caminos, nuestras calles y plazas necesitamos tenerlas bien iluminadas, en cualquier lugar que estemos, ya sea por razones de trabajo o en la convivencia de cada día, no soportamos que el lugar en que estamos esté en penumbras.

Pero claro que no estamos ahora aquí para teorizar sobre si encendemos o no encendemos la luz, sino que cuando hablamos de la luz estamos también hablando de ella como de una imagen. Decir que necesitamos luz es algo más que una luz que nos ayude a ver con nuestros ojos de la cara en cualquier lugar en el que estemos. Nos referimos a la luz y estamos pensando en aquello que nos aclara nuestros pensamientos y nuestras ideas; pensamos en esa sabiduría de la vida que necesitamos adquirir para entender cuanto sucede o para darle un sentido a lo que hacemos; pensamos en esos conocimientos que necesitamos no solo en un aprendizaje de las ciencias, podríamos decirlo así, sino en ese aprendizaje de la vida.


Y hoy nos dice Jesús en el evangelio que la luz no es para ocultarla, sino que cuando encendemos la lámpara la colocamos en el lugar más apropiado para que ilumine bien a los de la casa. Es la luz de la Palabra de Dios que no podemos ocultar sino que más bien tenemos que saber buscar con sabiduría para hacernos encontrar el camino de Dios. Es la luz de la fe que ha de brillar fuertemente en nuestro corazón para que conozcamos a Dios, para que en verdad nos encontremos con El, para que escuchemos y comprendamos su palabra, para que se nos revelen en nuestro corazón los secretos del misterio de Dios.

Algunas veces podemos rehusar esa luz, la ocultamos porque no nos queremos dejar iluminar por ella. Quizás podemos vislumbrar que si nos dejamos iluminar por esa luz de la fe habrían muchas actitudes que cambiar, habría muchas cosas que tendríamos que hacer de manera distinta, nos haría tener una mirada nueva a nuestra propia vida, pero también una mirada nueva a los demás. Quizás nos hemos acostumbrado a nuestras oscuridades, tenemos miedo a la luz, porque saldrían a luz – valga la redundancia – nuestras obras y nos daríamos cuenta de que no son tan buenas.

Qué malabarismos hacemos algunas veces con nuestra fe con tal de seguir con nuestras rutinas, para no arrancarnos de nuestras comodidades, para no tener que rendirnos ante Dios porque nos parece que con eso estaríamos perdiendo en nuestra autosuficiencia. No queremos reconocer que desde la luz de la fe es desde donde vamos a encontrar nuestra mayor grandeza y dignidad; podemos tener todas las habilidades del mundo, podemos dominar todas las ciencias y todas las filosofías, pero es desde la luz de la fe donde descubrimos nuestra mayor grandeza, porque descubrimos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que Dios ha querido hacernos hijos suyos.

Yo no tengo fe, nos dicen algunos y no hacen ningún esfuerzo por abrir su corazón a la luz; yo no tengo fe y permanecen en sus sombras, y dejan que su vida se llene de amarguras, y no sabrán encontrar la fuerza para sus luchas y para levantarse una y otra vez de sus oscuridades y caídas, y no sabrán encontrar caminos para salir de esas encrucijadas en que les mete la vida, o no serán capaces de ponerse por encima de las cosas y dejan que cualquier cosa les afecte y les haga perder la paz; yo no tengo fe te dicen y después creen en cualquier cosa que vengan contándole desde los lugares más exóticos.

Abramos nuestro corazón a la luz, abramos nuestro corazón a la fe, abramos nuestro corazón a Dios y encontraremos paz para nuestro corazón, fortaleza en nuestra debilidad, caminos ciertos en nuestras oscuras encrucijadas, sentido profundo para vivir con la mayor intensidad la vida.


domingo, 19 de septiembre de 2021

Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, de esa vida que tenemos que afrontar de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor

 


Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, de esa vida que tenemos que afrontar de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor

Sabiduría 2, 12. 17-20; Sal. 53; Santiago 3, 16–4, 3; Marcos 9, 30-37

Nos sucede a veces; tenemos la intuición de que algo va a suceder, pero casi evitamos pensarlo, intentamos distraernos con otras cosas, aunque aquello no nos lo podamos quitar de la mente. Será un problema que se nos presenta y nos machaca allá en nuestro interior, serán quizás malos momentos que hemos pasado en nosotros mismos o con alguien, pero nos cuesta afrontar la realidad; nos cuesta, como se suele decir, coger el toro por los cuernos. Podríamos preguntar a alguien, podría pedir ayuda o consejo a quien nos lo puede ofrecer, pero nos da miedo, nos da vergüenza, y tratamos de convencernos de que eso no va a suceder.

Así andaban los apóstoles y poco menos que para pensar en otra cosa hacían aflorar sus sueños y sus ambiciones. Ahora no era intuición, habían sido las palabras de Jesús que por segunda vez les había repetido lo mismo, el sentido de aquella subida a Jerusalén, pero no entendían o no querían entender, porque quizá todo aquello les echaba abajo los sueños que se habían ido construyendo; ellos no eran distintos a la gente del común, y muchos cuando pensaban en el Mesías, pensaban en un caudillos triunfador y liberador del pueblo de las opresiones de pueblos extranjeros, devolviéndole a Israel las glorias de tiempos pasados. Por eso en el camino habían aflorado de nuevo sus sueños de grandezas, de lugares de poder, de primeros puestos, aunque no querían que se enterara el maestro de lo que ellos iban cavilando por su cuenta.

Atravesando Galilea, dice el evangelista, iban instruyendo a sus discípulos, a aquellos que había escogido como apóstoles, y más cercanos a El estaban. No quería Jesús incluso mientras atravesaban Galilea que la gente se enterara de su paso, porque quería aprovechar la ocasión. Les hablaba claramente: ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará’. Pero nos dice el evangelista que ni se enteraban ni entendían lo que Jesús les decía ni se atrevían a preguntarle. ¿Intuían quizá que se les venían abajo sus sueños, los castillos en el aire que se habían creado?

Claro que hablar de muerte, de sufrimientos, de prendimientos y posibles cárceles, cuando ahora parecía que todo iba tan bien, no era pensamiento de gusto agradable. Siempre lo que sea sufrimiento lo rehuimos, y cuantas veces en la vida nos lo queremos incluso ocultar. Se le oculta al enfermo la gravedad de su situación, se lo oculta a los niños la realidad de la enfermedad o de la muerte, no queremos dar una noticia triste a una persona mayor porque eso le puede afectar tanto; pero es que en nosotros mismos nos cuesta aceptar lo que nos sucede, nos vemos con problemas en ocasiones y le quitamos la importancia, nos vemos enfermos y no queremos aceptar la realidad de que podemos enfermarnos y se pueda poner la vida en peligro. Cuántos miedos tenemos en la vida y nos los queremos ocultar a nosotros mismos, nos ponemos a pensar en otras cosas.

Y Jesús que quería instruirlos, los dejó; dejó que hicieran el camino y no intervino más en la conversación. Como sería normal en el camino ellos irían en corrillos y allí comenzaron las discusiones entre ellos. Pero cuidado que el Maestro no se entere y seguro que trataban de disimular su acaloramiento.

Pero como nos sucede en la vida, cuando andamos dándole vueltas y más vueltas en nuestra mente a las cosas y tratamos de disimular para que nadie se entere de lo que nos pasa, de lo que nos preocupa, siempre viene alguien que nota algo en nosotros y nos preguntará que nos pasa y hasta dará en el clavo señalándonos en concreto lo que nos pasa por dentro y nosotros tanto tratábamos de disimular.

Es lo que les pasó a los discípulos; habían ocultado sus miedos y trataban de disimular las ambiciones que hasta podrían convertirse en enfrentamientos. Cuando llegan a casa lo primero que les pregunta Jesús es ¿de qué hablabais por el camino? ¿De que estaban discutiendo? Y vaya si Jesús sabía. Habían venido discutiendo quién entre ellos iba a ser el primero y principal. Y Jesús los llamó y les dijo: ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’.

Y continúa diciéndonos el evangelista: ‘Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’. Acoger a un niño es acoger a Jesús, acoger a un niño es acoger al que ha enviado a Jesús.

El niño que no he considerado para nada en aquella sociedad. Hoy hablamos de los derechos del niño o de los derechos humanos, que nos afectan a todos, pero en aquella sociedad eso no era así. El niño no contaba, no se le tenía en cuenta, y ahora Jesús lo pone en medio. Es algo nuevo, es una actitud nueva ante las personas, es una actitud nueva que tiene que haber en mi corazón; había hablado de ser el último de todos y el servidor de todos, y ahora en ese todo incluye a quien nada valía, a un niño, pero que es una imagen de cómo nadie puede ser discriminado; como de todos tenemos que ser servidores.

Y esto lo escuchamos en el contexto de los anuncios que ha venido haciendo Jesús que tanto les cuesta aceptar. Es que nos está hablando Jesús del sentido de su vida, el Hijo del Hombre que no ha venido para ser servido, sino para servir. Y ese es el sentido de todo lo que le va a suceder a Jesús, de su pasión y de su muerte, de su pascua, que por supuesto no va a ser una derrota porque al mismo tiempo les está anunciando Jesús su resurrección.

¿Nos valdrá algo todo esto para nuestra vida? Nos está haciendo pensar en el sentido nuevo de nuestro vivir, nos está hablando de esa vida que tenemos que afrontar que tiene que ser de entrega y de servicio porque siempre tiene que ser una vida de amor, nos está hablando también de que muchas veces ese camino se nos puede volver duro, se nos puede hacer difícil, pero es la entrega que hemos de vivir porque ese es el sentido de nuestro ser cristiano.