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lunes, 28 de septiembre de 2026

Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 


Tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad, no importa que nos parezca pequeña o insignificante porque todos merecen el amor de Dios

 Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

Parece que no nos cabe en la cabeza de que en la vida no todos somos igualmente importantes; pronto nos hacemos nuestras escalas y jerarquías de quienes son los importantes y en consecuencia los poderosos, mientras los demás son los del montón que no tendrían que hacer otra cosa que estar bajo la dependencia de esos que se consideran más importantes o más poderosos; parece que eso fuera parte de nuestra condición humana dado que nos parece verlo siempre con toda normalidad.

De alguna manera todos tenemos la tentación aunque muchas veces tratemos de disimularla, pero nos gusta un escaño alto. Les pasaba también a los discípulos de Jesús que le oían hablar de un reino y ellos lo materializaban bastante buscando además el lugar que allí habían de ocupar, por lo que andaba en ocasiones a la greña entre unos y otros por estos motivos. Y el evangelista no nos oculta esas ambiciones y esas debilidades de los que siguen a Jesús, porque de alguna manera nos está retratando y es necesario que nosotros seamos capaces de reconocer que estamos en esa fotografía, porque además es ocasión para Jesús de dejarnos hermosas enseñanzas como hoy ocurre.

Han estado discutiendo entre ellos eso de la importancia o de quien va a ocupar ese primer lugar en el Reino de Dios. En una ocasión en que Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino se sienten azorados porque reconocen que esos sueños están muy lejos de lo que Jesús quiere proponernos cuando nos habla del Reino de Dios. En esta ocasión Jesús va directamente al grano sabiendo cuales eran sus ambiciones y nos deja una hermosa lección. Pone a un niño pequeño en medio de ellos y les dice que quien no se haga como un niño pequeño no es digno del reino de Dios. Porque ‘el que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, les dice.

En la cultura de la época un niño era poco considerado, poco tenido en cuenta, era considerado algo así como un incapaz al que no hay que tener en cuenta porque poco podría aportar, no sirve aun ni para el trabajo. Y Jesús habla de acoger a un niño, que es como acogerlo a Él. Ya estarían pensando los que le escuchaba ‘pero si tú eres el maestro’, ¿cómo vamos a comparar a un niño con su infantil ignorancia con el Maestro? Y Jesús termina afirmando ‘el más pequeño entre vosotros es el más importante’.

¡Cómo tenemos que aprender a valorar a la persona, a toda persona, en toda su dignidad! No importa que nos parezca pequeña, no importa que sea un ignorante o sea cual sea su condición, no importa ni el color de su piel ni su raza, no importa su lugar de origen o donde pueda ahora habitar, no importa que sea conocido y reconocido o que nos parezca, como decimos, un don nadie… creo que en esto tenemos que pensar mucho y analizar nuestras actitudes y comportamientos con toda crudeza y con todo detalle. Pero nos hacemos estas valoraciones de las personas, porque tenemos muchos descartes, porque ponemos muchas pegas y nos hacemos muchas comparaciones, porque seguimos viendo al otro como un contrincante que nos puede quitar lo que nosotros por costumbre o por lo que sea consideramos muy nuestro. En esta época con tanta movilidad de las personas de un lugar a otro creo que nos daría mucho que pensar.

Y en esa aceptación y respeto que hemos de tener hacia toda persona entraría también otra cosa que Jesús nos está señalando, la valoración de lo que hacen los demás. Nos creemos tantas veces los únicos porque somos los que sabemos hacer las cosas, y vienen las discriminaciones y como decíamos antes los descartes, viene el restar importancia a lo que puedan hacer los otros porque nadie lo puede hacer tan bien como yo, y vienen las desconfianzas y los rechazos que hacemos a lo que hacen los demás de bueno, porque nos creemos que eso es cosa nuestra y nadie puede hacerlo igual.

Santiago y Juan vienen a decirle a Jesús que a uno que no era de los del grupo pero que echaba demonios en nombre de Jesús se lo quisieron prohibir. ¿Cómo se atreve a invocar lo bueno en nombre de Jesús si no es del grupo de los discípulos preferidos de Jesús? ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque el que no está contra vosotros, estará a favor vuestro’. ¿Cuáles son nuestras posturas y actitudes en este sentido? Seguro que habrá muchas que mejorar.


martes, 11 de agosto de 2026

No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

 


No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Si no es nada más que un niño, habremos oído en alguna ocasión, o también hemos de tener la valentía de reconocerlo es también lo que nosotros hemos pensado y quizás manifestado, cuando hemos intuido o hemos visto que se le da opinión, o se le pide la opinión, por ejemplo, a un muchacho sobre cosas que quizás nos puedan afectar a todos. Y es que, aunque también nosotros tengamos ganas de opinar pensamos que hay que tener una cierta madurez, una prestancia o un prestigio – que quizás vaya acompañado de ciertas influencias de poder y no es necesario decir mucho – para poder participar, expresar una opinión o tomar una decisión sobre cosas que consideramos de importancia.

Realmente en nuestra sociedad vamos cambiando porque esto que estamos expresando así y refiriéndonos a estas situaciones o circunstancias era la forma de actuar, por ejemplo, en relación a la mujeres, o las fuerzas que se contrapesaban entre los poderosos por ser ricos y los que no lo eran a los que siempre se les ponía en otros escalones, y creo que todos nos entendemos.

Hoy Jesús nos está mostrando la novedad que suponía el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Siempre, en todos los tiempos, en todas las circunstancias históricas todos – y aquí no queremos excluir a nadie – hemos tenido deseos de grandeza, que significaba una preponderancia y también una prepotencia sobre los demás y nos buscamos mil razones para presentarnos de esa manera. Nadie quiere quedar por detrás, en un segundo plano, que no sea reconocido ni valorado y nos buscamos mil vanidades para alimentar nuestro ego y nuestro orgullo, para hacer salir nuestro amor propio y manifestarnos con esos prestigios que al final se quedan en vanidades.

Eran también las discusiones que tantas veces se traían de camino incluso los discípulos más cercanos de Jesús. Y son las preguntas que tantas veces le repiten a Jesús. Siempre andan buscando lo principal para saber a qué reglas nos atenemos y saber los límites mínimos con los que nos podemos contentar. ‘¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?’, vienen a preguntarle a Jesús.

Y es cuando Jesús nos da la gran lección. ‘En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

Nos habla de un niño, que no era nada considerado en la sociedad de su tiempo; y nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños, y esto no es tarea fácil; fáciles pueden ser las palabras, pero hacerlas categoría de nuestra vida no es tan fácil; siempre estamos aspirando a dejar atrás nuestra niñez para que seamos considerados, todos queremos ser ‘grandes’, o sea poder comportarnos como mayores para tener nuestras opiniones y nuestros derechos y Jesús nos está diciendo que desmontemos todo ese tinglado que tenemos montado en nuestra cabeza para que comencemos a ser niños. No es tarea fácil, por eso Jesús nos habla de conversión. Porque el que se haga pequeño es el que será grande en el Reino de los cielos.

Por eso como dice a continuación tenemos que comenzar por acogerlos y respetarlos, cuidarlos y valorarlos, porque así tenemos que valorar a todos, también a los que nos parecen pequeños, a aquellos que en nuestra sociedad consideramos insignificantes, y mira que tenemos en nuestra mente una lista grande de todos esos que decimos que no valen. Recordemos simplemente como es nuestra mirada a los que están a nuestro alrededor, a quienes acogemos y a quienes no, con quienes no nos sentaríamos ni en la guagua ni por supuesto a nuestra mesa para compartir nuestra comida, a quienes saludamos en la plaza o a quienes dejaríamos o no entrar a nuestra casa. ¿Cuál es la lista secreta que todos llevamos en nuestra cabeza, o peor aún, en nuestro corazón del cual los excluimos?

Nos pone a continuación la parábola de la oveja perdida y herida que tenemos que buscar, para que en verdad le demos a nuestra vida el sentido del Reino de Dios, y termina diciendo que no es voluntad de nuestro Padre del cielo que se pierda ninguno de esos pequeños. ¿Será así cómo nosotros los buscamos?


jueves, 2 de octubre de 2025

Hacernos como niños en la simplicidad y en la generosidad, en la ausencia de malicia y en el deseo de crecimiento interior, camino para vivir el Reino de Dios

 

Hacernos como niños en la simplicidad y en la generosidad, en la ausencia de malicia y en el deseo de crecimiento interior, camino para vivir el Reino de Dios

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Salmo 18; Mateo 18, 1-5. 10

Nadie quiere aparecer como pequeño e insignificante. Es una tentación que sentimos, aunque al final tengamos que reconocer que no somos tan importantes, al menos entre los que nos rodean queremos hacernos notar; nos puede suceder a todos, buscamos influir, que se nos tenga en cuenta, no queremos quedarnos atrás, nuestro deseo es sobresalir. Y sucede en todos los ámbitos, muchas veces nos quedamos relegados a un ámbito más cercano, pero vemos que en esa escala ascendente de los que se sienten poderosos continuamente andamos en esa carrera por ostentar el poder, por creernos superiores o mejores que los demás; cuántas vanidades de ese tipo contemplamos en la vida social, en la política o en los círculos de influencia en nuestra sociedad; verdadera guerras sordas por conseguir esos lugares de apariencia o de poder.

Frente a esa experiencia de la vida cada vez más frecuente, aunque siempre ha habido quien se ha andado con esas insuflas de grandeza, hoy nos habla Jesús en el evangelio de que en su reino hemos de hacernos como niños. Palabras de Jesús que en el tiempo y momento en que fueron pronunciadas tenían como una connotación especial, por la poca importancia que en aquella sociedad se les daba a los niños. Hasta que no llegaran a una cierta edad en que ya se consideraran mayores no se les tenia en cuenta, se les dejaba a un lado.

Y ahí en medio de esa connotación de la sociedad Jesús nos viene a decir que seamos como niños; ¿con su inocencia? ¿Con su ingenuidad? ¿Con esa falta de malicia? ¿Con esa curiosidad de su espíritu que les hace preguntar y preguntar porque quieren saber, porque quieren entender? ¿Con esa simplicidad del niño que corre libremente de una lado para otro parece que es ajeno a todas las preocupaciones? ¿Con esa espontaneidad que se convertía en una generosidad natural siempre dispuestos a ser los primeros en hacer las cosas?

Podrían parecer valores muy infantiles, cosas de niños que nos decimos. Pero ¿realmente son valores infantiles o pueden convertirse en valores muy fundamentales para entender lo que ha de significar el Reino de Dios para nosotros?

Ojalá tuviéramos esa inocencia para quitar la malicia y desconfianza a nuestros actos, a lo que hacemos, a lo que son nuestras relaciones con los demás. Ojalá tuviéramos siempre esa hambre de aprender y de crecer, supiéramos acelerar ese motor de búsqueda interior que nos hace encontrarnos con nosotros mismos o con lo que es la verdad de la vida y de las cosas que vivimos. Ojalá tuviéramos esa disponibilidad que nos hace generosos haciendo que pensemos menos en nosotros mismos que en el bien que podemos hacer a los demás. Ojalá supiéramos entrar en esa órbita en la solo buscamos poner nuestra parte, nuestro granito de arena, sin buscar coronas de oropeles, sin querer estar imponiéndonos sino sabiendo colaborar poniendo cada uno su saber y su capacidad de actuar.

No son cosas tan infantiles, sino que serán cosas que nos harán profundizar más en nuestra vida para buscar lo que verdaderamente es fundamental y así abandonáramos esas ínfulas de vanidad que tantas veces nos envuelven para hacernos un mundo de fantasías y de superficialidad.

El evangelio de hoy nos ha querido hablar de esa sencillez con que hemos de tomarnos la vida, de esa alegría de vivir simplemente porque somos generosos, porque somos capaces de compartir con los demás lo que somos, porque estamos deseando estar siempre en esa actitud de servicio.

Claro que si hoy se nos ofrece este evangelio, en esta fiesta de los Santos Ángeles Custodios, es por aquello que se nos dice al final de que tengamos ‘cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.

Nos quiere recordar este texto el sentido de la celebración de este día y es el pensar en esos Ángeles de Dios que están a nuestro lado, que serán inspiración celestial para nosotros y signos de esa presencia de Dios en nuestras vidas para insuflar en nosotros también esa fortaleza de gracia para el camino de nuestra vida. No nos sentiremos nunca abandonados de Dios que nos hace sentir su presencia en el signo de los ángeles del cielo y que son también una invitación para que nos unamos siempre, como decimos en la liturgia, al coro de los ángeles que canta la gloria del Señor.


sábado, 16 de agosto de 2025

Quitemos filtros y prevenciones de la vida y podremos entrar en la órbita del Reino de Dios que se revela de manera especial a los pobres y sencillos de corazón

 

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Quitemos filtros y prevenciones de la vida y podremos entrar en la órbita del Reino de Dios que se revela de manera especial a los pobres y sencillos de corazón

 Josué 24,14-29; Salmo 15; Mateo 19,13-15

Cuando yo sea mayor… es la expresión que mas de una vez hemos escuchado a un niño o a un muchacho; parece que el niño no quiere ser niño siempre, se ve creciendo a si mismo y cómo su vida cambia en algunos aspectos, pero se compara con los mayores y quiere ser como ellos; sueños de libertad quizás, porque le parece que en su infancia no puede hacer todo lo que quiere o como lo quiere, sueños de una vida distinta en la que se sienta fuerte porque no quiere verse manipulado por nadie y le parece que lo que ahora le dicen sus mayores lo están manipulando y él quiere hacer las cosas a su manera y cuando le de la gana. Cuando sea mayor, y se ve poderoso y dominante, se cree que va a ser el dueño del mundo. No quiere seguir siendo niño. ¿No habrá aprendido lo que significa de riqueza la niñez como una piedra base para su madurez futura?

Claro que somos nosotros los mayores también los que tenemos que preguntarnos si sabemos lo que es la riqueza de la niñez, los valores que allí podemos encontrar, lo maravilloso que podemos descubrir si observamos atentamente lo que significa ser niño. ¿Seremos acaso nosotros también los que los descartamos y los queremos quitar de en medio como les estaba sucediendo a aquellos celosos discípulos de Jesús que pensaban que era una molestia la presencia de aquellos niños en el entorno de Jesús? Querían quitarlos de en medio.

Y Jesús les dice que no, que no impidáis que aquellos niños se acerquen a El. ¿Acaso será que Jesús quiere que nosotros nos acerquemos a El a la manera de los niños? No son barreras sino puentes lo que hemos de poner. Porque además Jesús nos dice que solo de los que son como niños es el Reino de los cielos. ¿Es un reino infantil? Cuidado que algunas veces infantilicemos la religión, la manera de acerarnos y relacionarnos con Dios. Cuidado con el lenguaje que usemos demasiado infantilizado que luego no nos va a servir cuando en verdad maduremos y necesitamos una manera madura de relacionarnos con Dios. ¿No nos sucederá que nos preocupemos mucho de acciones pastorales para los niños  pero luego no ponemos la misma intensidad para cuando no son tan niños o para cuando son adultos?

Con todo esto, sin embargo, parece que de alguna manera las palabras de Jesús nos desconciertan. Nos dice que de los que son como niños es el Reino de los cielos. Ya en otra ocasión nos dirá que la buena noticia hay que darla a los pobres; o que los que parecen que no saben nada por su condición humilde y pequeña, sin embargo será a los que se les revelará los secretos del Reino de Dios; y serán los aparentemente están mas lejos del sentido del Reino porque son pecadores a los que Jesús se acerca y los que mejores y más dispuestas respuestas van a dar a ese anuncio del Reino de Dios. ¿Paradojas?

Hoy nos habla de los niños, del candor y espontaneidad de los niños, de su disponibilidad siempre a flor de piel, de su sonrisa limpia, de los ojos que miran profundamente con curiosidad, de los que buscan y quieren aprender porque sus deseos de crecimiento no son solo de lo corporal sino de lo que mejor puedan aprender. Los niños no ponen filtros ni condiciones, los niños se acercan y juegan con todos sin distinción si nosotros no los hemos marcado antes con nuestras prevenciones. ¿No puede ser esa una base sólida para la construcción del Reino de Dios en nosotros? Con un corazón así limpio y generoso tenemos que aprender a acercarnos a Jesús.

No es ya cuestión de que los niños quieran parecerse a los mayores – y lo malo es que los contagiemos con nuestros filtros y pretensiones – sino que nosotros nos hagamos cono niños – despojándonos de tantas prevenciones con que vamos por la vida - para llegar a vivir en toda su intensidad lo que es el Reino de Dios.

martes, 12 de agosto de 2025

Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

 


Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

Deuteronomio 31,1-8; Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Todos, quieras que no, vamos buscando nuestro lugar en la vida, para eso nos esforzamos, nos preparamos, trabajamos para ir logrando ese lugar, ese puesto, ese prestigio; podemos luego darnos importancia, o sentirnos interiormente satisfechos de nuestros logros. No está mal, claro que tendríamos que ver nuestras mañas, nuestras aspiraciones, los empujones quizás que hemos dado para quitar delante de nosotros el que nos estorba, el que nos impide llegar a aquel lugar con el que soñamos; tendríamos, es cierto, que ver por qué lo buscamos o qué pretendemos.

Pero no queremos ser como ‘esos’, y pensamos a los que vemos a nuestro alrededor que nada importan ni significan, que según nosotros simplemente van arrastrándose por la vida sin conseguir nada, sin salir de sus pobrezas o nulidades como a nosotros quizás nos gusta pensar. Y nos hacemos comparaciones y no queremos ‘vernos en su pellejo’, porque nos parece que para nada valen, para nada sirven y no van a llegar a ninguna parte.

Ya nos estamos dando cuenta que en esas nuestras apetencias no todo era tan bonito cuando decíamos que queríamos buscar nuestro lugar en la vida. Cuántas comparaciones hacemos, cuantas descalificaciones, a cuantos arrimamos a un lado porque son tan pequeños, son tan insignificantes en la vida, que nada decimos alcanzarán. ¿Para nosotros los primeros puestos, los lugares de importancia?

Jesús viene a romper nuestros esquemas. De entrada ha tomado un niño y lo ha puesto en medio. ¿Qué hace un niño en una reunión de personas mayores? ¿Qué puede pintar allí? ¿Quizás para que nos haga los mandados? Pero Jesús viene a decirnos otra cosa. ‘¿Quién será el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que parece que no dice nada. ¿A qué viene esa pregunta? Pero es lo que tantas veces han discutido y volverán a discutir entre el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús. Y Jesús lo quiere dejar muy claro. ‘Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’.

Por eso ha puesto un niño allí en medio, en el centro. Hacernos como niños, pequeños como este niño; no eran tenidos en cuenta para nada los niños. Se le consideraba algo insignificante. Se acogía a los amigos, se acogía a las personas de bien, se acogía a las personas importantes, se acogía a los poderosos, pero ahora nos dice Jesús que hay que acoger un niño. Sus ángeles están viendo el rostro de Dios, nos dice.

Si el pastor que pierde una oveja en el campo se vuelve loco buscándola hasta que la encuentre, ahora nos dice Jesús que a ese pequeño e insignificante hay que acogerlo, hay que tenerlo en cuenta. Pero es que nos dice más, es que nosotros tenemos que hacernos así pequeños, como los inocentes niños, y entonces entenderemos la verdadera grandeza que hemos de buscar.

Pero nosotros seguimos con nuestras peleas y con nuestras ambiciones, seguimos buscando puestos y queriendo ascender en esa escalera que nos llevaría a los puestos de privilegio. ¿Dónde está nuestro espíritu de servicio? ¿No estaremos viendo esos codazos muchas veces también en nuestra iglesia? Las hermandades que quieren aparecer con toda pomposidad y gran número de afiliados; los puestos especiales en nuestras celebraciones porque nosotros vamos con nuestro bastón de mando o con nuestras medallas y nuestras túnicas y hábitos, los ropajes de colores que buscamos vestir para diferencias las diversas categorías o las carreras que hemos hecho.

¿Nuestra iglesia no tendría que leer con más atención este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece?

sábado, 1 de marzo de 2025

La sonrisa de un niño nos abra el camino para acoger el Reino de Dios en nuestra vida porque sea la sonrisa que reflejamos en nuestro rostro

 


La sonrisa de un niño nos abra el camino para acoger el Reino de Dios en nuestra vida porque sea la sonrisa que reflejamos en nuestro rostro

Eclesiástico 17, 1-15; Salmo 102; Marcos 10, 13-16

¿Has mirado alguna vez la sonrisa de un niño? Seguro que sí, pero como estábamos en ese momento más preocupados en cosas que considerábamos de más importancia, esa visión pasó como un relámpago por delante de nuestros ojos porque, en fin de cuentas, no eran sino unos niños que jugaban en su inocencia.

Niños que jugaban en su inocencia, así los vemos, son cosas de niños decimos y nos pasa desapercibida su sonrisa, su alegría, su mirada limpia y sin malicia, sus ojos que miran a nuestros ojos esperando algo y quizás porque no les prestamos atención, porque seguimos en nuestras cosas, se malogra esa sonrisa. A música celestial, y dicho en el mejor de los sentidos, tendrían que sonar en nuestros oídos risas y voces alegres que hablan o chillan sin predisposiciones ni prejuicios, sin malicias y sin desconfianzas, ofreciéndonos el regalo de alegría que tendría que hacernos olvidar tantos agobios que llevamos en la vida y que nos quitan la paz y nos impiden saborear las cosas que nos harían más felices.

Es el niño que en sus juegos se manifiesta como es, siempre confiado, siempre ofreciendo lo mejor, siempre dispuesto a estar con aquellos que considera sus amigos y con aquellos donde encuentra ternura, que tendrán sus más y sus menos con aquellos con los que juega, pero pronto se recuperará del enfado y seguirán siendo amigos, salvo que nosotros le hayamos maleado el corazón. Cuánto daño les hacemos cuando les contagiamos el actuar desde una vida interesada, cuando les hacemos perder la confianza, cuando los inducimos a poner distancias y desconfianzas, cuando los contagiamos de nuestras violencias. A veces no nos damos cuenta del escándalo que en ellos producimos, del daño que les hacemos cuando por nuestros ejemplos de egoísmo y de orgullo les hacemos perder aquella risa inocente.

Hoy en el evangelio vemos a Jesús rodeado de niños. Ellos saben bien ponerse al lado donde encuentran ternura y ofrecen al mismo tiempo su ternura. No es para ellos una señal de molestia el acercarse así espontáneamente como son donde saben que hay amor, ni nosotros tendríamos que ver como una molestia sus risas y sus juegos, su confianza y la manera como se acercan espontáneamente a nosotros. Pero por allá están los discípulos cercanos a Jesús – qué curioso que sean precisamente los discípulos más cercanos a Jesús – muy celosos del descanso de su maestro y no quieren que los niños le molesten, quieren quitarlos de en medio para no turbar el descanso de Jesús cuando su verdadero descanso eran aquellas risas y juegos inocentes.

¿Seremos así muchas veces no solo en lo que haga referencia a los niños de los que ahora estamos hablando, sino de que podríamos sentirnos molestos por la cercanía de los demás a nuestra vida? Cuantas veces pasamos de largo porque quizás nos molesten algunas cercanías que nos parecen exceso de confianza.

‘Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios…’ ¡Cuánto nos está diciendo Jesús! ¿Aprenderemos de una vez por todas a valorar a los pequeños? ¿Aprenderemos a valorar lo que nos parece pequeño y sin importancia porque son otras cosas a las que les damos más importancia? Tengo cosas más importantes que hacer, decimos tantas veces. Y esas cosas que consideramos importantes nos agobian, nos hacen perder la paz, hacen desaparecer la sonrisa de nuestros labios, crean distancias que luego son tan difíciles de superar.

Pero Jesús nos está diciendo también que ‘los que son como los niños – esos niños que pretendemos apartar a un lado – es el Reino de Dios’. ¿Es que no sabremos ver en la sonrisa de un niño las señales del Reino de Dios? Son alegría y cercanía, son los que van generando confianza y los que van siempre tendiendo puentes, son los que aprecian la ternura y la manifiestan de forma sencilla, son los que siempre se sienten amigos y hermanos de los otros para vivir la alegría de la vida. ¿No tendríamos que manifestar así las señales del Reino de Dios? Y terminará diciéndonos Jesús: ‘En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. ¿Nos haremos niños para acoger el Reino de Dios en nuestra vida?

Y dice que Jesús les bendecía. Ojalá nos sintamos bendecidos de Dios de la misma manera.

 

 

sábado, 17 de agosto de 2024

No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios pero serán también una referencia de la ternura que hemos de dejar escapar de nosotros

 


No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios pero serán también una referencia de la ternura que hemos de dejar escapar de nosotros

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Salmo 50; Mateo 19,13-15

¿Por qué la mirada de un niño nos enternece el corazón? Todos sabemos de su encanto, todos lo hemos experimentado, porque para eso los niños de entrada no hacen distinciones; cuando comiencen a hacerlas es porque los mayores le hemos maleado el corazón. A pesar de que el niño pequeño parece que todo lo quiere para él, en ese descubrimiento que va haciendo de las cosas aprender es como cogérselas para sí pero no para encerrarse en sí mismos sino que veremos cómo enseguida comienza a dar, a regalar su ternura, su mirada, su sonrisa, su confianza. Donde siente la sintonía del amor allí lo veremos cantando la más hermosa canción, que no es música que transportemos a los pentagramas musicales, sino que será el encanto de la vida que es como música que suaviza a las fieras, como suele decirse, y por eso nos derrite el corazón.

Hoy vemos en el evangelio a Jesús jugando con los niños. Sus madres los han traído para que Jesús imponga sus manos sobre ellos y los bendiga, pero, como decíamos, cuando los niños captan la sintonía del amor, ya de allí no se querrán separar. Aunque nosotros nos pongamos incordios en muchas ocasiones, como se pusieron los discípulos cercanos a Jesús en un celo desmedido de que nadie molestara al maestro. Quisiera alejar a los niños de la presencia de Jesús. Y es Jesús el que no quiere que los alejen sino que los niños sigan disfrutando de su presencia. Es que además iban a ser un buen signo de lo que es el Reino de Dios.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Y siguió bendiciéndolos. Si señales del Reino de Dios va a ser esa nueva cercanía que entre todos los hombres tienen que darse, aquí tenemos palpable una de esas señales, la cercanía de los niños con todo lo que eso significa. Ya en otro momento en que vuelva a poner a los niños como referencia de lo que ha de ser el Reino de Dios nos dirá que ‘de los que son como ellos – como los niños – será el Reino de Dios’.

Han de caerse todos los tabúes, tenemos que hacer desaparecer todo aquello que se interponga entre unos y otros creando barreras o abismos, como tantas veces nos hacemos los unos con los otros, tengamos esa ternura del niño que se deja querer pero que estará siempre ofreciendo un amor incondicional. Seamos capaces de mirarnos los unos a los otros con una mirada como la de los niños, sin cortinas que hagan un filtrado y con la luminosidad de los ojos limpios de malicia que disipan todas las nieblas que difuminan las imágenes. Tengamos la disponibilidad y generosidad del corazón que sabe sintonizar el amor, pero que va repartiendo las músicas que salen de su alma.

Cuanto tendríamos que aprender de los niños, de su ternura y de su disponibilidad generosa, de la alegría que se les escapa del alma en sus ojos límpidos y que despertarán en nosotros los mejores sentimientos.

No quiere Jesús que separen a los niños de su vida porque son un signo del Reino de Dios que nos anuncia, pero quiere entonces que sepamos tenerlos entre nosotros y que sean siempre una buena referencia para tantas cosas tiernas que tenemos que dejar escapar de nuestra alma y con lo que sabremos ir de manera nueva al encuentro con los demás.

Nunca más barreras ni cortinas, nunca más nieblas que difuminen o que filtren lo mejor que pueda salir de nuestro corazón, pero también lo mejor que aprenderemos a ver en tantos que nos rodean.

martes, 13 de agosto de 2024

Nuestra grandeza y la forma de resplandecer en nuestra dignidad de personas es cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o los que no son tenidos en cuenta

 


Nuestra grandeza y la forma de resplandecer en nuestra dignidad de personas es cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o los que no son tenidos en cuenta

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118;  Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Cosas de chiquillos, decimos algunas veces. ¿Acaso queremos decir que son cosas sin valor, que no tienen importancia, que son pasajeras? Las miramos como ocurrencias de niños, pero con expresiones como esta no nos estamos refiriendo solo a las cosas de los niños, sino que ahí solemos englobar a todo aquel que consideramos de poco valor, que no tiene unos razonamientos que nos convenzan, que de alguna manera los vemos como marginados en nuestra sociedad, y digo en nuestra sociedad, para referirme a nuestros círculos más cercanos donde solemos movernos, o en otro escalón de la vida social. Solemos con demasiada facilidad hacer nuestras distinciones y nuestras discriminaciones.

Estoy haciendo referencia a todo esto, que es una realidad en nuestra vida, en nuestras relaciones sociales, desde la pregunta que le hacen a Jesús y la manera que tiene de responder. Siempre andamos en la vida buscando las importancias, sí, lo importantes que somos, esos lugares encumbrados que nos gustaría alcanzar. Ya vemos que era la tentación que sufrían también los discípulos más cercanos a Jesús, porque muchas veces Jesús se los encontraba en medio de sus disputas sobre quien era el más importante, en una palabra, quien iba a tomar el mando después de Jesús. Y tras más de veinte siglos en la iglesia seguimos con lo mismo, ¿quién es más importante, quien va a tomar el mando cuando esto cambie? y soterradamente sigues nuestras luchas de poder que algunas veces se notan demasiado.

Ahora el evangelio simplemente dice que uno le pregunta ‘¿Quien es el mayor en el reino de los cielos?’ Y Jesús no responde con palabras sino con gestos. Llamó a un niño y lo puso en medio. Allí estaban en una conversación de mayores; ya era un atrevimiento que un niño interfiriera en una conversación de adultos, pero es que fue Jesús el que ‘llamó al niño y lo puso en medio… El que acoge a un niño como este… me acoge a mi’. Un niño que no tiene que estar entre los mayores, pero un niño al que hay que acoger como a cualquier otro ser humano que tengamos que acoger, pero es que nos dice más, ‘el que acoge a este en mi nombre’.

Los esquemas están cambiando y estaremos viendo a quien Jesús considera importante, al que considera el mayor. Pero igual que decíamos en aquella expresión con la que comenzábamos la reflexión que iba más allá de la referencia que se pueda tener con un niño, significando como nuestra acogida tiene que ser a todos, pero que en un espacio especial de acogida tienen que estar los que son considerados menores, menos importantes, dejados a un lado en nuestra sociedad.

No acogemos al otro por el tintineo que tenga en los bolsillos ni por la calidad del traje que lleve puesto, por la prepotencia con que se presente ante nosotros o por su brillante palabrería; acogemos a la persona, al hombre o mujer, sea quien sea, tenga la condición o la edad que tenga, porque siempre estamos valorando por encima de todo su dignidad como persona, y si algunos son nuestros preferidos, serán siempre los humildes y los pobres, los que habitualmente son menos considerados o nunca tenidos en cuenta.

Ahí está nuestra grandeza, ahí estaremos resplandeciendo como personas. Cuando somos capaces de ponernos al lado de los pequeños o de los que no son considerados. Por eso nos habla también de la búsqueda de la oveja perdida, mientras el resto se deja en el redil hasta encontrarla. No es rebajarnos, es alcanzar la mayor grandeza y dignidad.


sábado, 25 de mayo de 2024

Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios

 


Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios

Santiago 5,13-20; Salmo 140;  Marcos 10,13-16

‘Pareces un niño’, quizás nos dijeron un día y no nos agradó mucho. ¿Me están diciendo que soy infantil? Todos queremos parece mayores, a todos nos gustaría que nos trataran como adultos; siendo jóvenes no nos agradaba que nos dijeran ‘niño’, porque eso nos parecía que nos ofendía, porque nos gustaba que nos trataran ya como mayores.

¿Parezco niño porque mi manera de actuar es infantil, llenos de caprichitos y de mimos? ¿Parezco niño porque parece que actúo con ingenuidad y no tengo malicia para vislumbrar la malicia que pueden estar ocultando los demás? Pero ¿qué tiene de malo la ingenuidad si me la tomo como un quitar malicias del corazón, no andar con segundas intenciones ocultas, mostrarme de una forma llana y sencilla?

Nos daría mucho que pensar eso de que nos traten o nos consideren como niños. Porque en la inocencia del niño hay algo que significa cercanía, humildad, sencillez; mientras no echemos a perder esa inocencia hay algo muy bonito en ese trato de unos y otros siempre llenos de alegría, siempre con la risa y la carcajada a flor de pies, podríamos decir, porque fácilmente se superan los orgullos, tenemos abierto el corazón y todos son mis amigos, como suelen decir los niños, aunque haga un momento que se hagan conocido, han jugado juntos con alegría y ya son amigos para siempre.

Creo que en la vida nos hace falta mucho de eso. Andamos demasiado envarados, demasiado metidos en nuestros castillos o subidos a nuestros pedestales, con demasiado orgullo que va creando rivalidades, resentimientos, envidias, desconfianzas. No terminamos de entender que este mundo no es para buscar exclusividades y poner barreras, sino para saber hacer camino juntos y tendiéndonos las manos los unos a los otros.

Es la lección que Jesús quiere darnos hoy. Ese corazón lleno de ternura de Jesús hacía que todos quisieran acercarse a El, estar a su lado, no perderse ninguna de sus palabras, sintiendo el gozo de su presencia. Diríamos que tenía que surgir de forma espontánea, que las madres llevaran a sus niños hasta Jesús para que los bendijera, para que impusiera sus manos sobre ellos; y ya sabemos que cuando los niños se sienten queridos se llenan de confianza, y entonces serían los propios niños los que buscarían a Jesús.

Pero como siempre sucede hay algunos que les molestan los gritos o las risas de los niños; allá estaban los discípulos cercanos a Jesús poco menos que haciendo guardia en torno a Jesús para que nadie se propasara; quizás lo querían solo para ellos; pero los juegos y los gritos espontáneos de los chiquillos podían convertirse en una molestia. Y no había que molestar al maestro. Por eso los veremos apartando a los niños para que no molestaran a Jesús.

Pero Jesús sale al paso de este fervor tan entusiasta de sus discípulos cercanos. ‘Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios’. Jesús quiere que los niños estén con El. Pero es que Jesús les dice algo más. ‘De los que son como ellos es el Reino de Dios’.

Tanto que Jesús había venido anunciando el Reino de Dios y ahora nos da una característica muy importante, que por supuesto no estaba olvidada en toda la predicación de Jesús. Pero ahora nos pone a los niños como ejemplo de lo que han de ser esas actitudes del Reino de Dios. Hay que ser como los niños. Y aquí aparece la inocencia y la ingenuidad de la que veníamos hablando, aquí viene la alegría y la cercanía, aquí vienen las confianzas que hacen pronto amistad porque todos tenemos que queremos como hermanos, aquí está la humildad y la sencillez con que hemos de saber caminos los unos junto a los otros, aquí está todo ese derribar barreras y pedestales para saber encontrarnos y para saber amarnos siempre. Es lo que tenemos que vivir en el Reino de Dios, que en los niños vemos reflejado, como nos dice Jesús hoy. 

Por eso nos hablará de acogida, acogida al niño y al pequeño – y qué importante era eso en aquella sociedad donde los pequeños y los pobres nada valían y nunca se contaba con ellos – como signo y señal de esa acogida que tenemos que saber hacernos en todo momento los unos a los otros. ‘En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él’. Que sintamos, entonces, sobre nosotros esa bendición de Dios, como Jesús bendecía a los niños.

sábado, 19 de agosto de 2023

Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

 


Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15

No seas un niño, le decimos quizás a alguien, y en cierto modo de manera despectiva, cuando nos parece que se está comportando de una manera muy infantil. ¿Quizás podríamos preguntarnos por que es un niño? ¿Por qué se comporta de una manera inocente y sin malicia? ¿Qué tiene eso de malo? ¿Es que es necesario ir por la vida siempre con una mirada atravesada, llena de desconfianzas, o con los malos instintos , como solemos decir, de estar echando la zancadilla para ver cómo cae el otro?

¿Será acaso niño porque se deja sorprender por la vida y todo le llama la atención? Sentir curiosidad por lo que no se conoce, sentir deseos de saber y aprender más, tener inquietud en nosotros que no nos deja quietos e imperturbables ante lo que sucede alrededor, estar buscando siempre algo nuevo, algo que hacer, algo que nos haga desarrollarnos y crecer, no creo que sea malo para la persona sino más bien necesario.

Nos hace falta despertar esa inquietud en nuestros corazones porque es la manera como creceremos, como avanzaremos en la vida, cómo vamos haciendo que la vida en verdad sea interesante y creativa. Por eso me atrevo a decir que no es tan malo ser como un niño, porque siempre tenemos esa inquietud en nuestro corazón por algo más, por algo distinto, por algo nuevo, por algo mejor. No nos podemos quedar adormilados en la vida, porque camarón que se duerme se lo lleva la marea, que dice el refrán popular, porque quien vive adormilado no sabrá disfrutar de lo mejor de la vida, no sabrá llenar la vida de grandes sueños y de grandes ideales, y su vida perderá vitalidad.

Me hace pensar en todo esto como plan incluso para darle vitalidad a la vida, lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban’. Quiero ponerle incluso un poco de imaginación al tratar de contemplar este episodio. Jesús quizás sentado en la plaza, sentado a la puerta de su casa, como tantas veces quizás nosotros hemos hecho después de nuestras tareas y trabajos, y los niños que revolotean a su ardedor con sus juegos, sus gritos, su alegría; podemos ver tan a unas madres, como nos dice el evangelio que le traen a sus hijos a Jesús para que se los bendijera.

Pero allí están los de siempre, en este caso eran los discípulos tan celosos del descanso de su maestro. Vaya jaleo con los muchachos, sus carreras, sus juegos, sus gritos, sus preguntas y sus curiosidades. Quiten a esos chiquillos que no hacen sino molestar. Una reacción muy celosa. No sé, pero recuerda alguna escena alguna vez contemplada en nuestros templos con los jaleos que forman los chiquillos. Pero es importante la reacción de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

Y ahora nos dice que Jesús que ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Entonces tenemos que hacernos niños revoltosos e inquietos? Creo que nos damos cuenta de la inquietud que hemos de tener muy despierta en nuestro corazón. Esas ganas de más y mejor, esa búsqueda continua tan necesaria en la vida, ese dejarnos sorprender por las maravillas de Dios, esa apertura tan necesaria en nuestro corazón. No nos dejemos avejentar, no permitamos que se endurezca el corazón, no es posible que nos acostumbremos de tal manera a las cosas que las convirtamos en una rutina, arranquemos esas costras de pasividad con que nos vamos envolviendo tantas veces, tengamos la inquietud vital de ese niño que parece que se toma la vida como un juego pero que es así como va creciendo, es necesario tener la juventud que busca siempre la novedad para darle más intensidad a la vida y a lo que estamos haciendo.

Por algo nos dirá Jesús en otro momento que es necesario nacer de nuevo. No podemos seguir viviendo anquilosados en el hombre viejo. Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños que nos dejemos sorprender y sepamos hacer nuevas todas las cosas.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

 


Aprendamos a dejar a un lado los protagonismos y a dejarnos inundar por la humildad y el espíritu de servicio para con corazón acogedor valorar lo bueno de los demás

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

Me van a decir algunos que no, pero hemos de reconocer que queremos ser los más guapos, los más altos, los más inteligentes, en una palabra, que queremos ser los mejores en todo; y no es porque nos estemos esforzando quizás mucho por ser los mejores, pero que venga alguien y ocupe en lugar nuestro aquel lugar con el que soñábamos, que venga alguien y quede por delante nosotros porque en la carrera corrió más, o porque supo ser más sagaz para ponerse por delante y no hubo manera que nosotros le venciéramos; nos sentimos mal, en cierto modo humillados si nos relegaron a un segundo puesto cuando nosotros creíamos que teníamos asegurado el primer puesto.

En esa andaban los discípulos de Jesús, aquellos que andaban más cerca de Jesús en todo momento, aquellos a los que Jesús había elegido para ser sus enviados. Ahora andaban discutiendo por quien valía más, quien era el primero en aquel grupo ya fuera porque se creyeran los más antiguos, los primeros que comenzaron a seguir a Jesús, o porque se consideraban con más derechos o privilegios que los demás para ocupar los primeros puestos cuando Jesús no estuviera. Como nosotros cuando en la vida nos vamos dando empujones porque queremos salir bien en la foto… a ver cuanto más cerca que podamos del personaje que consideramos principal.

¿Esos codazos y esas zancadillas tienen sentido en un grupo de hermanos? ¿Qué sentido y que valor tiene que andemos en esas carreras, con esos empujones cuando formamos parte de una misma humanidad que entre todos tendríamos que preocuparnos de hacer que cada día sea más humanidad? Cuando vemos que Dios nos ha puesto el mundo en nuestras manos para que entre todos los hagamos caminar, no tienen sentido nuestras rivalidades ni nuestras envidias, nuestros orgullos o mal disimulado amor propio cuando tendríamos que aprender a valor lo que realmente cada uno vale y la función que cada uno tiene en ese mundo que es de todos.

Cuánto nos gustan los protagonismos, que aparezcamos nosotros, que parezca que somos los únicos salvadores, que acapararemos todos los méritos, que nos pongan sobre pedestales. Y cuando aparece alguien que nos pueda dar sombra o quitar protagonismo nos recomemos por dentro y surgen los recelos y las envidias, el desprestigiar o el quitar méritos, creyendo que somos los únicos que podemos hacerlo.

Y Jesús nos da la gran lección, a la chita callando, como se suele decir. Solamente cogió un niño y lo puso en medio de ellos y les digo que todos teníamos que comenzar por ser como niños. ¿Nos quiere infantilizar Jesús? Ni mucho menos. Necesitamos de la virtud de la humildad y de la sencillez, el espíritu abierto de un niño que con todos se junta y con todos juega y reaviva sus sueños, en el que no caben personalismos porque aun en él no hemos despertado los orgullos y los sueños de grandiosidades, que se deja querer y a todos ofrece la limpieza de sus ojos.

Pero nos dice aun algo más Jesús, no solo hemos de ser como ellos sino también saber acogerlos a ellos, aunque nos parezcan pequeños y nada nos exijan. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’. Cuantas veces vamos por la vida apabullando a todo el que nos parece menos, a todo el que nos parece pequeño e insignificante. ¡Qué sabes hacer tú!, le decimos a aquel que nos parece inferior, ¿me vas a dar lecciones a mi?

Y Jesús nos está diciendo que nos dan lecciones los niños, que nos dan lecciones los pequeños, que nos dan lecciones aquellos que menos consideramos y a los que quizá no queremos dejar que hagan algo para que no ocupen nuestro lugar. Por allá vinieron a decirle a Jesús que a uno que no de su grupo pero que también echaba demonios en nombre de Jesús se lo habían querido prohibir. ‘El que no está con nosotros, está a favor nuestro’, les viene a decir a Jesús para que nadie se crea el único protagonista o el único que sabe hacer las cosas bien.

Qué distinto es el estilo de Jesús; qué amplitud de miras tiene su corazón; qué apertura a lo bueno, venga de donde venga, porque siempre será construir el Reino de Dios; en qué caminos nuevos nos está poniendo Jesús. No se trata de carreras para ver quien llega primero, sino para ver quien es el que mejor sirve a los demás.

sábado, 13 de agosto de 2022

 


Cuando vayamos con la mirada del niño y tengamos siempre las puertas abiertas estaremos dando la señales del Reino

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

Aunque hoy nos llenamos de orgullo y se nos hace la boca agua para hablar de cuánto hemos avanzado, del mundo mejor que hemos hecho, de cómo se van reconociendo los derechos de todos, y sin negar niveles de progreso que se han conseguido, hemos de reconocer que todavía nuestro mundo está lleno de etiquetas, de distinciones que nos hacemos que si progresistas o carcas, que si proceden de este u otro lugar o país, de esta zona o de aquella isla y también ¿por qué no? aun hacemos distinciones por el color de la piel. Pero no solo eso luego vienen los que se creen más importantes porque son más progresistas, vienen los que se siguen fijando en las apariencias, que si es una persona de la calle porque no tiene donde vivir y así no se cuentas discriminaciones más que nos seguimos haciendo.

Es la realidad. Los que nos parecen pequeños no los tenemos en cuenta, mientras a los que van avasallando les tenemos temor porque no sabemos qué jugarreta nos harán. Y nos vamos contagiando con esas cosas parece que sin darnos cuenta, y tenemos nuestras miradas y nuestras apreciaciones hacia quien nos llega quizá a tocar a la puerta de la casa o lo vemos merodeando allí por donde vivimos. Y surgen los recelos, las desconfianzas, las miradas a distancia, y hasta las humillaciones porque con todos no nos mezclamos.

Jesús hoy en el evangelio nos da una hermosa lección que podíamos decir es un gesto más de cómo él se va acercando a todos sin distinción. Hoy es con algo tan inocente como un niño. Por allá andan los discípulos cercanos a Jesús con sus prejuicios por una parte pero también en un exceso de celo con las barreras que quieren interponer, porque no se puede molestar al Maestro. Están en la plaza y los niños se acercan a Jesús. Los niños tienen una intuición especial para saber a quien se acercan; por otra parte las madres muy entusiasmadas con Jesús les traen a sus hijos para que Jesús les imponga las manos y los bendiga. Pero al Maestro no hay que molestarlo y salen por allí muy ‘fervorosos’ los discípulos.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Allí está la palabra y el gesto de Jesús. Ahí está la hermosa lección de Jesús. Como sugeríamos antes no es sino una prolongación de lo que Jesús habitualmente hace. A todos se acerca. Deja que todos se acerquen a Jesús.

¿No le critican los fariseos porque como con publicanos y prostitutas? ¿No llamó a Zaqueo el publicano porque quería hospedarse en su casa? ¿No invitó a Leví que estaba en su mostrador de cobrador de impuestos para que le siguiera y luego participó con él en el banquete que ofreció en su casa? ¿Pero no había ido a comer también a casa de Simón el fariseo, aunque en aquella ocasión hasta dejó que una mujer de la calle le lavara los pies? ¿No recibió en la noche en su casa a Nicodemo, hombre principal y magistrado cuando éste vino a verle?

En la orilla del lago permitía que todos se arremolinaran en torno a El para escuchar su Palabra; la gente la estrujaba cuando caminaba hasta la casa de Jairo y aquella mujer impura por sus flujos de sangre llegó hasta tocarle el manto, cuando le hacía reconocer Pedro y El preguntaba quién lo había tocado. ¿Cómo no iba a ahora a dejar que los niños, los pequeños, se acercaran a El?

Pero es que Jesús quiere decirnos algo más. Hay que ser como esos niños para poder entrar en el reino de los cielos. Bien sabido es lo poco que eran considerados los niños en aquella sociedad de entonces, eran como personas sin valor hasta que no llegaran a la mayoría de edad. Pero Jesús dice que hay que ser como un niño, y lo repetirá en otras ocasiones.

¿Cómo es la mirada del niño hasta que no se le hecho manchado con el ejemplo de nuestros malos deseos e intenciones? Una mirada limpia, una mirada curiosa e interrogativa, una mirada sin malicia ni maldad, una mirada que siempre se está ofreciendo para el encuentro, una mirada que se está fijando en cuanto le rodea para aprender, una mirada que se confía porque no piensa en la maldad de los otros. ¿No irán por ahí las características del Reino de Dios que nos está planteando Jesús?

Cuando en la vida aprendamos a ir sin poner etiquetas, sin hacer distinciones, sin ningún miedo ni temor a nadie, cuando vayamos abriendo nuestros brazos a todos y a todos ofreciendo nuestra sonrisa, cuando no hagamos distinciones de a quien hemos de saludar y de quien hemos de pasar de largo, cuando sepamos ponernos todos a la misma altura y si acaso nos agachamos es para lavarle los pies al que está a nuestro lado, cuando vayamos con la mano tendida para no desconfiar pero también para ofrecer la paz de nuestro corazón, cuando sepamos tener siempre abiertas nuestras puertas y sepamos mezclarnos con todos,  estaremos dando las señales del Reino, nos sentiremos hermanos, porque todos somos hijos del mismo Padre y Señor.

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

sábado, 26 de febrero de 2022

Serán los pequeños y los sencillos los bendecidos de Dios, los que poseerán el Reino y los que por la pureza de su corazón podrán ver a Dios



Serán los pequeños y los sencillos los bendecidos de Dios, los que poseerán el Reino y los que por la pureza de su corazón podrán ver a Dios

Santiago 5,13-20; Sal 140; Marcos 10,13-16

Uno de los rasgos humanos que destacan en la vida de Jesús es su cercanía. Muchas veces nosotros en la lejanía e influenciados por imágenes en las que a través de los tiempos los artistas han querido plasmar la figura de Jesús o que se han utilizado en la catequesis en un momento concreto de la historia podremos tener la tentación de imaginarnos la figura de Jesús que es el Señor en unas posturas un tanto hieráticas y de alguna manera manteniendo distancia, pero si nos fijamos con detalle en el evangelio es todo lo contrario lo que podemos descubrir.

Rodeado siempre de gente que llega a apretujarlo como le reconoce Pedro en alguna ocasión, en medio de la gente sencilla del pueblo, rodeado de enfermos, pobres y gentes que incluso por algunos eran considerados mala calaña; en algunas ocasiones es tanta la cercanía que cuando a algunos no le gustan las cosas de Jesús le empujan cuando quieren echarle del pueblo e incluso arrojarle por un barranco; los pecadores y las prostitutas llegaran hasta Él para lavarle sus pies o para tocarle el manto; en una ocasión a la orilla del lago tendrá que subirse a una barca para hablarles desde allí, no porque buscase la lejanía, sino para que todos le pudieran ver y escuchar; rodeado de gentes que le aclaman, de niños que gritan a su lado le veremos hacer el camino que le lleva a Jerusalén; se sentará en el patio de las casas del camino para descansar y refrescarse como sucederá en Betania. Normal es, pues, la imagen que nos presenta hoy el evangelio.

En la plaza Jesús sentado entre la gente pronto se verá rodeado de niños que poco menos que quieren jugar con El porque ellos son los que mejor detectan la cercanía y el cariño que le puedan ofrecer las personas. Las madres incluso los traerán para que Jesús les imponga las manos y los bendiga.

Pero allá están los celosos discípulos preocupados por el descanso de su maestro que tratarán de impedir que los niños así se acerquen a Jesús. Pero Jesús detendrá aquella celosa acción de sus discípulos, porque quiere verse rodeado de niños, sentir el calor y la alegría de sus risas y de sus juegos y porque además nos los querrá presentar como prototipo de cómo tenemos que acoger nosotros el Reino de los cielos.

‘Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos’.

Ser como los niños, acogedores, abiertos a la vida y al amor, humildes y sencillos, sin malicia en el corazón, buscadores de saber, desprendidos que dan su corazón, siempre tendiendo la mano para dejarse acompañar, pero sabiendo estar a nuestro lado con los ojos abiertos de su curiosidad… Todavía no les han maleado el corazón.

Es la apertura que necesitamos, es la búsqueda que tenemos que hacer, es el desprendimiento con el que tenemos que vivir, es el deseo de estar junto a los otros para hacer de la vida una fiesta… cosas que necesitamos para saber acoger el reino de Dios. Humildad y sencillez para aceptar a todos, siendo capaces de acoger al más pequeño y al más humilde, porque es ahí donde encontraremos la grandeza del Reino de los cielos.

Es por lo que Jesús dará gracias al Padre porque los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos y por lo que nos dirá que de los humildes y de los pobres es el Reino de Dios y los que son puros de corazón podrán ver a Dios. Son los bendecidos de Dios. Este pasaje es toda una bienaventuranza de Jesús.