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martes, 3 de noviembre de 2026

Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del banquete del Reino no lo podemos dejar encerrado sino que a todos hemos de llevar la invitación

 


Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del banquete del Reino no lo podemos dejar encerrado sino que a todos hemos de llevar la invitación

Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24

¡Qué bonito es esto! Así sí me gustaría vivir a mi, esto parece poco menos que la gloria, mira cómo la gente participa y colabora, me gustaría ser parte de esto. Expresiones así tenemos en ocasiones bien sea en referencia a una forma de vivir, bien sea porque nos gusta aquel lugar, bien sea porque nos parecen apetitosas las cosas que nos ofrecen, pero no terminamos de engancharnos, no ponemos todo el ánimo por nuestra parte para comenzar a participar, el propósito que quizás nos hicimos de participar, de poner yo también de mi parte, de entrar a formar parte de aquel grupo que nos parecía tan entusiasmante lo vamos posponiendo, voy a resolver estas cosas que tengo entre manos y luego ya me dedicaré plenamente a eso, bueno ya pronto comenzaré como decimos tantas veces cuando tenemos que tomar una decisión desde un buen propósito, pero que nunca llegamos a implicarnos, nunca llegamos a comenzar, siempre lo vamos posponiendo. 

¿Por qué seremos así? Parece que siempre tenemos una disculpa favorable a nosotros en cuanto con ello queremos justificarnos.

Alguien que está escuchando a Jesús que continuamente habla del Reino de Dios, entusiasmado por las palabras de Jesús, exclama en alta voz en medio de las gentes, parece ser que era uno de los comensales que estaban a la mesa con Jesús en aquella invitación que le habían hecho y con aquellas recomendaciones que Jesús hacía. ‘¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!’ Parece que todas aquellas consideraciones que Jesús en aquella o ocasión hacía le convencían. Pero fácil es hablar en medio de un entusiasmo, fácil es hacernos propósitos en un momento de fervor, fácil es sentirse arrastrados quizás por el impulso de otros que toman iniciativas, pero luego ¿dónde estará la continuidad?

Es lo que Jesús quiere ahora decirles. La mesa del Reino de Dios está preparada e incluso nos puede parecer apetitosa, pero quizás pueden ser otros los intereses que tiran de nosotros y nos arrastran por otras sendas. Propone Jesús la parábola de los que son invitados al banquete de bodas y cuando todo está preparado y se les dice a los invitados que pasen a sentarse a la mesa comienzan las disculpas, comienzan a acordarse de cosas que tienen que hacer y que ahora no pueden dejar, comienzan a pensar en sus trabajos y todos van dejando la mesa puesta para irse a sus ‘quehaceres’, digámoslo entre comillas.

¿Nos estaremos viendo retratados? ¿Dónde están nuestros entusiasmos y lo que luego realmente hacemos? ¿Dónde están nuestros propósitos y cuándo realmente comenzamos a cumplirlos? ¿Dónde está aquello de que este grupo, esta institución me parece algo estupendo, pero cuando nos decidimos a comenzar a participar? ¿Dónde están nuestros olvidos, nuestros entretenimientos o la poca importancia que al final le damos a aquello que nos parecía tan ideal y tan bueno? ¿Mereceremos que se nos mantenga la invitación?

La mesa está preparada y aunque los invitados no se la merecían el banquete no ha de dejar de celebrarse. ‘Salid aprisa a las plazas y calles de la ciudad y traigan aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’, le dice a sus criados; y como aún no se termina de llenar la sala del banquete vuelve a insistir para que ‘salgan por los caminos y senderos, e les insistan hasta que entren y se llene mi casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete’.

La mesa no puede estar vacía.  Toda persona merece estar en la mesa del Señor. Toda persona está dotada de dignidad para compartir la fiesta. Sin distinción alguna. Sin discriminación. La vida se convierte en una verdadera celebración cuando nadie queda fuera. Seamos anfitriones que construyan, incluyan y que nunca pongan excusas para compartir el banquete del Señor.

Es una invitación a que analicemos nuestras respuestas, nuestras decisiones que tantas veces se quedan indecisas, los propósitos que se quedan en buenos deseos, las promesas que muchas son interesadas para obtener lo que queremos aunque luego no correspondemos. Muchas son las actitudes y las maneras de actuar que tenemos que revisar. 

Pero es también una invitación a la apertura del corazón, porque muchas veces cerramos puertas, ni entramos ni dejamos entrar, mantenemos reservas, hacemos distinciones y todos merecen participar de esa mesa, todos están invitados y llamados; hagamos la mesa grande para que todos quepamos, sintamos el gozo de encontrarnos con tantos a los que muchas veces hemos excluido. 

Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del Reino no lo podemos seguir dejando encerrado. Algo nuevo tiene que haber en nuestra vida, no nos quedemos en buenos deseos, sino pongámonos por obra.


miércoles, 21 de octubre de 2026

Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener para ver las señales de su llegada, atención y disponibilidad para hacer sitio en nuestro corazón

 


Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener para ver las señales de su llegada, atención y disponibilidad para hacer sitio en nuestro corazón

 Efesios 3, 2-12; Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6; Lucas 12, 39-48

Supongamos que un amigo nos anuncia que nos va a venir a visitar, aunque no nos señala en principio el día de su llegada; simplemente nos lo dice para que lo sepamos y tengamos en cuenta aunque no nos pide nada especial; sin embargo ese amigo es para nosotros algo importante, ha sabido estar con nosotros en el momento que más lo necesitábamos y nos ha expresado de mil maneras su cariño y amistad.

¿Qué hacemos ante su anuncio aunque no nos haya señalado fecha aunque suponemos que puede ser inminente y nos llegue en el momento menos pensado porque sabemos además que a él le gusta darnos esas sorpresas? Seguro que ya desde el primer momento estaremos pensando cómo lo vamos a recibir, qué hospedaje le vamos a brindar, tendremos preparado aquello que sabemos que son sus gustos y nos prepararemos para darle la mejor de las estancias. Es la mejor respuesta que podemos dar a las muestras de su amor y no será para nosotros agobio su llegada sino motivo de gran alegría; no son los temores a quedar mal sino el deseo de ofrecer lo mejor de nuestro amor y nuestra amistad.

¿Actuaremos así en todas las facetas de la vida? ¿Le daremos ese sentido a esa vigilancia de la que nos habla Jesús en el evangelio porque siempre tendríamos que estar atentos a su venida a nuestra vida? ¿Es el sentido que le damos a nuestra esperanza?

De muchas maneras y en distintos momentos del evangelio nos habla Jesús de su venida para la que hemos de estar preparados. Fácilmente le estamos dando imagen a estas palabras de Jesús en referencia a una segunda venida al final de los tiempos, o a lo más pensamos en el final de nuestros días cuando vamos a encontrarnos definitivamente con El.

Pero Jesús en distintos momentos nos dirá también cómo viene a nosotros, porque en todo lo que le hagamos al otro es a El a quien se lo estamos haciendo, luego nos está diciendo cómo viene a nosotros en la persona del otro, cómo viene a nosotros en los diferentes acontecimientos que nos van sucediendo en nuestra vida que vienen a ser unos y otros también como sacramentos de su presencia, y pensamos en esa presencia y venida a nosotros cuando celebramos los sacramentos, de lo que también tendríamos mucho que reflexionar.

¿Estaremos, pues, vigilantes y preparados para sentir esa presencia con la que de esa manera viene a nosotros?

Ya no podemos estar pensando en momentos especiales o extraordinarios. Viene el Señor a nosotros de forma sencilla, en pequeñas cosas y gestos; llega el Señor a nosotros en el hermano con el que nos encontramos, en ese pobre que un día nos tiende su mano, en esa persona con la que convivimos o con la que trabajamos, en ese inmigrante o persona desconocida con la que nos cruzamos en la calle, en ese amigo con el que compartimos tantas cosas pero también en ese con el que ocasionalmente hemos hablado porque estábamos juntos en la parada del autobús. Pero quizás no estábamos vigilantes, para nosotros fue una cosa más que nos sucedió o un encuentro con alguien que tuvimos en ese momento y no supimos darle trascendencia a ese momento, y no fuimos capaces de que Dios estaba llegando a nosotros en esa persona, en esa palabra, en ese gesto, en ese acontecimiento.

Es algo serio lo que nos dice Jesús de la vigilancia que hemos de mantener, de la atención que hemos de prestar, de la disponibilidad de nuestro espíritu que siempre ha de estar atento y vigilante, de la apertura que siempre tiene que haber en nuestro corazón para hacer sitio en el para cualquiera que llegue a nosotros. El Señor nos ha avisado y a lo largo del evangelio nos ha ido dejando muchas pautas por las que tenemos que reconocer su presencia. ¿Pasará el Señor a nuestro lado y no nos daremos cuenta? ¿No tendríamos que despertar más nuestra fe y nuestra esperanza? No perdamos la alegría del encuentro con el amigo, de nuestro encuentro con el Señor.


miércoles, 7 de octubre de 2026

Dejémonos enseñar por María que cuando le rezamos el Rosario nos está haciendo contemplar todo el proyecto del amor de Dios iluminando nuestra vida

 


Dejémonos enseñar por María que cuando le rezamos el Rosario nos está haciendo contemplar todo el proyecto del amor de Dios iluminando nuestra vida

Zacarías 2, 14-17; Salmo: Lc. 1, 46-55;Lucas 1, 26-38

Los caminos de la vida a veces se nos hacen oscuros y necesitamos una luz que nos haga encontrar nuestros rumbos o una mano que nos guíe en medio de sus turbulencias para sentirnos fuertes y poder realizarlo también con seguridad; torpes e incomprensiblemente insensatos a causa muchas veces de nuestras autosuficiencias y orgullos seríamos si negáramos esa ayuda que se nos pudiera ofrecer o rechazáramos esas luces que nos pudieran iluminar el camino para hacerlo con seguridad. Es cierto y hasta bueno para nuestra autoestima que hemos de saber hacer el camino por nosotros y hemos de poner todo lo que podamos de nuestra parte, pero sería también una falta de humildad que hasta en cierto modo nos degradaría el rechazar esas luces o esas ayudas. No es nuestro orgullo y amor propio lo que nos engrandece sino precisamente la humildad de reconocer nuestra debilidad lo que nos dará mayor madurez a nuestra vida. Mal empedrados quedan nuestros caminos si lo construimos a base de orgullo y autosuficiencia.

Así nos sucede en nuestra vida cristiana y en el descubrimiento y realización del plan de Dios. Necesitamos una apertura de espíritu que es un abrirnos a Dios para descubrir su voluntad que no es otra cosa que un plan de amor para nosotros que muchas veces nos sorprende pero que también nos abre a cosas maravillosas a realizar en nosotros. Es un proceso que nos cuesta porque nos envuelven muchas oscuridades con falsas luces que nos confunden y desorientan. Creemos que tenemos nuestros planes bien definidos pero no siempre somos capaces con humildad de abrirnos a ese plan de Dios que nos llevará por derroteros más hermosos. No siempre es fácil.

¿Por qué no aprender de María? La mujer que supo abrir su corazón a Dios para dejarse sorprender por el camino que Dios estaba abriendo ante ella para su vida. En su buen deseo de la fe que ponía en Dios y del amor que le profesaba, porque era una profunda creyente ella tenía un plan para su vida. Pero Dios viene a ofrecerle algo maravilloso en lo que ella no pensaba. Dios había puesto su amor en ella para hacerla su madre, para que ella contribuyera con su maternidad, en lo que ella no había pensado, para Dios hacerse más Emmanuel, más Dios con nosotros, encarnándose en su seno. Y María dijo Sí a Dios, como escuchamos hoy en el evangelio.

No iba a ser un camino fácil, pues ya las Escrituras habían anunciado los sufrimientos del Hijo del Hombre y María fue capaz de ponerse en ese camino. Nos habla de como se puso en camino hacia las montañas de Judea para servir a quien podía necesitarla, su prima Isabel que en su vejez iba a tener un hijo, pero María seguiría estando en camino; es el camino de Belén donde en principio iba a pasar por la no acogida, porque para ellos no había sitio en la posada, es el camino de la pobreza para dar a luz en un establo a quien venía como salvador del mundo, es el camino del rechazo y del destierro porque comenzaba a aparecer la sangre del martirio, sería el camino del silencio en Nazaret mientras esperaba la llegada de la Hora de Dios con el comienzo de la predicación de Jesús. Será el camino que la llevará finalmente al Calvario a pie de la cruz que desde madre dolorosa se iba a convertir en la madre de todos los creyentes, la madre de la Iglesia. Un camino realizado porque un día había acogido el plan de Dios en su vida. Ella, la que guardaba todas aquellas cosas, cuanto sucedía en su corazón para rumiarlas desde el amor sintiendo lo que el proyecto de Dios.

¿No será eso lo que nos está enseñando María a cuantos caminamos en lo que llamamos este valle de lágrimas donde quizás tantas oscuridades nos envuelven y tenemos el peligro de perder el rumbo del camino de nuestra vida? Hoy la estamos invocando como Virgen del Rosario en esta devoción tan arraigada en el pueblo cristiano que no siempre sabemos aprovechar en todo su valor y sentido.

¿Qué es el rosario? No solo es una cadena con unas cuentas que hoy hemos terminado por convertirlo en un adorno como si fuera un collar que colgamos de nuestro cuello. Está de moda, como todos sabemos y ya cualquiera hace gala de llevarlo sin saber ni siquiera su significado. Sí, podemos decir, es un collar de perlas, y de las más preciosas, porque es una cadena de oración que a los pies de María queremos hacer mientras ella nos hace ir contemplando todo el misterio de de la vida de Jesús mientras vamos caminando, como decíamos antes, con nuestras oscuridades, con nuestros desconciertos, con nuestros agobios y problemas a los que nos parece tantas veces que no encontramos salida y solución.

¿Por qué esa vida nuestra no la miramos desde ese plan de Dios? ¿Por qué no la miramos con esa mirada de María, la que supo ver en cuanto le sucedía el proyecto de amor de Dios para nosotros? Otra luz encontraríamos para nuestra vida, otro sentido para cuanto hacemos y pasamos, otros caminos se abrirían ante nosotros, otra fuerza sentiríamos en nuestro interior para ese nuevo sentido de la vida que hemos de vivir. Es lo que nos está enseñando María en el rezo o con el rezo del Rosario. Encontraríamos también otra paz y otra serenidad para nuestro corazón, se despertaría una nueva esperanza, comenzaríamos a caminar con nueva humildad, nos sentiríamos cada día más comprometidos para hacer nuestro mundo mejor. Dejémonos enseñar por María.


viernes, 14 de agosto de 2026

Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios

 


Dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios

Ezequiel 16, 1-15. 60. 63; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Mateo 19, 3-12

Hay ocasiones en que nos cuesta entender las cosas y no es que seamos más o menos inteligentes. En la vida nos sentimos condicionados por muchas cosas que no son solo las influencias externas que podamos recibir, y hemos de reconocer que son muchas, sino muchas veces es desde nuestro propio interior, desde nuestro propio yo que en ocasiones se puede encerrar en su mismo, que también nos vemos motivados o impulsados por nuestras propias pasiones, que premian unas costumbres o unas rutinas por encima de todo razonamiento, o que son también nuestros intereses particulares, las metas que nos proponemos, el camino que vamos realizando y pronto podemos encontrarnos con algo que va a la contra de todo ese revoltijo de cosas que llevamos en nuestro interior, y nos cuesta entender, y nos falta encontrar esa luz que necesitamos para descubrir eso nuevo que da sentido distinto a nuestra vida, que nos plantea las cosas de otra manera.

Es la resistencia que ponemos en tantas cosas de la vida que no queremos que nos cambien esa manera que hemos tenido siempre de entenderlo; incluso en lo que es el avance y progreso de nuestra sociedad muchas veces también nos cuesta entender; decimos quizás que son nuestros principios y a ellos tenemos que ser fieles pero muchas veces son concepciones muy particulares que nos hemos creado y donde necesitamos una luz nueva para ver lo distinto. Claro que luego todo esto se unirá a lo que encontramos a nuestro alrededor y las influencias y presiones que podamos recibir y se nos complica más.

Más, por así decirlo, se nos complican las cosas cuando entramos en el ámbito de nuestra fe y en esa fidelidad al evangelio que como cristianos tendríamos que mantener. Muchas veces la resistencia la encontramos cuando hemos de buscar la autenticidad del evangelio y la congruencia con que hemos de vivirlo, porque, es cierto que nos decimos cristianos de toda la vida, pero hemos llenado nuestra vida religiosa y cristiana de unas prácticas y unas tradiciones que muchas veces no parecen muy acordes con la autenticidad del evangelio y es cuando nos resistimos y escuchamos decir que si nos están cambiando la fe y la religiosidad y cosas por el estilo; pero una vida congruente con lo que es el evangelio más auténtico nos tendría que hacer revisar muchas cosas en nuestra vida y en lo que hacemos; hemos entrado en un camino de costumbres y rutinas con las que nos falta encontrar ese verdadero sentido de lo que tiene que ser nuestro seguimiento de Cristo y su evangelio.

Más nos cuesta entender todo ese misterio de nuestra fe, todo ese misterio de Dios y parece que todo no nos cabe en nuestro corazón, en nuestra vida por su inmensidad. Necesitamos abrirnos humildemente a ese misterio de Dios que se nos revela y que se nos manifiesta en Jesús porque hemos de sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos; ese misterio de Dios no es algo ajeno a nuestra vida sino que tiene que hacer que nuestra vida sea vivir en Dios.

Y todo eso tiene que traducirse en nuestra forma de vivir y de entender las cosas. Y aquí por una parte no nos podemos dejar influenciar ni por nuestras pasiones ni por nuestros intereses, ni tampoco por el sentido que pueda tener la sociedad de nuestro entorno de eso que nosotros queremos vivir según el sentido del evangelio. Será difícil en muchas ocasiones ir a contracorriente de esa sociedad que nos rodea, pero la autenticidad de lo que nosotros queremos vivir ha de ser una luz que ilumine ese mundo en medio del cual vivimos, aunque a ellos les cueste entender.

Muchos son los aspectos a los que podríamos referirnos, partiendo del mismo sentido de humanidad que nosotros tenemos en una visión cristiana de la vida y de la persona. Pero está también lo que hoy le plantean a Jesús en el evangelio y que es un planteamiento que sigue teniendo actualidad. Los fariseos le preguntan a Jesús sobre lo que Moisés había permitido acerca del divorcio y que seguía siendo motivo de diatriba y falta de entendimiento entre los distintos grupos de los judíos.

‘¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?’, le preguntan a Jesús. Algo que también palpamos y es cuestionamiento en el mundo de hoy en que eso se ve con la mayor naturalidad y con la facilidad con que se llega a esas rupturas del matrimonio. Jesús no quiere entrar en casuísticas sino que quiere ir a lo más hondo y a lo que tiene que dar verdadero sentido al matrimonio, y que quizás sea una parte importante por lo que hoy tanto nos cuesta entender y aceptar.

Parte Jesús de lo que es plan de Dios para la vida y para la relación entre el hombre y la mujer y si llega a decir que ya no son dos sino una sola carne y en consecuencia lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre, es porque el fundamento verdadero de todo es el amor, pero no un amor entendido de cualquier manera que se puede quedar en lo pasional o se puede volver egocéntrico, sino el amor en su sentido más profundo como descubrimos que es el amor que Dios nos tiene.

¿Cómo construimos el amor? Somos capaces de decir palabras bellas y románticas, pero no terminamos quizás de abrir nuestro corazón al amor verdadero. Es aquí donde tenemos una tarea inmensa que realizar porque esa construcción no se puede realizar de cualquier manera y a la carrera. Es donde tenemos que aprender de la escuela de Jesús, aprender del evangelio. No siempre es fácil, porque además nos entra la confusión por todas partes. Pero dejemos que la luz del Espíritu divino nos ilumine y nos llene de esa sabiduría del amor verdadero que es llenarnos de la sabiduría de Dios.


miércoles, 11 de febrero de 2026

Congruencia y autenticidad, humildad y apertura del corazón, madurez y profundidad que son las posturas que nos hacen grandes de la forma más sencilla

 


Congruencia y autenticidad, humildad y apertura del corazón, madurez y profundidad que son las posturas que nos hacen grandes de la forma más sencilla

1Reyes 10, 1-10; Salmo 36; Marcos 7, 14-23

En cuántas incongruencias nos vemos metidos tantas veces cuando nos falta autenticidad en nuestras vidas; la superficialidad y la vanidad nos llevan por esos derroteros, porque muchas veces nos quedamos en apariencias; tras la pantalla de unos cumplimientos ocultamos la falta de sinceridad en nuestras vidas; ponemos buena fachada dando la apariencia de la fidelidad pero por detrás seguimos con el corazón lleno de maldades muchas veces, y aunque no sean grandes cosas sin embargo hay una frialdad interior en lo que hacemos que se queda en la máscara de la apariencia con nuestras caras bonitas.

Habían venido a Jesús planteándole el cumplimiento o seguimiento de unas tradiciones que se habían llenado de normas y preceptos que algunas veces envolvían hasta en cierto modo hacerlos desaparecer lo que realmente eran los mandamientos de la ley del Señor; por la observancia de esas costumbres y tradiciones se pensaba que estaba todo hecho. Jesús en cierto modo rompe moldes, porque lo que Jesús quiere es que vayamos a una autenticidad de vida con una pureza interior que fuera en verdad agradable a Dios.

Les costaba entender lo que Jesús quería decirles, las autoridades judías porque querían mantener su prestigio y se apariencia de superioridad sobre todos presentándose como los grandes cumplidores de esas tradiciones, los discípulos cercanos a Jesús porque sentían que algo nuevo les estaba presentando Jesús con lo que tenían que desmontar muchas cosas que llevaban muy metidas en la cabeza y eso no siempre era fácil dada la presión exterior de un ambiente muy ritualista y de las exigencias de los dirigí gentes del pueblo que de alguna manera querían mantener sus posiciones que les llevaban a sentirse como un estadio superior.

Cuánto nos cuesta entrar por el camino de la humildad, para dejarnos enseñar, para abrirnos a una novedad que le va a dar un sentido nuevo a la vida; el conservadurismo algunas veces nos hace duros y en cierto modo prepotentes porque no queremos perder nuestras posturas y posiciones que hemos mantenido de siempre. Un cambio en la vida significa un reconocimiento de una realidad que hay en nosotros y que no es tan buena y que nos exige un darle una vuelta a la vida. Nos puede parecer que con ese cambio lo vamos a perder todo y ya no tenemos donde apoyarnos en lo que había sido lo de siempre. Es necesario dejarse iluminar para ver la cruda realidad por donde andamos pero también para descubrir el camino nuevo que se abre ante nosotros.

Y esa transformación no son solo unos adornos externos si el interior permanece de la misma manera. Es lo que nos está pidiendo Jesús, por eso nos habla continuamente de conversión, que es dar la vuelta del todo, no por partes o en algunas cosas, sino desde lo más hondo que es lo que tenemos que purificar.

Es lo que les está haciendo entender Jesús con no darle tanta importancia a si nos lavamos o no las manos. Es cuestión de algo más que de higiene. Porque la maldad no nos entra por la boca sino que claramente nos dice Jesús que la maldad la llevamos tantas veces en el corazón, con nuestras actitudes torcidas, con la malicia que ponemos en aquello que hacemos o en nuestro acercamiento a los demás, con esos recelos y desconfianzas que discriminan, que crean divisiones, que abren abismos entre unos y otros, en ese orgullo que nos envenena o en esa frivolidad que nos llena de superficialidad.

Es claro lo que nos dice Jesús, purifiquémonos para que lleguemos a una autenticidad en nuestras vidas, llenémonos de humildad para reconocer las negruras que tantas veces nos aparecen en nuestras relaciones con los demás, pero que son negruras que llevamos en el corazón cuando no hemos sabido sanar las heridas que llevamos en el alma que no es tanto lo que otros nos hayan podido hacer, sino las actitudes negativas nuestras que nos han llevado a esos recelos y desconfianzas.

domingo, 28 de septiembre de 2025

Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

 


Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

Amós 6, 1a. 4-7; Salmo 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

¿Quiénes son los que tienen nombre en la sociedad donde vivimos? Los pobres y los que nada tienen  no ocupan páginas en los medios de comunicación, no son noticia. Recuerdo aquellos tiempos en que el ‘don’ como tratamiento de respeto a la persona solo se ponía delante del nombre de los personajes importantes por su influencia, su poder económico o su riqueza, su rango en una sociedad muy jerarquizada en razón de sus títulos, o su presencia como hombre fuerte e influyente de la sociedad por sus dominios o posesiones; a un pobre nunca se le llamaba por ejemplo ‘don José’, era simplemente el que vivía en tal sitio, o José o Pepe en el trato con sus iguales.

Pero es curioso que en este texto que nos ofrece hoy el evangelio, en esta parábola de Jesús no sea el rico el que tiene nombre sino el pobre, el pobre Lázaro, un mendigo a la puerta del rico pero que era ignorado por el personaje poderoso. ¿Será un signo del contraste que nos quiere proponer Jesús con la transformación que por el Reino de Dios se ha de realizar en nuestro mundo?

La parábola nos quiere enseñar muchas cosas, quiere reflejar muchas actitudes o posturas en las que nosotros podemos caer en la vida. Es fuerte el contraste entre la vida de aquel rico opulento que se lo pasaba banqueteando cada día, pero que era insensible a lo que pasaba a su puerta con aquel mendigo al que parece que únicamente la presta atención un perrito que le lame sus heridas. No es la condena de la riqueza en sí misma lo que pretende decirnos el evangelio sino las actitudes que tenemos en la vida y en consecuencia el uso que hacemos de aquellos medios que tenemos en nuestras manos.

Aquellos bienes que conseguimos a través de nuestro trabajo honrado no son en sí mismo malos, pues ya Dios puso toda la creación en la manos del hombre para que la trabajase y desarrollase. Pero es el camino que hacemos que lo convertimos en un camino de insensibilidad, como aquel hombre que no se daba por enterado de lo que sucedía a su puerta. Cuántas veces nosotros también cerramos los ojos para no ver o volvemos la mirada para otro lado para no sentirnos heridos en la sensibilidad que nos quede en el corazón; cuantas veces ensimismados en nosotros mismos no nos enteramos de lo que sucede a nuestro lado, no queremos ahondar en esos rostros que se cruzan con nosotros en la vida sino que seguimos caminando con nuestros prejuicios y prevenciones y no somos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de esos rostros.

Apagamos la televisión o cambiamos de canal para no ver los desastres que asolan nuestro mundo con tantas violencias y tantas guerras; criticamos y juzgamos a quienes llegan a las puertas de nuestra sociedad calificándonos tantas veces de tan mala manera pero no vemos lo que hay detrás, las familias llenas de dolor y de miseria que quizás quedaron en su tierra para que estos como emigrantes lleguen hasta nosotros buscando una vida mejor, ¿habremos pensado en la tragedia que han vivido cuando han dejado su tierra arriesgándose a cruzar un mar, por ejemplo hablo de los que llegan a las costas de nuestras islas, que no saben si terminarán su travesía con vida mientras allá han quedado unas familias llenas de angustia?

La parábola que escuchamos hoy sigue haciéndonos pensar en muchas cosas. Pensemos en el vacío en que ha caído aquel rico, en esa imagen en que lo contemplamos en el abismo, en el que clama por un dedo mojado en agua que refresque su garganta, o porque vayan a anunciar a sus hermanos lo que a ellos les puede suceder siguiendo el mismo camino. Parece un abismo infranqueable, una situación de la que no se puede salir, unas soluciones que parece que no se encuentran tan fácilmente. Pero el evangelio siempre tiene un faro de esperanza para el hombre, el evangelio siempre es buena nueva, buena noticia de esperanza y salvación.

No es el camino la aparición de los muertos para tratar de convertirnos, como algunas veces nosotros pedimos también, sino que tiene que ser una apertura de la vida, una apertura de los oídos del corazón para escuchar la Palabra de Dios. Como se nos dice en la parábola, tienen a Moisés y los profetas que nosotros tenemos que saber interpretar bien.

Escuchemos el evangelio, dejémonos sorprender por esa buena noticia que nos anuncia esperanza y salvación, dejémonos transformar para que en verdad cambiemos nuestras actitudes y no vivamos ya solo pensando en nosotros mismos que es la tentación fácil que nos aparece, no vivamos encerrados en nuestra insensibilidad y nuestra insolidaridad sino que seamos capaces de darnos cuenta que cuanto tenemos no es solo en beneficio propio sino que tenemos que pensar en el bien de ese mundo y en el bien de cuantos caminan a nuestro lado.

No es un evangelio para sentirnos abrumados porque quizás hayamos tenido momentos en que no hayamos sabido hacer uso de la vida y cuanto somos y tenemos para caer el vacío de un sin sentido, sino para abrir puertas, para abrir nuestros oídos, para abrir nuestra vida a nuevas actitudes, a un verdadero encuentro sin prejuicios a cuantos caminan con nosotros en la vida.


miércoles, 25 de junio de 2025

Tenemos que meditar el evangelio y rumiarlo bien en nuestro corazón, sin miedos, sin suavizantes, sin filtros, con valentía, con apertura del corazón

 


Tenemos que meditar el evangelio y rumiarlo bien en nuestro corazón, sin miedos, sin suavizantes, sin filtros, con valentía, con apertura del corazón

Génesis 15,1-12.17-18; Salmo 104; Mateo 7,15-20

A veces pensamos ¿y de quien nos podemos fiar? Nos sentimos engañados, bonitas apariencias, bonitas palabras, promesas que ya no sabemos a qué más pueden llegar, pero pronto la apariencia se desbarata, la máscara bonita que se han puesto para dar una buena imagen se cae y al final es como una máscara de carnaval tirada por los suelos cuando se acaba la fiesta, las palabras, como se suele decir, se las lleva el tiempo y las promesas con engodo para engatusarnos que al final resulta venenoso. Lo estamos viendo demasiado en nuestra sociedad y parece que se acaban las ilusiones, porque ya nos cuesta creer en alguien.

Puede parecer un cuadro demasiado trágico y triste el que estoy presentando pero por una parte no hago sino reflejar mucho de lo que estamos viendo en la vida social, en la política, en las relaciones entre unos y otros muy llenas de vanidad y en consecuencia de demasiadas apariencias y caretas. Y es que además nos podemos ver envueltos en esa turbina y terminar nosotros viviendo también de las apariencias y perdiendo autenticidad en nuestra vida.

Nuestras palabras y nuestras obras han de estar en la misma sintonía. Eso que llamamos congruencia, eso que nos tiene que manifestar auténticos, tal como somos, quizás también con nuestros fallos, pero con la aceptación de nuestros errores, con nuestros deseos de superarnos aunque nos cueste, con nuestras ganas de querer seguir avanzando y subiendo esos peldaños que nos llevan a ser mejores y a contribuir también a que nuestro mundo sea mejor.

Jesús nos previene por una parte para que no nos dejemos embaucar, pero también para que trabajemos por esa autenticidad de nuestra vida. Y es que en nuestros ámbitos, llamémoslos religiosos, también podemos encontrar esas tentaciones, o esos cantos de sirena que quieren atraernos, como nos dice Jesús esos falsos profetas que no nos trasmitirán con autenticidad la Palabra de Dios.

Ovejas con piel de lobos, los llama Jesús. Muchos predicadores en todos los ámbitos o que de rigurosos se ponen catastrofistas, lo que está muy lejos del sentido del evangelio que siempre es un anuncio de alegría y de esperanza, o vienen con la suavidad de dulces palabras que nada nos dicen o que nos confunden, personas que no son constructivas con lo que nos dicen sino que sintiéndose furibundos profetas todo lo quieren destruir para comenzar algo nuevo a su imagen. Pero también podemos encontrarnos los que no se acercan con radicalidad y apertura de corazón a la palabra y solo nos ofrecerán o cosas bonitas, o cosas repetidas tantas veces como de memoria como una cantinela que ya no nos dicen nada. De todo nos podemos encontrar.

¡Qué difícil es muchas veces ser fieles de verdad a la Palabra de Dios! Algunas veces parece que le tenemos miedo, o que aquello que vamos a escuchar o tengamos que decir nos compromete y nos exige algo nuevo en nosotros que no estamos dispuestos a dar. Tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu del Señor, es quien nos lo revelará todo, es quien va a conducirnos de verdad por esos caminos nuevos del Reino de Dios; es quien inspira de verdad nuestra vida, pero tenemos que dejarnos conducir por El.

Recuerdo de nuevo íntegro el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Tenemos que meditarlo y rumiarlo bien en nuestro corazón, sin miedos, sin suavizantes, sin filtros, con valentía, con apertura del corazón. ‘Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis’.

Y nosotros, ¿qué fruto es el que estamos manifestando?

 

lunes, 13 de enero de 2025

Es la hora de Dios, se ha cumplido el tiempo, está cerca el Reino de Dios, necesitamos disponibilidad y generosidad para creer e iniciar nueva vida

 


Es la hora de Dios, se ha cumplido el tiempo, está cerca el Reino de Dios, necesitamos disponibilidad y generosidad para creer e iniciar nueva vida

Hebreos 1,1-6; Salmo 96; Marcos 1,14-20

Si nos quieren encomendar una tarea, un trabajo, una misión tendrán que decirnos en qué consiste, cuales son las exigencias y responsabilidades, qué es lo que pretendemos con ello o cuales son los beneficios para mi; a lo loco no aceptamos cualquier cosa, tenemos que tener certezas y de alguna manera seguridades para lo que vamos a emprender. Claro que muchas veces podemos caer en una modorra en la vida en la que nos da igual cualquier cosa, o entramos en una rutina en la que no sabemos ni lo que estamos haciendo, se puede convertir en una cadena en la que nos enganchamos sin saber a donde vamos, o vivir como ciegos sin saber ni siquiera lo que queremos.

¿Nos faltará seriedad para asumir nuestro rol en la vida? ¿Viviremos de manera infantil simplemente dejándonos llevar a lo que salga sin tomar decisiones maduras, o lo que es lo mismo, maduradas en una reflexión seria? ¿Nos puede suceder algo así en nuestras actividades religiosas que son para nosotros nada más que unas tradiciones sin darles una verdadera profundidad en la vida? ¿Nos hemos planteado bien en serio lo que es ser cristiano que sigue a Jesús porque es su discípulo? Son muchas preguntas pero que es necesario que vayamos desgranándolas en la vida para encontrar respuestas, para dar sentido a lo que hacemos o decimos que hacemos, o lo que pretendemos vivir.

Estamos en el principio del Evangelio de San Marcos, con el que siempre comenzamos su lectura de forma continuada en medio de semana en este tiempo Ordinario. Nos habla del comienzo de la predicación de Jesús por Galilea, su primer anuncio que es una conversión de nuestra vida para poder creer en el Reino de Dios. Es importante tener en cuenta todo lo que se nos quiere decir en pocas palabras. Un anuncio y una invitación. El anuncio nos habla de que se ha cumplido el tiempo, ha llegado la hora de Dios, está cerca el Reino de Dios. Pero ya ese primer anuncio tiene una exigencia, tenemos que creer en la llegada del Reino de Dios, pero creer no son solo palabras que decimos con los labios, creer tiene que ser una actitud y una postura del corazón, de la vida.

Si algo nuevo va a comenzar, el Reino de Dios, hemos de prepararnos para eso nuevo, porque no es lo nuevo que llega y seguimos como estábamos antes; si algo nuevo llega, algo tendrá que cambiar en nosotros para aceptar esa novedad; por eso se nos habla de conversión, es una vuelta en redondo que tenemos que darle a la vida para poder comenzar esa nuevo que vamos a vivir si en ello creemos. No podemos escuchar ese anuncio y esa invitación de cualquier manera.

Y a continuación veremos de forma palpable, muy explicita eso que hemos escuchado. Porque ahora el anuncio y la invitación llegan de forma concreta a unas personas, a unos pescadores que allí en la orilla del lago están trabajando con sus redes, sus barcas y sus artes de pesca. Jesús se dirige a unos pescadores, primero Simón y Andrés, luego a Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo, para invitarles a seguirle en ese camino del Reino de Dios que está anunciando; pero seguirle para que ellos lleguen a hacer lo mismo que ahora Jesús está haciendo; hasta ahora pescadores de peces en aquellos lagos, a partir de ahora pescadores del corazón de los hombres, de todos aquellos que ellos puedan llevar también hasta Jesús, hasta la vivencia de ese Reino de Dios.

Y hay disponibilidad y hay generosidad, hay escucha del anuncio que se les hace, pero está esa disposición para ponerse inmediatamente en camino. ¿Van a ciegas? No lo podemos pensar; el evangelio es muy escueto en su narración, pero entendemos que habiendo estado Jesús haciendo ese anuncio allí en medio del pueblo, ellos eran personas que ya habían ido sintonizando con el mensaje; pero eso no merma ni en lo más mínimo la generosidad de sus corazones.

Habían ya escuchado al profeta del desierto, puesto que en otro momento aparecen como discípulos del Bautista que había sembrado la semilla en sus corazones, que había ido abriendo caminos, no en vano era el que venía a preparar los caminos del Señor, y lo había señalado proféticamente allá en la orilla del Jordán. Pero ahora son ellos los que responden a Jesús, deciden por si  mismos dejar a un lado la barca y las redes, porque otras serán las redes que van a tener en sus manos.

Eran ahora los que ya se sentían totalmente cautivados por el nuevo profeta y están dispuestos a seguirle y a dejarlo todo por el Reino de Dios. Es cierto que será un camino costoso, donde podrán aparecer las ambiciones y los sueños, donde en ocasiones se sentirán confundidos sin terminar de entender lo que Jesús les propone, habrá momentos de flaqueza y debilidad porque así somos todos los seres humanos, pero había una capacidad grande de amor en sus corazones y a todo estaban dispuestos.

¿Será así también nuestra disposición para seguir a Jesús? ¿Tendremos esa apertura del corazón para dejar que se siembre esa semilla en nosotros y pueda un día dar fruto? ¿A qué estamos dispuestos por nuestra fe en Jesús? ¿Qué cambios aceptaremos o qué cambios necesitaremos en nosotros para llegar a creer de verdad en el Reino de Dios que se nos anuncia? ¿Tendremos claro el camino que emprendemos?

miércoles, 8 de enero de 2025

La abundancia renace en medio de la pobreza llenando los corazones de esperanza cuando hay amor y bendición de Dios

 


La abundancia renace en medio de la pobreza llenando los corazones de esperanza cuando hay amor y bendición de Dios

1Juan 4, 7-10; Salmo 71; Marcos 6, 34-44

¿Qué hacemos? Nos planteamos muchas veces cuando contemplamos una necesidad, una persona con problemas, alguien que nos sale al paso pidiéndonos una ayuda en cualquier esquina. Quizás nuestros buenos sentimientos nos lleva de forma espontánea a tratar de ayudar aunque sea con lo poco que llevamos en el bolsillo, pero quizás en otros momentos pensamos en por qué esas personas en lugar de pedir no se ponen a trabajar, y nos hacemos mil razonamientos de lo que podrían o tendrían que hacer. Es cierto que tenemos que incitar a que las personas por si mismas sepan salir de sus malas situaciones y no siempre hay que darle todas las cosas hechas, pero quizá también tendríamos que pensar en lo positivo que nosotros podemos hacer por esas personas para que vivan con dignidad en lo que por otra parte podría resultar al mismo tiempo humillante. Daría para muchas consideraciones lo que nos estamos planteando, no es tema baladí y sin trascendencia.

El evangelio, el mensaje que Jesús quiere trasmitirnos y que contemplamos en los relatos del texto sagrado siempre tiene que ser para nosotros luz. No es que nos dé soluciones técnicas, respuestas sociológicas que podríamos llamar así, pero la presencia y las palabras de Jesús son siempre palabras de vida para nosotros. Con ese sentido de la fe nos tenemos que saber acercar al texto sagrado y escuchar lo que para nosotros se convierte en Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios siempre es una palabra viva, una palabra de vida.

Es la situación que se nos presenta hoy en el texto sagrado. Una multitud que sigue a Jesús y le sigue hasta los descampados; llevan varios días con Jesús e incluso sus posibles provisiones se han ido agotando, ahora están hambrientos y cansados alrededor de Jesús. Claro que en este texto no solo hemos de ver la materialidad de esa multitud hambrienta sino en cuanto tiene de signo para nuestra vida.

Los apóstoles cercanos a Jesús se han dado cuenta de la situación y saben que allí hay pocas soluciones. ¿Dónde encontrar pan para toda esa multitud? Luego nos hablará de cantidades. Y el primer pensamiento que surge es decirles a la gente que se vayan a las aldeas vecinas o regresen a sus casas porque las provisiones se han agotado; con los entusiasmos de seguir a Jesús algunos ni se dan cuenta quizás de su situación, como en ocasiones nos puede suceder a nosotros que no caemos en la cuenta de muchos detalles de cosas ordinarias de la vida. Y es lo que le piden a Jesús que les diga a todas aquellas multitudes.

Pero ese no es el camino de Jesús. Su corazón compasivo y misericordioso que ya le ha movido a acoger a aquella gente, escucharla, atenderla, curarle de sus desesperanzas y de sus enfermedades, no está por aquello de despedir a la gente. ‘Dadle vosotros de comer’, les dice con lo que se van sorprendidos. ¿De donde vamos a sacar pan para dar de comer a tanta gente? Se siguen preguntando y planteando.

Había que buscar soluciones y por allí aparece quien tiene unos pocos panes y un poco de pescado. ‘Pero, ¿qué es eso para tantos?’ ¿Habría alguien más que ofreciera las pocas provisiones que aun le quedaban? No nos dice nada el evangelio. Solo nos dice que Jesús les pide que se sienten en el suelo. Las palabras de Jesús son de bendición a Dios por aquellos panes, por aquella generosidad del muchacho, podemos pensar también, por la maravillas que ahora todos van a contemplar. Porque los panes y los peces comienzan a repartirse y todos pueden comer. Sobrará al final una buena cantidad. La abundancia renació en medio de la pobreza cuando hay amor y bendición de Dios.

Cuando nos preguntamos o nos planteamos cosas, tal como comenzamos hoy nuestra reflexión, aquí encontramos un camino que hemos de saber transitar. Es el camino del amor y de la bendición. Del amor porque nunca nos podemos encerrar en nuestro egoísmo e insolidaridad, del amor porque son los caminos de Dios porque Dios es amor, del amor que nos hace entrar en una nueva sintonía, que nos abre horizontes, que abre también los cierra que no solo ponemos en nuestros bolsillos sino también muchas veces en nuestro corazón, que nos hace tener una mirada distinta para ver las cosas de otra manera, para ver los problemas no como caminos oscuros sino siempre con una luz que como meta encontramos al final del camino y nos está ya iluminando nuestro sendero.

Y es el camino de la bendición. Bendición a Dios que siempre estará presente en nuestros caminos aunque sean oscuros, bendición a Dios porque nos vemos regalados por su amor, bendición de Dios en que nosotros hemos de convertirnos para los demás. ¿Qué podemos hacer? Ya sabemos los caminos nuevos que se abren ante nosotros y con los que tanto bien podemos hacer por los demás.

martes, 10 de septiembre de 2024

Necesitamos encontrar momentos de interiorización, de apertura del corazón a Dios para asumir la misión que Jesús también nos está confiando

 


Necesitamos encontrar momentos de interiorización, de apertura del corazón a Dios para asumir la misión que Jesús también nos está confiando

1Corintios 6, 1-11; Salmo 149; Lucas 6, 12-19

Cuando en la vida tenemos que tomar decisiones que consideramos importantes además de pensarlo y de reflexionarlo mucho normalmente pedimos consejo a personas que por su prudencia y sus conocimientos nos pudieran dar una opinión que nos ayudara en nuestra toma de decisiones; si se trata de escoger colaboradores para una tarea con los que hemos de trabajar codo con codo también nos lo pensamos mucho antes de elegirlos, viendo su experiencia y la práctica que hayan adquirido en otras actividades de sus vidas, sus conocimientos y su preparación, buscando también el consejo de personas expertas. No nos la podemos jugar.

Ha llegado el momento en el camino del anuncio del Reino de Dios que Jesús va realizando de ir escogiendo a personas que están cercanas a Jesús y al Evangelio que El nos está trasmitiendo para tenerlos como colaboradores directos suyos en esta tarea; estamos hablando quizás muy a lo humano, tal como se podría pensar en cualquier tarea que en la vida tengamos que realizar.

Pero aquí se trata de algo mas, es el anuncio del Reino de Dios, es la continuidad de la obra de Jesús, es la comunidad nueva que tiene que surgir desde la fe de aquellos que le siguen. ¿Jesús se aconseja, lo consulta con alguien? En un aspecto humano nada nos dice el evangelista, que además suele ser muy medido y escueto en el relato del Evangelio. Pero sí nos dice una cosa importante. Jesús se pasó a solas la noche en oración.

¿Dónde mejor podía acudir Jesús, hablando muy llanamente, cuando se trata de las obras de Dios y de la tarea del anuncio del Evangelio? Si nos fijamos bien en el evangelio tratando de hacer una análisis bien profundo de los gestos de Jesús, le veremos que en varios momentos que van a ser muy determinantes nos habla del evangelista de que Jesús se ha retirado a algún lugar apartado para orar.

Podemos pensar en el inicio de la predicación, que será a partir de aquella cuarentena de ayuno y oración que Jesús llevado por el Espíritu pasó en el desierto. Lo veremos igualmente en el momento en que va a vivir su Pascua, cuando van a comenzar los momentos de su entrega, de su pasión y muerte, se retira a Getsemaní. Ya al comienzo casi de su predicación por lo pueblos y ciudades de Galilea, tras aquellos primeros momentos allí en Cafarnaún, cuando toda la gente ya comenzaba a buscarlo, se retiró a solas a orar y cuando lo encuentran les dice que hay que ir a otro lugares para que allí también se anuncio la Buena Noticia del Reino de Dios. Ante de la resurrección de Lázaro, eleva también sus ojos al cielo dando gracias al Padre que le escucha por aquel signo de vida que va a realizar.

Podríamos seguir fijándonos en más momentos, pero nos quedamos en lo que hoy nos dice el Evangelio; va a escoger a aquellos discípulos que va a tener más cercanos a El para prepararlos para enviarlos como apóstoles en el anuncio del Evangelio y antes de pasa la noche en oración. Y de allí saldrán los hombres de los elegidos a los que llama por su nombre para tenerlos con El porque han de realizar su misma obra, su misma misión.

Con ellos bajará a la llanura y allí se encontrará con la multitud que le espera. Venían a escucharle, venían para ver liberados de sus dolencias y de sus males. Todos querían estar cerca de Jesús por en su presencia se sentían distintos, se sentían transformados y lanzados a algo nuevo, escuchándole renacían sus esperanzas y sentían que algo nuevo podía comenzar. No les importará venir de lejos o pasarse días en camino aunque se les acabaran sus provisiones.

Nos habla el evangelista que está en Galilea, pero allí hay gente de Jerusalén y de toda Judea; pero allí hay gentes venidas de lo que eran ya las fronteras de Israel porque vienen de la costa de Tiro y Sidón, aunque sean ciudades de gentiles. Por allá lo veremos un día marchar también porque curará a la hija de la Cananea, o al leproso de la región de la Decápolis, y también será en esa periferia donde un día pedirá la confesión de fe sus discípulos y prometerá que Pedro será la piedra sobre la que se edificará su Iglesia.

Una señal de la misión que ahora están recibiendo aquellos escogidos que habrán de ir al mundo entero para anunciar el evangelio de Jesús. Una señal de lo que es nuestra misión que también con el mismo espíritu de fe hemos de recibir de manos de Jesús. ¿No necesitaremos nosotros también encontrar esos momentos de interiorización, de reflexión, de oración, de apertura del corazón a Dios para escuchar allá en lo más hondo de nosotros mismos la misión que Jesús nos está confiando?

 

 

viernes, 24 de mayo de 2024

Dureza del corazón que tenemos que romper, nueva ternura y delicadeza que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Seño

 


Dureza del corazón que tenemos que romper, nueva ternura y delicadeza que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Señor

Santiago 5,9-12; Salmo 102;  Marcos 10,1-12

Puede sucedernos que en ocasiones hasta nos pongamos tercos cuando no entendemos algo y preguntamos una y otra vez porque queremos tener las cosas claras y que nos lo expliquen bien; a veces nos sucede que parece que la mente se nos cierra y por muy fáciles o claras que sean las cosas para aquel que nos las explica, sin embargo nos cuesta entender como si se nos cerrara la mente; pero también hay ocasiones que somos tercos quizás por nuestra propia cerrazón en la que no queremos entender, porque vivimos quizás muy apegados a ideas o maneras de pensar del pasado y no queremos renovarnos, no queremos tener la mínima apertura para tratar de ver lo que se nos está presentando.

Es quizás nuestra malicia, es quizás la dureza de nuestro corazón pero por la desconfianza o por la maldad que llevamos dentro, donde no solo nos ponemos a la defensa de cualquier novedad que pueda llegar a nuestra vida, sino que además nos constituimos en oposición hasta sin motivo de lo nuevo que se nos quiere presentar.

¿Era lo que estaba sucediendo a los fariseos en el episodio que hoy nos presenta el evangelio? Se nos está hablando de los caminos que Jesús hacía por los distintos puntos de la geografía palestina, nos habla de su macha hacia Judea y Transjordania; es el momento en que se acercan unos fariseos con las habituales pegas que siempre oponían al mensaje del nuevo Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Le plantean una serie de cuestiones sobre el valor y el sentido del matrimonio donde pareciera que había contradicción entre lo proclamado ya desde el Génesis y lo permitido posteriormente por Moisés, que realmente había sido el gran legislador para el pueblo de Israel desde la ley del Sinaí. ¿Estaba permitido o no estaba permitido el divorcio cuando en el Génesis se había hablado de la unidad entre el hombre y la mujer en el matrimonio de manera que serían como una sola carne?

En estos momentos lo de menos sería la cuestión que planteaban los fariseos, porque además se veía sus aviesas intenciones porque lo que querían eran confundir o hacer entrar en contradicción al propio Jesús en el mensaje del Reino de Dios que estaba proclamando que realmente no se avenía muy bien con las ideas que ellos tenían de lo que realmente había de ser el Mesías en medio del pueblo de Israel. Aunque Jesús no deja de responder a los planteamientos que le hacen, sin embargo les quiere hacer caer en la cuenta de la dureza de corazón que había en sus vidas para no dejarse conducir por el Espíritu del Señor.

Es lo que quizás tendríamos que revisar en nuestra vida en estos momentos, la dureza de nuestro corazón. Sí, es como si hubiéramos creado una dura corteza en derredor nuestro para encerrarnos en nosotros mismos, para encerrarnos en nuestras rutinas y tradiciones muchas veces vacías de sentido y de contenido para no abrirnos al Espíritu del Señor que quiere transformar nuestros corazones.

Como hemos reflexionado muchas veces pareciera que hubiéramos vaciado de contenido el evangelio que yo no sigue siendo para nosotros esa buena noticia de salvación que tenemos que estar abiertos a recibir. No sentimos ni experimentamos en nuestra vida lo que es y tiene que ser siempre la novedad del evangelio. Cuántas veces cuando lo escuchamos nos decimos que ya nos lo sabemos; si es algo ya sabido no será entonces novedad para nosotros, no es noticia nueva, se convierte en algo tradicional que seguimos repitiendo de la misma manera siempre y que terminará siendo para nosotros una rutina más de cosas que hacemos pero a las que hemos despojado su verdadero sentido.

Necesitamos apertura de corazón; necesitamos aprender a dejarnos conducir no por cualquier cosa que nos parezca novedosa que nos pueda aparecer por aquí o por allá, sino por la novedad del Evangelio que nos dará el Espíritu del Señor. Escuchamos con facilidad cualquier cosa que nos digan porque apareció en la televisión, o porque son ideas que nos parecen novedosas porque la hacen no sé en qué sitio o lugar del mundo, pero no nos abrimos a lo que nos dice en cada momento el evangelio dejándonos conducir por el Espíritu del Señor.

Es la dureza de nuestro corazón que tenemos que romper, es esa nueva ternura y delicadeza que tenemos que poner para sentirnos impulsados por el Espíritu del Señor.

jueves, 29 de febrero de 2024

El cristiano va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado al pasar junto a los demás y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir

 


El cristiano va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado al pasar junto a los demás y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

No sabía nada, nos disculpamos tantas veces; no me había enterado, nadie me dijo nada, seguimos auto justificándonos, porque aquello que sucedió, la muerte de aquella persona, de aquel vecino quizás a la puerta de nuestra casa, nos sorprendió porque no lo esperábamos. 

Pero quizás tenemos que interrogarnos a nosotros mismos, ¿es que tú te habías interesado alguna vez por esa persona? ¿Fuiste capaz de notar su ausencia y preocuparte por lo que podía pasarle? Vivimos tan absortos en nuestras cosas que muchas veces no nos enteramos de lo que sucede a la puerta de nuestra casa. Es una lástima que vayamos con tanta insensibilidad por la vida. Quizás luego hasta nos quejamos porque nadie me atiende, me visita, o se interesa por mí.

Quizás cuando escuchamos la parábola que nos ofrece hoy el evangelio pronto nos hacemos nuestros juicios sobre la actitud de aquel hombre, al que luego encima llamamos el rico epulón. Nos parece incomprensible que estuviese banqueteando y haciendo fiesta en su casa mientras a su puerta estaba el pobre Lázaro, al que solo los perros le lamían las llagas, porque nadie hacia nada por él pasando necesidad y poder alcanzar alguna migaja que cayese de la mesa de aquel rico a cuya puerta estaba.

Luego en el desarrollo de la parábola veremos al pobre en el seno de Abrahán mientras el rico estaba sumergido, por decirlo de alguna manera, en el abismo del infierno, deseando que alguien viniera a calmar lo amargo de sus labios. Un abismo inmenso los separaba ahora en la eternidad, como consecuencia de aquel abismo que había creado aquel hombre en vida entre él y los que estaban a su alrededor. Suspiraba porque a sus hermanos no les sucediera lo mismo y allí estaba pidiendo que fuera enviado Lázaro como mensajero a sus hermanos para que no cayeran en su mismo error y en sus mismos abismos. ‘Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen’, se le dice desde lo alto, pero él insiste en que si un muerto se les aparece ellos creerán. ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto’, se les señala.

¿Qué se nos está queriendo decir con esta parábola? Amplio y diverso es el mensaje. ¿Cómo rompemos esa espiral de insensibilidad en que nos metemos en la vida? Algunas veces decimos, yo no hago mal a nadie, yo no molesto, no me meto con nadie, y con eso queremos justificarnos. Aquel rico no hacía mal a nadie, él vivía su vida de puertas para adentro, lo que sucedía es que no era capaz de prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. 

No podemos decir que somos buenos solamente porque no hacemos mal, porque no molestamos, no hablamos mal ni criticamos ni levantamos calumnias, tampoco tenemos resentimientos en el corazón contra nadie porque a nadie queremos mal, sino que dejamos que cada uno viva su vida y no nos metemos con los demás.

Pero bien creo que podemos comprender que cuando queremos entrar en la órbita del amor que nos enseña Jesús no es eso solo lo que tenemos que hacer; eso sería un amor pasivo e inactivo, podríamos decir, pero el amor verdadero tiene que ponernos en camino, el amor verdadero nos tiene que llevar al encuentro con los demás, el amor verdadero tiene que llevar a hacer el bien aunque no nos pidan nada, pero el amor verdadero tiene sensibilidad en el corazón y ve donde tiene que poner la mano para sanar, para levantar, para servir de apoyo en el camino, para consolar, para compartir.

El amor verdadero no nos puede dejar con los brazos cruzados y es demasiado que nos cruzamos los brazos en la vida, porque no nos queremos meter en líos, porque no queremos complicarnos nuestra vida, porque nos aislamos y vivimos encerrados en nuestro círculo. Por eso Jesús nos dirá que tenemos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos.

El cristiano verdadero es el que va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado cuando pasa al lado de los demás, y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir.