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domingo, 28 de septiembre de 2025

Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

 


Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

Amós 6, 1a. 4-7; Salmo 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

¿Quiénes son los que tienen nombre en la sociedad donde vivimos? Los pobres y los que nada tienen  no ocupan páginas en los medios de comunicación, no son noticia. Recuerdo aquellos tiempos en que el ‘don’ como tratamiento de respeto a la persona solo se ponía delante del nombre de los personajes importantes por su influencia, su poder económico o su riqueza, su rango en una sociedad muy jerarquizada en razón de sus títulos, o su presencia como hombre fuerte e influyente de la sociedad por sus dominios o posesiones; a un pobre nunca se le llamaba por ejemplo ‘don José’, era simplemente el que vivía en tal sitio, o José o Pepe en el trato con sus iguales.

Pero es curioso que en este texto que nos ofrece hoy el evangelio, en esta parábola de Jesús no sea el rico el que tiene nombre sino el pobre, el pobre Lázaro, un mendigo a la puerta del rico pero que era ignorado por el personaje poderoso. ¿Será un signo del contraste que nos quiere proponer Jesús con la transformación que por el Reino de Dios se ha de realizar en nuestro mundo?

La parábola nos quiere enseñar muchas cosas, quiere reflejar muchas actitudes o posturas en las que nosotros podemos caer en la vida. Es fuerte el contraste entre la vida de aquel rico opulento que se lo pasaba banqueteando cada día, pero que era insensible a lo que pasaba a su puerta con aquel mendigo al que parece que únicamente la presta atención un perrito que le lame sus heridas. No es la condena de la riqueza en sí misma lo que pretende decirnos el evangelio sino las actitudes que tenemos en la vida y en consecuencia el uso que hacemos de aquellos medios que tenemos en nuestras manos.

Aquellos bienes que conseguimos a través de nuestro trabajo honrado no son en sí mismo malos, pues ya Dios puso toda la creación en la manos del hombre para que la trabajase y desarrollase. Pero es el camino que hacemos que lo convertimos en un camino de insensibilidad, como aquel hombre que no se daba por enterado de lo que sucedía a su puerta. Cuántas veces nosotros también cerramos los ojos para no ver o volvemos la mirada para otro lado para no sentirnos heridos en la sensibilidad que nos quede en el corazón; cuantas veces ensimismados en nosotros mismos no nos enteramos de lo que sucede a nuestro lado, no queremos ahondar en esos rostros que se cruzan con nosotros en la vida sino que seguimos caminando con nuestros prejuicios y prevenciones y no somos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de esos rostros.

Apagamos la televisión o cambiamos de canal para no ver los desastres que asolan nuestro mundo con tantas violencias y tantas guerras; criticamos y juzgamos a quienes llegan a las puertas de nuestra sociedad calificándonos tantas veces de tan mala manera pero no vemos lo que hay detrás, las familias llenas de dolor y de miseria que quizás quedaron en su tierra para que estos como emigrantes lleguen hasta nosotros buscando una vida mejor, ¿habremos pensado en la tragedia que han vivido cuando han dejado su tierra arriesgándose a cruzar un mar, por ejemplo hablo de los que llegan a las costas de nuestras islas, que no saben si terminarán su travesía con vida mientras allá han quedado unas familias llenas de angustia?

La parábola que escuchamos hoy sigue haciéndonos pensar en muchas cosas. Pensemos en el vacío en que ha caído aquel rico, en esa imagen en que lo contemplamos en el abismo, en el que clama por un dedo mojado en agua que refresque su garganta, o porque vayan a anunciar a sus hermanos lo que a ellos les puede suceder siguiendo el mismo camino. Parece un abismo infranqueable, una situación de la que no se puede salir, unas soluciones que parece que no se encuentran tan fácilmente. Pero el evangelio siempre tiene un faro de esperanza para el hombre, el evangelio siempre es buena nueva, buena noticia de esperanza y salvación.

No es el camino la aparición de los muertos para tratar de convertirnos, como algunas veces nosotros pedimos también, sino que tiene que ser una apertura de la vida, una apertura de los oídos del corazón para escuchar la Palabra de Dios. Como se nos dice en la parábola, tienen a Moisés y los profetas que nosotros tenemos que saber interpretar bien.

Escuchemos el evangelio, dejémonos sorprender por esa buena noticia que nos anuncia esperanza y salvación, dejémonos transformar para que en verdad cambiemos nuestras actitudes y no vivamos ya solo pensando en nosotros mismos que es la tentación fácil que nos aparece, no vivamos encerrados en nuestra insensibilidad y nuestra insolidaridad sino que seamos capaces de darnos cuenta que cuanto tenemos no es solo en beneficio propio sino que tenemos que pensar en el bien de ese mundo y en el bien de cuantos caminan a nuestro lado.

No es un evangelio para sentirnos abrumados porque quizás hayamos tenido momentos en que no hayamos sabido hacer uso de la vida y cuanto somos y tenemos para caer el vacío de un sin sentido, sino para abrir puertas, para abrir nuestros oídos, para abrir nuestra vida a nuevas actitudes, a un verdadero encuentro sin prejuicios a cuantos caminan con nosotros en la vida.


jueves, 29 de febrero de 2024

El cristiano va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado al pasar junto a los demás y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir

 


El cristiano va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado al pasar junto a los demás y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

No sabía nada, nos disculpamos tantas veces; no me había enterado, nadie me dijo nada, seguimos auto justificándonos, porque aquello que sucedió, la muerte de aquella persona, de aquel vecino quizás a la puerta de nuestra casa, nos sorprendió porque no lo esperábamos. 

Pero quizás tenemos que interrogarnos a nosotros mismos, ¿es que tú te habías interesado alguna vez por esa persona? ¿Fuiste capaz de notar su ausencia y preocuparte por lo que podía pasarle? Vivimos tan absortos en nuestras cosas que muchas veces no nos enteramos de lo que sucede a la puerta de nuestra casa. Es una lástima que vayamos con tanta insensibilidad por la vida. Quizás luego hasta nos quejamos porque nadie me atiende, me visita, o se interesa por mí.

Quizás cuando escuchamos la parábola que nos ofrece hoy el evangelio pronto nos hacemos nuestros juicios sobre la actitud de aquel hombre, al que luego encima llamamos el rico epulón. Nos parece incomprensible que estuviese banqueteando y haciendo fiesta en su casa mientras a su puerta estaba el pobre Lázaro, al que solo los perros le lamían las llagas, porque nadie hacia nada por él pasando necesidad y poder alcanzar alguna migaja que cayese de la mesa de aquel rico a cuya puerta estaba.

Luego en el desarrollo de la parábola veremos al pobre en el seno de Abrahán mientras el rico estaba sumergido, por decirlo de alguna manera, en el abismo del infierno, deseando que alguien viniera a calmar lo amargo de sus labios. Un abismo inmenso los separaba ahora en la eternidad, como consecuencia de aquel abismo que había creado aquel hombre en vida entre él y los que estaban a su alrededor. Suspiraba porque a sus hermanos no les sucediera lo mismo y allí estaba pidiendo que fuera enviado Lázaro como mensajero a sus hermanos para que no cayeran en su mismo error y en sus mismos abismos. ‘Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen’, se le dice desde lo alto, pero él insiste en que si un muerto se les aparece ellos creerán. ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto’, se les señala.

¿Qué se nos está queriendo decir con esta parábola? Amplio y diverso es el mensaje. ¿Cómo rompemos esa espiral de insensibilidad en que nos metemos en la vida? Algunas veces decimos, yo no hago mal a nadie, yo no molesto, no me meto con nadie, y con eso queremos justificarnos. Aquel rico no hacía mal a nadie, él vivía su vida de puertas para adentro, lo que sucedía es que no era capaz de prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. 

No podemos decir que somos buenos solamente porque no hacemos mal, porque no molestamos, no hablamos mal ni criticamos ni levantamos calumnias, tampoco tenemos resentimientos en el corazón contra nadie porque a nadie queremos mal, sino que dejamos que cada uno viva su vida y no nos metemos con los demás.

Pero bien creo que podemos comprender que cuando queremos entrar en la órbita del amor que nos enseña Jesús no es eso solo lo que tenemos que hacer; eso sería un amor pasivo e inactivo, podríamos decir, pero el amor verdadero tiene que ponernos en camino, el amor verdadero nos tiene que llevar al encuentro con los demás, el amor verdadero tiene que llevar a hacer el bien aunque no nos pidan nada, pero el amor verdadero tiene sensibilidad en el corazón y ve donde tiene que poner la mano para sanar, para levantar, para servir de apoyo en el camino, para consolar, para compartir.

El amor verdadero no nos puede dejar con los brazos cruzados y es demasiado que nos cruzamos los brazos en la vida, porque no nos queremos meter en líos, porque no queremos complicarnos nuestra vida, porque nos aislamos y vivimos encerrados en nuestro círculo. Por eso Jesús nos dirá que tenemos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos.

El cristiano verdadero es el que va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado cuando pasa al lado de los demás, y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir.

jueves, 17 de marzo de 2022

No perdamos la sensibilidad para descubrir al Lázaro que está a nuestra puerta y en quien nunca nos hemos fijado en la expresión de su rostro

 


No perdamos la sensibilidad para descubrir al Lázaro que está a nuestra puerta y en quien nunca nos hemos fijado en la expresión de su rostro

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

‘Más jugo da un esparto’. Me ha venido a la memoria esa frase que escuché de niño que tenía una como aplicación especial al sentido y al estilo de vivir de algunas personas. El esparto es una fibra obtenida de ciertas plantas, y que se caracteriza por su aspecto muy áspero. Y cuando esa frase hacía referencia a una persona estaba señalándonos a alguien muy desagradable por la insensibilidad con que vivía su vida y su relación con los demás, de quien no esperábamos una palabra amable, un gesto amistoso, o un detalle de ternura, pues era incapaz de ello. La relación con esas personas resulta costosa y nada amigable. Y aunque hoy en la vida vamos aprendiendo a limar asperezas sin embargo seguimos encontrándonos personas sin sensibilidad y que nunca mostrarán una señal de cercanía ni de empatía ni de simpatía con los que están a su lado. Van por la vida produciendo chispas en cualquier encuentro o enfrentamiento que tengan con los demás.

He traído aquí está referencia por el cuadro que nos presenta hoy Jesús en la parábola del evangelio. Aquel hombre que sólo vivía para sí, con tanta insensibilidad que no era capaz de darse cuenta del Lázaro que tenía a la puerta de su mansión. Solo pensaba en sí mismo, en sus placeres y lo que él para sí mismo llamaba felicidad, pero sin la más mínima sensibilidad en su corazón.

La parábola se prolonga con más mensajes tras la muerte de ambos y lo que les trascendía en el más allá. Quien en vida no supo nunca lo que era la compasión con los demás, por vivir solo encerrado en si mismo, suplica ahora compasión y que incluso aquel con quien no había tenido misericordia en su vida se convierta ahora en mediación que viniera compasivamente a calmar sus tormentos. Aunque tarde, ahora pensará en sus hermanos que quedan en la tierra a los que quiere mandar aviso a través de Lázaro para que no lleguen a ganarse aquel lugar de tormento.

Pero creo que la parábola en un primer momento nos tiene que hacer pensar en ese Lázaro que puede estar cerca de nuestra vida pero al que nunca le hemos prestado atención. Tiene que ser esa piedra de toque, esa llamada de atención para nuestra vida. No somos aquel rico epulón pero algunas veces en la vida podemos ir con actitudes o posturas semejantes. Nos hemos creado nuestro rincón allí donde hacemos la vida y vivimos, por así decirlo, muy felices; no tendremos quizás grandes cosas, pero sí hemos ido encadenando nuestra vida a tantas rutinas de las que no sabemos desprendernos, de las que no levantamos los ojos para tener otra mirada, para ser capaz de ver otras cosas, otras personas en tantas ocasiones que tenemos cerca y no llegamos a saber los sufrimientos que puedan tener en su corazón.

Levantemos la mirada, salgamos de ese círculo en que hemos convertido nuestra vida, seamos capaces de mirar más allá de la punta de nuestra nariz, como se suele decir, para descubrir de verdad a los que nos van saliendo al paso en el camino de la vida; quizás aparentemente todo lo vemos en la normalidad, porque en nuestras prisas y nuestras carreras no nos hemos detenido a mirar y a preguntarnos por esas arrugas de su rostro, por ese vacío de sus miradas que nos quieren hablar pero no sabemos interpretar;  nos contentamos con decir que cada persona es un mundo y cada uno encierra su misterio, pero ese mundo y ese misterio podemos descubrirlo en una mirada, podemos descubrirlo en la tristeza de su semblante, o en ese rostro hierático que quizás está intentando ocultar los dolores que se llevan en el alma. Pero nosotros pasamos despreocupados a su lado y no somos capaces de tener una mirada de comprensión.

Ya decía, muchas más cosas puede enseñarnos la parábola, pero hoy te invito a que descubras ese Lázaro que puede estar a tu puerta. No seamos como aquellos de los que se dice que más jugo da un esparto.

jueves, 4 de marzo de 2021

La Buena Noticia de la Palabra, verdadero vademécum en el camino de la vida, báculo de nuestra esperanza,


 

La Buena Noticia de la Palabra, verdadero vademécum en el camino de la vida, báculo de nuestra esperanza, viático que nos acompaña y nos alimenta, luz y fuerza para nuestro vivir

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

Nadie ha venido de allá que nos cuente cómo son las cosas por allá arriba, o qué es lo que hay después que nos muramos. No creemos, no queremos querer, queremos que venga alguien que nos cuente, no nos creemos que pueda venir alguien, en el fondo estamos deseosos de apariciones y cosas fantasmagóricas y extraordinarias… pero ¿creemos o no creemos? Recuerdo desde siempre, desde chico escuchar argumentos así, que al final ni son argumentos ni son nada cuando la gente decía que no había otra vida nada en lo que creer del más allá o los que simplemente decían que en algo había que creer aunque ellos quizás no entendieran nada.

Bueno argumentos así seguimos encontrando; superficialidades para tratar estos asuntos son demasiadas las que vemos, pero dudas en nuestro interior siguen existiendo y sobre todo nos sentimos convulsos cuando vemos la incongruencia de tantos que dice creer pero luego en sus vida no tienen nada de trascendencia, o nos sentimos con tantos interrogantes en nuestro interior que no sabemos cómo contestar.

Claro que lo de la fe no es simplemente que nos hayan razonado muchas cosas y nos hayan dado respuesta a todos nuestros interrogantes interiores; porque en eso de la fe tenemos que confiar, porque de lo contrario no sería fe, y es confiar en la palabra de alguien, es confiar en testimonios que contemplamos que nos revolucionan por dentro, es querer caminar en la búsqueda de esa luz que tanto necesitamos. Si no hay confianza verdadera en una Palabra, una Palabra que es Palabra de vida, podríamos decir que aún no hemos llegado a la fe.

A mí me están surgiendo todos estos planteamientos y muchos más desde este evangelio que hoy se nos proclama y que seguramente hemos escuchado y meditado muchas veces. Porque ya esa primera imagen que se nos ofrece del rico, al que llamamos rico epulón por sus actitudes pero que no tiene nombre, y el pobre, que sí tiene un nombre, Lázaro, y es el que lo pasa mal, es una imagen que nos provoca y nos hace preguntarnos qué resto de humanidad queda cuando hay gentes así. Humanidad, decimos, ¿y qué es de tamaña injusticia?

No es necesario que entremos en todos los detalles, aunque nos darían para analizar muchas cosas. Nos habla de la muerte de ambos y de su situación más allá de la muerte, mientras Lázaro está en el seno de Abrahán, el rico epulón está sepultado en lo hondo de los abismos. Un cambio de tornas, el que sufría ahora disfruta de la paz del seno de Abrahán, mientras que el que lo pasó bien y de qué manera ahora se ve condenado al abismo de los infiernos.

Y comienzan los diálogos y las súplicas, comienza la desesperanza pero también los buenos deseos que se conviertan en buenos propósitos para los que quedan en este mundo. Ni encuentra una gota de agua que suavice la sequedad de su lengua y de su garganta en el lugar del suplicio y de la muerte, ni va a encontrar quien vaya a avisar a sus hermanos para que cambien su vida y no vengan a este lugar de tormento. ‘¡Manda a Lázaro a casa de mis hermanos…!’


‘Ni aunque resucite un muerto, van a creer… tienen a Moisés y los profetas’,
es la respuesta de Abrahán a su petición. La Ley y los Profetas que era la imagen con que se expresaba en el Antiguo Testamento la Palabra de Dios, que tendrá su culminación en Jesús, verdadera Palabra de vida y de salvación, verdadera Palabra de Dios que plantó su tienda entre nosotros.

¿No nos ha venido nadie que nos hable de la vida eterna? ¿Y para qué queremos la Palabra de Jesús, para qué queremos a Jesús mismo verdadera Palabra de Dios que puso su tienda entre nosotros? Es la Buena Noticia que tenemos que escuchar, que tenemos que acoger en nuestro corazón, que abre nuestra vida a la trascendencia y nos viene a dar el verdadero sentido de toda nuestra existencia. Es el verdadero vademécum que acompaña nuestra vida, es el báculo de nuestra esperanza en nuestro peregrinar, es el viático que nos acompaña y nos alimenta, luz y fuerza para nuestro caminar.

 

jueves, 12 de marzo de 2020

Distraídos e insolidarios caminamos cuando no hemos dejado sembrar la semilla de la Palabra en el corazón



Distraídos e insolidarios caminamos cuando no hemos dejado sembrar la semilla de la Palabra en el corazón

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31
Todos hemos visto la imagen, o hasta nos los hemos encontrado por la calle, de aquellos que van distraídos por la vida sin saber ni por donde pisan porque quizás van entretenidos en sus cosas o como ahora esta de moda pendiente de su móvil o de su tablet. No ven por donde caminan, dispuestos a tropezar en cualquier momento, sin atención a lo que sucede a su alrededor donde pueden estar pasando muchas cosas pero nunca se enteran de nada.
Pero más allá de la anécdota del que tropieza con todo por ir solo pendiente de su celular, esto es una imagen de la postura con que muchos van por la vida. A nada atienden que no sean sus intereses, o más aún, de lo único que están pendientes es de pasarlo bien sea como sea sin ser conscientes de verdad de lo que sucede en el mundo de su entorno, porque no hay que ir muy lejos, sino al menos darnos cuenta de lo que nos rodea. Se quieren disculpar, nos queremos disculpar, en que no sabíamos nada, que nadie nos contó, que estamos muy ocupados pero es el desinterés que tenemos por la sociedad en la que vivimos y la insolidaridad que alimenta nuestras vidas encerradas en nosotros mismos.
Es la imagen que nos presenta hoy el evangelio con esta parábola de Jesús. El hombre rico que solo piensa en pasarlo bien pero  no se da cuenta del pobre que tiene en la misma puerta de su casa y que no tiene ni para comer. Un cuadro que podemos trasponer a tantas circunstancias de nuestro entorno o de nuestra propia vida cuando nos encerramos en nuestra insolidaridad.
Como continua la parábola será después de su propia muerte cuando se de cuenta aquel hombre de cómo había vivido, buscando consuelo en donde ya no puede encontrarlo porque él nunca supo dar ese consuelo a los que estaban en su entorno, queriendo incluso ahora que a su familia no le sucede lo que a él. Son las peticiones que ahora hace, pero la respuesta de Abraham es que aquellos que aun caminan por la tierra sean capaces de escuchar a los profetas, porque ni aunque un muerto se les apareciera van a cambiar ni un ápice de sus vidas.
¿Será la ceguera con que nosotros también podemos estar caminando por la vida? Ahí están palpables las necesidades y los problemas de los que están a nuestro lado, pero ya decíamos que no queríamos verlos; es más, en muchas ocasiones lo que hacemos es tratar de culpabilizarlos, pero ¿los habremos escuchado? Por nuestra cabeza quizás han pasado teóricamente muchas soluciones para esas situaciones, pero ¿hemos sido capaces de ir a ofrecerles esa solución y poner el principio de nuestra ayuda para que esas personas caminen de forma distinta?
Pero tendríamos que ser nosotros los primeros que abriéramos nuestra mente, nuestro corazón. A nuestro alcance tenemos también la Palabra que nos ilumina, pero tenemos que dejar que entre la luz para que nos pueda iluminar en nuestro interior. Y abrir la puerta a esa luz es abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios.
La semilla es necesario enterrarla en la tierra para que fructifique debidamente, eche buenas raíces y pueda surgir esa planta nueva llamada a dar bellas flores y hermosas frutas. Dejemos que esa semilla se plante en nuestro corazón; preparemos nuestro corazón para que sea tierra buena, que ya sabemos cuantos pedruscos podemos tener dentro de nosotros o raíces de malas hierbas que tendríamos que arrancar.
No es solamente un oír como quien va de paso y llegan distintos sonidos a sus oídos, sino escuchar que es prestar atención, atender y entender lo que el Señor quiere decirnos con su Palabra. Cuando así lo hacemos pronto van a aparecer esos buenos frutos en nuestra vida. Que se acabe las distracciones interesadas y comience a florecer la solidaridad.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Abismos y vacíos que nos creamos distanciándonos de los demás


Abismos y vacíos que nos creamos distanciándonos de los demás que tenemos que transformar llenando de humanidad el corazón para ver y actuar con una mirada distinta

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31
Consecuencia de la poca profundidad que le damos a la vida y a las cosas y entonces vivimos en un mundo de incongruencias. Hoy todo facilita la comunicación, el encuentro, el contacto con los demás y así buscamos amistades y relaciones a través de las redes sociales con personas que están a miles de kilómetros de nosotros. Pero la incongruencia está en que luego no conocemos el nombre del vecino de al lado y cada uno viviendo en su mundo se crean abismos difíciles de transitar entre los que más cerca estamos. Luego caemos en la indiferencia hacia esos seres cercanos y nada sabemos de ellos y pueden estar envueltos en miles de problemas pero como no nos comunicamos nada sabemos o nada queremos saber.
Buscamos mil fórmulas y culpabilizamos a quien sea para que se resuelvan los grandes problemas del mundo, que si la contaminación, que si el cambio climático, que si los grandes problemas de la inmigración en que tantos se ven abocados a salir de sus países buscando una vida mejor, pero nada sabemos – o no queremos saber – de los problemas del vecino de al lado. No digo que no tengamos sensibilidad para esos grandes problemas de la humanidad que tienen que preocuparnos y por los que tenemos que hacer algo, pero descendamos al que está a ras de la misma calle que nosotros.
Y podríamos hablar de los abismos que se ahondan cada vez más entre países ricos y países pobres, podemos hablar de la mala distribución de la riqueza de la tierra que crea discriminaciones y mundo a los que ya no sabemos que número dar por la pobreza cada vez mayor. Pero ¿seremos conscientes del pobre que está a nuestro lado? Ese pobre que tiene una cara y tiene un hombre, pero que pasamos a su lado sin mirarle a la cara ni nunca nos hemos interesado por su nombre.
Hoy Jesús comienza a hablarnos del rico que banqueteaba espléndidamente cada día, pero que tenia a la puerta de su casa un pobre llamado Lázaro, echado en su portal y con el cuerpo lleno de llagas y con ganas de alcanzar al menos la migajas que caían de la mesa del rico, pero que nadie le daba nada. Estaba a la puerta, en su mismo portal, pero qué abismo más grande había entre ellos. Y es curioso que Jesús incluso le ponga nombre a aquel pobre. Algo nos querrá decir.
La parábola habla de la muerte de uno y otro y mientras el pobre fue acogido en el seno de Abraham el rico fue sumergido en el abismo en medio de tormentos que nos hablan de la culminación de la vida desenfrenada de lujos y banquetes que habían llenado su vida, pero que ahora le hacían estar en un vació profundo. Un abismo ahora seguía separándolos de manera que no podía recibir ni el consuelo de un dedo humedecido que refrescara sus resecos labios. Sentía ahora el tormento del vació que había significado su vida a pesar de tenerlo todo.
Pero le había faltado algo, su vida estaba vacía aunque quisiera llenarla de los sucedáneos de los places y de una falsa alegría y felicidad, le había faltado humanidad para abrir los ojos y ver a los hombres sus hermanos que estaban a su lado con sus miserias y problemas. ¿Nos harán pensar todos estos abismos y vacíos en los que nosotros también podemos caer?
Con un vació grande caminamos muchas veces en la vida, que aunque quizá podamos tener muchas cosas sin embargo no serán capaces de llenar nuestro corazón de lo importante. Mencionábamos antes la humanidad que nos falta en la vida que nos haría tener una mirada a los que están cerca de nosotros y antes no veíamos y para comenzar a compartir ternura y amor.
La parábola entra en un diálogo entre el rico del abismo con Abraham pidiendo que al menos Lázaro pueda ir a avisar a sus hermanos para que cambien el sentido de sus vidas y no terminen en un tormento como el que él esta padeciendo. Ni que un muerto resucite les va a valer, ‘que escuchen a Moisés y a los profetas’, le responde Abraham. Una invitación a que nosotros escuchemos, sí, el evangelio de Jesús, la Palabra de Dios que tan cercana tenemos de nosotros pero que muchas veces prescindimos de ella en la vida.
Será la Palabra que nos ilumine, la Palabra que nos abra los ojos del corazón para ver con una mirada nueva. Será esa Palabra que ahora mismo nosotros estamos escuchando al hacernos estas consideraciones después de escuchar el evangelio, pero que tan fácilmente pronto olvidamos. Hablábamos al principio de esta reflexión de la poca profundidad que le damos a la vida, del vació interior que muchas veces sentimos y queremos llenar de tantos sucedáneos. Vayamos a empaparnos de esa sabiduría de Dios que en su Palabra encontramos y que le dé ese sentido y profundidad que tanto necesitamos.

jueves, 1 de marzo de 2018

Levantemos nuestro corazón a lo alto, busquemos de verdad una trascendencia para nuestra vida y escuchemos en nuestro interior la voz de Dios


Levantemos nuestro corazón a lo alto, busquemos de verdad una trascendencia para nuestra vida y escuchemos en nuestro interior la voz de Dios

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31

Con qué frecuencia nos sucede que nos damos cuenta de las cosas tarde. Vivimos afanados en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y no estamos atentos muchas veces a lo que pasa a nuestro alrededor. Casi no nos damos cuenta de los problemas que tienen los demás y reaccionamos tarde.
Vivimos tan en el presente de nuestros intereses que no le damos un futuro trascendente a lo que hacemos. Se nos pasa la vida enfrascados en las cosas materiales y lo espiritual lo vamos dejando a un lado restándole importancia y cuando vamos a reaccionar ya quizá pueda ser tarde. Lo material, los placeres momentáneos, las vanidades de la vida – y aquí cabrían muchas cosas que muchas veces nos esclavizan - nos envuelven y al final terminamos sin darle la profundidad a la vida que se merece, vivimos en demasiada superficialidad.
Creo que en todo esto nos quiere hacer pensar Jesús con la parábola que hoy se nos propone en el evangelio. Aquel hombre rico vivía tan enfrascado en sus riquezas, en su ostentación, en sus deseos de placer y de pasarlo bien que no era capaz de quien estaba tirado a la puerta viviendo en la más absoluta miseria. Muchas veces quizá lo sentía con un estorbo – porque quizá podría alterarle en su conciencia – cuando tenía que pasar por él y volvería su mirada hacia otro lado para no enterarse, como tantas veces nos pasa quizá a nosotros en la vida.
La parábola con la riqueza imaginativa de las imágenes nos habla del después, del después de la muerte y de la situación en que ambos luego se encontraban. Ahora se lamentaba aquel pobre hombre, porque al rico es al que tendríamos que llamarle así un pobre hombre, desde el abismo en que se encontraba de lo que no había hecho en su vida. Quería consuelo y no podía encontrarlo, quería alivio para su tormento pero para él no había alivio. Era el abismo de la muerte y del quedarse en la nada.
Ahora pensaba lo que podía haber sido su vida si antes lo hubiera hecho de otra manera, como nos pasa a nosotros tantas veces después de nuestros errores. Recuerda a los suyos y no quiere que a los suyos les pase igual. Quiere que Lázaro vaya a recordarles como deben comportarse. Como cuando tantas veces queremos apariciones sobrenaturales que nos digan lo que tenemos que hacer.
Y olvidamos que con nosotros tenemos siempre a nuestra mano la Palabra de Dios, y que el Espíritu del Señor va guiando nuestra vida e inspirándonos allá en nuestro corazón lo que tenemos que hacer. Pero hemos de saber estar atentos a esas mociones del Espíritu, levantar nuestro corazón a lo alto, buscar de verdad una trascendencia para nuestra vida, escuchar en nuestro interior la voz de Dios.
Cuidado, no nos hagamos sordos. Aprendamos a darle verdadero valor a lo que hacemos. Démosle trascendencia a nuestra vida, elevemos nuestro espíritu mirando a lo alto para sentir la inspiración del Espíritu, busquemos el alimento de la Palabra de Dios cada día, y de los sacramentos que nos llenan de la gracia del Señor.



jueves, 5 de marzo de 2015

Abismos y barreras que nos hemos creado y nos insensibilizan y nos ciegan que hemos de romper y saltar

Abismos y barreras que nos hemos creado y nos insensibilizan y nos ciegan que hemos de romper y saltar

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31
‘Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo…’ le decía Abrahán al rico de la parábola. Creo que puede ser un buen punto de reflexión. ¿Quién había creado ese abismo? ¿qué abismos nos creamos nosotros los hombres en nuestras relaciones de cada día?
El abismo no es que existiera solo después de la muerte, porque aquel hombre había merecido la condena mientras el pobre Lázaro estaba en el seno de Abrahán. El abismo ya existía en vida, porque mientras aquel ‘hombre rico se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes, a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico’. La riqueza, la ostentación, la vida sibarita de aquel hombre había creado un abismo en torno suyo para no ver ni siquiera lo que estaba a su puerta.
Cuantas barreras creamos a nuestro alrededor, de cuantas cortinas oscurecedoras nos rodeamos para no ver más allá de nuestro yo. El caso que nos propone la parábola lo podríamos llamar un caso extremo, pero en el día a día de nuestra vida son muchas las cosas que hacemos en ese estilo. Fácilmente nos puede venir a la mente nuestro mundo injusto con tantas diferencias abismales que nos creamos entre un primer mundo y un tercer o cuarto mundo de miseria, de pobreza, de enfermedad, de hambre. Y en nuestra conciencia humana no podemos ser insensibles ante esas diferencias y separaciones tan injustas y tiene que haber un serio compromiso de nuestra sociedad por hacer que todo eso cambie.
Pero me gusta pensar en mi vida de cada día, en esas cosas concretas que yo cada día hago en un sentido o en otro o que tendría que hacer para hacer desaparecer abismos o barreras que nos separan, o cortinas que nos ciegan. Es abrir los ojos a mi vida y a la vida de esas personas cercanas a mí, con las que me encuentro cada día, pero quizá simplemente paso a su lado sin verlas, sin fijarme en sus problemas porque solo voy pensando en mis problemas, en mis ansiedades o preocupaciones, o en ver cómo yo vivo bien.
Había muchos manos que tender hacia el hermano que pasa a mi lado, que está cerca de mi con su sufrimiento, pero por el que nunca quizá me haya interesado y realmente no sé o no quiero saber qué es lo que le pasa. Mucho tendríamos que abrir los ojos de nuestro corazón para ver y para sentir ese sufrimiento, esa mirada, esa mano que nos tienden pidiendo una ayuda o ese silencio que nos grita desde sus angustias, pero que nosotros no oímos porque estamos entretenidos en nuestras músicas o nuestros sueños.
¿Cómo despertarnos? ¿cómo salir de esa modorra en que nos dormimos o de esa indiferencia en que nos insensibilizamos?
Aquel rico le pedía a Abrahán que enviase a Lázaro a casa de sus hermanos porque si un muerto los visitaba quizá podrían despertarse de su situación y cambiar. Pero Abrahán le dice que tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen. Sí, tenemos la Palabra del Señor que cada día podemos escuchar y rumiar en nuestro interior, como ahora estamos queriendo hacer con este texto del evangelio. Ahí tenemos el despertador, ahí tenemos la luz que nos ilumina, ahí tenemos la fuerza del Espíritu del Señor que nos habla en nuestro interior y nos da fuerzas para ese despertar, para ese cambio de actitud y ese cambio de vida que tenemos que hacer.
Aprovechemos, escuchemos con un corazón bien abierto en este camino cuaresmal que estamos haciendo la Palabra que cada día se nos ofrece. Podremos realizar esa pascua en nosotros, esa transformación de nuestra vida que nos lleve a vivir en los caminos de la gracia y del amor.

domingo, 29 de septiembre de 2013

El combate de la fe que hemos de hacer mirando los ojos del hermano que sufre a nuestro lado

Amós, 6, 1.4-7; Sal. 145; 1Tim. 6, 11-16; Lc. 16, 19-31
‘Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe…’ son las recomendaciones que le hacía san Pablo a su discípulo Timoteo, como hemos escuchado en la segunda lectura.
¿Cómo combatir, conquistar ese combate de la fe? Y nos habla de justicia, de piedad, de amor, de paciencia, de delicadeza. Ese combate de la fe lo tenemos que realizar, por así decirlo, con los pies en la tierra, en esa vida concreta que vivimos cada día. Algunos podrían pensar en la fe y quedarse en alturas sobrenaturales y místicas.
Sí es algo sobrenatural porque la fe es un don de Dios, nos une a Dios, pero hemos de reconocer que no seremos capaces de vivir unidos a Dios por la fe si rompemos los lazos de unión en el amor, en la justicia, en el bien que hacemos, con los hermanos. La fe no nos aísla del mundo que vivimos, sino todo lo contrario porque nos tiene que hacer vivir cada día más comprometidos con ese mundo que nos rodea, con esos hermanos que caminan a nuestro lado.
Un ejemplo de quien no fue capaz de vivir este sentido de la vida, lo contemplamos en la parábola que Jesús nos propone en el evangelio. Quien vive encerrado en sí mismo, en las cosas o riquezas, en los placeres y el pasarlo bien aislándose de cuantos le rodean no podrá ni abrirse a Dios ni encontrarse con Dios.
Es la imagen del ‘hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día’. A su puerta estaba ‘un mendigo llamado Lázaro, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico’,  a quien no era capaz de ver ni de reconocer.
Es la descripción que nos hacía también la profecía de Amós de los ricos acostados en lechos de marfil, arrellanados en divanes, comiendo los carneros del rebaño y las terneras del establo, bebiendo buenos vinos y ungidos con perfumes exquisitos, pero que no se dolían del desastre de José.
Ni el rico epulón veía a Lázaro, ni aquellos ricos descritos en la profecía se dolían del sufrimiento de quienes estaban a su lado. Encerrados en sí mismos, en sus riquezas o en sus placeres su corazón era insensible al sufrimiento de quien estaba a su lado.
Jesús dice el evangelista que dijo la parábola a los fariseos. Jesús nos dirige su Palabra, esta Palabra que hoy se nos ha proclamado y que está queriendo llegar a nuestros corazones a nosotros, también a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Nunca la Palabra del Señor es solo un recuerdo del pasado, sino que siempre es una palabra viva y actual; una palabra que se nos dice hoy y aquí a nosotros.
¿Nos interpelará de alguna manera? ¿Nos hará preguntarnos por nuestra sensibilidad ante los problemas de los demás? ¿Sentimos como algo nuestro y que nos lacera el corazón - el mío y el tuyo, no nos quedemos en algo indeterminado - la situación por la que están pasando tantos hoy a nuestro alrededor en la actual coyuntura de nuestro mundo?
Pudiera ser que nosotros no tengamos tantos problemas ni necesidades, que mas o menos nuestra vida vaya resuelta con nuestro trabajo o con lo que tenemos - y no hablamos de excentricidades, de riquezas o de lujos que podamos o no podamos tener - pero en el camino de la calle de cada día nos podemos ir encontrando gente con problemas, con necesidades, que nos tienden la mano solicitando una ayuda o quizá hasta en su orgullo se callan su necesidad pero sin saber como salir adelante, y nosotros, ¿qué hacemos? ¿seguimos nuestro camino sin mirar al lado quizá para no enterarnos?
Hablamos, es cierto, de los problemas de pobreza y muy gordos que se están dando hoy en nuestra sociedad, pero también podríamos hablar de otros muchos problemas, como la soledad y el abandono que padecen muchos, como la angustia y falta de alegría tantos por los mil agobios que nos da la vida, como el dolor y sufrimiento por enfermedades propias o de aquellas personas cercanas, o el sufrimiento por sus debilidades o discapacidades donde nadie quizá les tienda una mano para ayudarle a valerse por sí mismos. Algunas veces no nos enteramos o no queremos enterarnos.
La parábola sigue diciéndonos muchas cosas. ‘Murió el mendigo y lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico y lo enterraron’. Y nos habla del abismo en el que se encontraba en medio de sufrimientos, torturado por las llamas y sin nadie que refrescara su lengua con un poco de agua. Y ya escuchamos el diálogo surgido entre el rico desde el abismo y Abrahán.
Cuando ya se resigna porque allá se ve castigado lejos de Dios porque no había sabido ver ni escuchar a Dios en vida, ahora pide que envíe a Lázaro a avisarles a sus hermanos para que no les suceda lo mismo. Ya escuchamos la respuesta de Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.
Decir Moisés y los profetas entendemos muy bien que se está refiriendo a la Palabra de Dios. La ley, significa en Moisés, y los profetas eran el fundamento de toda la Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento. Cuando ahora nosotros escuchamos esa expresión bien sabemos que se está haciendo referencia a la Palabra de Dios.
Es lo que estamos haciendo ahora nosotros. Queremos escuchar al Señor que nos habla y nos habla desde la Palabra de Dios proclamada y que con fe estamos queriendo escuchar. Dejémonos interpelar por esa Palabra que el Señor quiere decirnos y que nos llega al interior de nuestro corazón. No nos hagamos oídos sordos, aunque nos escueza en las heridas de nuestra alma. No nos encerremos en nosotros mismos, sino abrámonos a la acción de Dios.
Ahora entenderemos mejor aquella recomendación que nos hacía san Pablo en sus palabras dirigidas a Timoteo. Vamos a combatir el buen combate de la fe y tenemos que hacer brillar en nuestra vida la delicadeza y el amor, la paciencia humilde pero también la confiada esperanza, la búsqueda del bien y la lucha por la justicia, el amor que nos compromete y el compartir que nos hace generosos, los oídos abiertos del corazón para escuchar el lamento del hermano que sufre pero también los ojos atentos para descubrir la necesidad que hemos de remediar, las manos y los pies prontos para el servicio y para la ayuda, y la palabra que anime y dé esperanza a tantos que van cansados por la vida.
Cuántas cosas podemos hacer; cuántas cosas tenemos que hacer a favor del hermano Lázaro que vemos a nuestra puerta, sentado quizá a nuestro lado, o en la orilla de ese camino de la vida. Pero quien cree en Jesús ni puede pasar de largo, ni entretenerse en sus cosas porque ya lo tiene todo resuelto, ni vivir con un corazón insensible. La fe que tenemos en Jesús nos pone siempre en camino, nos compromete, nos hace luchar por los demás, pero también llena siempre de alegría nuestro corazón en la satisfacción de todo lo bueno que hacemos o podemos hacer.
Así hemos de conquistar la vida eterna a la que fuimos llamados. Así podemos cantar para siempre la gloria del Señor. ‘A El honor e imperio eterno. Amén’.

jueves, 28 de febrero de 2013


Hundamos las raíces de nuestra vida en las corrientes de agua viva de la Palabra de Dios

Jer. 17, 5-10; Sal. 1; Lcv. 16, 19-31
El profeta nos contrapone en sus imágenes el cardo de la estepa que habita la aridez del desierto con el árbol de verdes hojas plantado junto al río y que no deja de dar hermosos frutos. Bella imagen que nos retrata según sean nuestros intereses o nuestra manera de vivir.
¿Qué es lo que significará esta comparación? ¿Qué nos querrá decir? En el salmo se nos habla de nuevo del ‘árbol plantado junto a la acequia, que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas’. Y nos dice, ‘dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor’, mientras el profeta decía ‘maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza apartando su corazón del Señor’.
El mensaje está claro, pero es necesario que profundicemos un poco más en él para sacarle todo su jugo. ¿Qué significa ese confiar en el hombre y poner su fuerza en su carne, en sí mismo? ¿Cómo expresamos en verdad en la vida que hemos puesto toda nuestra confianza en el Señor? ¿No podemos confiar en el hombre de ninguna manera? No es eso lo que nos quiere decir, porque la misma Biblia nos habla y nos enseña cómo aquellos dones y aquellas cualidades de las que hemos sido dotados tenemos que desarrollarlas y hacerles dar fruto. No podemos enterrar el talento, los valores que tenemos y de esos bienes materiales incluso que tenemos hemos de sacar algo bueno en el desarrollo de nosotros mismos y como bien para la humanidad y su progreso.
En la parábola del evangelio que nos propone Jesús podemos encontrar pistas de solución, por así decirlo. Vemos por una parte un hombre rico, avaro y sensual que solo piensa en si mismo, en sus riquezas y en lo que él pueda disfrutar de la vida sin pensar de ninguna manera en los demás. A su puerta mientras está un pobre que nada tiene cubierto de harapos y lleno de llagas al que ni siquiera ha sido capaz de ver, mucho menos que atender.
Cuando en la vida solo pensamos en nosotros mismos y la avaricia corroe nuestro corazón qué ciegos e insensibles nos volvemos; como cardos de la estepa, siguiendo la imagen que nos ofrecía el profeta. Y pensar en la avaricia no significa siempre el tener muchas riquezas o muchos bienes, sino la ambición que se nos mete en el corazón que nos ciega de manera que solo vemos lo que podamos poseer y con lo que nos podamos satisfacer. Por algo nos dirá Jesús en el evangelio que no podemos servir a dos señores, a Dios y al dinero. Las riquezas, la posesión de las cosas nos resecan el corazón y nos hacen insensibles para el trato con los demás.
Necesitamos ser ese árbol que hunde sus raíces en el agua viva del Señor. Cuando en verdad Dios es nuestra agua viva nuestro corazón no solo está abierto a Dios sino que automáticamente, podríamos decir, está abierto también a los demás. Con Dios en nuestro corazón no podemos ser ese cardo arisco que no sabe tener compasión con los otros, sino que en verdad estaremos llenándonos de la ternura de Dios. Son los frutos del amor que brotarán de nuestra vida y que se van a traducir en todo lo bueno que hagamos o deseemos para los demás.
Cuando en la parábola aquel hombre rico se encuentra con la verdad de su vida y a lo que le ha llevado su codicia y su insensibilidad querrá volverse atrás de cuanto hizo pero ya su hora se ha pasado; quiere que no les pase lo mismo a sus hermanos que quedan en la tierra y es por lo que pide que vaya Lázaro a avisarles que cambien de camino. ‘Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen’, le dice Abrahán.
Decir ‘tienen a Moisés y los profetas’ es decir que tienen la Palabra de Dios. Tenemos la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar; hemos de dejar que penetre bien en nuestro corazón, dejarnos transformar por la fuerza del Espíritu. Aprovechemos ahora este tiempo que vamos recorriendo de la Cuaresma con toda la riqueza de la Palabra que cada día se nos ofrece, seamos capaces también de encontrar momentos de silencio y de soledad para rumiarla hondamente dentro de nuestro corazón. Es esa agua viva que penetra dentro de nosotros y nos llena de vida, nos fecunda con la gracia del Señor, y veremos brotar esos frutos de amor que tienen que resplandecer en nuestra vida.