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jueves, 3 de mayo de 2018

Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.


Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.

Hoy en nuestra tierra, hablo al menos de mi tierra canaria aunque sé que por la mayoría de las naciones de tradición latina sucede de manera semejante, amanece el día con una profusión de altares rebosantes de flores en torno a la cruz; en cualquier rincón, en la orilla de los caminos, en la cresta de las montañas o en los bordes de nuestros barrancos, en el centro de nuestras plazas o en cualquier cruce de caminos o de nuestras calles, en los patios de nuestras casas, o en los rincones preferidos de nuestros hogares nos encontraremos una cruz adornada con profusión de flores.
Es la fiesta de la Cruz. Antaño litúrgicamente se celebraba en este día ‘la invención de la santa cruz’, que era la conmemoración del encuentro de la cruz de Cristo por santa Elena allá en el siglo IV junto al gólgota en el lugar de la crucifixión de Cristo.
Es cierto que litúrgicamente la Exaltación de la Santa Cruz la celebramos el 14 de setiembre que en general se convierte en la fiesta del Cristo Crucificado, pero en la devoción y tradición popular es en el 3 de Mayo cuando el pueblo celebra la fiesta de la Cruz en muchos lugares, además de los adornos mencionados, con gran solemnidad y grandes festejos.
En nuestra tierra canaria se recuerda el hecho histórico de la conquista de las islas y en especial en Tenerife y La Palma la fundación de las ciudades capitales de las islas con su propio nombre está relacionada con esta fecha. No en vano el conquistador al poner pie en nuestra tierra plantaba la Cruz allí en la misma playa como un signo de la protección divina que pedía para su conquista y como inicio de la cristianización de aquella tierra.
Más allá de esos recuerdos históricos sin embargo permanece esa devoción a la cruz entre nuestras gentes de manera que ante cualquier suceso extraordinario o doloroso que se pudiera vivir, allí se dejaba como una señal plantada la cruz. Por eso encontramos esa profusión de cruces en caminos, barrancos, montañas o acantilados, recuerdo de momentos duros quizá para familias o pueblos, pero también como signo de salvación que siempre es el significado de la cruz. No se recuerda quizá el origen de aquella cruz concreta al paso de los años, pero allí queda levantada como una señal que para nosotros los cristianos tiene tan hondo significado.
Es cierto que fácilmente se rodea de supersticiones y poco sentido cristiano de la misma manera que convertimos la cruz en un adorno de alguna manera ostentoso y superficial, lejano al verdadero sentido de la cruz. Y es ahí donde un verdadero cristiano ha de reflexionar hondamente para descubrir y resaltar su verdadero sentido. La cruz, podríamos pensar, es un signo de muerte, pero para nosotros los cristianos es un signo, el más hermoso signo, del amor y de la vida. porque ese fue el sentido de Cristo, por eso el pendió del madero de la cruz como señal de la mas profunda a la vez que cruenta entrega que nos habla del amor, que nos habla de perdón y que nos habla de vida.
La cruz para el cristiano es signo de reconciliación porque muriendo Cristo en la cruz derribó el muro que nos separaba para que viviéramos en la más hermosa reconciliación con Dios y con los hermanos. Ojalá esa cruz que contemplamos continuamente al borde de nuestros caminos y tan presente está en nuestra vida nos empuje siempre a la reconciliación y al encuentro; es lo que tendría que recordarnos y así fuera punto de encuentro cuando tenemos diferencias con el hermano, con el amigo o con el vecino para que así encontráramos la verdadera paz del corazón.
Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.

martes, 29 de diciembre de 2015

Aprendamos del anciano Simeón, hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu Santo para abrir nuestro corazón a la misericordia en el amor a Dios y a los hermanos

Aprendamos del anciano Simeón, hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu Santo para abrir nuestro corazón a la misericordia en el amor a Dios y a los hermanos

1 Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

‘Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo’. En tan breves versículos qué descripción más hermosa. Un hombre justo y piadoso, un hombre con una esperanza grande en su corazón, un hombre con la visión de Dios en sus ojos porque estaba lleno del Espíritu del Señor.
Por tres veces se menciona al Espíritu Santo en relación a Simeón en tan breves versículos: ‘el Espíritu Santo moraba en él… recibido un oráculo del Espíritu Santo… impulsado por el Espíritu Santo’. Un hombre que se deja conducir por Dios, que se deja llenar de Dios, que escucha a Dios en su corazón. Claro que podía descubrir en aquel niño que era presentado al Señor para cumplir con la ley de Moisés al Mesías del Señor. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador…’ Su misión en la vida estaba cumplida; se habían visto colmadas todas sus esperanzas; la Palabra del Señor que es siempre fiel se había cumplido. ‘Puedes dejar a tu siervo irse en paz’.
Siente uno envidia de este hombre que pudo tener en sus manos al Hijo de Dios. Es una primera sensación y un primer deseo que siente uno en el corazón al contemplar esta escena del Evangelio. Pero es que tendríamos que emular a este santo anciano en lo que fue su vida y su fe y esperanza. ‘Hombre justo y piadoso’ nos lo ha descrito el evangelista. Mucho encierran estas dos palabras para hablarnos de la rectitud de la vida de Simeón.
El justo es el hombre fiel que camina rectamente por los caminos del Señor. Justicia es santidad, es pureza de corazón, es rectitud y búsqueda de lo bueno, es bondad y generosidad de espíritu, es respeto y es apertura al otro; y cuando decimos al otro decimos al hombre que camina a nuestro lado, pero también cuando decimos al Otro, es abrirnos a la trascendencia porque es abrirnos a Dios.
Por eso inmediatamente que dice justo dice piadoso. Quiero fijarme en el significado de la palabra piedad y para eso he consultado el diccionario que nos dice: ‘Virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas, y, por el amor al prójimo, actos de amor y compasión’. Una referencia a Dios al mismo tiempo que una referencia al amor al prójimo, a la compasión y a la misericordia. Temor de Dios, amor a Dios, culto a Dios por una parte. Ya nos decía el evangelista cómo estaba lleno del Espíritu Santo. Su vida estaba centrada en Dios. Pero precisamente ese centrarnos en Dios nos lleva a abrir nuestro corazón a los demás. Por eso entraña compasión, misericordia. La misericordia que nos viene de Dios la trasbordamos nosotros hacia los demás.
Muchas más consideraciones podríamos hacernos en torno a este evangelio, pero creo que nos puede bastar para nuestra reflexión lo que venimos diciendo al contemplar la figura del anciano Simeón. Abramos nuestro corazón a Dios, dejémonos conducir también por el Espíritu Santo pero que eso siempre nos lleve al encuentro misericordioso, generoso en amor para con los que caminan a nuestro lado. Si lo hacemos así podemos decir que tenemos la dicha de tener a Jesús en nuestras manos, más aún, lo tendremos bien aposentado en nuestro corazón.


domingo, 29 de septiembre de 2013

El combate de la fe que hemos de hacer mirando los ojos del hermano que sufre a nuestro lado

Amós, 6, 1.4-7; Sal. 145; 1Tim. 6, 11-16; Lc. 16, 19-31
‘Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe…’ son las recomendaciones que le hacía san Pablo a su discípulo Timoteo, como hemos escuchado en la segunda lectura.
¿Cómo combatir, conquistar ese combate de la fe? Y nos habla de justicia, de piedad, de amor, de paciencia, de delicadeza. Ese combate de la fe lo tenemos que realizar, por así decirlo, con los pies en la tierra, en esa vida concreta que vivimos cada día. Algunos podrían pensar en la fe y quedarse en alturas sobrenaturales y místicas.
Sí es algo sobrenatural porque la fe es un don de Dios, nos une a Dios, pero hemos de reconocer que no seremos capaces de vivir unidos a Dios por la fe si rompemos los lazos de unión en el amor, en la justicia, en el bien que hacemos, con los hermanos. La fe no nos aísla del mundo que vivimos, sino todo lo contrario porque nos tiene que hacer vivir cada día más comprometidos con ese mundo que nos rodea, con esos hermanos que caminan a nuestro lado.
Un ejemplo de quien no fue capaz de vivir este sentido de la vida, lo contemplamos en la parábola que Jesús nos propone en el evangelio. Quien vive encerrado en sí mismo, en las cosas o riquezas, en los placeres y el pasarlo bien aislándose de cuantos le rodean no podrá ni abrirse a Dios ni encontrarse con Dios.
Es la imagen del ‘hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día’. A su puerta estaba ‘un mendigo llamado Lázaro, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico’,  a quien no era capaz de ver ni de reconocer.
Es la descripción que nos hacía también la profecía de Amós de los ricos acostados en lechos de marfil, arrellanados en divanes, comiendo los carneros del rebaño y las terneras del establo, bebiendo buenos vinos y ungidos con perfumes exquisitos, pero que no se dolían del desastre de José.
Ni el rico epulón veía a Lázaro, ni aquellos ricos descritos en la profecía se dolían del sufrimiento de quienes estaban a su lado. Encerrados en sí mismos, en sus riquezas o en sus placeres su corazón era insensible al sufrimiento de quien estaba a su lado.
Jesús dice el evangelista que dijo la parábola a los fariseos. Jesús nos dirige su Palabra, esta Palabra que hoy se nos ha proclamado y que está queriendo llegar a nuestros corazones a nosotros, también a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Nunca la Palabra del Señor es solo un recuerdo del pasado, sino que siempre es una palabra viva y actual; una palabra que se nos dice hoy y aquí a nosotros.
¿Nos interpelará de alguna manera? ¿Nos hará preguntarnos por nuestra sensibilidad ante los problemas de los demás? ¿Sentimos como algo nuestro y que nos lacera el corazón - el mío y el tuyo, no nos quedemos en algo indeterminado - la situación por la que están pasando tantos hoy a nuestro alrededor en la actual coyuntura de nuestro mundo?
Pudiera ser que nosotros no tengamos tantos problemas ni necesidades, que mas o menos nuestra vida vaya resuelta con nuestro trabajo o con lo que tenemos - y no hablamos de excentricidades, de riquezas o de lujos que podamos o no podamos tener - pero en el camino de la calle de cada día nos podemos ir encontrando gente con problemas, con necesidades, que nos tienden la mano solicitando una ayuda o quizá hasta en su orgullo se callan su necesidad pero sin saber como salir adelante, y nosotros, ¿qué hacemos? ¿seguimos nuestro camino sin mirar al lado quizá para no enterarnos?
Hablamos, es cierto, de los problemas de pobreza y muy gordos que se están dando hoy en nuestra sociedad, pero también podríamos hablar de otros muchos problemas, como la soledad y el abandono que padecen muchos, como la angustia y falta de alegría tantos por los mil agobios que nos da la vida, como el dolor y sufrimiento por enfermedades propias o de aquellas personas cercanas, o el sufrimiento por sus debilidades o discapacidades donde nadie quizá les tienda una mano para ayudarle a valerse por sí mismos. Algunas veces no nos enteramos o no queremos enterarnos.
La parábola sigue diciéndonos muchas cosas. ‘Murió el mendigo y lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico y lo enterraron’. Y nos habla del abismo en el que se encontraba en medio de sufrimientos, torturado por las llamas y sin nadie que refrescara su lengua con un poco de agua. Y ya escuchamos el diálogo surgido entre el rico desde el abismo y Abrahán.
Cuando ya se resigna porque allá se ve castigado lejos de Dios porque no había sabido ver ni escuchar a Dios en vida, ahora pide que envíe a Lázaro a avisarles a sus hermanos para que no les suceda lo mismo. Ya escuchamos la respuesta de Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.
Decir Moisés y los profetas entendemos muy bien que se está refiriendo a la Palabra de Dios. La ley, significa en Moisés, y los profetas eran el fundamento de toda la Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento. Cuando ahora nosotros escuchamos esa expresión bien sabemos que se está haciendo referencia a la Palabra de Dios.
Es lo que estamos haciendo ahora nosotros. Queremos escuchar al Señor que nos habla y nos habla desde la Palabra de Dios proclamada y que con fe estamos queriendo escuchar. Dejémonos interpelar por esa Palabra que el Señor quiere decirnos y que nos llega al interior de nuestro corazón. No nos hagamos oídos sordos, aunque nos escueza en las heridas de nuestra alma. No nos encerremos en nosotros mismos, sino abrámonos a la acción de Dios.
Ahora entenderemos mejor aquella recomendación que nos hacía san Pablo en sus palabras dirigidas a Timoteo. Vamos a combatir el buen combate de la fe y tenemos que hacer brillar en nuestra vida la delicadeza y el amor, la paciencia humilde pero también la confiada esperanza, la búsqueda del bien y la lucha por la justicia, el amor que nos compromete y el compartir que nos hace generosos, los oídos abiertos del corazón para escuchar el lamento del hermano que sufre pero también los ojos atentos para descubrir la necesidad que hemos de remediar, las manos y los pies prontos para el servicio y para la ayuda, y la palabra que anime y dé esperanza a tantos que van cansados por la vida.
Cuántas cosas podemos hacer; cuántas cosas tenemos que hacer a favor del hermano Lázaro que vemos a nuestra puerta, sentado quizá a nuestro lado, o en la orilla de ese camino de la vida. Pero quien cree en Jesús ni puede pasar de largo, ni entretenerse en sus cosas porque ya lo tiene todo resuelto, ni vivir con un corazón insensible. La fe que tenemos en Jesús nos pone siempre en camino, nos compromete, nos hace luchar por los demás, pero también llena siempre de alegría nuestro corazón en la satisfacción de todo lo bueno que hacemos o podemos hacer.
Así hemos de conquistar la vida eterna a la que fuimos llamados. Así podemos cantar para siempre la gloria del Señor. ‘A El honor e imperio eterno. Amén’.

lunes, 21 de marzo de 2011

Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados


Dan. 9, 4-10;

Sal. 78;

Lc. 6, 36-38

‘Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados’, repetíamos en el salmo; ‘que tu compasión nos alcance pronto, pues estamos agotados…’

En la presencia del Señor, con sinceridad de corazón nos sentimos pecadores. Apelamos a que somos el pueblo del Señor, su pueblo elegido y amado - ‘nosotros, pueblo tuyo, ovejas de tu rebaño’- pero tenemos que reconocer que somos un pueblo pecador. Es nuestro pecado personal, de cada uno de nosotros, pero es el sentirnos también pueblo pecador.

Es lo que se expresa en la oración de Daniel, en la primera lectura. ‘Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y normas…’ Y va desgranando el profeta toda esa maldad del corazón del hombre, que rechaza el mandamiento del Señor, pero rechaza también a aquellos que como enviados del Señor vienen a llamarnos a la conversión. ‘No hemos escuchado a tus siervos los profetas…’

En este camino cuaresmal que vamos haciendo con deseos de purificación y renovación de nuestra vida es como vamos también sintiéndonos, pueblo pecador que quiere convertirse al Señor. En la medida que vamos dando pasos y queriendo acercarnos al Señor vamos viendo la realidad de nuestra vida, nuestra condición pecadora que nos arrastra por caminos de frialdad, de infidelidad al Señor, de pecado. También cuántas veces nos hacemos oídos sordos a las llamadas que nos hace el Señor. Continuamente en nuestra oración y en la liturgia vamos manifestando que somos pecadores y pedimos la misericordia y compasión del Señor. ‘Ten piedad de nosotros’, repetimos muchas veces en distintos momentos a través de la celebración litúrgica.

Así con sinceridad tenemos que sentirnos delante del Señor, pero apelamos a su misericordia y compasión. Por eso escuchamos también lo que hoy nos dice el evangelio que nos invita a poner actitudes buenas en nuestro corazón: misericordia, compasión, perdón, acogida y aceptación de los demás, generosidad en todos los aspectos de nuestra vida. Aunque muchas veces nos cueste tener esas buenas actitudes para con los demás queremos hacerlo porque queremos parecernos al corazón compasivo y misericordioso del Señor. Con su gracia podemos realizarlo. El nos da la fuerza de su Espíritu para que nosotros tengamos esas buenas actitudes en nuestro corazón.

‘Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará…’

Muchas veces hemos proclamado y rezado con los salmos ‘el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad’. Así ahora nos pide Jesús que actuemos nosotros de la misma manera cuando humildemente nos acercamos a El para pedirle que tenga compasión y misericordia de nosotros que somos pecadores.

Así lo rezamos también en la oración que Jesús nos enseñó cuando le vamos a pedir perdón: ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…’ Queremos perdonar porque también queremos ser perdonados. Ya escucharemos la parábola de Jesús que nos enseña a nosotros ser compasivos con los demás y perdonar para ser nosotros perdonados. Que ya sabemos que si amamos muchos, se nos perdonarán nuestros muchos pecados.

‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’, le pedimos al Señor. Pero que no sólo nos convirtamos al Señor cuando reconocemos nuestro pecado y le pedimos perdón, sino que al mismo tiempo comencemos a tener buenas actitudes y sentimientos hacia los demás.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Un hombre rico que se vestía de púrpura… ¿dónde está nuestra solidaridad?


Amós, 6,1.4-7;
Añadir imagenSal. 145;
1Tim. 6, 11-16;
Lc. 16, 19-31



Al terminar de escuchar la parábola quizá una reacción espontánea que nos pudiera surgir sería decir ‘bien merecido se lo tenía…’ No había sido compasivo y misericordioso con el pobre mendigo que tenía a su puerta, bien le viene, podemos pensar, lo que le está pasando al rico epulón.
Pero ya sabemos, cuando escuchamos la Palabra de Dios no es para que hagamos juicios condenatorios contra los demás, aunque siempre haya que condenar el mal, sino para que nos miremos a nosotros mismos y tratemos de descubrir qué es lo que el Señor quiere decirnos de forma concreta a nosotros.
No sé si éste será el camino más correcto de interpretación de la parábola, pero pensemos en lo que nos sucede a nosotros mismos muchas veces. Cuando vemos una casa lujosa, una bonita mansión, nos puede suceder que surja una como cierta envidia en nosotros y un deseo desde nuestro interior de poder vivir allí, de disponer de esas comodidades y lujos, de apetecer una vida sibarita y de confort.
Es, digo, una posible tentación y no digo que a todos suceda igual. Pero sí podemos preguntarnos cuál es el estilo de vida con el que soñamos, y qué es lo que apetecemos y deseamos. Y cuando vemos el derroche de muchos, en esta sociedad de bienestar y consumismo en el que vivimos, ¿no nos preguntamos si es necesario todo eso para ser verdaderamente felices? Es cierto que no vamos a vivir en una cueva y en medio de miserias y todos merecemos una vida digna, pero la pregunta estaría que es lo que verdaderamente necesitamos para esa vida digna.
No quiero aparecer demasiado radical pero son en el fondo preguntas que me hago a mi mismo en nombre del evangelio. La descripción que nos hace Jesús en la parábola del ‘hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día mientras el mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico’, refleja también los grandes abismos que sigue habiendo en nuestra sociedad y en nuestro mundo entre pobres y ricos, entre primeros y terceros y cuartos mundos, como ahora se les llama. Tantos abismos que de una forma o de otra muchas veces ponemos entre nosotros cuando nuestras relaciones humanas no están llenas de verdadero amor.
Abraham le dice al rico que está en el infierno que entre ellos ‘se abre un abismo inmenso que no pueden cruzar, aunque quieran’ es el reflejo duro de los abismos que nos creamos los hombres entre unos y otros, entre pobrezas y riquezas, entre derroches y despilfarros y miserias y muerte de hambre por otro lado a un lado y otro de nuestro mundo.
Es toque de atención, es llamada a nuestro corazón, es una invitación a una búsqueda de caminos de solidaridad verdadera y de justicia en las relaciones entre los hombres y los pueblos.
Es toque y llamada de atención para que analicemos el valor que le damos nosotros a las cosas y para despertarnos de un mundo egoísta que se convierte en injusto cuando acaparamos sólo para nosotros mismos y no somos capaces de abrir los ojos para ver la necesidad de los demás y movernos desde lo hondo de nuestro corazón a un compartir generoso y, repito, en justicia con los hombres que son mis hermanos.
Ese toque y esa llamada de atención que puede convertirse la parábola para nosotros es una invitación a la conversión. En la parábola aquel hombre desde el abismo de su infierno le pedía a Abrahán que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para que no vivieran de la misma manera que vivía él. ‘Te ruego que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan ellos a este lugar de tormento’. Ya escuchamos lo que les dice Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… porque si no escuchan ni a Moisés ni a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.
Un milagro para creer, un muerto que resucita o que se aparece... buscamos también nosotros muchas veces milagros para convencernos de lo que tenemos que hacer. Tenemos el milagro de la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar y es la que tiene que mover nuestro corazón. Con sinceridad tenemos que escucharla. Con fe tenemos que abrir nuestro corazón a la Palabra que el Señor quiere dirigirnos. Cuánto más cuando tenemos toda la experiencia de Jesús muerto y resucitado por nosotros para manifestarnos todo el amor que Dios nos tiene.
Es ese amor de Dios el que tiene que movernos. Es en ese amor de Dios donde tenemos que aprender esos caminos de solidaridad y de amor. Es en ese amor de Dios donde tenemos que dejar que nuestro corazón se transforme. Porque no podemos unir ese amor de Dios con el culto que le queremos dar y una vida de derroche y de injusticia, en la que falte además la compasión y la solidaridad. Es lo que denuncia el profeta Amós en la primera lectura. ‘Se fían de Sión y confían en el monte de Samaria – dos lugares de culto a Dios para los israelitas -, y os acostáis sobre lechos de marfil, arrellenados en divanes… bebéis vino en copas, os ungís con perfumes y no os doléis del desastre de José…’ Lo mismo que el rico de la parábola.
La carta de Pablo a Timoteo nos da pautas de por donde ha de ir nuestra vida. ‘Practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza… combate el buen combate de la fe… conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…’ Justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza… virtudes que hemos de cultivar en nuestra vida, que manifiestan esa conversión, ese cambio, que estamos realizando; pero virtudes que queremos vivir también con la esperanza que da trascendencia grande a todo lo bueno que hacemos. ‘Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado… guarda los mandamientos sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo… Rey de reyes y Señor de los señores…’
En la oración habíamos pedido que ‘derramara incesantemente sobre nosotros su gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo’. Y en la oración final vamos a pedir que con la fuerza de la Eucaristía que estamos celebrando y de la que nos alimentamos ‘participemos de la herencia gloriosa de Jesucristo, cuya muerte hemos anunciado y compartido’. Que por nuestra compasión, nuestra solidaridad, el amor que tengamos a los demás merezcamos ser llamados en el día final a participar del Reino eterno que Dios nos tiene preparado.